Archivo mensual: octubre 2009

La fiesta de los fieles difuntos

Cementeri General Managua

Cuando se acercan los últimos días de octubre y se van adivinando en el ambiente, aquella leve frescura que nos alivia del casi perenne calor, en estas latitudes en donde el otoño pasa de puntillas, los cementerios de Nicaragua que todo el año permanecen solitarios, empiezan a mostrar un singular movimiento.   De pronto, se mira pulular por los camposantos una variedad de especimenes que van desde trabajadores a destajo a vendedores de flores, adornos y demás.  Todo en preparación al dos de noviembre que se celebra, como en muchas partes del mundo, el día de los fieles difuntos.

Para estas fechas vienen a mi memoria aquellos días de difuntos de mi infancia y el morboso placer de recorrer el cementerio de San Marcos.  En pequeñas pandillas de muchachos explorábamos todos sus recovecos y senderos, curioseábamos las tumbas y sus letreros y jugábamos al escondido en los parajes más intrincados.  Con cierto temor nos asomábamos al interior de la cripta de los Somoza en busca de algún vestigio del fantasma de Julio Somoza, que según algunos vecinos del pueblo ciertas noches de luna salía en su caballo, cabalgando por los alrededores del cementerio, evitando desde luego pasar por donde doña Amadita, su viuda.  En fin, los niños representábamos el único papel que nuestra edad nos asignaba estas celebraciones.  Aún recuerdo el aire saturado del olor de la pintura Sapolín en los tétricos colores negro y plateado; los deudos responsables vigilando la limpieza y ornamentación de las tumbas de sus difuntos.  Luego el propio día dos de noviembre la peregrinación de todo el pueblo, incluyendo a los que habían emigrado a otras ciudades, de luto riguroso las señoras, sentándose a realizar la visita a sus difuntos, aprovechando la ocasión para la plática amena  mientras esperaban el responso que a diestra y siniestra repartía el cura párroco, además de los rezos privados y las misas en las capillas de las familias pudientes.  Ya para el ocaso, comenzaba el éxodo de los visitantes y de esta forma el cementerio volvía a recuperar su quietud.

El panorama en todos los cementerios de Nicaragua es parecido, pues la tradición se limita a la limpieza de las tumbas, el ornamento especial de flores para el día dos de noviembre, la visita obligada en ese día, los responsos y alrededor de esto, toda la actividad comercial que se genera para el cumplimiento de la tradición.  A pesar de que en el mestizaje hay implícito un fuerte arraigo de la celebración del día de difuntos y las manifestaciones en cada cultura reflejan un extremado colorido, en especial de parte de los antepasados indígenas, la tradición en Nicaragua se antoja un tanto huérfana.

En Europa, la celebración del día de muertos parece haberse originado en el pueblo Celta, que tenía la festividad de Samain, dios de la muerte y que representaba el tiempo en que el mundo de los muertos se encontraba con el mundo de los vivos.  Entre los celtas se encontraban los druidas, sacerdotes que creían en la inmortalidad del alma, la cual según ellos, cuando abandonaba un cuerpo se introducía en otro cuerpo, pero el 31 de octubre de cada año regresaba a su antigua morada, solicitando comida a sus ocupantes, quienes debían de tener listas las provisiones para atenderlos.   Cuando los celtas se convirtieron al cristianismo, lo hicieron de manera parcial, pues no renunciaron a sus antiguas creencias paganas y de esta forma la celebración de la festividad del Samain se mantuvo.

En el año 835, la iglesia católica cambió la fecha de celebración de Todos los Santos del 13 de mayo al primero de noviembre y en 998, San Odilón, Abad del Monasterio de Cluny, Francia, quien cobró celebridad, no por fundar una microfinanciera,  sino por iniciar la celebración del día de difuntos el 2 de noviembre entre la Orden Benedictina.  No fue sino hasta el siglo XIV que el Vaticano reconoció oficialmente esta fiesta y la extendió por toda la iglesia católica.  En Inglaterra el Samain se convirtió en el Hallowtide, que comprendía el período desde la vigilia de Todos los Santos hasta el Día de los Difuntos y luego se convirtió en el ya famoso Halloween del 31 de octubre.  No obstante, en Irlanda, hasta hace poco todavía se escuchaba sobre la celebración del Samain.

En España, la tradición de la celebración del día de difuntos es muy importante dentro de todo el calendario litúrgico, sin embargo, por lo general es una fiesta religiosa y de carácter familiar.  La visita a los difuntos se realiza más bien el primero de noviembre y en ciertos casos, debido a lo frío del clima en esa época, se encendían fogatas la noche del primero y se acostumbraba tomar vino y comer ciertos dulces propios de esa época del año y según cada región, como los buñuelos de viento, confeccionados con aceite de oliva y harina y rellenos de crema; los huesos de santo elaborados con mazapán y rellenos con chocolate, crema, yema de huevo;  postre de gachas, calabacete, arrope, rosquillas de anís, borrachillos, rosaris, talladetes y varios más.

En la América Precolombina, en especial en México, el culto a la muerte era algo muy especial, pues ese enfrentamiento entre la vida y la muerte no era absoluto, pues había la creencia que la vida se prolongaba en la muerte y viceversa.  Así pues la muerte era tan sólo una fase dentro de un ciclo sin final, es decir el despertar hacia otra dimensión y de esa forma, de acuerdo a las circunstancias de la muerte, se llegaba a determinado lugar en el otro mundo.   Los que fallecían  de muerte natural accedían al Mictlan o sea al lugar de los muertos, sin embargo, los que morían ahogados o por causa del agua llegaban al Tlalocan, las mujeres que fallecían durante el parto iban al Cihuatlampa, los niños al Tamoachen y los guerreros al Tonatiuhichan.  Bajo esta concepción del mundo, la vida y la muerte, los aztecas realizaban ofrendas a sus difuntos consistentes en ropa, abrigos, frutas y alimentos diversos en las diversas festividades dedicadas a la muerte.

Al llegar los conquistadores a la Nueva España, impusieron su religión a sangre y a fuego, ocurriendo un fenómeno parecido al que sucedió con los Celtas, pues se llegaron a fusionar las creencias cristianas con las paganas de tal forma que dieron lugar a una de las festividades más coloridas del mundo y que incluso la UNESCO en el año 2003 la ha declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

Aunque con denuedo los evangelizadores trataron de arrancar del espíritu de los indígenas el culto a la muerte, no tuvo un éxito completo pues la festividad de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, logró reunir los remanentes de ese culto y de esta forma se dedicó el día primero para celebrar a los niños difuntos y el dos de noviembre a los muertos adultos.  En esta celebración el icono relevante es la calavera o calaca, en especial la parte correspondiente al cráneo, que adorna toda la festividad y que se traduce en figuras de papel y dulces con esa forma y que constituyen un regalo tradicional.  Para esa temporada se prepara el Pan de Muerto, del cual existen varias versiones que varían en forma e ingredientes dependiendo de la región.  Por otro lado están las ofrendas a los difuntos que generalmente se colocan en un altar que se arma en la casa del difunto y en donde alrededor de una fotografía del mismo se colocan sus alimentos y bebidas preferidos, todo con un sentido de respeto y cariño al finado.  Las flores que se utilizan durante todas las festividades son el cempasúchil y el crisantemo, principalmente.  Las visitas a los cementerios también son parte de las celebraciones y las mismas se realizan con el colorido de los arreglos florales, la música de mariachis y grupos vernáculos, veladoras e incienso y copal.

La transculturización que se ha acentuado en los últimos años a causa de la globalización ha traído a los pueblos latinoamericanos la invasión de parte del Halloween, distorsionado por la cultura norteamericana, que se ha prestado a la hollywoodización de esta celebración.  A pesar de las raíces de esta fiesta obedecen al culto hacia la muerte, la manipulación de parte de la cultura norteamericana ha transformado esa relación de respeto y admiración para los semejantes que pasaron a otro mundo por una relación de terror hacia muertos representados como monstruos.  Un ejemplo muy ilustrativo de esta concepción está en el video clásico Thriller de Michael Jackson, quien irónicamente en estas fechas está interpretándolo en “vivo”.

Así encontramos cierta competencia entre las celebraciones tradicionales de la fiesta de difuntos de los pueblos latinoamericanos con la celebración del Halloween norteamericano, introducido por las grandes corporaciones comerciales y por algunos centros de estudios con espíritu esnobista.

En Nicaragua encontramos pues que la religión impuesta por los conquistadores logró arrancar con mayor éxito el culto a la muerte de los antepasados indígenas, dejando en la tradición escasas manifestaciones que se centran en la limpieza y ornato de las tumbas, el enfloramiento y visita en el día de los difuntos y los responsos repartidos al por mayor en el camposanto.  En cuanto a la gastronomía, salvo tal vez los buñuelos de León o la sopa borracha en otras localidades, no existen otras manifestaciones al respecto.  La competencia del Halloween promovida por los centros comerciales y almacenes como una forma de incrementar sus ventas no ha tenido el éxito alcanzado en otros países y localmente no pasa del ornato de negro y naranja, calabazas, monstruos y brujas, aunque estas últimas siempre han existido y seguirá habiéndolas.

Los medios de comunicación por su parte harán énfasis en el precio de las flores y del balde de agua, en la afluencia a los cementerios, en el sentimiento de frustración de los que arreglan tumbas porque los deudos prefieren hacerlo ellos mismos antes de pagar los costos incrementados y tal vez en las profanaciones que parecen aumentar ante la tolerancia de las administraciones de los panteones municipales al permitir que los vándalos hagan de las suyas en estos recintos.

Lo importante sin duda alguna es que recordemos, ya sea en esta fecha o en cualquier otro momento, a todos aquellos que nos precedieron y que fieles o no, dedicaron su vida a mejorar el futuro de sus generaciones venideras y quienes nos entregaron su amor sin esperar nunca nada.  Son ellos quienes deben de llenar nuestra memoria, sacando a todos aquellos que no merecen permanecer en nuestros recuerdos, salvo tal vez en aquella estrofa del poema del peruano Ricardo Palma, tan pertinente en estos días:

No son muertos los que en dulce calma

la paz disfrutan de su tumba fría

muertos son los que tienen muerta el alma

y viven todavía

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De Cocula es el mariachi

Mariachi Vargas de Tecalitlán

Hace muchos años, todavía en el vertiginoso siglo XX, Nicaragua se levantaba con música ranchera.  En esos tiempos, la mayoría de radiodifusoras iniciaban sus transmisiones muy temprano, a veces de madrugada, con programas como “Amanecer Ranchero”  y demás títulos que evocaban aquellos retablos que se observaban en las películas mexicanas, que por mucho tiempo fueron las preferidas en los cines de pueblo.  De los años cuarenta hasta los sesenta, había una notoria predominancia de la música ranchera en el gusto nicaragüense y figuras como Tito Guizar, Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís, se convirtieron en verdaderos ídolos de la audiencia nacional, no sólo en las áreas rurales, sino también en los ambientes urbanos.

Los investigadores de la música ranchera mexicana son muy estrictos en cuanto a los alcances de este género y lo ubican en los linderos de temas exclusivamente relativos al campo mexicano y circunscritos al texto y no precisamente a la indumentaria o tipo de conjunto musical que la ejecuta; no obstante, en Nicaragua, como en muchas partes, incluso en México, la música ranchera es sinónimo de la música de mariachis.

Al hablar de este conjunto musical, lo primero que surge es la polémica respecto al origen de la palabra mariachi.  Por muchos años, se creyó que el vocablo nació durante la ocupación francesa en México a mediados del siglo XIX y que se deriva del francés marriage que significa boda, pues en esos eventos era común que amenizaran estos conjuntos musicales.   Esta teoría fue refutada a partir del descubrimiento en los años ochenta de una carta fechada en 1852, es decir antes de la ocupación francesa en México, en donde el Pbro. Cosme de Santa Anna se queja ante el Arzobispo Aranda y Carpinteiro sobre las escandalosas celebraciones del sábado de gloria por parte de unos fulanos llamados mariachis.  Por otra parte, otros historiadores remontan el origen del vocablo a la época de la conquista, en donde los indígenas evangelizados llamaban a la virgen María del río a quien dedicaron un canto de alabanza, que en una estrofa decía María ce son, lo cual se distorsionó a Mariashe son y de donde se cree que pudo derivarse el vocablo mariachi.  Otros musicólogos afirman que el nombre procede del huichol y que significa sonidos del cerro.  Otros por su parte afirman que mariachi proviene del nombre que se le daba a la tarima en donde actuaban estos conjuntos musicales y que estaba fabricada de una madera llamada mariachi, que a su vez proviene de náhuatl huamachil.

Si el vocablo mariachi y su procedencia es motivo de fuertes polémicas, también lo es el origen de este conjunto musical.   La mayoría de las personas se atienen a la letra de una famosa canción ranchera llamada Cocula de Cortazar y Esperón, por cierto este último de ascendencia francesa, la cual tiene una estrofa que dice: De Cocula es el mariachi, de Tecalitlan los sones… ambas localidades ubicadas en el Estado de Jalisco.  No obstante, otros historiadores de la música vernácula mexicana ubican a estos músicos también en Jalisco pero más al norte, en la región denominada Los Altos, de donde por cierto era originario mi abuelo materno y por eso es que somos medio mariachis.   Lo que sí es seguro es que estos conjuntos provienen de Jalisco y regiones circunvecinas como Nayarit y Michoacán.  Lo interesante es que en Cocula, la palabra mariachi se utilizaba para identificar a un músico o ejecutante de algún instrumento.  Al respecto, habría que recordar la famosa película de Robert Rodríguez El mariachi en donde se denominaba así al protagonista, que era un cantante solitario.

De cualquier forma, el mariachi que conocemos en la actualidad, dista mucho de lo que fue en sus orígenes, principalmente en cuanto a su vestimenta.  Inicialmente estos conjuntos se vestían a la usanza de los campesinos de esa región, que era pantalón y camisa de manta, huaraches y sombrero de palma.  Con la llegada del mariachi a la Ciudad de México, a inicios del siglo XX, se transforma su indumentaria y se adopta el traje de faena del charro, que es el jinete del campo y posteriormente el practicante del deporte de la charrería.  Luego el cine mexicano lo transforma en el traje de gala del charro con charreteras y demás ornamentos en plata, así como un sombrero de lujo.

En sus inicios el mariachi interpretaba básicamente canciones rancheras, con temas puramente campiranos y cuyos más ilustrativos exponentes fueron:  Allá en el Rancho Grande, Adiós mi chaparrita, Flor Silvestre, La Panchita, No volveré, El mariachi, Al morir la tarde, El Pastor. Con el tiempo, el mariachi incursionó en otros géneros, que a simple vista podrían ser iguales a la canción ranchera, pero que en el fondo son diferentes, como el Corrido, el Huapango o Son Huasteco, el Jarabe, la Sandunga, la Jarana Yucateca y el Bolero Ranchero.

En cuanto al número de integrantes, el mismo es variable aunque generalmente el mínimo es de siete y usualmente es de doce, aunque los últimos mariachis son monumentales, como los que acompañan a Juan Gabriel que amenazan con alcanzar a una orquesta sinfónica.  Los instrumentos básicos son la guitarra, trompetas, violines, guitarrones y vihuelas, esta última se trata de una guitarra pequeña presente en toda América Latina, como en el caso de Martín Fierro que inicia su canto al compás de este instrumento.  Los mariachis más sofisticados incluyen arpa y flauta.

La consolidación del mariachi como exponente de la música vernácula mexicana ocurrió hasta el siglo XX, cuando este conjunto llega a conquistar a la Ciudad de México y en esta etapa cabe destacar la actuación de José Marmolejo quien alcanzó un rotundo éxito en la Feria de la Canción Mexicana de 1927 y se quedó en la capital mexicana.  Años más tarde llegó al Distrito Federal el músico jalisciense Silvestre Vargas quien realizó las últimas adaptaciones a la conformación musical del mariachi, al incluir las trompetas, conformando el legendario Mariachi Vargas de Tecalitlán.   El resto del trabajo lo realizó el cine mexicano, en donde resaltó la actuación del recordado Tito Guizar y su famosa película Allá en el Rancho Grande, así como posteriormente Jorge Negrete y Pedro Infante, este último haría famoso al bolero ranchero con las grandes composiciones del creador de este género, Rubén Fuentes (Cien años, Ni por favor).   De esta manera, la canción ranchera fue perdiendo su carácter campirano, abordando a veces temas con cierto sabor urbano, como es la obra del gran compositor e intérprete José Alfredo Jiménez, siendo un clásico ejemplo su tema Las ciudades. También es interesante el fenómeno de urbanización completa de este género con el compositor e intérprete Salvador “Chava” Flores, autor de Bartola, El gato viudo, Herculano y muchas más.  Después de la muerte de Pedro Infante en 1957, la música ranchera parecía haber perdido a su último exponente, sin embargo, para esa época se disparaba la carrera de Javier Solís quien a través del bolero ranchero logró mantener vigente a esta música.  En Nicaragua causó una tremenda sensación y no hay quien no recuerde las versiones de Cuatro cirios, Payaso, Llorarás, Llorarás, incluyendo la versión del tango Sombras y el éxito italiano He sabido que te amaba.  Después de su muerte en 1966, el género ranchero cayó en un impase hasta los años setenta cuando surgió Vicente Fernández para darle un nuevo aire al género.

En Nicaragua, a inicios de los años sesenta, Francisco López de Matagalpa integra el primer mariachi del país, sin embargo, muchos alegan que en realidad no era un conjunto nicaragüense, pues los integrantes eran salvadoreños.  No obstante, el mariachi de Pancho López, como se le llegó a conocer, amenizó muchas fiestas a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, bajo el entusiasmo de poder escuchar en vivo a una agrupación de este género.  En 1964, en La Trinidad, Estelí,  se integró un grupo que en un inicio tenía el nombre de Mariachi Triniteño y que luego lo cambió por el de Mariachi Norteño.  Estos dos conjuntos abrieron la brecha para que con el tiempo poco a poco se fueran integrando nuevas agrupaciones.  En Managua el Mariachi Nicaraguano se proclama el primer conjunto capitalino, formado en el año 1975, siendo dos locales quienes abrigaron el desarrollo de estas agrupaciones, el Munich que después del terremoto se había establecido en las inmediaciones del Seminario Nacional al occidente de la capital y la Plaza Justo Santos, que se improvisó el la plazoleta del Estadio Nacional, junto al Caballo de Somoza.  Al desaparecer la Plaza Justo Santos, la Rotonda de Bello Horizonte tomó su lugar para la concentración de mariachis y tríos que ofrecen sus servicios musicales.

En la actualidad, el mariachi y la música ranchera, a pesar de las transformaciones que han sufrido siguen vigentes, aunque cada vez tienen que competir con mayor cantidad de corrientes musicales.  En México, a la par de los grandes exponentes de este género, como los mariachis Vargas de Tecalitlán, el Mariachi México de Pepe Villa, el Mariachi de América de Jesús Rodríguez de Hijar y muchísimos más, así como intérpretes como Vicente Fernández,  Alejandro Fernández, Aida Cuevas, Pepe Aguilar, Pedro Fernández, además se realizan continuamente festivales de la canción ranchera que mantienen vivo el espíritu vernáculo, además que los artistas de música popular, mexicanos y extranjeros, de vez en cuando se dan sus escapadas hacia el género.  También es impresionante la originalidad de algunos músicos para realizar verdaderas joyas en los arreglos para este tipo de música.

En Nicaragua, a pesar de toda la influencia de la música internacional, todavía existe un gusto preferencial por la música ranchera y es siempre un acompañante emotivo para cualquier tipo de celebraciones.  Existe un gran número de agrupaciones en toda la república que se esmeran por competir y lograr sobrevivir.  Sin embargo, es muy raro encontrar un mariachi completo tal como se debe, con todos los instrumentos, pues algunos suplen a la sección de violines con un acordeón e incluso sustituyen a las trompetas.  La crisis actual ha venido a afectar seriamente a estos grupos, pues en primer lugar, el legendario Restaurante Munich cerró sus puertas para siempre y en general, no muchos están dispuestos a pagar cerca de 50 dólares por ocho canciones.

Respecto al repertorio que manejan estos mariachis locales, es variado y a veces amplio, incluyendo desde luego las tradicionales como La negra, Guadalajara, Las mañanitas, El Rey, Volver, volver, volver, La ley del monte, La retirada y demás.  Sin embargo, si quiere poner a prueba el conocimiento de la música ranchera de uno de estos grupos, puede pedir Las Olas (no confundir con el vals Sobre las olas), emblemático tema autóctono de Jalisco y que sólo los conocedores a fondo de este género la saben e interpretan.  Yo he solicitado, a manera de prueba este tema y nadie la conoce, salvo en una ocasión en que fui a una boda a Estelí y llegó un mariachi a amenizar, no recuerdo si era el de La Trinidad, el caso es que les solicité Las Olas y todos pusieron cara de yo no fui, a excepción de un señor de edad que tocaba el violín y para mi sorpresa se lanzó la introducción de ese tema a la perfección, agregando: -Sí la conozco, pero no la tenemos montada.

Al sintonizar las emisoras a primera hora de la mañana, cada vez es menos la música ranchera que se transmite, tal vez en las áreas rurales todavía predomina, sin embargo, aquella relación tan estrecha entre la música bravía de los mariachis con una humeante taza de café ya pasó a la historia y esta música ahora se asocia más que nada a amanesqueras y al sabor del tequila.  Lo cierto es que no hay mejor manera para expresar los sentimientos fuertes que una canción ranchera y el mejor pretexto para sacar un grito a todo pulmón.  Chan-charrán-chan-chan.

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La agonía del Coloso

Sello Postal pro Construcción Estadio Nacional Nicaragua

Algunas veces que transito hacia el occidente de Managua, paso por el sector en donde prácticamente inicia la Carretera Sur y ahí se encuentra todavía, como un coloso, el Estadio Nacional, altivo, desafiante, a pesar de que la espada de Damocles pende sobre su estructura.  Es inevitable que al ver esa mole de concreto, se agolpen en la mente tantos recuerdos, pues para muchos nicaragüenses, ese Estadio ha tenido un significado especial en sus vidas.

El Estadio, que en realidad fue concebido como un parque de béisbol, se construyó en el año 1948 para ser la sede de la X Serie Mundial de Béisbol Amateur.  El deporte rey, tal como se le conoció por mucho tiempo, se había consolidado en el país desde finales del siglo XIX y los resultados del equipo nacional en la IX Serie Mundial que se realizó en 1947 en Colombia, en donde ocupó el segundo lugar, animaron a los directivos del deporte en Nicaragua, quienes se dieron a la tarea de gestionar la asignación de la sede y la consecución de fondos para la construcción del Estadio.  El parque se construyó en un terreno vecino a lo que antes de 1931 ocupó la penitenciaría y que el sismo de ese año se encargó de devastarla.  Mi abuelo tenía una colección de fotos del terremoto de ese año, tomadas por un fotógrafo de apellido Cisneros y era impresionante ver la cantidad de presos, con sus uniformes rayados, asomar inertes entre los escombros de la penitenciaría.

Los resultados de la X Serie Mundial en Managua no fueron los esperados por los organizadores ni por la afición, pues Nicaragua sólo ganó un partido, sin embargo, la ciudad capital ganó un Estadio que se encargaría de mantener por muchos años al béisbol en un lugar preponderante.

Llegué a conocer el Estadio Nacional en algún momento entre 1954 y 1955 y no fue precisamente en un juego de béisbol.  En lo más recóndito de mi memoria se encuentran algunas vívidas imágenes de una exposición sobre aeronáutica realizada en los salones ubicados en la entrada del edificio.  Era de noche y como flashazos recuerdo imágenes de fotografías color sepia y algunos modelos a escala de regular tamaño de aeroplanos suspendidos del techo.  He buscado alguna referencia sobre dicha exposición y no he encontrado nada, de tal suerte que dichos recuerdos amenazan con caer en el terreno de las fantasías infantiles.

Luego, poco tiempo después, recuerdo haber asistido al primer juego de beisbol en mi vida, en compañía de mi padre y mis tíos Emilio y Eduardo.   Era un domingo, sería tal vez por la tarde y no recuerdo qué equipos jugaban, sin embargo, mi padre era aficionado del Cinco Estrellas, mi tío Eduardo creo que también y mi tío Emilio al sentirse Masaya de corazón, creo que era aficionado del San Fernando.   Del juego no recuerdo mucho, pues en esa época no conocía la mecánica ni reglas del juego y simplemente ponía atención a las discusiones entre mi padre y mis tíos sobre el partido y los jugadores.  Lo que más me impresionó en esa ocasión fue que en cierto momento del juego, la tercera base si mal no recuerdo, persiguiendo un elevado por esa zona, se luxó un tobillo y al rato se abrió la cerca para dar paso a una ambulancia que se lo llevó entre los aplausos del público.  El nombre de Silvio García se me grabó de ese partido, no recuerdo si por ser él quien se accidentó o por las discusiones que escuchaba.  Ese mismo año fuimos a un partido a Masaya, en donde al ver el estadio de esa ciudad no daba crédito a mis ojos, pues después de haber visto el impresionante Estadio Nacional, en este otro los espectadores estaban en una especie de gallinero al lado del campo, con malla ciclón protegiéndolos de las cercanas jugadas.

Años más tarde asistí con mi padre a los juegos de la liga profesional, ya un poco más grande y conociendo un poco más sobre el béisbol y sus detalles.  Recuerdo que algunas veces nos acompañó Chalo Vásquez, gran conocedor del deporte en el pueblo, así como también el Chele Rivera, por cierto, hermano de Augusto Menudo, el del parche del billete de lotería.

Era una gran experiencia ver en el campo a las estrellas que en el pueblo solo se conocían a través de las fotos de las figuras que todo muchacho debía coleccionar.  De tanto repasar dichas figuras todavía hay imágenes que se mantienen en mi recuerdo, como la de Octavio Abea, Alerton Martin, Duncan Campbell, Pedro Naranjo, Roberto Fernández Tápanez, René Paredes, Orlando Taylor, Willie Hooker, Bert Bradford, Joe Hicks, Ronnie Hansen, Ferguson Jenkins, Heberto Portobanco, Pastor Canales, Argelio Córdoba, Calvin Byron, Mudell Mathews, Musulungo Herrera, Julio Torres, Leopoldo Posada, Miguel Cuellar, Guayubín Olivos, Dionisio Acosta.  Este último cobró fama porque se casó en el Estadio, en un acto previo a un partido.  Recuerdo que miré en los periódicos las fotos en donde el pelotero acompañado de su esposa, oriunda de Diriamba o Jinotepe, cruzaban por un arco de bates que formaron sus compañeros de equipo.  También fue una gran noticia cuando Joe Hicks, el pelotero del Boer, se casó con una muchacha nicaragüense.

Del Cinco Estrellas que fue siempre mi equipo favorito, recuerdo a Rigo Mena, el Borrego Alvarez, Zoilo Versalles, Orestes Hernández, Silverio Pérez, Diego Seguí, Marvin Throneberry, Mel Queen, Momo Niño Obando, Richard Scheimblum, Manuel Antonio Díaz, Hilario Valdespino, Panchón Herrera, René Friol, Arturo López, aunque algunos de ellos también jugaron en otros equipos.

Debo de admitir, que nunca tuve esa memoria privilegiada para retener nombres, alineaciones, averages, anotaciones y envidio a esas personas que dominan magistralmente esa información, a pesar de haber transcurrido más de cincuenta años.  Mis recuerdos se enfocan más a impresiones y ciertos nombres que se quedaron para siempre grabados y que algunos con el tiempo se me confunden en cuanto al tiempo y los equipos en que jugaron.

Uno de los recuerdos más memorables de cuando asistí al Estadio se refiere a la ocasión en que la primera base del Cinco Estrellas, Marvin Throneberry conectó un home run por el right field, tan grande que la sacó del Estadio.  Se decía que semejante batazo había proyectado la pelota hasta la Iglesia El Carmen.  Creo que nunca, nadie logró superar semejante toletazo.  Era una época en que no había esteroides y los jugadores se la rifaban con el nutritivo gallo pinto. También recuerdo cuando el gran Mel Queen, quien tenía un brazo privilegiado, realizó un lanzamiento de strike desde el center field hasta el home plate, sacando out al corredor que había desafiado a su brazo.

En esa época también me impresionaba el ambiente del Estadio, en especial algunos personajes como la Conchita Pravia que vendía pasteles de pollo y con un brazo como el de Mel Queen, colocaba de strike en las manos de sus clientes las bolsas de papel kraft con sus productos y luego una bola de tenis, rajada al medio, en donde recolectaba el importe de los pasteles y enviaba el vuelto correspondiente.  También conocí a Tatabucho, un viejito que parecía salido de un cuento, que vendía cartuchos de maní.  Había otro personaje que no recuerdo su nombre que era el encargado de vender quinielas.  También era un show escuchar a Fonguito anunciar los turnos al bate con una poderosa voz que retumbaba en todo el recinto.   En la parte superior del palco estaban las cabinas de transmisión de las radiodifusoras, en donde nos dábamos el lujo de conocer en persona a los grandes de la narración y el comentario:  Sucre Frech, Armando Proveedor, Carlos Pérez Meza, Chale Pereira Ocampo, Ponciano Lombillo, Evelio Areas, Archibaldo Arosteguí, entre muchos otros.

También recuerdo que cuando se pasó la veneración del Estadio como santuario del béisbol, una noche se presentaron los Trotamundos de Harlem y mi padre, gran aficionado al básquetbol, me llevó a ver el show, aunque yo en realidad no sabía nada de ese deporte y lo único que me llamó la atención fue un moreno que hizo de guasón en toda la presentación.

Mientras duró la liga profesional, cada vez que mi padre podía me llevaba al Estadio, al inicio sólo a mi, luego a medida que mis hermanos iban creciendo y absorbiendo la afición por el béisbol, también los llevaba.  Era una experiencia única y regresábamos a casa roncos de tanto gritar y emocionados de haber presenciado los partidos y conocido en persona a los ídolos de aquella época.

Después que finalizó la liga profesional, recuerdo que mi padre me invitó a ver el partido de futbol entre la selección de Nicaragua y el equipo argentino de los Estudiantes de la Plata en donde el equipo nacional sacó la casta y los derrotó 2-1, si mal no recuerdo.  Yo conocía a la mayoría de los jugadores pues el Santa Cecilia y el Diriangen, de donde salió la mayoría de aquella selección, entrenaban en los campos del Instituto Pedagógico de Diriamba.  Recuerdo que tuvieron que hacer proezas para adaptar el campo de béisbol a uno de futbol y tal vez fue eso lo que sacó de balance al equipo argentino.  Para esa época ya el Estadio se había convertido en un recinto dedicado al mejor postor, pues ahí asistí a funciones de circo y a finales de los sesenta llevé a mis hermanos a ver un show de carros viejos que se especializaban en colisiones, habiendo quedado después del espectáculo una cantidad increíble de chatarra, así como daños incalculables sobre el terreno del Estadio. También ahí se había llevado a efecto la memorable pelea entre el Ratón Mojica y Chartchai Chionoi de Tailandia.

También perdura en mi mente la ocasión en que yendo para la Facultad de Economía, transitando por la calle 15 de septiembre, cerca de la Iglesia de Santo Domingo, allá por donde estaba Pantoja, en una esquina había una casita de dos pisos y alrededor de ella se agolpaba una muchedumbre.  Se trataba de la salida de los restos del gran pelotero nicaragüense Duncan Campbell a quien la muerte lo había sorprendido tempranamente y familiares, amigos y aficionados llegaron a su casa a despedirse de él.

En 1969 me correspondió conocer el Estadio desde el interior del mismo.  Por tanto tiempo había asistido a partidos y eventos y siempre desde las graderías, sin embargo, cuando empecé a practicar atletismo, llegué a conocer centímetro a centímetro todo el campo y las instalaciones interiores.  Recorría la pista patroleada que rodeaba el campo para el calentamiento previo y los ejercicios de saltos y sprint, practicaba el lanzamiento del martillo en el campo posterior a la cerca y como ejercicios de agilidad debía de subir corriendo varias veces las graderías del left field.  Fueron casi cuatro años en donde disciplinadamente acudía a mis entrenamientos cinco veces por semana y fue hasta que meses antes del terremoto del 72 que la FENIBA nos corrió de las instalaciones con el pretexto del Campeonato Mundial de Béisbol que se avecinaba.  Cabe agregar que en esa época conocí a otros personajes del Estadio que como aficionado nunca llegué a determinar, como Carlitín, el Burro Lezama, el Rifles y el Panameño que se encargaban del mantenimiento del Coloso, el último murió trágicamente electrocutado arreglando una de las torres de iluminación.

Para esa época también me correspondió acudir frecuentemente a la parte sur del Estadio, justamente en donde estaba la pizarra de anotaciones, en donde por muchos años se ubicó la Dirección del Tránsito de la Policía, oficinas en donde se tramitaban licencias, multas y en la calle se realizaba el inútil pero rentable “revisado” a los vehículos.

A finales de 1973 se presentó en el Estadio, recién dañado en su estructura por el sismo de 1972, al Grupo Santana, que por alguna razón inexplicable logró llevar a Mario Moreno “Cantinflas” como presentador.  A última hora decidí asistir pero al llegar al Estadio había una aglomeración tal que desistí de mi intención y me quedé con las ganas de conocer a ese fabuloso grupo.

En 1977 regresé de nuevo al atletismo y al Estadio, en donde existía el único círculo para lanzamiento de martillo y por tres años asistí regularmente a mi antiguo lugar de entrenamiento.  En esa ocasión, los ejercicios con pesas fueron fundamentales en mi entrenamiento y al inicio iba a un gimnasio particular para realizarlos, pero me enfermaban los narcisistas que pasaban más tiempo frente a los espejos haciendo poses y admirando su musculatura, hasta que me encontré con Neftalí Parrales, el gran campeón, promotor y directivo de la halterofilia nicaragüense y me invitó a realizar mis entrenamientos en el Gimnasio de Levantamiento de Pesas que estaba ubicado en la parte norte del Estadio.  Ahí practicaba más tranquilamente, pues no habían espejos y los atletas se preocupaban más de las cargas que levantaban que en los músculos.   Al final, impresionado por la gran labor que realizaba Neftalí, acepté su invitación para colaborar con la Federación de Levantamiento por un corto período, antes de mi partida a México.

A mediados de los noventa volví a visitar el Estadio, esta vez para presenciar los actos conmemorativos de las Fiestas Patrias.  No me atreví a presenciar ningún partido de béisbol.  La verdad es que a ninguno de mis hijos les entusiasma el béisbol, a pesar de que les enseñé de pequeños y participamos en torneos familiares.  Por otra parte, siento que el ver el beisbol es como echarse unos tragos, hacerlo sólo como que no entusiasma.

En general, lo que antes era el deporte rey, poco a poco ha ido perdiendo su relevancia en el gusto popular.  Hay que admitir que el futbol le ha ido quitando terreno y es fácil observarlo, pues casi ningún niño pide como regalo en diciembre una manopla, un bate o una pelota, como era común a mediados del siglo pasado.

Así como el béisbol va cediendo su corona, el Estadio por su parte va agonizando poco a poco y no es remoto que cualquier día se vea en escombros, ya sea por efectos de un sismo o de la Comuna, que al final viene siendo lo mismo.

Por eso cuando paso por ahí, no deja de darme cierta emoción, no sé si por tantos recuerdos acumulados o por pensar que el Coloso es tan sólo un año mayor que yo.

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El mondongo no es de Masatepe

El Mondongo Lavado

La definición más general del gusto, sin considerar si es buena o es mala, si es justa o no lo es, consiste en aquello que nos liga a una cosa por medio del sentimiento.  Montesquieu.

Podría decir, sin temor a equivocarme, que la sopa de mondongo es el exponente de la cocina nicaragüense que más controversias genera, principalmente por lo oscuro de su origen tanto gastronómico como etimológico.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, Mondongo (De mondejo) son los intestinos y panza de las reses y especialmente los del cerdo.  El mismo DRAE se refiere a Mondejo (Quizá de bandujo) como a cierto relleno de la panza del puerco o del carnero.  Así mismo el DRAE define a Bandujo como la tripa grande de cerdo, carnero o vaca, llena de carne picada.

Algunos etimologistas señalan que la modificación fonética de mondejo a mondongo ocurrió en América por la influencia de las lenguas bantúes habladas por muchos de los esclavizados traídos desde África.  No obstante, según Ricardo Soca en su libro La fascinante historia de las palabras, el vocablo Mondongo se registra en castellano por lo menos desde 1581 cuando Mateo Alemán publicó su novela Guzmán de Alfarache.  Lo anterior, viene a refutar el origen africano del término, debido a que para 1581 el tráfico de esclavos no había alcanzado su apogeo en América y era muy difícil que escritores españoles emplearan vocablos africanos en esa época.

Según Joan Corominas, el gran filólogo español, Mondongo se derivó de bandullo “vientre o conjunto de tripas de los animales” que a su vez proviene del árabe batn “intestinos” y “carne de vientre de un animal”.

De cualquier forma, en América el término Mondongo se convirtió en sinónimo de panza del ganado vacuno y como un vulgarismo denomina al estómago de los humanos.  Habría que recordar aquel chistorete de que “no es lo mismo: el mondongo de Tapachula, que: tápate chula el mondongo” muy pertinente en estos tiempos en que la moda de los talles bajos y blusas altas en las féminas, dejan al descubierto esta región anatómica, tan descuidada a veces.

En cuanto a la sopa de mondongo, a pesar de que la sopa en sí es un elemento traído por los españoles a tierras americanas, derivado de sus caldos, sopas, pucheros y demás, y que por otra parte, la utilización de la panza de vacuno forma parte de la gastronomía española, en especial los famosos “callos a la madrileña”, no obstante, este plato no es precisamente una sopa o caldo y sus ingredientes varían significativamente de los que lleva la sopa de mondongo.  Al respecto, tampoco los españoles tienen claridad sobre el origen de este plato.

A lo largo de toda América Latina, desde México hasta Argentina, el mondongo constituye un plato muy apetecido, con sus distintas variedades en cuanto a los ingredientes de acompañamiento, el sazón que le otorgan diversas especias,  así como los colores y sabores particulares.  En México se le conoce como menudo o pancita y es la receta más socorrida para curar cualquier goma, cruda o resaca, por lo tanto es típico del desayuno o almuerzo.  En Centroamérica, en especial Honduras, Nicaragua y Costa Rica, es una sopa para la cual manejan casi la misma receta.  En Panamá se estila el Mondongo a la Culona, sin embargo no me atreví a preguntar por el otro ingrediente.  En Sudamérica existe una variedad de recetas que van desde el venezolano que lleva además bolitas de harina de maíz, el colombiano al que le agregan además ñame y arvejas (no confundir con La Opera del Mondongo de Peñaranda), el peruano que lleva además del mondongo carne de cerdo y el rioplatense que se extiende desde Argentina, Uruguay, Paraguay al sur de Brasil, en donde constituye un guiso con el cuajar de la vaca y a veces con el librillo a los que se le agrega arroz, papas y tomate y en algunos casos también se le añade zapallos, frijoles, garbanzos y arvejas.    En un inicio era el alimento de las poblaciones descendientes de africanos, hasta que ascendió a los estratos sociales más altos.

En Nicaragua es un plato cuyo consumo se encuentra extendido por la región Pacífico y Central del país.  La receta más común contempla como elementos básicos el mondongo y las patas de res, las cuales deben de limpiarse cuidadosamente, de tal manera que este proceso puede llevar hasta un día completo previo a su cocción, pues en algunos casos se nesquiza con ceniza o bien se limpia a punta de repetidos lavados y luego un baño de naranjas, limones y sal en el cual se deja varias horas.  Se emplea también la cebolla, tomate, chiltoma y el culantro para el sabor y el achiote que le imprime el color rojo característico de esta sopa. Las verduras pueden variar según la región y el gusto de cada quien y comprenden, papas, yuca, ayote, quequisque, repollo, chayote, chilote. El sabor se termina de poner a punto con naranjas agrias y la consistencia, que debe ser lo más espesa posible, se logra con harina de trigo, aunque en los viejos tiempos se utilizaba harina o payana de maíz. En algunos casos se le agrega un poco azúcar para rematar el sabor.  El acompañamiento también varía de acuerdo a la región y puede ser una tortilla tostada, un aguacate, queso o cuajada y un chilero criollo.  Al ser una sopa demasiado consistente, los estudiosos de la gastronomía vernácula recomiendan un par de fajazos previos a la ingesta del plato.  En un inicio dichos tragos consistían en guaro lija, luego en su apogeo se introdujo el trago de Santa Cecilia o Cañita, quienes dieron paso luego al ron blanco en cualquiera de sus variedades y calidades.  Pretexto o no, es más fácil sobrellevar la digestión de una sopa de mondongo con un par de bujíazos entre pecho y espalda.

Mucho se habla de que el mondongo en Nicaragua es originario de Masatepe, lo cual es una falacia.  En realidad no existe documentación alguna que nos pueda ilustrar sobre su origen.  El caso de Masatepe su auge alrededor de este plato se originó a mediados de los años sesenta, cuando ya era una costumbre muy de los managuas, reunirse con los compañeros de trabajo, generalmente los sábados para ir a almorzar y acompañar la rutinaria pero apetecible labor con algunos tragos “platicados”.  Con el mejoramiento de las vías de comunicación y el mayor acceso de la población al parque vehicular, los centros de reunión se desplazaron, alejándose poco a poco de los centros de trabajo y llegando a explorar nuevas experiencias fuera de la ciudad capital.  De alguna manera algún masatepino propuso un viaje a su ciudad natal y se encontraron con una pequeña fonda en el barrio Veracruz, en donde servían un suculento mondongo.  La dueña se llamaba doña Juana Nestor Areas y a pesar de que su fonda era un lugar muy agreste, con piso de tierra y unas pocas mesas, poco a poco fue cobrando fama, de tal forma que pronto se vio invadida por grupos de amigos que se daban cita en el mondongo de Masatepe, pues en ese tiempo no tenía competencia, en donde se saboreaba un respetable mondongo con el guaro de su preferencia.

Cuentan que en una ocasión una misión diplomática argentina de visita en nuestro país fue invitada por un funcionario de Relaciones Exteriores a saborear un delicioso mondongo donde doña Nestor, advirtiéndoles que se trataba del restaurante más antiguo de América en tierra firme pues databa del siglo XVI.  Por la apariencia del local los argentinos le creyeron a pie juntillas y de esta manera regresaron los diplomáticos a su país llenándose la boca de haber estado en el restaurante más antiguo del continente en donde habían probado una deliciosa sopa de mondongo.

Años después, al ver las romerías que atestaban el local de doña Nestor, otro emprendedor local abrió un restaurante ubicado cerca de la gasolinera Shell y que se anunciaba como “El mondongo de Masatepe a 100 metros” seguido de una flecha indicando la dirección, quitándole con este engaño clientela a doña Nestor.  Sin embargo la calidad era muy inferior.

Yo tuve la oportunidad de probar esos mondongos a finales de los años sesenta, cuando mi padre viajaba regularmente a Masatepe y era invitado por sus amigos de esa ciudad.  Pude comprobar que la calidad del mondongo de donde doña Nestor era insuperable, aunque todavía no me explicaba la necesidad de los dos bolillazos previos a la sopa.

Se maneja que la sopa de mondongo es un plato de gusto adquirido.  Este término se refiere a que ciertos alimentos o bebidas requieren de una exposición por mucho tiempo a los sabores, aromas, texturas hasta que se llega a considerar algo familiar.  De esta forma, algunas personas que prueban por primera vez el mondongo lo hacen con cierta aprensión y no siempre les gusta.  Es más, no es remoto que alguien enferme tan sólo con la sugestión.   Cuentan por ahí algunos irreverentes de la zona, que en uno de sus viajes, el gran cantautor cubano Silvio Rodríguez fue llevado al mondongo de Masatepe y que a partir de esa experiencia empezó a componer su famoso tema que dice:  Cómo gasto papeles recordándote, cómo me haces hablar en el silencio, cómo no te me quitas de las ganas…

En la actualidad, el gusto por la sopa de mondongo a nivel de todo el territorio nacional parece haber menguado.  Antes era muy común que en ocasiones especiales las familias se juntaran para deleitarse con una poderosa sopa de mondongo; sin embargo, en la actualidad, tal vez será por la crisis, en donde a pesar de que el mondongo se considera todavía un subproducto, el costo del total de los ingredientes más el trabajo que implica su preparación hace que las amas de casa lo piensen dos veces antes de embarcarse en esta aventura. Ya se apagó aquel famoso pregón que flotaba en las calles de la vieja Managua: ¡El mondongo lavaaaaaaaaaaaaaaado!

En cuanto al mondongo de Masatepe, doña Nestor murió en los años ochenta y ahora sus hijas Berta e Isabel Tapia están a cargo del negocio, mismo que tiene que competir con varios restaurantes más que se dicen tener la receta original del famoso plato.  Sin embargo, la calidad ha decaído sensiblemente.  Ahora, hacen falta más de dos rielazos para poder degustar el famoso mondongo y hacer de cuenta que todavía lo prepara doña Nestor.

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La mala estrella de Menudo

Salvador Dali Swans Reflecting Elephants

Cada localidad de Nicaragua tiene sus personajes pintorescos.  Gente común y corriente que debido a determinadas circunstancias pasan a una especie de salón de la fama, desde donde se repiten una y otra vez sus anécdotas o hazañas, que sacan al pueblo de su somnolienta monotonía.  Muchas veces se trata de borrachines, sexoservidoras, chivos, orates, avaros, santurrones y demás; sin embargo, en algunos raros casos se trata de gente que parece ser perseguida por una mala estrella.

Este fue el caso de Augusto, un sanmarqueño que nació en el seno de una familia muy pobre.  Su madre, sola, tuvo que hacer verdaderas hazañas para sobrevivir y a muy corta edad Augusto tuvo que salir a la calle a buscar el sustento.  Encontró trabajo vendiendo menudencias de cerdo por lo que en el pueblo se le llegó a conocer como “Menudo”, sobrenombre que no tenía nada que ver con el conjunto musical que apareció muchos años después.

En la vida de Augusto siempre hubo desaguisados que hacían pensar que la mala suerte lo perseguía.  Una de las anécdotas que más se recuerdan en el pueblo fue cuando alguien consiguió unos guantes de boxeo y comenzó a armar peleas espontáneas en un solar vacío.  Augusto ya era un hombre, había aprendido a manejar y era chofer de los célebres taxis intermortales, que hacían la ruta entre San Marcos, Jinotepe, Diriamba y Las Esquinas.  Una mañana en que Augusto había completado algunos circuitos en su ruta, decidió tomar un descanso y al pasar por el solar, algunos amigos lo llamaron para ver si quería participar.  A la sazón Augusto había conseguido una estatura un tanto mayor que el promedio y su estructura ósea lo hacía mostrar cierta fortaleza.  Ante la insistencia de sus amigos, Menudo aceptó echarse un par de rounds con algún contendiente que pudiera aparecer, sin embargo, no hubo nadie de la talla de él pues fácilmente podría ser de los pesos medios y el resto no llegaban ni a mosca..  En eso estaban, cuando de casualidad pasó por ahí un joven llamado Pedro, a quien por sus preferencias sexuales se le conocía como La Pedrona.  Era un tipo alto, más o menos de la estatura y complexión de Augusto y la pacotilla consideró que sería un tremendo espectáculo ver a La Pedrona en un match con Menudo.  En un inicio el joven se rehusaba a participar, pues decía que estaba en contra de toda forma de violencia, sin embargo, la insistencia del grupo fue tan fuerte y quién sabe qué le prometieron, que al final accedió.  Así fue que a regañadientes se calzó los guantes y se dirigió hacia Menudo quien ya saboreaba una fácil victoria.  Como quien no quería perder tiempo, Menudo lanzó un fuerte directo de izquierda a la quijada de La Pedrona quien lo esquivo con una sorprendente agilidad.  De pronto La Pedrona abandonó su peculiar contoneo y empezó a moverse como una pantera por el imaginario ring.  Un tanto anonadado Menudo quiso finiquitar el asunto rápidamente y lanzó un potente gancho que La Pedrona esquivó, luego Menudo probó con un crochet hacia la oreja de su rival, quien con una maestría inigualable lo evitó con una perfecta inclinación y de pronto, prácticamente sin saberlo, Menudo sintió que un fuerte gancho se estrellaba en su región hepática y lo dejó sin aire, luego con la velocidad de un rayo, le llegó un uppercut al mentón que lo lanzó al suelo.  Haciendo de tripas chorizo, Menudo logró levantarse ya con la mirada un tanto perdida, sólo para recibir un poderoso swing a la altura de la oreja izquierda que lo anestesió, como diría Tijerino.  Los espectadores que ya sumaban una considerable multitud, pues la noticia del match se había regado como pólvora en el pueblo, hicieron un silencio sepulcral.  No podían dar crédito a sus ojos.  El compás de espera se rompió cuando Pera Madura, otro joven colega de La Pedrona, se lanzó al centro del “ring” y lleno de emoción le levantó la mano derecha, proclamándolo vencedor y evitando que Menudo siguiera recibiendo la paliza.  Algunos de sus amigos fueron a auxiliar al joven conductor y otros tuvieron de detener a La Pedrona a quien ya le habían quitado los guantes y muy solícitamente exclamaba que le daría respiración de boca a boca.  Después de un buen rato, Menudo recuperó sus aires y un tanto tambaleante se dirigió cabizbajo a su vehículo, sin saber si el dolor en su humanidad era más fuerte que aquel en su orgullo.

Sobra mencionar el escarnio que sufrió el pobre Menudo cuando todo el pueblo se dio cuenta de su derrota a manos de La Pedrona.  Por mucho tiempo se aisló después de terminar su jornada al volante y debió aceptar estoicamente las burlas de quien lo miraba pasar en el taxi y le gritaba que lo andaba buscando La Pedrona para darle la revancha.

Tiempo después, Menudo se juntó con una muchacha y tuvieron un hijo a quien llamaron Elvis Presley.  En cierta ocasión cuando el niño tendría unos cinco o seis años y ya andaba jugando por todas las calles del pueblo, cruzó de repente corriendo la calle y un taxi que por ahí circulaba lo atropelló.  Afortunadamente no tuvo serias consecuencias y Menudo tuvo que contenerse pues se trataba de un colega y a eso estaban expuestos.  Meses más tarde, Menudo iba conduciendo su taxi cuando el hijo del conductor que había atropellado a Elvis Presley se cruzó la calle y a pesar del gran frenazo de Menudo, lo atropelló.  No hubo tampoco graves consecuencias, sin embargo, el problema serio es que nadie le creyó que el muchacho cruzó la calle sin fijarse, a toda prisa y que a pesar del gran esfuerzo por detenerse, Augusto no pudo evitar atropellarlo.  Años más tarde, una ex novia de Menudo circulaba en una moto con su nuevo novio, quien no respetó el alto y cruzó una calle de preferencia en el preciso momento en que Menudo circulaba en su preferencia y según declaraciones de testigos salieron tan rápidamente sin fijarse en el alto, que a Menudo no le dio tiempo de detenerse, por más que había aplastado el freno.  El choque no pasó a más, salvo grandes abolladuras de la moto y algunos raspones de sus ocupantes.  La policía lo exoneró, sin embargo el problema de nuevo es que nadie en el pueblo le creyó que había sido un accidente.

A partir de ese día, Menudo circulaba en su taxi a velocidad más que moderada, pues consciente de su mala estrella sabía que en cualquier momento podía ocurrir un incidente, sin imaginarse que días aciagos se avecinaban y no precisamente por causa de alguna colisión.

Los sanmarqueños son gente soñadora y es difícil encontrar a alguna persona que nunca hubiera soñado en sacarse la lotería, aunque no la comprara, llegando al extremo de soñar también en la forma en que se gastaría la fortuna ganada.  Así fue que por mucho tiempo, un trío de amigos sanmarqueños acordaron comprar en “vaca” un billete entero de la lotería en un número fijo que se distribuía en Jinotepe, con la seguridad que su obstinación los llevaría a ganar en algún momento el premio mayor.  Cuando alguno de ellos viajaba a Jinotepe lo compraba y religiosamente el resto cubría su alícuota.  Otras veces cuando sus respectivas ocupaciones les impedían viajar a esa ciudad le pedían a un paisano el favor de comprar el billete o simplemente le encargaban el mandado a algún taxista a quien le pagaban un córdoba por el servicio.  Varias veces le habían encargado a Menudo esta tarea y éste la había cumplido con toda responsabilidad.

En cierta ocasión, Menudo estaba cargando de pasajeros su taxi para viajar a Jinotepe, cuando uno de los tres jugadores se le acercó y le dio el importe del billete para que lo comparar en Jinotepe y al momento de entregarlo le daría el córdoba acostumbrado.  Menudo realizó su viaje, compró el billete y continuó con sus viajes interlocales.  Cuando finalizó su jornada, pensó en ir a dejar el billete encargado, sin embargo, saliendo de su casa se encontró con un amigo que lo invitó a jugar ruleta donde Augusto Uriarte quien manejaba el monopolio de los juegos de azar en el pueblo.  Los dos amigos se fueron y empezaron a jugar y justo antes de que Menudo descifrara el “viaje” de la ruleta y tuviera la certeza de poder adivinar la secuencia de los números que caerían, se le terminó el dinero.  Su confianza en que sus pronósticos serían ciertos le nubló la memoria de lo que significaba su mala estrella y sin pensarlo dos veces, apostó el billete de lotería que todavía cargaba en su bolsillo.  Al caer el siguiente número se oyó una exclamación de dolor y un golpe en la mesa, mientras Menudo casi cae al suelo como cuando La Pedrona lo mandó a dormir.  Su amigo, le ayudó a incorporarse y emprender el triste viacrucis hacia su casa.

Horas más tarde, los soñadores del pueblo encendieron sus radios a fin de escuchar los resultados del sorteo de la lotería nacional.  En el momento en que se dio el resultado del premio mayor, se empezaron a escuchar tremendos gritos de alegría en tres diferentes casas del pueblo.  Los vecinos, con una natural curiosidad, acudieron a esas casas para averiguar de qué se trataba y encontraron escenas, de esas que sólo pueden verse en los comerciales de “Trillonario punto com”.  Resultaba que el número fijo que por tanto tiempo habían jugado los tres amigos, al fin había ganado el premio mayor.  Después que terminaron de realizar sus demostraciones de euforia, lanzando objetos y besando a Raymundo y a todo el mundo, se reunieron los tres amigos y decidieron dirigirse a la casa de Menudo a reclamarle el billete afortunado.  De esta forma, el desafortunado conductor ya se encontraba dispuesto a dormirse cuando escuchó un murmullo que llegaba de la calle, seguido de fuertes golpes en la puerta de su casa.  Al abrir Menudo, observó que se trataba de los tres amigos, ebrios de alegría y acompañados de sus familiares y vecinos.   –Ganamos, fue lo que exclamaron casi al unísono los nuevos ricos.  Menudo sintió que el mundo se le venía encima y se le nubló la vista.  Los amigos creyeron que era de la emoción de que al fin había caído el premio en aquel número y que de alguna forma él obtendría una pequeña comisión por el mandado.  Lo único que se le ocurrió decir a Menudo fue que no pudo comprar el billete.  Los amigos sorprendidos se quedaron de una pieza y a uno de ellos se le ocurrió llamar por teléfono al agente de la lotería para ver si se los había reservado de cualquier manera y después de lograr localizar al agente se vinieron a dar cuenta que el billete fue vendido a Menudo.  A esa hora, ya en otro lugar del pueblo se había formado otra algarabía y era en la casa de Augusto Uriarte en donde ya se celebraba el premio obtenido por Uriarte.  La noticia corrió más rápido que veloz y esta vez la multitud que se dirigía a casa de Menudo era mayor, parecía aquella muchedumbre que con teas buscaba al monstruo de Frankenstein.  Al llegar los tres amigos con la muchedumbre a casa de Menudo, a este no le quedó de otra que admitir su culpa al haber vendido a Augusto Uriarte el billete encargado.  Algunos de los que formaban la muchedumbre llegaron incluso a pedir que lincharan a Menudo, sin embargo, el gremio de obreros del volante ya se había apersonado en el domicilio de su colega y estaban prestos a defenderlo.

Sería imposible tratar de describir todas las emociones que se suscitaron esa noche y los días siguientes; gentes que pasaron del paroxismo a la desesperación, incredulidad y llanto por otro lado, amenazas e injurias al por mayor, escisiones en la sociedad local pues por un lado estaban quienes abogaban por que el billete regresara a manos de quienes lo habían jugado por tanto tiempo, otros alegaban que el billete legalmente le pertenecía a Augusto Uriarte, otros inculpaban a Menudo y exigían que él resolviera el problema que había causado.

El asunto, al final se llevó a los juzgados y ahí, cada una de las partes, tanto Uriarte como los tres amigos, contrataron sus respectivos abogados y la batalla se libró en torno a la calificación de la apropiación de este tipo de títulos valores clasificados como impropios y la doctrina al respecto que se basa en el momento de la sustracción, antes o después del sorteo, sin embargo, se discutía que Uriarte no había obtenido de mala fe el billete y Menudo por su parte, al haber incurrido en abuso de confianza, no invalidaba la adquisición legal de parte de Uriarte.  Por otra parte se alegaba que en el reglamento de la Lotería Nacional no se exigía ningún requisito acreditativo de la legitimidad de la tenencia para proceder al cobro del premio.  Después de muchos alegatos, Uriarte logró cobrar y disfrutar el premio mayor de la lotería, lo cual utilizó en mejorar su negocio del juego, que a la postre le dejaba más utilidades.

Los tres amigos, se llevaron la desilusión de su vida, en primer lugar por la mala jugada que les había hecho el destino y en segundo porque en cuestión de horas, mucha gente que inicialmente se acercó a ellos con inusual amabilidad y camaradería, cuando se dieron cuenta de que no eran ricos, disimuladamente volvieron a sus anteriores actitudes.  Cuando se dieron cuenta que legalmente habían perdido la oportunidad de recuperar su billete, dirigieron su frustración hacia Menudo y lo acusaron judicialmente.  Sin embargo, al momento de la notificación el conductor no pudo más y cayó víctima de un infarto al miocardio.  Fue trasladado de urgencia al Hospital Regional de Jinotepe en donde la oportuna intervención de los galenos le salvó la vida, sin embargo, para su mala suerte, en San Marcos se corrió el rumor de que había sido un teatro montado por Menudo para evadir la acusación.  Hasta ahí llegaba su mala suerte.

Esta historia trascendió las fronteras del pueblo y poco a poco llegó a convertirse en una leyenda urbana.  Ahora en cualquier ciudad de Nicaragua, se comenta este caso como si ahí hubiese ocurrido y los protagonistas se cuentan por centenares.  Sin embargo, doy fe que esta historia es real y ocurrió en San Marcos, si lo dudan pueden viajar hasta esa ciudad, disfrutar de un buen café en La Casona, deleitarse con los chicharrones, fritos y menudo de Los Besos Brujos y de paso visitar a Augusto Menudo, quien tal vez les quiera comentar su historia.

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