Archivo mensual: octubre 2013

Gravity

Gravity.  Imagen tomada de Internet

Para los pueblerinos que bajábamos a la capital, eran muchas las cosas que nos causaban un extremo asombro, desde las escaleras eléctricas del almacén Carlos Cardenal, la iluminación del comercio, los taxis llamados “gatos”, hasta los timbres de las casas y el agua corriente en todo el inmueble.    De la misma manera, los capitalinos encontraban en los pueblos el sabor que daba la quietud y el cercano contacto con la naturaleza.  Sin embargo, no había nada que los sorprendiera más que aquella pequeña caseta, ubicada en el lugar más recóndito del patio trasero de las casas y que era el obligado lugar para la cotidiana peregrinación reclamada por el cuerpo y sus necesidades básicas.

Para los lugares que no contaban con agua corriente, la única alternativa para depositar los desechos del cuerpo humano era una letrina, es decir, pozo de suficiente profundidad en cuya parte superior se instalaba un banco, generalmente de madera, con una apertura circular en el centro y recubierta, para darle privacidad a la operación, mediante una caseta elaborada de conformidad con las posibilidades del propietario, la mayoría de las veces de madera, aunque también se llegaba al extremo de estar recubiertas de cartón.  Muchas eran unipersonales, aunque también las había alargadas, con dos aperturas y llegué a conocer una que era como una flauta dulce, con varias aperturas de diversos tamaños.  Me imagino que no era para uso simultáneo, sino para aprovechar el espacio, o bien para actividades de entrenamiento para niños, pues después de dejar el bacín, tenían que hacer uso de ese lugar y debían ser entrenados para estar plenamente conscientes del extremo peligro que representaba, pues fueron innumerables los accidentes en que niños cayeron en el interior, la gran mayoría de las veces con resultados fatales.

Las personas que utilizaban un lenguaje refinado le llamaban excusado, no obstante, el nombre popular era pon-pon, supongo que por la onomatopeya derivada del sonido producido por los desechos al caer; otros lo llamaban interior, nombre un tanto contradictorio pues estaba ubicado en el exterior del inmueble.  Casi nadie les llamaba letrinas.   Además de la extrema quietud que se vivía en ese recinto, el sonido ahí producido era como el eco de la existencia del emisor y motivaba a profundas reflexiones metafísicas e incluso físicas pues estoy seguro que si Isaac Newton hubiese utilizado uno de estos lugares, hubiese descubierto la ley de la gravedad a partir de su propio cuerpo y no de una manzana, aunque le hubiera quitado todo el romanticismo a la historia.  Para el resto de los mortales, era inquietante el tiempo en que transcurría entre la emisión y el sonido, pues sin realizar la aplicación de ninguna fórmula newtoniana, ese lapso indicaba la profundidad del pozo, pues algunos eran tan profundos que de pronto se percibía cierto olor a azufre.

La casa de mis abuelos paternos en San Marcos obviamente contaba con uno de estos recintos y a pesar que mi abuelo siempre buscando la modernidad había instalado un baño completo con inodoro incluido dentro de la casa, utilizando el agua recolectada en la pila, sin embargo, su ubicación no ofrecía la completa privacidad que requerían ciertas operaciones, de tal manera que se utilizaba solo para emergencias nocturnas.   Estaba yo muy pequeño cuando por alguna razón, no sé de qué naturaleza, el pon-pon fue clausurado, procediéndose a instalar uno nuevo de cuya construcción fui testigo, desde las labores de excavación, hasta la elaboración de una caseta, bastante amplia y bien estructurada, con piso de cemento en la parte frontal de la banca que tenía dos orificios iguales.  Lo que nunca comprendí es cómo siendo mi abuelo tan detallista, dejó que en la parte externa posterior de la caseta en donde quedaba un pasillo de cerca de un metro de ancho, ya colindante con el muro del vecino, en donde el pozo sobresalía unos 30 centímetros de la estructura de madera, de tal suerte que colocaron dos tablas superpuestas para cubrir esa pequeña parte del pozo.  Traigo esto a colación debido a que esa rendija fue objeto de varias diabluras que realizamos en confabulación con los primos.  Inicialmente nos escondíamos como comandos especiales, esperando que alguien fuera a utilizar el pon-pon y muy sigilosamente nos acercábamos a la parte posterior de la caseta y cuando la persona, siempre que no fueran las autoridades, se instalaba a realizar su operación, empezábamos a dejar caer pesadas piedras que indudablemente causaban un gran estupor.   Muchos años más tarde, cuando miré una película de Indiana Jones, quien aprovechando que un tipo está sellando documentos en una oficina, para romper el piso en la planta inferior, al mismo ritmo que el oficinista al dejar caer el sello, provocando un ruido que coincidía con el producido por el sello, me acordé inmediatamente de aquellos episodios.  Llegamos al punto de investigar la ley de la gravedad dejando caer en el propio agujero del excusado, una batería inservible de automóvil, la cual obviamente causó un ruido impresionante y a partir de esa vez, al primo que se asomó como parte de la investigación, le quedó el remoquete de “pecosito”.  En otra ocasión, echábamos al pozo cantidades de papeles encendidos, los cuales se apagaban antes de llegar al fondo, sin embargo, cuando alguien llegaba pegaba el mate cuando observaba que del otro agujero (del pon-pon) salía una considerable cantidad de humo.

En fin, este recinto es escenario obligado de un sinfín de anécdotas, cuentos y leyendas que por mucho tiempo poblaron la imaginación de los pueblos.  Recuerdo que mi tía Leticia comentaba que mis tíos eran tan audaces que realizaban flexiones gimnásticas con los brazos, introduciendo el cuerpo en el agujero del banco del pon-pon.  Una amiga mía, me contaba recientemente, que cuando era niña su madre le compró unos zapatos que además de feos, eran duros y era un martirio para ella caminar con ellos hasta la escuela, hasta que un día decidió deshacerse de ellos y los lanzó al pon-pon.  Después de diversas tácticas de interrogatorio tuvo que soltar la sopa y confesó su acción, organizándose entonces de parte de sus hermanos, una patrulla que con trapos encendidos se alumbraron y con cuerdas y ganchos lograron sacar los famosos zapatos, así que su castigo fue volvérselos a poner, entonces no sólo feos y duros, sino también hediondos.

Cuando el progreso llegó a la mayoría de estas localidades y el agua corriente llegó acompañada de los sistemas de aguas negras, la gente poco a poco comenzó a sustituir a los excusados por los modernos inodoros.  No obstante, debido a la inconsistencia en el suministro del vital líquido, siempre quedaron como suplentes cuando no era posible hacer llegar el agua a los servicios higiénicos.

En la actualidad, la letrina es la única alternativa en comunidades rurales en donde no hay un suministro frecuente de agua o bien esta es muy escasa y se han realizado estudios para que el diseño ofrezca seguridad a los usuarios y sean amigables con el ambiente.

Ya son pocos los citadinos que recuerdan la singular experiencia de haber utilizado aquel recinto, participando de una obligada puesta en común, mientras el ambiente invitaba a serias y profundas meditaciones filosóficas, mientras la gravedad se convertía en cómplice de una sostenida percusión que acompañaba aquellas cavilaciones.

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