Archivo mensual: agosto 2017

La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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La bala que silba

De vez en cuando y últimamente, más de cuando en vez, escucho una bala silbar.  Porque balas, pasan muchas y dan donde tienen que dar, sin apenas darte cuenta. Es el destino disparando a discreción.  Pero algunas se sienten pasar tan cerca que te hacen ver que estás en el rango de tiro y ese silbido te pone la piel de gallina.  Sin embargo, esta vez pasó tan cerca que no solo escuché el silbido, sino que pasó rozando mi pecho y pude sentir luego el impacto seco, en algún lugar, tan lejos, pero tan cerca y el golpe de una humanidad al caer al suelo.  En medio de aquel susto y el dolor posterior pude alcanzar a escuchar un nombre:  Arturo Vicente.  Quedaron atrapados en mi garganta el ¡no puede ser!, ¿Cómo?, pues había sentido pasar aquel inexorable final acariciando mi piel con sus garras.

Aquel trance me llevó a recorrer, tal vez pausadamente, toda mi vida.  Desde los recuerdos más lejanos de mi niñez que se ubican en la casa de mis abuelos en San Marcos. La casa siguiente hacia el sur era la de los Pérez, distinguida y querida familia encabezada en aquel entonces por doña Dominguita viuda de Pérez y en donde predominaban las mujeres.  En una extensión de aquella casa vivían don Arturo, su esposa doña Zaida y sus hijos: Arturo Vicente, un par de años mayor, Magda de mi edad, Gioconda y Martha Elena la menor.

Tengo gratos recuerdos de aquella casa y sus ocupantes.  Las adolescentes, sería tal vez que les llamaba la atención que yo hubiese llegado de México, me daban cariño a manos llenas, Violeta, Antonieta, Leda, Auxiliadora, Alma Nidia.  Con el grupo de mi edad, nos encontrábamos en el kiosco del parque a jugar por las tardes, Arturo, Magda, Casta, Mercedes, Auxiliadora, Roberto, además de otros niños del pueblo.

Arturo era un tanto rollizo, cuando ingresamos a los lobatos con el uniforme de pantalón corto se miraba una extrema diferencia conmigo, pues en aquella época, aunque usted no lo crea, yo era extremadamente delgado.  Luego cuando alcanzamos la edad, pasamos a los boy scouts y recuerdo que Arturo, con su uniforme kaki, fungía como acólito en la misa de ocho del domingo.  No recuerdo si estuvimos en la misma patrulla, es más, tampoco recuerdo el nombre de aquella a la cual pertenecí.  Me imagino que Rudy Marín con su memoria prodigiosa debe acordarse.

Cuando después de cuatro años en el Pedagógico de Diriamba regresé a la Escuela de Varones de San Marcos, me encontré con Arturo y con aquel grupo a cargo de Salvador Carrillo, combinábamos el aprendizaje con el beisbol y el boxeo.  Al año siguiente, con Arturo y otros compañeros iniciamos la versión Beta del Instituto Parroquial Juan XXIII.   Éramos unos catorce alumnos en el sexto grado, con dos únicas muchachas de compañeras y parecía que nuestro único afán era hacerle perder la paciencia a los profesores, en especial a la maestra titular, una muchacha recién bachillerada del Colegio Francés de Granada:  Aidalina García, ahora destacada jurista y magistrada de la Corte.   Tal vez no fue un año de adquisición de grandes conocimientos, pero en el área socio afectiva el logro fue invaluable, pues ahí fortalecimos muchas amistades y compartimos el terror de ser alcanzados por el chilillo que magistral y frecuentemente manejaba el director Pbro. Etanislao García.  Recuerdo especialmente a Arturo en aquel año, cuando se ofreció de voluntario para en un acto cultural cantar algunas coplas en las que se llevó de corbata a muchos compañeros.

La secundaria era en aquel entonces considerada como algo serio.  De tal manera, que mis padres decidieron que era necesario que regresara al Pedagógico de Diriamba.  Por su parte, los padres de Arturo también pensaron igual, de tal manera que continuamos juntos la secundaria.

El grupo de San Marcos en el Pedagógico era muy unido.  Viajábamos en aquel tiempo en un microbús que pasaba muy temprano por el pueblo.  Recuerdo a Desiderio Campos, Félix y Marco Vallecillo, Juan Molina, Julio y Gilberto Vega, Anastasio García y los “primariones”, Sergio Zepeda, Pablo Vargas, Arturo y yo.  El trayecto a Diriamba coincidía con el programa radial de las industrias papeleras mercurio, que presentaba música romántica, en especial a Roberto Yanés y su gran éxito Óyelo bien, entre otros.   En el receso de medio día, nos juntábamos a conversar sobre los tópicos de interés del pueblo y en ciertas ocasiones nos escapábamos a Diriamba a comprar cigarrillos y fumarlos en el trayecto.  Ya en esa época yo era El Curro y Arturo El Cholo.  Nunca llegué a saber quién le puso así ni por qué, pero él siempre lo tomó con filosofía y lo internalizó sin problema.

Para esos tiempos nos llegó la fiebre del baile y con cualquier pretexto organizábamos fiestas en donde inicialmente con refrescos y sandwiches pasábamos alegres veladas, luego vinieron los quince años de las amigas que sucedieron en cascada y que en algunos casos fue la oportunidad para que la Flor de Caña ingresara a las opciones.  Arturo mostró siempre templanza en ese sentido y nunca llegué a mirarlo indispuesto.

Recuerdo muy bien en unas fiestas patronales que se organizó unas carreras de cinta en donde obtuvo el primer lugar y muy orgulloso llevó la medalla ganada y se la obsequió a Ninoska Urbina, su novia, que luego sería su esposa de toda la vida.

Más adelante, si mal no recuerdo Arturo y Tacho García tuvieron la idea de conformar un Club Juvenil y con mucho entusiasmo lo integramos.  Nos reuníamos en el mismo local del Club de Leones, junto a la Alcaldía.  Arturo y Tacho tenían gran facilidad para organizar eventos y en varias fiestas patronales el Club se encargó de la fiesta de huipiles en el Town Club.

Al final de la secundaria llegamos a bachillerarnos solo Arturo y yo, pues Pablo había ingresado a la Academia Militar y Sergio se había quedado en cuarto año, en donde los ínclitos hijos de La Salle pusieron un fino colador.  Arturo finalizó con un buen promedio, pues siempre se distinguió por sus buenas calificaciones.  Yo admiraba en él la facilidad con que balanceaba todas sus actividades de tal manera que siempre tenía tiempo para estudiar.

Arturo seleccionó la carrera de Arquitectura y para ese período le perdí la pista y muy eventualmente me lo encontraba los fines de semana en el pueblo, sin embargo cuando en 1969 todas las facultades se juntaron en el Recinto Rubén Darío, nos encontrábamos más seguido.

Después del terremoto del 72, muchas veces que yo estaba pidiendo raid para viajar a Managua, Arturo que entonces trabajaba en El Velero y conducía una pick up doble cabina Volkswagen, me llevaba hasta Nejapa, en donde él tomaba la carretera vieja a León y yo seguía a Managua.

El resto de la década de los setenta lo miré muy poco.  Luego yo estuve 16 años en México y al regresar supe que vivía en Costa Rica desde mediados de los ochenta. En 1995 lo volví a ver, Arturo había organizado la cena tradicional que anteriormente el mayordomo de las fiestas patronales ofrecía al cura párroco, pero en esa ocasión se encontraba de visita en el pueblo el padre canadiense Pedro Pelletier y la fiesta tomó el nombre de la Cena del Recuerdo.  Luego me lo encontré varias veces en Managua, trabajando él para una empresa de Arturo Vaughan.   Después creo que hubo problemas en la empresa en la que trabajaba y en 2000 se decidió a regresar a Costa Rica.

Años después tuve la oportunidad de leer en La Prensa un artículo en donde se hablaba sobre el espíritu inigualable de solidaridad de Arturo.  En un restaurante que había puesto en San José, acudían todos los nicaragüenses que deseaban asesoría sobre aspectos legales migratorios o laborales y Arturo con mucha amabilidad los ayudaba, en muchas ocasiones organizó colectas para ayudar a la repatriación de paisanos fallecidos en aquel país.  Se hizo tan famosa aquella desinteresada ayuda que su restaurante era conocido como El Consuladito, pues ahí encontraban los connacionales más ayuda que en las instancias gubernamentales.

Pasó mucho tiempo antes de volver a ver a Arturo.  Fue en la vela de la insigne maestra la Srita. Flérida Noguera cuando de pronto se me acercó alguien que de golpe no logré reconocer, hasta que Roberto Fernández, amigo del 5to y 6to. Grado me dijo: – Es El Cholo.  Nos abrazamos y conversamos sobre los años maravillosos.  Meses después llegué a acompañarlo al fallecer su mamá, Doña Zaida.   Luego, entre Rudy Marín y Arturo organizaron una reunión para encontrarnos con Gilberto Vega y su familia de paseo por Nicaragua.

En febrero de este año, los ex alumnos de la XXIV Promoción del Instituto Pedagógico de Diriamba nos organizamos para celebrar los 50 años de nuestra promoción.  Arturo se entusiasmó y confirmó su asistencia, sin embargo, unas semanas antes del evento me llamó para cancelar, pues en esa fecha lo iban a operar de un reemplazo de cadera.  Lo llamé luego para ver cómo había salido y me confirmó que todo había salido bien y que estaba en la terapia de recuperación.

Después de la convocatoria para una nueva reunión de la promoción en febrero de 2018, Arturo me llamó para mostrarme su entusiasmo e interés de participar.  Me manifestó algunos planes de negocios que tenía y quedamos de vernos en las fiestas de abril en San Marcos, pero no fue posible.  Unas tres semanas antes de fallecer me llamó para saludarme y confirmar su anuencia a participar en la reunión y quedó en firme la voluntad para encontrarnos antes de esa fecha.

Creo sin temor a equivocarme que Arturo ha sido uno de los ciudadanos de San Marcos más apreciados.  Esto se lo ganó a pulso, pues prodigó cariño a sus familiares y supo llevar el concepto de amistad a los niveles de los grandes personajes.  Fui testigo de su inconmensurable amor por su ciudad, su cultura y sus tradiciones.  Su partida ha hecho renacer en los que lo conocimos esa debilitada facultad de extrañar.

Estoy plenamente consciente que algún día la bala llevará mi nombre, pero ahora, me duele más la bala que pasó silbando y ver al amigo caído y recuerdo otra vez aquella sevillana que dice:  “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va y va dejando una huella que no se puede borrar”  Descansa en paz, querido Cholo.

 

 

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