Archivo mensual: octubre 2014

Dador a creer

Mascaras. Imagen tomada de Internet

 

Existe una expresión en el habla nicaragüense que a pesar de no estar registrada en el Diccionario de la Real Academia de la lengua, ha sido de uso común en el lenguaje cotidiano.  De hecho, se trata de un sustantivo compuesto y se deriva del verbo dar, de la preposición “a” y del verbo creer, que da como resultado: “dador a creer”.

Este vocablo se ha utilizado para señalar a una persona que realiza un esfuerzo para aparentar ser lo que en realidad no es.  Así pues, recurre a cualquier estrategia para dar a creer a los demás que es una cosa diferente a lo que realmente es.  Un sinónimo podría ser farsante, que es quien finge lo que no es o lo que no siente, sin embargo, en Nicaragua, por muchos años farsante más bien ha sido sinónimo de engreído, arrogante o presuntuoso.

En realidad es un sustantivo que suena extraño, pues “dador” es una expresión no muy usual, pues en su lugar generalmente se utiliza donante, a excepción de la Biblia en donde prolifera: Dador de vida, Dador alegre, Dador de la Ley, entre otros.

Podría decirse que el nicaragüense ha sido siempre proclive a aparentar, no obstante, no fue sino hasta en el siglo XX que se fue extendiendo esta forma de calificar a los conciudadanos que padecen de este mal.

Los ámbitos en los cuales las personas tienden a dar a creer son variados, no obstante, sin temor a equivocarme podría afirmar que el terreno socioeconómico es donde más se recurre a esta práctica.  En un país en donde casi la mitad de la población vive bajo la línea de pobreza, una proporción de la otra mitad quiere dar a creer que se encuentra varios percentiles arriba o abajo de su verdadera situación económica.  En el primer caso, quienes presumen de tener dinero o “andar chineados” pueden hacerlo a la pura “imprenta”, apantallando y a la hora de la verdad como diestros en el ruedo ejecutan un magistral capotazo o simplemente se “camisean”, fingiendo desesperadamente una búsqueda de efectivo en cada una de las bolsas que tiene su vestimenta. Ya por último sacan una tarjeta de crédito más vencida que una Mejoral en el baúl de la abuela.  Otros hacen malabarismos con su presupuesto para financiar gastos de demostración o figureo, sacrificando el resto de sus erogaciones o bien incrementando de manera peligrosa su nivel de endeudamiento, con el riesgo de que alguna institución bancaria los balconee en las listas de morosos que publican en los diarios.

Aunque parezca increíble, existe el caso contrario de personas que dan a creer que tienen menos dinero del que en realidad tienen.  Algunos lo hacen por precaución, ya sea por temor a la delincuencia o por quedar expuesto ante algún amigo necesitado que le quisiera propinar un sablazo; otros lo hacen para ocultar el origen de sus fondos y otros, en el otro extremo, para causar conmiseración y ver qué agarran o qué logran con el bate de aluminio.

Otro ámbito en el que muchos paisanos insisten en dar a creer es el relativo al linaje.  Son muchos los que realizan toda suerte de acrobacias para mostrar una genealogía que los vincula a las principales casas reales de Europa y presumen tener una sangre tan azul que poco les falta para poner una fábrica de bolígrafos.  Algunos de ellos incluso se tutean con Cayetana y Letizia.  Otros se conforman tratando de borrar o disimular cualquier vestigio de mestizaje que acuse el color de su piel o el tipo de su cabello.

De la misma forma, está muy generalizado el dar a creer una erudición fuera de serie.  Es impresionante el dominio que un ciudadano aparenta tener sobre temas de medicina, ingeniería, sismología, meteorología, psicología, arquitectura, física cuántica, aunque su preparación académica a duras penas le alcance para el manejo del kardex o para labores de gestoría.  Ni se diga si se trata de politología, en donde el propio Maquiavelo les haría los mandados.

En el terreno de la espiritualidad y las virtudes, los conciudadanos no se quedan atrás, pues existe siempre una tendencia a exagerar la nota en este campo.  Pareciera que no es suficiente el baño diario o los eventuales baños en el mar, sino que es menester darse baños de pureza que llevan al paisano al umbral de un proceso de beatificación.

Con la llegada del tercer milenio, de pronto, la práctica de dar a creer dejó de tener el significado que por mucho tiempo tuvo. Fue como si de pronto la gente se hubiese acostumbrado a observar este tipo de actitudes y dejó de ponerle mente.  Podría haber influido el hecho de que las nuevas técnicas de marketing se enfocaron al manejo de la imagen personal, haciendo que determinadas personas resaltaran algunas características para convertirse en líderes y por qué no, únicos y sobresalientes, aunque en este esfuerzo caigan irremediablemente en la categoría de dadores a creer.  Incluso existen expertos en manejo de imagen que si se les llega al precio, se encargan de transformar a un ciudadano común y silvestre en un político de éxito, educándoles la voz, para que a través de ciertos tonos e inflexiones transmitan seguridad y confianza, recomendándoles sus vestimentas para que den una imagen de sobriedad y elegancia, ejercitando por muchas horas frente al espejo el  lenguaje corporal que a la hora de un chagüite dejarían pálido  al propio Demóstenes.  De la misma forma, se aprenden un par de frases que harán creer que tienen una extrema sensibilidad social y ambiental.

Esta práctica se ha generalizado a muchos campos y así vemos a ejecutivos, gentes de la farándula, en fin de todo aquel que vive de la impresión que causa en el prójimo, manejar profesionalmente su imagen.  Hasta las concursantes de los certámenes de belleza, además de que les sacan los golpes como a los carros, les dan una embadurnada para que derramen exquisitez y erudición, además de llegar a los extremos de ser políticamente correctas, amantes de las causas nobles, de la paz mundial, de la irrestricta tolerancia y del combate frontal contra la pobreza,  aunque a la hora de una pregunta de sexto grado de primaria, por no quedarse calladas responden cualquier estulticia.

En la búsqueda de empleos, bajo el lema de que la primera impresión es la que cuenta, muchos aspirantes a un puesto hacen gala del más refinado trato, dando a creer que son la última coca cola del desierto, promocionándose como  los candidatos ideales para el puesto.

Con la proliferación de las redes sociales, se ha facilitado ese síndrome de dar a creer que sigue latente bajo la máscara del manejo de imagen, aunque ya no a niveles corporativos, sino que en los círculos de amistades y familiares, aunque a veces los horrores de ortografía evidencian la realidad de las cosas.  Lástima que el Facebook sólo tenga el botón de “Me gusta”, pues debería tener uno con un gran signo de interrogación o aquella famosa expresión dubitativa de Tres Patines: ¿Serapio Silva, chico?

Es aceptable, incluso admirable, que alguien se mantenga en una constante lucha por superarse, por cambiar y lograr ser una mejor persona, siempre y cuando sean cambios verdaderos y sostenibles, no ponerse una máscara para dar a creer otra cosa diferente a lo que realmente es.

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Pidiendo raid

Raid.  Imagen tomada de internet

En esta jungla de asfalto y lata en que se ha transformado la novia del Xolotlán, cada cierta distancia y especialmente a las horas pico, es común ver contingentes de personas que esperan paciente y a veces impacientemente un medio de transporte colectivo.  En sus rostros se dibuja el hastío y sus manos se presentan en actitud defensiva, cuidando sus pertenencias de los amigos de lo ajeno.  Salvo cuando aparece una ruta, alguien designado por la urgencia levanta desganadamente la mano para hacerle parada al autobús en nombre del resto del contingente.  Alguien más desesperado aún, levanta su mano con más energía y autoridad hacia un taxi.

Para aquellos conductores que rozan los sesenta abriles, de vez en cuando, da la impresión que aparece una figura fantasmal que levanta su mano hasta la altura del pecho, empuñada hacia arriba, dejando libre al pulgar que extendido señala hacia el sentido de la circulación, agitando suavemente el brazo en la misma dirección.  Le devuelve la sonrisa y de pronto se transporta a finales de los años sesenta, inicio de los setenta, cuando esa era la señal para pedir raid, práctica importada que nos llegó un poco tarde.

Por muchos años, la práctica del autoestop, como se le conocía principalmente en Europa, permitió a la juventud conocer muchos lugares sin tener que invertir dinero en transporte.  En Nicaragua, había esta práctica, pero no extendida ni de la manera institucionalizada de otros países y se daba principalmente entre conocidos.  Cuando estudiaba en Diriamba, después de los exámenes quedábamos libres y para no esperar hasta las cuatro de la tarde por el bus del colegio, nos salíamos a la carretera, esperando a algún paisano para viajar de “piche falso” como le decíamos a esta práctica.

Antes de 1972 Managua era una ciudad relativamente pequeña, de los principales enclaves habitacionales a los centros de trabajo, oficinas y comercio había a lo sumo y exagerando un poco, unas setenta cuadras y en esos tiempos la gente estaba habituada a caminar, así que no le tenía pavor a una buena “camellada” como se le llamaba a una hora o más de caminata.  No obstante, cuando en 1969 se fundó el Recinto Universitario Rubén Darío en Jocote Dulce, en donde fueron ubicadas todas las facultades de la UNAN de la capital, la ruta de buses a veces no daba abasto o terminaba operaciones antes que finalizara la última clase de la noche.  Entonces empezó a generalizarse la práctica de pedir raid a los alumnos o profesores que tenían la suerte de tener vehículo.  Generalmente las muchachas y algún amigo que la acompañaba eran las principales favorecidas en esta práctica, de tal manera que más de alguna vez me tocó pegar una camellada de más de una hora desde el recinto hasta mi casa en el callejón de Alí Babá, cuando lo que es ahora la Avenida Universitaria era un infame cauce de tierra.   Fue entonces que mi madre le insistió a mi padre que me comprara un vehículo y así fue que cambié mi papel de suplicante de raid por el de otorgante.

Mi vehículo era una combi Volkswagen, tipo pick up de doble cabina que ya había tenido mejores ayeres, pero que al igual que esas divas de la farándula, ya estaba bastante traqueteada, motivo por el cual en mi casa la bautizaron como la “peoresnada”.  Aun así, vino a levantar mi perfil (aquileño imperial) de manera significativa.  Ya casi me decían Don Orlando.  Los que alcanzaban en la tina tenían raid hasta el ByPass.  Los de la cabina podían llegar hasta el Estadio, con la advertencia de que no podían fumar, pues les metía el mono de que había una fuga de gasolina y podíamos volar como el Apolo XIII.

Después del terremoto de 1972 la mayoría de la población capitalina se desperdigó por todas las ciudades circunvecinas y al  quedar las fuentes de trabajo en lugares improvisados de Managua, era obligado el viaje diario desde dichas ciudades, lo cual generalizó la práctica de pedir raid.  Por otra parte, se despertó un espíritu de solidaridad entre los conductores, de tal manera que había una anuencia a levantar a todos aquellos que con una sonrisa levantaban su mano y con el pulgar hacían la señal de pedir raid.

De todo el trajín que se dio después del terremoto, pues mi familia regresó al pueblo, la “peroesnada” dio la queda y tuve que volver a mis días de suplicante de raid.  Generalmente siempre me encontraba con alguien anuente a llevarme, sin embargo, en algunas ocasiones tenía que hacer uso del Cantillano, que era el último autobús que llegaba al pueblo.

Cuando las cosas se calmaron y muchas familias regresaron a la capital y otras se enamoraron de la quietud de los pueblos y ahí se quedaron, la práctica del raid quedó más que nada como una alternativa de muchos jóvenes para sus paseos en una época que todavía mantenía el romanticismo del movimiento hippie.

En el año 1974, salió una canción, con un ritmo bastante pegajoso llamada Pidiendo raid cuya interpretación estaba a cargo del grupo Sonido 74, que agrupaba a miembros de Los Atomos, que antes fueron Los Elca.  El tema decía: “Pidiendo raid, por la carretera voy, con mi costal y un mundo lleno de ilusiones; me voy al mar, a sus olas disfrutar, quiero encontrar, una chica a quien amar”.  A pesar de que el tema tal vez no tendría la profundidad de Good bye yellow brick road, que salió al mismo tiempo, era tal la fiebre de la juventud por pasear al raid, que la canción se colocó entre las preferidas por la audiencia.

Para finales de los setenta las cosas empezaron a ponerse color de hormiga.  Trabajaba en ese entonces en el Ministerio de Agricultura y unos compañeros de la unidad de planificación andaban en el campo realizando unas encuestas y se les hizo fácil darles raid a unos muchachos que se encontraron en el camino.  Al llegar a un paraje donde estaba un retén de la genocida, se pusieron nerviosos y quisieron sacar unas armas que escondían en sus mochilas, pero los efectivos reaccionaron antes y los barrieron.  Los compañeros del ministerio fueron detenidos y sometidos a duros interrogatorios hasta que con la intervención del ministro lograron aclarar las cosas y salieron.  Desde esa fecha se normó la prohibición total de subir a los vehículos del ministerio a personas ajenas a la institución y por su parte los empleados en sus vehículos particulares empezaron a desconfiar de la práctica de ofrecer raid a desconocidos.

Luego, con la expansión de la actividad delictiva, empezó a desaparecer la práctica del raid, pues tanto quien solicitaba raid tenía temor del desconocido que conducía un auto, como de este último respecto a quien levantaba la mano con el pulgar extendido.  Fue de esta manera que poco a poco se fue extinguiendo esta práctica, de tal manera que en la actualidad ya no se mira a personas haciendo aquella famosa señal y las nuevas generaciones no tienen la menor idea de qué se trata.  Quienes tuvimos la suerte de viajar al raid, difícilmente se borrarán de nuestra memoria aquellos tiempos, aunque en la actualidad ni se nos ocurre volver a pedir raid, salvo tal vez que se trate de una ambulancia o a la larga, de una carroza, de esas que tienen volutas grabadas en los cristales laterales.

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Los secretos de La Capitalina

Farmacia.  Imagen tomada del internet

 

Gran parte de mi niñez, casi ocho años, la viví en la botica La Capitalina de mi abuelo, en San Marcos.  El recuerdo que guardo de aquel tiempo es tan colorido que pareciera formar parte de una novela de Alejo Carpentier.  Es obvio que con el paso de los años, algunos recuerdos poco a poco se van difuminando, sin embargo, en mis ratos de meditación, cierro los ojos y trato de recorrer aquel local lleno de colores, olores y sabores, desde los estantes de los cosméticos hasta la galería de las especias.  Después de tanto tiempo, todavía puedo traer desde la memoria el olor de la crema Hinds, del talco Mavis, de las pastillas Serafón, del álcali, del jarabe de Tolú, de la pimienta de Chiapas o el sabor de la magnesia calcinada, del maná, de las pastillas Valda o de las de soda y menta.  Ni se diga el color del Merthiolate, del azul de metileno, del ruibarbo, del aceite eléctrico o del picrato de butesín.

No obstante, cuando crecí, aquel mundo que me parecía mágico, adquirió una nueva dimensión para mí y pude realizar una serie de conexiones de eventos que en su momento me parecieron intrascendentes.   Hasta donde mi memoria alcanza a llegar, mi abuelo de 68 años, limitaba sus actividades a programar y efectuar las adquisiciones, realizar los preparados farmacéuticos y supervisar la parte operativa.  Generalmente si no estaba en su bodega, estaba sentado en una salita en la entrada de la botica, leyendo un libro o el periódico.  Quien llevaba la mayor parte del despacho en la botica era la tía Leticia, sobrina de mi abuela, mientras que esta última se encargaba de coordinar las actividades domésticas y ocasionalmente ayudaba en la botica.

La tía Leticia tenía treinta años en ese entonces y fue adoptada por mis abuelos cuando tenía nueve y desde ese tiempo ayudaba en el despacho en la botica.  Dominaba toda la farmacopea de la época, así como el precio de todos los productos que se ofrecían.  Asimismo, conocía a todo el pueblo.  Todo lo anterior, ayudaba al hecho de que, siendo su carácter muy sensible, reflejara en su rostro las reacciones ante el despacho de determinado producto, cosa que no sucedía con mi abuelo, cuyo rostro no se inmutaba.

Así pues, cuando ella despachaba picrato de butesín que era lo más recomendado para todo tipo de quemaduras, su rostro reflejaba el dolor ante el sufrimiento ajeno.  Estas manifestaciones bajaban en intensidad cuando se trataba de bálsamos como el Bengay, el mentolatum o bien los analgésicos como aspirina, divina, anacín, entre otros.

Por disposición de mi abuela, en la botica no se vendían preservativos y cuando algún ciudadano ignorante de aquella restricción los demandaba, tal vez murmurando entre dientes, la tía Leticia montaba en cólera y le espetaba un rotundo no, como si respondiera a las asechanzas del Maligno, llegando a la ira extrema cuando el individuo preguntaba en voz alta por el  adminículo, cambiando de color, de chota, chota, como ella decía, a morada, advirtiéndole de la manera más agria: -Señor, cuídese la lengua.  No me imagino cuál hubiese sido la política en esa botica si en ese tiempo hubiese salido la Viagra.

No obstante, no se le negaba ningún antibiótico a nadie y cuando algún individuo, a lo mejor el mismo del episodio anterior, llegaba solicitando una benzetacil de 1.2 millones de unidades, se le despachaba, tratando de ocultar una sonrisa entre pícara y maliciosa y descubriéndola (la sonrisa) cuando el pobre se alejaba con el medicamento caminando como John Wayne y bajando con sumo cuidado las gradas de la puerta.  Sin embargo, cuando intuía que el antibiótico era para otro tipo de dolencias, en especial pediátricas, mostraba una expresión de conmiseración.

Cuando llegaban a comprar Esencia de Coronado y Argirol, ella mostraba un gesto de congratulación, mezclado con cierta dosis de preocupación, puesto que la mencionada esencia, que venía en unos pequeños frascos forrados en papel kraft, era un coadyuvante para el parto y el Argirol era un compuesto de vitelinato de plata que prevenía las infecciones oftálmicas en el recién nacido y que provocaban no pocos casos de ceguera.  Había ciertos casos aislados, en que alguien llegaba a comprar la citada esencia, sin el colirio, provocando una extraña desazón en la tía Leticia.  Mucho tiempo después descubrí que la esencia mezclada con ciertas substancias y mediante una serie de malabarismos, podía provocar un aborto.

En la botica se vendía dos tipos de alcohol.  El que se conocía como alcohol a secas, que era metílico o industrial y que se utilizaba como antiséptico o solvente y el “alcohol puro” que no era otra cosa más que guaro y que se utilizaba en ciertos preparados o para algunas recetas de cocina como el Pío V o la sopa borracha y que ciertas personas encontraban más cómodo comprarlo en la farmacia que en la cantina.  El precio del primero era más bajo que el del segundo y en algunos casos, algunos bazukeros, desesperados e ignorantes de sus letales efectos, se atrevían a buscarlo.  La tía Leticia tenía un colmillo para detectar esas intenciones y con un gesto grave de desaprobación negaba el producto.

En aquella época salió como buena alternativa para estados diarreicos el Kaopectate, que no era otra cosa que la mezcla de caolín y pectina, que se vendía tanto en frascos sellados, como a granel, por cucharada.  En esos casos, la tía Leticia hacía un esfuerzo por mostrar una expresión seria y neutral, como una deferencia hacia el cliente y que éste no se sintiera incómodo.

La modernidad nos había llevado en esos tiempos las toallas sanitarias, cuyo monopolio ostentó por mucho tiempo la marca Kotex y que ofrecía su producto en unas cajas de cartón de tamaño poco discreto.  Cuando alguna fémina se acercaba a la tía Leticia y le susurraba algo al oído, ella mostraba una expresión de complicidad y si yo estaba cerca, me mandaba a preguntar algo a la abuela.  La curiosidad me alentaba a ir y regresar en un abrir y cerrar de ojos, momento en el cual ella ya había empacado cuidadosamente la caja en papel de envolver, como si fuera un regalo.  Las veces que llegué a preguntarle sobre el uso de aquel producto, arrugó la cara y se limitó a callar.

El Agua de Florida tenía un uso cosmético, pues era utilizado en muchos casos como una eau de toilette, sin embargo, ella tenía una tremenda intuición para detectar los casos en que se utilizaba como un mitigante, un tanto simbólico a mi modo de ver, en caso de personas “atacadas”, es decir que pasaban del borde de un ataque de nervios al colapso total, ya fuera por alguna decepción  o en el peor de los casos en caso de fallecimiento de algún ser querido.  Ella entonces mostraba una expresión de solidaridad, de la buena desde luego.

En la galería de las especias, había una extraña mezcla de productos y en la distancia pienso que el factor común era que se trataba de productos que se vendían a granel y que ya estaban previamente medidos y empacados.  Ahí convivían las especias con otros productos un tanto distantes como el albayalde. Ahí estaba entre otros el alumbre.  Era un producto con diversos usos, uno de ellos era el de constituir un rudimentario y a veces efectivo desodorante y ciertos caballeros también lo utilizaban como un primitivo after shave.  No obstante en algunos casos  la tía Leticia mostraba una expresión de desconcierto, un tanto entre la duda y el misterio, debido a que ciertas personas, féminas según escuché después, la utilizaban como un poderoso astringente que restituía en cierta medida la doncellez perdida.  Algunos recordarán a aquella muchacha de la capital que era conocida como la Virgen del Alumbre.

Por muchos años los inhaladores nasales se vendieron sin segundos pensamientos, pues era un agente, no muy efectivo desde mi punto de vista, para las congestiones nasales.  Había de dos marcas Vick y el otro de nombre un tanto cuanto bandido, alburero: Penetro.  No eran baratos, sin embargo, tenían una demanda no despreciable.  La tía Leticia los vendía sin mayor emoción.  Sin embargo, en cierto momento corrió el rumor que uno de los ingredientes activos del inhalador era una droga.  Aunque el debate respecto a si la desoxiefredina era o no igual que la metanfetamina nunca llegó a conclusiones contundentes, siempre permanecía la duda de que si el consumidor del producto padecía de una sinusitis crónica o de cierta adicción.  Así pues un enorme signo de interrogación se dibujaba en el ceño de ella cada vez que le tocaba despachar un inhalador.

Lo más interesante del caso es que mi abuelo había impuesto un estricto código de discreción y a pesar de no haber juramento, estilo hipocrático de por medio, nada de lo que ocurría, se escuchaba, se observaba o se  deducía, salía de la botica.  Algo así como What happens in La Capitalina, stays in La Capitalina.  A la fecha, la mayoría de los actores principales de este relato ya duermen el sueño de los justos y se llevaron a la tumba muchos secretos que de haberse revelado, hubiese ardido Troya.  Para ser sincero, mis esfuerzos de observación en esos días se centraban en los productos, sus colores, olores, sabores y en las expresiones de la tía Leticia.  De las personas que llegaban y provocaban sus reacciones, realmente no me acuerdo.

 

 

 

 

 

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