Archivo mensual: marzo 2018

Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1961 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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La penitencia

CUENTO PARA LA SEMANA SANTA

ORLANDO ORTEGA REYES

La cruz no pesa, lo que cala

son los filos, cariño santo

Tomás Méndez

 

Era el domingo de ramos de 1962 en el pueblo de San Isidoro, un pequeño poblado enclavado en la sierra y que en los últimos cien años se había mantenido del cultivo del café.  Como muchos otros poblados, le hacía honor a su tamaño, pues era un infierno grande.  Precisamente, en la semana anterior, el Padre Julián, quien había sido el pastor de aquel rebaño por muchos años, fue transferido al otro extremo del país, debido a una serie de eventos desafortunados, en donde el carácter viperino de la lengua algunos ciudadanos (aquí vale agregar “y ciudadanas”) lo habían puesto en una posición bastante comprometedora, asunto que llegó a oídos de la Curia, motivo por el cual fue llamado a una audiencia en donde se decidió su inmediata sustitución.

Así pues en aquel domingo de ramos, además de celebrarse el inicio de la semana mayor, con la emblemática bendición de las palmas, el pueblo recibiría a su nuevo párroco: el padre Ramón.  Habían avisado del arzobispado que llegaría de la capital e iniciaría su apostolado precisamente presidiendo la procesión de aquella festividad.  El pueblo entero, ante aquella noticia, se había volcado al patio de don Josué, un enorme predio ubicado a la salida del pueblo, en donde tradicionalmente se subía a una imagen de Jesús que tenía articulaciones, de tal manera que podían sentarla, pararla y adaptarla para poder subirla al lomo de una burra.  El animal en cuestión era prestado por don Bernabé, un ciudadano un tanto irreverente, que según algunas tapas finas del pueblo, los días anteriores le agregaba al alimento algunas hierbas que llenaban de gases al animal, de tal manera que era parte de la tradición escuchar las flatulencias de la burra, lanzadas en estacato de manera oportuna en los momentos de silencio de los chicheros.

Minutos antes de las siete de la mañana, hora prevista para la salida de la procesión, entró al pueblo de manera solemne un enorme Buick negro.  Del vehículo descendieron dos individuos vestidos de sotana negra y se acercaron a la muchedumbre.  El más alto y robusto, hermoso, dirían las señoras del pueblo, se dirigió a los fieles y con voz enérgica les dijo: -El Señor Arzobispo les envía su bendición y les avisa que ha designado al Padre Ramón para que los guíe por el camino correcto.  Les pide todo su apoyo para su nuevo pastor.  Se adelantó el otro cura, un hombre relativamente joven, bajo de estatura y delgado.  En su cabeza se adivinaba una prematura calvicie, no obstante tenía cejas espesas que remataban a un par de ojos negros.  Al verlo, los fieles, acostumbrados a la notoria estatura y complexión atlética del Padre Julián, se quedaron un tanto sorprendidos, sin embargo,  reaccionaron y lanzaron vítores y ante una señal del alcalde los chicheros interpretaron una fanfarria, se lanzó una andanada de cohetes, mientras la muchedumbre agitaba las palmas que temprano habían adquirido donde doña Juanita, proveedora oficial de estos materiales y administradora vitalicia del huerto que se instalaba al lado de la parroquia.  En medio del bullicio el enviado del arzobispo hizo mutis por el foro y cuando la gente se percató el Buick negro se perdía en la lejanía de regreso a la capital.

El padre Ramón entregó una maleta a un muchacho y le pidió que la llevara a la sacristía y después de emitir saludos a diestra y siniestra, con algunos signos de bendición, ocupó su lugar al frente de la procesión, portando unas palmas que le entregó una matrona e inició la marcha.  El tambor de los chicheros realizó un magistral redoble, después del cual, como algo previsto, se hizo un profundo silencio.  Fue entonces cuando la burra sin respetar a su preciada carga, lanzó su andanada especial en honor al nuevo párroco.  El padre Ramón, como si fuera un jugador de póker no se inmutó en lo más mínimo.  Las señoras se taparon el rostro con sus mantillas y los señores agitaron sus palmas e inmediatamente los chicheros comenzaron a interpretar una marcha.  El nuevo párroco saludaba a los pocos habitantes que se habían quedado en sus casas y que se asomaban curiosos al paso de la procesión.

Minutos antes de las ocho llegó la procesión a la parroquia y mientras descendían y guardaban la imagen de Jesús y la gente se acomodaba en las bancas, el padre Ramón fue a la sacristía en donde con la ayuda de dos acólitos se cambió su sotana por la vestidura roja que marcaba la liturgia.

La misa en aquel tiempo todavía se realizaba de la manera ancestral, en latín y la mayor parte del oficio, de  espaldas a los fieles.  Así pues el cura se dirigió al pie del altar y con una voz demasiado fina, en comparación al vozarrón del padre Julián, exclamó:  In nomini Patri, et filii, et spiritus sancti.  Amen.  Introibo ad altare Dei.  Las señoras se volvieron a ver con una expresión de: -¿Y éste? Y en las bancas de atrás uno que otro caballero lanzó un disimulado: -Mmmmm.

Después del kilométrico evangelio de aquel domingo, llegó el momento de la homilía, que en aquellos tiempos se llamaba simplemente sermón.  El padre Ramón, con una inusual agilidad subió por una escalera de caracol a un incómodo púlpito y desde arriba comenzó, con voz un tanto meliflua, el primer sermón a su rebaño.  A pesar de la tranquilidad con que se expresaba el nuevo párroco, sus palabras tenían una contundencia inusual para aquellos fieles, acostumbrados a los sermones del padre Julián, que a pesar de su voz grave y su tono enérgico, sus palabras siempre se perdían en lo etéreo y como un avión que transita por el triángulo de las Bermudas, nunca lograba aterrizar.  El padre Ramón, sin embargo, se fue directo al grano.  Remarcó sobre el cambio de aquellos que hoy gritaban: Hosanna, bendito el que llega en el nombre de Dios, para luego, gritar:  Crucifícale, como una expresión que nacía de la mentira, la calumnia y la difamación.  Se extendió en la traición de Judas y en la lavada de manos de Pilato y cómo hay tantos que hacen lo mismo que estos personajes.  Finalizó su intervención, bastante larga por cierto, dejando la pregunta abierta a sus fieles, si ante la pasión de Cristo y en la vida misma, gritarían Hosanna o gritarían Crucifícale.  Al final de la misa, procedió a la bendición de las palmas y cada quien se fue a su casa, con una expresión de preocupación, pues el  nuevo cura, a pesar de su tamaño, lanzó unas cuantas verdades desde el púlpito.

La semana santa comenzó a desarrollarse de manera usual.  El lunes santo salió la procesión de San Benito, un santo negro al cual eran muy devotos muchos de los fieles que acusaban cierta ascendencia negra.  El martes el padre Ramón le preguntó a doña Martina, una devota que hacía las veces de secretaria de la parroquia, que si había un carpintero en el pueblo, confiable y discreto, a lo que ella le  recomendó a don Rodolfo, un viejo carpintero que vivía a pocas cuadras de la casa cural.  Lo mandó a llamar y le pidió un trabajo especial.  En dos días iba a construir una cruz, con unas soleras que habían sobrado de un anexo que se construyó en la casa cural, con ciertas dimensiones que el cura había calculado.  El carpintero le advirtió que de ese tamaño y con el tipo de madera, la cruz tendría un peso considerable.  El  cura le afirmó que eso ya lo sabía.  Se despidió con una solicitud de máxima discreción y antes de que el carpintero franqueara la puerta, le repitió con su dulce pero convincente voz: -Cuidadito.

En los oficios del martes santo, el padre Ramón anunció que las confesiones se realizarían el miércoles santo a partir de las dos de la tarde.  En la mañana del miércoles se efectuó la procesión del Lignum crucis, que era simplemente una cruz pintada en verde, sin Cristo, que pasaba por todo el pueblo y que a diferencia de otras partes del mundo, no llevaba ninguna reliquia de la madera de la verdadera cruz o Vera cruz, que muchos templos aseguran poseen un trozo.    Por la tarde, comenzó la confesión.  En aquellos tiempos, se seguían al pie de la letra los mandamientos de la santa madre iglesia que marcaban que había que confesarse y comulgar por lo menos una vez al año, por pascua florida.  De tal manera que quienes lo hacían con esa frecuencia debían de confesarse el miércoles santo para poder comulgar el jueves, en la misa pascual, que era la última antes de cantarse gloria.

De esta forma, a partir de las dos comenzó una romería hacia el confesionario.  Había en aquel pueblo una firme creencia que quien no comulgaba en la  misa del jueves santo le caían siete años de mala suerte, además de lo que tendría que pagar en el más allá y quien comulgaba sin confesarse, más le valía atarse una roca al  cuello y tirarse al río, aunque de hecho, no había ningún río en las cercanías del pueblo, solamente unas pilas que la mayor parte del tiempo estaban secas.  Aun así, la inmensa mayoría del pueblo se confesaba y comulgaba en aquella ocasión, alentados por la actitud del padre Julián que no le ponía mente a los pecados e imponía penitencias light, que nunca rebasaban los cinco credos, diez padrenuestros y diez avemarías.

En esta ocasión, la gente que esperaba su turno para acercarse al confesionario comenzó a observar que quienes habían finalizado aquel sacramento salían con una cara de susto, como si hubiesen visto al cadejo.   Así fue que las confesiones llegaron hasta las nueve de la noche.  Nadie que había pasado por el confesionario se atrevía a emitir comentario alguno.  Cuando la fila se redujo a un mínimo, se apareció doña Justina, una viuda de quien se decía tenía las tapas más aseadas de San Isidoro y sus alrededores.  Su confesión fue larga y tendida, pues a pesar de que según ella, sus propios pecados eran pocos y veniales, sin embargo, se sentía con la obligación de confesar los pecados de todos sus conocidos.  El padre Ramón, que con enorme perspicacia iba armando el rompecabezas de toda la trama en contra del padre Julián, con gran paciencia la escuchó y al final le fijó la penitencia de rigor y de la advertencia de que de no cumplirla, la absolución no tendría efecto y caería en pecado mortal.  Ella asintió y él procedió a exclamar: Ego te absolvo a peccatis tuis,  in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.    La mujer salió del confesionario y abandonó la iglesia con una expresión como si hubiese visto al fantasma de su difunto marido.

El viernes por la mañana la parroquia comenzó a abarrotarse, pues además de los fieles del pueblo, se agregaban a la procesión de la Via sacra muchos ciudadanos que vivían en otras ciudades y que en aquella ocasión en particular regresaban a su pueblo para participar en aquella procesión.  Ya estaba todo dispuesto para que iniciara la procesión cuando de pronto se apareció don Rodolfo con tres ayudantes cargando una gigantesca cruz.  El padre le indicó que la situara delante de las imágenes que componían la procesión, el Cristo cargando la cruz, la virgen dolorosa y San Juan.  A una señal del padre, cinco individuos, todos varones, tomaron la cruz de manos de don Rodolfo y entonces el padre le indicó a una veintena de personas, jóvenes y no tan jóvenes, varones y mujeres, que se habían presentado descalzos, que se situaran delante de la enorme cruz y cuando estuvieron colocados, hizo una seña a los chicheros, que se arrancaron con una marcha de Vega Matus.   El pueblo entero estaba atónito ante aquel espectáculo nunca visto.  Claramente podía observarse el dolor reflejado en los que avanzaban descalzos, dando saltitos ante lo caliente de la calle.  Quienes cargaban la cruz reflejaban un esfuerzo enorme pues tenían que acomodarse regularmente mantener un adecuado equilibrio y poder avanzar.

Llegaron por fin a la primera estación, en la pulpería de doña Josefa, quien había colocado una mesa adornada con un mantel y arreglos con hojas de pacaya y corozos.  Jesús es condenado a muerte.  Luego las consabidas oraciones y cuando finalizó aquello, se apareció otro contingente de seis ciudadanos, hombres y mujeres que relevaron a los que cargaban la cruz y otra veintena que sustituyó a quienes iban descalzos y que al ser relevados procedieron a ponerse sus respectivos zapatos y salieron caminando como loras en comal caliente.  Así se fueron sucediendo como en una extraña carrera de relevos, tanto los que cargaban la cruz como quienes marchaban descalzos.  El resto del pueblo que no había alcanzado aquella penitencia observaba cuidadosamente a los “favorecidos” con aquella penitencia, haciendo toda suerte de conjeturas y tratando de establecer una unidad de medida para realizar las comparaciones del caso.

El calor iba aumentando significativamente y al final llegaron a la estación número 12, en la panadería de don Cástulo, Jesús muere en la cruz.  Las oraciones del caso y el relevo.  Ahí apareció como por arte de magia doña Justina, vestida con una túnica morada y descalza.  Todos pensaron que se iba a unir al contingente de los descalzos, sin embargo, para sorpresa de todos, se colocó en la cruz junto a dos señoras más y dos hombres.  Y al son de otra marcha fúnebre, comenzó a transitar por la ardiente calle.  El pueblo entero estaba atónito, pues no podía encontrar el común denominador en aquel espectáculo que estaba presenciando.

La procesión llegó a la estación número 13, Jesús en brazos de su madre.  Nadie puso mucho cuidado a las oraciones pues estaban pendientes en el último relevo, sin embargo, casi caen al suelo cuando no ocurrió ninguno.  Las personas del contingente seguirían hasta la última estación.  Aquel trayecto se hizo eterno.  El sol del mediodía caía de manera odiosa y el calor se acentuaba.  Algún alma caritativa se acercó a los penitentes con una jícara de agua y no supo cuando dijo:  -¿Y qué habrán hecho? Pregunta que quedó flotando no sólo en aquel portal que hacía las veces de El Calvario, en donde finalizaba la procesión y en donde se ubicaba la estación 14, el cadáver de Jesús puesto en el sepulcro.

La procesión se disolvió y la gente deambulaba desconcertada, tratando de encontrar alguna lógica en aquello.  Alguien comentó que la Angelita, una muchacha que trabajaba de mesera donde doña Felicia y que de vez en cuando mataba sus chivitos, ofreciendo sus favores por algunos pesos, tan solo le correspondió una cuadra descalza, sin embargo, qué habría hecho doña Justina y las otras personas que se habían hechos merecedores de transitar con aquella pesada cruz por dos estaciones.

La semana santa finalizó con un pueblo anonadado.  Quienes fueron a la misa de gloria la noche del sábado, ingresaron con miedo y nadie se atrevió a fumigar a sus semejantes, práctica que usualmente se daba después de la ingesta de una semana de tamales pisques, sardinas, sopa de queso y almíbares.    Fue un alivio cuando después de la procesión del resucitado y de la misa del  domingo de pascua, se dio por concluida la semana mayor.

El pueblo regresó a su rutina normal, sin embargo, nada volvió a ser igual.  Aquellos que se regodeaban con el chisme y la difamación, se amarraron la lengua.  Los más insolentes andaban con pies de plomo, pues podían exponerse a alguna alusión a la penitencia que tuvieron que cumplir aquel viernes santo.  Doña Justina se recluyó en su casa y salía solo para lo necesaria y parecía  cumplir un voto de silencio.  Con el tiempo, la voz del padre Ramón dejó de parecer extraña y se convirtió en el bálsamo para todas las tribulaciones de su rebaño, que atentamente seguía sus sermones en las misas de domingo.

 

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La attachée

Muy a menudo voy al centro comercial Galerías, en Managua y casi siempre paso por un kiosco a tomarme un café.  Lo selecciono de acuerdo al ánimo que me acompaña en ese momento. Un americano si me encuentro estresado, un capuchino si estoy un tanto relajado, un macchiato si me siento triste o bien un espresso si me siento decaído.   La calidad del café se ve compensada por la singular experiencia de sentarme a saborear lentamente mi bebida, mientras veo pasar a toda suerte de ciudadanos que pululan por ese lugar de culto.  En vano trato de imaginarme que estoy en el Caffe Quadri, de la Plaza de San Marcos (Venecia, no Carazo) pues en menos de lo que canta un gallo, los elementos de la sociedad que señalara magistralmente Desmond Morris me traen de nuevo a la  realidad.

Desde mi pequeña mesa puedo observar al azar al variopinto de asistentes a dicho centro.  Aquellos que hacen gala del efecto demostración, cargando bolsas de los almacenes, no exclusivos, sino de elevados precios respecto a la calidad de los productos que venden y en donde lo más caro es el nombre.  Otros que cargan las mismas bolsas pero los traicionan los detalles, pues las bolsas, después de una cuidadosa observación, acusan arrugas que hacen ver que no son compras recientes y se trata por lo tanto de “dadores a creer”.  Veo desfilar a quienes tratan de ofrecer una imagen desenfadada, otros que se empeñan en venderse como muy formales y hasta quienes desean que se les mire como miembros de la realeza.  No faltan quienes se acompañan con niñeras/escoltas, vestidas con uniforme policial.  De la misma forma, se miran turistas de todas las calañas, la mayoría mostrando sus poco agraciadas piernas con diferentes tonos de pelambres.

En las pocas mesas del kiosco llega también una amplia variedad de clientes, casi de todo, menos parejas buscando un sitio romántico, pues para nada lo es.  La mayoría es gente madura o de la tercera edad, quienes hacen un alto en su recorrido para tomar un café, un té o un frozen.  Mucho turista y algunos “hermanos lejanos” como les llaman los salvadoreños a sus coterráneos que viven en el extranjero.

Cierta tarde, me encontraba en el kiosco.  Me sentía relajado, sin embargo, con cierto decaimiento, aparentemente por algún desbalance de la levotiroxina, por lo que había  pedido un capuchino con un espresso extra.  Estaba disfrutando aquella inyección de cafeína que pronto me llegó hasta el hipotálamo, cuando de pronto miré llegar al kiosco a un grupo de cuatro mujeres.  Frisaban en los cuarenta y tres de ellas definitivamente eran extranjeras.  Vestían ropas deportivas, short, camisetas turísticas nacionales, sandalias.  Una de ellas vestía un tanto menos casual, con un pantalón y una blusa muy bien combinados, de corte moderno, con unas sandalias cerradas y un tacón que levantaba su corta estatura.  Su cabello negro, piel morena, más bien canela y sus ojos, un tanto achinados, acusaban su origen distinto al de sus compañeras.  Se sentaron en la mesa contigua, las tres turistas con un café frozen y la otra con un capuchino.  Cuando comenzaron a conversar me di cuenta que eran canadienses.  Su francés tenía el acento característico de Quebec.  Cuando la chica morena habló lo hizo en un francés metropolitano, bastante depurado. De lo que logré escuchar y entender, hablaron de Granada y de los puntos de atracción turística.  De pronto fijé mi vista en un grupo que transitaban al lado del kiosco rodeando a una señora setentona, con joyas finas, un peinado de salón, pero su vestido de fina tela, acusaba la confección a la medida de una costurera, en un estilo demasiado tradicional.  Se desplazaban de manera particular por lo que me hicieron deducir que eran de algún departamento del interior.  Cuando regresé la vista a mi café, mis ojos se encontraron con los de la chica morena.  Sentí que me observaba y cuando ella lo notó, sonrió e inclinó brevemente su cabeza, como en señal de saludo.  Su mirada acusaba que me conocía y por cortesía, pues yo no la reconocí, sonreí discretamente y le devolví el saludo con otra inclinación de cabeza.

Seguí disfrutando de mi capuchino, lentamente, mientras el grupo de al lado seguía conversando amenamente.  Miré el reloj de mi celular y noté que ya tenía que partir, por lo que me levanté, tomé mi vaso y servilleta dispuesto a depositarlos en el contenedor, cuando volví a encontrar los ojos de la chica.  Volvió a sonreír y dijo: – Gusto en verlo, sonreí y le contesté: -Igualmente, y me fui.

Pasé toda la tarde aplicando ese software de reconocimiento facial que tenemos de fábrica en el cerebro, sin embargo, por más que recorría todas las bases de datos, el resultado era: No match found. No lograba reconocer a la chica aquella.  Su rostro me resultaba algo familiar pero no lograba ubicarla ni en el tiempo ni en lugar alguno.  Cuando eso me ocurre, la búsqueda se convierte en una monomanía, tratando de ubicar a la muchacha aquella.  Ya era noche, cuando para distraerme entré en Facebook para ver alguna novedad, cuando de pronto veo a una amistad que postea una foto con un plato que refleja un gallo pinto, un tanto grasoso, con unos maduros fritos iguales y un pedazo de queso seco.  Luego los manidos comentarios:  Qué delicia, Invitá, Me muero, Se me antojó, etc.  Cuando de pronto, el software que sigue trabajando de manera inconsciente, de pronto me trae a la memoria a René.

A finales de los noventa ingresé a la Alianza Francesa para entrarle de lleno al francés y en varios niveles tuve de profesor a René, originario de Monte Tabor.  Un tipazo, muy buen profesor, sin embargo, a veces era demasiado sincero y en una ocasión,  hablando de comidas, expresó: –Je deteste le gallo pinto.  Explicaba que ya se había aburrido del plato tan nica que cuando lo invitaban a cenar y le ofrecían gallo pinto se ponía enervado, pues odiaba el plato aquel.  Comencé a recordar a algunos compañeros de aquella época y de pronto, sentí un clic.  Como cuando el engranaje de la caja fuerte encuentra la combinación correcta y al final hace aquel sonido.  En mi mente apareció un letrero:  Match found.  La chica aquella era la attachée.

Cuando estaba en los niveles inferiores, una noche llegó la Directora de la Alianza y nos informó que se integraría al grupo una muchacha que tenía necesidades especiales y que nos pedía que le diéramos todo nuestro apoyo para que pudiera lograr su reto de aprender francés.  De esta forma se integró una muchacha que aparentemente tenía parálisis cerebral.  Tenía limitada su parte motora de tal manera que se desplazaba en una silla de ruedas, le costaba acomodarse en ella y a pesar de que comprendía todo muy bien, al querer hablar, se le dificultaba un poco.  Con la paciencia de cada profesor, unos más que otros y con la comprensión del grupo, la muchacha aquella iba avanzando.  Me imagino que había una instrucción superior de aprobarla, peu importe ce que.

Como parte del arreglo que había realizado la Dirección de la Alianza con la familia de la muchacha, la acompañaba al aula una chica, bastante joven, veinte años a lo sumo, pequeña de estatura, pelo negro, morena, más bien color canela y los ojos achinados. Vestía humildemente, por lo que deduje que no era pariente de la muchacha, sino alguien contratada para asistirla. No supe si le habían establecido un protocolo de participación, sin embargo, ella era muy respetuosa, jamás habló en clase, se limitaba a empujar la silla de ruedas, acomodar a la muchacha cuando era menester, con una pequeña toalla le limpiaba el rostro y como también tenía problemas en sus manos, la chica tomaba los apuntes que se generaban en la clase.   Nunca supe su nombre y me atrevería a decir que nunca la escuché decir palabra alguna.  Para mí era la attachée, es decir la agregada.

En algunas ocasiones que la observaba, noté que tenía dos cuadernos y copiaba los apuntes de la clase dos veces.   Muchas veces cuando el profesor preguntaba a la muchacha, miraba que a la atachée le brillaban los ojos, como si supiera la respuesta, de la misma forma, cuando le preguntaban a alguien del grupo y contestaba erróneamente, ya la attachée tenía una mirada de desaprobación.  Tres interesant, decía para mis adentros.

Durante todo el tiempo que estuve en la Alianza, llegó la muchacha aquella, acompañada por su attachée, quien siempre se ajustó a su papel, sin decir palabra alguna en clase, limitándose a asistir a la muchacha en lo necesario, pero siempre, muy atenta a cada palabra del profesor y llenando dos cuadernos a la vez.

Me alegré mucho.  En primer lugar por había logrado al fin reconocer a la muchacha aquella y era impresionante su cambio en los últimos veinte años, en segundo lugar, porque consideraba admirable, el enorme esfuerzo que hizo por aprovechar aquella oportunidad, que el destino había puesto en su vida.  Días después registrando en mis archivos, me encontré un cuaderno de aquella época, buscando tal vez alguna pista adicional, pero no encontré nada, salvo tal vez, una frase muy ilustrativa que encontré en un ejercicio: C´est un grand art que de savoir juger et saisir les occasions ( Es un gran arte el saber cómo juzgar y aprovechar las oportunidades).

 

 

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El gato triste y azul

Cuando a finales de la década de los sesenta mi familia se trasladó a Managua, la música fue el elemento fundamental que acompañó ese cambio trascendental en nuestras vidas, marcado principalmente por la unión familiar.  Mi padre dejó de viajar y por primera vez podíamos disfrutar de más tiempo en común, en especial a la hora del almuerzo y en las calurosas tardes en la tranquilidad del Callejón Ramón Sáenz Morales, conocido como el Callejón de Alí Babá, en la vieja Managua.  Mis hermanos habían comenzado a descubrir el maravilloso mundo de la música y tres de ellos ya dominaban la guitarra, de tal manera que de vez en cuando, amenizábamos aquellas reuniones cantando en familia.

En esa época nos hicimos aficionados a la música italiana, en especial al Festival de San Remo y asimismo, seguíamos de cerca la carrera de Nicola Di Bari, uno de los intérpretes más escuchado, salido de dicho festival.  En 1971 de alguna manera apareció en nuestra casa, prestado de algún amigo, un álbum con los éxitos del San Remo 71, en donde resaltaba El corazón es un gitano, tema con el cual Nicola Di Bari se había apropiado del primer lugar, así como Qué será, Nina nana, ¿Cómo estás? entre otros.

Para 1972 esperamos como agua de mayo a San Remo y nos dio gusto saber que Nicola había vuelto a ganar el festival con Los días del arcoíris, a la par de Como Violetas, Plaza Grande, así como otros éxitos.  A los meses, en una pequeña discoteca que quedaba en la Calle Colón, cerca de la residencia estudiantil de la UNAN, encontré el álbum del festival e inmediatamente lo compré.  Al igual que el disco del año anterior, en familia disfrutamos al máximo aquella música.

En esos tiempos, la información que recibíamos del festival se limitaba a los temas finalistas del certamen, aunque en el álbum en su versión en español, incluían de acuerdo a los intereses de la disquera, algunos temas que no llegaron a la final.  Por lo anterior, no nos dimos cuenta que en aquel festival había participado Roberto Carlos con el tema Un gatto nel blu (Un gato en el cielo), de Savio y Bagazzi y que a pesar de las expectativas de muchos, no logró llegar a la final.  Una aparente derrota para alguien que había ganado el festival de 1968, con el tema Canzone per te,  junto a Sergio Endrigo, autor del tema.

A pesar de lo anterior, la disquera de Roberto Carlos vio en aquel tema un posible éxito para el mercado latinoamericano en especial el hispanoparlante y encargó a unos argentinos la versión en español del mismo.  Aquí es importante aclarar que a pesar del gran parecido entre el italiano y el español, la traducción del primero al segundo, es sumamente difícil, por el cambio de sentido de muchas palabras que se tratan de mantener como en el original.  Así fue que un gato en el cielo se transformó en un gato en la oscuridad, título que podría guardar sentido, sin embargo, en el desarrollo del tema, incluyeron a un gato triste y azul, para rescatar la palabra “blu”, del italiano y mantener la rima y la armonía del tema. Una edición de ese mismo álbum apareció con el título de “El gato que está triste y azul”.

Aquí es importante realizar una aclaración y es que el vocablo “blu”, en italiano, además de significar “azul”, se emplea también como “cielo”.  Muchos recordarán el éxito de Domenico Modugno que ganó el Festival de San Remo en 1958, llamado Nel blu dipinto di blu y que muchos recuerdan simplemente como Volare.  Pues bien, la traducción de lo anterior es “En el cielo, pintado de azul”.  Cuando Modugno grabó el tema en español, al no encontrar una traducción que pudiera tener sentido, muy inteligentemente, optó por cantar esa parte del estribillo en italiano.  No obstante, en la versión en español de Virginia López, pusieron “De azul, pintado de azul”, lo cual representó un contrasentido en la frase.

El caso es que Roberto Carlos, no se atrevió a cantar una versión en portugués de Un gato en la oscuridad, sin embargo, en la versión en español, a pesar del disparate del gato azul, se lanzó sin pensarlo mucho y el éxito que obtuvo fue arrollador.  En pocas semanas, el tema logró colocarse en los primeros lugares del hit parade en los principales países de Latinoamérica.

Así fue que a mediados de 1972 cada radiodifusora en Nicaragua se llenó del gato en la oscuridad.  En nuestra familia, la canción realmente nos cautivó.  En mi caso, las primeras estrofas estaban llenas de la tremenda verdad en el significado de la niñez y aquella alegría de jugar todo el día a la guerra, cuando nos bastaba arrancar varejones de los cercos de las casas del pueblo, para improvisar un fusil o una espada y con los hermanos y el gran amigo y vecino Ezequiel Jerez, lanzarnos a interminables batallas en donde moríamos y resucitábamos infinitas veces.

De esta forma, fueron varios meses en que escuchábamos noche y día el tema de Roberto Carlos y cada vez que se daba la oportunidad, la cantábamos en la familia. En aquellos días se unían al coro nuestras primas Giselle y Silvia.  Nos imaginábamos un gato en la oscuridad del callejón y sentíamos cómo nos llegaba al fondo del corazón aquel tema tan cargado de tristeza y melancolía, sin sospechar para nada que aquel era el preludio de una tragedia que estaba por llegar.  En aquella madrugada del 23 de diciembre, cuando todavía en alguna roconola lejana se apagaba el último “la-la-la-la-la” de Roberto Carlos, la tierra se estremeció y nos cambió la vida.

Nos despertamos de nuevo en el pueblo y por un buen rato, el silencio reinó en nuestra casa, nos dolían las palabras que salían de nuestras bocas, llorábamos muertos que no eran nuestros muertos, nos dolía ver postrada una ciudad que no era nuestra ciudad, añorábamos una casa que no era nuestra.  Hasta que un día, no recuerdo de dónde, apareció en nuestra casa el álbum Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y él se encargó de poner el bálsamo de la música en nuestras vidas.  Mis hermanos comenzaron a tocar profesionalmente y la vida tuvo que seguir igual, como decía Julio Iglesias.

Por mucho tiempo, no sé si consciente o inconscientemente,  aquel gato quedó enterrado en el fondo de nuestros corazones, en aquella zona en donde nos da miedo hurgar.  Años más tarde, exiliados en México, en cierta ocasión en que coincidimos la mayoría de la familia, en medio de la sesión de canto, de repente surgió de nuevo el gato en la oscuridad y como por arte de magia, nos transportamos a la quietud del callejón, en aquella etapa inolvidable de nuestras vidas.  De esta forma, a partir de entonces cada vez que podemos estar juntos y nos da por cantar, siempre hay un lugar para el gato.

Estos últimos años nos ha dado poco por cantar.  Ya es más difícil reunirnos y cuando lo hacemos, el tiempo se pasa volando de tal suerte que no hay mucho tiempo para cantar.  Algunas veces, navegando por Youtube, me detengo en aquel tema y recuerdo aquellos años maravillosos.

Desde hace algún tiempo, en la madrugada, cuando el sueño se escapa de mi almohada, miro por la ventana y desde el techo un gato itinerante salta a un árbol para seguir luego hacia la casa vecina, pero antes de realizar su último salto, me vuelve a ver.  A veces pienso que el felino me mira en la oscuridad de mi habitación y le parezco triste.  Azul, tal vez no, pues ya sería demasiado surrealista.

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