Archivo mensual: noviembre 2012

Un Oriental en el occidente

En el barrio Santa Ana, en el occidente de Managua, a dos cuadras de la iglesia del mismo nombre, se encuentra un complejo comercial que de manera un tanto incongruente, se llama El Oriental II.   Mientras en un fin de semana a medio día, todos los mercados y centros comerciales de la ciudad se encuentran de bote en bote, con un hervidero de compradores y “mirandas”, este centro languidece en medio del olvido y la apatía, mostrando más del ochenta y cinco por ciento de sus locales cerrados y ofreciendo una imagen de desolación, que para nada invita a un acercamiento.

Y pensar que en 2005, año en que se inauguró este complejo, era una promesa para cambiar el concepto de compra en sectores populares.  Su nombre se deriva del mercado Oriental, el emblemático punto comercial de la ciudad de Managua que abarca, más bien ha engullido, cerca de 91 manzanas y llega a reunir en un solo día a ciento diez mil visitantes; constituyendo el lugar de mayor concentración de ciudadanos en toda la región centroamericana.   Es además la zona más peligrosa del país, no solo por la delincuencia que campea, como Pedro por su casa, por todos sus recovecos, sino por la precaria situación urbanística de los improvisados locales que llegan a superar los diez mil tramos y que ofrece un enorme riesgo en cuanto a seguridad ante cualquier desastre.   Algunos avezados economistas, al estilo de El Firuliche, llegan a afirmar que en el Oriental llega a manejarse transacciones que arañan el 20.77 por ciento del Producto Interno Bruto de Nicaragua.

Así pues, el proyecto de El Oriental II, tenía la intención de arrancar el espíritu del original, de ofrecer una gran variedad de productos a los precios bajos a las clases de ingresos medios y bajos de la zona occidental de la capital, con las ventajas de un desarrollo urbanístico que contara con todas ventajas de seguridad y sanidad.

El soñador de este proyecto fue el prestigiado arquitecto Alfredo Osorio Peters, quien además cubrió la mayor parte de la inversión inicial.  El arquitecto Osorio es uno de los arquitectos nicaragüenses más calificados y con una trayectoria impresionante de más de cincuenta años.  Entre sus más conocidos proyectos en Nicaragua se encuentran el Banco Central de Nicaragua, el edificio del INSS, el Hotel Crown Plaza, conocido como la Pirámide, el Edificio Pellas, el Club Terraza, de la misma manera cuenta con desarrollos en varias partes del mundo.

Para la ubicación de este proyecto se seleccionó al barrio Santa Ana, que es un barrio que surgió de la urbanización de las zonas marginales del oeste de Managua después del terremoto de 1931.  El centro comercial estaría ubicado en la prolongación de la Calle del Triunfo.  Habría que resaltar que el proyecto guardaría cierto paralelismo con el mercado Oriental, al estar ubicado muy cerca de la zona de El Cartelito, que dentro del barrio Santa Ana muestra uno de los índices delincuenciales más altos de la capital.  No obstante, el centro comercial contaría con los servicios de seguridad privada para garantizar el orden dentro del recinto.

Dentro de la seguridad en caso de sismos, el Arquitecto Osorio Peters garantizó una estructura resistente y que según declaraciones de este profesional, era siete veces más segura que cualquier otra construcción de la ciudad capital.  Otro aspecto bien cuidado en el proyecto fue el de la capacidad de evacuación, con un diseño que aseguraba la evacuación total en un minuto, incluso con su ocupación máxima.

Se realizaron las adecuaciones a fin de facilitar el transporte colectivo y para fines recreativos se incluyeron dos cines en el proyecto.

De esta manera, se originó cierto entusiasmo entre emprendedores del sector comercio, especialmente mujeres, quienes adquirieron los locales en propiedad a un precio promedio de 35,000 dólares.

A siete años de haber sido inaugurado el Mercado Oriental II, ante el evidente fracaso de tan promisorio proyecto, la pregunta obligada es: ¿Qué pasó? Si estaban garantizadas la seguridad e higiene del complejo, si los estudios de mercado acusaban una demanda agregada en el área de influencia, de un marcado dinamismo y era posible mantener un nivel de precios equiparable con el Mercado Oriental, entonces cuál fue el factor que imposibilitó el éxito a este proyecto.

Aquí me pregunto yo.  ¿Sería acaso que faltó entre los estudios preliminares, uno de tipo sociológico que pudiera arrojar información fehaciente sobre los factores reales que hacen que el Mercado Oriental, siendo como es, atraiga a semejante cantidad de compradores?

Tal vez habría que plantearse si al capitalino le motiva en grado máximo comprar en condiciones de extremo peligro.  Como si el hecho de saber amenazada su integridad física y la descarga de adrenalina que provoca en su organismo el riesgo latente de ser asaltado o bien que al momento de un siniestro sus posibilidades de sobrevivencia estén minimizadas, sea un reto a su espíritu aventurero.  Aparentemente, el costo que representa el riesgo de visitar ese mercado no tiene relevancia en comparación con el bajo precio que obtendrá y la sensación de salir airoso de una jornada azarosa.

Por otra parte, pareciera que la comodidad e higiene en el entorno de compras le quitaran el sabor que siente al transitar por caramancheles improvisados, que rebasan los espacios para transitar y que obligan al comprador a realizar diversas maniobras, como Tarzán en la espesura de la selva, para esquivar la mercadería o a otros compradores.

Un lugar aséptico podría no ser un espacio óptimo para las compras del capitalino, que transita en el Mercado Oriental en medio de las 50 toneladas de basura que diariamente se generan en ese lugar, tanto por comerciantes como por los mismos compradores.

En conclusión podría afirmarse que no era factible cambiar la mentalidad del capitalino de clase baja y media, en cuanto a su modalidad de compra, a través de un proyecto de esta naturaleza, lo cual nos lleva a pensar si no será cierto, por desgracia, el refrán que dicta que el caprino siempre propende al accidente orográfico.

Es posible que si un centro comercial similar se hubiese construido en la carretera sur, manejando un concepto de exclusividad y de elegancia, con precios muy por encima que los del mercado y con un nombre como Buckingham Mall, seguramente hubiese atraído a un considerable segmento de población del occidente de la capital.

Lo cierto es que es una verdadera lástima que se haya perdido una oportunidad dorada para dignificar la actividad comercial en la ciudad capital.  Ahí no queda más que exclamar, tal como lo hacía hace algún tiempo, con su tremenda voz, el llorado Leonardo Favio: Que otra vez será…

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A como es el juguete, es el niño.

Desde mediados de octubre, la programación de todos los canales de televisión por cable se ha visto inundada con comerciales de juguetes.  Las gigantescas empresas que fabrican juguetes, con antelación están induciendo a los niños y niñas para que hagan su lista de Navidad con sus productos, que comprenden una considerable variedad de los mismos y con precios que casi alcanzan las nubes.  Puede observarse desde muñecos que se enferman, muestran fiebre y se curan mediante la administración de un jarabe o una inyección, una máquina que fabrica helados o espaguetis, hasta un helicóptero en miniatura provisto de una cámara para que desde el aire pueda espiar cualquier movimiento en tierra firme.

Tres de estos juguetes pueden rebasar los 500 dólares, cantidad que alcanza para ponerle techo a una vivienda de interés social o equipar una cocina modesta. Es probable que algunos sectores influyentes y/o pudientes puedan gastarse más de esa cantidad de dinero en juguetes para uno solo de sus hijos, sin embargo, el punto es que en general se le está privando a la niñez de la capacidad de echar a volar su imaginación a partir de lo sencillo.

A mitad del siglo XX, para quienes éramos niños en ese entonces, el juguete era tan solo un elemento de apoyo para construir sueños, divertirnos y ejercitar nuestro espíritu de innovación y creatividad.  Si para ilustrar lo anterior tuviera que escoger un juguete de esa época, sin vacilar escogería al ron-ron.  Este juguete debía ser elaborado por uno mismo y consistía en un botón grande y aproximadamente dos metros de hilo.  Se pasaba el hilo por los agujeritos del botón y se dejaban trozos de hilo de unos 20 centímetros a cada lado y luego se comenzaba a tirar el hilo, tratando de estirarlo como un acordeón, mientras el botón giraba por la fuerza giratoria y a cierta velocidad comenzaba a realizar un zumbido o ronroneo que le daba su nombre.  A medida que se encontraban diferentes tamaños y tipo de botones, se iba fabricando diversos ronrones que producían una amplia gama de zumbidos.  A la distancia se podría pensar que era una tremenda insulsez, sin embargo, para un niño de aquella época era una forma entretenida de pasar el rato.

En el caso de las niñas, tal vez habría que resaltar al juego de jack, que en México y otros países se conoce como matatena.  Consistía en una pelota pequeña, de aproximadamente 3 cms. de diámetro, generalmente de goma endurecida y diez especies de abrojos (jacks) de unos 2.5 cms., inicialmente de metal y posteriormente de plástico.  Mientras la jugadora lanzaba al aire la pelota para que rebotara en el suelo y volviera a caer, con ambas manos hacía toda suerte de movimientos para recoger los jacks, de uno en uno o de dos en dos, incluso pasarlos de una mano a otra, todo antes que la pelota tocara por segunda vez el piso.  Por lo menos en mi pueblo y en la mayor parte de Nicaragua, era un juego exclusivo de niñas.  Recuerdo que mi hermana tenía una habilidad extraordinaria en este juego y pasaba horas sentada en el piso jugando.  Si en ese tiempo hubiese sido un deporte olímpico, de seguro hubiese habido una medalla olímpica en la familia.  Era un juego barato, pues el conjunto completo costaría a lo sumo unos veinte centavos dólar.  Cuando se perdían los jacks, las niñas escogían piedrecitas pequeñas y uniformes y con eso resolvían.

Un juguete que era propio de los niños más desfavorecidos era la rueda o aro, que consistía en el esqueleto de un rim de bicicleta y una barrita de madera o metal con la cual se impulsaba y conducía la rueda.  Al mirar la alegría con que los niños corrían por todo el pueblo impulsando su aro, pedía uno de esos juguetes, pero los abuelos se esmeraban en pretextos, que si el sarro, que si el tétano.

De Masaya llegaban los famosos caballitos de palo que con un ínfimo precio hacían soñar a los niños que cabalgaban en algún brioso corcel, mientras que los recordados muñecos de regla, con una leve presión en los extremos hacían que un muñeco de dos dimensiones hiciera los ejercicios que ahora elegantemente vemos realizar a los miembros de los equipos olímpicos de gimnasia. También llegaban los boleros de madera, que requería de una gran destreza para ensartarlo repetidamente.   Recuerdo la ocasión cuando mi tía Mélida me trajo de esa ciudad un camión de madera de regular tamaño, pintado en variados y vistosos colores y con un rótulo en el frente que decía: “El chimbarón”. Fueron momentos interminables haciendo rodar el camioncito por los imaginarios caminos que construía en el enorme patio de la casa de los abuelos.

Antes que terminara el verano se iniciaba la temporada de trompos.  Fue toda una experiencia hacer bailar uno de esos artefactos, pues tenía que ver desde la forma en que se enrollaba la manila en el trompo, hasta el impulso que se tomaba para lanzarlo hacia el suelo, incluyendo el jalón final, a manera de latigazo para darle la velocidad de giro.  Había que buscar el estilo más difícil, que era aquel que trazaba una elipse con el brazo extendido hacia arriba, bajando hasta la altura de la cintura y que era el considerado como el más viril, pues la manera más fácil, realizada en forma paralela al suelo se decía que era el estilo “señorita” y era motivo de toda clase de burlas por el resto de jugadores. Había trompos de todo precio.  Los más baratos eran los llamados Masaya, elaborados con madera de naranjo y con punta de clavo, distribuidos en el pueblo por doña Chon Bonilla; no duraban mucho, pues pronto se ponían tataratas y fácilmente podían partirse en dos por la acción de otro trompo.  En ese caso valía la pena invertir el doble o triple de dinero, en un trompo de guayacán, de los que elaboraba el recordado Toño García, con punta de tornillo, que bailaba “sedita” con la quietud de un cisne en el agua y resistía los más duros golpes.

Cuando se calmaban las lluvias se jugaba a las chibolas o bolitas, que eran de vidrio y vistosos rellenos de colores con las cuales se jugaba a sacar con el impulso del pulgar sobre una “tiradora” el resto de chibolas que se colocaban en un círculo distante del punto de tiro.   Cada quien iba engrosando su colección aunque la gracia era hacerlo con chibolas ganadas a los demás y no compradas.  Las más apetecidas eran unas que tenían unos jaspeados de colores muy llamativos y que les llamaban “costeñas”.  También había unas chibolas más grandes que se llamaban “mamá chanchonas” y con las cuales se jugaba “bolillollo”.

Cuando llegaban los vientos tranquilos de agosto, empezaba la temporada de cometas o barriletes, que por unos tres centavos de dólar podían adquirirse en el mercado, más un carrete de hilo de cinco centavos de dólar, ya podía lanzarse uno a la aventura de hacer llegar hasta el cielo uno de estos objetos.   Cuando se elevaba considerablemente se mandaban “correos” que eran trozos de papel que se hacían pasar por el carrete de hilo y que ascendían hasta alcanzar al barrilete.  Al igual que ocurre en estos días, no faltaban los envidiosos que desde algún lugar subrepticio lanzaban una “comba”, consistente en dos piedras amarradas con un hilo y que al ser lanzadas contra el hilo conductor, si llegaban a acertar se enredaban en el mismo y hacían caer a la cometa.  Fue todo un hito en el pueblo cuando Oscar Quant fabricó un barrilete gigantesco, pues medía casi los dos metros de diámetro y se elevaría con la ayuda de un largo cordel de manila.  Todo el pueblo acudió a la calle del cementerio, un paisano sostenía el cometa cerca de la tienda de doña Veva de Herrera y Oscar, con la ayuda de dos amigos sostenía desde donde Chalo Vásquez el gran mazo de manila.  La falta de un viento adecuado vino a matar todos los sueños de verse elevar el gigantesco cometa y debimos regresar a nuestras casas desilusionados.

Para diciembre, llegaba la época del beisbol y era de rigor contar con una pelota de hule para jugar ese deporte en plena calle.  Sin embargo, llegando la navidad aparecían los juguetes un poco más variados.  Por muchos años el juguete más solicitado y distribuido eran las pistolas de agua y recuerdo que destacaban aquellas que imitaban a las pistolas espaciales de Buck Rogers, en diversos colores.  Nunca pude tener una, pues ahí se multiplicaban los pretextos de parte de los abuelos, que si el resfriado, que la falta de respeto, que el desperdicio del agua, en fin.  No tuve problema con las pistolas de fulminantes, tanto las de modelo automático, cuadradas o bien las cromadas del estilo Colt de vaquero.  No sabían mis abuelos que eran más peligrosos los gases tóxicos de los fulminantes que el agua.  También estaban los carros japoneses, que en aquel tiempo todavía no se aventuraban con los Toyota y se conformaban con unos de lata y una rudimentaria tracción, con los pasajeros pintados de manera grotesca en cada uno de sus costados y orgullosamente en el chasis decía: Made in Japan.   Las niñas invariablemente conseguían un muñeco, en aquella época estaban desapareciendo los muñecos de celuloide, que el vulgo bautizó como de “sololoy” y empezaban a aparecer los muñecos que en posición horizontal cerraban los ojos o bien si se apretaban emitían un pitido que debía interpretarse como el llanto del bebé.

Otros juguetes que nos proporcionaron largas horas de esparcimiento fueron los soldados, que para ese tiempo ya no eran de plomo sino de plástico.  Teníamos soldados de la segunda guerra mundial y también indios y vaqueros y a pesar del anacronismo, los poníamos a pelear a todos juntos.

Cuando nos aburríamos de jugar con los soldados, recuerdo que con mi gran amigo de la infancia Ezequiel “El Panzer” Jérez, íbamos a un cerco vivo y arrancábamos una rama y le quitábamos las hojas para fabricar o bien un rifle o una espada y reclutábamos voluntarios para una “guerra” que comprendía la exploración de los alrededores de la casa, hasta que nos aburríamos de “matar” enemigos y resucitarlos una y otra vez para continuar jugando.  Luego nos íbamos a un guayabo (Psydium guajaba) en donde realizábamos lances de acrobacia dignas del circo chino.

Las empresas por su parte, de vez en cuando volteaban sus ojos a los pequeños y lanzaban una campaña repartiendo juguetes al mostrar alguno de sus productos.  Recuerdo que en cierta ocasión la Mejoral regaló unos avioncitos de plástico que se impulsaban con un hule de oficina y volaban de manera espectacular, aunque no le envidiaban nada a los avioncitos que fabricábamos con el programa del cine y los lanzábamos en improvisados concursos en el cine antes de empezar la función.

No obstante, la empresa que se apuntó un diez fue la Coca-Cola, cuando lanzó la campaña del yo-yo Russell, el cual entregaba al juntar cierta cantidad de corcholatas y una mínima cantidad de dinero.  Inicialmente eran de madera y se iban gastando del borde a medida que se lograba la maestría en los trucos, en especial el de pasear al perrito.

Estoy seguro que cada quien tendrá sus propios recuerdos de los juguetes que llenaron su infancia, e incluso habrá quienes tuvieron acceso a juguetes más sofisticados, que en realidad se encontraban.  Recuerdo que en el centro de Managua había un almacén que se llamaba El Nene, que tenía una variedad impresionante de juguetes de todos los precios, sin embargo, sabíamos que el Niño Dios tenía un reducido willingness to pay, en lo que se refería a este rubro y sabíamos apechugar.

La niñez de ahora después de contar con una videoconsola de octava generación de más de 300 dólares, seguramente se reirá de aquellos nuestros juguetes, sin embargo, es triste escuchar la noticia de que un pequeño jugador compulsivo de videojuegos falleció a causa de una falla renal al jugar sin despegarse de la consola durante tres días seguidos.

Había un dicho popular que rezaba “A como es el niño es el juguete” y que desde luego se prestaba a miles de interpretaciones, sin embargo, estoy convencido que a estas alturas podría tener más sentido al revés: “A como es el juguete, es el niño”.

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