Archivo mensual: octubre 2008

Las Señoras “de”

A partir de 1993, la Ley de Identificación Ciudadana obligó a todos los nicaragüenses a adoptar la Cédula de Identidad Ciudadana como el único documento público para identificarse formalmente para el sufragio y para cualquier tipo de trámite que la ley estableciera.  Si hacemos a un lado las tremendas exageraciones que manejan ciertas instituciones como la Superintendencia de Bancos respecto al requerimiento de este documento, vemos que esta disposición vino a poner orden en los usos y costumbres, que de manera caprichosa, se manejaban en Nicaragua en torno a la forma en que las personas utilizaban sus apelativos.

Así fue que desaparecieron aquellas personas que manejaban tres nombres de manera indistinta y que sólo ayudaban a fomentar el caos en su identificación.  Era muy común que un individuo fuera inscrito en el Registro Civil como Antonio, lo hubieran bautizado como José Antonio, su tía materna se acostumbró a llamarlo “Chepito” y sus amigos le decían Tony, de tal manera que al final se quedaba firmando como Tony pues era el que más le gustaba.  Lo mismo ocurría con las personas que fueron registradas con un nombre un tanto extraño o que al portador le desagradaba y muy convenientemente lo transformaban, como era el caso de alguna Filomena que se firmaba Filo o Fifi, Terencias que se hacían llamar Teri o Teté o Sinforosas que se autodenominan Pochas.

De la misma forma la Cédula vino a poner fin al uso del famoso nombre de las mujeres casadas, que por costumbre adoptaban el apellido del esposo, agregándole la preposición “de”.

A pesar de que en el sistema español, las mujeres nunca pierden sus apellidos originales al casarse, en América Latina fue extendiéndose la costumbre de que la mujer debía de agregar el apellido del esposo en adición o sustitución del suyo, en muchos casos con la ignominiosa, según algunos, preposición “de”.

De esta forma, las mujeres al contraer matrimonio, de manera inmediata cambiaban arbitrariamente su nombre, agregándole con cierto orgullo el “de” más el apellido del esposo, para lo cual invertían un buen tiempo en practicar su nueva firma.  Para ellas, no representaba ninguna afrenta que su nuevo nombre denotara que eran la posesión de determinado individuo, pues su papel dentro del matrimonio estaba perfectamente delimitado por las normas sociales, por lo que su independencia e individualidad pasaban a segundo o tercer plano al haberse unido en sagrado matrimonio.

El uso del nombre de casada era un símbolo de estatus, pues en primer lugar reflejaba que la portadora había cubierto esa obligatoria etapa en una mujer de bien y de esta manera se separaría de aquel segmento que después de cierta edad, al no haberla cubierto, reflejaban que estaban en peligro inminente de quedarse en la estación escuchando impasiblemente al ferrocarril que pitando se perdía en la lontananza y por lo tanto su futuro estaría inmerso en una oscura sacristía cambiando los ropajes de las imágenes religiosas.  Por otra parte, el ostentar el apellido del esposo, máxime si éste era sonoro o difícil de pronunciar, venía a enriquecer el linaje de su familia.  También habría que agregar que el nombre de casada fungía como un virtual cinturón de castidad ante cualquier intención malsana de parte de algún individuo, al darle la categoría de persona “ajena”.  No hay que olvidar tampoco que llevar el nombre de casada, también situaba a la feliz portadora, en un estatus de clase pudiente, pues los lectores podrán recordar que en las clases menos favorecidas, aquellas que sobrevivían la maternidad en soltería y llegaban a casarse o “arrejuntarse”, no se atrevían a utilizar el apellido de su cónyuge y a lo sumo se les relacionaba, a manera de referencia, con su compañero, por ejemplo, la Angelita de Juan Cabezón o la Rosa del Chino.

Los movimientos que en la segunda mitad del siglo XX vinieron a reivindicar los derechos de las mujeres, propiciaron que poco a poco se fueran utilizando solamente los apellidos de sus padres.  Muchos maridos empezaron a comprender que una relación funcionaba mejor, cuando existía un equilibrio en la pareja y que el hecho de que la mujer defendiera su individualidad, no restaba ni amor ni respeto hacia su marido.  Así fue que ciertos segmentos, principalmente de mujeres profesionales o bien que alcanzaban cierta independencia económica, continuaron utilizando sus apellidos originales.

Sin embargo, se mantuvieron los sectores de mujeres tradicionalistas, que aun ostentando un título universitario, dejaban su carrera para dedicarse exclusivamente a atender a su familia y se apegaban a la costumbre de utilizar nombres de casada.  Estas mujeres defendieron a ultranza el deber de toda mujer de someterse a su marido y demostrárselo a través de la utilización de su apellido.  Sin embargo, cada día son menos estos sectores.  Si se recorre la guía telefónica en sus páginas amarillas, se podrá observar que en las secciones profesionales, cada vez son menos, una extrema minoría tal vez, las mujeres profesionales que mantienen nombres de casada.  Podría también examinarse la lista de las mujeres integrantes de la Asamblea Nacional y difícilmente se encontrará alguna que exponga su condición de mujer sometida, al menos a su marido.

Uno de los bastiones que quedan para estas señoras es la sección de sociales de los periódicos o las revistas especializadas en estos temas, en donde se observan grupos en despedidas de soltera, baby showers, bautizos, té canasta, etc. en donde puede aún verse a un nutrido grupo de fulanitas de tal.

No obstante todas estas insistencias, la Ley de Identificación Ciudadano mandó al traste todos esos esfuerzos, pues mediante el uso de la Cédula, todos, sin excepción alguna, deben ser reconocidos por sus nombres y apellidos conforme fueron inscritos en el Registro Civil, sin importar su condición social, estado civil, profesión u oficio o complejos anexos.  Así que cuando Doña Titi de Fulandriaquez-Mengañiquez y Mc Cain, va a realizar una transacción al banco, después de practicar todos los malabarismos o como se dice popularmente, “hacerse un colocho”, para que nadie lo note, debe sacar de su cartera Prada, una cédula que la identifica como Cleotilde Hermenegilda Vergara Putoy.

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Leonardo Favio, ese desconocido

Allá por 1969, cuando arañábamos los veinte años, de repente en las radiodifusoras de Nicaragua comenzó a sonar una voz particular, varonil y fuerte, que interpretaba baladas que a veces parecían tan profundas en su contenido, pero que a la vez contrastaban con una sencillez tan cotidiana. Al transcurrir el tiempo supimos que se trataba de Leonardo Favio, cantautor argentino, que se estaba convirtiendo en un verdadero fenómeno en toda Latinoamérica.

Así fue que aquellos años maravillosos entre el final de los sesenta y el inicio de los setenta estuvieron marcados por aquella música que escuchamos incesantemente y que de manera inconsciente dejó tremendos surcos en nuestras mentes, de lo cual no nos percatamos, sino hasta mucho tiempo después. Durante esa época llegaron a convertirse en verdaderos himnos de nuestra existencia “Ella ya me olvidó”, “Fuiste mía un verano”, “Ni el clavel, ni la rosa”, “O quizá simplemente le regale una rosa”, “Ding, dong”, “Así es Carola”, “Annie”, “Mi tristeza es mía”, “Quiero aprender de memoria”, “Mi amante niña, mi compañera” y tantas más.

De pronto, ocurrieron en cascada una serie de acontecimientos que transformaron nuestras vidas, el terremoto, la finalización de la universidad, el trabajo, el matrimonio, los hijos. La música también sufrió cambios drásticos, los solistas dieron paso a los grupos y llegaron Los Angeles Negros, Los Iracundos y tantos más y poco a poco, Leonardo Favio fue escuchándose cada vez menos, sin embargo, él y su música ocupaban un lugar preferente en nuestros recuerdos.

Como todos los nicaragüenses, creía saberlo todo, y respecto a Leonardo Fabio tenía la apreciación de que sabiendo que era un cantautor argentino, conociendo la mayoría de sus canciones y que triunfó en el Festival de Viña del Mar era todo un erudito sobre todo lo concerniente a este personaje. Sin embargo, viviendo en México, en una ocasión conversando con unos amigos salió a colación Leonardo Favio y comencé a presumir sobre mis conocimientos sobre su música, cuando uno de ellos me preguntó qué opinaba sobre su obra cinematográfica. Fue entonces cuando me di cuenta que sabía muy poco de Favio, tan sólo una mínima proporción de la punta de un iceberg.

Lo cierto es que, el poco acceso del público nicaragüense al cine no comercial, nos impidió conocer toda la trayectoria de quien para nosotros era un simple cantautor y para muchos la primerísima figura en el cine argentino.

Es más, si a cualquier nicaragüense fan de este artista le preguntan si conoce a Fuad Jorge Jury, una inmensa mayoría se encogería de hombros, pues no saben que con ese nombre, Leonardo Favio nació un 28 de mayo de 1938, en Luján de Cuyo, de la provincia de Mendoza, Argentina. Tuvo una niñez y juventud azarosas, pues sufrió el abandono de su padre e incluso estuvo en prisión debido a pequeños robos. Ingresó al seminario sin mantener su permanencia y luego intentó enlistarse en la Marina también infructuosamente. Su vocación la encontró gracias a su madre, quien escribía guiones para el radio teatro y de vez en cuando le daba algunos pequeños papeles. De ahí empezó su afición por escribir libretos.

A finales de los años cincuenta se trasladó a Buenos Aires, en donde Enrique Carreas, el cineasta peruano estaba rodando El Angel de España, film en donde logró colocarse de extra. Luego se encontró con Leopoldo Torre Nilsson quien lo apoyó para que participara como actor en El Secuestrador y Fin de Fiesta. Cuando se consolidó en el mundo cinematográfico incursionó como director, debutando con un cortometraje llamado El Amigo, en 1960. Así comenzó una fructífera carrera cinematográfica convirtiéndose en una figura central del nuevo cine argentino. Destacan sus obras, Crónica de un niño sólo que rodó en 1965, El romance de Aniceto y la Francisca en 1967, misma que algunos críticos señalan como una de las mejores cintas del cine argentino. El Dependiente, realizada en 1969 estuvo basada en un guión de su hermano Zuhair Jury.

Debido a la falta de apoyo de parte del Gobierno y a serias dificultades económicas, Favio incursionó en la música, pues a temprana edad había aprendido a tocar la guitarra. En cierta reunión familiar un empresario de una disquera lo escuchó y le ofreció una oportunidad para grabar un disco. De esta forma nació “Fuiste mía un verano”, grabado en 1968, disco que constituyó un verdadero fenómeno no sólo en Argentina, sino en todo Latinoamérica. Luego después de participar en el Festival de Viña del Mar, alcanzó la cima de la popularidad. En 1969, grabó su segundo álbum, “Leonardo Favio” que vino a consolidar su fama como cantautor.

No obstante, Favio añoraba su tranquilidad de su vida como director de cine. La fama y la vertiginosa vida de la farándula lo atosigaban y sin más, de pronto dejó el canto y regresó a dedicarse de tiempo completo al cine. En 1973 realizó el film Juan Moreira, Nazareno y el lobo en 1975 y Soñar, Soñar en 1976.

Al caer Argentina en una dictadura que duró diez años, en 1976 se fue al exilio, aprovechando ese acontecimiento para retomar el canto y realizar una gira por América Latina por espacio de dos años. Estuvo radicado posteriormente en Colombia, sin abandonar sus giras internacionales. En 1987, una vez finalizada la dictadura, Favio regresó a Argentina, regresando a su carrera de cineasta y en 1993 realiza Gatica, el mono, . ganadora del Premio Goya 1994 a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana, de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España,; luego realizaría un documental sobre la historia de la Argentina en el siglo XX que tuvo como eje a Juan Domingo Perón.

Este año, Favio estrenó su cinta Aniceto, en donde además de dirigirla interpreta el tema del film, compuesto por su hijo Nico Favio.

Leonardo Favio es un hombre hermético, supo inteligentemente guardar su vida privada, realmente privada. Muy pocos saben sobre su intimidad, a tal punto de que se han tejido una serie de historias acerca de su situación actual. Mucho se dice sobre su enfermedad, que según algunos se trata de cáncer y según otros de una hepatitis B y su falta de movilidad se le achacan a un accidente sufrido en Colombia que le lesionó la pelvis. Sin embargo, en una entrevista que le brindó a Fernando Toledo del Diario Uno de Mendoza en junio de este año, Favio admite que sufre de polineuritis, que es una enfermedad, según él, que se nota más en el dolor. El cantautor afirma que tiene una terapia especial y que se encuentra bien y mejorando, pero lo principal es que, según expresa, ha aprendido a asumir la vida.

Así que en Nicaragua, sólo logramos apreciar lo que para el mendocino era un medio para seguir trabajando en su sueño que era el cine. No llegamos a conocer a ese genio que ha logrado poner muy en alto al cine argentino a tal punto que una sala de cine del Congreso de la Nación en Argentina lleva su nombre, además de haber sido nombrado Ciudadano Ilustre de la capital argentina. Según muchos críticos internacionales, ha sido el mejor director de cine de toda la historia se su país.

De cualquier forma, en cualquier momento en alguna emisora local, nos sorprende su música, transportándonos a nuestros años maravillosos, haciéndonos pensar en caminatas por la playa, tiernos amaneceres, sabores que navegan en los labios, gentes que ya nos olvidaron, gentes que no podemos olvidar y que otra vez será.

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El fatídico cordonazo

Los desastres naturales, no importa cuando ocurran, marcan la conciencia colectiva de los pueblos. Es la fecha y todavía sigue vigente el impacto que tuvo sobre los habitantes de Managua y de alguna forma a los de toda Nicaragua, el terremoto del 23 de diciembre de 1972. A pesar de que una gran parte de la población actual no había nacido en ese entonces, siempre pende sobre toda la población el fantasma del tremendo sismo que cambió la configuración de la ciudad capital y la vida de muchos nicaragüenses. Lo único que puede borrar la sombra de este desastre en la mente de la gente, es otro desastre.

Antes de 1972, mucha gente mantenía vigente los horrores del terremoto que desoló la ciudad capital el 31 de marzo de 1931 y por mucho tiempo, en las noches de insomnio, el recuerdo de los horrores que se vivieron en ese entonces rondaba la existencia de quienes fueron testigos del sismo y era motivo de anécdotas, cuentos y leyendas. Este desastre por su parte, vino a mitigar el recuerdo amargo del famoso aluvión de finales del siglo XIX.

Era el año de 1876, Managua tenía 19 años de ser la capital de la República y de acuerdo a las crónicas de los historiadores de la época, no era más que una gran aldea de una media legua cuadrada de superficie y según algunos cálculos tendría a lo sumo unos diez mil habitantes. A pesar de ser la capital de Nicaragua, no fue sino el año anterior, 1875, cuando Managua pasó a ser departamento, pues antes de esa fecha pertenecía al departamento de Granada.

El miércoles 4 de octubre de ese año, iba a celebrarse la fiesta de San Francisco de Asís y como todos los años, los recién estrenados capitalinos asistirían devotamente a misa, que se oficiaría en los cuatro únicos templos que tenía Managua: Candelaria, San Sebastián, San Miguel y San Antonio. Sin embargo, se anticipó el famoso Cordonazo, creencia según la cual, en el día de su festividad, San Francisco de Asís, para alejar al demonio, sacude el cordón que sobre su hábito lleva atado a su cintura, provocando rayos, truenos y fuertes lluvias. Desde la noche anterior una pertinaz lluvia comenzó a caer sobre la ciudad capital. El aguacero no fue tan fuerte en el casco de la ciudad, sin embargo, ya de madrugada, en la región sur, en el trecho comprendido entre Ticomo y Tacaniste, la intensidad de la lluvia fue mayúscula, provocando una fuerte corriente que siguió su curso natural hacia el lago Xolotlán.

No había terminado de amanecer cuando al llegar a los confines de la ciudad capital, la corriente llevaba ya un considerable caudal, entrando por la zona en donde ahora es el Price Smart, atravesando la actual Bolonia y siguiendo su curso hacia donde se ubican las oficinas del Instituto Nicaragüense del Seguro Social, bajando luego hacia la Calle Honda, llamada así por constituir un cauce natural que bajaba considerablemente su nivel respecto al resto de la ciudad. La corriente, que había tomado una enorme fuerza en su curso hacia abajo, comenzó a destrozar todo lo que encontró a su paso. La gente que escuchaba la plácida lluvia caer sobre los tejados de sus casas, no se imaginó que el rumor que se escuchaba a lo lejos, de pronto se convertiría en un estruendo ensordecedor, al chocar la corriente con las débiles construcciones de taquezal.

El torrente de agua siguió su curso, atravesando un costado del barrio San Antonio, hasta encontrar las aguas del lago Xolotlán en donde llegó a depositar todo lo que había arrastrado a su paso, en la zona en donde hoy se ubica la Plaza de la Fe.

Las casas que estaban en el curso de la corriente fueron destruidas en segundos por la descomunal fuerza y las personas que se encontraban en su interior, perecieron instantáneamente, algunos de ellos nunca fueron encontrados. A medida que la corriente seguía bajando, el caudal se hacía más ancho, derribando y arrastrando más viviendas y sus ocupantes, sin embargo, algunos de ellos tuvieron la suerte de escapar y otros fueron rescatados por vecinos que acudieron en auxilio de los azorados habitantes. Algunos de los sobrevivientes se aferraron a troncos de árboles y resistieron hasta que fueron rescatados.

Según algunos cronistas, entre los vecinos que acudieron a rescatar a los afectados, estaban los jóvenes hermanos Francisco y José Santos Zelaya, que acababan de regresar de Europa, así como los hermanos Arróliga.

A medio día, el sol todavía no se atrevía a salir, la lluvia amainó, sin embargo, el cielo continuaba de un gris oscuro y amenazante. Las máximas autoridades del Gobierno se hicieron presentes al lugar de la tragedia a través de los Ministros don Emilio Benard y don Anselmo Rivas, en representación del Presidente de la República don Pedro Joaquín Chamorro, quien se encontraba en León, supervisando el combate de una plaga de chapulines que se desató en la zona occidental del país. Los funcionarios realizaron una evaluación de los daños e inmediatamente ordenaron la ayuda a los damnificados, así como organizaron las labores de atención a los heridos, así como de búsqueda y rescate de los cadáveres de quienes perecieron en el incidente. Al llegar la noche, la población agotada se retiró a descansar.

La mañana del 5 de octubre trajo de nuevo al sol y con la enorme claridad que cayó sobre la ciudad capital, la población observó un cuadro dantesco en la playa del lago, en donde quedó depositada una enorme cantidad de desechos, tanto de viviendas, como de árboles, así como uno que otro cadáver que no había podido ser rescatado. En el propio lago, flotaba una cantidad de madera astillada, así como fragmentos de muebles de las casas que habían sido arrasadas.

Este horrendo cuadro quedó impregnado en la memoria de muchos Managuas, que por mucho tiempo no hablaron de otra cosa que del fatídico Cordonazo de San Francisco de 1876. A partir de esa fecha, la Calle Honda se le conoció como la Calle del Aluvión y sus habitantes, con la firme creencia de que no ocurriría otro fenómeno igual, volvieron a construir sobre la misma. Cuando a inicios del siglo XX, se formalizó la nomenclatura de las calles de Managua, la Calle del Aluvión se transformó en la 3ª. Avenida Oeste, precisamente dos cuadras abajo de la Avenida Bolívar.

No fue sino hasta la mañana del 31 de marzo de 1931, martes santo, que un terremoto sacudió la ciudad capital, causando muerte, destrucción y desolando a la novia del Xolotlán. Sólo así pudo apartarse de la mente de los capitalinos los horrores del Aluvión del 4 de octubre de 1876.

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Los traidores

Dicen los italianos con cierta razón: Traduttore, traditore, es decir, traductor, traidor y es que la traducción, según algunos es un verdadero arte, pues es necesario no sólo el conocimiento cabal de las dos lenguas, sino que también las sutilezas culturales tanto de la lengua de origen como la de destino, por lo tanto, un trabajo de traducción mal realizado, puede traicionar el espíritu de la expresión original.

A propósito de la reciente muerte de Paul Newman, que trajo un sinfín de reseñas sobre su legado artístico, recordaba algunas joyas de la traducción en el título de algunas de sus películas. Quizá el caso más evidente sea “Dos hombres y un destino” título con el que nos llegó la película “Butch Cassidy and the Sundance Kid”, que disfruté en el cine Ruiz de la vieja Managua. Muchas veces traté de imaginarme el razonamiento de los encargados de traducir los títulos de las películas norteamericanas para el público de habla hispana, sin encontrar ningún razonamiento lógico por el cual dicha película no pudo haberse llamado simplemente Butch Cassidy, tal como muchos la recuerdan en la actualidad. Tal vez esos genios nos consideraron poca cosa para asimilar un nombre como Butch Cassidy o demasiado aficionados a la filosofía para encontrar en “Dos hombres y un destino” un tema de reflexión sobre la vida de estas dos leyendas norteamericanas. Lo mismo sucedió con “Fat Man and Little Boy” traducida como “Creadores de sombra”, “Drowning Pool” que nos llegó como “Con el agua al cuello”, “The life and times of Judge Roy Bean” conocida en español como “El juez de la horca” o “Slap Shot” que en muchos países se conoció como “El castañazo”. El único caso en que podría exculparse al traductor sería la magnífica película “Cool Hand Luke” que acertadamente fue traducida como “La leyenda del indomable” título que refleja de mejor manera el espíritu de dicha película.

De la misma forma, en toda la historia del cine, encontramos ciertas traducciones que no tienen el menor sentido lógico:

North by the northwest Intriga Internacional

The sound of music La novicia rebelde

The Manchurian candidate El embajador del miedo

Shane El desconocido

Wuthering Heights Cumbres borrascosas

Easy Rider Buscando mi destino

Pulp Fiction Tiempos violentos

Alien El octavo pasajero

Dirty Dozen Los doce del patíbulo

Sunset Boulevard El crepúsculo de los dioses

Some like it hot Una Eva y dos Adanes

Leon El profesional

Cat Ballou La tigresa del oeste

Snatch Cerdos y diamantes

There wil be blood Petróleo sangriento

Jaws Tiburón

The blues brothers Los hermanos caradura

Memories of me No somos perfectos

The presidio Más fuerte que el odio

The quest En busca de la ciudad perdida

De esta manera, en algunos casos es mucho más adecuado dejar el título original en inglés para no tratar de caer en una de esas grandes traiciones al espíritu de la película y bien hicieron aquellos que dejaron: “Goldfinger”, “Annie Hall”, “Forrest Gump”, “West side story”, “MASH”, “Blade Runner” .

Este refinado encanto de traición, no es exclusivo de la industria del cine, también en la música encontramos grandes incongruencias en la traducción, sin embargo, ocurre de una manera más sutil y muchas veces debido a lo que inglés se llama “false friends” y en francés “faux amis”, que en español sería “falsos amigos” y que sucede cuando una palabra tiene un gran parecido en dos idiomas, pero con significados distintos.

Muchos recordarán, por ejemplo, que allá a finales de los años cincuenta, el gran conjunto norteamericano Los Platters, logró poner en los primeros lugares de preferencia el tema de Buck Ram, “The great pretender”, que alguien fácilmente tradujo como “El gran pretendiente” y es como todo el mundo conoció y sigue recordando a dicho éxito. Sin embargo, si analizamos bien el verdadero significado de “pretender” no tiene nada que ver con “aspirante” o “pretendiente”, sino más bien “hipócrita”, “dador a creer” o bien “farsante” que es el vocablo que traduce fielmente el espíritu de esa palabra y que en Nicaragua se utilizaba mucho en esa época y ahora ha caído casi en desuso.

Cuando a comienzos de los sesenta nos llegó la beatlemanía, pudimos observar una gran fidelidad en la traducción de los títulos de las canciones de la cuarteta de Liverpool, “Quiero estrechar tu mano”, “Y la amo”, “No puedes comprarme amor” “La noche de un día difícil” y así por el estilo. Sin embargo, el traductor se resbaló y cayó estrepitosamente cuando quiso traducir “If I fell”, yéndose por el camino fácil de “Si caí”, cuando la verdadera traducción en el contexto de la canción es “Si me enamorara”.

En el caso de los Rolling Stones, su tema “Simpathy for the devil” fue traducido a la ligera como “Simpatía por el diablo”, cuando en realidad “simpathy” en inglés en ese contexto se traduce como “compasión”.

Cuando Stevie Wonder sacó a la luz su tema “All is fair in love”, un traductor se fue de boca y nos lo trajo como “Todo es bello en el amor”, pero al examinar el tema, encontramos que Stevie Wonder se refería a que “Todo se vale en el amor” como en aquel antiguo adagio: En el amor y en la guerra todo se vale.

En realidad podríamos llenar docenas de posts con los errores de traducción tanto en el cine, no sólo en sus títulos, sino en el guión mismo, así como en la industria del disco, la televisión, los libros y los demás medios de comunicación. Lo cierto es que en la medida de que estemos en manos de “traductores” que trabajan a la ligera, estaremos sufriendo esos errores garrafales.

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