Hoy es Viernes Santo

Me he despertado hoy en medio de una quietud impresionante.  Generalmente la avenida en la que vivo no descansa y mantiene un tráfico considerable, con sus consabidas intensidades, las veinticuatro horas.  Pero hoy se sentía un silencio un tanto acojonante, como dirían en la madre patria.  De pronto, en medio de la confusión que produce la inactividad del aislamiento parcial autoimpuesto, me doy cuenta que hoy es Viernes Santo, así en mayúsculas los dos, para que no se preste a relacionarlo con el chistorete de Santo y Santa.   No puedo evitar recordar las semanas santas de mi infancia en San Marcos, en donde el silencio caía densamente sobre nuestras vidas, ya fuera por el recogimiento de los fieles o por la acción de algunos desventurados que colocaban troncos de árboles en los cuatro puntos cardinales del pueblo a fin de que ningún vehículo se atreviera a circular en esos días en que Jesús estaba en el suelo.

Debo de admitir que en aquella época no sentía recogimiento alguno, sino que como todo mozalbete pueblerino, lo que primaba era la ilusión del estreno.  Era una costumbre muy arraigada que había que estrenar ropa por lo menos jueves y viernes santo y de alguna manera asistir a los oficios de eso días para lucirla.   De esta forma, desde la semana anterior, los padres de familia debían de apechugar y proveer dichos estrenos.  Con los varones era más fácil, pues con dos pantalones Nomar y un par de camisas Record, ya resolvíamos, sin embargo, las féminas debían de ajustarse a los cánones de la moda del momento y a fuerzas debían de buscar a una costurera que elaborara sus prendas.  Me extrañaba que mis padres por su parte no siguieran esa costumbre de estrenar.  Mi abuelo cerraba su farmacia jueves y viernes, por respeto a sus clientes, aunque todos sabían que ante alguna emergencia siempre atendía la demanda.  Salvo algunos casos de emergencia, mi padre no iba al hospital esos días y disfrutábamos de su presencia en la casa, generalmente escuchando música clásica, salvo el viernes que no encendía su equipo de sonido.

Ese día el silencio era roto por el sonido de unas matracas gigantes que sustituían a las campanas, quienes callaban esos días, anunciando los oficios diarios, que iniciaban cerca de las diez de la mañana con la Vía Sacra.  Yo no entendía por qué las procesiones de los viernes de cuaresma se llamaban viacrucis y la del Viernes Santo debía llamarse Vía Sacra.  Tal vez porque era más solemne y más concurrida.  Siempre era acompañada por música de viento en vivo, generalmente la banda de los Hermanos Ramírez de Masatepe quienes interpretaban marchas fúnebres.  Ese día se miraba en la procesión a personajes del pueblo radicados en otros lados y que regresaban exclusivamente para asistir a la misma, por devoción, costumbre o por alguna promesa.  La mayoría lucía sus estrenos, compitiendo por lucir lo más a la moda posible, en especial las damas, quienes todavía cubrían sus cabezas con mantillas en señal de sumisión.

Frente a la farmacia de mi abuelo estaba la segunda “estación” de la procesión, me imagino que tal vez correspondía estar ubicada donde mi abuelo, pero su marcado agnosticismo, provocó esta otra ubicación.  Generalmente, salvo la abuela y la tía Leticia que con sus respetivas sombrillas se resguardaban del inclemente sol, el resto de la familia permanecíamos en la casa, limitándonos a observa a la procesión y sus  asistentes, incluyendo a los promesantes que competían por hacerse el mayor daño posible.  El almuerzo en esa fecha era de lujo, pues a pesar de las restricciones de ayuno y abstinencia dictadas por la doctrina, el gusto de mi abuelo y de mi padre dictaba menús más relajados.

Después del atracón del almuerzo comenzaba la tensión que poco a poco se incrementaba en mi interior, al acercarse las tres de la tarde, hora en que según los evangelios falleció en la cruz Jesucristo.  Me parecía que al igual que en aquella ocasión ocurrirían cataclismos y demás reacciones de la naturaleza ante aquel hecho ocurrido hacía casi dos mil años atrás.  Con el corazón a tambor batiente daban las tres de la tarde y no ocurría nada y yo respiraba tranquilo.  Fue muchos años después que llegué a la conclusión de que las tres de la tarde en Jerusalem era como las seis de la mañana en Nicaragua.  Para empezar, pues.

Luego de aquella tensión había que esperar las matracas que anunciarían la salida de la procesión del Santo Entierro.  Para darle más solemnidad a dicha procesión, muchos varones asistían de traje completo, de los más diversos estilos y colores, pues ahí estaba más difícil andar al dernier crie.  La banda de los hermanos Ramírez reservaba para esa ocasión las marchas más dramáticas y a dicho compás, el féretro de madera sólida con cristales alrededor, se chiqueba lentamente por todas las calles del pueblo, ocurriendo frecuentemente el cambio de los cargadores quienes debían poner una cara compungida para estar acordes con aquella solemnidad.

Años más tarde, cuando mi padre dejó el agnosticismo que le había dejado mi abuelo, me pidió que lo acompañara a cargar al Santo Entierro y como nunca fue mi afición contradecirlo le dije que sí y ataviados con un par de diseños exclusivos de los Mejores Trajes Gómez ahí estábamos esperando un turno para cargar aquel féretro.  Ahí entendí el por qué del chiqueo y lentitud con que se desplazaba. No sé qué clase de madera le habrían puesto, pero pesaba más que un mal matrimonio y de ahí la cara compungida.  El problema fue que la estatura de mi padre y la mía hizo que se diera un considerable desnivel con relación al otro lado, cuyos ocupantes recibieron la mayor parte del peso y a cierta distancia clamaron con tétrica voz el relevo correspondiente.  Anduve un par de días con dolor en todo el esqueleto.

Aquellos viernes terminaban con el profundo silencio.  Al día siguiente las cosas se relajaban, mi abuelo abría su botica y mi abuela todavía amenazaba a los niños que deseaban regresar a sus desmanes, diciendo que había que esperar a que se cantara Gloria.  Yo le decía que lo cantáramos pues, a lo que recibía una mirada de reprobación que calaba.

El sol, inclemente, que se ensaña en nosotros, me regresa a este año de la peste.  La avenida trata a cuentagotas, de recobrar su movimiento mientras pienso que a pesar de todo, el tiempo pasado fue mejor y extraño a los desventurados que colocaban troncos en todos los accesos del pueblo, para que todos se quedaran en sus casas.  Siempre me encuentro con el fondillo a dos manos, no por el cataclismo de las tres de la tarde, sino por la incertidumbre de lo que nos va a pasar y recuerdo a Machado:  ¡Oh no eres tú mi cantar! ¡no puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!

7 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

7 Respuestas a “Hoy es Viernes Santo

  1. Chepeleon Arguello

    Orlando, una vez más, gracias por compartir tus anécdotas, las cuales despiertan los recuerdos propios. En casa, no practicábamos religión, heredado del abuelo y su padre que eran masones, anti clerical. Pero me tocó una Semana Santa en casa de mi madrina, quien vivía en los alrededores del Calvario en Managua y era fiel católica, en su casa la imagen del Nazareno, hacia parada, sobre una mesa cubierta por un mantel morado y forrados de flores de palma y sobre la calle frente a la casa, aserrines multicolores, fue la primera vez que vi una procesión,y la última vez que visitaba a mi madrina en dicha fecha, quería que pasara sentado, rezando y comiendo sardinas enlatadas, y otros mejunjes de la ocasión. A nosotros una empleada de casa nos metió el cuento que a las doce de la noche ponías la oreja en el suelo y podías escuchar los gritos de los condenados, ya te imaginas a media noche queriendo escuchar lo mencionado mientras mi hermana Cecilia, me pedía que no lo hiciera… Todo esto quedó en recuerdo, que al morir nuestra generación, ya nadie practicara. Un abrazo hermano y gracias una vez más a trasladarme a un tiempo compartido. Cuídese

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  2. . Melba Reyes

    Una Semana Santa como nunca antes fue.
    Creo que será necesario abrir con frecuencia el cofre de los recuerdos para sentirnos vivos. Gracias por compartir los tuyos.
    Saludos.

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  3. Jorge B.

    Muy buenas memorias. Gracias por compartir.

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  4. Marcos S.

    Efectivamente fue un VIERNES SANTO muy diferente a los que hemos vivido a través de nuestra existencia, sin embargo eso trajo al presente todos esos recuerdos.Gracias por compartirlos y hacernos viajar a los nuestros, como siempre de una manera muy amena.
    Felicitaciones y un abrazo a la distancia.

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  5. Maria Imelda Garcia

    Esos tiempos… muy bonita y amena lectura… felicidades!

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  6. M.

    Su relato trajo algunos recuerdos maravillosos de cuando ambos éramos niños y cómo era la Semana Santa de aquellos días de antaño. Sólo deseaba que su comentario hubiera sido más largo, pero respeto el hecho de lo difícil que debe ser escribir en estos tiempos tan difíciles. Espero con interés la continuación (Parte II) de este artículo tan especial acerca de esos tiempos viviendo la Semana Santa en los pueblos.

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  7. Luis Villavicencio

    Muy buen relato….cuantas anécdotas
    de nuestra infancia y juventud..cuantas aventuras vividas sanamente….

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