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Umbrío por la pena

Mi hijo menor, Rodrigo Joaquín, murió en 2011 a los 33 años.  Tenía un riñón trasplantado y en cierto momento, como de manera confabulada, se juntaron varios factores que le provocaron una falla multiorgánica.  Por casi un mes estuvo batallando valientemente por su vida, con la fortaleza que le daba el inmenso amor que tenía por sus dos pequeñas hijas, sin embargo, al final, su organismo no resistió más y las fuerzas lo abandonaron.

Enterramos a Rodrigo como se entierra a un hijo, con las uñas, con los dientes, con los huesos y con el ser entero hecho pedazos.   El cariño de la familia buena y de los amigos del alma, evitó que nos hundiéramos en un mar de depresión.  Con el tiempo, el cariño de sus hijas fue el bálsamo que vino a mitigar el dolor de tantas heridas.  Verlas crecer y sentir a Rodrigo vivir en ellas, vino a darle un nuevo sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, desde aquella fecha, invariablemente cada día de mi vida, hay un momento, cuando estoy solo, en que siento un dolor que nace en mi pecho y sube para alojarse en mi garganta y me oprime como una soga, mientras en mi mente vuelve aquella escena de mi hijo, en aquella cama de hospital, con sus ojos cerrados para siempre.

Comparto esto, tan íntimo con ustedes, pues ahora que observo a tantos padres desconsolados al ver a sus hijos bañados en sangre y darse cuenta que están muertos, aquel dolor de siempre se me agranda.  Nunca un padre debe de enterrar a su hijo.  En estas circunstancias, estos padres tendrán que hacerlo con el alma hecha jirones.  Mientras yo viví siempre con el temor de que la muerte traicionera pudiera jugarnos una mala pasada, estos padres nunca se imaginaron que la tierna vida de sus hijos pudiera ser segada en un instante y peor aún, en tiempos en que nos ufanamos de civilizados, en una época en que somos tan sensibles como para denunciar el maltrato a un animal, de pronto venga un espíritu bestial y tenga las malas entrañas para cortar una vida,  la de un joven que lo único que hacía era manifestarse cívicamente.

Soy consciente de que nada de lo que le podamos decir a esos padres va a mitigar su dolor.  Tal vez con el tiempo el orgullo de aquella entrega y valentía podrá paliar el sufrimiento, sin embargo, ahora lo único que se me ocurre es decirles que me identifico con su dolor, que lo comprendo y que lo hago propio.  Al igual que la luz que mis nietas han traído a mi vida,  espero que ellos puedan encontrar cierto alivio a ese dolor, cuando crezca en esta tierra la libertad, cuando florezca esa capacidad de los seres humanos de aceptar las diferencias y respetar la disidencia.  Cuando el tercer milenio al fin nos alcance, cuando sean nuestros hijos quienes cierren nuestros ojos.

 

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El peso del coronel

Por ahí dicen que la lealtad es como una planta que necesita cultivarse.  Tal vez de este razonamiento salió la famosa ley de las tres P (plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes), que de manera tan eficiente aplicó la familia Somoza mientras estuvo en el poder.  En especial la primera, que se refería a premiar con dinero a todos aquellos amigos del régimen en los cuales la familia Somoza depositaba su confianza.

Entre el círculo de esa amistad, resaltaba desde luego la Guardia Nacional de Nicaragua, un cuerpo armado que fue diseñado a la medida de la dinastía y que hacía las veces de ejército nacional, de policía y de guardia pretoriana del régimen.  De esta forma, los altos cargos de la G.N. principalmente, eran premiados con licencias, para poder amasar una buena fortuna, con cargo básicamente, no del peculio de la familia gobernante, sino de la ciudadanía.

Dentro del Presupuesto Nacional de la República los cargos de la Guardia Nacional tenían sueldos más que modestos.  En 1976 por ejemplo, mientras el Jefe Director de la Guardia Nacional tenía un sueldo equivalente en ese entonces a US$ 1,140.00, el Jefe del Estado Mayor de la G.N. alcanzaba un equivalente a US$ 798.00 y un Coronel G.N. alcanzaba apenas los US$ 342.00.  Sin embargo, el tren de vida que llevaban estos oficiales, de Coronel hacia arriba, tenía un costo que superaba con facilidad los US$4,000.00 mensuales.

Algunos cargos proporcionaban un extremo poder para quienes los detentaban, por ejemplo el Jefe de la Oficina de la Seguridad Nacional, quien posteriormente era el candidato ideal para ocupar la cartera de Hacienda y Crédito Público, como si el oficio de extraer la verdad bajo cualquier método, estuviese íntimamente relacionado con la capacidad de manejar el erario nacional.  En este mismo orden estaba el Jefe de la Investigación Nacional, quien ostentaba un gran poder, gracias a la información que manejaba y la cual podía proporcionarle enormes oportunidades de negocios.

Con mayores oportunidades de obtener grandes ingresos adicionales estaba el Jefe de la Policía de Managua, que tenía a su cargo el control de todos los bares, cantinas, prostíbulos y centros de juego, que generaban una considerable cantidad de coimas.

Con una mayor tranquilidad, pero con ingresos nada despreciables estaba el cargo de Pagador General de la G.N., que si bien es cierto tenía un sueldo nominal de US$500.00, tenía la facilidad de realizar los pagos en cifras cerradas hacia abajo, de tal forma que se quedaba con los “picos” sobrantes.  Es decir que si a un efectivo le correspondía un sueldo de C$80.85 le pagaba los 80 cerrados y se quedaba con el resto, bajo el argumento de que ya no tenía cambio.

No obstante, uno de los cargos más apetecidos era el de Jefe del Tránsito Nacional.  El cargo era asignado por un año y el titular del mismo, tenía a su cargo todo el control vehicular en todo el territorio nacional y manejaba lo referente a placas, licencias de conducir, multas y revisado.  Este último era una verificación del estado del vehículo que se realizaba cada trimestre con un costo de US$0.50.  Habría que aclarar que en aquellos dorados tiempos, no se extendía recibo ni chiquito ni grande por ninguno de estos pagos, así que no había claridad sobre el destino de los pagos por todos esos servicios.  Existía en esa época lo que se conocía como el Tribunal de Cuentas, equivalente a la actual Contraloría General de la República, pero que en términos prácticos era igual a esta, pues se la pasaban cantando la canción de Shakira, ciego, sordomudo (con todo y contoneo), con mayor razón al tratarse de las cuentas que manejaba la Guardia Nacional.

Lo más folklórico alrededor de los ingresos del oficial que estaba designado como Jefe del Tránsito era lo que se conocía como “el peso del coronel”.   Recuerdo que cuando viajaba en bus de San Marcos a Managua, al llegar a Las Piedrecitas el conductor le pasaba un córdoba al “perico” quien bajaba corriendo hacia una caseta que se encontraba a la orilla de la carretera y en donde se encontraba un guardia.  En la parte de abajo de la ventanilla de la caseta había un cajón que tenía una ranura, a manera de alcancía.  El “perico” depositaba directamente el peso en la ranura y el guardia sólo lo observaba con el rabo del ojo.  No había ninguna disposición escrita ni siquiera verbal sobre la obligatoriedad de que cada vehículo de carga o pasajeros que ingresara a Managua, debía de enterar la cantidad de un córdoba.  Tampoco existía el concepto por el cual se cobraba ese dinero, mucho menos había control sobre el destino del mismo.  Lo más extraño era que nadie se negaba a pagarlo.

De una manera abierta se comenzó a conocer aquella “contribución” como “el peso del coronel” y con el tiempo se volvió algo común que todo el mundo sabía de qué se trataba y nadie organizó protesta alguna por dicha tasa.  Sería muy aventurado realizar el cálculo de cuánto dinero ingresaba al bolsillo del Jefe del Tránsito en concepto de ese cobro, tal vez El Firuliche podría, pero ahora anda ocupado haciendo temblar a la gente.  Esas casetas estaban colocadas en puntos estratégicos de las entradas de Managua, cubriendo el ingreso de los vehículos procedentes de los puntos cardinales.  Con un cálculo conservador podrían haber ingresado un total de 1,500 vehículos diarios, considerando que un mismo vehículo podía realizar varios viajes al día y cada vez que ingresaba debía realizar su “aporte”, mismo que ante la ausencia de alguna ordenanza, podía considerarse “voluntario”.  De esta forma en un mes, el Jefe de Tránsito podía alcanzar un ingreso de C$45.000, equivalentes a US$6,428.00, sueldo que no alcanzaba a redondear ni siquiera el Presidente del Banco Central.  En un año, el pobrecito llegaba a acumular sólo por este concepto, la bicoca de C$540,000, que en aquellos tiempos era un enorme capital.

Se cuenta que de la misma forma en que se allegaban de dinero, estos oficiales también lo despilfarraban, en algunas ocasiones en francachelas y juegos.   Se dice de uno de ellos que en un juego de naipes apostó su casa de habitación y la perdió.

Cuando los fieles servidores de la ley y el orden se convirtieron en genocidas y de la noche a la mañana tuvieron que salir huyendo del país, muchos de ellos no tuvieron la oportunidad de llevarse nada de sus haberes y cuentan que algunos de ellos tuvieron que trabajar de security en algún supermercado de Miami. Sic transit gloria mundi.

Ahora las cosas han cambiado mucho.  En primer lugar las funciones del ejército y de la policía nacional se encuentran divididas en dos organizaciones independientes y profesionales.  Por otra parte, los sistemas de control del presupuesto nacional están muy avanzados y todo pago en concepto de licencias de conducir, placas, tarjeta de circulación y demás, está centralizado en el Ministerio de Hacienda y se pagan en un banco comercial, emitiéndose el respectivo recibo.  Ya no se observan las famosas alcancías del peso del coronel en las entradas de Managua.

No obstante, parece ser que últimamente han florecido muchas lealtades y la pregunta del millón es: ¿Cómo las han regado?

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El mondongo no es de Masatepe

El Mondongo Lavado

La definición más general del gusto, sin considerar si es buena o es mala, si es justa o no lo es, consiste en aquello que nos liga a una cosa por medio del sentimiento.  Montesquieu.

Podría decir, sin temor a equivocarme, que la sopa de mondongo es el exponente de la cocina nicaragüense que más controversias genera, principalmente por lo oscuro de su origen tanto gastronómico como etimológico.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, Mondongo (De mondejo) son los intestinos y panza de las reses y especialmente los del cerdo.  El mismo DRAE se refiere a Mondejo (Quizá de bandujo) como a cierto relleno de la panza del puerco o del carnero.  Así mismo el DRAE define a Bandujo como la tripa grande de cerdo, carnero o vaca, llena de carne picada.

Algunos etimologistas señalan que la modificación fonética de mondejo a mondongo ocurrió en América por la influencia de las lenguas bantúes habladas por muchos de los esclavizados traídos desde África.  No obstante, según Ricardo Soca en su libro La fascinante historia de las palabras, el vocablo Mondongo se registra en castellano por lo menos desde 1581 cuando Mateo Alemán publicó su novela Guzmán de Alfarache.  Lo anterior, viene a refutar el origen africano del término, debido a que para 1581 el tráfico de esclavos no había alcanzado su apogeo en América y era muy difícil que escritores españoles emplearan vocablos africanos en esa época.

Según Joan Corominas, el gran filólogo español, Mondongo se derivó de bandullo “vientre o conjunto de tripas de los animales” que a su vez proviene del árabe batn “intestinos” y “carne de vientre de un animal”.

De cualquier forma, en América el término Mondongo se convirtió en sinónimo de panza del ganado vacuno y como un vulgarismo denomina al estómago de los humanos.  Habría que recordar aquel chistorete de que “no es lo mismo: el mondongo de Tapachula, que: tápate chula el mondongo” muy pertinente en estos tiempos en que la moda de los talles bajos y blusas altas en las féminas, dejan al descubierto esta región anatómica, tan descuidada a veces.

En cuanto a la sopa de mondongo, a pesar de que la sopa en sí es un elemento traído por los españoles a tierras americanas, derivado de sus caldos, sopas, pucheros y demás, y que por otra parte, la utilización de la panza de vacuno forma parte de la gastronomía española, en especial los famosos “callos a la madrileña”, no obstante, este plato no es precisamente una sopa o caldo y sus ingredientes varían significativamente de los que lleva la sopa de mondongo.  Al respecto, tampoco los españoles tienen claridad sobre el origen de este plato.

A lo largo de toda América Latina, desde México hasta Argentina, el mondongo constituye un plato muy apetecido, con sus distintas variedades en cuanto a los ingredientes de acompañamiento, el sazón que le otorgan diversas especias,  así como los colores y sabores particulares.  En México se le conoce como menudo o pancita y es la receta más socorrida para curar cualquier goma, cruda o resaca, por lo tanto es típico del desayuno o almuerzo.  En Centroamérica, en especial Honduras, Nicaragua y Costa Rica, es una sopa para la cual manejan casi la misma receta.  En Panamá se estila el Mondongo a la Culona, sin embargo no me atreví a preguntar por el otro ingrediente.  En Sudamérica existe una variedad de recetas que van desde el venezolano que lleva además bolitas de harina de maíz, el colombiano al que le agregan además ñame y arvejas (no confundir con La Opera del Mondongo de Peñaranda), el peruano que lleva además del mondongo carne de cerdo y el rioplatense que se extiende desde Argentina, Uruguay, Paraguay al sur de Brasil, en donde constituye un guiso con el cuajar de la vaca y a veces con el librillo a los que se le agrega arroz, papas y tomate y en algunos casos también se le añade zapallos, frijoles, garbanzos y arvejas.    En un inicio era el alimento de las poblaciones descendientes de africanos, hasta que ascendió a los estratos sociales más altos.

En Nicaragua es un plato cuyo consumo se encuentra extendido por la región Pacífico y Central del país.  La receta más común contempla como elementos básicos el mondongo y las patas de res, las cuales deben de limpiarse cuidadosamente, de tal manera que este proceso puede llevar hasta un día completo previo a su cocción, pues en algunos casos se nesquiza con ceniza o bien se limpia a punta de repetidos lavados y luego un baño de naranjas, limones y sal en el cual se deja varias horas.  Se emplea también la cebolla, tomate, chiltoma y el culantro para el sabor y el achiote que le imprime el color rojo característico de esta sopa. Las verduras pueden variar según la región y el gusto de cada quien y comprenden, papas, yuca, ayote, quequisque, repollo, chayote, chilote. El sabor se termina de poner a punto con naranjas agrias y la consistencia, que debe ser lo más espesa posible, se logra con harina de trigo, aunque en los viejos tiempos se utilizaba harina o payana de maíz. En algunos casos se le agrega un poco azúcar para rematar el sabor.  El acompañamiento también varía de acuerdo a la región y puede ser una tortilla tostada, un aguacate, queso o cuajada y un chilero criollo.  Al ser una sopa demasiado consistente, los estudiosos de la gastronomía vernácula recomiendan un par de fajazos previos a la ingesta del plato.  En un inicio dichos tragos consistían en guaro lija, luego en su apogeo se introdujo el trago de Santa Cecilia o Cañita, quienes dieron paso luego al ron blanco en cualquiera de sus variedades y calidades.  Pretexto o no, es más fácil sobrellevar la digestión de una sopa de mondongo con un par de bujíazos entre pecho y espalda.

Mucho se habla de que el mondongo en Nicaragua es originario de Masatepe, lo cual es una falacia.  En realidad no existe documentación alguna que nos pueda ilustrar sobre su origen.  El caso de Masatepe su auge alrededor de este plato se originó a mediados de los años sesenta, cuando ya era una costumbre muy de los managuas, reunirse con los compañeros de trabajo, generalmente los sábados para ir a almorzar y acompañar la rutinaria pero apetecible labor con algunos tragos “platicados”.  Con el mejoramiento de las vías de comunicación y el mayor acceso de la población al parque vehicular, los centros de reunión se desplazaron, alejándose poco a poco de los centros de trabajo y llegando a explorar nuevas experiencias fuera de la ciudad capital.  De alguna manera algún masatepino propuso un viaje a su ciudad natal y se encontraron con una pequeña fonda en el barrio Veracruz, en donde servían un suculento mondongo.  La dueña se llamaba doña Juana Nestor Areas y a pesar de que su fonda era un lugar muy agreste, con piso de tierra y unas pocas mesas, poco a poco fue cobrando fama, de tal forma que pronto se vio invadida por grupos de amigos que se daban cita en el mondongo de Masatepe, pues en ese tiempo no tenía competencia, en donde se saboreaba un respetable mondongo con el guaro de su preferencia.

Cuentan que en una ocasión una misión diplomática argentina de visita en nuestro país fue invitada por un funcionario de Relaciones Exteriores a saborear un delicioso mondongo donde doña Nestor, advirtiéndoles que se trataba del restaurante más antiguo de América en tierra firme pues databa del siglo XVI.  Por la apariencia del local los argentinos le creyeron a pie juntillas y de esta manera regresaron los diplomáticos a su país llenándose la boca de haber estado en el restaurante más antiguo del continente en donde habían probado una deliciosa sopa de mondongo.

Años después, al ver las romerías que atestaban el local de doña Nestor, otro emprendedor local abrió un restaurante ubicado cerca de la gasolinera Shell y que se anunciaba como “El mondongo de Masatepe a 100 metros” seguido de una flecha indicando la dirección, quitándole con este engaño clientela a doña Nestor.  Sin embargo la calidad era muy inferior.

Yo tuve la oportunidad de probar esos mondongos a finales de los años sesenta, cuando mi padre viajaba regularmente a Masatepe y era invitado por sus amigos de esa ciudad.  Pude comprobar que la calidad del mondongo de donde doña Nestor era insuperable, aunque todavía no me explicaba la necesidad de los dos bolillazos previos a la sopa.

Se maneja que la sopa de mondongo es un plato de gusto adquirido.  Este término se refiere a que ciertos alimentos o bebidas requieren de una exposición por mucho tiempo a los sabores, aromas, texturas hasta que se llega a considerar algo familiar.  De esta forma, algunas personas que prueban por primera vez el mondongo lo hacen con cierta aprensión y no siempre les gusta.  Es más, no es remoto que alguien enferme tan sólo con la sugestión.   Cuentan por ahí algunos irreverentes de la zona, que en uno de sus viajes, el gran cantautor cubano Silvio Rodríguez fue llevado al mondongo de Masatepe y que a partir de esa experiencia empezó a componer su famoso tema que dice:  Cómo gasto papeles recordándote, cómo me haces hablar en el silencio, cómo no te me quitas de las ganas…

En la actualidad, el gusto por la sopa de mondongo a nivel de todo el territorio nacional parece haber menguado.  Antes era muy común que en ocasiones especiales las familias se juntaran para deleitarse con una poderosa sopa de mondongo; sin embargo, en la actualidad, tal vez será por la crisis, en donde a pesar de que el mondongo se considera todavía un subproducto, el costo del total de los ingredientes más el trabajo que implica su preparación hace que las amas de casa lo piensen dos veces antes de embarcarse en esta aventura. Ya se apagó aquel famoso pregón que flotaba en las calles de la vieja Managua: ¡El mondongo lavaaaaaaaaaaaaaaado!

En cuanto al mondongo de Masatepe, doña Nestor murió en los años ochenta y ahora sus hijas Berta e Isabel Tapia están a cargo del negocio, mismo que tiene que competir con varios restaurantes más que se dicen tener la receta original del famoso plato.  Sin embargo, la calidad ha decaído sensiblemente.  Ahora, hacen falta más de dos rielazos para poder degustar el famoso mondongo y hacer de cuenta que todavía lo prepara doña Nestor.

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O tempora, o mores

Semana Santa

Era el 13 de abril de 1933, jueves santo.  El pueblo se encontraba aletargado esperando los oficios de la tarde.  El sol de medio día se ensañaba con las solitarias calles y una densa nube de silencio invadía los hogares que permanecían en la penumbra de sus encierros.  La botica de mi abuelo, cerrada a regañadientes, mantenía su puerta principal entreabierta, dando a entender que no se le negaría el servicio a ninguna emergencia.  Don Emilio aprovechaba la ocasión para preparar sus menjurjes y leer asuntos mundanos, ante la mirada desaprobadora de Doña Estercita, quien se entregaba a la meditación entre novena y novena.  En la casa, en donde no se encendía fuego desde el lunes santo, flotaba un dulce aroma de almíbares que contrastaba con el acre olor a tamales, pescados, rosquillas y demás provisiones que habían sido preparadas con la debida antelación para esa semana.  Los niños eran mantenidos en la más estricta formalidad; estaba prohibido correr, saltar o jugar, pues el Señor estaba en el suelo. 

De pronto, la quietud del pueblo fue interrumpida por un rumor in crescendo que provenía de la salida al Barrio de La Cruz.  Mi abuelo abandonó su lectura y salió a la calle para averiguar lo que sucedía.  Por la calle, un campesino y su caballo eran custodiados por Josecito, un policía ad honorem, seguidos por una turba enardecida que gritaba improperios contra el individuo del caballo.  Al pasar por la botica, mi abuelo le preguntó a Josecito qué había pasado. – Este hombre se atrevió a montar a caballo en jueves santo, respondió, agregando -Es un sacrilegio, lo llevo al Cabildo para que lo metan preso-.  –Pero eso no es delito – le dijo mi abuelo.  La turba rugió enardecida y mi abuelo decidió acompañar a la improvisada procesión al Cabildo, entró a la botica, tomó su sombrero y volvió a salir. 

Ya en el Cabildo lograron averiguar que el pobre hombre había ido al pueblo a comprar medicinas para su esposa que se encontraba enferma.  Aún así, los ánimos estaban caldeados y tanto el Alcalde como la gente opinaban que no importaba el motivo, era un sacrilegio y debía castigarse de algún modo.  Mi abuelo insistía en que ninguna ley prohibía a un ciudadano desplazarse por el territorio nacional en determinada fecha, sin embargo, la multitud se negaba a aceptar sus argumentos.  Cuando llegó el cura del pueblo, todos esperaron la condena final, pero mi abuelo se le adelantó y antes de que pudiera pronunciar una palabra, le dijo que estaban ante un acto similar al de la adúltera que el pueblo judío quería lapidar.  El cura le dijo que eso no tenía nada que ver, a lo que mi abuelo dijo alzando la voz: – el que se encuentre libre de pecado, que tire la primera piedra y que conste que yo conozco los pecados de todos los aquí presentes- y agregó mirando a los ojos al cura- y los puedo empezar a gritar.  Ante esta situación, un silencio sepulcral comenzó a reinar en el recinto y el cura no tuvo más remedio que agregar: -Este pobre hombre, sólo cumplía el deber de asistir a su mujer.  -Déjenlo que compre sus medicinas y regrese a su casa. 

La gente se calmó y sin tener nada que decir uno a uno regresaron cabizbajos a sus hogares.  Mi abuelo llevó al hombre a la botica en donde le dieron un refrigerio y le despacharon sus medicinas, no sin antes advertir que una bolsa con frijoles que había llevado para sufragar sus gastos, había desaparecido en el barullo.

Esa tarde mi abuela no fue a comulgar por el temor de que el cura o algún conciudadano le dijera algo, se quedó en la casa y de rodillas le pidió perdón al Señor porque en el fondo admiraba lo que mi abuelo había hecho. 

Así era la Semana Santa en aquellos días, llena de tradiciones, prohibiciones, supersticiones y mitos, en donde la gente se obligaba a guardar un exagerado recogimiento que llegaba a los extremos de este relato. 

Para los años cincuenta, las cosas habían cambiado un poco.  La Semana Santa siempre estaba revestida de una singular solemnidad, aunque el rigor ya no era el mismo. Tal vez ya no acusaban de sacrílego a quien se atreviera a montar a caballo o a conducir un vehículo, sin embargo, las carreteras aparecían cortadas por enormes troncos de árboles que los lugareños se encargaban de derribar y dejar a mitad de la vía, a fin de evitar la circulación de vehículos en esos días.  El silencio seguía reinando en esos días, pues ni las campanas sonaban y en su lugar se utilizaban unas enormes matracas para anunciar las funciones en la iglesia.  Las procesiones eran acompañadas por marchas fúnebres interpretadas por “chicheros” o “música de viento” como se les conocía, aunque ahora prefieren que se les llame filarmónicos.  Las radiodifusoras por su parte solamente pasaban música clásica o marchas fúnebres, mientras que otras simplemente callaban. 

Mi abuela siempre garantizaba el cumplimiento de las restricciones tradicionales, aunque ya podía encenderse el fuego todos los días y cocinar a diario; los almíbares, tamales, rosquillas y demás se preparaban como una tradición.  A los niños nos mantenía la prohibición de correr o jugar pues el Señor seguía en el suelo. 

Recuerdo que un jueves santo por la mañana, sería de 1956 o 1957, llegó de visita el párroco de ese entonces, el Padre Jacobo Ortegaray, muy amigo de la familia, quien al ver el piano que mi padre me había comprado, quiso inaugurarlo e interpretó Nostalgia, una vals que él había compuesto y le había dedicado a mi madre, quien mantenía una constante melancolía por su tierra y su familia.  Luego ya encarrerado siguió con otras composiciones de su repertorio, incluyendo una llamada La mula choca que tenía un ritmo bastante alegre.  Mi abuelo no cabía de gozo por esta licencia que se había tomado el Padre Ortegaray, pero mi abuela y la tía Mélida no daban crédito a sus oídos, pues mantenían la tradición del silencio.  A partir de entonces, las enormes restricciones en nuestra casa fueron poco a poco liberándose. 

A esa corta edad, la semana santa constituía un ciclo que transcurría entre lo prohibido y lo obligado, la extrema curiosidad ante los mitos y leyendas, el terror de que el viernes santo a las tres de la tarde hubiera un cataclismo, la fascinación por las frutas de la temporada, en especial los jocotes y el deleite de comerlos durante las procesiones, que eran indudablemente los actos centrales de estas tradiciones.  Iniciaban con la vela en El Calvario el sábado antes del domingo de ramos, el huerto, la procesión de la burrita, la de San Benito el lunes santo, la Sangre de Cristo el miércoles santo, la del Lignum Crucis el jueves santo por la mañana y la del silencio, exclusiva para hombres, por la noche, la Via Sacra el viernes en la mañana y la del Santo Entierro por la noche, la del pésame o Dolorosa el sábado y la más alegre de todas, la del Resucitado el domingo de pascua en la madrugada.  Esta última era mi preferida, pues era emocionante dormirse con la ilusión de que mi padre me levantaría antes de las cinco de la mañana para luego salir con él y todos los varones del pueblo acompañando a la imagen del resucitado, mientras por otra calle salía la virgen dolorosa escoltada por todas las mujeres y entre uno y otro un angelito anunciaba la buena nueva: ¡¡No estaba muerto!!.  El encuentro o “tope” era apoteósico, pues la pólvora anunciaba el final del recogimiento y los “chicheros” traían de nuevo la alegría al pueblo, como un preludio a las cercanas fiestas de San Marcos. 

El tercer milenio ha traído consigo los vientos del cambio y la fe se mueve ahora al compás de la globalización.  Los nuevos pecados dictados por el Vaticano se homologan a las grandes prioridades de la aldea global y las tradiciones poco a poco van quedando en el olvido.    La solemnidad es ahora un lujo que muy pocos quieren darse y por lo tanto la Semana Mayor ha cedido ante una sociedad mediática. 

En Nicaragua, la Semana Santa se ha convertido simplemente en las vacaciones de verano.  El Código del Trabajo consigna como feriados nacionales el jueves y viernes santo y los sectores público y privado hacen arreglos para que sus empleados disfruten del descanso toda la semana.  La publicidad rodea a esta época con invitaciones a viajar, a bailar, a beber alcohol, en fin a comprar todo lo que se necesita para disfrutar al máximo de estas vacaciones.  Una empresa ha fabricado su propio carnaval en plena cuaresma y discotecas, night clubs, centros comerciales, cines ofrecen sus mejores ganchos para atraer a quienes prefieren permanecer en la ciudad. 

El Señor ya no se encuentra en el suelo, pues millares de vehículos surcan las calles y carreteras a toda velocidad buscando un lugar para veranear y disfrutar de las vacaciones y las pistas de baile de centenares de antros vibran al compás de los más procaces reggaetones. 

Después de todo me siento afortunado de guardar tantos recuerdos de una tradición ya perdida, pues algunas generaciones sólo recordarán de Semana Santa, los viajes a la playa, una que otra lesión por quemadura solar, una intoxicación por sardinas malas, una o varias borracheras, una goma de querer operarse, uno que otro encabe, incluyendo un embarazo no deseado.  No conocen el olor a incienso, a corozos frescos, a pacayas regadas y sus oídos no conocen el tronar de una matraca llamando al oficio o la Agonía del Crepúsculo interpretada por los filarmónicos de Masatepe. 

Es algo para exclamar como Marco Tulio Cicerón: O tempora, o mores.

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El club de la nostalgia

Leonardo Fabio

Creo que en ningún punto del planeta, la nostalgia flota en las ondas hertzianas como en Nicaragua; a pesar de que como dicen los rusos, añorar el pasado es correr tras el viento.  Cada país, tiene una que otra emisora que trasmite sólo música del recuerdo y otras que tienen algún programa dedicado a esa evocación melódica del pasado.  Sin embargo, en Nicaragua prolifera la transmisión de esta música, con la particularidad de que se trata de música de los años sesenta y setenta, excluyendo, por tratarse de un fenómeno aparte, los programas dedicados a la Sonora Matancera, que a nivel de culto perduran en varias emisoras. 

Voy en mi vehículo escuchando la radio, prácticamente el único lugar donde la escucho; la voz candente de Shakira me va marcando el ritmo del tráfico, a veces caótico, de la ciudad; buseros que van cambiando de carril casi encima de mí, taxistas que se detienen de improviso ante un leve gesto de un posible pasajero, cafres que van probando mis reflejos, transeúntes que parecen kamikazes sobre el asfalto.  Cuando el solo de trompetas prestadas de Jerry Rivera, anuncian que las caderas de Shakira terminaron de reiterar que no mienten y súbitamente aparecen unos violines en cascada y un lánguido coro que le dan paso a Juan Ramón quien con su otrora potente voz deja oír:  -Se ha puesto el sol ya en mi vida sin ti, no tengo nada si no tengo tu amor…   Por casualidad, en esos momentos transito por una calle de Monseñor Lezcano, pasando la Estatua del tío Antonio hacia Telcor, y la melodía me remonta cuarenta años hacia atrás, allá por 1966.  Mi pericia al volante de repente trastabilla y tengo que observar bien el tablero del vehículo para cerciorarme que no se trata de la camioneta Opel de mi padre, en donde di mis primeros pasos al volante y en donde escuchaba esa melodía.  Mientras tanto Juan Ramón sigue: Aquel pasado tan dichoso que fue, momentos mágicos que nunca olvidé…  El paisaje ante mí, que no ha cambiado en mucho tiempo, parece retenerme en esa época.  De repente no tengo preocupaciones, ni dolencias y me abandono a la melodía, un tanto balada, un tanto tango de la canción.  –Fuiste la luz y tibieza y a mi sueño le diste una cita, con la belleza infinita del amor…  Y así, durante los casi tres minutos que dura la canción, me transporto a una época en donde todo era más fácil, más tranquilo, más llevadero.  De repente, Juan Ramón lanza las notas finales – Se ha puesto el sol, para mi vida sin tu amor y los violines se encargan de dar abruptamente fin a la canción.  En esos momentos ya voy por la Avenida del Ejército y un piano invita a Alejandro Saenz y a David Bisbal a preguntarse mutuamente ¿Y si fuera ella? y una jungla de ventas de repuestos de automotores me regresan al siglo XXI.  Sin embargo, esa pequeña tregua, como decía Benedetti, me oxigena y me da fuerzas para seguir mi camino.  

Me imagino que tanto paisano sumido en un oscuro destino, necesita de vez en cuando, un asomo de felicidad y sentirse transportado a esa época, que a pesar de todo lo que se argumenta, invita a añorarse.  Los radioemisores, muchos de los cuales pertenecen a esta franja coetánea, conocen estas añoranzas del pueblo nicaragüense y salpican su programación con una infinidad de éxitos que nos hicieron vibrar en otro tiempo. 

Por eso no debe extrañarnos que en medio de Maná y Calle 13, de repente aparezca Leonardo Favio interpretando Fuiste mía un verano y aunque fue solamente un verano, nos acompaña tan entusiastamente, que nos imaginamos que todavía es el muchacho aquel que arrasó en el Festival de Viña del Mar, sin sospechar de que está próximo a cumplir los setenta años y ha retomado su carrera de director de cine. 

Y así, tantos intérpretes, muchos de ellos ya fallecidos o sumidos en el más cruel olvido, llegan a nuestro espacio radial y se sientan a conversar con nosotros, como en los viejos tiempos.  Hace unas semanas por ejemplo, volví a escuchar después de más de cuarenta y cinco años, Campana Rota, en la voz de Javier Vega y sin remedio volví a recorrer las tranquilas calles de San Marcos.  Nadie piensa tal vez que aquel prometedor cantante, hermano de la actriz Isela Vega, falleció hace muchos años, al igual que Manolo Muñoz que de vez en cuando nos deleita con la Pera Madura o Polo que vive aún con El último beso. 

Muchas de estas canciones están tan arraigadas en los corazones de muchos nicaragüenses, que a pesar de que todavía se escuchan en de vez en cuando en las ondas etéreas, pueden provocar profundas emociones que arrancarían las lágrimas hasta a un rudo de la lucha libre.  Si no lo cree, en una reunión en donde predominen personas de más de 45 años ponga en el aparato de audio la canción Virgen Negra y verá.  Los Chaynas, conjunto presuntamente peruano, sacó a la luz esta emotiva canción allá por el año 1964 y la colocó en el primer lugar de preferencia de la audiencia nacional.  De acuerdo a una empresa publicitaria que llevaba un registro de las preferencias de la época, todavía en 1975, era la canción más escuchada en la historia de la radio en Nicaragua.  Así que con los primeros arpegios del órgano con que inicia la canción, podrá observar muchos rostros un tanto conmocionados y a pesar de que inmediatamente el conjunto, con una entrada de batería, le imprime un ritmo de porro sudamericano, a nadie se le ocurrirá bailar.  Después de uno que otro pujidito o un quejumbroso -Aayyy, muchos seguirán la canción:  Negras mis penas son, como tu piel morena, fundidas en bronce están, mis amarguras.  Algunos no podrán terminar la línea, pues los embargará la emoción y buscarán un pañuelo,  kleenex o de perdida la servilleta del vaso del trago.  Muchos recordarán la roconola de la esquina de su casa, que repetía la melodía día y noche, hasta que se rayaba el disco o se dañaba la aguja y en menos de lo que cantaba un gallo, el personal de Don Miguel G. Hernández llegaba a cambiar cualquiera de los dos.  Otros recordarán el bálsamo que constituía la canción para sus heridas de amor que lo torturaban, otros caerán en la cuenta de que en ese entonces renegaban del color de su piel y encontraban en Virgen Negra un refugio para digerir su resignación, mientras que otros se acordarán que buscaban incesantemente en la geografía la ubicación del Puerto del Olvido para llorar un gran dolor.   Cuando la canción llegue irremediablemente al momento en que Los Chaynas rematan la canción con el trocito del Ave María, seguido del órgano que súbitamente cambia al estilo iglesiero, tenga lista la botella de licor pues sobrará quien necesite un trago doble para recuperarse. 

Y así como esta canción hay muchas que calan el corazón de los nicas.  Todavía la temporada veraniega arranca con la repetición incansable de Tiritando; en las navidades nunca falta Luis Aguilé con Ven a mi casa esta Navidad o se trae en año nuevo a Toni Camargo con Yo no olvido al año viejo o a Nestor Zevarce con Faltan cinco pa´ las doce.    Todavía en algún cumpleaños invitan a Nelson Ned a cantar Happy Birthday to you my darling o alguien finiquita algún asunto con Murió la flor de Germain La Fuente y los Angeles Negros.  No falta algún acabangado que recurra a Enrique Guzmán con Anoche no dormí o quiera cortarse los pulsos con el fondo musical de la Copa Rota de José Feliciano. 

Recientemente el grupo Los Mokuanes lanzó con buen suceso una serie de álbumes con canciones de ese período y en los cuales lograron recolectar en versiones bastante apegadas a las originales, toda una época de recuerdos.  

A pesar de que los gastados discursos de los políticos nos pinten de color de rosa ciertas épocas de nuestra historia, la realidad es otra, hay una época que se quedó huérfana y que sin embargo muchos nicaragüenses la viven día a día en el recuerdo de su música y no se cansan de volver la vista atrás, aún bajo el riesgo de convertirse en estatuas de sal.   

 

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Lo cortés no quita lo Jack Bauer

Cortesá

Aunque la cortesía es una de las virtudes más contagiosas que se conocen, en algún momento de su historia, el nicaragüense parece haber sido inmunizados contra la misma, pues cada día su ausencia es más generalizada y evidente.  Pareciera que alguien se introdujo furtivamente a nuestro Panel de Control y quitó de nuestras configuraciones predeterminadas las reglas elementales de urbanidad y civismo; los obligatorios -buenos días-; las imprescindibles –gracias-, las palabras mágicas -por favor-.  En estos tiempos es muy común encontrar que en lugar de una amable solicitud, recibamos órdenes con un tono autoritario al más depurado estilo militar.    

Una tarde cualquiera suena el teléfono, levanto el auricular y digo -Buenas tardes, al otro lado de la línea se escucha una voz femenina con aire marcial: ¡¡¡Doña Josefa!!!, No se escucha nada de buenas tardes, ¿podría usted comunicarme con Doña Josefa?, ni mucho menos ¿Tendría usted la amabilidad de informarme si se encuentra Doña Josefa?  Fingiendo demencia digo – No señora, aquí habla Orlando, lo que pasa es que me acabo de tomar un jarabe y se me afina la voz.  La interlocutora sin el menor vestigio de humor me espeta – ¿No está Doña Josefa?  A lo que respondo –Ah, ¿usted quiere que le haga el favor de comunicarle con Doña Josefa?  Al otro lado del auricular se siente como cuando le dan un sombrerazo a una lora y una voz, ahora agria, agrega -¿Se encuentra ella?  Si, permítame un momento por favor.    

A pesar de que las ciencias administrativas han realizado avances significativos en el análisis de la atención al cliente y a su impacto en el desarrollo de las empresas, todavía encontramos negocios que aparentemente ignoran el tema.  No es raro que usted entre a un establecimiento para buscar un artículo que necesita y encuentra que el único empleado que podría atenderlo está sosteniendo una amena conversación telefónica.  Usted se reviste de santa paciencia y le otorga unos minutos, tiempo prudencial para que termine su edificante conversación, sin embargo, transcurre el tiempo y nada.  Un tanto involuntariamente usted empieza a mover sus dedos índice y medio a manera del movimiento de una tijera, a ver si la parlanchina dependienta agarra la seña, pero es inútil.  Al final, se cansa uno de esperar y ante la mirada impasible de la vendedora, deja el local.   Pero eso no es tan preocupante como cuando uno llega a uno de esos almacenes de electrodomésticos, en donde cada compra es de al menos doscientos dólares y a pesar de que están cuatro empleados sin hacer absolutamente nada, de repente pareciera que usted se volvió invisible y nadie se acerca a preguntarle que desea, mucho menos a decirle buenos días.  Cuando usted llegó al convencimiento de que no van a pelearse por atenderlo, se acerca a uno de estos individuos y le pregunta: -Alguien podría darme información sobre los televisores?, la ejecutiva de ventas sin mirarlo grita:  Juan, televisores.  El susodicho Juan no pierde la compostura y como en un juego de básquetbol, también grita: Yahoska, televisores.  Pero aparentemente Yahoska fue abducida por algún extraterrestre pues no aparece, por lo que ante el temor de que también usted resulte abducido, busca aprisa la salida.  

Si se trata de un banco, alístese, pues en la mayoría no encontrará la cortesía que usted espera.  Desde antes de entrar, un policía sin avisarle le pasa por el cuerpo un detector portátil, si es una señora le registra su cartera y cuando se asegura que no porta ninguna arma, ordena:  -Si anda celular me lo apaga. A lo que respondo –Pero el celular que traigo es mío, no se lo puedo apagar a usted.  El guarda se queda en ele olo chico zapote y repite: Me lo apaga.  Luego de adivinar cuál es la fila que me corresponde y armarme de paciencia, me toca el turno e invariablemente la cajera pregunta: ¿Anda su cédula?  Pues todavía no le he enseñado a caminar, pero la tengo en mi billetera. ¿La necesita?  -Sí.  Comienza a anotar y de repente pregunta: ¿Todavía vive en esta dirección? Pues ahora que salí en la mañana, todavía, señorita.  Llega la hora de recibir el dinero y ante la ausencia de una pregunta de parte de la cajera sobre la denominación de billetes que necesito, le digo –Señorita, si me hace el gran favor y me los da de a 500-, a lo que recibo un gélido: -No hay de 500, sólo de 50, -Pero señorita, no me van a alcanzar en mi bolsillo.  -Pues le doy una bolsa, como diciendo -eso es problema suyo.  Para no provocar un altercado, le digo: -Está bien.  Luego de recibir el motete, me armo de humildad y le digo, muchas gracias señorita, a lo cual responde. El que sigue.  Salgo del banco, todavía con miedo de que el guarda me quite el celular creyendo que es suyo y con más miedo aun de que un amigo de lo ajeno crea que el motete está repleto de billetes de a 500.  

Si necesita realizar algún trámite respecto a su tarjeta de crédito, sepa que hay algunas instituciones financieras que de repente se negaron a darle la cara.  Llega usted al banco y después del episodio del guarda y el celular, se dirige al área de atención al cliente y toma un número y a la hora que le toca el turno le dice amablemente a la señorita, -Necesito que me haga el favor de revisarme este débito a mi tarjeta. -Sí, acompáñeme, por favor,  Vaya, digo, estoy de suerte.  Sin embargo, mi recorrido termina en un rincón en donde hay un teléfono pegado a la pared, mismo que señala y me dice –Ahí tiene un teléfono, descuelgue y le contestarán en la división de tarjetas de crédito.  Señorita, disculpe, pero eso lo pude hacer desde mi casa. Levanta los hombros como diciendo –Y por qué no lo hizo?  Entonces le digo -Pensé que algún funcionario, de esos que me visitaron y me llamaron innumerables veces para convencerme que debería tener esta tarjeta de crédito, podía explicarme, mirándome a la cara, por qué me hicieron este débito.  Al final decido hacer la llamada desde mi casa, pues al fin y al cabo ahí puedo gritar, mientras que en el banco me pueden caer los guardas y de ipegüe quedarse con mi celular.  

Dicen por ahí, con mucha razón que a la esclerótica del propietario adquiere adiposidades el equino.  En donde está presente el dueño, que sabe lo que cuesta el alquiler y que hay que pagarlo mensualmente, al igual que los demás costos, la cosa cambia.  Ahí si da gusto entrar pues los empleados saludan, se desviven por atenderle, le muestran opciones y si uno les hace la fuerza, hasta le rebajan.  Si usted va a los mercados en donde la competencia aflora por doquier va a salir con una buena compra y además con su autoestima por los cielos, pues no lo bajan de chelito, amor, guapo y demás piropos.    

Es refrescante saber que todavía pueden encontrarse personas que mantienen las reglas básicas de urbanidad y civismo y lo tratarán a usted con la cortesía que se merece.  Algunos de ellos son sobrevivientes de aquellas generaciones con la cortesía profundamente arraigada en su ser, otros han regresado de países en donde la amabilidad es de rigor.  Pareciera increíble, pero en algunas, tal vez contadas, instituciones públicas, existen empleados que tratan al ciudadano con respeto y cortesía.  

De repente en el desierto de la descortesía que es el tráfico de la ciudad, en donde buseros, taxistas y cafres en general se disputan el primer lugar en patanería y en donde obligan a los otros conductores a encomendarse al Creador y a los pobres transeúntes a caminar con el fondillo a dos manos, surge el espejismo de la cortesía del agente de tránsito.  Súbitamente en un recóndito lugar se aparece de la nada, como santo milagroso, un agente de tránsito, que con un artefacto fosforescente hace señas para que me detenga.  Una vez que se aproxima al vehículo y espera que baje el cristal de la ventana dice, con una sonrisa que parece anuncio de Colgate Total:  Muy buenos días mi estimado.  -Buenos días agente, sin agregar nada para no jalarle la cola al tigre.  ¿Me permite sus documentos por favor?.  Claro que sí, agrego mientras los busco en la guantera y se los entrego.  Con un aire de Champollion estudiando la piedra Rosetta, examina los documentos y después de un rato sin encontrar nada irregular me pregunta: ¿Sabe por qué lo detuve, mi estimado? Pues, me imagino que por rutina, señor agente.  –Pues no, mi estimado, lo detuve porque usted invadió el otro carril.  –Pues siento mucho tener que contradecirlo señor agente, pero yo no he invadido ningún carril.  –Como no, mi estimado, usted paso del carril derecho al izquierdo por allá. – Tiene usted razón, señor agente, pero tratándose de dos carriles del mismo sentido y habiendo una raya no continua, no existe invasión.  La sonrisa desaparece del rostro del agente, que con un tono un tanto impaciente dice: – Usted invadió el otro carril.  A estas alturas el estimado ya desapareció.  –Discúlpeme usted, señor agente, pero insisto en que no hubo invasión de carril, pues son del mismo sentido y la raya cortada permite el intercambio de carril.  Mire -le agrego-,es como si un contingente del ejército pasa de Managua a León, no es una invasión, sino un traslado, si entra a Honduras, entonces sí sería una invasión. ¿No le parece?  Ahora el rostro del agente muestra un rictus oblicuo, parecido al del Pájaro Loco cuando se enfadaba y dice con un tono más que impaciente. –Mire señor, le voy a poner una multa y si no está de acuerdo puede apelar.  Ya montado en la mula, dice uno, pues ahora la jineteamos, así que le digo: -Mire, mi estimado y nunca bien ponderado agente de tránsito, haga lo que su buen juicio le diga y proceda de una buena vez.  La expresión del Pájaro Loco arrecho da lugar ahora a una de Rottweiler tico y sacando una libreta y un lapicero me dice: -Le corresponde una multa de 240 córdobas.  -Mire, ínclito y respetable agente –le replico- haga lo que tenga que hacer.  El uniformado toma entonces un bolígrafo y garrapatea en el formato, arranca un pedazo del mismo y me lo entrega, ahora sin mediar palabra.  Ya con mi agenda desconfigurada, me digo, pues ya qué y le pregunto: -Disculpe usted distinguido señor Oficial, ¿aquí donde dice nombre del agente, es Poncharelo? Ahora, la metamorfosis lo lleva al león de la Metro y me ruge:  No, señor es Ponce Merlo.  Me acuerdo de Cantinflas y digo para mis adentros: -Ah, bárbaro.  Antes de subir la ventana del vehículo le esgrimo una sonrisa y le digo: -Que tenga un buen día, mi estimado.  El oficial no dice nada pues sus ojos de lince ya identificaron su siguiente presa y agita sus manos con el artefacto fosforescente, mientras ensaya su sonrisa de Colgate Total.   

Así que estimado lector, en la Nicaragua de hoy debe usted estar preparado para encontrar una amplia gama de comportamientos, desde la más cruel patanería, hasta una refinada cortesía, por lo que es altamente recomendable que usted siempre se mantenga dentro de los estándares que marca la etiqueta moderna de urbanidad, de esta manera, los patanes, ante una actitud amable no tendrán más alternativa que reflexionar sobre su proceder y las personas educadas encontrarán a alguien que gentilmente corresponde a su amabilidad.    

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Los fantasmas del Julia

Sissi

Cuando a finales de los años 80 se estrenó Cinema Paradiso, muchos disfrutamos sobremanera esa magistral cinta, especialmente quienes habíamos tenido la oportunidad de vivir lo que fue el cine de pueblo, para entonces prácticamente desaparecido y descubrimos en la obra de Tornatore, un retablo de lo que significó ese lugar tan especial.  La laureada cinta nos transportó a un mundo mágico en donde el cine se dejaba amar, en donde más que ver una cinta, la gente iba a convivir, a soñar, a reír y a llorar, en donde el factor de socialización y culturización no se limitaba al film, sino que se extendía al recinto y en especial a la gente.    

Fue en el Teatro Julia de San Marcos, Carazo en donde aprendí a querer al cine, en donde asistí asiduamente a la única tanda de ocho de la noche o a la matinée de los domingos y participé de esa cotidiana comunión de vecinos mientras admiraba la magia del cine.    

El Julia era un teatro único en su especie.  Propiedad de doña Amada de Somoza, viuda de un hermano de Anastasio Somoza García, fue bautizado en honor a la matrona de esa familia, doña Julia García de Somoza.  A pesar de que el nombre no le hacía mucha gracia a doña Amadita, como se le llamaba, pues su relación con la familia, incluso con el interfecto no fue demasiado cordial, el nombrecito, sin embargo, le traía una que otra prerrogativa. 

El local había sido construido a inicios de los años 40 y tenía butacas de madera en tres grandes bloques que totalizaban unos 400 lugares, más un pequeño palco situado en la parte posterior, resguardado por un muro bajito, más de adorno que para protección y que estaba destinado a doña Amadita, el cura del pueblo y uno que otro allegado a la señora.  En la parte superior estaba la gayola que a mitad de precio era la alternativa para los paisanos de menores ingresos.  

Creo que era el único teatro en el planeta que había sido diseñado para personas con una vejiga del tamaño del tanque de combustible del Discovery, pues no tenía baños.  En alguna ocasión para evitar males mayores, en el corredor izquierdo, pegado al muro de la casa vecina, también propiedad de doña Amadita, construyeron un canal que servía de mingitorio para el auditorio masculino.  Las féminas tenían que llegar preparadas para dos horas de continencia.   

Conocíamos de la cinta a proyectarse diariamente a través de un programa impreso en papel periódico y que Miguel “Loco” distribuía casa por casa.  Miguel era un joven afectado en sus facultades mentales que doña Amadita tomo a su cargo y que al mejor estilo de Igor, le guardaba fidelidad y realizaba toda clase de tareas a cambio de un poco de comida y del espejismo de recibir cierto afecto.  El resto del personal que laboraba en el cine eran parientes de la señora y recibían un sueldo mísero, equivalente a la mitad del costo de una entrada a la función.  

A pesar de que la película iniciaba cerca de las ocho de la noche, cuando doña Amadita ocupaba su palco o informaba que no asistiría, la gente comenzaba a llegar a las siete y media, aprovechando el tiempo de espera para la convivencia.  Ahí se preguntaba por la familia, por los enfermos; se sabía de los aprobados y los reprobados, de las declaraciones de amor, de las quiebras sentimentales, de los acabangados, de las juidas, de los embarazos benditos o furtivos, ahí se anunciaban las proclamas, los bautizos, o se hacían los planes para pasar por alguna vela después de la función.  Durante la proyección eran permisibles los comentarios en voz alta, especialmente cuando algún episodio de la película se asemejaba a la vida real o cuando algún artista era parecido a cualquier personaje del pueblo.  

Cuando la cinta se cortaba o había algún problema con la energía eléctrica, el escándalo no se dejaba esperar con crueles epítetos que llovían al proyectista y a su asistente, mismos que eran lanzados con voz atiplada para evitar que aquellos reconocieran a sus vecinos, amigos o parientes.  El único identificable era un ñajo, que por más que se esmeraba, su voz era reconocida en el acto, haciéndose acreedor de la burla del auditorio que le gritaba al unísono -Callate Maqueca-.  

Cuando terminaba la función, cerca de las nueve y media, diez de la noche, los que presumían de ser los críticos del pueblo se reunía en el parque para realizar sus últimos comentarios, conclusiones y comparaciones, mientras tanto las parejas de novios caminaban con el paso más lento que podían para llegar a la entrega de las doncellas, antes de que el pueblo cayera en un profundo sueño hasta el día siguiente.  

El teatro también servía para otros eventos como compañías de teatro, de variedades, o de representaciones sacras, así como las famosas veladas, que eran talent shows en ocasión de fines de curso de las escuelas o para recadar fondos para obras sociales.    

Fue en ese cine en donde me hice fan de Roy Rogers, aquel vaquero de buenos sentimientos, caballeroso, prototipo del héroe de esa época y que mi padre insistentemente invocaba cada vez que yo mostraba mi desmedido temor a la oscuridad.  

También fue allí donde años después sentí que un rayo me fulminó, al ver por primera vez a Romy Schneider en el papel de Sissi y en donde dejé de soñar con tener un caballo y un par de pistolas doradas y de cachas de marfil y lo cambié por un sueño guajiro en donde tenía una espada para lanzarme en contra del Emperador Francisco José.  

En el Julia miré infinidad de películas, buenas, malas y regulares, muchas me gustaron y muchas no, pero lo importante fue que el cine llegó a ser una fuente inagotable de experiencias y conocimientos que me dieron valiosos elementos para sobrevivir posteriormente.    

Allá por los años setenta, después del terremoto de Managua y del estreno de El Padrino, un empresario del espectáculo se acercó a doña Amadita y le hizo una oferta que ella no pudo rehusar y de esa manera desapareció el Teatro Julia para dar paso al Cine Plaza.  En ese entonces el pueblo empezó a llenarse de foráneos que encontraron en el pueblo un perfecto dormitorio y la convivencia en el cine comenzó a enfriarse y así ese recinto fue perdiendo encanto, hasta que un día en los años ochenta desapareció.  

Para quienes conocimos al Teatro Julia en su esplendor, llegar ahora a San Marcos y pasar por sus ruinas nos parte el corazón.  Hay que hacer un verdadero esfuerzo para identificar donde fue la taquilla, donde estaba la pantalla, donde estaba el barcito en donde servían, según los conocedores, la mejor cebada de Nicaragua.  En el lugar en donde estaba el kilométrico migitorio, un avezado entrepreneur se hizo de un pedazo del terreno y dicen que está construyendo una clínica, bajo el riesgo de que por las noches los fantasmas del Julia con voz tenebrosa y atiplada le lancen los más graves epítetos, mientras que en venganza por el sacrilegio, le descarguen el poder de sus vejigas.  

El Teatro Julia Hoy  

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La farmacia del juicio final

Cuando era niño siempre me vi atormentado por pesadillas en donde demonios, monstruos y sombras macabras hacían insufribles mis noches.  Cuando en el catecismo me correspondió estudiar los novísimos o postrimerías del hombre, despertaba frecuentemente con la idea de que en cualquier momento la trompeta del arcángel anunciaría el momento del Juicio Final.Tiempo después, cuando crecí y pude comprender los conceptos de parábola, mito, fábula, leyenda y alegoría, mi sueño se volvió plácido.

Sin embargo, a inicios de los años noventa, transitaba yo por la Avenida del Ejército en Managua, esa que va de la estatua de Montoyahasta El Arbolito, cuando de repente me sorprendió un rótulo de pared en una farmacia que decía en su parte inferior: “Abierto inclusive el día del juicio final”

Farmacia Zacs

 

Esta clara demostración del carácter exagerado y fanfarrón del nicaragüense volvió a despertar en mí cierta inquietud por esa postrimería.  A partir de entonces mi sueño se inquietaba al despertar pensando en ese fatídico día.  Me imaginaba que de repente, la noche se vería inundada por el sonido aterrador de la trompeta del ángel anunciando el inexorable juicio.Mi inquietud se centraba en el momento que transcurriría entre el sonido de la trompeta y el despertar de los fieles difuntos y si en ese lapso podría darse la circulación de los vehículos, de tal suerte que me diera tiempo de ir a la Avenida del Ejército y corroborar si la famosa farmacia seguía abierta y si habría alguna ceremonia en donde después de haber cumplido su promesa, al fin podrían cerrar el negocio.

Luego mis divagaciones fueron más lejos, pues trataba de imaginarme si sería un evento internacional, ¿por dónde empezaría el juicio?  ¿Sonaría la trompeta al mismo tiempo en todo el orbe? ¿Iniciaría el juicio en Israel, por ser este el pueblo escogido por el Señor? ¿Cuánto duraría todo el proceso?

En fin, mis noches se intranquilizaron en torno al Juicio Final y especialmente en la farmacia que estaría abierta hasta el último momento y si podría adquirir una o dos Tafil de un gramo para resistir el suspenso del proceso.

Recientemente, circulaba yo de Monseñor Lezcano hacia la Carretera Norte y pasé por la Avenida del Ejército.  Cual no sería mi sorpresa cuando en el lugar de la farmacia había un almacén de repuestos para automotores.  Al comienzo me invadió una tremenda tristeza, pues la farmacia era parte de mis planes para el último día, sin embargo, poco a poco fui resignándome y pensé que tal vez ni siquiera llegaría a vivir hasta ese día y que después de resucitar, seguramente andaría como Lázaro y estaría más difícil indagar sobre la farmacia.

Así que después de ese día, la tranquilidad y sosiego volvieron a mis noches y salvo uno que otro mariachi del Munich que lleva serenata a una vecina, muy difícilmente pierdo el sueño.

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El pájaro de acero

Pablo Antonio Cuadra consideraba que el nicaragüense posee una índole nómada e itinerante.  En su obra El Nicaragüense hace mención del significado que tenía en este país la expresión “de viaje”, como algo definitivo; para siempre.  Se fue de viaje equivalía a que no regresaría nunca.  El nica tenía marcado su destino transeúnte, pero a nivel exódico, huyendo ante eventualidades que lo obligaban a dejar el terruño para siempre.

Sin embargo, si observamos el lenguaje coloquial nicaragüense en la actualidad, nos damos cuenta que cada vez es menos usual la expresión “de viaje” con esa connotación de perpetuidad.  El nicaragüense sigue manteniendo su condición de viajero, pero el viaje dejó de ser algo mágico, misterioso, tal como ocurría todavía hasta mediados del siglo pasado.

Recuerdo que por los años cincuenta, viajar por avión conllevaba a un protocolo que obligaba al viajero in fieri, a preparar sus maletas con una antelación de por lo menos dos semanas, situándolas en un lugar especial y en donde poco a poco iba acomodando su ajuar, enseres y encargos.  La noche anterior a su viaje, como un caballero que velaba sus armas antes de su ceremonia de armadura, el viajero hacía guardia a sus maletas.  Luego, el día del viaje se ataviaba con sus mejores galas, pues era inadmisible viajar en mangas de camisa los varones o en traje de diario las damas.  Es más, el cortejo que acompañaba al viajero, también debía vestir formalmente para poder acceder a la terminal aérea, recinto que contaba con un área especial para que el cortejo viera al pasajero subir por la escalinata, voltear antes de ingresar a la puerta del avión y agitar su mano derecha hacia los dolientes prójimos que con un pañuelo impecable hacían malabarismos para despedirlo y a la vez limpiarse las lágrimas o cualquier fluido nasal.

Hoy en día, el equivalente al 15% de la población total de Nicaragua vive en el extranjero.  Con semejante proporción, el índice de viajes desde y hacia este país se ha incrementado por la cantidad de estos paisanos que nos visitan o de los nacionales que visitan a sus parientes o amigos en el extranjero.  De esta manera, el nica se ha vuelto cosmopolita y el viajar por el mundo dejó de ser un privilegio de la elite y se ha democratizado.  Así, el avión ya no es el “pájaro de acero” que en alguna ocasión la población admiraba con asombro cuando sobrevolaba las ciudades e invariablemente dejaba sus ocupaciones para salir a observarlo.

El Aeropuerto Internacional de Managua, ahora por decreto “Augusto C. Sandino”, es uno de los aeropuertos más modernos y elegantes de Centroamérica.  Tal vez el de El Salvador sea más grande y traficado, pero no tiene el encanto del nuestro.  Es en este recinto en donde podemos observar al nica viajero del siglo XXI.

Cada día es más común ver llegar al pasajero con su acompañante, se despiden en el automóvil y este último regresa a Managua, mientras que el primero ingresa al mostrador de la aerolínea.  Muestra su pasaporte y el empleado busca el boleto electrónico que el viajero compró la noche anterior por internet y le expide su pase de abordar.  No hay documentación de equipaje pues sólo lleva un equipaje de mano que preparó esa misma mañana.  El viajero se dirige hacia la puerta de abordaje asignada y sin volver la vista atrás, ingresa al área de seguridad.

El atuendo de viaje también ha variado mucho. Una gran mayoría de viajeros utiliza vestimentas cómodas, algunos exageran la comodidad hasta caer en la categoría de X-treme Adventure.  Algunos ejecutivos que llegando a su destino pasan directamente a una reunión de trabajo, visten formalmente, así como uno que otro “dador a creer” que lo hace por figureo (con licencia de don León Núñez).

Cada vez es más común encontrar en las salas de espera del aeropuerto a ciudadanos con una computadora portátil aprovechando el Wi Fi que ofrece la terminal, para revisar su correo electrónico, leer las noticias del día o conversar con alguien en Europa a través del Skype.  El que no alcanza computadora, se conforma con su celular para dar las últimas instrucciones o recordatorios y los más modestos que aprovechan el SMS para un ligero chateo.

En esas salas se respira un aire de modernidad combinado con el último perfume de Chanel o Carolina Herrera y no el inconfundible aroma del Pollo Campero de las terminales de nuestros vecinos países.

Ya en el avión, se puede notar un comportamiento estándar. Es muy raro que cuando la aeronave sobrevuela a la ciudad universitaria, algún viajero emocionado entone a todo pulmón Viva León Jodido y el resto de la cabina le eche segunda.  Es muy frecuente encontrar pasajeros que rechazan la exposición de arte minimalista que constituye el entremés ofrecido por la asistente de vuelo y solicite en su lugar un jugo.  Muchos están concientes de que tres cubas de Bacardí en el avión podrían convertir a un viajero en un posible candidato a una exhaustiva revisión aduanal, con proctología incluida.  Existe una mayor proporción de viajeros que cuando la asistente de vuelo le ofrece un digestivo pide un Baileys y no una Alka Seltzer.  Es un garbanzo de a libra encontrar a algún agradecido pasajero que le ofrezca una propina a la asistente y el aplauso al piloto cuando aterriza el avión se lo dejan a otros centroamericanos.

Así pues, el nica de hoy sabe viajar, dejó atrás su carácter exclusivamente exódico para moverse en la aldea global de estos tiempos.  Sin embargo, el inconsciente colectivo es demasiado fuerte y todavía encontramos remanentes de aquel nica del siglo pasado que llega al aeropuerto acompañado de un autobús lleno de acompañantes, en donde hasta un émulo de Stallone con una camisola que deja ver en su musculoso antebrazo el tatuaje de una serpiente, rompe en un dramático llanto a la hora del adiós.  Todavía llegan pasajeros con un equipaje digno de un viaje al Polo Norte, adornada cada maleta con un listón rojo encendido para su más fácil identificación.  No es remoto encontrarse en la cabina a quien a la hora del despegue, como boxeador latino antes de una pelea en el Madison, se santigüe y baje a la corte celestial.  Sin embargo, no sería justo generalizar con estas excepciones.

En su mecedora ubicada estratégicamente en la acera de una calle de Monseñor Lezcano, al occidente de Managua, don Vicente toma el fresco de la noche en compañía de su esposa, cuando escucha las turbinas de un avión surcar el cielo de Managua. Sin volver a ver reconoce que es el sonido de un Air Bus y le comenta a su esposa: Mireyita, parece que TACA se retrasó cinco minutos.

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