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El retorno del vate

 

Para su regreso a Nicaragua, en 1907, después de una larga ausencia de quince años, Rubén Darío escribió el poema que inicialmente llevó el título de “Retorno a la Patria” y que después de algunos ajustes, el vate lo incorporó en el libro “Intermezzo Tropical” con el título de “Retorno”.  A ese poema pertenece la frase: ”Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”, que con las variantes del caso, se repite ad nauseam en todos los actos públicos del mes de septiembre.

En ese mismo poema, el Príncipe de las letras castellanas le dedica un “piropo” a su pueblo, que es realmente una joya:

“Pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo;
pueblo que tiene la conciencia de ser vivo,
y que reuniendo sus energías en haz
portentoso, a la Patria vigoroso demuestra
que puede bravamente presentar en su diestra
el acero de guerra o el olivo de paz”.

Esta visión de Darío debería ser la divisa del pueblo nicaragüense, el norte hacia donde deberían encaminarse los cotidianos esfuerzos en la educación y en el quehacer de todos los ciudadanos.

No obstante, si por algún portento del destino, el panida regresara a su patria, en estos dorados tiempos, aunque fuera fugazmente, se llevaría una mayúscula decepción.  De esta forma, después de una asomadita a su querida tierra se preguntaría dónde quedó aquel pueblo vibrante, fuerte, apasionado y altivo.  No sería raro que acudiera a la mente del liróforo celeste, aquel poema que le había dedicado al descubridor de América:

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Se preguntaría una y otra vez, en qué parte del camino quedó aquel pueblo vigoroso que tenía la conciencia de ser vivo y que ahora, ha caído en la más profunda de las sensiblerías que raya en lo ridículo.

En la lúcida mente del poeta no tendría cabida el hecho de que una joven arme una alharaca al sentirse ofendida cuando un vigilante le dijo “adiós” al salir de un restaurante de comidas rápidas.  Según ella, el tono del saludo de parte del vigía, llevaba una connotación que se le antojaba como de acoso sexual. Algún despistado colectivo se suma indignado al reclamo airado de la joven. La estupefacción del vate no termina acá, pues luego, el cuerpo de seguridad física expresa que se siente ofendido por la interpretación de la joven, pues su saludo es más puro que un primer comulgante.  Otros colectivos se indignan y se suman a la queja del zepol.  El liróforo se queda atónito ante la efervescencia de las redes sociales por un evento por demás intrascendente.  Pero el culebrón no termina ahí.  La trasnacional por su parte, en un juego gallo gallina defiende al vigilante, pero a su vez, amenaza a la empresa subcontratada para estas labores con decirles “adiós” si no reubican al uniformado.  Varios colectivos se indignan y llaman a un boicot en contra de la cadena de comidas rápidas.  La empresa de seguridad sabe que no puede decirle “adiós” a su elemento, por la relevancia del caso en las redes y simplemente lo traslada más allá de donde Judas perdió las botas.  Las redes sociales se recalientan y la indignación campea por doquier.  El zepol se vuelve a indignar y con él, otra buena cantidad de ciudadanos y valientemente renuncia a su puesto, cuando providencialmente una empresa de la comunicación le tiende la mano, contratándolo con un mejor salario.  Llueven los “me gusta”.    El Príncipe se queda anonadado, pues piensa que un motivo para tanta admiración podría ser tal vez el Momotombo, ronco y sonoro.  Pero el asunto continúa, pues otro colectivo se indigna ante el hecho de que el vigilante tiene deudas con la justicia por la falta de pago de una pensión de alimentos.  Total que el sainete se convierte en la canción de Muchilanga y Burundanga.  El poeta no llegó a escuchar a la Sonora Matancera, pero hubiera coincidido plenamente en esto.

El padre del Modernismo, se pregunta si este es el pueblo que puede bravamente presentar en su diestra el acero de la guerra o el olivo de la paz. Quiere llorar y no llora.  Reflexiona y se pregunta:  ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?  El vate no para de preguntarse, ¿Qué sentimientos provocará en este pueblo, una traición a la patria?  ¿Cómo reaccionaría ante quien despilfarre el erario?  Rubén sufre una enorme desilusión, mayor de la que pueda sufrir un hombre enamorado.

Después del fugaz paso por su tierra, un siglo después, regresa al sueño de los justos, bajo la triste mirada del león doliente de Navas, no sin antes reflexionar:  Y después de todo, seguimos sin saber adónde vamos, ni de dónde venimos.

 

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El muñeco

Cuento para fin de año

Serafín decidió hacer un último esfuerzo para cobrarle los quinientos córdobas que Martín le debía desde hacía un buen tiempo y que con la cantaleta de “mañana te pago” había arrastrado aquella deuda, que a pesar del tiempo, se resistía a caer en la categoría de incobrable.  Esperaba que aún después de todos los gastos decembrinos, Martín tuviera un saldo positivo en sus finanzas y en su voluntad para honrar la deuda.

Llegó a la casa de Martín de improviso de tal manera que no le dio tiempo de esconderse y darse por ausente, así que no tuvo otra alternativa que saludarlo cordialmente y ya tenía lista su famosa negativa: “debo, no niego, pago, no tengo”, cuando miró en los ojos de Serafín una determinación que le insinuaba que no aceptaría un no por respuesta, así que se le ocurrió hacer un canje de la deuda.  Le aseguró que tenía toda la firma intención de pagarle antes que feneciera el año, sin embargo, algunos imprevistos de última hora lo habían dejado sin liquidez, pero que podía darle en pago a don Camilo.  Serafín se quedó de una sola pieza ante semejante ocurrencia, cuando en un abrir y cerrar de ojos, Martín se metió a un cuarto y sacó, como por arte de magia, un muñeco de tamaño considerable, vestido de traje, con un sombrero, y un puro en la boca; de esos que últimamente acostumbran quemar la víspera del Año Nuevo.  Serafín todavía en estupor, le dijo: – ¿Y yo para que quiero eso? a lo que Martín astutamente contestó:  – Dicen que trae buena suerte quemarlo antes de que acabe el año y por último, lo podrías vender, porque ahí donde lo ves, vale setecientos córdobas.  Aclarándose la garganta agregó: – A menos que te esperés para febrero que me van a caer unos bollitos.

Serafín evaluó la situación y situó aquella posibilidad de febrero como algo remoto, casi improbable, así que mientras deliberaba, realizó un paneo a toda la sala de Martín y observó que un tanto escondida en una repisa estaba una botella de Flor de Caña, así que dijo para sus adentros, de lo perdido, lo encontrado y le respondió: -El muñeco y esa botella de Flor de Caña, señalando la repisa- y quedamos a mano.  Martín fingió pensarlo un momento y dijo: -Juega el gallo.  Así que Serafín dejó aquella casa, cargando el muñeco y con una bolsa con la botella de ron, satisfecho con el trato.

Después de pasar por donde algunos conocidos a quienes les ofreció el muñeco, con considerables rebajas respecto a su precio y ante la triste realidad que su oferta no encontró demanda alguna, se dirigió a su casa y al llegar dejó al muñeco en la sala y en el pantry, cerca del refrigerador dejó la botella.  En el otro extremo de la sala, una mujer miraba televisión y al verlo llegar hizo un gesto de disgusto y comenzó a murmurar.  Al verla Serafín, sintió el asomo de una nausea que amenazaba con agrandarse y también murmuró: -Ya empieza la Jazmina con sus pendejadas.  Serafín y aquella mujer se odiaban cordialmente.  Ella era su cuñada.  Era la hermana de Sara, su difunta esposa.  Unos ocho años atrás, el marido de Jazmina había muerto, según Serafín, de aguantar a semejante arpía, dejándola en la cochina calle.  Sara, quien era una santa mujer, la acogió en su casa y Serafín no tuvo más remedio que apechugar, por todo el cariño que le tenía a su mujer.

Nunca había podido comprender como dos hermanas podían ser tan diferentes, mientras Sara era una mujer noble, humilde, solidaria hasta la pared de enfrente, cariñosa, su hermana en cambio era una persona con un carácter viperino, odiosa en extremo, egoísta hasta decir quitá, soberbia, aunque Martín la definía rápida y eficientemente como una hijueputa bien hecha.  Dicen que antes de los cuarenta cada quien tiene el rostro que la vida le dio, mientras que después de esa edad cada quien tiene el rostro que se merece.  Con la edad los rasgos de Sara se fueron suavizando y sus canas le dieron un aire de bondad que se notaba al instante, mientras que el rostro Jazmina se fue endureciendo y deformando hasta darle una expresión maléfica, diabólica decía Martín.   Cuando su hermana se trasladó a su casa, Sara realizó una labor catalizadora para evitar cualquier roce entre su marido y Jazmina, pues sabía del desagrado que este sentía por su hermana y en el fondo le daba la razón.

En cierta ocasión, Sara comenzó a perder peso y a sentir dolores en el estómago y en la espalda y después de varios estudios y exámenes los médicos concluyeron que tenía un cáncer pancreático y en un lapso demasiado breve, Sara dejó este mundo.  Antes de morir, hizo jurar solemnemente a Serafín que no desampararía a su hermana y que la dejaría vivir en su casa.  La consternación de aquel hombre era tan grande que no tuvo fuerzas para negarle aquella última voluntad a su esposa y tuvo que aceptar.

Además del inmenso dolor que sentía Serafín con la pérdida de su esposa tenía además que soportar la presencia de aquella mujer en su casa, sintiendo que el infierno lo estaba purgando en anticipo.  Jazmina era tremendamente astuta y no se atrevía a enfrentar directamente a Serafín pues sospechaba que a pesar de su juramento, en un arranque de cólera la podía poner de patitas en la calle.   Así que se limitaba a mostrarle la peor de sus expresiones, que ya era mucho decir y a murmurar en voz baja toda suerte de epítetos y maldiciones.  Se dirigían la palabra solo en casos de extrema necesidad.   Ella solventaba sus gastos básicos personales con una remesa que recibía de un hijo que vivía en los Estados, sin embargo, no contribuía a ningún gasto de la casa, ni siquiera de la energía eléctrica, a pesar de que pasaba todo el día viendo la televisión.  Ella preparaba sus alimentos sin compartir con él ni siquiera una tortilla.

En la reciente Navidad ella se había preparado una gallina que desde luego comió sola, mientras que él se compró un pollo asado en el supermercado y cada quien cenó por su parte sin volverse a ver y a la media noche cada quien se dirigió a su habitación y se encerró hasta bien entrado el 25.

Para este fin de año, ella se cocinó un lomo de cerdo, preparó arroz y compró una sopa borracha en el vecindario.  Serafín por su parte, después de llegar con el muñeco y la botella de ron, descansó un poco y salió luego y compró un nacatamal donde doña Eustaquia y en la pulpería de la esquina compró un PET de gaseosa de cola de 2.5 litros.   Un poco después de las nueve de la noche, Serafín se sentó en el porche, en donde todavía estaban las dos sillas en donde junto a su esposa salía a tomar el fresco de la noche, ahí en una mesita colocó la botella de ron, la gaseosa y una cubeta con hielo y comenzó a brindar por Sara y todos los momentos mágicos que habían compartido por tantos años.   Su cuñada, se mantuvo viendo televisión y murmurando de vez en cuando.  Serafín apenas alcanzaba a escuchar “….jueputa” “….borracho” y cosas por el estilo, mientras el apuraba uno tras otro las cubas que si iba preparando, tratando de imitar aquel murmullo con expresiones como: “…arpía”, …bruja” “…jueputa” y de esa manera fue transcurriendo la noche.

Cuando fueron las 11:40 de la noche, ya Serafín estaba “rayado”, la botella de ron acusaba tan solo una quinta parte de su contenido.  En ese momento, en medio de su sopor, se acordó del muñeco y de la buena suerte que Martín le había augurado, así que entró a la casa, de una alacena tomó un mecate y luego al muñeco y salió al patio, en donde había un almendro, donde pasó el mecate y procedió a colgarlo.  Faltaban ya diez minutos para que terminara el año, cuando sacó de su bolsillo un encendedor y procedió a prenderle fuego al pantalón del muñeco.  En un instante don Camilo, como lo había bautizado su amigo, comenzó a arder, mientras Serafín, comenzó a recordar los malos momentos de aquel año a fin de que se quemaran junto con aquel muñeco y en especial el enorme sacrificio de soportar a su cuñada.    Ya estaba a punto de llegar la media noche, los cohetes y triquitracas comenzaron a explotar por toda la ciudad, cuando de pronto un fuerte viento comenzó a soplar del norte.  Llegó a ser tan fuerte, que en una ráfaga el muñeco, en llamas, salió volando hacia la casa en una parte donde la construcción era básicamente de madera y rápidamente tomó fuego.

Con los ojos desorbitados, Serafín, buscó una manguera pero se acordó que hacía un par de días se la había prestado a un vecino, entonces corrió hacia el interior de la casa, de donde tomó su teléfono celular y de su habitación tomó una caja metálica donde guardaba sus documentos esenciales y sus ahorros en efectivo.  De salida a la calle le gritó a Jazmina:  -Se está quemando la casa.  La mujer respondió con una serie de maldiciones y a regañadientes dejó de ver su televisión y salió a la calle, un poco después de Serafín.  Para ese momento ya las llamas se notaban y algunos vecinos ya se habían apersonado en el lugar y desde ahí, Serafín llamó a los bomberos.

Uno de los vecinos le propuso que podían entrar a tratar de combatir el fuego con baldes de agua, pero Serafín expresó que no quería que nadie tomara riesgos, pues la casa era un poco vieja y podía no resistir.  En ese momento, Jazmina recordó que tenía en su habitación un pequeño baúl donde guardaba unas joyas, según ella invaluables, además de dinero.  Se dirigió de manera temeraria hacia la casa, cuando un vecino quiso detenerla pero ella se soltó profiriendo maldiciones a diestra y siniestra, así que ya nadie quiso detenerla.  Ingresó a la casa y pasaron los minutos sin que saliera.  Le avisaron a Serafín, pero este parecía estar en estado catatónico y no dijo ninguna palabra.

Cuando llegaron los bomberos, ya no había nada que hacer, pues la mayor parte de la casa había sido consumida por las llamas.  Al final, en una bolsa negra fue retirado el cuerpo de Jazmina, rumbo a medicina legal.   Serafín evitó al máximo el contacto con los reporteros de la nota roja que casi al mismo tiempo que los bomberos se presentaron al lugar.  Los vecinos no se cansaban de repetir ante los reporteros que la imprudencia y la avaricia de la señora, la habían motivado a ingresar de nuevo a la casa, cuando ya estaba a salvo en la calle.

Serían las tres de la madrugada cuando los últimos técnicos de los bomberos se retiraron anunciando que continuarían con la investigación.  Serafín todavía se quedó admirando lo que quedaba de la casa cuando observó que la mesa que había en el porche, todavía seguía ahí.  Se acercó y tomó la botella, se sirvió una generosa cantidad, le agregó gaseosa y viendo todavía el humo salir de los escombros, elevó su vaso y murmuró: -Salud, Sara, salud, Martín y luego, esbozando una sonrisa, -Salud don Camilo.

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Cuando no calienta ni el sol

 

Reza un dicho: “Nadie sabe para quién trabaja”, denotando que todo el esfuerzo realizado por un individuo puede ser, al final, usufructuado por un tercero.  Esto es válido para cualquier ámbito de la vida, sin embargo, en esta ocasión me voy a referir al campo de la composición musical, en donde existen tremendas injusticias, pues abundan casos en los cuales, por cualquier motivo, el verdadero autor de algún tema no recibe el crédito que le corresponde.  Aquí excluyo el tema del plagio, que es otro problema, un tanto aparte y que merece su propio artículo.  Me refiero a la cantidad de casos en que el autor de un tema es opacado por el arreglista, el traductor o el intérprete del mismo, de tal manera que la fama de estos lanza al autor al baúl del olvido.  En otros casos más dramáticos, el autor vende su composición, con la plena conciencia que su nombre nunca saldrá a la luz  pública.

Un ejemplo clásico está ligado a la canción “A mi manera” (My way) que se convirtió en una especie de himno de Frank Sinatra, pero que además tiene una sin número de intérpretes y que una enorme proporción de quienes se han apropiado de ella, creen a pie juntillas que fue compuesta por Paul Anka.  Muy pocos saben que el tema fue originalmente fue compuesto en francés por Claude François en 1967, bajo el título “Comme d´habitude” (Como de costumbre) y fue originalmente grabado por Hervé Vilard, aquel mismo de “Capri c´est fini”.  Por esa época Paul Anka visitó Francia, escuchó el tema y le gustó tanto que le escribió letra en inglés y de ahí nació “My way”.  François falleció en 1978 y a excepción de los franceses, para quien sigue siendo un ídolo, en el resto del mundo prácticamente no lo conocen.

De la misma forma, muy pocos conocen al autor de “Ojos españoles” y de “Extraños en la noche”.  El primer tema con una pléyade de intérpretes y el segundo, un enorme tema de Frank Sinatra, así como de muchos intérpretes más, entre ellos Jimmy Hendrix.  Muy pocos conocen a Bert Kaempfert, músico de origen alemán, director de orquesta, compositor, arreglista y maestro en varios instrumentos y que se caracterizó por un estilo de jazz muy depurado.  “Ojos españoles” fue compuesta en 1964 por Kaempfert con el título “Moon over Naples” (La luna sobre Nápoles), originalmente instrumental y en 1965 fue grabada en versión vocal por Freddy Quenn, con el título de “Spanish eyes”.  Por su parte “Extraños en la noche” fue originalmente compuesta por Kaempfert como parte de la banda sonora de la película “A man has to get killed” y su título original fue “Beddy Bye”.  El tema tuvo letra gracias a  Charles Singleton and Eddie Snyder quienes lo titularon “Strangers in the night” y que fue inmortalizado por Frank Sinatra.  Kaempfert falleció en 1980 y a pesar de que tiene miles de aficionados, existe una gran mayoría que no saben que fue el autor de esos dos grandes temas.

Aquí en Nicaragua hay un caso que todavía a la fecha produce un tremendo escozor y es el de la  canción “Cuando calienta el sol”.  Allá por el año 1961 el trío “Los Hermanos Rigual” originario de Cuba, pero radicado en México desde los años cuarenta, lanzó la referida canción, registrando la autoría como de sus integrantes, Carlos y Mario Rigual.    Es importante señalar, que ese grupo ya había alcanzado la fama con éxitos anteriores, como lo fueron dos temas que en Nicaragua, a finales de los años cincuenta, tuvieron un éxito rotundo, “Corazón de melón” y “La del vestido rojo”, ambas en ritmo de chachachá.    “Cuando calienta el sol” estaba escrita en un ritmo diferente, entre balada y rock lento y tuvo una acogida sin igual,  colocándose en los primeros lugares en toda América Latina, siendo exportada luego hacia Europa, en donde en España llegó a convertirse en la canción del verano, según algunos, la primera en abrir la tradición de ponerle banda sonora a cada temporada.  El éxito se expande por muchos países de Europa, salta luego a los Estados Unidos y Canadá y los Hermanos Rigual adquieren una dimensión internacional.  Luego, tratan de repetir el éxito alcanzado con su último tema y sacan “Cuando brilla la luna”, misma que se queda mucho más atrás de lo esperado.  No obstante, comienzan a realizar giras por todo el mundo y en 1964 llegan a participar en el Festival de San Remo, Italia, como co-intérpretes de dos temas participantes “Mezzanotte” y “Sole sole”, quedando eliminados ambos, habiendo resultado ganadora la recordada canción “No tengo edad” interpretada por Gigliola Cinquetti.    Lo anterior, no redujo la fama del grupo que por varios años siguió presentándose en los escenarios más selectos del mundo.  A inicios de la década de los setenta, nos llegó a través de Los Hermanos Cortés de León, el tema de la autoría de Mario Rigual: “Suenan los tambores”, que tuvo un éxito sin igual.

Por su parte, la canción “Cuando calienta el sol” siguió por muchos años en las listas de popularidad, la mayoría de las veces en español, así como versiones en inglés bajo el título de “Love me with all of your heart” (Quiéreme con todo tu corazón), a través de muchos intérpretes como fueron:  Los Panchos, Los tres ases, Los tres diamantes, Trío Caribe, Raphael,  Javier Solís, Los Marcellos Ferial, Trini López, Antonio Prieto, Tony Vilar, Mariachi Vargas de Tecalitlán, Los Chakachas, Vicky Carr, Gelu, Gloria Lasso, Jim Nabors, Connie Francis, Bing Crosby, Helmuy Lotti,  John Gary, Alberto Vázquez, Víctor Iturbe, Antonio Machin, Luis Aguilé,  Ray Conniff, Caravelli, Frank Pourcel, Smother Brothers, The Platters, Talya Ferro, Engelbert Humperdinck, Johnny Rodríguez, Momo Yang, Nancy Sinatra, Petula Clark, Julio Iglesisas con Lola Falana, Santos Colón con Tito Puente, John William, Luis Alberto del Paraná, Carmen Salinas con Pérez Prado, Rafaella Carra, Agnetha de ABBA, Los Machucambos, Manolo Otero, Los Bríos, Johnny Ventura, Roy Etzel, Los tres sudamericanos y por supuesto Luis Miguel.

Durante varias décadas en Nicaragua se manejó, sin problema alguno, que los autores de dicho tema fueron Los hermanos Rigual; sin embargo, en cierto momento, no podría precisar cuándo, comenzó a rodar una versión de que el verdadero autor del mismo fue el gran compositor nicaragüense Rafael Gastón Pérez, que había alcanzado la gloria con su canción “Sinceridad”, misma que también fue interpretada por muchos artistas internacionales.  Los argumentos que se comenzaron a esgrimir para sustentar la autoría del nicaragüense fueron:  Primero, que se puede sustituir en la línea “Cuando calienta el sol, aquí en la playa”, por “Cuando calienta el sol, en Masachapa”, guardando la misma métrica.  Segundo, que Rafael Gastón Pérez era muy desordenado en sus finanzas y la mayor parte del tiempo andaba “arráncame la vida”, unido lo anterior a su afición por las bebidas espirituosas.  Tercero, que hay evidencias que Rafael Gastón llegó a conocer a los Hermanos Rigual y que se reunieron varias veces.  Cuarto, que en una de esas reuniones, Rafael Gastón, corto de dinero, propuso vender su composición “Cuando calienta el sol en Masachapa” a los cubano mexicanos, llegándose a cristalizar la transacción por el precio de una media botella de ron.

Como aseguraría un letrado, se trata de evidencias circunstanciales.  En primer lugar, si se habla del título y de la primera línea de la canción, la misma también se puede sustituir no solo por Masachapa, sino también por Tupilapa, La Boquita y varios balnearios más.   La leyenda urbana agrega en algunos casos que Rafael Gastón era originario de Masachapa, lo cual es falso.  En segundo lugar, el propio Rafael Gastón Pérez, nunca habló de dicha transacción, tampoco lo hicieron los Hermanos Rigual, que tal vez serían los menos favorecidos al admitirlo, pero tampoco los amigos que solían acompañar a Rafael Gastón en sus tertulias.  Hay que recordar que Rafael Gastón falleció en 1962 y tal vez nunca llegó a saber del éxito que llegaría a cobrar el tema.

Algunos investigadores musicales, entre los cuales se encuentra el folklorista nicaragüense Wilmor López, han realizado serias investigaciones, habiendo entrevistado incluso a amigos de Rafael Gastón que supuestamente participaron en las reuniones con los Hermanos Rigual y han llegado a la conclusión de que el famoso Oreja de Burro no es el autor de “Cuando calienta el sol” y que por lo tanto, la venta de la que tanto se habla, nunca sucedió.

Aparte de la contundencia anterior, yo agregaría que si se realiza un análisis, tan solo de la letra de la canción, la misma guarda una mayor cercanía con el estilo de las letras de los Hermanos Rigual que con el estilo de Rafael Gastón.  Se puede observar que “Cuando calienta el sol” solo tiene una estrofa, que con una ligera variación pareciera que son dos, al mismo estilo de “Corazón de Melón”, que repite un mismo estribillo y por el mismo camino va “La del vestido rojo”, en cambio las letras de las composiciones de Rafael Gastón son más elaboradas, por ejemplo “Sinceridad” consta de cuatro estrofas muy bien coordinadas y que juntas hacen un todo.

No obstante, subyace en muchos paisanos un nacionalismo mal entendido que los obliga a luchar hasta con los dientes en situaciones que no tienen ningún asidero de verdad.  De esta forma, todavía seguiremos observando en las redes sociales diatribas lanzadas en contra de quienes conceden el crédito de “Cuando calienta el sol” a los Hermanos Rigual, basadas tan solo en una leyenda urbana.  Dejemos a Rafael Gastón descansar en paz, que tan solo con la gloria que alcanzó con “Sinceridad” le basta y concedámosle el beneficio de la duda respecto a que no cambiaría uno de sus temas por un plato de lentejas o peor aún, por una media botella de ron.

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Las dos estaciones

 

A comienzos de diciembre, sin ningún apuro, mi madre comenzaba a poner el árbol de navidad.  Era un abeto de un color verde intenso, más pequeño que mediano.  Ayudábamos pasando los adornos que poco a poco iba colocando en el árbol y luego enredaba a todo lo alto, una instalación de pequeñas bujías de colores, amarillo, verde, azul y rojo, que comparadas con las actuales parecerían gigantes.  Todavía no eran intermitentes, pues esa magia apareció un poco después y si una de las bujías se fundía, se apagaba toda la instalación.   El toque final lo daban una hilachas de algodón, que después fueron sustituidas por “cabello de ángel” que supuestamente asemejaban la nieve y unas tiras metálicas, un tanto parecidas al alambre de púas, de color plateado, lo cual, según nos explicaba mi madre era la escarcha.  Nunca le encontré el conectivo lógico a aquellos adornos finales, sin embargo, eran parte fundamental en el adorno del árbol, a pesar que en nuestra vida, jamás habíamos visto ni la nieve, ni la escarcha.  Visualizaba en mi mente la nieve, pues en postales y películas, los paisajes invernales, especialmente los de la navidad, estaban llenos de nieve y trineos en el marco de un cielo gris.  Lo que nunca llegué a imaginarme fue lo relativo a la escarcha, pues no cabía en mi mente que en los árboles se enrollaran aquellas tiras espinosas.  Lo más real con aquel adorno fue cuando uno de mis hermanos comenzó a estudiar la conducción de la electricidad, al meter un extremo de la escarcha en la rosca de una de las bujías y llevar el otro extremo a alguna superficie metálica en donde algún incauto tocaba con su mano y se llevaba un toque singular.

En aquel clima de alegría y esperanza, en especial para los niños, asimilé esa tremenda contradicción de que en gran parte del mundo se vivía un invierno, más o menos crudo, mientras nosotros vivíamos en verano, pues técnicamente desde noviembre iniciaba el período seco de seis meses.  En aquel tiempo, en mi pueblo, todavía la temperatura descendía sensiblemente, registrándose madrugadas frías y con un tenue velo de niebla que nos hacía imaginar un paisaje invernal en pleno verano.  La frescura de diciembre era especial y estaba acompañada del aroma de los cafetales en plena temporada de corte.

Así pues, crecimos con aquella sensación de cortedad, pues mientras en gran parte del orbe, la gente disfrutaba de cuatro estaciones, los pobres de nosotros sólo teníamos dos.  No obstante, a todo se acostumbra uno, así que llegamos a manejar que nuestro verano comprendía el invierno y la primavera de aquellos suertudos, mientras que nuestro invierno abarcaba el verano y el otoño de ellos.  Al final, al igual que aquellos pueblos que son bilingües, llegamos a realizar la conversión automática de un sistema a otro, aunque en el fondo envidiábamos aquella esperanza del deshielo y el florecimiento de los campos que traía la primavera, el tener el pleno sol solo algunos meses en el año, que tenía el verano de ellos, el singular espectáculo de observar la paleta de colores que ofrecían las hojas de los árboles y su irremediable caída o las blancas escenas del invierno.

Así pues, nuestra imaginación tuvo un terreno fértil para crecer, al llegar a apreciar todas las manifestaciones culturales que estaban basadas en las cuatro estaciones, aun sin haberlas vivido.  Me impresionó cuando mi madre me explicaba, cuando escuchábamos el disco de la Obertura 1812 de Tchaikovski, que conmemoraba el gran error de Napoleón cuando al invadir Rusia fue derrotado por el crudo invierno y la entereza de los rusos al no llegar a capitular y preferir vaciar y quemar a Moscú. También admiré los cuatro conciertos para violín de Vivaldi, dedicados a las cuatro estaciones y hasta llegaba a sentir las particularidades de cada una de ellas.  Asimismo, al leer a Dostoievski o Tolstoi, la excelente narrativa nos hacía tiritar ante aquellas escenas en donde el frío se alojaba más en las almas de los protagonistas que en el ambiente.  De la misma forma al leer las Sonatas de Valle-Inclán, recorría las estaciones de la mano del Marqués de Bradomín.

Nuestro prolongado verano y la cercanía de la región del Pacífico a los principales balnearios, provocan una extensa temporada de viajes al mar, sin embargo, los mismos se concentran en los dos últimos meses del verano, marzo y abril, en donde se ubican las vacaciones de semana santa.  Por muchos años, a inicios de la década de los setenta el tema Tiritando de Los Gatos fue el himno de la temporada de mar, aunque al echarle un poco de mente, no había manera de tiritar en una playa en donde el sol provocaba temperaturas cerca de los 40 grados y la arena quemaba los pies de quienes se atrevían a caminar descalzos por ella.  Me imagino que no sería nada romántico cantar sobre alguien que camina por la playa como lora en comal caliente.

En la década de los ochenta, una gran parte de los compatriotas se embarcó en el tren de la emigración, llegando algunos muy al norte del globo.  Al inicio, saltaban de alegría cuando miraban caer la nieve y era como un sueño hecho realidad vivir un invierno de verdad; todavía con un poco de entusiasmo llegaban al segundo año y luego, poco a poco, año con año, el rigor del invierno llegó convertirse en una verdadera tortura que los llevaba a añorar aquellas dos estaciones, que en medio de todo, son más llevaderas.

Con el cambio climático no es remoto que algún día lleguemos a tener una sola estación, o bien un eterno y recalcitrante verano o un crudo invierno al estilo del Norte de Juego de Tronos.  Así que en medio de todo, conformémonos con las lluvias de nuestro invierno y el calor de nuestro de verano.  Como dijo alguien por ahi:  “El tiempo que hace en su tiempo, es buen tiempo”.

 

 

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Los aromas de los tiempos perdidos

 

Marcel Proust además de ser un consagrado escritor, incursionó por los abruptos terrenos de la psicología, cuando en su magnífica obra “En busca del tiempo perdido”, en la parte  “Por el camino de Swann”, expone magistralmente la asociación entre lo sensorial y la capacidad de recordar, creando lo que se conoce como el efecto de la “magdalena de Proust”.  Aquí cabe aclarar que “magdalena” no es una mujer, sino un bollo o bizcocho.  En ese pasaje, este autor describe magistralmente su experiencia cuando toma un trozo de la magdalena empapada en té e inmediatamente se transporta a su niñez, a la casa de su tía, quien le ofrecía té con ese bizcocho, además de todos los detalles de aquel pueblo.

En mi caso particular, el sentido del gusto no tiene un gran efecto sobre los recuerdos, sin embargo hay una enorme correlación entre la música y muchos momentos específicos de cuando escuchaba determinadas melodías.  Es un ejercicio que se me facilita al encontrar en el ciberespacio tantos temas que de otra manera sería imposible rescatar y de esta forma puedo viajar en el tiempo a voluntad.

No obstante, otro banco de sensaciones que tengo atesorado en mi memoria es el relativo a los aromas.  Aquí es más difícil y a veces imposible conseguir los detonantes del caso y me limito a veces a tratar de reproducir en mi memoria aquellas especiales sensaciones.

Como he comentado en anteriores ocasiones, mi niñez transcurrió en el mágico mundo de la botica de mi abuelo.  Ahí, a pesar de las constantes prohibiciones para acercarme a los productos que ahí se manejaban, siempre me acompañó la curiosidad y a su lado la cautela, pues nunca llegué a ingerir ninguna sustancia que atentara contra mi salud, salvo tal vez, el episodio del Maná de Palermo (ver artículo El maná que no cayó del cielo).

En la sección de cosméticos resaltaba en primer lugar la crema Hinds, que tenía un característico aroma de almendras que la hacían inconfundible.  Hace relativamente poco, tuve la oportunidad de encontrar dicho producto y en realidad no ha sufrido cambios sustanciales en su aroma e inmediatamente me transportó unos sesenta años atrás.  En aquel tiempo el perfume más socorrido de los que estaban al alcance de las damas del pueblo, era Heno del Campo, que fabricaba la casa Dralle y que aparentemente era una imitación de un producto llamado Heno de Pravia de la perfumería Gal.  Tenía un color beige y en un paisaje de la campiña resaltaba un pájaro color rojo con la cabeza negra.  Tenía un aroma dulce y penetrante y en los grandes acontecimientos del pueblo parecía impregnar todo el ambiente.    No lo he vuelto a ver, pero en mi mente logro capturar la sensación de aquel particular perfume.   En ese mismo mostrador, se encontraba el Talco Mavis, que venía en una lata roja, con un óvalo blanco en el centro con la marca de dicho producto.  Tenía un aroma inconfundible y todavía lo recuerdo con muchas señoras de aquellos tiempos y de algunos compañeros recién bañados que subían al autobús escolar.

El Agua de Florida era asunto aparte, tenía un aroma atractivo, sin embargo, estaba ligado a situaciones dramáticas, pues era de rigor aplicarlo con un paño en la frente a las personas, por lo general féminas, que se “atacaban”, es decir sufrían un soponcio o patatús, ante algún suceso de extrema gravedad.  Este aroma está íntimamente relacionado en mi mente con la vela de algún difunto, en donde se mezclaba con el penetrante olor del barniz o “maque” que se aplicaba a última hora al ataúd, así como con el llanto que se derramaba en profusión.

La brillantina Glostora, líquida o sólida tenían un perfume característico que la distinguía de la brillantina vendida a granel y que preparaba mi abuelo con vaselina simple, aromatizante y algún colorante para darle un toque amarillento.

La mayoría de las pastillas eran inodoras, salvo tal vez unas llamadas Serafón, recomendadas para afecciones pulmonares severas y que tenían un penetrante olor debido a la mezcla de guayacol, yodoformo y eucalipto.   Por su parte, las pastillas Valda, que contenían eucalipto y mentol, tenían un olor hasta cierto punto atractivo y su color verde invitaba a correr el riesgo de comerse una o varias, pues su sabor era refrescante.  Por ese mismo camino estaban las pastillas Penetro y Vick, estas últimas con diferentes sabores y aromas, como las de limón y las de cereza.

En la sección de jarabes y demás fluidos, estaba una botella que tenía una prohibición especial, me imagino por lo tóxico y que llevaba una etiqueta que decía Alcalí.  Tenía un olor tan fuerte, que la curiosidad apenas daba para abrir un segundo el tapón y darse un ligero llegue de aquel penetrante aroma.  Me imagino que era el mismo amoniaco.  El jarabe de Tolú y el aceite Eléctrico no tenían un aroma tan fuerte, al igual que el laxol o aceite de ricino y de la misma forma el aceite fino, que me imagino que era de oliva pero a granel.   Un frasco que siempre atraía era el del extracto de vainilla, preparado por mi abuelo y que a través de medios químicos lograba su similitud con el original obtenido directamente de las vainas de las orquídeas del mismo nombre.  También estaba el espíritu de frambuesa, que no llevaba nada de la fruta en cuestión, pero tenía un aroma dulcete que daba sabor y aroma a muchos refrescos, entre ellos la chicha de maíz.  Mi abuelo decía que había otro espíritu, el de contradicción, manejado magistralmente por la tía Mélida, su cuñada, amante de llevar la contraria a todo.

En tiempos en que no había salido el Pine Sol y otros compuestos similares, la creolina se utilizaba como desinfectante para pisos y para excusados (pon pones). Su aroma, derivado de la creosota que contenía, le pegaba a uno hasta el hipotálamo y rápidamente cubría cualquier otro aroma al aplicarse a cualquier superficie.  Algunos desalmados bañaban a sus perros con este producto.

El caso de los alcoholes era algo aparte.  Llegué a diferenciar mediante el olfato (hasta ahí no más) el alcohol industrial o metílico del alcohol puro o etílico, es decir, guarón.  Este último tenía un aroma inconfundiblemente atractivo y era el mismo que se sentía cuando uno pasaba por el depósito de doña Cheya Jara o en la Renta de Jinotepe.

En el extremo oriente de la botica había un mueble de madera con gavetas que guardaba la sección de especias y similares que se vendían a granel, empacados en papel de envolver.  Ahí se podía sentir el aroma picante de la pimienta negra o dulcete de la pimienta de Castilla, o bien, el atractivo aroma de la canela, en raja o en polvo.  También se sentía el aroma del tomillo, el eneldo, el romero o la manzanilla.  Otros sin embargo, eran inodoros como el bórax, el albayalde u óxido de zinc, el ruibarbo.  La goma arábiga, que venía en un especie de piedras, tenía un olor salobre.  La Tizana La India, venía en una bolsa celeste que no tenía aroma alguno, sin embargo, cuando con agua hirviendo se hacía la infusión, despedía un aroma relajante y que invitaba a tomarla, a sudar la calentura y dormir como un bebé.

También tengo muy grabado el alcanfor, que era una especie de tableta cuadrada de color blanquecino y con un aroma muy penetrante, acre y que generalmente se combinaba con alcohol y era un remedio eficaz para picaduras de insectos, en especial de aradores en la temporada de corte de café.  Lo mismo ocurría con las bolas de naftalina, cuyo aroma era una patada de mula y que se usaba para ahuyentar las polillas de la ropa.

Entre los ungüentos, destacaba por su olor la Numotizine, que era una cataplasma utilizada para dolores musculares y en donde la mezcla del guayacol con el salicilato de metilo y quién sabe qué más, le daban un olor característico y a mi gusto, desagradable, además de un color medio solidario.  Por su parte el Mentolato, el Vaporub y el Bengay, tenían un aroma un tanto más pasable.  En un envase elegante, incluyendo una caja externa, se vendía el Linimento Sloan, en donde aparecía un retrato de un tipo con un bigote extravagante, que parecía pariente de Rigoberto Cabezas.  En un inicio era un analgésico muscular para caballos y luego lo comercializaron para uso humano y que en un slogan publicitario un tanto desafortunado para mi gusto, decía: “Mata todo dolor en hombres y bestias”.  Tenía un olor que ofrecía una patada de bestia, pues entre sus principios activos estaban entre otros una esencia de chile, alcanfor, amoniaco, trementina y esencia de pino.

Por el rumbo de la gaveta del dinero estaba un frasco de cristal, cilíndrico y de tamaño inusual, llamado Picrato de Butesín, de los laboratorios Abbott, que tenía un color amarillo intenso y que invitaba a olerlo, pero que tenía un aroma un tanto acre. No obstante, era lo mejor para todo tipo de quemaduras.

Un aroma difícil de olvidar es el del jarabe Dayamin, que fue de los primeros multivitamínicos pediátricos y que debido a mi esbeltez, considerada en aquellos tiempos como indicador de mala salud, me atipujaron a diestra y siniestra.  Tenía un aroma dulzón con un toque a naranjas y su sabor no era repulsivo.  Afortunadamente, este multivitamínico había sustituido a la Emulsión de Scott, que tenía un olor a pescados podridos y un sabor me imagino por ese tenor.

Un producto que siempre me llamaba la atención era el Extracto de Malta con Hemoglobina.  Lo malo era que estaba ubicado en la parte más alta del estante y venía en un frasco ancho y con una etiqueta blanca con letras del mismo color del frasco.   Además de su estratégica ubicación estaba el hecho de que la tapa parecía haber sido cerrada con producto de gallina, por lo tanto no era factible una incursión.  Sin embargo, en cierta ocasión se la prescribieron a mi hermano para hacerlo más resistente a un asma recurrente.  Ahí fue donde pude observarlo y en realidad tenía un aroma entre avainillado y achocolatado, su consistencia era melcohosa, así que  corrí el riesgo y lo probé y su sabor era mejor aún, parecía una cajeta de coco negra.

En los años cincuenta llegó como la panacea para la diarrea el Kaopectate, preparado a base de caolín y pectina.  Se ofrecía en frascos y también a granel.  Su aroma es difícil de describir, pues llegaba a un punto en la profundidad del olfato, sin ser desagradable.  Hace poco me encontré este producto, pero nada que ver.  Por alguna razón desconocida desterraron al caolín y a la pectina y los sustituyeron por una nueva fórmula.

Así pues, mi infancia transcurrió en aquel fascinante mundo, en donde la experimentación era el pan de cada día.  Para muchos, habré corrido con una enorme suerte, al no haberme intoxicado con alguna sustancia o en el más leve de los casos ponerme motorolo con alguna aspiración.  Algunos que mantienen incólume la fe, como una vela encendida en medio del huracán Irma, dirán que mi ángel de la guarda era Seal o Spetsnaz.  Lo cierto es que todavía la llevo rolando y en algunas ocasiones, me distraigo recreando en mi mente aquellos aromas de los tiempos perdidos.

 

 

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Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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