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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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El Tigre

 

Mil novecientos sesenta fue un año funesto para mi abuelo.  En febrero murió mi abuela y él se quedó, como decían: “como papalote sin cola”.  Poco a poco se fue abandonando y se dejó morir.  Nunca fue una persona que desbordara alegría; no cantaba, no bailaba, no reía a carcajadas, de tal manera que su dolor, al perder a su pareja de casi cincuenta años, se manifestó en una terrible depresión que se le adivinaba en sus ojos, en su respiración, en su voz.

Nada volvió a ser lo mismo para él.  Hacía las cosas como por inercia y todo en él gritaba la desgarradora ausencia de mi abuela.

Una mañana apareció por su botica un individuo preguntando por él.  Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los ochenta años.  Tenía un aspecto descuidado, su cabello y bigotes eran completamente blancos y de pronto parecía uno de aquellos mineros de la fiebre del oro en California.  Sin embargo, lo más notorio en él era un constante temblor, especialmente en su mano derecha.  Mi abuelo fue a recibirlo y el anciano aquel lo abrazó y le dijo algo, mi abuelo no dijo nada y simplemente lo invitó a sentarse en la salita improvisada en su negocio.  Comenzaron a conversar en voz baja y al rato, mi abuelo solicitó que le llevaran de desayunar a su visitante.  Al rato, la tía Leticia, sobrina de mi abuela, se apareció, con cara de pocos amigos, con una bandeja con café con leche y un bollo de pan.  El visitante con cierta dificultad tomó todo el desayuno y después de conversar un rato más con mi abuelo se despidió.

A partir de aquella ocasión, el individuo aquel comenzó a frecuentar sus visitas a mi abuelo y se llegó a hacer la costumbre que la tía Leticia, ahora sin necesitad de requerimiento, se apareciera con el pocillo de café con leche y el bollo de pan.  Conversaban un rato, después de lo cual el personaje aquel se despedía y se iba.

Cierto día la tía Mélida, media hermana de mi abuela, se encontraba en la botica, pues ella se movía entre Masaya y San Marcos con su venta de lotería y de lecheburras y resultó que cuando salió a la botica se encontró con mi abuelo que conversaba con su visita, quien con la dificultad de siempre apuraba el café con leche, acompañado de su bollo de pan.  La tía Mélida lo miró y después de un instante, lo reconoció y se quedó helada.   Fue hasta donde estaba la tía Leticia y le espetó: – ¿Qué hace ese hombre aquí?  Ella, con tranquilidad le respondió: -Es una visita de Don Emilio, creyendo que eso bastaría para que se calmara.  Al contrario, casi morada de la indignación le dijo: -Pero si es El Tigre.  La tía Leticia, que siempre buscaba como hacerle guasa a su tía, le dijo: – Será muy tigre, pero ahora ya ni ruge.   La tía Mélida que había cambiado a un morado subido, le dijo con la respiración entrecortada: – Ese tipo es un matón, ahí donde lo ves, tiene su cementerio particular, además tiene los siete vicios del garrote.  Total ante el individuo aquel, el propio Juan Charrasqueado quedaba como San Francisco de Asís.   La tía Leticia, ajena a todos aquellos antecedentes, se limitó a decir: – Es una visita de Don Emilio.

En otra época, la tía Mélida hubiera insistido con mi abuela para evitar la presencia de aquel malévolo personaje, sin embargo, al faltar ella, la correlación de fuerzas en aquella casa había cambiado drásticamente.  Mi padre, a quien le hubiese correspondido intervenir, trabajaba a tiempo completo en el Hospital Bautista y cuando le comentaron, no quiso provocar ninguna contrariedad a mi abuelo, pues como médico, sabía que su salud iba en franco deterioro.

En efecto, al poco tiempo, mi abuelo tuvo que ser hospitalizado debido a un enfisema derivado de tantos años de fumar, además que otros factores habían comenzado a provocar ciertos episodios de desubicación.  Al salir del hospital, mi padre estimó conveniente que mi abuelo se trasladara a nuestra casa, pues ahí podía tener un seguimiento más cercano de parte de mi madre en el día y de mi padre por la noche.  Un poco a regañadientes mi abuelo se trasladó.

Lo interesante es que a pesar de que mi abuelo no estaba más en su botica, El Tigre, seguía llegando, entonces solo por su desayuno.  Esto ponía a la tía Mélida de mal humor y no cesaba en su perorata protestando por aquel compromiso que de forma gratuita se había echado encima la tía Leticia y que según esta última era solo una muestra de consideración a Don Emilio.

En nuestra casa, más que su botica y su alquimia, lo que más extrañaba mi abuelo eran sus cigarrillos.  Mi padre le había prohibido fumar y a pesar de que entendía que era por mejorar su condición, no se resignaba a dejar el placer de fumarse un cigarrillo.  En cierta ocasión, me suplicó con tanta vehemencia que le consiguiera un cigarrillo, que la verdad no pude negarme y fui a la pulpería a conseguir su Esfinge y aprovechando que mi madre estaba preparando la comida, salimos al porche y ahí fumó aquel cigarrillo, con tanta fruición que de pronto sus ojos parecieron recobrar el brillo que habían perdido.  Aproveché aquel estado de extremo placer de mi abuelo para preguntarle de dónde conocía al Tigre.  Para mi sorpresa, me contó la historia.

Por los años treinta, mi abuelo buscó fortuna sembrando granos básicos en la costa del Pacífico, al sureste de San Rafael del Sur, en la zona conocida como Tancabuya.  En ese menester, tuvo ciertas diferencias con unas personas del rumbo, con quienes llegó a agrias discusiones y al final, aquellas personas decidieron emboscarlo en su camino de regreso a San Marcos.  En efecto, en un paraje lo estaban esperando, lo bajaron del caballo y estaban prestos a hacerlo picadillo, cuando del recodo del camino apareció un individuo que pistola en mano comenzó a disparar contra los atacantes.  Luego, el tipo aquel, se acercó a mi abuelo, le preguntó si estaba bien y le dijo que siguiera su camino sin temor.  Mi abuelo le agradeció y siguió su camino.  Los pormenores de aquel episodio, en especial la suerte que corrieron sus atacantes se los reservó mi abuelo. Me dijo que era cierto que ese sujeto había realizado muchas tropelías, pero que en su caso, le debía la vida.   Fue entonces que comprendí, la deferencia que tenía mi abuelo por el famoso Tigre.

En septiembre de 1961, falleció mi abuelo después de una prolongada agonía.  Todavía después de su muerte, El Tigre, compungido llegaba por su desayuno a la botica.  La tía Mélida le repetía hasta el cansancio a mi tía Leticia que muerto el ahijado se acabó el compadre, pero aquella no hacía caso y seguía brindándole su pocillo de café con leche con su bollo de pan.  En cierta ocasión, la Tía Mélida, a falta de argumentos para evitar aquella situación, la amenazó diciéndole que si no dejaba de servirle a El Tigre, cuando ella muriera le iba a salir.

Al poco tiempo, una tarde que regresaba en bus del colegio, al llegar a mi casa, me encuentro con un sinnúmero de silletas de tijera, una cantidad considerable de personas que al ingresar me daban el pésame.  Como dice el Prócer: “Se me fueron los pulsosmmmm”  Hasta que vi a mi madre quien me abrazó y me dijo en voz baja: – Tu tía Mélida.   Le había dado un infarto fulminante.  En un rincón estaba la tía Leticia, con una expresión de terror en sus ojos.   Después del entierro, le pidió a mi padre que le diera posada para dormir en nuestra casa pues no quería pasar una noche más en la botica.

A partir de entonces, no volvió El Tigre a aparecerse por la botica.  Sería tal vez que la tía Leticia de alguna forma ante la amenaza de la tía Mélida lo cortó o sería que algo le sucedió al felino aquel.

Ya son casi sesenta años desde que conocí al Tigre y parece mentira, pero todavía lo recuerdo muy bien.  Cada vez que alguien que en su juventud cometió todo tipo de desmanes y en su tercera edad, a la sombra de sus canas, ofrece una imagen de beatitud, de quien no quiebra un plato, recuerdo aquella figura, triste, luchando ferozmente contra los estragos del Parkinson, bebiendo dificultosamente su café con leche y haciendo malabares con el bollo de pan para llevar el sustento a su boca y conversando en voz baja, con cierto tono papal, olvidando tal vez el rugido de antaño, la mirada feroz y cómo no le temblaba la mano para tomar su Colt Peacemaker y vaciar los seis cartuchos del tambor sobre alguna desafortunada humanidad.

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La del niño

 

Mi primer año de universidad fue realmente alucinante.  Después de la infame peloneada que hacía que los flamantes bachilleres en ciencias y letras supiéramos que éramos simples mortales y no la mamacita de Tarzán, los profesores se encargaron de enseñarnos a amar a Dios en tierra ajena, Roberto Zelaya con la lógica matemática, el decano Julio Vega con Samuelson y la elección entre producir cañones o mantequilla, el recordado Cuadrita con los principios contables del debe y del haber y un profesor que solo recuerdo que le decían Terry con las teorías administrativas de Taylor y Fayol.  Por si esto fuera poco, llegaba a la facultad como “gallina comprada” como decían en el pueblo, pues no conocía absolutamente a nadie.  Ninguno de mis compañeros de bachillerato se había atrevido a estudiar Economía.

Poco a poco fui descubriendo un tema que parecía flotar en el ambiente y que llegaba a constituir un enlace entre la enorme diversidad de alumnos y era la música.  En los recesos se escuchaba hablar de 500 millas, de Black is black, de San Francisco y lo extraño que parecía aquello de “flores en tu pelo”.  De esta manera fui haciendo contacto con compañeros que no paraban de hablar de música.  Ahí también descubrí a algunos integrantes de los conjuntos musicales que estudiaban en años superiores en la facultad: Emilio Ortega, Lino García y Elías Cárcamo y que en mi grupo estaba el legendario disc jockey Conrado Pineda, que en aquel tiempo trabajaba en la 590.

En cierto momento surgió en aquellos improvisados foros, un tema que llamaba poderosa la atención.  Se trataba de una balada que estaba sonando fuerte en todas las emisoras locales.  Era una balada rock de corte romántico con el sonido electrónico propio de los conjuntos de la época, con una breve introducción de guitarras eléctricas y luego un cantante que reclamaba: “Di que fue de nuestro amor, que todo se esfumó, yo siempre me recordaré de los besos que te di…”  El tema se ubicó pronto en los primeros lugares de las listas de popularidad, sin embargo, lo que más llamaba la atención era el título pues en las emisoras la anunciaban como La del niño.  Por más que repasábamos la letra, no encontrábamos ningún vestigio que pudiera relacionar la letra de la canción con un niño.  Por un buen rato manejamos en aquel foro las más descabelladas teorías sobre el posible origen del título de la canción y que indefectiblemente caían en puras pláticas de preso, pero que al fin de cuentas hacían que nos desconectáramos de la tautología de la lógica proposicional que nos trataba de enseñar Zelaya, para adentrarnos en la ley de los rendimientos físico marginales decrecientes con el decano Vega.

De pronto una nueva corriente vino a desplazar a todos los éxitos que luchaban por permanecer en el gusto del público, los Rockets sacaron su álbum en la Tortuga Morada y nuevos temas se adueñaron de las listas de popularidad.  Sin embargo, siempre quedó como asignatura pendiente el origen del nombre de aquel tema.  Muchos años después, algunos libros que describían la música de los años sesenta tocaron el tema un tanto de refilón, sin embargo, lo interesante de la historia de aquel éxito merece describirse un tanto a detalle.

El tema que nos ocupa es original del grupo Los Super Twisters de El Salvador, uno de los pioneros de la música rock de aquel país y que fueron los primeros en grabar un disco con música rock.  El grupo estaba integrado por Eduardo “Guayo” Meléndez en la guitarra, Ricardo “El chele” Escobar en el bajo, Salvador “Chamba” Rodríguez en la batería, Carlos Langenner en los teclados y Ricardo “Lord Darkie” Jiménez Castillo, cantante.  En el año 1964 el sello Kismet de ese país, accedió a la grabación de un disco de 45 r.p.m. de Los Súper Twisters, habiendo seleccionado el grupo el tema What I said, que grabara Ray Charles en 1959.  Para la otra cara del disco, el grupo no se decidía hasta que llegaron al acuerdo que sería la canción de “El Niño”, pues la música de ese tema había sido compuesta por Eduardo “Guayo” Meléndez a quien le apodaban El niño  y la letra por Chamba Rodríguez.  De esta forma salió el primer sencillo de música rock en El Salvador con el hit de Ray Charles en una cara y el tema denominado La del niño en la otra.

Es necesario remarcar que el vocalista del grupo Ricardo Jiménez Castillo, llegó a convertirse en uno de los mejores arquitectos de El Salvador y es el artífice de La Torre Democracia (Torre Cuscatlán) en el Boulevard de Los Próceres, en la capital cuscatleca, así como la Torre de Cristal y el puente Las Chinamas, asimismo, fue el impulsor y director de la reconstrucción del Teatro Nacional de El Salvador.

En aquellos años, todavía no había un intercambio de música moderna entre los países de Centroamérica, sin embargo, en un festival que se realizó en El Salvador en 1965 participaron los Music Masters.  Al grupo nica le gustó el tema en cuestión y lo tomó prestado.   A su regreso, los Music Masters lo incorporaron a su repertorio y llegaron a grabar una versión.  Cabe aclarar que la misma era un poco más lenta que la original.  Al poco tiempo, otro grupo nicaragüense que iba en ascenso escuchó la versión de los Music Masters y también la grabó.  Se trataba de los Bad Boys y su versión del tema resultó más atractiva.  Hay una gran similitud entre las versiones de los dos conjuntos nicaragüenses, sin embargo, el vocalista de los Bad Boys Humberto Hernández “El gordo Beto” tenía una voz más atractiva que la del vocalista de los Music Masters y en efecto, aquella fue la versión que tuvo más éxito en nuestro país.

Si se escuchan todas las versiones de La del niño, de una manera desapasionada, puede colegirse que la versión de los Bad Boys supera incluso a la original de los Súper Twisters, con perdón de los amigos cuscatlecos.  Es más, cuando Guayo Meléndez y Chamba Rodríguez formaron el grupo Los Mustangs, grabaron una nueva versión de La del niño, tratando de emular un poco el estilo de los conjuntos españoles de esos años, sin embargo, tampoco supera a la del Gordo Beto y los Bad Boys.

Después de cincuenta años, ya ha llovido mucho, han aparecido y desaparecido miles de temas musicales y aquella enigmática canción se mueve entre las arenas del tiempo y del olvido.  Ya incluso algunos personajes ligados a este tema como Humberto Hernández, así como Ricardo Jiménez Castillo, se nos han adelantado.  De vez en cuando alguien que ya no hace fila en los bancos navega en las inmensas aguas de Youtube, de casualidad se encuentran con La del niño, será presa de la emoción y la nostalgia, pero de manera invariable, nuevamente se les vendrá a la mente: ¿Cuál niño?

 

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El cadejo

 

Era el inicio de la década de los setenta.  No podría precisar la fecha y lo único que recuerdo es que en esos días estaba en todo su furor el éxito “Venus” de Shocking Blue, que al final resultó ser un refrito de un éxito anterior que se llamaba “La canción del banjo”  y que jugaba con la letra de “Oh Susana”.  Sin embargo, el tema tenía un ritmo tremendo y las emisoras locales nos lo recetaban mañana tarde y noche.  Para ese tiempo ya tenía varios años viviendo en Managua y ya casi me acostumbraba al tremendo calor, aunque a veces sentía que estaba en una película del desierto cuando miraba, al final de la calle 11 de julio hacia el este, el paisaje con el Instituto Pedagógico de Managua y la entrada de la Academia Militar que se enturbiaba, tal como se representaban los oasis y al caminar por aquellas calles, los zapatos resbalaban en las esquinas por el asfalto que se derretía bajo el inclemente sol.

En nuestra casa, el cuarto que yo ocupaba con mi hermano Oswaldo era el más caluroso, al estar ubicado en el extremo occidental de nuestra casa y en donde recibía todo el sol de la tarde, de tal suerte que por la noche, el calor no disminuía y tan solo un ventilador GE luchaba por amainarlo.  Conscientes del sacrificio que esto significaba, nuestros padres nos dejaban en el refrigerador dos Coca colas, para que en el transcurso de la noche nos hidratáramos.

Una noche desperté para tomar mi bien merecido refresco, miré el reloj y seria más de las once de la noche y miré el termómetro en mi cuarto y arañaba los 36 grados.  Bebía embelesado, como en comercial, aquella fría gaseosa, cuando de pronto el timbre comenzó a sonar insistentemente.  Fui hasta la verja exterior y me di cuenta que se trataba de Pedrito.  Era un joven que trabajaba en el Hospital Bautista y a quien mi padre le tenía mucho aprecio.  Su madre era paciente de mi padre.   Lucía agitado y me suplicó que llamara a mi padre porque se trataba de una emergencia.

Fui hasta la habitación de mi padre y le expliqué la situación.  Se vistió y fue a conversar con él, quien le expuso un estado grave de su madre.  Sin mayor dilación mi padre tomó su maletín y dudando un poco, me pidió que lo acompañara pues iba hasta San Judas en donde vivía Pedrito.  En consideración a la hora y al lugar le consulté si llevaba el “cuete”, asintió y fui a tomar la pistola que guardaba en su closet.  Era una Smith & Wesson, 38 especial, calibre corto.  La cargué con sus cinco balas, la escondí bajo la camisa y saqué del garaje la Station Wagon. Pedrito guardó su bicicleta en la casa y nos fuimos los tres.

En aquella época San Judas no estaba tan bien conectado con Managua como lo está ahora, era toda una expedición llegar hasta allá. Había que entrar por Altagracia y la ruta indicada era ingresando por una calle cercana a la Fosforera y luego hacia el sur.  Después de muchas cuadras se pasaba por el Palacio de la Nunciatura, un impresionante edificio que albergaba las oficinas de la representación papal.  Su titular en aquellos días, Lorenzo Antonetti, sucesor del recordado Santi Portaluppi, dividía su tiempo entre Managua y Tegucigalpa.

Luego se pasaba por unos parajes en donde años más tarde se construiría un complejo habitacional que se convertiría en el Centro Cívico y un poco más al sur lo que sería la Unidad Independencia.  Por ahí ya era terreno agreste y en donde un enorme ceibo constituía el punto de referencia.  Pedrito nos indicó que nos internáramos más al sur, ya en calles de terracería que se hacían más estrechas, hasta que después de varias peripecias llegamos a un lugar más oscuro que la boca de un lobo. Nunca había visto uno, pero me lo imaginaba.   Pedrito nos advirtió que hasta ahí se podía llegar en el vehículo y que su casa estaba unos cuantos metros hacia adentro.

Después de pensarla un poco, decidimos que mi padre iría con Pedrito a la casa y yo me quedaría en la camioneta.  Con las luces del vehículo iluminé un poco el sendero por donde transitarían, sin embargo, el joven aquel sacó una pequeña linterna de mano que les ayudó a guiarse por aquel abrupto terreno.  La camioneta era de 8 cilindros y jalaba gasolina como loca, de tal manera que no había más alternativa que apagarla, al igual que las luces, pues las baterías en ese tiempo, Hasbani en su mayoría, con nada y nada podían descargarse a cero y al ser automático el vehículo, no había manera de encenderlo empujado.

Apagué pues el vehículo y las luces y aquello quedó en tinieblas.  Tan solo se miraba la tenue luz de la lámpara de Pedrito que poco a poco se iba perdiendo en la distancia, hasta que a unos treinta o cuarenta metros llegaron a su destino.  Entonces la oscuridad se hizo poco a poco más densa, como si fuera un espeso líquido negro que caía desde arriba.   El viento apenas corría, pero mitigaba un poco el sofocante calor.   Quise poner el radio del carro, pero a esa hora ya ninguna emisora estaba trasmitiendo, así que poco a poco se fue haciendo más notorio el ruido de aquel paraje.  Insectos que competían en una incesante sinfonía.

Debo de admitir que me sentía nervioso.  Tal vez no alcanzaba, todavía, el punto de zurrarme del miedo, pero no estaba tranquilo.  A medida que avanzaba la noche, me iba sintiendo más inquieto.  Sabía de antemano que aquellas visitas de mi padre podrían tardar a veces una hora y en una ocasión en que tuvo que practicar una transfusión le llevó más de tres horas.

El tiempo parecía caer pesadamente, lento, como esos relojitos de arena de la computadora que llegaban a desesperar y que por más que se viera el reloj, no había nada que hacer para que transcurriera más rápidamente.

De pronto, en medio de aquel concierto de grillos, chicharras y demás insectos, escuché un trino, si es que se le puede llamar así a aquel silbido, que obviamente no era producido por un insecto, sino por un ave nocturna.  Era un tanto en estacato, como si fuera un insistente ladrido de un perro, pero con una especie de “juu” repetido varias veces.   Una cocoroca, pensé para mis adentros.  Ahí sí, como decía la canción que le gusta al prócer:  “Se me fueron los pulsosommm”.

Traté de calmarme respirando profundo y lo primero que pensé fue en la madre de Pedrito.  Pobrecita, cavilé para mis adentros, reflexionando luego que hacía mal poniendo más en la balanza a favor de la superstición que en la capacidad de mi padre.  Ya me estaba tranquilizando cuando de pronto, del camino por donde habíamos llegado hasta aquel punto, me pareció escuchar el ruido de una rama que se quebraba ante el peso de algo.    En ese momento pensé en la botella de aquel whisky: “Chivas brother”.

En aquellos días, mi vista era de águila.  Ahora de águila solo me queda la nariz.  A pesar de eso, del lado de donde provino el ruido no se miraba absolutamente nada.    Encendí la camioneta y la hice girar un tanto hacia la izquierda, de tal manera que la trompa apuntara hacia donde había escuchado el ruido.  Encendí las luces y me pareció ver detrás de un árbol a un individuo que parecía vestir camisa clara.  Así estuve un rato, hasta que la figura aquella no volvió a divisarse.  Entonces volví a apagar la camioneta y las luces.  Sentía entonces que el corazón latía a más de 180.

En aquel momento pensé que estaba en peligro inminente y saqué la pistola que había colocado debajo de mi asiento.  Con el arma en la mano sentí que los latidos del corazón bajaron un poco su ritmo.  Sentía un poco de seguridad, pero el miedo todavía seguía invadiéndome.

Para ser sincero, nunca había disparado aquella arma.  Tampoco creo que mi padre lo hubiese hecho, ni siquiera para practicar.  Mi única experiencia en ese sentido fue con rifles 22 y con una Colt 45 que brevemente mi tío Eduardo me prestó en un viaje que hicimos a Ometepe.

El asunto es que todavía estaba en mi mente lo fácil que parecía utilizarse un arma en contra de un cristiano, después de ver las películas de James Bond o de tantos westerns, en especial los de manufactura italiana.

El hecho es que yo estaba dispuesto a todo, al tener la S&W en la mano, cargada y que con solo oprimir en la empuñadura se quitaba el seguro.  En ese momento, el ruido se acercó más y me puse en alerta máxima.  Roja como dirían los (las) vulcanólogos (as).  Brevemente encendí solo las luces y me pareció ver ligeramente lo claro de la camisa del individuo detrás de otro árbol más cercano.  En ese momento pensé que tal vez sería prudente disparar al aire, para que el tipo pensara que no se la iba a comer sin bastimento, pero me contuvo pensar que se armaría tremendo escándalo en las casas del rumbo y mi padre se llevaría tremendo susto.  Así que decidí esperar.

En esas estaba cuando del sendero hacia la casa de Pedrito, escuché un ruido que salía de la oscuridad.   No era precisamente un rugido, sino que como el gruñido que antecede al ladrido de un perro, sin llegar a este último, sin embargo, era mucho más grave y sonoro que el que emite un perro común y corriente.  P´a acabarla de rematar, dije para mis adentros.  Puse la ignición del automóvil y subí las ventanas que permanecían siempre abiertas, pues no funcionaba el aire acondicionado y entonces el calor era insoportable.  Corrí el riesgo.

De pronto, frente a la camioneta pasó una silueta, oscura y que hacía adivinar un enorme perro y en cierto momento volvió la cabeza hacia la camioneta y observé unos ojos que brillaban con un tono rojizo.  Escuché otro rugido, pero resultaron ser mis tripas.   Apenas pasó por la camioneta, el animal aquel aceleró la marcha.  Encendí la camioneta y puse las luces altas.  El animal se dirigió al último lugar a donde había observado la silueta aquella con la camisa blanca y miré que corrió hacia adentro de un solar y ambos se perdieron en la oscuridad.   Bajé las ventanas para escuchar mejor, pero no logré captar nada.  Al rato volví a escuchar el canto de la cocoroca y esta vez, un poderoso ladrido, también en estacato, le contestó y se perdió en un largo aullido.

Me di cuenta que mis manos temblaban, así que puse de nuevo la pistola debajo del asiento y coloqué mis manos en el volante y noté que a pesar de agarrarlo con fuerza, mis manos seguían temblando.  Pasaron unos cinco o diez minutos, no lo pude precisar, pero en ese lapso pude volver a calmarme.  En el lugar de la casa de Pedrito volvió a notarse la luz de su linterna que poco a poco se fue acercando hasta que los dos llegaron a la camioneta y procedieron a subir.

Mi padre sacó el aire con un ligero resoplido que era clásico en él cuando terminaba una tarea difícil.  Nunca traté de ser infidente con su práctica profesional, así que no le pregunté nada y por la plática con Pedrito colegí que la señora estaba fuera de peligro.  Le había dado una receta para que fuera a alguna farmacia de turno a buscarla a la brevedad y le dio indicaciones sobre el seguimiento que le iba a dar.  En un momento en que la plática entre ellos cesó, sin dar antecedentes ni nada, le dije a Pedrito: -Bravo, tu perro.  Extrañado me dijo: -¿Cuál perro? Yo no tengo perro.  –Uno negro, grande, le aclaré. –No, en la casa no hay ningún perro y en el vecindario no he visto ninguno.  Ahí me quedé con la boca abierta y solo alcancé a exclamar: -Ahhh

Llegamos a nuestra casa y al bajar, antes de tomar su bicicleta, Pedrito le dio un gran abrazo a mi padre y a mí me extendió la mano. Guardé la camioneta, luego fui a descargar y guardar la pistola en su lugar y pasé por la refrigeradora apurando casi de un solo trago la mitad de mi Coca cola que había dejado y me fui a dormir.  Miré la hora y eran veinte para las dos. Caí como un tronco y no desperté sino hasta las seis de la mañana.  No comenté lo sucedido con nadie.

Meses más tarde, regresé a San Judas.  Esa vez fue con mi amigo Pancho “Maroma” Argüello quien me pidió lo llevara a traer unos cables de martillo que él confeccionaba.   Nos internamos en aquel barrio y esa vez pude apreciar los detalles de aquellos parajes que había adivinado en la oscuridad aquella noche.  No supe en realidad el lugar exacto donde había estado, pero me imagino que no estaba lejos de la casa de Pancho.  Cuando ya con los cables en nuestro poder regresamos hacia el Estadio, le dije como sin querer: -Mucho perro hay por estos lados.  –Es una plaga, agregó.  –Dicen que han visto un perro negro enorme, aparentemente sin dueño, le dije, tanteándolo. –Más bien, dicen algunos que han visto al Cadejo y que ha desgraciado a algunos cuantos.  –¿Serapio Silva?, le dije, parodiando a Tres Patines.  –Cereal, agregó Pancho, un vecino jura que lo vio una noche.  –Ahhh, exclamé mientras pasábamos a la par del ceibón rumbo a Altagracia.

 

 

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El demonio en tiempos del WhatsApp

 

El futuro no es nunca como uno se lo ha imaginado.  Cuando navegábamos en las plácidas aguas de la mitad del siglo XX, teníamos una idea un tanto distorsionada de lo que sería el siglo venidero.  Pensábamos en gentes usando trajes ajustados, con mallas y capas, cinturones y pulseras anchos y en automóviles que podían volar.  Algunos intelectuales predecían una sociedad tremendamente civilizada, sin violencia, tolerante, inclusiva y demás.  No obstante, como dicen los franceses: Plus ça change, plus c´est la même chose (Entre más se cambia, más se es la misma cosa).  Ya puestos en pleno siglo XXI, observamos que alguien vestido como Jor-El, a menos que estuviera avalado por algún fashionista, causaría una rechifla mayúscula; los vehículos no vuelan todavía, salvo los buses de las rutas o uno que otro borracho al volante y respecto a la civilización, a excepción de uno que otro postureo o figureo como dicen don León Núñez, que se adosa a lo políticamente correcto, no nos acercamos ni de broma, a lo soñado por aquellos intelectuales.

Por si fuera poco, de pronto nos llegan noticias que nos hacen pensar que hemos retrocedido a la edad de piedra.   Hace escasas tres semanas, una mujer de 25 años, de una comunidad de Rosita, en el Caribe Norte, fue lanzada a una improvisada hoguera por parte de un “pastor” evangélico, quien contó con el apoyo de miembros de su comunidad.  Lo peor del caso, es que el motivo de este acto, bochornoso de por sí, fue que, según el “pastor”, la mujer estaba poseída por el demonio y peor aún, el troglodita afirma que tuvo una revelación divina que le ordenó que le sacara el espíritu maligno con un “fueguito”.   Al final del caso, la mujer falleció debido a las considerables quemaduras y ahora el “pastor” y sus acólitos enfrentan la justicia y a treinta “añitos” en la loma, con el único argumento en su defensa, de que todo se deriva de una revelación del Altísimo.  Como dijo Alfonso VI: “Cosas tenedes Cid, que farán fablar las piedras” o como dice Polo Polo: ¡Ay, güey!

Debo de admitir que a mí me tocó crecer en una época en donde la figura del demonio estaba profundamente arraigada en el ambiente.  Además del clero, las viejas del pueblo se encargaban de llenar nuestras noches de terror, pues era inminente que en cualquier momento, con cualquier excusa, El Contrario se nos podía aparecer.  Nunca hubo claridad sobre el propósito que tendría el maligno al aparecerse a un indefenso chavalo y pensando con lógica, no era rentable el gasto en azufre tan solo para asustarle los frijoles a un sujeto.

Así pues, la figura de Satán era omnipresente en nuestras vidas.  Para la época de semana santa, el diablo andaba suelto, algo así como que le daban licencia, igual que a James Bond, para andar haciendo tropelías.  Cuando te amenazaban, te lanzaban: “Vas a ver al diablo por un hoyito”,  que realmente daba pavor.  Al referirse a la astucia de alguien entrado en años decían: “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

En aquellos tiempos, las noches, en lugar de traer tranquilidad con su quietud, era motivo de un enorme terror, pues la oscuridad era propicia para una aparición, especialmente si uno estaba solo, pues parece que en los términos de referencia del chamuco no podía aparecerse a grupos.

De esta manera transcurrió mi infancia, como la de todos los muchachos de mi edad, con el aniceto a dos manos, ante el temor de encontrarnos cara a cara con el Príncipe de las Tinieblas.  En nuestras mentes estaba vívida aquella imagen aterradora, que tal vez vimos en un libro de historia sagrada o en alguna pintura, cuya figura era en extremo racista, pues tenía una tez como de la NBA, una barba estilo French Fork, cuernos de chivo (no AK-47), cola prensil, alas de murciélago y un tridente en la mano.  De nada servía para nuestra tranquilidad, que nadie hubiese aportado evidencias irrefutables de haber visto al Maligno, salvo aquellos que en medio de sus borracheras lo habían visto de color azul.

Con la llegada de la adolescencia, ya el estudio de la lógica nos hacían darle vueltas al asunto de Luzbel.  En lo particular, me parecía inverosímil el cuento del ángel que se rebela al Todopoderoso.  Pensaba en lo que sucedía en las filas de la guardia nacional,  en donde cualquier intento de rebelión contra los Somoza, era castigado con la inmediata ejecución y era solo en aquellos casos de celos por el carisma o simpatía de algún oficial, que era merecedor del exilio.  Entonces pensaba que si esto sucedía con un simple y mortal dictador, en el caso del Creador, no acabaría de generarse la conexión entre las neuronas para generar el pensamiento de rebelión en algún miembro del ejército celestial, cuando automáticamente se convertiría en cenizas; por idiota, más que por otra cosa.

En mi época de universitario, tuve la oportunidad de incursionar fugazmente en el teatro.  Los detalles pueden verlos en mi post: “¿Y qué motivo tuvo?”  El caso es que el teacher Hidvegi, me ofreció un papel en la obra “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre, que montó allá por 1972.  Mi papel era el de camarero, que acomoda a los tres personajes principales de la obra en una habitación, que representa al infierno.  Mi personaje, aparte de lo recio y apuesto del actor, no contaba más que con un traje oscuro y corbata negra.  Mi expresión era grave pero llena de un enorme sarcasmo.  Aquel camarero podría considerarse como Satanás, pero en un diálogo con Garcín, uno de los personajes, éste me pregunta al estilo de José Luis Perales, a qué dedicaba mi tiempo libre y yo le contesto que a visitar a un tío que era jefe de camareros en uno de los pisos superiores. Así pues mi personaje del camarero era un demonio de tercera.  Al final de la obra, una vez que los personajes caen un una dramática exposición de sus miserables existencias, misma que llega a torturarlos, sin necesidad de fuego o parrrillas, Garcín llega a exclamar:  “El infierno son los demás” (L´enfer c´est les autres) dándose cuenta que la puerta está realmente abierta, pero ninguno se decide a salir pues saben que deben seguir aguantándose per secula.

Esta concepción de Sartre, vino a disipar en mí, aquel perenne temor de la niñez a la aparición del Contrario y a entender que es en los otros que podemos encontrar nuestro propio infierno. Como decía Juan de Dios Peza: “Yo les llamo a los muertos mis amigos y les llamo a los vivos mis verdugos”.  De esta forma, poco a poco se fue desvaneciendo de mi interior, aquel terror de una aparición de Luzbel.

No puedo hablar por los demás, pero quisiera creer que ya no son tantos los que temen a la terrible figura de Belial emergiendo de la oscuridad.  Tal vez, algunos lo tienen como un elemento semi mitológico, pero muy útil a la hora de echarle la culpa por los errores cometidos. Por eso, no deja de cimbrar a la sociedad entera cuando un oligofrénico pone en una situación embarazosa al Todopoderoso, cuando afirma que el sumun de la sabiduría desciende hasta la quintaescencia de la estupidez humana para convertirlo en portavoz y peor aún, cuando le solicita cometer un crimen a fin de expulsar del interior de una mujer, a un soldado rebelde.  Tal acción, merece que la justicie le aplique la pena máxima, y es más, si se pudiera lograr un excepción y condenarlo al garrote vil, muchos aplaudirían.

Estoy consciente que puede considerarse un atrevimiento de mi parte, pero creo que las máximas autoridades religiosas de todas las denominaciones deberían convocar a un cónclave y emitir un comunicado conjunto, mediante la bula correspondiente, descontinuando los conceptos del demonio y del infierno, lo cual traería mucha paz y tranquilidad a la comunidad mundial.  Ya en el pasado, el ahora San Juan Pablo II, expresó que el infierno no era un lugar, sino un estado del alma y de la misma forma sucedía con el cielo.  Luego de largos encontronazos en lo oscuro, su sucesor dijo que era una mala interpretación de alguien y que habían sacado fuera de contexto la declaración y que para acabar pronto sí había infierno, con diablo, fuego, azufre y todo lo demás.   En cuanto al cielo, parece que el prelado estaba cantando el éxito de Franco de Vita: “No hay cielo” en sus abluciones matinales, de tal manera que alguien lo escuchó y tergiversó los hechos.

Así pues, estimado lector, cuando camine por un paraje muy oscuro, no le tenga miedo a Lucifer, sino a un malviviente que por querer asaltarlo le dé un cascarazo que lo mande al Lenín Fonseca y si desea asomarse al infierno, váyase un viernes, si es día de pago mejor, a querer transitar por la carretera hacia Masaya a eso de las seis de la tarde.

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Fuenteovejuna, Señor

 

La sociedad nicaragüense se encuentra consternada.  La tasa de muertes en accidentes de tránsito se está elevando a un ritmo vertiginoso.  A pesar de que, considerando los últimos acontecimientos en la vida nacional, nada tendría que sorprendernos, ni quitarnos el sueño.  Sin embargo, lo aparatoso de los últimos accidentes y el número de víctimas involucradas, tiene a todo el mundo con el fondillo a dos manos.

La ciudad capital se despereza temprano en la mañana, ante un calor que amenaza con llevar a los termómetros a niveles arriba de los 36 grados. Una joven que luce un elegante uniforme corporativo, se muestra sumamente impactada al escuchar en el radio de su automóvil el último recuento de víctimas, sin embargo, suena su teléfono celular y ella suelta una mano del volante para tomarlo y revisar su whatsapp, haciendo peripecias en el auto, con un ojo al gato y el otro al garabato, para ver los últimos chismes de su grupo de amigas, se ríe sola y con una pericia escandalosa logra introducir un emoticón, que aunque no viene al caso, es lo más fácil, antes de poner el aparato en su lugar, pues de pronto su automóvil pierde un poco la dirección.

En una casa de un reparto con nombre italianado, un joven ejecutivo lee el periódico en el desayunador, mientras una asistente del hogar, debidamente uniformada, le sirve café caliente y le escucha exclamar: ¡Qué barbaridad! al ver la nota que señala la alarma por la desmedida tasa de accidentes.  Luego, hace a un lado el diario y toma un reporte que le prepararon en su oficina con las estadísticas de los últimos dos años de las ventas de vehículos nuevos del distribuiror, del cual es gerente y observa con embeleso la tendencia alcista que haría palidecer de envidia al propio Og Mandino y lo harían enloquecer con las proyecciones estimadas para el presente año.

Muy cerca de ahí, en una mansión ubicada en un reparto exclusivo, una señora ya entrada en años, todavía en bata, pero manteniendo su refinada elegancia, mira en la televisión de su cuarto un noticiero local, en donde un locutor con una voz engolada y con un dejecito un tanto fingido, pone el grito al cielo por la cantidad de personas que han perdido la vida en accidentes.  La señora arruga un poco la cara en señal de desagrado.  No obstante, sin ella saberlo, es cómplice del éxito del ejecutivo anterior, pues ella es gerente de crédito de un importante banco comercial del país, que haciendo a un lado los requerimientos de crédito del agro nacional y de las pequeñas y medianas empresas, ha canalizado una extraordinaria cantidad de recursos hacia el crédito de consumo, lo cual ha hecho posible la explosión en las ventas de vehículos.

Al otro extremo de la ciudad, un joven se despierta con el ruido de un radio a todo volumen, en donde con música alusiva a las noticias de última hora, un locutor con un tono grave, tirándole a enojado, ofrece la noticia de una colisión que dejó tres muertos.  El joven, que acusa una goma de coger raza, apenas reacciona y en medio de su malestar logra exclamar: -Virgen santa. No se sabe si por la resaca que carga, o por la noticia que acaba de escuchar.  De pronto viene a su memoria, escasa por cierto, imágenes de la borrachera de la noche anterior y cómo todavía no tiene ni la menor idea de cómo logro llegar en su automóvil a su casa.  Gracias al cielo, su madre santa lo encomienda siempre a San Judas Tadeo.

En un bulevar de la ciudad descienden de una motocicletas dos oficiales de la policía de tránsito, sin casco, por cierto y mientras se apostan detrás de unos arbustos, comentan entre ellos los detalles de un accidente provocado por un autobús de cierta ruta, en donde un colega fue a cubrir el reporte correspondiente, debiendo trabajar hasta media noche y a manera de conclusión exclaman casi al unísono: ¡Qué cagada! mientras esperan a que un descuidado automovilista al dar la vuelta en la esquina, incursione, aunque tímidamente, en el segundo carril y sea sujeto de una multa dizque por invasión de carril y si se descuida se la dejan ir por el caso agravado de zigzag o vuelta en “U” que son 1,000 bolas de multa.

Una mujer que barre la acera de su casa, se encuentra con su vecina quien le comenta que una conocida de ella iba en el bus que se accidentó en El Dorado y que no paraba de exclamar: ¡Fue horrible, fue horrible!  La primera traga gordo y le comenta que la ola de accidentes es imparable.  Luego alguien le llama de la venta de enfrente y la mujer cruza la calle como los caminantes de The walking dead, sin volver a los dos lados y esa es su costumbre, sin importar el flujo vehicular, pues en su mente cualquiera que transite debe detenerse antes de impactarla, pues en caso contrario, enfrentaría la cárcel y un buen dinero en indemnizaciones.

En un barrio del rumbo de abajo, un funcionario de educación se prepara para salir a su oficina cuando observa en el televisor una noticia con el estilo de la nota roja, en donde se ve a los bomberos sacar los cadáveres de restos de un vehículo retorcido por el impacto, sin escatimar en tomas sangrientas.  El funcionario se compadece de las víctimas del accidente y luego se dispone a ir al baño, pero antes saca de un escondite al fondo del ropero, un libro y se sienta en su trono.  Es un libro de Sergio Ramírez que está leyendo con sumo interés, pero como quien dice, de manera clandestina, pues está consciente de que si la dirección superior se da cuenta de su afición por esa lectura, lo pondrán de patitas en la calle.  No puede concentrarse en la lectura pues le atormenta la idea de que al momento de planificar el año escolar, había insistido en incluir la educación vial como eje transversal, sin embargo, por órdenes de la superioridad, tuvo que incluir el aprendizaje del ajedrez.

En un populoso barrio, un joven de oficio conductor de autobús, desayuna con fruición, un generoso plato criollo, cuando se aparece su hermana con un celular y le muestra un video que colgaron en las redes sociales en donde un autobús aventaja a una enorme fila que transita en una vía, utilizando un carril improvisado a la izquierda del carril contrario, en lo que se supone es una vía peatonal.  El conductor siente un torozón en la garganta y no sabe si son los huevos o es el gallopinto que se le ha atragantado, al reconocer a su unidad en primer plano en el video.  Cuando recobra el resuello le exclama a su hermana:  Gente hijueputa, que se mete en lo que no le importa y solo cuelga pendejada y media.

En la periferia de la ciudad, un ciudadano urgido por llegar a su destino, para una caponera y comienza para él un viaje que solamente se mira en las persecuciones de las películas de James Bond.  El conductor del frágil vehículo, desafiando no solo las leyes de tránsito, sino las leyes que se miran en la Ciencia de lo Absurdo y haciendo caso omiso de las mentadas de madre que le profieren por doquier, se desplaza entre el denso tránsito, provocando en el pasajero una descarga tal de adrenalina que al final le pide al conductor que lo baje en el centro de salud.

Un alto funcionario de la comuna se dirige a su oficina y de pronto el tráfico es tal que se queda atrapado en una importante arteria de la capital, de tal forma que parece que está en un enorme estacionamiento.  Reflexiona al respecto y llega a la conciencia de que el gobierno municipal no tiene fondos para ampliar la infraestructura vial de la ciudad y que con tres megaproyectos han quedado con una deuda caribe.  Está consciente de que ante la hipertrofia del parque vehicular, la red vial actual no es suficiente y que en vez de instalar tantas arbolatas y construir tantos parques, que son necesarios, pero no vitales, deberían realizarse más obras de este tipo de infraestructura.  Pero se guarda sus reflexiones en el fondo de su ser, por aquello de las cochinas dudas.

Al salir de su casa, el muchacho antes de ponerse el casco, se despide de su madre, quien con el rostro compungido le ruega que tenga mucho cuidado en la calle, pues está llena de cafres y los accidentes están a la orden del día y hay muertos que no es jugando.  El muchacho le contesta con movimientos afirmativos de su cabeza mientras se calza el casco y sube a su motocicleta que de pronto se pierde rápidamente entre el tráfico, en donde presume de su pericia en zigzaguear por las filas de tal manera que alcanza a situarse en los semáforos de primero.  Cuando puede se salta el semáforo en rojo, pues este es más que nada para vehículos grandes.

En la oficina de una escuela de manejo, uno de los instructores, mientras espera su próxima lección, mira un noticiero en la televisión de la oficina, cuando aparece en la pantalla la fotografía de un conductor fallecido después de hacer una mala maniobra e impactar contra un furgón.  Se queda de una sola pieza cuando se da cuenta de que se trata de uno de sus alumnos, a quien tuvo que darle su ayudadita para que pudiera aprobar el curso de manejo y pudiera optar a la licencia de conducir.

En una mesa redonda trasmitida por una emisora de radio, varios periodistas debaten sobre el candente tema y mientras un reportero de un diario local le propone a un representante de la iniciativa privada que este sector destine recursos para fomentar la educación vial, como parte de la responsabilidad social, o que vía impuestos al consumo de licores y tabaco se financie la misma, el empresario se la devuelve reclamándole el por qué aquel diario, en lugar de ofrecer a sus lectores un curso de oratoria, mejor le ofrece un programa amplio de educación vial, entonces se arma la de Muchilanga y la discusión se convierte luego en una plática de presos.

Y así, miles de historias se entretejen en torno a esta crisis, como le han llamado algunos, para ilustrarnos acerca de la complejidad de este problema.  No es algo fácil de solucionar, pues en la misma están involucrados grandes sectores de la población.  De tal forma que cada vez que desafortunadamente ocurra un accidente y alguien pierda la vida, al momento de señalar culpables debemos recordar Fuenteovejuna, aquella obra de Lope de Vega, en donde al preguntar el juez: -¿Quién mató al comendador? –Fuenteovejuna, Señor -¿Quién es Fuenteovejuna? –Todo el pueblo, a una.

 

 

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