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El demonio en tiempos del WhatsApp

 

El futuro no es nunca como uno se lo ha imaginado.  Cuando navegábamos en las plácidas aguas de la mitad del siglo XX, teníamos una idea un tanto distorsionada de lo que sería el siglo venidero.  Pensábamos en gentes usando trajes ajustados, con mallas y capas, cinturones y pulseras anchos y en automóviles que podían volar.  Algunos intelectuales predecían una sociedad tremendamente civilizada, sin violencia, tolerante, inclusiva y demás.  No obstante, como dicen los franceses: Plus ça change, plus c´est la même chose (Entre más se cambia, más se es la misma cosa).  Ya puestos en pleno siglo XXI, observamos que alguien vestido como Jor-El, a menos que estuviera avalado por algún fashionista, causaría una rechifla mayúscula; los vehículos no vuelan todavía, salvo los buses de las rutas o uno que otro borracho al volante y respecto a la civilización, a excepción de uno que otro postureo o figureo como dicen don León Núñez, que se adosa a lo políticamente correcto, no nos acercamos ni de broma, a lo soñado por aquellos intelectuales.

Por si fuera poco, de pronto nos llegan noticias que nos hacen pensar que hemos retrocedido a la edad de piedra.   Hace escasas tres semanas, una mujer de 25 años, de una comunidad de Rosita, en el Caribe Norte, fue lanzada a una improvisada hoguera por parte de un “pastor” evangélico, quien contó con el apoyo de miembros de su comunidad.  Lo peor del caso, es que el motivo de este acto, bochornoso de por sí, fue que, según el “pastor”, la mujer estaba poseída por el demonio y peor aún, el troglodita afirma que tuvo una revelación divina que le ordenó que le sacara el espíritu maligno con un “fueguito”.   Al final del caso, la mujer falleció debido a las considerables quemaduras y ahora el “pastor” y sus acólitos enfrentan la justicia y a treinta “añitos” en la loma, con el único argumento en su defensa, de que todo se deriva de una revelación del Altísimo.  Como dijo Alfonso VI: “Cosas tenedes Cid, que farán fablar las piedras” o como dice Polo Polo: ¡Ay, güey!

Debo de admitir que a mí me tocó crecer en una época en donde la figura del demonio estaba profundamente arraigada en el ambiente.  Además del clero, las viejas del pueblo se encargaban de llenar nuestras noches de terror, pues era inminente que en cualquier momento, con cualquier excusa, El Contrario se nos podía aparecer.  Nunca hubo claridad sobre el propósito que tendría el maligno al aparecerse a un indefenso chavalo y pensando con lógica, no era rentable el gasto en azufre tan solo para asustarle los frijoles a un sujeto.

Así pues, la figura de Satán era omnipresente en nuestras vidas.  Para la época de semana santa, el diablo andaba suelto, algo así como que le daban licencia, igual que a James Bond, para andar haciendo tropelías.  Cuando te amenazaban, te lanzaban: “Vas a ver al diablo por un hoyito”,  que realmente daba pavor.  Al referirse a la astucia de alguien entrado en años decían: “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

En aquellos tiempos, las noches, en lugar de traer tranquilidad con su quietud, era motivo de un enorme terror, pues la oscuridad era propicia para una aparición, especialmente si uno estaba solo, pues parece que en los términos de referencia del chamuco no podía aparecerse a grupos.

De esta manera transcurrió mi infancia, como la de todos los muchachos de mi edad, con el aniceto a dos manos, ante el temor de encontrarnos cara a cara con el Príncipe de las Tinieblas.  En nuestras mentes estaba vívida aquella imagen aterradora, que tal vez vimos en un libro de historia sagrada o en alguna pintura, cuya figura era en extremo racista, pues tenía una tez como de la NBA, una barba estilo French Fork, cuernos de chivo (no AK-47), cola prensil, alas de murciélago y un tridente en la mano.  De nada servía para nuestra tranquilidad, que nadie hubiese aportado evidencias irrefutables de haber visto al Maligno, salvo aquellos que en medio de sus borracheras lo habían visto de color azul.

Con la llegada de la adolescencia, ya el estudio de la lógica nos hacían darle vueltas al asunto de Luzbel.  En lo particular, me parecía inverosímil el cuento del ángel que se rebela al Todopoderoso.  Pensaba en lo que sucedía en las filas de la guardia nacional,  en donde cualquier intento de rebelión contra los Somoza, era castigado con la inmediata ejecución y era solo en aquellos casos de celos por el carisma o simpatía de algún oficial, que era merecedor del exilio.  Entonces pensaba que si esto sucedía con un simple y mortal dictador, en el caso del Creador, no acabaría de generarse la conexión entre las neuronas para generar el pensamiento de rebelión en algún miembro del ejército celestial, cuando automáticamente se convertiría en cenizas; por idiota, más que por otra cosa.

En mi época de universitario, tuve la oportunidad de incursionar fugazmente en el teatro.  Los detalles pueden verlos en mi post: “¿Y qué motivo tuvo?”  El caso es que el teacher Hidvegi, me ofreció un papel en la obra “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre, que montó allá por 1972.  Mi papel era el de camarero, que acomoda a los tres personajes principales de la obra en una habitación, que representa al infierno.  Mi personaje, aparte de lo recio y apuesto del actor, no contaba más que con un traje oscuro y corbata negra.  Mi expresión era grave pero llena de un enorme sarcasmo.  Aquel camarero podría considerarse como Satanás, pero en un diálogo con Garcín, uno de los personajes, éste me pregunta al estilo de José Luis Perales, a qué dedicaba mi tiempo libre y yo le contesto que a visitar a un tío que era jefe de camareros en uno de los pisos superiores. Así pues mi personaje del camarero era un demonio de tercera.  Al final de la obra, una vez que los personajes caen un una dramática exposición de sus miserables existencias, misma que llega a torturarlos, sin necesidad de fuego o parrrillas, Garcín llega a exclamar:  “El infierno son los demás” (L´enfer c´est les autres) dándose cuenta que la puerta está realmente abierta, pero ninguno se decide a salir pues saben que deben seguir aguantándose per secula.

Esta concepción de Sartre, vino a disipar en mí, aquel perenne temor de la niñez a la aparición del Contrario y a entender que es en los otros que podemos encontrar nuestro propio infierno. Como decía Juan de Dios Peza: “Yo les llamo a los muertos mis amigos y les llamo a los vivos mis verdugos”.  De esta forma, poco a poco se fue desvaneciendo de mi interior, aquel terror de una aparición de Luzbel.

No puedo hablar por los demás, pero quisiera creer que ya no son tantos los que temen a la terrible figura de Belial emergiendo de la oscuridad.  Tal vez, algunos lo tienen como un elemento semi mitológico, pero muy útil a la hora de echarle la culpa por los errores cometidos. Por eso, no deja de cimbrar a la sociedad entera cuando un oligofrénico pone en una situación embarazosa al Todopoderoso, cuando afirma que el sumun de la sabiduría desciende hasta la quintaescencia de la estupidez humana para convertirlo en portavoz y peor aún, cuando le solicita cometer un crimen a fin de expulsar del interior de una mujer, a un soldado rebelde.  Tal acción, merece que la justicie le aplique la pena máxima, y es más, si se pudiera lograr un excepción y condenarlo al garrote vil, muchos aplaudirían.

Estoy consciente que puede considerarse un atrevimiento de mi parte, pero creo que las máximas autoridades religiosas de todas las denominaciones deberían convocar a un cónclave y emitir un comunicado conjunto, mediante la bula correspondiente, descontinuando los conceptos del demonio y del infierno, lo cual traería mucha paz y tranquilidad a la comunidad mundial.  Ya en el pasado, el ahora San Juan Pablo II, expresó que el infierno no era un lugar, sino un estado del alma y de la misma forma sucedía con el cielo.  Luego de largos encontronazos en lo oscuro, su sucesor dijo que era una mala interpretación de alguien y que habían sacado fuera de contexto la declaración y que para acabar pronto sí había infierno, con diablo, fuego, azufre y todo lo demás.   En cuanto al cielo, parece que el prelado estaba cantando el éxito de Franco de Vita: “No hay cielo” en sus abluciones matinales, de tal manera que alguien lo escuchó y tergiversó los hechos.

Así pues, estimado lector, cuando camine por un paraje muy oscuro, no le tenga miedo a Lucifer, sino a un malviviente que por querer asaltarlo le dé un cascarazo que lo mande al Lenín Fonseca y si desea asomarse al infierno, váyase un viernes, si es día de pago mejor, a querer transitar por la carretera hacia Masaya a eso de las seis de la tarde.

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Fuenteovejuna, Señor

 

La sociedad nicaragüense se encuentra consternada.  La tasa de muertes en accidentes de tránsito se está elevando a un ritmo vertiginoso.  A pesar de que, considerando los últimos acontecimientos en la vida nacional, nada tendría que sorprendernos, ni quitarnos el sueño.  Sin embargo, lo aparatoso de los últimos accidentes y el número de víctimas involucradas, tiene a todo el mundo con el fondillo a dos manos.

La ciudad capital se despereza temprano en la mañana, ante un calor que amenaza con llevar a los termómetros a niveles arriba de los 36 grados. Una joven que luce un elegante uniforme corporativo, se muestra sumamente impactada al escuchar en el radio de su automóvil el último recuento de víctimas, sin embargo, suena su teléfono celular y ella suelta una mano del volante para tomarlo y revisar su whatsapp, haciendo peripecias en el auto, con un ojo al gato y el otro al garabato, para ver los últimos chismes de su grupo de amigas, se ríe sola y con una pericia escandalosa logra introducir un emoticón, que aunque no viene al caso, es lo más fácil, antes de poner el aparato en su lugar, pues de pronto su automóvil pierde un poco la dirección.

En una casa de un reparto con nombre italianado, un joven ejecutivo lee el periódico en el desayunador, mientras una asistente del hogar, debidamente uniformada, le sirve café caliente y le escucha exclamar: ¡Qué barbaridad! al ver la nota que señala la alarma por la desmedida tasa de accidentes.  Luego, hace a un lado el diario y toma un reporte que le prepararon en su oficina con las estadísticas de los últimos dos años de las ventas de vehículos nuevos del distribuiror, del cual es gerente y observa con embeleso la tendencia alcista que haría palidecer de envidia al propio Og Mandino y lo harían enloquecer con las proyecciones estimadas para el presente año.

Muy cerca de ahí, en una mansión ubicada en un reparto exclusivo, una señora ya entrada en años, todavía en bata, pero manteniendo su refinada elegancia, mira en la televisión de su cuarto un noticiero local, en donde un locutor con una voz engolada y con un dejecito un tanto fingido, pone el grito al cielo por la cantidad de personas que han perdido la vida en accidentes.  La señora arruga un poco la cara en señal de desagrado.  No obstante, sin ella saberlo, es cómplice del éxito del ejecutivo anterior, pues ella es gerente de crédito de un importante banco comercial del país, que haciendo a un lado los requerimientos de crédito del agro nacional y de las pequeñas y medianas empresas, ha canalizado una extraordinaria cantidad de recursos hacia el crédito de consumo, lo cual ha hecho posible la explosión en las ventas de vehículos.

Al otro extremo de la ciudad, un joven se despierta con el ruido de un radio a todo volumen, en donde con música alusiva a las noticias de última hora, un locutor con un tono grave, tirándole a enojado, ofrece la noticia de una colisión que dejó tres muertos.  El joven, que acusa una goma de coger raza, apenas reacciona y en medio de su malestar logra exclamar: -Virgen santa. No se sabe si por la resaca que carga, o por la noticia que acaba de escuchar.  De pronto viene a su memoria, escasa por cierto, imágenes de la borrachera de la noche anterior y cómo todavía no tiene ni la menor idea de cómo logro llegar en su automóvil a su casa.  Gracias al cielo, su madre santa lo encomienda siempre a San Judas Tadeo.

En un bulevar de la ciudad descienden de una motocicletas dos oficiales de la policía de tránsito, sin casco, por cierto y mientras se apostan detrás de unos arbustos, comentan entre ellos los detalles de un accidente provocado por un autobús de cierta ruta, en donde un colega fue a cubrir el reporte correspondiente, debiendo trabajar hasta media noche y a manera de conclusión exclaman casi al unísono: ¡Qué cagada! mientras esperan a que un descuidado automovilista al dar la vuelta en la esquina, incursione, aunque tímidamente, en el segundo carril y sea sujeto de una multa dizque por invasión de carril y si se descuida se la dejan ir por el caso agravado de zigzag o vuelta en “U” que son 1,000 bolas de multa.

Una mujer que barre la acera de su casa, se encuentra con su vecina quien le comenta que una conocida de ella iba en el bus que se accidentó en El Dorado y que no paraba de exclamar: ¡Fue horrible, fue horrible!  La primera traga gordo y le comenta que la ola de accidentes es imparable.  Luego alguien le llama de la venta de enfrente y la mujer cruza la calle como los caminantes de The walking dead, sin volver a los dos lados y esa es su costumbre, sin importar el flujo vehicular, pues en su mente cualquiera que transite debe detenerse antes de impactarla, pues en caso contrario, enfrentaría la cárcel y un buen dinero en indemnizaciones.

En un barrio del rumbo de abajo, un funcionario de educación se prepara para salir a su oficina cuando observa en el televisor una noticia con el estilo de la nota roja, en donde se ve a los bomberos sacar los cadáveres de restos de un vehículo retorcido por el impacto, sin escatimar en tomas sangrientas.  El funcionario se compadece de las víctimas del accidente y luego se dispone a ir al baño, pero antes saca de un escondite al fondo del ropero, un libro y se sienta en su trono.  Es un libro de Sergio Ramírez que está leyendo con sumo interés, pero como quien dice, de manera clandestina, pues está consciente de que si la dirección superior se da cuenta de su afición por esa lectura, lo pondrán de patitas en la calle.  No puede concentrarse en la lectura pues le atormenta la idea de que al momento de planificar el año escolar, había insistido en incluir la educación vial como eje transversal, sin embargo, por órdenes de la superioridad, tuvo que incluir el aprendizaje del ajedrez.

En un populoso barrio, un joven de oficio conductor de autobús, desayuna con fruición, un generoso plato criollo, cuando se aparece su hermana con un celular y le muestra un video que colgaron en las redes sociales en donde un autobús aventaja a una enorme fila que transita en una vía, utilizando un carril improvisado a la izquierda del carril contrario, en lo que se supone es una vía peatonal.  El conductor siente un torozón en la garganta y no sabe si son los huevos o es el gallopinto que se le ha atragantado, al reconocer a su unidad en primer plano en el video.  Cuando recobra el resuello le exclama a su hermana:  Gente hijueputa, que se mete en lo que no le importa y solo cuelga pendejada y media.

En la periferia de la ciudad, un ciudadano urgido por llegar a su destino, para una caponera y comienza para él un viaje que solamente se mira en las persecuciones de las películas de James Bond.  El conductor del frágil vehículo, desafiando no solo las leyes de tránsito, sino las leyes que se miran en la Ciencia de lo Absurdo y haciendo caso omiso de las mentadas de madre que le profieren por doquier, se desplaza entre el denso tránsito, provocando en el pasajero una descarga tal de adrenalina que al final le pide al conductor que lo baje en el centro de salud.

Un alto funcionario de la comuna se dirige a su oficina y de pronto el tráfico es tal que se queda atrapado en una importante arteria de la capital, de tal forma que parece que está en un enorme estacionamiento.  Reflexiona al respecto y llega a la conciencia de que el gobierno municipal no tiene fondos para ampliar la infraestructura vial de la ciudad y que con tres megaproyectos han quedado con una deuda caribe.  Está consciente de que ante la hipertrofia del parque vehicular, la red vial actual no es suficiente y que en vez de instalar tantas arbolatas y construir tantos parques, que son necesarios, pero no vitales, deberían realizarse más obras de este tipo de infraestructura.  Pero se guarda sus reflexiones en el fondo de su ser, por aquello de las cochinas dudas.

Al salir de su casa, el muchacho antes de ponerse el casco, se despide de su madre, quien con el rostro compungido le ruega que tenga mucho cuidado en la calle, pues está llena de cafres y los accidentes están a la orden del día y hay muertos que no es jugando.  El muchacho le contesta con movimientos afirmativos de su cabeza mientras se calza el casco y sube a su motocicleta que de pronto se pierde rápidamente entre el tráfico, en donde presume de su pericia en zigzaguear por las filas de tal manera que alcanza a situarse en los semáforos de primero.  Cuando puede se salta el semáforo en rojo, pues este es más que nada para vehículos grandes.

En la oficina de una escuela de manejo, uno de los instructores, mientras espera su próxima lección, mira un noticiero en la televisión de la oficina, cuando aparece en la pantalla la fotografía de un conductor fallecido después de hacer una mala maniobra e impactar contra un furgón.  Se queda de una sola pieza cuando se da cuenta de que se trata de uno de sus alumnos, a quien tuvo que darle su ayudadita para que pudiera aprobar el curso de manejo y pudiera optar a la licencia de conducir.

En una mesa redonda trasmitida por una emisora de radio, varios periodistas debaten sobre el candente tema y mientras un reportero de un diario local le propone a un representante de la iniciativa privada que este sector destine recursos para fomentar la educación vial, como parte de la responsabilidad social, o que vía impuestos al consumo de licores y tabaco se financie la misma, el empresario se la devuelve reclamándole el por qué aquel diario, en lugar de ofrecer a sus lectores un curso de oratoria, mejor le ofrece un programa amplio de educación vial, entonces se arma la de Muchilanga y la discusión se convierte luego en una plática de presos.

Y así, miles de historias se entretejen en torno a esta crisis, como le han llamado algunos, para ilustrarnos acerca de la complejidad de este problema.  No es algo fácil de solucionar, pues en la misma están involucrados grandes sectores de la población.  De tal forma que cada vez que desafortunadamente ocurra un accidente y alguien pierda la vida, al momento de señalar culpables debemos recordar Fuenteovejuna, aquella obra de Lope de Vega, en donde al preguntar el juez: -¿Quién mató al comendador? –Fuenteovejuna, Señor -¿Quién es Fuenteovejuna? –Todo el pueblo, a una.

 

 

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Cincuenta años no es nada

Orlando Ortega Reyes

 

En este mes de febrero cumplo 50 años de haberme bachillerado. Como reza la manida frase: “se dice fácil”, sin embargo, poniéndolo en perspectiva, se trata de medio siglo.  Nuestra promoción fue dedicada a Rubén Darío en ocasión del centenario de su nacimiento, que se nos hacía tan lejano, incluso su muerte, que había ocurrido tan solo cincuenta y un años antes.

Cinco décadas han transcurrido desde aquella fría noche de febrero en Diriamba, cuando cincuenta adolescentes, vestidos de riguroso esmoquin, acompañados por sus madres, subieron al escenario del teatro que había sido improvisado por los Fratres Scholarum Christianarum  en el patio del colegio, para recibir el preciado diploma que tanto anhelaban y que les daba el título de Bachiller en Ciencias y Letras.  Cuando este título era avión y valía mucho más que los 500 córdobas del bono solidario de ahora.

Meses más tarde, todavía con el corazón henchido de emoción y un enorme bagaje de sueños e ilusiones, la universidad se encargó de bajarnos los humos y con la clásica “peloneada” nos señaló, como en la antigua Roma, el memento mori. Recuerda que eres mortal.  Ahí aprendimos a lidiar con la soledad de no tener a alguien que nos recordara nuestras responsabilidades.  Cuando al final, obtuvimos un nuevo diploma que nos acreditaba como profesionales, entonces fue la propia vida, la que se encargó de ponernos los pies en el suelo.

Luego, una serie de desastres, algunos provocados por la naturaleza y otros por el propio ser humano, se encargaron sacudir nuestras vidas.  Ahí, aquellas estructuras que habíamos cimentado con las enseñanzas y valores inculcados en el colegio, tuvieron que ser revisadas, remendadas, reforzadas o simplemente redefinidas, a fin de enfrentar los retos reales que nos imponía nuestro propio camino.

Después de cincuenta años, nos encontramos en un punto del camino en donde aquellos sueños e ilusiones caben ahora en el bolsillo y el considerable bagaje que llevamos es la experiencia acumulada en nuestro cotidiano bregar.  El Colegio de La Salle tan querido, nos hace recordar aquel poema de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ay dolor que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…” pues primero un sismo y luego las bárbaras hordas, se encargaron de no dejar piedra sobre piedra.   Nuestros queridos maestros, en su gran mayoría ya descansan el sueño de los Justos, al igual que nueve de nuestros compañeros, que se nos adelantaron en esta jornada.

Es inevitable pues, en esta íntima efeméride, reflexionar sobre el camino andado, sobre aquella frase de Gardel: Sentir, que es un soplo la vida… En aquella ocasión, teníamos diecisiete años y ese período es ahora, viéndolo con soberano optimismo, el resto de nuestra expectativa de vida.  Fue aquella etapa, el primer borrador de nosotros, sobre el cual, hemos ido afinando a golpe y porrazo, para llegar a ser lo que actualmente somos.

La templanza, tolerancia y solidaridad que ahora pueden distinguirnos, nos recuerdan las piedras fundamentales que nuestras familias cimentaron y que el colegio se encargó de fortalecer.  Sin embargo, de pronto la pereza nos fue inculcada como un vicio, ahora parece haber dado un vuelco y es la virtud que nos aleja de los otros pecados capitales.

Así pues, ahora que evitamos a toda costa el esmoquin, sin que esto le reste solemnidad al asunto, brindamos por aquellos días, celebrando más que nada, la vida y haciendo propia aquella frase de Massimo Ranieri: “La calle del recuerdo es siempre la más larga”.

Es ahora cuando al fin logramos comprender en toda su dimensión mucho de lo aprendido en el colegio, muchas veces solo por la insistencia de algún profesor, como aquella vez cuando el Hermano Pedro, un hijo de La Salle importado de los andes peruanos, que insistía que aprendiéramos las sextillas con doble pie quebrado en las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique y que ahora medio siglo después, haciendo a un lado la métrica, se nos viene a la mente, de manera tan clara, aquel primer verso: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando, cuan presto se va el placer, como, después de acordado, da dolor, como, a nuestro parecer, todo tiempo pasado fue mejor…”

 

 

 

 

 

 

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La marca del zorro

zorro-cola-pelada

 

Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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La del vestido rojo

La del vestido rojo.  Imagen tomada de internet

CUENTO.  BASADO EN HECHOS REALES.

Faltan diez minutos para las cuatro de la tarde y en aquel recóndito pueblo, las nubes se confabulan para esconder por un rato al timorato sol de diciembre y una ráfaga de viento levanta una nube de polvo en la rústica calle que de pronto pareciera haber adquirido cierta solemnidad ante el cortejo fúnebre que la recorre en su marcha hacia la parroquia, misma que no necesita ser nombrada pues es la única que existe.  Un fino ataúd de madera preciosa es llevado a la usanza de aquel pueblo, en hombros de familiares y amigos, con un marcado balanceo, “chiqueado” como dirían ahí.   Le siguen, una mujer que no llega a sus cincuenta años, acompañada de cuatro mujeres jóvenes, todas ellas de riguroso negro, cubierta sus cabezas con finas mantillas de ese mismo color.    Luego, una nutrida concurrencia de personas esforzadas por lucir de manera circunspecta para la ocasión.  Algunos en la parte posterior del cortejo, se atreven a conversar en muy baja voz.

La viuda, lleva una expresión un tanto indescriptible.  No parece haber compunción. No llora y en su rostro no hay asomo de alguna pasada lágrima.  Sus hijas, más bien reflejan cierto asomo de temor.  Como si para todas ellas, aquel sepelio fuera un amargo trago que debían apurar.  Entre los acompañantes, tampoco se adivina ninguna expresión grave, ni siquiera por solidaridad. Uno de los que cargan el ataúd, es el único que refleja un dolor contenido; seguro algún hermano del difunto.

De pronto, cuando el cortejo alcanza la esquina próxima a la parroquia, del cafetín ahí ubicado, sale súbitamente una mujer.  Todos los acompañantes del difunto, sin excepción, la voltean a ver, como dicen, tragándose la campanilla.  No por su figura, pues es de estatura más que regular y de cuerpo bien conformado, sino porque está vestida completamente de rojo.  Incluso sus zapatos hacen juego al color de su vestimenta, al igual que su collar y pendientes, mientras que su cabello, negro azabache, es sujetado por un aro del mismo color.  Lleva unos lentes oscuros, no tanto como para esconder sus ojos, sino como para esconder de sus ojos, la escena que tiene frente a sí.

La viuda al verla, la reconoce inmediatamente y siente que un fuego con un sabor entre amargo y ácido sube por su esófago y amenaza por llegar a su boca.  Se trata de su hija. Tiene varios meses de no verla y en ese tiempo parece haber embarnecido, además, tiene una expresión que nunca le conoció.  Denota seguridad y una actitud retadora.  Detrás de ella se ha colocado, como protegiéndola, un tipo alto, fornido, que luce blue jeans, una camisa a cuadros y botas vaqueras.  La concurrencia también llega a reconocerlos y comienza a cuchichear.

En el preciso momento en que el féretro pasa frente a la pareja, el hombre hace una seña a alguien al interior del cafetín y de pronto, una roconola comienza a tocar una pieza a regular volumen.  Al escucharla, todos parecen trastabillar.  La viuda se detiene, al borde del colapso, de tal forma que una de sus hijas la toma del brazo para que no caiga.  El allegado al difunto que carga el ataúd, casi echa espuma por la boca, sin embargo, vuelve a ver al hombre de la acera y observa que de la cintura se asoma una Colt .45 automática.  La roconola sigue con la pieza que ha llegado al estribillo:  “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar, no vaya a resucitar”.

El momento que le tomó al cortejo pasar por aquella esquina se hizo eterno.  Cuando finalmente calló la música, la pareja se dirigió a una camioneta estacionada cerca de ahí y se perdió en la distancia.

Ya en la salida del pueblo, la del vestido rojo no pudo más y rompió en amargo llanto.  El hombre le tomó la mano y simplemente le dijo: -Ahora sí, amor, ya todo terminó.  Pero no era cierto, aquello no terminó ahí y a decir verdad, parecía que nunca terminaría.  De repente, la mente de la muchacha se transportó a aquella misma calle, que unos meses antes. ella, vestida de blanco, recorría hacia el altar del brazo del ahora difunto.  En ese entonces, ella se esforzaba por mostrar felicidad y serenidad, pero en el fondo se moría de los nervios, mientras que su padre, lucía una cara de pocos amigos.  Desde el momento en que su hija comenzó su noviazgo con el que ahora sería su marido, él se había opuesto rotundamente, esgrimiendo los más ridículos pretextos, pues el sujeto en cuestión no tenía cola visible que le pisaran.  La familia del novio, pequeños ganaderos, tenía  recursos, era gente trabajadora y él, quien no era afecto a las labores del campo, había logrado finalizar la escuela de comercio y trabajaba como contador en la capital, desde donde viajaba regularmente al pueblo.

Después de la ceremonia religiosa, la pareja, sus familias y numerosos invitados se trasladaron a la casa de la novia, en donde el padre, a regañadientes, no tuvo otra alternativa más que echar la casa por la ventana.  Fue una recepción fastuosa, para los estándares de aquel pueblo, es más, guardando las debidas distancias, el propio Camacho se hubiese sentido envidioso.  A pesar de que los festejos se prolongaron hasta el atardecer del día siguiente, al rayar el alba, la pareja salió en viaje de luna de miel a Santa María de Ostuma, un hotel de montaña en el norte del país que en aquel tiempo estaba muy de moda para aquel tipo de menesteres.

Después de disfrutar de los maravillosos paisajes que se observaban desde el hotel e ingerir una frugal cena, los recién casados se recluyeron en su habitación y se dispusieron a iniciar los prolegómenos del asunto que tenían por delante.  La dulzura que había desbordado hasta entonces la novia, de pronto fue convirtiéndose en un profundo sentimiento de temor.  El novio, quien acusaba en su hoja de vida una experiencia, pudiésemos decir, suficiente en esas lides, entendió que era algo normal, ante la incertidumbre de la muchacha frente a un hecho que podía considerarse un rito de iniciación, en ciertos casos, un tanto doloroso.  Como todo un caballero, de lo cual se preciaba, trató de calmar a su ahora esposa, ofreciendo la gentileza que el caso requería. Aun así, el nerviosismo de la novia iba in crescendo, hasta el punto en que comenzó a ponerse tiesa (ella), mientras que el novio hacía su mejor esfuerzo para tranquilizarla con las mentiras piadosas del caso.  Cuando él lo creyó prudente, se dijo a sí mismo aquel refrán que repetía su abuela: “Lo que se va a pelar, que se vaya remojando” y se preparó para asumir en propio nombre su dominio sobre la doncellez de su dulcinea.  Como el torero que con el estoque en mano, mide la fuerza necesaria para atravesar piel y músculos del astado, el joven se lanzó con firmeza, sin embargo, más que resistencia, sintió como si alguien hubiese abierto una puerta y el impulso lo llevó hasta la pared de enfrente.

La sorpresa, el desconcierto y la frustración del novio fueron mayúsculos.  En aquel tiempo los estudios sobre el “himen complaciente” todavía no se profundizaban, de tal manera que no había ningún atenuante ante lo que era un atentado al honor del novio, de tal forma que el tálamo nupcial amenazaba en convertirse en un ring de la AAA.  -¿Qué pasó? Fue lo único que se le ocurrió decir al novio.  La muchacha se limitó a enmudecer y al rato, como decían en el pueblo: “dice a llorar”.    El primer impulso de cualquiera hubiese sido estrangular a la causante de aquella mancha en el honor del esposo, sin embargo, el joven no era violento y había aprendido a manejar sus reacciones con cierta dosis de ecuanimidad.

No obstante, de pronto tomó la actitud de un oficial de “entrevistas” de la OSN (Oficina de Seguridad Nacional) y comenzó a interrogar insistentemente a la joven, tratando de descartar las opciones tan manidas utilizadas en estos casos, como las caídas de una bicicleta, de un árbol, de una cerca, indagando acerca de algún novio, vecino, compañero de clases, sin que ella pudiera dar la menor luz en aquella persecución de la verdad.  En aquel interrogatorio que se prolongó durante toda la noche, el novio llegó a observar que el código más fuerte en su pareja era el silencio.  En ningún momento hubo el intento de alguna mentira que tratara de calmarlo.  Llegó el muchacho a la amenaza de llevarla desnuda por todo el pueblo y dejarla en la puerta de su casa y ahí repudiarla a todo pulmón.

Era ya de mañana, pues la claridad de la aurora empezó a colarse en la habitación, cuando la insistencia del joven logró romper aquel muro infranqueable dentro de su compañera y de pronto, la verdad se desbordó, con la fuerza del agua que rompe una represa y se limitó a tres palabras: -fue mi papá.  Su voz se ahogó muy dentro de su pecho y se dejó caer entre sollozos.  El novio fue quien en ese momento perdió el habla, sus ojos se desorbitaron y su quijada perdió la fuerza que lograba mantener su boca cerrada.  Se dio cuenta inmediatamente que ella no estaba mintiendo, recordó aquella animadversión de aquel hombre a su persona, a su noviazgo y luego al matrimonio.

Cuando él recobró el resuello, comenzó a caminar por toda la habitación, mientras cavilaba lo que podía hacer.  Pensó por un momento en matar a quien ahora era su suegro, sin embargo, estaba seguro que conociendo a sus respectivas familias, esto podría ocasionar interminables vendettas que terminarían al final con todos sus integrantes.  Pensó en una acción legal, pero tampoco podía progresar, dada la estrecha relación del suegro con el régimen somocista, que al final de cuentas controlaba la justicia en el país.  Lo más importante fue concluir, después de todas las reflexiones, que su esposa, no era otra cosa que una víctima.  Fue entonces que se acercó a la cama y comenzó a acariciarle su cabeza, tratando de contener las lágrimas.  Ella, tratando de arrancar las palabras de su garganta, le preguntó: -¿Me perdonás? –No tengo nada que perdonarte, le replicó él, eso sí, agregó, quiero que lo que yo te pida, lo obedezcas ciegamente, sin protestar.  Ella sin pensarlo mucho asintió.  – Lo primero, dijo él, va ser que no vas a volver nunca a tu casa.  Ella después de un sollozo, asintió.  – Lo segundo, agregó, será que luego me contés a detalle como fue toda esa historia. Ella dudó por un momento, pero al final volvió a asentir.

Regresaron directamente a la capital, a la pequeña casa que él había alquilado para convertirla en su nido de amor.  Sin embargo, todo aquel cariño que habían construido durante los meses de noviazgo, tuvo que ser comenzado casi de cero y todas las noches al igual que Sherezade, ella le iba soltando a retazos la escalofriante historia de cómo su propio padre la había violado innumerables veces y como aquel código de silencio que imperaba en aquella casa, impedía detener aquella canallada. Luego le soltó algo más tormentoso.  Antes de que se fijara en ella, su padre había violado sistemáticamente a sus dos hermanas mayores.  Al final, quién sabe por qué razón, la prefirió a ella y dejó a sus hermanas en paz.  Lo más macabro era que todos, incluso la madre sabía lo que estaba sucediendo y lo único que se imponía era el silencio.

Cuando después de varios meses, el joven supo aquella borrascosa verdad, comenzó a darle vueltas en su cabeza la forma de hacer pagar a aquel aberrado.  Pensó por mucho tiempo y al final dio con la solución, al recordar el dicho: Pueblo chico, infierno grande.  Así fue que ejecutó su plan para que el mismo pueblo fuera el gran infierno de aquel demente.  Buscó a una pariente que también vivía en la capital pero que viajaba cada fin de semana al pueblo y le pidió que trasmitiera unas cuantas cápsulas de la historia, sin citar fuentes, a una lista de personas que se encargarían de diseminar la información por todo el pueblo y sus alrededores.  Así lo hizo y el domingo, después de la primera misa, muy temprano por la mañana, las noticias se dispersaron como reguero de pólvora.  Se multiplicaron de manera impresionante los grupitos que en las esquinas no hacían otra cosa sino comentar aquella historia.

El lunes por la mañana, la familia de nuestra historia, todavía con la oreja fría, comenzó a notar una especie de nubosidad que flotaba por todo el pueblo y como miradas furtivas y no tan furtivas se clavaban sobre sus humanidades.  No obstante, quien más resintió la situación fue el padre, quien observó un rechazo, primero un tanto velado y luego demasiado evidente.  Mientras le daba vueltas a su cabeza sobre el motivo de aquella actitud en la gente, un nudo parecía recorrer sus entrañas.  Después de varios días en que cada vez más se generalizaba aquella actitud hacia él, se le ocurrió la idea de ir a la cantina El resbalón, a donde acudían regularmente muchos de sus amigos y conocidos.  Ahí se encontraba su amigo y compadre Tobías.  A esa hora, el compadre ya llevaba algunos mecatazos adentro, así que se sentó junto a él y pidió su dosis.  Su compadre también estaba cambiado y solo respondía con monosílabos.  Cuando no pudo más, decidió jugársela y sin más le dijo: – Bueno compadre, ¿podría decirme usted qué demonios pasa?  El compadre, que no tenía pelos en la lengua, ante aquella pregunta a mansalva y bajo los influjos del alcohol le dijo: – Lo que pasa compadre es que usted es un degenerado.  Su primera reacción fue querer agarrar a golpes a su compadre, hasta que se tragara sus palabras, pero aquel le tenía clavados los ojos y en aquella mirada comprendió lo que en realidad había sucedido.  La mirada del compadre continuaba penetrándolo hasta el fondo de su alma, si es que tenía.

Aquel hombre, ahora casi como un zombi, se levantó de su silla, abandonó la cantina y con pasos inciertos se dirigió a su casa.  Cuando llegó y se encontró con su esposa, esta se asustó al verlo como un guiñapo. –Pero qué te pasó, le preguntó.  El hombre, balbuceando quiso decir: – Lo que pasa es que son unos hijue…  no alcanzó a finalizar su frase, cuando se llevó las manos al pecho, se arqueó y como en cámara lenta cayó al piso.   La mujer se quedó paralizada, sin mover un dedo, luego de un instante, mientras el hombre yacía con los ojos desorbitados, con la frente cuajada de sudor, le costaba respirar y su rostro mostraba cierta palidez.    De pronto, llegaron las hijas e igualmente se quedaron sin hacer nada, simplemente se volvieron a ver y se quedaron inmóviles.  Después de un rato, la madre se arrodilló a su lado y volvió sus ojos hacia arriba mientras exclamaba: -Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.    Cuando su respiración se hizo imperceptible, la madre le dijo a una de sus hijas:  -Llamá al doctor.

Cuando llegó el doctor, en un tiempo, pudiéramos decir prudencial, se acercó al hombre que continuaba en el piso y comenzó a verificar los signos vitales y después de varias auscultaciones, se acercó a la señora y le dijo: -Lo siento, su esposo ha fallecido.  Fue un infarto al miocardio.  No hubo shock, no hubo llanto, no hubo prácticamente nada, la ahora viuda simplemente se limitó a decir: -Dios lo haya perdonado.

Unas horas después, en su casa de la capital, el contador recibía una llamada de su pueblo.  Disimulando una sonrisa, se dirigió a su esposa y le dijo: -El sátiro de tu padre murió hoy de un infarto.  Ahora te voy a pedir lo último en que vas a obedecerme ciegamente.  Mañana, te vas a poner el vestido rojo que te compré para la fiesta de fin de año y vamos a ver pasar el cadáver de ese tipo.  Ella quiso decir: -Pero…  – Nada de peros, quedamos en que ciegamente.  Ella una vez más asintió.

Cuando la camioneta llegó a la capital ya estaba oscuro.  Ella ya se había calmado, pasaron luego por su casa, en donde él se cambió los jeans y la camisa a cuadros por un traje oscuro, con corbata azul con motivos rojos, mientras ella se retocó el maquillaje, tomo su bolso de noche y se dirigieron al club, en donde habían comprado boletos para la celebración del año nuevo.  Cuando ingresaron al club, ya había una nutrida concurrencia.  Una banda estaba finalizando El año viejo, al estilo de Toni Camargo.  Todas las miradas se enfocaron en aquella mujer de rojo, acompañada de un tipo que no desentonaba con la figura de ella.  El director de la banda se dirigió a sus músicos e iniciaron aquel cha-cha-cha que después de la introducción de trompetas decía: “Estas insoportable, con tu vestido rojo….”

 

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El nacimiento

Nacimiento.  Foto Orlando Ortega Reyes

En San Marcos, mi pueblo, nunca nevó y es posible que tampoco ocurra en los próximos dos millones de años, sin embargo, para quienes gozábamos del privilegio de ser niños, desde la última semana de noviembre, cuando los cortadores de café se encargaban de despeinar los cuatro costados del pueblo y dejaban colarse un frío que nos obligaba a sacar del ropero los suéteres y las chaquetas.  Con eso bastaba para imaginarnos que caminábamos por aquellas escenas que admirábamos en las tarjetas de felicitación que comenzaban a llegar y que invariablemente presentaban un paisaje invernal lleno de nieve que llegaba a cubrir hasta los decorados árboles.

Por la noche la temperatura bajaba aún más y el aroma de los cafetales se mezclaba con el olor de la pólvora de las triquitracas y del carburo de las lámparas de los comerciantes que con sus tijeras llenas de mercancía invadían el centro del pueblo, mientras que la luz mortecina del alumbrado público se miraba reforzada por una que otra iluminación de colores.

Junto con la llama de la esperanza que ardía en nuestros pechos, más que nada por los regalos que la víspera de la Navidad traería el Niño Dios, estaba la curiosidad de ir a ver el nacimiento de donde las Matus.  A pesar de que mi tío César era supuestamente el jefe de esa familia, la fuerza del clan compuesto por doña María Matus y sus hijas Reneé y Elida era mayor, de tal manera que todo mundo cuando se refería a esa familia lo hacía invariablemente como las Matus.  Lo interesante era que no eran mujeres de un carácter fuerte o agresivo, eran sí, emprendedoras curtidas en la luchas por la supervivencia, amables hasta la pared de enfrente y solidarias, incluso más que un gobierno socialista.  Doña María era una experta en las artes culinarias, de tal manera que hubiese dejado en ridículo a cualquiera de los participantes en esos reality de Master Chef.  La niña Reneé era una master en comercio y su habilidad para las matemáticas básicas era asombrosa, además de contar con una memora prodigiosa, tan necesaria para su oficio.  La tía Elida por su parte, casada con mi tío César, combinaba la tarea de criar a mi prima Estercita, con la abnegada tarea de poner inyecciones y sueros por todo el pueblo.

A inicios de diciembre, mi prima Estercita llegaba a la casa para llevarnos a ver el famoso nacimiento de las Matus.  No podría precisar cuándo comenzó esa tradición familiar, sin embargo me imagino que en aquel tiempo ya llevaban algunos años armándolo.  En cierta parte de la sala, ocupando una extensión considerable, estaba el mencionado nacimiento.  En la parte principal estaba desde luego una caseta que albergaba las imágenes de José, María y el Niño Dios, con las consabidas bestias a cada lado para darle calor con su vaho al recién nacido y a la altura del techo, un ángel tenía una leyenda que decía: Gloria a Dios en las alturas.  Por razones del espacio disponible, más que por romper la fijación occidental por la simetría, a ambos lados de la caseta, una parte más extensa que la otra, con algunos objetos superpuestos cubiertos con papel kraft debidamente teñido con anilina café, se mostraba un terreno un tanto abrupto simulando la percepción que tenía la tía Elida de los terrenos suburbanos de Belén.

Lo más interesante del caso es que en aquella representación se observaban además de los consabidos pastores, los magos de oriente que en la misma llegaban anticipados por la falta de calendarios o bien porque siguieron a la estrella equivocada, una serie de participantes que para la inocente mentalidad de los pequeños no constituía ninguna aberración, sino que simplemente eran elementos que proporcionaban un acompañamiento vistoso a la escena.  Ahí se encontraban pequeños camiones, la más variada fauna que se pueda uno imaginar, soldaditos de la segunda guerra mundial, indios y vaqueros de plástico, que a pesar de su feroz apariencia y de sus variadas armas que empuñaban, en medio de la escena parecían participar del regocijo del nacimiento del mesías.  No obstante, lo que más me llamaba la atención era una imitación bien lograda en madera de una refresquera, que eran una especie de rústico kiosko en donde se expendían gaseosas y similares en los parques y en aquella impresionante miniatura estaban colocadas una réplicas de coca colas, que formaron parte de una promoción de la embotelladora, cuando cumplía sus promesas en sus premios.

Para nosotros era un tremendo espectáculo admirar aquella obra de arte, más aún cuando en nuestras mentes no existía el concepto de anacronismo, al no haber desarrollado nuestra conciencia histórica, así que no se nos hacía nada raro que participaran en una amena convivencia en medio de aquella fiesta, los seguidores de Toro Sentado, con las gentes del General Patton o con los pastores judíos, que bien podían pedir una coca cola para mitigar su sed.  Pasó mucho tiempo para que advirtiéramos aquella situación, además del hecho de que un recién nacido pudiera tener dientes.  Abro un paréntesis para anotar que en el pueblo circulaba una leyenda urbana de un niño cuyo nacimiento se retrasó tanto que nació con dientes.

Pero, como en todo, llega un momento en que todo aquello que nos asombraba cuando éramos niños, deja de tener encanto al irnos percatando de la realidad de las cosas.  Así pues las bebidas espirituosas surgen como elemento indispensable en las principales celebraciones y aquellos elementos que llenaban nuestras vidas, dejan de tener el atractivo que un día tuvieron.  Así pasó con los nacimientos, los juguetes y otras particularidades de la Navidad.

No recuerdo bien cuando fue que la tía Elida dejó de poner su nacimiento.  Ella nunca perdió aquella alegría que sentía por la vida, aún en los momentos más difíciles y daba gusto encontrarla pues siempre mostraba su mejor sonrisa, acompañada de un piropo, pues sin importar si uno estuviera flaco o gordo, siempre nos encontraba hermosos y guapos.  Me imagino que cuando mi prima Estercita tuvo que emigrar a los Estados Unidos, perdió el entusiasmo de armar el nacimiento y luego, a medida que la soledad iba invadiendo aquella casa, algunos ciudadanos, en operación hormiga fueron llevándose las cosas que tenían a la vista en su casa que siempre estaba con las puertas abiertas.

Con el tiempo me tocó llevar a mis hijos a ver algunos nacimientos espectaculares.  En México los llevé varias veces la garaje de una casa en la colonia Marte, en el Eje 5 sur, en donde instalaban un nacimiento de más de mil figuras y lo que más me impresionaba era la alegría de mis hijos que me hacía recordar mis tiempos con mi prima Estercita viendo el nacimiento de las Matus.

Mi hermana Oralya siguiendo un poco aquella tradición de la tía Elida, fue ampliando poco a poco su nacimiento hasta alcanzar un tamaño considerable y mis hijos también participaban de todo aquel rito de instalarlo y desinstalarlo.

Ahora que me corresponde alimentar toda esa fantasía que gira alrededor de esa tradición a mis nietas, debo confesar que lo hago con cierto desgano.  En mi casa, aunque ni Ripley lo crea, hay como 45 nacimientos de diferente tamaño ubicados por toda la casa y tengo que caminar con los ojos bien abiertos para no tropezar con alguna oveja o pastor.

Ahora que están de moda los nacimientos institucionales, llevo regularmente a mis nietas a la exposición que las instituciones del estado arman a lo largo de toda la Avenida Bolívar y lo único que me llena es el asombro y alegría de mis nietas al ver todo el colorido de la Avenida, con una diversidad de villancicos que se entremezclan y con consignas y anuncios subliminales disfrazados de jaculatorias. El anacronismo adquiere ahora otra dimensión.  Cada institución del Estado se exprime las neuronas hasta el borde de la meningitis por presentar el nacimiento más original y yo por mi parte, en ese trayecto, que pareciera salido de una película de Fellini, me abstraigo y me dedico a recordar aquel nacimiento que con tanto empeño armaba la tía Elida.  Cómo extraño su saludo lleno de cariño y de alegría, así como el anacronismo tan inocente de su nacimiento.

 

 

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¡No vuelvo a beber!

Noe.  Imagen tomada de internet

 

En esta época del año, se hace propicio el tiempo para cavilar sobre la supremacía de algunas mentiras por sobre las demás, que parecen haberse multiplicado en nuestro entorno.  Hace un par de años escribí sobre una de las mentiras que siempre está contendiendo por el primer lugar:  Mañana te pago.  Pero en esto de las mentiras, parece mentira, la estacionalidad de las mismas es algo relevante. En este diciembre, gracias a la intervención de algunos asesores financieros de bolsillo, algunos cuantos dedicaron parte de su aguinaldo a saldar algunas deudas, por lo tanto Mañana te pago, cobrará vigencia hasta dentro de algunas semanas.

De esta manera, la milenaria mentira, presente en la humanidad desde Noe: ¡No vuelvo a beber! se coronará en este diciembre, como reina indiscutible, pues da la impresión que las circunstancias se muestran inmejorables para ello.  Las vacaciones parecen estirarse, gracias a la magnificencia del Supremo Empleador que ha otorgado una generosa cantidad de días festivos, lo que será un aliciente para el gratificante ejercicio de empinar el codo y además podría decirse que, en términos generales, la economía, como dice Chanito, marcha con pasos contundentes hacia un crecimiento sostenido. Así que como aquel coro de la opereta de Arrieta: Marina, la ocasión invita a cantar: “a beber, a beber, a apurar, las copas de licor, que el vino hará olvidar, las penas del amor”.  En virtud de que el límite se pone en el nivel de: Hasta que el cuerpo aguante, llega, más temprano que tarde un momento en que el cuerpo resiente, pues el hígado ya se encuentra como el centro de Alepo.

Aquí habría que aclarar que hay individuos que a fuerza de mucha experiencia han podido alargar los períodos ininterrumpidos de ingestión alcohólica, hasta niveles equivalentes al diluvio universal, cuarenta días y cuarenta noches, pero se trata de personas que dominan el arte de combinar la bebida y la comida de tal manera que pueden traslapar de forma magistral los períodos de borrachera con los relativos a la ineludible goma.  El resto de los mortales ya habrá claudicado mucho antes de que se escuche la sonora risa de Santa Claus. Lo cierto es que casi en su totalidad jurarán hasta con los dedos de los pies que no vuelven a beber.

Así pues, la consabida mentira saldrá de los labios de aquellos que en primer lugar sufren en su organismo los estragos de los excesos en la ingesta de alcohol.  Desde aquellos que caen en un coma etílico, diablos azules incluidos, hasta quienes sufren los efectos de una goma mal curada.  No obstante, no faltarán quienes padecen de una goma moral por los desaguisados, léase encabes, ocurridos durante una “noche de copas” como decía María Conchita.  Estos últimos llegan a ser peores que las patologías debido a que en cada ciudadano hay un reportero escondido, que celular en mano se apresta a documentar cualquier pecado, de palabra, obra u omisión, que brote de la euforia inspirada en el dios Baco y cuyos efectos serán de desastrosas consecuencias cuando, sin pensarlo dos veces, el improvisado reportero suba a las redes sociales su video, con la esperanza de que se vuelva viral.  Ahí se fregó la cosa, pues en esos casos no aplica el hashtag #borrachonosevale.

Así que mientras otros entre sus propósitos de año nuevo se propondrán bajar de peso, aprender inglés o ser mejores personas, una considerable proporción se impondrán la promesa de no volver a beber.  Obviamente, la promesa cae en terreno estéril con la plena conciencia de que se trata de una mentira más, pues no se operativiza, como dicen los administradores.  Para que este propósito se salga del terreno de la fantasía, el sujeto debe de ingresar a un grupo de alcohólicos anónimos pues de otra manera seguirá siendo de las mentiras más grandes.

De esta manera, estimado lector, tenga mucho cuidado, pues en medio del caótico tráfico de estos días, en donde se le puede atravesar tanto un busero kamikaze, un junior borracho o una aprendiz temeraria, como una fila interminable de mentiras y entre ellas, con la supremacía de siempre: ¡No vuelvo a beber!

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