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Los aromas de los tiempos perdidos

 

Marcel Proust además de ser un consagrado escritor, incursionó por los abruptos terrenos de la psicología, cuando en su magnífica obra “En busca del tiempo perdido”, en la parte  “Por el camino de Swann”, expone magistralmente la asociación entre lo sensorial y la capacidad de recordar, creando lo que se conoce como el efecto de la “magdalena de Proust”.  Aquí cabe aclarar que “magdalena” no es una mujer, sino un bollo o bizcocho.  En ese pasaje, este autor describe magistralmente su experiencia cuando toma un trozo de la magdalena empapada en té e inmediatamente se transporta a su niñez, a la casa de su tía, quien le ofrecía té con ese bizcocho, además de todos los detalles de aquel pueblo.

En mi caso particular, el sentido del gusto no tiene un gran efecto sobre los recuerdos, sin embargo hay una enorme correlación entre la música y muchos momentos específicos de cuando escuchaba determinadas melodías.  Es un ejercicio que se me facilita al encontrar en el ciberespacio tantos temas que de otra manera sería imposible rescatar y de esta forma puedo viajar en el tiempo a voluntad.

No obstante, otro banco de sensaciones que tengo atesorado en mi memoria es el relativo a los aromas.  Aquí es más difícil y a veces imposible conseguir los detonantes del caso y me limito a veces a tratar de reproducir en mi memoria aquellas especiales sensaciones.

Como he comentado en anteriores ocasiones, mi niñez transcurrió en el mágico mundo de la botica de mi abuelo.  Ahí, a pesar de las constantes prohibiciones para acercarme a los productos que ahí se manejaban, siempre me acompañó la curiosidad y a su lado la cautela, pues nunca llegué a ingerir ninguna sustancia que atentara contra mi salud, salvo tal vez, el episodio del Maná de Palermo (ver artículo El maná que no cayó del cielo).

En la sección de cosméticos resaltaba en primer lugar la crema Hinds, que tenía un característico aroma de almendras que la hacían inconfundible.  Hace relativamente poco, tuve la oportunidad de encontrar dicho producto y en realidad no ha sufrido cambios sustanciales en su aroma e inmediatamente me transportó unos sesenta años atrás.  En aquel tiempo el perfume más socorrido de los que estaban al alcance de las damas del pueblo, era Heno del Campo, que fabricaba la casa Dralle y que aparentemente era una imitación de un producto llamado Heno de Pravia de la perfumería Gal.  Tenía un color beige y en un paisaje de la campiña resaltaba un pájaro color rojo con la cabeza negra.  Tenía un aroma dulce y penetrante y en los grandes acontecimientos del pueblo parecía impregnar todo el ambiente.    No lo he vuelto a ver, pero en mi mente logro capturar la sensación de aquel particular perfume.   En ese mismo mostrador, se encontraba el Talco Mavis, que venía en una lata roja, con un óvalo blanco en el centro con la marca de dicho producto.  Tenía un aroma inconfundible y todavía lo recuerdo con muchas señoras de aquellos tiempos y de algunos compañeros recién bañados que subían al autobús escolar.

El Agua de Florida era asunto aparte, tenía un aroma atractivo, sin embargo, estaba ligado a situaciones dramáticas, pues era de rigor aplicarlo con un paño en la frente a las personas, por lo general féminas, que se “atacaban”, es decir sufrían un soponcio o patatús, ante algún suceso de extrema gravedad.  Este aroma está íntimamente relacionado en mi mente con la vela de algún difunto, en donde se mezclaba con el penetrante olor del barniz o “maque” que se aplicaba a última hora al ataúd, así como con el llanto que se derramaba en profusión.

La brillantina Glostora, líquida o sólida tenían un perfume característico que la distinguía de la brillantina vendida a granel y que preparaba mi abuelo con vaselina simple, aromatizante y algún colorante para darle un toque amarillento.

La mayoría de las pastillas eran inodoras, salvo tal vez unas llamadas Serafón, recomendadas para afecciones pulmonares severas y que tenían un penetrante olor debido a la mezcla de guayacol, yodoformo y eucalipto.   Por su parte, las pastillas Valda, que contenían eucalipto y mentol, tenían un olor hasta cierto punto atractivo y su color verde invitaba a correr el riesgo de comerse una o varias, pues su sabor era refrescante.  Por ese mismo camino estaban las pastillas Penetro y Vick, estas últimas con diferentes sabores y aromas, como las de limón y las de cereza.

En la sección de jarabes y demás fluidos, estaba una botella que tenía una prohibición especial, me imagino por lo tóxico y que llevaba una etiqueta que decía Alcalí.  Tenía un olor tan fuerte, que la curiosidad apenas daba para abrir un segundo el tapón y darse un ligero llegue de aquel penetrante aroma.  Me imagino que era el mismo amoniaco.  El jarabe de Tolú y el aceite Eléctrico no tenían un aroma tan fuerte, al igual que el laxol o aceite de ricino y de la misma forma el aceite fino, que me imagino que era de oliva pero a granel.   Un frasco que siempre atraía era el del extracto de vainilla, preparado por mi abuelo y que a través de medios químicos lograba su similitud con el original obtenido directamente de las vainas de las orquídeas del mismo nombre.  También estaba el espíritu de frambuesa, que no llevaba nada de la fruta en cuestión, pero tenía un aroma dulcete que daba sabor y aroma a muchos refrescos, entre ellos la chicha de maíz.  Mi abuelo decía que había otro espíritu, el de contradicción, manejado magistralmente por la tía Mélida, su cuñada, amante de llevar la contraria a todo.

En tiempos en que no había salido el Pine Sol y otros compuestos similares, la creolina se utilizaba como desinfectante para pisos y para excusados (pon pones). Su aroma, derivado de la creosota que contenía, le pegaba a uno hasta el hipotálamo y rápidamente cubría cualquier otro aroma al aplicarse a cualquier superficie.  Algunos desalmados bañaban a sus perros con este producto.

El caso de los alcoholes era algo aparte.  Llegué a diferenciar mediante el olfato (hasta ahí no más) el alcohol industrial o metílico del alcohol puro o etílico, es decir, guarón.  Este último tenía un aroma inconfundiblemente atractivo y era el mismo que se sentía cuando uno pasaba por el depósito de doña Cheya Jara o en la Renta de Jinotepe.

En el extremo oriente de la botica había un mueble de madera con gavetas que guardaba la sección de especias y similares que se vendían a granel, empacados en papel de envolver.  Ahí se podía sentir el aroma picante de la pimienta negra o dulcete de la pimienta de Castilla, o bien, el atractivo aroma de la canela, en raja o en polvo.  También se sentía el aroma del tomillo, el eneldo, el romero o la manzanilla.  Otros sin embargo, eran inodoros como el bórax, el albayalde u óxido de zinc, el ruibarbo.  La goma arábiga, que venía en un especie de piedras, tenía un olor salobre.  La Tizana La India, venía en una bolsa celeste que no tenía aroma alguno, sin embargo, cuando con agua hirviendo se hacía la infusión, despedía un aroma relajante y que invitaba a tomarla, a sudar la calentura y dormir como un bebé.

También tengo muy grabado el alcanfor, que era una especie de tableta cuadrada de color blanquecino y con un aroma muy penetrante, acre y que generalmente se combinaba con alcohol y era un remedio eficaz para picaduras de insectos, en especial de aradores en la temporada de corte de café.  Lo mismo ocurría con las bolas de naftalina, cuyo aroma era una patada de mula y que se usaba para ahuyentar las polillas de la ropa.

Entre los ungüentos, destacaba por su olor la Numotizine, que era una cataplasma utilizada para dolores musculares y en donde la mezcla del guayacol con el salicilato de metilo y quién sabe qué más, le daban un olor característico y a mi gusto, desagradable, además de un color medio solidario.  Por su parte el Mentolato, el Vaporub y el Bengay, tenían un aroma un tanto más pasable.  En un envase elegante, incluyendo una caja externa, se vendía el Linimento Sloan, en donde aparecía un retrato de un tipo con un bigote extravagante, que parecía pariente de Rigoberto Cabezas.  En un inicio era un analgésico muscular para caballos y luego lo comercializaron para uso humano y que en un slogan publicitario un tanto desafortunado para mi gusto, decía: “Mata todo dolor en hombres y bestias”.  Tenía un olor que ofrecía una patada de bestia, pues entre sus principios activos estaban entre otros una esencia de chile, alcanfor, amoniaco, trementina y esencia de pino.

Por el rumbo de la gaveta del dinero estaba un frasco de cristal, cilíndrico y de tamaño inusual, llamado Picrato de Butesín, de los laboratorios Abbott, que tenía un color amarillo intenso y que invitaba a olerlo, pero que tenía un aroma un tanto acre. No obstante, era lo mejor para todo tipo de quemaduras.

Un aroma difícil de olvidar es el del jarabe Dayamin, que fue de los primeros multivitamínicos pediátricos y que debido a mi esbeltez, considerada en aquellos tiempos como indicador de mala salud, me atipujaron a diestra y siniestra.  Tenía un aroma dulzón con un toque a naranjas y su sabor no era repulsivo.  Afortunadamente, este multivitamínico había sustituido a la Emulsión de Scott, que tenía un olor a pescados podridos y un sabor me imagino por ese tenor.

Un producto que siempre me llamaba la atención era el Extracto de Malta con Hemoglobina.  Lo malo era que estaba ubicado en la parte más alta del estante y venía en un frasco ancho y con una etiqueta blanca con letras del mismo color del frasco.   Además de su estratégica ubicación estaba el hecho de que la tapa parecía haber sido cerrada con producto de gallina, por lo tanto no era factible una incursión.  Sin embargo, en cierta ocasión se la prescribieron a mi hermano para hacerlo más resistente a un asma recurrente.  Ahí fue donde pude observarlo y en realidad tenía un aroma entre avainillado y achocolatado, su consistencia era melcohosa, así que  corrí el riesgo y lo probé y su sabor era mejor aún, parecía una cajeta de coco negra.

En los años cincuenta llegó como la panacea para la diarrea el Kaopectate, preparado a base de caolín y pectina.  Se ofrecía en frascos y también a granel.  Su aroma es difícil de describir, pues llegaba a un punto en la profundidad del olfato, sin ser desagradable.  Hace poco me encontré este producto, pero nada que ver.  Por alguna razón desconocida desterraron al caolín y a la pectina y los sustituyeron por una nueva fórmula.

Así pues, mi infancia transcurrió en aquel fascinante mundo, en donde la experimentación era el pan de cada día.  Para muchos, habré corrido con una enorme suerte, al no haberme intoxicado con alguna sustancia o en el más leve de los casos ponerme motorolo con alguna aspiración.  Algunos que mantienen incólume la fe, como una vela encendida en medio del huracán Irma, dirán que mi ángel de la guarda era Seal o Spetsnaz.  Lo cierto es que todavía la llevo rolando y en algunas ocasiones, me distraigo recreando en mi mente aquellos aromas de los tiempos perdidos.

 

 

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Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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La bala que silba

De vez en cuando y últimamente, más de cuando en vez, escucho una bala silbar.  Porque balas, pasan muchas y dan donde tienen que dar, sin apenas darte cuenta. Es el destino disparando a discreción.  Pero algunas se sienten pasar tan cerca que te hacen ver que estás en el rango de tiro y ese silbido te pone la piel de gallina.  Sin embargo, esta vez pasó tan cerca que no solo escuché el silbido, sino que pasó rozando mi pecho y pude sentir luego el impacto seco, en algún lugar, tan lejos, pero tan cerca y el golpe de una humanidad al caer al suelo.  En medio de aquel susto y el dolor posterior pude alcanzar a escuchar un nombre:  Arturo Vicente.  Quedaron atrapados en mi garganta el ¡no puede ser!, ¿Cómo?, pues había sentido pasar aquel inexorable final acariciando mi piel con sus garras.

Aquel trance me llevó a recorrer, tal vez pausadamente, toda mi vida.  Desde los recuerdos más lejanos de mi niñez que se ubican en la casa de mis abuelos en San Marcos. La casa siguiente hacia el sur era la de los Pérez, distinguida y querida familia encabezada en aquel entonces por doña Dominguita viuda de Pérez y en donde predominaban las mujeres.  En una extensión de aquella casa vivían don Arturo, su esposa doña Zaida y sus hijos: Arturo Vicente, un par de años mayor, Magda de mi edad, Gioconda y Martha Elena la menor.

Tengo gratos recuerdos de aquella casa y sus ocupantes.  Las adolescentes, sería tal vez que les llamaba la atención que yo hubiese llegado de México, me daban cariño a manos llenas, Violeta, Antonieta, Leda, Auxiliadora, Alma Nidia.  Con el grupo de mi edad, nos encontrábamos en el kiosco del parque a jugar por las tardes, Arturo, Magda, Casta, Mercedes, Auxiliadora, Roberto, además de otros niños del pueblo.

Arturo era un tanto rollizo, cuando ingresamos a los lobatos con el uniforme de pantalón corto se miraba una extrema diferencia conmigo, pues en aquella época, aunque usted no lo crea, yo era extremadamente delgado.  Luego cuando alcanzamos la edad, pasamos a los boy scouts y recuerdo que Arturo, con su uniforme kaki, fungía como acólito en la misa de ocho del domingo.  No recuerdo si estuvimos en la misma patrulla, es más, tampoco recuerdo el nombre de aquella a la cual pertenecí.  Me imagino que Rudy Marín con su memoria prodigiosa debe acordarse.

Cuando después de cuatro años en el Pedagógico de Diriamba regresé a la Escuela de Varones de San Marcos, me encontré con Arturo y con aquel grupo a cargo de Salvador Carrillo, combinábamos el aprendizaje con el beisbol y el boxeo.  Al año siguiente, con Arturo y otros compañeros iniciamos la versión Beta del Instituto Parroquial Juan XXIII.   Éramos unos catorce alumnos en el sexto grado, con dos únicas muchachas de compañeras y parecía que nuestro único afán era hacerle perder la paciencia a los profesores, en especial a la maestra titular, una muchacha recién bachillerada del Colegio Francés de Granada:  Aidalina García, ahora destacada jurista y magistrada de la Corte.   Tal vez no fue un año de adquisición de grandes conocimientos, pero en el área socio afectiva el logro fue invaluable, pues ahí fortalecimos muchas amistades y compartimos el terror de ser alcanzados por el chilillo que magistral y frecuentemente manejaba el director Pbro. Etanislao García.  Recuerdo especialmente a Arturo en aquel año, cuando se ofreció de voluntario para en un acto cultural cantar algunas coplas en las que se llevó de corbata a muchos compañeros.

La secundaria era en aquel entonces considerada como algo serio.  De tal manera, que mis padres decidieron que era necesario que regresara al Pedagógico de Diriamba.  Por su parte, los padres de Arturo también pensaron igual, de tal manera que continuamos juntos la secundaria.

El grupo de San Marcos en el Pedagógico era muy unido.  Viajábamos en aquel tiempo en un microbús que pasaba muy temprano por el pueblo.  Recuerdo a Desiderio Campos, Félix y Marco Vallecillo, Juan Molina, Julio y Gilberto Vega, Anastasio García y los “primariones”, Sergio Zepeda, Pablo Vargas, Arturo y yo.  El trayecto a Diriamba coincidía con el programa radial de las industrias papeleras mercurio, que presentaba música romántica, en especial a Roberto Yanés y su gran éxito Óyelo bien, entre otros.   En el receso de medio día, nos juntábamos a conversar sobre los tópicos de interés del pueblo y en ciertas ocasiones nos escapábamos a Diriamba a comprar cigarrillos y fumarlos en el trayecto.  Ya en esa época yo era El Curro y Arturo El Cholo.  Nunca llegué a saber quién le puso así ni por qué, pero él siempre lo tomó con filosofía y lo internalizó sin problema.

Para esos tiempos nos llegó la fiebre del baile y con cualquier pretexto organizábamos fiestas en donde inicialmente con refrescos y sandwiches pasábamos alegres veladas, luego vinieron los quince años de las amigas que sucedieron en cascada y que en algunos casos fue la oportunidad para que la Flor de Caña ingresara a las opciones.  Arturo mostró siempre templanza en ese sentido y nunca llegué a mirarlo indispuesto.

Recuerdo muy bien en unas fiestas patronales que se organizó unas carreras de cinta en donde obtuvo el primer lugar y muy orgulloso llevó la medalla ganada y se la obsequió a Ninoska Urbina, su novia, que luego sería su esposa de toda la vida.

Más adelante, si mal no recuerdo Arturo y Tacho García tuvieron la idea de conformar un Club Juvenil y con mucho entusiasmo lo integramos.  Nos reuníamos en el mismo local del Club de Leones, junto a la Alcaldía.  Arturo y Tacho tenían gran facilidad para organizar eventos y en varias fiestas patronales el Club se encargó de la fiesta de huipiles en el Town Club.

Al final de la secundaria llegamos a bachillerarnos solo Arturo y yo, pues Pablo había ingresado a la Academia Militar y Sergio se había quedado en cuarto año, en donde los ínclitos hijos de La Salle pusieron un fino colador.  Arturo finalizó con un buen promedio, pues siempre se distinguió por sus buenas calificaciones.  Yo admiraba en él la facilidad con que balanceaba todas sus actividades de tal manera que siempre tenía tiempo para estudiar.

Arturo seleccionó la carrera de Arquitectura y para ese período le perdí la pista y muy eventualmente me lo encontraba los fines de semana en el pueblo, sin embargo cuando en 1969 todas las facultades se juntaron en el Recinto Rubén Darío, nos encontrábamos más seguido.

Después del terremoto del 72, muchas veces que yo estaba pidiendo raid para viajar a Managua, Arturo que entonces trabajaba en El Velero y conducía una pick up doble cabina Volkswagen, me llevaba hasta Nejapa, en donde él tomaba la carretera vieja a León y yo seguía a Managua.

El resto de la década de los setenta lo miré muy poco.  Luego yo estuve 16 años en México y al regresar supe que vivía en Costa Rica desde mediados de los ochenta. En 1995 lo volví a ver, Arturo había organizado la cena tradicional que anteriormente el mayordomo de las fiestas patronales ofrecía al cura párroco, pero en esa ocasión se encontraba de visita en el pueblo el padre canadiense Pedro Pelletier y la fiesta tomó el nombre de la Cena del Recuerdo.  Luego me lo encontré varias veces en Managua, trabajando él para una empresa de Arturo Vaughan.   Después creo que hubo problemas en la empresa en la que trabajaba y en 2000 se decidió a regresar a Costa Rica.

Años después tuve la oportunidad de leer en La Prensa un artículo en donde se hablaba sobre el espíritu inigualable de solidaridad de Arturo.  En un restaurante que había puesto en San José, acudían todos los nicaragüenses que deseaban asesoría sobre aspectos legales migratorios o laborales y Arturo con mucha amabilidad los ayudaba, en muchas ocasiones organizó colectas para ayudar a la repatriación de paisanos fallecidos en aquel país.  Se hizo tan famosa aquella desinteresada ayuda que su restaurante era conocido como El Consuladito, pues ahí encontraban los connacionales más ayuda que en las instancias gubernamentales.

Pasó mucho tiempo antes de volver a ver a Arturo.  Fue en la vela de la insigne maestra la Srita. Flérida Noguera cuando de pronto se me acercó alguien que de golpe no logré reconocer, hasta que Roberto Fernández, amigo del 5to y 6to. Grado me dijo: – Es El Cholo.  Nos abrazamos y conversamos sobre los años maravillosos.  Meses después llegué a acompañarlo al fallecer su mamá, Doña Zaida.   Luego, entre Rudy Marín y Arturo organizaron una reunión para encontrarnos con Gilberto Vega y su familia de paseo por Nicaragua.

En febrero de este año, los ex alumnos de la XXIV Promoción del Instituto Pedagógico de Diriamba nos organizamos para celebrar los 50 años de nuestra promoción.  Arturo se entusiasmó y confirmó su asistencia, sin embargo, unas semanas antes del evento me llamó para cancelar, pues en esa fecha lo iban a operar de un reemplazo de cadera.  Lo llamé luego para ver cómo había salido y me confirmó que todo había salido bien y que estaba en la terapia de recuperación.

Después de la convocatoria para una nueva reunión de la promoción en febrero de 2018, Arturo me llamó para mostrarme su entusiasmo e interés de participar.  Me manifestó algunos planes de negocios que tenía y quedamos de vernos en las fiestas de abril en San Marcos, pero no fue posible.  Unas tres semanas antes de fallecer me llamó para saludarme y confirmar su anuencia a participar en la reunión y quedó en firme la voluntad para encontrarnos antes de esa fecha.

Creo sin temor a equivocarme que Arturo ha sido uno de los ciudadanos de San Marcos más apreciados.  Esto se lo ganó a pulso, pues prodigó cariño a sus familiares y supo llevar el concepto de amistad a los niveles de los grandes personajes.  Fui testigo de su inconmensurable amor por su ciudad, su cultura y sus tradiciones.  Su partida ha hecho renacer en los que lo conocimos esa debilitada facultad de extrañar.

Estoy plenamente consciente que algún día la bala llevará mi nombre, pero ahora, me duele más la bala que pasó silbando y ver al amigo caído y recuerdo otra vez aquella sevillana que dice:  “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va y va dejando una huella que no se puede borrar”  Descansa en paz, querido Cholo.

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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El Tigre

 

Mil novecientos sesenta fue un año funesto para mi abuelo.  En febrero murió mi abuela y él se quedó, como decían: “como papalote sin cola”.  Poco a poco se fue abandonando y se dejó morir.  Nunca fue una persona que desbordara alegría; no cantaba, no bailaba, no reía a carcajadas, de tal manera que su dolor, al perder a su pareja de casi cincuenta años, se manifestó en una terrible depresión que se le adivinaba en sus ojos, en su respiración, en su voz.

Nada volvió a ser lo mismo para él.  Hacía las cosas como por inercia y todo en él gritaba la desgarradora ausencia de mi abuela.

Una mañana apareció por su botica un individuo preguntando por él.  Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los ochenta años.  Tenía un aspecto descuidado, su cabello y bigotes eran completamente blancos y de pronto parecía uno de aquellos mineros de la fiebre del oro en California.  Sin embargo, lo más notorio en él era un constante temblor, especialmente en su mano derecha.  Mi abuelo fue a recibirlo y el anciano aquel lo abrazó y le dijo algo, mi abuelo no dijo nada y simplemente lo invitó a sentarse en la salita improvisada en su negocio.  Comenzaron a conversar en voz baja y al rato, mi abuelo solicitó que le llevaran de desayunar a su visitante.  Al rato, la tía Leticia, sobrina de mi abuela, se apareció, con cara de pocos amigos, con una bandeja con café con leche y un bollo de pan.  El visitante con cierta dificultad tomó todo el desayuno y después de conversar un rato más con mi abuelo se despidió.

A partir de aquella ocasión, el individuo aquel comenzó a frecuentar sus visitas a mi abuelo y se llegó a hacer la costumbre que la tía Leticia, ahora sin necesitad de requerimiento, se apareciera con el pocillo de café con leche y el bollo de pan.  Conversaban un rato, después de lo cual el personaje aquel se despedía y se iba.

Cierto día la tía Mélida, media hermana de mi abuela, se encontraba en la botica, pues ella se movía entre Masaya y San Marcos con su venta de lotería y de lecheburras y resultó que cuando salió a la botica se encontró con mi abuelo que conversaba con su visita, quien con la dificultad de siempre apuraba el café con leche, acompañado de su bollo de pan.  La tía Mélida lo miró y después de un instante, lo reconoció y se quedó helada.   Fue hasta donde estaba la tía Leticia y le espetó: – ¿Qué hace ese hombre aquí?  Ella, con tranquilidad le respondió: -Es una visita de Don Emilio, creyendo que eso bastaría para que se calmara.  Al contrario, casi morada de la indignación le dijo: -Pero si es El Tigre.  La tía Leticia, que siempre buscaba como hacerle guasa a su tía, le dijo: – Será muy tigre, pero ahora ya ni ruge.   La tía Mélida que había cambiado a un morado subido, le dijo con la respiración entrecortada: – Ese tipo es un matón, ahí donde lo ves, tiene su cementerio particular, además tiene los siete vicios del garrote.  Total ante el individuo aquel, el propio Juan Charrasqueado quedaba como San Francisco de Asís.   La tía Leticia, ajena a todos aquellos antecedentes, se limitó a decir: – Es una visita de Don Emilio.

En otra época, la tía Mélida hubiera insistido con mi abuela para evitar la presencia de aquel malévolo personaje, sin embargo, al faltar ella, la correlación de fuerzas en aquella casa había cambiado drásticamente.  Mi padre, a quien le hubiese correspondido intervenir, trabajaba a tiempo completo en el Hospital Bautista y cuando le comentaron, no quiso provocar ninguna contrariedad a mi abuelo, pues como médico, sabía que su salud iba en franco deterioro.

En efecto, al poco tiempo, mi abuelo tuvo que ser hospitalizado debido a un enfisema derivado de tantos años de fumar, además que otros factores habían comenzado a provocar ciertos episodios de desubicación.  Al salir del hospital, mi padre estimó conveniente que mi abuelo se trasladara a nuestra casa, pues ahí podía tener un seguimiento más cercano de parte de mi madre en el día y de mi padre por la noche.  Un poco a regañadientes mi abuelo se trasladó.

Lo interesante es que a pesar de que mi abuelo no estaba más en su botica, El Tigre, seguía llegando, entonces solo por su desayuno.  Esto ponía a la tía Mélida de mal humor y no cesaba en su perorata protestando por aquel compromiso que de forma gratuita se había echado encima la tía Leticia y que según esta última era solo una muestra de consideración a Don Emilio.

En nuestra casa, más que su botica y su alquimia, lo que más extrañaba mi abuelo eran sus cigarrillos.  Mi padre le había prohibido fumar y a pesar de que entendía que era por mejorar su condición, no se resignaba a dejar el placer de fumarse un cigarrillo.  En cierta ocasión, me suplicó con tanta vehemencia que le consiguiera un cigarrillo, que la verdad no pude negarme y fui a la pulpería a conseguir su Esfinge y aprovechando que mi madre estaba preparando la comida, salimos al porche y ahí fumó aquel cigarrillo, con tanta fruición que de pronto sus ojos parecieron recobrar el brillo que habían perdido.  Aproveché aquel estado de extremo placer de mi abuelo para preguntarle de dónde conocía al Tigre.  Para mi sorpresa, me contó la historia.

Por los años treinta, mi abuelo buscó fortuna sembrando granos básicos en la costa del Pacífico, al sureste de San Rafael del Sur, en la zona conocida como Tancabuya.  En ese menester, tuvo ciertas diferencias con unas personas del rumbo, con quienes llegó a agrias discusiones y al final, aquellas personas decidieron emboscarlo en su camino de regreso a San Marcos.  En efecto, en un paraje lo estaban esperando, lo bajaron del caballo y estaban prestos a hacerlo picadillo, cuando del recodo del camino apareció un individuo que pistola en mano comenzó a disparar contra los atacantes.  Luego, el tipo aquel, se acercó a mi abuelo, le preguntó si estaba bien y le dijo que siguiera su camino sin temor.  Mi abuelo le agradeció y siguió su camino.  Los pormenores de aquel episodio, en especial la suerte que corrieron sus atacantes se los reservó mi abuelo. Me dijo que era cierto que ese sujeto había realizado muchas tropelías, pero que en su caso, le debía la vida.   Fue entonces que comprendí, la deferencia que tenía mi abuelo por el famoso Tigre.

En septiembre de 1961, falleció mi abuelo después de una prolongada agonía.  Todavía después de su muerte, El Tigre, compungido llegaba por su desayuno a la botica.  La tía Mélida le repetía hasta el cansancio a mi tía Leticia que muerto el ahijado se acabó el compadre, pero aquella no hacía caso y seguía brindándole su pocillo de café con leche con su bollo de pan.  En cierta ocasión, la Tía Mélida, a falta de argumentos para evitar aquella situación, la amenazó diciéndole que si no dejaba de servirle a El Tigre, cuando ella muriera le iba a salir.

Al poco tiempo, una tarde que regresaba en bus del colegio, al llegar a mi casa, me encuentro con un sinnúmero de silletas de tijera, una cantidad considerable de personas que al ingresar me daban el pésame.  Como dice el Prócer: “Se me fueron los pulsosmmmm”  Hasta que vi a mi madre quien me abrazó y me dijo en voz baja: – Tu tía Mélida.   Le había dado un infarto fulminante.  En un rincón estaba la tía Leticia, con una expresión de terror en sus ojos.   Después del entierro, le pidió a mi padre que le diera posada para dormir en nuestra casa pues no quería pasar una noche más en la botica.

A partir de entonces, no volvió El Tigre a aparecerse por la botica.  Sería tal vez que la tía Leticia de alguna forma ante la amenaza de la tía Mélida lo cortó o sería que algo le sucedió al felino aquel.

Ya son casi sesenta años desde que conocí al Tigre y parece mentira, pero todavía lo recuerdo muy bien.  Cada vez que alguien que en su juventud cometió todo tipo de desmanes y en su tercera edad, a la sombra de sus canas, ofrece una imagen de beatitud, de quien no quiebra un plato, recuerdo aquella figura, triste, luchando ferozmente contra los estragos del Parkinson, bebiendo dificultosamente su café con leche y haciendo malabares con el bollo de pan para llevar el sustento a su boca y conversando en voz baja, con cierto tono papal, olvidando tal vez el rugido de antaño, la mirada feroz y cómo no le temblaba la mano para tomar su Colt Peacemaker y vaciar los seis cartuchos del tambor sobre alguna desafortunada humanidad.

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