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El almíbar

 

Cuando niño, en cierta época del año las mujeres de la casa regresaban de misa luciendo en sus frentes una mancha de contil que asemejaba una cruz.  Sabía entonces que iniciaba un período extraño, incomprensible para mí.  De manera subrepticia alguien cubría todas las imágenes de santos de la iglesia con trapos de color morado.  La abuela por su parte nos conminaba a los niños a comportarnos de manera tranquila, pues habíamos ingresado a la cuaresma y el diablo andaba “suelto”.  La gastronomía reafirmaba esta época con la aparición en el menú casero de la sopa de queso y otros platillos en donde escaseaba la carne de res y abundaban los pescados y mariscos y además, como una bendición, llegaban los jocotes.  Según lo poco que nos trasmitían, el ayuno y la abstinencia de lo cual, por suerte estábamos exentos los niños, reflejaban la mortificación a la cual todo buen cristiano debería de ajustarse en esa época, como preparación a la semana santa.

Sin embargo, había algo en aquella gastronomía que no calzaba en el concepto antes mencionado y era la proliferación de almíbares, que si bien es cierto, su preparación conservaba las frutas y aseguraba su permanencia a lo largo de la cuaresma sin necesidad de cocción posterior, por otra parte su ingesta era motivo de deleite, lo cual estaba proscrito en esos días, así como cualquier asomo de placer.

Como todos los niños, que a duras penas manejábamos el esquema corporal, desconocíamos todo lo relativo al páncreas y su función, por lo tanto éramos afectos a consumir en cantidades industriales aquella delicia, desde el preferido almíbar de jocotes, hasta las delicias del de mango, pasando por los de papaya verde y de marañón.  Sin embargo, el summun del deleite lo constituía  un almíbar que juntaba las frutas antes mencionadas y al que se le agregaban grosellas y en algunos casos piña y que tenía un nombre de lo más extraño: curbasá.   Lo particular de aquellas delicias, era que se preparaban en casa o se recibían de obsequio de parte de algún familiar o amistad.  En aquel tiempo no recuerdo que hubiera expendios de ellos.

En la actualidad, los almíbares al igual que el curbasá son exponentes clásicos de la gastronomía nicaragüense de cuaresma, sin embargo, muy pocos saben que son el resultado de la fusión de la comida de varias culturas.  El almíbar o amilbar es originario de la gastronomía árabe y el propio nombre se deriva del árabe clásico maybah, aplicado al jarabe que resulta de la disolución del azúcar en agua como producto del calor y este a su vez tiene su origen en el vocablo persa mey be (néctar de membrillo).  Según una oscura leyenda, una princesa árabe descubrió por accidente el cambio que sufría el azúcar disuelto en agua al permanecer de manera prolongada en el fuego.   De esta manera, se encontró un método sencillo para mantener a las frutas por largo tiempo en forma de almíbar.  Después de ocho siglos de ocupación árabe en la península ibérica, los españoles incorporaron a su gastronomía, entre otras delicias, al almíbar. En el último eslabón está la fusión de la comida española y la indígena.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a América encontraron que los indígenas no eran tan golosos como ellos en lo que respecto a los alimentos dulces, pues estos últimos tenían la sección dulce de su gastronomía a base de miel de abejas, con la cual preparaban ciertos alimentos y bebidas dulces, incluyendo fermentadas, muchos de ellos de uso ceremonial, así como elementos preparados con fines medicinales.

No existe ninguna crónica seria que precise la fecha en que inició la preparación del almíbar en Nicaragua, sin embargo,  hay versiones que manejan que fue a fines del siglo XVI, cuando inició la producción de azúcar, misma que había introducido al país Pedrarias Dávila.  Uno de los colonizadores españoles, que añoraba los dulces de su país, ensayó la preparación del almíbar de ciruelas, encontrando que los jocotes guardaban cierta similitud con aquella fruta y de ahí salió el primer almíbar nicaragüense.  Luego se extendió a otras frutas como el marañón, la papaya, así como el mango que recién había sido traído de Asia por los españoles.  Este platillo guardó el mismo nombre de almíbar, aunque en algunos pueblos se conoce todavía como jocotes en miel o mango en miel.  Poco a poco, el almíbar fue introduciéndose como un elemento de la cuaresma y en cierto momento alguien tuvo la tremenda idea de preparar un almíbar que combinara todas esas frutas, incluyendo grosellas y piña y de ahí surgió lo que se conoce como curbasá.

Uno de los más grandes misterios en el vocabulario nicaragüense es la etimología del vocablo curbasá.  Muchos especialistas han hurgado en las raíces náhuatl, en el  kikongo o el kimbundu, en el árabe y otras lenguas sin resultados positivos.   Lo más cercano a este vocablo es el apellido serbocroata Kurbasa, un tanto común en Bosnia-Herzegobina, sin embargo, es altamente improbable que alguien con ese apelativo hubiese llegado a Nicaragua en el siglo XVI o XVII y que pudiera haber sido el origen de dicho vocablo.

En estos dorados tiempos, el inicio de la cuaresma se adivina por las aglomeraciones en los templos los miércoles de ceniza, con el consabido caos en el tráfico aledaño producido por gentes que no conciben sus existencias si no llevan en esa fecha la cruz de ceniza marcada en su frente, aunque al viernes siguiente, una vez borrado el signo que les recuerda que indefectiblemente van a morir, se observa la procesión del vía crucis, acompañada por un reducido número de fieles.  Todavía es infaltable la sopa de rosquillas y uno que otro platillo de pescado.  Los almíbares y el curbasá siempre se preparan para la temporada y se pueden encontrar en ciertos expendios en los mercados, aunque su precio se calcula por kilates.  En el food court de un supermercado, por el equivalente a un dólar, puede obtener un recipiente parecido a los que utilizan en los laboratorios para ciertas muestras, en el cual colocan contaditos siete jocotes y una mísera cantidad de almíbar.

En lo particular, ya no sufro de aquel miedo de que el diablo anduviera suelto en esos cuarenta días, pues hay seres más temibles que campean en nuestro entorno, además que no habría peor cuarentena que la que provocaría un brote de Coronavirus.  Lo que sí arrastro de aquellos tiempos es el temor de que a estas alturas del partido el páncreas pueda pasarme una cruel factura. Aun así, en un arranque de temeridad, de vez en cuando, de manera clandestina, tomo un jocote del almíbar y siento en mi boca la dulce sensación de ese fruto con la piel correosa pegada a la semilla y su sabor mezclado con el dulce de rapadura que inmediatamente me transporta a aquellos plácidos años y me parece ver a mi abuela, con la cruz de ceniza en su frente, hablándonos de las asechanzas del demonio, mientras que mi abuelo, en su mecedora, escondiéndose detrás del periódico, dibujaba una sonrisa burlona.

 

 

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Concierto temor

La primera vez que escuché a Manzanero fue en 1966, cuando una emisora se atrevió a lanzar el tema: Cuando estoy contigo.  Me sorprendió la voz de aquel “cantante” pues se alejaba mucho de los estándares a los que estábamos acostumbrados, principalmente una vez que admiramos la voz de  Marco Antonio Muñiz.  Después de varias veces de escuchar aquel tema y siendo indulgente con la voz de Manzanero, encontré la poesía que plasmaba el autor en sus composiciones, como el final de aquel tema:  “Cuando estoy contigo yo cambio la gloria, por la dicha enorme de estar en tu historia”.  Con el tiempo, la voz del cantautor había pasado a un segundo plano y disfrutábamos de aquellas letras, con una melodía que las hacía en extremo románticas.

Años más tarde, ya en la década de los setenta, el romanticismo regresó con más bríos a través del grupo español “Mocedades” quien desde su enorme éxito Eres tú se apoderó del gusto de la audiencia nicaragüenses.   El grupo sufrió varios cambios en su composición;  dinámica que continuó a través del tiempo, convirtiéndose algo así como en aquel chistorete del machete del  compadre, que había pertenecido a su bisabuelo y que todavía existía, claro que a veces le cambiaban la cacha y a veces la hoja.  De tal suerte, que en la actualidad hay dos grupos bajo el  nombre de Mocedades, así como un grupo denominado El Consorcio.

Lo anterior, con el propósito de resaltar lo entrañable que han sido estos artistas para para la población que ahora pertenece a la tercera edad, marcando profundamente con su música una época de sus vidas.  Llegó tal vez un momento en que desaparecieron de la escena, sin embargo, en lo más íntimo de nuestra mente ahí permanecían y de vez en cuando, los traíamos de regreso a través de sus grabaciones o bien luego con la magia del internet, con la inmediatez de Youtube.  Tantos recuerdos, tantas personas, tantos eventos que regresaban y a medida que sonaban aquellos temas, recreaban parte de nuestra existencia.

Hoy por la noche se presentarán Armando Manzanero y Mocedades en el Teatro Rubén Darío de Managua, en un concierto que originalmente estaba programado para noviembre pero que por motivos de causa mayor se suspendió.  Sin embargo, al mirar los precios de las entradas, casi me voy de espaldas.  Cada boleto para platea y primer balcón cuesta la friolera de US$115.00.  Lo anterior, es el equivalente a más o menos el 65% de un salario mínimo mensual.  Desde mi punto de vista, es un precio exagerado.  Será tal vez que se quedó fijo en mi mente el concierto de Joan Manuel Serrat en el mismo Teatro Rubén Darío en 1974 y en el cual pagué US$3.57 por cada boleto en platea, segunda fila.  O tempora o mores.  Haciendo un comparativo a nivel actual, es decir en el 2020, un boleto en el concierto de Billy Joel en el Madison Square Garden cuesta US75.00, para el concierto de los Rolling Stones en el SDCCU Stadiun en San Diego cuesta US$225.00,  un boleto para el concierto de Celine Dion, en el PNC Arena, Raleigh N.C. cuesta US$145.00, para ver a Santana en el House of Blues en Las Vegas, el boleto anda por los US$125.00.   Así pues, compare usted estimado lector estos precios y dígame, si no le parece un tanto exagerado el costo que han fijado para este concierto, en especial para el caso de Nicaragua, en donde no está la Magdalena para tafetanes.

Dicen que amor no quita conocimiento y en realidad, Manzanero es toda una institución en la música romántica latinoamericana y Mocedades fue uno de los mejores grupos de este tipo de música por muchos años, pero en la actualidad, no son más que un dulce recuerdo.  Incluso no sabemos cuál de los Mocedades vendrá al concierto.  Por otra parte, una gran proporción de personas que gustaron de su música está jubilada, es decir en el segmento de mercado que cubrirían, solo una baja proporción tienen los recursos para gastar US230.00 por un par de boletos. Es una verdadera lástima que, por lo menos en el caso de Nicaragua, la promotora del evento corra el riesgo de que estos ídolos se enfrenten a un auditorio medio vacío,  o en el peor de los casos, se tenga que recurrir a obsequiar boletos para el relleno.

En lo particular, como un homenaje a lo que representaron estos artistas, algunos admiradores podrían hacer un sacrificio si el costo del boleto fuera justo, pero nunca cubrirían la cantidad que piden.  Muchos en su lugar, buscarán su éxitos en Youtube, en especial los que están remasterizados y escuchar de nuevo a aquel cautivador grupo cantar:  “En la plaza vacía, nada vendía el vendedor…” o bien a Manzanero:  “No, aunque me juraras que mucho has cambiado…”

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Y chocoplós…

 

Al igual que Jourdain, el personaje de Moliere, que después de cuarenta años de hablar se dio cuenta que lo hacía en prosa; al llegar a estudiar las onomatopeyas en la gramática española, me sorprendí al saber que yo había utilizado algo con un nombre tan rimbombante desde que comencé a hablar.  Al ir descubriendo el mundo que nos rodeaba, las onomatopeyas eran fundamentales para ayudarnos a conocer tantas cosas, en especial a los animales, al asociar el guau con los perros, el miau con los gatos, el paca paca con los caballos o bien aprender aquella primera canción de los pollitos dicen pio, pío, pío, cuando tienen hambre, cuando tienen frío.

Alrededor del mundo, en todos los idiomas, la onomatopeya siempre ha sido un recurso muy utilizado; con sus variantes, tal vez, pero siempre han reforzado al lenguaje hablado.  Así pues, por muchos años, el habla nicaragüense se vio salpicada de toda suerte de onomatopeyas que le daban vida a una narración e ilustraban cualquier acción, algunas de carácter universal, otras muy propias de la región.

De esta manera, al escuchar hablar a los mayores nos envolvía un vocabulario con abundancia de estos recursos, de tal forma que nos acostumbramos a utilizarlas en profusión.  Asimismo, cuando aprendimos a leer y nos adentramos en el mundo de los paquines, encontramos que ahí la onomatopeya jugaba un papel relevante e indispensable para el desarrollo de las historias y aquel cúmulo de recursos, algunos extranjeros, nos vino a ampliar enormemente nuestro acervo, así que cuando jugábamos a correr en un automóvil, usábamos screach para acompañar a un frenazo, roarrr, para la aceleración, así como slam, para un portazo, gulp, para un susto, snif, para un suspiro, ja-ja, para la risa, muac para un beso o bu-bu, para el llanto.

Indudablemente los golpes, cualquiera que fuera su índole, acumulaban el mayor número de onomatopeyas, tratando de describir las diferentes formas e intensidades: pipó, pipá, juas, plas, juácatelas, bimbón, pipoco, bangán, pas, bimbanga, pliqui placa, chumbulún, ra-flá, esta última la utiliza Ge erre ene en La papalina, en el sentido de golpe que aplasta, sin embargo, se utiliza mucho para dar a entender la rapidez en algo.  Algunas de las anteriores se usaban para la descripción de un acto sexual, sin duda con altas dosis de exageración y acompañadas con las respectivas expresiones no verbales:  -Y era aquel: bimbanga bimbanga.

Cuando se trataba de una acción que se repetía se utilizaba: fiqui fiqui, riqui riqui, fliqui fliqui, riquifliqui, jequere jequere, chun chun.  Generalmente acompañaba a la descripción de oficios como serruchar, limar, cepillar, aunque también para describir actos sexuales menos pretenciosos.

De la misma forma, los instrumentos musicales se hacían acompañar con sus respectivas onomatopeyas, como el tararán tararán del tambor, el tu tu tú, de la trompeta, el pirirín del piano, el fififí del violín, el chirringui chingui  o charranga changa de la guitarra, el  pliqui pliqui de la marimba.

Una de las más floridas se utilizaba para acompañar a la zambullida o el chapaleo en el agua y era chocoplós, misma que luego fue extendiéndose a cualquier tipo de caída.  Asimismo se utilizó para ayudar a describir los tipos de gordura, pues habían gordos chocoplós y gordos chumbulún.

Cuando un chisme o cuento se regaba entre mucha gente se decía que se hizo el burumbunbún, de la misma forma, cuando se escuchaba un rumor indeterminado se decía el güere güere o güiri güiri; a cualquier tipo de enfrentamiento se le denominaba rifi rafa, asimismo, la onomatopeya del teletipo pipiripipí, utilizada luego como preámbulo para los flash noticiosos se extendió para acompañar a la descripción de una persona chismosa.

También existían algunas onomatopeyas relativas al cuerpo humano, por ejemplo para la tos:  tuju, tuju, cuj, cuj, para las tripas cuando rugen:  churru-churrú, al beber glú glú o trucutú, el oído zumbando fiiiiiiii o chirrriiiiii, el achús del estornudo, las flatulencias tan explícitas con su prrrrrr o trrrrrr,  el vómito con el guaca o guácala, la micción: chorrrroooó (siempre que no hubiese afectación de la próstata) y aquella que dio origen al nombre de la letrina: pon pon.  Algunas onomatopeyas de animales se aplicaban a los humanos como era el caso de alguien que moría súbitamente y ni pío dijo, o bien, no dijo ni cuío.

Actualmente ya casi no se usan aquellas onomatopeyas, es más la genta ya casi ni platica.  Ahora dos personas pueden estar a tiro de conversación y sin embargo, se envían mensajes de texto y complementan sus mensajes pletóricos de faltas de ortografía con emoticones.  De esta manera poco a poco se va perdiendo la riqueza del lenguaje, es más, nos estamos privando de aquel enorme placer de conversar, mientras nos balancéabamos riqui riqui riqui, en una mecedora.

 

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Ahí viene la plaga

 

En mi niñez era aficionado a hojear la revista Life, a la cual estaba suscrito mi abuelo.  Me deleitaba con las fotos que presentaban con temas de todo el mundo.  En cierta ocasión me sorprendió una foto, en blanco y negro todavía, de un individuo con un sombrero cónico y una cotona larga, que tiraba de un carromato de dos ruedas, con una persona sentada en el mismo.  Tenía los ojos rasgados, la piel curtida y en su rostro se observaba el esfuerzo que realizaba al tirar del carromato.  Le pregunté a mi madre qué era aquello y ella me explicó que era un rickshaw, un medio de transporte usado en Japón y otros países asiáticos.  Al observar mi inquietud, me comentó que en esos países, al no haber mucha posibilidad de empleo, la gente tenía que encontrar formas creativas de ganarse la vida.  Aquella foto se quedó en mi mente junto a los  hechos insólitos a los que no le encontraba mucha explicación, tal como era el caso de la venta de agua para beber en los mercados de Managua, un bien que para mí no podía ser motivo de comercio.  Tiempo después tuve la oportunidad de ver una película, de espías, si mal no recuerdo, que se desarrollaba en un país asiático, en donde un tipo vestido con un traje de lino blanco y un sombrero de igual color, toma un rickshaw y el individuo que lo tiraba, vestido igual que aquel de la foto de Life, lo llevó a buena velocidad a su destino.

Con el  tiempo, esta forma de transporte se fue extendiendo por el mundo, con algunas innovaciones como fue, en primer lugar, adaptarle una bicicleta al carromato y posteriormente una motocicleta.  A mediados de los años noventa tuve la oportunidad de ver unos cuantos triciclos o ciclotaxis en la Ciudad de México, más que nada para paseos turísticos en el centro histórico de la ciudad.

En Nicaragua no fue sino hasta finales de los años noventa que inició la aparición y proliferación de este medio de transporte.  Algunos cronistas ubican su origen en el noreste del país, en Somotillo, ciudad que por su cercanía con el puesto fronterizo de El Guasaule, presentaba una considerable demanda de transporte para un trecho relativamente corto y los triciclos se convirtieron en una alternativa económica tanto para los pasajeros como para los operadores de este medio de transporte.  Luego este novedoso medio se extendió al sureste, siendo Diriamba una de las ciudades pioneras en el uso de triciclos.  Asimismo, como una alternativa para captar al turismo que llegaba en los cruceros que iniciaban a atracar en San Juan del Sur, en Rivas fueron apareciendo estos triciclos.  Debido a que uno de los primeros operadores rivenses, de apellido Rodríguez, tenía como sobrenombre “Pepano” y sus unidades tenían escrito este nombre, en esa ciudad se han conocido como “pepanos” o “pepanas”.

De esta manera, las pequeñas ciudades del país se vieron invadidas por estos triciclos. Por aquellos tiempos, de inicios del nuevo milenio, en uno de mis viajes a San Marcos, Carazo, tuve la oportunidad de ver a los triciclos atravesar la ciudad por todos sus puntos.  Cabe aclarar que esa ciudad nunca había contado con servicio de taxis locales y la mayoría de desplazamientos de la población se realizaba a pincel, sin embargo, al ir expandiéndose con la aparición de nuevos repartos, que hacían que las travesías fueran más largas, este tipo de servicio vino a cubrir una necesidad latente en la población. En cierta ocasión que asistí a un sepelio a San Marcos, al finalizar en el cementerio, estaban varios triciclos a la espera y al borde de la deshidratación nos decidimos a tomar uno para que nos llevara de regreso al centro, donde tenía estacionado mi vehículo.  Al momento de arrancar el triciclo se me vino a la mente aquella foto del rickshaw.

En virtud de que en otros países se había extendido el uso de mototaxis y algunas fábricas de motocicletas habían aprovechado esta demanda para fabricarlos con cierta estructura, que aparentemente ofrecían mayor seguridad a los usuarios, se comenzó a distribuir en Nicaragua vehículos de las marcas Bajaj, Piaggio, Masesa, entre otros.  No obstante, lo que tuvo mayor demanda fue la mototaxi “hechiza”, es decir fabricada artesanalmente, adaptando una motocicleta a una estructura frontal en donde se instalaba un asiento y al frente un tubo horizontal que hacía las veces de “protección” de los pasajeros.  El costo desde luego era significativamente menor al de las de fábrica, mientras estas últimas cuestan entre 5 y 6 mil dólares, las “hechizas” rondan entre los 2.5 y 3 mil dólares.  El retorno a la inversión parece ser bastante atractivo, a pesar de que las tarifas por pasajero rondan los 31 centavos dólar en promedio, las distancias cortas permiten una mayor cantidad de viajes y en algunos casos pueden transportar hasta tres pasajeros y con algunas adaptaciones hasta cuatro.  En las áreas turísticas el precio se eleva y ahí predomina la máxima:  “A como es el sapo (en el buen sentido de la palabra) es la pedrada”.

A excepción de Rivas en donde se continúa llamando “pepanos” a estos vehículos, en todo el país se extendió el nombre de “caponeras” para designar a este tipo de transporte, ya fueran triciclos o bien mototaxis.  Se dice que este remoquete obedece al nombre de una telenovela colombiana de aquella época que había roto records de audiencia, en donde supuestamente aparecían estos vehículos en el desarrollo de la historia.  Asimismo, se agrega el vocablo “torito” para los vehículos con estructura de fábrica y que por casualidad son todos de color rojo y se alterna el nombre “triciclo” para los tirados por bicicletas.

Se suponía que este servicio de transporte sería exclusivo para las zonas del interior de la república en donde el transporte colectivo no daba abasto para las crecientes necesidades de la población y en donde el tránsito vehicular era tan bajo que la circulación de las caponeras no constituía mucho peligro.  La ciudad de Managua, por contar con un sistema, supuestamente ordenado de transporte colectivo estaría fuera de la influencia de esta alternativa.  Sin embargo, en las zonas semi rurales de la capital, desatendidas por el sistema de transporte, además de ser zonas de bajos ingresos, comenzaron a introducirse las caponeras.  Luego, aquellos barrios suburbanos ubicados un tanto alejados de las principales vías de comunicación por donde transita el transporte público, también introdujeron estos vehículos para que transportaran a la población desde los barrios hasta las principales arterias y viceversa.  Luego en los barrios periféricos de la capital, en la medida que los supermercados fueron expandiéndose se logró la identificación de una demanda de parte de la población que requería trasladarse hacia sus hogares con su mercadería a un precio cómodo.  De esta forma, se fue proliferando el uso de caponeras a lo largo y ancho de la ciudad capital.

Obviamente, la regulación de este nuevo sistema de transporte es, como diría Jim Phelps, misión imposible.  A nivel municipal han sido las alcaldías locales quienes se han encargado de la regulación, sin embargo, se han visto rebasadas por el crecimiento exponencial de las caponeras, además de la presión social de parte de los operadores, algunos organizados en cooperativas y otros por su cuenta, de manera un tanto fuera de la formalidad.  En la ciudad capital, es IRTRAMA, el ente regulador del transporte de la alcaldía quien supuestamente pondría orden en la operación de este sistema de transporte, sin embargo, a pesar de que supuestamente existe un reglamento para este tipo de transporte, el mismo es papel mojado.  En primer lugar, los límites que en un inicio de habían impuesto a la circulación de estos vehículos fueron rápidamente rebasados y de pronto se comenzó a ver a las caponeras en las principales arterias y carreteras.  Por otra parte, una considerable proporción de estos vehículos opera de manera ilegal.  Asimismo, la Policía Nacional, tan eficiente para otras cosas, se ve imposibilitada para poner orden en este nuevo sector del transporte.

De la misma manera, la seguridad tanto del conductor como de los pasajeros es tan solo una quimera.  El conductor es en términos prácticos un motociclista y en ese sentido, de conformidad con las normas vigentes, debería utilizar el casco obligatorio e igualmente los pasajeros tal como lo hacen los acompañantes de los motociclistas.  No obstante, pareciera que los caponeros razonan de una manera especial, ya que para ellos, el hecho de que la moto tiene dos ruedas delanteras, que mantienen el equilibrio del vehículo, hace innecesaria la utilización del casco reglamentario.  Por otra parte, los pasajeros deberían de utilizar cinturones de seguridad, por las mismas razones que lo utilizan quienes viajan en otro tipo de vehículo, sin embargo, aquí el razonamiento apunta a que en las caponeras “hechizas”, un tubo atravesado a la canasta, “protege” al pasajero, mientras que en las del tipo torito, al viajar en la parte posterior y tener un parabrisas, esto es suficiente “protección”.  Esta brillante lógica provoca que una enorme proporción de los accidentes en los que se involucran caponeras tengan un saldo mortal, tanto de pasajeros como de conductores de las caponeras.

La problemática en torno a este medio de transporte es crítica y con una tendencia e empeorar, sin embargo, las autoridades que a nivel central o local, debiera revisar, actualizar y aplicar la reglamentación del mismo, parece seguir el modelo del avestruz y su brillante actuación se limita a organizar carreras de caponeras en el Paseo Xolotlán, al mejor estilo de Pedro Carretón, con su recordado Ben Hur.  Afortunadamente dichos torneos no ha ido acompañados de la proyección del comercial que produjo la tarjeta Visa, contratando a Pierre Brosnan, en el cual el ex agente 007, de viaje por Tailanda y urgido por llegar a una cita, cambia su elegante vehículo y toma una caponera y su conductor al reconocer a su pasajero se impone el reto de impresionarlo y realiza las maniobras más temerarias que ni el propio Bond se hubiera imaginado, terminando al final, destrozada la caponera en mil pedazos, ante lo cual Brosnan le lanza al caponero su tarjeta Visa para que la repare.  (Enlace al comercial)

Las perspectivas para este problema no son nada halagüeñas.  Las críticas condiciones económicas que se vislumbran para el país en un futuro cercano, unidas a las inclemencias del cambio climático que desalientan la sana costumbre de caminar, incidirán en una creciente demanda de transporte a menor costo, ante lo cual, la única alternativa viable que se presenta para la población podría ser el servicio de las caponeras, sin embargo, detrás de este costo aparentemente bajo, esconde uno significativamente mayor, que es el riesgo de accidentalidad que representa viajar bajo estas condiciones.  Lamentablemente, la misma situación social forzará a que este costo del riesgo no sea considerado, por lo menos en toda su dimensión.  Por el otro lado, quienes tienen la suerte de desplazarse en vehículo propio verán incrementado el riesgo de accidentalidad, al proliferar las caponeras por un considerable trayecto de sus rutas, con las graves consecuencias en caso de siniestro, pues tenga o no tengan la culpa, los daños a terceros,  que como dijimos son fatales, se elevarán considerablemente, obligando al conductor privado a extremar precauciones, manejar con el jesús en la boca y con el volante a dos manos, dejando el fondillo al descubierto.

 

Agradezco a Celeste González su amabilidad al cederme imágenes de su colección para ilustrar este blog.

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Ipso facto

 

En mi niñez, las misas todavía eran celebradas en latín, con su agregado en griego.  Mi madre me mandaba los domingos y yo obedecía a regañadientes, tratándole de explicar que me aburría en extremo, pues no entendía absolutamente nada de lo que hablaba el sacerdote y cuando subía al púlpito a decir el sermón, que aunque era en español, tampoco le entendía.  Con el tiempo fui aprendiendo algunas de las expresiones utilizadas por el celebrante que me servían de guía para ver en qué parte de la misa estábamos.  Cuando el cura decía: Verbun Dómini, quería decir que el celebrante se iba a dirigir al púlpito de madera, al frente de los fieles, al cual accedía por una escalera de caracol para dirigir su sermón.  Procuraba ubicarme en el grupo de varones que por tradición debían sentarse en las últimas bancas del fondo o bien permanecer de pie, cerca de la puerta.  Al momento de iniciar el cura su ascensión al púlpito, todos sin excepción, se salían al atrio, en donde aprovechaban para rascarse a discreción y conversar sobre los temas de actualidad.  Al momento de finalizar el sermón y comenzar el padre su descenso, todos entraban rápidamente a ocupar sus lugares al fondo del templo.  No sé si el cura miraba aquel movimiento o si desde arriba lograba observar al grupo aquel, lo cierto es que nunca hizo ningún reproche al respecto.  Una expresión que me causaba inquietud era cuando exclamaba:  Dóminus vobiscum, a lo que el acólito y algunos fieles dadores a creer respondían Et cum spíritu tuo.  Yo desde luego en “ele olo chico zapote”, lo único que se me venía a la mente era algo relacionado con los bizcos. Una frase que me llenaba de emoción era cuando, antes del Pater Noster, el cura decía: Per omnia secula seculorun, a lo que los fieles de manera solemne respondían a coro: Amen.  Aquel seculorum resonaba tanto que me daba la impresión de que se trataba de algo en extremo misterioso.  Sin embargo, la parte más feliz era cuando el oficiante exclamaba: Ite missa est, a lo que todos, un tanto aliviados respondían:  Deo gratias.

Cuando cursé el sexto grado de primaria en el Instituto Juan XXIII, a pesar de lo experimental e irregular de aquel curso, en donde todos los docentes eran voluntarios, sentí que la asignatura de Español, a cargo de la profesora Rosita Reyes, quien con un gran esfuerzo cubrió a cabalidad el programa, fue un aprendizaje relevante, pues gracias a ello pude sentar las bases para un manejo adecuado del lenguaje.  Con su manera de enseñar nos hizo entusiasmar por las locuciones latinas, que además de adentrarnos en el conocimiento de aquella lengua, nos dejó lecciones en varios campos.  Aprendimos desde Ad hoc, a esto, para esto, hasta Vox populi, vox Dei, la voz del pueblo es la voz de Dios.  Ahí me di cuenta que Per omnia secula seculorum quería decir “Por todos los siglos de los siglos”, que después de saberlo me llenaba de angustia ante el misterio de lo eterno.

Aunque usted no lo crea, a mediados del siglo pasado, el nicaragüense con algún nivel de estudios, aun modesto, manejaba un vocabulario de cierta altura, en donde las locuciones latinas enriquecían el habla cotidiana.   Cuando algún hecho estaba concluido, sin posibilidad de revertirse se decía consumatum est.  El síndrome de los diablos azules de los bebedores consuetudinarios se conocía comúnmente como delirium tremens. Cuando una persona metía las extremidades inferiores y trataba de sacarlas con cierto honor exclamaba:  Errare humanum est.   Se escuchaba regularmente: Le presté cien córdobas a fulano, luego arqueando las cejas agregaba: per secula, es decir que nunca los vería de nuevo.  Cuando se realizaba una estimación bajo el método Alver, el interlocutor agregaba a grosso modo, para indicar que se trataba de algo aproximado, aunque la preposición “a” estaba de más.  Para indicar el oficio de alguien principalmente cuando se trataba de algo no ortodoxo, se decía modus vivendi.  En el lenguaje policiaco se utilizaba modus operandi, relativo a la forma particular de alguien al cometer un ilícito o bien in franganti, cuando sorprendían a alguien en plena comisión del delito.  Cuando alguien se refería a una persona que se creía lo máximo, se decía: se cree el non plus ultra.  En el caso de que una persona sin pertenecer a una institución realizaba funciones propias de la misma, sin percibir remuneración alguna, se decía ad honorem y un ejemplo clásico eran los miembros ad honorem de la guardia somocista, quienes sin percibir salario, solo por el placer de espiar y denunciar a los opositores, ejercían estas funciones. Las misas de acción de gracias se llamaban te deum, clásicas en las celebraciones de los quince años.  Asimismo, se utilizaba con mucha frecuencia: etcétera, mea culpa, viceversa, versus, lapsus, in memoriam, in fraganti, idem, ego, alias, bis.

En la universidad, dependiendo la carrera se intensificaba el uso de locuciones latinas, encabezando la lista la carrera de derecho, debido a la influencia del derecho romano en la legislación moderna.  En la facultad de economía también se utilizaban aunque en menor medida.  La expresión más utilizada era ceteris paribus, es decir, si las otras cosas permanecen constantes; premisa indispensable para realizar el análisis de una variable, aislándola del resto de factores que pudieran afectarla y que en la realidad nunca permanecen constantes.  Vemos esto claramente en las proyecciones de la economía nacional en 2017, muy optimistas, ceteris paribus, sin embargo, las otras cosas, que no permanecieron constantes, se encargaron de mandarlas al traste.  También había que dominar el ex ante y el ex post, así como las condiciones sine qua non.

Cuando comencé a trabajar en la década de los setenta, todavía se manejaba en el lenguaje estándar una que otra locución latina.  En la oficina había un sujeto que era muy afecto a utilizar la locución: ipso facto, que quiere decir, por el mismo hecho, pero que él lo manejaba como algo automático, ágil, rápido, expedito.  Siempre buscaba la manera de que dicha expresión saliera a colación en la plática, de tal suerte que muchos lo conocían como El ipso facto.  Resulta que en cierta ocasión, en la fiesta de fin de año, ya con sus flagellum entre pecho y espalda le dijo a un alto funcionario todo lo que su rencor tenía guardado, incluyendo epítetos e infidencias que hicieron que el funcionario montara en cólera y abandonara el evento, no sin antes dar indicaciones que lo despidieran ipso facto.  Al día siguiente esta redundancia inundó los pasillos de la oficina y no faltó quien en voz baja dijera in vino veritas. Definitivamente como decía Marco Tulio Cicerón: O tempora o mores.

En la actualidad es muy raro escuchar una conversación en donde aparezcan las locuciones latinas.  Tal vez si se trata de ciudadanos de la tercera edad, sin embargo, a medida que se baja en edad, es mucho más difícil encontrar su uso, mucho menos su comprensión. Los programas de lengua y literatura a cualquier nivel no contienen el estudio de las locuciones latinas y muy raramente algo de las raíces griegas y latinas.  En estos dorados tiempos, en vez de decir “se cree el non plus ultra”, se dice, “se cree la última coca del desierto”. A los equivalentes a los agentes ad honorem de la guardia nacional se les conoce simplemente como sapos. En vez de emular con elegancia a Julio César exclamando: Alea jacta est, se dice con una mano en la cintura:  Ya se fue el balde, que se vaya también el mecate.  Una excepción podría ser el lenguaje de hechiceros, básicamente latín, manejado en las novelas y películas de Harry Potter, aunque en realidad lo que prevalece por estas tierras es el yoruba.

Hay ciertas locuciones que han desaparecido porque el concepto que representaban ha dejado de existir.  Nadie utiliza mea culpa, debido a que todo el mundo busca como echarle la culpa a los demás por sus errores.  El habeas corpus, también valió sorbete.  De la misma forma quieren desaparecer la expresión vox populi, vox Dei, debido a lo peligroso que es para cierto güis de balandrán, ni se diga memento mori.

Concluyo con una locución que se utilizaba en el teatro romano cuando finalizaba la función y que replicó el emperador César Augusto al momento de su muerte: Acta est fabula.

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El petit pois: invasor e imperialista

 

 

Recientemente la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.  Las verdaderas intenciones del oficialismo respecto a esa ley se desconocen, sin embargo, la oposición sostiene algunas teorías conspirativas que incluyen la intención de arrancarle a la iglesia católica el patrimonio sobre las comidas de cuaresma, lo cual es un tremendo dislate, pues de ninguna manera la iglesia, cualquiera que fuese, mucho menos el Estado, puede detentar el patrimonio sobre determinada gastronomía, el cual le pertenece exclusivamente al pueblo.

Sin embargo, esto no es lo más florido del cuento.  Resulta que en la discusión de la mencionada ley, que me imagino ha de haber sido una extensa “platica de presos”, un diputado oficialista mandó la esférica al otro lado de la cerca, por los 400 pies, al acusar en el hemiciclo a viva voz al petit pois de invasor e imperialista.  En un inicio, los padres de la patria se quedaron patidifusos y obnubilados, pues lo primero que se les vino a la mente, al igual que todos quienes después conocieron el cuento, fue la figura del canciller y vocero del régimen, a quien desde hace mucho tiempo, cuando militaba en la otra acera, de cariño le adosaron el remoquete de “El Petit Pois”.  No fue sino hasta que el legislador agregó que debe de ser erradicado del país porque amenaza al arte culinario nacional, que todos cayeron en cuenta que se trataba de la leguminosa.

Abro aquí un paréntesis para una cápsula ilustrativa.  El petit pois es la semilla de la Pisum Sativum, planta herbácea de la familia de las leguminosas, originaria del Cercano Oriente y diseminada luego por Europa.  En español tiene diversos nombres de acuerdo a la región: chícharo, guisante, arveja, etc.  En Nicaragua, en virtud de que esta planta no se produce localmente, su consumo se ha satisfecho tradicionalmente a través de la importación de las semillas enlatadas, en un inicio con el nombre en francés de petit pois, motivo por el cual todos lo conocen con ese nombre y en general se pronuncia como “petipuá” o “petipoá”, aunque muchos lo deforman a “peticuá” o “piticuá”. Cierro paréntesis.

De regreso a la discusión, el diputado en cuestión también se llevó en el saco a otros productos extranjeros como las uvas y ciruelas pasas, así como otros productos importados que representan la invasión imperialista culinaria en el país.  Agregó al saco a la comida chatarra y hamburguesas, porque provocan el olvido de la comida tradicional y atentan contra las tradiciones nicaragüenses.

Al respecto es necesario resaltar que en la gastronomía es muy difícil separar el concepto de fusión, debido a que toda cultura, en algún momento y por diversas razones ha coincidido con otras culturas, resultando un intercambio, entre otros, de prácticas e ingredientes culinarios que han venido a enriquecer cada gastronomía.

Si en un afán de ser puristas se pretendiera erradicar de cada gastronomía los ingredientes que no son autóctonos de determinado país o región, se causaría una verdadera debacle.  Si por ejemplo al plato emblemático de la gastronomía mexicana, el mole poblano, se desterraran los elementos exóticos, había que prescindir de la cebolla, el ajo, las pasas, el ajonjolí, las nueces, las almendras, el clavo, la canela, el perejil e incluso el chocolate, pues si bien es cierto, el cacao y la bebida original del chocolate son originarias de América, el chocolate amargo es un elemento desarrollado en Europa.  En Perú, el Ceviche tendría que elaborarse sin limón ni cebolla.  Por su parte, la Bandeja Paisa colombiana tendría que preparase sin arroz, chicharrón, chorizo, carne molida, huevos, plátanos ni morcilla (moronga).   En Europa, también habría que erradicar de cada gastronomía, el arroz, el tomate, la papa, las especias, dejándolas prácticamente en la calle.  ¿Se imaginan que sería de las papas a la francesa, el fish and chips, la pizza o la tortilla de patatas?

En el caso de Nicaragua, la situación no sería diferente.  El apetecido nacatamal, tendría que prescindir del cerdo, su manteca y la envoltura de hoja de plátano, sin contar con aquellos herejes que le agregan ciruelas y pasas, regresando a los tamales de los mexicas, con carne de guardatinaja o chompipe y envuelto en hojas de maíz.  El vaho por su parte, tendría que prepararse con carnes criollas y solo llevaría yuca, pues el plátano y el maduro, al igual que sus hojas para taparlo, son exóticas, quitando además la cebolla y el ajo.  El indio viejo tendría que prepararse sin cebolla ni ajo, tendría que llevar carne de monte y no podría acompañarse de un guineo.  En el caso de la gallina henchida o navideña, sólo quedaría el tomate y la papa y del relleno navideño, solo el tomate.  El vigorón no llevaría chicharrón.  El mondongo y el quesillo tendrían que desaparecer y por su parte la chicha, así como otros refrescos típicos no llevarían dulce de rapadura ni azúcar, mucho menos especias.

Si retomamos el caso del petit pois, se puede decir que es un elemento utilizado ocasionalmente en la gastronomía nicaragüense.  Se emplea en algunas ensaladas y salsas que acompañan a carnes, pero su protagonismo ocurre en el arroz a la valenciana.  Este platillo apareció en escena en la cocina nicaragüense en la primera mitad del siglo XX.  Se deriva de la paella valenciana o arroz a la valenciana, como se le conoce en España y fue adaptado a la cocina local, al igual que en muchos países latinoamericanos, de conformidad con los elementos que podían conseguirse en cada región.

La paella valenciana es un platillo que se remonta a mediados del siglo 18 en la región de Valencia, España y que pronto se extendió por todo el territorio español.  Su receta original llevaba arroz, que por cierto es originario de Asia, anguila, judías verdes y caracoles, aunque luego se introdujo la carne de pollo y conejo.  La receta actual del platillo que posee denominación de origen, incluye arroz, pollo, conejo, judías verdes, garrofón (especie de judía), tomate, aceite de oliva, azafrán y sal.  El nombre valenciano de paella se deriva del nombre del recipiente en donde se prepara, del latín patella y que en español tomó el nombre de paila.

En Nicaragua se convirtió en un platillo muy popular, debido a que su sencillez y rendimiento lo hizo ideal para reuniones familiares y fiestas, pues se trata de un plato único que no requiere de entradas o de un segundo plato y que con unas tres o cuatro rodajas de pan de molde y una Coca Cola, ya resuelve.  Tradicionalmente se sirve en cualquier época del año en reuniones en donde asiste un buen número de invitados, lo cual lo hace un plato práctico y rendidor.  La receta local lleva arroz, pollo, embutidos, mantequilla, salsa de tomate, zanahoria, chiltoma, cebolla, apio, ajo y como elemento un tanto más de adorno que para darle sabor, el petit pois.  Algunos se emocionan y le agregan mostaza, salsa inglesa, pasas, aceitunas y maíz dulce.  Algunos apóstatas incluyen una media botella de ron, misma que se atraviesan de manera previa y ya hasta el sereguete, le agregan a la receta cerveza, coca cola y hasta vino blanco.  El nombre de este platillo es arroz a la valenciana, aunque algunos le llaman arroz con pollo y otros más folclóricos le llaman arroz de cumpleaños, arroz de piñata o arroz de pereque.

Como nota curiosa, menciono que este mismo platillo en Cuba lleva el nombre de Arroz con pollo a la Chorrera y es un plato infaltable en las fiestas familiares cubanas y con tremendos sacrificios tratan de mantener los ingredientes originales del mismo, que incluye coincidentemente al petit pois.

Así pues, si al tenor de su origen externo eliminamos al petit pois de esta receta, tendríamos también que quitar el arroz, originario de los imperios asiáticos, el pollo natural del  sudeste asiático, los embutidos, originarios de Europa, la cebolla, el apio, el ajo, todos ellos traídos por los españoles, de tal manera que el platillo entero desaparecería de nuestra gastronomía, de la misma manera que la enorme paila de arroz a la valenciana se esfuma al final de la fiesta.

No obstante las consideraciones anteriores, hay ciertas probabilidades de que a final de cuentas, el petit pois, al igual que algunos ingredientes puedan salir de la gastronomía nacional, no por la satanización que se haga de ellos, sino por vulgares razones económicas.  La pérdida del poder adquisitivo de la población en general, así como ciertas políticas recaudatorias que inciden en el esquema arancelario y de impuestos al consumo, podrían hacer prohibitivos algunos ingredientes importados.   En la actualidad, una lata mediana de petit pois de 425 gramos cuesta alrededor de dos dólares, cuando en tiempos de la otra dictadura costaba cerca de los 75 centavos de dólar y no es remoto que en cualquier momento puede dispararse hasta los tres dólares, lo cual provocaría que este elemento se desterrara del arroz a la valenciana y lo mismo sucedería con algunos ingredientes de la gastronomía nicaragüense que son importados.

De esta manera, la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense, debe partir del hecho de que nuestra gastronomía es una fusión de todas las culturas que confluyen en nuestra identidad mestiza, la indígena, la española y la negra, además de otros elementos que de alguna u otra forma se lograron colar en la misma y si es un apremio del gobierno, fortalecer y promoverla, debe de hacerlo sin distinguir el origen de todos sus elementos y si es preciso hacer cambios en la política fiscal para asegurar que estas tradiciones se mantengan, pues que se realicen.   Considero pertinente traer a colación la frase del gran chef francés, Alain Dutournier: “Creo en la cocina de mestizaje, que es el fruto del paso del tiempo, de invasiones, de la emigración, de la integración de usos y costumbres de diferentes pueblos.  En definitiva, el mestizaje es producto de la historia”.

Del otro Petit Pois, mejor ni hablar.

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La vejez en tiempos de la posverdad

… no me digas la verdad, no me mientas, 
ya me di cuenta que no es lo que era,
de eso se da cuenta cualquiera,
antes o después de las rosas,
ves a través de las cosas…

Marcelo Scornik

 

Nunca llegué a imaginar cómo podría ser mi vejez, tal vez porque en su momento, no creí llegar a viejo.  Cuando a los treinta y ocho años decidí donar un riñón, me advirtieron, incluso mi padre que era médico, que mi esperanza de vida podría reducirse en cerca de diez años.  No vacilé y expresé: ¡Veinte que fueran!  Luego, con la calma del deber cumplido, me puse a analizar aquella sentencia y tomando en cuenta que la expectativa de vida promedio en América Latina era en ese entonces de aproximadamente 75 años, al restarle aquellos diez años, podría llegar, con suerte, a los 65 años, que para muchos es apenas el umbral de la tercera edad, por lo tanto nunca alcanzaría la vejez y sin mayor drama, estuve resignado a ese hecho.

De cualquier forma, burla burlando como decía Lope, llegué a los sesenta y cinco sin el menor indicio, al menos latente, de arribar a puerto alguno.  Ahí me di cuenta que algo en las cuentas no cuadraba.  Sería tal vez que las expectativas de vida en mi caso particular eran mayores que el promedio (no me explico cómo) o bien que los fatídicos diez años no eran más que un margen, un tanto pesimista, que los médicos incluían en su pronóstico por aquello de las cochinas dudas.  Lo cierto es que llegué a esa edad sin haber diseñado un plan, ni siquiera una hoja de ruta, como dicen ahora los expertos, de lo que lo que podría ser mi vejez.  No llegué a imaginarme aquellas aspiraciones, un tanto manidas, de disfrutar de una jubilación, holgazanear todo el día en bermudas y en sandalias o incluso descalzo, una mecedora, un jardín, escuchar música, leer, escribir o consentir a los nietos.  Así que seguí caminando sin mayores pretensiones, ligero, saboreando la cotidianidad, tratando de realizar el mejor balance entre lo que debo hacer, lo que quiero hacer y lo que puedo hacer, sin ceñirme estrictamente a sus límites, cruzando a veces la raya continua e invadiendo el carril por donde transita lo que no debo hacer, lo que no quiero hacer y lo que no puedo hacer.

Con un sentido de provisionalidad he ido construyendo esta etapa, tratando de acostumbrarme sin mucho revoloteo, a los cambios que debo de enfrentar, pagando sin refunfuñar la factura que constantemente me va pasando el calendario. Hago un gran esfuerzo por resistir al mejor paso la carrera detrás de la tecnología, para ser, si acaso viejo, pero no obsoleto. Trato de incrementar mis reservas de tolerancia al máximo para poder hacer frente al reggeton, los influencers, los coaches de vida, los tertulianos, los falsos profetas y otros tantos males de nuestro tiempo.

No obstante hay algo que por muchas reservas de tolerancia que tenga me cuesta aceptar y digerir y es la posverdad.  No logro entender cómo se llega a manipular las emociones de la gente con el fin de jugar con la realidad, distorsionándola a su antojo.  Lo cierto es que estamos inundados de falsas noticias, ideas huecas y convicciones sin el menor respaldo. Se pretende sustituir la objetividad por las emociones que determinada afirmación genera en la gente, de esta manera, la clara línea que dividía la verdad de la mentira ha sido borrada para crear un espacio intermedio en donde se ha metido con calzador una nueva categoría en la cual, determinado hecho, verdadero o falso, debe de aceptarse tan solo por el hecho de coincidir con nuestros esquemas mentales.

De pequeño me tocó vivir uno de los episodios clásicos de posverdad en la historia moderna de Nicaragua.  En febrero de 1957 Luis Somoza Debayle asumió la presidencia de la república en un clima bastante adverso para un régimen, que no era sino una extensión de la dictadura de su padre Anastasio Somoza García.  Para aplacar los ánimos, Luis Somoza anunció en su discurso de toma de posesión que tropas hondureñas habían incursionado en territorio nicaragüense, en un pequeño pueblo llamado Mokorón, al norte de Chinandega, matando a 57 efectivos de la guardia nacional.  El pueblo se inflamó de ardor patrio y clamó por hacer pagar caro a los hondureños por semejante afrenta. Somoza logró el propósito de desviar la  atención del pueblo hacia un nacionalismo que de una u otra manera, sin querer, se plegaba hacia el “nuevo” gobierno. Mis recuerdos de aquel episodio son difusos y me parece recordar a mi abuelo exclamando un largo: Mmmmmmm. Estudiaba en ese entonces en el Pedagógico de Diriamba, ahí donde estudian los presidentes y el Hermano Agustín, Tincito, compuso una marcha que cantábamos en clase, misma que hablaba de los pinoleros, la bandera nacional y en un momento todos gritábamos en coro ¡Mokorón! lo que no pasaba de ser un ejercicio de canto. Así pues a corta edad, aquello no tuvo ninguna relevancia para mí y Mokorón no llegó a ser más que un nombre un tanto sonoro.

En aquellos tiempos, todavía tenía vigencia el dicho: “las mentiras tienen patas cortas” de tal manera que no pasó mucho tiempo para que la patraña se descubriera, pues en realidad nunca hubo invasión de parte de tropas hondureñas y mucho menos muertos en Mokorón.

En los tiempos actuales, la posverdad se ha tornado en el pan nuestro de cada día, agregándose a esto, lo que se ha venido conociendo como “hechos alternativos” que no son otra cosas que patrañas, mentiras, con la diferencia que están respaldados por un enorme aparato profesional de propaganda, a veces importado, apoyado en los medios masivos de comunicación, manejándolas de tal manera que no exista ni el menor asomo de duda respecto a su “veracidad”.  Lo cierto es que el grado de éxito de estos aparatos tiene una relación inversa con el coeficiente intelectual de su población objetivo.

Sin embargo, cuando hay materia prima y se coleccionan casi setenta tacos de almanaque, como dice Pérez Reverte, se acumula una experiencia que le va afilando a uno los colmillos y es una tarea un tanto difícil chuparse el dedo.  Por lo tanto al enfrentar a la posverdad, se produce un conflicto, pues no tengo la menor intención de realizar ningún sacrificio intelectual, a pesar de la tentación de apegarme a las emociones. De esa manera, la posverdad difícilmente me toma desprevenido, pues se percibe a la legua, algo así como los muertos vivientes de la serie de televisión, con su andar errático, su penetrante y nauseabundo olor y su incansable afán de clavarnos los dientes.  Así pues, después de exclamar un largo: Mmmmmmm, como lo hacía mi abuelo, con la mayor naturalidad, sin el menor asco, procedo a clavarles una estaca en la cabeza al mejor estilo de Rick Grimes.  El problema serio es que estos hechos alternativos nos aparecen por doquier, al igual que las hordas de muertos vivientes en la serie, que salen hasta en la sopa y nos obligan a caminar de manera perenne en modo alerta.  De tal forma que la placidez que debía ser la constante de la tercera edad, se torna una encarnizada lucha por mantener la integridad de la corteza cerebral y el sistema reticular activador, de tal suerte que al enfrentarnos a los comunicados, a los manifiestos, a los discursos, a las notas de prensa, a los reportes, a las alocuciones, a los noticieros, podamos llenarlos de enormes signos de interrogación y como el peje lagarto exclamar emulando a Hector Lavoe: “Te conozco bacalao, aunque vengas disfrazao”

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