Por mis padres, bohemios

 

 

 

Vivimos días tenebrosos, en donde la poca sabiduría que he acumulado en estos setenta tacos de almanaque, me obliga a poner los pies en la tierra y barruntar un futuro casi apocalíptico, en donde las opciones son tan crudas que obligan a pensar que si no morimos del COVID-19, moriremos de hambre.  Entonces, las palabras de aliento de nuestros seres queridos y amigos cercanos no se hacen esperar.   Puede ser que ellos tengan temores aún mayores, pero las obras de misericordia dictan que hay que animar al atribulado.  Mi hermano menor, optimista por excelencia me dijo: -Hermano, has pasado por los trances más difíciles que alguien se puede imaginar y los has superado.  No pude más que contestarle: -Sí, pero no es lo mismo “Los tres mosqueteros” que “Veinte años después”.

Ya por las noches, en el insomnio que provoca el intenso calor mezclado con los vapores de alcohol del 70 que pulula en el aire, repaso aquellos acontecimientos que marcaron mi vida y de pronto recuerdo un episodio, un tanto escondido en el disco duro, en el cual  estuve en aislamiento, con el fondillo a dos manos, pero con dos gigantes a mi lado.

El año de 1964 fue aciago en extremo.  A finales de mayo, a la edad de 45 años, falleció de un infarto fulminante mi tío Emilio, mi “Papá Emilito”.  Fue un acontecimiento que cimbró hasta sus cimientos a nuestra familia.  En nuestra casa se respiraba un profundo dolor y por primera vez, miré el temor en el rostro de mi padre, médico internista que de pronto vislumbró un escenario fatal en su vida que ya no era tan descabellado.

Cursaba yo el tercer año de secundaria en el Instituto Pedagógico de Diriamba y ya sentía el rigor del estudio de la física y la matemáticas.  En aquel tiempo los exámenes de medio año se realizaban en septiembre,  justo antes de las fiestas patrias, de tal manera que después del desfile del 14 y  de la lectura del acta de la Independencia el 15, iniciaban unas vacaciones de dos semanas.

Me presenté a los primeros exámenes tranquilamente, sin embargo en el penúltimo examen, de literatura, si mal no recuerdo, comencé a sentirme mal.  Sentía dolor en el cuerpo y una profunda nausea.  Por la tarde cuando llegó mi padre le expliqué mis malestares y como era natural en él, de entrada le echó la culpa a algún exceso en la comida.  Por la mañana le comenté que no aguantaba el  malestar y muy espartano me dijo que aguantara y me fuera al  colegio, pues era el último examen, física y no podía faltar.   Haciéndole un poco al Gerald Butler, agarré fuerzas y me fui al examen.  Medio recuerdo que me inventé la mayor parte del examen y con el último hálito regresé de arrastradas a mi casa directo a la cama, pues no podía mantenerme en pie.    Cuando llegó mi padre me examinó, esta vez con más cuidado y comencé a ver esa expresión de preocupación en su rostro.   Me revisaba los ojos y me tocaba el vientre y me parecía adivinar que negaba con su cabeza algo que no quería imaginarse.  Por la mañana, tomó una jeringa y me sacó una muestra de sangre y se la  llevó a Managua, no sin antes ordenarme reposo absoluto.

Cuando regresó a medio día, noté que no pasó directo a mi cama, sino que se quedó conversando con mi madre un buen rato y luego llamaron a mis hermanos.  En ese momento, como decía su Eminencia:  – Se me fueron los pulsosmmm.  Cuando llegó mi padre a verme, echándole producto de gallina, me atreví a preguntarle qué tenía.  Mi padre era muy acertado, pues invertía buena parte de su tiempo y de su dinero en actualizarse, trayendo los últimos números de la literatura médica, pero era muy reservado para discutir y expresar sus diagnósticos.  Pensaba que la tranquilidad del paciente era básica para su recuperación.  En el caso de sus hijos, era peor, pues le era fácil contestar ante cualquier dolor de garganta que se debía a que andábamos descalzos. En esa ocasión, después de pensar un rato respecto a mi pregunta, me contestó que era el hígado, pero si me cuidaba todo iba a salir bien.  Me quedé más tranquilo.

Así pues, me resigné a quedarme en cama por un buen rato, pero me extrañó que mis hermanos, que siempre me buscaban para armar cualquier relajo, se mantuvieran alejados de mí.  Llegaban por la noche y cada quien a su cama, sin acercarse a la mía.  No podía ir al comedor y la comida me la llevaba mi madre a la cama.  Nada de grasa, pero lo que empecé a notar es que mis cubiertos tenían una seña marcada con pintura de uñas, lo mismo que los platos.  Mi vaso siempre fue individual, de aluminio, dorado.

Mi madre me miraba con una ternura inigualable y lo primero que hizo fue asignarme el único radio de la casa, para que no me aburriera.  Regularmente hacía sus rondines para ver cómo estaba.  Me preguntaba qué se me antojaba y siempre le pedía un pudín Royal de vainilla.  Me encantaba el sabor de aquel  postre, además que traían de regalo una miniatura de automóviles clásicos.

Pasaba escuchando radio todo el día.  Recuerdo que en aquel tiempo salieron varios éxitos de The Beatles: A hard day´s night, Can´t buy me love, entre otros, pero la que más se me quedó grabada por lo triste fue Blue Winter (Invierno triste) de Connie Francis.  Recuerdo también que mi madre vino a verme y me pidió que tratara de recordar algo que hubiese comido en las últimas semanas que se saliera de lo normal.  Comenzamos a repasar y al final dimos con algo que sin ser concluyente pudo haber sido la causa de mi mal.

Unas semanas antes de caer enfermo, nos reunimos los condiscípulos del pueblo, Sergio Zepeda, Arturo Pérez, Pablo Vargas y yo, para estudiar física principalmente.  Nos reuníamos donde Sergio,  pues la casa de los Ortega Robleto, quedaba enfrente y ahí llegaba Toño Ortega, que siempre estaba anuente a ayudarnos y los problemas que se nos hacían imposibles, él en un dos por tres los resolvía.  La mamá de Sergio, doña Chon, nos recibía siempre con mucho cariño y en una ocasión nos llevó una gran pana de nancites.  Como todo chavalo, les caímos como si fuera tarea.  A pesar de que ninguno de mis compañeros se enfermó, mi padre coincidió con mi madre que tuve la mala suerte que un solo nancite pudo estar infectado y fue lo que me provocó mi enfermedad.

Día de por medio mi padre me sacaba sangre por la mañana y a su regreso se quedaba conversando con mi madre.  Así pasé todas las vacaciones de septiembre, más de dos semanas, considerando que ya no fui al  desfile ni a la lectura del acta de la Independencia.  Al  final, antes de darme de alta, mi padre me dijo que había sido una hepatitis, lo más probable por haber comido aquella fruta sin desinfectar.

Cuando me levanté apenas podía mantenerme en pie.  Fui al espejo y miré un rostro demacrado hasta cierto punto amarillento y mis ojos parecían de vampiro, además sentía cierta hinchazón en la parte derecha del abdomen.   Mis hermanos poco a poco se fueron acercando a mí y ya a mediados de octubre todo había vuelto a la normalidad.

Cuando recibí las calificaciones en el colegio no fue sorpresa para mí, encontrar un seis en física.  Al mostrarle el  boletín a mi padre, quiso montar en cólera, pero le expliqué que aquel era el examen al que me había mandado de arrastrada.  Le pedí que fuera hablar con el hermano Felipe (el Zorro) para que de alguna manera ajustara la nota por las circunstancias, pero me dijo que mejor levantara esa calificación en el resto del año.  Sentí que me quiso decir que no me valiera de esas desgracias para conseguir algo.   Al final, logré levantar la nota y con un promedio modesto, pero lleno de entereza, logré aprobar la materia.

Por si fuera poco lo que había vivido ese año, a inicios de diciembre falleció el tío Armando, un primo de mi padre que diagnosticado con cáncer, se había refugiado con su hermana, la tía Leticia en lo que fue la farmacia de mi abuelo.  Le llegamos a tener un gran aprecio por su estoicismo ante su suerte y haber mantenido su sentido del humor hasta el último momento.  En medio de la triste noticia, mi padre tomó su maletín y me pidió  que lo acompañara a la farmacia, en donde le ayudé a inyectar de formalina el cuerpo inerte del tío Armando.  En ese momento no entendí aquello, pero con el tiempo llegué a comprender que mi padre estaba preparando a su primogénito para un futuro que temía fuera convulso.

Para el año siguiente, el color de los ojos poco a poco logró volver casi a la normalidad.  El hígado no me volvió a dar problemas, tampoco yo llegué a abusar de él (no gran cosa).  El tema de la hepatitis, quedó por ahí, entre las lecciones de vida que conforman el carácter y no fue sino hasta 1987 cuando volvió a salir a la luz.

Estaba yo en el Hospital Infantil de México “Federico Gómez” siguiendo el protocolo de trasplante para poder donar mi riñón a mi hijo Orlando Emilio.  Después de haberse realizado el análisis de histocompatibilidad y resultar que el muchacho era casi un clon mío, siguieron varios exámenes más así como un interrogatorio a fondo, mismo que fui superando hasta que me preguntaron si alguna vez había padecido una serie de enfermedades entre las cuales estaba la hepatitis.  Había aprendido que en esos interrogatorios no se puede mentir y les dije que en efecto, había padecido hepatitis.  Los médicos se levantaron y fueron a consultar al Jefe de Nefrología, me imagino que dispuestos a cancelar el proceso.  En ese momento me levanté yo también, salí al corredor en donde había un teléfono público y llamé a mi padre.  Le comenté lo que había sucedido y él sin perder la compostura me dijo:  -Tranquilo, decíles que te hagan la prueba del antígeno Australia.  Regresé a la sala y cuando regresaron los médicos, uno de ellos con una cara por demás circunspecta quiso empezar un discurso cuando  le dije: – Sería prudente que me hicieran la prueba del antígeno Australia.  Se quedaron como cuando los doctores de la ley escucharon a Jesús hablarles de las escrituras y se volvieron a ver,  salieron de nuevo y regresaron con un tipo del laboratorio que me sacó una muestra de sangre y asunto resuelto.  El proceso siguió su curso y el trasplante se realizó, por cierto con éxito.

Así pues, repasando, podría tener razón mi hermano, he salido airoso de algunos trances, de otros no, pero como dice Pablo, el tiempo es implacable, al hacer un recuento ya nos vamos.  Además, poco a poco la vida se nos va llenando de vacíos. Parece mentira que Pablo, Arturo y Sergio se me adelantaron, al igual que doña Chon, Toño Ortega y el  hermano Felipe.

Un día como hoy precisamente, hace 28 años, mi padre nos dejó.  Me tocó verlo en una cama de hospital, intubado, sufriendo a más no poder, plenamente consciente de que la pancreatitis que tenía lo había condenado a muerte, desesperado por terminar aquel martirio y yo sin poder hacer nada, más que observar lo injusta que era la vida.  Cuando le dije que le agradecía todo lo que había sido para mí, solo parpadeo. La madrugada siguiente su corazón se apiadó de él y se detuvo.

Coincidentemente, en esta misma fecha, hace diez años, mi madre falleció. Ya no me dio tiempo de llegar a acompañarla.  Hablé con ella por teléfono y sentí que pronto nos dejaría.  En ese momento no dimensioné su partida,  simplemente sentí que los sufrimientos de su enfermedad finalizarían y solo con el tiempo pude sentir el tremendo vacío que dejó en mí, ese constante ejercicio de echar de menos aquella dulzura vertida en mi amargura y en tantas noches de mi vida, estrella, como diría Aguirre y Fierro.

Al final de cuentas, ya no es relevante si ahora podré superar lo que se viene, lo que realmente es vital es en este día levantar una copa, real o virtualmente y hacer un brindis especial, por aquellos que me dieron vida y un rumbo en la misma y lo hicieron con todo el amor del mundo.

Por mis padres, bohemios.

 

 

3 comentarios

Archivado bajo Familia

3 Respuestas a “Por mis padres, bohemios

  1. Elizabeth

    Magistral.

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  2. Melba

    Vital. Uno de los escasos escritos en que no me he reído. Creo que te salvó la vida el hecho de que tu padre era médico. Y creo que el ambiente le agrega circunspección al asunto. Hay que vivir el día a día sólamente, agradeciendo que, pese a todo, la vida es bella. Un abrazo.

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  3. Marcos

    Mi estimado Orlando, un ensayo genial, hasta hiciste que me brotaran las de San Pedro, como siempre un gusto enorme el leer lo que escribes.
    Recibe un caluroso saludo y un abrazo rompe costillas.

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