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México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca su acontecer y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Never my love

Por mucho tiempo tuve la certeza de que el éxito de The Beatles: Yesterday, había roto todos los records de audición a nivel mundial y por lo tanto este logro era válido para los Estados Unidos, sin embargo, haciendo un poco de investigación al respecto, me di cuenta que de acuerdo a información de Broadcast Music Inc. (BMI) en el año 1999, otro tema, alcanzó los siete millones de interpretaciones en la radio y televisión norteamericana, de tal manera que ocupó el puesto número dos en el Top 100 songs of the Century.  El primer lugar lo ocupó el tema You´ve lost that loving feeling, que muchos recuerdan por la película Top Gun, pero que no obstante su historia va mucho más allá de esa película y sorpresivamente, Yesterday apenas alcanzó el tercer lugar.  El segundo lugar lo ocupó el tema escrito por los hermanos Donald y Richard Addrisi y que inicialmente lanzó, hace cincuenta años, el grupo The Association, Never my love.

Era el año 1968 y mis días de “pelón” habían terminado en la UNAN, pues cursaba el segundo año de Economía y había ayudado a trasmitir la tradición de iniciación, peloneado a una buena cantidad de aspirantes del primer año.  En ese año, comencé a tener clases a primera hora de la mañana y por la noche, de tal manera que con el afán de bajar de peso, realizaba a pie el trayecto de veinticinco cuadras desde mi casa hasta la facultad, dos veces al día.  Debo remarcar que disfrutaba al máximo aquellas caminatas en donde atravesaba gran parte de la vieja Managua, transitando mayormente por dos vía principales, la calle 15 de septiembre y luego la Avenida Roosevelt.  Además de los aromas que inundaban mi caminata, diferentes en la mañana y en la noche, estaban los sonidos que se iban sucediendo a lo largo del trayecto, pues abundaban las roconolas y equipos de sonido en diferentes locales, la mayoría de ellos comerciales, de donde emanaba toda suerte de temas, sin embargo, predominaban los éxitos que iban sonando en las radiodifusoras.

En cierta ocasión, un tema se fue repitiendo cada vez más insistente a lo largo de mi trayecto.  Era una interpretación un tanto fuera del común denominador de aquel año, en donde el rock estaba en todo su furor.  Era un ensamble vocal muy bien logrado y con un toque un tanto antiguo.  Me recordó por un momento aquella fantástica interpretación que recientemente habían lanzado Simon y Garafunkel,  Scarborough Fair, que te transportaba a una época medieval y que acertadamente se había incluido en la película El Graduado.

Aquella canción era precisamente Never my love, que había llegado a nosotros con unos meses de desfase.  Había escuchado anteriormente, el éxito de The Association, Cherish, que también tenía una extraordinaria calidad interpretativa y que parecía un tema de película con todo el esplendor de Hollywood.  No obstante, este otro tema realmente me impresionó por aquella armoniosa combinación de voces.  La letra, a pesar de no encerrar una profundidad filosófica, también agradaba, especialmente por la tendencia que ya se sentía hacia el amor casual.  Se trataba de una declaración tan contundente de: nunca me cansaré de ti, mi corazón nunca perderá su deseo por ti y así por el estilo, recalcando en el estribillo, nunca mi amor.  Así pues, era tan especial aquel sentimiento de poder afirmar de manera tan convincente: nunca o siempre.

El hecho de que no tuviésemos acceso a toda la producción musical de los Estados Unidos, no nos permitió darle seguimiento a todo el furor que causó este tema entre los principales intérpretes de la época, pues los covers no se hicieron esperar. Hay algunas interpretaciones que vale la pena mencionar, como las de The 5th Dimension, The Lettermen, Andy Williams, Astrud Gilberto, Johnny Mathis, Barry Manilow, Brenda Lee, The Lennon Sisters, The Casuals, Wilson Pickett, Etta James, Donny Hathaway, Johnny Taylor, Sara Vaughan, Kathy Troccoli, Bryan Adams, Kean Cipriano, Lani Misalucha, entre muchos, incluso existe una versión instrumental en el particular estilo de Bert Kaempfert.  Recientemente, una serie de televisión, Sons of anarchy, incluye el tema interpretado por Audra Mae & The forest rangers.  El asunto es que para 1999, Never my love habría acumulado tantas interpretaciones que completarían un total de 40 años de interpretación continua.

De vez en cuando, me doy un paseo en Youtube, por todos aquellos éxitos y cuando paso por Never my love, de The Association, apenas escucho aquella inconfundible entrada de guitarras y las bien logradas voces enfatizando: “You ask me if there’ll come a time, when I grow tired of you
never my love, never my love…” inmediatamente me transporto a 1968,  a la vieja Managua y siento que revivo mis caminatas cotidianas, en donde me sentía dueño de aquellas calles y de vez en cuando, entraba a una farmacia para pesarme en la báscula, que anunciaba: su peso y su suerte y observaba con deleite que seguía bajando constantemente de peso y entonces no necesitaba que la báscula me predijera mi suerte.  Añoro aquel sentimiento en donde sentía la fuerza interior para poder decir con el mayor desparpajo, siempre y nunca, pues ahora, cuando el horizonte parece acercarse como en zoom, apenas puedo decir: hoy y cruzando los dedos: mañana.

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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Mamá, yo quiero saber

 

Mamá, yo quiero saber,

de dónde son los cantantes,

que los encuentro galantes

y los quiero conocer….

Miguel Matamoros

 

Por muchos años, los cantantes impresionaban tanto al resto de los mortales, que su origen y hasta su apariencia eran motivo de enorme curiosidad.  Ese fue el caso de una señora que allá, en los albores de los años veinte del siglo pasado, se acercó al que llegara a ser uno de los grandes compositores cubanos, el trovador y sonero Miguel Matamoros y le pidió que le aclarara a su hijita, quien quería saber de dónde eran los cantantes y después que Matamoros le diera una extensa explicación, la niña se limitó a decir: son de la loma y fue esta anécdota la que motivó a Matamoros a escribir una de sus más famosas composiciones: Mamá, son de la loma, en donde se adivina cierto juego de palabras entre son, del verbo ser y son, el género musical cubano.

 

En el pueblo, lo que más nos intrigaba era la apariencia de los cantantes, misma que llegábamos a percatarnos mucho tiempo después de conocer su música, en algunos casos con tremendas sorpresas, al no imaginarnos nunca, por ejemplo, que Nat King Cole o Los Platters, fueran afroamericanos o que Antonio Prieto no tuviera nada de moreno.

 

Con la revolución en las comunicaciones, fue acercándose la asociación de los cantantes con su imagen y su origen, en especial cuando en la segunda mitad de la década de los sesenta fueron apareciendo los video clips.

 

Una vez cubierta aquella curiosidad respecto a las particularidades de los artistas, comenzó una especie de competencia entre los presentadores de espectáculos y los reporteros de lo que sería la nota rosa, respecto a quien lograba bautizar a los cantantes con una etiqueta que reforzara sus cualidades y que supuestamente ayudaría a elevar la popularidad de los mismos.  Muchos de los nombres que fueron surgiendo, parecían emanar del sopor etílico de aquellos sujetos y de esa manera comenzamos a acostumbrarnos a un remoquete adosado o en otros casos, sustituyendo al apelativo del artista, que en algunos casos ya no era el que habían portado en su acta de nacimiento.

 

Una gran mayoría de estos motes estaban asociados a títulos de realeza para ubicar a los artistas que según ellos merecían estar encima del resto de los plebeyos, tales como Dámaso Pérez Prado, El Rey del Mambo, Javier Solís, El Rey del Bolero Ranchero, José José, El Príncipe de la Canción, Roberto Carlos, El Rey de la Canción Latinoamericana, Olga Guillot, La Reina del Bolero, Selena, La Reina del Tex Mex, Oscar de León, El Faraón de la Salsa.

 

La asociación con el metal, también fue muy socorrida, como fue el caso de Agustín Lara, El Flaco de Oro, Miguel Aceves Mejía, El Falsete de Oro, Paulina Rubio, La Chica Dorada, Imelda Miller, La Voz de Metal.

 

Otros cantantes tuvieron sus motes relacionados con su lugar de origen como Pedro Infante, El Ídolo de Guamuchil, Raphael, El Ruiseñor de Linares, Rocío Durcal, La Española más Mexicana, Celia Cruz, La Guarachera de Cuba, Marco Antonio Muñiz, El Lujo de México, Juan Gabriel, El Divo de Juárez, Antonio Aguilar, El Charro de México, Ana Gabriel, La Diva de América.

 

Algunas cantantes, aun bajo el riesgo de mostrar un asomo de promiscuidad, portaban alias como Angélica María, La Novia de México, Olga Tañon, La Mujer de Fuego o Lucero, La Novia de América.

 

Otros artistas eran lanzados hacia lo superlativo, como Lola Beltrán, Lola la Grande, Beni Moré, El Bárbaro del Ritmo, Gilberto Santa Rosa, El Caballero de la Salsa, Vicente Fernández, El Hijo del Pueblo, Héctor Lavoe, La Voz.

 

Con menos creatividad, encontramos algunos que simplemente llevaban el nombre de alguno de sus éxitos, como fue el caso de Julio Jaramillo, Mr. Juramento, Rafael Hernández, El Jibarito, Alberto Beltrán, El Negrito del Batey, Lola Flores, La Faraona, Manolo Muñoz, El Hombre de la Llamarada o bien Cristian Castro, El Gallito Feliz.

 

Muchos portaron remoquetes ajenos al contexto que estamos viendo, como José Luis Rodríguez, El Puma, nombre que salió de un personaje de una telenovela, Chavela Vargas, La Chamana, Alejandro Fernández, El Potrillo, Marco Antonio Muñiz, El Buki Mayor.

 

Para mi gusto, uno de los motes con más creatividad fue el de Bienvenido Granda, El Bigote que Canta, así como el que llevó la gran cantante Manoella Torres, La Mujer que Nació para Cantar, Carlos Gardel, El Morocho del Abasto, Daniel Santos, El Inquieto Anacobero y uno al que nunca le encontré conectivo lógico, el de don Pedro Vargas, El Samurai de la Canción.

 

En Nicaragua, guardando el nivel, también se dio esa gama de motes.  Muchos recordarán a Marina Cárdenas, La Gordita de Oro, José de la Cruz Mena, El  Divino Leproso, Camilo Zapata, El Clarinero Mayor, Erwin Kruger, El Acuarelista Musical, Víctor M. Leiva, El Arquitecto de la Música Popular Nicaragüense, Tino López Guerra, El Rey del Corrido Nicaragüense, Luis Enrique, El Príncipe de la Salsa, Gastón Pérez, Orej´e Burro, Otto de la Rocha, Anis Prais, César Andrade, Nicasito, René Domínguez, El Chapo, Edgard Aguilar, El Gato, Roberto Montalbán, Trapito, Ezequiel Jerez, El Panzer, Roberto Martínez, Maguila, Ramón Mejía, Perrozompopo.

 

En el tercer milenio, época de las redes sociales, tal vez ya no se hace necesaria aquella promoción  de un artista a través de una etiqueta, además que muchos de ellos ya portan de entrada un remoquete, a cual más rebuscado.  No obstante, llama la atención que a pesar de todos los membretes que lleva un tema con relación a sus intérpretes, especialmente en el video correspondiente, algunos de ellos han tomado la costumbre de gritar su nombre al inicio e incluso en cualquier parte del tema.  Después de que en Youtube aparece el nombre del cantante, más quienes lo acompañan (featuring, ft.) escuchamos:  Sebastiáaaaaan Yatra Yatra, Chino y Nacho, Aaay Fonsi, Maluma, CNCO o bien Gente de Zoooooooooooooona.  No me imagino escuchar, después de la introducción coral a Nessun Dorma, una potente voz exclamando: Placido Domingoooooooooooooooo.  Así pues, de lo anterior, solo dan ganas de emular a Enrique Iglesias, ft. Descemer Bueno, Zion & Lennox :  Tráiganme el alcohol, que quita el dolor.

 

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La del niño

 

Mi primer año de universidad fue realmente alucinante.  Después de la infame peloneada que hacía que los flamantes bachilleres en ciencias y letras supiéramos que éramos simples mortales y no la mamacita de Tarzán, los profesores se encargaron de enseñarnos a amar a Dios en tierra ajena, Roberto Zelaya con la lógica matemática, el decano Julio Vega con Samuelson y la elección entre producir cañones o mantequilla, el recordado Cuadrita con los principios contables del debe y del haber y un profesor que solo recuerdo que le decían Terry con las teorías administrativas de Taylor y Fayol.  Por si esto fuera poco, llegaba a la facultad como “gallina comprada” como decían en el pueblo, pues no conocía absolutamente a nadie.  Ninguno de mis compañeros de bachillerato se había atrevido a estudiar Economía.

Poco a poco fui descubriendo un tema que parecía flotar en el ambiente y que llegaba a constituir un enlace entre la enorme diversidad de alumnos y era la música.  En los recesos se escuchaba hablar de 500 millas, de Black is black, de San Francisco y lo extraño que parecía aquello de “flores en tu pelo”.  De esta manera fui haciendo contacto con compañeros que no paraban de hablar de música.  Ahí también descubrí a algunos integrantes de los conjuntos musicales que estudiaban en años superiores en la facultad: Emilio Ortega, Lino García y Elías Cárcamo y que en mi grupo estaba el legendario disc jockey Conrado Pineda, que en aquel tiempo trabajaba en la 590.

En cierto momento surgió en aquellos improvisados foros, un tema que llamaba poderosa la atención.  Se trataba de una balada que estaba sonando fuerte en todas las emisoras locales.  Era una balada rock de corte romántico con el sonido electrónico propio de los conjuntos de la época, con una breve introducción de guitarras eléctricas y luego un cantante que reclamaba: “Di que fue de nuestro amor, que todo se esfumó, yo siempre me recordaré de los besos que te di…”  El tema se ubicó pronto en los primeros lugares de las listas de popularidad, sin embargo, lo que más llamaba la atención era el título pues en las emisoras la anunciaban como La del niño.  Por más que repasábamos la letra, no encontrábamos ningún vestigio que pudiera relacionar la letra de la canción con un niño.  Por un buen rato manejamos en aquel foro las más descabelladas teorías sobre el posible origen del título de la canción y que indefectiblemente caían en puras pláticas de preso, pero que al fin de cuentas hacían que nos desconectáramos de la tautología de la lógica proposicional que nos trataba de enseñar Zelaya, para adentrarnos en la ley de los rendimientos físico marginales decrecientes con el decano Vega.

De pronto una nueva corriente vino a desplazar a todos los éxitos que luchaban por permanecer en el gusto del público, los Rockets sacaron su álbum en la Tortuga Morada y nuevos temas se adueñaron de las listas de popularidad.  Sin embargo, siempre quedó como asignatura pendiente el origen del nombre de aquel tema.  Muchos años después, algunos libros que describían la música de los años sesenta tocaron el tema un tanto de refilón, sin embargo, lo interesante de la historia de aquel éxito merece describirse un tanto a detalle.

El tema que nos ocupa es original del grupo Los Super Twisters de El Salvador, uno de los pioneros de la música rock de aquel país y que fueron los primeros en grabar un disco con música rock.  El grupo estaba integrado por Eduardo “Guayo” Meléndez en la guitarra, Ricardo “El chele” Escobar en el bajo, Salvador “Chamba” Rodríguez en la batería, Carlos Langenner en los teclados y Ricardo “Lord Darkie” Jiménez Castillo, cantante.  En el año 1964 el sello Kismet de ese país, accedió a la grabación de un disco de 45 r.p.m. de Los Súper Twisters, habiendo seleccionado el grupo el tema What I said, que grabara Ray Charles en 1959.  Para la otra cara del disco, el grupo no se decidía hasta que llegaron al acuerdo que sería la canción de “El Niño”, pues la música de ese tema había sido compuesta por Eduardo “Guayo” Meléndez a quien le apodaban El niño  y la letra por Chamba Rodríguez.  De esta forma salió el primer sencillo de música rock en El Salvador con el hit de Ray Charles en una cara y el tema denominado La del niño en la otra.

Es necesario remarcar que el vocalista del grupo Ricardo Jiménez Castillo, llegó a convertirse en uno de los mejores arquitectos de El Salvador y es el artífice de La Torre Democracia (Torre Cuscatlán) en el Boulevard de Los Próceres, en la capital cuscatleca, así como la Torre de Cristal y el puente Las Chinamas, asimismo, fue el impulsor y director de la reconstrucción del Teatro Nacional de El Salvador.

En aquellos años, todavía no había un intercambio de música moderna entre los países de Centroamérica, sin embargo, en un festival que se realizó en El Salvador en 1965 participaron los Music Masters.  Al grupo nica le gustó el tema en cuestión y lo tomó prestado.   A su regreso, los Music Masters lo incorporaron a su repertorio y llegaron a grabar una versión.  Cabe aclarar que la misma era un poco más lenta que la original.  Al poco tiempo, otro grupo nicaragüense que iba en ascenso escuchó la versión de los Music Masters y también la grabó.  Se trataba de los Bad Boys y su versión del tema resultó más atractiva.  Hay una gran similitud entre las versiones de los dos conjuntos nicaragüenses, sin embargo, el vocalista de los Bad Boys Humberto Hernández “El gordo Beto” tenía una voz más atractiva que la del vocalista de los Music Masters y en efecto, aquella fue la versión que tuvo más éxito en nuestro país.

Si se escuchan todas las versiones de La del niño, de una manera desapasionada, puede colegirse que la versión de los Bad Boys supera incluso a la original de los Súper Twisters, con perdón de los amigos cuscatlecos.  Es más, cuando Guayo Meléndez y Chamba Rodríguez formaron el grupo Los Mustangs, grabaron una nueva versión de La del niño, tratando de emular un poco el estilo de los conjuntos españoles de esos años, sin embargo, tampoco supera a la del Gordo Beto y los Bad Boys.

Después de cincuenta años, ya ha llovido mucho, han aparecido y desaparecido miles de temas musicales y aquella enigmática canción se mueve entre las arenas del tiempo y del olvido.  Ya incluso algunos personajes ligados a este tema como Humberto Hernández, así como Ricardo Jiménez Castillo, se nos han adelantado.  De vez en cuando alguien que ya no hace fila en los bancos navega en las inmensas aguas de Youtube, de casualidad se encuentran con La del niño, será presa de la emoción y la nostalgia, pero de manera invariable, nuevamente se les vendrá a la mente: ¿Cuál niño?

 

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Al di la

 

Era el año 1963 y el país estrenaba un presidente ajeno a la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, quien para muchos solamente jugaba un papel en el teatro de la dinastía.  En el pueblo, se vivía una calma chicha y mientras los adultos jugaban al análisis político, los muchachos procedíamos a guardar los soldaditos de plástico, las espadas y pistolas de juguete y las damitas sus muñecas y juegos de té, pues la adolescencia nos había alcanzado y nuestra monomanía era entonces bailar en las fiestas y tertulias del pueblo.  Ya era época de los bailes de quince años, además de las fiestas que con cualquier motivo se organizaban en diversos locales.  No éramos tan exigentes y un modesto equipo de sonido nos bastaba para bailar por varias horas.  Los más jóvenes calmábamos la sed con una que otra gaseosa y los más aventurados ya se echaban al coleto una o varias cubas o cervezas.

En una de aquellas tertulias, como quien saca un as de la manga, el encargado de la música del evento, Al Capone… los discos, ya que los DJ´s ni pensaban existir, puso un tema que nos dejó prácticamente anonadados.  Estaba interpretada en italiano y en aquel momento no teníamos idea de lo que decía, pero su melodía era romántica en extremo.  Alguien del grupo explicó que se trataba de “Al di la” (Más allá), y era interpretada por Emilio Pericoli, para nosotros un soberano desconocido y cuyo apellido nos causaba un poco de gracia, pues nos sonaba a un pequeño chocoyo.  Después de esa ocasión, el tema aquel se transformó en el preferido en los bailes y se tocaba no menos de una veintena de veces en toda la noche.  En las radioemisoras también empezó a dominar aquel tema y de pronto todo el espectro radial la repetía hasta el cansancio.

Cabe recordar que muy pocas canciones italianas nos habían llegado en su idioma original, salvo tal vez las de Domenico Modugno, “Nel blu dipinto di blu” o “Piove” o bien “Come prima” de Tony Dallara.  El resto eran covers en español de éxitos italianos que se habían internacionalizado, como el caso de “La hiedra”.  No obstante, poco a poco fuimos tomándole sabor a la letra de aquel tema y a adivinar su significado, al fin y al cabo las palabras en ese tema eran muy parecidas a su equivalente en español.

La melodía por su parte, era romántica en extremo y de una dulzura exquisita, de tal manera que con aquel fondo musical, íbamos a bailar mientras nuestras mentes volaban más allá de las más almibaradas fantasías.  Con cierto estupor, mezclado de una pequeña dosis de envidia, observábamos a ciertas parejas que llegaron a vivir tórridos romances al compás de aquella canción, unos más tórridos que otros.  Fueron muchos meses, muchas fiestas, muchos bailes en donde aquella canción fue la reina de la noche, hasta que Boby Vinton llegó con su “Blue Velvet” y destronó a Emilio Pericoli y su tema.

Muchos juraban que el tema era original de Emilio Pericoli y no había nadie más alrededor del mismo, es más muchos pensaban que él era el autor de aquella canción.  Meses más tarde, el público pudo ver el verdadero rostro de Emilio Pericoli.  Para quienes estudiábamos en el Pedagógico de Diriamba, asociábamos aquel nombre a la figura del Hermano Emilio quien obviamente fue bautizado como Pericoli.  Pues bien, en la película “Los amantes deben aprender” (Rome Adventure) los protagonistas,Troy Donahue y Suzanne Pleshette, están en un restaurante en Roma y sorpresivamente aparece Emilio Pericoli interpretando precisamente “Al di la”.  Ahí se comprobó que el verdadero Pericoli era diferente al ínclito hijo de La Salle, pues mientras el último era rubio como Pedrarias, el verdadero tenía el cabello completamente negro.

Lo interesante del caso es que la historia de aquella canción es más fascinante de lo que pensamos.  En realidad “Al di la”, salió de la mente de la dupla italiana formada por el brillante compositor Carlo Donida y el letrista Giulio Rapetti, conocido como Mogol.  Esta pareja también había compuesto el tema “Uno dei tanti”, cuyo cover en español sacaron Enrique Guzmán y Alberto Vásquez bajo el nombre “Uno de tantos” y que al final fue Alberto quien ganó la partida al ser escogido para cantarla en la película “Perdóname mi vida” con Angélica María y Mauricio Garcés.  Asimismo, esta dupla italiana también sacó el tema “Abbracciame forte”, que luego refriteara en español Enrique Guzmán con el título de “Abrázame fuerte”.

El tema “Al di la”, originalmente le fue asignado a Betty Curtis, cantante italiana cuyo verdadero nombre era Roberta Corti, para que participara en el Festival de San Remo de 1961.  Como en dicho festival, lo que se calificaba era la canción en sí y no el intérprete, en ese tiempo, cada tema era ejecutado por dos intérpretes y en ese caso la otra versión estuvo a cargo del gran cantante Luciano Tajoli, quien había hecho famoso el tema “Angelitos Negros” en una versión en italiano.  “Al di la” alcanzó el primer lugar en San Remo y fue seleccionada para representar a Italia en el Festival de Eurovisión de ese mismo año, en donde obtuvo el 5º lugar.

Hasta ese momento, Emilio Pericoli no había tenido ninguna relación con “Al di la”.  Sin embargo, para su fortuna entró en acción Delmer Daves, guionista, productor y director norteamericano, quien tenía una fructífera carrera en Hollywood con películas de acción, bélicas y westerns principalmente y una que otra romántica como la famosa “A summer place”.  En 1957 Daves compró los derechos de una novela llamada “Los amantes deben aprender” de Irving Fineman y por un buen rato estuvo dándole vueltas al proyecto, manejando para su ubicación Suiza, París y finalmente Roma.  Tenía un buen rato tratando de promover a un actor con la figura del típico joven norteamericano, alto, blanco, rubio y que previamente había utilizado en “A summer place” y “Parrish”.  Para la protagonista femenina tenía en mente a la bella Natalie Wood, sin embargo, al final esta renunció y el papel le fue asignado a Suzanne Pleshette, joven actriz que tenía un ligero parecido con Elizabeth Taylor.  Completaron el elenco Angie Dickinson y Rossano Brazzi.

Daves deseaba ambientar el film en Roma con mucha música, de tal manera que adquirió los derechos de varios temas, entre ellos “Volare”, “Arrivederci Roma”, “Torna a Sorrento”, “Santa Lucía”, “Oh Marie” y desde luego “Al di la”.    Sin embargo, para este último tema Daves pensó que necesitaba un cantante varón, cuya figura no desentonara con lo apuesto de Troy Donahue.  Así fue que surgió Emilio Pericoli, quien tenía una carrera de cantante y de actor al mismo tiempo y en ese momento a sus 34 años tenía una figura envidiable, que Luciano Tajoli nunca hubiese llenado.  En la escena del restaurante, de improviso entra Pericoli con el tema “Al di la”, acompañado con un modesto conjunto de dos violines, contrabajo y batería, que para los fines de la escena bastaban.  En el intermedio, Troy Donahue, quien ya tiene contra las cuerdas a Suzanne Pleshette, se luce explicándole el significado de la frase al di la.

Dicen que la oportunidad la pintan calva, de tal manera que Emilio Pericoli o un agente suyo muy avezado, aprovechando aquella pequeña intervención en la película y lo contundente del tema, negocian con la disquera y graban una nueva versión, esta vez con una orquesta completa, versión que inicia con un arpa y por otra parte, con una visión comercial envidiable, graban una versión adicional en donde al final le agregan una estrofa en inglés, en donde Pericoli un tanto al estilo Open English, le echa producto de gallina al idioma de Shakespeare, versión que lanzan al mercado norteamericano en donde alcanza niveles de rating inusuales.  De ahí, la canción se disemina por todo Latinoamérica y se convierte en el éxito que conocimos.

Casi en forma simultánea, la gran cantante norteamericana de origen italiano Concetta Rosa María Franconero, conocida como Connie Francis, mira en este tema una tremenda veta que debe explotar y rápidamente graba el tema en italiano solo y en italiano e inglés, logrando un tema de tremenda calidad, gracias a la intervención del notable arreglista y director italiano, Giulio Libano, quien logra una versión inigualable en donde logra que destaque la maravillosa voz de Connie.  Desde mi humilde punto de vista, la versión de Connie Francis es superior a las de Pericoli, Curtis y Tajoli.

Después del tremendo éxito de la canción, muchos intérpretes le pidieron raid para engrosar sus repertorios.  El gran trompetista Al Hirt, quien participa como actor en Rome Adventure, sacó una versión instrumental al igual que The Brass Ring, de la misma forma Dean Martin, Jerry Vale, Al Martino, Ray Charles Singers, Milva, Claudio Villa, Sandra Reemer y en español no podía faltar el recordado Javier Solís con una versión de bolero ranchero, Los tres diamantes, Los sabandeños, Dyango, Jaime Morey, entre otros.

Pero como decía aquella canción del Pirulí: “..porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina…” así que poco a poco el enorme entusiasmo por Al di la, se fue difuminando hasta que quedó enterrada en el tiempo, aunque de vez en cuando, el aroma de la nostalgia se escapa del baúl de los recuerdos y alguna emisora nos la hace recordar.

Ya han pasado casi 54 años de esta historia y el tiempo no pasa en balde.  Las historias que emanaron de este tema siguieron caminos, como los del Señor, inescrutables.  El romance de Troy Donahue y Suzanne Pleshette siguió fuera de la pantalla y se casaron en 1964 durando dicho matrimonio tan solo ocho meses.  Troy falleció de un infarto en 2001 y Suzanne en 2008 de cáncer de pulmón.    Por su parte, Emilio Pericoli hizo una dupla con Toni Renis, participando en dos festivales de San Remo con gran suceso en ambos con los éxitos: “Quando, quando, quando” y  “Uno per tutte”.  Falleció en 2013 a la edad de 85 años.

Por su parte Carlo Donida, después de una fructífera carrera en la composición, falleció en 1998, mientras que Mogol, ha tenido también una brillante carrera de letrista. Actualmente tiene 81 años y se dedica a una organización sin fines de lucro que promociona la música y la cultura en Italia.  Betty Curtis continuó su carrera de cantante y se retiró en 2004, habiendo fallecido en 2006 a la edad de 70 años.  Luciano Tajoli vendió más de 45 millones de discos de “Al di la” y falleció en 1996 a la edad de 81 años.

El guionista, productor y director de cine Delmer Daves, quien ya tenía su estrella en el paseo de la fama en 1960, ganó el el Western Heritage Award en 1975 por su películas del oeste, falleció en 1977 a la edad de 73 años.

La cantante Connie Francis, continuó con su impactante carrera, sin embargo no logró alcanzar el éxito en la dimensión que tuvo anteriormente, participó dos veces en el Festival de San Remo, primero en 1965 donde alcanzó el 5º lugar, luego en 1967 en donde no logró llegar a la final.  Luego en los setenta se presentaron grandes tragedias en su vida que la alejaron del medio artístico, luego regresó y todavía en 2010 se presentó en Las Vegas.  Actualmente tiene 78 años y está por publicar su autobiografía.

De aquel grupo de entusiastas jóvenes del pueblo, unos pocos se nos adelantaron en el camino y afortunadamente una gran mayoría todavía está con nosotros.  Algunos ya son abuelos y hasta bisabuelos, pero a estas alturas del partido todavía se emocionan con el baile.  De aquellos tórridos romances, la mayoría, al poco tiempo, fenecieron de muerte natural.  Algunos de aquellos jóvenes lograron traspasar la frontera del bien más precioso, del sueño más ambicioso, de la cosa más bella e incluso de la estrella y cada quien guarda la historia de lo que encontró, de tal manera que cuando, en alguna emisora o en el yutube, aparece sorpresivamente aquella arpa que le abre el camino a la inolvidable voz de Emilio Pericoli, quien después de un la, la, la advierte; Non credevo possibile, se potessero dire cueste parole. (No creía posible que pudiera decir estas palabras), pensará para sus adentros: Ni yo tampoco.

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Los chicheros

Chicheros Nicaragua. Foto Celeste González

 

Las fiestas patronales en Nicaragua constituyen una de las principales manifestaciones culturales de su población.  A pesar de que podría decirse que esas festividades provienen de la cultura española que fue impuesta en estos territorios durante la conquista, hay que considerar que con el propósito de darles “la con dulce” a los nativos, los religiosos españoles cedieron en la rigurosidad de su liturgia ante las propias manifestaciones tradicionales indígenas.

En sus ritos ancestrales los indígenas habían incorporado la música, la danza y la comilona, de tal manera que los misioneros encontraron en las celebraciones del santoral católico, una forma de darle entrada a dichos ritos y de esa manera, las fiestas patronales se fundieron con las festividades indígenas y posteriormente con las relativas a los afro descendientes, convirtiéndolas en un crisol en donde se fundieron la liturgia, la música, la danza, la gastronomía, las representaciones teatrales y por qué no, los excesos.  En muchos casos, los religiosos tuvieron que hacerse de la vista gorda y al final apechugar, ante algunas manifestaciones que caían en el terreno de lo que podía considerarse como pagano.

En un inicio, la parte musical de estas festividades estuvo a cargo de los instrumentos indígenas, básicamente tambores, ocarinas, flautas, chischiles y pitos.  Posteriormente se adoptó la chirimía y en algún momento surgió la marimba como protagonista de algunas manifestaciones folklóricas.

No obstante, a mediados del siglo XIX surgió la banda musical que prácticamente se adueñó de gran parte de las festividades patronales.  Dicho cuerpo se ocupó de acompañar a la procesión del santo patrono, amenizar los bailongos, así como a los eventos correlacionados como fue el caso de las “corridas” de toros, que no eran sino una mezcla de la “fiesta” española con el rodeo norteamericano, teniendo la particularidad estos eventos locales de que no se mataba ni se hacía sufrir al animal.

Cabe señalar que estos grupos musicales provenían de las bandas que empezaron a proliferar en Europa, principalmente en el siglo XIX y que tenían su origen en los cuerpos musicales que acompañaban a los ejércitos desde tiempos inmemoriales y cuya característica básica era que estaban formadas por instrumentos que podían portarse a la par de los ejércitos y que tuvieran la sonoridad para levantarles la moral.  De esta manera, estas bandas estaban principalmente formadas por instrumentos de “viento”, tanto maderas como metales y de percusión.

Con la consolidación de los municipios como ente político, por toda Europa se fueron conformando bandas locales que acompañaban a todos los actos de la comunidad, como desfiles, procesiones, festividades cívicas y sociales y que se diferenciaban de las orquestas sinfónicas y filarmónicas por los instrumentos que las componían y por la movilidad de las primeras, que actuaban la mayoría de las veces al aire libre.

Por esa época, Nicaragua que tenía un sorprendente movimiento migratorio que permitió el asentamiento de músicos de carrera, fue dando lugar a la formación de este tipo de bandas, llegando a su punto culminante cuando el Presidente José Santos Zelaya fundó a fines del siglo XIX, la Banda de los Supremos Poderes, poniendo al frente de la misma al renombrado músico belga Alejandro Cousin.  Esta banda se convirtió en la mejor de toda el área centroamericana y más aún, en un verdadero semillero de grandes músicos nicaragüenses.

En una versión más simple, comenzaron a organizarse por todo el territorio nacional bandas callejeras que estaban compuestas básicamente por percusiones: tambor, bombo y platillos, así como clarinetes, trompetas, trombones y sousáfonos, este último al ser de la misma familia de instrumentos de viento, se ha conocido como tuba.

No obstante, a pesar de la solemnidad que quiso imprimirle el Presidente Zelaya a este cuerpo a través de su rimbombante nombre, el pueblo en algún lugar del tiempo comenzó a llamarles “chicheros”.

Son muchas versiones acerca del origen de este remoquete adosado a las bandas callejeras, no obstante la más acertada parece ser aquella que hace referencia a que la paga de estos músicos era parte en metálico y parte en especie, que incluía la comida y bebida a discreción, siendo esta última un elemento esencial en las fiestas patronales y que era la chicha (fermento de maíz) que en algunas ocasiones elevaba su contenido etílico al ser mayor su grado de fermentación, llegando al nivel de “bruja” cuando con tres jícaras el individuo se ponía “cachetón”.  Esta afición por la ingesta de esta bebida, a veces justificada por la necesidad propia del oficio, especialmente por la soplada de los instrumentos de viento, además  de la exposición al sol, fue lo que originó dicho apodo.  Otros cronistas más quisquillosos quieren encontrar el origen del nombre en el vocablo “chiche” que significa fácil, aunque como en el caso de aquellas personas que se dedican a la “vida fácil” saben que no tiene nada de fácil, tampoco el soplar y soplar a la intemperie canción tras canción tampoco tiene nada de fácil.

Al ser muchos de los integrantes de estas bandas connotados músicos, con inclinaciones a la composición, comenzaron a proliferar temas especialmente realizados para este cuerpo musical.  En el caso de la música para las procesiones religiosas, que en un inicio se trataba de marchas militares, comenzaron a observarse composiciones propias de los músicos de dichas bandas y en especial el caso de marchas fúnebres muy socorridas en las procesiones de semana santa y uno que otro entierro.

No obstante, el mayor aporte a la música folklórica nicaragüense fue el género de “son de toros”, también conocido como “son de cachos”, por los cachos (cuernos) de los toros.  Muchos cronistas afirman que esto es parte de la herencia española y que este género tiene su origen en la música de las corridas de toros españolas.  En este punto yo disiento pues la música que acompaña invariablemente a las corridas de toros en España y luego en México es el “pasodoble”.   Este ritmo tiene su origen en las marchas militares y tiene un compás moderado y fue introducido en las corridas de toros y ahí se mantiene como parte de la tradición.  También originó un género de baile que ahora constituye una de las modalidades básicas de los bailes de salón.  El son de toros no tiene nada que ver con el pasodoble.  El son de toros generalmente tiene un compás de 6/8, a diferencia del pasodoble que lo tiene de 2/4.  El ritmo es marcado por el sousáfono y las percusiones y pretende describir la descarga de adrenalina que estalla en la “barrera” producto de la valentía del “torero” la bravía del toro y la emoción de los aficionados.

Los títulos de estos sones de toros pueden integrar un tratado completo, pues los hay desde los que hacen referencia al propio toro:  Ese toro no sirve, El toro furioso, El torito pintado, otros que parecieran compuestos para ciertas progenitoras:  Mamá Chilindrá, La Mamá Ramona, La puta que te parió, La Pelota (El muñeco de cera); otros que tienen un nombre un tanto bandido: Te lo tenté, Cambiando secos, El negrito; unos hacen referencia al reino animal como El zopilote, Cuervo saca los ojos.

Algunos de estos sones fueron compuestos especialmente para el ritmo en cuestión y su utilización en las “barreras” de toros, no obstante, muchos otros temas fueron adaptaciones de los integrantes de las bandas sobre composiciones del folklore nacional escritas en otro ritmo, para convertirlos en sones de toro.

Muchos de estos temas son anónimos, sin embargo en algunos contados casos puede identificarse al autor, como es el caso de la Mamá Ramona que es de Alejandro Vega Matus de Masaya.

En el siglo XX se vino a consolidar la banda de “chicheros”  en el territorio nacional, específicamente en la parte del Pacífico y Central del mismo.  Muchos municipios contaban con su banda que amenizaba las respectivas fiestas patronales, con sus procesiones, los toros, las dianas o alboradas, los juegos de pólvora con los infaltables toros encohetados, la dejadas de presentes al mayordomo, los bailongos, en donde incluso hacían adaptaciones de los boleros de moda.

Recuerdo que en mi pueblo, San Marcos Carazo, todavía en los años cincuenta del siglo pasado contaba con una banda conformada por notables ciudadanos que tocaban más por afición que por trabajo, como los hermanos Vásquez, don Manuel Yescas, entre otros.  No obstante, por alguna razón en los años sesenta desapareció dicho cuerpo y los eventos magnos eran amenizados por la banda de Masatepe, una de las mejores de la región, dirigida por los notables músicos de la familia Ramírez.

También tuve la oportunidad de escuchar en alguna ocasión a la banda de Jinotepe, en donde también la conformaban destacados músicos, como el legendario don Gilberto González, “Caremacho”, don Manuel Hernández, entre otros.

A finales del siglo XX, ya en los albores del nuevo milenio, con la expansión del lenguaje políticamente correcto y la introducción de eufemismos para todo lo cotidiano, el término “chicheros” empezó a sonarle mal a sus integrantes.  En realidad nunca fue tomado en sentido peyorativo, más  bien era una denominación un tanto folklórica, sin malicia, no obstante, había algo que sugería una malsonancia, pues en varios países puede confundirse con sostén o brasier, o en fin, también podía deberse a esa corriente que se puso de moda de darle caché a ciertos oficios.  Era como si los integrantes del baile de negras se sintieran mal con ese nombre y quisieran llamarse baile de las afrodescendientes; los del baile del viejo y la vieja pretendieran llamarse el baile del adulto y de la adulta mayor o bien las del baile de indias, quisieran llamarse del baile de las pobladoras autóctonas.

Lo cierto es que se inició un movimiento para dejar de llamar “chicheros” a estos músicos y comenzar a llamarles “bandas filarmónicas”.  Sin duda alguna, hay cierta justicia en darles el nivel que don José Santos Zelaya pensó, al bautizar a aquella agrupación con el nombre de la Banda de los Supremos Poderes, no obstante, todavía existe un considerable segmento de la población que sin importarle lo políticamente correcto, sigue llamándoles chicheros.  Lo mismo sucedería si se pretendiera cambiarle el nombre al son de toros: “La puta que te parió” para llamarle “La sexoservidora que te dio a luz”.

En el siglo XXI, este tipo de bandas permanece, tal vez con más proliferación que en el pasado, pues es imposible concebir unas fiestas patronales sin la presencia de la música de chicheros y al ser las festividades cada vez más amplias, la demanda de estos cuerpos musicales ha aumentado al punto de que en una misma fiesta convergen más de dos bandas.  De la misma forma, en otro tipo de eventos también está presente este tipo de música.

En este sentido, es importante señalar un fenómeno que ocurrió y que dio origen a la multiplicación de estas bandas.  En los años noventa, con el cambio de régimen (para no herir susceptibilidades) el gobierno se dio a la tarea de rescatar las fiestas patrias de septiembre y con ello regresaron los desfiles estudiantiles.  Como la palabra guerra producía cierto escozor, se cambiaron las bandas de guerra y se conformaron bandas musicales, agregando a las trompetas, trombones, saxofones y en ciertos casos sousáfonos, y se le dio un giro a los desfiles, antes con aires militares y se dio paso a lo carnavalesco, al interpretar estas bandas toda suerte de ritmos guapachosos como cumbias, porros, sones de toro, palo de mayo, mientras las palillonas con minúsculas ropas se contorsionan al ritmo de la frenética música en honor a la patria, sus próceres, héroes y mártires.  El caso es que muchos jóvenes que habían aprendido nociones de música a través de esas bandas, decidieron conformar sus propios conjuntos, muchos de ellos bajo la modalidad de chicheros, otros siguiendo el estilo de las bandas mexicanas y otros encontraron un nicho bastante atractivo en las batucadas.

No cabe duda que en este tercer milenio, la música de las bandas filarmónicas o chicheros como usted prefiera llamarlos, constituye uno de los elementos vitales de las manifestaciones folklóricas del pueblo nicaragüense y están presentes, más que nunca en todas las fiestas patronales del Pacífico y región central del país.  Obviamente no son lo que eran, en primer lugar, ya no la integran aquellos virtuosos músicos de antaño, tampoco tienen la prestancia que llegaron a tener, pues incluso ahora, los instrumentos ya son otra cosa, empezando por el sousáfono o tuba, que antes era de un impecable bronce y ahora están hechos de fibra de vidrio y resina de color blanco que dan la apariencia de tuberías de pvc.  De la misma forma, aquellos emolumentos que consistían en metálico y comida y chicha a discreción, ahora ni soñarlo, cobran por hora, por adela y en U.S. currency y si les ofrecen bebida piden whisky Buchanans, pero eso sí, nadie puede resistirse al ritmo de una de estas bandas, pues a los primeros acordes es obligado sacar un pañuelo y empezar a emular a los valientes toreros de las barreras o a una lora en comal caliente.

 

Agradezco a mi hermano Ovidio por su apoyo en la elaboración de este post y a mi cuñada Celeste González por cederme la fantástica foto que lo ilustra.

 

 

 

 

 

 

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