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La música es mucho más fuerte que nosotros

 

La vida, la mayoría de las veces, es como un camino, no tanto cuesta arriba, sino más bien lleno de obstáculos, como si fuera una carrera con vallas, que debemos saltar una a una, sin perder el equilibrio en la caída y con la mirada fija hacia adelante porque inexorablemente aparecerá otra valla y habrá que superarla.  Y si a nuestra propia realidad le sumamos toda lo que significa nuestro afán por estar inmersos en lo que sucede en nuestro entorno, hay una presión adicional, principalmente al darnos cuenta de que el mundo se encuentra revolcado por olas de violencia, de irresponsabilidad, de mentiras y de cinismo, de tal forma que llega un momento en que nos sentimos al borde, tal vez no de un ataque de nervios, pero sí de un estrés, imperceptible quizá, pero que en forma sostenida va socavando nuestra salud.  Es en ese momento en que hay que hacer un alto en el camino y traer un poco de paz a nuestro ser.  Cada quien tiene su manera de matar pulgas, así que existen diversas recetas para lograrlo, sin embargo, en lo particular creo que la música es la mejor forma de recobrar el aliento para seguir adelante.  No obstante, no es cualquier clase de música la que se necesita para este efecto, pues un reguetón, un rap o un merengue, más bien nos despeñarían al precipicio del estrés o peor aún, de la depresión.

Entre la música que me ayuda a recobrar la calma, una de mis favoritas es la del compositor francés Francis Lai.  Conocí su música allá por el año 1967 cuando tuve la oportunidad de mirar la película Un hombre y una mujer, en donde el excelente trabajo del director Claude Lelouch y de los actores Jean Luis Trintignant y Anouk Aimée se ve complementado magistralmente por la música de este compositor.  En aquella ocasión me impresionó el entorno que creaba el tema principal y en particular, la innovación de no agregar ninguna letra al mismo, sino que las voces se limitaban a tararear un bien logrado dabadabadá.   Con el tiempo llegué a saborear otro de los temas del film, El amor es más fuerte que nosotros, que nos ayuda a captar en toda su dimensión la belleza de aquel rostro tan impresionante de Anouk Aimée, tan propio de los años sesenta.  Poco tiempo después pude ver otra película de Lelouch, con la banda sonora de Francis Lai, Vivir por vivir, cuyo tema después nos llegó con el órgano melódico de Juan Torres.

Hay otra banda sonora de Lai, que en su momento no llegó a conocerse ampliamente, ya que fue compuesta para un documental realizado para registrar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968 en Grenoble, Francia y para cuyo tema principal el cual el compositor volvió a retomar la técnica de utilizar la voz humana como instrumento musical y para eso involucró a la notable cantante francesa Danielle Licari, quien había doblado la voz de Catherine Deneuve en el musical Los paraguas de Cherburgo y que luego se luciera con el Concierto para una voz, de Saint Preux.  Lai y Licarí nos regalaron un tema por demás impresionante llamado 13 días en Francia.

En 1970, Francis Lai nos trajo una banda sonora que perduraría por muchos años en nuestra memoria.  Fue para el film de Arthur Hiller con la actuación de Ryan O´Neal y Ali Mc Graw, Love Story, basada en la novela de Erich Segal y que impactó a todas las audiencias y en donde la música de Lai, nos llevaba de la mano por la historia para deleitarnos de principio a fin.  Este trabajo le dio a Lai, no solo el Oscar a la mejor banda sonora, sino también un Globo de Oro.  El tema cantado por Andy Williams alcanzó un tremendo éxito en las listas de popularidad en todo el mundo.  No obstante, hay un  tema de esa banda sonora, que yo prefiero y es Snow Frolic, que muchas veces se traduce al español como Jugueteando en la nieve, en una versión en donde Francis Lai vuelve a hacer mancuerna con Danielle Licari para lograr un tema de una delicadeza extrema, en especial su intermedio un tanto barroco que nos regresa al tema principal y que en su conjunto nos hace disfrutar de aquella sonrisa tan especial de Ali Mc Graw y recordar aquella frase: “Amor significa nunca tener que pedir perdón”.

Entrados los años setenta, cobró un inusitado auge el cine erótico, especialmente con la aparición de los films Emmanuelle y La historia de O.  En este cine que rompía todos los esquemas del género, con su inusitado atrevimiento, la música jugaba un papel determinante.  Así fue que en 1975 Lai se encargó de la banda sonora de la segunda entrega de Emmanuelle, con una música un tanto sugestiva pero sin perder la delicadeza que caracteriza a este compositor.  El tema principal en una de sus versiones bajo el nombre de L´amour d´aimer es interpretado por la propia actriz de Emmanuelle, la recordada Sylvia Kristel (Que de Dios goce) que le imprimió una sensualidad tremenda.  Años después, en 1977, cuando el fotógrafo inglés David Hamilton se embarcó para dirigir el drama erótico Bilitis, seleccionó a Francis Lai para que se encargara de la banda sonora, quien compuso una serie de temas que se adaptaban al concepto del film, caracterizado por aquel estilo fotográfico de Hamilton, que parecía difuminar las imágenes, creando un ambiente sumamente sugestivo y erótico.

Francis Lai falleció en noviembre de 2018, pero dejó un enorme legado musical, con más de cien bandas sonoras e infinidad de temas musicales.  La lista anterior solo recoge una pequeña muestra de su inmensa obra, sin embargo, es posible a partir de ella elaborar una lista de reproducción que en los momentos difíciles nos ayude a recobrar la paz interior que esta abrupta cotidianeidad nos arrebata con tanta frecuencia.   Así pues, amables lectores, les invito a que la próxima vez que sientan un desasosiego en su interior, tomen su reproductor (de música) póngase los audífonos y comience a escuchar, digamos el tema L´amour est bien plus fort que nous de Un hombre y una mujer en su versión jazz y verá que tan solo con los primeros acordes del tema, su corazón comenzará a ralentizar sus latidos, su respiración comenzará a tranquilizarse y todo su ser comenzará a sentir una paz extendida.  Para un efecto más contundente, puede acompañarse de un trago de whiskey en las rocas o cualquier licor de su preferencia y siéntase como si fuera a bordo de un Ford Mustang y su acompañante de viaje es Anouk Aimée o Jean Luis Trintignant, según sea el caso y entonces sabrá que La musique est bien plus fort que nous.

 

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Quizás, quizás, quizás

 

Recientemente, el mundo entero se ha conmocionado ante la noticia de que nueve mujeres habían acusado al tenor Plácido Domingo, de acosarlas sexualmente.  Los hechos ocurrieron supuestamente hace veinte o treinta años. Ocho de las denuncias fueron anónimas y solamente una cantante lo hizo identificándose frente a la televisión.  La opinión pública se ha dividido al respecto, pues un sector, enmarcado en la ultra sensibilidad actual y partidarios del movimiento “Me too”, están pidiendo la cabeza del tenor (me imagino que de manera figurada) mientras que otro sector se divide entre los que, al igual que la banca nacional, no dan crédito a las acusaciones, también hay quienes lo estiman extemporáneo y hay quienes no lo consideran procedente por cualquier otra razón.  Varias féminas que han trabajado muy de  cerca con don Plácido, lo han defendido a ultranza, considerándolo todo un caballero, incapaz de cometer una villanía de esta magnitud.

Desde mi punto de vista, este tipo de acusaciones, por sus características, merecen analizarse con mucha cautela.  Obviamente, al ser anónimas y carecer de pruebas, no proceden legalmente en contra del acusado, simplemente se trata de un ejercicio de catarsis a costa de la imagen de una figura pública.  Se debe pues,  en primer lugar respetar el sagrado derecho de la presunción de inocencia y luego, poner las cosas en contexto.  Si en un lustro, la forma de pensar sobre un tema cambia drásticamente, qué puede esperarse en un período de veinte o treinta años.

El apareamiento entre humanos, esencial para la perpetuación de la especie ha estado siempre revestido de ciertos ritos en donde tradicionalmente el varón ha tomado la iniciativa para cortejar a la hembra y “conquistarla” para realizar este básico menester, desde una manera primitiva en la época de las cavernas hasta una forma que fue adquiriendo diversas capas de romanticismo a lo largo de la historia.  El cambio fundamental que ocurrió fue que de una extrema sumisión de la hembra a los deseos del hombre, se llegó hasta la facultad de la primera de poder negarse a entablar una relación que de una u otra forma condujera a dicho apareamiento.

Para quienes crecimos a finales del siglo pasado tenemos fresco el recuerdo de un mundo totalmente diferente, en donde sin remordimiento de conciencia se podía fumar en un cine, en un avión o en la consulta médica, se bebía un refresco con pajilla, se utilizaban bolsas plásticas u objetos  de unicel, al por mayor, sin pensar en el ambiente, se salía a cazar toda suerte de animales y cualquiera se echaba al coleto una docena de huevos de tortuga sin más consecuencia que una flatulencia épica.

Asimismo tuvimos la oportunidad de conocer una serie de rituales del cortejo que en aquella época se consideraban de lo más natural, sin sospechar que un día llegarían hasta la satanización, desde el simple piropo, que era un anzuelo lanzado al agua sin muchas esperanzas de pescar algo (ver mi artículo Adiós piropo de mi barrio), hasta el vano intento de dominar toda la semiótica que involucraba la emisión, recepción e interpretación de señales, algunas provenientes de la naturaleza, como las relativas a las feromonas o bien el lenguaje corporal y en aquella maraña de señales, algunas equívocas otras unívocas,  Los varones, entre traspiés y traspiés, tratábamos de entablar alguna relación, sin importar si tropezábamos más de tres veces con la misma piedra.  En la persistencia estaba involucrada aquella frase proverbial: “Nunca falta un roto para un descosido”. Lo importante era que siempre que no hubiera vulgaridad, chabacanería o procacidad en las aproximaciones, la fémina podía evadirla de manera rotunda, aceptarla, abrir una ventana o bien fingir demencia.  Era muy difícil que alguien se molestara ante un intento o ante una insistencia o peor aún, que denunciara ante alguna autoridad el vano intento de algún pretendiente.   Como decía un amigo mexicano:  “En mi pueblo, la que no las da, agradece que se las pidan”.

En la música de aquel tiempo se puede observar aquel tipo de manejo de los rituales del cortejo, por ejemplo el éxito del compositor cubano Osvaldo Farrés: Quizás, quizás, quizás, interpretado por muchos artistas y por el propio Plácido, que aunque no lo grabó, lo cantó en varias fiestas.  En su parte medular, el tema expone: “Siempre que te pregunto, que cuándo, cómo y dónde, tu siempre me respondes, quizás, quizás, quizás”, dejando la pretendida la puerta abierta al no mostrar una negativa rotunda y aunque cuando el cantante insiste:  “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando, por lo que más tú quieras, hasta cuando, hasta cuando, quizás, quizás, quizás”.   Lo interesante es que a pesar de que este tema es obviamente para interpretación de parte de un varón, más de la mitad de los intérpretes han sido féminas, situación un tanto sorprendente,  pues es un tanto irreal que el varón se haga de rogar ante una exposición de esta naturaleza.

También había temas en donde el pretendiente rogaba a nivel limosna el acercamiento hacia la fémina, por ejemplo el tema de Agustín Lara que clamaba: “Dame un poquito de tu amor,  siquiera, dame un poquito de tu amor, nomás”.   Otros como José Alfredo Jiménez se mostraba más insistente, “y tú tendrás que quererme o en la batalla me muero, pero esa boquita tuya, me habrá de decir te quiero”.   Otros como Peñaranda, muestra cierta resignación ante la negativa de la pretendida:  “Con el chiribiribi, con el chiribiribá, tanto que te lo he pedido y no me lo quieres dar”.

De pronto aquellas generaciones nos vimos entrando, un tanto de puntillas, al siglo XXI, observando cómo lo políticamente correcto se llevaba en el saco aquella espontaneidad en nuestras actuaciones y de la noche a la mañana algo tan simple como un piropo, puede considerarse como un acoso sexual, ni se diga un intento fallido de aproximación, producto de una mala interpretación de alguna señal, en donde cualquier cristiano se puede ver en la vil  chirona.  Muchos coetáneos han perdido la tranquilidad de su sueño, al pensar que en cualquier momento, una de esas organizaciones de moda puede acusar a cualquier ciudadano porque en sus años mozos se echó tres ardillas por el vil placer de matar, por haber usado DDT, haber golpeado a un condiscípulo de la escuela, haber piropeado a una joven de su barrio o por haber invitado a una compañera de trabajo al Vale Todo.  Esto equivaldría a enjuiciar en la actualidad a la Iglesia por haber quemado en la hoguera a tantos herejes.

Volviendo al caso de Plácido Domingo, ¿es pertinente acusarlo y juzgarlo a la luz del clima de ultra sensibilidad de estos tiempos, sobre hechos ocurridos en un tiempo y en un mundo tan diferente? El propio tenor, en su declaración oficial admitió que las relaciones que ha tenido han sido fruto del consentimiento mutuo.  La pregunta aquí es hasta dónde, en aquel momento las afectadas accedieron o no con la incomodidad que admiten ahora y la respuesta tal vez la tenga Alvaro Carrillo cuando cantaba Sabrá Dios.

Lo preocupante aquí es la reacción tan apresurada de algunas instituciones que de manera inmediata cancelaron algunos conciertos programados del tenor.  Otros más ponderados afirmaron que investigarían el caso antes de actuar y otros más sensatos expresaron que no cancelarían los compromisos contraídos de actuación del tenor.  Es más, es posible que las investigaciones puedan llegar concluir que hubo, en aquel tiempo, lo que hoy se tipifica como acoso sexual.  Sin embargo, creo que es pertinente recordar que Plácido Domingo es uno de los mejores tenores de la historia.  Sin ser un experto en el tema, siento que su interpretación de Nussun Dorma, de Turandot es sublime.  Asimismo, su calidad interpretativa no tiene nada que ver con su forma de manejar sus relaciones interpersonales.   Su carrera profesional ha sido exitosa y llena de premios que reconocen su calidad y esfuerzo.  A menos que entre los premios que ha recibido se encontrara uno de alguna cofradía de San José otorgado a quienes resaltan la virtud de la castidad,  estimo improcedente que le sean retirados los reconocimientos recibidos.  De esta manera siento en lo particular que la figura de este tenor está muy arriba para que estas acusaciones puedan hacer mella en su imagen.

Por otra parte Domingo ha cumplido 78 años y se puede decir que está pronto a finalizar su carrera profesional y disfrutar de un merecido retiro, pues asumo que ha sido disciplinado con el manejo de sus recursos financieros, de tal forma que en el futuro no dependerá de los ingresos que pudieran generarle sus actuaciones.   Si en algún momento quisiera, por otro motivo no financiero realizar alguna aparición en escena, existen algunas instituciones quienes aquilatan más el talento del tenor que la sensibilidad de algunos sectores.  Por último está la Ópera de Dubai, la cual no creo tenga objeciones en aceptar al tenor.

Para finalizar, tal vez podría citar a Mozart para explicar este culebrón: “Demasiado para lo que es, demasiado poco para lo que podría haber sido”.

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My first, my last, my everything

 

 

Con demasiada frecuencia encontramos en las redes sociales frases, dizque motivacionales, que afirman que el pasado y el futuro no existen y que es el hoy lo que cuenta, sin embargo, no estoy muy de acuerdo con dicha afirmación.  Considero que el pasado es una reserva de experiencias, de donde podemos echar mano para superar el hoy y sentar las bases para un futuro que sea lo suficientemente atractivo para poner todo nuestro empeño en llegar ahí.

La música es indudablemente un elemento que acompaña a todas esas experiencias que atesoramos y que constituye una banda sonora adosada a todos esos rollos de película, en donde fuimos protagonistas, actores de soporte o simplemente extras.  Independientemente de nuestras actuaciones, muchos de esos temas musicales merecen un Oscar, sin embargo, a menudo, por tanta basura que se acumula en el disco duro, esa música se va perdiendo en el olvido. Por lo anterior, es muy sano el ejercicio de revisar aquellos recuerdos, sacando la parte negativa y enviándola al cesto de la basura y tomar los recuerdos positivos y pulirlos para volverlos a colocar en el archivo correspondiente.

Sin saber por qué, uno de estos días desperté con una música en mi mente.  Era la banda sonora que me acompañó durante un buen trecho de los años setenta y que pertenece en gran parte al gran músico norteamericano: Barry White.

Conocí la música de este autor, director y cantante a finales de 1974 o inicios de 1975 cuando comenzó a sonar insistentemente en todas las radiodifusoras, que en esa época era el único medio para conocer los éxitos musicales que nos iban llegando, un tema realmente fuera de serie.  Era un tema instrumental, algo extraño en esos tiempos, sin embargo, tenía todos los elementos para cautivar a la audiencia.  Tenía por título Love´s theme (Tema de amor) y estaba a cargo de Barry White y la Orquesta ”Love Unlimited”.   El sonido era impresionante, pues se notaba una gran orquesta en donde predominaban los violines, sin embargo el ritmo era llevado por guitarras eléctricas, un piano y percusiones.  La delicadeza de las cuerdas emulaban los dulces sentimientos del amor, mientras que las percusiones imitaban los latidos de un corazón batiente y el wawa insistente de la guitarra eléctrica, al estilo de Isaac Hayes, nos ubicaba en un mundo en ebullición.  Así que fue que aquel Tema de amor resonó por varios meses llenando nuestras vidas de un nuevo ritmo y solo fue opacado cuando escuchamos la voz de Barry White, una voz impresionantemente grave, pero que entonaban una canción romántica a más no poder, siguiendo el mismo estilo musical de Tema de amor, cuerdas con ritmos modernos.  Aquel tema se llamaba You are the first, the last, my everything (Eres el comienzo, el final, mi todo) y en breve se colocó entre las favoritas de la audiencia nacional.   Los siguientes temas de White entraron por la puerta grande, como Never, never gonna give you up (Nunca, nunca te voy a dejar), Can´t get enough of your love, babe, (No me cansaré de tu amor nena), What am I gonna do with you (Qué voy a hacer contigo), Let the music play (Dejen que suene la música), Rapsody in White (Rapsodia en White, parodiando a la Rapsodia en Blues de Gershwing) entre otros.  El último éxito que nos llegó a casi a fines de la década fue el éxito de Billy Joel: Just the way you are (Justamente cómo eres), en una versión que es una verdadera joya.

Pero en el mundo de la música nada es para siempre y para esa época los Bee Gees se llevaron de corbata a todos los que dominaban la música popular, al agarrar un nuevo aire e instaurar la música disco, aunque en honor a la verdad encontramos mucho del estilo de Barry White en aquel nuevo género.

Así pues, de repente Barry White desapareció de la escena musical, por lo menos en este país y no volví a saber de él hasta en 2003 cuando llegó la noticia de su muerte, debido a complicaciones de la insuficiencia renal que padecía.  Ya era la época del internet de las cosas, así que  tuve acceso a mucha información sobre aquel músico que realmente desconocía.  Me sorprendió que a la fecha de su muerte tuviera tan sólo 58 años.  Yo siempre asocié aquella potente voz a una persona mayor, máxime con su voluminosa humanidad, cuando en realidad en 1974 al saltar a la fama tenía apenas 29 años.  La única vez que se miró un poco esbelto fue cuando actuó a la par de Luciano Pavarotti en 2001, dos años antes de morir Barry, cuando interpretaron a duo You are the first, the last my everything.en aquellos eventos de Pavarotti and Friends.  Otra información que no dejó de sorprenderme fue que su segunda esposa Glodean, una de sus cantantes estrella, estuvo con él desde 1974,  año en que Barry saltó a la fama, hasta su muerte.

De esta manera, estos días he estado buceando en las profundidades del recuerdo, con la ayuda de Barry White, transportándome a una época que creímos dorada, en donde salíamos a comernos al mundo, cuando la vida, tal como afirmaba Gutiérrez Nájera: decía aún, “soy tuya”, haciendo nosotros caso omiso del agregado de aquel poema: aunque sepamos muy bien que nos traiciona.  Amigos que caminaron aquellas sendas llenas de sueños, risas y como decía el vate, una sed de ilusiones infinita, pero que el tiempo y la distancia los llevaron hacia otras rutas.  Aun así, disfruto al ver pasar todas aquellas imágenes mientras me envuelve la magia del ritmo de Love´s theme o sintiendo resonar aquel vozarrón de Barry, expresando aquella profunda declaración de amor, de manera tan simple: you are the first, the last, my everything o bien, I love just the way you are, invitando a movernos al compás de su música, mientras nuestro cuerpo, sin limitaciones, obedecía sin chistar, siguiendo aquel pegajoso ritmo.

 

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CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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Llévame al país de las maravillas

 

Mientras transitamos pesadamente por este inmenso valle, las demás ausencias se opacan, las desapariciones de famosos, que en todas partes del mundo se deploran profundamente, terminan por pasar de puntillas por nuestro entorno.  De esta manera el fallecimiento de Charles Aznavour, el más grande cantante francés de los últimos años, ocurrido este primero de octubre a la edad de 94 años, llamó nuestra atención, aunque no rebasó las otras penurias que parecen enquistarse a nuestro alrededor.  Mientras tanto el mundo entero se consternó y lloró ante la pérdida de esta figura emblemática del entretenimiento de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.   Avalan su figura, más de 100 millones de álbumes vendidos, un repertorio de cerca de 1,500 canciones de las cuales más de 800 son de su autoría y por si fuera poco, fue además actor y participó en cerca de ochenta películas.

A pesar del éxito que a nivel mundial había alcanzado Aznavour, desde la mitad del siglo pasado, en Nicaragua pasó casi desapercibido.  Quiero suponer que las apreciaciones del mercado realizadas por las disqueras regionales, allá por los años sesenta, consideraron que no tendría el impacto suficiente para que fuera rentable su promoción por estas latitudes y prefirieron voltear hacia otra parte.  Por eso debo de admitir que salvo alguna ligera referencia, no conocí a este gran cantautor sino hasta los años ochenta, cuando viví en México.

Cuando recién llegado comencé a integrar mi acervo musical prácticamente de cero, un amigo me regaló dos cassettes Memorex de 90 minutos cada uno, uno con el repertorio de Shirley Bassey y el otro con una colección de los mejores éxitos de Charles Aznavour.  Ahí me di cuenta que algunos de los temas de este afamado cantante nos habían llegado a través de covers.

A mediados de los años sesenta conocimos el tema, interpretado por Alberto Vázquez: Te espero mismo que aparece en los títulos de la película “Perdóname mi vida” protagonizada por este cantante y Angélica María.  Aquí cabe la aclaración la canción original fue una composición conjunta entre Gilbert Bécaud, quien escribió la música y Charles Aznavour que se ocupó de la letra.  Ambos artistas la cantaron, cada quien en su estilo y la versión de Alberto Vázquez tiene un acompañamiento copiado al carbón de la versión de Bécaud, un tanto al estilo de las grandes bandas.  Yo prefiero la versión de Aznavour, pues el estilo de la orquestación es más depurado.  La letra de la versión de Vázquez desde luego es un intento de traducción del tema original.

Más o menos para esa misma época, el cantante argentino Juan Ramón, apodado “Corazón” nos llevó una versión muy bien lograda de Venecia sin ti, que Aznavour había elevado a lo más alto de la fama e incluso con una versión en español que nunca nos llegó, cuya letra es la misma que la del argentino.  La voz de Juan Ramón, que ya había captado el gusto popular con su tema “Se ha puesto el sol”, influyó para que dicha canción quedara para siempre en la mente de todos los nicaragüenses.

En ese mismo tiempo, un día mi padre se apareció con dos discos Long Play, ambos de un pianista tico, desconocido para todos, llamado Vernon Hine, apodado El Pibe.  Los discos llevaban como título “En casa con el Pibe Hine” volumen uno y dos.  Era un popurrí de varios temas, como Niebla del riachuelo, Caminos de ayer, La flor de la canela y muchos más.  Entre ellos estaba una muy buena versión del tema de Aznavour, Et pour tant (Y sin embargo) traducida como Y por tanto. A todos en la casa les gustó el estilo de El Pibe, así que aquellos discos fueron escuchados innumerables veces.

Años más tarde, conocí el tema Yesterday when I was young, en una versión de Andy Williams, sin saber que se trataba de Hier Encore de Aznavour.

Así fue que por muchos años, aquel cassette que gentilmente me había regalado mi amigo Roberto Martínez, fue mi fiel acompañante,  aficionándome a la música de Aznavour.  Años más tarde, ya de regreso en Nicaragua, decidí ingresar a la Alianza Francesa, pues sentía que esa música, más que escucharla había que leerla, como decía el propio Aznavour.    Luego vino el Internet y Youtube y fue más fácil adentrarme al mundo de aquella música.

Al leer la noticia de la muerte de Aznavour, inmediatamente se me vino a la mente el tema Hier encore, que nos hace reflexionar sobre la profundidad de la nostalgia de los años perdidos, ese divino tesoro que se fue para no volver:  “Apenas ayer, tenía veinte años, acariciaba el tiempo, jugaba con la vida, como se juega al amor y vivía la noche, sin contar con mis días que  escapaban en el tiempo”.

Tuve la oportunidad de ver el video del funeral de Aznavour.  Impresionante ver como el hijo de inmigrantes armenios, con una niñez llena de penurias y una feroz lucha para llegar a destacar, fue distinguido en su muerte con uno de los honores más elevados en Francia:  un funeral de Estado, el homenaje más grande ofrecido a un artista francés en toda su historia.  En el Patio Interior ( Cour d´honneur ) del Palacio de los Inválidos, en donde reposan los restos de Napoleón, se realizó el evento solemne en donde asistió la  crème de la crème de la intelectualidad, con la participación de los presidentes de Francia Emmanuel Macron y de Armenia Armen Sarkissian, quienes dirigieron sendos emotivos discursos enalteciendo la figura de Aznavour.

Al terminar el acto, el ataúd de Aznavour, cubierto por la bandera francesa, cargado por diez militares y seguido por una corona de flores que formaban la bandera de Armenia, es llevado fuera del patio, mientras el coro de la Guardia Republicana (aunque usted, ni nadie por aquí pueda creerlo) entonó el tema Emmenez moi (Llévame) una de sus canciones más emblemáticas y que en una parte dice:  “Llévame al final de la tierra, llévame al país de las maravillas, creo que la miseria sería menos penosa al sol” sin haber sospechado que en el final de la tierra, en el país de las maravillas, la miseria se magnifica al sol.

Finalmente, los restos del Aznavoice, como también se le conoció, salen por el Cote du Nord del patio y se pierden de vista, mientras viene a la mente una infalible verdad, que el cantante pareciera dirigir a todos:  Et je t´attands ( Y yo te espero ).

Reposer en paix

 

 

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La reconciliación

 

Cuento

Orlando Ortega Reyes

Cuando la Clarisa le puso cuidado a la letra de aquella canción sintió que resumía todo lo que estaba viviendo.  Era un bolero ranchero y lo interpretaba un dueto bien acoplado que se llamaba Las Hermanas Núñez, pero que como era costumbre en aquella época se manejaban frecuentemente en diminutivo, Las hermanitas Núñez.   El tema en cuestión había lanzado a la fama al dueto y su título era Reconciliación.

Le impactó el inicio de la letra del tema que decía:  “Quisiera convencerte que es mentira, que yo te traicioné con otro amor, pero mi orgullo me ha detenido y no podrás gozar mi humillación”.  En realidad, en el fondo de su conciencia sabía que había traicionado a René, su novio de varios años, pero ella por lecciones aprendidas lo negó rotundamente en el primer y único reclamo que le hizo René y en donde le anunció que le daba la quiebra, como se decía en aquel entonces.   Ella también pensaba que traición, traición, no fue.  Fue más bien un momento de debilidad, en donde con par de cubas entre pecho y espalda, un tema romántico en la consola y aquel individuo alto, fuerte y sobre todo insistente, lo que le había hecho perder el juicio y por así decirlo, hasta la apelación.  Era el cumpleaños de la Sandra, una amiga de la Clarisa quien la había invitado a una “fiestecita”. René tenía clases por la noche y como cursaba el quinto año de Contabilidad no podía darse el lujo de faltar.  Así fue que la Clarisa muy quitada de la pena, asistió sola al cumpleaños y ahí fue donde el tipo aquel, amigo de un amigo de la cumpleañera se acercó y le echó la convencedora para bailar y poco a poco, la fue poniendo contra las cuerdas, hasta que llegó el momento en que salieron a tomar el fresco de la calle, cuando el otro fresco la tomó entre sus brazos y le clavó un beso al estilo de Burt Lancaster en “De aquí a la eternidad”, por lo que a ella no le quedó de otra que hacerle a la Deborah Kerr, con tan mala suerte que en esos precisos momentos, en la acera de enfrente salía de una casa la Tere, una prima de René.

La Tere quien le tenía un especial cariño a René, pues prácticamente habían crecido juntos, se sintió con el ineludible compromiso de pasarle al costo lo que sus ojos habían presenciado aquella noche, con todos los detalles.  René con la frialdad que le caracterizaba, procesó la información y para rematar el asunto, poco después por otra fuente supo que la Clarisa había vuelto a ver al individuo aquel y habían ido al cine Ruiz en donde continuaron su romance.  Así fue que René decidió cortar de raíz su relación con la Clarisa.

El problema se le complicó a la Clarisa pues en cierto momento sopesó su situación como la del mono que está bien agarrado de dos ramas y puede soltar una u otra mano, pero el caso es que el tipo aquel de repente se esfumó de la misma manera como había aparecido.  Por eso fue que decidió seguir aquella estrategia de negarlo todo rotundamente, tanto para sí misma como para el resto del mundo y al igual que la canción decidió que no se iba a humillar rogándole a René que le creyera y que regresara con ella.  Por otra parte, el tema aquel profetizaba: “Despréciame si quieres vida mía, castígame si estás en tu deber, que nada ganarás con tu ironía y siempre con mi amor has de volver. Te digo que procedes por capricho, por algo que no tiene explicación y mientras me castigas te castigas y sueñas con la dulce reconciliación”.

La Clarisa tomó aquella canción como un himno.  Mientras el éxito estuvo solo en el radio llamaba a todos los programas de complacencia para dedicarle la canción a René.  Cuando apareció el disco, lo buscó por todo Managua y su monomanía fue ponerlo día y noche hasta que se rayó.  De la misma forma, cuando llegó a las roconolas le pagaba a un lustrador que vivía por su casa, para que fuera a ponerlo en donde René pudiera llegar a escuchar esa canción.

Mientras la Clarisa mantenía la firme creencia que al final de todo, René regresaría a ella, que la extrañaría tanto que se olvidaría de aquel episodio, que la perdonaría y ella, manteniendo su dignidad, aceptaría aquella reconciliación que los llevaría irremediablemente al altar.  René por su parte, fue firme en su decisión, pues no estaba dispuesto a caminar con su frente adornada.  Además en contabilidad hay momentos en que irremediablemente hay que hacer un cierre de ejercicio y sintió que aquel era el momento.

El tiempo fue pasando, la canción aquella fue desapareciendo del ambiente, pero en la mente de la Clarisa, todavía resonaba aquello de la dulce reconciliación.  René procuró evitar los lugares en donde podían coincidir, pero aun así, ella no perdía las esperanzas.  Luego apareció en todas las emisoras el tema “Una lágrima por tu amor” interpretada por Estela Núñez, quien por cierto no tenía nada que ver con las Hermanitas Núñez, pero por aquella asociación o bien por influencias de Leo Dan, muchos la conocieron como Estelita Núñez.  Con aquella canción la Clarisa se fue resignando a que René no volvería con ella, refugiándose en aquella línea de la canción que decía: “Te quise tanto, que tal vez nunca te olvidaré, fuiste el primer amor y no volverás”.  Aunque para decir verdad, René había sido su primer novio formal, pero antes había tenido más de un par de “enviones” como ella los catalogaba, con muchachos de su barrio.

Al poco tiempo vino el terremoto y la Clarisa y su familia tuvieron que abandonar su casa y refugiarse en el barrio La Primavera, donde unos parientes.  René también tuvo que dejar su casa y se fue con su madre donde una tía en Santa Ana.  La Clarisa encontró trabajo de secretaria en una empresa constructora, en auge por el dinamismo de la construcción.  La empresa de importación y exportación donde trabajaba René lo promovió después de titularse y le ayudó para que comprara una casa en Las Brisas y al poco tiempo encontró a una auditora con quien inició una relación y luego se casaron.    Cada quien consiguió construir su propio camino, pues la Clarisa que de vez en cuando soñaba con René, consiguió que un ingeniero se fijara en ella y al tiempo llegaron a casarse.  René fríamente tomó aquel episodio como si fueran unos estados financieros, declarados, auditados y archivados luego en un Ampo que quedaría en una oscura bodega.

Corren los tiempos actuales y en unas oficinas del Seguro Social, en la sección de Prestaciones Económicas, los derechohabientes que ahí acuden, en su mayoría de la tercera edad, después de tomar un número se sientan pacientemente a esperar su llamado.  En una silla espera un individuo que transita los setenta, cuando muy cerca de él llega a sentarse una señora, más o menos de la misma edad, aunque físicamente un poco más traqueteada, como si viviera en terracería.  Inocentemente vuelve a ver al señor de al lado y le pregunta qué número tiene, él cortésmente se vuelve y le dice que el 28.    La señora que tiene el 30 le dice gracias, pero cuando mira bien al individuo aquel, a pesar de las canas, las arrugas y los gruesos lentes, lo reconoce y exclama, disimulando un poco la emoción: -René.  El señor la vuelve a ver extrañado al verse reconocido por alguien que le pareció extraña, pero al exprimir el disco duro llega un momento en que hace un clic e inconscientemente dice: -Clarisa.  Luego ella sale con la perogrullada: -Tanto tiempo.  En verdad –agrega él al mismo tenor. Ella se acuerda de aquella canción de Hernaldo y agrega: -¿Cómo te va? deteniéndose ahí y dejando a un lado aquello de que lo miraba un poco más flaco.  Tranquilamente René responde: -Muy bien.  Ella le pasa el escáner detenidamente y en efecto físicamente se mira bien y su camiseta de lagartito, su pantalón Docker, junto a unos mocasines Hush Puppies, acusan una holgada posición.  El reconocimiento y su chispa al hablar no hacen sospechar ninguna afección mental.    René agrega: – Y a vos, ¿Cómo te ha ido?  Ella responde inmediatamente: -Muy bien, no me puedo quejar.  Fríamente René hace un reconocimiento y en efecto, en términos generales ella se ve bien, a pesar de que su piel por naturaleza es muy propensa a las arrugas y un buen tinte cubre las canas que deben de proliferar. Acusa una ligera escoliosis y su cuerpo se asemeja al de la madre, tal como la recordaba.  Su ropa, nos es ninguna baratija, aunque carece de buen gusto, sin embargo, el collar en juego con los aretes se miran de cierto valor, su cartera es de diseñador y concluye que para salir así a esa oficina, seguro debe de transportarse en vehículo propio.  René le contesta:  -Me alegra mucho y se acomoda de nuevo en su asiento como dando por concluida la plática.

La Clarisa que con el tiempo se ha vuelto perceptiva, entiende que René no desea alargar aquella conversación y también se acomoda en su asiento y el silencio cae pesadamente entre ellos.  Rene se abstrae en sus propios pensamientos, sus cotidianidades, sin embargo, la Clarisa revive una vez más aquel episodio de hacía tantos años y cómo estuvo a punto de costarle su salud mental.  Con cierta obsesión siguió pensando en lo mismo, hasta cuando ya casi le tocaba el turno de pasar a René, entonces tomó valor y le dijo:  – ¿Pensaste alguna vez que solo fueron unos cuantos besos sin importancia? René extrañado por aquel extemporáneo reclamo la quedó viendo y después de una chispa que asomó en sus ojos le dijo: -Puede ser, pero la que afloja el pico…   y dejó en suspenso la frase, mientras voceaban su número, se levantó y se fue sin más.  Ella se quedó rumiando aquello y en esas estaba cuando de repente también llamaron a su número y pasó a la oficina que la atendería.

Cuando ella terminó su trámite buscó para ver si volvía a ver a René pero no había ni rastro de él.  Se resignó y buscó la salida.  Pasando la puerta estaba alguien ofreciendo el periódico del día y como decía la canción “a veces por caprichos del destino”, un gran titular ocupaba casi toda la portada del diario aquel: “RECONCILIACIÓN”.  La Clarisa se quedó patitiesa y solo le dio tiempo para exclamar para sus adentros: “Tu puta madre”.

 

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Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1961 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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El gato triste y azul

Cuando a finales de la década de los sesenta mi familia se trasladó a Managua, la música fue el elemento fundamental que acompañó ese cambio trascendental en nuestras vidas, marcado principalmente por la unión familiar.  Mi padre dejó de viajar y por primera vez podíamos disfrutar de más tiempo en común, en especial a la hora del almuerzo y en las calurosas tardes en la tranquilidad del Callejón Ramón Sáenz Morales, conocido como el Callejón de Alí Babá, en la vieja Managua.  Mis hermanos habían comenzado a descubrir el maravilloso mundo de la música y tres de ellos ya dominaban la guitarra, de tal manera que de vez en cuando, amenizábamos aquellas reuniones cantando en familia.

En esa época nos hicimos aficionados a la música italiana, en especial al Festival de San Remo y asimismo, seguíamos de cerca la carrera de Nicola Di Bari, uno de los intérpretes más escuchado, salido de dicho festival.  En 1971 de alguna manera apareció en nuestra casa, prestado de algún amigo, un álbum con los éxitos del San Remo 71, en donde resaltaba El corazón es un gitano, tema con el cual Nicola Di Bari se había apropiado del primer lugar, así como Qué será, Nina nana, ¿Cómo estás? entre otros.

Para 1972 esperamos como agua de mayo a San Remo y nos dio gusto saber que Nicola había vuelto a ganar el festival con Los días del arcoíris, a la par de Como Violetas, Plaza Grande, así como otros éxitos.  A los meses, en una pequeña discoteca que quedaba en la Calle Colón, cerca de la residencia estudiantil de la UNAN, encontré el álbum del festival e inmediatamente lo compré.  Al igual que el disco del año anterior, en familia disfrutamos al máximo aquella música.

En esos tiempos, la información que recibíamos del festival se limitaba a los temas finalistas del certamen, aunque en el álbum en su versión en español, incluían de acuerdo a los intereses de la disquera, algunos temas que no llegaron a la final.  Por lo anterior, no nos dimos cuenta que en aquel festival había participado Roberto Carlos con el tema Un gatto nel blu (Un gato en el cielo), de Savio y Bagazzi y que a pesar de las expectativas de muchos, no logró llegar a la final.  Una aparente derrota para alguien que había ganado el festival de 1968, con el tema Canzone per te,  junto a Sergio Endrigo, autor del tema.

A pesar de lo anterior, la disquera de Roberto Carlos vio en aquel tema un posible éxito para el mercado latinoamericano en especial el hispanoparlante y encargó a unos argentinos la versión en español del mismo.  Aquí es importante aclarar que a pesar del gran parecido entre el italiano y el español, la traducción del primero al segundo, es sumamente difícil, por el cambio de sentido de muchas palabras que se tratan de mantener como en el original.  Así fue que un gato en el cielo se transformó en un gato en la oscuridad, título que podría guardar sentido, sin embargo, en el desarrollo del tema, incluyeron a un gato triste y azul, para rescatar la palabra “blu”, del italiano y mantener la rima y la armonía del tema. Una edición de ese mismo álbum apareció con el título de “El gato que está triste y azul”.

Aquí es importante realizar una aclaración y es que el vocablo “blu”, en italiano, además de significar “azul”, se emplea también como “cielo”.  Muchos recordarán el éxito de Domenico Modugno que ganó el Festival de San Remo en 1958, llamado Nel blu dipinto di blu y que muchos recuerdan simplemente como Volare.  Pues bien, la traducción de lo anterior es “En el cielo, pintado de azul”.  Cuando Modugno grabó el tema en español, al no encontrar una traducción que pudiera tener sentido, muy inteligentemente, optó por cantar esa parte del estribillo en italiano.  No obstante, en la versión en español de Virginia López, pusieron “De azul, pintado de azul”, lo cual representó un contrasentido en la frase.

El caso es que Roberto Carlos, no se atrevió a cantar una versión en portugués de Un gato en la oscuridad, sin embargo, en la versión en español, a pesar del disparate del gato azul, se lanzó sin pensarlo mucho y el éxito que obtuvo fue arrollador.  En pocas semanas, el tema logró colocarse en los primeros lugares del hit parade en los principales países de Latinoamérica.

Así fue que a mediados de 1972 cada radiodifusora en Nicaragua se llenó del gato en la oscuridad.  En nuestra familia, la canción realmente nos cautivó.  En mi caso, las primeras estrofas estaban llenas de la tremenda verdad en el significado de la niñez y aquella alegría de jugar todo el día a la guerra, cuando nos bastaba arrancar varejones de los cercos de las casas del pueblo, para improvisar un fusil o una espada y con los hermanos y el gran amigo y vecino Ezequiel Jerez, lanzarnos a interminables batallas en donde moríamos y resucitábamos infinitas veces.

De esta forma, fueron varios meses en que escuchábamos noche y día el tema de Roberto Carlos y cada vez que se daba la oportunidad, la cantábamos en la familia. En aquellos días se unían al coro nuestras primas Giselle y Silvia.  Nos imaginábamos un gato en la oscuridad del callejón y sentíamos cómo nos llegaba al fondo del corazón aquel tema tan cargado de tristeza y melancolía, sin sospechar para nada que aquel era el preludio de una tragedia que estaba por llegar.  En aquella madrugada del 23 de diciembre, cuando todavía en alguna roconola lejana se apagaba el último “la-la-la-la-la” de Roberto Carlos, la tierra se estremeció y nos cambió la vida.

Nos despertamos de nuevo en el pueblo y por un buen rato, el silencio reinó en nuestra casa, nos dolían las palabras que salían de nuestras bocas, llorábamos muertos que no eran nuestros muertos, nos dolía ver postrada una ciudad que no era nuestra ciudad, añorábamos una casa que no era nuestra.  Hasta que un día, no recuerdo de dónde, apareció en nuestra casa el álbum Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y él se encargó de poner el bálsamo de la música en nuestras vidas.  Mis hermanos comenzaron a tocar profesionalmente y la vida tuvo que seguir igual, como decía Julio Iglesias.

Por mucho tiempo, no sé si consciente o inconscientemente,  aquel gato quedó enterrado en el fondo de nuestros corazones, en aquella zona en donde nos da miedo hurgar.  Años más tarde, exiliados en México, en cierta ocasión en que coincidimos la mayoría de la familia, en medio de la sesión de canto, de repente surgió de nuevo el gato en la oscuridad y como por arte de magia, nos transportamos a la quietud del callejón, en aquella etapa inolvidable de nuestras vidas.  De esta forma, a partir de entonces cada vez que podemos estar juntos y nos da por cantar, siempre hay un lugar para el gato.

Estos últimos años nos ha dado poco por cantar.  Ya es más difícil reunirnos y cuando lo hacemos, el tiempo se pasa volando de tal suerte que no hay mucho tiempo para cantar.  Algunas veces, navegando por Youtube, me detengo en aquel tema y recuerdo aquellos años maravillosos.

Desde hace algún tiempo, en la madrugada, cuando el sueño se escapa de mi almohada, miro por la ventana y desde el techo un gato itinerante salta a un árbol para seguir luego hacia la casa vecina, pero antes de realizar su último salto, me vuelve a ver.  A veces pienso que el felino me mira en la oscuridad de mi habitación y le parezco triste.  Azul, tal vez no, pues ya sería demasiado surrealista.

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Cuando no calienta ni el sol

 

Reza un dicho: “Nadie sabe para quién trabaja”, denotando que todo el esfuerzo realizado por un individuo puede ser, al final, usufructuado por un tercero.  Esto es válido para cualquier ámbito de la vida, sin embargo, en esta ocasión me voy a referir al campo de la composición musical, en donde existen tremendas injusticias, pues abundan casos en los cuales, por cualquier motivo, el verdadero autor de algún tema no recibe el crédito que le corresponde.  Aquí excluyo el tema del plagio, que es otro problema, un tanto aparte y que merece su propio artículo.  Me refiero a la cantidad de casos en que el autor de un tema es opacado por el arreglista, el traductor o el intérprete del mismo, de tal manera que la fama de estos lanza al autor al baúl del olvido.  En otros casos más dramáticos, el autor vende su composición, con la plena conciencia que su nombre nunca saldrá a la luz  pública.

Un ejemplo clásico está ligado a la canción “A mi manera” (My way) que se convirtió en una especie de himno de Frank Sinatra, pero que además tiene una sin número de intérpretes y que una enorme proporción de quienes se han apropiado de ella, creen a pie juntillas que fue compuesta por Paul Anka.  Muy pocos saben que el tema fue originalmente fue compuesto en francés por Claude François en 1967, bajo el título “Comme d´habitude” (Como de costumbre) y fue originalmente grabado por Hervé Vilard, aquel mismo de “Capri c´est fini”.  Por esa época Paul Anka visitó Francia, escuchó el tema y le gustó tanto que le escribió letra en inglés y de ahí nació “My way”.  François falleció en 1978 y a excepción de los franceses, para quien sigue siendo un ídolo, en el resto del mundo prácticamente no lo conocen.

De la misma forma, muy pocos conocen al autor de “Ojos españoles” y de “Extraños en la noche”.  El primer tema con una pléyade de intérpretes y el segundo, un enorme tema de Frank Sinatra, así como de muchos intérpretes más, entre ellos Jimmy Hendrix.  Muy pocos conocen a Bert Kaempfert, músico de origen alemán, director de orquesta, compositor, arreglista y maestro en varios instrumentos y que se caracterizó por un estilo de jazz muy depurado.  “Ojos españoles” fue compuesta en 1964 por Kaempfert con el título “Moon over Naples” (La luna sobre Nápoles), originalmente instrumental y en 1965 fue grabada en versión vocal por Freddy Quenn, con el título de “Spanish eyes”.  Por su parte “Extraños en la noche” fue originalmente compuesta por Kaempfert como parte de la banda sonora de la película “A man has to get killed” y su título original fue “Beddy Bye”.  El tema tuvo letra gracias a  Charles Singleton and Eddie Snyder quienes lo titularon “Strangers in the night” y que fue inmortalizado por Frank Sinatra.  Kaempfert falleció en 1980 y a pesar de que tiene miles de aficionados, existe una gran mayoría que no saben que fue el autor de esos dos grandes temas.

Aquí en Nicaragua hay un caso que todavía a la fecha produce un tremendo escozor y es el de la  canción “Cuando calienta el sol”.  Allá por el año 1961 el trío “Los Hermanos Rigual” originario de Cuba, pero radicado en México desde los años cuarenta, lanzó la referida canción, registrando la autoría como de sus integrantes, Carlos y Mario Rigual.    Es importante señalar, que ese grupo ya había alcanzado la fama con éxitos anteriores, como lo fueron dos temas que en Nicaragua, a finales de los años cincuenta, tuvieron un éxito rotundo, “Corazón de melón” y “La del vestido rojo”, ambas en ritmo de chachachá.    “Cuando calienta el sol” estaba escrita en un ritmo diferente, entre balada y rock lento y tuvo una acogida sin igual,  colocándose en los primeros lugares en toda América Latina, siendo exportada luego hacia Europa, en donde en España llegó a convertirse en la canción del verano, según algunos, la primera en abrir la tradición de ponerle banda sonora a cada temporada.  El éxito se expande por muchos países de Europa, salta luego a los Estados Unidos y Canadá y los Hermanos Rigual adquieren una dimensión internacional.  Luego, tratan de repetir el éxito alcanzado con su último tema y sacan “Cuando brilla la luna”, misma que se queda mucho más atrás de lo esperado.  No obstante, comienzan a realizar giras por todo el mundo y en 1964 llegan a participar en el Festival de San Remo, Italia, como co-intérpretes de dos temas participantes “Mezzanotte” y “Sole sole”, quedando eliminados ambos, habiendo resultado ganadora la recordada canción “No tengo edad” interpretada por Gigliola Cinquetti.    Lo anterior, no redujo la fama del grupo que por varios años siguió presentándose en los escenarios más selectos del mundo.  A inicios de la década de los setenta, nos llegó a través de Los Hermanos Cortés de León, el tema de la autoría de Mario Rigual: “Suenan los tambores”, que tuvo un éxito sin igual.

Por su parte, la canción “Cuando calienta el sol” siguió por muchos años en las listas de popularidad, la mayoría de las veces en español, así como versiones en inglés bajo el título de “Love me with all of your heart” (Quiéreme con todo tu corazón), a través de muchos intérpretes como fueron:  Los Panchos, Los tres ases, Los tres diamantes, Trío Caribe, Raphael,  Javier Solís, Los Marcellos Ferial, Trini López, Antonio Prieto, Tony Vilar, Mariachi Vargas de Tecalitlán, Los Chakachas, Vicky Carr, Gelu, Gloria Lasso, Jim Nabors, Connie Francis, Bing Crosby, Helmuy Lotti,  John Gary, Alberto Vázquez, Víctor Iturbe, Antonio Machin, Luis Aguilé,  Ray Conniff, Caravelli, Frank Pourcel, Smother Brothers, The Platters, Talya Ferro, Engelbert Humperdinck, Johnny Rodríguez, Momo Yang, Nancy Sinatra, Petula Clark, Julio Iglesisas con Lola Falana, Santos Colón con Tito Puente, John William, Luis Alberto del Paraná, Carmen Salinas con Pérez Prado, Rafaella Carra, Agnetha de ABBA, Los Machucambos, Manolo Otero, Los Bríos, Johnny Ventura, Roy Etzel, Los tres sudamericanos y por supuesto Luis Miguel.

Durante varias décadas en Nicaragua se manejó, sin problema alguno, que los autores de dicho tema fueron Los hermanos Rigual; sin embargo, en cierto momento, no podría precisar cuándo, comenzó a rodar una versión de que el verdadero autor del mismo fue el gran compositor nicaragüense Rafael Gastón Pérez, que había alcanzado la gloria con su canción “Sinceridad”, misma que también fue interpretada por muchos artistas internacionales.  Los argumentos que se comenzaron a esgrimir para sustentar la autoría del nicaragüense fueron:  Primero, que se puede sustituir en la línea “Cuando calienta el sol, aquí en la playa”, por “Cuando calienta el sol, en Masachapa”, guardando la misma métrica.  Segundo, que Rafael Gastón Pérez era muy desordenado en sus finanzas y la mayor parte del tiempo andaba “arráncame la vida”, unido lo anterior a su afición por las bebidas espirituosas.  Tercero, que hay evidencias que Rafael Gastón llegó a conocer a los Hermanos Rigual y que se reunieron varias veces.  Cuarto, que en una de esas reuniones, Rafael Gastón, corto de dinero, propuso vender su composición “Cuando calienta el sol en Masachapa” a los cubano mexicanos, llegándose a cristalizar la transacción por el precio de una media botella de ron.

Como aseguraría un letrado, se trata de evidencias circunstanciales.  En primer lugar, si se habla del título y de la primera línea de la canción, la misma también se puede sustituir no solo por Masachapa, sino también por Tupilapa, La Boquita y varios balnearios más.   La leyenda urbana agrega en algunos casos que Rafael Gastón era originario de Masachapa, lo cual es falso.  En segundo lugar, el propio Rafael Gastón Pérez, nunca habló de dicha transacción, tampoco lo hicieron los Hermanos Rigual, que tal vez serían los menos favorecidos al admitirlo, pero tampoco los amigos que solían acompañar a Rafael Gastón en sus tertulias.  Hay que recordar que Rafael Gastón falleció en 1962 y tal vez nunca llegó a saber del éxito que llegaría a cobrar el tema.

Algunos investigadores musicales, entre los cuales se encuentra el folklorista nicaragüense Wilmor López, han realizado serias investigaciones, habiendo entrevistado incluso a amigos de Rafael Gastón que supuestamente participaron en las reuniones con los Hermanos Rigual y han llegado a la conclusión de que el famoso Oreja de Burro no es el autor de “Cuando calienta el sol” y que por lo tanto, la venta de la que tanto se habla, nunca sucedió.

Aparte de la contundencia anterior, yo agregaría que si se realiza un análisis, tan solo de la letra de la canción, la misma guarda una mayor cercanía con el estilo de las letras de los Hermanos Rigual que con el estilo de Rafael Gastón.  Se puede observar que “Cuando calienta el sol” solo tiene una estrofa, que con una ligera variación pareciera que son dos, al mismo estilo de “Corazón de Melón”, que repite un mismo estribillo y por el mismo camino va “La del vestido rojo”, en cambio las letras de las composiciones de Rafael Gastón son más elaboradas, por ejemplo “Sinceridad” consta de cuatro estrofas muy bien coordinadas y que juntas hacen un todo.

No obstante, subyace en muchos paisanos un nacionalismo mal entendido que los obliga a luchar hasta con los dientes en situaciones que no tienen ningún asidero de verdad.  De esta forma, todavía seguiremos observando en las redes sociales diatribas lanzadas en contra de quienes conceden el crédito de “Cuando calienta el sol” a los Hermanos Rigual, basadas tan solo en una leyenda urbana.  Dejemos a Rafael Gastón descansar en paz, que tan solo con la gloria que alcanzó con “Sinceridad” le basta y concedámosle el beneficio de la duda respecto a que no cambiaría uno de sus temas por un plato de lentejas o peor aún, por una media botella de ron.

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El misterio de Los Chaynas

 

Uno de los grupos musicales que más impacto tuvo en la audiencia nicaragüense en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, fue sin duda alguna Los Chaynas.  Este grupo pareció emerger de la nada y de manera vertiginosa colocó en los primero lugares su tema “Virgen negra”.  El mismo estaba en un disco sencillo que tenía al reverso una versión muy bien lograda del bolero del argentino Mario Clavell: “Quisiera ser”, que llegó a tener una buena aceptación de parte de la audiencia, sin embargo, nunca logró acercarse al éxito de “Virgen negra”.

Parece que el carácter mayoritario de población mestiza del país, se identificó inmediatamente con aquella introducción de lo que constituía la plegaria que encerraba el tema “Negras, mis penas son, como tu piel morena, fundidas en bronce están, mis amarguras” de manera tal que cada quien encaminaba sus tribulaciones, ya fueran de carácter amoroso, financiero o existencial, a la fe en una virgen de piel negra, que tendrían una respuesta más favorable que las vírgenes de otra denominación de origen o advocación como suelen decir ahora, pues el tema lo dice sin ningún desparpajo: “pues las vírgenes se fueron, en el cielo se escondieron, no responden a mi voz”.

Así pues, cada quien, desde su propia perspectiva, asumió como un himno aquel tema, con la vaga esperanza de que al entonarlo, la virgen afro descendiente, se apiadaría de sus cuitas y llevaría una pronta solución a sus vidas.  Recuerdo que para las fiestas patronales de abril de mi pueblo, en aquel año, aquel tema sonaba en todas las roconolas y equipos de sonido de los chinamos del parque.  Incluso en los caballitos (tiovivo o carrusel para los castizos), su dueño que era un veterano parecido a Peter Cushing, fanático del Bachiller José María Peñaranda, cambió “La inyección” por “Virgen negra”, de tal suerte que era todo un espectáculo observar a diversos exponentes del pueblo cantar en coro aquel tema, mientras sus respectivos animales subían y bajaban al ritmo de su melodía.  También recuerdo que los discos de las roconolas tuvieron que ser reemplazados en varias ocasiones, debido a que llegaban a rayarse de tanto uso.

En los bailes también era un tema de preferencia, pues contenía un ritmo sabrosón, pues no tenía la lentitud de aquellos de un solo ladrillo y tampoco caía en la charanga, sino que acusaba aquel sabor intermedio para balancear a la pareja con cierta cadencia, en especial en el intermedio en donde el ritmo que le imprime el órgano con la percusión es inigualable y al final de la canción, el ritmo se desacelera completamente, dando lugar para concluir el baile en un solo ladrillo.

Sin embargo, al igual que cualquier canción, llega un momento en que la audiencia dice al unísono: “quitá” y  aquel “ave María” del final, ya no obtuvo eco alguno y el tema fue evaporándose de la misma forma cómo había llegado.  Para ese entonces, el rock se afianzó fuertemente con la invasión inglesa y la inmediata clonación de parte de los covers en español.  De esta forma, la virgen negra aquella llegó a formar parte de una nebulosa de nostalgia que quedó flotando en la estratósfera.

En el año 1975 trabajaba yo en el Banco Nacional, cuando realicé un análisis de factibilidad para la reestructuración de la deuda de una empresa disquera que quedaba por el rumbo de Xiloá.  En esa ocasión, me entrevisté con un especialista en producción de discos, quien me comentó que de conformidad con estudios de audiencia, a esa fecha, ningún tema había podido quitarle el record de mayor interpretación en las radiodifusoras al tema “Virgen negra”.  Recordé aquella fiebre que había causado el referido tema y le di la razón al individuo aquel.

Hace diez años exactos, hoy precisamente, escribí un artículo en este mismo blog llamado “El club de la nostalgia”, en donde incluí entre otros temas, el caso de “Virgen negra” para lo cual investigué en el ciberespacio sobre el grupo de Los Chaynas y me sorprendió de que no hubiera nada al respecto.  Como el artículo no era específico sobre dicho grupo, lo finalicé con la poca información que tenía al respecto.

A partir de aquella fecha, de vez en cuando he regresado a peinar el internet a través de Google en busca de más información sobre aquel grupo que pareció esfumarse o ser abducido por alienígenas, sin éxito en mi empresa.

Ahora que se iban a cumplir los diez años de aquel artículo me esforcé por buscar más luz en el tema y aprovechar los avances en la ciencia forense que he adquirido al ver muchos capítulos de las series de CSI, así como otras correlacionadas y al final he encontrado algunas evidencias que arrojan un poco más de iluminación en torno al misterioso grupo.

He constatado que Los Chaynas llegaron a comercializar en Centroamér6ica dos discos sencillos con cuatro temas:  Virgen negra, Quisiera ser, Trópico y Limeña.  Estos discos fueron producidos y fabricados por Industria de Discos Centroamericana, Ltda. (INDICA) en Costa Rica.  Sobre el segundo disco, no hay evidencias de que haya sido comercializado en Nicaragua y si así hubiese sido, no tuvo ningún impacto en el gusto nacional.  Cabe aclarar que la adaptación de “Virgen negra” de los Chaynas, fue copiada, versionada y grabada por otros intérpretes de la región.

El grupo parece tener origen en Perú, aunque no todos los integrantes eran de aquel país.  Lo anterior, se deriva del hecho de que “Virgen negra” es un bolero peruano.  No existen registros de quien es el autor del tema, sin embargo algunos se lo atribuyen a uno de sus más grandes intérpretes, antes de Los Chaynas y es el bolerista peruano Johnny Farfán.   Este intérprete cuyo verdadero nombre era Julio Gárate Farfán y que llegó a conocerse como “La voz elegante del bolero”, conformó junto con otros cantantes peruanos la corriente conocida como “Bolero  cantinero” por la música que interpretaban y que ahora se conoce como “cortapulsos”.   El primer éxito de Farfán fue el bolero “Brujería”, al cual hace referencia La Sebastiana, en un relato que aparece en mi artículo “Le dicen La Sebastiana” y que constituía una clave para verse con uno de sus amores.   Otro famoso tema de este intérprete peruano fue “Señor abogado”, bolero que causó en su tiempo una tremenda polémica cuando trató de prohibirse su trasmisión en las radiodifusoras, pues giraba en torno a un feminicidio, causado por el sempiterno motivo de la traición y que no obstante, de manera impune se había colado en el tema “El preso número 9”.

Por otra parte, el nombre de aquel conjunto procede del quechua, lengua indígena de los Andes, especialmente del Perú.  El vocablo “chayna” significa en quechua: así, de esta manera.  Este elemento reafirma entonces el origen peruano del grupo.  Sin embargo, llama poderosamente la atención que en la foto que aparece en el disco sencillo de “Virgen negra” los integrantes aparecen con una indumentaria que más bien se asemeja a la de los gauchos.

Aquí entra otro elemento que arroja más claridad en el tema.  En los comentarios que aparecen el Youtube, sobre el tema “Virgen negra”, una persona identificada con el nombre de Ely Toloza, asegura que su tía llamada Rosa Castro, así como su esposo Juan Carlos Acconcia, de nacionalidad argentina conformaron el grupo de Los Chaynas, al igual que otro músico de apellido Maidana y que en 2015 todavía vivían en la capital argentina.    Lo anterior, coincide con el testimonio de un ciudadano guatemalteco, don Eduardo Velásquez, que recuerda la visita del grupo a ese país y que la cantante del mismo se llamaba Rosita.  Otro gracioso, hizo un copy/paste de mi artículo “El club de la nostalgia” y lo puso como comentario suyo.

De la información recolectada al respecto, podría colegirse que ciertos músicos de origen argentino, por alguna razón emigraron al Perú, en donde conformaron un conjunto musical que bautizaron con el nombre quechua: Los Chaynas.  Realizaron una soberbia adaptación del bolero “Virgen negra” que superó por mucho las versiones que habían de este tema.  La calidad interpretativa del este conjunto fue tal, que la compañía disquera decidió producir el éxito en Centroamérica, en donde tuvo un éxito sin igual.  El grupo parece que realizó una gira, aprovechando el gran impacto de su tema, abarcando algunos países de Centroamérica y es posible que también México.

Por alguna razón, después de grabar cuatro temas, el grupo dejó de producir discos, aparentemente se desintegró y al final, los músicos de origen argentino, regresaron a su país, en donde posiblemente todavía residen.

Desde mi punto de vista, es una tremenda injusticia que no existan artículos o reportajes en la red sobre este conjunto.  Tan solo con la adaptación de “Virgen negra” y su enorme impacto en el público centroamericano, le valen al conjunto para que existan referencias, pues es la fecha y todavía existe un debate sobre su nacionalidad, desde que son mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, nicaragüenses, ticos, uruguayos, paraguayos, entre otros.

Cada vez es menor el segmento de la población que recuerda este éxito, la mayoría pertenecen al rango de la tercera edad, aunque hay evidencias que de estratos de edad más bajos, la tienen en su preferencia al recordarle a sus padres o incluso a sus abuelos.  De cualquier manera, sirva este artículo como un homenaje a ese misterioso grupo y a su calidad interpretativa que puso banda sonora a una importante etapa de nuestras vidas.

 

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