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La música es mucho más fuerte que nosotros

 

La vida, la mayoría de las veces, es como un camino, no tanto cuesta arriba, sino más bien lleno de obstáculos, como si fuera una carrera con vallas, que debemos saltar una a una, sin perder el equilibrio en la caída y con la mirada fija hacia adelante porque inexorablemente aparecerá otra valla y habrá que superarla.  Y si a nuestra propia realidad le sumamos toda lo que significa nuestro afán por estar inmersos en lo que sucede en nuestro entorno, hay una presión adicional, principalmente al darnos cuenta de que el mundo se encuentra revolcado por olas de violencia, de irresponsabilidad, de mentiras y de cinismo, de tal forma que llega un momento en que nos sentimos al borde, tal vez no de un ataque de nervios, pero sí de un estrés, imperceptible quizá, pero que en forma sostenida va socavando nuestra salud.  Es en ese momento en que hay que hacer un alto en el camino y traer un poco de paz a nuestro ser.  Cada quien tiene su manera de matar pulgas, así que existen diversas recetas para lograrlo, sin embargo, en lo particular creo que la música es la mejor forma de recobrar el aliento para seguir adelante.  No obstante, no es cualquier clase de música la que se necesita para este efecto, pues un reguetón, un rap o un merengue, más bien nos despeñarían al precipicio del estrés o peor aún, de la depresión.

Entre la música que me ayuda a recobrar la calma, una de mis favoritas es la del compositor francés Francis Lai.  Conocí su música allá por el año 1967 cuando tuve la oportunidad de mirar la película Un hombre y una mujer, en donde el excelente trabajo del director Claude Lelouch y de los actores Jean Luis Trintignant y Anouk Aimée se ve complementado magistralmente por la música de este compositor.  En aquella ocasión me impresionó el entorno que creaba el tema principal y en particular, la innovación de no agregar ninguna letra al mismo, sino que las voces se limitaban a tararear un bien logrado dabadabadá.   Con el tiempo llegué a saborear otro de los temas del film, El amor es más fuerte que nosotros, que nos ayuda a captar en toda su dimensión la belleza de aquel rostro tan impresionante de Anouk Aimée, tan propio de los años sesenta.  Poco tiempo después pude ver otra película de Lelouch, con la banda sonora de Francis Lai, Vivir por vivir, cuyo tema después nos llegó con el órgano melódico de Juan Torres.

Hay otra banda sonora de Lai, que en su momento no llegó a conocerse ampliamente, ya que fue compuesta para un documental realizado para registrar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968 en Grenoble, Francia y para cuyo tema principal el cual el compositor volvió a retomar la técnica de utilizar la voz humana como instrumento musical y para eso involucró a la notable cantante francesa Danielle Licari, quien había doblado la voz de Catherine Deneuve en el musical Los paraguas de Cherburgo y que luego se luciera con el Concierto para una voz, de Saint Preux.  Lai y Licarí nos regalaron un tema por demás impresionante llamado 13 días en Francia.

En 1970, Francis Lai nos trajo una banda sonora que perduraría por muchos años en nuestra memoria.  Fue para el film de Arthur Hiller con la actuación de Ryan O´Neal y Ali Mc Graw, Love Story, basada en la novela de Erich Segal y que impactó a todas las audiencias y en donde la música de Lai, nos llevaba de la mano por la historia para deleitarnos de principio a fin.  Este trabajo le dio a Lai, no solo el Oscar a la mejor banda sonora, sino también un Globo de Oro.  El tema cantado por Andy Williams alcanzó un tremendo éxito en las listas de popularidad en todo el mundo.  No obstante, hay un  tema de esa banda sonora, que yo prefiero y es Snow Frolic, que muchas veces se traduce al español como Jugueteando en la nieve, en una versión en donde Francis Lai vuelve a hacer mancuerna con Danielle Licari para lograr un tema de una delicadeza extrema, en especial su intermedio un tanto barroco que nos regresa al tema principal y que en su conjunto nos hace disfrutar de aquella sonrisa tan especial de Ali Mc Graw y recordar aquella frase: “Amor significa nunca tener que pedir perdón”.

Entrados los años setenta, cobró un inusitado auge el cine erótico, especialmente con la aparición de los films Emmanuelle y La historia de O.  En este cine que rompía todos los esquemas del género, con su inusitado atrevimiento, la música jugaba un papel determinante.  Así fue que en 1975 Lai se encargó de la banda sonora de la segunda entrega de Emmanuelle, con una música un tanto sugestiva pero sin perder la delicadeza que caracteriza a este compositor.  El tema principal en una de sus versiones bajo el nombre de L´amour d´aimer es interpretado por la propia actriz de Emmanuelle, la recordada Sylvia Kristel (Que de Dios goce) que le imprimió una sensualidad tremenda.  Años después, en 1977, cuando el fotógrafo inglés David Hamilton se embarcó para dirigir el drama erótico Bilitis, seleccionó a Francis Lai para que se encargara de la banda sonora, quien compuso una serie de temas que se adaptaban al concepto del film, caracterizado por aquel estilo fotográfico de Hamilton, que parecía difuminar las imágenes, creando un ambiente sumamente sugestivo y erótico.

Francis Lai falleció en noviembre de 2018, pero dejó un enorme legado musical, con más de cien bandas sonoras e infinidad de temas musicales.  La lista anterior solo recoge una pequeña muestra de su inmensa obra, sin embargo, es posible a partir de ella elaborar una lista de reproducción que en los momentos difíciles nos ayude a recobrar la paz interior que esta abrupta cotidianeidad nos arrebata con tanta frecuencia.   Así pues, amables lectores, les invito a que la próxima vez que sientan un desasosiego en su interior, tomen su reproductor (de música) póngase los audífonos y comience a escuchar, digamos el tema L´amour est bien plus fort que nous de Un hombre y una mujer en su versión jazz y verá que tan solo con los primeros acordes del tema, su corazón comenzará a ralentizar sus latidos, su respiración comenzará a tranquilizarse y todo su ser comenzará a sentir una paz extendida.  Para un efecto más contundente, puede acompañarse de un trago de whiskey en las rocas o cualquier licor de su preferencia y siéntase como si fuera a bordo de un Ford Mustang y su acompañante de viaje es Anouk Aimée o Jean Luis Trintignant, según sea el caso y entonces sabrá que La musique est bien plus fort que nous.

 

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Quizás, quizás, quizás

 

Recientemente, el mundo entero se ha conmocionado ante la noticia de que nueve mujeres habían acusado al tenor Plácido Domingo, de acosarlas sexualmente.  Los hechos ocurrieron supuestamente hace veinte o treinta años; ocho de las denuncias fueron anónimas y solamente una cantante lo hizo identificándose frente a la televisión.  La opinión pública se ha dividido al respecto, pues un sector, enmarcado en la ultra sensibilidad actual y partidarios del movimiento “Me too”, están pidiendo la cabeza del tenor (me imagino que de manera figurada) mientras que otro sector se divide entre los que, al igual que la banca nacional, no dan crédito a las acusaciones, quienes lo estiman extemporáneo y quienes no lo consideran procedente por cualquier otra razón.  Varias féminas que han trabajado muy de  cerca con don Plácido, lo han defendido a ultranza, considerándolo todo un caballero, incapaz de cometer una villanía de esta magnitud.

Desde mi punto de vista, este tipo de acusaciones, por sus características, merecen analizarse con mucha cautela.  Obviamente, al ser anónimas y carecer de pruebas, no proceden legalmente en contra del acusado, simplemente se trata de un ejercicio de catarsis a costa de la imagen de una figura pública.  Se debe pues,  en primer lugar respetar el sagrado derecho de la presunción de inocencia y luego, poner las cosas en contexto.  Si en un lustro, la forma de pensar sobre un tema cambia drásticamente, qué puede esperarse en un período de veinte o treinta años.

El apareamiento entre humanos, esencial para la perpetuación de la especie ha estado siempre revestido de ciertos ritos en donde tradicionalmente el varón ha tomado la iniciativa para cortejar a la hembra y “conquistarla” para realizar este básico menester, desde una manera primitiva en la época de las cavernas hasta una forma que fue adquiriendo diversas capas de romanticismo a lo largo de la historia.  El cambio fundamental que ocurrió fue que de una extrema sumisión de la hembra a los deseos del hombre, se llegó hasta la facultad de la primera de poder negarse a entablar una relación que de una u otra forma condujera a dicho apareamiento.

Para quienes crecimos a finales del siglo pasado tenemos fresco el recuerdo de un mundo totalmente diferente, en donde se podía fumar en un cine, en un avión o en la consulta médica, se bebía un refresco con pajilla, se utilizaban bolsas plásticas u objetos  de unicel, al por mayor sin pensar en el ambiente, se salía a cazar toda suerte de animales sin remordimiento y cualquiera se echaba al coleto una docena de huevos de tortuga sin más consecuencia que una flatulencia épica.

Asimismo tuvimos la oportunidad de conocer una serie de rituales del cortejo que en aquella época se consideraban de lo más natural, sin sospechar que un día llegarían hasta la satanización, desde el simple piropo, que era un anzuelo lanzado al agua sin muchas esperanzas de pescar algo (ver mi artículo Adiós piropo de mi barrio), hasta el vano intento de dominar toda la semiótica que involucraba la emisión, recepción e interpretación de señales, algunas provenientes de la naturaleza, como las relativas a las feromonas o bien el lenguaje corporal y en aquella maraña de señales, algunas equívocas otras unívocas,  Los varones, entre traspiés y traspiés, tratábamos de entablar alguna relación, sin importar si tropezábamos más de tres veces con la misma piedra.  En la persistencia estaba involucrada aquella frase proverbial: “Nunca falta un roto para un descosido”. Lo importante era que siempre que no hubiera vulgaridad, chabacanería o procacidad en las aproximaciones, la fémina podía evadirla de manera rotunda, aceptarla, abrir una ventana o bien fingir demencia.  Era muy difícil que alguien se molestara ante un intento o ante una insistencia o peor aún, que denunciara ante alguna autoridad el vano intento de algún pretendiente.   Como decía un amigo mexicano:  “En mi pueblo, la que no las da, agradece que se las pidan”.

En la música de aquel tiempo se puede observar aquel tipo de manejo de los rituales del cortejo, por ejemplo el éxito del compositor cubano Osvaldo Farrés: Quizás, quizás, quizás, interpretado por muchos artistas y por el propio Plácido, que aunque no lo grabó lo cantó en varias fiestas.  En su parte medular, el tema expone: “Siempre que te pregunto, que cuándo, cómo y dónde, tu siempre me respondes, quizás, quizás, quizás”, dejando la pretendida la puerta abierta al no mostrar una negativa rotunda y aunque cuando el cantante insiste:  “Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando, por lo que más tú quieras, hasta cuando, hasta cuando, quizás, quizás, quizás”.   Lo interesante es que a pesar de que este tema es obviamente para interpretación de parte de un varón, más de la mitad de los intérpretes han sido féminas, situación un tanto sorprendente,  pues es un tanto irreal que el varón se haga de rogar ante una exposición de esta naturaleza.

También había temas en donde el pretendiente rogaba a nivel limosna el acercamiento hacia la fémina, por ejemplo el tema de Agustín Lara que clamaba: “Dame un poquito de tu amor,  siquiera, dame un poquito de tu amor, nomás”.   Otros como José Alfredo Jiménez se mostraba más insistente, “y tú tendrás que quererme o en la batalla me muero, pero esa boquita tuya, me habrá de decir te quiero”.   Otros como Peñaranda, muestra cierta resignación ante la negativa de la pretendida:  “Con el chiribiribi, con el chiribiribá, tanto que te lo he pedido y no me lo quieres dar”.

De pronto aquellas generaciones nos vimos entrando, un tanto de puntillas, al siglo XXI, observando cómo lo políticamente correcto se llevaba en el saco aquella espontaneidad en nuestras actuaciones y de la noche a la mañana algo tan simple como un piropo, puede considerarse como un acoso sexual, ni se diga un intento fallido de aproximación, producto de una mala interpretación de alguna señal, en donde cualquier cristiano se puede ver en la vil  chirona.  Muchos coetáneos han perdido la tranquilidad de su sueño, al pensar que en cualquier momento, una de esas organizaciones de moda puede acusar a cualquier ciudadano porque en sus años mozos se echó tres ardillas por el vil placer de matar, por haber usado DDT, haber golpeado a un condiscípulo de la escuela, haber piropeado a una joven de su barrio o por haber invitado a una compañera de trabajo al Vale Todo.  Esto equivaldría a enjuiciar en la actualidad a la Iglesia por haber quemado en la hoguera a tantos herejes.

Volviendo al caso de Plácido Domingo, ¿es pertinente acusarlo y juzgarlo a la luz del clima de ultra sensibilidad de estos tiempos, sobre hechos ocurridos en un tiempo y en un mundo tan diferente? El propio tenor, en su declaración oficial admitió que las relaciones que ha tenido han sido fruto del consentimiento mutuo.  La pregunta aquí es hasta dónde, en aquel momento las afectadas accedieron o no con la incomodidad que admiten ahora y la respuesta tal vez la tenga Alvaro Carrillo cuando cantaba Sabrá Dios.

Lo preocupante aquí es la reacción tan apresurada de algunas instituciones que de manera inmediata cancelaron algunos conciertos programados del tenor.  Otros más ponderados afirmaron que investigarían el caso antes de actuar y otros más sensatos expresaron que no cancelarían los compromisos contraídos de actuación del tenor.   Creo que es pertinente recordar que Plácido Domingo es uno de los mejores tenores de la historia.  Sin ser un experto en el tema, siento que su interpretación de Nussun Dorma, de Turandot es sublime.  Asimismo, su calidad interpretativa no tiene nada que ver con su forma de manejar sus relaciones interpersonales.   Su carrera profesional ha sido exitosa y llena de premios que reconocen su calidad y esfuerzo.  A menos que entre los premios que ha recibido se encontrara uno de alguna cofradía de San José otorgado a quienes resaltan la virtud de la castidad,  estimo improcedente que le sean retirados los reconocimientos recibidos.  De esta manera siento en lo particular que la figura de este tenor está muy arriba para que estas acusaciones puedan hacer mella en su imagen.

Por otra parte Domingo ha cumplido 78 años y se puede decir que está pronto a finalizar su carrera profesional y disfrutar de un merecido retiro, pues asumo que ha sido disciplinado con el manejo de sus recursos financieros, de tal forma que en el futuro no dependerá de los ingresos que pudieran generarle sus actuaciones.   Si en algún momento quisiera, por otro motivo no financiero realizar alguna aparición en escena, existen algunas instituciones quienes aquilatan más el talento del tenor que la sensibilidad de algunos sectores.  Por último está la Ópera de Dubai, la cual no creo tenga objeciones en aceptar al tenor.

Para finalizar, tal vez podría citar a Mozart para explicar este culebrón: “Demasiado para lo que es, demasiado poco para lo que podría haber sido”.

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My first, my last, my everything

 

 

Con demasiada frecuencia encontramos en las redes sociales frases, dizque motivacionales, que afirman que el pasado y el futuro no existen y que es el hoy lo que cuenta, sin embargo, no estoy muy de acuerdo con dicha afirmación.  Considero que el pasado es una reserva de experiencias, de donde podemos echar mano para superar el hoy y sentar las bases para un futuro que sea lo suficientemente atractivo para poner todo nuestro empeño en llegar ahí.

La música es indudablemente un elemento que acompaña a todas esas experiencias que atesoramos y que constituye una banda sonora adosada a todos esos rollos de película, en donde fuimos protagonistas, actores de soporte o simplemente extras.  Independientemente de nuestras actuaciones, muchos de esos temas musicales merecen un Oscar, sin embargo, a menudo, por tanta basura que se acumula en el disco duro, esa música se va perdiendo en el olvido. Por lo anterior, es muy sano el ejercicio de revisar aquellos recuerdos, sacando la parte negativa y enviándola al cesto de la basura y tomar los recuerdos positivos y pulirlos para volverlos a colocar en el archivo correspondiente.

Sin saber por qué, uno de estos días desperté con una música en mi mente.  Era la banda sonora que me acompañó durante un buen trecho de los años setenta y que pertenece en gran parte al gran músico norteamericano: Barry White.

Conocí la música de este autor, director y cantante a finales de 1974 o inicios de 1975 cuando comenzó a sonar insistentemente en todas las radiodifusoras, que en esa época era el único medio para conocer los éxitos musicales que nos iban llegando, un tema realmente fuera de serie.  Era un tema instrumental, algo extraño en esos tiempos, sin embargo, tenía todos los elementos para cautivar a la audiencia.  Tenía por título Love´s theme (Tema de amor) y estaba a cargo de Barry White y la Orquesta ”Love Unlimited”.   El sonido era impresionante, pues se notaba una gran orquesta en donde predominaban los violines, sin embargo el ritmo era llevado por guitarras eléctricas, un piano y percusiones.  La delicadeza de las cuerdas emulaban los dulces sentimientos del amor, mientras que las percusiones imitaban los latidos de un corazón batiente y el wawa insistente de la guitarra eléctrica, al estilo de Isaac Hayes, nos ubicaba en un mundo en ebullición.  Así que fue que aquel Tema de amor resonó por varios meses llenando nuestras vidas de un nuevo ritmo y solo fue opacado cuando escuchamos la voz de Barry White, una voz impresionantemente grave, pero que entonaban una canción romántica a más no poder, siguiendo el mismo estilo musical de Tema de amor, cuerdas con ritmos modernos.  Aquel tema se llamaba You are the first, the last, my everything (Eres el comienzo, el final, mi todo) y en breve se colocó entre las favoritas de la audiencia nacional.   Los siguientes temas de White entraron por la puerta grande, como Never, never gonna give you up (Nunca, nunca te voy a dejar), Can´t get enough of your love, babe, (No me cansaré de tu amor nena), What am I gonna do with you (Qué voy a hacer contigo), Let the music play (Dejen que suene la música), Rapsody in White (Rapsodia en White, parodiando a la Rapsodia en Blues de Gershwing) entre otros.  El último éxito que nos llegó a casi a fines de la década fue el éxito de Billy Joel: Just the way you are (Justamente cómo eres), en una versión que es una verdadera joya.

Pero en el mundo de la música nada es para siempre y para esa época los Bee Gees se llevaron de corbata a todos los que dominaban la música popular, al agarrar un nuevo aire e instaurar la música disco, aunque en honor a la verdad encontramos mucho del estilo de Barry White en aquel nuevo género.

Así pues, de repente Barry White desapareció de la escena musical, por lo menos en este país y no volví a saber de él hasta en 2003 cuando llegó la noticia de su muerte, debido a complicaciones de la insuficiencia renal que padecía.  Ya era la época del internet de las cosas, así que  tuve acceso a mucha información sobre aquel músico que realmente desconocía.  Me sorprendió que a la fecha de su muerte tuviera tan sólo 58 años.  Yo siempre asocié aquella potente voz a una persona mayor, máxime con su voluminosa humanidad, cuando en realidad en 1974 al saltar a la fama tenía apenas 29 años.  La única vez que se miró un poco esbelto fue cuando actuó a la par de Luciano Pavarotti en 2001, dos años antes de morir Barry, cuando interpretaron a duo You are the first, the last my everything.en aquellos eventos de Pavarotti and Friends.  Otra información que no dejó de sorprenderme fue que su segunda esposa Glodean, una de sus cantantes estrella, estuvo con él desde 1974,  año en que Barry saltó a la fama, hasta su muerte.

De esta manera, estos días he estado buceando en las profundidades del recuerdo, con la ayuda de Barry White, transportándome a una época que creímos dorada, en donde salíamos a comernos al mundo, cuando la vida, tal como afirmaba Gutiérrez Nájera: decía aún, “soy tuya”, haciendo nosotros caso omiso del agregado de aquel poema: aunque sepamos muy bien que nos traiciona.  Amigos que caminaron aquellas sendas llenas de sueños, risas y como decía el vate, una sed de ilusiones infinita, pero que el tiempo y la distancia los llevaron hacia otras rutas.  Aun así, disfruto al ver pasar todas aquellas imágenes mientras me envuelve la magia del ritmo de Love´s theme o sintiendo resonar aquel vozarrón de Barry, expresando aquella profunda declaración de amor, de manera tan simple: you are the first, the last, my everything o bien, I love just the way you are, invitando a movernos al compás de su música, mientras nuestro cuerpo, sin limitaciones, obedecía sin chistar, siguiendo aquel pegajoso ritmo.

 

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CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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Llévame al país de las maravillas

 

Mientras transitamos pesadamente por este inmenso valle, las demás ausencias se opacan, las desapariciones de famosos, que en todas partes del mundo se deploran profundamente, terminan por pasar de puntillas por nuestro entorno.  De esta manera el fallecimiento de Charles Aznavour, el más grande cantante francés de los últimos años, ocurrido este primero de octubre a la edad de 94 años, llamó nuestra atención, aunque no rebasó las otras penurias que parecen enquistarse a nuestro alrededor.  Mientras tanto el mundo entero se consternó y lloró ante la pérdida de esta figura emblemática del entretenimiento de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.   Avalan su figura, más de 100 millones de álbumes vendidos, un repertorio de cerca de 1,500 canciones de las cuales más de 800 son de su autoría y por si fuera poco, fue además actor y participó en cerca de ochenta películas.

A pesar del éxito que a nivel mundial había alcanzado Aznavour, desde la mitad del siglo pasado, en Nicaragua pasó casi desapercibido.  Quiero suponer que las apreciaciones del mercado realizadas por las disqueras regionales, allá por los años sesenta, consideraron que no tendría el impacto suficiente para que fuera rentable su promoción por estas latitudes y prefirieron voltear hacia otra parte.  Por eso debo de admitir que salvo alguna ligera referencia, no conocí a este gran cantautor sino hasta los años ochenta, cuando viví en México.

Cuando recién llegado comencé a integrar mi acervo musical prácticamente de cero, un amigo me regaló dos cassettes Memorex de 90 minutos cada uno, uno con el repertorio de Shirley Bassey y el otro con una colección de los mejores éxitos de Charles Aznavour.  Ahí me di cuenta que algunos de los temas de este afamado cantante nos habían llegado a través de covers.

A mediados de los años sesenta conocimos el tema, interpretado por Alberto Vázquez: Te espero mismo que aparece en los títulos de la película “Perdóname mi vida” protagonizada por este cantante y Angélica María.  Aquí cabe la aclaración la canción original fue una composición conjunta entre Gilbert Bécaud, quien escribió la música y Charles Aznavour que se ocupó de la letra.  Ambos artistas la cantaron, cada quien en su estilo y la versión de Alberto Vázquez tiene un acompañamiento copiado al carbón de la versión de Bécaud, un tanto al estilo de las grandes bandas.  Yo prefiero la versión de Aznavour, pues el estilo de la orquestación es más depurado.  La letra de la versión de Vázquez desde luego es un intento de traducción del tema original.

Más o menos para esa misma época, el cantante argentino Juan Ramón, apodado “Corazón” nos llevó una versión muy bien lograda de Venecia sin ti, que Aznavour había elevado a lo más alto de la fama e incluso con una versión en español que nunca nos llegó, cuya letra es la misma que la del argentino.  La voz de Juan Ramón, que ya había captado el gusto popular con su tema “Se ha puesto el sol”, influyó para que dicha canción quedara para siempre en la mente de todos los nicaragüenses.

En ese mismo tiempo, un día mi padre se apareció con dos discos Long Play, ambos de un pianista tico, desconocido para todos, llamado Vernon Hine, apodado El Pibe.  Los discos llevaban como título “En casa con el Pibe Hine” volumen uno y dos.  Era un popurrí de varios temas, como Niebla del riachuelo, Caminos de ayer, La flor de la canela y muchos más.  Entre ellos estaba una muy buena versión del tema de Aznavour, Et pour tant (Y sin embargo) traducida como Y por tanto. A todos en la casa les gustó el estilo de El Pibe, así que aquellos discos fueron escuchados innumerables veces.

Años más tarde, conocí el tema Yesterday when I was young, en una versión de Andy Williams, sin saber que se trataba de Hier Encore de Aznavour.

Así fue que por muchos años, aquel cassette que gentilmente me había regalado mi amigo Roberto Martínez, fue mi fiel acompañante,  aficionándome a la música de Aznavour.  Años más tarde, ya de regreso en Nicaragua, decidí ingresar a la Alianza Francesa, pues sentía que esa música, más que escucharla había que leerla, como decía el propio Aznavour.    Luego vino el Internet y Youtube y fue más fácil adentrarme al mundo de aquella música.

Al leer la noticia de la muerte de Aznavour, inmediatamente se me vino a la mente el tema Hier encore, que nos hace reflexionar sobre la profundidad de la nostalgia de los años perdidos, ese divino tesoro que se fue para no volver:  “Apenas ayer, tenía veinte años, acariciaba el tiempo, jugaba con la vida, como se juega al amor y vivía la noche, sin contar con mis días que  escapaban en el tiempo”.

Tuve la oportunidad de ver el video del funeral de Aznavour.  Impresionante ver como el hijo de inmigrantes armenios, con una niñez llena de penurias y una feroz lucha para llegar a destacar, fue distinguido en su muerte con uno de los honores más elevados en Francia:  un funeral de Estado, el homenaje más grande ofrecido a un artista francés en toda su historia.  En el Patio Interior ( Cour d´honneur ) del Palacio de los Inválidos, en donde reposan los restos de Napoleón, se realizó el evento solemne en donde asistió la  crème de la crème de la intelectualidad, con la participación de los presidentes de Francia Emmanuel Macron y de Armenia Armen Sarkissian, quienes dirigieron sendos emotivos discursos enalteciendo la figura de Aznavour.

Al terminar el acto, el ataúd de Aznavour, cubierto por la bandera francesa, cargado por diez militares y seguido por una corona de flores que formaban la bandera de Armenia, es llevado fuera del patio, mientras el coro de la Guardia Republicana (aunque usted, ni nadie por aquí pueda creerlo) entonó el tema Emmenez moi (Llévame) una de sus canciones más emblemáticas y que en una parte dice:  “Llévame al final de la tierra, llévame al país de las maravillas, creo que la miseria sería menos penosa al sol” sin haber sospechado que en el final de la tierra, en el país de las maravillas, la miseria se magnifica al sol.

Finalmente, los restos del Aznavoice, como también se le conoció, salen por el Cote du Nord del patio y se pierden de vista, mientras viene a la mente una infalible verdad, que el cantante pareciera dirigir a todos:  Et je t´attands ( Y yo te espero ).

Reposer en paix

 

 

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La reconciliación

 

Cuento

Orlando Ortega Reyes

Cuando la Clarisa le puso cuidado a la letra de aquella canción sintió que resumía todo lo que estaba viviendo.  Era un bolero ranchero y lo interpretaba un dueto bien acoplado que se llamaba Las Hermanas Núñez, pero que como era costumbre en aquella época se manejaban frecuentemente en diminutivo, Las hermanitas Núñez.   El tema en cuestión había lanzado a la fama al dueto y su título era Reconciliación.

Le impactó el inicio de la letra del tema que decía:  “Quisiera convencerte que es mentira, que yo te traicioné con otro amor, pero mi orgullo me ha detenido y no podrás gozar mi humillación”.  En realidad, en el fondo de su conciencia sabía que había traicionado a René, su novio de varios años, pero ella por lecciones aprendidas lo negó rotundamente en el primer y único reclamo que le hizo René y en donde le anunció que le daba la quiebra, como se decía en aquel entonces.   Ella también pensaba que traición, traición, no fue.  Fue más bien un momento de debilidad, en donde con par de cubas entre pecho y espalda, un tema romántico en la consola y aquel individuo alto, fuerte y sobre todo insistente, lo que le había hecho perder el juicio y por así decirlo, hasta la apelación.  Era el cumpleaños de la Sandra, una amiga de la Clarisa quien la había invitado a una “fiestecita”. René tenía clases por la noche y como cursaba el quinto año de Contabilidad no podía darse el lujo de faltar.  Así fue que la Clarisa muy quitada de la pena, asistió sola al cumpleaños y ahí fue donde el tipo aquel, amigo de un amigo de la cumpleañera se acercó y le echó la convencedora para bailar y poco a poco, la fue poniendo contra las cuerdas, hasta que llegó el momento en que salieron a tomar el fresco de la calle, cuando el otro fresco la tomó entre sus brazos y le clavó un beso al estilo de Burt Lancaster en “De aquí a la eternidad”, por lo que a ella no le quedó de otra que hacerle a la Deborah Kerr, con tan mala suerte que en esos precisos momentos, en la acera de enfrente salía de una casa la Tere, una prima de René.

La Tere quien le tenía un especial cariño a René, pues prácticamente habían crecido juntos, se sintió con el ineludible compromiso de pasarle al costo lo que sus ojos habían presenciado aquella noche, con todos los detalles.  René con la frialdad que le caracterizaba, procesó la información y para rematar el asunto, poco después por otra fuente supo que la Clarisa había vuelto a ver al individuo aquel y habían ido al cine Ruiz en donde continuaron su romance.  Así fue que René decidió cortar de raíz su relación con la Clarisa.

El problema se le complicó a la Clarisa pues en cierto momento sopesó su situación como la del mono que está bien agarrado de dos ramas y puede soltar una u otra mano, pero el caso es que el tipo aquel de repente se esfumó de la misma manera como había aparecido.  Por eso fue que decidió seguir aquella estrategia de negarlo todo rotundamente, tanto para sí misma como para el resto del mundo y al igual que la canción decidió que no se iba a humillar rogándole a René que le creyera y que regresara con ella.  Por otra parte, el tema aquel profetizaba: “Despréciame si quieres vida mía, castígame si estás en tu deber, que nada ganarás con tu ironía y siempre con mi amor has de volver. Te digo que procedes por capricho, por algo que no tiene explicación y mientras me castigas te castigas y sueñas con la dulce reconciliación”.

La Clarisa tomó aquella canción como un himno.  Mientras el éxito estuvo solo en el radio llamaba a todos los programas de complacencia para dedicarle la canción a René.  Cuando apareció el disco, lo buscó por todo Managua y su monomanía fue ponerlo día y noche hasta que se rayó.  De la misma forma, cuando llegó a las roconolas le pagaba a un lustrador que vivía por su casa, para que fuera a ponerlo en donde René pudiera llegar a escuchar esa canción.

Mientras la Clarisa mantenía la firme creencia que al final de todo, René regresaría a ella, que la extrañaría tanto que se olvidaría de aquel episodio, que la perdonaría y ella, manteniendo su dignidad, aceptaría aquella reconciliación que los llevaría irremediablemente al altar.  René por su parte, fue firme en su decisión, pues no estaba dispuesto a caminar con su frente adornada.  Además en contabilidad hay momentos en que irremediablemente hay que hacer un cierre de ejercicio y sintió que aquel era el momento.

El tiempo fue pasando, la canción aquella fue desapareciendo del ambiente, pero en la mente de la Clarisa, todavía resonaba aquello de la dulce reconciliación.  René procuró evitar los lugares en donde podían coincidir, pero aun así, ella no perdía las esperanzas.  Luego apareció en todas las emisoras el tema “Una lágrima por tu amor” interpretada por Estela Núñez, quien por cierto no tenía nada que ver con las Hermanitas Núñez, pero por aquella asociación o bien por influencias de Leo Dan, muchos la conocieron como Estelita Núñez.  Con aquella canción la Clarisa se fue resignando a que René no volvería con ella, refugiándose en aquella línea de la canción que decía: “Te quise tanto, que tal vez nunca te olvidaré, fuiste el primer amor y no volverás”.  Aunque para decir verdad, René había sido su primer novio formal, pero antes había tenido más de un par de “enviones” como ella los catalogaba, con muchachos de su barrio.

Al poco tiempo vino el terremoto y la Clarisa y su familia tuvieron que abandonar su casa y refugiarse en el barrio La Primavera, donde unos parientes.  René también tuvo que dejar su casa y se fue con su madre donde una tía en Santa Ana.  La Clarisa encontró trabajo de secretaria en una empresa constructora, en auge por el dinamismo de la construcción.  La empresa de importación y exportación donde trabajaba René lo promovió después de titularse y le ayudó para que comprara una casa en Las Brisas y al poco tiempo encontró a una auditora con quien inició una relación y luego se casaron.    Cada quien consiguió construir su propio camino, pues la Clarisa que de vez en cuando soñaba con René, consiguió que un ingeniero se fijara en ella y al tiempo llegaron a casarse.  René fríamente tomó aquel episodio como si fueran unos estados financieros, declarados, auditados y archivados luego en un Ampo que quedaría en una oscura bodega.

Corren los tiempos actuales y en unas oficinas del Seguro Social, en la sección de Prestaciones Económicas, los derechohabientes que ahí acuden, en su mayoría de la tercera edad, después de tomar un número se sientan pacientemente a esperar su llamado.  En una silla espera un individuo que transita los setenta, cuando muy cerca de él llega a sentarse una señora, más o menos de la misma edad, aunque físicamente un poco más traqueteada, como si viviera en terracería.  Inocentemente vuelve a ver al señor de al lado y le pregunta qué número tiene, él cortésmente se vuelve y le dice que el 28.    La señora que tiene el 30 le dice gracias, pero cuando mira bien al individuo aquel, a pesar de las canas, las arrugas y los gruesos lentes, lo reconoce y exclama, disimulando un poco la emoción: -René.  El señor la vuelve a ver extrañado al verse reconocido por alguien que le pareció extraña, pero al exprimir el disco duro llega un momento en que hace un clic e inconscientemente dice: -Clarisa.  Luego ella sale con la perogrullada: -Tanto tiempo.  En verdad –agrega él al mismo tenor. Ella se acuerda de aquella canción de Hernaldo y agrega: -¿Cómo te va? deteniéndose ahí y dejando a un lado aquello de que lo miraba un poco más flaco.  Tranquilamente René responde: -Muy bien.  Ella le pasa el escáner detenidamente y en efecto físicamente se mira bien y su camiseta de lagartito, su pantalón Docker, junto a unos mocasines Hush Puppies, acusan una holgada posición.  El reconocimiento y su chispa al hablar no hacen sospechar ninguna afección mental.    René agrega: – Y a vos, ¿Cómo te ha ido?  Ella responde inmediatamente: -Muy bien, no me puedo quejar.  Fríamente René hace un reconocimiento y en efecto, en términos generales ella se ve bien, a pesar de que su piel por naturaleza es muy propensa a las arrugas y un buen tinte cubre las canas que deben de proliferar. Acusa una ligera escoliosis y su cuerpo se asemeja al de la madre, tal como la recordaba.  Su ropa, nos es ninguna baratija, aunque carece de buen gusto, sin embargo, el collar en juego con los aretes se miran de cierto valor, su cartera es de diseñador y concluye que para salir así a esa oficina, seguro debe de transportarse en vehículo propio.  René le contesta:  -Me alegra mucho y se acomoda de nuevo en su asiento como dando por concluida la plática.

La Clarisa que con el tiempo se ha vuelto perceptiva, entiende que René no desea alargar aquella conversación y también se acomoda en su asiento y el silencio cae pesadamente entre ellos.  Rene se abstrae en sus propios pensamientos, sus cotidianidades, sin embargo, la Clarisa revive una vez más aquel episodio de hacía tantos años y cómo estuvo a punto de costarle su salud mental.  Con cierta obsesión siguió pensando en lo mismo, hasta cuando ya casi le tocaba el turno de pasar a René, entonces tomó valor y le dijo:  – ¿Pensaste alguna vez que solo fueron unos cuantos besos sin importancia? René extrañado por aquel extemporáneo reclamo la quedó viendo y después de una chispa que asomó en sus ojos le dijo: -Puede ser, pero la que afloja el pico…   y dejó en suspenso la frase, mientras voceaban su número, se levantó y se fue sin más.  Ella se quedó rumiando aquello y en esas estaba cuando de repente también llamaron a su número y pasó a la oficina que la atendería.

Cuando ella terminó su trámite buscó para ver si volvía a ver a René pero no había ni rastro de él.  Se resignó y buscó la salida.  Pasando la puerta estaba alguien ofreciendo el periódico del día y como decía la canción “a veces por caprichos del destino”, un gran titular ocupaba casi toda la portada del diario aquel: “RECONCILIACIÓN”.  La Clarisa se quedó patitiesa y solo le dio tiempo para exclamar para sus adentros: “Tu puta madre”.

 

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Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1961 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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