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La del niño

 

Mi primer año de universidad fue realmente alucinante.  Después de la infame peloneada que hacía que los flamantes bachilleres en ciencias y letras supiéramos que éramos simples mortales y no la mamacita de Tarzán, los profesores se encargaron de enseñarnos a amar a Dios en tierra ajena, Roberto Zelaya con la lógica matemática, el decano Julio Vega con Samuelson y la elección entre producir cañones o mantequilla, el recordado Cuadrita con los principios contables del debe y del haber y un profesor que solo recuerdo que le decían Terry con las teorías administrativas de Taylor y Fayol.  Por si esto fuera poco, llegaba a la facultad como “gallina comprada” como decían en el pueblo, pues no conocía absolutamente a nadie.  Ninguno de mis compañeros de bachillerato se había atrevido a estudiar Economía.

Poco a poco fui descubriendo un tema que parecía flotar en el ambiente y que llegaba a constituir un enlace entre la enorme diversidad de alumnos y era la música.  En los recesos se escuchaba hablar de 500 millas, de Black is black, de San Francisco y lo extraño que parecía aquello de “flores en tu pelo”.  De esta manera fui haciendo contacto con compañeros que no paraban de hablar de música.  Ahí también descubrí a algunos integrantes de los conjuntos musicales que estudiaban en años superiores en la facultad: Emilio Ortega, Lino García y Elías Cárcamo y que en mi grupo estaba el legendario disc jockey Conrado Pineda, que en aquel tiempo trabajaba en la 590.

En cierto momento surgió en aquellos improvisados foros, un tema que llamaba poderosa la atención.  Se trataba de una balada que estaba sonando fuerte en todas las emisoras locales.  Era una balada rock de corte romántico con el sonido electrónico propio de los conjuntos de la época, con una breve introducción de guitarras eléctricas y luego un cantante que reclamaba: “Di que fue de nuestro amor, que todo se esfumó, yo siempre me recordaré de los besos que te di…”  El tema se ubicó pronto en los primeros lugares de las listas de popularidad, sin embargo, lo que más llamaba la atención era el título pues en las emisoras la anunciaban como La del niño.  Por más que repasábamos la letra, no encontrábamos ningún vestigio que pudiera relacionar la letra de la canción con un niño.  Por un buen rato manejamos en aquel foro las más descabelladas teorías sobre el posible origen del título de la canción y que indefectiblemente caían en puras pláticas de preso, pero que al fin de cuentas hacían que nos desconectáramos de la tautología de la lógica proposicional que nos trataba de enseñar Zelaya, para adentrarnos en la ley de los rendimientos físico marginales decrecientes con el decano Vega.

De pronto una nueva corriente vino a desplazar a todos los éxitos que luchaban por permanecer en el gusto del público, los Rockets sacaron su álbum en la Tortuga Morada y nuevos temas se adueñaron de las listas de popularidad.  Sin embargo, siempre quedó como asignatura pendiente el origen del nombre de aquel tema.  Muchos años después, algunos libros que describían la música de los años sesenta tocaron el tema un tanto de refilón, sin embargo, lo interesante de la historia de aquel éxito merece describirse un tanto a detalle.

El tema que nos ocupa es original del grupo Los Super Twisters de El Salvador, uno de los pioneros de la música rock de aquel país y que fueron los primeros en grabar un disco con música rock.  El grupo estaba integrado por Eduardo “Guayo” Meléndez en la guitarra, Ricardo “El chele” Escobar en el bajo, Salvador “Chamba” Rodríguez en la batería, Carlos Langenner en los teclados y Ricardo “Lord Darkie” Jiménez Castillo, cantante.  En el año 1964 el sello Kismet de ese país, accedió a la grabación de un disco de 45 r.p.m. de Los Súper Twisters, habiendo seleccionado el grupo el tema What I said, que grabara Ray Charles en 1959.  Para la otra cara del disco, el grupo no se decidía hasta que llegaron al acuerdo que sería la canción de “El Niño”, pues la música de ese tema había sido compuesta por Eduardo “Guayo” Meléndez a quien le apodaban El niño  y la letra por Chamba Rodríguez.  De esta forma salió el primer sencillo de música rock en El Salvador con el hit de Ray Charles en una cara y el tema denominado La del niño en la otra.

Es necesario remarcar que el vocalista del grupo Ricardo Jiménez Castillo, llegó a convertirse en uno de los mejores arquitectos de El Salvador y es el artífice de La Torre Democracia (Torre Cuscatlán) en el Boulevard de Los Próceres, en la capital cuscatleca, así como la Torre de Cristal y el puente Las Chinamas, asimismo, fue el impulsor y director de la reconstrucción del Teatro Nacional de El Salvador.

En aquellos años, todavía no había un intercambio de música moderna entre los países de Centroamérica, sin embargo, en un festival que se realizó en El Salvador en 1965 participaron los Music Masters.  Al grupo nica le gustó el tema en cuestión y lo tomó prestado.   A su regreso, los Music Masters lo incorporaron a su repertorio y llegaron a grabar una versión.  Cabe aclarar que la misma era un poco más lenta que la original.  Al poco tiempo, otro grupo nicaragüense que iba en ascenso escuchó la versión de los Music Masters y también la grabó.  Se trataba de los Bad Boys y su versión del tema resultó más atractiva.  Hay una gran similitud entre las versiones de los dos conjuntos nicaragüenses, sin embargo, el vocalista de los Bad Boys Humberto Hernández “El gordo Beto” tenía una voz más atractiva que la del vocalista de los Music Masters y en efecto, aquella fue la versión que tuvo más éxito en nuestro país.

Si se escuchan todas las versiones de La del niño, de una manera desapasionada, puede colegirse que la versión de los Bad Boys supera incluso a la original de los Súper Twisters, con perdón de los amigos cuscatlecos.  Es más, cuando Guayo Meléndez y Chamba Rodríguez formaron el grupo Los Mustangs, grabaron una nueva versión de La del niño, tratando de emular un poco el estilo de los conjuntos españoles de esos años, sin embargo, tampoco supera a la del Gordo Beto y los Bad Boys.

Después de cincuenta años, ya ha llovido mucho, han aparecido y desaparecido miles de temas musicales y aquella enigmática canción se mueve entre las arenas del tiempo y del olvido.  Ya incluso algunos personajes ligados a este tema como Humberto Hernández, así como Ricardo Jiménez Castillo, se nos han adelantado.  De vez en cuando alguien que ya no hace fila en los bancos navega en las inmensas aguas de Youtube, de casualidad se encuentran con La del niño, será presa de la emoción y la nostalgia, pero de manera invariable, nuevamente se les vendrá a la mente: ¿Cuál niño?

 

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Al di la

 

Era el año 1963 y el país estrenaba un presidente ajeno a la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, quien para muchos solamente jugaba un papel en el teatro de la dinastía.  En el pueblo, se vivía una calma chicha y mientras los adultos jugaban al análisis político, los muchachos procedíamos a guardar los soldaditos de plástico, las espadas y pistolas de juguete y las damitas sus muñecas y juegos de té, pues la adolescencia nos había alcanzado y nuestra monomanía era entonces bailar en las fiestas y tertulias del pueblo.  Ya era época de los bailes de quince años, además de las fiestas que con cualquier motivo se organizaban en diversos locales.  No éramos tan exigentes y un modesto equipo de sonido nos bastaba para bailar por varias horas.  Los más jóvenes calmábamos la sed con una que otra gaseosa y los más aventurados ya se echaban al coleto una o varias cubas o cervezas.

En una de aquellas tertulias, como quien saca un as de la manga, el encargado de la música del evento, Al Capone… los discos, ya que los DJ´s ni pensaban existir, puso un tema que nos dejó prácticamente anonadados.  Estaba interpretada en italiano y en aquel momento no teníamos idea de lo que decía, pero su melodía era romántica en extremo.  Alguien del grupo explicó que se trataba de “Al di la” (Más allá), y era interpretada por Emilio Pericoli, para nosotros un soberano desconocido y cuyo apellido nos causaba un poco de gracia, pues nos sonaba a un pequeño chocoyo.  Después de esa ocasión, el tema aquel se transformó en el preferido en los bailes y se tocaba no menos de una veintena de veces en toda la noche.  En las radioemisoras también empezó a dominar aquel tema y de pronto todo el espectro radial la repetía hasta el cansancio.

Cabe recordar que muy pocas canciones italianas nos habían llegado en su idioma original, salvo tal vez las de Domenico Modugno, “Nel blu dipinto di blu” o “Piove” o bien “Come prima” de Tony Dallara.  El resto eran covers en español de éxitos italianos que se habían internacionalizado, como el caso de “La hiedra”.  No obstante, poco a poco fuimos tomándole sabor a la letra de aquel tema y a adivinar su significado, al fin y al cabo las palabras en ese tema eran muy parecidas a su equivalente en español.

La melodía por su parte, era romántica en extremo y de una dulzura exquisita, de tal manera que con aquel fondo musical, íbamos a bailar mientras nuestras mentes volaban más allá de las más almibaradas fantasías.  Con cierto estupor, mezclado de una pequeña dosis de envidia, observábamos a ciertas parejas que llegaron a vivir tórridos romances al compás de aquella canción, unos más tórridos que otros.  Fueron muchos meses, muchas fiestas, muchos bailes en donde aquella canción fue la reina de la noche, hasta que Boby Vinton llegó con su “Blue Velvet” y destronó a Emilio Pericoli y su tema.

Muchos juraban que el tema era original de Emilio Pericoli y no había nadie más alrededor del mismo, es más muchos pensaban que él era el autor de aquella canción.  Meses más tarde, el público pudo ver el verdadero rostro de Emilio Pericoli.  Para quienes estudiábamos en el Pedagógico de Diriamba, asociábamos aquel nombre a la figura del Hermano Emilio quien obviamente fue bautizado como Pericoli.  Pues bien, en la película “Los amantes deben aprender” (Rome Adventure) los protagonistas,Troy Donahue y Suzanne Pleshette, están en un restaurante en Roma y sorpresivamente aparece Emilio Pericoli interpretando precisamente “Al di la”.  Ahí se comprobó que el verdadero Pericoli era diferente al ínclito hijo de La Salle, pues mientras el último era rubio como Pedrarias, el verdadero tenía el cabello completamente negro.

Lo interesante del caso es que la historia de aquella canción es más fascinante de lo que pensamos.  En realidad “Al di la”, salió de la mente de la dupla italiana formada por el brillante compositor Carlo Donida y el letrista Giulio Rapetti, conocido como Mogol.  Esta pareja también había compuesto el tema “Uno dei tanti”, cuyo cover en español sacaron Enrique Guzmán y Alberto Vásquez bajo el nombre “Uno de tantos” y que al final fue Alberto quien ganó la partida al ser escogido para cantarla en la película “Perdóname mi vida” con Angélica María y Mauricio Garcés.  Asimismo, esta dupla italiana también sacó el tema “Abbracciame forte”, que luego refriteara en español Enrique Guzmán con el título de “Abrázame fuerte”.

El tema “Al di la”, originalmente le fue asignado a Betty Curtis, cantante italiana cuyo verdadero nombre era Roberta Corti, para que participara en el Festival de San Remo de 1961.  Como en dicho festival, lo que se calificaba era la canción en sí y no el intérprete, en ese tiempo, cada tema era ejecutado por dos intérpretes y en ese caso la otra versión estuvo a cargo del gran cantante Luciano Tajoli, quien había hecho famoso el tema “Angelitos Negros” en una versión en italiano.  “Al di la” alcanzó el primer lugar en San Remo y fue seleccionada para representar a Italia en el Festival de Eurovisión de ese mismo año, en donde obtuvo el 5º lugar.

Hasta ese momento, Emilio Pericoli no había tenido ninguna relación con “Al di la”.  Sin embargo, para su fortuna entró en acción Delmer Daves, guionista, productor y director norteamericano, quien tenía una fructífera carrera en Hollywood con películas de acción, bélicas y westerns principalmente y una que otra romántica como la famosa “A summer place”.  En 1957 Daves compró los derechos de una novela llamada “Los amantes deben aprender” de Irving Fineman y por un buen rato estuvo dándole vueltas al proyecto, manejando para su ubicación Suiza, París y finalmente Roma.  Tenía un buen rato tratando de promover a un actor con la figura del típico joven norteamericano, alto, blanco, rubio y que previamente había utilizado en “A summer place” y “Parrish”.  Para la protagonista femenina tenía en mente a la bella Natalie Wood, sin embargo, al final esta renunció y el papel le fue asignado a Suzanne Pleshette, joven actriz que tenía un ligero parecido con Elizabeth Taylor.  Completaron el elenco Angie Dickinson y Rossano Brazzi.

Daves deseaba ambientar el film en Roma con mucha música, de tal manera que adquirió los derechos de varios temas, entre ellos “Volare”, “Arrivederci Roma”, “Torna a Sorrento”, “Santa Lucía”, “Oh Marie” y desde luego “Al di la”.    Sin embargo, para este último tema Daves pensó que necesitaba un cantante varón, cuya figura no desentonara con lo apuesto de Troy Donahue.  Así fue que surgió Emilio Pericoli, quien tenía una carrera de cantante y de actor al mismo tiempo y en ese momento a sus 34 años tenía una figura envidiable, que Luciano Tajoli nunca hubiese llenado.  En la escena del restaurante, de improviso entra Pericoli con el tema “Al di la”, acompañado con un modesto conjunto de dos violines, contrabajo y batería, que para los fines de la escena bastaban.  En el intermedio, Troy Donahue, quien ya tiene contra las cuerdas a Suzanne Pleshette, se luce explicándole el significado de la frase al di la.

Dicen que la oportunidad la pintan calva, de tal manera que Emilio Pericoli o un agente suyo muy avezado, aprovechando aquella pequeña intervención en la película y lo contundente del tema, negocian con la disquera y graban una nueva versión, esta vez con una orquesta completa, versión que inicia con un arpa y por otra parte, con una visión comercial envidiable, graban una versión adicional en donde al final le agregan una estrofa en inglés, en donde Pericoli un tanto al estilo Open English, le echa producto de gallina al idioma de Shakespeare, versión que lanzan al mercado norteamericano en donde alcanza niveles de rating inusuales.  De ahí, la canción se disemina por todo Latinoamérica y se convierte en el éxito que conocimos.

Casi en forma simultánea, la gran cantante norteamericana de origen italiano Concetta Rosa María Franconero, conocida como Connie Francis, mira en este tema una tremenda veta que debe explotar y rápidamente graba el tema en italiano solo y en italiano e inglés, logrando un tema de tremenda calidad, gracias a la intervención del notable arreglista y director italiano, Giulio Libano, quien logra una versión inigualable en donde logra que destaque la maravillosa voz de Connie.  Desde mi humilde punto de vista, la versión de Connie Francis es superior a las de Pericoli, Curtis y Tajoli.

Después del tremendo éxito de la canción, muchos intérpretes le pidieron raid para engrosar sus repertorios.  El gran trompetista Al Hirt, quien participa como actor en Rome Adventure, sacó una versión instrumental al igual que The Brass Ring, de la misma forma Dean Martin, Jerry Vale, Al Martino, Ray Charles Singers, Milva, Claudio Villa, Sandra Reemer y en español no podía faltar el recordado Javier Solís con una versión de bolero ranchero, Los tres diamantes, Los sabandeños, Dyango, Jaime Morey, entre otros.

Pero como decía aquella canción del Pirulí: “..porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina…” así que poco a poco el enorme entusiasmo por Al di la, se fue difuminando hasta que quedó enterrada en el tiempo, aunque de vez en cuando, el aroma de la nostalgia se escapa del baúl de los recuerdos y alguna emisora nos la hace recordar.

Ya han pasado casi 54 años de esta historia y el tiempo no pasa en balde.  Las historias que emanaron de este tema siguieron caminos, como los del Señor, inescrutables.  El romance de Troy Donahue y Suzanne Pleshette siguió fuera de la pantalla y se casaron en 1964 durando dicho matrimonio tan solo ocho meses.  Troy falleció de un infarto en 2001 y Suzanne en 2008 de cáncer de pulmón.    Por su parte, Emilio Pericoli hizo una dupla con Toni Renis, participando en dos festivales de San Remo con gran suceso en ambos con los éxitos: “Quando, quando, quando” y  “Uno per tutte”.  Falleció en 2013 a la edad de 85 años.

Por su parte Carlo Donida, después de una fructífera carrera en la composición, falleció en 1998, mientras que Mogol, ha tenido también una brillante carrera de letrista. Actualmente tiene 81 años y se dedica a una organización sin fines de lucro que promociona la música y la cultura en Italia.  Betty Curtis continuó su carrera de cantante y se retiró en 2004, habiendo fallecido en 2006 a la edad de 70 años.  Luciano Tajoli vendió más de 45 millones de discos de “Al di la” y falleció en 1996 a la edad de 81 años.

El guionista, productor y director de cine Delmer Daves, quien ya tenía su estrella en el paseo de la fama en 1960, ganó el el Western Heritage Award en 1975 por su películas del oeste, falleció en 1977 a la edad de 73 años.

La cantante Connie Francis, continuó con su impactante carrera, sin embargo no logró alcanzar el éxito en la dimensión que tuvo anteriormente, participó dos veces en el Festival de San Remo, primero en 1965 donde alcanzó el 5º lugar, luego en 1967 en donde no logró llegar a la final.  Luego en los setenta se presentaron grandes tragedias en su vida que la alejaron del medio artístico, luego regresó y todavía en 2010 se presentó en Las Vegas.  Actualmente tiene 78 años y está por publicar su autobiografía.

De aquel grupo de entusiastas jóvenes del pueblo, unos pocos se nos adelantaron en el camino y afortunadamente una gran mayoría todavía está con nosotros.  Algunos ya son abuelos y hasta bisabuelos, pero a estas alturas del partido todavía se emocionan con el baile.  De aquellos tórridos romances, la mayoría, al poco tiempo, fenecieron de muerte natural.  Algunos de aquellos jóvenes lograron traspasar la frontera del bien más precioso, del sueño más ambicioso, de la cosa más bella e incluso de la estrella y cada quien guarda la historia de lo que encontró, de tal manera que cuando, en alguna emisora o en el yutube, aparece sorpresivamente aquella arpa que le abre el camino a la inolvidable voz de Emilio Pericoli, quien después de un la, la, la advierte; Non credevo possibile, se potessero dire cueste parole. (No creía posible que pudiera decir estas palabras), pensará para sus adentros: Ni yo tampoco.

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Los chicheros

Chicheros Nicaragua. Foto Celeste González

 

Las fiestas patronales en Nicaragua constituyen una de las principales manifestaciones culturales de su población.  A pesar de que podría decirse que esas festividades provienen de la cultura española que fue impuesta en estos territorios durante la conquista, hay que considerar que con el propósito de darles “la con dulce” a los nativos, los religiosos españoles cedieron en la rigurosidad de su liturgia ante las propias manifestaciones tradicionales indígenas.

En sus ritos ancestrales los indígenas habían incorporado la música, la danza y la comilona, de tal manera que los misioneros encontraron en las celebraciones del santoral católico, una forma de darle entrada a dichos ritos y de esa manera, las fiestas patronales se fundieron con las festividades indígenas y posteriormente con las relativas a los afro descendientes, convirtiéndolas en un crisol en donde se fundieron la liturgia, la música, la danza, la gastronomía, las representaciones teatrales y por qué no, los excesos.  En muchos casos, los religiosos tuvieron que hacerse de la vista gorda y al final apechugar, ante algunas manifestaciones que caían en el terreno de lo que podía considerarse como pagano.

En un inicio, la parte musical de estas festividades estuvo a cargo de los instrumentos indígenas, básicamente tambores, ocarinas, flautas, chischiles y pitos.  Posteriormente se adoptó la chirimía y en algún momento surgió la marimba como protagonista de algunas manifestaciones folklóricas.

No obstante, a mediados del siglo XIX surgió la banda musical que prácticamente se adueñó de gran parte de las festividades patronales.  Dicho cuerpo se ocupó de acompañar a la procesión del santo patrono, amenizar los bailongos, así como a los eventos correlacionados como fue el caso de las “corridas” de toros, que no eran sino una mezcla de la “fiesta” española con el rodeo norteamericano, teniendo la particularidad estos eventos locales de que no se mataba ni se hacía sufrir al animal.

Cabe señalar que estos grupos musicales provenían de las bandas que empezaron a proliferar en Europa, principalmente en el siglo XIX y que tenían su origen en los cuerpos musicales que acompañaban a los ejércitos desde tiempos inmemoriales y cuya característica básica era que estaban formadas por instrumentos que podían portarse a la par de los ejércitos y que tuvieran la sonoridad para levantarles la moral.  De esta manera, estas bandas estaban principalmente formadas por instrumentos de “viento”, tanto maderas como metales y de percusión.

Con la consolidación de los municipios como ente político, por toda Europa se fueron conformando bandas locales que acompañaban a todos los actos de la comunidad, como desfiles, procesiones, festividades cívicas y sociales y que se diferenciaban de las orquestas sinfónicas y filarmónicas por los instrumentos que las componían y por la movilidad de las primeras, que actuaban la mayoría de las veces al aire libre.

Por esa época, Nicaragua que tenía un sorprendente movimiento migratorio que permitió el asentamiento de músicos de carrera, fue dando lugar a la formación de este tipo de bandas, llegando a su punto culminante cuando el Presidente José Santos Zelaya fundó a fines del siglo XIX, la Banda de los Supremos Poderes, poniendo al frente de la misma al renombrado músico belga Alejandro Cousin.  Esta banda se convirtió en la mejor de toda el área centroamericana y más aún, en un verdadero semillero de grandes músicos nicaragüenses.

En una versión más simple, comenzaron a organizarse por todo el territorio nacional bandas callejeras que estaban compuestas básicamente por percusiones: tambor, bombo y platillos, así como clarinetes, trompetas, trombones y sousáfonos, este último al ser de la misma familia de instrumentos de viento, se ha conocido como tuba.

No obstante, a pesar de la solemnidad que quiso imprimirle el Presidente Zelaya a este cuerpo a través de su rimbombante nombre, el pueblo en algún lugar del tiempo comenzó a llamarles “chicheros”.

Son muchas versiones acerca del origen de este remoquete adosado a las bandas callejeras, no obstante la más acertada parece ser aquella que hace referencia a que la paga de estos músicos era parte en metálico y parte en especie, que incluía la comida y bebida a discreción, siendo esta última un elemento esencial en las fiestas patronales y que era la chicha (fermento de maíz) que en algunas ocasiones elevaba su contenido etílico al ser mayor su grado de fermentación, llegando al nivel de “bruja” cuando con tres jícaras el individuo se ponía “cachetón”.  Esta afición por la ingesta de esta bebida, a veces justificada por la necesidad propia del oficio, especialmente por la soplada de los instrumentos de viento, además  de la exposición al sol, fue lo que originó dicho apodo.  Otros cronistas más quisquillosos quieren encontrar el origen del nombre en el vocablo “chiche” que significa fácil, aunque como en el caso de aquellas personas que se dedican a la “vida fácil” saben que no tiene nada de fácil, tampoco el soplar y soplar a la intemperie canción tras canción tampoco tiene nada de fácil.

Al ser muchos de los integrantes de estas bandas connotados músicos, con inclinaciones a la composición, comenzaron a proliferar temas especialmente realizados para este cuerpo musical.  En el caso de la música para las procesiones religiosas, que en un inicio se trataba de marchas militares, comenzaron a observarse composiciones propias de los músicos de dichas bandas y en especial el caso de marchas fúnebres muy socorridas en las procesiones de semana santa y uno que otro entierro.

No obstante, el mayor aporte a la música folklórica nicaragüense fue el género de “son de toros”, también conocido como “son de cachos”, por los cachos (cuernos) de los toros.  Muchos cronistas afirman que esto es parte de la herencia española y que este género tiene su origen en la música de las corridas de toros españolas.  En este punto yo disiento pues la música que acompaña invariablemente a las corridas de toros en España y luego en México es el “pasodoble”.   Este ritmo tiene su origen en las marchas militares y tiene un compás moderado y fue introducido en las corridas de toros y ahí se mantiene como parte de la tradición.  También originó un género de baile que ahora constituye una de las modalidades básicas de los bailes de salón.  El son de toros no tiene nada que ver con el pasodoble.  El son de toros generalmente tiene un compás de 6/8, a diferencia del pasodoble que lo tiene de 2/4.  El ritmo es marcado por el sousáfono y las percusiones y pretende describir la descarga de adrenalina que estalla en la “barrera” producto de la valentía del “torero” la bravía del toro y la emoción de los aficionados.

Los títulos de estos sones de toros pueden integrar un tratado completo, pues los hay desde los que hacen referencia al propio toro:  Ese toro no sirve, El toro furioso, El torito pintado, otros que parecieran compuestos para ciertas progenitoras:  Mamá Chilindrá, La Mamá Ramona, La puta que te parió, La Pelota (El muñeco de cera); otros que tienen un nombre un tanto bandido: Te lo tenté, Cambiando secos, El negrito; unos hacen referencia al reino animal como El zopilote, Cuervo saca los ojos.

Algunos de estos sones fueron compuestos especialmente para el ritmo en cuestión y su utilización en las “barreras” de toros, no obstante, muchos otros temas fueron adaptaciones de los integrantes de las bandas sobre composiciones del folklore nacional escritas en otro ritmo, para convertirlos en sones de toro.

Muchos de estos temas son anónimos, sin embargo en algunos contados casos puede identificarse al autor, como es el caso de la Mamá Ramona que es de Alejandro Vega Matus de Masaya.

En el siglo XX se vino a consolidar la banda de “chicheros”  en el territorio nacional, específicamente en la parte del Pacífico y Central del mismo.  Muchos municipios contaban con su banda que amenizaba las respectivas fiestas patronales, con sus procesiones, los toros, las dianas o alboradas, los juegos de pólvora con los infaltables toros encohetados, la dejadas de presentes al mayordomo, los bailongos, en donde incluso hacían adaptaciones de los boleros de moda.

Recuerdo que en mi pueblo, San Marcos Carazo, todavía en los años cincuenta del siglo pasado contaba con una banda conformada por notables ciudadanos que tocaban más por afición que por trabajo, como los hermanos Vásquez, don Manuel Yescas, entre otros.  No obstante, por alguna razón en los años sesenta desapareció dicho cuerpo y los eventos magnos eran amenizados por la banda de Masatepe, una de las mejores de la región, dirigida por los notables músicos de la familia Ramírez.

También tuve la oportunidad de escuchar en alguna ocasión a la banda de Jinotepe, en donde también la conformaban destacados músicos, como el legendario don Gilberto González, “Caremacho”, don Manuel Hernández, entre otros.

A finales del siglo XX, ya en los albores del nuevo milenio, con la expansión del lenguaje políticamente correcto y la introducción de eufemismos para todo lo cotidiano, el término “chicheros” empezó a sonarle mal a sus integrantes.  En realidad nunca fue tomado en sentido peyorativo, más  bien era una denominación un tanto folklórica, sin malicia, no obstante, había algo que sugería una malsonancia, pues en varios países puede confundirse con sostén o brasier, o en fin, también podía deberse a esa corriente que se puso de moda de darle caché a ciertos oficios.  Era como si los integrantes del baile de negras se sintieran mal con ese nombre y quisieran llamarse baile de las afrodescendientes; los del baile del viejo y la vieja pretendieran llamarse el baile del adulto y de la adulta mayor o bien las del baile de indias, quisieran llamarse del baile de las pobladoras autóctonas.

Lo cierto es que se inició un movimiento para dejar de llamar “chicheros” a estos músicos y comenzar a llamarles “bandas filarmónicas”.  Sin duda alguna, hay cierta justicia en darles el nivel que don José Santos Zelaya pensó, al bautizar a aquella agrupación con el nombre de la Banda de los Supremos Poderes, no obstante, todavía existe un considerable segmento de la población que sin importarle lo políticamente correcto, sigue llamándoles chicheros.  Lo mismo sucedería si se pretendiera cambiarle el nombre al son de toros: “La puta que te parió” para llamarle “La sexoservidora que te dio a luz”.

En el siglo XXI, este tipo de bandas permanece, tal vez con más proliferación que en el pasado, pues es imposible concebir unas fiestas patronales sin la presencia de la música de chicheros y al ser las festividades cada vez más amplias, la demanda de estos cuerpos musicales ha aumentado al punto de que en una misma fiesta convergen más de dos bandas.  De la misma forma, en otro tipo de eventos también está presente este tipo de música.

En este sentido, es importante señalar un fenómeno que ocurrió y que dio origen a la multiplicación de estas bandas.  En los años noventa, con el cambio de régimen (para no herir susceptibilidades) el gobierno se dio a la tarea de rescatar las fiestas patrias de septiembre y con ello regresaron los desfiles estudiantiles.  Como la palabra guerra producía cierto escozor, se cambiaron las bandas de guerra y se conformaron bandas musicales, agregando a las trompetas, trombones, saxofones y en ciertos casos sousáfonos, y se le dio un giro a los desfiles, antes con aires militares y se dio paso a lo carnavalesco, al interpretar estas bandas toda suerte de ritmos guapachosos como cumbias, porros, sones de toro, palo de mayo, mientras las palillonas con minúsculas ropas se contorsionan al ritmo de la frenética música en honor a la patria, sus próceres, héroes y mártires.  El caso es que muchos jóvenes que habían aprendido nociones de música a través de esas bandas, decidieron conformar sus propios conjuntos, muchos de ellos bajo la modalidad de chicheros, otros siguiendo el estilo de las bandas mexicanas y otros encontraron un nicho bastante atractivo en las batucadas.

No cabe duda que en este tercer milenio, la música de las bandas filarmónicas o chicheros como usted prefiera llamarlos, constituye uno de los elementos vitales de las manifestaciones folklóricas del pueblo nicaragüense y están presentes, más que nunca en todas las fiestas patronales del Pacífico y región central del país.  Obviamente no son lo que eran, en primer lugar, ya no la integran aquellos virtuosos músicos de antaño, tampoco tienen la prestancia que llegaron a tener, pues incluso ahora, los instrumentos ya son otra cosa, empezando por el sousáfono o tuba, que antes era de un impecable bronce y ahora están hechos de fibra de vidrio y resina de color blanco que dan la apariencia de tuberías de pvc.  De la misma forma, aquellos emolumentos que consistían en metálico y comida y chicha a discreción, ahora ni soñarlo, cobran por hora, por adela y en U.S. currency y si les ofrecen bebida piden whisky Buchanans, pero eso sí, nadie puede resistirse al ritmo de una de estas bandas, pues a los primeros acordes es obligado sacar un pañuelo y empezar a emular a los valientes toreros de las barreras o a una lora en comal caliente.

 

Agradezco a mi hermano Ovidio por su apoyo en la elaboración de este post y a mi cuñada Celeste González por cederme la fantástica foto que lo ilustra.

 

 

 

 

 

 

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El día que lloró Lupita

Francisco Gutiérrez

 

En mayo de 2008 escribí un post llamado “Con tanta sinceridad”, dedicado al gran compositor nicaragüense Rafael Gastón Pérez.  Una de mis principales fuentes fue el libro escrito por Francisco Gutiérrez Barreto: “Ven a mi vida con amor”, en el que el autor profundiza sobre la vida y obra del compositor.  En mi post, me extendí más en su emblemático tema: “Sinceridad” y la variedad de intérpretes de ese bolero, sin adentrarme mucho en la biografía de Gastón.

Generalmente en mis post no participan muchos comentaristas y lo entiendo, pues por un buen tiempo esos espacios de comentarios en blogs y medios digitales se han convertido en muros en donde cualquier barbaján empieza a trollear a los lectores interesados en participar en un diálogo de altura.  En especial, cuando una arista del tema pueda desviarse hacia lo político, se suscitan verdaderos enfrentamientos que rayan en lo grotesco y lo soez.

No obstante, en dicho post, se originó un espacio enriquecedor con aportes de diferente naturaleza que complementaron el artículo.  Me sorprendió que uno de esos comentaristas fuera el propio Francisco Gutiérrez Barreto.  A pesar de que se trataba de una verdadera autoridad en la materia, pues en lo particular siempre he considerado que ha sido uno de los musicólogos más serios y profesionales, sus comentarios en mi artículo fueron ajenos a cualquier pedantería y con el único propósito de enriquecerlo y de paso establecer diálogos con gente interesada en el tema.

Me impresionó mucho esa humildad con que Francisco planteaba su erudición y me quedó la inquietud de conocerlo personalmente, sin embargo, cosas de la vida, nunca se dio la oportunidad.

Pude haberlo conocido en el Instituto Pedagógico de Diriamba, sin embargo yo ingresé unos tres años después de que él se bachillerara en ese centro, por cierto, con altas calificaciones.  En los corredores del IPD, había una galería con las fotos de todos los bachilleres que habían egresado de ese instituto y de vez en cuando recorría aquellos grandes cuadros con gentes que me parecían mucho mayores que los 17 años que debían tener.  Ahí entre las promociones de inicios de los años cincuenta estaba Francisco.

El joven siguió sus estudios universitarios en el prestigiado Instituto Tecnológico y de Estudios Superores de Monterrey, en donde se graduó, con honores, de ingeniero mecánico eléctrico, hazaña que hasta esa fecha ningún nicaragüense había alcanzado.  También se destacó al cursar sus estudios en el INCAE.  Posteriormente, su pasión por la cultura lo llevó a estudiar arte y literatura italiana en la Universidad de Perugia, Italia.  Desde luego, llegó a dominar varios idiomas.

Cabe aclarar que en su estancia en México, el mambo estaba en su furor y el cha-cha-cha comenzaba a irrumpir en el mundo musical, por lo cual el joven tuvo la oportunidad de apreciar esa música en sus propias fuentes y de paso aprender los secretos para bailar correctamente esos ritmos.  En su estancia en el Tecnológico de Monterrey, Francisco participó en el conjunto estudiantil “Voces y ritmos” donde estuvo a cargo de los bongós.

De regreso en Nicaragua, Francisco inició una fructífera carrera profesional en donde ocupó puestos gerenciales, como fue el caso de la empresa Nicaragua Machinery Company, distribuidora de John Deere, Caterpillar y otras afamadas marcas de equipo pesado.  También pude haberlo conocido ahí, pues a finales de los años sesenta e inicios de los setenta, llegué a visitar regularmente a esa empresa a cobrarle a una secretaria ejecutiva, pero tampoco llegamos a coincidir.

Además de su notable desempeño en su trabajo, Francisco le dedicaba tiempo a su pasión que era la música y el baile.  Tenía un gran dominio del mambo, cualidad que salía a relucir en las fiestas de la época, en donde todos lo conocían como Pancho Mambo y que en ocasiones era combinado con el equivalente: Chico Mambo.

En el año 1966, Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo, vino a Nicaragua a amenizar una fiesta en la recién inaugurada Cuesta Country Club, a la cual asistió Francisco y se dio el lujo de bailar un mambo con una actriz vedette mexicana que integraba la troupé de Carefoca y desde luego se lució.

A inicios de los años setenta, Francisco se enamoró de una muchacha venezolana, de tal manera que la siguió hasta su natal Venezuela, para lo cual debió  dejar su cargo gerencial en la Nicaragua Machinery Company e iniciar una nueva vida en aquel país.  Al poco tiempo, se casó con la muchacha venezolana y formó su hogar allá.

Varios factores se conjugaron para convertir a Francisco en un dedicado investigador de la música, en especial de la música latinoamericana, en los géneros romántico y tropical.  En primer lugar su pasión por la música y el baile, que le hacían conocer y recordar infinidad de temas y autores, además de poseer una extraordinaria colección de discos en todos los géneros.  En segundo lugar, su disciplina y dedicación para investigar sobre estos temas.  En tercer lugar, su retiro profesional que le proporcionó el tiempo necesario, así como una situación financiera holgada, que le permitieron visitar las fuentes primarias, sin importar que estas estuvieran situadas en Cuba, Puerto Rico, México, Colombia, Miami y ni se diga en su natal Nicaragua.  Fue un viajero incansable y un acucioso investigador que perseguía a los personajes a fin de conocer el fondo de los temas musicales que abordaba.

En la década de los noventa Francisco mantuvo una columna en el Nuevo Diario, en donde con maestría disertaba sobre temas musicales, culturales y en general de la idiosincrasia nicaragüense.  Además, su conocimiento de la vieja Managua lo llevó a redactar artículos en donde describía con asombroso detalle, las principales calles de la capital.    En 1998 realizó una recopilación de estos artículos sobre una amplia diversidad de temas culturales y los fusionó en un libro que dedicó a Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo y que tituló: ¡Qué le pasa a Lupita!…No sé.  Es interesante que a pesar de que por su título aparenta estar compuesto por la biografía y obra musical del popular Carefoca, el primer capítulo del mismo se titula: Nicaragua, siempre en mi corazón.  Se convirtió en una costumbre del autor, rematar sus artículos con la frase: “Qué le pasa a Lupita”

Creo que es importante resaltar que en el citado libro, se publica una carta que Francisco dirigió en 1994 al popular actor cubano americano, Andy García, respecto a la promoción que estaba realizando este último de Israel López “Cachao”, colocándolo como el creador del mambo, en un documental realizado el año anterior, con el titulo: “Cachao…como su ritmo no hay dos”.   En dicha carta, Francisco defiende a ultranza el sitio que ocupó Pérez Prado en la producción y difusión del mambo a nivel universal y declaraba a Cachao como un desconocido, por lo menos para la juventud latinoamericana de los años cuarenta y cincuenta.  Ignoro si Andy García contestó la misiva de Francisco, lo cierto es que el propio Cachao, que falleció en 2008 en Miami, declaró en una ocasión: “Si no fuera por Dámaso Pérez Prado, el mambo no se hubiera escuchado mundialmente”.

En el año 2003, Francisco volvió a juntar una colección de artículos, siempre sobre una amplia gama de temas culturales y lo centró en la figura del gran Gastón Santos y lo tituló “Ven a mi vida con amor” título basado en la primera estrofa de “Sinceridad”, popular bolero de este compositor y que cité al inicio de este artículo.  Es pertinente resaltar que el primer capítulo de ese libro también lleva por título: Nicaragua siempre en mi corazón.  Creo que está por demás subrayar la enorme devoción que Francisco sentía por su patria.

Francisco también le dedicó un libro al gran compositor Justo Santos, autor de la canción que es considerada como un segundo himno nacional: La mora limpia.  El libro publicado en 2008 lleva por título “A Justo Santos: La mora limpia”.  Ese mismo año, Francisco publicó el libro “165 boleros famosos y sus historias, 37 nicaragüenses” una concienzuda historia del bolero que se desarrolla básicamente en un triángulo de oro formado por Cuba, México y Puerto Rico, sin dejar afuera las principales manifestaciones en el resto del continente.  La obra está por un centenar de fotografías alusivas a dicha historia.

Su último libro publicado en 2012 adaptado a la era digital, compuesta en cuatro tomos en disco compacto, fue un trabajo que encierra el esfuerzo de Francisco por muchos años, coleccionando historias, canciones, biografías de autores e intérpretes, fotografías, discos, para integrar lo que denominó El libro de la farándula cubana (1900-1962).

En mayo de 2011, la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua tuvo el acierto de incorporarlo a ese órgano como miembro correspondiente.

La madrugada del pasado 8 de noviembre Francisco Gutiérrez Barreto, falleció a causa de un infarto fulminante.  Desafortunadamente, la noticia de su desaparición nos llegó a destiempo y de manera un tanto tímida de parte de los medios de comunicación, que magnifican los estados de Madonna, Justin Bieber o Charlie Sheen.  Es absurdo que pretendan algunos medios que lloremos la partida de Chabelo de Televisa y no por la irreparable pérdida de verdaderas figuras connacionales.  Es de justicia resaltar la excepción, pues el periodista Arnulfo Agüero que estuvo muy cerca de la carrera de Francisco, insistió en varios medios la noticia de su partida, recordando a sus lectores la trayectoria de este nicaragüense ejemplar.

Sirva este artículo para presentar mi respeto y admiración por ese egregio conciudadano, a quien como cronista, no soy digno de desatar las correas de sus sandalias y vayan para sus familiares y amigos, en especial de su natal Masaya, mis más sinceras condolencias.  Estoy seguro que la sociedad sabrá organizar los homenajes que Don Francisco merece.

¿Qué le pasa a Lupita?

 

 

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Cuando las flores podían hablar

Nelson Ned. Imagen tomada de internet

Tal vez ya no tenga la oportunidad de tomarme un espresso en el Caffé Florian de la Plaza de San Marcos en Venecia, recorrer el Museo Hermitage en Saint Petersburgo ni caminar por la Ciudad Prohibida en Beijing.  Sin embargo, puedo decir y vanagloriarme de haber conocido la vieja Managua y puedo expresar, como muchos, que fue una experiencia inigualable.  Con las suelas de mis zapatos resbalando en un asfalto que a veces parecía melcocha por el intenso calor, recorrí sus calles, de arriba a abajo y viceversa, e igualmente de la montaña al lago. Pude sentir el aroma que emanaba de sus entrañas temprano en la mañana, llegando el mediodía o bien al caer la noche.  Lo interesante es que ese íntimo contacto con aquel pedacito de paraíso ocurrió en los años anteriores a que cayera destruida por la furia de la naturaleza.   En mi memoria están fijas, de manera lúcida, vívidas postales de muchos rincones de la ciudad e invariablemente están ligadas a una determinada canción que escuché ahí por primera vez o bien que escuché muchas veces en ese sitio.

En ese tiempo me convertí en el asistente de mi padre, realizando labores de cobranza, gestiones diversas en bancos, tiendas y demás, sin embargo, el oficio más atractivo para mí era ser su conductor.  Mi padre realizaba varias visitas a pacientes en su domicilio y yo lo llevaba y lo esperaba pacientemente, pues en algunos casos, además de sus dolencias, sus enfermos le contaban sus cuitas, de tal manera que la visita, terapia incluida, se prolongaba por más de una hora.  La que batía todos las marcas de duración era la visita a Don Miguel G. Hernández, el Zar de las Roconolas, pues ahí nos llevábamos más de hora y media.   La casa de don Miguel estaba ubicada en la intersección de la calle que venía desde El Hormiguero hacia el Ramírez Goyena, con la cuarta avenida sureste.    Yo me estacionaba en la avenida, en la casa opuesta a la de don Miguel que era de unas tías del Dr. Gustavo Guerrero que fue Presidente del Banco Central y que colindaba al norte con la casa del Coronel Calderón de la FAN.  Era una casa antigua que estaba rodeada de un gran jardín.  Esta imagen está en mi mente ligada a la canción llamada Si las flores pudieran hablar en la voz de Nelson Ned.  En mi prolongada espera me acompañaba el radio de la camioneta en donde escuchaba los éxitos que trasmitían las principales radiodifusoras de la capital.

Sería a finales de 1971 o comienzos de 1972 cuando ese tema del brasileño empezó a ocupar los principales lugares del hit parade local.  La voz de aquel cantante era especial y le imprimía a sus canciones un sentimiento inigualable.  El tema Si las flores pudieran hablar salió casi de manera simultánea con la versión de Los Ángeles Negros, cuando contaban con la voz de Germain Lafuente.   A pesar de que la interpretación de Germain era un derroche de voz, algo tenía la versión de Nelson Ned que la otra no llegaba a superarla, pues mientras Germain cantaba con un culto a su propia voz, Nelson lo hacía con un alma, vida y corazón.  En esa época no conocíamos mucho de la vida de los cantantes, es más, no sabíamos que Nelson Ned era el compositor de la mayoría de sus canciones, ni mucho menos de su condición física.  Fue mucho tiempo después cuando comprendimos la dimensión de su sobrenombre “El pequeño gigante de la canción”, que entendimos de dónde venía aquella voz tan potente.

Pues bien, fueron muchas las veces que escuché aquella interpretación  del brasileño teniendo como fondo el jardín de la casa esquinera y reflexionando sobre el enorme romanticismo que representaba robarse las flores de un jardín para llevarlas a la persona amada.  Nunca me atreví a meterme furtivamente a la propiedad para sustraer algunas rosas, pero la canción se quedó clavada en mi memoria para siempre y cada vez que la escucho me transporto a la casita aquella y su jardín en donde más paciente que sus enfermos, esperaba a mi padre.

Para esa misma época salió, también simultáneamente con una versión de Los Ángeles Negros, Déjame si estoy llorando, tremendamente triste y que una vez más hizo que el dramatismo que le imprimía Nelson dejaba siempre atrás a la impresionante de voz de Germain.

Si mal no recuerdo, el gran éxito del brasileño Todo pasará, que le valió el primer lugar en un festival en Argentina en 1968, nos llegó primero en la voz de Matt Monro, quien logró un gran éxito con el tema en un álbum de éxitos en español, así como su versión en inglés All of a sudden.  Monro era un prestigiado cantante inglés que lo conocimos cuando interpretó el tema del film de James Bond From Russia with love; no obstante, a pesar de la calidad de Monro, la interpretación de parte de su autor era inigualable y aunque nos llegó mucho más tarde, fue su versión la se quedó grabada en nuestras mentes.

Así pues, esos últimos meses de la vieja Managua estuvieron llenos con la música de un joven que le imprimía una pasión extraordinaria a sus interpretaciones, como una forma de llevar a su corazón mucho más alto que el metro con doce centímetros de su estatura y estoy seguro que muchos amigos sexagenarios y sus alrededores, al escuchar su música invariablemente se transportarán a aquella Managua, la bella.

Cuando ya en 1974 nos estábamos recuperando del shock en que nos dejó el sismo, una nueva canción de Nelson Ned nos hizo recordar la profundidad de estas interpretaciones.  Tradicionalmente en la cultura nicaragüense, el rompimiento amoroso significaba una aniquilación completa de sentimientos y cualquiera de los dos fingía no conocer a su ex pareja en caso de encontrársela de nuevo, en el mejor de los casos y llegar en el otro extremo a expresar odio o desamor.  No obstante, con su interpretación Happy Birthday, my Darling, en donde el pequeño gigante presumía de una buena pronunciación del inglés, nos enseñaba que era posible mantener un sentimiento noble hacia la ex pareja. Aunque muchos no llegaron a asimilar esta actitud, la canción se convirtió en un verdadero éxito.  Fue la interpretación de este tema lo que le valió un nutrido aplauso cuando en ese año se presentó en el emblemático Carnegie Hall de Nueva York. Por ese tiempo apareció una de las canciones románticas más sentimentales del brasileño y tal vez de toda esa década.  Era un tema que inexorablemente conducía al deseo de tomar a la mujer de los sueños entre los brazos y bailar teniendo como fondo ¿Quién eres tú?

A finales de los setenta Nelson Ned aprovechando el sentimiento en sus interpretaciones nos envió una serie de éxitos románticos que no eran de su autoría.  La canción que causó sensación fue indudablemente la ranchera de Roberto Cantoral, El preso número nueve, que en estos dorados tiempos causaría escozor en muchas organizaciones no gubernamentales.  Este último tema superó incluso la sentida interpretación de Ned del clásico de María Grever, Júrame.  Aunque dicen que en gustos se rompen géneros y en petates me da la impresión que otras cosas, en lo particular prefiero, entre esos ajenos, el tema del argentino Oscar Kinleiner: Una aventura más.

A mediados de los ochenta Nelson nos volvió a impresionar con un tema que tenía un ritmo pegajoso, a pesar de lo dramático de la letra: Todavía duele, demostrándonos que todavía las podía.

Después de ese éxito, el brasileño cambió su producción musical para ser el protagonista de la naciente industria del “periodismo” de espectáculos que se dio gusto resaltando los excesos del cantautor, aunque para quienes disfrutamos de sus canciones lo importante fue aquel sentimiento que inspiraba con su voz, de la misma manera que cuando lo escuchábamos no le poníamos cuidado a su estatura.

El pasado 5 de enero se propagó la noticia de que Nelson Ned había fallecido víctima de una neumonía a la edad de 66 años.  Los believers y demás ni siquiera llegaron a saber de quién se trataba, sin embargo, los sexagenerios deploraron la noticia y obviamente pensaron que todavía estaba entero.  Otros reflexionaron más filosóficamente que al igual que su éxito, todo pasa, todo pasará y nada queda nada quedará, aunque pensándolo bien, algunas cosas pasan y otras quedan para siempre, como sucedió con la vieja Managua.  Tal vez ahora se distinga por ser un bosque metálico en donde flotan eslóganes al por mayor, sin embargo, gracias a la memoria de muchos, todavía vive aquella ciudad que tenía alma (sin mayúsculas) y más de alguno cuando escuche Si las flores pudieran hablar, venga a su recuerdo algún jardín de su querido barrio que provocó la tentación de robarle una rosa.

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¿Dónde estará mi vida?

Joselito. Foto tomada de Internet

 

Desde muy temprana edad mi madre me cantó a todas horas, lo cual hizo que yo alcanzara luego una buena apreciación musical, no obstante mi capacidad para el canto estuvo completamente negada.  Cuando ingresé al Instituto Pedagógico, tenía que participar en los cantos que toda la clase debía entonar, bajo la dirección del Profesor Obregón, quien nos enseñó a interpretar aquellas viejas canciones napolitanas traducidas al español: Santa Lucía y O sole mío, entre otras.   Luego con el Hermano Agustín, teníamos que ejecutar algunos cánticos, así como ciertas piezas de su inspiración, como una dedicada al I.P.D. con la música de Jingle Bells y otra que hablaba de los pinoleros.  Lo interesante era que en medio de todo el barullo de la clase, mi voz no llegaba a notarse, por lo tanto, nadie advertía que yo no podía cantar, mucho menos yo.  De cualquier forma, nunca hice el intento de atreverme a cantar solo.

Sin embargo, allá por 1957, empezó a escucharse a un niño que cantaba de manera extraordinaria y que en poco tiempo captó la atención de todo el mundo.  Su nombre era Joselito y era español.  Serían tal vez sólo tres temas los que se repetían incansablemente en las radiodifusoras: Dónde estará mi vida, En un pueblito español y Violín gitano.  No había quien no hablara de la privilegiada voz de aquel niño y cuando llegó la noticia de que ya el pequeño había filmado una película, todos esperaron pacientemente a que llegara al cine del pueblo.  No sé por qué razón, pero a mi padre no le hacía mucha gracia, de otra forma, hubiésemos ido a Managua a ver el estreno.  Es más, cuando todos hablaban de la belleza del tema En un pueblito español, él decía que era más viejo que el pinol y que cuando él era niño, llegó un circo al pueblo que hacía sonar esa canción mañana, tarde y noche.

Cuando al fin llegó la película, ahí estábamos desde temprano, agarrando lugar pues tal como se esperaba, el Teatro Julia se puso al reventar.  La película se llamaba “El pequeño ruiseñor” y mentiría si dijera que me acuerdo del argumento, sin embargo, no es difícil adivinar que se trataba de una completa gilipollez, como todas las cintas de la época del franquismo.  Lo que cautivó al público fue ver al pequeño muchacho, con una carita de “yo no fui” a quien no se le entendía nada cuando hablaba, sin embargo, las canciones que interpretaba parecían salidas de la garganta de un ángel, si es que estos tuvieran garganta o pudiesen cantar.

Huelga decir que en aquel tiempo, empezaron a proliferar los Joselitos por todo el país.  En mi caso, ignorante de mis limitaciones en ese menester, como dicen, agarré la yarda y me propuse que yo sería cantante.  Recuerdo que me iba al fondo del patio de la casa de mis abuelos y ahí empezaba a querer clonar la interpretación del pequeño ruiseñor.  Muy seriamente comenzaba: “Una vez un ruiseñor, con las claras de la aurora, quedo preso de una flor, lejos de su ruiseñora…”, repitiendo una y otra vez, tratando de alcanzar los registros del rapaz.  Naranjas chinandeganas.  La primera crítica vino de parte de la lora de mi tía Mélida, quien desde su estaca empezaba a emitir sonoras carcajadas y el comienzo de la canción.  En aquel tiempo no tenía la ecuanimidad ante la crítica que poseo actualmente, así que después de varios episodios me enfurecí y con una vara que se ocupaba para cortar naranjas, agarré a la lora y la lancé hacia la pila.   La pobre ave gritaba a todo pulmón y en su caída parecía decir:  ¡Mayday!, ¡Mayday!.  Cuando escuché el ¡Chocoplós! del impacto del plumífero en el agua, me asusté, pues tenía la seguridad de que me acusarían de animalicidio.  Afortunadamente, ante los gritos del animal, salió la tía Mélida y rápidamente habilitó una canasta con un mecate e inició el rescate, el cual tuvo éxito después de varios minutos de intensa lucha.   Yo me fui agachado bordeando la pila e ingresé a la casa por la puerta del comedor, situada en el otro extremo.  Después del susto, reinicié mis intentos de escalar hacia la fama y la lora, nada tonta, no volvió a decir nada ante mi “canto”.  Hubiera seguido por varios meses, con la tenacidad de Mister Frodo, si no hubiera sido que por esos lados del patio, mi abuelo tenía sus siembros, : rosa de Jamaica, fresas, uvas y demás rarezas, en cierta ocasión que los andaba viendo, al escucharme cantar, se limitó a decirme: “Zapatero a tus zapatos”.   Sin entender lo que me quiso decir, sólo pude intuir que era una invitación a que me callara.  Le consulté a mi madre el significado de esa máxima y me explicó que quería decir que cada quien debía ocuparse de lo suyo.  Sin mucha claridad todavía, me di cuenta que mi incursión por el canto era una empresa fallida y opté por abandonarla.

Miraba con cierta envidia a todos aquellos que, sin llegar a tener la calidad interpretativa de Joselito, llegaron a convertirse en los Joselitos locales, como un muchacho en el colegio que un tanto lejos del ruiseñor, fue bautizado por los ínclitos hijos de La Salle, simplemente como “Nuestro Joselito”.  De la misma forma, en las principales ciudades destacaron émulos del pequeño ruiseñor, como es el caso de León en donde el economista emérito Francisco (Panchito) Mayorga, imitaba con buen suceso al prodigio español.

Las películas y canciones de Joselito continuaron llegando, aunque poco a poco fue perdiendo su encanto y a pesar de que mantenía su calidad al cantar, el público no mostraba el mismo entusiasmo con sus temas posteriores, como por ejemplo Doce cascabeles, Clavelito, Campanera.  Luego ingresó al cine mexicano y tuvo que cantar rancheras como La malagueña, El pastor, Huapango torero, entre otras.  Las películas de pronto se volvieron del montón y poco faltó para que apareciera al lado de Santo el Enmascarado de Plata.

No recuerdo el año exacto, pero a finales de los cincuenta, llegó a Managua un tal Joselito de Oro, que al final de cuentas no supe si se trató del original o de cualquier imitador, pues conociendo la aversión de mi padre hacia el ruiseñor, no hice ni el intento de proponerle ir a verlo.

Los últimos éxitos del cantante que nos llegaron fueron Ese toro enamorado de la luna y Egoismo, en donde ya se mostraba mozalbete.  Después como por arte de magia se desapareció del mapa.  En ese momento entraron en escena Marisol, luego Pili y Mili, quienes se encargaron de borrar aquel entusiasmo que había motivado el pequeño ruiseñor.

En mi mente prácticamente desapareció, tanto el cantante y sus temas, como el recuerdo de mis vanos intentos de ser cantante.  Con el tiempo, en ciertas reuniones familiares, ya con algunos trancazos adentro, me aventaba a cantar Come un ragazzino, de Peppino Gagliardi, tema un tanto fácil y que a la media noche era difícil que alguien se pusiera con el oído crítico de la lora de mi tía Mélida.

Cuando regresé de México en los noventa, me sorprendía ver los coches del estilo Ben-Hur, desplazarse plácidamente por cualquier calle o rotonda de la capital y semejante paciencia me traía, es más todavía me trae a la mente a Joselito en un carromato cantando Doce cascabeles, muy quitado de la pena.

Hace algunos tres años, tuve la oportunidad de ver un programa español en donde presentaron a Joselito a sus 67 años, contando parte de su azarosa vida.  Según la crónica presentada, su verdadero nombre es José Jiménez Fernández y nació en 1943, de tal manera que el pequeño ruiseñor contaba, cuando salió en 1956, con trece años, sin embargo, con su tamaño lo hacían pasar como de siete.  Las historias que después de tanto tiempo vine a conocer van desde un intento de suicidio hasta su viaje a Angola, en donde estuvo ocho años con un grupo de cazadores, según él, pero que en España se manejó que se había convertido en un mercenario peleando en ese país africano.  Tuvo la oportunidad de cantar un tema flamenco y a pesar de que su voz distaba mucho de aquel delicado trino, todavía se nota que domina la técnica y lo hizo muy bien.

Ya son casi 57 años desde la ocasión en que el pequeño ruiseñor nos deleitó con aquella maravillosa voz y me motivó para soñar que yo también podía ser cantante.  A estas alturas del partido, ya estoy completamente consciente de mis limitantes en ese campo, aunque todavía, de vez en cuando, trancazos más o trancazos menos adentro, me lanzo Come un ragazzino.  De las canciones del ruiseñor, tan sólo me queda una línea que me viene a la mente cuando veo mi rostro en el espejo:  ¿Dónde estará mi vida?

 

 

JOSELITO.  Foto tomada de Internet

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Aquellas noches de terciopelo azul

Fred Astaire y Ginger Rogers.  Foto tomada de Internet

El pasado domingo encontré de casualidad  en la televisión un programa sobre el álbum “Duets II”, que el renombrado cantante norteamericano Tony Bennett grabara en 2011 con celebridades del mundo musical, en ocasión de su cumpleaños 85.    Podría decirse que todas las interpretaciones son una verdadera joya, tanto en los arreglos como en la interpretación a dúo de temas que fueron emblemáticos en la carrera del gran crooner.

Fue una grata experiencia escuchar temas como Watch what happens con Natalie Cole, Stranger in the paradise, con Andrea Boccelli, The way you look tonight con Faith Hill, It had to be you con Carrie Underwood, How do you keep the music playing, con Aretha Franklin, o bien Body and Soul con la desaparecida Amy Winehouse.  No obstante, fue algo muy especial escuchar el tema Blue Velvet a dúo con la controversial k. d. lang (así lo escribe ella).

Para quienes llegamos a la adolescencia en los años sesenta, esa canción en especial representa una época mágica.  A pesar de que la versión de Tony Bennett salió con un éxito inusitado en 1951, en Nicaragua no fue sino hasta fines de 1963, comienzos de 1964, que el cover de Boby Vinton rompió los records de audiencia y se convirtió en una de las melodías más solicitadas en las fiestas juveniles de aquel entonces, cuando todavía los conjuntos musicales no alcanzaban la cobertura que luego llegaron a tener y eran los equipos de sonido que animaban todas las fiestas y tertulias de esa época.

Para ese entonces, la mayoría de las amigas del pueblo estaban cumpliendo sus quince años, así que con bastante regularidad asistíamos a las fiestas correspondientes, además de todas las tertulias que se organizaban con el menor pretexto.  La mayoría de las fiestas estaban revestidas de formalidad, así que debían asistir los varones de traje y corbata y las muchachas aprovechaban para lucir sus mejores galas de conformidad con la moda imperante.  Nosotros no éramos tan ajustados a eso de la moda y el traje del desfile escolar y una corbata cualquiera bastaba para alcanzar el toque de elegancia necesario.  Las amigas por su parte, dedicaban un buen rato en la víspera para arreglarse e ir al salón para que les hicieran a punta de secadora y laca, un peinado “embombado”, que las ponía al dernier cri además de ganar, junto con los zapatos de tacón, algunas pulgadas extra de estatura.

En esos tiempos, las canciones que se bailaban se clasificaban en dos grandes categorías, “agarrado” y “suelto”.  Obviamente la mayoría de los danzantes preferían bailar “agarrado” es decir, piezas de carácter romántico a ritmo de bolero o balada, siguiendo el protocolo de la época.  El caballero tomaba a la dama, rodeando suavemente su espalda a la altura de la cintura con el brazo derecho, mientras que con la mano izquierda tomaba delicadamente la mano derecha de ella, formando con el brazo una escuadra hacia arriba.  Ella por su parte descansaba su mano izquierda en el antebrazo de él.  Dependía de la afinidad de la pareja para que la dama permitiera acercar la mejilla del caballero a la suya (si la estatura lo permitía) y bailar como se llamaba “de cachetito” o como decía Fred Astaire “cheek to cheek”.     También estaba la variante que en lugar de la escuadra que mantenía los brazos en el aire, permitía al varón llevar la mano de la dama suavemente aprisionada contra la parte izquierda de su pecho.  Este estilo tenía el inconveniente que la dama podía adivinar el ritmo cardiaco del varón, al estar su mano muy cerca del corazón de él.  Cuando la pareja llevaban un noviazgo declarado y aceptado por la familia de ella,  él entrecruzaba ambos brazos por la espalda de la muchacha y ella rodeaba con ambas manos, el cuello de él, que es lo que llamaban “de cantarito”.

Por mucho tiempo las baladas de Enrique Guzmán, César Costa, Los hermanos Carrión, Ray Conniff, entre otros aportaban los temas que eran de la preferencia de los danzantes, hasta que llegó Blue Velvet y desde entonces dicho tema se repetía hasta la saciedad mientras las sillas se quedaban vacías y todo el mundo salía a la pista a disfrutar aquella delicia de melodía, que además del romanticismo que en su tiempo tuvo la versión de Tony Bennett, la nueva interpretación de Vinton tenía un ritmo sin igual.   Era normal observar que cuando las parejas bailaban este tema, todos llevaban cerrados los ojos, cada quien soñando su propia fantasía.   Es pertinente recordar que en aquellos dorados tiempos, nadie entendía la letra de la canción, pues los conocimientos de inglés de la mayoría de los jóvenes no llegaban ni al nivel de Wachu (Éxito) y lo máximo que se llegaba a saber, por la traducción de los locutores era que Blue Velvet significaba Terciopelo Azul, de tal manera, que la apreciación del tema se basaba exclusivamente en la melodía y el sentimiento que le imprimía Bobby Vinton.

Sin temor a equivocarme, creo que la mayoría de aquellos jóvenes, que ahora ya están adentrados en los sesenta paquetes y orgullosamente ostentan la membresía de la tercera edad, bailaron ese tema cientos de veces y solo quienes presentan los síntomas del alemán no se emocionarán al escucharla.

Creo pertinente recordar que en aquellos tiempos había un marcado respeto a las compañeras de baile, con las consabidas excepciones de uno que otro barbaján que no falta en cada localidad, de tal manera que ellas determinaban los límites del estilo de bailar y el varón simplemente tomaba la iniciativa al “llevar” a su pareja de acuerdo al ritmo, aunque en algunos casos ellos se dejaban “llevar”.  Traigo esto a colación debido a que es totalmente repugnante ver en la actualidad ciertos “bailes”  como el del caballito o esos perreos en donde la dama es tratada peor que un objeto.  Lo patético del caso es que las féminas después de clamar por la equidad de género y amenazar con llevar a los tribunales a un cristiano que ha osado piropearla, por la noche, en un antro, graciosamente dejan que un vulgar pelafustanes les lance los epítetos más procaces que ponen a la mujer a nivel de lampazo, sólo porque tienen música de reggaetón de fondo.  Habrase visto.

Casi inmediatamente después llegaron los conjuntos, la invasión inglesa y demás corrientes de la nueva ola, que dieron un tremendo vuelco a la música y por ende al baile.  Poco a poco, el estilo de baile “agarrado” fue sufriendo una metamorfosis, hasta que en un punto casi desaparece pues todos los ritmos se bailaban frente a frente, moviendo el cuerpo al compás del ritmo de cada tema.

Fue interesante que en el año 1986, el cineasta norteamericano David Lynch, quien como nosotros, indudablemente debe haber bailado aquel tema infinidad de veces, bautizara a uno de sus films más connotados en honor a la versión de Bobby Vinton de Blue Velvet.  En esa película que definitivamente sacudía a los espectadores, tuvimos la oportunidad de admirar a Isabella Rossellini que de manera sensual interpreta una extraña versión dicho tema y era inevitable recordar a su madre Ingrid Bergman.

Así pues, desde Bobby Vinton y su Blue Velvet ha llovido por casi medio siglo.  De vez en cuando me encuentro a una de aquellas amigas de baile de esa época y en primer lugar, me congratulo porque tengo la enorme suerte de que todas ellas me recuerdan con singular cariño.  Luego, cuando tengo que admitir que aunque uno no lo quiera, el tiempo hace estragos en nuestras humanidades,  basta con entornar un poco los ojos y poner play a ese reproductor de recuerdos que llevamos integrado en nuestro interior y súbitamente aparece aquella cálida voz de Vinton cantando:  “She wore blue velvet, bluer than velvet was the night, softer than satin was the light, from the stars…” y vuelvo a ver a aquella muchacha menuda, con su primoroso vestido, tal vez azul, su cabello embombado y sus zapatitos de tacón, entonces sus ojos vuelven a tener el brillo de la adolescencia y sin dudar le digo:

-Caramba niña, el tiempo no pasa por vos.

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