Archivo mensual: mayo 2015

El club de Tobi

 

Club de Tobi.  Imagen tomada de internet

Mi generación todavía tuvo la oportunidad de observar una marcada discriminación de género.  Tal vez no en toda su extensión, sin embargo, en nuestra niñez todavía se observaban muchos resabios de la dominación machista en la vida de los nicaragüenses.  Tal vez como niños mirábamos como algo natural aquella discriminación y no nos causaba escozor aquel letrero del Club de Tobi, compañero de aventuras de La pequeña Lulú, historieta de nuestra preferencia, que reafirmaba esta práctica:  No se admiten mujeres.

En Nicaragua las mujeres han sufrido discriminación por muchos años.  Fueron consideradas como ciudadanas por la Constitución Política hasta en 1950 y su derecho al voto fue aprobado apenas en 1957.  Anastasio Somoza García siempre se opuso al voto femenino, expresando un tanto en broma, un tanto en serio que ellas eran capaces de votar por el señor obispo, aunque su miedo era que fueran influenciadas por el clero para votar por sus adversarios conservadores.  No fue sino hasta en los años cuarenta, que las mujeres tuvieron acceso a la universidad, pues los únicos oficios que estaban reservados para las mujeres, fuera de los domésticos eran el magisterio, la enfermería o la confección.

Hasta en los eventos cotidianos, la exclusión era lo usual.  En ese entonces no podía concebirse un regalo para la reina del hogar, ya se tratara de cumpleaños, navidad o día de las madres que no fuese un utensilio que aumentara la eficiencia en el desempeño de sus labores domésticas.  Era mal visto que una mujer manejara un vehículo, fumara o se echara un rielazo al coleto.

Cuando en el Registro Civil, para agilizar los trámites, imprimieron formatos para llenar sólo los datos variables, se dejaba un espacio para el oficio del varón, pero para el caso de la mujer ya estaba impreso: oficios domésticos.  Algunos documentos legales llegaban al extremo de consignar como oficio de la mujer: labores propias de su sexo.  Por muchos años, en las notas periodísticas se les denominaba: el sexo débil.

La política había sido un campo vedado totalmente a las mujeres y a pesar de que había voces femeninas que se alzaban en contra de cualquier injusticia, era impensable que una mujer optara a una diputación o a un cargo directivo en la administración pública.  Fue hasta en 1957 que se incorporó al Congreso a la primera diputada, la Dra. Olga Núñez de Saballos, quien fue asignada  a la Comisión de Educación.   Esta profesional también fue la primera mujer que ocupó el cargo de Vice Ministro de Educación.

La iglesia no abonaba nada a favor de la inclusión de las mujeres en la vida nacional, pues reafirmaba el modelo de sumisión de la mujer ante el hombre y su limitación al papel reproductivo y de oficios domésticos.  Para ingresar a un templo, debían hacerlo con la cabeza tapada.  No se admitían niñas como monaguillos en los actos litúrgicos, sólo varones, mucho menos que se atrevieran a pensar que podían llegar al sacerdocio.   Además existían eventos que se apegaban al letrero de Tobi.  El día primero de enero, cuando todavía se celebraba en esa fecha la circuncisión del niño Jesús, como fiesta de guardar, había una procesión exclusivamente de varones, en donde con sus mejores galas los caballeros desfilaban acompañados de sus hijos varones que ya habían dado su primera comunión, es decir que ya tenían uso de razón.

A pesar de que en 1957 la Organización Internacional del Trabajo logró un acuerdo mediante el cual debía haber igualdad de remuneración entre la mano de obra masculina y la mano de obra femenina, así como en 1958 el acuerdo sobre la discriminación en materia de empleo y ocupación, en estos lares, ambas cosas quedaron por mucho tiempo a nivel de quimera.

La Guardia Nacional que hacía las veces de ejército y policía tenía sus puertas cerradas a la participación femenina, salvo tal vez la adscripción de las enfermeras del Hospital Militar.  La canción María de los guardias ilustra un poco el  significado femenino para aquel cuerpo castrense.

Las escuelas, principalmente las privadas, estaban segregadas pues era demasiado riesgo el mezclar varones y mujeres en un aula de clases.  Por otra parte, en muchos hogares se consideraba que el estudio no era útil para las mujeres que tendrían su puesto en el hogar.

En los deportes era igual, pues a excepción del basquetbol y el volibol, las damas no participaban en ningún otro deporte y en algunos de ellos ni siquiera podían asistir de espectadoras.

La década de los sesenta fue un parteaguas en la reivindicación de los derechos de las mujeres a nivel internacional, debido principalmente a la cantidad de movimientos sociales que ocurrieron,  así como la masificación de los medios de comunicación,  de tal forma que en el país, un tanto por un movimiento de inercia, poco a poco las mujeres se fueron incorporando a mayor número de actividades relevantes de la vida nacional.

La política permitió una mayor participación femenina y pudo observarse que el número de mujeres diputadas,  se elevó a seis,  así como ministras en ciertas carteras, básicamente educación y un mayor número de mujeres concejales.

En el aspecto de la religión, indudablemente el Concilio Vaticano II abrió una rendija en la puerta a las mujeres, en el sentido de que declaró su innata igualdad al hombre, sin embargo le reafirmó “la misión de guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida y el sentido de la cuna”, en vía de mientras, ya no necesitaban cubrirse la cabeza para entrar al templo y la fiesta de la circuncisión del niño Jesús fue borrada del mapa y sustituida por la de María madre de Dios, aunque la participación femenina en la procesión del primero de enero tomó un tiempo más.

En los años setenta se intensificaron los esfuerzos en la lucha para poner término a las diversas formas de discriminación contra las mujeres, bajo el liderazgo de la Organización de las Naciones Unidas, que para reforzar esta posición, declaró a 1975 como Año Internacional de la Mujer.  Recuerdo que en ese año, en todas las oficinas públicas era obligado encabezar todas las  comunicaciones oficiales con el “Año Internacional de la Mujer”.   Obviamente no fue una panacea para la  discriminación, sin embargo, poco a poco las mujeres iban ganando terreno en la reivindicación de sus derechos.

En esa década el número de diputadas aumentó a trece y siete suplentes y en 1974 Somoza Debayle nombró a la Prof. María Elena de Porras como la primera Ministra de Educación de Nicaragua.

En 1973 la iglesia católica emitió la instrucción Immensae Caritatis, en donde instituye a los laicos como Ministros Extraordinarios, principalmente como distribuidores designados para dar la comunión y establece un orden por el que debe darse prioridad para dicha designación: lector, seminarista mayor, religioso varón, religiosa, catequista, varón y finalmente mujer.  Aunque no se instituyó inmediatamente en Nicaragua, esto vino a ser un premio de consolación ante la persistente negativa al acceso al sacerdocio de parte de las mujeres.

De cualquier forma, el machismo era un mal muy difícil de desterrar de tal forma que en cualquier momento surgía el espíritu de Tobi.  Recuerdo que trabajando en el Banco Nacional de Nicaragua, por esas cosas de que el perro manda al gato y el gato a su garabato, me enviaron a representar a la institución a una reunión de alto nivel al Ministerio de Economía para la redacción de un informe del sector industrial del país.   La reunión estaba presidida por el propio Ministro, acompañado por sus directores.  El caso es que la discusión, que de pronto derivaba en plática de presos, nos llevó a la noche y de pronto el señor Ministro bostezó y llamó a su directora general de industrias, una profesional muy calificada y como lo más natural del mundo le dijo:  -Fulanitá, andá y traenos café.  Rechanfle, pensé yo para mis adentros.

Pare esos tiempos, ya la proporción de mujeres profesionales era considerable y en términos generales no existían barreras para el ejercicio de sus carreras.  No obstante, todavía se observaba un marcado machismo en ciertos círculos, como eran las asociaciones de profesionales.  Tuve la oportunidad de conocer a una abogada que al querer ingresar a la asociación de estos profesionales, fue invitada a declinar su solicitud y en cambio se le aconsejó que se inscribiera en la asociación de esposas de abogados, aunque su marido tenía otra profesión y lo peor del caso fue que ella, muy obediente, así lo hizo.  Bienaventurados los mansos.

A pesar de todo, ya para ese entonces, las mujeres podían fumar y beber a la par de los hombres, procurando siempre evitar los excesos, pues no faltaba algún jayán que cuando observaban a una mujer pasada de tragos, exclamara:  -Hay que bañarla.

Con la revolución de 1979 se abrió aún más la posibilidad de participación de la mujer en la vida nacional, en consideración a la participación masiva de la mujer en la insurrección, aunque no en una elevada proporción en el nivel decisorio, además de la influencia de las organizaciones femeninas en el poder.  Sin embargo, al inicio de la etapa revolucionaria, en la Junta de Gobierno sólo una mujer, Violeta Barrios de Chamorro participó en un grupo de cinco, mientras que en el primer Consejo de Estado, sólo ocho mujeres integraron dicho órgano, llegando  a un máximo de treinta y cuatro en el de 1984.  En la Asamblea de 1985 se registran 14 diputadas propietarias y 11 suplentes.

La proporción de las oportunidades de empleo para las mujeres se amplió significativamente, así como la de los cargos directivos, especialmente en el sector gubernamental, ya que el sector privado se contrajo significativamente.  La participación de mujeres en cargos ministeriales se amplió, especialmente en carteras antes vedadas a las mujeres.

Las nuevas instituciones del ejército y la policía nacional, incorporaron a todos los niveles a las mujeres.

La relación del sandinismo con la iglesia fue completamente antagónica, de tal forma que la influencia que esta última tenía sobre las mujeres y su papel reproductivo y de oficios domésticos se redujo en una gran proporción.

Así pues, muchos de los campos prohibidos a las mujeres que todavía permanecían, llegaron a desaparecer.  Esto no quiere decir que el machismo hubiese desaparecido, pues en muchos compañeros el espíritu de Tobi seguía latente y a nivel individual permanecían ciertas actitudes de exclusión.

Uno de los últimos tabúes que se rompió en la lucha por la reivindicación de los derechos de la mujer ocurrió en 1990 con la llegada a la Presidencia de Violeta Barrios de Chamorro, la primera mujer en acceder a la primera magistratura del  país.  Hecho que todavía muchos países como Estados Unidos y México aún no logran.  No obstante, la relevancia de este hecho se vio opacada por los alaridos de un Goliat derribado.   La gestión de la Presidenta Chamorro tuvo que luchar contra corriente ante el boicot de organizaciones que en alguna ocasión habían defendido la igualdad de oportunidades para todos los nicaragüenses.  Así pues, Violeta Barrios de Chamorro es recordada, más que por haber sido la primera mujer presidenta, como la mujer que unió a los nicaragüenses para sacar a un gigante del poder, limpiamente, por la vía  democrática.

Las condiciones económicas precarias que caracterizaban a la Nicaragua de inicios de los noventa, obligaron a que los puestos de trabajo, que con la reinstauración de la economía de mercado se fueron ampliando, fueran ocupados por ambos miembros de una pareja, lo que vino a equilibrar un poco la correlación de fuerzas a nivel  familiar.  De la misma forma, el retorno de ciudadanos que por diversas razones emigraron a otros países, trajo una riqueza en materia de experiencia y nuevos sistemas de trabajo, especialmente de parte del sector femenino, de tal manera que el emprendimiento femenino reactivó muchas ramas económicas del país.   Por otra parte, los avances que en otros países se había alcanzado en materia de reivindicación de los derechos de las mujeres sirvieron de modelo para iniciar una lucha más intensa en ese sentido.

Ahora que estamos en pleno tercer milenio, debemos admitir que las cosas han cambiado sustancialmente para las mujeres, aunque todavía falta un buen camino para andar.   A pesar de que en 2008 se promulgó la Ley de igualdad de derechos y oportunidades que tiene como objetivo promover la igualdad y equidad en el goce de los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales entre hombres y mujeres, todavía estamos muy lejos de que se alcanzarlo.  Ni siquiera el gobierno, encargado de su aplicación, la cumple a cabalidad.

En la Asamblea Nacional hay un total de 38 mujeres, que representan el 41 por ciento del total de asambleístas, la participación de mujeres en la directiva de dicho órgano es todavía minoritaria.  En la actualidad en el gabinete no hay cartera que esté vedada a la participación de la mujer, aunque sus facultades resolutivas están un tanto limitadas.  En la policía nacional, el mando supremo (bueno, es un decir) ya ha sido ocupado por mujeres, mientras que en el ejército, todavía no se vislumbra algo parecido.

En los deportes ya se observa una participación femenina en todas las disciplinas e incluso ya se mira como algo natural que muchas mujeres agarren con maestría el taco, le froten la punta con tiza y se lancen una carambola de tres bandas.

En la iniciativa privada, cada vez es mayor la proporción de mujeres que ocupan cargos ejecutivos, aunque no alcanzan ni el 20 por ciento, ni sus remuneraciones están al mismo nivel de sus colegas hombres.   En el resto del espectro laboral la participación femenina no encuentra límites, aunque todavía hay ciertos oficios en donde no se han atrevido a incursionar, por ejemplo, todavía no he visto a una mujer conduciendo un autobús de pasajeros, aunque estoy seguro que conducirían con mayor precaución y cortesía.  Es importante señalar que todavía se observan trazas de acoso a todos los niveles.

En la cultura en general, existe una natural igualdad entre hombres y mujeres y el nivel intelectual de los involucrados no permite ningún tipo de exclusión.

En el campo educativo, hay una total inclusión y políticas de igualdad de género en todo el sistema, predominando la coeducación, aunque una minúscula minoría todavía abogue y practique la educación diferenciada o segregada.

Este año, el comercio ofreció como regalos preferidos para el día de la madre, teléfonos inteligentes, tablets y así como otros productos muy distantes de los utensilios de cocina.

En el nivel familiar se observa una proporción creciente de mujeres que obtienen mayores remuneraciones que su pareja.  En algunos casos, esta situación les otorga la facultad de ser el líder de la familia, en otros casos, es motivo de frustración en el hombre y sus reacciones, la mayoría de las veces, caen en el terreno negativo.

No cabe duda que el acceso al sacerdocio de parte de las mujeres vendría a reafirmar los conceptos de igualdad de género a nivel mundial, es más, es muy probable que la mayoría de las mujeres ejercerían su ministerio de manera más eficiente que los hombres, todavía falta caña que moler, pero es factible que dentro de dos décadas pueda darse ese paso fundamental.

Lo cierto es que a pesar de todos los avances que se han logrado en materia de igualdad, especialmente comparados con lo que imperaba en los años cincuenta del siglo pasado, todavía el machismo es un estigma que sigue enquistado en muchos conciudadanos.  Podrán mostrar una actitud tolerante en público, pero a nivel personal es otra cosa.  Hace falta mucha educación para desterrarlo para siempre.  Así pues no es remoto que de vez en cuando algún congénere se ponga su pequeño bonete de Tobi y escriba:  No se admiten mujeres.

 

 

 

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La Bolívar

Avenida Bolivar.  Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me parece de lo más natural que a cierta edad, cuando el camino por recorrer es mucho más corto que el ya recorrido, se tienda a volver la vista atrás y evocar a Jorge Manrique en aquellos versos de su elegía: “…cómo a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…”  A pesar de las numerosas críticas a esta actitud, muchos seguimos añorando la vieja Managua, aquella señorial ciudad que guardaba celosamente el alma de los capitalinos y que en cada una de sus calles desbordaba la inconfundible identidad de sus habitantes.

Uno de los pasajes más emblemáticos de aquella ciudad era sin duda alguna la Avenida Bolívar, conocida también como la Primera Avenida Oeste.  A diferencia de la Avenida Roosevelt, la arteria central de la ciudad, la primera era mucho más tranquila pues había una mayor proporción de casas de habitación respecto a los locales comerciales.  Era una calle que invitaba a caminar por ella, ya fuera en una fresca tarde de diciembre o bajo el abrasador sol de abril a medio día, cuando a lo lejos, el paisaje parecía difuminarse como dunas en la lejanía del desierto y el asfalto de la calle se sentía derretirse bajo las suelas de los zapatos.

Muchos de mis recuerdos más gratos de la vieja ciudad están ligados a esta avenida, aunque en ese sentido debo de admitir que envidio la memoria prodigiosa de los grandes cronistas de la ciudad: Cuadra Moreno, Fischer Sánchez, Sánchez Ramírez, Gutiérrez Barreto, entre otros, que de manera magistral pueden recorrer de memoria una a una las casas de toda la avenida.  Yo tengo recuerdos un tanto dispersos de esos lugares, pero que en su conjunto me traen la imagen de una calle tan llena de vida.

Tal vez el lugar que más frecuenté fue una casa que estaba ubicada esquina opuesta al Teatro González, en donde tuvo su consultorio el Dr. Boris Gutiérrez y Gutiérrez, dentista muy amigo de mi padre y que se encargó de atender mis constantes dolencias dentales, así que mis recuerdos están mezclados con enormes sentimientos de temor y dolor, en un tiempo en que todavía no se utilizaba la anestesia para las intervenciones odontológicas.  Era una casa amplia, en alto, elegante, en donde también despachaba un médico de apellido Fuentes, que según mi padre había estudiado en Francia y era una eminencia.  Al fondo se observaba un enorme jardín de un extremo verdor, con abundantes coludos.  Desde la sala de espera se observaba el Teatro González, en donde tuve la oportunidad de ver muchas películas, sin embargo, el recuerdo más vívido es el de la primera vez que fui a ese teatro y fue cuando estrenaron La dama y el vagabundo, de Walt Disney y mi abuela le pidió a mi padre que nos trajera y ahí estábamos disfrutando la película con una bolsa de palomitas de maíz que nos supieron a gloria, pues en el cine del pueblo apenas llegábamos a chicles, maní y caramelos de nancite.  También recuerdo claramente la promoción de bachillerato de mi querido y recordado primo Eduardo Ortega Gasteazoro (q.e.p.d), cuando quedé impresionado con un número musical que me dejó con la boca abierta, pues un joven con un arco de violín le arrancó tremendas canciones a un serrucho de carpintería, una de ellas la clásica Humo en tus ojos.  El joven aquel se llamaba Carlos Mejía Godoy.

Frente a aquel consultorio, en la parte oriental, se encontraba el Edificio Paiz, de don Domingo Paiz, en donde tenía su correduría de seguros y alquilaba a otras oficinas y negocios.   En la otra esquina, al noroeste, estaba el Club Internacional, en donde sólo ingresé una vez y fue durante una feria agostina que organizaban las damas diplomáticas para recaudar fondos para fines benéficos.

Por ese rumbo se encontraba el legendario Gambrinus, un salón cervecero-restaurante, que para ser sincero nunca visité, sin embargo, muchos conocedores todavía recuerdan las delicias que ahí servían.

Del Teatro González hacia el norte, recuerdo el INFONAC y la final de la avenida, frente al Parque Darío, el Palacio del Ayuntamiento, un edificio de estilo griego con escalinata y columnas, construido en 1927 y que alojaba al Distrito Nacional que era el equivalente a la Alcaldía de Managua, con la diferencia que antes el titular de esa oficina era designado por el Presidente de la República y ahora, bueno, ahí lo dejamos.

Otro local que visité mucho fue, un poco más al sur, Los Mejores Trajes Gómez, de don Miguel Gómez, uno de los mejores sastres de Managua y que había estudiado en La Habana, Cuba.  Mi padre había sido uno de los primeros clientes de don Miguel, de tal manera que cuando llegábamos, él personalmente nos atendía con enorme cortesía.  Era un negocio floreciente y observé la ampliación que fue experimentando en la década de los cincuentas y sesentas.  Ahí fuimos los estudiantes del Pedagógico de Diriamba, a dar a confeccionar nuestros smokings para la ceremonia de graduación, cuando el título de Bachillere en Ciencias y Letras, al igual que yo, tenía un considerable peso.  El caso es que al momento de realizar las órdenes y desde luego pagar el adelanto, no se encontraba Don Miguel y un encargado me advirtió que mi traje, por ser talla 48, tendría un sobre precio; me sorprendió mi rapidez al argumentarle que con la tela que les iba a sobrar del traje de un compañero que era XS, podían finalizar el mío y ambos pagaríamos lo mismo.  Al final el encargado tuvo que acceder.

Tuve la suerte de conocer al efímero Hotel Balmoral.  A inicios de diciembre de 1972, invitaron a mi novia a una boda en ese hotel, así que asistí como agregado cultural.  En esa época, estaba iniciando la moda de realizar los eventos en extremo elegantes, en un club o en un hotel.  Así pues, disfruté de una fiesta en ese elegante recinto, en donde corrieron los más finos licores y las más exquisitas viandas.

En mi memoria olfativa se encuentra una farmacia, no estoy seguro si se llamaba San Antonio y que tenía incorporada una fuente de sodas, en donde vendían toda suerte de refrescos, de tal manera que al transitar por ahí, se mezclaban los aromas de los productos farmacéuticos con los emanados de la fuente de sodas.  En cierta ocasión que acompañaba a mi padre por el centro de la ciudad, el calor era tan intenso que estábamos a punto de deshidratarnos, de tal manera que ingresamos a la citada farmacia y pedimos un par de refrescos.  Al momento de pagar el encargado preguntó qué refrescos habíamos pedido y mi padre, muy dado a la broma, le dijo que no había podido identificar la esencia que habían utilizado, lo cual ocasionó que el señor aquel montara en cólera y aclarara que en ese local sólo servían refrescos naturales.  Al salir, mi padre pasó de la extrema seriedad a esbozar una enorme sonrisa.

En esa avenida estaba ubicada una librería, propiedad de un profesor del Colegio Calazans de nombre Lucinio, de origen español.  No tenía un enorme surtido, pero tenía la ventaja que siempre atendían a la clientela con mucha amabilidad.

También recuerdo en esa avenida a la escuela de comercio de la familia Matamoros.  En aquellos tiempos una de las carreras técnicas más socorridas era la de Comercio, que era básicamente mecanografía, taquigrafía, redacción y ciertos elementos de contabilidad.

Se ubicaba en esa avenida el Restaurante Pacífico, que según algunos conocedores de la comida china, en especial los que trabajaban en los bancos Nacional y Central, se servía el mejor chop suey de la capital.

En la intersección de la calle 11 de julio con la Avenida Bolívar estaba un enorme guanacaste, que proyectaba una enorme y acogedora sombra sobre sus alrededores.  Ya en ese sector, empezaban a dominar las  casas de habitación.   Un poco hacia al lago, a mano izquierda, bajando, estaba la casa de habitación de un sacerdote que fue párroco de la Iglesia El Calvario.  Según algunos comerciantes de ese rumbo, el padre, tan sólo con el afán de reactivar el comercio, realizaba préstamos para capital de trabajo a ciertos feligreses que requerían de liquidez.  Dicen que cobraba una tasa de interés un tanto arriba de lo que cobran actualmente las tarjetas de crédito y los solicitantes debían de presentar una garantía colateral, preferiblemente las escrituras de algún inmueble.  En los años sesenta circulaba una anécdota que más bien parecía ficticia, pues aseguraban que en cierta ocasión llegó un feligrés a indagar sobre el sacramento de la confirmación y exclamó en la sacristía: – ¿Hay confirma? a lo que la grave voz del párroco se escuchó desde el fondo: -¡No, sólo con hipoteca!  Así pues, cuando iba al centro con mis hermanos  y pasábamos por la casa del citado sacerdote, en especial cuando mirábamos que se encontraba un flamante Mercedes Benz en el garaje, nos turnábamos para gritar: -¿Hay confirma? mientras salíamos disparados hacia el norte.

Del guanacaste hacia el sur había un variopinto de estilos de casas de habitación, sin embargo, la que más llamaba la atención era una que tenía un enorme pasadizo para llegar a un jardín frontal en donde la familia que la habitaba tenía expuesta una tina de baño que según ellos había pertenecido al Rey Mosco.  En la sala de aquella casa había toda una colección de pinturas que adornaban las enormes paredes.

No estoy seguro dónde comenzaba oficialmente la Bolívar en el extremo sur, si en la Calle Colón, en el tope de la 27 de mayo o en el Hospital Militar.  Algunos sitúan al Club de Clases de la Guardia Nacional que quedaba entre las dos citadas calles, como parte de la Bolívar.  Después de ese sitio hacia el sur, en la banda oeste comenzaban las elegantes casas de Bolonia y en la banda este, además de la Colonia Militar, había un enorme predio vacío integrado a la explanada de la Loma de Tiscapa.

La última vez que miré aquella idílica avenida fue el 22 de diciembre de 1972, cuando la atravesé para dirigirme al Cine Darío en el este de la ciudad.   Al día siguiente, por la mañana acompañé a mi padre a presentarse a su trabajo en la Clínica Oriental del INSS y al atravesar dicha avenida por aquel Guanacaste, se observaba al igual que casi toda las calles de la capital, un torrente de dolor y muerte.  Todavía a media mañana estaban sacando cadáveres de aquellas pintorescas casas de la avenida.

Ahora, en pleno siglo XXI, la Avenida Bolívar es símbolo de estos tiempos que corren, pues es casi el triple de ancha que la original, con tres carriles por banda, cunetas bien elaboradas, bahías y paradas de buses elegantes.  Es muy difícil identificar los puntos que una vez caracterizaron aquella vía, salvo tal vez el Teatro González, que ahora, más traqueteado que el  acordeón de Peñaranda, luce un rótulo de publicidad de refrescos que anuncia “La casa de Jehová” y en lugar de la cartelera hay un horario de servicios de la iglesia que ahí funciona.  Donde fue el Club Internacional es el patio de la lonchera de Telcor.  Donde fue el Edificio Paiz es ahora una parte de la Cancillería y la recordada clínica del Dr. Gutiérrez y Gutiérrez es ahora una plazoleta junto a un súper héroe que carga una Kalishnikov y advierte que sólo los obreros y campesinos irán hasta el fin.   El enorme Guanacaste ya no existe y en su lugar se encuentra el estacionamiento de SERVIGOB.

Para quienes no conocieron la antigua avenida, la vía actual podría desbordar modernidad, hasta le van a instalar semáforos inteligentes, para suplir el vacío que campea en los recintos aledaños.  Los árboles majestuosos han sido remplazados por imponentes árboles metálicos y en su conjunto pareciera una avenida del primer mundo, sin embargo, para quienes conocimos la vieja calle, extrañamos aquel principio vital, aquel flujo que emergía del suelo y le daba vida, aliento y fuerza a todo lo que ahí se encontraba y que hoy, a pesar de todo lo que le quieren insuflar, no va a recuperar nunca.

 

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