Archivo mensual: marzo 2010

Mensajes de amor

Dinero, dinero, dinero

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Joan Manuel Serrat

Jorge camina por el nuevo centro de la ciudad de Managua.  Por el oriente, en medio de la oscuridad, un timorato fulgor anuncia que el amanecer está cerca; la nueva arteria principal de la novia del Xolotlán, la carretera a Masaya, luce desierta.  En varios trechos de esta vía, no hay aceras, por lo que caminando a su izquierda en el último carril de la carretera, se mantiene en alerta ante los eventuales vehículos que aprovechando el casi nulo tráfico, aceleran al máximo.

De buena gana Jorge tomaría un taxi, pues todavía tiene que caminar una hora y media más hasta su casa, sin embargo, no quiere gastar ni un centavo más, después que cerca de doscientos dólares se esfumaron de sus manos como por arte de magia.  Lo que parecía una noche de suerte excepcional, se transformó al final en el desencanto de siempre, pues a pesar de que muchos amigos le advertían que los casinos nunca pierden, él cada mes guardaba la vana esperanza de vencer al destino y salir del local con cientos, quizás miles de dólares en sus bolsillos.

La tarde anterior había salido de la Western Union, con una sonrisa de oreja a oreja, pues ya obraba en su poder el dinero recibido de parte de su hermana Lucía, que religiosamente enviaba cada mes para las medicinas de su madre y el cual lo tomaría prestado para multiplicarlo.  Tomó un taxi y se dirigió al casino, en donde el destino lo esperaba, sin embargo la madrugada lo sorprendió con los bolsillos vacíos, las ilusiones rotas y con un amargo sabor en la boca, tanto por su suerte, como por el alcohol barato de los tragos de cortesía.  Apenas había logrado salvar cincuenta dólares que se los escondió al estilo Papillon, con el fin de asegurar, según él, en el poco probable caso de perder, la compra de los medicamentos, aunque fueran genéricos, esenciales para que su madre sobreviviera su enfermedad hasta el siguiente mes. En esos momentos era un alivio que su hermano, conociendo la debilidad de Jorge, procurara en especie la alimentación de la madre, de la cual él agarraba pelo.  Son casi las cinco y treinta de la mañana y llega por fin a la Rotonda Rubén Darío en Metrocentro, ya la escasa claridad ha traído un tráfico mayor y piensa que todavía le falta mucho que caminar.

A esa misma hora, a miles de kilómetros al norte, en Nueva York, ya son las siete y treinta de la mañana, hora de verano, apenas entrada la primavera y la ciudad luce todavía grisácea.  Lucía sale de la estación del metro, componiéndose el abrigo y bufanda con el fin de evitar que el viento penetre con el frío intenso hasta sus huesos. Siente que debajo de sus gruesos guantes, las manos se le engarrotan, a causa de la artritis que se exacerba con el clima.  Camina hacia el departamento que comparte con una familia amiga, le faltan todavía diez cuadras y luego subir siete pisos del edificio que no tiene elevador.  A veces le hacen faltas las fuerzas para continuar, pero piensa en su hijo que apenas está por terminar el High School, además de las medicinas de su madre en Nicaragua, que religiosamente cubre enviándole dinero a su hermano Jorge hasta Nicaragua.

En Los Angeles, son ya quince para las cinco de la mañana y el despertador insistente levanta a Josué, quien se despereza sigilosamente en su cama, para no despertar a su esposa, quien llegó a medianoche después de su turno en el restaurante en donde trabaja de waitress.  Se mete a la ducha en donde toma un baño, luego se pone su uniforme azul, baja a desayunar y sube a su automóvil para dirigirse a su trabajo en un complejo comercial en donde se desempeña de security.  Antes de salir, mira en el tablero de su vehículo y toma un recibo de la agencia de envíos de dinero por cuatrocientos dólares que remitió a su hermana, quien cuida a su hijo Kevin, mientras logra regularizar su status migratorio y puede enviar por él.  Piensa en la última vez que lo tuvo entre sus brazos, antes de emigrar y siente que algo se le atora en la garganta, mientras enciende su automóvil.

En Managua, faltan diez minutos para las seis de la mañana y Mildred pasa su última revisión al arreglo de Kevin, quien toma su mochila y sale la calle a esperar el recorrido del colegio.  Su tía lo acompaña, pues la calle de Monseñor Lezcano todavía luce desierta, mientras tanto le expresa miles de recomendaciones y repasa algunos de los temas que estudiaron la tarde anterior.    Poco tiempo después, un bus blanco con azul, con una leyenda que dice:  Colegio Centroamérica, llega hasta donde están Mildred y su sobrino, él se despide con un beso de su tía y sube al bus que lo llevará al colegio en donde cursa, con excelencia integral, el sexto grado de primaria.  La tía Mildred le hace señas que irá a traerlo, aprovechando que irá a pagar la colegiatura que oportunamente cubre con el dinero que le envía su hermano Josué.

A las seis en punto de la mañana, La Carpio, una comunidad situada en el poniente de San José, Costa Rica está en plena ebullición, mientras miles de personas se dirigen a sus trabajos en toda el área metropolitana de la capital tica.  Rosario hace fila para tomar un autobús que la llevará al Mall San Pedro en donde en el Food Court trabaja en un puesto de comida rápida. Mientras espera el autobús, mira a un señor de unos setenta años que le recuerda a su padre y piensa en su viejo, jubilado con una pensión de miseria y que si no fuera por los ciento cincuenta dólares que le envía mensualmente, no podría sobrevivir.

En Granada, el mercado municipal ya se encuentra abarrotado de personas buscando alimentos, frutas, verduras y demás.  Un señor septuagenario sale del mercado con varias bolsas en donde lleva provisiones para una semana y se dirige a su casa en donde vive solo.  En el camino piensa en su hija y en silencio le dirige su agradecimiento por no abandonarlo a su suerte y ayudarlo a sobrevivir sus últimos días.

En Miami son las ocho y quince de la mañana y doña Irene se encuentra atareada supervisando el movimiento de su pequeño restaurante “Sabor Nica” en Hialeah, un comensal que desayuna opíparamente en una mesa le sonríe y le pregunta por su madre. –Mañana la operan, el doctor que le quitará la catarata es uno de los mejores oftalmólogos de Nicaragua. Gracias.  De repente tiene que ir a la cocina a apurar a las cocineras pues las órdenes se están acumulando.

En la ciudad de Estelí, Ricardo llega a la habitación de su madre, doña Santos y le dice: -Acabo de hablar a Managua con la asistente del Dr. Suárez y me ha confirmado la operación para mañana a las once de la mañana.   Todo está arreglado, ayer por la tarde fui a la Western Union a retirar los mil quinientos dólares que mandó la Irene para la operación.  Así que no hay ningún problema, saldremos para Managua a las seis de la mañana.  La anciana, no puede contener su emoción y sus lágrimas ruedan de sus cansados ojos, que a partir de mañana podrán funcionar bien y piensa para sus adentros: -Dios te bendiga hija.

En la provincia de Quebec, en Canadá, ya son las ocho y treinta de la mañana y Arturo se encuentra lavando vajillas en un hotel del sector de Charlesbourg, a pesar de contar con un título de post grado en química, su estatus migratorio no le permite encontrar un trabajo acorde a sus capacidades.  Sin embargo, se resigna pensando que con lo que gana es suficiente para vivir modestamente y ahorrar el equivalente a cuatrocientos dólares americanos, que le envía a su pequeña hermana Susy, que estudia odontología en una universidad en Nicaragua.

En uno de los corredores de la Universidad Americana en Managua, la pequeña Susana cierra su Laptop, en donde acaba de revisar las últimas fotos que han subido en Bacanal punto com, con los asistentes a las diferentes discotecas y centros nocturnos de Managua.  Siente que su popularidad ha decaído, pues sólo apareció en una.  Se dirige a la Dirección Administrativa de la universidad para negociar un arreglo de pago, pues tiene en mora las últimas tres mensualidades de su carrera de odontología.  Ya ha pensado que manejará el rollo de que su hermano en Canadá tuvo un accidente y no ha podido enviarle dinero.  De pronto suena su celular y sólo responde:  Ok, hoy a las nueve, en El Chamán.

En la comunidad de Milpitas, Santa Clara, California son ya las siete de la mañana.  El doctor Fabián Beteta sale de su enorme casa en el vecindario de Kristinridge Way.  Siente un extraño placer al escuchar el motor de su Audi A3 y se dirige a Nimitz Freeway.  A través de su celular con Bluetooth llama a su asistente y lacónicamente le instruye: -Voy a desayunar con el Doctor Siles, llegaré al consultorio cerca de las diez, para seguir la agenda acordada. Luego agrega: –Mande un e-mail a la asistente de mi mamá y dígale que ya puede cambiar el cheque que le dejé para este mes.  El doctor, acelera y se pierde en el tráfico matutino.

En Managua son apenas las nueve de la mañana y el termómetro ya marca 32 grados a la sombra.  En medio del calor doña Merceditas llega a su oficina de bienes raíces.  Su asistente le tiene lista un recorte de periódicos con las casas ofrecidas por particulares.  Le informa que manda a decir su hijo que puede cambiar el cheque de este mes.  La señora sólo mueve lentamente su cabeza, como negando algo, mientras su bien peinada y canosa cabellera se mantiene con una elegancia de salón de belleza.  Simplemente dice:  -Rosita, cuando tengás un rato libre, vas al banco a depositarlo, de cualquier forma se tarda más de tres semanas en hacerlo efectivo.  – ¿En qué ocupé el último?- agrega.  –Compró una retratera de electroplata, para la foto del doctor, pero tuvo que ajustar pues no alcanzó con los cincuenta dólares.  –La señora sonríe y agrega: -Enviale entonces cincuenta dólares al Padre Silvio.  Luego vuelve a centrar su atención en una casa en Santo Domingo que recién apareció en los clasificados.

Y así, a lo largo del día, miles y miles de historias se entrecruzan en la distancia, historias de gratitud e ingratitud, de sacrificio y dispendio, de amor y desamor, de generosidad y mezquindad, de responsabilidad e irresponsabilidad.  Los salvadoreños llaman a los migrantes Hermanos Lejanos y hasta un monumento le levantaron en la capital cuscatleca, sin embargo, creo que todos nuestros paisanos en el exterior son hermanos cercanos, mucho más cercanos de lo que pensamos, pues en su mente vive latente su patria y sus seres queridos y las remesas que envían, bien o mal utilizadas constituyen un pilar fundamental de la economía nicaragüense.  En cierta medida, las remesas familiares subsidian la incapacidad del gobierno para generar riqueza al interior del país.  A pesar de la recesión en los Estados Unidos y una supuesta contracción en el monto total de dichas remesas, las mismas superan al volumen de las exportaciones nacionales y se mantienen por encima de los setecientos millones de dólares al año.

A estos héroes, es necesario que el pueblo nicaragüense les reconozca su empeño, su trabajo incansable, su desprendimiento y su amor por Nicaragua. Decir gracias o levantar un monumento no sería suficiente.

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El vigor del vigorón

Uno de los aspectos más fascinantes de la gastronomía de cualquier lugar, es sin duda alguna el ejercicio de sumergirse en el tiempo para tratar de determinar los orígenes de algún plato, bebida o costumbre relacionada con esta importante manifestación cultural.  De esta forma, encontramos alrededor de algún representante de la gastronomía de algún país, una variedad de versiones sobre el momento, circunstancias y responsables de la creación del mismo.

Esto ocurre con el plato típico conocido como vigorón.  Este apetecible representante de la gastronomía nicaragüense consiste en una mezcla de yuca cocida, chicharrón de cerdo y una ensalada que se encarga de darle la sazón inigualable.  Es importante resaltar que el chicharrón en Nicaragua es igual que el chicharrón mexicano, consistente en la piel de cerdo frita, con la variante que el primero mantiene la carne que lleva debajo de la piel, muy diferentes los anteriores al español o algunos sudamericanos, que se preparan a base de otras partes del cerdo y que incluyen diferentes ingredientes y formas de preparación.

Sobre el origen de este plato hay una creencia muy generalizada que proviene de la ciudad de Granada y que fue inventado a inicios del siglo XX.  No obstante, investigaciones serias nos indican que su origen se remonta muchos años antes y no precisamente en la Gran Sultana.  Según Jaime Wheelock Román, en su libro La comida nicaragüense, el chicharrón con yuca es una comida que tiene sus origenes en los obrajes y laboríos de añil de Rivas, Nandaime, La Paz Centro y Nagarote, en donde se mantenían cantidades considerables de esclavos.  Aquí es importante aclarar que no se trata de un plato que aparece como una reminiscencia de la gastronomía de los países africanos de donde eran originarios los esclavos, sino como una alternativa de costo eficiencia, tal como lo expresaría algún economista, contemplada por los explotadores, dueños de esos centros de producción, que trataban de asegurar las energías de sus esclavos mediante una alimentación lo más barato posible.  En este sentido, el chicharrón constituía en aquel tiempo un subproducto casi de desecho que por lo tanto tenía un precio bastante reducido y la yuca que se plantaba en todo esa región del Pacífico, con cosechas generosas, también constituía una alternativa que con un bajo precio proporcionaba proteínas y calorías suficientes.  Así pues, por mucho tiempo, estos esclavos se acostumbraron a esta combinación, de tal manera que al momento de su liberación y desplazamiento hacia las diversas regiones del país, el chicharrón con yuca quedó como un alimento que formaba parte de su dieta regular.

A Granada, sin embargo, le cabe el honor de ser la cuna de la comercialización de este platillo, así como su nombre.  Aparentemente, la crónica más fidedigna sobre lo anterior es la que fue rescatada por el periodista granadino Augusto Cermeño en la Revista Turistas, del trabajo del Dr. Alejandro Barberena Pérez, que narra que el vigorón fue inventado por María Luisa Cisneros Lacayo, del Barrio La Islita de Granada, conocida popularmente como “La loca” y que tuvo la idea de vender en los juegos de beisbol de la Gran Sultana un plato con yuca cocida, chicharrón y ensalada picante.  Habría que anotar que de alguna manera, María Luisa conocía este plato, que hasta entonces se manejaba a nivel familiar y su gran aporte fue sacarlo a vender a la calle.  Otro gran aporte fue el nombre, que muchos coinciden que lo tomó de un tónico muy de moda en aquella época: el Tónico Vigorón, así que doña María Luisa no estaba tan loca.

Recuerdo que en la farmacia de mi abuelo, uno de los productos más llamativos, no por su fórmula, ni por su demanda, sino más bien por la figura que llevaba en sus envases, era precisamente el Tónico Vigorón.  Este producto farmacéutico era elaborado por los laboratorios Sydney Ross Company de Nueva York y su fórmula contenía lactofosfato de hierro y manganeso.  Ese laboratorio era el mismo que fabricaba las legendarias Píldoras Rosadas o Píldoras de la Vida y era un líder en las medicinas de patente.  Al inicio se ofrecía la presentación como un tónico en jarabe, sin embargo, luego se manejaba también la presentación en pastillas.  La figura que distinguía a este producto mostraba a un hombre forzudo que dominaba a un toro de lidia, de más de mil libras de peso, sometiéndolo mediante una presión descomunal en los cuernos (del toro).  Tenía como lema “Potencia en la sangre”.  Todavía se anunciaba a finales de los años cincuenta, especialmente en los partidos de beisbol que eran narrados por radio, cuando alguien realizaba una proeza exclamaba el locutor:  -Fuerte el muchachón, y su compañero completaba: -Porque toma Tónico Vigorón.  Indudablemente con la aparición de los esteroides el tónico cayó a nivel de placebo.

El vigorón pues entró a la vida pública a inicios del siglo XX y llegó para quedarse, pues desde entonces constituye uno de los exponentes más demandados de la gastronomía nicaragüense, aunque no constituye un plato, sino más bien un tentempié, antojo o refrigerio, que se come generalmente entre comidas.

Cualquiera pudiera pensar que la preparación del vigorón es de soplar y hacer botellas, pues se trata sólo de mezclar, yuca cocida, chicharrón y ensalada.  Sin embargo, la preparación de un buen vigorón es todo un arte.  Todo comienza con la selección de la yuca, pues hay que ser un conocedor de este tubérculo para saber cuál es el óptimo para el propósito, pues su presentación debe reflejar que la misma no sea vieja, ni haya sido maltratada en su manejo y para el conocedor basta una revisión de la consistencia y color del extremo para saber su calidad.  Así mismo, se requiere de cierta experiencia para calcular el tiempo de cocción de la yuca, de manera que llegue a “reventar” debidamente.  De la misma forma, el chicharrón debe ser preparado de manera que quede crujiente y que lleve una cantidad generosa de carne, en este sentido, el estilo de preparación del chicharrón granadino se presta de manera óptima para este propósito.  Otro elemento que pareciera irrelevante pero que tiene sus bemoles es la ensalada.  La misma debe llevar repollo, cebolla, tomate y en Granada principalmente se le agrega mimbro.  El mimbro o bilimbí, es una planta originaria de Indonesia, de la familia de las oxalidáceas y emparentada con el melocotón de estrella o molinillo y cuyo fruto es de sabor ácido.  Estos elementos cortados en tiras pequeñas, debe ser sazonado con vinagre de guineo, el cual debe de estar en su punto, ni muy nuevo ni muy viejo, de tal manera que el Ph del ácido acético alcance un punto determinado y para esto se necesita ser un experto para saber distinguir su calidad.  Al final se le agrega chile congo para darle picante y sal al gusto (de la vendedora).  El vigorón se sirve invariablemente en hojas de chagüite (plátano) y a pesar que a diferencia del nacatamal, no le agrega ningún sabor especial, es parte del ritual de su ingesta.

Por el celo puesto en su elaboración, el vigorón granadino ha cobrado fama de ser el mejor de Nicaragua.  Los puestos en donde se expende este platillo se han convertido en verdaderos santuarios, en donde locales y turistas tanto del país como del extranjero llegan con la ilusión de probar ese delicioso plato.  Los más conocidos son los del Parque Central de Granada o Parque Colón, en donde resalta el negocio de doña Yelba Urbina, mejor conocida como “La gata”, quien pone especial cuidado en los ingredientes que utiliza en la preparación de su vigorón.  También está el negocio que fuera una sucursal de la célebre chichería París. Como parte de su encanto, los negocios del parque, mantienen viejas mesas de madera y sillas de tijera.  No obstante, los verdaderos conocedores del buen vigorón prefieren ir al Mercado Central y probar el vigorón que en cada esquina del mismo, se ofrece como el mejor el mundo, en especial el de las Sevilla que tiene casi cincuenta años ofreciéndolo.  Para los románticos que mientras sienten que la yuca se desbarata en sus paladares prefieren admirar las olas del Lago Cocibolca, también existen expendios en la playa que ofrecen la tradicional calidad del vigorón granadino.  Este platillo debe ingerirse acompañado de un refresco natural, que puede ser chía, linaza, chicha de maíz, cacao o chingue.

Paradójicamente, la mejor yuca de Nicaragua se cultiva en Masaya, sin embargo, en la ciudad de las flores no se ha podido igualar la calidad del vigorón de Granada.  Es posible encontrar un vigorón decente en el Mercado de Artesanías, e incluso en el Mercado Municipal, sin embargo, según los conocedores, dista mucho del que se puede encontrar en Granada.

En San Marcos, hubo una época en que podía encontrarse un vigorón de primera y era elaborado por Aura Gómez, conocida popularmente como “La negra” y cuyo secreto, obviamente, era que el chicharrón lo traía directamente de Granada.

En la ciudad capital, históricamente el vigorón no ha sido jocote que le produzca dentera a los managuas, sin embargo, recientemente se ha hecho célebre el vigorón que se ofrece en uno de los costados de la Rotonda Universitaria, rumbo a La Salle, en donde desde las diez de la mañana puede observarse una considerable aglomeración, degustando un plato de ese nutritivo alimento.

Indudablemente, el vigorón se disputa el primer lugar como el plato nacional de Nicaragua, aunque en estos dorados tiempos, habría que recordar al ocurrente Manolo Cuadra, que en cierta ocasión expresó:

El plato nacional es sin duda, el plato de Baba, porque es el plato del día, el plato del año, y el plato de siempre. En economía, en política, en moral, en deporte, no hacen sino servirnos (y el pueblo lo devora con tanta falta de pudor como sobra de entusiasmo) un plato de Baba.

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Los peregrinos

A simple vista, el vocablo peregrinaje nos podría sonar a una mezcla de devoción, aventura (por no decir vagancia) y superstición.  Sin embargo, esta vocación tan antigua como el ser humano, tiene raíces mucho más profundas de lo que podemos imaginar.  De conformidad con el Diccionario de la Lengua Española, peregrino es: “dicho de una persona, que anda por tierras extrañas”, “dicho de una persona: que por devoción o por voto va a visitar a un santuario, especialmente si lleva bordón y esclavina”.  No obstante, algunos estudios concluyen que el peregrinaje es una búsqueda del ser humano que lo motiva a viajar para encontrar algo muy arraigado en el interior de su ser, otros lo consideran como un ritual que mueve a la reflexión.   Claros ejemplos de lo anterior son el viaje del pueblo hebreo por el desierto en busca de la tierra prometida o el viaje de los aztecas desde Aztlán hasta encontrar Tenochtitlán.

Hay que observar que la costumbre de visitar determinados lugares con especial significación se encuentra en muchas culturas.  Por ejemplo los judíos, además de las visitas al Tabernáculo, tenían los santuarios de Siquén, Betel, Mambré, Sinaí, Monte Tabor.  Los musulmanes tienen a su vez la obligación de peregrinar a La Meca por lo menos una vez en su vida. En India existen centenares de lugares sagrados, para cada uno de los cultos y religiones.

Cuando el cristianismo se consolidó en occidente, allá por el siglo III de nuestra era, se iniciaron las peregrinaciones a Tierra Santa, para visitar los lugares por donde anduvo Jesucristo y recuperar millones de reliquias, que luego dieron lugar a las Cruzadas.  De ahí surgió el nombre de romería y romero, que es el peregrino que llegaba desde Roma.  No obstante, la diferencia entre peregrinación y romería es tan difícil de conceptualizar que ni el Diccionario de la Real Academia aporta elementos que aclaren al respecto.  Para algunos, romero es el que salía de Roma para visitar algún santuario, para otros, el que llegaba a Roma a visitar la ciudad santa, para otros más perogrullos es el que participa en una romería; para algunos, peregrino es exclusivamente el que visita al Papa y otros insisten en que la diferencia radica en la vestimenta que se utiliza.  Como si esto fuera poco, recientemente se acuñó el término Turismo Religioso, que trata de realizar un repechaje o repepena después de agotados los conceptos de peregrinaje y romería.

Es posible que el prurito de la peregrinación hubiese sido traído a nuestras tierras de parte de los españoles, pues a lo largo y ancho de la península ibérica se puede observar una innumerable cantidad de santuarios y demás lugares de peregrinación, como Santiago de Compostela, Nuestra Señora de Loreto, Virgen de la Fuensanta, Virgen de Navahonda, Virgen del Monte, La Esperanza, Virgen del Rocío, Virgen de la Cabeza, San Benito, Virgen de Cortés, San Juan del Monte y muchísimos más.

En la actualidad, en Nicaragua se observa cierta inclinación al peregrinaje desde dos aspectos un tanto diferentes.  La primera tiene que ver con el aspecto religioso, derivada tal vez de la herencia de los españoles, tal vez no en la proporción que lo realizan los estos últimos, pero que resalta como una manifestación cultural de ciertos sectores y regiones.

Dentro de este aspecto, la peregrinación más representativa y que contiene muchos de los elementos tradicionales de estos eventos, es la del santuario de Jesús del Rescate, en Popoyuapa, Departamento de Rivas, a dos kilómetros de la cabecera departamental.  Cada año, para la semana de Dolores, es decir la previa a la Semana Santa, se organiza una peregrinación que parte de los departamentos circunvecinos a Rivas: Granada, Carazo y Masaya.  La tradición marca que la misma debe realizarse en carretas tiradas por bueyes, en las que viajan familias con vituallas para todo el viaje, la estancia y su regreso. Algunos de los peregrinos cuentan con carretas propias, sin embargo, muchos de ellos tienen que alquilarlas, por lo que llegan a pagar más de 120 dólares. Las carretas van adornadas con diversos y vistosos motivos en lo que parece ser una competencia sobre el carruaje mejor adornado.   El viaje hasta el santuario dura aproximadamente cuatro días, realizándose una especie de rendez vous en el río Ochomogo, donde confluyen los peregrinos de los tres departamentos, para iniciar una sola caravana hacia Popoyuapa.

Uno de los eventos fundamentales de esta peregrinación, según don Ramón Valdez rivense cronista oficial de la misma, ocurre en una finca a la orilla del Río Gil González Dávila en donde se realiza una reunión entre los padrinos y ahijados, así como los mayordomos de la festividad. Ahí comparten su comida, conversan, se bañan en el río, las bestias abrevan y la caravana entera pernocta. Lastimosamente en los últimos tiempos, la ceremonia se ha visto secuestrada por agrupaciones politiqueras inescrupulosas que ocupan la peregrinación con fines propagandísticos.  Al día siguiente los peregrinos realizan el último trayecto hasta Popoyuapa.

Los días jueves y viernes de Dolores se realiza una masiva concentración de peregrinos y promesantes, pues hay muchos que llegan por diversos medios, desde los que viajan a pie desde el mismo departamento de Rivas, hasta los que llegan en autobuses de otras partes del país.

La imagen objeto de esta veneración es el Jesús del Rescate.  Aunque de primera impresión este nombre sugiere algún secuestro o fuerzas especiales de tarea, la imagen corresponde a Jesús mostrado al pueblo por Poncio Pilatos, pasaje del Evangelio que algunos pintores inmortalizaron bajo el nombre de Ecce Homo, que en latín significa “He aquí el Hombre”.  El Cristo de la imagen con las manos atadas, luce una corona de espinas y una túnica color púrpura, que según los evangelistas le pusieron los romanos como una burla, pues era el color que demostraba poder en Roma.

Los peregrinos en la antigüedad después de su visita al santuario, permanecían ahí para un período de purificación, de la misma manera, los visitantes de Popoyuapa antes de regresar acampan en los predios vacíos del lugar, escapándose eventualmente a la feria que se instala en el pueblo en donde resaltan los juegos mecánicos, venta de artesanías e incluso un circo que ofrece los espectáculos más fantásticos y espeluznantes de la tierra,   Luego, los peregrinos regresan a sus lugares de origen, partiendo los últimos el martes santo.

Otra renombrada peregrinación es la que se realiza al santuario de El Sauce, en donde se venera a Nuestro Señor de los Milagros o Cristo de Esquipulas, celebración que se realiza el 15 de enero y a donde llegan peregrinos de todas partes de Nicaragua, especialmente de León y del norte del país, aunque también se observan promesantes procedentes de otros países de Centroamérica.  Aunque algunos llegan a pie de localidades circunvecinas, la mayoría se moviliza en autobuses.  En algún tiempo se observaban carretas igual que sucede en Popoyuapa, sin embargo, esta costumbre ha ido desapareciendo.  La imagen venerada es un Cristo crucificado, de color oscuro, de tan sólo 18 pulgadas de altura, que según los historiadores llegó de Guatemala a El Sauce, cuando éste todavía se llamaba Valle del Guayabal, allá por 1723.

Mucho se habla también de la peregrinación que se realiza al mismo Cristo Negro de Esquipulas, pero el que está localizado en La Conquista, Departamento de Carazo.  Este lugar, según cuentan algunos cronistas, representó la más valiente resistencia a la conquista de los españoles, quienes fueron derrotados y muertos en los alrededores de parte de los indígenas que defendían su territorio.  Recuerdo en mi niñez, la emoción de algunos paisanos cuando programaban su peregrinación anual a ese lugar.  Según recuerdo, cada ciudad de Carazo, Granada y Masaya, tenía asignado un determinado viernes dentro de la cuaresma.  Esa peregrinación se realizaba también en carretas de bueyes, aunque en algunos casos algunos grupos se organizaban para viajar en autobús.  A quienes no se nos hacía la gracia de participar en aquel viaje, nos quedaba el consuelo de escuchar al regreso todas las aventuras que corrían los niños que lograban integrar aquellos grupos y que iban desde la natación en las pozas del lugar, hasta historias fantásticas de aparecidos y gigantes.  Eran tradicionales las promesas consistentes en recorrer largos trechos de rodillas, en donde algún devoto daba gracias por haberse curado de una enfermedad terminal o una mujer que debía su prosperidad al “negrito”, como también se conoce al Cristo.

El otro aspecto del peregrinaje que viven los nicaragüenses de hoy es más parecida a la de los antepasados indígenas y se trata de la devoción que guardan nuestros conciudadanos que emigraron a otros países, quienes después de cierto tiempo de trabajar de sol a sol, sienten en su interior el llamado de su tierra y se las arreglan para asegurar tiempo y recursos para viajar con su familia, ya sea durante alguna festividad específica, semana santa, fiestas patria, gritería, navidad, año nuevo, fiestas patronales, o en cualquier momento durante sus vacaciones.  Esta peregrinación cambia radicalmente los medios tradicionales de transporte y se realiza en su gran mayoría en aeronaves y el atuendo se transforma a bermudas, lentes para el sol y una cámara de video de alta definición.  Su promesa, más que desplazarse de rodillas hacia una imagen, es abrazar a los seres queridos, volver a mirar el terruño y recordar la inocencia de la infancia.  Otros paisanos, sin embargo, traerán acaso a su conciencia el dilema planteado por Luis Cernuda en su poema:

Peregrino

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia
de su tierra, su casa, sus amigos.
Del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
sino seguir siempre adelante,
disponible por siempre, mozo o viejo,
sin hijo que te busque, como a Ulises,
sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Agradezco a la gran fotógrafa Celeste González por haberme proporcionado la fotografía y como rivense por adopción por la acertada información sobre la peregrinación a Popoyuapa.

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El inolvidable Nicasito

Sería allá por 1963 ó 1964 que las radiodifusoras de Nicaragua comenzaron a tocar un tema que vertiginosamente se colocó en los primeros lugares de audiencia.  El éxito de ese tema se debía a varios ingredientes.  En primer lugar, lo interpretaban Los Solistas del Terraza, una agrupación musical nicaragüense que ya había alcanzado fama a nivel nacional con sus primeros éxitos, en donde resaltaba la inigualable voz de Adilia Méndez; en segundo lugar era un tema compuesto en un ritmo alegre como es la guaracha, que todavía tenía una gran aceptación entre el público nicaragüense y en tercer lugar porque la canción hablaba de un lugar de veraneo muy apreciado por la población capitalina: Pochomil.  En efecto, la canción tenía el sugestivo nombre Luna de miel en Pochomil y su letra, a pesar de no tener la profundidad que podría tener una canción de Mejía Godoy, tenía frases que cautivaron a la audiencia nacional como “Allí te espera mi barca, sin brújula y sin remos” o bien el coro “Y estando tan solita, qué me puede suceder, bañada por las olas ya tú eres mi mujer”, a tal punto que es muy probable que muchos de los nacimientos de esa época se hayan fraguado al calor de esta sugestiva canción.  El autor de ese tema es William Bendeck y en la promoción del disco, sólo se manejaba como intérprete a Los Solistas del Terraza.

Fue mucho tiempo después que me di cuenta que el intérprete de Luna de miel en Pochomil era el cantante de origen colombiano César Andrade.  Conocí a ese cantante en la televisión, en aquellos programas que bajo diferentes denominaciones manejaron en la década de los sesenta Luis Méndez y Gustavo Latino, en especial Cafetín Musical que patrocinaba el Café Presto.  Uno de los invitados frecuentes de los programas de ese dueto era el pianista y director Raúl Traña Ocampo, quien llevaba a varios cantantes para la interpretación de los temas, en su mayoría boleros y canciones tropicales, destacando una muchacha llamada Sandra Selva y César Andrade.

Cuando ingresé a la universidad a finales de la década de los sesenta, César Andrade ya había cobrado cierta fama, se había separado de Raúl Traña Ocampo y cantaba en varios centros nocturnos de Managua, como El Tropicana, El Gran Hotel, El Kalara, que quedaba en las inmediaciones de El Carmen.   Para ser sincero, nunca pude asistir a uno de esos centros, por razones estrictamente financieras, pues mi presupuesto para el rubro de esparcimiento apenas me alcanzaba para una entrada a la gayola del cine Luciérnaga.  Sin embargo, lo escuché en vivo en una fiesta realizada en el Town Club de San Marcos, en donde la orquesta, que no recuerdo su nombre, llevaba como cantantes estelares a César Andrade y a la popular Sadia Silú.  Así mismo, cuando viví en el sector del Oriental en Managua, de vez en cuando me lo encontraba en la calle, a veces a pie, a veces en bicicleta, en donde resaltaba su figura, pues fue uno de los primeros que usó el  peinado “afro” de manera natural.

Así que a finales de los sesenta y durante los setentas, César Andrade vivió una época de fama y bonanza, pues al igual que cantaba acompañado por Charlie Robb, lo hacía con Tránsito Gutiérrez y en varias ocasiones sirvió de “telonero” en varias presentaciones de artistas internacionales como Olga Guillot, Los tres ases y Marco Antonio Muñiz.   Llegó a ser muy apreciado por toda la comunidad artística nicaragüense que lo conocía como “Nicasito”.  Tal vez César Andrade, cuando dejó la escuela para dedicarse a la aventura del canto, nunca se imaginó que alcanzaría la fama hasta mucho tiempo después y lejos de su hogar.

César había nacido en Barranquilla, Colombia, en el año 1941 y a los veinte años abandonó la escuela para ingresar al mundo de la farándula que lo llevó por muchos lugares, hasta que al final, con una troupe colombiana llamada Bikini Girls, realizó una gira que pasó de Panamá a Costa Rica y luego a Nicaragua.  Es posible que en ese mismo grupo haya llegado a Nicaragua Saadia Silú, de quien se dice que no era brasileña, sino tica.  Por algún motivo, César vio en Nicaragua un lugar en donde podría realizar su carrera artística y a los veintidós años decidió quedarse para probar suerte.  Quien le tendió la mano realmente a César fue Raúl Traña Ocampo quien prácticamente lo dio a conocer en Nicaragua.

César centro su carrera en las presentaciones en vivo y fueron pocos los temas que grabó, entre ellos, además de Luna de miel en Pochomil, Mi novia granadina, el tema del Campeonato Mundial de Béisbol, Corrido a Matagalpa, Dos Amores, Luz y Camino de don Róger Fischer y en especial una versión en salsa que arregló Charlie Robb y con un tremendo sentimiento y voz cantó Andrade, de la tradicional Alforja Campesina de Carlos Mejía Godoy.

Después de casi dieciséis años fuera de Nicaragua, algunos recuerdos se van esclerosando de tal suerte que algo que estuvo presente en nuestras vidas, se ve amontonado por toda una cantidad de experiencias y nuevos recuerdos que les caen encima.  A finales de la década de los noventa, de regreso en Nicaragua, asistí una boda, que para mi sorpresa estaba amenizada por Tránsito Gutiérrez al piano y César Andrade cantando, siempre con su exclamación aquella que le dio tanta fama: ¡A caballo!.  De esa forma regresaron a mi mente todo aquel cúmulo de recuerdos, cuando sonaba a toda hora Luna de miel en Pochomil y aquellos programas en la televisión todavía en blanco y negro en donde Luis Mendez y Gustavo Latino llevaban a los valores artísticos a su programa.   Un par de años después, en varias ocasiones los volví a ver en el restaurante María Bonita.

A finales del año pasado, encontré un tanto escondido en los periódicos locales, una nota que informaba que había fallecido César Andrade.  Por el tamaño de la nota, creí que se trataba de algún homónimo, pues la desaparición de un artista de la talla de Andrade, no podía pasar casi desapercibida.  No obstante, logré comprobar que sí, se trataba del colombiano que por voluntad propia decidió hacerse nicaragüense y que por muchos años había llevado alegría a muchos conciudadanos a través de sus interpretaciones.  También me di cuenta, que los últimos meses había sido flagelado por el Alzheimer a tal punto que se había realizado una moción ante la Asamblea Nacional para tramitarle una pensión, la cual aparentemente se aprobó, aunque un poco tarde, pues fue poco tiempo antes de su muerte.

En mi opinión, los medios de comunicación debieron realizar un homenaje de la dimensión que merecía César Andrade, nicaragüense aunque no de nacimiento, pero de corazón y que llenó el mundo artístico nacional con una privilegiada voz y nos deleitó con tantas canciones a las cuales el imprimió su particular estilo.  Descanse en paz.

Gracias a mi hermano Eduardo, por combatir a mi lado contra el “alemán”.  También agradezco a Celeste González por proporcionarme la formidable foto.

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