Archivo mensual: septiembre 2015

La cagamos por completo

Michael Horn.  Imagen tomada de Internet

 

El mundo entero se quedó atónito cuando el pasado 20 de septiembre, el Presidente y CEO del Grupo Volkswagen de los Estados Unidos, Michael Horn, expresó ante los medios de comunicación, haciendo gala de la mayor naturalidad del mundo: “¡La cagamos por completo!” Lo anterior, ante un enorme escándalo que gira alrededor de un engaño de parte de dicha empresa con relación a los ajustes en sus automóviles para burlar las pruebas de emisión de contaminantes.  En realidad la frase original en inglés fue: “¡We totally screwed up!” y sin ser un especialista en traducción del inglés, estimo que fue muy atinada la versión en español.

No obstante, lo que es realmente sorprendente no es el ex abrupto cometido por el ejecutivo, pues en estos tiempos estas licencias están plenamente justificadas y aceptadas, en donde a medida que quien las emite tiene más poder y/o dinero, se van buscando más eufemismo para esa forma de expresarse y de lo vulgar se pasa a lo folklórico y luego a lo florido.  Lo que me dejó anonadado, fue que una persona de su nivel, conjugara ese verbo en primera persona, aunque fuera del plural.  Puede ser, tal vez, porque estamos acostumbrados a que por estos territorios, es inadmisible que una persona, independientemente de su nivel, acepte que cometió un error, pifia, desliz, desacierto, equivocación o para no ir más lejos, una cagada.

Esta última expresión pueda escucharse un tanto malsonante, no obstante, la Real Academia la acepta como una expresión coloquial que significa: acción que resulta de una torpeza. De esta manera, la misma, es indispensable en el lenguaje cotidiano del nicaragüense.  Ante una situación sumamente adversa es muy común escuchar: ¡Que cagada más grande! ¡Es una cagada de buey leonés! o bien, ante una equivocación ajena: ¡La cagaste!

Lo que casi nunca se escuchará por estos lados es: ¡La cagué! o administrando equitativamente la culpa: ¡La cagamos! Pareciera que hay una tremenda soberbia enquistada en el inconsciente del  nicaragüense que no permite realizar ese ejercicio de humildad para reflexionar y llegar a conclusión de que se equivocó.

La primera reacción de un paisano ante un flagrante error, es buscar a quién echarle la culpa.  Si se trata de un ciudadano común, buscará entre sus vecinos, parientes, amigos, es decir, alguien que pueda cargar ese bulto y sin pensarlo mucho le echará la culpa y en caso extremo, pues culpará al gobierno.    El gobierno por su parte, culpará a la crisis internacional, a la oposición, a las administraciones anteriores y en caso extremo, culpará al imperialismo. De igual forma, la iniciativa privada le echará la culpa al mercado, a la sequía, a los precios del petróleo (no importa que estén a la baja) o finalmente a las políticas del gobierno.

Esto es independiente del tamaño de la cagada, puede tratarse de un simple machucón, una colisión por imprudencia, una obra mal adjudicada o ejecutada, un producto mal elaborado, unas tierras mal distribuidas, una sentencia mal dictada, un diagnóstico mal formulado, un examen mal corregido, un reparto mal construido, un servicio mal suministrado, una agresión física, etc.  El resultado es casi siempre el mismo: la evasión de la responsabilidad y si es posible el traslado de la culpa.

Cuando por convenir a los intereses de quien cometió la cagada es menester pedir perdón, lo más usual es evadir la admisión de la culpa y  pasar directamente, sin precisar por qué, a pedir perdón o bien entre dientes o con tono de ira, como una cobra lanzando su veneno.  Si se puede hacer a destiempo, mejor, algunas “solicitudes” de perdón históricas se han realizado con 50 años de retraso y otra por ahí, después de 300 años.

En este tiempo en que vuelven a soplar vientos de cambio, a lo mejor como consecuencia del cambio climático, hay un clamor de que los países crezcan como nación y en mi opinión, un buen comienzo es cambiar esa actitud de evadir responsabilidades y tener la humildad de admitir cuando se ha fallado.  Como este cambio debe de promoverse de arriba hacia abajo, son las instituciones, los líderes y todo aquel que tiene influencia en la sociedad quienes deben de dar el ejemplo.

Sería muy edificante escuchar: “Con la concesión del canal, realmente la cagamos”, “Con mi egoísmo y ambiciones, me cagué en la oposición”, “En el caso de Las Jagüitas, realmente la cagamos y fue cagada de buey leonés”. “El caso no fue diagnosticado ni tratado seria y correctamente y nuestra cagada llevó a la muerte a la paciente”, “Me dejé llevar por la oportunidad y estafé a esta gente, fue una tremenda cagada de mi parte”, “La cagué toda al privatizar el sector energético”, “La cagué toda al escribir ese artículo”, “La cagué ampliamente al sacrificar mi dignidad por defender a este mamarracho”, “La hemos cagado al hacernos de la vista gorda”, entre otros.

Podría ayudar tal vez, recordar aquellos lineamientos del catecismo para una buena confesión en donde era menester el examen de conciencia, el dolor de corazón, el propósito de enmienda, la confesión de boca y la satisfacción de obra.

Tal vez esto no sería suficiente, pero sería un buen comienzo para forjar una nueva sociedad.  Es más, a lo mejor la estoy cagando al escribir este post, por lo que si es así, humildemente les ruego que me perdonen.

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Yo, ya

 

 

A mediados del siglo pasado era común observar en cada población, una agrupación femenil de carácter religioso, denominada Hijas de María.  Estas agrupaciones eran exclusivas para mujeres, jóvenes en su mayoría, que honraban a la Virgen María, mediante ejercicios piadosos, la búsqueda de la santidad a través de la imitación de la madre de Jesucristo y la promoción del apostolado entre los demás miembros de su comunidad.  Lo más interesante y peculiar de esta agrupación era que las integrantes de la misma, debían de ser “señoritas”.  Aquí es preciso abrir un paréntesis para ampliar sobre dicho término.  El vocablo señorita es un tratamiento de cortesía para denominar a una mujer soltera, sin embargo, debido a que en aquel tiempo no se podía ser tan explícito, el término señorita quería decir, para fines de la membresía en tan exclusivo grupo, que la muchacha en cuestión se mantenía virgen, es decir, soltera y doncella.  Así pues, las Hijas de María, dedicaban su castidad, en pensamiento, palabra  y obra, a la madre del Salvador.  Aquí podría caber una jaculatoria.

En mi pueblo, desde luego, había una de estas agrupaciones y aunque francamente no recuerdo si tenían actividades sostenidas respecto a su apostolado, sí vienen a mi memoria las procesiones que a lo largo de todo el año salían del templo a recorrer las principales calles del pueblo.  En dichas procesiones, resaltaba el grupo de las Hijas de María que iban de blanco en punta, como decían las viejas del pueblo, con sus mantillas blancas en señal de sumisión y con el distintivo que era una medalla ovalada que era sostenida con una cinta multicolor, azul y blanco, si mal no recuerdo.   Encabezando el grupo, una de ellas portaba un estandarte, distinción que me imagino había ganado por antigüedad y/o liderazgo en el grupo.

Aquel contingente tendría una media (estadística, no de Flor de Caña o de nylon) de unos 21.63 años como precisaría El Firuliche.  Algunas de ellas tenían novio oficial, pero en aquellos tiempos, se presumía una compatibilidad entre el noviazgo y la castidad, pues las muchachas en cuestión defendían su doncellez como gato panza arriba, además de la estrecha supervisión de parte de sus respectivas madres, muchas de las cuales forzaban la relación a una simple sujeción de la mano, sin nada de besos, pues eran de la opinión que la que da el “pico” da otra cosa.   Otra parte del contingente, que se situaba al filo de la desviación estándar, estaban con un ojo al gato y otro al garabato, es decir, con uno en la procesión y el otro en la estación del ferrocarril, en donde la máquina emitía impacientemente sus últimos silbatazos.

La tradición marcaba que cuando una de estas señoritas llegaba a contraer matrimonio, había una ceremonia en donde entregaba su medalla al grupo y se despedía, pues no podía regresar después a contar su experiencia.

La anécdota que les voy a contar, la supe de buena fuente y ocurrió en una localidad de Nicaragua, de cuyo nombre no debo acordarme.  No vaya a ser.  Lo único que puedo aclarar, para que no me borren de sus listas mis apreciadas amigas de mi pueblo, es que definitivamente no ocurrió en esa localidad, es más, fue en un lugar un bastante retirado de ahí.

Resulta que en ese pueblo, había una agrupación de Hijas de María, no tan nutrida, pero con suficientes miembros para destacar en las procesiones.  Quien tenía el honor de portar el estandarte era una señorita que no se cocía al primer hervor.  Su belleza era completamente interior, así que se pueden imaginar que no pecaba ni daba tentación.  Podía pues hacerse acreedora del título de virgen y mártir, virgen a la fuerza y mártir del deseo.  El caso es que tenía su honradez a toda prueba y por esa razón había portado aquel estandarte por varios años, siempre con la frente en alto.

El caso es que en cierta ocasión en que había un festejo mayor en el pueblo y toda la población esperaba con ansias ver el contingente de las Hijas de María en la procesión, ocurrió que la capitana del grupo, captó por ahí un virus que la doblegó y se encontraba en cama con cuarenta (grados de temperatura) y se le hacía prácticamente imposible acudir al solemne evento.

Cuando en la casa cural, en donde la agrupación ocupaba un salón para organizarse, escucharon la noticia de la ausencia de la eterna portadora del estandarte.  Después de la conmoción producida por la noticia, comenzaron a barajar nombres y al resultar nominada una de las hijas que ocupaba el segundo lugar en el escalafón, la muchacha en cuestión se sonrojó como un tomate y expresó que ella no era digna de portarlo.  Cuando el grupo protestó, según ellas por la falsa modestia y la presionó para que aceptara, no tuvo remedio que comunicarles: -Es que…  yo, ya.   Un enorme murmullo inundó el salón y entonces alguien decidió nominar a la tercera en el escalafón, quien después de pensarlo un poco se decidió y con una risita de puro nerviosismo dijo: -Ji, ji, ji, yo, ya.  Y así fueron desfilando una por una y resultó que aparentemente todo el grupo había roto su compromiso de castidad que debían a la virgen, o a lo mejor lo que realmente sucedió es que una buena parte del grupo “ya” y la otra que todavía no, para no quedar como desfasadas, lo admitió falsamente.

Fueron todas muy listas al no dar detalles del “ya” y de esta manera quedó flotando la duda sobre la gravedad de la falta de castidad.  El caso es que al darse cuenta el párroco del barullo que había ocurrido en el salón, fue a investigar.  Después de muchas evasivas de parte del grupo, llegó a averiguar la verdad de los hechos.

El cura era, según me comentaron, un viejo zorro y se las sabía todas.  Con un pragmatismo digno de Steve Jobs, sopesó todas las alternativas que se le presentaban y la de suspender la participación de las muchachas, era la peor de todas, pues se llevaría en el saco, no sólo la honra de muchas familias relevantes del pueblo, sino que la credibilidad misma del grupo y por ende de la propia parroquia.  Así pues, decidió que las muchachas participarían en la procesión, como si nada hubiera pasado y después de mucho cavilar, seleccionó a una de ellas para portar el estandarte, no sin antes realizar con el grupo un pacto al estilo Omerta, para que lo sucedido no se divulgara.

En virtud de que en este mundo no hay nada oculto bajo el sol y menos en un pueblo chico, donde como dicen, hay un infierno grande, como sin querer queriendo se fue filtrando la información y parece que al amparo de alguna bebida espirituosa, el cura comentó que había seleccionado a la muchacha que tenía menos probabilidades de sonrojarse para ir cargando el estandarte.  Como en el pueblo, cada quien tenía una pariente en mayor o menor grado en aquel grupo, el incidente se tomó como algo jocoso, sin mayores consecuencias.

A fines de la década de los sesenta, con los vientos del cambio que empezaron a soplar, estos grupos se convirtieron en lo que se llegó a conocer como Comunidades de Vida Cristiana, en donde el ideal de imitación de la virgen, exclusivo de mujeres, dio un giro hacia la formación de hombres y mujeres comprometidos al servicio de la iglesia.

Ya en estos tiempos, es muy raro ver una procesión, especialmente en las grandes ciudades.  Tal vez en los pueblos pequeños sea más fácil el mantenimiento de esa tradición, sin embargo, siempre se extrañará a aquel grupo de muchachas, que con sus vestidos blancos, como anuncio de detergente, marchaban sonrientes, mientras la del estandarte, muy seria miraba como a lo lejos, el tren, lanzando el último pitido, se perdía en el horizonte.

 

 

 

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Los todólogos

Todólogo. Imagen tomada de internet

 

Cuando en los años sesenta unos sacerdotes canadienses llegaron al pueblo para hacerse cargo de la parroquia, tuvieron que enfrentarse a la dura tarea de comprender la idiosincrasia del nicaragüense.  El único entrenamiento que traían eran unos cursos de español para extranjeros que habían tomado en Cuernavaca, México, en un instituto un tanto aislado de la realidad latinoamericana.  De esta manera, tuvieron que entrar de lleno a la vida cotidiana en un lugar que parecía haber salido de una mezcla del realismo mágico de García Márquez con la picaresca de Quevedo.

En cierta ocasión, uno de estos sacerdotes debía realizar algunos trabajos de construcción en la casa cural, de tal manera que por recomendaciones de un feligrés buscó a un maestro de obras para consultarle respecto al trabajo a realizar.  Lo encontró en el parque municipal, en donde muchos paisanos acostumbraban a despachar sus asuntos.  Le planteó sus inquietudes respecto a la obra a efectuar, entonces el maestro aquel comenzó a disertar sobre aspectos de la mecánica de medios continuos, cargas muertas y cargas vivas.  En lo más álgido de su disertación, apareció otro individuo que metió su cuchara con el tema de las vigas rectas simples y las columnas que serían necesarias.  Al observar al grupo que discutía sobre ese tema, poco a poco se fueron sumando ciudadanos que introdujeron los temas de aleatoriedad e incertidumbre, coeficientes de seguridad, métodos de estados límites, entre otros.

El cura abandonó la interesante conversación, pálido y con la boca abierta del asombro y en su camino a la casa cural se encontró con un concejal a quién le comentó: -No sabía que en este pueblo había tantos ingenieros.  El concejal se rió y le dijo: – Vaya ahorita y les habla de los interdictos posesorios y se asustará de cuántos abogados tenemos.

Y es que parece mentira, que sin importar su formación o falta de ella, cualquier conciudadano es un “todólogo” y tiende a opinar, con extrema propiedad, sobre cualquier tema por especializado que sea.   Todo el mundo observa esta cualidad de la manera más natural del mundo, pues en la mayoría de los casos se trata de puras opiniones y conversaciones intrascendentales y son muy pocos los que se atreven a adentrarse y ejercer el oficio ajeno.  A veces, aunque no pase del nivel de simples pláticas, cuando se trata de la profesión u oficio del interlocutor, este puede, como dicen por ahí, engendrar en pantera.

El gremio que más se ofende ante la incursión de legos en su especialidad es sin duda alguna el de los médicos.  Si en una reunión social alguien se atreve a conversar con un galeno o galena sobre cualquier tema que involucre la medicina, lo primero que éste hará es preguntarle su profesión y al darse cuenta que no ha realizado el juramento hipocrático, inmediatamente mostrará su molestia y disimuladamente lo evitará.  Pero si esto sucede en una consulta, ahí la cosa se pone color de hormiga.  Si el paciente le expresa al médico que ha pasado en un estado febril y diaforético, inmediatamente le expresará un tanto molesto: -Hombré, ¿desde cuándo has tenido la calentura y la sudadera?  Si acaso al momento de prescribir una receta el paciente le comenta que el medicamento en cuestión aparece en internet como causante de muchas reacciones adversas, ¡Ay, mamita! Hay que hacerse a un lado pues a pesar de su juramento va a querer apretarle el pescuezo.  Ese paciente mejor le hubiera pegado un sombrerazo a una lora.

Hay casos extremos en que de la simple opinión, algún ciudadano pasa a ejercer el oficio.  Conocí de primera mano el caso de una señora que fue integrando un archivo con todas las recetas que le había prescrito su médico, con el cuidado de anotar en cada una, los síntomas que había presentado y que dieron origen a la prescripción, de tal manera que cuando alguien acudía a ella por un consejo sobre su salud, sacaba su archivo y buscaba los síntomas que se estaban presentando y sin titubear le recomendaba el medicamento que a ella le habían recetado.  Fueron muchos casos en que tuvo un notable acierto y si en alguna ocasión mandó a un cristiano al otro barrio, nunca se supo.

Hay oficios en los que no es posible realizar este tipo de exclusiones, como es el caso de la política, pues es un campo abierto como un potrero.  En este sentido, creo, sin temor a equivocarme que Nicaragua es el país que tiene la mayor cantidad de politólogos por kilómetro cuadrado del mundo.  Todos ellos dejarían sin aliento al propio Nicolás Maquievelo, pues sus análisis sobre este tema tienen una profundidad mayor que la fosa de las Marianas.  Es todo un espectáculo presenciar una discusión sobre la política actual ya sea del país o de la eurozona, cuando la misma ocurre en una mesa de tragos y pasa de una lucidez digna de Saramago hasta una clara plática de presos, cada extremo con su cautivante atractivo.

Todos coincidirán que el deporte es un tema del dominio público y cualquier piche maneja un conocimiento sorprendente sobre cualquier disciplina, ya sea el rumbo que lleva la Champions League, las previsiones para el juego de estrellas de las grandes ligas, los resultados del super bowl o bien las tendencias en la NBA.  Ya ni se diga si se trata de boxeo, pues le recitarán de memoria las tarjetas de cada una de las peleas de Alexis Argüello.

Otro campo extenso que se presta a los todólogos es sin duda alguna la economía.  Cualquier paisano se siente con la capacidad de opinar sobre las tendencias de la inflación interna, el futuro de los precios del petróleo, la desaceleración de la economía china y su influencia en las bolsas del mundo, la calificación de Moody´s a la deuda mexicana y toda suerte de análisis macroeconómicos, aunque en los aspectos micro tienden a ser una nulidad, pues son incapaces de manejar sus finanzas personales y tienen un índice de endeudamiento mayor que el de Grecia, pues su propensión marginal a ahorrar es negativa.

Con la proliferación de las redes sociales y el hecho de que la mayoría de los celulares en circulación son “inteligentes” y tienen cámaras fijas y de filmar, el cuarto poder se ha visto invadido peor que Hungría, pues sobran los reporteros que fabrican su propia nota roja y la ponen al alcance de sus contactos, con la esperanza en que se convierta en “virales”.

Otros conciudadanos manejan una impresionante erudición sobre teología y materias afines, que dejan a sus interlocutores con los ojos desorbitados.  Es frecuente escuchar a personas que con el mayor desparpajo interpretan los pensamientos, deseos y designios del Creador, traduciéndolos a expresiones que dan a entender que el piche en cuestión desayunó con el Altísimo.  Luego como Jehová ante Abraham, administran bendiciones a diestra y siniestra.

Es considerable la cantidad de personas que dominan la psicología en todas sus ramas y siempre tienen a la mano diagnósticos sobre el malfuncionamiento emocional de sus conocidos, así como son capaces de producir un perfil que no tiene nada que envidiarle a un especialista de la Unidad de Análisis Conductual del FBI.  Si se trata del campo motivacional, ni se diga, siempre hay una frase hecha a la medida de las necesidades del individuo menesteroso en este sentido que provocarían la envidia de Paulo Coelho.

De cualquier manera, en el caso en que el todólogo se vea acorralado ante algún experto en la materia, siempre estará a la mano la filosofía mezclada con una alta dosis de cantinfleo, que le permite salir, si bien, no airoso, por lo menos sin caer en el soberano ridículo.

Así se da, a grandes rasgos, el oficio de todólogo por estas latitudes.  Es posible que en el terreno muy específico, este sujeto invariablemente falle miserablemente, por ejemplo si le preguntan la extensión territorial de Nicaragua, la capital de Nepal, la fórmula del área de un triángulo equilátero o los exponentes de la generación del 27 en la literatura española, no obstante, en lo general, muy general, si es posible que mantenga una conversación de altura sin importar el tema que se trate.

Lo extraño es que, conociendo que una considerable proporción de paisanos ejercen ese noble oficio de todólogos, algunas instituciones persisten en considerar a los ciudadanos como si fueran pobres estultos que pueden tragarse cualquier cuento que se inventan al mejor estilo de las mil y una noches.

 

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