Archivo mensual: octubre 2017

México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca el acontecer de ese gran país y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Never my love

Por mucho tiempo tuve la certeza de que el éxito de The Beatles: Yesterday, había roto todos los records de audición a nivel mundial y por lo tanto este logro era válido para los Estados Unidos, sin embargo, haciendo un poco de investigación al respecto, me di cuenta que de acuerdo a información de Broadcast Music Inc. (BMI) en el año 1999, otro tema, alcanzó los siete millones de interpretaciones en la radio y televisión norteamericana, de tal manera que ocupó el puesto número dos en el Top 100 songs of the Century.  El primer lugar lo ocupó el tema You´ve lost that loving feeling, que muchos recuerdan por la película Top Gun, pero que no obstante su historia va mucho más allá de esa película y sorpresivamente, Yesterday apenas alcanzó el tercer lugar.  El segundo lugar lo ocupó el tema escrito por los hermanos Donald y Richard Addrisi y que inicialmente lanzó, hace cincuenta años, el grupo The Association, Never my love.

Era el año 1968 y mis días de “pelón” habían terminado en la UNAN, pues cursaba el segundo año de Economía y había ayudado a trasmitir la tradición de iniciación, peloneado a una buena cantidad de aspirantes del primer año.  En ese año, comencé a tener clases a primera hora de la mañana y por la noche, de tal manera que con el afán de bajar de peso, realizaba a pie el trayecto de veinticinco cuadras desde mi casa hasta la facultad, dos veces al día.  Debo remarcar que disfrutaba al máximo aquellas caminatas en donde atravesaba gran parte de la vieja Managua, transitando mayormente por dos vía principales, la calle 15 de septiembre y luego la Avenida Roosevelt.  Además de los aromas que inundaban mi caminata, diferentes en la mañana y en la noche, estaban los sonidos que se iban sucediendo a lo largo del trayecto, pues abundaban las roconolas y equipos de sonido en diferentes locales, la mayoría de ellos comerciales, de donde emanaba toda suerte de temas, sin embargo, predominaban los éxitos que iban sonando en las radiodifusoras.

En cierta ocasión, un tema se fue repitiendo cada vez más insistente a lo largo de mi trayecto.  Era una interpretación un tanto fuera del común denominador de aquel año, en donde el rock estaba en todo su furor.  Era un ensamble vocal muy bien logrado y con un toque un tanto antiguo.  Me recordó por un momento aquella fantástica interpretación que recientemente habían lanzado Simon y Garafunkel,  Scarborough Fair, que te transportaba a una época medieval y que acertadamente se había incluido en la película El Graduado.

Aquella canción era precisamente Never my love, que había llegado a nosotros con unos meses de desfase.  Había escuchado anteriormente, el éxito de The Association, Cherish, que también tenía una extraordinaria calidad interpretativa y que parecía un tema de película con todo el esplendor de Hollywood.  No obstante, este otro tema realmente me impresionó por aquella armoniosa combinación de voces.  La letra, a pesar de no encerrar una profundidad filosófica, también agradaba, especialmente por la tendencia que ya se sentía hacia el amor casual.  Se trataba de una declaración tan contundente de: nunca me cansaré de ti, mi corazón nunca perderá su deseo por ti y así por el estilo, recalcando en el estribillo, nunca mi amor.  Así pues, era tan especial aquel sentimiento de poder afirmar de manera tan convincente: nunca o siempre.

El hecho de que no tuviésemos acceso a toda la producción musical de los Estados Unidos, no nos permitió darle seguimiento a todo el furor que causó este tema entre los principales intérpretes de la época, pues los covers no se hicieron esperar. Hay algunas interpretaciones que vale la pena mencionar, como las de The 5th Dimension, The Lettermen, Andy Williams, Astrud Gilberto, Johnny Mathis, Barry Manilow, Brenda Lee, The Lennon Sisters, The Casuals, Wilson Pickett, Etta James, Donny Hathaway, Johnny Taylor, Sara Vaughan, Kathy Troccoli, Bryan Adams, Kean Cipriano, Lani Misalucha, entre muchos, incluso existe una versión instrumental en el particular estilo de Bert Kaempfert.  Recientemente, una serie de televisión, Sons of anarchy, incluye el tema interpretado por Audra Mae & The forest rangers.  El asunto es que para 1999, Never my love habría acumulado tantas interpretaciones que completarían un total de 40 años de interpretación continua.

De vez en cuando, me doy un paseo en Youtube, por todos aquellos éxitos y cuando paso por Never my love, de The Association, apenas escucho aquella inconfundible entrada de guitarras y las bien logradas voces enfatizando: “You ask me if there’ll come a time, when I grow tired of you
never my love, never my love…” inmediatamente me transporto a 1968,  a la vieja Managua y siento que revivo mis caminatas cotidianas, en donde me sentía dueño de aquellas calles y de vez en cuando, entraba a una farmacia para pesarme en la báscula, que anunciaba: su peso y su suerte y observaba con deleite que seguía bajando constantemente de peso y entonces no necesitaba que la báscula me predijera mi suerte.  Añoro aquel sentimiento en donde sentía la fuerza interior para poder decir con el mayor desparpajo, siempre y nunca, pues ahora, cuando el horizonte parece acercarse como en zoom, apenas puedo decir: hoy y cruzando los dedos: mañana.

 

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