Archivo mensual: febrero 2008

El Bachiller José María Peñaranda

José Mará Peñaranda

A finales de 1993 escuché por primera vez en las emisoras radiales de México a Carlos Vives, interpretando su versión de “La gota fría”.  Cada vez que la escuchaba me parecía reconocer algo en su ritmo que me era familiar, sin embargo, por más que le ponía mente no lograba encontrar el elemento de esa música que tanto me llamaba la atención.  Fue a inicios de 1994 en una excursión a Tepito, el famoso barrio de la fayuca en el Distrito Federal, que un merolico me ofreció a un buen precio el CD original de Clásicos de la Provincia de Carlos Vives.  En esa época, aún en Tepito, se podían conseguir discos originales y a precios bastante accesibles.  Motivado por la curiosidad lo compré y empecé a escucharlo repetidamente hasta que en cierto momento, logré descifrar el misterio.  Se trataba de una versión refinada, como destilada para la exportación, de la música del Bachiller José María Peñaranda. 

Durante mi infancia, la extrema cercanía del Salón Rosado con la botica de mis abuelos me hizo testigo de la cruda batalla que durante muchos años libraron por la popularidad la Sonora Matancera y el Bachiller José María Peñaranda, quienes ocupaban gran parte del gusto de los sanmarqueños.   La música de Peñaranda tenía la particularidad de atraer más adeptos, debido a que desde el párroco hasta los jefes de las familias tradicionales del pueblo, incluyendo a mis abuelos, la habían condenado y puesto en primer lugar de su lista negra. 

El motivo de la aversión exagerada hacia la música de Peñaranda obedecía a que el compositor colombiano, poco a poco, fue subiendo el tono de la picaresca de sus canciones.  Este cantautor había iniciado su carrera a la fama con la popular canción “El hombre caimán”, que con el tiempo se transformó en la célebre “Se va el caimán”, preferida por muchos para adaptar sus coplas en todos los tonos posibles, incluso aquellas dedicadas a Francisco Franco cuando a pesar de sus promesas se negaba a abandonar el poder.  También había compuesto la versión original de la canción “Ya me voy p´a Cataca”, que los cubanos se encargaron de cambiarla por la popular “Ya me voy pa´ La Habana”.  Posteriormente compuso “La cosecha de mujeres”, que años más tarde el intérprete sinaloense Mike Laure, la hiciera famosa fuera de Colombia. 

En su siguiente etapa Peñaranda se dedicó a componer temas de doble sentido, en donde su particular voz se encargaba de imprimirle el timbre bandido que el tema demandaba, con un ritmo que era el típico de la región del autor, la Costa Atlántica de Colombia y que con ligeras variaciones es la misma música de la vecina región de Valledupar, que posteriormente se llegó a conocer como Vallenato.  En la misma predominaba el acordeón, la caja y la cacharaca, que es una especie de guaira, aunque Peñaranda le agregó guitarra, bajo y tumbadora; sin embargo, los ritmos que predominaron en su música fueron el Paseo, el Merengue y el Son, que son los mismos que se manejan en la música del Vallenato.  A pesar de que Peñaranda no se considera en Colombia como exponente de esa música, en Nicaragua durante los años cincuenta y sesenta fue prácticamente el único representante de la música del norte de ese país. 

Durante todo el año, tanto el Salón Rosado como todos los antros con roconola de San Marcos y su periferia se encargaban de difundir a Peñaranda y su música a los cuatro vientos; sin embargo, cuando llegaban las fiestas de abril, éste parecía hacerse omnipresente, pues la feria que se instalaba en el parque central ponía su música incansablemente día y noche y ni siquiera los caballitos se escapaban de las pícaras canciones del Bachiller. 

En la inocencia de mi niñez no alcanzaba a comprender el escándalo que provocaba la música de Peñaranda, pues las letras de sus canciones me parecían de lo más natural.  Por ejemplo, en ese tiempo las rutas hacia La Concha y a Masatepe eran todavía caminos de terracería, por lo tanto era común que un viaje por las mismas fuera cuestión de una tremenda polvareda, así que la canción de este trovador que decía “en el carro con Leopoldo se embarcó doña María y en el camino decía, comadre mire que polvo”, no significaba para mí nada fuera de lo normal.  Era común que algunos taxis que viajaban a La Concha hicieran una breve parada a la altura de la pila de Sapasmapa, para que los pasajeros descansaran un poco de la polvareda, por lo tanto el grito de Leopoldo: “que paren el carro, no aguanto este polvo”, para mí era lo más natural del mundo. 

En realidad, en la mayoría de las letras de sus canciones, el cantautor dejaba a la imaginación del oyente la interpretación que éste les quisiera dar, pues no hay palabra mal dicha, sino mal interpretada.  Cuando Peñaranda se aventó la cerca fue cuando compuso La Opera del Mondongo, en donde no dejó nada a la imaginación, explicitando las mayores bascosidades que pudieran imaginarse.   

Cuando en Nicaragua a mediados de los años sesenta, el rock, la balada y un poco la cumbia se fueron afianzando en el gusto popular, debido en gran parte a la ampliación del espectro radial y a la expansión del uso del radio portátil, poco a poco la música de Peñaranda fue desapareciendo de las preferencias del público, hasta caer casi en la extinción.  Hoy en día, el nombre de Peñaranda muy pocos lo conocen y muy ocasionalmente se menciona, salvo tal vez cuando una señora de muchos abriles ya no logra mantener la tersura de su cutis ni con el Botox, se dice: “está más arrugada que el acordeón de Peñaranda”. 

Sin embargo, este cantautor continuó por mucho tiempo más su carrera artística en su país.  A finales de los años sesenta compuso una canción sobre la escasez de alimentos en Cuba, pero en vez de enfocarla desde la perspectiva de las causas que la provocaron o contrastarla con la abundancia de otras cosas, la orientó, sin enchinársele la piel, hacia una dura crítica a la negación del problema de parte del régimen de Fidel.  A pesar de que no se adivina ninguna intención política en esa composición, pues nunca fue el estilo de Peñaranda, la misma le valió la animadversión de algunos intolerantes.  En fin, su carrera artística fue maratónica y al final de la misma todavía tuvo la oportunidad de dedicarle un tema a la Viagra. 

En febrero de 2006, a la edad de 98 años, el Bachiller José María Peñaranda cambió su acordeón por un arpa y actualmente debe de estar provocando la alegría de los ángeles que gozan de la gracia de sus canciones. 

A finales del siglo XX se dio una corriente que se dedicó a reivindicar a ritmos, autores o intérpretes que en su momento no gozaron de la preferencia de la intelectualidad.  Así escuchamos al gran Serrat interpretar “Soy lo prohibido”,  tema que cuando en su oportunidad lo cantaba Olga Guillot hacía sonrojar a más de una dama. También encontramos que en México se elevó a Chava Flores a la categoría de trovador urbano y en España a Chavela Vargas casi a los altares; Tania Libertad por su parte, revivió los boleros de Julio Jaramillo.  Por esto, tal vez sería tiempo de comprender un poco más la perspectiva de este cantautor y considerarlo, no como un exponente de la música “arrancamonte” como se decía en Nicaragua, sino como un juglar de la música picaresca Latinoamericana y darle su verdadera dimensión. 

Es más, me atrevería a sugerir un homenaje a través de un album, que podría llamarse “Querido José María” o “Peñaranda, eres magnífico”, en donde los grandes exponentes de la música en español interpretaran los temas de este trovador.  Por ejemplo, a Serrat se le daría muy bien “Que polvo”, a Joaquín Sabina le saldría nítido “El clavo”; el nuevo estilo de El Consorcio estaría muy bien para interpretar “La pringamoza”, por su parte Pablo Milanés podría discutirse con “No metas la mano”, mientras que Ana Belén y Víctor Manuel podrían hacer el dúo para “Las cuatro hijas”, Alberto Cortés estaría pintado para “La inyección” y la potente voz de Plácido Domingo alcanzaría para cantar “El gato se lo comió”.  En Nicaragua también podría lograrse algo similar, con La Camerata Bach interpretando una versión barroca de “Las viuditas”, el dúo Guardabarranco podría lograr una buena versión de “El peluquero”, Norma Helena Gadea por su parte, podría cantar “Teresa la Panadera” y Carlos Mejía Godoy gustosamente podría encargarse de “Las dos hermanas”, mientras que Luis Enrique de “Las Secretarias”, Otto de la Rocha cantaría “El banano” y Keyla Rodríguez cerraría con “El coco de Rosa”. 

En fin, mientras se logra ese merecido homenaje, sirva el presente post para recordar con cariño a aquel trovador que aderezó la vida de tantos nicaragüenses con su candente ritmo y que con sus letras echó a volar su fértil imaginación.   

JOSE MARIA PEÑARANDA: QUE POLVO  JOSE MARIA

PEÑARANDA: EN CUBA NO FALTA NA´   

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El Gran Firuliche

Firuliche

Entraba al pueblo a hurtadillas.  Nunca nadie lo vio llegar.  De repente, el aroma que llegaba desde los cafetales empezaba a mezclarse con un extraño olor que a veces parecía el de animales hacinados, a veces el de trapos húmedos y a veces el de sudor.  Las viejas, que tenían un olfato privilegiado, inmediatamente comenzaban a decir: -huele a circo. 

Los únicos sorprendidos éramos los niños.  Era época de vacaciones en la escuela y la quietud en las calles se rompía cuando una voz amplificada por un megáfono metálico, grande como un embudo de aljibe, empezaba a exclamar: “Llegaron los payasos, llegaron los trapecistas, llegó el circo, llegó la alegría”.  Luego se iniciaba una procesión al ritmo de una mínima banda en donde predominaba un saxofón y que era encabezada por un equilibrista montado en unos gigantescos zancos; luego venía toda la troupe y en el centro, como un rey, desfilaba con la frente en alto y sacando pecho el gran Firuliche, figura central del espectáculo y propietario del circo más famoso de Nicaragua.   

En un momento el cortejo se multiplicaba con la muchachada que felizmente seguía a los payasos y recorría las principales calles del pueblo, ante las miradas, a veces complacientes a veces desconfiadas, de las amas de casa que dejaban sus tareas para salir a observarlo.  Los señores por su parte se mostraban entusiasmados al ver a las sensuales “rumberas”, bailarinas que siguiendo los pasos de Tongolele y Ninón Sevilla, vistiendo minúsculas vestimentas vistosamente adornadas, se contorsionaban frenéticamente al ritmo de mambos o merengues. 

La llegada del circo despertaba una serie de mitos y leyendas que circulaban de pueblo en pueblo, como el disparate de que si alguien asistía a la función con la camisa al revés, el trapecista irremediablemente se caía.  También se hablaba de que el burro Torcuato, compañero inseparable de Firuliche, era en realidad un jovenzuelo a quien un brujo había convertido en animal.  Otros hablaban de una “rumbera” que a mitad de su danza había entrado en trance y poseída por un espíritu maligno se había despojado de su vestimenta, quedando en traje de Eva, ante la mirada atónita de la audiencia y la lascivia de los señores, hasta que el maestro de ceremonias intervino tapándola con una alfombra. 

Mi asistencia a la función del circo era motivo de un extenso debate en mi casa, en donde mis abuelos y mis padres discutían sobre el pulguero que desataban los animales, el vocabulario non sancto de los payasos, el erotismo de las “rumberas”, lo insalubre de la carpa y temas aledaños; sin embargo al final siempre obtenía la visa de salida y el dinero para la entrada, no sin antes recibir una batería de recomendaciones. 

El circo se instalaba en un solar ubicado una cuadra al este de lo que hoy es la entrada principal del Ave María College.  A pesar de que San Marcos no era una plaza tan apetecible como Jinotepe, el circo lograba una aceptable asistencia.  Nos situábamos estratégicamente en las tablas que servían de butacas y esperábamos impacientes el inicio del espectáculo. Durante cerca de dos horas observábamos atentos los atrevidos actos de los trapecistas, los bailes sensuales de las “rumberas”, las acrobacias de un personaje cuyo nombre no logro recordar, pero que era el as de la rola-rola, los actos sorprendentes de un prestidigitador, la actuación de la gran Tulita que con los dientes maniobraba unas sillas de madera, las cuales pasaba por encima de su cabeza y las disparaba metros atrás de su escultural figura.  No obstante, lo más esperado era la aparición de Firuliche y sus payasos, entre los que recuerdo a Rabanito, Zocotropo y Pochi Pochi.  Firuliche robaba la atención de toda la audiencia con sus chistes y sus actuaciones con el burro Torcuato, que era tan listo que todos creían lo del cuento del muchacho embrujado y si todavía estuviera vivo, ya la UNI le hubiera concedido un honoris causa.  Sus canciones provocaban interminables risas del auditorio, en especial la que hablaba de una bicicleta, aunque nunca supe si eran parodias u originales.  

Salíamos contentos de la función y por muchos días era el tema obligado entre la gente del pueblo, cada quien relatando aquello que más le había impresionado.  La alegría que nos traía el circo nos duraba al menos hasta la entrada a clases. 

Después de una semana, de la misma forma en que llegaba, así también desaparecía el circo de Firuliche.  Una mañana amanecía el solar vacío y nadie más volvía a saber del circo hasta el año siguiente.  

En una ocasión, cuando el circo llevó el espectáculo de la Gran Tulita, un maestro del pueblo llamado Camencho se enamoró perdidamente de la acróbata y desapareció del mapa.  Dicen que anduvo de ayudante, luego de equilibrista, el caso es que muchos años después, cuando corrieron los rumores de que la Gran Tulita se había desnucado, regresó al pueblo y nadie logró arrancarle la verdad sobre su estancia en el circo.  Otro año, Melba Quant, también se perdió y cuentan que la vieron de trapecista cuando el circo llegó a Estelí. 

Creo que es difícil concebir la niñez de muchos nicaragüenses sin la presencia de Firuliche, la ilusión que provocaba su circo y la alegría que momentáneamente pero a manos llenas le llevaba al pueblo. 

Es la fecha y todavía algunos nicaragüenses reflejan instintivamente el espíritu de Firuliche, ocurriendo con mayor frecuencia en el mundo de la política.  Hace algunos años, trabajé con un Ministro que súbitamente se transformaba en la viva imagen del genial payaso.  Hubiera sido grandioso si lo hubiera hecho en una carpa, sin embargo, en un Despacho Ministerial parecía una escena kafkiana.  La solemnidad que suelen darle estos funcionarios a su cargo, estaba en su caso trastrocada por una actuación firulichesca, llena de chistoretes, salidas según él graciosas, canciones y demás manifestaciones histriónicas.  A veces su traje, que parecía  donado por el Salvation Army, invitaba a mirarle a los pies, para ver si calzaba aquellos zapatotes combinados del inolvidable payaso.  Cuando era entrevistado por los medios de comunicación, respondía con una canción o con una anécdota que no venía al caso, presumiendo además de una memoria prodigiosa al inventar datos y espetarlos con el mayor desparpajo con el detalle de cinco decimales, poniendo a “parir chayotes” al departamento de estadísticas, que hacía malabares para que los medios no descubrieran el “tapazo”.  Se hacía acompañar de un tipo que hacía de su comparsa y que en ocasiones me hacía evocar al espectáculo con Torcuato.  También era todo un show ver los rostros incrédulos de los representantes de la cooperación internacional, durante sus pintorescas intervenciones.  Esto nos enseña que no es lo mismo un payaso que administró bien su circo que un Ministro bien payaso que creía estar en un circo.  

Ahora que tengo la oportunidad de ver por la televisión el tremendo espectáculo del Cirque du Soleil, que me deja atónito, recuerdo con más cariño aquel circo de carpa remendada, piso de tierra, asientos de tabla de madera y si me dieran a escoger entre una entrada VIP al Cirque y volver a ver a Firuliche (el original), sin pensarlo mucho elegiría a este último.  

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Arráncame la vida

Agustî Lara

El gran compositor mexicano Agustín Lara, conocido en el mundo de la farándula como “El flaco de oro” se refugió en el bolero para dar rienda suelta a un estilo muy particular, lleno de adornos y metáforas gongorinas, alrededor de temas escabrosos que cautivaron al público latinoamericano.   

Cuando por los años treinta el tango invadió a México, al igual que algunos compositores mexicanos, Lara se animó a incursionar en el mundo de este género y compuso su famoso tema “Arráncame la vida”.  El estilo del Flaco de Oro se prestaba para producir un tango con las altas dosis de dramatismo que este género demanda y logró una canción que hubiera sorprendido al mismo Gardel; con bandoneón, arrabal y mucho sentimiento.  Presumía Pedro Vargas “El samurai de la canción” que su compadre Agustín la había compuesto especialmente para él, sin embargo la versión en la voz de Lara contiene más sentimiento que la de Vargas e incluso que la de Libertad Lamarque. 

La canción se convirtió en un éxito en toda Latinoamérica y acompañó a los románticos enamorados que ofrecían su existencia al ser amado.  En Nicaragua la canción caló en lo más profundo de los corazones nicas, tan propensos a lo trágico y cuando en 1954 Agustín Lara llegó a Managua para una serie de conciertos, uno de los temas más solicitados fue precisamente “Arráncame la Vida”. 

En los momentos en que este tango estaba en pleno apogeo, uno de nuestros compatriotas que se encontraba al borde de la lipidia, al ser requerido de parte de un acreedor, exclamó con todo sentimiento “arráncame la vida”, en señal de que lo único con lo que contaba era su existencia.  Desde entonces, esa expresión quedó acuñada en nuestro vocabulario como un sinónimo de pobreza extrema o de la ausencia, temporal o perenne, de dinero.  Generalmente se utiliza acompañada del tan socorrido verbo del nica: andar; “ando arráncame la vida”; “el pobrecito andaba arráncame la vida”. 

Existen también otras expresiones equivalentes, pero menos elegantes, como por ejemplo estar o andar “palmado” o bien “palmolive dorado”, así como otra más reciente “andar en las Malvinas”  Todas estas expresiones reflejan la sinceridad conveniente del nicaragüense, que saca a relucir una condición que pareciera sempiterna y en donde a la menor provocación no tiene otra salida más que declararse en quiebra. 

Como de todo hay en la viña del Señor, también existen nicas que temen mostrar su verdadera situación financiera y recurren a cualquier eufemismo; “es que ando corto de liquidez”, “estoy experimentando una ausencia temporal de efectivo”, “no me han confirmado mi remesa” o bien “el plástico se me quedó en la otra cartera”.  Por su parte, una amiga de la Alianza Francesa, tres chic, con una sutil elegancia decía: “Je suis arrache-moi la vie”. 

El Flaco de Oro cantó “Adiós Nicanor” en 1970; una simple caída en su casa se le complicó y la Parca le tomó la palabra y le arrancó la vida.  Con el tiempo, poco a poco su música fue desapareciendo del gusto popular y hoy está bastante olvidada.  Debe ser que títulos como “Te vendes”, “Perdida”,  “Aventurera” o “Pecadora” ya no sorprenden a nadie.   No obstante, la expresión “Arráncame la vida” se mantiene vigente en nuestro país, pues a pesar de los titánicos esfuerzos de sus políticos, que al borde de una meningitis inventan soluciones al problema de la pobreza extrema, cada vez más nicas la enarbolan como una cotidiana divisa personal. 

AGUSTIN LARA INTERPRETA SU COMPOSICION “ARRANCAME LA VIDA” 

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Una de chibolas, gaseosas y colas

Royal Crown Cola

Los nicaragüenses padecemos de sed.  No sólo de “una sed de ilusiones infinita” como ayer no más decía Rubén, sino también  de una insaciable necesidad de hidratarnos, de regresar al cuerpo lo que el clima nos arrebata de manera inclemente. Afortunadamente todavía tenemos agua en cantidades envidiables, sin embargo, existe en nuestra cultura una marcada predilección por lo dulce, aunque sea bajo la elemental forma de calmar la sed.  Por eso tradicionalmente el nica ha recurrido a los refrescos naturales para calmar su sed y su gula y de ahí nacen una serie de delicias al paladar como el pinolillo, el cacao, el tiste, la granadilla, la chía, el pozol, la chicha, la semilla de jícaro y tantos más. 

Sin embargo, cuando John Pemberton inventó la Coca Cola en 1886, vino a revolucionar la forma de saciar la sed en todo el mundo y de esta forma esta gaseosa se convirtió uno de los íconos más representativos del siglo XX.  De manera extensiva las bebidas carbonatadas marcaron una era en la comercialización de productos de consumo masivo. 

En Nicaragua, la producción y consumo de gaseosas data de inicios del siglo pasado cuando entusiasmados inversionistas locales adquirieron el know how y los utensilios para producirlas artesanalmente.  A estas pequeñas fábricas se les conoció con el nombre de “chibolerías” debido a que en esa época los envases de las gaseosas eran sellados con una pequeña esfera introducida en el interior del recipiente de vidrio y que por efectos del gas, subía y tapaba la botella, por lo que a estos refrescos se les conoció con el nombre de “chibolas”, que no tiene nada que ver con el término utilizado en Perú. 

Fue en el occidente del país en donde tempranamente floreció el negocio de las “chibolas” y las empresas Lacayo y Flores se disputaron el mercado regional.  En Managua también se instalaron estas “chibolerías” resaltando la famosa Chibolería Gil que estuvo localizada en la esquina de la Calle Momotombo y la 6ª. Avenida Oeste, a unas cuadras de La Hormiga De Oro.  Muchas ciudades del país contaban con su “chibolería” que surtía al mercado local, por ejemplo en San Marcos el pionero de este negocio fue don Félix Vallecillo y posteriormente con mayor éxito don Juan Molina Zeledón quien tenía cubierto además de este rubro, el negocio de las roconolas de toda la zona urbana y rural del municipio.  

A pesar de que una gran proporción de la población seguía prefiriendo los refrescos naturales, poco a poco la afición por el sabor especial de las bebidas carbonatadas fue incrementándose, conformándose un mercado interesante para las empresas extranjeras.  De esta forma, a mediados del siglo XX comenzó a producirse la Coca Cola de parte de la Embotelladora Milca, propiedad de don Miguel Ignacio Lacayo, hijo del dueño de la Chibolería Lacayo de León.  También la Embotelladora Nacional, S.A. ENSA inició la producción y distribución de la Pepsi que se convirtió en la marca rival de la Coca y que tenía en ese entonces una amplia preferencia entre los consumidores capitalinos.  Para esa época ya las chibolas, como medio para sellar los recipientes, habían pasado a la historia y se utilizaba la corcholata, que los nicas la bautizaron con el nombre de tapa de chibola. 

Para los años cincuenta el mercado de gaseosas había crecido significativamente y debido a que no habíamos ingresado a los esquemas proteccionistas posteriores, la oferta de este producto era quizás más variada que en la actualidad.  Además de la Coca y la Pepsi estaban presentes las marcas Canada Dry que ofrecía la Ginger Ale, así como refrescos de diferentes sabores, incluyendo a la inolvidable Spur.  También estaba la marca Old Colony que tenía como logo la silueta  de un personaje de la época de la independencia de los EE. UU. y que ofrecía una variedad de colores y sabores.  De producción nacional estaba la Milca Roja, que se hizo famosa por ser la protagonista de un sonado caso de envenenamiento en Masaya.  También estaba la San José, una gaseosa con sabor de naranja que se embotellaba, al igual que la mayoría de las sodas, en la carretera Norte.  La ENSA tenía además del Club Soda, refrescos de diferentes sabores.  Una gaseosa que gozaba de una gran popularidad debido a que no contenía mucho gas y sus sabores eran tenues, era la Cristal, que embotellaba la fábrica de Galletas Cristal de la familia Guerrero y que desafortunadamente con la intromisión de NABISCO en el negocio de las galletas, esta delicia de soda desapareció del mercado.   

También apareció fugazmente en el mercado una gaseosa que aparentemente había nacido en Cuba, la Ironbeer, que tenía un musculoso atleta como logotipo.  Luego apareció la Royal Crown Cola, con larga tradición en los EE. UU., cuyo sabor no competía con la Coca ni la Pepsi, pero se lució con una famosa promoción de premios en las corcholatas llamada las siete cabritas. Luego la Coca Cola introdujo la Fanta con sus sabores de uva y naranja, compitiendo con la tradicional Orange Crush.  Una de esas embotelladoras trajo de manera muy casual la Nesbitt con sabor a mandarina y también la Citrón de sabor a grapefruit. 

Una categoría muy aparte la constituían las kolas, que siguiendo la tradición de la Coca Cola original, se vendían como tónico, pues afirmaban que contenían esencia de kola importada y la promocionaban como ideal para la convalecencia de enfermos; por eso se vendían en farmacias a un precio más elevado.  En esta categoría estaban la Kola Shaler y la Kola Carthier, la primera producida por la familia Robleto y la segunda por la familia Lacayo de León.  Todo enfermo con ciertos recursos consumía una buena dosis de estas kolas y en algunos pueblos era el acompañamiento ideal para las visitas protocolarias a los enfermos convalecientes. 

De gratos recuerdos era la Chipiona que era una gaseosa que venía en un envase pequeño, tal vez unas 6 onzas, pero de un sabor muy agradable.  Sólo se vendía en el establecimiento del propietario que estaba localizado en la 6ª Avenida Suroeste a unas cuadras de la calle 11 de julio.  

Por los años sesenta una empresa trajo los famosos Jarritos de México, que venían en sabores muy parecidos a los naturales.  Estas gaseosas no tuvieron éxito y al cabo de un par de años desaparecieron del panorama.  Otra fugaz fue la Tropicola que no pudo competir con las gigantes tradicionales. 

A mi en lo particular me gustaba la Old Colony roja, supongo que era de fresa, la Spur, la Canada Dry anaranjada, la Cristal Champán y la Jarritos de tamarindo.  Mi padre a pesar de ser médico nunca nos prohibió el consumo de gaseosas, aunque mi abuela se inclinaba a que consumiéramos Cristal, que era más ligera.  Las chibolas las teníamos prohibidas pues nos decían que el agua con que las preparaban no era completamente limpia y las botellas no estaban bien lavadas, aunque en una ocasión por pura curiosidad probé de manera clandestina una verde y me supo a menta.  En los años sesenta, la ilusión de obtener un yo yo Russell, me fomentó el consumo de Coca Cola, pues se necesitaba cierta cantidad de corcholatas de esa soda para acceder al mismo, cuando los yo yos eran todavía de madera, posteriormente cuando los asumió la Fanta ya eran de plástico.  La Kola Shaler de las convalecencias no me deleitaba, más bien la apuraba como medicina.  En mi época de universitario me aficioné a las Chipionas, en particular una de uva que bien helada sabía a gloria. 

Con el tiempo, los dos colosos de las gaseosas, la Coca Cola y la Pepsi Cola fueron absorbiendo a las otras empresas productoras, de tal suerte que constituyeron un oligopolio que manejó por mucho tiempo casi la totalidad del mercado.  Con sus agresivas campañas publicitarias han logrado acaparar cada vez un segmento mayor en este consumo e incluso han logrado incrementar el consumo per cápita del producto.  Sin embargo, en los últimos años se han visto sorprendidos por empresas embotelladoras foráneas que a través de hábiles métodos de comercialización y precios muy competitivos, han venido a arrebatarles un segmento no despreciable de la clientela, como es el caso de la Big Cola de Perú y la Salva Cola de El Salvador. 

En la actualidad la gaseosa sigue siendo una importante preferencia en el consumo de refrescos, aunque en términos comparativos el consumo per cápita de Nicaragua es el menor de Centroamérica, pues alcanza, como precisaría Firuliche, los 41.25 litros al año, comparados con los 55 de Panamá o los 60 de Costa Rica, todos ellos muy lejanos al de México que alcanza los 150 litros.  Son varios factores lo que determinan estas diferencias, en primer lugar podría ser el factor ingreso, pues para muchas personas es más fácil y barato calmar la sed con una o dos bolsitas de agua helada de la que venden en los semáforos; en segundo lugar podría mencionarse la persistencia en el gusto nacional de los refrescos naturales y yo mencionaría otro, un tanto aventurado, que es el hecho de que en los años ochenta gran parte de la población se acostumbró a beber licor a la “mano pelada”, ligando sus tragos con agua o simplemente al straight, en México por ejemplo, la gaseosa es indispensable para ligar tanto el brandy como el ron. 

La chibola, ahora como gaseosa en envase de vidrio y producida en pequeña escala, se ha negado a morir.  Todavía puede encontrarse en remotos lugares; algunas veces me he encontrado con camionetas cargadas de cajillas con esta gaseosa allá en la carretera Norte, por ENABAS, sin embargo, su futuro está íntimamente ligado a la existencia del vidrio como elemento de envase.  Al momento de desaparecer los envases de vidrio es muy probable que la tradicional chibola pase a la historia, a menos que sus productores entren a la reingeniería para utilizar envases PET.  Los refrescos naturales por su parte, a medida que las frutas y demás materias primas, incluyendo el azúcar, necesarias para su elaboración sigan subiendo de precio, se convertirán en un lujo y su consumo será exclusivo de las clases pudientes.  

El destino de las bebidas carbonatadas en muy difícil de predecir, desde mi humilde criterio, estimo que pasará un rato para que las formas de mitigar la sed sufran cambios drásticos y es posible que los cambios climáticos que se avecinan, más los adelantos en las ciencias médicas y nutricionales obliguen a la humanidad a modificar sus métodos de hidratación.  Para mientras, cada quien debe disfrutar al máximo la bebida de su preferencia.  A mí me gustaría por probar una vez más una Old Colony roja, con bastante hielo; tal vez al mejor estilo de Marcel Proust,  su sabor me ayudaría en la búsqueda del tiempo perdido.  

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La casa de Bazán

Foto de FlickrCC

Había en San Marcos un sujeto que era amigo de lo ajeno.  En un pueblo tan pequeño era fácil identificar a quienes aprovechándose de la oscuridad de la noche o de la soledad de algún hogar en el día, se agenciaban lo que velozmente podían sustraer de esas casas.  El tipo en cuestión se llamaba o le decían Bazán y era famoso no tanto por sus habilidades para sustraer lo ajeno, sino por su cinismo, pues no tenía empacho en mantener abiertas las puertas de su casa, desde donde se lograba observar un sinfín de objetos que claramente mostraban su dudosa procedencia.  Ahí se podía ver un tomo solitario de una enciclopedia, piezas aisladas de un juego de cubiertos, una taza sin escudilla, cuatro piezas de ajedrez, una retratera sin foto, zapatos nones, un love seat, un flash sin cámara, tres pastores y un rey mago sin camello.  

Ahora, en pleno siglo XXI, muchos comercios de Nicaragua me recuerdan la casa de Bazán.  No es que dude de la acrisolada honradez de sus propietarios, sino que el surtido de sus almacenes pareciera que estuviera a cargo de este personaje, pues da la impresión que obedece al azar o a la oportunidad y no a una política eficiente de administración de inventarios. 

Si por ejemplo, usted va a un supermercado, cualquiera que sea, al cabo sólo hay dos o tres cadenas, es muy probable que observe que muchos productos aparecen como resultado de un bingo o de una rifa, de tal manera que a como los puede encontrar, puede que no, pero lo más seguro es que quién sabe.  Un producto de primera necesidad como es la leche, de repente la busca en envase tetrapack y no hay ni uno en el estante, aunque la semana anterior hubiera un modesto surtido o bien no encuentra leche fresca y los estantes están abarrotados de leche de soya.  La lechuga que encontró el miércoles, el viernes desapareció por completo del mostrador y pueden pasar quince días sin que la encuentre.  Las diferentes marcas de soda parecen turnarse para aparecer y desaparecer de los anaqueles. También están los productos que llegan como invitados de ocasión, que los ofrecen una sola vez y nunca más los vuelve a encontrar, como si fueran muestras que obsequiara el fabricante.  

En una ferretería que vende artículos para el hogar en donde adquirió la cerámica para el piso o el baño de su casa,  dos semanas después, cuando se enteró que le hacían falta algunos metros cuadrados del producto, regresa al establecimiento y se encuentra que la misma se agotó y no existe la posibilidad de que reciban el diseño que usted compró.  Si usted necesita en estos momentos baterías para el control remoto de la alarma de su automóvil, más vale que las encargue a los EE. UU., pues desde hace algunos meses no hay en toda Nicaragua. 

Hay una famosa expresión que dice: “de todo como en botica”, sin embargo, en el ramo farmacéutico a pesar de sus amplios márgenes comerciales, de igual manera de repente como por arte de magia un medicamento desaparece y hay que llamar al médico para que recete un sustituto.  Por ejemplo, si busca Bonadoxina, más vale que se acostumbre al mareo o utilice un similar o si busca el antiácido TUMS, alcanzará la dispepsia antes de tener la gran suerte de encontrarlo. 

En las zapaterías no se llega al extremo de ofrecer zapatos nones, sin embargo, no encontrará un mismo modelo en todos los números, sino que pareciera que cada uno tiene su propio surtido, mismo que se va haciendo más pequeño en los números extremos.  Lo mismo sucede en las tiendas de ropa, necesita una alta dosis de suerte para encontrar lo que anda buscando y en su talla. 

No creo que exista una escasez regional de productos o que el sector comercio atraviese una crisis tal que no cuente con capital de trabajo para mantener sus inventarios.  Más bien creo que este sector, con el afán de maximizar sus ganancias, compra lotes de ocasión y de esa manera va surtiendo sus inventarios conforme consigue ofertas de determinado producto.  Si no consigue un precio atractivo para algún bien, simplemente no lo compra y que el consumidor se aguante, al fin y al cabo el nica está acostumbrado al comercio de ropa por paca, en donde se compra lo que trae el lote, hasta que se acaba. 

Dicen que Bazán emigró a los Estados Unidos en donde enderezó su vida y trabaja de security en un super mercado.  El tiene la suerte de encontrar todos los productos que busca y ahora su departamento está modesta, pero completamente arreglado y sólo guarda celosamente el tomo 3, ya de un rojo descolorido, de la Enciclopedia BARSA.

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