Archivo mensual: noviembre 2015

El día que lloró Lupita

Francisco Gutiérrez

 

En mayo de 2008 escribí un post llamado “Con tanta sinceridad”, dedicado al gran compositor nicaragüense Rafael Gastón Pérez.  Una de mis principales fuentes fue el libro escrito por Francisco Gutiérrez Barreto: “Ven a mi vida con amor”, en el que el autor profundiza sobre la vida y obra del compositor.  En mi post, me extendí más en su emblemático tema: “Sinceridad” y la variedad de intérpretes de ese bolero, sin adentrarme mucho en la biografía de Gastón.

Generalmente en mis post no participan muchos comentaristas y lo entiendo, pues por un buen tiempo esos espacios de comentarios en blogs y medios digitales se han convertido en muros en donde cualquier barbaján empieza a trollear a los lectores interesados en participar en un diálogo de altura.  En especial, cuando una arista del tema pueda desviarse hacia lo político, se suscitan verdaderos enfrentamientos que rayan en lo grotesco y lo soez.

No obstante, en dicho post, se originó un espacio enriquecedor con aportes de diferente naturaleza que complementaron el artículo.  Me sorprendió que uno de esos comentaristas fuera el propio Francisco Gutiérrez Barreto.  A pesar de que se trataba de una verdadera autoridad en la materia, pues en lo particular siempre he considerado que ha sido uno de los musicólogos más serios y profesionales, sus comentarios en mi artículo fueron ajenos a cualquier pedantería y con el único propósito de enriquecerlo y de paso establecer diálogos con gente interesada en el tema.

Me impresionó mucho esa humildad con que Francisco planteaba su erudición y me quedó la inquietud de conocerlo personalmente, sin embargo, cosas de la vida, nunca se dio la oportunidad.

Pude haberlo conocido en el Instituto Pedagógico de Diriamba, sin embargo yo ingresé unos tres años después de que él se bachillerara en ese centro, por cierto, con altas calificaciones.  En los corredores del IPD, había una galería con las fotos de todos los bachilleres que habían egresado de ese instituto y de vez en cuando recorría aquellos grandes cuadros con gentes que me parecían mucho mayores que los 17 años que debían tener.  Ahí entre las promociones de inicios de los años cincuenta estaba Francisco.

El joven siguió sus estudios universitarios en el prestigiado Instituto Tecnológico y de Estudios Superores de Monterrey, en donde se graduó, con honores, de ingeniero mecánico eléctrico, hazaña que hasta esa fecha ningún nicaragüense había alcanzado.  También se destacó al cursar sus estudios en el INCAE.  Posteriormente, su pasión por la cultura lo llevó a estudiar arte y literatura italiana en la Universidad de Perugia, Italia.  Desde luego, llegó a dominar varios idiomas.

Cabe aclarar que en su estancia en México, el mambo estaba en su furor y el cha-cha-cha comenzaba a irrumpir en el mundo musical, por lo cual el joven tuvo la oportunidad de apreciar esa música en sus propias fuentes y de paso aprender los secretos para bailar correctamente esos ritmos.  En su estancia en el Tecnológico de Monterrey, Francisco participó en el conjunto estudiantil “Voces y ritmos” donde estuvo a cargo de los bongós.

De regreso en Nicaragua, Francisco inició una fructífera carrera profesional en donde ocupó puestos gerenciales, como fue el caso de la empresa Nicaragua Machinery Company, distribuidora de John Deere, Caterpillar y otras afamadas marcas de equipo pesado.  También pude haberlo conocido ahí, pues a finales de los años sesenta e inicios de los setenta, llegué a visitar regularmente a esa empresa a cobrarle a una secretaria ejecutiva, pero tampoco llegamos a coincidir.

Además de su notable desempeño en su trabajo, Francisco le dedicaba tiempo a su pasión que era la música y el baile.  Tenía un gran dominio del mambo, cualidad que salía a relucir en las fiestas de la época, en donde todos lo conocían como Pancho Mambo y que en ocasiones era combinado con el equivalente: Chico Mambo.

En el año 1966, Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo, vino a Nicaragua a amenizar una fiesta en la recién inaugurada Cuesta Country Club, a la cual asistió Francisco y se dio el lujo de bailar un mambo con una actriz vedette mexicana que integraba la troupé de Carefoca y desde luego se lució.

A inicios de los años setenta, Francisco se enamoró de una muchacha venezolana, de tal manera que la siguió hasta su natal Venezuela, para lo cual debió  dejar su cargo gerencial en la Nicaragua Machinery Company e iniciar una nueva vida en aquel país.  Al poco tiempo, se casó con la muchacha venezolana y formó su hogar allá.

Varios factores se conjugaron para convertir a Francisco en un dedicado investigador de la música, en especial de la música latinoamericana, en los géneros romántico y tropical.  En primer lugar su pasión por la música y el baile, que le hacían conocer y recordar infinidad de temas y autores, además de poseer una extraordinaria colección de discos en todos los géneros.  En segundo lugar, su disciplina y dedicación para investigar sobre estos temas.  En tercer lugar, su retiro profesional que le proporcionó el tiempo necesario, así como una situación financiera holgada, que le permitieron visitar las fuentes primarias, sin importar que estas estuvieran situadas en Cuba, Puerto Rico, México, Colombia, Miami y ni se diga en su natal Nicaragua.  Fue un viajero incansable y un acucioso investigador que perseguía a los personajes a fin de conocer el fondo de los temas musicales que abordaba.

En la década de los noventa Francisco mantuvo una columna en el Nuevo Diario, en donde con maestría disertaba sobre temas musicales, culturales y en general de la idiosincrasia nicaragüense.  Además, su conocimiento de la vieja Managua lo llevó a redactar artículos en donde describía con asombroso detalle, las principales calles de la capital.    En 1998 realizó una recopilación de estos artículos sobre una amplia diversidad de temas culturales y los fusionó en un libro que dedicó a Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo y que tituló: ¡Qué le pasa a Lupita!…No sé.  Es interesante que a pesar de que por su título aparenta estar compuesto por la biografía y obra musical del popular Carefoca, el primer capítulo del mismo se titula: Nicaragua, siempre en mi corazón.  Se convirtió en una costumbre del autor, rematar sus artículos con la frase: “Qué le pasa a Lupita”

Creo que es importante resaltar que en el citado libro, se publica una carta que Francisco dirigió en 1994 al popular actor cubano americano, Andy García, respecto a la promoción que estaba realizando este último de Israel López “Cachao”, colocándolo como el creador del mambo, en un documental realizado el año anterior, con el titulo: “Cachao…como su ritmo no hay dos”.   En dicha carta, Francisco defiende a ultranza el sitio que ocupó Pérez Prado en la producción y difusión del mambo a nivel universal y declaraba a Cachao como un desconocido, por lo menos para la juventud latinoamericana de los años cuarenta y cincuenta.  Ignoro si Andy García contestó la misiva de Francisco, lo cierto es que el propio Cachao, que falleció en 2008 en Miami, declaró en una ocasión: “Si no fuera por Dámaso Pérez Prado, el mambo no se hubiera escuchado mundialmente”.

En el año 2003, Francisco volvió a juntar una colección de artículos, siempre sobre una amplia gama de temas culturales y lo centró en la figura del gran Gastón Santos y lo tituló “Ven a mi vida con amor” título basado en la primera estrofa de “Sinceridad”, popular bolero de este compositor y que cité al inicio de este artículo.  Es pertinente resaltar que el primer capítulo de ese libro también lleva por título: Nicaragua siempre en mi corazón.  Creo que está por demás subrayar la enorme devoción que Francisco sentía por su patria.

Francisco también le dedicó un libro al gran compositor Justo Santos, autor de la canción que es considerada como un segundo himno nacional: La mora limpia.  El libro publicado en 2008 lleva por título “A Justo Santos: La mora limpia”.  Ese mismo año, Francisco publicó el libro “165 boleros famosos y sus historias, 37 nicaragüenses” una concienzuda historia del bolero que se desarrolla básicamente en un triángulo de oro formado por Cuba, México y Puerto Rico, sin dejar afuera las principales manifestaciones en el resto del continente.  La obra está por un centenar de fotografías alusivas a dicha historia.

Su último libro publicado en 2012 adaptado a la era digital, compuesta en cuatro tomos en disco compacto, fue un trabajo que encierra el esfuerzo de Francisco por muchos años, coleccionando historias, canciones, biografías de autores e intérpretes, fotografías, discos, para integrar lo que denominó El libro de la farándula cubana (1900-1962).

En mayo de 2011, la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua tuvo el acierto de incorporarlo a ese órgano como miembro correspondiente.

La madrugada del pasado 8 de noviembre Francisco Gutiérrez Barreto, falleció a causa de un infarto fulminante.  Desafortunadamente, la noticia de su desaparición nos llegó a destiempo y de manera un tanto tímida de parte de los medios de comunicación, que magnifican los estados de Madonna, Justin Bieber o Charlie Sheen.  Es absurdo que pretendan algunos medios que lloremos la partida de Chabelo de Televisa y no por la irreparable pérdida de verdaderas figuras connacionales.  Es de justicia resaltar la excepción, pues el periodista Arnulfo Agüero que estuvo muy cerca de la carrera de Francisco, insistió en varios medios la noticia de su partida, recordando a sus lectores la trayectoria de este nicaragüense ejemplar.

Sirva este artículo para presentar mi respeto y admiración por ese egregio conciudadano, a quien como cronista, no soy digno de desatar las correas de sus sandalias y vayan para sus familiares y amigos, en especial de su natal Masaya, mis más sinceras condolencias.  Estoy seguro que la sociedad sabrá organizar los homenajes que Don Francisco merece.

¿Qué le pasa a Lupita?

 

 

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Los días que caminamos encorvados

Chikonguña.  Imagen tomada de internet

En materia de enfermedades, el nicaragüense prefiere pensar que cualquier estado de salud es producto del azar.  Le es muy difícil realizar apreciaciones estadísticas en cuanto a las probabilidades que emanan de tomar ciertos riesgos.  No es común observar a una persona que cambie radicalmente sus hábitos alimenticios a fin de reducir las probabilidades de desarrollar la diabetes,  que deje de beber con el propósito de evitar una cirrosis hepática, que haga a un lado las grasas para alejarse del riesgo coronario o que abandone el cigarrillo para no darle oportunidades al cáncer de pulmón.  De esta forma, hasta cierto punto se puede vivir un buen rato pensando que muchas enfermedades son propias de los demás.  Hasta que la ruleta se detiene señalando su nombre.  O también, cuando aparecen las epidemias virales.

Hemos vivido un buen rato bajo la espada de Damocles, en cuanto a que en cualquier momento aparecerá una epidemia viral que puede diezmar a la humanidad.  Gracias a la globalización, cualquier brote en nuestras antípodas puede llegarnos en cuestión de meses, sino de días.  Un primer ejercicio lo vivimos con el famoso H1N1, que aunque según algunos conspiracionistas se trató de un fraude mundial para que las farmacéuticas de deshicieran de millones de dosis de un antibiótico que estaba a punto de caducar y los gobiernos tuvieron que bailar al son de la alarma, no obstante, este tipo de epidemia nos puso a reflexionar respecto a que no importan las precauciones que se puedan tomar al respecto, si a dos cuadras de distancia un individuo estornudó con el viento a su favor, es decir en contra nuestra y un solitario y microscópico virus entra directo a nuestros pulmones: ¡Te llamabas!  Por eso fue que cuando hace un año el virus del Ebola amenazó con transformarse en la peste del siglo XXI, el mundo vivió días con el fondillo a dos manos.

A pesar de que por muchos años las enfermedades transmitidas por los zancudos (aquellos de la familia de los culicidae, no los culerae de la oposición) han azotado a los países tropicales, con malaria y dengue entre otras epidemias, actualmente el virus del chikonguña (españolización del original chikongunya) parece que se está ensañando con la población.  No importa que se tomen las medidas precautorias de cedazos en las habitaciones, mosquiteros, rociado de zipermetrina o baygón, aplicación de repelente, abatización,  si al andar de tránsito en otro ambiente le tocó la rifa de un zancudo portador y éste se va directo al lugar donde no hay repelente, ya estuvo.

Este virus se detectó por primera vez aparentemente en Africa en los años cincuenta y en la última década se fue esparciendo por el mundo, de tal manera que la región centroamericana desde 2013 experimentó un crecimiento que se fue haciendo exponencial, de tal manera que en la actualidad alcanza tasas alarmantes.

El problema con esta enfermedad es que no se realizado suficiente investigación y por lo tanto no existe vacuna, ni un fármaco específico para el padecimiento, sino que remedio para algunos síntomas, sobre los cuales no parece haber consenso.  Ataca en forma selectiva, pues  intensidad de los síntomas pueden variar en cada individuo.  En el sistema nacional de salud, lo tratan de manera sui generis, pues en las órdenes de reposo consignan en el diagnóstico:  cuadro febril, nunca chikunguña y de manera estándar recetan de tres a cinco días de reposo, más una dotación de ibuprofeno genérico.

Pareciera ser una enfermedad diseñada para las condiciones de los países empobrecidos, pues los síntomas se presentan a plazos, un cuadro un tanto severo de prima y luego abonos en los cuales vuelven los síntomas en diferentes grados.  No es remoto que una empresa comercial que se adueñó del concepto del Black Friday, reclame derechos por haberse copiado el virus la venta en abonos de los síntomas de la enfermedad.

Para que no vayan a pensar que hablo al peso de la lengua, quiero relatarles mi experiencia personal con esta enfermedad.  Debo de admitir que en un inicio pensé que eran pocas las probabilidades de que la contrajera, sin tener ni una base probabilística que lo sustentara.

En la última semana de octubre, una mañana comencé a notar cierto dolor en las articulaciones y cierto decaimiento.  Esto no es ajeno en mí, pues tengo severos daños en las rodillas, me faltan las suprarrenales del riñón izquierdo, así como el 87.23% de la tiroides, como precisaría el Firuliche.  Me extrañó un poco, sin embargo, recién habían diagnosticado a un familiar en nuestra casa con ese virus, así que me puse en alerta.  La fiebre que registré esa tarde, me confirmó que había caído con el chikunguña.   El dolor en las articulaciones se intensificó en la noche y la confirmación final me vino en la mañana cuando no pude sostenerme en pie.  No quise correr ningún riesgo, pues una caída era inminente y un hueso a esta edad, no pega, así que me receté reposo.  El Tylex logró bajarme la fiebre, no así el dolor.  Comencé a investigar y me salían dos alternativas, una era el naproxeno que presentaba riesgos para la presión arterial y el corazón y la inyección de betametasona que presentaba reacciones adversas en dosis sostenidas.  En los días subsiguientes tenía que preparar y pagar planillas, las cuales no pueden esperar, así que realizando una evaluación beneficio costo de los tratamientos, me decidí por la inyección de betametasona.

Parece que el fármaco hizo efecto de tal manera que al cuarto día logré levantarme, al inicio caminando como Tiranosaurio Rex, encontrando la razón al nombre de chikonguña, que quiere decir en un dialecto de los makonde en Africa, “aquel que camina encorvado”.  Por más que uno le eche producto de gallina al asunto, el cuerpo no responde y no tiene otra alternativa que caminar totalmente encorvado.   Poco a poco, la situación fue mejorando y los dolores disminuyendo, no sé si debido a la acción del fármaco o a la disminución de la afectación.   Pasé unos días sin sentir ningún dolor, no obstante a los ocho días, los dolores comenzaron a regresar, esta vez en diferentes partes de las piernas, ahora también en los brazos y en las manos, a tal punto que ciertos movimientos como destapar una botella, se hace toda una proeza.   Aparecieron calambres, especialmente nocturnos, cierta leve rasquiña, no obstante, decidí no volver a recurrir a ningún fármaco.   También investigué sobre otras afectaciones internas como la inflamación de órganos como el hígado y los riñones, por lo cual para no correr el menor riesgo, decidí no probar ni una gota de licor.  Debo admitir que no me ha hecho falta.

Al convertirse en un tema de conversación obligatorio en cualquier reunión, los afectados intercambian experiencias y me he dado cuenta que por un lado hay casos mucho más graves, con dolores más intensos, más prolongados, cuadros febriles que llegan hasta las convulsiones, severas intoxicaciones por los analgésicos,  hasta algunos suerteros que presentan cuadros muy leves, como ocurre en la mayoría de los niños y jóvenes.

A los 21 días de las primeras manifestaciones, se mantienen algunas ligeras molestias y no es remoto que algún día el dolor regrese magnificado y logre tumbarme nuevamente.  Pero así es esto.  Un virus nos hace ver nuestra fragilidad y nos hace ensayar la decrepitud.

Es probable que en un par de años, si el cuerpo resiste ese tiempo, el chikunguña sea tan sólo un recuerdo, un episodio de nuestras vidas cuando caminamos encorvados, antes de tiempo.

 

 

 

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