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México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca el acontecer de ese gran país y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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El Tigre

 

Mil novecientos sesenta fue un año funesto para mi abuelo.  En febrero murió mi abuela y él se quedó, como decían: “como papalote sin cola”.  Poco a poco se fue abandonando y se dejó morir.  Nunca fue una persona que desbordara alegría; no cantaba, no bailaba, no reía a carcajadas, de tal manera que su dolor, al perder a su pareja de casi cincuenta años, se manifestó en una terrible depresión que se le adivinaba en sus ojos, en su respiración, en su voz.

Nada volvió a ser lo mismo para él.  Hacía las cosas como por inercia y todo en él gritaba la desgarradora ausencia de mi abuela.

Una mañana apareció por su botica un individuo preguntando por él.  Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los ochenta años.  Tenía un aspecto descuidado, su cabello y bigotes eran completamente blancos y de pronto parecía uno de aquellos mineros de la fiebre del oro en California.  Sin embargo, lo más notorio en él era un constante temblor, especialmente en su mano derecha.  Mi abuelo fue a recibirlo y el anciano aquel lo abrazó y le dijo algo, mi abuelo no dijo nada y simplemente lo invitó a sentarse en la salita improvisada en su negocio.  Comenzaron a conversar en voz baja y al rato, mi abuelo solicitó que le llevaran de desayunar a su visitante.  Al rato, la tía Leticia, sobrina de mi abuela, se apareció, con cara de pocos amigos, con una bandeja con café con leche y un bollo de pan.  El visitante con cierta dificultad tomó todo el desayuno y después de conversar un rato más con mi abuelo se despidió.

A partir de aquella ocasión, el individuo aquel comenzó a frecuentar sus visitas a mi abuelo y se llegó a hacer la costumbre que la tía Leticia, ahora sin necesitad de requerimiento, se apareciera con el pocillo de café con leche y el bollo de pan.  Conversaban un rato, después de lo cual el personaje aquel se despedía y se iba.

Cierto día la tía Mélida, media hermana de mi abuela, se encontraba en la botica, pues ella se movía entre Masaya y San Marcos con su venta de lotería y de lecheburras y resultó que cuando salió a la botica se encontró con mi abuelo que conversaba con su visita, quien con la dificultad de siempre apuraba el café con leche, acompañado de su bollo de pan.  La tía Mélida lo miró y después de un instante, lo reconoció y se quedó helada.   Fue hasta donde estaba la tía Leticia y le espetó: – ¿Qué hace ese hombre aquí?  Ella, con tranquilidad le respondió: -Es una visita de Don Emilio, creyendo que eso bastaría para que se calmara.  Al contrario, casi morada de la indignación le dijo: -Pero si es El Tigre.  La tía Leticia, que siempre buscaba como hacerle guasa a su tía, le dijo: – Será muy tigre, pero ahora ya ni ruge.   La tía Mélida que había cambiado a un morado subido, le dijo con la respiración entrecortada: – Ese tipo es un matón, ahí donde lo ves, tiene su cementerio particular, además tiene los siete vicios del garrote.  Total ante el individuo aquel, el propio Juan Charrasqueado quedaba como San Francisco de Asís.   La tía Leticia, ajena a todos aquellos antecedentes, se limitó a decir: – Es una visita de Don Emilio.

En otra época, la tía Mélida hubiera insistido con mi abuela para evitar la presencia de aquel malévolo personaje, sin embargo, al faltar ella, la correlación de fuerzas en aquella casa había cambiado drásticamente.  Mi padre, a quien le hubiese correspondido intervenir, trabajaba a tiempo completo en el Hospital Bautista y cuando le comentaron, no quiso provocar ninguna contrariedad a mi abuelo, pues como médico, sabía que su salud iba en franco deterioro.

En efecto, al poco tiempo, mi abuelo tuvo que ser hospitalizado debido a un enfisema derivado de tantos años de fumar, además que otros factores habían comenzado a provocar ciertos episodios de desubicación.  Al salir del hospital, mi padre estimó conveniente que mi abuelo se trasladara a nuestra casa, pues ahí podía tener un seguimiento más cercano de parte de mi madre en el día y de mi padre por la noche.  Un poco a regañadientes mi abuelo se trasladó.

Lo interesante es que a pesar de que mi abuelo no estaba más en su botica, El Tigre, seguía llegando, entonces solo por su desayuno.  Esto ponía a la tía Mélida de mal humor y no cesaba en su perorata protestando por aquel compromiso que de forma gratuita se había echado encima la tía Leticia y que según esta última era solo una muestra de consideración a Don Emilio.

En nuestra casa, más que su botica y su alquimia, lo que más extrañaba mi abuelo eran sus cigarrillos.  Mi padre le había prohibido fumar y a pesar de que entendía que era por mejorar su condición, no se resignaba a dejar el placer de fumarse un cigarrillo.  En cierta ocasión, me suplicó con tanta vehemencia que le consiguiera un cigarrillo, que la verdad no pude negarme y fui a la pulpería a conseguir su Esfinge y aprovechando que mi madre estaba preparando la comida, salimos al porche y ahí fumó aquel cigarrillo, con tanta fruición que de pronto sus ojos parecieron recobrar el brillo que habían perdido.  Aproveché aquel estado de extremo placer de mi abuelo para preguntarle de dónde conocía al Tigre.  Para mi sorpresa, me contó la historia.

Por los años treinta, mi abuelo buscó fortuna sembrando granos básicos en la costa del Pacífico, al sureste de San Rafael del Sur, en la zona conocida como Tancabuya.  En ese menester, tuvo ciertas diferencias con unas personas del rumbo, con quienes llegó a agrias discusiones y al final, aquellas personas decidieron emboscarlo en su camino de regreso a San Marcos.  En efecto, en un paraje lo estaban esperando, lo bajaron del caballo y estaban prestos a hacerlo picadillo, cuando del recodo del camino apareció un individuo que pistola en mano comenzó a disparar contra los atacantes.  Luego, el tipo aquel, se acercó a mi abuelo, le preguntó si estaba bien y le dijo que siguiera su camino sin temor.  Mi abuelo le agradeció y siguió su camino.  Los pormenores de aquel episodio, en especial la suerte que corrieron sus atacantes se los reservó mi abuelo. Me dijo que era cierto que ese sujeto había realizado muchas tropelías, pero que en su caso, le debía la vida.   Fue entonces que comprendí, la deferencia que tenía mi abuelo por el famoso Tigre.

En septiembre de 1961, falleció mi abuelo después de una prolongada agonía.  Todavía después de su muerte, El Tigre, compungido llegaba por su desayuno a la botica.  La tía Mélida le repetía hasta el cansancio a mi tía Leticia que muerto el ahijado se acabó el compadre, pero aquella no hacía caso y seguía brindándole su pocillo de café con leche con su bollo de pan.  En cierta ocasión, la Tía Mélida, a falta de argumentos para evitar aquella situación, la amenazó diciéndole que si no dejaba de servirle a El Tigre, cuando ella muriera le iba a salir.

Al poco tiempo, una tarde que regresaba en bus del colegio, al llegar a mi casa, me encuentro con un sinnúmero de silletas de tijera, una cantidad considerable de personas que al ingresar me daban el pésame.  Como dice el Prócer: “Se me fueron los pulsosmmmm”  Hasta que vi a mi madre quien me abrazó y me dijo en voz baja: – Tu tía Mélida.   Le había dado un infarto fulminante.  En un rincón estaba la tía Leticia, con una expresión de terror en sus ojos.   Después del entierro, le pidió a mi padre que le diera posada para dormir en nuestra casa pues no quería pasar una noche más en la botica.

A partir de entonces, no volvió El Tigre a aparecerse por la botica.  Sería tal vez que la tía Leticia de alguna forma ante la amenaza de la tía Mélida lo cortó o sería que algo le sucedió al felino aquel.

Ya son casi sesenta años desde que conocí al Tigre y parece mentira, pero todavía lo recuerdo muy bien.  Cada vez que alguien que en su juventud cometió todo tipo de desmanes y en su tercera edad, a la sombra de sus canas, ofrece una imagen de beatitud, de quien no quiebra un plato, recuerdo aquella figura, triste, luchando ferozmente contra los estragos del Parkinson, bebiendo dificultosamente su café con leche y haciendo malabares con el bollo de pan para llevar el sustento a su boca y conversando en voz baja, con cierto tono papal, olvidando tal vez el rugido de antaño, la mirada feroz y cómo no le temblaba la mano para tomar su Colt Peacemaker y vaciar los seis cartuchos del tambor sobre alguna desafortunada humanidad.

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La del vestido rojo

La del vestido rojo.  Imagen tomada de internet

CUENTO.  BASADO EN HECHOS REALES.

Faltan diez minutos para las cuatro de la tarde y en aquel recóndito pueblo, las nubes se confabulan para esconder por un rato al timorato sol de diciembre y una ráfaga de viento levanta una nube de polvo en la rústica calle que de pronto pareciera haber adquirido cierta solemnidad ante el cortejo fúnebre que la recorre en su marcha hacia la parroquia, misma que no necesita ser nombrada pues es la única que existe.  Un fino ataúd de madera preciosa es llevado a la usanza de aquel pueblo, en hombros de familiares y amigos, con un marcado balanceo, “chiqueado” como dirían ahí.   Le siguen, una mujer que no llega a sus cincuenta años, acompañada de cuatro mujeres jóvenes, todas ellas de riguroso negro, cubierta sus cabezas con finas mantillas de ese mismo color.    Luego, una nutrida concurrencia de personas esforzadas por lucir de manera circunspecta para la ocasión.  Algunos en la parte posterior del cortejo, se atreven a conversar en muy baja voz.

La viuda, lleva una expresión un tanto indescriptible.  No parece haber compunción. No llora y en su rostro no hay asomo de alguna pasada lágrima.  Sus hijas, más bien reflejan cierto asomo de temor.  Como si para todas ellas, aquel sepelio fuera un amargo trago que debían apurar.  Entre los acompañantes, tampoco se adivina ninguna expresión grave, ni siquiera por solidaridad. Uno de los que cargan el ataúd, es el único que refleja un dolor contenido; seguro algún hermano del difunto.

De pronto, cuando el cortejo alcanza la esquina próxima a la parroquia, del cafetín ahí ubicado, sale súbitamente una mujer.  Todos los acompañantes del difunto, sin excepción, la voltean a ver, como dicen, tragándose la campanilla.  No por su figura, pues es de estatura más que regular y de cuerpo bien conformado, sino porque está vestida completamente de rojo.  Incluso sus zapatos hacen juego al color de su vestimenta, al igual que su collar y pendientes, mientras que su cabello, negro azabache, es sujetado por un aro del mismo color.  Lleva unos lentes oscuros, no tanto como para esconder sus ojos, sino como para esconder de sus ojos, la escena que tiene frente a sí.

La viuda al verla, la reconoce inmediatamente y siente que un fuego con un sabor entre amargo y ácido sube por su esófago y amenaza por llegar a su boca.  Se trata de su hija. Tiene varios meses de no verla y en ese tiempo parece haber embarnecido, además, tiene una expresión que nunca le conoció.  Denota seguridad y una actitud retadora.  Detrás de ella se ha colocado, como protegiéndola, un tipo alto, fornido, que luce blue jeans, una camisa a cuadros y botas vaqueras.  La concurrencia también llega a reconocerlos y comienza a cuchichear.

En el preciso momento en que el féretro pasa frente a la pareja, el hombre hace una seña a alguien al interior del cafetín y de pronto, una roconola comienza a tocar una pieza a regular volumen.  Al escucharla, todos parecen trastabillar.  La viuda se detiene, al borde del colapso, de tal forma que una de sus hijas la toma del brazo para que no caiga.  El allegado al difunto que carga el ataúd, casi echa espuma por la boca, sin embargo, vuelve a ver al hombre de la acera y observa que de la cintura se asoma una Colt .45 automática.  La roconola sigue con la pieza que ha llegado al estribillo:  “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar, no vaya a resucitar”.

El momento que le tomó al cortejo pasar por aquella esquina se hizo eterno.  Cuando finalmente calló la música, la pareja se dirigió a una camioneta estacionada cerca de ahí y se perdió en la distancia.

Ya en la salida del pueblo, la del vestido rojo no pudo más y rompió en amargo llanto.  El hombre le tomó la mano y simplemente le dijo: -Ahora sí, amor, ya todo terminó.  Pero no era cierto, aquello no terminó ahí y a decir verdad, parecía que nunca terminaría.  De repente, la mente de la muchacha se transportó a aquella misma calle, que unos meses antes. ella, vestida de blanco, recorría hacia el altar del brazo del ahora difunto.  En ese entonces, ella se esforzaba por mostrar felicidad y serenidad, pero en el fondo se moría de los nervios, mientras que su padre, lucía una cara de pocos amigos.  Desde el momento en que su hija comenzó su noviazgo con el que ahora sería su marido, él se había opuesto rotundamente, esgrimiendo los más ridículos pretextos, pues el sujeto en cuestión no tenía cola visible que le pisaran.  La familia del novio, pequeños ganaderos, tenía  recursos, era gente trabajadora y él, quien no era afecto a las labores del campo, había logrado finalizar la escuela de comercio y trabajaba como contador en la capital, desde donde viajaba regularmente al pueblo.

Después de la ceremonia religiosa, la pareja, sus familias y numerosos invitados se trasladaron a la casa de la novia, en donde el padre, a regañadientes, no tuvo otra alternativa más que echar la casa por la ventana.  Fue una recepción fastuosa, para los estándares de aquel pueblo, es más, guardando las debidas distancias, el propio Camacho se hubiese sentido envidioso.  A pesar de que los festejos se prolongaron hasta el atardecer del día siguiente, al rayar el alba, la pareja salió en viaje de luna de miel a Santa María de Ostuma, un hotel de montaña en el norte del país que en aquel tiempo estaba muy de moda para aquel tipo de menesteres.

Después de disfrutar de los maravillosos paisajes que se observaban desde el hotel e ingerir una frugal cena, los recién casados se recluyeron en su habitación y se dispusieron a iniciar los prolegómenos del asunto que tenían por delante.  La dulzura que había desbordado hasta entonces la novia, de pronto fue convirtiéndose en un profundo sentimiento de temor.  El novio, quien acusaba en su hoja de vida una experiencia, pudiésemos decir, suficiente en esas lides, entendió que era algo normal, ante la incertidumbre de la muchacha frente a un hecho que podía considerarse un rito de iniciación, en ciertos casos, un tanto doloroso.  Como todo un caballero, de lo cual se preciaba, trató de calmar a su ahora esposa, ofreciendo la gentileza que el caso requería. Aun así, el nerviosismo de la novia iba in crescendo, hasta el punto en que comenzó a ponerse tiesa (ella), mientras que el novio hacía su mejor esfuerzo para tranquilizarla con las mentiras piadosas del caso.  Cuando él lo creyó prudente, se dijo a sí mismo aquel refrán que repetía su abuela: “Lo que se va a pelar, que se vaya remojando” y se preparó para asumir en propio nombre su dominio sobre la doncellez de su dulcinea.  Como el torero que con el estoque en mano, mide la fuerza necesaria para atravesar piel y músculos del astado, el joven se lanzó con firmeza, sin embargo, más que resistencia, sintió como si alguien hubiese abierto una puerta y el impulso lo llevó hasta la pared de enfrente.

La sorpresa, el desconcierto y la frustración del novio fueron mayúsculos.  En aquel tiempo los estudios sobre el “himen complaciente” todavía no se profundizaban, de tal manera que no había ningún atenuante ante lo que era un atentado al honor del novio, de tal forma que el tálamo nupcial amenazaba en convertirse en un ring de la AAA.  -¿Qué pasó? Fue lo único que se le ocurrió decir al novio.  La muchacha se limitó a enmudecer y al rato, como decían en el pueblo: “dice a llorar”.    El primer impulso de cualquiera hubiese sido estrangular a la causante de aquella mancha en el honor del esposo, sin embargo, el joven no era violento y había aprendido a manejar sus reacciones con cierta dosis de ecuanimidad.

No obstante, de pronto tomó la actitud de un oficial de “entrevistas” de la OSN (Oficina de Seguridad Nacional) y comenzó a interrogar insistentemente a la joven, tratando de descartar las opciones tan manidas utilizadas en estos casos, como las caídas de una bicicleta, de un árbol, de una cerca, indagando acerca de algún novio, vecino, compañero de clases, sin que ella pudiera dar la menor luz en aquella persecución de la verdad.  En aquel interrogatorio que se prolongó durante toda la noche, el novio llegó a observar que el código más fuerte en su pareja era el silencio.  En ningún momento hubo el intento de alguna mentira que tratara de calmarlo.  Llegó el muchacho a la amenaza de llevarla desnuda por todo el pueblo y dejarla en la puerta de su casa y ahí repudiarla a todo pulmón.

Era ya de mañana, pues la claridad de la aurora empezó a colarse en la habitación, cuando la insistencia del joven logró romper aquel muro infranqueable dentro de su compañera y de pronto, la verdad se desbordó, con la fuerza del agua que rompe una represa y se limitó a tres palabras: -fue mi papá.  Su voz se ahogó muy dentro de su pecho y se dejó caer entre sollozos.  El novio fue quien en ese momento perdió el habla, sus ojos se desorbitaron y su quijada perdió la fuerza que lograba mantener su boca cerrada.  Se dio cuenta inmediatamente que ella no estaba mintiendo, recordó aquella animadversión de aquel hombre a su persona, a su noviazgo y luego al matrimonio.

Cuando él recobró el resuello, comenzó a caminar por toda la habitación, mientras cavilaba lo que podía hacer.  Pensó por un momento en matar a quien ahora era su suegro, sin embargo, estaba seguro que conociendo a sus respectivas familias, esto podría ocasionar interminables vendettas que terminarían al final con todos sus integrantes.  Pensó en una acción legal, pero tampoco podía progresar, dada la estrecha relación del suegro con el régimen somocista, que al final de cuentas controlaba la justicia en el país.  Lo más importante fue concluir, después de todas las reflexiones, que su esposa, no era otra cosa que una víctima.  Fue entonces que se acercó a la cama y comenzó a acariciarle su cabeza, tratando de contener las lágrimas.  Ella, tratando de arrancar las palabras de su garganta, le preguntó: -¿Me perdonás? –No tengo nada que perdonarte, le replicó él, eso sí, agregó, quiero que lo que yo te pida, lo obedezcas ciegamente, sin protestar.  Ella sin pensarlo mucho asintió.  – Lo primero, dijo él, va ser que no vas a volver nunca a tu casa.  Ella después de un sollozo, asintió.  – Lo segundo, agregó, será que luego me contés a detalle como fue toda esa historia. Ella dudó por un momento, pero al final volvió a asentir.

Regresaron directamente a la capital, a la pequeña casa que él había alquilado para convertirla en su nido de amor.  Sin embargo, todo aquel cariño que habían construido durante los meses de noviazgo, tuvo que ser comenzado casi de cero y todas las noches al igual que Sherezade, ella le iba soltando a retazos la escalofriante historia de cómo su propio padre la había violado innumerables veces y como aquel código de silencio que imperaba en aquella casa, impedía detener aquella canallada. Luego le soltó algo más tormentoso.  Antes de que se fijara en ella, su padre había violado sistemáticamente a sus dos hermanas mayores.  Al final, quién sabe por qué razón, la prefirió a ella y dejó a sus hermanas en paz.  Lo más macabro era que todos, incluso la madre sabía lo que estaba sucediendo y lo único que se imponía era el silencio.

Cuando después de varios meses, el joven supo aquella borrascosa verdad, comenzó a darle vueltas en su cabeza la forma de hacer pagar a aquel aberrado.  Pensó por mucho tiempo y al final dio con la solución, al recordar el dicho: Pueblo chico, infierno grande.  Así fue que ejecutó su plan para que el mismo pueblo fuera el gran infierno de aquel demente.  Buscó a una pariente que también vivía en la capital pero que viajaba cada fin de semana al pueblo y le pidió que trasmitiera unas cuantas cápsulas de la historia, sin citar fuentes, a una lista de personas que se encargarían de diseminar la información por todo el pueblo y sus alrededores.  Así lo hizo y el domingo, después de la primera misa, muy temprano por la mañana, las noticias se dispersaron como reguero de pólvora.  Se multiplicaron de manera impresionante los grupitos que en las esquinas no hacían otra cosa sino comentar aquella historia.

El lunes por la mañana, la familia de nuestra historia, todavía con la oreja fría, comenzó a notar una especie de nubosidad que flotaba por todo el pueblo y como miradas furtivas y no tan furtivas se clavaban sobre sus humanidades.  No obstante, quien más resintió la situación fue el padre, quien observó un rechazo, primero un tanto velado y luego demasiado evidente.  Mientras le daba vueltas a su cabeza sobre el motivo de aquella actitud en la gente, un nudo parecía recorrer sus entrañas.  Después de varios días en que cada vez más se generalizaba aquella actitud hacia él, se le ocurrió la idea de ir a la cantina El resbalón, a donde acudían regularmente muchos de sus amigos y conocidos.  Ahí se encontraba su amigo y compadre Tobías.  A esa hora, el compadre ya llevaba algunos mecatazos adentro, así que se sentó junto a él y pidió su dosis.  Su compadre también estaba cambiado y solo respondía con monosílabos.  Cuando no pudo más, decidió jugársela y sin más le dijo: – Bueno compadre, ¿podría decirme usted qué demonios pasa?  El compadre, que no tenía pelos en la lengua, ante aquella pregunta a mansalva y bajo los influjos del alcohol le dijo: – Lo que pasa compadre es que usted es un degenerado.  Su primera reacción fue querer agarrar a golpes a su compadre, hasta que se tragara sus palabras, pero aquel le tenía clavados los ojos y en aquella mirada comprendió lo que en realidad había sucedido.  La mirada del compadre continuaba penetrándolo hasta el fondo de su alma, si es que tenía.

Aquel hombre, ahora casi como un zombi, se levantó de su silla, abandonó la cantina y con pasos inciertos se dirigió a su casa.  Cuando llegó y se encontró con su esposa, esta se asustó al verlo como un guiñapo. –Pero qué te pasó, le preguntó.  El hombre, balbuceando quiso decir: – Lo que pasa es que son unos hijue…  no alcanzó a finalizar su frase, cuando se llevó las manos al pecho, se arqueó y como en cámara lenta cayó al piso.   La mujer se quedó paralizada, sin mover un dedo, luego de un instante, mientras el hombre yacía con los ojos desorbitados, con la frente cuajada de sudor, le costaba respirar y su rostro mostraba cierta palidez.    De pronto, llegaron las hijas e igualmente se quedaron sin hacer nada, simplemente se volvieron a ver y se quedaron inmóviles.  Después de un rato, la madre se arrodilló a su lado y volvió sus ojos hacia arriba mientras exclamaba: -Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.    Cuando su respiración se hizo imperceptible, la madre le dijo a una de sus hijas:  -Llamá al doctor.

Cuando llegó el doctor, en un tiempo, pudiéramos decir prudencial, se acercó al hombre que continuaba en el piso y comenzó a verificar los signos vitales y después de varias auscultaciones, se acercó a la señora y le dijo: -Lo siento, su esposo ha fallecido.  Fue un infarto al miocardio.  No hubo shock, no hubo llanto, no hubo prácticamente nada, la ahora viuda simplemente se limitó a decir: -Dios lo haya perdonado.

Unas horas después, en su casa de la capital, el contador recibía una llamada de su pueblo.  Disimulando una sonrisa, se dirigió a su esposa y le dijo: -El sátiro de tu padre murió hoy de un infarto.  Ahora te voy a pedir lo último en que vas a obedecerme ciegamente.  Mañana, te vas a poner el vestido rojo que te compré para la fiesta de fin de año y vamos a ver pasar el cadáver de ese tipo.  Ella quiso decir: -Pero…  – Nada de peros, quedamos en que ciegamente.  Ella una vez más asintió.

Cuando la camioneta llegó a la capital ya estaba oscuro.  Ella ya se había calmado, pasaron luego por su casa, en donde él se cambió los jeans y la camisa a cuadros por un traje oscuro, con corbata azul con motivos rojos, mientras ella se retocó el maquillaje, tomo su bolso de noche y se dirigieron al club, en donde habían comprado boletos para la celebración del año nuevo.  Cuando ingresaron al club, ya había una nutrida concurrencia.  Una banda estaba finalizando El año viejo, al estilo de Toni Camargo.  Todas las miradas se enfocaron en aquella mujer de rojo, acompañada de un tipo que no desentonaba con la figura de ella.  El director de la banda se dirigió a sus músicos e iniciaron aquel cha-cha-cha que después de la introducción de trompetas decía: “Estas insoportable, con tu vestido rojo….”

 

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El club de Tobi

 

Club de Tobi.  Imagen tomada de internet

Mi generación todavía tuvo la oportunidad de observar una marcada discriminación de género.  Tal vez no en toda su extensión, sin embargo, en nuestra niñez todavía se observaban muchos resabios de la dominación machista en la vida de los nicaragüenses.  Tal vez como niños mirábamos como algo natural aquella discriminación y no nos causaba escozor aquel letrero del Club de Tobi, compañero de aventuras de La pequeña Lulú, historieta de nuestra preferencia, que reafirmaba esta práctica:  No se admiten mujeres.

En Nicaragua las mujeres han sufrido discriminación por muchos años.  Fueron consideradas como ciudadanas por la Constitución Política hasta en 1950 y su derecho al voto fue aprobado apenas en 1957.  Anastasio Somoza García siempre se opuso al voto femenino, expresando un tanto en broma, un tanto en serio que ellas eran capaces de votar por el señor obispo, aunque su miedo era que fueran influenciadas por el clero para votar por sus adversarios conservadores.  No fue sino hasta en los años cuarenta, que las mujeres tuvieron acceso a la universidad, pues los únicos oficios que estaban reservados para las mujeres, fuera de los domésticos eran el magisterio, la enfermería o la confección.

Hasta en los eventos cotidianos, la exclusión era lo usual.  En ese entonces no podía concebirse un regalo para la reina del hogar, ya se tratara de cumpleaños, navidad o día de las madres que no fuese un utensilio que aumentara la eficiencia en el desempeño de sus labores domésticas.  Era mal visto que una mujer manejara un vehículo, fumara o se echara un rielazo al coleto.

Cuando en el Registro Civil, para agilizar los trámites, imprimieron formatos para llenar sólo los datos variables, se dejaba un espacio para el oficio del varón, pero para el caso de la mujer ya estaba impreso: oficios domésticos.  Algunos documentos legales llegaban al extremo de consignar como oficio de la mujer: labores propias de su sexo.  Por muchos años, en las notas periodísticas se les denominaba: el sexo débil.

La política había sido un campo vedado totalmente a las mujeres y a pesar de que había voces femeninas que se alzaban en contra de cualquier injusticia, era impensable que una mujer optara a una diputación o a un cargo directivo en la administración pública.  Fue hasta en 1957 que se incorporó al Congreso a la primera diputada, la Dra. Olga Núñez de Saballos, quien fue asignada  a la Comisión de Educación.   Esta profesional también fue la primera mujer que ocupó el cargo de Vice Ministro de Educación.

La iglesia no abonaba nada a favor de la inclusión de las mujeres en la vida nacional, pues reafirmaba el modelo de sumisión de la mujer ante el hombre y su limitación al papel reproductivo y de oficios domésticos.  Para ingresar a un templo, debían hacerlo con la cabeza tapada.  No se admitían niñas como monaguillos en los actos litúrgicos, sólo varones, mucho menos que se atrevieran a pensar que podían llegar al sacerdocio.   Además existían eventos que se apegaban al letrero de Tobi.  El día primero de enero, cuando todavía se celebraba en esa fecha la circuncisión del niño Jesús, como fiesta de guardar, había una procesión exclusivamente de varones, en donde con sus mejores galas los caballeros desfilaban acompañados de sus hijos varones que ya habían dado su primera comunión, es decir que ya tenían uso de razón.

A pesar de que en 1957 la Organización Internacional del Trabajo logró un acuerdo mediante el cual debía haber igualdad de remuneración entre la mano de obra masculina y la mano de obra femenina, así como en 1958 el acuerdo sobre la discriminación en materia de empleo y ocupación, en estos lares, ambas cosas quedaron por mucho tiempo a nivel de quimera.

La Guardia Nacional que hacía las veces de ejército y policía tenía sus puertas cerradas a la participación femenina, salvo tal vez la adscripción de las enfermeras del Hospital Militar.  La canción María de los guardias ilustra un poco el  significado femenino para aquel cuerpo castrense.

Las escuelas, principalmente las privadas, estaban segregadas pues era demasiado riesgo el mezclar varones y mujeres en un aula de clases.  Por otra parte, en muchos hogares se consideraba que el estudio no era útil para las mujeres que tendrían su puesto en el hogar.

En los deportes era igual, pues a excepción del basquetbol y el volibol, las damas no participaban en ningún otro deporte y en algunos de ellos ni siquiera podían asistir de espectadoras.

La década de los sesenta fue un parteaguas en la reivindicación de los derechos de las mujeres a nivel internacional, debido principalmente a la cantidad de movimientos sociales que ocurrieron,  así como la masificación de los medios de comunicación,  de tal forma que en el país, un tanto por un movimiento de inercia, poco a poco las mujeres se fueron incorporando a mayor número de actividades relevantes de la vida nacional.

La política permitió una mayor participación femenina y pudo observarse que el número de mujeres diputadas,  se elevó a seis,  así como ministras en ciertas carteras, básicamente educación y un mayor número de mujeres concejales.

En el aspecto de la religión, indudablemente el Concilio Vaticano II abrió una rendija en la puerta a las mujeres, en el sentido de que declaró su innata igualdad al hombre, sin embargo le reafirmó “la misión de guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida y el sentido de la cuna”, en vía de mientras, ya no necesitaban cubrirse la cabeza para entrar al templo y la fiesta de la circuncisión del niño Jesús fue borrada del mapa y sustituida por la de María madre de Dios, aunque la participación femenina en la procesión del primero de enero tomó un tiempo más.

En los años setenta se intensificaron los esfuerzos en la lucha para poner término a las diversas formas de discriminación contra las mujeres, bajo el liderazgo de la Organización de las Naciones Unidas, que para reforzar esta posición, declaró a 1975 como Año Internacional de la Mujer.  Recuerdo que en ese año, en todas las oficinas públicas era obligado encabezar todas las  comunicaciones oficiales con el “Año Internacional de la Mujer”.   Obviamente no fue una panacea para la  discriminación, sin embargo, poco a poco las mujeres iban ganando terreno en la reivindicación de sus derechos.

En esa década el número de diputadas aumentó a trece y siete suplentes y en 1974 Somoza Debayle nombró a la Prof. María Elena de Porras como la primera Ministra de Educación de Nicaragua.

En 1973 la iglesia católica emitió la instrucción Immensae Caritatis, en donde instituye a los laicos como Ministros Extraordinarios, principalmente como distribuidores designados para dar la comunión y establece un orden por el que debe darse prioridad para dicha designación: lector, seminarista mayor, religioso varón, religiosa, catequista, varón y finalmente mujer.  Aunque no se instituyó inmediatamente en Nicaragua, esto vino a ser un premio de consolación ante la persistente negativa al acceso al sacerdocio de parte de las mujeres.

De cualquier forma, el machismo era un mal muy difícil de desterrar de tal forma que en cualquier momento surgía el espíritu de Tobi.  Recuerdo que trabajando en el Banco Nacional de Nicaragua, por esas cosas de que el perro manda al gato y el gato a su garabato, me enviaron a representar a la institución a una reunión de alto nivel al Ministerio de Economía para la redacción de un informe del sector industrial del país.   La reunión estaba presidida por el propio Ministro, acompañado por sus directores.  El caso es que la discusión, que de pronto derivaba en plática de presos, nos llevó a la noche y de pronto el señor Ministro bostezó y llamó a su directora general de industrias, una profesional muy calificada y como lo más natural del mundo le dijo:  -Fulanitá, andá y traenos café.  Rechanfle, pensé yo para mis adentros.

Pare esos tiempos, ya la proporción de mujeres profesionales era considerable y en términos generales no existían barreras para el ejercicio de sus carreras.  No obstante, todavía se observaba un marcado machismo en ciertos círculos, como eran las asociaciones de profesionales.  Tuve la oportunidad de conocer a una abogada que al querer ingresar a la asociación de estos profesionales, fue invitada a declinar su solicitud y en cambio se le aconsejó que se inscribiera en la asociación de esposas de abogados, aunque su marido tenía otra profesión y lo peor del caso fue que ella, muy obediente, así lo hizo.  Bienaventurados los mansos.

A pesar de todo, ya para ese entonces, las mujeres podían fumar y beber a la par de los hombres, procurando siempre evitar los excesos, pues no faltaba algún jayán que cuando observaban a una mujer pasada de tragos, exclamara:  -Hay que bañarla.

Con la revolución de 1979 se abrió aún más la posibilidad de participación de la mujer en la vida nacional, en consideración a la participación masiva de la mujer en la insurrección, aunque no en una elevada proporción en el nivel decisorio, además de la influencia de las organizaciones femeninas en el poder.  Sin embargo, al inicio de la etapa revolucionaria, en la Junta de Gobierno sólo una mujer, Violeta Barrios de Chamorro participó en un grupo de cinco, mientras que en el primer Consejo de Estado, sólo ocho mujeres integraron dicho órgano, llegando  a un máximo de treinta y cuatro en el de 1984.  En la Asamblea de 1985 se registran 14 diputadas propietarias y 11 suplentes.

La proporción de las oportunidades de empleo para las mujeres se amplió significativamente, así como la de los cargos directivos, especialmente en el sector gubernamental, ya que el sector privado se contrajo significativamente.  La participación de mujeres en cargos ministeriales se amplió, especialmente en carteras antes vedadas a las mujeres.

Las nuevas instituciones del ejército y la policía nacional, incorporaron a todos los niveles a las mujeres.

La relación del sandinismo con la iglesia fue completamente antagónica, de tal forma que la influencia que esta última tenía sobre las mujeres y su papel reproductivo y de oficios domésticos se redujo en una gran proporción.

Así pues, muchos de los campos prohibidos a las mujeres que todavía permanecían, llegaron a desaparecer.  Esto no quiere decir que el machismo hubiese desaparecido, pues en muchos compañeros el espíritu de Tobi seguía latente y a nivel individual permanecían ciertas actitudes de exclusión.

Uno de los últimos tabúes que se rompió en la lucha por la reivindicación de los derechos de la mujer ocurrió en 1990 con la llegada a la Presidencia de Violeta Barrios de Chamorro, la primera mujer en acceder a la primera magistratura del  país.  Hecho que todavía muchos países como Estados Unidos y México aún no logran.  No obstante, la relevancia de este hecho se vio opacada por los alaridos de un Goliat derribado.   La gestión de la Presidenta Chamorro tuvo que luchar contra corriente ante el boicot de organizaciones que en alguna ocasión habían defendido la igualdad de oportunidades para todos los nicaragüenses.  Así pues, Violeta Barrios de Chamorro es recordada, más que por haber sido la primera mujer presidenta, como la mujer que unió a los nicaragüenses para sacar a un gigante del poder, limpiamente, por la vía  democrática.

Las condiciones económicas precarias que caracterizaban a la Nicaragua de inicios de los noventa, obligaron a que los puestos de trabajo, que con la reinstauración de la economía de mercado se fueron ampliando, fueran ocupados por ambos miembros de una pareja, lo que vino a equilibrar un poco la correlación de fuerzas a nivel  familiar.  De la misma forma, el retorno de ciudadanos que por diversas razones emigraron a otros países, trajo una riqueza en materia de experiencia y nuevos sistemas de trabajo, especialmente de parte del sector femenino, de tal manera que el emprendimiento femenino reactivó muchas ramas económicas del país.   Por otra parte, los avances que en otros países se había alcanzado en materia de reivindicación de los derechos de las mujeres sirvieron de modelo para iniciar una lucha más intensa en ese sentido.

Ahora que estamos en pleno tercer milenio, debemos admitir que las cosas han cambiado sustancialmente para las mujeres, aunque todavía falta un buen camino para andar.   A pesar de que en 2008 se promulgó la Ley de igualdad de derechos y oportunidades que tiene como objetivo promover la igualdad y equidad en el goce de los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales entre hombres y mujeres, todavía estamos muy lejos de que se alcanzarlo.  Ni siquiera el gobierno, encargado de su aplicación, la cumple a cabalidad.

En la Asamblea Nacional hay un total de 38 mujeres, que representan el 41 por ciento del total de asambleístas, la participación de mujeres en la directiva de dicho órgano es todavía minoritaria.  En la actualidad en el gabinete no hay cartera que esté vedada a la participación de la mujer, aunque sus facultades resolutivas están un tanto limitadas.  En la policía nacional, el mando supremo (bueno, es un decir) ya ha sido ocupado por mujeres, mientras que en el ejército, todavía no se vislumbra algo parecido.

En los deportes ya se observa una participación femenina en todas las disciplinas e incluso ya se mira como algo natural que muchas mujeres agarren con maestría el taco, le froten la punta con tiza y se lancen una carambola de tres bandas.

En la iniciativa privada, cada vez es mayor la proporción de mujeres que ocupan cargos ejecutivos, aunque no alcanzan ni el 20 por ciento, ni sus remuneraciones están al mismo nivel de sus colegas hombres.   En el resto del espectro laboral la participación femenina no encuentra límites, aunque todavía hay ciertos oficios en donde no se han atrevido a incursionar, por ejemplo, todavía no he visto a una mujer conduciendo un autobús de pasajeros, aunque estoy seguro que conducirían con mayor precaución y cortesía.  Es importante señalar que todavía se observan trazas de acoso a todos los niveles.

En la cultura en general, existe una natural igualdad entre hombres y mujeres y el nivel intelectual de los involucrados no permite ningún tipo de exclusión.

En el campo educativo, hay una total inclusión y políticas de igualdad de género en todo el sistema, predominando la coeducación, aunque una minúscula minoría todavía abogue y practique la educación diferenciada o segregada.

Este año, el comercio ofreció como regalos preferidos para el día de la madre, teléfonos inteligentes, tablets y así como otros productos muy distantes de los utensilios de cocina.

En el nivel familiar se observa una proporción creciente de mujeres que obtienen mayores remuneraciones que su pareja.  En algunos casos, esta situación les otorga la facultad de ser el líder de la familia, en otros casos, es motivo de frustración en el hombre y sus reacciones, la mayoría de las veces, caen en el terreno negativo.

No cabe duda que el acceso al sacerdocio de parte de las mujeres vendría a reafirmar los conceptos de igualdad de género a nivel mundial, es más, es muy probable que la mayoría de las mujeres ejercerían su ministerio de manera más eficiente que los hombres, todavía falta caña que moler, pero es factible que dentro de dos décadas pueda darse ese paso fundamental.

Lo cierto es que a pesar de todos los avances que se han logrado en materia de igualdad, especialmente comparados con lo que imperaba en los años cincuenta del siglo pasado, todavía el machismo es un estigma que sigue enquistado en muchos conciudadanos.  Podrán mostrar una actitud tolerante en público, pero a nivel personal es otra cosa.  Hace falta mucha educación para desterrarlo para siempre.  Así pues no es remoto que de vez en cuando algún congénere se ponga su pequeño bonete de Tobi y escriba:  No se admiten mujeres.

 

 

 

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Las manzanas del San Miguel

Manzanas. Foto tomada de Internet

 

A medida que se acercaba diciembre, mi abuelo hacía más frecuentes sus viajes a Managua, con el objeto de realizar las compras con las que haría frente a la creciente demanda con motivo de la temporada del corte de café.  Cuando amanecía de buen humor y estimaba que su viaje no sería complicado, me invitaba a acompañarlo.  Para mí, viajar a la capital era toda una aventura, desde alistarse bien temprano y tomar la carretera sur para descender hasta la planicie de la gran ciudad.  Sentía una gran emoción al pasar el triángulo de El Crucero y empezar el descenso, cauteloso por todas las curvas de la sierra, hasta la tranquilidad de llegar a Las Jinotepes, en donde sólo faltaba librar las últimas curvas de Ticomo, para iniciar el descenso final y ver el tremendo espectáculo del lago y Chiltepe cuando llegábamos a Las Piedrecitas y observar la singular bienvenida que nos ofrecía una tupida alameda de chilamates que llevaban hasta la estatua de Montoya.

En aquella ocasión, ya había pasado la gritería y el viaje se mostraba más interesante por la navidad que se avecinaba.  Iniciamos el periplo de las compras en la calle 15 de septiembre, en donde invariablemente visitaba las librerías de don Elías Argeñal y de don Ramiro Ramírez Valdez, pasando luego a la esquina opuesta a este último, en donde se ubicaba la Droguería Guevara, distribuidor de muchos productos farmacéuticos, entre ellos la famosa Agua de Budapest o Agua de Buda como se le conocía popularmente.  Ahí nos atendía muy cordialmente don Roberto Argeñal y nos tardábamos un poco al establecer con mi abuelo sus conversaciones sobre el mundo de la farmacopea.

Tomamos luego la avenida Roosevelt hasta llegar al almacén de don Gilberto Morales, conocido de mi abuelo pues ahí compraba sus sombreros, que eran parte de su atuendo diario.  Después de conversar amenamente con él, mi abuelo colocó los paquetes que traíamos en una esquina en la entrada del  almacén y me pidió que me sentara en uno de ellos y lo esperara, encargándole a don Gilberto que me echara un ojo mientras él realizaría rápidamente algunas evoluciones.  No me pareció nada bueno, pero en esos tiempos, los niños no tenían derecho a disentir, así que no quedaba de otra que apechugar y esperar.

Pasó un buen rato, que a mí me pareció una eternidad, entonces abandoné mi improvisado asiento y me asomé a la calle, para ver si se divisaba la figura inconfundible de mi abuelo, sin embargo, nada.  La avenida se mostraba con un sin igual movimiento, tanto de tráfico vehicular como de personas que transitaban en ambas vías por la principal  avenida de la capital y estaba engalanada con diversos adornos navideños.   De pronto, sentí que una fresca brisa vino del lago y en ese momento percibí un aroma delicioso.  Era un olor cálido y dulce que llegaba en oleadas y que llegó a calmar aquella inquietud provocada por la ausencia de mi abuelo.

Seguí esperando pacientemente en el lugar designado, sin embargo,  después de otro eterno rato, decidí salir a buscarlo.  De manera cautelosa salí del almacén de don Gilberto y tomé rumbo al norte, fijándome bien en ambas aceras para ver si lo divisaba, sin embargo, nada.  Caminaba con la extraña sensación de libertad, al hacerlo sin la compañía de nadie en aquella avenida.  En ciertos comercios se escuchaban algunos sones de pascua que adelantaban la navidad.     Seguí caminando, más que con la intuición de dónde pudiera estar mi abuelo, siguiendo un camino marcado por aquel aroma que se hacía más intenso.

Después de un par de cuadras, que se me hicieron kilométricas, al llegar a la intersección con una calle, sentí que el aroma se hacía mayor y que venía del este.  Doblé hacia la derecha con la determinación de Baden Powell en el sitio de Mafeking, seguí la ruta del dulce aroma, hasta llegar a un punto en donde el comercio se miraba en ebullición y en las aceras se habían instalado numerosos puestos que ofrecían manzanas y uvas.  El aroma que sentía provenía de miles de docenas e innumerables racimos de estas frutas, predominando el de la manzana.  Caminé un buen trecho admirando la forma en que aquella  inmensidad relucía bajo el sol y que no se cansaba de emanar sus aromas.

De pronto, me llegó la conciencia de que en aquel bullicio podía perderme fácilmente y me entró temor.  Decidí regresar y aunque se trataba del simple ejercicio de desandar lo andado,  sentía terror de ir a dar a un lugar desconocido y buscaba en mi memoria los lugares por donde había pasado para confirmar el trayecto.    Al llegar a la Roosevelt, todavía no sabía que se trataba de la avenida de donde había partido y fue hasta que observé al sur las columnas del monumento al ex presidente norteamericano, que sentí un poco de tranquilidad.  Luego con la esperanza de que mi abuelo no transitara en esa vía y me viera, fui caminando poco a poco hasta encontrar de nuevo al almacén de don Gilberto.  Cuando llegué, sentí cierto alivio al encontrar los paquetes de las compras en su mismo lugar, así que fui a sentarme en el mismo lugar.   Don Gilberto estaba tan ocupado con sus clientes que me pareció que no se había fijado en mi ausencia.  Luego me entró el  temor de que hubiese regresado y al no encontrarme había salido a buscarme.

Después de otro rato, al fin apareció con más paquetes.  Por su expresión pude adivinar que no había regresado antes, así que respiré tranquilo.  Tomó una de las bolsas y de ella sacó una manzana y me la entregó, como premio a mi paciencia.  Sonreí y empecé a comerla y me supo a gloria, no tanto por el hambre que tenía, sino porque empecé a disfrutar esa mezcla de sabor y aroma de la fruta.

Acompañé a mi abuelo un par de veces más a Managua, sin embargo, no en diciembre.  Después que él murió, procuraba viajar con mi padre, especialmente en los días antes de la navidad.  Disfrutaba al máximo aquel aroma que inundaba el centro de la capital, así como los adornos navideños y aquella cordialidad de los capitalinos que se desbordaban en abrazos desando felices pascuas.  Ya viviendo en la capital, siempre era mi paseo favorito en la época navideño el transitar por la avenida Roosevelt, recordando aquella primera ocasión en que descubrí de dónde llegaba el aroma, transitando además por los mercados, principalmente el San Miguel,  que es donde se atestaba de puestos ofreciendo estas frutas.

Con el terremoto de 1972 todo aquello desapareció, sin embargo, uno o dos años después me llevé una sorpresa al pasar por Ciudad Jardín, cerca del supermercado La Colonia, de pronto se vino aquel aroma de las manzanas y las uvas que provenían de muchos puestos improvisados que se habían instalado en los alrededores de ese supermercado.

No volví a sentir nunca aquel aroma tan intenso, tan extendido, que traía el viento del Xolotlán, sería tal vez la  emoción con que recibía aquel estímulo.  Muchas veces cuando voy al supermercado paso por el área donde están las manzanas, pero no emanan, ni cerca, el aroma aquel.

Cuando ahora camino cerca de aquel lugar, con una fisonomía completamente diferente, trato de ubicarme en  aquella  época, pero es en vano.  El viento del norte trae un aroma de metal sobre piel, de agua putrefacta, de malas intenciones.  Entorno los ojos y me parece adivinar una figura que se acerca en la distancia, con un sombrero de fieltro y unos paquetes en sus brazos y me parece que se acercará y me extenderá una manzana, de aquellas del San Miguel.

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