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Por mis padres, bohemios

 

 

 

Vivimos días tenebrosos, en donde la poca sabiduría que he acumulado en estos setenta tacos de almanaque, me obliga a poner los pies en la tierra y barruntar un futuro casi apocalíptico, en donde las opciones son tan crudas que obligan a pensar que si no morimos del COVID-19, moriremos de hambre.  Entonces, las palabras de aliento de nuestros seres queridos y amigos cercanos no se hacen esperar.   Puede ser que ellos tengan temores aún mayores, pero las obras de misericordia dictan que hay que animar al atribulado.  Mi hermano menor, optimista por excelencia me dijo: -Hermano, has pasado por los trances más difíciles que alguien se puede imaginar y los has superado.  No pude más que contestarle: -Sí, pero no es lo mismo “Los tres mosqueteros” que “Veinte años después”.

Ya por las noches, en el insomnio que provoca el intenso calor mezclado con los vapores de alcohol del 70 que pulula en el aire, repaso aquellos acontecimientos que marcaron mi vida y de pronto recuerdo un episodio, un tanto escondido en el disco duro, en el cual  estuve en aislamiento, con el fondillo a dos manos, pero con dos gigantes a mi lado.

El año de 1964 fue aciago en extremo.  A finales de mayo, a la edad de 45 años, falleció de un infarto fulminante mi tío Emilio, mi “Papá Emilito”.  Fue un acontecimiento que cimbró hasta sus cimientos a nuestra familia.  En nuestra casa se respiraba un profundo dolor y por primera vez, miré el temor en el rostro de mi padre, médico internista que de pronto vislumbró un escenario fatal en su vida que ya no era tan descabellado.

Cursaba yo el tercer año de secundaria en el Instituto Pedagógico de Diriamba y ya sentía el rigor del estudio de la física y la matemáticas.  En aquel tiempo los exámenes de medio año se realizaban en septiembre,  justo antes de las fiestas patrias, de tal manera que después del desfile del 14 y  de la lectura del acta de la Independencia el 15, iniciaban unas vacaciones de dos semanas.

Me presenté a los primeros exámenes tranquilamente, sin embargo en el penúltimo examen, de literatura, si mal no recuerdo, comencé a sentirme mal.  Sentía dolor en el cuerpo y una profunda nausea.  Por la tarde cuando llegó mi padre le expliqué mis malestares y como era natural en él, de entrada le echó la culpa a algún exceso en la comida.  Por la mañana le comenté que no aguantaba el  malestar y muy espartano me dijo que aguantara y me fuera al  colegio, pues era el último examen, física y no podía faltar.   Haciéndole un poco al Gerald Butler, agarré fuerzas y me fui al examen.  Medio recuerdo que me inventé la mayor parte del examen y con el último hálito regresé de arrastradas a mi casa directo a la cama, pues no podía mantenerme en pie.    Cuando llegó mi padre me examinó, esta vez con más cuidado y comencé a ver esa expresión de preocupación en su rostro.   Me revisaba los ojos y me tocaba el vientre y me parecía adivinar que negaba con su cabeza algo que no quería imaginarse.  Por la mañana, tomó una jeringa y me sacó una muestra de sangre y se la  llevó a Managua, no sin antes ordenarme reposo absoluto.

Cuando regresó a medio día, noté que no pasó directo a mi cama, sino que se quedó conversando con mi madre un buen rato y luego llamaron a mis hermanos.  En ese momento, como decía su Eminencia:  – Se me fueron los pulsosmmm.  Cuando llegó mi padre a verme, echándole producto de gallina, me atreví a preguntarle qué tenía.  Mi padre era muy acertado, pues invertía buena parte de su tiempo y de su dinero en actualizarse, trayendo los últimos números de la literatura médica, pero era muy reservado para discutir y expresar sus diagnósticos.  Pensaba que la tranquilidad del paciente era básica para su recuperación.  En el caso de sus hijos, era peor, pues le era fácil contestar ante cualquier dolor de garganta que se debía a que andábamos descalzos. En esa ocasión, después de pensar un rato respecto a mi pregunta, me contestó que era el hígado, pero si me cuidaba todo iba a salir bien.  Me quedé más tranquilo.

Así pues, me resigné a quedarme en cama por un buen rato, pero me extrañó que mis hermanos, que siempre me buscaban para armar cualquier relajo, se mantuvieran alejados de mí.  Llegaban por la noche y cada quien a su cama, sin acercarse a la mía.  No podía ir al comedor y la comida me la llevaba mi madre a la cama.  Nada de grasa, pero lo que empecé a notar es que mis cubiertos tenían una seña marcada con pintura de uñas, lo mismo que los platos.  Mi vaso siempre fue individual, de aluminio, dorado.

Mi madre me miraba con una ternura inigualable y lo primero que hizo fue asignarme el único radio de la casa, para que no me aburriera.  Regularmente hacía sus rondines para ver cómo estaba.  Me preguntaba qué se me antojaba y siempre le pedía un pudín Royal de vainilla.  Me encantaba el sabor de aquel  postre, además que traían de regalo una miniatura de automóviles clásicos.

Pasaba escuchando radio todo el día.  Recuerdo que en aquel tiempo salieron varios éxitos de The Beatles: A hard day´s night, Can´t buy me love, entre otros, pero la que más se me quedó grabada por lo triste fue Blue Winter (Invierno triste) de Connie Francis.  Recuerdo también que mi madre vino a verme y me pidió que tratara de recordar algo que hubiese comido en las últimas semanas que se saliera de lo normal.  Comenzamos a repasar y al final dimos con algo que sin ser concluyente pudo haber sido la causa de mi mal.

Unas semanas antes de caer enfermo, nos reunimos los condiscípulos del pueblo, Sergio Zepeda, Arturo Pérez, Pablo Vargas y yo, para estudiar física principalmente.  Nos reuníamos donde Sergio,  pues la casa de los Ortega Robleto, quedaba enfrente y ahí llegaba Toño Ortega, que siempre estaba anuente a ayudarnos y los problemas que se nos hacían imposibles, él en un dos por tres los resolvía.  La mamá de Sergio, doña Chon, nos recibía siempre con mucho cariño y en una ocasión nos llevó una gran pana de nancites.  Como todo chavalo, les caímos como si fuera tarea.  A pesar de que ninguno de mis compañeros se enfermó, mi padre coincidió con mi madre que tuve la mala suerte que un solo nancite pudo estar infectado y fue lo que me provocó mi enfermedad.

Día de por medio mi padre me sacaba sangre por la mañana y a su regreso se quedaba conversando con mi madre.  Así pasé todas las vacaciones de septiembre, más de dos semanas, considerando que ya no fui al  desfile ni a la lectura del acta de la Independencia.  Al  final, antes de darme de alta, mi padre me dijo que había sido una hepatitis, lo más probable por haber comido aquella fruta sin desinfectar.

Cuando me levanté apenas podía mantenerme en pie.  Fui al espejo y miré un rostro demacrado hasta cierto punto amarillento y mis ojos parecían de vampiro, además sentía cierta hinchazón en la parte derecha del abdomen.   Mis hermanos poco a poco se fueron acercando a mí y ya a mediados de octubre todo había vuelto a la normalidad.

Cuando recibí las calificaciones en el colegio no fue sorpresa para mí, encontrar un seis en física.  Al mostrarle el  boletín a mi padre, quiso montar en cólera, pero le expliqué que aquel era el examen al que me había mandado de arrastrada.  Le pedí que fuera hablar con el hermano Felipe (el Zorro) para que de alguna manera ajustara la nota por las circunstancias, pero me dijo que mejor levantara esa calificación en el resto del año.  Sentí que me quiso decir que no me valiera de esas desgracias para conseguir algo.   Al final, logré levantar la nota y con un promedio modesto, pero lleno de entereza, logré aprobar la materia.

Por si fuera poco lo que había vivido ese año, a inicios de diciembre falleció el tío Armando, un primo de mi padre que diagnosticado con cáncer, se había refugiado con su hermana, la tía Leticia en lo que fue la farmacia de mi abuelo.  Le llegamos a tener un gran aprecio por su estoicismo ante su suerte y haber mantenido su sentido del humor hasta el último momento.  En medio de la triste noticia, mi padre tomó su maletín y me pidió  que lo acompañara a la farmacia, en donde le ayudé a inyectar de formalina el cuerpo inerte del tío Armando.  En ese momento no entendí aquello, pero con el tiempo llegué a comprender que mi padre estaba preparando a su primogénito para un futuro que temía fuera convulso.

Para el año siguiente, el color de los ojos poco a poco logró volver casi a la normalidad.  El hígado no me volvió a dar problemas, tampoco yo llegué a abusar de él (no gran cosa).  El tema de la hepatitis, quedó por ahí, entre las lecciones de vida que conforman el carácter y no fue sino hasta 1987 cuando volvió a salir a la luz.

Estaba yo en el Hospital Infantil de México “Federico Gómez” siguiendo el protocolo de trasplante para poder donar mi riñón a mi hijo Orlando Emilio.  Después de haberse realizado el análisis de histocompatibilidad y resultar que el muchacho era casi un clon mío, siguieron varios exámenes más así como un interrogatorio a fondo, mismo que fui superando hasta que me preguntaron si alguna vez había padecido una serie de enfermedades entre las cuales estaba la hepatitis.  Había aprendido que en esos interrogatorios no se puede mentir y les dije que en efecto, había padecido hepatitis.  Los médicos se levantaron y fueron a consultar al Jefe de Nefrología, me imagino que dispuestos a cancelar el proceso.  En ese momento me levanté yo también, salí al corredor en donde había un teléfono público y llamé a mi padre.  Le comenté lo que había sucedido y él sin perder la compostura me dijo:  -Tranquilo, decíles que te hagan la prueba del antígeno Australia.  Regresé a la sala y cuando regresaron los médicos, uno de ellos con una cara por demás circunspecta quiso empezar un discurso cuando  le dije: – Sería prudente que me hicieran la prueba del antígeno Australia.  Se quedaron como cuando los doctores de la ley escucharon a Jesús hablarles de las escrituras y se volvieron a ver,  salieron de nuevo y regresaron con un tipo del laboratorio que me sacó una muestra de sangre y asunto resuelto.  El proceso siguió su curso y el trasplante se realizó, por cierto con éxito.

Así pues, repasando, podría tener razón mi hermano, he salido airoso de algunos trances, de otros no, pero como dice Pablo, el tiempo es implacable, al hacer un recuento ya nos vamos.  Además, poco a poco la vida se nos va llenando de vacíos. Parece mentira que Pablo, Arturo y Sergio se me adelantaron, al igual que doña Chon, Toño Ortega y el  hermano Felipe.

Un día como hoy precisamente, hace 28 años, mi padre nos dejó.  Me tocó verlo en una cama de hospital, intubado, sufriendo a más no poder, plenamente consciente de que la pancreatitis que tenía lo había condenado a muerte, desesperado por terminar aquel martirio y yo sin poder hacer nada, más que observar lo injusta que era la vida.  Cuando le dije que le agradecía todo lo que había sido para mí, solo parpadeo. La madrugada siguiente su corazón se apiadó de él y se detuvo.

Coincidentemente, en esta misma fecha, hace diez años, mi madre falleció. Ya no me dio tiempo de llegar a acompañarla.  Hablé con ella por teléfono y sentí que pronto nos dejaría.  En ese momento no dimensioné su partida,  simplemente sentí que los sufrimientos de su enfermedad finalizarían y solo con el tiempo pude sentir el tremendo vacío que dejó en mí, ese constante ejercicio de echar de menos aquella dulzura vertida en mi amargura y en tantas noches de mi vida, estrella, como diría Aguirre y Fierro.

Al final de cuentas, ya no es relevante si ahora podré superar lo que se viene, lo que realmente es vital es en este día levantar una copa, real o virtualmente y hacer un brindis especial, por aquellos que me dieron vida y un rumbo en la misma y lo hicieron con todo el amor del mundo.

Por mis padres, bohemios.

 

 

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Un adiós en medio de la pandemia

 

Podría decir que no le  temo a la muerte, pero estaría mintiendo.  Una cosa es que esté plenamente consciente de que la muerte es el único evento real, verdadero, en esta vida y otra cosa es que me atraiga.  Desde hace rato camino ligero, con una carga mínima e incluso mis sueños que por mucho tiempo eran voluminosos, ahora caben en mis bolsillos, debido a que según la ley de las probabilidades, a medida que se acerca uno o sobrepasa las expectativas de vida del entorno, es tan fácil despertarse cualquier día en el otro barrio, a menos que se tenga la constitución genética de Kirk Douglas.

Hace algún tiempo, en una reunión de amigos, al calor de los tragos, surgió la pregunta de cómo nos gustaría morir.  Uno dijo que de un infarto fulminante, otra expresó que quería morir durante el sueño, alguien más quería tener el tiempo para arreglar sus cosas y despedirse.  Como era una plática de presos, vergolillazos de por medio, para resaltar el hecho de que nadie puede escoger la forma de morir, al llegar mi turno les dije que quería morir de spleen, aquel padecimiento tan socorrido de los poetas franceses y que Juan de Dios Peza endilgó a Garrick y que no era otra cosa que tedio, aburrimiento, melancolía.  Resalté que quería morir de esa sensación de aburrimiento que produce tener tanto dinero y haber gozado repetidamente tantos placeres, de tal forma que el spleen resultante me condujera hasta la muerte.  Después de algunas risas, todos se quedaron como los bohemios del brindis al final del poema y no quedó alternativa más que echarnos otro trago al coleto.

El caso es que en este aciago año, annus horribilis, como diría S.M Elizabeth, un virus, cuya procedencia nunca sabremos, si fue elaborado en un laboratorio, si fue trasmitido por un animal o cualquiera otra de las hipótesis conspiracionistas que flotan en el ambiente, está jugando con las probabilidades que tenía barajadas.  Ya no podré apostar a cuidarme para sobrepasar el promedio de vida de la región, sino que pareciera que ahora los dados están cargados.  Así pues, tengo que agregarle a los cálculos iniciales, la probabilidad de contraer el COVID-19, con el agravante de que debo cuadruplicar el promedio mundial de contagio, debido a que nuestro solidario gobierno se ha empeñado en realizar lo contrario de lo recomendado por los científicos y por otra parte, sin estadísticas verdaderas o al menos creíbles, no tenemos ni la menor idea de por dónde andamos.  Algo así como si combináramos La Peste de Camus, con el Ensayo de la ceguera de Saramago, con la única esperanza de que se mezcle también La máscara de la muerte roja de Poe.

El caso es que ante el probable caso de contraer el virus, ahí si me cargó la calaca.  Además de pertenecer al grupo de ciudadanos de la tercera edad, con mayores probabilidades de una complicación del COVID-19,  el sistema de salud nicaragüense es tan precario, por no decir miserable, que colapsaría a la primera de cambios.  No me imagino llegando a un hospital de la seguridad social demandando atención y un lugar en la UCI, en donde estaría compitiendo con doscientos veinte ciudadanos más y entre ellos alguien que sigue ciegamente las consignas del partido.  Por otra parte, por una de aquellas chiripas de la vida, logro sobrevivir a la pandemia, vendría la debacle de la economía nacional, tan enclenque después de la crisis de 2018 y 2019, que es tan comparable a un ciudadano de ochenta años, con diabetes, hipertensión y lupus eritematoso frente los estragos del virus.  Ahí entonces moriría de inanición.

Así pues, deseo aprovechar este período en donde estoy como el bateador en el círculo de espera, todavía haciendo swing, aún con salud y con acceso al internet, para despedirme de mis amigos, reales y virtuales, que para el caso es lo mismo, así como de los lectores de mi blog.

Si bien es cierto, no logré amasar una fortuna que me llevara al spleen del que hablaba anteriormente (lo de las recompensas llegó demasiado tarde), la vida me hizo el enorme regalo de darme una familia de primera, de la cual me enorgullezco y que en su inmensa mayoría me profesa un inmenso cariño, tan grande, que a veces dudo si he podido corresponderlo en toda su dimensión.  He portado mi apellido con honor e hidalguía y a pesar de que en los últimos años ha sido más vilipendiado que un árbitro de fútbol, siempre he sentido el alivio de ser identificado en el bando de “los buenos”.

Mis amigos no son tan numerosos, pero la mayoría ha llegado a conocerme y me honran con su aprecio.  Muchos los conozco desde la infancia y otros los fui encontrando en el camino de la vida y han hecho más llevadero el trecho.  A través de las redes sociales he encontrado a otros amigos y aunque he realizado grandes esfuerzos, solo a un reducido grupo los he llegado a conocer personalmente, pero coincidimos en muchas cosas y siento que nuestros abrazos virtuales son sinceros.

El grupo de mis lectores tampoco es inmenso, sin embargo, me ha sorprendido conocer a estimables personas, que sin yo sospecharlo leen mis escritos y algunos echan de menos cuando paso algún tiempo sin escribir.  Algunos han encontrado la rendija por donde se asoman a mi intimidad y los pocos que se atreven a comentar mis escritos, salvo raras excepciones, tienen conceptos que hinchan mi pecho de orgullo.

A todos ustedes, que ocupan un lugar especial en mi corazón, quiero mandarles un abrazo del tamaño de este convulso mundo, más que como un adiós, como un hasta siempre, con mi extrema gratitud por haber contribuido a hacer mi vida plena de satisfacciones.

Seguiré escribiendo hasta donde las circunstancias me lo permitan, pero quería decirles que si algún día mi voz se apaga, tengan este escrito como la despedida de alguien que supo apreciar cada gota de afecto que recibió.

 

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El petit pois: invasor e imperialista

 

 

Recientemente la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.  Las verdaderas intenciones del oficialismo respecto a esa ley se desconocen, sin embargo, la oposición sostiene algunas teorías conspirativas que incluyen la intención de arrancarle a la iglesia católica el patrimonio sobre las comidas de cuaresma, lo cual es un tremendo dislate, pues de ninguna manera la iglesia, cualquiera que fuese, mucho menos el Estado, puede detentar el patrimonio sobre determinada gastronomía, el cual le pertenece exclusivamente al pueblo.

Sin embargo, esto no es lo más florido del cuento.  Resulta que en la discusión de la mencionada ley, que me imagino ha de haber sido una extensa “platica de presos”, un diputado oficialista mandó la esférica al otro lado de la cerca, por los 400 pies, al acusar en el hemiciclo a viva voz al petit pois de invasor e imperialista.  En un inicio, los padres de la patria se quedaron patidifusos y obnubilados, pues lo primero que se les vino a la mente, al igual que todos quienes después conocieron el cuento, fue la figura del canciller y vocero del régimen, a quien desde hace mucho tiempo, cuando militaba en la otra acera, de cariño le adosaron el remoquete de “El Petit Pois”.  No fue sino hasta que el legislador agregó que debe de ser erradicado del país porque amenaza al arte culinario nacional, que todos cayeron en cuenta que se trataba de la leguminosa.

Abro aquí un paréntesis para una cápsula ilustrativa.  El petit pois es la semilla de la Pisum Sativum, planta herbácea de la familia de las leguminosas, originaria del Cercano Oriente y diseminada luego por Europa.  En español tiene diversos nombres de acuerdo a la región: chícharo, guisante, arveja, etc.  En Nicaragua, en virtud de que esta planta no se produce localmente, su consumo se ha satisfecho tradicionalmente a través de la importación de las semillas enlatadas, en un inicio con el nombre en francés de petit pois, motivo por el cual todos lo conocen con ese nombre y en general se pronuncia como “petipuá” o “petipoá”, aunque muchos lo deforman a “peticuá” o “piticuá”. Cierro paréntesis.

De regreso a la discusión, el diputado en cuestión también se llevó en el saco a otros productos extranjeros como las uvas y ciruelas pasas, así como otros productos importados que representan la invasión imperialista culinaria en el país.  Agregó al saco a la comida chatarra y hamburguesas, porque provocan el olvido de la comida tradicional y atentan contra las tradiciones nicaragüenses.

Al respecto es necesario resaltar que en la gastronomía es muy difícil separar el concepto de fusión, debido a que toda cultura, en algún momento y por diversas razones ha coincidido con otras culturas, resultando un intercambio, entre otros, de prácticas e ingredientes culinarios que han venido a enriquecer cada gastronomía.

Si en un afán de ser puristas se pretendiera erradicar de cada gastronomía los ingredientes que no son autóctonos de determinado país o región, se causaría una verdadera debacle.  Si por ejemplo al plato emblemático de la gastronomía mexicana, el mole poblano, se desterraran los elementos exóticos, había que prescindir de la cebolla, el ajo, las pasas, el ajonjolí, las nueces, las almendras, el clavo, la canela, el perejil e incluso el chocolate, pues si bien es cierto, el cacao y la bebida original del chocolate son originarias de América, el chocolate amargo es un elemento desarrollado en Europa.  En Perú, el Ceviche tendría que elaborarse sin limón ni cebolla.  Por su parte, la Bandeja Paisa colombiana tendría que preparase sin arroz, chicharrón, chorizo, carne molida, huevos, plátanos ni morcilla (moronga).   En Europa, también habría que erradicar de cada gastronomía, el arroz, el tomate, la papa, las especias, dejándolas prácticamente en la calle.  ¿Se imaginan que sería de las papas a la francesa, el fish and chips, la pizza o la tortilla de patatas?

En el caso de Nicaragua, la situación no sería diferente.  El apetecido nacatamal, tendría que prescindir del cerdo, su manteca y la envoltura de hoja de plátano, sin contar con aquellos herejes que le agregan ciruelas y pasas, regresando a los tamales de los mexicas, con carne de guardatinaja o chompipe y envuelto en hojas de maíz.  El vaho por su parte, tendría que prepararse con carnes criollas y solo llevaría yuca, pues el plátano y el maduro, al igual que sus hojas para taparlo, son exóticas, quitando además la cebolla y el ajo.  El indio viejo tendría que prepararse sin cebolla ni ajo, tendría que llevar carne de monte y no podría acompañarse de un guineo.  En el caso de la gallina henchida o navideña, sólo quedaría el tomate y la papa y del relleno navideño, solo el tomate.  El vigorón no llevaría chicharrón.  El mondongo y el quesillo tendrían que desaparecer y por su parte la chicha, así como otros refrescos típicos no llevarían dulce de rapadura ni azúcar, mucho menos especias.

Si retomamos el caso del petit pois, se puede decir que es un elemento utilizado ocasionalmente en la gastronomía nicaragüense.  Se emplea en algunas ensaladas y salsas que acompañan a carnes, pero su protagonismo ocurre en el arroz a la valenciana.  Este platillo apareció en escena en la cocina nicaragüense en la primera mitad del siglo XX.  Se deriva de la paella valenciana o arroz a la valenciana, como se le conoce en España y fue adaptado a la cocina local, al igual que en muchos países latinoamericanos, de conformidad con los elementos que podían conseguirse en cada región.

La paella valenciana es un platillo que se remonta a mediados del siglo 18 en la región de Valencia, España y que pronto se extendió por todo el territorio español.  Su receta original llevaba arroz, que por cierto es originario de Asia, anguila, judías verdes y caracoles, aunque luego se introdujo la carne de pollo y conejo.  La receta actual del platillo que posee denominación de origen, incluye arroz, pollo, conejo, judías verdes, garrofón (especie de judía), tomate, aceite de oliva, azafrán y sal.  El nombre valenciano de paella se deriva del nombre del recipiente en donde se prepara, del latín patella y que en español tomó el nombre de paila.

En Nicaragua se convirtió en un platillo muy popular, debido a que su sencillez y rendimiento lo hizo ideal para reuniones familiares y fiestas, pues se trata de un plato único que no requiere de entradas o de un segundo plato y que con unas tres o cuatro rodajas de pan de molde y una Coca Cola, ya resuelve.  Tradicionalmente se sirve en cualquier época del año en reuniones en donde asiste un buen número de invitados, lo cual lo hace un plato práctico y rendidor.  La receta local lleva arroz, pollo, embutidos, mantequilla, salsa de tomate, zanahoria, chiltoma, cebolla, apio, ajo y como elemento un tanto más de adorno que para darle sabor, el petit pois.  Algunos se emocionan y le agregan mostaza, salsa inglesa, pasas, aceitunas y maíz dulce.  Algunos apóstatas incluyen una media botella de ron, misma que se atraviesan de manera previa y ya hasta el sereguete, le agregan a la receta cerveza, coca cola y hasta vino blanco.  El nombre de este platillo es arroz a la valenciana, aunque algunos le llaman arroz con pollo y otros más folclóricos le llaman arroz de cumpleaños, arroz de piñata o arroz de pereque.

Como nota curiosa, menciono que este mismo platillo en Cuba lleva el nombre de Arroz con pollo a la Chorrera y es un plato infaltable en las fiestas familiares cubanas y con tremendos sacrificios tratan de mantener los ingredientes originales del mismo, que incluye coincidentemente al petit pois.

Así pues, si al tenor de su origen externo eliminamos al petit pois de esta receta, tendríamos también que quitar el arroz, originario de los imperios asiáticos, el pollo natural del  sudeste asiático, los embutidos, originarios de Europa, la cebolla, el apio, el ajo, todos ellos traídos por los españoles, de tal manera que el platillo entero desaparecería de nuestra gastronomía, de la misma manera que la enorme paila de arroz a la valenciana se esfuma al final de la fiesta.

No obstante las consideraciones anteriores, hay ciertas probabilidades de que a final de cuentas, el petit pois, al igual que algunos ingredientes puedan salir de la gastronomía nacional, no por la satanización que se haga de ellos, sino por vulgares razones económicas.  La pérdida del poder adquisitivo de la población en general, así como ciertas políticas recaudatorias que inciden en el esquema arancelario y de impuestos al consumo, podrían hacer prohibitivos algunos ingredientes importados.   En la actualidad, una lata mediana de petit pois de 425 gramos cuesta alrededor de dos dólares, cuando en tiempos de la otra dictadura costaba cerca de los 75 centavos de dólar y no es remoto que en cualquier momento puede dispararse hasta los tres dólares, lo cual provocaría que este elemento se desterrara del arroz a la valenciana y lo mismo sucedería con algunos ingredientes de la gastronomía nicaragüense que son importados.

De esta manera, la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense, debe partir del hecho de que nuestra gastronomía es una fusión de todas las culturas que confluyen en nuestra identidad mestiza, la indígena, la española y la negra, además de otros elementos que de alguna u otra forma se lograron colar en la misma y si es un apremio del gobierno, fortalecer y promoverla, debe de hacerlo sin distinguir el origen de todos sus elementos y si es preciso hacer cambios en la política fiscal para asegurar que estas tradiciones se mantengan, pues que se realicen.   Considero pertinente traer a colación la frase del gran chef francés, Alain Dutournier: “Creo en la cocina de mestizaje, que es el fruto del paso del tiempo, de invasiones, de la emigración, de la integración de usos y costumbres de diferentes pueblos.  En definitiva, el mestizaje es producto de la historia”.

Del otro Petit Pois, mejor ni hablar.

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Mi papá Emilito

 

Cuando nació mi primer hijo varón, acordamos llamarlo Orlando Emilio.  Para todos era lo más obvio, pues se trata de mis dos nombres, sin embargo, su segundo nombre no obedece a eso.  Tampoco fue escogido en honor a mi abuelo Emilio, quien se lo merecía de sobra, sino que se llamó así como un homenaje al hermano mayor de mi padre.  Si pudiera hablar de un personaje inolvidable en mi memoria y que dejó una profunda huella en mi vida, fue sin duda alguna aquella figura, el sumun de la elegancia y a quien yo llamaba “papá Emilito”.

Nació el 11 de abril de 1919, en Masaya, en medio de una época convulsa.  Su hermana mayor había muerto unos seis años antes, víctima indirecta de uno de los tantos movimientos armados de esos tiempos.  Mi abuelo había decidido renunciar a su trabajo en el ferrocarril para emprender una aventura, instalando una botica en San Marcos, bajo la premisa de que el auge del café en esa región ofrecía un buen clima para los negocios y además para su salud, por el aire fresco que se respiraba en aquel pequeño pueblo de la meseta caraceña.  Después de que nació su hijo a quien llamó como él, Emilio, se trasladó solo al pequeño pueblo en donde instaló su botica en el sector del mercado.  Meses más tarde,  en una tarde lluviosa de octubre, mi abuelo llegó a la estación del ferrocarril a esperar a su familia con un carromato para trasladar sus pertenencias.  Con extrema alegría vio descender a su esposa Ester, con un vivaracho niño en sus brazos, mientras trataba de controlar a los Césares, sus sobrinos gemelos de cuatro años a quienes había adoptado prácticamente desde su nacimiento.

Emilito, a como lo llamaban tanto en la familia como en el pueblo, creció viajando constantemente a Masaya y a Diriamba, en donde cursó sus estudios.  Cuando nacieron sus hermanos Eduardo y Orlando, supo desempeñar el cargo de hermano mayor con el rigor que en aquellos tiempos se requería.  Su padre delegó en él esa función, mezcla de prefecto y protector, misma que cumplió de manera eficiente.  Desde pequeño fue muy elegante.  En la casa de los abuelos había una fotografía en donde los tres hermanos posan en sus mejores galas, destacando el mayor por su porte.  Alguien escribió arriba de la foto: Los tres mosqueteros.   Emilito además era audaz y se tejieron muchas leyendas sobre sus hazañas, entre ellas la de circular en una bicicleta por los tablones de madera que cubrían la pila (aljibe) del patio de la casa, así como las flexiones que realizaba en los lugares más inverosímiles de la casa.

Cuando tenía cerca de quince años, Emilito convenció a sus padres para que lo enviaran a Managua a estudiar la carrera del futuro: comercio.  Así fue que ingresó a una de las nacientes escuelas de comercio de la capital en donde se destacó en mecanografía, alcanzando una destreza sin igual en el manejo de la máquina de escribir.  De manera coincidente, en esos días, en Casa Presidencial requerían de alguien eficiente en mecanografía para servir de secretario del Presidente de la República en una reunión de mandatarios que se realizaría en Costa Rica, para lo cual acudieron a la escuela de comercio en busca de alguien que pudiera desempeñar aquel cargo.  En la escuela, sin vacilar recomendaron al joven aquel.  Cuando le pusieron una prueba quedaron impresionados por la velocidad con que manejaba la máquina, la nitidez de su trabajo y la elegancia con que se sentaba a mecanografiar.  Lo contrataron de inmediato y de esta manera inició su carrera, como secretario del primer mandatario y luego ubicado en el Ministerio de Relaciones Exteriores en donde trabajó toda su vida.

Así fue que el joven fue ganándose el respeto de quienes lo conocían, aunque amigos y familiares seguían llamándolo Emilito.  Su carácter de extrema madurez, aun a su temprana edad, unida a su claridad de pensamiento, hizo que sus padres confiaran en él para muchas de las decisiones que debían de tomar.  Fue él quien los convenció de que sus hermanos debían de terminar el bachillerato, para poder seguir luego estudios profesionales.  Asimismo, les recomendó que los ingresaran internos al Colegio Bautista de Managua.  Así lo hicieron y se mantuvieron en su decisión aun cuando el párroco de San Marcos los criticó agriamente y hasta llegó a amenazarlos.  Mi abuelo expresó claramente que no se movería un milímetro de su decisión y que de su parte el párroco podía hacer lo que estimara conveniente.  Así pues, este último no tuvo otra alternativa  que bajarle el gas al asunto, pues el pueblo tenía más fe en la aspirina, las píldoras rosadas y el jarabe de tolú que en el agua bendita.

Cuando mi tío Eduardo y mi padre se bachilleraron, Emilito recomendó y apoyó a sus padres para que los enviaran a México a seguir los estudios universitarios y de esta manera Eduardo se graduó de ingeniero civil y mi padre de médico.

En cierto momento, también convenció a sus padres para que formalizaran su relación, que al igual que muchas parejas en aquellos tiempos se basaba en la palabra y el afecto más que en los papeles.

Emilito sentía un gran arraigo por San Marcos y el pueblo entero le profesaba un gran cariño y respeto.  En sus visitas al pueblo era consultado en todo lo que tenía que ver con la etiqueta y el savoir vivre así que muchas fiestas y grandes eventos se organizaron bajo su asesoría.

En 1948 antes de salir a un cargo en la Embajada de Nicaragua en Venezuela, se casó con Griselda Rosales Valerio, de Masatepe.  Como dato curioso, quien llevó los anillos en la ceremonia religiosa fue nada menos que el célebre escritor Sergio Ramírez Mercado, que en esa época tendría unos seis años.

Mis padres y yo llegamos a San Marcos en 1951, cuando mi padre terminó sus estudios de medicina en México.  En mis recuerdos más lejanos está siempre la figura tan querida de mi papá Emilito.  Yo lo llamaba así pues mi abuelo siempre fue mi papá Emilio y por añadidura, aquel personaje que sin importar su edad siempre fue llamado cariñosamente Emilito por familiares y amigos, pasó a ser mi papá Emilito.  A pesar de su corta estatura respecto a sus hermanos (mi padre casi arañaba los seis pies), él se imponía por su carácter, reflejado en un porte vigoroso y  lleno de autoridad.

Siempre sentí un cariño especial de parte de mi papá Emilito, tal vez, porque siempre añoró un hijo varón.  Me costó un poco entender cómo él y su familia aparecían y desaparecían del pueblo, cuando era designado en sus diferentes encargos de su trabajo en el exterior, pero siempre, al cabo de cierto tiempo, su sonrisa iluminaba la casa de los abuelos cuando aparecía de nuevo y la algarabía de los primos juntos llenaba el patio en interminables jornadas de juego, hasta que la última gota de paciencia de mi abuelo se desvanecía.

Cuando llegué a la pubertad comencé a pensar que podía llegar a tener su elegancia y que en algún momento, lo tendría cerca para aconsejarme en aquella tarea.  Sin embargo todas esas aspiraciones se pulverizaron una mañana de domingo, a finales de mayo de 1964.  Faltaba una semana para los quince años de su primogénita Giselle.  Alguien tocó a la puerta de nuestra casa y mi madre fue a averiguar, regresando con un telegrama en la mano, pálida, llegando hasta el baño, donde mi padre se afeitaba, diciéndole que avisaban que Emilito había muerto de un infarto en Tegucigalpa.  Tenía tan solo 45 años.

El dolor cubrió como avalancha nuestro hogar.  Mi padre cargó una pesada cruz, al ver a su querido hermano muerto, preparar sus restos y acompañarlo a su última morada.  Luego, aquel dolor se convirtió en un terrible temor.  Sintió en carne propia que la muerte era traicionera y no respetaba edades, sintiéndose vulnerable al extremo.

Hoy se cumplen cien años de su nacimiento y casi 55 años de su partida.  Siempre lo tengo en mi mente, en especial, aquel recuerdo de unos meses antes de morir que llegó de Tegucigalpa en un Chevrolet Biscayne último modelo, con guantes de conducir, lentes oscuros y un atuendo sport de enorme elegancia.  Recuerdo su risa contagiosa y trato de mantener vivo en mí aquel gran sentido del humor que lo caracterizaba.  Hace mucho tiempo me resigné a no tener aquella elegancia a la que un día aspiré y me refugio en lo que dice Calamaro:  “…la procesión no siempre va por fuera…”

Todas las pláticas que quise haber tenido con mi papá Emilito, las tuve tiempo después con mi tía Chelda, su viuda y mis primas.  A partir de mediados de los noventa coincidimos en Managua y fueron frecuentes nuestras veladas interminables recordando las épocas doradas y reafirmando aquel cariño que el tiempo nunca aminoró y que me hizo merecedor de ser considerado más que un sobrino o primo, un hijo o hermano.

Así pues, en esta fecha tan especial, levantaré mi copa y haré un brindis desde el fondo del alma, por tan insigne caballero, cuya fina estampa el tiempo no ha podido ni podrá borrar.

 

 

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CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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El amigo Sergio

 

Mis últimas visitas al pueblo han sido, casi de manera invariable, para acompañar a un amigo en su duelo o más triste aún, para decir el último adiós a un amigo.  En esta ocasión llegué a San Marcos atravesando un infame camino en reparación, en medio de una espesa neblina y una lluvia pertinaz que a ratos amenazaba con arreciar.  Si se hubiera tratado de una fiesta o cualquier otro tipo de evento, sin pensarlo dos veces hubiese hecho a un lado el viaje.  Pero en esta ocasión se trataba de despedir a Sergio, era pues, un deber ineludible.

Al ingresar al  templo, vuelve a mí esa sensación de vacío, al contemplar un ataúd al frente, en donde yace una persona con quien compartí tantos momentos en la infancia y la adolescencia.  La voz, un tanto estridente y casi ininteligible del oficiante, hace que me abstraiga del oficio y me transporte en el tiempo, hacia aquellos años dorados, cuando el pueblo tenía un sabor especial o sería tal vez el aroma que le daba la inocencia de la niñez.  Aunque tal vez no lo crean, en aquella época yo era extremadamente delgado.  La comida no era algo que me llamara la atención, a excepción tal vez de las golosinas.  Toda la familia al unísono me insistía que debía de comer, a fin de abandonar aquella extrema delgadez.  Un día, un tío me dijo –Deberías de aprender del hijo de Justo, que se come un nacatamal entero.

Así pues, mi apreciación inicial de Sergio, estaba relacionada con aquella proeza.  En realidad era robusto, sin entrar en exageraciones y claramente se observaba que era muy afecto a la comida.  Recuerdo muy bien que con mis hermanos fuimos invitados a su primera comunión.  En el patio de su casa, de calicanto, acomodaron las mesas y quién sabe con qué criterio distribuyeron a la nutrida afluencia de invitados, el caso es que mi abuela, quien era nuestra acompañante oficial para ese tipo de eventos, quedó en una mesa con mis hermanos Oralia y Oswaldo, así como varios invitados más y en una foto que se logró rescatar posteriormente, quedó plasmada aquella mesa.  Me imagino que yo estaba con otros invitados del pueblo en otra mesa, que por alguna razón no alcanzó foto.

Si mal no recuerdo, Sergio ingresó al Pedagógico de Diriamba a tercer grado de primaria, en donde yo  estaba desde primero.  Viajábamos juntos en una camioneta GMC que hacía un recorrido de San Marcos a Diriamba y compartimos pupitre en el aula con el Hermano Agustín.  Una de las cosas que más me llamaba la atención de Sergio es que todos lo conocíamos con ese nombre, sin embargo, sus cuadernos decían José Samuel Zepeda Soto.  Le pregunté al respecto y me comentó que una tía suya había dicho que su sobrino debía llamarse Sergio y al no haberle hecho caso, ella continuó llamándolo así, de tal manera que con el tiempo todos lo llamaban así.  En el pueblo, tan afecto a los apodos, le endosaron uno: Cacaseno.  Me imagino que algún letrado leyó el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, personajes de la edad media y que en alguna ilustración el último tendría un parecido con Sergio, quien nunca se inmutó cuando lo llamaban de esa manera, pues siempre estuvo acostumbrado a manejar varios nombres, incluyendo Zepeda, pues los hijos de La Salle acostumbraban llamarnos por el apellido.

En aquellos años, Sergio sufría con la lectura, debido a que tenía problemas con la pronunciación de las palabras.  Los maestros del colegio y a veces todos los demás pensaban en que Sergio no le ponía voluntad a pronunciar bien, hasta que cierto día me comentó que lo había examinado un médico y descubrió que debajo de la lengua tenía una especie de frenillo que no permitía la movilidad de la lengua y por lo tanto provocaba que no pronunciara bien las palabras.  Después de una sencilla operación, Sergio comenzó a hablar de manera normal.

En quinto grado abandoné el Pedagógico pero Sergio continuó ahí.  Llegué a la Escuela de Varones de San Marcos donde me encontré con Pablo Vargas y Arturo Pérez.  En sexto grado ingresé el flamante Instituto Juan XXIII en donde continué con Arturo, quedando Pablo en la Escuela de Varones.  Para primer año de secundaria, parece que los padres de familia reflexionaron sobre la calidad de la educación que se necesitaba en la secundaria, de tal manera que Pablo, Arturo y yo nos encontramos en el Pedagógico de Diriamba en donde parecía esperarnos Sergio.

Los cuatro sanmarqueños de primer año hicimos un grupo compacto que nos reuníamos en el receso de medio día con el resto de paisanos y en muchas ocasiones nos juntábamos en el pueblo para estudiar.  Generalmente nos reuníamos en la casa de Sergio en donde nos recibía cariñosamente doña Chon, la mamá de Sergio.  Recuerdo que en cierta ocasión estábamos trabados con un problema de física cuando pasó de casualidad Toño Ortega, vecino de Sergio y al comentarle lo del problema, en un dos por tres lo resolvió y nos explicó a detalle el procedimiento.  Para nuestra suerte ese problema salió en el examen.

Para tercer año, Pablo abandonó el grupo pues ingresó a la Academia Militar y quedamos solo los tres.  Creo que íbamos en cuarto año cuando a Sergio le regaló su papá una camioneta Taunus.  Eran pocos los compañeros en todo el colegio que tenían vehículo.  De vez en cuando la llevaba al colegio y de ahí armábamos viajes.  En cierta ocasión nos llevó a El Dulce Nombre, en donde su papá tenía una finca.  Aquella camioneta la conocíamos como La Ternera, pues en el Auto Reparación,  taller de su tío Luis Soto, le habían traveseado el claxon y emitía una especie de mugido.  Una vez fuimos de paseo a Masatepe y al regreso, al pasar por un antro que quedaba a orillas de la carretera nos pidió que estuviéramos atentos, sonó el claxon y al instante un grupo de muchachas salieron disparadas hacia la carretera a decirle adiós.

Por aquellos días yo andaba aprendiendo a manejar, lo hacía a ratos, dependiendo de la disponibilidad de tiempo de mi papá y cierta vez que viajábamos de Diriamba a San Marcos, saliendo de Jinotepe me preguntó que cuando comenzaría a manejar, le dije que en esas andaba pero que no tenía muchas oportunidades de practicar.  No había terminado de comentarle cuando detuvo la camioneta, se bajó, me dijo que tomara la camioneta y que la llevara hasta San Marcos.  Me quedé sorprendido, pues nunca hubiera esperado ese desprendimiento, sin embargo, así era Sergio en todo, siempre solidario, nunca dejaba morir a nadie.  Tomaba muy en serio la amistad.

En ese tiempo, se intensificaron las fiestas, tertulias, bailes y demás y siempre nos encontrábamos el grupo.  Ninguno tuvo un afecto exagerado por el licor, a diferencia de otros amigos y lo que envidiábamos era la suerte de Sergio con las muchachas, en especial como recién dijo un paisano, una que lo hacía bailar en una uña.

En quinto año solo seguimos Arturo y yo, pues Sergio dejó alguna materia y tuvo que repetir el cuarto año, pero siempre seguíamos haciendo el mismo grupo.

Cuando ingresé a la universidad, poco a poco dejé de ver a los compañeros de la escuela y era eventualmente que me los encontraba en alguna fiesta o en el cine.  Luego me trasladé a Managua en forma definitiva y de ahí salí a México en donde permanecí casi 16 años.  Al regresar, a mediados de los noventa, me avisaron que para unas fiestas de abril, Arturo Pérez estaba organizando la famosa cena que el pueblo le dedicaba al párroco y aprovechando que andaba por San Marcos el Padre Pedro Pelletier, lo invitó y bautizó el evento como La cena del Recuerdo.    Ahí, después de más de veinte años, volví a encontrar a Sergio y Arturo, pues Pablo había fallecido a finales de los setenta.

Sergio me presentó a su familia y descubrí que aquel amigo de carácter jovial y bullanguero, se había convertido en un hombre de familia, un tanto más serio y me alegré por él.

Tiempo después, en esos viajes eventuales que hacía a San Marcos pasé a saludar a la Maestra Ofelita Ortega, a quien le guardo un aprecio especial y le dije que pasaría enfrente a saludar a Sergio y me comentó que no estaba, pues andaba en Managua, en una sesión de hemodiálisis que debía cubrir tres veces por semana.  Me dolió saber que Sergio atravesaba aquel martirio.

Cuando me avisaron de su fallecimiento, a la par de ese sentimiento de extremo pesar, al saber que mis compañeros y amigos me habían dejado solo, sentí cierto alivio al saber que iba a descansar de la tortura que significa el seguir un tratamiento de hemodiálisis.

Al momento del responso final, cuando el oficiante comenzó a repartir agua bendita a diestra y siniestra, mi mente regresó de nuevo al oficio.  Miré como llega ese momento crucial en que el féretro sale lentamente del templo, para encaminarse a su marcha final.  De pronto, un redoble de tambores lo acompañó en el último trecho.  Cuando llegó al atrio, una banda filarmónica comenzó a interpretar el tema Amigo de Roberto Carlos.  En realidad sin temor a equivocarme si le pidieran a los sanmarqueños una palabra para definir a Sergio sería obviamente esa: Amigo, el más cierto en horas inciertas.

Creo que los sanmarqueños de corazón lo van a recordar siempre, por su espíritu tan jovial, su risa contagiosa, sus manifestaciones de solidaridad, por su fidelidad a la palabra amigo.  Para mí en lo particular, cada vez que necesito ejercer ese desprendimiento, esa voluntad para dar un voto de confianza, recuerdo a Sergio cuando me puso al volante de su camioneta y dándome una palmada en el hombro me dijo: Dale viaje.

Descansa en paz, querido amigo.

 

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Umbrío por la pena

Mi hijo menor, Rodrigo Joaquín, murió en 2011 a los 33 años.  Tenía un riñón trasplantado y en cierto momento, como de manera confabulada, se juntaron varios factores que le provocaron una falla multiorgánica.  Por casi un mes estuvo batallando valientemente por su vida, con la fortaleza que le daba el inmenso amor que tenía por sus dos pequeñas hijas, sin embargo, al final, su organismo no resistió más y las fuerzas lo abandonaron.

Enterramos a Rodrigo como se entierra a un hijo, con las uñas, con los dientes, con los huesos y con el ser entero hecho pedazos.   El cariño de la familia buena y de los amigos del alma, evitó que nos hundiéramos en un mar de depresión.  Con el tiempo, el cariño de sus hijas fue el bálsamo que vino a mitigar el dolor de tantas heridas.  Verlas crecer y sentir a Rodrigo vivir en ellas, vino a darle un nuevo sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, desde aquella fecha, invariablemente cada día de mi vida, hay un momento, cuando estoy solo, en que siento un dolor que nace en mi pecho y sube para alojarse en mi garganta y me oprime como una soga, mientras en mi mente vuelve aquella escena de mi hijo, en aquella cama de hospital, con sus ojos cerrados para siempre.

Comparto esto, tan íntimo con ustedes, pues ahora que observo a tantos padres desconsolados al ver a sus hijos bañados en sangre y darse cuenta que están muertos, aquel dolor de siempre se me agranda.  Nunca un padre debe de enterrar a su hijo.  En estas circunstancias, estos padres tendrán que hacerlo con el alma hecha jirones.  Mientras yo viví siempre con el temor de que la muerte traicionera pudiera jugarnos una mala pasada, estos padres nunca se imaginaron que la tierna vida de sus hijos pudiera ser segada en un instante y peor aún, en tiempos en que nos ufanamos de civilizados, en una época en que somos tan sensibles como para denunciar el maltrato a un animal, de pronto venga un espíritu bestial y tenga las malas entrañas para cortar una vida,  la de un joven que lo único que hacía era manifestarse cívicamente.

Soy consciente de que nada de lo que le podamos decir a esos padres va a mitigar su dolor.  Tal vez con el tiempo el orgullo de aquella entrega y valentía podrá paliar el sufrimiento, sin embargo, ahora lo único que se me ocurre es decirles que me identifico con su dolor, que lo comprendo y que lo hago propio.  Al igual que la luz que mis nietas han traído a mi vida,  espero que ellos puedan encontrar cierto alivio a ese dolor, cuando crezca en esta tierra la libertad, cuando florezca esa capacidad de los seres humanos de aceptar las diferencias y respetar la disidencia.  Cuando el tercer milenio al fin nos alcance, cuando sean nuestros hijos quienes cierren nuestros ojos.

 

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El gato triste y azul

Cuando a finales de la década de los sesenta mi familia se trasladó a Managua, la música fue el elemento fundamental que acompañó ese cambio trascendental en nuestras vidas, marcado principalmente por la unión familiar.  Mi padre dejó de viajar y por primera vez podíamos disfrutar de más tiempo en común, en especial a la hora del almuerzo y en las calurosas tardes en la tranquilidad del Callejón Ramón Sáenz Morales, conocido como el Callejón de Alí Babá, en la vieja Managua.  Mis hermanos habían comenzado a descubrir el maravilloso mundo de la música y tres de ellos ya dominaban la guitarra, de tal manera que de vez en cuando, amenizábamos aquellas reuniones cantando en familia.

En esa época nos hicimos aficionados a la música italiana, en especial al Festival de San Remo y asimismo, seguíamos de cerca la carrera de Nicola Di Bari, uno de los intérpretes más escuchado, salido de dicho festival.  En 1971 de alguna manera apareció en nuestra casa, prestado de algún amigo, un álbum con los éxitos del San Remo 71, en donde resaltaba El corazón es un gitano, tema con el cual Nicola Di Bari se había apropiado del primer lugar, así como Qué será, Nina nana, ¿Cómo estás? entre otros.

Para 1972 esperamos como agua de mayo a San Remo y nos dio gusto saber que Nicola había vuelto a ganar el festival con Los días del arcoíris, a la par de Como Violetas, Plaza Grande, así como otros éxitos.  A los meses, en una pequeña discoteca que quedaba en la Calle Colón, cerca de la residencia estudiantil de la UNAN, encontré el álbum del festival e inmediatamente lo compré.  Al igual que el disco del año anterior, en familia disfrutamos al máximo aquella música.

En esos tiempos, la información que recibíamos del festival se limitaba a los temas finalistas del certamen, aunque en el álbum en su versión en español, incluían de acuerdo a los intereses de la disquera, algunos temas que no llegaron a la final.  Por lo anterior, no nos dimos cuenta que en aquel festival había participado Roberto Carlos con el tema Un gatto nel blu (Un gato en el cielo), de Savio y Bagazzi y que a pesar de las expectativas de muchos, no logró llegar a la final.  Una aparente derrota para alguien que había ganado el festival de 1968, con el tema Canzone per te,  junto a Sergio Endrigo, autor del tema.

A pesar de lo anterior, la disquera de Roberto Carlos vio en aquel tema un posible éxito para el mercado latinoamericano en especial el hispanoparlante y encargó a unos argentinos la versión en español del mismo.  Aquí es importante aclarar que a pesar del gran parecido entre el italiano y el español, la traducción del primero al segundo, es sumamente difícil, por el cambio de sentido de muchas palabras que se tratan de mantener como en el original.  Así fue que un gato en el cielo se transformó en un gato en la oscuridad, título que podría guardar sentido, sin embargo, en el desarrollo del tema, incluyeron a un gato triste y azul, para rescatar la palabra “blu”, del italiano y mantener la rima y la armonía del tema. Una edición de ese mismo álbum apareció con el título de “El gato que está triste y azul”.

Aquí es importante realizar una aclaración y es que el vocablo “blu”, en italiano, además de significar “azul”, se emplea también como “cielo”.  Muchos recordarán el éxito de Domenico Modugno que ganó el Festival de San Remo en 1958, llamado Nel blu dipinto di blu y que muchos recuerdan simplemente como Volare.  Pues bien, la traducción de lo anterior es “En el cielo, pintado de azul”.  Cuando Modugno grabó el tema en español, al no encontrar una traducción que pudiera tener sentido, muy inteligentemente, optó por cantar esa parte del estribillo en italiano.  No obstante, en la versión en español de Virginia López, pusieron “De azul, pintado de azul”, lo cual representó un contrasentido en la frase.

El caso es que Roberto Carlos, no se atrevió a cantar una versión en portugués de Un gato en la oscuridad, sin embargo, en la versión en español, a pesar del disparate del gato azul, se lanzó sin pensarlo mucho y el éxito que obtuvo fue arrollador.  En pocas semanas, el tema logró colocarse en los primeros lugares del hit parade en los principales países de Latinoamérica.

Así fue que a mediados de 1972 cada radiodifusora en Nicaragua se llenó del gato en la oscuridad.  En nuestra familia, la canción realmente nos cautivó.  En mi caso, las primeras estrofas estaban llenas de la tremenda verdad en el significado de la niñez y aquella alegría de jugar todo el día a la guerra, cuando nos bastaba arrancar varejones de los cercos de las casas del pueblo, para improvisar un fusil o una espada y con los hermanos y el gran amigo y vecino Ezequiel Jerez, lanzarnos a interminables batallas en donde moríamos y resucitábamos infinitas veces.

De esta forma, fueron varios meses en que escuchábamos noche y día el tema de Roberto Carlos y cada vez que se daba la oportunidad, la cantábamos en la familia. En aquellos días se unían al coro nuestras primas Giselle y Silvia.  Nos imaginábamos un gato en la oscuridad del callejón y sentíamos cómo nos llegaba al fondo del corazón aquel tema tan cargado de tristeza y melancolía, sin sospechar para nada que aquel era el preludio de una tragedia que estaba por llegar.  En aquella madrugada del 23 de diciembre, cuando todavía en alguna roconola lejana se apagaba el último “la-la-la-la-la” de Roberto Carlos, la tierra se estremeció y nos cambió la vida.

Nos despertamos de nuevo en el pueblo y por un buen rato, el silencio reinó en nuestra casa, nos dolían las palabras que salían de nuestras bocas, llorábamos muertos que no eran nuestros muertos, nos dolía ver postrada una ciudad que no era nuestra ciudad, añorábamos una casa que no era nuestra.  Hasta que un día, no recuerdo de dónde, apareció en nuestra casa el álbum Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y él se encargó de poner el bálsamo de la música en nuestras vidas.  Mis hermanos comenzaron a tocar profesionalmente y la vida tuvo que seguir igual, como decía Julio Iglesias.

Por mucho tiempo, no sé si consciente o inconscientemente,  aquel gato quedó enterrado en el fondo de nuestros corazones, en aquella zona en donde nos da miedo hurgar.  Años más tarde, exiliados en México, en cierta ocasión en que coincidimos la mayoría de la familia, en medio de la sesión de canto, de repente surgió de nuevo el gato en la oscuridad y como por arte de magia, nos transportamos a la quietud del callejón, en aquella etapa inolvidable de nuestras vidas.  De esta forma, a partir de entonces cada vez que podemos estar juntos y nos da por cantar, siempre hay un lugar para el gato.

Estos últimos años nos ha dado poco por cantar.  Ya es más difícil reunirnos y cuando lo hacemos, el tiempo se pasa volando de tal suerte que no hay mucho tiempo para cantar.  Algunas veces, navegando por Youtube, me detengo en aquel tema y recuerdo aquellos años maravillosos.

Desde hace algún tiempo, en la madrugada, cuando el sueño se escapa de mi almohada, miro por la ventana y desde el techo un gato itinerante salta a un árbol para seguir luego hacia la casa vecina, pero antes de realizar su último salto, me vuelve a ver.  A veces pienso que el felino me mira en la oscuridad de mi habitación y le parezco triste.  Azul, tal vez no, pues ya sería demasiado surrealista.

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México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca el acontecer de ese gran país y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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