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La caridad es la llave del cielo

Si en algún lugar de Nicaragua se seguía al pie de la letra la estrofa del Himno Nacional que dice: El trabajo es tu digno laurel, era en San Marcos.  En esa pequeña ciudad había gente que tenía una verdadera vocación para el trabajo honrado.  No importaba si la persona tenía alguna limitación física; eso no era óbice para buscar el sustento mediante un trabajo productivo.  Uno de los ejemplos más claros de esta situación era la de Abel Vásquez, quien era ciego de nacimiento, sin embargo, logró superar esta limitación y se ganaba honradamente la vida vendiendo lotería.  Conducido por su lazarillo, recorría el pueblo desde muy temprano ofreciendo el premio mayor.  Era un tipo muy especial, regularmente llegaba a la botica de mi abuelo a comprar Bay Rum, tomando el vaso de la medida y echándose una buena parte encima y el resto se lo echaba a su lazarillo.  Tenía Abel también sus ratos de esparcimiento, pues cuando el Teatro Julia presentaba alguna película mexicana, entraba a escuchar la cinta.

De la misma forma, había personas que carecían de algún miembro y nunca se les ocurrió pedir limosna para ganarse el pan de cada día.  Uno de los mejores albañiles del pueblo era sordomudo y a base de señas lograba captar lo que sus clientes pretendían de su trabajo.  Mi tío, César Guevara, desde muy joven perdió la movilidad de una pierna, lo que le dificultaba su desplazamiento, sin embargo, siempre era el primero en llegar a sus trabajos y en sus ratos libres, iba a los lugares más lejanos del pueblo a poner un suero o a descubrirle las posaderas a quien necesitara de una inyección.

Sin embargo, el pueblo se veía invadido por una troupe de limosneros que durante todo el día apelaban a la solidaridad de los sanmarqueños y lo más interesante del caso es que todos ellos eran fuereños.  Seguramente al evaluar la falta de competencia de parte de los locales, miraban a San Marcos como una plaza atractiva.

El personaje más recordado y a la vez más emblemático del oficio era uno que parecía haber salido de la mente de Federico Fellini.  Circulaba en un pequeño carromato tirado por un cabro.  No se sabía a ciencia cierta cuál era su impedimento, pues a pesar de que daba la impresión de carecer de sus miembros inferiores, también parecía estar sentado en posición de flor de loto, así que era todo un misterio verlo en tan pequeña cabina.  Tampoco se sabía su nombre y la mayoría de la gente lo conocía como “El Señor del Cabrito”, que en estos tiempos podría haberse convertido en rival del “Señor de los Anillos”.  El pequeño carruaje estaba pintado de verde, con algunos adornos y en la parte posterior había una leyenda que decía: “La caridad es la llave del cielo”.  Es importante aclarar que esta persona no es la misma que se conoce en el folklore de la vieja Managua como “el del cabrito” quien también era limosnero pero a la vez majadero y vulgarazo de primera categoría.  Este señor, era más bien tranquilo, casi no hablaba, salvo cuando daba las gracias por la limosna recibida.  Su presencia era anunciada por el fuerte olor que emanaba el sufrido caprino y cuya presencia se adivinaba desde varias cuadras; animal que era fácil referencia cuando alguien no se bañaba y andaba olisco, por lo que le decían: “Yo creía que ahí venía el señor del cabrito”.

El más temido de todos era un invidente, de procedencia desconocida al igual que su apelativo y a quien se le conocía sólo por apodos, siendo los más utilizados “Mokorón” y “Tercera base” aunque muchos también se referían a él como “El ciego malcriado”.  Tenía una expresión grave y guardaba un extraordinario parecido con Sandino, máxime que le gustaba vestirse de kaki.  Era el ejemplo vivo del dicho: “Limosnero y con garrote”.  Llevaba el susodicho un garrote que le servía para guiarse y también para descargar su ira.  Cuando alguien no le daba una limosna consistente, profería los más agrios insultos y se escuchaba que le respondían, empezaba a dar garrotazos a diestra y siniestra.  Cuando en la calle los muchachos, amantes de ajochar a la gente le gritaban “Mokorón, tercera base” buscaba por donde venían las voces y empezaba a lanzar garrotazos como en piñata.  Hasta que un día, como a Juan Diego, le salió la virgen.  Alejandro Calero a quien por su tamaño se le conocía en el pueblo como “Calerón” y quien tenía una finca camino a Masatepe, llegó a donde Juan Molina a comprar provisiones en una camioneta que acababa de adquirir y a la cual cuidaba con esmero.  Estando de compras en la tienda, ocurrió que transitaba por ahí el famoso invidente y al divisarlo algunos lustradores comenzaron a gritarle sus apodos.  El ciego montó en cólera y empezó a distribuir garrotazos, echándole cada vez más swing al asunto y en una de esas alcanzó a impactar con su garrote la carrocería de la camioneta de don Alejandro.  Al escuchar el alboroto, el enorme señor salió y observó como el ciego malcriado se ensañaba contra su camioneta, lo cual provocó su enojo.  Se acercó al ciego y agarrándolo del cuello de la camisa lo levantó en peso, mientras le reclamaba agriamente.  Al pobre ciego como dice la canción, se le fueron los pulsos mmm.  Al terminar de sermonearlo, lo lanzó a media calle, ante la ovación de todos los curiosos que ya se habían reunido en el lugar.  El antes iracundo invidente se levantó zorrito, tomó su garrote y se alejó sin decir palabra y en lo sucesivo se guardó de administrar su ira, pues cuando adivinaban que deseaba tomar su garrote en son de guerra, bastaba con que le gritaran: “Ahí viene Calerón” para que se pusiera como el lobo ante San Francisco de Asís.

El que más terror infundía, especialmente en los niños, era un sujeto a quien se le conocía como “El dundo”.  Era un hombre de edad indeterminada que parecía haber sufrido parálisis cerebral, pero que en aquellos tiempos la gente consideraba que se trataba de algo diabólico o de algún pecado de parte de sus padres.  Caminaba dificultosamente, no podía hablar y los únicos movimientos coordinados eran los que hacía para meterse las monedas que recibía en el bolsillo del pantalón.  Llevaba una vara amarrada a su mano con una correa de cuero.  La saliva se le iba acumulando alrededor de su boca, de la cual sólo emanaba un ininteligible murmullo.  No era violento, sin embargo, su apariencia hacía que los niños corrieran a esconderse cuando aparecía.  En Jinotepe, por alguna razón se le conocía como “Figurín”.

Había un tipo bastante bajito, menudo, que caminaba como Chiquito de la Calzada y hablaba como Joselito.  No se le observaba ninguna limitación visible, salvo la desvergüenza de vivir de la caridad pública, pues poco le faltaba cantar aquella tonadita de los Churumbeles:  Porque nací gitanillo, le tengo miedo al trabajo. Le decían Juan Capullo y lo interesante de este sujeto es que cuentan que cuando murió se encontró en su casa una cantidad impresionante de dinero, producto de las limosnas que recibía, las cuales prestaba a un interés leonino.

Había un ciego que llegaba del lado de La Concha y que lo conocíamos como el Corazón de Jesús, pues tenía barbas hirsutas y ponía una expresión que lo hacía idéntico a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús de donde las Pérez, un cuadro que tenían en la sala y que si mal no recuerdo estaba adornado con dos lámparas rojas que simulaban dos pebeteros.  Este ciego empezó pidiendo con la cantaleta, “Una limosnita por el amor de Dios”, sin embargo con el tiempo lo deformó a “Menemenemen Mo Te Tioooo”.

También llegaban, quién sabe de dónde, dos mujeres a cual más folklórica, una de ellas era ciega y se llamaba Julia, portaba unos lentes oscuros, casi negros y era buena al perico, se dilataba en cada lugar platicando de Raymundo y todo el mundo.  Otra todavía más estrambótica era la Pío Pío, apodo que nunca supe a qué se debía, ni tampoco recuerdo cuál era su impedimento, pero se vestía con un traperío y cargaba con un motetero que no era jugando.

Mi abuelo tenía un presupuesto diario para dar de limosna en efectivo y cuando se terminaba se procedía a entregar un bollo de pan o cualquier otro alimento, sin embargo, algunos eran tan especiales que arrugaban la cara cuando no les tocaba “oro físico”.   En algunas ocasiones, por vagancia tomábamos de un recipiente en donde se almacenaban los “centavos negros” que habían salido de circulación y se los entregábamos a esos menesterosos, sin embargo, todos ellos eran abismo sin apeadero y detectaban el engaño, lanzándonos cualquier tipo de epíteto.  Al único que teníamos vetado y lo mandábamos a volar era un tipo bastante joven, cuyo único defecto era que tenía el pie derecho tieso, andaba descalzo y parecía como cuando alguien prueba la temperatura del agua del mar, sin embargo, daba la impresión que fingía.

Fue después de muchos años, que haciendo un recuento de todos estos especímenes, que llegué a la conciencia de que en San Marcos no había pordioseros.  Todos eran importados.  Es hasta ese momento que uno llega a valorar todo aquellas lecciones de orgullo y entereza de parte de tantos conciudadanos, que sin importar sus limitaciones o adversidades hacían del trabajo su digno laurel.  A todos ellos, mi reconocimiento imperecedero y mi sincero agradecimiento por su invaluable ejemplo.

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El legendario Town Club

Para el año 1957, San Marcos, Carazo parecía estar despertando a la modernidad.  La ciudad había sido seleccionada para albergar a la nueva Escuela Normal de Señoritas que con el nombre de Salvadora Somoza funcionaba hasta ese entonces en la ciudad de Jinotepe.  El ambicioso proyecto contemplaba la construcción de un complejo educativo con todas las especificaciones que una nueva escuela normal demandaba, además que gracias a un convenio con la UNESCO, un grupo de chilenos especialistas en pedagogía vendría a Nicaragua a brindar asistencia técnica en el nuevo modelo educativo.

De esta manera, un enorme terreno contiguo a la finca El Convoy, fue preparado para la construcción del moderno campus que sería la más moderna escuela normal de toda Nicaragua y tal vez de Centroamérica.  El diseño era impresionante, pues contaba con aulas, auditorio, comedor, cocina, dormitorios, biblioteca, instalaciones deportivas.  Cuando la escuela estuvo finalizada todos los sanmarqueños pasaban orgullosos admirando aquella obra que además comprendió la construcción de la escuela primaria de niñas, que quedó anexa a la Normal.  Una especial satisfacción mostraba el alcalde de San Marcos, don José Antonio Serrano Robleto que miraba que durante su gestión el pueblo progresaba a pasos agigantados, pues además nuevas residencias empezaron a construirse y la economía local reforzada por el auge en el cultivo del café, le imprimían un aire optimista a su desarrollo. En el edificio del Cabildo Municipal, se instaló la primera biblioteca infantil que fue bautizada con el nombre de Club de Letras y contiguo a este edificio se localizó la primera sede o “cueva” del recién fundado Club de Leones.

Animado por este auge, don Ramiro Campos, hermano de doña Amada Campos viuda de Somoza, quien residía en los Estados Unidos, decidió invertir en un restaurante bar que atendiera la demanda de una población en pleno crecimiento.  A esa fecha, San Marcos contaba sólo con los restaurantes de Chugén y de Santiago José y respecto a salones de baile el único local que cubría la demanda de todo el pueblo era el Cabildo Municipal.   Así fue que nació el restaurante bar que se construyó en el costado sur occidental del parque municipal, bautizado con el nombre de Town Club y que se convirtió en un icono regional durante los siguientes veinte años.

El local tenía un área techada que comprendía un salón con mesas, así como la cocina y en el extremo norte, una fila de “reservados” para encuentros especiales.  Había una roconola que animaba el ambiente.  En el extremo oriental del local, estaba la pista de baile, al aire libre, la cual era ovalada y tenía una extensión considerable en donde fácilmente cabían cincuenta parejas.  En el borde de la pista, había un pretil curvo que servía de límite y protección de la misma y en su parte interior había luces de colores que la convertían en un lugar de ensueño para bailar.  En el extremo sur de la pista, había un reducto en alto para ubicar a la orquesta, pues no podía concebirse un baile en ese local que no fuera con música en vivo.

A pesar de que el Town Club no mostraba un abarrotamiento en su afluencia diaria, siempre había una regular asistencia durante todo el día, pues lo mismo podía verse muy temprano a Don Frank Irschitz desayunando, que a funcionarios del Ministerio de Educación almorzando o bien en la noche parejas de enamorados que acompañados por una Coca Cola se hacían falsos juramentos de amor en los “reservados”.  No obstante, lo que ponía de bote en bote al Town Club eran las fiestas.  Generalmente programadas para la época de verano y en especial para las fiestas de abril, pues durante la época lluviosa era imposible la utilización de la pista de baile. En esos eventos, se cubría de mesas toda el área exterior junto a la pista para dar cabida a la muchedumbre ansiosa de demostrar sus mejores cualidades coreográficas, al compás de la música de los más afamados grupos del país.

Por el Town Club desfilaron las más importantes agrupaciones musicales del país y fue una lástima que para su inauguración ya agonizaba la legendaria Jazz Carazo.  No obstante las mejores orquestas y grupos musicales pasaron por el Town.  Tal vez no me daría la memoria para nombrar a los distinguidos músicos que desfilaron por ahí, sin embargo recuerdo muy vívidamente la ocasión en que llegó como cantante estrella la exótica Sadia Silú quien nos deleitó con su éxito Corn Island y aquel sensual bolero llamado Tenías que ser tú y que ella en su portoñol cantaba como Habías de ser tú.

Es indudable que los grupos que más sensación causaron en el Town Club fueron los locales.  Los Panzer vinieron a revolucionar la música romántica, realizando versiones modernas de los boleros clásicos y a pesar que se dice que el grupo era originario de Diriamba, la preponderancia de los hermanos Jerez, sanmarqueños puros, los hacía hijos dilectos del pueblo.  Posteriormente aparecieron en escena los S.M. 70, grupo fundado por la familia Hurtado, que llegó terremoteada al pueblo y se convirtieron en sanmarqueños por adopción y siguieron una línea parecida a la de los Panzer.  Para gustos más refinados surgió el grupo Barrunto Persuasión,  integrado por sanmarqueños y uno que otro caraceño, aunque ensayaban en Las Esquinas.  Este grupo logró un estilo más cercano al rock, con muy buenas versiones de los éxitos de Santana, Three Dog Night, Bread, Nielsen, Stevie Wonder, Eagles, Grand Funk, Stealy Dan, War, Cream, Rolling Stones, The Beatles, entre otros, así como un extenso repertorio de música tropical, incluyendo la salsa que empezaba a causar sensación.  Cuando tocaba cualquiera de estos grupos el Town Club se ponía de bote en bote.

La pista del Town también vio pasar a los mejores bailarines de la época.  Ahí mostraba toda su capacidad el recordado Manuel Ulises “Meluco” Urbina, quien ganó varios campeonatos de baile, al igual que María Amalia Robleto, ambos con una agilidad que sobrepasaba su voluminosa figura.  También era todo un espectáculo observar a Don Roberto Pérez bailar un tango o un pasodoble con su prima Mina Herrera.

Otra característica del famoso club, era su muro exterior, pues el mismo estaba construido con bloques que dejaban orificios en donde otra multitud se agolpaba para mirar a los felices parroquianos, en especial observaban afanosamente las preocupadas madres de algunas jovencitas que se manejaban a mecate corto, así como muchachos que por su edad todavía no asistían a esos eventos.

Cabe anotar que después del terremoto de 1972, el pueblo mostró un dinamismo inusual y se convirtió en una ciudad que casi no dormía, pues quienes regresaban de la capital en reconstrucción lo hacían hasta altas horas de la noche y otros que tenían que llegar allá muy temprano, se levantaban muy de madrugada.  Ese movimiento dio lugar a que un par de inversionistas, creo que de Diriamba, alquilaran el Town Club para convertirlo en The Red Fox, antro que seguía la línea de la Tortuga Morada, la discoteca más famosa en la Managua pre terremoto.  No obstante, después de poco más de un año, el Town Club regresó a su modalidad original.

En los años ochenta, cuando el amanecer dejó de ser una tentación, lo mismo ocurrió con las fiestas, así que después de algunos desaguisados que incluían el lanzamiento de una granada en dicho local que afortunadamente no explotó, el legendario Town Club cerró sus puertas para siempre.

En la actualidad en el lugar que ocupó el famoso club se encuentra el proyecto de la Casa de la Cultura que comprende un edificio de dos plantas.  Hace un par de años, en el local de procesamiento de café de la familia Briceño, mejor conocido como El Banco, se inauguró el Nuevo Town Club, en donde frecuentemente se realizan fiestas y tertulias.

Estoy seguro que todos los sanmarqueños de esa época, así como muchos jinotepinos, diriambinos, masatepinos y capitalinos guardan recuerdos especiales de alguna noche en el Town Club.  Las historias y anécdotas seguramente abundarán.  Muchos coincidirán que ese mítico lugar era algo único. Yo en lo particular tengo recuerdos especiales del Town.  La primera fue en enero de 1967 cuando después del examen público del bachillerato en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, los egresados del Instituto Pedagógico de Diriamba fuimos a celebrar al Town Club.  Recuerdo que al llegar a San Marcos fui corriendo a avisar a mis padres y luego a unirme al grupo en ese local.  Fue la última vez que muchos de nosotros departíamos juntos, después de muchos años de compañerismo.  La otra ocasión fue en abril de 1976, en el baile oficial de las fiestas de abril, cuando Barrunto Persuasión se lució tocando incansablemente hasta la madrugada y a las cinco de la mañana fuimos caminando hasta la Alcaldía, en donde nos unimos a los chicheros que iniciaban la diana por todo el pueblo.  Otro recuerdo, un tanto desafortunado fue cuando en una ocasión, no recuerdo la fecha, el Town estaba completamente abarrotado, de tal forma que algunas personas optaron por sentarse en el pretil de la pista.  De pronto la orquesta tocó un mambo y ahí voy yo a tratar de lucirme, con tan mala suerte que al momento en que le estaba echando swing a un paso, a una persona que estaba sentada en el pretil se le ocurrió estirar la pierna y de esta forma mi pie, con doscientas y pico de libras detrás cayeron sobre un zapato, escuchando inmediatamente un grito que parecía que de repente había entrado un mariachi al local.  Me asusté y no me quedó más remedio que ejecutar el paso del moonwalk y perderme con mi pareja en la muchedumbre.  Estoy consciente que lo correcto era haber ido a presentar mis disculpas, pero en la madrugada, con un nivel promedio de alcohol en la concurrencia de 1.7 Gr./L (léase hasta el hígado) y considerando que tal vez no serían machos, pero sí muchos, probablemente fue lo más prudente. Así que ahora, más de treinta años después, si usted, estimado (a) lector (a), fue el infortunado que de manera involuntaria recibió el machucón, sinceramente le pido perdón, alegando a mi favor únicamente, que en esas ocasiones lo correcto es meter la pata, no sacarla.

Es posible que el Nuevo Town Club ofrezca el cielo y la tierra, pero aquellas noches en donde la alegría parecía no terminar, cuando teníamos a la mano tantos amigos, cuando aquella querida esquina nos ofrecía la oportunidad de convivir con todos ellos, como decía Gustavo Adolfo Bécquer:  Esas no volverán.

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La mala estrella de Menudo

Salvador Dali Swans Reflecting Elephants

Cada localidad de Nicaragua tiene sus personajes pintorescos.  Gente común y corriente que debido a determinadas circunstancias pasan a una especie de salón de la fama, desde donde se repiten una y otra vez sus anécdotas o hazañas, que sacan al pueblo de su somnolienta monotonía.  Muchas veces se trata de borrachines, sexoservidoras, chivos, orates, avaros, santurrones y demás; sin embargo, en algunos raros casos se trata de gente que parece ser perseguida por una mala estrella.

Este fue el caso de Augusto, un sanmarqueño que nació en el seno de una familia muy pobre.  Su madre, sola, tuvo que hacer verdaderas hazañas para sobrevivir y a muy corta edad Augusto tuvo que salir a la calle a buscar el sustento.  Encontró trabajo vendiendo menudencias de cerdo por lo que en el pueblo se le llegó a conocer como “Menudo”, sobrenombre que no tenía nada que ver con el conjunto musical que apareció muchos años después.

En la vida de Augusto siempre hubo desaguisados que hacían pensar que la mala suerte lo perseguía.  Una de las anécdotas que más se recuerdan en el pueblo fue cuando alguien consiguió unos guantes de boxeo y comenzó a armar peleas espontáneas en un solar vacío.  Augusto ya era un hombre, había aprendido a manejar y era chofer de los célebres taxis intermortales, que hacían la ruta entre San Marcos, Jinotepe, Diriamba y Las Esquinas.  Una mañana en que Augusto había completado algunos circuitos en su ruta, decidió tomar un descanso y al pasar por el solar, algunos amigos lo llamaron para ver si quería participar.  A la sazón Augusto había conseguido una estatura un tanto mayor que el promedio y su estructura ósea lo hacía mostrar cierta fortaleza.  Ante la insistencia de sus amigos, Menudo aceptó echarse un par de rounds con algún contendiente que pudiera aparecer, sin embargo, no hubo nadie de la talla de él pues fácilmente podría ser de los pesos medios y el resto no llegaban ni a mosca..  En eso estaban, cuando de casualidad pasó por ahí un joven llamado Pedro, a quien por sus preferencias sexuales se le conocía como La Pedrona.  Era un tipo alto, más o menos de la estatura y complexión de Augusto y la pacotilla consideró que sería un tremendo espectáculo ver a La Pedrona en un match con Menudo.  En un inicio el joven se rehusaba a participar, pues decía que estaba en contra de toda forma de violencia, sin embargo, la insistencia del grupo fue tan fuerte y quién sabe qué le prometieron, que al final accedió.  Así fue que a regañadientes se calzó los guantes y se dirigió hacia Menudo quien ya saboreaba una fácil victoria.  Como quien no quería perder tiempo, Menudo lanzó un fuerte directo de izquierda a la quijada de La Pedrona quien lo esquivo con una sorprendente agilidad.  De pronto La Pedrona abandonó su peculiar contoneo y empezó a moverse como una pantera por el imaginario ring.  Un tanto anonadado Menudo quiso finiquitar el asunto rápidamente y lanzó un potente gancho que La Pedrona esquivó, luego Menudo probó con un crochet hacia la oreja de su rival, quien con una maestría inigualable lo evitó con una perfecta inclinación y de pronto, prácticamente sin saberlo, Menudo sintió que un fuerte gancho se estrellaba en su región hepática y lo dejó sin aire, luego con la velocidad de un rayo, le llegó un uppercut al mentón que lo lanzó al suelo.  Haciendo de tripas chorizo, Menudo logró levantarse ya con la mirada un tanto perdida, sólo para recibir un poderoso swing a la altura de la oreja izquierda que lo anestesió, como diría Tijerino.  Los espectadores que ya sumaban una considerable multitud, pues la noticia del match se había regado como pólvora en el pueblo, hicieron un silencio sepulcral.  No podían dar crédito a sus ojos.  El compás de espera se rompió cuando Pera Madura, otro joven colega de La Pedrona, se lanzó al centro del “ring” y lleno de emoción le levantó la mano derecha, proclamándolo vencedor y evitando que Menudo siguiera recibiendo la paliza.  Algunos de sus amigos fueron a auxiliar al joven conductor y otros tuvieron de detener a La Pedrona a quien ya le habían quitado los guantes y muy solícitamente exclamaba que le daría respiración de boca a boca.  Después de un buen rato, Menudo recuperó sus aires y un tanto tambaleante se dirigió cabizbajo a su vehículo, sin saber si el dolor en su humanidad era más fuerte que aquel en su orgullo.

Sobra mencionar el escarnio que sufrió el pobre Menudo cuando todo el pueblo se dio cuenta de su derrota a manos de La Pedrona.  Por mucho tiempo se aisló después de terminar su jornada al volante y debió aceptar estoicamente las burlas de quien lo miraba pasar en el taxi y le gritaba que lo andaba buscando La Pedrona para darle la revancha.

Tiempo después, Menudo se juntó con una muchacha y tuvieron un hijo a quien llamaron Elvis Presley.  En cierta ocasión cuando el niño tendría unos cinco o seis años y ya andaba jugando por todas las calles del pueblo, cruzó de repente corriendo la calle y un taxi que por ahí circulaba lo atropelló.  Afortunadamente no tuvo serias consecuencias y Menudo tuvo que contenerse pues se trataba de un colega y a eso estaban expuestos.  Meses más tarde, Menudo iba conduciendo su taxi cuando el hijo del conductor que había atropellado a Elvis Presley se cruzó la calle y a pesar del gran frenazo de Menudo, lo atropelló.  No hubo tampoco graves consecuencias, sin embargo, el problema serio es que nadie le creyó que el muchacho cruzó la calle sin fijarse, a toda prisa y que a pesar del gran esfuerzo por detenerse, Augusto no pudo evitar atropellarlo.  Años más tarde, una ex novia de Menudo circulaba en una moto con su nuevo novio, quien no respetó el alto y cruzó una calle de preferencia en el preciso momento en que Menudo circulaba en su preferencia y según declaraciones de testigos salieron tan rápidamente sin fijarse en el alto, que a Menudo no le dio tiempo de detenerse, por más que había aplastado el freno.  El choque no pasó a más, salvo grandes abolladuras de la moto y algunos raspones de sus ocupantes.  La policía lo exoneró, sin embargo el problema de nuevo es que nadie en el pueblo le creyó que había sido un accidente.

A partir de ese día, Menudo circulaba en su taxi a velocidad más que moderada, pues consciente de su mala estrella sabía que en cualquier momento podía ocurrir un incidente, sin imaginarse que días aciagos se avecinaban y no precisamente por causa de alguna colisión.

Los sanmarqueños son gente soñadora y es difícil encontrar a alguna persona que nunca hubiera soñado en sacarse la lotería, aunque no la comprara, llegando al extremo de soñar también en la forma en que se gastaría la fortuna ganada.  Así fue que por mucho tiempo, un trío de amigos sanmarqueños acordaron comprar en “vaca” un billete entero de la lotería en un número fijo que se distribuía en Jinotepe, con la seguridad que su obstinación los llevaría a ganar en algún momento el premio mayor.  Cuando alguno de ellos viajaba a Jinotepe lo compraba y religiosamente el resto cubría su alícuota.  Otras veces cuando sus respectivas ocupaciones les impedían viajar a esa ciudad le pedían a un paisano el favor de comprar el billete o simplemente le encargaban el mandado a algún taxista a quien le pagaban un córdoba por el servicio.  Varias veces le habían encargado a Menudo esta tarea y éste la había cumplido con toda responsabilidad.

En cierta ocasión, Menudo estaba cargando de pasajeros su taxi para viajar a Jinotepe, cuando uno de los tres jugadores se le acercó y le dio el importe del billete para que lo comparar en Jinotepe y al momento de entregarlo le daría el córdoba acostumbrado.  Menudo realizó su viaje, compró el billete y continuó con sus viajes interlocales.  Cuando finalizó su jornada, pensó en ir a dejar el billete encargado, sin embargo, saliendo de su casa se encontró con un amigo que lo invitó a jugar ruleta donde Augusto Uriarte quien manejaba el monopolio de los juegos de azar en el pueblo.  Los dos amigos se fueron y empezaron a jugar y justo antes de que Menudo descifrara el “viaje” de la ruleta y tuviera la certeza de poder adivinar la secuencia de los números que caerían, se le terminó el dinero.  Su confianza en que sus pronósticos serían ciertos le nubló la memoria de lo que significaba su mala estrella y sin pensarlo dos veces, apostó el billete de lotería que todavía cargaba en su bolsillo.  Al caer el siguiente número se oyó una exclamación de dolor y un golpe en la mesa, mientras Menudo casi cae al suelo como cuando La Pedrona lo mandó a dormir.  Su amigo, le ayudó a incorporarse y emprender el triste viacrucis hacia su casa.

Horas más tarde, los soñadores del pueblo encendieron sus radios a fin de escuchar los resultados del sorteo de la lotería nacional.  En el momento en que se dio el resultado del premio mayor, se empezaron a escuchar tremendos gritos de alegría en tres diferentes casas del pueblo.  Los vecinos, con una natural curiosidad, acudieron a esas casas para averiguar de qué se trataba y encontraron escenas, de esas que sólo pueden verse en los comerciales de “Trillonario punto com”.  Resultaba que el número fijo que por tanto tiempo habían jugado los tres amigos, al fin había ganado el premio mayor.  Después que terminaron de realizar sus demostraciones de euforia, lanzando objetos y besando a Raymundo y a todo el mundo, se reunieron los tres amigos y decidieron dirigirse a la casa de Menudo a reclamarle el billete afortunado.  De esta forma, el desafortunado conductor ya se encontraba dispuesto a dormirse cuando escuchó un murmullo que llegaba de la calle, seguido de fuertes golpes en la puerta de su casa.  Al abrir Menudo, observó que se trataba de los tres amigos, ebrios de alegría y acompañados de sus familiares y vecinos.   –Ganamos, fue lo que exclamaron casi al unísono los nuevos ricos.  Menudo sintió que el mundo se le venía encima y se le nubló la vista.  Los amigos creyeron que era de la emoción de que al fin había caído el premio en aquel número y que de alguna forma él obtendría una pequeña comisión por el mandado.  Lo único que se le ocurrió decir a Menudo fue que no pudo comprar el billete.  Los amigos sorprendidos se quedaron de una pieza y a uno de ellos se le ocurrió llamar por teléfono al agente de la lotería para ver si se los había reservado de cualquier manera y después de lograr localizar al agente se vinieron a dar cuenta que el billete fue vendido a Menudo.  A esa hora, ya en otro lugar del pueblo se había formado otra algarabía y era en la casa de Augusto Uriarte en donde ya se celebraba el premio obtenido por Uriarte.  La noticia corrió más rápido que veloz y esta vez la multitud que se dirigía a casa de Menudo era mayor, parecía aquella muchedumbre que con teas buscaba al monstruo de Frankenstein.  Al llegar los tres amigos con la muchedumbre a casa de Menudo, a este no le quedó de otra que admitir su culpa al haber vendido a Augusto Uriarte el billete encargado.  Algunos de los que formaban la muchedumbre llegaron incluso a pedir que lincharan a Menudo, sin embargo, el gremio de obreros del volante ya se había apersonado en el domicilio de su colega y estaban prestos a defenderlo.

Sería imposible tratar de describir todas las emociones que se suscitaron esa noche y los días siguientes; gentes que pasaron del paroxismo a la desesperación, incredulidad y llanto por otro lado, amenazas e injurias al por mayor, escisiones en la sociedad local pues por un lado estaban quienes abogaban por que el billete regresara a manos de quienes lo habían jugado por tanto tiempo, otros alegaban que el billete legalmente le pertenecía a Augusto Uriarte, otros inculpaban a Menudo y exigían que él resolviera el problema que había causado.

El asunto, al final se llevó a los juzgados y ahí, cada una de las partes, tanto Uriarte como los tres amigos, contrataron sus respectivos abogados y la batalla se libró en torno a la calificación de la apropiación de este tipo de títulos valores clasificados como impropios y la doctrina al respecto que se basa en el momento de la sustracción, antes o después del sorteo, sin embargo, se discutía que Uriarte no había obtenido de mala fe el billete y Menudo por su parte, al haber incurrido en abuso de confianza, no invalidaba la adquisición legal de parte de Uriarte.  Por otra parte se alegaba que en el reglamento de la Lotería Nacional no se exigía ningún requisito acreditativo de la legitimidad de la tenencia para proceder al cobro del premio.  Después de muchos alegatos, Uriarte logró cobrar y disfrutar el premio mayor de la lotería, lo cual utilizó en mejorar su negocio del juego, que a la postre le dejaba más utilidades.

Los tres amigos, se llevaron la desilusión de su vida, en primer lugar por la mala jugada que les había hecho el destino y en segundo porque en cuestión de horas, mucha gente que inicialmente se acercó a ellos con inusual amabilidad y camaradería, cuando se dieron cuenta de que no eran ricos, disimuladamente volvieron a sus anteriores actitudes.  Cuando se dieron cuenta que legalmente habían perdido la oportunidad de recuperar su billete, dirigieron su frustración hacia Menudo y lo acusaron judicialmente.  Sin embargo, al momento de la notificación el conductor no pudo más y cayó víctima de un infarto al miocardio.  Fue trasladado de urgencia al Hospital Regional de Jinotepe en donde la oportuna intervención de los galenos le salvó la vida, sin embargo, para su mala suerte, en San Marcos se corrió el rumor de que había sido un teatro montado por Menudo para evadir la acusación.  Hasta ahí llegaba su mala suerte.

Esta historia trascendió las fronteras del pueblo y poco a poco llegó a convertirse en una leyenda urbana.  Ahora en cualquier ciudad de Nicaragua, se comenta este caso como si ahí hubiese ocurrido y los protagonistas se cuentan por centenares.  Sin embargo, doy fe que esta historia es real y ocurrió en San Marcos, si lo dudan pueden viajar hasta esa ciudad, disfrutar de un buen café en La Casona, deleitarse con los chicharrones, fritos y menudo de Los Besos Brujos y de paso visitar a Augusto Menudo, quien tal vez les quiera comentar su historia.

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Los fabulosos carros concheños

Buick 1950

La distancia que separa a La Concepción de Maria, La Concha, Departamento de Masaya, de San Marcos, Departamento de Carazo, es de apenas ocho kilómetros y a pesar de esta cercanía, estas ciudades podrían optar por el título de vecinos distantes.  Desde siempre, ambas ciudades perecían por la falta de agua en sus respectivas localidades, siendo la tradicional fuente de abastecimiento las Pilas de Sapasmapa, ubicadas en un lugar equidistante en el camino que comunica a estas ciudades.  El acceso a estas pilas fue motivo de largas luchas entre sanmarqueños y concheños, sin embargo, no está documentado si en aquellas batallas alcanzó a llegar la sangre al río, o por lo menos hasta las pilas.  Dicen que en cierta ocasión, una pequeña imagen de San Marcos apareció en las pilas, por lo que muchos creyeron que se trató de una milagrosa revelación del evangelista, quien de esa forma dictaminaba que las pilas eran propiedad de la localidad que se había encomendado a su protección, por lo que los concheños no tuvieron otra alternativa que reconocer la soberanía de San Marcos sobre dicho lugar.  Tampoco se llegó a saber quién fue el ocurrente que a mitad de la noche llegó a las pilas a colocar la rústica imagen del evangelista.

Siempre hubo una animadversión entre los habitantes de estas dos localidades.  Nadie sabe si esta actitud nació del pleito por el agua o fue algo en su propia idiosincrasia, más añejo todavía, que no permitió un entendimiento a la hora de compartir el vital líquido.   No obstante, la rivalidad que había nacido entre ellos tuvo que hacerse a un lado debido a que se dio una relación simbiótica entre ambas ciudades.  Para los concheños, San Marcos era su única salida al mundo exterior, pues para trasladarse a Managua, Masaya, Jinotepe o cualquier otra localidad, tenían que pasar a fuerza por ahí. Por otra parte, el hecho de que este aislamiento no permitiera el florecimiento de un comercio adecuado en La Concha, obligaba a sus habitantes a realizar sus principales abastecimientos en San Marcos.  Para los sanmarqueños, la mano de obra procedente de La Concha ere indispensable para operar sus fincas de café, la mayoría ubicadas hacia el rumbo de sus rivales y los beneficios del comercio con ellos los hacían zanjar sus diferencias.  No obstante, lograba detectarse cierta velada discriminación de parte de los sanmarqueños hacia sus vecinos, a quienes les reprochaban hablar un español arcaico y con un cantadito particular y las muchachas que sucumbían ante los enamoramientos de algún concheño, se convertían en la comidilla del pueblo por mucho tiempo.

El camino entre ambas localidades, hasta mediados de los años noventa, fue de terracería, sinuoso y con pendientes extremas y la mayoría del tiempo se mantenía en muy malas condiciones, que lo hacían una ruta infame.  Recuerdo que cuando era niño me peinaba de partido a la izquierda y por más que me esmeraba (hasta me compré un peine de barbero) nunca me quedó bien hecho y mi tío Emilio se burlaba diciendo que mi partido se parecía al camino de La Concha.

Hasta mediados de los años sesenta el único medio de transporte, además de las bestias, eran unos automóviles que prestaban el servicio entre ambas ciudades por el módico precio de C$1.50, equivalentes a unos veinte centavos dólar.  Eran unos vehículos americanos de ocho cilindros, en su mayoría Buick, Chevrolet y De Soto, sobrevivientes de los años cuarenta e inicios de los cincuenta.  Eran sedanes adaptados para ese servicio en particular.  Lo más interesante de los arreglos era el realizado para ahorrar gasolina y adaptarse a un requerimiento mínimo, clausurando el tanque original de combustible y poniendo en su lugar un pequeño depósito encima del carburador que recibía la cantidad exacta de gasolina para el viaje.  Sus llantas habían olvidado que un día tuvieron grabado y parecían, según mi padre, talón de guatusa.  Los resortes de los asientos saltaban en busca de las posaderas de los pasajeros y las puertas debían asegurarse con hules de resorteras y barritas de madera.  El ruido que producían se asemejaba a una pulpería en cataclismo y bien decían en el pueblo que a esos carros les sonaba todo menos el pito.  No llegaban a la categoría de taxis y eran conocidos simplemente como los carros concheños.

El viaje en sí, era toda una aventura en montaña rusa, en primer lugar porque al salir de San Marcos, el conductor aceleraba un poco para agarrar vuelo y luego apagaba el motor para consumir menos combustible, no con fines ecológicos, sino que con fines puramente monetarios.  Con ese impulso llegaban hasta donde termina el Barrio de La Cruz y de ahí comenzaba la bajada de Las Pilas de Sapasmapa en donde el vehículo, todavía apagado, alcanzaba su mayor aceleración.  En cierta parte exacta de la bajada el conductor volvía a poner la ignición y el motor volvía a encender de tal forma que el final del descenso lo hacían en segunda a fin de obligar al vehículo a bajar la velocidad mediante el motor, hasta cierto punto, lo suficiente para poder bordear, ya en subida, las pilas y tener la potencia necesaria para subir la enorme pendiente que seguía.  Luego, ya en terreno plano echaban un último acelerón que los llevaba hasta La Concha, con la última gota de combustible.  Los automóviles que originalmente estaban diseñados para cinco pasajeros, llegaban a transportar hasta nueve pasajeros más el chofer y un perico, además de la carga que a fuerzas se acomodaba en la valijera.

Para agregarle un grado más de dificultad a la travesía estaban los choferes.  El más famoso y recordado de todos es uno al que apodaban “El cotito”.  Resulta que este individuo, a quien nunca le conocí su verdadero nombre, andaba celebrando las fiestas patronales de La Concha en cierta ocasión en que se vivían las más alegres de la historia.  Las fiestas en esa localidad eran más alegres entre más pleitos se originaban, algunos de ellos a punta de machete.  En esa ocasión, este individuo se enfrentó a un rival peligroso, que en un lance que dejaría pálida a la Novia de Kill Bill, de dos certeros tajos le arrancó la mano derecha y el brazo izquierdo desde el codo.  La necesidad lo obligó a seguir trabajando y aprendió a conducir el carro con su nueva condición.  Con los muñones que le quedaron aprendió a tener pericia al encender y conducir el vehículo y muy pronto logró dominarlo igual que antes del pleito.  Para quienes se subían por primera vez a un carro concheño y por casualidad les tocaba de chofer al “cotito” vivían una experiencia no apta para cardiacos.

Cuentan que en una ocasión “El cotito” se atrevió a viajar a Managua en una contratación especial y manejando por la capital lo detuvo un policía de tránsito, que al ver su condición lo llevó detenido a las oficinas centrales de esa institución.  El alboroto que se armó fue tal que el propio Jefe del Tránsito fue a asomarse y al preguntarle al chofer cómo se atrevía a manejar en esas condiciones, éste tranquilamente le dijo que le echara a su mejor chofer, que él le iba a ganar a lo que fuera.  El Jefe quiso pasarse de listo y le dijo que si cambiaba una llanta más rápido que un policía, lo dejaría ir.  El lugar se llenó de curiosos y cuando dieron la señal para comenzar, “El cotito” como una bala sacó de la valijera sus herramientas y con una pericia y velocidad increíbles cambió la llanta con tan sólo sus muñones y cuando terminó de socar la última tuerca, el policía todavía estaba luchando por colocar la llanta de repuesto.  Entre aplausos, el Jefe felicitó al “Cotito” y lo dejó regresar a La Concha.

Si acaso alguien evitaba viajar con “El cotito” y esperaba el siguiente viaje, podía llevarse una sorpresa.  El chofer del carro siguiente, tenía todos sus miembros completos y aparentemente no tenía ningún problema visible.  Sin embargo, en el trayecto, los pasajeros que viajaban adelante empezaban a notar que el chofer parecía mirarlos fijamente, en lugar de mirar el camino y así durante todo el viaje.  Hasta después se daban cuenta que se trataba de alguien que padecía de un estrabismo marcado y que para el vulgo, que en esos tiempos no sabían lo que era políticamente correcto, se trataba simplemente de “El bizco”.

A mediados de la década de los sesenta, al incrementarse el tránsito entre La Concha y San Marcos, los hermanos Mercado vieron la oportunidad para una ruta de buses y fundaron los Transportes Mercado que conectaron su ciudad con San Marcos, Jinotepe, Diriamba y Managua.  El costo del pasaje era de un córdoba a San Marcos, lo que vino a sacar del mercado, valga la redundancia, al los carros concheños.  Es muy posible que en un patio de La Concha se encuentren los esqueletos de aquellos fabulosos carros.

A mediados de los años noventa se inauguró la carretera que conecta Ticuantepe, con San Juan, La Concha y San Marcos.  En sus inicios era una super carretera asfaltada, con un diseño que suavizó las curvas y las pendientes y que permitía viajar de San Marcos a Managua en treinta y cinco minutos y a La Concha en tan sólo cinco minutos.  El paso por las Pilas de Sapasmapa se realiza en un santiamén.  Ahora el tránsito de transporte colectivo es intenso, la mayoría son microbuses que cubren las rutas de Carazo a Managua y puntos intermedios y que van en competencia de velocidad, esquivando baches.  Son intrépidos, sin embargo, nunca les llegarán en emoción y audacia a los legendarios carros concheños, cuando en aquella caída libre hacia las pilas, en cierto momento “El Cotito” con un golpe de su muñón encendía el switch de la ignición y de un fuerte golpe hacia arriba a la palanca de cambios pasaba de neutro a segunda y soltaba el clutch, mientras el motor rugía con el último chorro de gasolina del depósito y se elevaba como el transbordador Discovery, bordeando la estatua de San Marcos que mientras se iba haciendo más pequeñita, continuaba señalando que Las Pilas de Sapasmapa eran propiedad de sus devotos y fieles sanmarqueños.

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A San Marcos, patrono de amor

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Cada mes de abril, desde hace más de un siglo, San Marcos desciende, sino del cielo, de su nicho en la iglesia que lleva su nombre, en la ciudad que también lo lleva, en el departamento de Carazo, Nicaragua, para celebrar en grande su onomástico.  La verdadera historia de cómo llegó este santo al pueblecito enclavado en las estribaciones de las sierritas de Managua, nadie la sabe en realidad.  Algunos “historiadores” lo atribuyen al padre español de apellido Osorio, que llegó al pueblo en el año 1893 y que producto de la ingesta de una tamuga que le llevaron de Masatepe, tuvo la premonición de que iba a ocurrir un sismo de proporciones gigantescas, por lo cual se arrodilló en el lugar en donde ahora se encuentra la iglesia exclamando: ¡San Marcos, sálvanos! y en virtud de no haber ocurrido el terremoto, ni el cura perecido de una indigestión, el pueblo fue dedicado al evangelista.  Otros cronistas más serios, narran que mucho tiempo antes de la aventura del padre Osorio, unos lugareños araban la tierra y se encontraron una imagen que llevaron al cura del pueblo, supuestamente el padre Cayetano Campos y a pesar que la imagen correspondía a San Lucas, porque a sus pies yacía un buey, el cura se hizo ídem y declaró que era San Marcos.  De esta forma, la primera iglesia se construyó, dedicada a San Marcos, en el año 1886 por el padre Eduardo Urtecho, a quien los “historiadores” tratan de borrar del mapa, seguramente por sus deslices al estilo de Fernando Lugo.

La fiesta religiosa formal de San Marcos inicia el domingo previo al 24 de abril, cuando después de la misa de ocho de la mañana, se practica el rito de la bajada del santo, pues de manera solemne se baja a San Marcos de su nicho y después de una mini procesión alrededor de la iglesia, se deja junto al pilar a la derecha del altar mayor.

La fiesta oficial que por mucho tiempo fue patrocinada por la alcaldía del pueblo, iniciaba con la recepción de la “música” en donde las autoridades locales, personalidades y público en general se reunían en La Primavera, hacienda colindante con la estación del ferrocarril, en donde se encontraban con los “chicheros” de Masatepe, ahora elevados al rango de filarmónicos, quienes descendían del autobús después de la subida de Carlos Romero y entraban triunfalmente caminando al pueblo, interpretando alguna marcha y después de una nutrida descarga de pólvora se unían a la comitiva y se dirigían a la casa del mayordomo.

En las festividades de San Marcos, el mayordomo es la figura central.  Tradicionalmente, la mayordomía era un título al que se optaba con mucha antelación a la fiesta y un comité revisaba las solicitudes y en consideración a la trayectoria de los solicitantes, su imagen y liderazgo, se seleccionaba y nombraba de manera solemne.  El mayordomo recibía las ofrendas o “presentes” que los ciudadanos pudientes hacían al santo patrono, ya fuera por algún favor recibido, por tradición familiar o por simple orgullo y consistían desde una res, un cerdo, aves, alimentos en general y lo principal, el “guaro” que en un tiempo se manejaba por pipas.

El día 24, la víspera de la fiesta del santo, se realiza el famoso “tope” en donde el evangelista se reúne con la Virgen de Montserrat, patrona de La Concepción, San Sebastián, patrono de Diriamba y Santiago, patrono de Jinotepe.  Como dicen, ladies first, así que San Marcos se dirige a las pilas de Sapasmapa, lugar de añejos enfrentamientos con los habitantes de La Concepción en donde se “topa” con la Virgen de Montserrat, luego juntos se dirigen a El Guachipilín, en donde se realiza el “tope” con San Sebastián y luego los tres juntos van a encontrarse con Santiago en El Mojón.  Luego los cuatro se dirigen al pueblo en donde entran con pompa y circunstancia a la iglesia, que después de trescientos años, es la única del pueblo.

En el “tope” se estila que todos los asistentes bailan cuando los santos van en su procesión hasta la iglesia y es de rigor el acompañamiento de bailes folklóricos entre los que destaca el baile de La Vaca, una derivación del baile del Torovenado de Masaya que fue adaptado, producido y dirigido por una de las figuras legendarias de San Marcos:  Manuel “Mito” Escobar.  Este popular personaje, que sin ser folklorista, simplemente un enamorado de su pueblo y sus costumbres, allá por los años cincuenta armó una comparsa y sacó en plena procesión del “tope” la primera versión del baile de La Vaca.  El párroco, padre Marcial Baltodano al ver que iban hombres disfrazados de mujeres, fue al comando de la Guardia Nacional a ordenar que arrestaran a los “depravados”.  Sin embargo, tiempo después, Mito le confió a mi abuelo que esa noche fue a la iglesia y pidió confesión al padre Baltodano, quien no sospechaba que Mito conocía todas sus andanzas y en la confesión le hizo saber con pelos y señales todos los movimientos clandestinos del cura.  A la mañana siguiente, previo a la procesión, el Padre Baltodano manifestó su confusión del día anterior y permitió el baile de La Vaca, que desde entonces es una tradición en el pueblo.

Durante las festividades todo el pueblo come y bebe en casa del Mayordomo.  Dependiendo de las ofrendas recibidas, se reparte un menú más o menos amplio, sin embargo, la comida típica de las fiestas de San Marcos es la “masa de cazuela” un guisado a base de masa de maíz y carne de res, sazonados con achiote, cebollas, tomates, yerbabuena, ajo, naranja agria y chiltoma.  La receta de este platillo se ha transmitido de generación en generación de tal manera que es muy difícil encontrar una “masa de cazuela” que le llegue en sabor a la de San Marcos, misma que se sirve con una ensalada “callejera” y guineo.  También se preparan deliciosos nacatamales, chicharrones, pollo en diversas formas, tallarines y de beber, además del guaro, se reparte chicha de maíz.

El día 25 que es la fiesta propiamente dicha, a las cinco de la mañana, los chicheros ejecutan una diana por las principales calles del pueblo, en la que participan todos los ciudadanos que están hábiles para hacerlo.  A las diez de la mañana, se oficia una misa solemne que se le denomina “función” y que le corresponde celebrar a la máxima autoridad eclesiástica del país, es decir el Arzobispo de Managua y en algún tiempo era la ocasión para realizar las confirmaciones de todo el año.  La misa muchas veces concelebrada dura cerca de dos horas y al final se entona el himno a San Marcos:  Gloria, gloria, al apóstol querido, a San Marcos Patrono de Amor, que protege a su pueblo escogido y a sus hijos los lleva al Señor…

Cerca del mediodía sale la procesión y era costumbre la detonación de una carga cerrada, bombas de regular intensidad, situadas a cierta distancia y que le daban unos dos o tres segundos entre detonación y que en tiempos de bonanza le daba dos vueltas al parque, es decir unos setecientos metros de extensión.  Luego van saliendo uno a uno los santos, la Virgen de Montserrat, San Sebastián y Santiago, para luego salir de manera triunfal San Marcos, con capas multicolores cubriéndolo y una innumerable cantidad de cintas de donde penden “milagros”.   La procesión recorría las principales calles del pueblo, mientras los asistentes bailaban alrededor de los santos, otros de rodillas pagaban una promesa desplazándose hacia el Santo.   Hasta los años sesenta/setenta, cuando no había las famosas “hípicas” los sanmarqueños que tenían caballos acompañaban al “tope” y a la procesión montados en sus mejores equinos.

Las fiestas finalizaban con la octava, en donde se despedía a los distinguidos santos visitantes y se consumían los restos de la comilona y el guaro.

Tuve la suerte de vivir las fiestas de San Marcos cuando estaban en todo su esplendor, es más, estuve presente el año en que según muchos, se dio la mejor fiesta de todos los tiempos.  Fue en el año de 1976, y el mayordomo fue José de Jesús Reyes Somoza, conocido como “Chepe Chú” hijo de doña Amalia Somoza García, hermana de Anastasio Somoza García. “Chepe Chú” había sido mucho tiempo diplomático en Alemania y tenía mucho dinero y para ese año fue nombrado mayordomo de las fiestas y echó la casa por la ventana.  La noche del 24 de abril hubo una fiesta en el Town Club, amenizada nada menos que por Barrunto Persuasión, que al ser en su mayoría sanmarqueños, tocaron con el alma y después de finalizar el tiempo de su contrato, Chepe Chú los persuadió para que tocaran hasta el amanecer.  Salimos de la fiesta directo a la diana, en donde bailamos al son de los chicheros y levantamos al pueblo entero.

También conocí de cerca a Mito Escobar, pues había trabajado en un tiempo para mi abuelo y llegaba constantemente a su botica.  Mi abuelo siempre le ayudaba para el baile de la vaca y en una ocasión, tendría yo unos ocho años, Mito me regaló una máscara de calavera, parecida a la de la muerte quirina de su baile.  Cuando Mito hacía remembranzas de las fiestas de abril, siempre contaba jocosamente la ocasión en que se había ingerido tanto licor que no hubo quien llevara de regreso a San Sebastián a Diriamba, por lo que se les hizo fácil mandarlo manifestado por el ferrocarril, lo que provocó la ira de los diriambinos que se retiraron de las fiestas por varios años.  También se recordaba la ocasión en que le correspondió la mayordomía a doña María Caldera, maestra muy estricta que consideró que el guaro desvirtuaba el espíritu de la fiesta y no aceptó su distribución, brindando en su lugar café con leche, lo que ocasionó que muchos devotos casi murieran del síndrome de abstinencia.

Ahora las cosas han cambiado mucho, podría decirse que las fiestas de abril han perdido su encanto.  En parte porque el alma del pueblo que eran los sanmarqueños de corazón se han muerto o han emigrado.  Luego llegaron oleadas de inmigrantes para el terremoto de 72 o en los años ochenta que nunca llegaron a asimilar el espíritu de arraigo y pertenencia.

Dese hace algunos años la designación de un mayordomo ha sido un dolor de cabeza, pues la crisis ha ahuyentado la voluntad de comprometerse a repartir un capital en comida y bebida y las ofrendas no pasan de una que otra gallina.  Los únicos valientes han sido los “hermanos lejanos” como llaman en El Salvador a los paisanos que han emigrado a los Estados Unidos y que la nostalgia los ha motivado a establecer una peregrinación para las fiestas de abril.  Así fue que familias como los Martínez Alvarez y los Lacayo Morales salvaron las fiestas, a costa de un ojo de la cara, pues fueron por San Marcos y les salió la virgen.  Sin embargo, en otros años ha llegado marzo y no se ha ofrecido nadie como mayordomo, lo que ha obligado al pueblo entero, como Fuenteovejuna, a echarle la vaca entre todos para rescatar la fiesta.

En lo particular, siento que las fiestas de abril son otra cosa.  Las hípicas como elemento aislado de las fiestas, son como las caravanas del Moto Club en pueblo ajeno.  Uno de estos años, el “tope” tuvo invitados especiales y los cuatro santos salieron a recoger a cuanto patrono fueron encontrando en el camino a Masaya, un poco más y se van hasta Rivas a traer al Señor del Rescate.  Las pipas de guaro que se estacionaban en El Porvenir desaparecieron y en su lugar cada quien amarra su gallo. Ahora, a la salida de la procesión del 25 la carga cerrada ha sido sustituida por tres morterazos y Las Mañanitas, interpretadas por unos “mariachis” disfrazados de Tigres del Norte, tal vez para hacerle compañía al León de San Marcos.  Lo que no cambia y siempre emociona, es el himno a San Marcos, que entona el pueblo entero al unísono, que hace que los hermanos lejanos escondan sus lágrimas detrás de los visores de plasma de sus videocámaras High Defintion.

Aun así, creo que iré a la procesión de San Marcos, más que nada a colgarle una cinta, sin reproches de ninguna especie, simplemente por el hecho de que mi familia y mis amigos, sin importar la distancia, han estado cerca de mí cuando más lo he necesitado.

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Masaya en el corazón de mi abuela

Doña Ester Corea de Ortega

Mi abuela paterna era originaria de Masaya.  Emigró a San Marcos por motivos de la salud de mi abuelo en 1919 y ahí murió en 1960. Mientras mi abuelo como capitalino añoraba Managua, ella pensaba que el centro del mundo era Masaya, pues ya fuera para pasear, comprar, rezar, visitar amistades, reír o llorar, viajaba hacia allá. 

De pequeño tuve la oportunidad de acompañarla en varias ocasiones en sus viajes al terruño.  Era toda una aventura.  Había una camioneta pick up acondicionada con una cabina de madera, llamada El Pollo que pasaba por la farmacia de mi abuelo donde la abordábamos y como una consideración especial para mi abuela, el conductor le cedía los dos espacios a su lado.   

La emoción comenzaba cuando pasábamos La Primavera a la salida del pueblo y donde finalizaba el pavimento.  De ahí en adelante era un incesante zangoloteo y un nutrido polvazal.  Pasábamos por Masatepe, en donde mi abuela me compraba un chivito, figura de masa de arroz endulzada que me llamaba la atención, más por su apariencia que por su sabor.  Luego la emoción subía al máximo cuando llegábamos a Niquinohomo.  En el cementerio hacia la izquierda estaba la salida a un camino más estrecho y sinuoso que llevaba a Masaya.  Había un lugar en donde desde mi abuela hasta el último pasajero guardaba silencio y empezaban a encomendarse a toda la corte celestial.  Era una curva que describía una herradura y con una pronunciada pendiente, lo cual sumado al hecho de que no tenía peralte y un precipicio se abría a un lado, constituía la prueba de fuego para cualquier conductor.  Esa curva se conocía como la temida vuelta de la “U”.  Pero el chofer de El Pollo tenía una pericia única, hacía malabares con la palanca de velocidades y comenzaba a rodar por la curva teniendo el cuidado de no rozar el borde del camino ni resbalar en el lado del precipicio. Una vez superado ese tramo todo mundo respiraba y comenzábamos a descender hacia Masaya. 

Lo primero que encontrábamos al entrar a la ciudad era Monimbó.  Siempre me llamó la atención las casas de paja y los niños que sin el menor pudor deambulaban desnudos por el barrio.  Luego pasábamos por el Colegio Salesiano, no sin antes escuchar las amenazas de mi abuela de que si no estudiaba vendría a parar a ese Colegio, reservado en esa época a los muchachos rebeldes, reprobados o expulsados de otros colegios. 

El Pollo hacía su parada final muy cerca del parque central de Masaya.  Al descender comenzaba a caminar en un mundo mágico y sobrenatural, de esos que sólo Ray Bradbury puede describir.  Desde la calle siguiente al parque se percibía un rumor especial y luego al llegar al mercado se observaba un movimiento multitudinario de marchantes, vendedores, cargadores y un ruido ensordecedor con miles de pregones flotando en el aire.  Mi abuela me tomaba fuerte de la mano y empezábamos su periplo por todo el mercado, comprando una gran variedad de hierbas, verduras y frutas de todos los colores y tamaños, dulces de una inmensa variedad y sabor: recuerdo de manera especial los coyoles en miel que a ella tanto le gustaban y que tenían un color púrpura encendida y un profundo sabor dulce que debía succionarse de la superficie que parecía hecha de algodón quirúrgico.  Nos acompañaba un cargador que contrataba mientras se iba haciendo de una carga considerable.  El recorrido se hacía extenso, pues cual vía crucis ella iba haciendo estaciones a lo largo del camino, conversando de manera interminable con una infinidad de personas conocidas.  La expresión grave y seria que mantenía en la botica de San Marcos, se convertía en una afabilidad sin límites, esbozaba una sonrisa única y su buen humor me sorprendía, el cual yo aprovechaba para pedirle uno que otro juguete, como aquellas figuras de madera que se conocían como “muñecos de regla” que en medio de su sencillez, hacían malabarismos dignos del circo chino. 

Cuando se cansaba de comprar o de reír, contrataba un coche que nos llevaba cerca de la estación del ferrocarril, que era otro punto neurálgico de la ciudad y que desde lejos se miraba en ebullición, gente que entraba o salía, carga que subía o bajaba, vendedores que vociferaban pregones a los cuatro vientos, compitiendo con el ruido y silbido de las máquinas.  Nosotros pasábamos de largo y como a las dos calles llegábamos a una casa que siempre me pareció oscura o sería más bien que tenía un patio demasiado claro.  Ahí vivía la tía Chepita hermana de mi bisabuela, que al mejor estilo de Clint Eastwood fumaba un puro chilcagre y salpicaba su vocabulario con toda suerte de procacidades.  También encontrábamos a la tía Mélida, media hermana de mi abuela que se movilizaba entre Masaya y San Marcos vendiendo lotería y lecheburras.  Mis tíos bromeaban con ella diciéndole que no vendía ni la terminación de la lotería, sin embargo, las lecheburras que hacía eran de concurso, pues difícilmente podía encontrarse un dulce de esa calidad.  Tenían la mezcla exacta de leche, cacao, dulce, mantequilla, limón y vainilla, así como el tiempo preciso en el fuego para cada etapa, adornándolas al final con pequeños trozos de maní.  Tenían un perfecto corte geométrico y eran envueltas cuidadosamente en papel encerado. 

De ahí, salíamos a sus otros mandados, ya sea donde una señora llamada América Barrera que le confeccionaba sus trajes o donde su dentista, un famoso Doctor Soto Carrillo que tenía su consultorio por el rumbo del Hospital.  Cuando sentía que el tiempo se le agotaba, nos trasladábamos de nuevo a las cercanías del parque en donde ya estaba esperando nuevamente El Pollo que nos llevaría de regreso.  El viaje hacia San Marcos se sentía más tranquilo y rápido y cuando menos lo esperaba, pues probablemente me dormía llegando a Niquinohomo, sentíamos el golpe de la camioneta al subir al nivel del pavimento de La Primavera.  En un santiamén estábamos en la botica La Capitalina, en donde me esperaba mi madre, quien disimulando su extrema preocupación me abrazaba como si regresara de la Antártida. 

Un frío domingo de febrero, mi abuela cayó fulminada por una trombosis mientras tomaba su baño y en un ratito se murió.  Mi padre, que estaba de turno en el Hospital Bautista no alcanzó a llegar y encontrarla viva.  Todo el mundo en la botica estaba consternado; mi abuelo no alcanzó a reaccionar y empezó a morir desde ese día.  Yo, sin embargo, al acercarme a verla adiviné en ella aquella expresión que la invadía cuando viajábamos a Masaya.  Supe entonces que a pesar de que su cuerpo había quedado sin vida en San Marcos, su espíritu vagaba tranquilo y alegre por Masaya. 

Sus hijos decidieron enterrarla en San Marcos y mandaron a traer los servicios fúnebres de los Reñazco en Masaya, quienes se aparecieron en el pueblo con toda su parafernalia, que incluía, además de un ataúd de estilo churrigueresco, una carroza del mismo tenor, un auriga de etiqueta y dos briosos corceles, todo lo cual paralizó al pueblo que, un tanto apesarado y un tanto anonadado, la acompañó a su última morada. 

En la actualidad, viajo frecuentemente a Masaya y siempre que paso cerca de la estación busco infructuosamente el lugar en donde estaba la oscura casa de la tía Chepita.  En el edificio en donde estaba el bullicioso mercado se encuentra ahora un aséptico mercado de artesanías.  Nuestra gran amiga Angeles Bermúdez nos invita regularmente a su casa para admirar las danzas folklóricas que los Masaya luchan por mantener puras y detener los constantes desmanes de los mercenarios del folklore.  Cuando veo a las jovencitas con sus relucientes huipiles y sus impecables faldas moviéndose graciosa y primorosamente al son de la marimba, me acuerdo de mi abuela.  Nunca la miré bailar, pero me imagino que en su juventud, en su querida Masaya sentía vibrar la marimba en su corazón y se movía acompasadamente con El acuartillado, luciendo la sonrisa que se llevó a la tumba.        

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Los fantasmas del Julia

Sissi

Cuando a finales de los años 80 se estrenó Cinema Paradiso, muchos disfrutamos sobremanera esa magistral cinta, especialmente quienes habíamos tenido la oportunidad de vivir lo que fue el cine de pueblo, para entonces prácticamente desaparecido y descubrimos en la obra de Tornatore, un retablo de lo que significó ese lugar tan especial.  La laureada cinta nos transportó a un mundo mágico en donde el cine se dejaba amar, en donde más que ver una cinta, la gente iba a convivir, a soñar, a reír y a llorar, en donde el factor de socialización y culturización no se limitaba al film, sino que se extendía al recinto y en especial a la gente.    

Fue en el Teatro Julia de San Marcos, Carazo en donde aprendí a querer al cine, en donde asistí asiduamente a la única tanda de ocho de la noche o a la matinée de los domingos y participé de esa cotidiana comunión de vecinos mientras admiraba la magia del cine.    

El Julia era un teatro único en su especie.  Propiedad de doña Amada de Somoza, viuda de un hermano de Anastasio Somoza García, fue bautizado en honor a la matrona de esa familia, doña Julia García de Somoza.  A pesar de que el nombre no le hacía mucha gracia a doña Amadita, como se le llamaba, pues su relación con la familia, incluso con el interfecto no fue demasiado cordial, el nombrecito, sin embargo, le traía una que otra prerrogativa. 

El local había sido construido a inicios de los años 40 y tenía butacas de madera en tres grandes bloques que totalizaban unos 400 lugares, más un pequeño palco situado en la parte posterior, resguardado por un muro bajito, más de adorno que para protección y que estaba destinado a doña Amadita, el cura del pueblo y uno que otro allegado a la señora.  En la parte superior estaba la gayola que a mitad de precio era la alternativa para los paisanos de menores ingresos.  

Creo que era el único teatro en el planeta que había sido diseñado para personas con una vejiga del tamaño del tanque de combustible del Discovery, pues no tenía baños.  En alguna ocasión para evitar males mayores, en el corredor izquierdo, pegado al muro de la casa vecina, también propiedad de doña Amadita, construyeron un canal que servía de mingitorio para el auditorio masculino.  Las féminas tenían que llegar preparadas para dos horas de continencia.   

Conocíamos de la cinta a proyectarse diariamente a través de un programa impreso en papel periódico y que Miguel “Loco” distribuía casa por casa.  Miguel era un joven afectado en sus facultades mentales que doña Amadita tomo a su cargo y que al mejor estilo de Igor, le guardaba fidelidad y realizaba toda clase de tareas a cambio de un poco de comida y del espejismo de recibir cierto afecto.  El resto del personal que laboraba en el cine eran parientes de la señora y recibían un sueldo mísero, equivalente a la mitad del costo de una entrada a la función.  

A pesar de que la película iniciaba cerca de las ocho de la noche, cuando doña Amadita ocupaba su palco o informaba que no asistiría, la gente comenzaba a llegar a las siete y media, aprovechando el tiempo de espera para la convivencia.  Ahí se preguntaba por la familia, por los enfermos; se sabía de los aprobados y los reprobados, de las declaraciones de amor, de las quiebras sentimentales, de los acabangados, de las juidas, de los embarazos benditos o furtivos, ahí se anunciaban las proclamas, los bautizos, o se hacían los planes para pasar por alguna vela después de la función.  Durante la proyección eran permisibles los comentarios en voz alta, especialmente cuando algún episodio de la película se asemejaba a la vida real o cuando algún artista era parecido a cualquier personaje del pueblo.  

Cuando la cinta se cortaba o había algún problema con la energía eléctrica, el escándalo no se dejaba esperar con crueles epítetos que llovían al proyectista y a su asistente, mismos que eran lanzados con voz atiplada para evitar que aquellos reconocieran a sus vecinos, amigos o parientes.  El único identificable era un ñajo, que por más que se esmeraba, su voz era reconocida en el acto, haciéndose acreedor de la burla del auditorio que le gritaba al unísono -Callate Maqueca-.  

Cuando terminaba la función, cerca de las nueve y media, diez de la noche, los que presumían de ser los críticos del pueblo se reunía en el parque para realizar sus últimos comentarios, conclusiones y comparaciones, mientras tanto las parejas de novios caminaban con el paso más lento que podían para llegar a la entrega de las doncellas, antes de que el pueblo cayera en un profundo sueño hasta el día siguiente.  

El teatro también servía para otros eventos como compañías de teatro, de variedades, o de representaciones sacras, así como las famosas veladas, que eran talent shows en ocasión de fines de curso de las escuelas o para recadar fondos para obras sociales.    

Fue en ese cine en donde me hice fan de Roy Rogers, aquel vaquero de buenos sentimientos, caballeroso, prototipo del héroe de esa época y que mi padre insistentemente invocaba cada vez que yo mostraba mi desmedido temor a la oscuridad.  

También fue allí donde años después sentí que un rayo me fulminó, al ver por primera vez a Romy Schneider en el papel de Sissi y en donde dejé de soñar con tener un caballo y un par de pistolas doradas y de cachas de marfil y lo cambié por un sueño guajiro en donde tenía una espada para lanzarme en contra del Emperador Francisco José.  

En el Julia miré infinidad de películas, buenas, malas y regulares, muchas me gustaron y muchas no, pero lo importante fue que el cine llegó a ser una fuente inagotable de experiencias y conocimientos que me dieron valiosos elementos para sobrevivir posteriormente.    

Allá por los años setenta, después del terremoto de Managua y del estreno de El Padrino, un empresario del espectáculo se acercó a doña Amadita y le hizo una oferta que ella no pudo rehusar y de esa manera desapareció el Teatro Julia para dar paso al Cine Plaza.  En ese entonces el pueblo empezó a llenarse de foráneos que encontraron en el pueblo un perfecto dormitorio y la convivencia en el cine comenzó a enfriarse y así ese recinto fue perdiendo encanto, hasta que un día en los años ochenta desapareció.  

Para quienes conocimos al Teatro Julia en su esplendor, llegar ahora a San Marcos y pasar por sus ruinas nos parte el corazón.  Hay que hacer un verdadero esfuerzo para identificar donde fue la taquilla, donde estaba la pantalla, donde estaba el barcito en donde servían, según los conocedores, la mejor cebada de Nicaragua.  En el lugar en donde estaba el kilométrico migitorio, un avezado entrepreneur se hizo de un pedazo del terreno y dicen que está construyendo una clínica, bajo el riesgo de que por las noches los fantasmas del Julia con voz tenebrosa y atiplada le lancen los más graves epítetos, mientras que en venganza por el sacrilegio, le descarguen el poder de sus vejigas.  

El Teatro Julia Hoy  

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