Archivo mensual: marzo 2015

La otra niñez

Castigo

 

Todos aquellos que crecimos en la segunda mitad del siglo XX tenemos la gran suerte de haber sido testigos de cambios fundamentales que se dieron en la historia de la humanidad.  Nos correspondió ver en  vivo y a todo color, la vertiginosa carrera de la tecnología de los últimos sesenta años.  Pudimos gozar de los adelantos en la medicina de tal  forma que nuestras expectativas de vida se han prolongado respecto a las generaciones anteriores.

A estas alturas del partido,  de repente nos ataca una intensa sed de filosofar y pensar en lo que pudo haber sido y no fue, como decía Consuelo Velázquez, en especial ahora que parece haber una extrema conciencia por la tolerancia, la no violencia y el bienestar y protección de los niños a la luz de sus derechos fundamentales.

Me pregunto yo, qué cambios fundamentales hubiesen ocurrido en mi persona, si en mi niñez hubiese estado vigente esta conciencia.  De entrada debo de admitir que no me considero haber sido un niño maltratado, crecí en un ambiente de armonía en mi hogar, sin violencia intrafamiliar, no obstante, en mi casa, al igual que en todas, se manejaba el castigo físico como una manera de corregir acciones consideradas fuera de lo correcto.  Era en ese tiempo, algo normal.   Mi abuela era aficionada a los coscorrones, mi abuelo ocasionalmente manejaba uno que otro querque, mi padre llevaba la voz cantante en los castigos con su cinturón de cuero y mi madre, enemiga de la violencia, sólo para cubrir el protocolo utilizaba una faja de tela, de aquellas que forraban para hacer juego con el vestido, pues estaba convencida que tenía un mayor efecto una explicación sobre la falta, que un castigo corporal.

En la escuela tuve una gran suerte, a pesar de que todavía estaba vigente aquel infame dicho: “La letra con sangre entra”.  Mi primera maestra, la Prof. Ofelia Ortega v. de Morales, me enseñó con un gran cariño y eso me ayudó a aprender a leer y escribir en tiempo record.  Al ingresar al Instituto Pedagógico de Diriamba, el Prof. Juan Carlos Muñoz, con una clara vocación magisterial, tenía una enorme paciencia para sus alumnos y jamás utilizó el castigo físico.  Sin embargo, cursaba yo el tercer grado, semi interno, cuando a la hora del almuerzo, un compañero soplón me acusó ante el hermano que supervisaba, de haber expresado una opinión adversa sobre la calidad de la comida y éste, sin averiguar nada, sin probar aquel bodrio, ni darme derecho de defensa, me soltó una bofetada que me hizo dar vueltas como el Chómpiras.  Me ardió y me dolió, más que nada ante la impotencia de no poder reaccionar, ni poder hacer nada.  Para evitar represalias posteriores no comenté nada de eso en mi casa.

Luego en quinto grado, en la Escuela Fernando Rojas Z. un profesor sustituto me dio un par de azotes con un varejón que me marcaron grandes verdugones.  Cabe decir que lo merecía, pues yo estaba con un asta de bandera presionándola contra el cuello de un compañero de clases que me había roto una carabina de juguete.  Tuve que comentarle lo sucedido a mi madre, por lo de la carabina, que no era mía y tuvo que salir lo de los varejonazos.  Mi madre fue a reclamarle al profesor, pero éste como dicen en México, se hizo güey.

En sexto grado de primaria, por deferencia de mi madre con el cura del pueblo, ingresé a un instituto parroquial, sin embargo, ella no sospechaba que el clérigo era aficionado al castigo físico extremo.  Tenía el padre un azote de tamaño mediano, que según algunos fue elaborado de una verga de toro.  En cierta ocasión me tocó presenciar uno de los castigos más brutales que he visto en mi vida.  Un muchacho del norte que había sido encomendado al cura, cometió una falta, la cual no recuerdo, pero no era nada grave, sin embargo, reunió a todo el colegio y a la vista de todos, le obligó a quitarse la camisa y en la espalda lo azotó hasta que de los grandes verdugones empezó a brotar sangre.  El párroco se sorprendió que el muchacho no lanzó ni un gemido, así que cesó los azotes y con la respiración entrecortada y con los ojos desorbitados, se dirigió a sus aposentos.  Muchos alumnos en ese instituto recibieron azotes, en menor grado, desde luego.  A mí en lo particular, me tocó una vez dentro de un castigo general, pero cuando llegó mi turno, el cura, al conocer a mi madre y presentir que podía meterse en honduras, me dio el  azote de vacilada, de tal forma que no sentí dolor y no quedó ninguna marca.

En secundaria de regreso en el Pedagógico de Diriamba, nunca tuve ningún episodio de castigo corporal.  Conocí sin embargo el caso de un amigo muy cercano a nuestra familia que en una discusión con el hermano cristiano, éste le soltó un puñetazo en la nariz que le fracturó el tabique.  Su padre llegó a reclamar, sin embargo, el ínclito hijo de La Salle, con el mayor recogimiento se hizo güey y el caso no pasó a más.

He tratado de analizar si estos castigos provocaron algún trauma en mi persona y en realidad, no encuentro nada al respecto.  Tal vez deba agregar que tiempo después, el destino puso en mi camino a dos de estos agresores.  Vivía entonces en Managua, cuando conduciendo una station wagon de mi padre por la Avenida Roosevelt, hacia el sur, cuando al llegar al semáforo de El Hormiguero, observo que el hermano cristiano de la bofetada iba cruzando la calle hacia el Pedagógico de Managua;  muy quitado de la pena, como Paul Mc Cartney en Abbey Road, cuando se me puso la luz verde, entonces le refundo el acelerador hasta el tope y los ocho cilindros de la camioneta respondieron al instante, luego esquivé al ínclito hijo de La Salle, llegando casi a rozarle la sotana.  Todavía seguía acelerando cuando en el espejo retrovisor lo divisé con el puño en alto y agitándolo.  Llegué a mi casa con una sonrisa de oreja a oreja.

Casi por esa misma época, en segundo de universidad, participaba en las novatadas o peloneadas a los de primer ingreso, cuando observo que llega a inscribirse en humanidades el profesor sustituto aquel del varejonazo.  -¡Ay, papito! Dije para mis adentros.  Le corté el pelo y además lo rasuré al rape con una máquina de afeitar y cuando estuvo listo, le apliqué una generosa cantidad de un “after shave” que los estudiantes de química habían preparado en su laboratorio con benzaldehído.  Me imagino que le ardió como a mí me ardieron los varejonazos.  Tal vez, mas.  Me lanzó una mirada inquisidora y yo tranquilamente le miré como haciéndome güey.

Así que me pregunto, qué tipo de persona seríamos ahora, si en nuestra niñez, el castigo corporal hubiese estado proscrito, si hubiese podido acusar al hermano que me abofeteó y éste hubiese sido sancionado o bien si el profesor sustituto hubiese sido retirado de su función por haberme varejoneado.  Si hubiese servido de escarmiento si una Comisaría hubiese detenido al párroco y lo hubiese sido juzgado por maltrato y lesiones psicológicas a un menor, o el hermano cristiano que le rompió la nariz al amigo aquel, hubiera servido unos dos años por lesiones permanentes.

Lo cierto es que nadie puede asegurar nada.  Podría ser que fuera una mejor persona, de la misma forma que podría ser algo peor o incluso, de cualquier forma hubiese sido igual a lo que ahora soy.

Aunque la verdad de la verdad, creo que no cambiaría mi niñez por nada, con todos sus defectos y limitaciones, me parece que no escogería nada diferente y así mismo, deben pensar todos mis coetáneos, aún con los coscorrones incluidos.  Nuestro compromiso es crear un ambiente en el cual crezcan nuestras futuras generaciones  para que cuando alcancen nuestra edad, ellos sientan que tampoco cambiarían su niñez por nada del mundo.

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Archivado bajo cultura, Nicaragüense

Pintura por números

Ideay pues, apuntes sobre la nicaraguanidad.  Foto Celeste González

Después de varios meses de trabajo logré sacar la primera edición de mi libro “Ideay, pues” “Apuntes sobre la nicaraguanidad”, que recoge los artículos que publiqué en este blog “Los hijos de septiembre” en el período 2007-2014.  Decidí realizarlo a través de Create Space que es una plataforma de publicación independiente, en la cual no se requiere realizar inversión financiera alguna y que tiene la ventaja de distribuir los libros a través de ella misma y de Amazon y varias librerías en línea en todo el mundo.  Lo anterior, debido a que realizar la publicación a través de una editorial local requiere de un considerable esfuerzo de negociación y gestión, muchas veces infructuoso y lanzar una edición privada es muy costoso.  Por otra parte consideré que si es posible que una persona luzca en la pasarela de Galerías Santo Domingo un blue jeans que le envió un pariente desde los Estados Unidos con una marca de moda y que al final, al observar la etiqueta, se advierte que fue confeccionado en una zona franca de Nicaragua; asimismo, es factible que puedan recibir un libro desde el país del norte.

A continuación, comparto con ustedes el escrito que a manera de prólogo introduce la colección de artículos del libro:

“En mi adolescencia mi padre me alentó a aficionarme a la pintura por números.  Lo hizo más que nada para mantenerme ocupado; yo en cambio lo hice por el impulso de superar un reto, pues ambos sabíamos que la pintura jamás sería lo mío.  Comencé con un cuadro de un niño al estilo Tom Sawyer y finalicé con un cuadro de tamaño considerable que reproducía La última cena de Da Vinci.  Aquella técnica de pintura, si pudiera llamarse técnica o peor aún, pintura, hacía que uno se concentrara en las pequeñas áreas numeradas, de tal forma que si se respetaban los límites y se aplicaba correctamente el color que determinaba el número,  al final, entornando un poco los ojos y echándole producto de gallina, se podía adivinar aquella obra maestra de Leonardo. En ningún momento tuve en mente la escena en sí de la última cena, alguno de los personajes, ni siquiera las patas de la mesa, sino que mi atención estuvo puesta exclusivamente en aquellos pequeños mapas numerados.   Mi padre como un gesto de reconocimiento a mi esfuerzo, colocó mi obra terminada en el comedor, que era el sitio recomendado para este cuadro y ahí se mantuvo por cierto tiempo, hasta que, como si contuviera algún código oculto, misteriosamente desapareció de mi casa.

Algo parecido me ha sucedido con una serie de artículos que he escrito en los últimos ocho años para un blog que denominé Los hijos de septiembre y que gira alrededor de esa esencia que llaman nicaraguanidad.  En esta ocasión, me centré en cada artículo basado en las vivencias que flotaban en mi memoria, algunas de ellas nebulosas y que con el invaluable apoyo de mi familia y amigos cercanos, pude acercarme a la realidad de los hechos.  A diferencia del caso de la pintura, debo de admitir que he sentido que la escritura sí puede ser lo mío, y con la determinación del Correggio al exclamar: Anch´io sonno pittore me lancé a la elaboración de mis artículos en los que he puesto toda la pasión que la vida y su costo, desde luego, me han permitido.  En este esfuerzo me han animado, en primer lugar mi familia, luego la cantidad de visitas al blog, los mensajes positivos que he recibido y las visitas que de vez en cuando realizan afamados escritores y más de un periodista.  El caso es que al observar una selección de esos artículos como un todo, al igual que aquel mi esfuerzo de la Ultima Cena, pueden apreciarse los rasgos fundamentales de la nicaraguanidad.  A mi favor, podría agregar que a diferencia de la magnífica obra de Santa María de la Grazie, ningún autor ha podido plasmar la identidad del nicaragüense con la maestría que Leonardo puso en su emblemático cuadro.  Podría ser que no es comparable una escena, un tanto estática, con la tremenda dinámica que ha ofrecido la esencia del nicaragüense en los últimos doscientos años.

Así pues, ese panorama que observé en el conjunto me empujó a ordenar los artículos y compartirlos en el presente libro, de tal forma que el lector tenga al final, una idea general de la nicaraguanidad y su dinámica en los últimos años.   Asimismo, en estos escritos he tratado de guardar un estilo desenfadado, pues no le luce a este tema lo grave y riguroso.  Así pues el lector encontrará una lectura amena que lo conducirá de la mano suavemente hacia el asombroso mundo del nicaragüense.  Debo advertir sin embargo que el humor contenido en mis escritos puede tacharse algunas veces de irreverente, pero en este sentido, prefiero esa etiqueta que escatimarlo.

Para facilitar su lectura he clasificado los artículos en cinco apartados que reflejan igual número de temas fundamentales en el conocimiento de la nicaraguanidad.  Sin que signifique prioridad alguna, se me ocurrió iniciar el libro con el tema del lenguaje del nicaragüense, con sus diferentes matices y colores y que bajo el título de Ideay, pues, expresión tremendamente nicaragüense, le da también el nombre a toda la obra.  El castizo refrán: Barriga llena, corazón contento tiene un significado especial por estos lados, pues los exponentes de la comida local han tenido un gran arraigo entre la gente, de tal forma que es tema insoslayable en cualquier intento de esbozar su identidad, de esta manera, el segundo apartado trata sobre gastronomía nicaragüense bajo ese paremiológico título.   Indudablemente la diversidad de caracteres que acusan los nicaragüenses hace obligatorio un recorrido por los personajes que han llegado a ser emblemáticos en la conciencia colectiva y que ocupan el apartado denominado Todos somos Lisímaco.  Otro aspecto relevante en esta exposición lo constituyen los rasgos fundamentales del nicaragüense, sus virtudes y defectos y que están agrupados bajo el título de Somos así, relacionado con una anécdota que abre el capítulo.  Finalmente he incluido una serie de anécdotas diversas algunas de las cuales llegarán a asombrar al lector y que de ahí el título Cosas veredes.

Es probable que después de machetearse este libro,  el lector no alcance los créditos suficientes para graduarse en nicaraguanidad, sin embargo, los que tienen la suerte de vivir por acá gozarán al reconocer muchas situaciones planteadas y en varias ocasiones se enfrentarán a un espejo.  Para los hermanos lejanos que sufren el agridulce sabor del exilio, sentirán la nostalgia del terruño que no dejan de añorar y los extranjeros, sentirán el gusanito de darse una vuelta por este maravilloso país.  Lo que sí le puedo garantizar es que no se van a aburrir y llegarán al final con un dulce sabor de boca.”

 

Enlace a catálogo de Create Space

 

 

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