Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1962 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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La penitencia

CUENTO PARA LA SEMANA SANTA

ORLANDO ORTEGA REYES

La cruz no pesa, lo que cala

son los filos, cariño santo

Tomás Méndez

 

Era el domingo de ramos de 1962 en el pueblo de San Isidoro, un pequeño poblado enclavado en la sierra y que en los últimos cien años se había mantenido del cultivo del café.  Como muchos otros poblados, le hacía honor a su tamaño, pues era un infierno grande.  Precisamente, en la semana anterior, el Padre Julián, quien había sido el pastor de aquel rebaño por muchos años, fue transferido al otro extremo del país, debido a una serie de eventos desafortunados, en donde el carácter viperino de la lengua algunos ciudadanos (aquí vale agregar “y ciudadanas”) lo habían puesto en una posición bastante comprometedora, asunto que llegó a oídos de la Curia, motivo por el cual fue llamado a una audiencia en donde se decidió su inmediata sustitución.

Así pues en aquel domingo de ramos, además de celebrarse el inicio de la semana mayor, con la emblemática bendición de las palmas, el pueblo recibiría a su nuevo párroco: el padre Ramón.  Habían avisado del arzobispado que llegaría de la capital e iniciaría su apostolado precisamente presidiendo la procesión de aquella festividad.  El pueblo entero, ante aquella noticia, se había volcado al patio de don Josué, un enorme predio ubicado a la salida del pueblo, en donde tradicionalmente se subía a una imagen de Jesús que tenía articulaciones, de tal manera que podían sentarla, pararla y adaptarla para poder subirla al lomo de una burra.  El animal en cuestión era prestado por don Bernabé, un ciudadano un tanto irreverente, que según algunas tapas finas del pueblo, los días anteriores le agregaba al alimento algunas hierbas que llenaban de gases al animal, de tal manera que era parte de la tradición escuchar las flatulencias de la burra, lanzadas en estacato de manera oportuna en los momentos de silencio de los chicheros.

Minutos antes de las siete de la mañana, hora prevista para la salida de la procesión, entró al pueblo de manera solemne un enorme Buick negro.  Del vehículo descendieron dos individuos vestidos de sotana negra y se acercaron a la muchedumbre.  El más alto y robusto, hermoso, dirían las señoras del pueblo, se dirigió a los fieles y con voz enérgica les dijo: -El Señor Arzobispo les envía su bendición y les avisa que ha designado al Padre Ramón para que los guíe por el camino correcto.  Les pide todo su apoyo para su nuevo pastor.  Se adelantó el otro cura, un hombre relativamente joven, bajo de estatura y delgado.  En su cabeza se adivinaba una prematura calvicie, no obstante tenía cejas espesas que remataban a un par de ojos negros.  Al verlo, los fieles, acostumbrados a la notoria estatura y complexión atlética del Padre Julián, se quedaron un tanto sorprendidos, sin embargo,  reaccionaron y lanzaron vítores y ante una señal del alcalde los chicheros interpretaron una fanfarria, se lanzó una andanada de cohetes, mientras la muchedumbre agitaba las palmas que temprano habían adquirido donde doña Juanita, proveedora oficial de estos materiales y administradora vitalicia del huerto que se instalaba al lado de la parroquia.  En medio del bullicio el enviado del arzobispo hizo mutis por el foro y cuando la gente se percató el Buick negro se perdía en la lejanía de regreso a la capital.

El padre Ramón entregó una maleta a un muchacho y le pidió que la llevara a la sacristía y después de emitir saludos a diestra y siniestra, con algunos signos de bendición, ocupó su lugar al frente de la procesión, portando unas palmas que le entregó una matrona e inició la marcha.  El tambor de los chicheros realizó un magistral redoble, después del cual, como algo previsto, se hizo un profundo silencio.  Fue entonces cuando la burra sin respetar a su preciada carga, lanzó su andanada especial en honor al nuevo párroco.  El padre Ramón, como si fuera un jugador de póker no se inmutó en lo más mínimo.  Las señoras se taparon el rostro con sus mantillas y los señores agitaron sus palmas e inmediatamente los chicheros comenzaron a interpretar una marcha.  El nuevo párroco saludaba a los pocos habitantes que se habían quedado en sus casas y que se asomaban curiosos al paso de la procesión.

Minutos antes de las ocho llegó la procesión a la parroquia y mientras descendían y guardaban la imagen de Jesús y la gente se acomodaba en las bancas, el padre Ramón fue a la sacristía en donde con la ayuda de dos acólitos se cambió su sotana por la vestidura roja que marcaba la liturgia.

La misa en aquel tiempo todavía se realizaba de la manera ancestral, en latín y la mayor parte del oficio, de  espaldas a los fieles.  Así pues el cura se dirigió al pie del altar y con una voz demasiado fina, en comparación al vozarrón del padre Julián, exclamó:  In nomini Patri, et filii, et spiritus sancti.  Amen.  Introibo ad altare Dei.  Las señoras se volvieron a ver con una expresión de: -¿Y éste? Y en las bancas de atrás uno que otro caballero lanzó un disimulado: -Mmmmm.

Después del kilométrico evangelio de aquel domingo, llegó el momento de la homilía, que en aquellos tiempos se llamaba simplemente sermón.  El padre Ramón, con una inusual agilidad subió por una escalera de caracol a un incómodo púlpito y desde arriba comenzó, con voz un tanto meliflua, el primer sermón a su rebaño.  A pesar de la tranquilidad con que se expresaba el nuevo párroco, sus palabras tenían una contundencia inusual para aquellos fieles, acostumbrados a los sermones del padre Julián, que a pesar de su voz grave y su tono enérgico, sus palabras siempre se perdían en lo etéreo y como un avión que transita por el triángulo de las Bermudas, nunca lograba aterrizar.  El padre Ramón, sin embargo, se fue directo al grano.  Remarcó sobre el cambio de aquellos que hoy gritaban: Hosanna, bendito el que llega en el nombre de Dios, para luego, gritar:  Crucifícale, como una expresión que nacía de la mentira, la calumnia y la difamación.  Se extendió en la traición de Judas y en la lavada de manos de Pilato y cómo hay tantos que hacen lo mismo que estos personajes.  Finalizó su intervención, bastante larga por cierto, dejando la pregunta abierta a sus fieles, si ante la pasión de Cristo y en la vida misma, gritarían Hosanna o gritarían Crucifícale.  Al final de la misa, procedió a la bendición de las palmas y cada quien se fue a su casa, con una expresión de preocupación, pues el  nuevo cura, a pesar de su tamaño, lanzó unas cuantas verdades desde el púlpito.

La semana santa comenzó a desarrollarse de manera usual.  El lunes santo salió la procesión de San Benito, un santo negro al cual eran muy devotos muchos de los fieles que acusaban cierta ascendencia negra.  El martes el padre Ramón le preguntó a doña Martina, una devota que hacía las veces de secretaria de la parroquia, que si había un carpintero en el pueblo, confiable y discreto, a lo que ella le  recomendó a don Rodolfo, un viejo carpintero que vivía a pocas cuadras de la casa cural.  Lo mandó a llamar y le pidió un trabajo especial.  En dos días iba a construir una cruz, con unas soleras que habían sobrado de un anexo que se construyó en la casa cural, con ciertas dimensiones que el cura había calculado.  El carpintero le advirtió que de ese tamaño y con el tipo de madera, la cruz tendría un peso considerable.  El  cura le afirmó que eso ya lo sabía.  Se despidió con una solicitud de máxima discreción y antes de que el carpintero franqueara la puerta, le repitió con su dulce pero convincente voz: -Cuidadito.

En los oficios del martes santo, el padre Ramón anunció que las confesiones se realizarían el miércoles santo a partir de las dos de la tarde.  En la mañana del miércoles se efectuó la procesión del Lignum crucis, que era simplemente una cruz pintada en verde, sin Cristo, que pasaba por todo el pueblo y que a diferencia de otras partes del mundo, no llevaba ninguna reliquia de la madera de la verdadera cruz o Vera cruz, que muchos templos aseguran poseen un trozo.    Por la tarde, comenzó la confesión.  En aquellos tiempos, se seguían al pie de la letra los mandamientos de la santa madre iglesia que marcaban que había que confesarse y comulgar por lo menos una vez al año, por pascua florida.  De tal manera que quienes lo hacían con esa frecuencia debían de confesarse el miércoles santo para poder comulgar el jueves, en la misa pascual, que era la última antes de cantarse gloria.

De esta forma, a partir de las dos comenzó una romería hacia el confesionario.  Había en aquel pueblo una firme creencia que quien no comulgaba en la  misa del jueves santo le caían siete años de mala suerte, además de lo que tendría que pagar en el más allá y quien comulgaba sin confesarse, más le valía atarse una roca al  cuello y tirarse al río, aunque de hecho, no había ningún río en las cercanías del pueblo, solamente unas pilas que la mayor parte del tiempo estaban secas.  Aun así, la inmensa mayoría del pueblo se confesaba y comulgaba en aquella ocasión, alentados por la actitud del padre Julián que no le ponía mente a los pecados e imponía penitencias light, que nunca rebasaban los cinco credos, diez padrenuestros y diez avemarías.

En esta ocasión, la gente que esperaba su turno para acercarse al confesionario comenzó a observar que quienes habían finalizado aquel sacramento salían con una cara de susto, como si hubiesen visto al cadejo.   Así fue que las confesiones llegaron hasta las nueve de la noche.  Nadie que había pasado por el confesionario se atrevía a emitir comentario alguno.  Cuando la fila se redujo a un mínimo, se apareció doña Justina, una viuda de quien se decía tenía las tapas más aseadas de San Isidoro y sus alrededores.  Su confesión fue larga y tendida, pues a pesar de que según ella, sus propios pecados eran pocos y veniales, sin embargo, se sentía con la obligación de confesar los pecados de todos sus conocidos.  El padre Ramón, que con enorme perspicacia iba armando el rompecabezas de toda la trama en contra del padre Julián, con gran paciencia la escuchó y al final le fijó la penitencia de rigor y de la advertencia de que de no cumplirla, la absolución no tendría efecto y caería en pecado mortal.  Ella asintió y él procedió a exclamar: Ego te absolvo a peccatis tuis,  in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.    La mujer salió del confesionario y abandonó la iglesia con una expresión como si hubiese visto al fantasma de su difunto marido.

El viernes por la mañana la parroquia comenzó a abarrotarse, pues además de los fieles del pueblo, se agregaban a la procesión de la Via sacra muchos ciudadanos que vivían en otras ciudades y que en aquella ocasión en particular regresaban a su pueblo para participar en aquella procesión.  Ya estaba todo dispuesto para que iniciara la procesión cuando de pronto se apareció don Rodolfo con tres ayudantes cargando una gigantesca cruz.  El padre le indicó que la situara delante de las imágenes que componían la procesión, el Cristo cargando la cruz, la virgen dolorosa y San Juan.  A una señal del padre, cinco individuos, todos varones, tomaron la cruz de manos de don Rodolfo y entonces el padre le indicó a una veintena de personas, jóvenes y no tan jóvenes, varones y mujeres, que se habían presentado descalzos, que se situaran delante de la enorme cruz y cuando estuvieron colocados, hizo una seña a los chicheros, que se arrancaron con una marcha de Vega Matus.   El pueblo entero estaba atónito ante aquel espectáculo nunca visto.  Claramente podía observarse el dolor reflejado en los que avanzaban descalzos, dando saltitos ante lo caliente de la calle.  Quienes cargaban la cruz reflejaban un esfuerzo enorme pues tenían que acomodarse regularmente mantener un adecuado equilibrio y poder avanzar.

Llegaron por fin a la primera estación, en la pulpería de doña Josefa, quien había colocado una mesa adornada con un mantel y arreglos con hojas de pacaya y corozos.  Jesús es condenado a muerte.  Luego las consabidas oraciones y cuando finalizó aquello, se apareció otro contingente de seis ciudadanos, hombres y mujeres que relevaron a los que cargaban la cruz y otra veintena que sustituyó a quienes iban descalzos y que al ser relevados procedieron a ponerse sus respectivos zapatos y salieron caminando como loras en comal caliente.  Así se fueron sucediendo como en una extraña carrera de relevos, tanto los que cargaban la cruz como quienes marchaban descalzos.  El resto del pueblo que no había alcanzado aquella penitencia observaba cuidadosamente a los “favorecidos” con aquella penitencia, haciendo toda suerte de conjeturas y tratando de establecer una unidad de medida para realizar las comparaciones del caso.

El calor iba aumentando significativamente y al final llegaron a la estación número 12, en la panadería de don Cástulo, Jesús muere en la cruz.  Las oraciones del caso y el relevo.  Ahí apareció como por arte de magia doña Justina, vestida con una túnica morada y descalza.  Todos pensaron que se iba a unir al contingente de los descalzos, sin embargo, para sorpresa de todos, se colocó en la cruz junto a dos señoras más y dos hombres.  Y al son de otra marcha fúnebre, comenzó a transitar por la ardiente calle.  El pueblo entero estaba atónito, pues no podía encontrar el común denominador en aquel espectáculo que estaba presenciando.

La procesión llegó a la estación número 13, Jesús en brazos de su madre.  Nadie puso mucho cuidado a las oraciones pues estaban pendientes en el último relevo, sin embargo, casi caen al suelo cuando no ocurrió ninguno.  Las personas del contingente seguirían hasta la última estación.  Aquel trayecto se hizo eterno.  El sol del mediodía caía de manera odiosa y el calor se acentuaba.  Algún alma caritativa se acercó a los penitentes con una jícara de agua y no supo cuando dijo:  -¿Y qué habrán hecho? Pregunta que quedó flotando no sólo en aquel portal que hacía las veces de El Calvario, en donde finalizaba la procesión y en donde se ubicaba la estación 14, el cadáver de Jesús puesto en el sepulcro.

La procesión se disolvió y la gente deambulaba desconcertada, tratando de encontrar alguna lógica en aquello.  Alguien comentó que la Angelita, una muchacha que trabajaba de mesera donde doña Felicia y que de vez en cuando mataba sus chivitos, ofreciendo sus favores por algunos pesos, tan solo le correspondió una cuadra descalza, sin embargo, qué habría hecho doña Justina y las otras personas que se habían hechos merecedores de transitar con aquella pesada cruz por dos estaciones.

La semana santa finalizó con un pueblo anonadado.  Quienes fueron a la misa de gloria la noche del sábado, ingresaron con miedo y nadie se atrevió a fumigar a sus semejantes, práctica que usualmente se daba después de la ingesta de una semana de tamales pisques, sardinas, sopa de queso y almíbares.    Fue un alivio cuando después de la procesión del resucitado y de la misa del  domingo de pascua, se dio por concluida la semana mayor.

El pueblo regresó a su rutina normal, sin embargo, nada volvió a ser igual.  Aquellos que se regodeaban con el chisme y la difamación, se amarraron la lengua.  Los más insolentes andaban con pies de plomo, pues podían exponerse a alguna alusión a la penitencia que tuvieron que cumplir aquel viernes santo.  Doña Justina se recluyó en su casa y salía solo para lo necesaria y parecía  cumplir un voto de silencio.  Con el tiempo, la voz del padre Ramón dejó de parecer extraña y se convirtió en el bálsamo para todas las tribulaciones de su rebaño, que atentamente seguía sus sermones en las misas de domingo.

 

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La attachée

Muy a menudo voy al centro comercial Galerías, en Managua y casi siempre paso por un kiosco a tomarme un café.  Lo selecciono de acuerdo al ánimo que me acompaña en ese momento. Un americano si me encuentro estresado, un capuchino si estoy un tanto relajado, un macchiato si me siento triste o bien un espresso si me siento decaído.   La calidad del café se ve compensada por la singular experiencia de sentarme a saborear lentamente mi bebida, mientras veo pasar a toda suerte de ciudadanos que pululan por ese lugar de culto.  En vano trato de imaginarme que estoy en el Caffe Quadri, de la Plaza de San Marcos (Venecia, no Carazo) pues en menos de lo que canta un gallo, los elementos de la sociedad que señalara magistralmente Desmond Morris me traen de nuevo a la  realidad.

Desde mi pequeña mesa puedo observar al azar al variopinto de asistentes a dicho centro.  Aquellos que hacen gala del efecto demostración, cargando bolsas de los almacenes, no exclusivos, sino de elevados precios respecto a la calidad de los productos que venden y en donde lo más caro es el nombre.  Otros que cargan las mismas bolsas pero los traicionan los detalles, pues las bolsas, después de una cuidadosa observación, acusan arrugas que hacen ver que no son compras recientes y se trata por lo tanto de “dadores a creer”.  Veo desfilar a quienes tratan de ofrecer una imagen desenfadada, otros que se empeñan en venderse como muy formales y hasta quienes desean que se les mire como miembros de la realeza.  No faltan quienes se acompañan con niñeras/escoltas, vestidas con uniforme policial.  De la misma forma, se miran turistas de todas las calañas, la mayoría mostrando sus poco agraciadas piernas con diferentes tonos de pelambres.

En las pocas mesas del kiosco llega también una amplia variedad de clientes, casi de todo, menos parejas buscando un sitio romántico, pues para nada lo es.  La mayoría es gente madura o de la tercera edad, quienes hacen un alto en su recorrido para tomar un café, un té o un frozen.  Mucho turista y algunos “hermanos lejanos” como les llaman los salvadoreños a sus coterráneos que viven en el extranjero.

Cierta tarde, me encontraba en el kiosco.  Me sentía relajado, sin embargo, con cierto decaimiento, aparentemente por algún desbalance de la levotiroxina, por lo que había  pedido un capuchino con un espresso extra.  Estaba disfrutando aquella inyección de cafeína que pronto me llegó hasta el hipotálamo, cuando de pronto miré llegar al kiosco a un grupo de cuatro mujeres.  Frisaban en los cuarenta y tres de ellas definitivamente eran extranjeras.  Vestían ropas deportivas, short, camisetas turísticas nacionales, sandalias.  Una de ellas vestía un tanto menos casual, con un pantalón y una blusa muy bien combinados, de corte moderno, con unas sandalias cerradas y un tacón que levantaba su corta estatura.  Su cabello negro, piel morena, más bien canela y sus ojos, un tanto achinados, acusaban su origen distinto al de sus compañeras.  Se sentaron en la mesa contigua, las tres turistas con un café frozen y la otra con un capuchino.  Cuando comenzaron a conversar me di cuenta que eran canadienses.  Su francés tenía el acento característico de Quebec.  Cuando la chica morena habló lo hizo en un francés metropolitano, bastante depurado. De lo que logré escuchar y entender, hablaron de Granada y de los puntos de atracción turística.  De pronto fijé mi vista en un grupo que transitaban al lado del kiosco rodeando a una señora setentona, con joyas finas, un peinado de salón, pero su vestido de fina tela, acusaba la confección a la medida de una costurera, en un estilo demasiado tradicional.  Se desplazaban de manera particular por lo que me hicieron deducir que eran de algún departamento del interior.  Cuando regresé la vista a mi café, mis ojos se encontraron con los de la chica morena.  Sentí que me observaba y cuando ella lo notó, sonrió e inclinó brevemente su cabeza, como en señal de saludo.  Su mirada acusaba que me conocía y por cortesía, pues yo no la reconocí, sonreí discretamente y le devolví el saludo con otra inclinación de cabeza.

Seguí disfrutando de mi capuchino, lentamente, mientras el grupo de al lado seguía conversando amenamente.  Miré el reloj de mi celular y noté que ya tenía que partir, por lo que me levanté, tomé mi vaso y servilleta dispuesto a depositarlos en el contenedor, cuando volví a encontrar los ojos de la chica.  Volvió a sonreír y dijo: – Gusto en verlo, sonreí y le contesté: -Igualmente, y me fui.

Pasé toda la tarde aplicando ese software de reconocimiento facial que tenemos de fábrica en el cerebro, sin embargo, por más que recorría todas las bases de datos, el resultado era: No match found. No lograba reconocer a la chica aquella.  Su rostro me resultaba algo familiar pero no lograba ubicarla ni en el tiempo ni en lugar alguno.  Cuando eso me ocurre, la búsqueda se convierte en una monomanía, tratando de ubicar a la muchacha aquella.  Ya era noche, cuando para distraerme entré en Facebook para ver alguna novedad, cuando de pronto veo a una amistad que postea una foto con un plato que refleja un gallo pinto, un tanto grasoso, con unos maduros fritos iguales y un pedazo de queso seco.  Luego los manidos comentarios:  Qué delicia, Invitá, Me muero, Se me antojó, etc.  Cuando de pronto, el software que sigue trabajando de manera inconsciente, de pronto me trae a la memoria a René.

A finales de los noventa ingresé a la Alianza Francesa para entrarle de lleno al francés y en varios niveles tuve de profesor a René, originario de Monte Tabor.  Un tipazo, muy buen profesor, sin embargo, a veces era demasiado sincero y en una ocasión,  hablando de comidas, expresó: –Je deteste le gallo pinto.  Explicaba que ya se había aburrido del plato tan nica que cuando lo invitaban a cenar y le ofrecían gallo pinto se ponía enervado, pues odiaba el plato aquel.  Comencé a recordar a algunos compañeros de aquella época y de pronto, sentí un clic.  Como cuando el engranaje de la caja fuerte encuentra la combinación correcta y al final hace aquel sonido.  En mi mente apareció un letrero:  Match found.  La chica aquella era la attachée.

Cuando estaba en los niveles inferiores, una noche llegó la Directora de la Alianza y nos informó que se integraría al grupo una muchacha que tenía necesidades especiales y que nos pedía que le diéramos todo nuestro apoyo para que pudiera lograr su reto de aprender francés.  De esta forma se integró una muchacha que aparentemente tenía parálisis cerebral.  Tenía limitada su parte motora de tal manera que se desplazaba en una silla de ruedas, le costaba acomodarse en ella y a pesar de que comprendía todo muy bien, al querer hablar, se le dificultaba un poco.  Con la paciencia de cada profesor, unos más que otros y con la comprensión del grupo, la muchacha aquella iba avanzando.  Me imagino que había una instrucción superior de aprobarla, peu importe ce que.

Como parte del arreglo que había realizado la Dirección de la Alianza con la familia de la muchacha, la acompañaba al aula una chica, bastante joven, veinte años a lo sumo, pequeña de estatura, pelo negro, morena, más bien color canela y los ojos achinados. Vestía humildemente, por lo que deduje que no era pariente de la muchacha, sino alguien contratada para asistirla. No supe si le habían establecido un protocolo de participación, sin embargo, ella era muy respetuosa, jamás habló en clase, se limitaba a empujar la silla de ruedas, acomodar a la muchacha cuando era menester, con una pequeña toalla le limpiaba el rostro y como también tenía problemas en sus manos, la chica tomaba los apuntes que se generaban en la clase.   Nunca supe su nombre y me atrevería a decir que nunca la escuché decir palabra alguna.  Para mí era la attachée, es decir la agregada.

En algunas ocasiones que la observaba, noté que tenía dos cuadernos y copiaba los apuntes de la clase dos veces.   Muchas veces cuando el profesor preguntaba a la muchacha, miraba que a la atachée le brillaban los ojos, como si supiera la respuesta, de la misma forma, cuando le preguntaban a alguien del grupo y contestaba erróneamente, ya la attachée tenía una mirada de desaprobación.  Tres interesant, decía para mis adentros.

Durante todo el tiempo que estuve en la Alianza, llegó la muchacha aquella, acompañada por su attachée, quien siempre se ajustó a su papel, sin decir palabra alguna en clase, limitándose a asistir a la muchacha en lo necesario, pero siempre, muy atenta a cada palabra del profesor y llenando dos cuadernos a la vez.

Me alegré mucho.  En primer lugar por había logrado al fin reconocer a la muchacha aquella y era impresionante su cambio en los últimos veinte años, en segundo lugar, porque consideraba admirable, el enorme esfuerzo que hizo por aprovechar aquella oportunidad, que el destino había puesto en su vida.  Días después registrando en mis archivos, me encontré un cuaderno de aquella época, buscando tal vez alguna pista adicional, pero no encontré nada, salvo tal vez, una frase muy ilustrativa que encontré en un ejercicio: C´est un grand art que de savoir juger et saisir les occasions ( Es un gran arte el saber cómo juzgar y aprovechar las oportunidades).

 

 

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El gato triste y azul

Cuando a finales de la década de los sesenta mi familia se trasladó a Managua, la música fue el elemento fundamental que acompañó ese cambio trascendental en nuestras vidas, marcado principalmente por la unión familiar.  Mi padre dejó de viajar y por primera vez podíamos disfrutar de más tiempo en común, en especial a la hora del almuerzo y en las calurosas tardes en la tranquilidad del Callejón Ramón Sáenz Morales, conocido como el Callejón de Alí Babá, en la vieja Managua.  Mis hermanos habían comenzado a descubrir el maravilloso mundo de la música y tres de ellos ya dominaban la guitarra, de tal manera que de vez en cuando, amenizábamos aquellas reuniones cantando en familia.

En esa época nos hicimos aficionados a la música italiana, en especial al Festival de San Remo y asimismo, seguíamos de cerca la carrera de Nicola Di Bari, uno de los intérpretes más escuchado, salido de dicho festival.  En 1971 de alguna manera apareció en nuestra casa, prestado de algún amigo, un álbum con los éxitos del San Remo 71, en donde resaltaba El corazón es un gitano, tema con el cual Nicola Di Bari se había apropiado del primer lugar, así como Qué será, Nina nana, ¿Cómo estás? entre otros.

Para 1972 esperamos como agua de mayo a San Remo y nos dio gusto saber que Nicola había vuelto a ganar el festival con Los días del arcoíris, a la par de Como Violetas, Plaza Grande, así como otros éxitos.  A los meses, en una pequeña discoteca que quedaba en la Calle Colón, cerca de la residencia estudiantil de la UNAN, encontré el álbum del festival e inmediatamente lo compré.  Al igual que el disco del año anterior, en familia disfrutamos al máximo aquella música.

En esos tiempos, la información que recibíamos del festival se limitaba a los temas finalistas del certamen, aunque en el álbum en su versión en español, incluían de acuerdo a los intereses de la disquera, algunos temas que no llegaron a la final.  Por lo anterior, no nos dimos cuenta que en aquel festival había participado Roberto Carlos con el tema Un gatto nel blu (Un gato en el cielo), de Savio y Bagazzi y que a pesar de las expectativas de muchos, no logró llegar a la final.  Una aparente derrota para alguien que había ganado el festival de 1968, con el tema Canzone per te,  junto a Sergio Endrigo, autor del tema.

A pesar de lo anterior, la disquera de Roberto Carlos vio en aquel tema un posible éxito para el mercado latinoamericano en especial el hispanoparlante y encargó a unos argentinos la versión en español del mismo.  Aquí es importante aclarar que a pesar del gran parecido entre el italiano y el español, la traducción del primero al segundo, es sumamente difícil, por el cambio de sentido de muchas palabras que se tratan de mantener como en el original.  Así fue que un gato en el cielo se transformó en un gato en la oscuridad, título que podría guardar sentido, sin embargo, en el desarrollo del tema, incluyeron a un gato triste y azul, para rescatar la palabra “blu”, del italiano y mantener la rima y la armonía del tema. Una edición de ese mismo álbum apareció con el título de “El gato que está triste y azul”.

Aquí es importante realizar una aclaración y es que el vocablo “blu”, en italiano, además de significar “azul”, se emplea también como “cielo”.  Muchos recordarán el éxito de Domenico Modugno que ganó el Festival de San Remo en 1958, llamado Nel blu dipinto di blu y que muchos recuerdan simplemente como Volare.  Pues bien, la traducción de lo anterior es “En el cielo, pintado de azul”.  Cuando Modugno grabó el tema en español, al no encontrar una traducción que pudiera tener sentido, muy inteligentemente, optó por cantar esa parte del estribillo en italiano.  No obstante, en la versión en español de Virginia López, pusieron “De azul, pintado de azul”, lo cual representó un contrasentido en la frase.

El caso es que Roberto Carlos, no se atrevió a cantar una versión en portugués de Un gato en la oscuridad, sin embargo, en la versión en español, a pesar del disparate del gato azul, se lanzó sin pensarlo mucho y el éxito que obtuvo fue arrollador.  En pocas semanas, el tema logró colocarse en los primeros lugares del hit parade en los principales países de Latinoamérica.

Así fue que a mediados de 1972 cada radiodifusora en Nicaragua se llenó del gato en la oscuridad.  En nuestra familia, la canción realmente nos cautivó.  En mi caso, las primeras estrofas estaban llenas de la tremenda verdad en el significado de la niñez y aquella alegría de jugar todo el día a la guerra, cuando nos bastaba arrancar varejones de los cercos de las casas del pueblo, para improvisar un fusil o una espada y con los hermanos y el gran amigo y vecino Ezequiel Jerez, lanzarnos a interminables batallas en donde moríamos y resucitábamos infinitas veces.

De esta forma, fueron varios meses en que escuchábamos noche y día el tema de Roberto Carlos y cada vez que se daba la oportunidad, la cantábamos en la familia. En aquellos días se unían al coro nuestras primas Giselle y Silvia.  Nos imaginábamos un gato en la oscuridad del callejón y sentíamos cómo nos llegaba al fondo del corazón aquel tema tan cargado de tristeza y melancolía, sin sospechar para nada que aquel era el preludio de una tragedia que estaba por llegar.  En aquella madrugada del 23 de diciembre, cuando todavía en alguna roconola lejana se apagaba el último “la-la-la-la-la” de Roberto Carlos, la tierra se estremeció y nos cambió la vida.

Nos despertamos de nuevo en el pueblo y por un buen rato, el silencio reinó en nuestra casa, nos dolían las palabras que salían de nuestras bocas, llorábamos muertos que no eran nuestros muertos, nos dolía ver postrada una ciudad que no era nuestra ciudad, añorábamos una casa que no era nuestra.  Hasta que un día, no recuerdo de dónde, apareció en nuestra casa el álbum Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y él se encargó de poner el bálsamo de la música en nuestras vidas.  Mis hermanos comenzaron a tocar profesionalmente y la vida tuvo que seguir igual, como decía Julio Iglesias.

Por mucho tiempo, no sé si consciente o inconscientemente,  aquel gato quedó enterrado en el fondo de nuestros corazones, en aquella zona en donde nos da miedo hurgar.  Años más tarde, exiliados en México, en cierta ocasión en que coincidimos la mayoría de la familia, en medio de la sesión de canto, de repente surgió de nuevo el gato en la oscuridad y como por arte de magia, nos transportamos a la quietud del callejón, en aquella etapa inolvidable de nuestras vidas.  De esta forma, a partir de entonces cada vez que podemos estar juntos y nos da por cantar, siempre hay un lugar para el gato.

Estos últimos años nos ha dado poco por cantar.  Ya es más difícil reunirnos y cuando lo hacemos, el tiempo se pasa volando de tal suerte que no hay mucho tiempo para cantar.  Algunas veces, navegando por Youtube, me detengo en aquel tema y recuerdo aquellos años maravillosos.

Desde hace algún tiempo, en la madrugada, cuando el sueño se escapa de mi almohada, miro por la ventana y desde el techo un gato itinerante salta a un árbol para seguir luego hacia la casa vecina, pero antes de realizar su último salto, me vuelve a ver.  A veces pienso que el felino me mira en la oscuridad de mi habitación y le parezco triste.  Azul, tal vez no, pues ya sería demasiado surrealista.

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Salutación del pesimista

Guía práctica para saludar en tiempos de la corrección política

 

Desde tiempos inmemoriales el saludo ha sido un símbolo de respeto de un individuo hacia sus semejantes, a través de la emisión de palabras, realización de gestos o del contacto físico, al momento de encontrar a otra persona o al momento de dejarla.   De esta manera a través del tiempo, cada sociedad ha desarrollado códigos para el saludo que han conformado tratados de urbanidad o bien protocolos de comportamiento para determinados colectivos.

El siglo XX, en sus estertores finales, dio paso a nuevas normas de comportamiento con la inclusión de lo políticamente correcto, que abarca el lenguaje o comportamientos con los que se trata de minimizar cualquier asomo de ofensa a grupos de personas pertenecientes a determinadas etnias, cultura, nacionalidad, género, religión u otros.  El entusiasmo con que fue implementado este concepto en la sociedad moderna, en especial en el arranque del tercer milenio, vino a exacerbar la sensibilidad de los individuos, de tal manera que vivimos en un mundo en donde cualquiera se puede ofender e incluso indignar de algo que antes se podría haber considerado como una nimiedad.

A la par de este movimiento, se han dado pasos considerables para lograr la equidad de género y erradicar la violencia hacia las mujeres.  Muchas legislaciones a nivel universal se fueron adaptando para lograr estos objetivos y de esta manera muchos comportamientos en contra de las féminas fueron tipificados como delitos.  Si bien es cierto, el acoso callejero en donde entra el piropeo o bien cualquier forma de saludo que pudiera ofender o alborotar la sensibilidad de este género no está tipificado como delito, algunos colectivos mantienen una férrea lucha para que sean incluidos dentro del acoso sexual y buscan cualquier rendija por donde este tipo de comportamiento se pueda colar hacia ese delito.

Lo anterior conlleva a la necesidad de replantear las normas de cortesía con relación al saludo, pues si en cierto momento alguna persona se siente ofendida por ciertas formas de saludo, puede acarrearle al emisor serios problemas que van desde el balconeo en las redes sociales o bien, si la ofendida tiene contactos en cualquiera esfera del poder,  el emisor puede enfrentar situaciones verdaderamente serias.

En consideración a lo anterior, estimo prudente contar con un nuevo manual en lo referente al saludo, que si bien es cierto no haga distinción de género, por aquello de la discriminación, sea más útil a los varones, pues en estos casos, son los que sufren en mayor medida las consecuencias de un alma sensible y ofendida.

Como un aporte a lo que los especialistas en la materia podrían posteriormente elaborar a profundidad, ofrezco a continuación una guía práctica, no exhaustiva, para el saludo, dentro del marco de lo que podría considerarse políticamente correcto.

Dentro de la categoría de saludos verbales sin contacto, en especial entre individuos que no guardan ninguna relación afectiva, sean conocidos o no, la fórmula más usual es “buenos días” si es de mañana antes del mediodía, “buenas tardes” hasta las seis de la tarde y “buenas noches” a partir del ocaso.

Este saludo debe realizarse en un tono neutro.  No debe tratar de cantarse, pues puede interpretarse como un asomo de insinuación.  Al hacerlo el emisor debe de tratar de mantener una visión periférica, pues si le clava la mirada a su interlocutora ya sea en los ojos o en otra parte de su anatomía, puede tomarse como acoso.  Tampoco hay que añadirle “cola” al saludo, pues le puede salir el tiro por la culata. Si se añade “preciosa” “mi reina”, “guapa”, se expone al peligro, así que hay que dejar esos epítetos para la etiqueta del mercado. Cuanto mucho puede agregarse “señora”, a secas, no es aconsejable usar la fórmula “señora mía” pues puede dar paso a malos entendidos.

Estos saludos se utilizan generalmente en plural, sin embargo, algunas personas por dárselas de originales lo emplean en singular, en especial “buen día”, lo cual se puede considerar correcto, no obstante, en especial cuando es dirigido a un grupo de personas, el emisor podría pasar por tacaño.  Lo mismo ocurre con los saludos vespertinos y nocturnos, se puede utilizar “buenas” pero el emisor corre el riesgo de ser considerado pueblerino.  Aquí es necesario insistir en que por ninguna razón se agregue ciertas fórmulas que tienen implícito el doble sentido como “buenas las tenga” y “mejore las pase” pues equivaldría a ponerse frente a un pelotón de fusilamiento.

En el saludo matutino existen algunas fórmulas que se emplean a nivel familiar y de manera específica para quienes habitan en la misma casa, bajo la forma interrogativa “¿Cómo amaneció?” “¿Cómo amaneciste?” No es conveniente trasladar este saludo fuera del ámbito familiar, en especial cuando se le da cierta entonación mientras se recorre la anatomía de la otra persona,  muchísimo menos cuando se trata de una persona de avanzada edad con la entonación de “¿Cómo? ¿Amaneció?”  Sería echarse la soga al cuello utilizar la variante “¿Cómo le amaneció?” pues tiene triple sentido.

En los saludos descritos anteriormente es permitido esbozar una sonrisa, leve, procurando no abrir mucho los ojos y si el interlocutor no devuelve la sonrisa, simplemente hay que disimular, poniendo cara de “yo no fui”.

Cuando las personas a saludar son conocidas o mantienen una relación de amistad o familiar, el saludo anterior puede obviarse y utilizar en su lugar las fórmulas ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? agregando el nombre del interlocutor.  También, en un plano más autóctono, folklórico tal vez, puede usar la fórmula tan nicaragüense de saludar con un ¿Ideay? Seguido del nombre del interlocutor o cualquier epíteto que lo sustituya. También se puede emplear la fórmula actualizada de ¿Entonces?  A medida que exista una mayor cercanía o confianza entre los interlocutores pueden agregarse ciertas fórmulas coloquiales como:  “¿Y ese milagro?” “¡Tanto tiempo!” “¿Dónde te has perdido?”.

En estos casos de relaciones de conocimiento, amistad o familiaridad, procede el saludo de despedida.  En este caso, existen diversas fórmulas que se utilizan dependiendo del grado de confianza, amistad e intimidad.  Entre las más usuales y que siempre deben emitirse con una entonación adecuada están: “Nos vemos”, “Hasta luego”, “Hasta pronto”, “Que te vaya bien”.  Es permisible, si la relación así lo permite, agregar la expresión un tanto paternalista de: “Cuidate”. Cuando no exista una relación de amistad y la interacción anterior ha sido demasiado formal, es preferible despedirse simplemente con un: “Con permiso” o “Con su permiso”.

La despedida con un “Adiós”, es poco usual.  Generalmente se usa cuando las expectativas de volverse a ver son remotas o cuando se quiere insinuar que no existe ningún deseo de parte del emisor de volver a ver a la otra persona.  No obstante, “Adiós” se utiliza también como un saludo cuando los interlocutores se encuentras a cierta distancia y no es posible un acercamiento, por ejemplo, de acera a acera, de un vehículo a otro. Generalmente se acompaña agitando un brazo o al estilo de la Reina Isabel de Inglaterra que mueve su mano, como diciendo más o menos, pero con la mano en posición vertical.

En el reciente caso en el que una joven denunció a un vigilante de un restaurante de comidas rápidas por haberle dicho adiós de manera impropia, habría que analizar cuál fue la entonación que utilizó el referido vigilante.  En todo caso, no le correspondía a dicho empleado expresar un adiós a la joven.  Si ella hubiese sido un cliente que abandona el local, tendría que haber expresado, si acaso: “Gracias por venir a este establecimiento”, “que le vaya bien” o “le esperamos pronto”.  En caso de que la joven hubiese sido tan solo un transeúnte que pasó por el restaurante, el vigilante debía haber guardado una compostura impasible como un vigía en el Palacio de Buckingham, sin proferir palabra alguna.

En la categoría de saludos con contacto físico, se encuentran el saludo por antonomasia, que es estrechar la mano, el abrazo y el beso en la mejilla, es decir el osculum de los romanos.   En esta categoría de saludos, es muy aconsejable seguir la filosofía de Confucio: “Dechí vo plimelo” o sea, dejar que el interlocutor tome la iniciativa.

El saludo de manos se remonta a la antigüedad cuando los interlocutores alargaban su mano para mostrar que no portaban ningún arma.  En la actualidad es la forma convencional de saludo, a excepción de algunas culturas en donde se prohíbe cualquier contacto físico.  Este saludo se utiliza cuando los interlocutores se conocen o bien están siendo presentados.  En especial con las damas, se extiende la mano y se estrecha con cierta firmeza pero sin imprimir ninguna presión y de manera breve, mientras de expresa el saludo verbal.  En la despedida queda a opción de los interlocutores repetir el saludo de manos.

El abrazo como parte del saludo está reservado para las personas que guardan una relación muy cercana e íntima.  No debe utilizarse nunca entre simples conocidos y mucho menos entre extraños.  En ciertas regiones de Nicaragua se utiliza como sustituto del saludo de manos el medio abrazo, que consiste en colocarse a una distancia prudente,  extendiendo el brazo derecho del emisor hacia el brazo izquierdo del interlocutor y se produce un ligero palmeo un poco abajo del hombro.

El saludo de beso (osculum) no se practicaba en Nicaragua sino hasta en los años setenta. En aquella época, al ponerse de moda este tipo de saludo, se consideraba muy avant garde a quien saludaba de esta manera, de tal forma que todo mundo quería utilizar este tipo de saludo.  En la actualidad hay que extremar precauciones al respecto y reservar los besos como saludo para los casos que exista una sólida amistad o un vínculo de parentesco muy marcado.  En este sentido, se reitera la conveniencia marcada por Confucio y hay que esperar la actitud de la interlocutora y si ella toma la iniciativa hay que corresponder el saludo.  Habrá que acercarse a la interlocutora, con la expresión que le pintan a las imágenes de San José, y aproximar la boca a unos dos centímetros de la mejilla y estirando el pico, simular un beso, sin emitir sonidos, ni chasquido, ni fingir con la onomatopeya “Muac”.

Muchas señoras cuidan con extremo celo algunas partes de su cuerpo, en especial cuando saltan a la vista, como es el caso del rostro.  Gastan una fortuna en cremas, afeites y demás tratamientos, para que su rostro luzca siempre lozano y juvenil.  Estas damas tienen, con mucha razón, una enorme aprensión al contacto físico con cualquier persona, de tal manera que un beso, de parte de alguien que quién sabe dónde habrá puesto su boca anteriormente, pueda trasmitirle cualquier bacteria o microorganismo.  Estas señoras desarrollan técnicas para que en caso en que tengan que saludar de beso, eviten el contacto físico, de tal manera que en algunas ocasiones mueven la cabeza de tal forma que el cabello se mueve llegando a cubrir la mejilla y servir de cortina protectora para la misma o bien, inclinan de cierta manera la cabeza para que el beso se estampe en el cabello.

Por lo anterior, en estos dorados tiempos es muy aconsejable evitar al máximo el saludo de beso, a menos que se trate de familiares o amigas íntimas que puedan resentirse.  Lo más conveniente es anticiparse y extender la mano para forzar un saludo de manos, pues es preferible que pase por anticuado o tierra-adentro, antes de llegar a situaciones comprometedoras.  Si se observa a una dama que pueda representar una situación incómoda a la hora de saludar, finja ser japonés, realice una inclinación y diga: “kon´nichiwa” y de esta manera puede salvar el momento.

Con relación a las presentaciones, es recomendable seguir la fórmula clásica de “mucho gusto” mientras extiende la mano para el saludo correspondiente.  Si observa una expresión de “pocas pulgas” de parte de la presentada, puede ocupar la fórmula norteamericana de “¿Cómo está?”  Evite las fórmulas melosas como “Encantado” o “Es un placer” pues no vaya a ser.

El agradecimiento es otro tema que es importante incluir, debido a que podría ser tema de malos entendidos.  Después de recibir cualquier cosa, desde un servicio, un objeto, una comunicación, es preciso agradecer al interlocutor.  En este sentido es básico decir “Gracias” o “Muchas gracias”, puede también utilizar “Muy agradecido” y con un poco de cautela “Muy amable”.  Hay que evitar otro tipo de expresiones que puedan complicar las cosas.  Si es al revés, al momento que la interlocutora expresa su agradecimiento es importante responder con “De nada” “Por nada” “No hay por qué” o bien “A sus órdenes” hasta ahí no más.  En épocas pasadas se consideraba una galantería responder a un “gracias” de una damisela con la expresión: “Las que le adornan”, entonces la joven se sonrojaba y esbozaba una sonrisa que luego tapaba con su abanico.  Si se hace en estos tiempos, la joven se pondrá verde, pondrá una cara como la del Pájaro Loco cuando se enojaba y sacará su celular, le tomará una foto y al rato estará en el Facebook como acosador.  Si lo anterior es problemático, ni siquiera podrá imaginarse si se hace el chistoso y expresa: “Las que hace el mono” pues ahí habrá una confusión de animales y puede verse citado en la Comisaría de la Mujer.  Peor aún si se atreve a contestar un agradecimiento con “No tiene por qué darlas” pues ahí lo citarán en Auxilio Judicial.

En conclusión, vivimos en una época difícil para las relaciones interpersonales, pues si una persona no está al tanto de todos los elementos que hay que manejar de manera magistral, es posible que de pensamiento, palabra, obra u omisión, vaya a ofender a alguien.  Por eso, en cada interacción con las féminas es preciso recordar aquel proverbio persa: “No hieras a la mujer, ni con el pétalo de una rosa”.

 

 

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La sopa de queso

Cuando la lucha por la conquista de Nicaragua se apaciguó, soldados y colonizadores se asentaron en las ciudades que fundaron en este territorio, comenzaron una nueva vida, retomaron el calendario y volvieron a observar las fiestas y tradiciones de su madre patria.  La celebración de la cuaresma y la semana santa eran obviamente las observancias obligadas y toda vez que ya existía una relativa estabilidad en la vida de los españoles, no había pretexto para dejar de practicar todo lo mandado por la santa madre iglesia.  De esta manera, además de la obligada mortificación en este período, estaba la práctica del ayuno y la abstinencia, que en aquellos tiempos era más estricta que en la actualidad, lo cual condujo a su vez a repensar lo referente a la gastronomía de la época.

Después de que por mucho tiempo los españoles aborrecieron la gastronomía local, descubrieron una sustancia: la resina.  Así pues, a punta de resignación y bajo la divisa de que la necesidad tiene cara de perro, iniciaron lo que ahora los “fashionistas” bautizaron como “comida fusión”, cuyo concepto es la mezcla de elementos de diferentes culturas culinarias y que en este caso era simplemente echar mano de lo que había.  Después de todo dicen que el hambre es arrecha, pero más arrecho el que la aguanta.

Una de las comidas clásicas de la gastronomía española para el tiempo de cuaresma es la sopa de ajo.  Sus orígenes se pierden en el tiempo y algunos investigadores la ubican en las regiones de Castilla y León.  Se prepara con agua, pan, preferiblemente duro, pimentón, laurel, ajo, aceite de oliva y huevos.  Esta sopa se hizo tradicional para el tiempo de cuaresma debido a que se trata de un plato humilde, que no lleva carne y su apariencia denota una marcada sobriedad.  Con el tiempo, cada región de la península  fue realizando sus propias adaptaciones de la sopa.  En algunas regiones de España se servían las llamadas sopas canas, mismas que son preparadas de manera muy parecida a la sopa de ajo, pero a la que le agregan leche.

Los nativos de este suelo conocían los caldos y sopas, aunque por el clima no ocuparon el lugar preponderante que tuvieron en los climas extremos de Europa.  Sin embargo, como parte de la transculturización fueron aceptando algunos platos provenientes de los conquistadores y contribuyeron a fusionarlos con algunos ingredientes locales, así como impusieron algunos exponentes de su propia gastronomía.

De esta manera, surgió la sopa de queso, que constituyó un sucedáneo de aquellas sopas de cuaresma de los españoles.  El problema es que para esa época prácticamente no había pan, ya que la  harina de trigo se hizo un bien prohibitivo debido al difícil abastecimiento, los grandes impuestos y tasas y los riesgos que representaron los piratas en la travesía del viejo al nuevo mundo, así que debió ser sustituida por el maíz.  Así que en lugar de agregarle pan a la sopa, se confeccionaron unas tortas y en otros casos roscas o rosquillas que imitaban al pan y la misma masa de maíz,  sirvió para espesarla.  Para darle más sabor, con el tiempo se le agregó queso a la masa.  Así fue como la sopa de queso, vino a convertirse en uno de los platos representativos de la temporada de cuaresma en Nicaragua.

De acuerdo a cada localidad en las regiones del Pacífico y Centro del país, fueron realizándose algunas adaptaciones a dicho platillo.  Generalmente esta sopa lleva masa de maíz, queso, huevos, aceite, achiote, chiltomas, hierbabuena, ajo, tomates, cebollas y sal al gusto.  Algunas variantes le agregan leche y otros más refinados le agregan crema.   En algunas regiones sustituyen el queso por cuajada, conociéndose el platillo como sopa de cuajada. De conformidad con el gusto de cada quien, algunos preparan tortas de la misma masa en lugar de tomar la forma de roscas. En ciertas zonas de la región del Pacífico se conoce también como sopa de rosquillas.

En la actualidad, la sopa de queso, al igual que muchos platillos típicos de la cuaresma, con los cuales compite, como sopas y preparados de pescados y mariscos, han pasado de ser una comida coadyuvante de los procesos de mortificación y reflexión, para convertirse en verdaderos deleites para el paladar.   Cabe aclarar que en esta situación interviene el concepto de “gusto adquirido” pues para apreciar el sabor del platillo se necesita una exposición prolongada con el aroma, el gusto y la textura y que a un extranjero, de primas a primera pueda parecerle no tan atractivo, al igual que los españoles rechazaron inicialmente todos los preparados del maíz.

Así pues, muchos son los nicaragüenses que esperan el miércoles de ceniza, como agua de mayo, porque en ese día, a más tardar el viernes siguiente, tendrán la oportunidad de saborear una suculenta sopa de queso.  Algunos contraviniendo las disposiciones para la época la acompañarán con el mecatazo de su preferencia.  Independientemente de lo anterior, al probar la primera cucharada y al morder la rosquillas, sentirán que se transportan a otra dimensión, cerrarán los ojos sin sospechar que hace algunos diez siglos, uno de sus ancestros, pastor tal vez, se deleitaba con una sopa de ajo, calmando un tanto el frío del final del invierno, sin comprender tampoco el porqué de la mortificación.

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El retorno del vate

 

Para su regreso a Nicaragua, en 1907, después de una larga ausencia de quince años, Rubén Darío escribió el poema que inicialmente llevó el título de “Retorno a la Patria” y que después de algunos ajustes, el vate lo incorporó en el libro “Intermezzo Tropical” con el título de “Retorno”.  A ese poema pertenece la frase: ”Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”, que con las variantes del caso, se repite ad nauseam en todos los actos públicos del mes de septiembre.

En ese mismo poema, el Príncipe de las letras castellanas le dedica un “piropo” a su pueblo, que es realmente una joya:

“Pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo;
pueblo que tiene la conciencia de ser vivo,
y que reuniendo sus energías en haz
portentoso, a la Patria vigoroso demuestra
que puede bravamente presentar en su diestra
el acero de guerra o el olivo de paz”.

Esta visión de Darío debería ser la divisa del pueblo nicaragüense, el norte hacia donde deberían encaminarse los cotidianos esfuerzos en la educación y en el quehacer de todos los ciudadanos.

No obstante, si por algún portento del destino, el panida regresara a su patria, en estos dorados tiempos, aunque fuera fugazmente, se llevaría una mayúscula decepción.  De esta forma, después de una asomadita a su querida tierra se preguntaría dónde quedó aquel pueblo vibrante, fuerte, apasionado y altivo.  No sería raro que acudiera a la mente del liróforo celeste, aquel poema que le había dedicado al descubridor de América:

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Se preguntaría una y otra vez, en qué parte del camino quedó aquel pueblo vigoroso que tenía la conciencia de ser vivo y que ahora, ha caído en la más profunda de las sensiblerías que raya en lo ridículo.

En la lúcida mente del poeta no tendría cabida el hecho de que una joven arme una alharaca al sentirse ofendida cuando un vigilante le dijo “adiós” al salir de un restaurante de comidas rápidas.  Según ella, el tono del saludo de parte del vigía, llevaba una connotación que se le antojaba como de acoso sexual. Algún despistado colectivo se suma indignado al reclamo airado de la joven. La estupefacción del vate no termina acá, pues luego, el cuerpo de seguridad física expresa que se siente ofendido por la interpretación de la joven, pues su saludo es más puro que un primer comulgante.  Otros colectivos se indignan y se suman a la queja del zepol.  El liróforo se queda atónito ante la efervescencia de las redes sociales por un evento por demás intrascendente.  Pero el culebrón no termina ahí.  La trasnacional por su parte, en un juego gallo gallina defiende al vigilante, pero a su vez, amenaza a la empresa subcontratada para estas labores con decirles “adiós” si no reubican al uniformado.  Varios colectivos se indignan y llaman a un boicot en contra de la cadena de comidas rápidas.  La empresa de seguridad sabe que no puede decirle “adiós” a su elemento, por la relevancia del caso en las redes y simplemente lo traslada más allá de donde Judas perdió las botas.  Las redes sociales se recalientan y la indignación campea por doquier.  El zepol se vuelve a indignar y con él, otra buena cantidad de ciudadanos y valientemente renuncia a su puesto, cuando providencialmente una empresa de la comunicación le tiende la mano, contratándolo con un mejor salario.  Llueven los “me gusta”.    El Príncipe se queda anonadado, pues piensa que un motivo para tanta admiración podría ser tal vez el Momotombo, ronco y sonoro.  Pero el asunto continúa, pues otro colectivo se indigna ante el hecho de que el vigilante tiene deudas con la justicia por la falta de pago de una pensión de alimentos.  Total que el sainete se convierte en la canción de Muchilanga y Burundanga.  El poeta no llegó a escuchar a la Sonora Matancera, pero hubiera coincidido plenamente en esto.

El padre del Modernismo, se pregunta si este es el pueblo que puede bravamente presentar en su diestra el acero de la guerra o el olivo de la paz. Quiere llorar y no llora.  Reflexiona y se pregunta:  ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?  El vate no para de preguntarse, ¿Qué sentimientos provocará en este pueblo, una traición a la patria?  ¿Cómo reaccionaría ante quien despilfarre el erario?  Rubén sufre una enorme desilusión, mayor de la que pueda sufrir un hombre enamorado.

Después del fugaz paso por su tierra, un siglo después, regresa al sueño de los justos, bajo la triste mirada del león doliente de Navas, no sin antes reflexionar:  Y después de todo, seguimos sin saber adónde vamos, ni de dónde venimos.

 

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