El misterio de Los Chaynas

 

Uno de los grupos musicales que más impacto tuvo en la audiencia nicaragüense en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, fue sin duda alguna Los Chaynas.  Este grupo pareció emerger de la nada y de manera vertiginosa colocó en los primero lugares su tema “Virgen negra”.  El mismo estaba en un disco sencillo que tenía al reverso una versión muy bien lograda del bolero del argentino Mario Clavell: “Quisiera ser”, que llegó a tener una buena aceptación de parte de la audiencia, sin embargo, nunca logró acercarse al éxito de “Virgen negra”.

Parece que el carácter mayoritario de población mestiza del país, se identificó inmediatamente con aquella introducción de lo que constituía la plegaria que encerraba el tema “Negras, mis penas son, como tu piel morena, fundidas en bronce están, mis amarguras” de manera tal que cada quien encaminaba sus tribulaciones, ya fueran de carácter amoroso, financiero o existencial, a la fe en una virgen de piel negra, que tendrían una respuesta más favorable que las vírgenes de otra denominación de origen o advocación como suelen decir ahora, pues el tema lo dice sin ningún desparpajo: “pues las vírgenes se fueron, en el cielo se escondieron, no responden a mi voz”.

Así pues, cada quien, desde su propia perspectiva, asumió como un himno aquel tema, con la vaga esperanza de que al entonarlo, la virgen afro descendiente, se apiadaría de sus cuitas y llevaría una pronta solución a sus vidas.  Recuerdo que para las fiestas patronales de abril de mi pueblo, en aquel año, aquel tema sonaba en todas las roconolas y equipos de sonido de los chinamos del parque.  Incluso en los caballitos (tiovivo o carrusel para los castizos), su dueño que era un veterano parecido a Peter Cushing, fanático del Bachiller José María Peñaranda, cambió “La inyección” por “Virgen negra”, de tal suerte que era todo un espectáculo observar a diversos exponentes del pueblo cantar en coro aquel tema, mientras sus respectivos animales subían y bajaban al ritmo de su melodía.  También recuerdo que los discos de las roconolas tuvieron que ser reemplazados en varias ocasiones, debido a que llegaban a rayarse de tanto uso.

En los bailes también era un tema de preferencia, pues contenía un ritmo sabrosón, pues no tenía la lentitud de aquellos de un solo ladrillo y tampoco caía en la charanga, sino que acusaba aquel sabor intermedio para balancear a la pareja con cierta cadencia, en especial en el intermedio en donde el ritmo que le imprime el órgano con la percusión es inigualable y al final de la canción, el ritmo se desacelera completamente, dando lugar para concluir el baile en un solo ladrillo.

Sin embargo, al igual que cualquier canción, llega un momento en que la audiencia dice al unísono: “quitá” y  aquel “ave María” del final, ya no obtuvo eco alguno y el tema fue evaporándose de la misma forma cómo había llegado.  Para ese entonces, el rock se afianzó fuertemente con la invasión inglesa y la inmediata clonación de parte de los covers en español.  De esta forma, la virgen negra aquella llegó a formar parte de una nebulosa de nostalgia que quedó flotando en la estratósfera.

En el año 1975 trabajaba yo en el Banco Nacional, cuando realicé un análisis de factibilidad para la reestructuración de la deuda de una empresa disquera que quedaba por el rumbo de Xiloá.  En esa ocasión, me entrevisté con un especialista en producción de discos, quien me comentó que de conformidad con estudios de audiencia, a esa fecha, ningún tema había podido quitarle el record de mayor interpretación en las radiodifusoras al tema “Virgen negra”.  Recordé aquella fiebre que había causado el referido tema y le di la razón al individuo aquel.

Hace diez años exactos, hoy precisamente, escribí un artículo en este mismo blog llamado “El club de la nostalgia”, en donde incluí entre otros temas, el caso de “Virgen negra” para lo cual investigué en el ciberespacio sobre el grupo de Los Chaynas y me sorprendió de que no hubiera nada al respecto.  Como el artículo no era específico sobre dicho grupo, lo finalicé con la poca información que tenía al respecto.

A partir de aquella fecha, de vez en cuando he regresado a peinar el internet a través de Google en busca de más información sobre aquel grupo que pareció esfumarse o ser abducido por alienígenas, sin éxito en mi empresa.

Ahora que se iban a cumplir los diez años de aquel artículo me esforcé por buscar más luz en el tema y aprovechar los avances en la ciencia forense que he adquirido al ver muchos capítulos de las series de CSI, así como otras correlacionadas y al final he encontrado algunas evidencias que arrojan un poco más de iluminación en torno al misterioso grupo.

He constatado que Los Chaynas llegaron a comercializar en Centroamér6ica dos discos sencillos con cuatro temas:  Virgen negra, Quisiera ser, Trópico y Limeña.  Estos discos fueron producidos y fabricados por Industria de Discos Centroamericana, Ltda. (INDICA) en Costa Rica.  Sobre el segundo disco, no hay evidencias de que haya sido comercializado en Nicaragua y si así hubiese sido, no tuvo ningún impacto en el gusto nacional.  Cabe aclarar que la adaptación de “Virgen negra” de los Chaynas, fue copiada, versionada y grabada por otros intérpretes de la región.

El grupo parece tener origen en Perú, aunque no todos los integrantes eran de aquel país.  Lo anterior, se deriva del hecho de que “Virgen negra” es un bolero peruano.  No existen registros de quien es el autor del tema, sin embargo algunos se lo atribuyen a uno de sus más grandes intérpretes, antes de Los Chaynas y es el bolerista peruano Johnny Farfán.   Este intérprete cuyo verdadero nombre era Julio Gárate Farfán y que llegó a conocerse como “La voz elegante del bolero”, conformó junto con otros cantantes peruanos la corriente conocida como “Bolero  cantinero” por la música que interpretaban y que ahora se conoce como “cortapulsos”.   El primer éxito de Farfán fue el bolero “Brujería”, al cual hace referencia La Sebastiana, en un relato que aparece en mi artículo “Le dicen La Sebastiana” y que constituía una clave para verse con uno de sus amores.   Otro famoso tema de este intérprete peruano fue “Señor abogado”, bolero que causó en su tiempo una tremenda polémica cuando trató de prohibirse su trasmisión en las radiodifusoras, pues giraba en torno a un feminicidio, causado por el sempiterno motivo de la traición y que no obstante, de manera impune se había colado en el tema “El preso número 9”.

Por otra parte, el nombre de aquel conjunto procede del quechua, lengua indígena de los Andes, especialmente del Perú.  El vocablo “chayna” significa en quechua: así, de esta manera.  Este elemento reafirma entonces el origen peruano del grupo.  Sin embargo, llama poderosamente la atención que en la foto que aparece en el disco sencillo de “Virgen negra” los integrantes aparecen con una indumentaria que más bien se asemeja a la de los gauchos.

Aquí entra otro elemento que arroja más claridad en el tema.  En los comentarios que aparecen el Youtube, sobre el tema “Virgen negra”, una persona identificada con el nombre de Ely Toloza, asegura que su tía llamada Rosa Castro, así como su esposo Juan Carlos Acconcia, de nacionalidad argentina conformaron el grupo de Los Chaynas, al igual que otro músico de apellido Maidana y que en 2015 todavía vivían en la capital argentina.    Lo anterior, coincide con el testimonio de un ciudadano guatemalteco, don Eduardo Velásquez, que recuerda la visita del grupo a ese país y que la cantante del mismo se llamaba Rosita.  Otro gracioso, hizo un copy/paste de mi artículo “El club de la nostalgia” y lo puso como comentario suyo.

De la información recolectada al respecto, podría colegirse que ciertos músicos de origen argentino, por alguna razón emigraron al Perú, en donde conformaron un conjunto musical que bautizaron con el nombre quechua: Los Chaynas.  Realizaron una soberbia adaptación del bolero “Virgen negra” que superó por mucho las versiones que habían de este tema.  La calidad interpretativa del este conjunto fue tal, que la compañía disquera decidió producir el éxito en Centroamérica, en donde tuvo un éxito sin igual.  El grupo parece que realizó una gira, aprovechando el gran impacto de su tema, abarcando algunos países de Centroamérica y es posible que también México.

Por alguna razón, después de grabar cuatro temas, el grupo dejó de producir discos, aparentemente se desintegró y al final, los músicos de origen argentino, regresaron a su país, en donde posiblemente todavía residen.

Desde mi punto de vista, es una tremenda injusticia que no existan artículos o reportajes en la red sobre este conjunto.  Tan solo con la adaptación de “Virgen negra” y su enorme impacto en el público centroamericano, le valen al conjunto para que existan referencias, pues es la fecha y todavía existe un debate sobre su nacionalidad, desde que son mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, nicaragüenses, ticos, uruguayos, paraguayos, entre otros.

Cada vez es menor el segmento de la población que recuerda este éxito, la mayoría pertenecen al rango de la tercera edad, aunque hay evidencias que de estratos de edad más bajos, la tienen en su preferencia al recordarle a sus padres o incluso a sus abuelos.  De cualquier manera, sirva este artículo como un homenaje a ese misterioso grupo y a su calidad interpretativa que puso banda sonora a una importante etapa de nuestras vidas.

 

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Los que viven en el mundo, muertos

 

Hace poco más de un año comenzó a circular en las redes sociales una imagen que literalmente dice: “No son muertos los que en dulce paz descansan, bajo la tumba fría. Muertos son los que tienen el alma fría y viven todavía”.  En la parte inferior se observa la firma autógrafa de Rubén Darío.  Cuando leí por primera vez semejante dislate, me quedé patidifuso, atónito, estupefacto y a partir de entonces me he dedicado a aclarar a diestra y siniestra, que no es un escrito del gran vate.  Esto lo puede confirmar cualquiera de los innumerables expertos en Rubén Darío que existen en el país e incluso habrá algunos que se indignarán afirmando que es una ofensa achacarlo al Príncipe de las Letras Castellanas.  En primer lugar, porque quien transcribió el fragmento del poema, parece que lo hizo con las extremidades inferiores, pues está muy apartado de la versión original y tan solo le faltó incluir una cerveza bien fría, para acabarla de rematar.

También es importante aclarar que dicho poema, ha tenido una paternidad más vilipendiada que la constitución política de algunos Estados.  Al buscar en Google, se encuentra una colección de disparates en la autoría, desde Gustavo Adolfo Becquer, Amado Nervo, Julio Flores y finalmente Rubén Darío.  No obstante, la lucha más encarnizada la libran el peruano Ricardo Palma y el colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

Ricardo Palma, es un escritor peruano (1833-1919) célebre por sus obras sobre las tradiciones peruanas, pero que en su juventud escribió un considerable número de poesías.  He tenido la oportunidad de revisar la obra Poesías Completas de Ricardo Palma, publicado por la Editorial Maucci, en 1911 y en ese compendio no se encuentra la citada poesía.  Es más, el estilo de Palma en su poesía, es un tanto diferente al mostrado por la obra que nos ocupa y puede observarse claramente en el siguiente fragmento de una de sus Coronas Fúnebres dedicada a Rosa Amelia e incluida en dicha colección:

Lo que llamamos muerte

de vida se alimenta:

la muerte a nueva vida

tan sólo es despertar:

en ella siempre el germen

de otro existir alienta,

y así la estrella tórnase

radiante luminar.

 

Cuando creyente el alma

de Dios en la grandeza,

al ideal se eleva

de excelsa religión,

no es triste a ese misterio

que tras la tumba empieza

llevar el pensamiento,

llevar el corazón…

 

Como se puede ver, al analizar dicho fragmento, encontramos elementos que nos llevan a confirmar que la poesía que nos ocupa no fue escrita por Ricardo Palma. 

Lo anterior, nos lleva a revisar más a fondo, la alternativa de que hubiese sido Antonio Muñoz Feijoo, quien escribió dicho poema.  Muñoz Feijoo (1851-1890) era originario de Popayán, Colombia, quien además de ser Ingeniero de la Universidad del Cauca, fue posteriormente profesor y rector. También subdirector de la Escuela Normal y profesor en otros planteles de la capital del Cauca.  Desde muy joven se aficionó a la literatura, participando en diversos círculos intelectuales de Popayán.  Existen también testimonios de personas que conocieron muy de cerca a Muñoz y que confirman que a sus 18 años, escribió dicho poema y que lo que más le costó fue asignarle un nombre.  Vaciló al respecto, al tratarse el poema de tres cuartetos con diferente rima, habiéndose decidido al final denominarlo “Un pensamiento en tres estrofas”.   Muñoz cometió el error de entregar su manuscrito a un editor, quien al final quitó al crédito al joven y por algún tiempo apareció el primero como autor de la poesía y luego, con el tiempo, su paternidad se convirtió en la canción de Muchilanga.

Al igual que este caso, existen muchos en que las redes sociales se han encargado de cambiar a discreción la paternidad de cualquier frase u obra, algunos por convenir así a sus intereses, otros por crasa ignorancia, sobrando quien les eche segunda y lo reproduzcan a diestra y siniestra, logrando únicamente la confusión de la sociedad.

Para que disfruten de esta interesante reflexión, les dejo el original del poema que lleva por título “Un pensamiento en tres estrofas” del escritor colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

 

Un pensamiento en tres estrofas

 

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
… y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo, muertos

 

Para que usted, estimado lector, sea de los vivos que viven siempre vivos, no se dejen engañar con este tipo de bulos. 

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México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca el acontecer de ese gran país y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Never my love

Por mucho tiempo tuve la certeza de que el éxito de The Beatles: Yesterday, había roto todos los records de audición a nivel mundial y por lo tanto este logro era válido para los Estados Unidos, sin embargo, haciendo un poco de investigación al respecto, me di cuenta que de acuerdo a información de Broadcast Music Inc. (BMI) en el año 1999, otro tema, alcanzó los siete millones de interpretaciones en la radio y televisión norteamericana, de tal manera que ocupó el puesto número dos en el Top 100 songs of the Century.  El primer lugar lo ocupó el tema You´ve lost that loving feeling, que muchos recuerdan por la película Top Gun, pero que no obstante su historia va mucho más allá de esa película y sorpresivamente, Yesterday apenas alcanzó el tercer lugar.  El segundo lugar lo ocupó el tema escrito por los hermanos Donald y Richard Addrisi y que inicialmente lanzó, hace cincuenta años, el grupo The Association, Never my love.

Era el año 1968 y mis días de “pelón” habían terminado en la UNAN, pues cursaba el segundo año de Economía y había ayudado a trasmitir la tradición de iniciación, peloneado a una buena cantidad de aspirantes del primer año.  En ese año, comencé a tener clases a primera hora de la mañana y por la noche, de tal manera que con el afán de bajar de peso, realizaba a pie el trayecto de veinticinco cuadras desde mi casa hasta la facultad, dos veces al día.  Debo remarcar que disfrutaba al máximo aquellas caminatas en donde atravesaba gran parte de la vieja Managua, transitando mayormente por dos vía principales, la calle 15 de septiembre y luego la Avenida Roosevelt.  Además de los aromas que inundaban mi caminata, diferentes en la mañana y en la noche, estaban los sonidos que se iban sucediendo a lo largo del trayecto, pues abundaban las roconolas y equipos de sonido en diferentes locales, la mayoría de ellos comerciales, de donde emanaba toda suerte de temas, sin embargo, predominaban los éxitos que iban sonando en las radiodifusoras.

En cierta ocasión, un tema se fue repitiendo cada vez más insistente a lo largo de mi trayecto.  Era una interpretación un tanto fuera del común denominador de aquel año, en donde el rock estaba en todo su furor.  Era un ensamble vocal muy bien logrado y con un toque un tanto antiguo.  Me recordó por un momento aquella fantástica interpretación que recientemente habían lanzado Simon y Garafunkel,  Scarborough Fair, que te transportaba a una época medieval y que acertadamente se había incluido en la película El Graduado.

Aquella canción era precisamente Never my love, que había llegado a nosotros con unos meses de desfase.  Había escuchado anteriormente, el éxito de The Association, Cherish, que también tenía una extraordinaria calidad interpretativa y que parecía un tema de película con todo el esplendor de Hollywood.  No obstante, este otro tema realmente me impresionó por aquella armoniosa combinación de voces.  La letra, a pesar de no encerrar una profundidad filosófica, también agradaba, especialmente por la tendencia que ya se sentía hacia el amor casual.  Se trataba de una declaración tan contundente de: nunca me cansaré de ti, mi corazón nunca perderá su deseo por ti y así por el estilo, recalcando en el estribillo, nunca mi amor.  Así pues, era tan especial aquel sentimiento de poder afirmar de manera tan convincente: nunca o siempre.

El hecho de que no tuviésemos acceso a toda la producción musical de los Estados Unidos, no nos permitió darle seguimiento a todo el furor que causó este tema entre los principales intérpretes de la época, pues los covers no se hicieron esperar. Hay algunas interpretaciones que vale la pena mencionar, como las de The 5th Dimension, The Lettermen, Andy Williams, Astrud Gilberto, Johnny Mathis, Barry Manilow, Brenda Lee, The Lennon Sisters, The Casuals, Wilson Pickett, Etta James, Donny Hathaway, Johnny Taylor, Sara Vaughan, Kathy Troccoli, Bryan Adams, Kean Cipriano, Lani Misalucha, entre muchos, incluso existe una versión instrumental en el particular estilo de Bert Kaempfert.  Recientemente, una serie de televisión, Sons of anarchy, incluye el tema interpretado por Audra Mae & The forest rangers.  El asunto es que para 1999, Never my love habría acumulado tantas interpretaciones que completarían un total de 40 años de interpretación continua.

De vez en cuando, me doy un paseo en Youtube, por todos aquellos éxitos y cuando paso por Never my love, de The Association, apenas escucho aquella inconfundible entrada de guitarras y las bien logradas voces enfatizando: “You ask me if there’ll come a time, when I grow tired of you
never my love, never my love…” inmediatamente me transporto a 1968,  a la vieja Managua y siento que revivo mis caminatas cotidianas, en donde me sentía dueño de aquellas calles y de vez en cuando, entraba a una farmacia para pesarme en la báscula, que anunciaba: su peso y su suerte y observaba con deleite que seguía bajando constantemente de peso y entonces no necesitaba que la báscula me predijera mi suerte.  Añoro aquel sentimiento en donde sentía la fuerza interior para poder decir con el mayor desparpajo, siempre y nunca, pues ahora, cuando el horizonte parece acercarse como en zoom, apenas puedo decir: hoy y cruzando los dedos: mañana.

 

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Los aromas de los tiempos perdidos

 

Marcel Proust además de ser un consagrado escritor, incursionó por los abruptos terrenos de la psicología, cuando en su magnífica obra “En busca del tiempo perdido”, en la parte  “Por el camino de Swann”, expone magistralmente la asociación entre lo sensorial y la capacidad de recordar, creando lo que se conoce como el efecto de la “magdalena de Proust”.  Aquí cabe aclarar que “magdalena” no es una mujer, sino un bollo o bizcocho.  En ese pasaje, este autor describe magistralmente su experiencia cuando toma un trozo de la magdalena empapada en té e inmediatamente se transporta a su niñez, a la casa de su tía, quien le ofrecía té con ese bizcocho, además de todos los detalles de aquel pueblo.

En mi caso particular, el sentido del gusto no tiene un gran efecto sobre los recuerdos, sin embargo hay una enorme correlación entre la música y muchos momentos específicos de cuando escuchaba determinadas melodías.  Es un ejercicio que se me facilita al encontrar en el ciberespacio tantos temas que de otra manera sería imposible rescatar y de esta forma puedo viajar en el tiempo a voluntad.

No obstante, otro banco de sensaciones que tengo atesorado en mi memoria es el relativo a los aromas.  Aquí es más difícil y a veces imposible conseguir los detonantes del caso y me limito a veces a tratar de reproducir en mi memoria aquellas especiales sensaciones.

Como he comentado en anteriores ocasiones, mi niñez transcurrió en el mágico mundo de la botica de mi abuelo.  Ahí, a pesar de las constantes prohibiciones para acercarme a los productos que ahí se manejaban, siempre me acompañó la curiosidad y a su lado la cautela, pues nunca llegué a ingerir ninguna sustancia que atentara contra mi salud, salvo tal vez, el episodio del Maná de Palermo (ver artículo El maná que no cayó del cielo).

En la sección de cosméticos resaltaba en primer lugar la crema Hinds, que tenía un característico aroma de almendras que la hacían inconfundible.  Hace relativamente poco, tuve la oportunidad de encontrar dicho producto y en realidad no ha sufrido cambios sustanciales en su aroma e inmediatamente me transportó unos sesenta años atrás.  En aquel tiempo el perfume más socorrido de los que estaban al alcance de las damas del pueblo, era Heno del Campo, que fabricaba la casa Dralle y que aparentemente era una imitación de un producto llamado Heno de Pravia de la perfumería Gal.  Tenía un color beige y en un paisaje de la campiña resaltaba un pájaro color rojo con la cabeza negra.  Tenía un aroma dulce y penetrante y en los grandes acontecimientos del pueblo parecía impregnar todo el ambiente.    No lo he vuelto a ver, pero en mi mente logro capturar la sensación de aquel particular perfume.   En ese mismo mostrador, se encontraba el Talco Mavis, que venía en una lata roja, con un óvalo blanco en el centro con la marca de dicho producto.  Tenía un aroma inconfundible y todavía lo recuerdo con muchas señoras de aquellos tiempos y de algunos compañeros recién bañados que subían al autobús escolar.

El Agua de Florida era asunto aparte, tenía un aroma atractivo, sin embargo, estaba ligado a situaciones dramáticas, pues era de rigor aplicarlo con un paño en la frente a las personas, por lo general féminas, que se “atacaban”, es decir sufrían un soponcio o patatús, ante algún suceso de extrema gravedad.  Este aroma está íntimamente relacionado en mi mente con la vela de algún difunto, en donde se mezclaba con el penetrante olor del barniz o “maque” que se aplicaba a última hora al ataúd, así como con el llanto que se derramaba en profusión.

La brillantina Glostora, líquida o sólida tenían un perfume característico que la distinguía de la brillantina vendida a granel y que preparaba mi abuelo con vaselina simple, aromatizante y algún colorante para darle un toque amarillento.

La mayoría de las pastillas eran inodoras, salvo tal vez unas llamadas Serafón, recomendadas para afecciones pulmonares severas y que tenían un penetrante olor debido a la mezcla de guayacol, yodoformo y eucalipto.   Por su parte, las pastillas Valda, que contenían eucalipto y mentol, tenían un olor hasta cierto punto atractivo y su color verde invitaba a correr el riesgo de comerse una o varias, pues su sabor era refrescante.  Por ese mismo camino estaban las pastillas Penetro y Vick, estas últimas con diferentes sabores y aromas, como las de limón y las de cereza.

En la sección de jarabes y demás fluidos, estaba una botella que tenía una prohibición especial, me imagino por lo tóxico y que llevaba una etiqueta que decía Alcalí.  Tenía un olor tan fuerte, que la curiosidad apenas daba para abrir un segundo el tapón y darse un ligero llegue de aquel penetrante aroma.  Me imagino que era el mismo amoniaco.  El jarabe de Tolú y el aceite Eléctrico no tenían un aroma tan fuerte, al igual que el laxol o aceite de ricino y de la misma forma el aceite fino, que me imagino que era de oliva pero a granel.   Un frasco que siempre atraía era el del extracto de vainilla, preparado por mi abuelo y que a través de medios químicos lograba su similitud con el original obtenido directamente de las vainas de las orquídeas del mismo nombre.  También estaba el espíritu de frambuesa, que no llevaba nada de la fruta en cuestión, pero tenía un aroma dulcete que daba sabor y aroma a muchos refrescos, entre ellos la chicha de maíz.  Mi abuelo decía que había otro espíritu, el de contradicción, manejado magistralmente por la tía Mélida, su cuñada, amante de llevar la contraria a todo.

En tiempos en que no había salido el Pine Sol y otros compuestos similares, la creolina se utilizaba como desinfectante para pisos y para excusados (pon pones). Su aroma, derivado de la creosota que contenía, le pegaba a uno hasta el hipotálamo y rápidamente cubría cualquier otro aroma al aplicarse a cualquier superficie.  Algunos desalmados bañaban a sus perros con este producto.

El caso de los alcoholes era algo aparte.  Llegué a diferenciar mediante el olfato (hasta ahí no más) el alcohol industrial o metílico del alcohol puro o etílico, es decir, guarón.  Este último tenía un aroma inconfundiblemente atractivo y era el mismo que se sentía cuando uno pasaba por el depósito de doña Cheya Jara o en la Renta de Jinotepe.

En el extremo oriente de la botica había un mueble de madera con gavetas que guardaba la sección de especias y similares que se vendían a granel, empacados en papel de envolver.  Ahí se podía sentir el aroma picante de la pimienta negra o dulcete de la pimienta de Castilla, o bien, el atractivo aroma de la canela, en raja o en polvo.  También se sentía el aroma del tomillo, el eneldo, el romero o la manzanilla.  Otros sin embargo, eran inodoros como el bórax, el albayalde u óxido de zinc, el ruibarbo.  La goma arábiga, que venía en un especie de piedras, tenía un olor salobre.  La Tizana La India, venía en una bolsa celeste que no tenía aroma alguno, sin embargo, cuando con agua hirviendo se hacía la infusión, despedía un aroma relajante y que invitaba a tomarla, a sudar la calentura y dormir como un bebé.

También tengo muy grabado el alcanfor, que era una especie de tableta cuadrada de color blanquecino y con un aroma muy penetrante, acre y que generalmente se combinaba con alcohol y era un remedio eficaz para picaduras de insectos, en especial de aradores en la temporada de corte de café.  Lo mismo ocurría con las bolas de naftalina, cuyo aroma era una patada de mula y que se usaba para ahuyentar las polillas de la ropa.

Entre los ungüentos, destacaba por su olor la Numotizine, que era una cataplasma utilizada para dolores musculares y en donde la mezcla del guayacol con el salicilato de metilo y quién sabe qué más, le daban un olor característico y a mi gusto, desagradable, además de un color medio solidario.  Por su parte el Mentolato, el Vaporub y el Bengay, tenían un aroma un tanto más pasable.  En un envase elegante, incluyendo una caja externa, se vendía el Linimento Sloan, en donde aparecía un retrato de un tipo con un bigote extravagante, que parecía pariente de Rigoberto Cabezas.  En un inicio era un analgésico muscular para caballos y luego lo comercializaron para uso humano y que en un slogan publicitario un tanto desafortunado para mi gusto, decía: “Mata todo dolor en hombres y bestias”.  Tenía un olor que ofrecía una patada de bestia, pues entre sus principios activos estaban entre otros una esencia de chile, alcanfor, amoniaco, trementina y esencia de pino.

Por el rumbo de la gaveta del dinero estaba un frasco de cristal, cilíndrico y de tamaño inusual, llamado Picrato de Butesín, de los laboratorios Abbott, que tenía un color amarillo intenso y que invitaba a olerlo, pero que tenía un aroma un tanto acre. No obstante, era lo mejor para todo tipo de quemaduras.

Un aroma difícil de olvidar es el del jarabe Dayamin, que fue de los primeros multivitamínicos pediátricos y que debido a mi esbeltez, considerada en aquellos tiempos como indicador de mala salud, me atipujaron a diestra y siniestra.  Tenía un aroma dulzón con un toque a naranjas y su sabor no era repulsivo.  Afortunadamente, este multivitamínico había sustituido a la Emulsión de Scott, que tenía un olor a pescados podridos y un sabor me imagino por ese tenor.

Un producto que siempre me llamaba la atención era el Extracto de Malta con Hemoglobina.  Lo malo era que estaba ubicado en la parte más alta del estante y venía en un frasco ancho y con una etiqueta blanca con letras del mismo color del frasco.   Además de su estratégica ubicación estaba el hecho de que la tapa parecía haber sido cerrada con producto de gallina, por lo tanto no era factible una incursión.  Sin embargo, en cierta ocasión se la prescribieron a mi hermano para hacerlo más resistente a un asma recurrente.  Ahí fue donde pude observarlo y en realidad tenía un aroma entre avainillado y achocolatado, su consistencia era melcohosa, así que  corrí el riesgo y lo probé y su sabor era mejor aún, parecía una cajeta de coco negra.

En los años cincuenta llegó como la panacea para la diarrea el Kaopectate, preparado a base de caolín y pectina.  Se ofrecía en frascos y también a granel.  Su aroma es difícil de describir, pues llegaba a un punto en la profundidad del olfato, sin ser desagradable.  Hace poco me encontré este producto, pero nada que ver.  Por alguna razón desconocida desterraron al caolín y a la pectina y los sustituyeron por una nueva fórmula.

Así pues, mi infancia transcurrió en aquel fascinante mundo, en donde la experimentación era el pan de cada día.  Para muchos, habré corrido con una enorme suerte, al no haberme intoxicado con alguna sustancia o en el más leve de los casos ponerme motorolo con alguna aspiración.  Algunos que mantienen incólume la fe, como una vela encendida en medio del huracán Irma, dirán que mi ángel de la guarda era Seal o Spetsnaz.  Lo cierto es que todavía la llevo rolando y en algunas ocasiones, me distraigo recreando en mi mente aquellos aromas de los tiempos perdidos.

 

 

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Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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