Hasta siempre Olafo, Lorenzo y Pepita

 

El humor ha sido un elemento vital en mi familia.  Me imagino que es algo genético y desde pequeño recuerdo que en las reuniones familiares parecía que la serotonina corría a raudales.  No obstante, debo de admitir que me costó mucho captar la agudeza que imperaba en aquellas conversaciones, la maestría en manejar la ironía, de manera que muchas veces sonreía sin saber de qué.

En la escuela era obvio que no se fomentaba el humor y es la fecha y el curriculum no llega a contemplar ninguna competencia relacionada con el humor.   Los adultos, por su parte, no tenían la paciencia de explicar cualquier chascarrillo que para un inocente niño no tenía ningún sentido y peor aun cuando en realidad tenía un doble sentido.  Sin embargo, al aprender a leer encontré la mejor escuela para adentrarme al mundo del humor y fue en los periódicos, que después de pasar por las manos de todos los adultos, llegaban a mí y ahí encontraba en las tiras cómicas mis primeras clases de humor.  En aquellos pocos cuadros en que se desarrollaba la historia, leía y releía tratando de encontrar el humor particular de cada una de ellas. Tal vez no alcance a recordar a qué periódico pertenecía cada historia, sin embargo tengo todavía presentes muchas de ellas.

La más aleccionadora para mí era la de un personaje que se llamaba “Tío Barbas”, un tipo delgado y que en su cara se adivinaban más que unas barbas, un enorme bigote cuyo blanco color denunciaba a un individuo de la tercera edad y que en los tres o cuatro cuadros de los que se componía la historia mostraba una situación hilarante, sin necesidad de insertar ningún diálogo.  No era nada rebuscado, sino que de un humor bastante simple por lo cual para mí era de fácil comprensión.

Me llamaba mucho la atención la tira que se llamaba “Educando a papá”, porque sus personajes tenían una pelotita por nariz.  Se trataba de una familia de nuevos ricos, Pancho y Ramona y las cómicas situaciones cuando Ramona trataba de encajar en su nuevo mundo social y Pancho siempre tirando al monte buscaba el bar de Perico, las comidas de baja ralea y los amigotes de siempre.  Con el tiempo y para ajustarse a la época, en los setenta se integró a la familia un sobrino hippie a quien se le conocía como Trapito.

Recuerdo también la clásica tira cómica llamada “Benitín y Eneas”, una pareja de amigos, por demás disímbola, pues Eneas era un tipo alto y delgado y Benitín era bajo, con una extraña barba y que la mayoría de las veces andaba con un sombrero de copa y en otras ocasiones lucía una completa calva.  Muchos ex alumnos del Calazans recordarán que le adosaron el mote de Benitín a uno de los padres fundadores de ese colegio en Managua llamado Bruno y que a pesar de que el hombre era un santo, que falleció en ese colegio en el terremoto de 1972, muchos pasaron su vida estudiantil creyendo a pie juntillas que su nombre real era Benitín.

También recuerdo a “Lorenzo y Pepita”, que me parece que es una de las tiras que por más tiempo han estado vigentes.  Se trata de Lorenzo Parachoques un típico trabajador norteamericano de clase media que vive en los suburbios, casado con Pepita, una rubia que de ama de casa al final se convierte en empresaria de catering.   Sus hijos Goyito y Cuquita pasan, en cámara lenta, de niños a adolescentes, pero quien siempre mantiene la nota infantil es Elmo, un pequeño vecino de enorme agudeza mental.  Los vecinos Heriberto y Hortensia también ayudan a provocar las situaciones chuscas de la historia, mientras el jefe de Lorenzo, el Sr. Julio González encarna al jefe déspota y explotador, sin embargo, Cora, su mujer siempre lo tiene agarrado de lo más ralo.  Un personaje que definitivamente le imprime mucho humor a la tira es Lou, el cocinero y mesero de una cafetería donde Lorenzo llega frecuentemente a comer y se encuentra con las más insalubres aventuras.

Otra tira que era muy divertida era una llamada “Maldades de dos pilluelos” y que en ocasiones también llevaba el nombre de “Los sobrinos del capitán”, que se refería a unos gemelos, supuestamente alemanes, llamados Fritz y Hans, que solo vivían buscando como hacerle maldades al Capitán, un viejo y obeso marinero a quien la madre de los niños, de enorme moño, le encarga su educación.  Nunca supe la relación entre el Capitán y la madre de los pilluelos o si más bien los verdaderos pilluelos eran los primeros.  También aparecía como comparsa del Capitán un vejete inspector de larga y blanca barba y una mujer llamada la Señorita Secante.

Había una tira cómica que me imagino era local, sin embargo no recuerdo quién era el responsable de la misma y se llamaba “El jincho vivo” y de la cual solo recuerdo el eslogan: “El jincho vivo, solo en La Prensa”.

Había otro tipo de tiras cómicas que eran de continuación, con una trama que se desarrollaba por muchos meses, con cuatro o cinco cuadros por día.  Ahí estaban “Tarzán”, “Mandrake el Mago”, “Popeye”, “El Fantasma”, entre otros.

Las ediciones dominicales traían algunas de las tiras anteriores, pero en formatos extendidos, es decir una historia en doce o quince cuadros en lugar de cuatro o cinco.  Yo prefería las ediciones diarias, pues el humor lucía más concentrado, más agudo.

También hay que recordar que muchas de estas tiras cómicas pasaron al formato de paquines “comics”, con cierto éxito.

Cuando crecí mantuve esa afición por las tiras cómicas, tanto las clásicas que se mantenían en circulación, como las nuevas que se iban incorporando como “Condorito”, “Charlie Brown (Peanuts)”, “Mafalda”, “Garfield”, “Olafo”, principalmente.

Los últimos años, con la inmediatez que nos otorga el internet, he tomado la costumbre de que tan solo al levantarme realizo un paneo sobre las ediciones en línea de los principales periódicos en nuestro idioma. En el caso de Nicaragua hago una doble lectura, pues me entero oportunamente de las noticias relevantes en las ediciones en línea y me reservo la edición impresa para escudriñar aquellos recovecos que son más difíciles de recorrer en línea, así como ver la publicidad de interés que no aparece en la primera, así como los campos pagados que siempre tienen un encanto especial y que expresan más de lo que dicen.  De la misma forma veo los obituarios y siento un gran alivio al no encontrar el mío.  Pero lo principal era leer dos de las tiras sobrevivientes:  Olafo y Lorenzo y Pepita, que eran como dos enormes gotas de humor a tempranas horas de la mañana y que me ayudaban a mantener ese ritmo durante todo del día.

No obstante, hace unas tres semanas o un mes, sin previo aviso, sin obituario, sin explicación alguna, sin campo pagado, ambas tiras fueron removidas de la sección que irónicamente se llama Vida, del diario La Prensa.  Mala tos le siento al gato, pensé para mis adentros.  Ya había encontrado signos inequívocos de que el periódico impreso se encontraba como los dinosaurios, contemplando un meteorito en la distancia, creyendo que era una estrella fugaz, cuando comenzó cierta anorexia en sus páginas y el hecho de que ocupara una página completa una enorme foto de algún cantante de moda, junto con un chisme o bien la promesa de una jovencita de cambiar al mundo desde su inminente reinado de belleza.

Ahora con más razón, sigo aquella costumbre de mi padre que al finalizar de leer el periódico decía invariablemente: Nada en dos platos.  Así que tengo que buscar en otro lado aquella chispa que encendía el humor del día.

 

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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Mamá, yo quiero saber

 

Mamá, yo quiero saber,

de dónde son los cantantes,

que los encuentro galantes

y los quiero conocer….

Miguel Matamoros

 

Por muchos años, los cantantes impresionaban tanto al resto de los mortales, que su origen y hasta su apariencia eran motivo de enorme curiosidad.  Ese fue el caso de una señora que allá, en los albores de los años veinte del siglo pasado, se acercó al que llegara a ser uno de los grandes compositores cubanos, el trovador y sonero Miguel Matamoros y le pidió que le aclarara a su hijita, quien quería saber de dónde eran los cantantes y después que Matamoros le diera una extensa explicación, la niña se limitó a decir: son de la loma y fue esta anécdota la que motivó a Matamoros a escribir una de sus más famosas composiciones: Mamá, son de la loma, en donde se adivina cierto juego de palabras entre son, del verbo ser y son, el género musical cubano.

 

En el pueblo, lo que más nos intrigaba era la apariencia de los cantantes, misma que llegábamos a percatarnos mucho tiempo después de conocer su música, en algunos casos con tremendas sorpresas, al no imaginarnos nunca, por ejemplo, que Nat King Cole o Los Platters, fueran afroamericanos o que Antonio Prieto no tuviera nada de moreno.

 

Con la revolución en las comunicaciones, fue acercándose la asociación de los cantantes con su imagen y su origen, en especial cuando en la segunda mitad de la década de los sesenta fueron apareciendo los video clips.

 

Una vez cubierta aquella curiosidad respecto a las particularidades de los artistas, comenzó una especie de competencia entre los presentadores de espectáculos y los reporteros de lo que sería la nota rosa, respecto a quien lograba bautizar a los cantantes con una etiqueta que reforzara sus cualidades y que supuestamente ayudaría a elevar la popularidad de los mismos.  Muchos de los nombres que fueron surgiendo, parecían emanar del sopor etílico de aquellos sujetos y de esa manera comenzamos a acostumbrarnos a un remoquete adosado o en otros casos, sustituyendo al apelativo del artista, que en algunos casos ya no era el que habían portado en su acta de nacimiento.

 

Una gran mayoría de estos motes estaban asociados a títulos de realeza para ubicar a los artistas que según ellos merecían estar encima del resto de los plebeyos, tales como Dámaso Pérez Prado, El Rey del Mambo, Javier Solís, El Rey del Bolero Ranchero, José José, El Príncipe de la Canción, Roberto Carlos, El Rey de la Canción Latinoamericana, Olga Guillot, La Reina del Bolero, Selena, La Reina del Tex Mex, Oscar de León, El Faraón de la Salsa.

 

La asociación con el metal, también fue muy socorrida, como fue el caso de Agustín Lara, El Flaco de Oro, Miguel Aceves Mejía, El Falsete de Oro, Paulina Rubio, La Chica Dorada, Imelda Miller, La Voz de Metal.

 

Otros cantantes tuvieron sus motes relacionados con su lugar de origen como Pedro Infante, El Ídolo de Guamuchil, Raphael, El Ruiseñor de Linares, Rocío Durcal, La Española más Mexicana, Celia Cruz, La Guarachera de Cuba, Marco Antonio Muñiz, El Lujo de México, Juan Gabriel, El Divo de Juárez, Antonio Aguilar, El Charro de México, Ana Gabriel, La Diva de América.

 

Algunas cantantes, aun bajo el riesgo de mostrar un asomo de promiscuidad, portaban alias como Angélica María, La Novia de México, Olga Tañon, La Mujer de Fuego o Lucero, La Novia de América.

 

Otros artistas eran lanzados hacia lo superlativo, como Lola Beltrán, Lola la Grande, Beni Moré, El Bárbaro del Ritmo, Gilberto Santa Rosa, El Caballero de la Salsa, Vicente Fernández, El Hijo del Pueblo, Héctor Lavoe, La Voz.

 

Con menos creatividad, encontramos algunos que simplemente llevaban el nombre de alguno de sus éxitos, como fue el caso de Julio Jaramillo, Mr. Juramento, Rafael Hernández, El Jibarito, Alberto Beltrán, El Negrito del Batey, Lola Flores, La Faraona, Manolo Muñoz, El Hombre de la Llamarada o bien Cristian Castro, El Gallito Feliz.

 

Muchos portaron remoquetes ajenos al contexto que estamos viendo, como José Luis Rodríguez, El Puma, nombre que salió de un personaje de una telenovela, Chavela Vargas, La Chamana, Alejandro Fernández, El Potrillo, Marco Antonio Muñiz, El Buki Mayor.

 

Para mi gusto, uno de los motes con más creatividad fue el de Bienvenido Granda, El Bigote que Canta, así como el que llevó la gran cantante Manoella Torres, La Mujer que Nació para Cantar, Carlos Gardel, El Morocho del Abasto, Daniel Santos, El Inquieto Anacobero y uno al que nunca le encontré conectivo lógico, el de don Pedro Vargas, El Samurai de la Canción.

 

En Nicaragua, guardando el nivel, también se dio esa gama de motes.  Muchos recordarán a Marina Cárdenas, La Gordita de Oro, José de la Cruz Mena, El  Divino Leproso, Camilo Zapata, El Clarinero Mayor, Erwin Kruger, El Acuarelista Musical, Víctor M. Leiva, El Arquitecto de la Música Popular Nicaragüense, Tino López Guerra, El Rey del Corrido Nicaragüense, Luis Enrique, El Príncipe de la Salsa, Gastón Pérez, Orej´e Burro, Otto de la Rocha, Anis Prais, César Andrade, Nicasito, René Domínguez, El Chapo, Edgard Aguilar, El Gato, Roberto Montalbán, Trapito, Ezequiel Jerez, El Panzer, Roberto Martínez, Maguila, Ramón Mejía, Perrozompopo.

 

En el tercer milenio, época de las redes sociales, tal vez ya no se hace necesaria aquella promoción  de un artista a través de una etiqueta, además que muchos de ellos ya portan de entrada un remoquete, a cual más rebuscado.  No obstante, llama la atención que a pesar de todos los membretes que lleva un tema con relación a sus intérpretes, especialmente en el video correspondiente, algunos de ellos han tomado la costumbre de gritar su nombre al inicio e incluso en cualquier parte del tema.  Después de que en Youtube aparece el nombre del cantante, más quienes lo acompañan (featuring, ft.) escuchamos:  Sebastiáaaaaan Yatra Yatra, Chino y Nacho, Aaay Fonsi, Maluma, CNCO o bien Gente de Zoooooooooooooona.  No me imagino escuchar, después de la introducción coral a Nessun Dorma, una potente voz exclamando: Placido Domingoooooooooooooooo.  Así pues, de lo anterior, solo dan ganas de emular a Enrique Iglesias, ft. Descemer Bueno, Zion & Lennox :  Tráiganme el alcohol, que quita el dolor.

 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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La dulce ingenuidad

 

Desde hace unas dos semanas he observado en Facebook, la proliferación de usuarios que aparecen agradeciendo a determinada línea aérea por haber, supuestamente, obtenido dos boletos gratis de dicha empresa.  Me llamó la atención que los agradecimientos eran hacia diversas líneas aéreas, desde Continental hasta Iberia.  Más raro aún, se me hizo que todas lo hacían en ocasión de celebrar sus noventa años de fundadas.  No se necesita tener la perspicacia de Rick Harrison para olfatear algo sumamente sospechoso.  Es prácticamente imposible que veinte líneas aéreas fueran fundadas en 1927 y todas coincidan en una promoción de regalar dos boletos aéreos por persona.  Más recientemente, algunas empresas de seguridad informática han alertado a los usuarios sobre esta estafa (scam en inglés) en donde algunos ciber delincuentes se han aprovechado de la ingenuidad de los usuarios para hacerlos llenar cuestionarios con fines maliciosos.  Estos cuestionarios están escritos en un español que parece haber sido redactado por Tarzan.  Las líneas aéreas desde luego se han desligado de esta supuesta “promoción”.

 

Será acaso por el peso de todos los dogmas que nos hemos dejado adosar por tanto tiempo, que el ejercicio de la duda ha sido relegado de nuestro razonamiento, de tal forma que muchas veces nos damos de narices con lo obvio, sin siquiera contar hasta diez antes de reaccionar, cayendo muchas veces en el inmenso mar de la ingenuidad.

 

Con los grandes avances tecnológicos en la segunda mitad del siglo XX, la humanidad vislumbró el inicio de la sociedad del conocimiento.  La aparición del internet puso al alcance de los individuos una cantidad descomunal de información.  No obstante, fue tal el entusiasmo que provocó en los usuarios, que muy pocos lograron discriminar la información verdadera y útil, de toda la basura que comenzó a generarse en ese ámbito.  Los efectos primarios no fueron más allá de amplios sectores mal informados y la proliferación de mitos y leyendas urbanas al por mayor.  No obstante, en la segunda mitad de los años noventa comenzó a expandirse los fraudes perpetrados a través de los correos electrónicos de incautos usuarios.  La más famosa de estas estafas es la conocida como Estafa Nigeriana, llamada así por originarse en aquel país africano.  Debe señalarse que ya se habían registrado algunos antecedentes a través del correo postal y luego mediante el fax.  La estafa funcionaba de la siguiente manera: de repente, llegaba al correo electrónico de cierta persona, una comunicación de parte de un sujeto radicado en Nigeria que afirmaba poseer una inmensa fortuna, pero que por ciertas razones, tenía que trasladarla a una cuenta bancaria fuera de ese continente, de tal manera que ofrecía una más que generosa comisión por mantener los fondos en la cuenta de la víctima, para lo cual, si esta mordía el anzuelo, debía de enviar previamente ciertas sumas de dinero para pagos de gestiones diversas.  No pocas personas cayeron en la trampa y fueron afectadas seriamente en sus patrimonios.  Este tipo de estafa tuvo sus variantes entre las cuales estaban la del premio de lotería, el regalo de mascotas y otras modalidades similares.

 

Con la expansión de las redes sociales, en especial Facebook, Twiter y WhatsApp, se fue ampliando el engaño de manera exponencial.  De esta manera encontramos a las noticias falsas conocidas con el nombre de “bulos” (“hoax” en inglés) y las estafas propiamente dichas conocidas con el nombre de “scam”.

 

En lo que respecta a las noticias falsas están aquellas que no persiguen fines maliciosos, más que aumentar el tráfico hacia ciertos sitios o simplemente alimentar el espíritu bromista de quienes difunden el bulo.  En esta categoría están las noticias falsas sobre la muerte de cualquier personaje famoso.  Bien puede tratarse de algún personaje que se encuentra en alas de cucaracha o bien que se encuentre perfectamente bien de salud y lo anuncien fallecido en un accidente de tránsito.  Antes de emular el oficio de plañidera conviene poner la noticia en modo “duda” y contrastarla preferiblemente en un periódico digital del país del personaje aludido.

 

Otro bulo que estuvo muy en boga hace algún tiempo fue la noticia de que cierta compañía, desde Facebook hasta Microsoft, iba a donar cierta cantidad de dinero por cada “Me gusta” (Like) a determinada imagen con algún niño enfermo o algo similar o bien por compartir el mensaje.  Luego siguieron las variantes de reunir cierta cantidad de “Amén” a determinada circunstancia con el ánimo de obtener algún cambió favorable para determinada persona o situación.  Otros más agresivos presentaban la fotografía de una inmensa cantidad de dinero, dólares preferiblemente, prometiendo que si la compartían entre sus contactos, en determinado plazo recibirían una fuerte cantidad de dinero, pero si se ignoraba aquella invitación, le caerían siete años de mala suerte.  Habrase visto.  Otros más avezados presentan insistentemente meses que tengan muchos domingos o en donde coincidan igual número de fines de semana o cualquier idiotez similar y prometen la recepción de buenas noticias, buena fortuna o al final bendiciones en caso de compartir aquella trascendental noticia.

 

Otra categoría aparte la componen los remedios milagrosos para toda suerte de padecimientos, algunos sucedáneos a la quimioterapia y que es necesario leerlos o compartirlos antes de que las mafias farmacéuticas los eliminen de la red.   De la misma manera se propagan noticias sobre determinados medicamentos que producen desde cáncer hasta la muerte súbita, sin olvidar los beneficios de la Coca cola para destapar cañerías y limpiar la sangre en el piso.

 

Son muy gustados aquellas noticias que se refieren a situaciones dramáticas o violentas y que generalmente llevan como título: ¿A qué no se imaginan lo que le sucedió a un niño cuando llegó a su casa?  Estos bulos siempre provocan la curiosidad del usuario, obligándolos a ingresar al sitio para ver de qué se trata.

 

Otros de estos bulos atacan a determinadas compañías a través de situaciones en su mayoría falsas, como fue el caso del micrófono oculto en las baterías de los teléfonos Samsung, que permitía a la CIA escuchar todas las conversaciones del usuario.

 

Muchos cibernautas se fueron de frente con una supuesta advertencia que pusieron en sus muros en donde basados en el Estatuto de Roma, no aplicable por cierto, prohibían a Facebook el utilizar sus fotos e información sin la autorización expresa del usuario, siendo que al momento de abrir su cuenta en dicha red social, autorizan a Facebook a eso y más.

 

Las fotografías falseadas también han inundado las redes.  El caso más famoso ocurrió cuando un prestigiado periódico español, publicó digitalmente y casi lo hace en su versión impresa, una supuesta fotografía de Hugo Chávez intubado en Cuba, habiéndose descubierto, casi a tiempo, que se trataba de otra persona intervenida unos años atrás.  El diario en cuestión logró detener la edición impresa y retirar la fotografía, sin embargo, en la edición en línea la foto permaneció por cierto período, obligando al diario a pedir disculpas posteriormente.   Es posible que el propio Chávez estuviera en realidad intubado e incluso muerto en aquellos momentos, pero aquella foto no era de él.  Asimismo, tal vez muchos recordarán la fotografía de un niño que cruzaba un desierto solo, porque había perdido a sus padres y que en otras fotografías se constató que viajaba con sus padres y otros refugiados.  Otra foto impactante fue la de un niño que dormía entre las tumbas de su padres y posteriormente se filtró otra foto con el mismo niño, muy quitado de la pena, sonriendo a la cámara y haciendo la “V” de la victoria.  También recordarán la foto de un torero que supuestamente llora arrepentido por su crueldad con el animal y resulta que se trataba de uno de sus lances ante el astado.

 

Cuando una noticia se anuncia con el sello: “ya es oficial” es seguro que esconde un bulo.  Había una que aseguraba que Facebook pasaría a ser de pago y daban una serie de instrucciones para continuar de gorra en esa red.  También otra noticia declaraba de manera “oficial” el inicio de la Tercera Guerra Mundial, avalada la misma por el propio Vaticano.  De la misma forma se han propagado noticias oficializadas por la NASA sobre apagones universales, explosiones solares, etc. No hace mucho, recibí un mensaje a través de WhatsApp, de parte de una fémina que se presentaba como Gerente de esa aplicación, advirtiendo sobre medidas que tomaría esa empresa y que invitaba a realizar determinadas acciones.

 

Es obvio que los personajes famosos son el blanco preferido de estos bulos, llevando la delantera el Papa Francisco, cuya oficina de relaciones públicas pierde una gran parte de su valioso tiempo desmintiendo falsas declaraciones del pontífice.  Esto por otra parte, no deja de ser una ventaja para cualquier personaje público, pues en caso de un desliz de parte del personaje, puede pasarlo luego a la canasta de los bulos y desmentir la nota.

 

En el terreno de la política también es un recurso muy socorrido la propagación de las noticias falsas, utilizándose para deteriorar la imagen del adversario, como fue el famoso caso del Pizzagate, en donde quisieron ligar los correos electrónicos de la candidata Hillary Clinton con una red de pedofilia.  O bien, la supuesta nacionalidad colombiana de Nicolás Maduro, que es la fecha y no existen evidencias de que esto sea cierto, llegando al extremo de que algunos de sus compinches afirman que Maduro podrá ser todo lo que de él se dice, menos colombiano.

 

En el terreno de las estafas o “scam” y la modalidad de Phishing, que suplanta a un sitio web,  se hicieron famosos aquellos anuncios que ofrecían sueldos atractivos trabajando desde casa, para lo cual, los incautos debían llenar formularios con sus datos, sin darse cuenta que se trataban de ciber delincuentes que trafican con estos datos para luego utilizarse en el robo de identidades.  De la misma manera, usuarios de sitios de compra venta, como E bay y Mercado Libre, han sido víctimas de estos delincuentes a través de mensajes falsos y maliciosos con fines de estafa o de robo de identidad. Recientemente, algunos bancos comerciales han advertido a sus clientes sobre comunicaciones con fines fraudulentos que captan datos y contraseñas de los incautos con el fin de intervenir sus cuentas bancarias.

 

En fin, cada vez, quienes generan todos estos engaños, se van especializando en la práctica del engaño y recurrirán a más refinados métodos para conseguirlo, de tal manera, estimado lector, que hay que estar cada día más alerta respecto lo que nos llega a través del internet.  En principio, es saludable dudar ante todo.  No es conveniente apegarse a la certeza de nada.  Cualquier noticia, invitación, oferta o similar, páselo primero por la nicaragüense práctica del violonchelo, con un largo: Mmmmmmmmmmmm.  Luego, contraste la noticia, busque fuentes alternas, investigue las alertas de empresas de seguridad en la red, nunca tome a priori, como verdadera, una noticia que circule en la red.

 

Así pues, es menester recordar siempre el famoso adagio norteamericano, erróneamente adjudicado a Milton Friedman (aunque lo utilizó frecuentemente) “There is no such thing as a free lunch” (no hay almuerzo gratis).  Hay que tener presente que ninguna empresa le otorga dinero a nadie por el hecho de recolectar determinada cantidad de likes.  De la misma manera, debemos estar conscientes que el dinero no cae del cielo, solo se obtiene mediante el trabajo productivo y el emprendimiento eficaz. Por otra parte, las enfermedades se curan mediante el tratamiento adecuado y oportuno; no hay cura por compartir una noticia o por ponerle like o amén.

 

Asimismo, hay que recordar que la edición fotográfica ha avanzado considerablemente, de tal forma que ni siquiera una fotografía puede evidenciarnos la realidad.

 

Por lo anterior, estimados lectores, es pertinente recordar a Sir Francis Bacon cuando dijo: “Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; pero si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas”.

 

 

 

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El Tigre

 

Mil novecientos sesenta fue un año funesto para mi abuelo.  En febrero murió mi abuela y él se quedó, como decían: “como papalote sin cola”.  Poco a poco se fue abandonando y se dejó morir.  Nunca fue una persona que desbordara alegría; no cantaba, no bailaba, no reía a carcajadas, de tal manera que su dolor, al perder a su pareja de casi cincuenta años, se manifestó en una terrible depresión que se le adivinaba en sus ojos, en su respiración, en su voz.

Nada volvió a ser lo mismo para él.  Hacía las cosas como por inercia y todo en él gritaba la desgarradora ausencia de mi abuela.

Una mañana apareció por su botica un individuo preguntando por él.  Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los ochenta años.  Tenía un aspecto descuidado, su cabello y bigotes eran completamente blancos y de pronto parecía uno de aquellos mineros de la fiebre del oro en California.  Sin embargo, lo más notorio en él era un constante temblor, especialmente en su mano derecha.  Mi abuelo fue a recibirlo y el anciano aquel lo abrazó y le dijo algo, mi abuelo no dijo nada y simplemente lo invitó a sentarse en la salita improvisada en su negocio.  Comenzaron a conversar en voz baja y al rato, mi abuelo solicitó que le llevaran de desayunar a su visitante.  Al rato, la tía Leticia, sobrina de mi abuela, se apareció, con cara de pocos amigos, con una bandeja con café con leche y un bollo de pan.  El visitante con cierta dificultad tomó todo el desayuno y después de conversar un rato más con mi abuelo se despidió.

A partir de aquella ocasión, el individuo aquel comenzó a frecuentar sus visitas a mi abuelo y se llegó a hacer la costumbre que la tía Leticia, ahora sin necesitad de requerimiento, se apareciera con el pocillo de café con leche y el bollo de pan.  Conversaban un rato, después de lo cual el personaje aquel se despedía y se iba.

Cierto día la tía Mélida, media hermana de mi abuela, se encontraba en la botica, pues ella se movía entre Masaya y San Marcos con su venta de lotería y de lecheburras y resultó que cuando salió a la botica se encontró con mi abuelo que conversaba con su visita, quien con la dificultad de siempre apuraba el café con leche, acompañado de su bollo de pan.  La tía Mélida lo miró y después de un instante, lo reconoció y se quedó helada.   Fue hasta donde estaba la tía Leticia y le espetó: – ¿Qué hace ese hombre aquí?  Ella, con tranquilidad le respondió: -Es una visita de Don Emilio, creyendo que eso bastaría para que se calmara.  Al contrario, casi morada de la indignación le dijo: -Pero si es El Tigre.  La tía Leticia, que siempre buscaba como hacerle guasa a su tía, le dijo: – Será muy tigre, pero ahora ya ni ruge.   La tía Mélida que había cambiado a un morado subido, le dijo con la respiración entrecortada: – Ese tipo es un matón, ahí donde lo ves, tiene su cementerio particular, además tiene los siete vicios del garrote.  Total ante el individuo aquel, el propio Juan Charrasqueado quedaba como San Francisco de Asís.   La tía Leticia, ajena a todos aquellos antecedentes, se limitó a decir: – Es una visita de Don Emilio.

En otra época, la tía Mélida hubiera insistido con mi abuela para evitar la presencia de aquel malévolo personaje, sin embargo, al faltar ella, la correlación de fuerzas en aquella casa había cambiado drásticamente.  Mi padre, a quien le hubiese correspondido intervenir, trabajaba a tiempo completo en el Hospital Bautista y cuando le comentaron, no quiso provocar ninguna contrariedad a mi abuelo, pues como médico, sabía que su salud iba en franco deterioro.

En efecto, al poco tiempo, mi abuelo tuvo que ser hospitalizado debido a un enfisema derivado de tantos años de fumar, además que otros factores habían comenzado a provocar ciertos episodios de desubicación.  Al salir del hospital, mi padre estimó conveniente que mi abuelo se trasladara a nuestra casa, pues ahí podía tener un seguimiento más cercano de parte de mi madre en el día y de mi padre por la noche.  Un poco a regañadientes mi abuelo se trasladó.

Lo interesante es que a pesar de que mi abuelo no estaba más en su botica, El Tigre, seguía llegando, entonces solo por su desayuno.  Esto ponía a la tía Mélida de mal humor y no cesaba en su perorata protestando por aquel compromiso que de forma gratuita se había echado encima la tía Leticia y que según esta última era solo una muestra de consideración a Don Emilio.

En nuestra casa, más que su botica y su alquimia, lo que más extrañaba mi abuelo eran sus cigarrillos.  Mi padre le había prohibido fumar y a pesar de que entendía que era por mejorar su condición, no se resignaba a dejar el placer de fumarse un cigarrillo.  En cierta ocasión, me suplicó con tanta vehemencia que le consiguiera un cigarrillo, que la verdad no pude negarme y fui a la pulpería a conseguir su Esfinge y aprovechando que mi madre estaba preparando la comida, salimos al porche y ahí fumó aquel cigarrillo, con tanta fruición que de pronto sus ojos parecieron recobrar el brillo que habían perdido.  Aproveché aquel estado de extremo placer de mi abuelo para preguntarle de dónde conocía al Tigre.  Para mi sorpresa, me contó la historia.

Por los años treinta, mi abuelo buscó fortuna sembrando granos básicos en la costa del Pacífico, al sureste de San Rafael del Sur, en la zona conocida como Tancabuya.  En ese menester, tuvo ciertas diferencias con unas personas del rumbo, con quienes llegó a agrias discusiones y al final, aquellas personas decidieron emboscarlo en su camino de regreso a San Marcos.  En efecto, en un paraje lo estaban esperando, lo bajaron del caballo y estaban prestos a hacerlo picadillo, cuando del recodo del camino apareció un individuo que pistola en mano comenzó a disparar contra los atacantes.  Luego, el tipo aquel, se acercó a mi abuelo, le preguntó si estaba bien y le dijo que siguiera su camino sin temor.  Mi abuelo le agradeció y siguió su camino.  Los pormenores de aquel episodio, en especial la suerte que corrieron sus atacantes se los reservó mi abuelo. Me dijo que era cierto que ese sujeto había realizado muchas tropelías, pero que en su caso, le debía la vida.   Fue entonces que comprendí, la deferencia que tenía mi abuelo por el famoso Tigre.

En septiembre de 1961, falleció mi abuelo después de una prolongada agonía.  Todavía después de su muerte, El Tigre, compungido llegaba por su desayuno a la botica.  La tía Mélida le repetía hasta el cansancio a mi tía Leticia que muerto el ahijado se acabó el compadre, pero aquella no hacía caso y seguía brindándole su pocillo de café con leche con su bollo de pan.  En cierta ocasión, la Tía Mélida, a falta de argumentos para evitar aquella situación, la amenazó diciéndole que si no dejaba de servirle a El Tigre, cuando ella muriera le iba a salir.

Al poco tiempo, una tarde que regresaba en bus del colegio, al llegar a mi casa, me encuentro con un sinnúmero de silletas de tijera, una cantidad considerable de personas que al ingresar me daban el pésame.  Como dice el Prócer: “Se me fueron los pulsosmmmm”  Hasta que vi a mi madre quien me abrazó y me dijo en voz baja: – Tu tía Mélida.   Le había dado un infarto fulminante.  En un rincón estaba la tía Leticia, con una expresión de terror en sus ojos.   Después del entierro, le pidió a mi padre que le diera posada para dormir en nuestra casa pues no quería pasar una noche más en la botica.

A partir de entonces, no volvió El Tigre a aparecerse por la botica.  Sería tal vez que la tía Leticia de alguna forma ante la amenaza de la tía Mélida lo cortó o sería que algo le sucedió al felino aquel.

Ya son casi sesenta años desde que conocí al Tigre y parece mentira, pero todavía lo recuerdo muy bien.  Cada vez que alguien que en su juventud cometió todo tipo de desmanes y en su tercera edad, a la sombra de sus canas, ofrece una imagen de beatitud, de quien no quiebra un plato, recuerdo aquella figura, triste, luchando ferozmente contra los estragos del Parkinson, bebiendo dificultosamente su café con leche y haciendo malabares con el bollo de pan para llevar el sustento a su boca y conversando en voz baja, con cierto tono papal, olvidando tal vez el rugido de antaño, la mirada feroz y cómo no le temblaba la mano para tomar su Colt Peacemaker y vaciar los seis cartuchos del tambor sobre alguna desafortunada humanidad.

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La del niño

 

Mi primer año de universidad fue realmente alucinante.  Después de la infame peloneada que hacía que los flamantes bachilleres en ciencias y letras supiéramos que éramos simples mortales y no la mamacita de Tarzán, los profesores se encargaron de enseñarnos a amar a Dios en tierra ajena, Roberto Zelaya con la lógica matemática, el decano Julio Vega con Samuelson y la elección entre producir cañones o mantequilla, el recordado Cuadrita con los principios contables del debe y del haber y un profesor que solo recuerdo que le decían Terry con las teorías administrativas de Taylor y Fayol.  Por si esto fuera poco, llegaba a la facultad como “gallina comprada” como decían en el pueblo, pues no conocía absolutamente a nadie.  Ninguno de mis compañeros de bachillerato se había atrevido a estudiar Economía.

Poco a poco fui descubriendo un tema que parecía flotar en el ambiente y que llegaba a constituir un enlace entre la enorme diversidad de alumnos y era la música.  En los recesos se escuchaba hablar de 500 millas, de Black is black, de San Francisco y lo extraño que parecía aquello de “flores en tu pelo”.  De esta manera fui haciendo contacto con compañeros que no paraban de hablar de música.  Ahí también descubrí a algunos integrantes de los conjuntos musicales que estudiaban en años superiores en la facultad: Emilio Ortega, Lino García y Elías Cárcamo y que en mi grupo estaba el legendario disc jockey Conrado Pineda, que en aquel tiempo trabajaba en la 590.

En cierto momento surgió en aquellos improvisados foros, un tema que llamaba poderosa la atención.  Se trataba de una balada que estaba sonando fuerte en todas las emisoras locales.  Era una balada rock de corte romántico con el sonido electrónico propio de los conjuntos de la época, con una breve introducción de guitarras eléctricas y luego un cantante que reclamaba: “Di que fue de nuestro amor, que todo se esfumó, yo siempre me recordaré de los besos que te di…”  El tema se ubicó pronto en los primeros lugares de las listas de popularidad, sin embargo, lo que más llamaba la atención era el título pues en las emisoras la anunciaban como La del niño.  Por más que repasábamos la letra, no encontrábamos ningún vestigio que pudiera relacionar la letra de la canción con un niño.  Por un buen rato manejamos en aquel foro las más descabelladas teorías sobre el posible origen del título de la canción y que indefectiblemente caían en puras pláticas de preso, pero que al fin de cuentas hacían que nos desconectáramos de la tautología de la lógica proposicional que nos trataba de enseñar Zelaya, para adentrarnos en la ley de los rendimientos físico marginales decrecientes con el decano Vega.

De pronto una nueva corriente vino a desplazar a todos los éxitos que luchaban por permanecer en el gusto del público, los Rockets sacaron su álbum en la Tortuga Morada y nuevos temas se adueñaron de las listas de popularidad.  Sin embargo, siempre quedó como asignatura pendiente el origen del nombre de aquel tema.  Muchos años después, algunos libros que describían la música de los años sesenta tocaron el tema un tanto de refilón, sin embargo, lo interesante de la historia de aquel éxito merece describirse un tanto a detalle.

El tema que nos ocupa es original del grupo Los Super Twisters de El Salvador, uno de los pioneros de la música rock de aquel país y que fueron los primeros en grabar un disco con música rock.  El grupo estaba integrado por Eduardo “Guayo” Meléndez en la guitarra, Ricardo “El chele” Escobar en el bajo, Salvador “Chamba” Rodríguez en la batería, Carlos Langenner en los teclados y Ricardo “Lord Darkie” Jiménez Castillo, cantante.  En el año 1964 el sello Kismet de ese país, accedió a la grabación de un disco de 45 r.p.m. de Los Súper Twisters, habiendo seleccionado el grupo el tema What I said, que grabara Ray Charles en 1959.  Para la otra cara del disco, el grupo no se decidía hasta que llegaron al acuerdo que sería la canción de “El Niño”, pues la música de ese tema había sido compuesta por Eduardo “Guayo” Meléndez a quien le apodaban El niño  y la letra por Chamba Rodríguez.  De esta forma salió el primer sencillo de música rock en El Salvador con el hit de Ray Charles en una cara y el tema denominado La del niño en la otra.

Es necesario remarcar que el vocalista del grupo Ricardo Jiménez Castillo, llegó a convertirse en uno de los mejores arquitectos de El Salvador y es el artífice de La Torre Democracia (Torre Cuscatlán) en el Boulevard de Los Próceres, en la capital cuscatleca, así como la Torre de Cristal y el puente Las Chinamas, asimismo, fue el impulsor y director de la reconstrucción del Teatro Nacional de El Salvador.

En aquellos años, todavía no había un intercambio de música moderna entre los países de Centroamérica, sin embargo, en un festival que se realizó en El Salvador en 1965 participaron los Music Masters.  Al grupo nica le gustó el tema en cuestión y lo tomó prestado.   A su regreso, los Music Masters lo incorporaron a su repertorio y llegaron a grabar una versión.  Cabe aclarar que la misma era un poco más lenta que la original.  Al poco tiempo, otro grupo nicaragüense que iba en ascenso escuchó la versión de los Music Masters y también la grabó.  Se trataba de los Bad Boys y su versión del tema resultó más atractiva.  Hay una gran similitud entre las versiones de los dos conjuntos nicaragüenses, sin embargo, el vocalista de los Bad Boys Humberto Hernández “El gordo Beto” tenía una voz más atractiva que la del vocalista de los Music Masters y en efecto, aquella fue la versión que tuvo más éxito en nuestro país.

Si se escuchan todas las versiones de La del niño, de una manera desapasionada, puede colegirse que la versión de los Bad Boys supera incluso a la original de los Súper Twisters, con perdón de los amigos cuscatlecos.  Es más, cuando Guayo Meléndez y Chamba Rodríguez formaron el grupo Los Mustangs, grabaron una nueva versión de La del niño, tratando de emular un poco el estilo de los conjuntos españoles de esos años, sin embargo, tampoco supera a la del Gordo Beto y los Bad Boys.

Después de cincuenta años, ya ha llovido mucho, han aparecido y desaparecido miles de temas musicales y aquella enigmática canción se mueve entre las arenas del tiempo y del olvido.  Ya incluso algunos personajes ligados a este tema como Humberto Hernández, así como Ricardo Jiménez Castillo, se nos han adelantado.  De vez en cuando alguien que ya no hace fila en los bancos navega en las inmensas aguas de Youtube, de casualidad se encuentran con La del niño, será presa de la emoción y la nostalgia, pero de manera invariable, nuevamente se les vendrá a la mente: ¿Cuál niño?

 

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