El terrorista

CUENTO

Fermín subió a su cuarto con una bolsa de regalo que le había entregado su tío César, quien recién había regresado de un congreso de cardiología en los Estados Unidos.  César Reyes era un afamado médico que se había especializado en enfermedades cardiovasculares, padecimiento que en aquellos años, finales de los sesenta, había cobrado una singular importancia.  El médico le tenía un especial cariño a Fermín, hijo único de Arsenio, su hermano, pues el niño tenía un enorme parecido con Don Rodolfo, el finado padre de ambos.

Fermín tendría en ese entonces unos once años y era un niño que en la época actual pudiera haberse catalogado como “hiperactivo”.  En aquellos tiempos no existía aquella etiqueta y los niños eran vagos o jodedores, pero hasta ahí no más.  Era muy inteligente y un poco aplicado en el colegio, sin embargo, la disciplina no era su fuerte, mostrándose un poco rebelde, motivo por lo cual, Clara, su madre se fue acostumbrando a presentarse con regularidad a la dirección del colegio para recibir reportes de la conducta de su hijo.  Su padre el Dr. Arsenio Reyes, abogado y notario, ejercía su carrera, bastante exitosa, en la capital y viajaba diario hacia el pueblo y cuando escuchaba de parte de su esposa los reportes de disciplina de su hijo, no le ponía mucha mente, pues decía que él mismo había sido de esa manera y que con el tiempo se fue enderezando.

Después de estudiar y hacer sus tareas, lo cual no le llevaba mucho tiempo, Fermín se dedicaba a sus dos pasatiempos favoritos.  Uno era devorar toda la literatura de terror que llegaba a sus manos, desde Edgard Allan Poe y Ray Bradbury, hasta los paquines de Cuentos y Leyendas de La Colonia y El monje loco, así como cualquier película o programa de televisión del género.  Le fascinaba aquel cosquilleo que le producía el suspenso y el miedo que infundían todos aquellos relatos espeluznantes.  Su otro pasatiempo era el de hacerle al francotirador.  Con una resortera y una bolsa de una especie de tomatitos verdes que producía un arbusto que crecía en el patio, subía a la azotea y ahí parapetado escogía a sus blancos a quienes a una distancia considerable lograba impactar con aquellos proyectiles, acostándose después en la superficie de la azotea, de modo que sus víctimas nunca lograban avizorar al tirador.

Cuando el muchacho abrió aquel paquete del regalo de su tío César, casi se le salen los ojos de las órbitas.  Se trataba de una máscara de un rostro monstruoso.  Pero no era una de las tradicionales máscaras de celuloide que apenas cubrían el rostro y que se sujetaban con un hule a la cabeza.  Se trataba de una máscara completa, estilo Hollywood, de un material como latex, que cubría la totalidad de la cabeza, con cabellera casi real y que una vez que se la probó y se miró en el espejo, sintió aquel cosquilleo de terror al mirar aquella imagen frente a él.  Se emocionó al pensar en el uso que le daría a la máscara.

Aquella misma noche, Fermín se puso un suéter negro y se fue con la máscara a un solar vacío que quedaba casi en frente de su casa.  Ese lugar estaba casi en penumbras, pues la luz del alumbrado público estaba un tanto retirada y a duras penas hacía llegar unos tímidos rayos.  El muchacho se colocó la máscara y se ubicó detrás de unos matorrales que le cubrían hasta el pecho, de tal manera que solo parecía sobresalir aquel rostro monstruoso, pues el suéter se confundía con lo oscuro del fondo. No pasó mucho tiempo cuando por la calle apareció Juancito, empujando un pequeño carretón en el  que llevaba maíz al molino para la masa de las tortillas que echaba su abuela.  Iba muy tranquilo, sin embargo de pronto volteó a ver hacia el solar y adivinó un rostro espeluznante.  El pobre Juancito pegó un salto casi olímpico y salió disparado con su carretón gritando incoherencias.  Fermín se quitó la máscara y el suéter y se dirigió a su casa en donde se encerró en su cuarto a leer.   Al rato que llegó su padre de la capital, bajó a cenar y su madre comentó que Doña Fidelia, la vecina, recién había llegado con el cuento que un muchacho que pasó cerca de la casa había visto un aparecido.  El abogado, sonrió y comentó: – Las mismas supersticiones de siempre.  Fermín se limitó a asentir con la cabeza.

En los días subsiguientes, Fermín continuó con su aventura, no a diario, por si las dudas.  Incluso cambió de ubicación, escondiéndose en otros solares de las calles vecinas.  De esta manera a Juancito se unieron la niña Rosita, quien se dirigía a poner una inyección a domicilio, Don Coronado, que iba a la farmacia a conseguir un jarabe y una hija de Doña Cándida que iba a dejar unas pelotas de trigo a la venta.  En el pueblo se iba esparciendo el rumor que algún alma en pena andaba rondando el pueblo.

Cierta noche, después de haber dejado de asustar por varios días, Fermín decidió volver a sus andadas y esta vez seleccionó un paraje que le pareció más tétrico, situado al otro extremo del pueblo.  En un pequeño salveque llevó el suéter negro y la máscara, al llegar observó si no había nadie a la vista y se introdujo entre los matorrales en donde se puso el suéter y la máscara.  Sin embargo, en esa ocasión, la mala fortuna parecía haber acompañado al muchacho, pues la persona que acertó a pasar por aquel paraje fue nada menos que la Dulcita, una de las hijas de Don Roque, cacique del pueblo y sempiterno alcalde.  En esa ocasión, Fermín emitió un ruido que hizo que la muchacha volviera a ver y cuando se percató de aquel rostro, casi cae desmayada.  Se puso blanca como un papel y con dificultad emprendió la marcha, corriendo luego hasta su casa.  Casi no podía hablar y su madre se percató que estaba ardiendo en fiebre.  En pocos minutos la casa del alcalde se llenó de curiosos y en momento más, don Roque llegó del bar en donde conversaba con unos amigos, hasta donde llegó la noticia.

La mala suerte seguía persiguiendo a Fermín, pues una vez que se quitó la máscara y el suéter y los puso en el salveque, salió con mucho cuidado del matorral, sin embargo, no advirtió que de una casa vecina, Salvador, un vago del pueblo,  desde la ventana había observado cómo el muchacho, en la penumbra, se quitaba la máscara y el suéter y salía luego hacia la calle rumbo hacia su casa.

Inmediatamente Salvador se dirigió a la casa de don Roque y cuando se encontró con el alcalde le comentó lo que había visto.  El cacique comenzó a resoplar y se puso verde, para cambiar luego a morado.  Chavalo hijuelagranputa, no paraba de decir.

El muchacho llegó a su casa y subió a su cuarto, escondió el salveque y esperó a que llegara su padre para cenar.  Al finalizar, Fermín subió a su cuarto, el abogado se sentó en la sala a leer, mientras que su esposa miraba la televisión.  Al rato, se escuchó que golpeaban a la puerta con “imperio”, como decían las viejas del pueblo.  El propio doctor salió a abrir, sorprendiéndose cuando observó que se trataba de Don Roque, acompañado del Teniente López, comandante de la plaza.

Entre el Dr. Reyes y Don Roque había una animadversión desde siempre.  El alcalde había escalado posiciones a punta del más puro servilismo con el régimen somocista.   Los Reyes eran una familia que gracias a un constante y arduo trabajo había logrado superarse, de tal manera que con su aserrío Don Rodolfo había logrado enviar a sus hijos a estudiar una carrera profesional.  Don Rodolfo nunca quiso participar en política, sin embargo, era pariente de Somoza García y éste le debía muchos favores, de tal manera que siempre lo respetó y había la orden, no escrita, que esa familia era intocable.  Sus hijos habían heredado aquella aversión a participar en política, así como el respeto de los hijos de Somoza.  Arsenio había incluso defendido en juicios a algunos ciudadanos opositores, sin problema alguno.  Esta situación le causaba un inmenso malestar al alcalde, pues era la única familia que no se le agachaba en el pueblo, más bien, cuando podía, recibía de su parte agrios comentarios.

Muy secamente, el abogado saludó a los visitantes con un – Buenas noches, los visitantes devolvieron el saludo y el alcalde agregó: -Necesitamos hablar con usted, doctor, sobre un asunto muy serio.  Arsenio se extrañó pero los invitó a pasar a la sala y les ofreció asiento.  Clara, cortésmente saludó y se retiró.

Siempre con un tono serio, el abogado les espetó: – Bueno señores, ¿Qué se les ofrece?  El alcalde se aclaró la garganta y dijo: – Mire doctor, es un asunto muy penoso, pero venimos porque se está acusando a su hijo de terrorista.  El Dr. Reyes se sorprendió, pero recuperó la calma y exclamó:  -A ver, a ver, a ver, ¿Cómo está eso?  Don Roque dijo: – Resulta que su hijo lleva varias semanas asustando a la población con una máscara, por lo tanto es un terrorista.

El abogado no supo cómo se le salió: -No sea caballo, Don Roque.  El terrorismo –agregó- tiene que ver con la lucha para desestabilizar al poder.  El militar se quedó de una pieza, pues nunca había escuchado a nadie dirigirse de esa manera al alcalde.  Cuando más, continuó Arsenio, se trata de una vagancia.  Cuando Don Roque recobró el resuello, dijo enfáticamente: -Pero en los últimos días se ha dedicado a sembrar el terror ¿y a eso cómo le llama?  Mire Don Roque, dijo el abogado, aquí el único que está sembrando cosas raras en su finca es su primo René.   El cacique se quedó de una pieza y sin palabras.  Entonces el militar entró al quite y le dijo al abogado: -Entonces doctor, ¿Qué podemos hacer?  Arsenio, con la mayor tranquilidad le respondió: -Tal vez ustedes quieren que llamemos ahorita a Managua, con el Magistrado García o si quiere con Alesio.  Cuando el Teniente escuchó el nombre de Alesio, se descompuso y dijo: -Bueno, creo que no es para tanto, tal vez podríamos arreglar las cosas por aquí ¿No es así, Don Roque? El alcalde no tuvo de otra más que asentir.

Mucho más tranquilo Arsenio, retomó la palabra y expuso:  -Bueno señores, ¿qué es lo que les interesa? El cacique se quedó sin saber qué responder y apenas masculló un: -Mmmm, entonces el militar dijo: -Pues que su hijo deje de andar asustando a la población.  –Así de fácil, agregó.  Entonces el abogado les dijo: -¿Estaría bien si yo les aseguro que este muchacho no va a volver a asustar a nadie con esa máscara?  Don Roque un tanto molesto dijo: -Pero ¿Cuál sería el castigo?  Estaríamos sentando un precedente.  Arsenio lo quedó mirando y le dijo tranquilamente: -No me joda don Roque ¿Ya se le olvidó cuando usted sentó un precedente al quitarle su finca a Don Eustaquio?  Don Roque molesto solo agregó: Ahí muere, pues.  ¿Habría alguna garantía de que no va a volver a suceder?- agregó.  El abogado simplemente dijo:  Bueno, si no es suficiente con mi palabra, yo les mandaré mañana temprano la garantía que ustedes quieren y yo me encargaré de aplicar el correctivo correspondiente a mi hijo ¿Les parece?  Ambos asintieron, aunque el alcalde no de buen modo, pero inmediatamente Arsenio dijo cortésmente: -Entonces señores, buenas noches.  El militar hizo el medio parapeto de cuadrarse, mientras que don Roque masculló: -mnnas nnches.

Cuando el abogado cerró la puerta exclamó: -Terrorista mis huevos, sapo de mierda.  Llamó a su esposa y a su hijo y por un par de horas estuvo conversando con ellos, muy seriamente y al final le impuso un castigo al muchacho,  que nunca era de maltrato físico, sino que siempre encontraba la manera de aplicar correctivos adecuados y efectivos y en esta ocasión, además de cortarle su asignación monetaria semanal y restringir sus salidas por un mes, le decomisó la máscara, que fue lo que más le dolió, pero el muchacho comprendió que no había  otra alternativa.

A la mañana siguiente, antes de salir a la capital, el abogado pasó buscando a Douglas, un asistente que tenía en el pueblo para gestiones locales y le entregó la máscara empacada en una caja de whisky White Label vacía y le encargó que se la entregara al alcalde.  Douglas cumplió el encargo y don Roque se quedó extrañado al ver la caja enviada por Arsenio, pero cuando la abrió se dio cuenta que era la famosa máscara.  –Chavalo terrorista hijuelagranputa, masculló.  Luego convocó a una reunión de sus adláteres en donde declaró que había logrado desenmascarar a quien estaba sembrando el terror en el pueblo y que procedería a quemar la máscara aquella para que no se repitiera el episodio de terrorismo y el pueblo volviera a la normalidad.  Aplausos.

Don Roque nunca pudo olvidar aquel episodio, más que nada por la humillación que le hizo pasar Adrian, sin que tuviera la menor oportunidad de desquitarse.  De tal forma que cada vez que se encontraba con el muchacho o que se tenía que referir a él no se cansaba de repetir: Terrorista.  Eso no se lo podía quitar el abogado.

Con el tiempo Fermín fue abandonando su pasión por el  terror y comenzó a leer otro tipo de literatura, desde la policíaca hasta las obligadas en el colegio: María, Doña Bárbara, La Vorágine.  Cuando le correspondió se fue a la capital a la universidad y ahí pasaba la semana con su tío Martín y regresaba el fin de semana al pueblo.  Entonces se aficionó a otro tipo de lectura: Fanon, Galeano y en una ocasión llegó a su casa con una guitarra presumiendo a sus padres sus avances en el instrumento, aunque en realidad su  repertorio se limitaba a una canción, tristona por cierto que empezaba: “Qué triste, se oye la lluvia, en las casas de cartón” y se las recetaba una y otra vez, hasta que al tiempo algún guasón sacó su versión que la dejó en el vulgareo: “Que ricos, saben los tragos, en los vasos de cartón”, entonces optó por dejarla y siguió con otras canciones, siempre del estilo de protesta.

En el pueblo ya casi no se miraba a Fermín, y las pocas veces que se aparecía por ahí, a muchos les costaba reconocerlo porque se había estirado hasta alcanzar casi los seis pies., aunque tenía la misma cara de su abuelo Rodolfo, pero con una estructura atlética.  Cuando se intensificó la insurrección popular, el joven prácticamente se desapareció del pueblo.

Don Roque por su parte se dedicó de lleno a la búsqueda y denuncia de posibles integrantes de células terroristas, así como a sus familiares y buscar como los despidieran si eran empleados públicos. En algunas ocasiones se sumaba a las redadas que hacía la guardia nacional en el pueblo y hasta se rumoraba que había torturado a uno que otro guerrillero capturado.

Cierta noche el alcalde recibió una llamada que denunciaba actividades sospechosas en un campo de futbol en las afueras del pueblo, así que presto y veloz salió de su casa y subió a su camioneta.  De pronto, por el espejo retrovisor observó que alguien se acercaba.  Cuando la persona estuvo frente a la ventana del vehículo se percató que se trataba de Fermín, pues la cara de su abuelo era inconfundible.  Solo alcanzó a decir: -Ej, el terrorista, cuando velozmente el joven arrojó al interior de la camioneta un cóctel molotov, mismo que se estrelló contra el volante y produjo una explosión e inmediatamente el fuego se esparció por el interior del vehículo.  En medio de las llamas, se miraban los ojos desorbitados del alcalde, quien apenas alcanzó a escuchar: -Ahora sí, viejo sapo. ¡Patria libre!

 

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El mundo bizarro

 

El hombre es la suma de sus fantasías

Henry James

 

Una de las tareas fundamentales de nuestra niñez fue sin duda alguna, el distinguir los dos ámbitos básicos en el que nos desenvolvíamos.  Por una parte la vida real, con todo y sus muchos aspectos que todavía no lográbamos comprender y el mundo de la fantasía, en el que nos sumergían los cuentos que nos recetaban los adultos y la mayoría de la literatura infantil a la que teníamos acceso.  Mientras que a golpe y porrazo nos íbamos acostumbrando a tener los pies en el suelo en el mundo real, por otra parte, realizábamos el ejercicio de mantener en el nivel quimera, aquellos personajes, lugares y situaciones, que aun sabiendo que no eran posibles, abrazábamos con la vana esperanza de que en algún momento pudieran convertirse en realidad.

De esta forma, por mucho tiempo los personajes de las historietas, libros o películas fueron una parte vital de nuestra existencia.  Debo admitir que a pesar de que muchas veces soñé con volar hasta el espacio como Súperman, nunca me sometí a ninguna prueba respecto a ese poder, aunque llegué a saber de unos conocidos que desde una azotea lanzaron a su perro con una capa del súper héroe para constatar si podía volar.  Estaba plenamente consciente además, que con un antifaz o con unos lentes, era imposible esconder la identidad.

Y así por un buen tiempo, vivimos aquella dulce ambigüedad de saber que había un mundo real y  otro ficticio, que en algún momento, como por arte de magia, podría hacerse real.

Luego llegó la adolescencia y poco a poco el mundo real llegó a envolvernos por completo y en aquella conciencia en evolución comenzó a parecernos fuera de lugar aquel mundo de fantasía que conocimos y nos llegó a impactar el hecho de que un padre podía abandonar a sus hijos en el bosque porque no tenía qué darles de comer o bien que existiese un ogro que se deleitaba con la carne humana o una bruja que atraía a los niños con una casa hecha de golosinas en donde podrían vivir bonito, con la intención de sacrificarlos luego.  Nos impresionaba cómo una madrastra pudiera esclavizar a su hijastra u otra que por envidia mandara a matarla solo porque un espejo le decía que la hijastra era más bella.

Con el tiempo y con la carga de las responsabilidades que nos echa a las espaldas la adultez, todo aquel mundo de fantasía quedó sepultado.  Tal vez una que otra película que demandaron los hijos, nos hacía recordar aquel mundo de la infancia y nos correspondió enseñarles a tratar de mantener los pies en el suelo, aunque en ese sentido el destino los obligó a esa constante tarea, de tal manera que no supe si en sus mentes vivió la quimera aquella o si la sobrevivencia se mantuvo por encima de todas esas cosas.

Ahora, pasando ya hace rato el umbral de la tercera edad, la única quimera que asoma es el sencillo afán de vivir en paz y tranquilidad, y en los sobresaltos que nos produce la tarea de ser abuelos, con toda la experiencia acumulada se facilita contribuir a que las nietas aprendan a tener ese balance entre los mundos que se presentan en sus vidas, en donde la realidad y la fantasía tienen sus particularidades respecto a las que nosotros vivimos.

Sin embargo, de repente, como en aquellas pesadillas de la niñez, el mundo aquel, tan irreal y que creíamos sepultado, emerge de una manera tan cruel.  De inmediato se me viene a la mente aquel pasaje de Alicia en el país de las maravillas:

Pues, pues verá usted.
Plantamos las rosas blancas por error y…
La Reina nos encargó
que rojas debieran ser.
Si blancas ve, nos matará
y nos degollará.
-¡Cielos!
Para podernos salvar
las vamos a barnizar.

 

Sin más ni más, los dos mundos se trastruecan y de la misma manera viene a mi mente el Mundo Bizarro, de la historieta de Súperman, en donde los clones imperfectos del hombre de acero y de Luisa Lane, al no adaptarse a la tierra deciden poblar el planeta en forma de cubo “Htrae” (de Earth, Tierra, en inglés y al revés), en donde conviven con los duplicados imperfectos de los personajes de la historieta.  La particularidad del mundo bizarro es que todo ocurre al revés, las virtudes son defectos y viceversa y en donde las cosas se resuelven de la manera más ilógica posible.

De la misma forma, me doy cuenta que los ogros sí existen, al igual que aquellas madrastras.

El mundo real en donde tendríamos que habitar se convierte en quimera.  Ahora es un lugar ficticio y soñamos que un día al despertar las rosas puedan ser blancas o rojas, sin importar, en donde como dice Serrat, no perdiesen siempre los mismos y heredasen los desheredados y que San Pedro cantara, aunque no le pagaran.  Sería fantástico.

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Entre serviles te veas

 

En una piscina ubicada en un lugar, de cuyo nombre los protagonistas de la historia no quieren acordarse, el Presidente de la República se encuentra disfrutando de un baño, acompañado de un nutrido grupo de su gabinete.  El ambiente es extremadamente relajado, pues reciben la frescura del agua que mitiga el sofocante calor producido por los rayos del sol, que pesadamente caen sin misericordia.  Finos licores y deliciosos bocadillos son servidos a discreción por solícitos meseros.  A una distancia prudente, los guardaespaldas conversan animadamente.

 

Las pláticas iniciales, que giraron en torno a problemas puntuales de trascendencia para el Estado, concluyeron y dieron paso a un ameno cotilleo de lo más intrascendente.  Las ejecutivas y sonoras risas llenan el ambiente y todo transcurre apaciblemente, cuando el señor Presidente siente la inminente necesidad de expulsar un gas.  No le pasan por la mente, ni de manera remota, las leyes de Murphy.  Inocentemente cree que el agua de la piscina amortiguará cualquier ruido y/o aroma que pueda resultar.  Agita las manos en el agua para disimular cualquier burbuja delatora y con el ímpetu de un center fielder, lanzando hacia el home plate, lo suelta con todas sus fuerzas.  Es ya demasiado tarde cuando se da cuenta que el destino y un medicamento que está tomando para bajar de peso, le juegan una mala pasada.  El fármaco en cuestión evita la absorción de las grasas y las elimina directamente en las heces.  De esta forma, el inocente flato se ve acompañado de un líquido grasoso de color sepia, de tal manera que como un calamar en “modo evasión”, suelta una oscura estela que comienza a crecer en el área posterior del excelentísimo, quien en medio de su espontaneidad exclama: -¡Ay, me cagué!

 

Quien advierte primero la situación es la Primera Dama, quien está a punto de lanzar un grito de terror, pero su marido le clava los ojos y la agarra fuertemente de la muñeca, mientras siente que se encuentra entre la espada y la pared, pues una graciosa huida lo pondría en el más grande de los ridículos, algo fatal para su imagen de mandatario y por otra parte, el obligar a todo el  mundo a quedarse a su lado requiere de una inmensa dosis de lealtad, por no decir servilismo de parte de su equipo y no tiene la plena seguridad de ello.  Al final decide quedarse inmóvil.

 

Uno a uno los miembros del gabinete se van dando cuenta de la situación y se quedan petrificados mientras elucubran cómo proceder.  Uno de ellos, piensa que si un miembro del servicio secreto norteamericano está dispuesto a recibir una bala por su presidente, por qué él no puede recibir algo menos letal por su jefe.  Otro ministro, con el estómago revuelto piensa que abandonar el lugar equivale a una renuncia irrevocable y se imagina la crueldad del desempleo y decide permanecer inmóvil.  Otro miembro del equipo mantiene la esperanza que uno de sus colegas emprenda un escape para inmediatamente seguirlo, pero nadie lo hace y por lo tanto concluye que lo más prudente es permanecer en posición de firmes. Uno de ellos, servil a toda prueba, sólo lamenta no haber estado a la par de su jefe para echarse él la culpa y librarlo de semejante desaguisado.  Otro, disimuladamente mueve una pierna hacia adelante una y otra vez, con la esperanza que aquella estela que se está esparciendo por toda el área, pueda contenerse antes de llegar a su persona.

 

De pronto, un edecán se acerca al Presidente con una tarjetita que le entrega con un gesto de urgencia.  El mandatario la lee e inmediatamente, no se sabe si como un pretexto, sale de la piscina con la ayuda de dos guardaespaldas, toma un teléfono celular y como sin querer queriendo hace mutis por el foro, momento que aprovecha la primera dama para salir de aquella inmundicia, siguiéndola inmediatamente los miembros del gabinete que cual sapos saltan fuera de la piscina e inmediatamente se dirigen a las duchas para purificarse.   Una vez vestidos, dejan pasar un tiempo prudente y como el presidente no da señales de vida, se miran entre ellos y sin mediar palabra deciden desfilar hacia sus camionetonas y emprenden la retirada.  En aquellos tiempos no se aplicaba la ley Omertà, así que muy a sotto voce se fue filtrando la noticia, que ahora parece ser del dominio público.

 

Este podría ser el episodio más sonado relacionado con el servilismo en la historia reciente de Nicaragua, al menos de los que se conocen, pues cabe agregar que en los últimos cien años pareciera que este vicio se ha ido enquistando en el espíritu de nuestros conciudadanos.

 

Lo cierto es que el servilismo es tan antiguo como la humanidad y en su aspecto básico es la adhesión a la autoridad de manera ciega y baja.  Sin pretender ingresar en profundas consideraciones sociológicas, podría decirse que el ejercicio del poder, que de manera secular se ejerció de forma absoluta, principalmente desde monarquías, demandaba la obediencia ciega, en donde la dignidad personal no tenía ningún valor.  Las religiones por su parte, abonaron en este sentido al establecer en su mayoría una relación de extremo sometimiento entre creadores y criaturas.  Así pues, el servilismo ha sido una constante en la historia de la humanidad y se encuentra plenamente consignada en la literatura universal.

 

Lo importante en nuestro caso, son los rangos en que se mueve el servilismo, desde el simple respeto a la autoridad, hasta la adhesión y sometimiento a la misma, en los diferentes grados que comprende: la adhesión con cierto espíritu crítico, la forzada, la ciega, la ciega y baja, la ciega, baja y aduladora y la ciega, baja, aduladora y delatora de los detractores, dando como resultado esta última a los conocidos sapos.

 

En muchas ocasiones quien ha detentado el poder promueve por diversos medios el asentamiento del servilismo en su ámbito, como fue el caso de Anastasio Somoza García con su famosa ley de las tres “p”,  plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes, orillando de esta manera a todo mundo a una adhesión ciega y baja.  Se cuentan muchas anécdotas al respecto, que a veces parecieran inverosímiles, pero algunos testigos juraron que en realidad sucedieron, como fue la designación de dos importantes cargos gubernamentales, uno de ellos si mal no recuerdo, la embajada en Francia, ganados al aceptar los aspirantes desafíos como montar un toro o sostener en su cabeza una fruta, para que a manera de Guillermo Tell, el presidente practicara su puntería con un revolver.    A través de su propio diario, Novedades, muchos serviles utilizaron su pluma para deshacerse en exagerados elogios  hacia el mandatario y su familia.

 

En un artículo muy bien logrado de Federico Michell Zavala, hace alusión a una anécdota del genial periodista y humorista Gustavo Rivas Novoa, conocido como G.R.N. que le fue confiada por don Octavio Caldera Noguera.  Relata Michel Zavala que le contaba don Octavio que en cierta ocasión coincidieron en un bar de la vieja Managua, Anastasio Somoza García, acompañado por un grupo de adláteres, con don Gustavo Rivas Novoa quien departía con algunos colegas, cuando en cierto momento se levantó el humorista y a todo pulmón gritó: “Serviles”.  De repente en el bar reinó un silencio sepulcral y hasta Somoza se quedó a la expectativa.  Los segundos transcurrieron como si fueran horas, cuando don Gustavo ahora dirigiéndose a uno de los meseros le gritó: “Serviles a todos otro trago, que la próxima ronda la invito yo”.

 

Por su parte, Somoza Debayle continuó cultivando el servilismo entre sus adeptos, tal vez haciendo un poco a un lado la ley de las tres “p” de su padre y aplicándola selectivamente.  A medida que se iba aferrando al poder, la cantidad  de serviles iba creciendo de manera exponencial y las manifestaciones de ellos podrían llenar un tratado completo.  Los extremos han pasado a la historia, como el caso de un servil, según recuerdo del lado del norte del país, propuso de la manera más tranquila que se cambiara la Constitución para proclamar a Somoza Debayle, Rey de Nicaragua.  De la misma forma un afamado periodista se lució con aquella frase: “Para que Nicaragua pueda progresar, un Somoza en el poder debe de estar”.   Si en algún momento el Titular del Ejecutivo tuvo la tentación de retirarse y dejar el poder, un grupo de serviles empezó a corear: ¡No te vas,  te quedás. Viva Coyoles!

 

Para la revolución del 79 pudo observarse una interesante metamorfosis de los serviles, que después de declararse incondicionales de El Hombre, al ruido de los caites, se disfrazaron de verde olivo y gritaron al unísono: ¡Dirección Nacional Ordene!  Esa década fue el perfecto escenario para observar todo el rango que mostraba la adhesión ciega y baja.  Los delatores sentían que su misión era un compromiso ineludible para con la revolución y el servilismo florecía como en cascada.  Un  magnífico ejemplo fue aquella desquiciada consigna: ¡El que no brinca es contra! una posición que dejaba al ciudadano entre la espada y la pared, con dos alternativas, ser contra o ser sapo.

 

Después del triunfo de Violeta Chamorro, muchos de los incondicionales se organizaron para “gobernar desde abajo” mediante los métodos que siempre les han caracterizado; sin embargo una mayoría se mimetizó y sobrevivieron flexibilizando su pescuezo.  Posteriormente, el liberalismo, se convirtió en un terreno fértil para el servilismo, que se dio a todos los niveles.  Recuerdo muy bien, un evento que presidiría una delegada ministerial.  Al llegar el turno para que la citada delegada interviniera, el maestro de ceremonias la anunció como la lindísima, preparadísima y cultísima, Licenciada Fulanita de Tal.  Cabe aclarar que la licenciada en cuestión, era un tropezón en ayunas, tenía un título medio dudoso y creía que el Fénix de los Ingenios era Firuliche.

 

De esta forma, el servilismo podría decirse ha sido una constante en el último siglo en este país, con todos los malabarismos que pueden concebirse, observándose una considerable cantidad de individuos que haciendo gala de esta innata cualidad, como gatos, siempre caen parados.  No obstante, lo interesante en este caso, al igual que en el lobo de San Francisco, son los motivos.  Muchos serviles lo traen en el ADN y su condición natural es tener el pescuezo flexible a más no poder y por lo tanto, lo hacen por innata vocación.  Sin embargo, hay quienes lo hacen obligados por las circunstancias y en este sentido, el ejemplo más claro es el de aquel magistrado que con una alta dosis de candidez declaró: “Es que la calle está dura”.

 

En un país con una enorme tasa de desempleo, es fácil tener al ciudadano agarrado del estómago.  También hay que considerar que el sistema puede contar con todos los elementos para reducir la dignidad de cualquiera.  Una de las películas que más me han impactado fue 1984, basada en la obra de George Orwell.  La miré a finales de los años cincuenta y recuerdo la lucha del protagonista en contra del poder omnipresente del Hermano Mayor, sin embargo, el sistema prácticamente lo aplasta y al final del film, sale a la calle gritando con vehemencia: ¡Viva el Hermano Mayor! Durante la última década se ha observado una mezcolanza de todo lo vivido anteriormente, nada es nuevo, todo parece un Déjà vu.

 

Mientras tanto, en Managua que a veces pareciera un universo paralelo, voy de prisa por una de sus calles.  A medida que el automóvil se va acercando a la rotonda, el tráfico se va volviendo más espeso; un poco más cerca, mi amigo que viaja a mi lado exclama: -Lo que nos faltaba, un plantón.  Cuando al fin estamos a unos metros del lugar, las banderas que se agitan al viento despejan cualquier duda.  Mi amigo hace un gesto de extremo desagrado y exclama: -¡Serviles!  –No creo, le digo, mientras entramos a la rotonda y agrego –Voy a dar un par de vueltas y me gustaría que observaras los rostros de estos ciudadanos.  En muchos de ellos se puede adivinar un tedio terrible, es más, algunos al sentirse observados mientras fingen “orar”, no pueden ocultar cierta vergüenza, tal vez algunos cuantos muestran cierta resignación y quizá un par de dadores a creer fingen que la están gozando.  Estos son empleados públicos que fueron “invitados” a asistir bajo la velada amenaza de correrlos si no se identifican con los ideales del pueblo presidente.  De esta manera, esas rotondas hacen recordar a la piscina aquella, en donde el mayor anhelo de los ahí metidos era salir de aquella inmundicia.

 

Fuera de la rotonda, un individuo ubicado cerca de una camioneta pick up tuneada, habla por un I-phone.  El tipo está mejor vestido que los asistentes al plantón, lleva una esclava de oro en la muñeca, reloj de lujo, anteojos oscuros de diseñador. Por los gestos que hace y las continuas inclinaciones de cabeza que realiza mientras habla se nota que está reportando a un  superior.  A su alrededor, tres asistentes, huelepedos,  como se les conoce en el lenguaje popular, esperan atentos por instrucciones.  Entonces le digo a mi amigo -Ahí está el rostro del servilismo.  –Ecce bufonidae.  Y así será hasta el final de los tiempos.  Dijo José Martí: No hay espectáculo en verdad más odioso, que el de los talentos serviles.  Pero lo peor, es que aquí el talento parece brillar por su ausencia.

 

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Umbrío por la pena

Mi hijo menor, Rodrigo Joaquín, murió en 2011 a los 33 años.  Tenía un riñón trasplantado y en cierto momento, como de manera confabulada, se juntaron varios factores que le provocaron una falla multiorgánica.  Por casi un mes estuvo batallando valientemente por su vida, con la fortaleza que le daba el inmenso amor que tenía por sus dos pequeñas hijas, sin embargo, al final, su organismo no resistió más y las fuerzas lo abandonaron.

Enterramos a Rodrigo como se entierra a un hijo, con las uñas, con los dientes, con los huesos y con el ser entero hecho pedazos.   El cariño de la familia buena y de los amigos del alma, evitó que nos hundiéramos en un mar de depresión.  Con el tiempo, el cariño de sus hijas fue el bálsamo que vino a mitigar el dolor de tantas heridas.  Verlas crecer y sentir a Rodrigo vivir en ellas, vino a darle un nuevo sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, desde aquella fecha, invariablemente cada día de mi vida, hay un momento, cuando estoy solo, en que siento un dolor que nace en mi pecho y sube para alojarse en mi garganta y me oprime como una soga, mientras en mi mente vuelve aquella escena de mi hijo, en aquella cama de hospital, con sus ojos cerrados para siempre.

Comparto esto, tan íntimo con ustedes, pues ahora que observo a tantos padres desconsolados al ver a sus hijos bañados en sangre y darse cuenta que están muertos, aquel dolor de siempre se me agranda.  Nunca un padre debe de enterrar a su hijo.  En estas circunstancias, estos padres tendrán que hacerlo con el alma hecha jirones.  Mientras yo viví siempre con el temor de que la muerte traicionera pudiera jugarnos una mala pasada, estos padres nunca se imaginaron que la tierna vida de sus hijos pudiera ser segada en un instante y peor aún, en tiempos en que nos ufanamos de civilizados, en una época en que somos tan sensibles como para denunciar el maltrato a un animal, de pronto venga un espíritu bestial y tenga las malas entrañas para cortar una vida,  la de un joven que lo único que hacía era manifestarse cívicamente.

Soy consciente de que nada de lo que le podamos decir a esos padres va a mitigar su dolor.  Tal vez con el tiempo el orgullo de aquella entrega y valentía podrá paliar el sufrimiento, sin embargo, ahora lo único que se me ocurre es decirles que me identifico con su dolor, que lo comprendo y que lo hago propio.  Al igual que la luz que mis nietas han traído a mi vida,  espero que ellos puedan encontrar cierto alivio a ese dolor, cuando crezca en esta tierra la libertad, cuando florezca esa capacidad de los seres humanos de aceptar las diferencias y respetar la disidencia.  Cuando el tercer milenio al fin nos alcance, cuando sean nuestros hijos quienes cierren nuestros ojos.

 

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Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1961 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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La penitencia

CUENTO PARA LA SEMANA SANTA

ORLANDO ORTEGA REYES

La cruz no pesa, lo que cala

son los filos, cariño santo

Tomás Méndez

 

Era el domingo de ramos de 1962 en el pueblo de San Isidoro, un pequeño poblado enclavado en la sierra y que en los últimos cien años se había mantenido del cultivo del café.  Como muchos otros poblados, le hacía honor a su tamaño, pues era un infierno grande.  Precisamente, en la semana anterior, el Padre Julián, quien había sido el pastor de aquel rebaño por muchos años, fue transferido al otro extremo del país, debido a una serie de eventos desafortunados, en donde el carácter viperino de la lengua algunos ciudadanos (aquí vale agregar “y ciudadanas”) lo habían puesto en una posición bastante comprometedora, asunto que llegó a oídos de la Curia, motivo por el cual fue llamado a una audiencia en donde se decidió su inmediata sustitución.

Así pues en aquel domingo de ramos, además de celebrarse el inicio de la semana mayor, con la emblemática bendición de las palmas, el pueblo recibiría a su nuevo párroco: el padre Ramón.  Habían avisado del arzobispado que llegaría de la capital e iniciaría su apostolado precisamente presidiendo la procesión de aquella festividad.  El pueblo entero, ante aquella noticia, se había volcado al patio de don Josué, un enorme predio ubicado a la salida del pueblo, en donde tradicionalmente se subía a una imagen de Jesús que tenía articulaciones, de tal manera que podían sentarla, pararla y adaptarla para poder subirla al lomo de una burra.  El animal en cuestión era prestado por don Bernabé, un ciudadano un tanto irreverente, que según algunas tapas finas del pueblo, los días anteriores le agregaba al alimento algunas hierbas que llenaban de gases al animal, de tal manera que era parte de la tradición escuchar las flatulencias de la burra, lanzadas en estacato de manera oportuna en los momentos de silencio de los chicheros.

Minutos antes de las siete de la mañana, hora prevista para la salida de la procesión, entró al pueblo de manera solemne un enorme Buick negro.  Del vehículo descendieron dos individuos vestidos de sotana negra y se acercaron a la muchedumbre.  El más alto y robusto, hermoso, dirían las señoras del pueblo, se dirigió a los fieles y con voz enérgica les dijo: -El Señor Arzobispo les envía su bendición y les avisa que ha designado al Padre Ramón para que los guíe por el camino correcto.  Les pide todo su apoyo para su nuevo pastor.  Se adelantó el otro cura, un hombre relativamente joven, bajo de estatura y delgado.  En su cabeza se adivinaba una prematura calvicie, no obstante tenía cejas espesas que remataban a un par de ojos negros.  Al verlo, los fieles, acostumbrados a la notoria estatura y complexión atlética del Padre Julián, se quedaron un tanto sorprendidos, sin embargo,  reaccionaron y lanzaron vítores y ante una señal del alcalde los chicheros interpretaron una fanfarria, se lanzó una andanada de cohetes, mientras la muchedumbre agitaba las palmas que temprano habían adquirido donde doña Juanita, proveedora oficial de estos materiales y administradora vitalicia del huerto que se instalaba al lado de la parroquia.  En medio del bullicio el enviado del arzobispo hizo mutis por el foro y cuando la gente se percató el Buick negro se perdía en la lejanía de regreso a la capital.

El padre Ramón entregó una maleta a un muchacho y le pidió que la llevara a la sacristía y después de emitir saludos a diestra y siniestra, con algunos signos de bendición, ocupó su lugar al frente de la procesión, portando unas palmas que le entregó una matrona e inició la marcha.  El tambor de los chicheros realizó un magistral redoble, después del cual, como algo previsto, se hizo un profundo silencio.  Fue entonces cuando la burra sin respetar a su preciada carga, lanzó su andanada especial en honor al nuevo párroco.  El padre Ramón, como si fuera un jugador de póker no se inmutó en lo más mínimo.  Las señoras se taparon el rostro con sus mantillas y los señores agitaron sus palmas e inmediatamente los chicheros comenzaron a interpretar una marcha.  El nuevo párroco saludaba a los pocos habitantes que se habían quedado en sus casas y que se asomaban curiosos al paso de la procesión.

Minutos antes de las ocho llegó la procesión a la parroquia y mientras descendían y guardaban la imagen de Jesús y la gente se acomodaba en las bancas, el padre Ramón fue a la sacristía en donde con la ayuda de dos acólitos se cambió su sotana por la vestidura roja que marcaba la liturgia.

La misa en aquel tiempo todavía se realizaba de la manera ancestral, en latín y la mayor parte del oficio, de  espaldas a los fieles.  Así pues el cura se dirigió al pie del altar y con una voz demasiado fina, en comparación al vozarrón del padre Julián, exclamó:  In nomini Patri, et filii, et spiritus sancti.  Amen.  Introibo ad altare Dei.  Las señoras se volvieron a ver con una expresión de: -¿Y éste? Y en las bancas de atrás uno que otro caballero lanzó un disimulado: -Mmmmm.

Después del kilométrico evangelio de aquel domingo, llegó el momento de la homilía, que en aquellos tiempos se llamaba simplemente sermón.  El padre Ramón, con una inusual agilidad subió por una escalera de caracol a un incómodo púlpito y desde arriba comenzó, con voz un tanto meliflua, el primer sermón a su rebaño.  A pesar de la tranquilidad con que se expresaba el nuevo párroco, sus palabras tenían una contundencia inusual para aquellos fieles, acostumbrados a los sermones del padre Julián, que a pesar de su voz grave y su tono enérgico, sus palabras siempre se perdían en lo etéreo y como un avión que transita por el triángulo de las Bermudas, nunca lograba aterrizar.  El padre Ramón, sin embargo, se fue directo al grano.  Remarcó sobre el cambio de aquellos que hoy gritaban: Hosanna, bendito el que llega en el nombre de Dios, para luego, gritar:  Crucifícale, como una expresión que nacía de la mentira, la calumnia y la difamación.  Se extendió en la traición de Judas y en la lavada de manos de Pilato y cómo hay tantos que hacen lo mismo que estos personajes.  Finalizó su intervención, bastante larga por cierto, dejando la pregunta abierta a sus fieles, si ante la pasión de Cristo y en la vida misma, gritarían Hosanna o gritarían Crucifícale.  Al final de la misa, procedió a la bendición de las palmas y cada quien se fue a su casa, con una expresión de preocupación, pues el  nuevo cura, a pesar de su tamaño, lanzó unas cuantas verdades desde el púlpito.

La semana santa comenzó a desarrollarse de manera usual.  El lunes santo salió la procesión de San Benito, un santo negro al cual eran muy devotos muchos de los fieles que acusaban cierta ascendencia negra.  El martes el padre Ramón le preguntó a doña Martina, una devota que hacía las veces de secretaria de la parroquia, que si había un carpintero en el pueblo, confiable y discreto, a lo que ella le  recomendó a don Rodolfo, un viejo carpintero que vivía a pocas cuadras de la casa cural.  Lo mandó a llamar y le pidió un trabajo especial.  En dos días iba a construir una cruz, con unas soleras que habían sobrado de un anexo que se construyó en la casa cural, con ciertas dimensiones que el cura había calculado.  El carpintero le advirtió que de ese tamaño y con el tipo de madera, la cruz tendría un peso considerable.  El  cura le afirmó que eso ya lo sabía.  Se despidió con una solicitud de máxima discreción y antes de que el carpintero franqueara la puerta, le repitió con su dulce pero convincente voz: -Cuidadito.

En los oficios del martes santo, el padre Ramón anunció que las confesiones se realizarían el miércoles santo a partir de las dos de la tarde.  En la mañana del miércoles se efectuó la procesión del Lignum crucis, que era simplemente una cruz pintada en verde, sin Cristo, que pasaba por todo el pueblo y que a diferencia de otras partes del mundo, no llevaba ninguna reliquia de la madera de la verdadera cruz o Vera cruz, que muchos templos aseguran poseen un trozo.    Por la tarde, comenzó la confesión.  En aquellos tiempos, se seguían al pie de la letra los mandamientos de la santa madre iglesia que marcaban que había que confesarse y comulgar por lo menos una vez al año, por pascua florida.  De tal manera que quienes lo hacían con esa frecuencia debían de confesarse el miércoles santo para poder comulgar el jueves, en la misa pascual, que era la última antes de cantarse gloria.

De esta forma, a partir de las dos comenzó una romería hacia el confesionario.  Había en aquel pueblo una firme creencia que quien no comulgaba en la  misa del jueves santo le caían siete años de mala suerte, además de lo que tendría que pagar en el más allá y quien comulgaba sin confesarse, más le valía atarse una roca al  cuello y tirarse al río, aunque de hecho, no había ningún río en las cercanías del pueblo, solamente unas pilas que la mayor parte del tiempo estaban secas.  Aun así, la inmensa mayoría del pueblo se confesaba y comulgaba en aquella ocasión, alentados por la actitud del padre Julián que no le ponía mente a los pecados e imponía penitencias light, que nunca rebasaban los cinco credos, diez padrenuestros y diez avemarías.

En esta ocasión, la gente que esperaba su turno para acercarse al confesionario comenzó a observar que quienes habían finalizado aquel sacramento salían con una cara de susto, como si hubiesen visto al cadejo.   Así fue que las confesiones llegaron hasta las nueve de la noche.  Nadie que había pasado por el confesionario se atrevía a emitir comentario alguno.  Cuando la fila se redujo a un mínimo, se apareció doña Justina, una viuda de quien se decía tenía las tapas más aseadas de San Isidoro y sus alrededores.  Su confesión fue larga y tendida, pues a pesar de que según ella, sus propios pecados eran pocos y veniales, sin embargo, se sentía con la obligación de confesar los pecados de todos sus conocidos.  El padre Ramón, que con enorme perspicacia iba armando el rompecabezas de toda la trama en contra del padre Julián, con gran paciencia la escuchó y al final le fijó la penitencia de rigor y de la advertencia de que de no cumplirla, la absolución no tendría efecto y caería en pecado mortal.  Ella asintió y él procedió a exclamar: Ego te absolvo a peccatis tuis,  in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.    La mujer salió del confesionario y abandonó la iglesia con una expresión como si hubiese visto al fantasma de su difunto marido.

El viernes por la mañana la parroquia comenzó a abarrotarse, pues además de los fieles del pueblo, se agregaban a la procesión de la Via sacra muchos ciudadanos que vivían en otras ciudades y que en aquella ocasión en particular regresaban a su pueblo para participar en aquella procesión.  Ya estaba todo dispuesto para que iniciara la procesión cuando de pronto se apareció don Rodolfo con tres ayudantes cargando una gigantesca cruz.  El padre le indicó que la situara delante de las imágenes que componían la procesión, el Cristo cargando la cruz, la virgen dolorosa y San Juan.  A una señal del padre, cinco individuos, todos varones, tomaron la cruz de manos de don Rodolfo y entonces el padre le indicó a una veintena de personas, jóvenes y no tan jóvenes, varones y mujeres, que se habían presentado descalzos, que se situaran delante de la enorme cruz y cuando estuvieron colocados, hizo una seña a los chicheros, que se arrancaron con una marcha de Vega Matus.   El pueblo entero estaba atónito ante aquel espectáculo nunca visto.  Claramente podía observarse el dolor reflejado en los que avanzaban descalzos, dando saltitos ante lo caliente de la calle.  Quienes cargaban la cruz reflejaban un esfuerzo enorme pues tenían que acomodarse regularmente mantener un adecuado equilibrio y poder avanzar.

Llegaron por fin a la primera estación, en la pulpería de doña Josefa, quien había colocado una mesa adornada con un mantel y arreglos con hojas de pacaya y corozos.  Jesús es condenado a muerte.  Luego las consabidas oraciones y cuando finalizó aquello, se apareció otro contingente de seis ciudadanos, hombres y mujeres que relevaron a los que cargaban la cruz y otra veintena que sustituyó a quienes iban descalzos y que al ser relevados procedieron a ponerse sus respectivos zapatos y salieron caminando como loras en comal caliente.  Así se fueron sucediendo como en una extraña carrera de relevos, tanto los que cargaban la cruz como quienes marchaban descalzos.  El resto del pueblo que no había alcanzado aquella penitencia observaba cuidadosamente a los “favorecidos” con aquella penitencia, haciendo toda suerte de conjeturas y tratando de establecer una unidad de medida para realizar las comparaciones del caso.

El calor iba aumentando significativamente y al final llegaron a la estación número 12, en la panadería de don Cástulo, Jesús muere en la cruz.  Las oraciones del caso y el relevo.  Ahí apareció como por arte de magia doña Justina, vestida con una túnica morada y descalza.  Todos pensaron que se iba a unir al contingente de los descalzos, sin embargo, para sorpresa de todos, se colocó en la cruz junto a dos señoras más y dos hombres.  Y al son de otra marcha fúnebre, comenzó a transitar por la ardiente calle.  El pueblo entero estaba atónito, pues no podía encontrar el común denominador en aquel espectáculo que estaba presenciando.

La procesión llegó a la estación número 13, Jesús en brazos de su madre.  Nadie puso mucho cuidado a las oraciones pues estaban pendientes en el último relevo, sin embargo, casi caen al suelo cuando no ocurrió ninguno.  Las personas del contingente seguirían hasta la última estación.  Aquel trayecto se hizo eterno.  El sol del mediodía caía de manera odiosa y el calor se acentuaba.  Algún alma caritativa se acercó a los penitentes con una jícara de agua y no supo cuando dijo:  -¿Y qué habrán hecho? Pregunta que quedó flotando no sólo en aquel portal que hacía las veces de El Calvario, en donde finalizaba la procesión y en donde se ubicaba la estación 14, el cadáver de Jesús puesto en el sepulcro.

La procesión se disolvió y la gente deambulaba desconcertada, tratando de encontrar alguna lógica en aquello.  Alguien comentó que la Angelita, una muchacha que trabajaba de mesera donde doña Felicia y que de vez en cuando mataba sus chivitos, ofreciendo sus favores por algunos pesos, tan solo le correspondió una cuadra descalza, sin embargo, qué habría hecho doña Justina y las otras personas que se habían hechos merecedores de transitar con aquella pesada cruz por dos estaciones.

La semana santa finalizó con un pueblo anonadado.  Quienes fueron a la misa de gloria la noche del sábado, ingresaron con miedo y nadie se atrevió a fumigar a sus semejantes, práctica que usualmente se daba después de la ingesta de una semana de tamales pisques, sardinas, sopa de queso y almíbares.    Fue un alivio cuando después de la procesión del resucitado y de la misa del  domingo de pascua, se dio por concluida la semana mayor.

El pueblo regresó a su rutina normal, sin embargo, nada volvió a ser igual.  Aquellos que se regodeaban con el chisme y la difamación, se amarraron la lengua.  Los más insolentes andaban con pies de plomo, pues podían exponerse a alguna alusión a la penitencia que tuvieron que cumplir aquel viernes santo.  Doña Justina se recluyó en su casa y salía solo para lo necesaria y parecía  cumplir un voto de silencio.  Con el tiempo, la voz del padre Ramón dejó de parecer extraña y se convirtió en el bálsamo para todas las tribulaciones de su rebaño, que atentamente seguía sus sermones en las misas de domingo.

 

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La attachée

Muy a menudo voy al centro comercial Galerías, en Managua y casi siempre paso por un kiosco a tomarme un café.  Lo selecciono de acuerdo al ánimo que me acompaña en ese momento. Un americano si me encuentro estresado, un capuchino si estoy un tanto relajado, un macchiato si me siento triste o bien un espresso si me siento decaído.   La calidad del café se ve compensada por la singular experiencia de sentarme a saborear lentamente mi bebida, mientras veo pasar a toda suerte de ciudadanos que pululan por ese lugar de culto.  En vano trato de imaginarme que estoy en el Caffe Quadri, de la Plaza de San Marcos (Venecia, no Carazo) pues en menos de lo que canta un gallo, los elementos de la sociedad que señalara magistralmente Desmond Morris me traen de nuevo a la  realidad.

Desde mi pequeña mesa puedo observar al azar al variopinto de asistentes a dicho centro.  Aquellos que hacen gala del efecto demostración, cargando bolsas de los almacenes, no exclusivos, sino de elevados precios respecto a la calidad de los productos que venden y en donde lo más caro es el nombre.  Otros que cargan las mismas bolsas pero los traicionan los detalles, pues las bolsas, después de una cuidadosa observación, acusan arrugas que hacen ver que no son compras recientes y se trata por lo tanto de “dadores a creer”.  Veo desfilar a quienes tratan de ofrecer una imagen desenfadada, otros que se empeñan en venderse como muy formales y hasta quienes desean que se les mire como miembros de la realeza.  No faltan quienes se acompañan con niñeras/escoltas, vestidas con uniforme policial.  De la misma forma, se miran turistas de todas las calañas, la mayoría mostrando sus poco agraciadas piernas con diferentes tonos de pelambres.

En las pocas mesas del kiosco llega también una amplia variedad de clientes, casi de todo, menos parejas buscando un sitio romántico, pues para nada lo es.  La mayoría es gente madura o de la tercera edad, quienes hacen un alto en su recorrido para tomar un café, un té o un frozen.  Mucho turista y algunos “hermanos lejanos” como les llaman los salvadoreños a sus coterráneos que viven en el extranjero.

Cierta tarde, me encontraba en el kiosco.  Me sentía relajado, sin embargo, con cierto decaimiento, aparentemente por algún desbalance de la levotiroxina, por lo que había  pedido un capuchino con un espresso extra.  Estaba disfrutando aquella inyección de cafeína que pronto me llegó hasta el hipotálamo, cuando de pronto miré llegar al kiosco a un grupo de cuatro mujeres.  Frisaban en los cuarenta y tres de ellas definitivamente eran extranjeras.  Vestían ropas deportivas, short, camisetas turísticas nacionales, sandalias.  Una de ellas vestía un tanto menos casual, con un pantalón y una blusa muy bien combinados, de corte moderno, con unas sandalias cerradas y un tacón que levantaba su corta estatura.  Su cabello negro, piel morena, más bien canela y sus ojos, un tanto achinados, acusaban su origen distinto al de sus compañeras.  Se sentaron en la mesa contigua, las tres turistas con un café frozen y la otra con un capuchino.  Cuando comenzaron a conversar me di cuenta que eran canadienses.  Su francés tenía el acento característico de Quebec.  Cuando la chica morena habló lo hizo en un francés metropolitano, bastante depurado. De lo que logré escuchar y entender, hablaron de Granada y de los puntos de atracción turística.  De pronto fijé mi vista en un grupo que transitaban al lado del kiosco rodeando a una señora setentona, con joyas finas, un peinado de salón, pero su vestido de fina tela, acusaba la confección a la medida de una costurera, en un estilo demasiado tradicional.  Se desplazaban de manera particular por lo que me hicieron deducir que eran de algún departamento del interior.  Cuando regresé la vista a mi café, mis ojos se encontraron con los de la chica morena.  Sentí que me observaba y cuando ella lo notó, sonrió e inclinó brevemente su cabeza, como en señal de saludo.  Su mirada acusaba que me conocía y por cortesía, pues yo no la reconocí, sonreí discretamente y le devolví el saludo con otra inclinación de cabeza.

Seguí disfrutando de mi capuchino, lentamente, mientras el grupo de al lado seguía conversando amenamente.  Miré el reloj de mi celular y noté que ya tenía que partir, por lo que me levanté, tomé mi vaso y servilleta dispuesto a depositarlos en el contenedor, cuando volví a encontrar los ojos de la chica.  Volvió a sonreír y dijo: – Gusto en verlo, sonreí y le contesté: -Igualmente, y me fui.

Pasé toda la tarde aplicando ese software de reconocimiento facial que tenemos de fábrica en el cerebro, sin embargo, por más que recorría todas las bases de datos, el resultado era: No match found. No lograba reconocer a la chica aquella.  Su rostro me resultaba algo familiar pero no lograba ubicarla ni en el tiempo ni en lugar alguno.  Cuando eso me ocurre, la búsqueda se convierte en una monomanía, tratando de ubicar a la muchacha aquella.  Ya era noche, cuando para distraerme entré en Facebook para ver alguna novedad, cuando de pronto veo a una amistad que postea una foto con un plato que refleja un gallo pinto, un tanto grasoso, con unos maduros fritos iguales y un pedazo de queso seco.  Luego los manidos comentarios:  Qué delicia, Invitá, Me muero, Se me antojó, etc.  Cuando de pronto, el software que sigue trabajando de manera inconsciente, de pronto me trae a la memoria a René.

A finales de los noventa ingresé a la Alianza Francesa para entrarle de lleno al francés y en varios niveles tuve de profesor a René, originario de Monte Tabor.  Un tipazo, muy buen profesor, sin embargo, a veces era demasiado sincero y en una ocasión,  hablando de comidas, expresó: –Je deteste le gallo pinto.  Explicaba que ya se había aburrido del plato tan nica que cuando lo invitaban a cenar y le ofrecían gallo pinto se ponía enervado, pues odiaba el plato aquel.  Comencé a recordar a algunos compañeros de aquella época y de pronto, sentí un clic.  Como cuando el engranaje de la caja fuerte encuentra la combinación correcta y al final hace aquel sonido.  En mi mente apareció un letrero:  Match found.  La chica aquella era la attachée.

Cuando estaba en los niveles inferiores, una noche llegó la Directora de la Alianza y nos informó que se integraría al grupo una muchacha que tenía necesidades especiales y que nos pedía que le diéramos todo nuestro apoyo para que pudiera lograr su reto de aprender francés.  De esta forma se integró una muchacha que aparentemente tenía parálisis cerebral.  Tenía limitada su parte motora de tal manera que se desplazaba en una silla de ruedas, le costaba acomodarse en ella y a pesar de que comprendía todo muy bien, al querer hablar, se le dificultaba un poco.  Con la paciencia de cada profesor, unos más que otros y con la comprensión del grupo, la muchacha aquella iba avanzando.  Me imagino que había una instrucción superior de aprobarla, peu importe ce que.

Como parte del arreglo que había realizado la Dirección de la Alianza con la familia de la muchacha, la acompañaba al aula una chica, bastante joven, veinte años a lo sumo, pequeña de estatura, pelo negro, morena, más bien color canela y los ojos achinados. Vestía humildemente, por lo que deduje que no era pariente de la muchacha, sino alguien contratada para asistirla. No supe si le habían establecido un protocolo de participación, sin embargo, ella era muy respetuosa, jamás habló en clase, se limitaba a empujar la silla de ruedas, acomodar a la muchacha cuando era menester, con una pequeña toalla le limpiaba el rostro y como también tenía problemas en sus manos, la chica tomaba los apuntes que se generaban en la clase.   Nunca supe su nombre y me atrevería a decir que nunca la escuché decir palabra alguna.  Para mí era la attachée, es decir la agregada.

En algunas ocasiones que la observaba, noté que tenía dos cuadernos y copiaba los apuntes de la clase dos veces.   Muchas veces cuando el profesor preguntaba a la muchacha, miraba que a la atachée le brillaban los ojos, como si supiera la respuesta, de la misma forma, cuando le preguntaban a alguien del grupo y contestaba erróneamente, ya la attachée tenía una mirada de desaprobación.  Tres interesant, decía para mis adentros.

Durante todo el tiempo que estuve en la Alianza, llegó la muchacha aquella, acompañada por su attachée, quien siempre se ajustó a su papel, sin decir palabra alguna en clase, limitándose a asistir a la muchacha en lo necesario, pero siempre, muy atenta a cada palabra del profesor y llenando dos cuadernos a la vez.

Me alegré mucho.  En primer lugar por había logrado al fin reconocer a la muchacha aquella y era impresionante su cambio en los últimos veinte años, en segundo lugar, porque consideraba admirable, el enorme esfuerzo que hizo por aprovechar aquella oportunidad, que el destino había puesto en su vida.  Días después registrando en mis archivos, me encontré un cuaderno de aquella época, buscando tal vez alguna pista adicional, pero no encontré nada, salvo tal vez, una frase muy ilustrativa que encontré en un ejercicio: C´est un grand art que de savoir juger et saisir les occasions ( Es un gran arte el saber cómo juzgar y aprovechar las oportunidades).

 

 

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