Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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La bala que silba

De vez en cuando y últimamente, más de cuando en vez, escucho una bala silbar.  Porque balas, pasan muchas y dan donde tienen que dar, sin apenas darte cuenta. Es el destino disparando a discreción.  Pero algunas se sienten pasar tan cerca que te hacen ver que estás en el rango de tiro y ese silbido te pone la piel de gallina.  Sin embargo, esta vez pasó tan cerca que no solo escuché el silbido, sino que pasó rozando mi pecho y pude sentir luego el impacto seco, en algún lugar, tan lejos, pero tan cerca y el golpe de una humanidad al caer al suelo.  En medio de aquel susto y el dolor posterior pude alcanzar a escuchar un nombre:  Arturo Vicente.  Quedaron atrapados en mi garganta el ¡no puede ser!, ¿Cómo?, pues había sentido pasar aquel inexorable final acariciando mi piel con sus garras.

Aquel trance me llevó a recorrer, tal vez pausadamente, toda mi vida.  Desde los recuerdos más lejanos de mi niñez que se ubican en la casa de mis abuelos en San Marcos. La casa siguiente hacia el sur era la de los Pérez, distinguida y querida familia encabezada en aquel entonces por doña Dominguita viuda de Pérez y en donde predominaban las mujeres.  En una extensión de aquella casa vivían don Arturo, su esposa doña Zaida y sus hijos: Arturo Vicente, un par de años mayor, Magda de mi edad, Gioconda y Martha Elena la menor.

Tengo gratos recuerdos de aquella casa y sus ocupantes.  Las adolescentes, sería tal vez que les llamaba la atención que yo hubiese llegado de México, me daban cariño a manos llenas, Violeta, Antonieta, Leda, Auxiliadora, Alma Nidia.  Con el grupo de mi edad, nos encontrábamos en el kiosco del parque a jugar por las tardes, Arturo, Magda, Casta, Mercedes, Auxiliadora, Roberto, además de otros niños del pueblo.

Arturo era un tanto rollizo, cuando ingresamos a los lobatos con el uniforme de pantalón corto se miraba una extrema diferencia conmigo, pues en aquella época, aunque usted no lo crea, yo era extremadamente delgado.  Luego cuando alcanzamos la edad, pasamos a los boy scouts y recuerdo que Arturo, con su uniforme kaki, fungía como acólito en la misa de ocho del domingo.  No recuerdo si estuvimos en la misma patrulla, es más, tampoco recuerdo el nombre de aquella a la cual pertenecí.  Me imagino que Rudy Marín con su memoria prodigiosa debe acordarse.

Cuando después de cuatro años en el Pedagógico de Diriamba regresé a la Escuela de Varones de San Marcos, me encontré con Arturo y con aquel grupo a cargo de Salvador Carrillo, combinábamos el aprendizaje con el beisbol y el boxeo.  Al año siguiente, con Arturo y otros compañeros iniciamos la versión Beta del Instituto Parroquial Juan XXIII.   Éramos unos catorce alumnos en el sexto grado, con dos únicas muchachas de compañeras y parecía que nuestro único afán era hacerle perder la paciencia a los profesores, en especial a la maestra titular, una muchacha recién bachillerada del Colegio Francés de Granada:  Aidalina García, ahora destacada jurista y magistrada de la Corte.   Tal vez no fue un año de adquisición de grandes conocimientos, pero en el área socio afectiva el logro fue invaluable, pues ahí fortalecimos muchas amistades y compartimos el terror de ser alcanzados por el chilillo que magistral y frecuentemente manejaba el director Pbro. Etanislao García.  Recuerdo especialmente a Arturo en aquel año, cuando se ofreció de voluntario para en un acto cultural cantar algunas coplas en las que se llevó de corbata a muchos compañeros.

La secundaria era en aquel entonces considerada como algo serio.  De tal manera, que mis padres decidieron que era necesario que regresara al Pedagógico de Diriamba.  Por su parte, los padres de Arturo también pensaron igual, de tal manera que continuamos juntos la secundaria.

El grupo de San Marcos en el Pedagógico era muy unido.  Viajábamos en aquel tiempo en un microbús que pasaba muy temprano por el pueblo.  Recuerdo a Desiderio Campos, Félix y Marco Vallecillo, Juan Molina, Julio y Gilberto Vega, Anastasio García y los “primariones”, Sergio Zepeda, Pablo Vargas, Arturo y yo.  El trayecto a Diriamba coincidía con el programa radial de las industrias papeleras mercurio, que presentaba música romántica, en especial a Roberto Yanés y su gran éxito Óyelo bien, entre otros.   En el receso de medio día, nos juntábamos a conversar sobre los tópicos de interés del pueblo y en ciertas ocasiones nos escapábamos a Diriamba a comprar cigarrillos y fumarlos en el trayecto.  Ya en esa época yo era El Curro y Arturo El Cholo.  Nunca llegué a saber quién le puso así ni por qué, pero él siempre lo tomó con filosofía y lo internalizó sin problema.

Para esos tiempos nos llegó la fiebre del baile y con cualquier pretexto organizábamos fiestas en donde inicialmente con refrescos y sandwiches pasábamos alegres veladas, luego vinieron los quince años de las amigas que sucedieron en cascada y que en algunos casos fue la oportunidad para que la Flor de Caña ingresara a las opciones.  Arturo mostró siempre templanza en ese sentido y nunca llegué a mirarlo indispuesto.

Recuerdo muy bien en unas fiestas patronales que se organizó unas carreras de cinta en donde obtuvo el primer lugar y muy orgulloso llevó la medalla ganada y se la obsequió a Ninoska Urbina, su novia, que luego sería su esposa de toda la vida.

Más adelante, si mal no recuerdo Arturo y Tacho García tuvieron la idea de conformar un Club Juvenil y con mucho entusiasmo lo integramos.  Nos reuníamos en el mismo local del Club de Leones, junto a la Alcaldía.  Arturo y Tacho tenían gran facilidad para organizar eventos y en varias fiestas patronales el Club se encargó de la fiesta de huipiles en el Town Club.

Al final de la secundaria llegamos a bachillerarnos solo Arturo y yo, pues Pablo había ingresado a la Academia Militar y Sergio se había quedado en cuarto año, en donde los ínclitos hijos de La Salle pusieron un fino colador.  Arturo finalizó con un buen promedio, pues siempre se distinguió por sus buenas calificaciones.  Yo admiraba en él la facilidad con que balanceaba todas sus actividades de tal manera que siempre tenía tiempo para estudiar.

Arturo seleccionó la carrera de Arquitectura y para ese período le perdí la pista y muy eventualmente me lo encontraba los fines de semana en el pueblo, sin embargo cuando en 1969 todas las facultades se juntaron en el Recinto Rubén Darío, nos encontrábamos más seguido.

Después del terremoto del 72, muchas veces que yo estaba pidiendo raid para viajar a Managua, Arturo que entonces trabajaba en El Velero y conducía una pick up doble cabina Volkswagen, me llevaba hasta Nejapa, en donde él tomaba la carretera vieja a León y yo seguía a Managua.

El resto de la década de los setenta lo miré muy poco.  Luego yo estuve 16 años en México y al regresar supe que vivía en Costa Rica desde mediados de los ochenta. En 1995 lo volví a ver, Arturo había organizado la cena tradicional que anteriormente el mayordomo de las fiestas patronales ofrecía al cura párroco, pero en esa ocasión se encontraba de visita en el pueblo el padre canadiense Pedro Pelletier y la fiesta tomó el nombre de la Cena del Recuerdo.  Luego me lo encontré varias veces en Managua, trabajando él para una empresa de Arturo Vaughan.   Después creo que hubo problemas en la empresa en la que trabajaba y en 2000 se decidió a regresar a Costa Rica.

Años después tuve la oportunidad de leer en La Prensa un artículo en donde se hablaba sobre el espíritu inigualable de solidaridad de Arturo.  En un restaurante que había puesto en San José, acudían todos los nicaragüenses que deseaban asesoría sobre aspectos legales migratorios o laborales y Arturo con mucha amabilidad los ayudaba, en muchas ocasiones organizó colectas para ayudar a la repatriación de paisanos fallecidos en aquel país.  Se hizo tan famosa aquella desinteresada ayuda que su restaurante era conocido como El Consuladito, pues ahí encontraban los connacionales más ayuda que en las instancias gubernamentales.

Pasó mucho tiempo antes de volver a ver a Arturo.  Fue en la vela de la insigne maestra la Srita. Flérida Noguera cuando de pronto se me acercó alguien que de golpe no logré reconocer, hasta que Roberto Fernández, amigo del 5to y 6to. Grado me dijo: – Es El Cholo.  Nos abrazamos y conversamos sobre los años maravillosos.  Meses después llegué a acompañarlo al fallecer su mamá, Doña Zaida.   Luego, entre Rudy Marín y Arturo organizaron una reunión para encontrarnos con Gilberto Vega y su familia de paseo por Nicaragua.

En febrero de este año, los ex alumnos de la XXIV Promoción del Instituto Pedagógico de Diriamba nos organizamos para celebrar los 50 años de nuestra promoción.  Arturo se entusiasmó y confirmó su asistencia, sin embargo, unas semanas antes del evento me llamó para cancelar, pues en esa fecha lo iban a operar de un reemplazo de cadera.  Lo llamé luego para ver cómo había salido y me confirmó que todo había salido bien y que estaba en la terapia de recuperación.

Después de la convocatoria para una nueva reunión de la promoción en febrero de 2018, Arturo me llamó para mostrarme su entusiasmo e interés de participar.  Me manifestó algunos planes de negocios que tenía y quedamos de vernos en las fiestas de abril en San Marcos, pero no fue posible.  Unas tres semanas antes de fallecer me llamó para saludarme y confirmar su anuencia a participar en la reunión y quedó en firme la voluntad para encontrarnos antes de esa fecha.

Creo sin temor a equivocarme que Arturo ha sido uno de los ciudadanos de San Marcos más apreciados.  Esto se lo ganó a pulso, pues prodigó cariño a sus familiares y supo llevar el concepto de amistad a los niveles de los grandes personajes.  Fui testigo de su inconmensurable amor por su ciudad, su cultura y sus tradiciones.  Su partida ha hecho renacer en los que lo conocimos esa debilitada facultad de extrañar.

Estoy plenamente consciente que algún día la bala llevará mi nombre, pero ahora, me duele más la bala que pasó silbando y ver al amigo caído y recuerdo otra vez aquella sevillana que dice:  “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va y va dejando una huella que no se puede borrar”  Descansa en paz, querido Cholo.

 

 

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Hasta siempre Olafo, Lorenzo y Pepita

 

El humor ha sido un elemento vital en mi familia.  Me imagino que es algo genético y desde pequeño recuerdo que en las reuniones familiares parecía que la serotonina corría a raudales.  No obstante, debo de admitir que me costó mucho captar la agudeza que imperaba en aquellas conversaciones, la maestría en manejar la ironía, de manera que muchas veces sonreía sin saber de qué.

En la escuela era obvio que no se fomentaba el humor y es la fecha y el curriculum no llega a contemplar ninguna competencia relacionada con el humor.   Los adultos, por su parte, no tenían la paciencia de explicar cualquier chascarrillo que para un inocente niño no tenía ningún sentido y peor aun cuando en realidad tenía un doble sentido.  Sin embargo, al aprender a leer encontré la mejor escuela para adentrarme al mundo del humor y fue en los periódicos, que después de pasar por las manos de todos los adultos, llegaban a mí y ahí encontraba en las tiras cómicas mis primeras clases de humor.  En aquellos pocos cuadros en que se desarrollaba la historia, leía y releía tratando de encontrar el humor particular de cada una de ellas. Tal vez no alcance a recordar a qué periódico pertenecía cada historia, sin embargo tengo todavía presentes muchas de ellas.

La más aleccionadora para mí era la de un personaje que se llamaba “Tío Barbas”, un tipo delgado y que en su cara se adivinaban más que unas barbas, un enorme bigote cuyo blanco color denunciaba a un individuo de la tercera edad y que en los tres o cuatro cuadros de los que se componía la historia mostraba una situación hilarante, sin necesidad de insertar ningún diálogo.  No era nada rebuscado, sino que de un humor bastante simple por lo cual para mí era de fácil comprensión.

Me llamaba mucho la atención la tira que se llamaba “Educando a papá”, porque sus personajes tenían una pelotita por nariz.  Se trataba de una familia de nuevos ricos, Pancho y Ramona y las cómicas situaciones cuando Ramona trataba de encajar en su nuevo mundo social y Pancho siempre tirando al monte buscaba el bar de Perico, las comidas de baja ralea y los amigotes de siempre.  Con el tiempo y para ajustarse a la época, en los setenta se integró a la familia un sobrino hippie a quien se le conocía como Trapito.

Recuerdo también la clásica tira cómica llamada “Benitín y Eneas”, una pareja de amigos, por demás disímbola, pues Eneas era un tipo alto y delgado y Benitín era bajo, con una extraña barba y que la mayoría de las veces andaba con un sombrero de copa y en otras ocasiones lucía una completa calva.  Muchos ex alumnos del Calazans recordarán que le adosaron el mote de Benitín a uno de los padres fundadores de ese colegio en Managua llamado Bruno y que a pesar de que el hombre era un santo, que falleció en ese colegio en el terremoto de 1972, muchos pasaron su vida estudiantil creyendo a pie juntillas que su nombre real era Benitín.

También recuerdo a “Lorenzo y Pepita”, que me parece que es una de las tiras que por más tiempo han estado vigentes.  Se trata de Lorenzo Parachoques un típico trabajador norteamericano de clase media que vive en los suburbios, casado con Pepita, una rubia que de ama de casa al final se convierte en empresaria de catering.   Sus hijos Goyito y Cuquita pasan, en cámara lenta, de niños a adolescentes, pero quien siempre mantiene la nota infantil es Elmo, un pequeño vecino de enorme agudeza mental.  Los vecinos Heriberto y Hortensia también ayudan a provocar las situaciones chuscas de la historia, mientras el jefe de Lorenzo, el Sr. Julio González encarna al jefe déspota y explotador, sin embargo, Cora, su mujer siempre lo tiene agarrado de lo más ralo.  Un personaje que definitivamente le imprime mucho humor a la tira es Lou, el cocinero y mesero de una cafetería donde Lorenzo llega frecuentemente a comer y se encuentra con las más insalubres aventuras.

Otra tira que era muy divertida era una llamada “Maldades de dos pilluelos” y que en ocasiones también llevaba el nombre de “Los sobrinos del capitán”, que se refería a unos gemelos, supuestamente alemanes, llamados Fritz y Hans, que solo vivían buscando como hacerle maldades al Capitán, un viejo y obeso marinero a quien la madre de los niños, de enorme moño, le encarga su educación.  Nunca supe la relación entre el Capitán y la madre de los pilluelos o si más bien los verdaderos pilluelos eran los primeros.  También aparecía como comparsa del Capitán un vejete inspector de larga y blanca barba y una mujer llamada la Señorita Secante.

Había una tira cómica que me imagino era local, sin embargo no recuerdo quién era el responsable de la misma y se llamaba “El jincho vivo” y de la cual solo recuerdo el eslogan: “El jincho vivo, solo en La Prensa”.

Había otro tipo de tiras cómicas que eran de continuación, con una trama que se desarrollaba por muchos meses, con cuatro o cinco cuadros por día.  Ahí estaban “Tarzán”, “Mandrake el Mago”, “Popeye”, “El Fantasma”, entre otros.

Las ediciones dominicales traían algunas de las tiras anteriores, pero en formatos extendidos, es decir una historia en doce o quince cuadros en lugar de cuatro o cinco.  Yo prefería las ediciones diarias, pues el humor lucía más concentrado, más agudo.

También hay que recordar que muchas de estas tiras cómicas pasaron al formato de paquines “comics”, con cierto éxito.

Cuando crecí mantuve esa afición por las tiras cómicas, tanto las clásicas que se mantenían en circulación, como las nuevas que se iban incorporando como “Condorito”, “Charlie Brown (Peanuts)”, “Mafalda”, “Garfield”, “Olafo”, principalmente.

Los últimos años, con la inmediatez que nos otorga el internet, he tomado la costumbre de que tan solo al levantarme realizo un paneo sobre las ediciones en línea de los principales periódicos en nuestro idioma. En el caso de Nicaragua hago una doble lectura, pues me entero oportunamente de las noticias relevantes en las ediciones en línea y me reservo la edición impresa para escudriñar aquellos recovecos que son más difíciles de recorrer en línea, así como ver la publicidad de interés que no aparece en la primera, así como los campos pagados que siempre tienen un encanto especial y que expresan más de lo que dicen.  De la misma forma veo los obituarios y siento un gran alivio al no encontrar el mío.  Pero lo principal era leer dos de las tiras sobrevivientes:  Olafo y Lorenzo y Pepita, que eran como dos enormes gotas de humor a tempranas horas de la mañana y que me ayudaban a mantener ese ritmo durante todo del día.

No obstante, hace unas tres semanas o un mes, sin previo aviso, sin obituario, sin explicación alguna, sin campo pagado, ambas tiras fueron removidas de la sección que irónicamente se llama Vida, del diario La Prensa.  Mala tos le siento al gato, pensé para mis adentros.  Ya había encontrado signos inequívocos de que el periódico impreso se encontraba como los dinosaurios, contemplando un meteorito en la distancia, creyendo que era una estrella fugaz, cuando comenzó cierta anorexia en sus páginas y el hecho de que ocupara una página completa una enorme foto de algún cantante de moda, junto con un chisme o bien la promesa de una jovencita de cambiar al mundo desde su inminente reinado de belleza.

Ahora con más razón, sigo aquella costumbre de mi padre que al finalizar de leer el periódico decía invariablemente: Nada en dos platos.  Así que tengo que buscar en otro lado aquella chispa que encendía el humor del día.

 

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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Mamá, yo quiero saber

 

Mamá, yo quiero saber,

de dónde son los cantantes,

que los encuentro galantes

y los quiero conocer….

Miguel Matamoros

 

Por muchos años, los cantantes impresionaban tanto al resto de los mortales, que su origen y hasta su apariencia eran motivo de enorme curiosidad.  Ese fue el caso de una señora que allá, en los albores de los años veinte del siglo pasado, se acercó al que llegara a ser uno de los grandes compositores cubanos, el trovador y sonero Miguel Matamoros y le pidió que le aclarara a su hijita, quien quería saber de dónde eran los cantantes y después que Matamoros le diera una extensa explicación, la niña se limitó a decir: son de la loma y fue esta anécdota la que motivó a Matamoros a escribir una de sus más famosas composiciones: Mamá, son de la loma, en donde se adivina cierto juego de palabras entre son, del verbo ser y son, el género musical cubano.

 

En el pueblo, lo que más nos intrigaba era la apariencia de los cantantes, misma que llegábamos a percatarnos mucho tiempo después de conocer su música, en algunos casos con tremendas sorpresas, al no imaginarnos nunca, por ejemplo, que Nat King Cole o Los Platters, fueran afroamericanos o que Antonio Prieto no tuviera nada de moreno.

 

Con la revolución en las comunicaciones, fue acercándose la asociación de los cantantes con su imagen y su origen, en especial cuando en la segunda mitad de la década de los sesenta fueron apareciendo los video clips.

 

Una vez cubierta aquella curiosidad respecto a las particularidades de los artistas, comenzó una especie de competencia entre los presentadores de espectáculos y los reporteros de lo que sería la nota rosa, respecto a quien lograba bautizar a los cantantes con una etiqueta que reforzara sus cualidades y que supuestamente ayudaría a elevar la popularidad de los mismos.  Muchos de los nombres que fueron surgiendo, parecían emanar del sopor etílico de aquellos sujetos y de esa manera comenzamos a acostumbrarnos a un remoquete adosado o en otros casos, sustituyendo al apelativo del artista, que en algunos casos ya no era el que habían portado en su acta de nacimiento.

 

Una gran mayoría de estos motes estaban asociados a títulos de realeza para ubicar a los artistas que según ellos merecían estar encima del resto de los plebeyos, tales como Dámaso Pérez Prado, El Rey del Mambo, Javier Solís, El Rey del Bolero Ranchero, José José, El Príncipe de la Canción, Roberto Carlos, El Rey de la Canción Latinoamericana, Olga Guillot, La Reina del Bolero, Selena, La Reina del Tex Mex, Oscar de León, El Faraón de la Salsa.

 

La asociación con el metal, también fue muy socorrida, como fue el caso de Agustín Lara, El Flaco de Oro, Miguel Aceves Mejía, El Falsete de Oro, Paulina Rubio, La Chica Dorada, Imelda Miller, La Voz de Metal.

 

Otros cantantes tuvieron sus motes relacionados con su lugar de origen como Pedro Infante, El Ídolo de Guamuchil, Raphael, El Ruiseñor de Linares, Rocío Durcal, La Española más Mexicana, Celia Cruz, La Guarachera de Cuba, Marco Antonio Muñiz, El Lujo de México, Juan Gabriel, El Divo de Juárez, Antonio Aguilar, El Charro de México, Ana Gabriel, La Diva de América.

 

Algunas cantantes, aun bajo el riesgo de mostrar un asomo de promiscuidad, portaban alias como Angélica María, La Novia de México, Olga Tañon, La Mujer de Fuego o Lucero, La Novia de América.

 

Otros artistas eran lanzados hacia lo superlativo, como Lola Beltrán, Lola la Grande, Beni Moré, El Bárbaro del Ritmo, Gilberto Santa Rosa, El Caballero de la Salsa, Vicente Fernández, El Hijo del Pueblo, Héctor Lavoe, La Voz.

 

Con menos creatividad, encontramos algunos que simplemente llevaban el nombre de alguno de sus éxitos, como fue el caso de Julio Jaramillo, Mr. Juramento, Rafael Hernández, El Jibarito, Alberto Beltrán, El Negrito del Batey, Lola Flores, La Faraona, Manolo Muñoz, El Hombre de la Llamarada o bien Cristian Castro, El Gallito Feliz.

 

Muchos portaron remoquetes ajenos al contexto que estamos viendo, como José Luis Rodríguez, El Puma, nombre que salió de un personaje de una telenovela, Chavela Vargas, La Chamana, Alejandro Fernández, El Potrillo, Marco Antonio Muñiz, El Buki Mayor.

 

Para mi gusto, uno de los motes con más creatividad fue el de Bienvenido Granda, El Bigote que Canta, así como el que llevó la gran cantante Manoella Torres, La Mujer que Nació para Cantar, Carlos Gardel, El Morocho del Abasto, Daniel Santos, El Inquieto Anacobero y uno al que nunca le encontré conectivo lógico, el de don Pedro Vargas, El Samurai de la Canción.

 

En Nicaragua, guardando el nivel, también se dio esa gama de motes.  Muchos recordarán a Marina Cárdenas, La Gordita de Oro, José de la Cruz Mena, El  Divino Leproso, Camilo Zapata, El Clarinero Mayor, Erwin Kruger, El Acuarelista Musical, Víctor M. Leiva, El Arquitecto de la Música Popular Nicaragüense, Tino López Guerra, El Rey del Corrido Nicaragüense, Luis Enrique, El Príncipe de la Salsa, Gastón Pérez, Orej´e Burro, Otto de la Rocha, Anis Prais, César Andrade, Nicasito, René Domínguez, El Chapo, Edgard Aguilar, El Gato, Roberto Montalbán, Trapito, Ezequiel Jerez, El Panzer, Roberto Martínez, Maguila, Ramón Mejía, Perrozompopo.

 

En el tercer milenio, época de las redes sociales, tal vez ya no se hace necesaria aquella promoción  de un artista a través de una etiqueta, además que muchos de ellos ya portan de entrada un remoquete, a cual más rebuscado.  No obstante, llama la atención que a pesar de todos los membretes que lleva un tema con relación a sus intérpretes, especialmente en el video correspondiente, algunos de ellos han tomado la costumbre de gritar su nombre al inicio e incluso en cualquier parte del tema.  Después de que en Youtube aparece el nombre del cantante, más quienes lo acompañan (featuring, ft.) escuchamos:  Sebastiáaaaaan Yatra Yatra, Chino y Nacho, Aaay Fonsi, Maluma, CNCO o bien Gente de Zoooooooooooooona.  No me imagino escuchar, después de la introducción coral a Nessun Dorma, una potente voz exclamando: Placido Domingoooooooooooooooo.  Así pues, de lo anterior, solo dan ganas de emular a Enrique Iglesias, ft. Descemer Bueno, Zion & Lennox :  Tráiganme el alcohol, que quita el dolor.

 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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