El petit pois: invasor e imperialista

 

 

Recientemente la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.  Las verdaderas intenciones del oficialismo respecto a esa ley se desconocen, sin embargo, la oposición sostiene algunas teorías conspirativas que incluyen la intención de arrancarle a la iglesia católica el patrimonio sobre las comidas de cuaresma, lo cual es un tremendo dislate, pues de ninguna manera la iglesia, cualquiera que fuese, mucho menos el Estado, puede detentar el patrimonio sobre determinada gastronomía, el cual le pertenece exclusivamente al pueblo.

Sin embargo, esto no es lo más florido del cuento.  Resulta que en la discusión de la mencionada ley, que me imagino ha de haber sido una extensa “platica de presos”, un diputado oficialista mandó la esférica al otro lado de la cerca, por los 400 pies, al acusar en el hemiciclo a viva voz al petit pois de invasor e imperialista.  En un inicio, los padres de la patria se quedaron patidifusos y obnubilados, pues lo primero que se les vino a la mente, al igual que todos quienes después conocieron el cuento, fue la figura del canciller y vocero del régimen, a quien desde hace mucho tiempo, cuando militaba en la otra acera, de cariño le adosaron el remoquete de “El Petit Pois”.  No fue sino hasta que el legislador agregó que debe de ser erradicado del país porque amenaza al arte culinario nacional, que todos cayeron en cuenta que se trataba de la leguminosa.

Abro aquí un paréntesis para una cápsula ilustrativa.  El petit pois es la semilla de la Pisum Sativum, planta herbácea de la familia de las leguminosas, originaria del Cercano Oriente y diseminada luego por Europa.  En español tiene diversos nombres de acuerdo a la región: chícharo, guisante, arveja, etc.  En Nicaragua, en virtud de que esta planta no se produce localmente, su consumo se ha satisfecho tradicionalmente a través de la importación de las semillas enlatadas, en un inicio con el nombre en francés de petit pois, motivo por el cual todos lo conocen con ese nombre y en general se pronuncia como “petipuá” o “petipoá”, aunque muchos lo deforman a “peticuá” o “piticuá”. Cierro paréntesis.

De regreso a la discusión, el diputado en cuestión también se llevó en el saco a otros productos extranjeros como las uvas y ciruelas pasas, así como otros productos importados que representan la invasión imperialista culinaria en el país.  Agregó al saco a la comida chatarra y hamburguesas, porque provocan el olvido de la comida tradicional y atentan contra las tradiciones nicaragüenses.

Al respecto es necesario resaltar que en la gastronomía es muy difícil separar el concepto de fusión, debido a que toda cultura, en algún momento y por diversas razones ha coincidido con otras culturas, resultando un intercambio, entre otros, de prácticas e ingredientes culinarios que han venido a enriquecer cada gastronomía.

Si en un afán de ser puristas se pretendiera erradicar de cada gastronomía los ingredientes que no son autóctonos de determinado país o región, se causaría una verdadera debacle.  Si por ejemplo al plato emblemático de la gastronomía mexicana, el mole poblano, se desterraran los elementos exóticos, había que prescindir de la cebolla, el ajo, las pasas, el ajonjolí, las nueces, las almendras, el clavo, la canela, el perejil e incluso el chocolate, pues si bien es cierto, el cacao y la bebida original del chocolate son originarias de América, el chocolate amargo es un elemento desarrollado en Europa.  En Perú, el Ceviche tendría que elaborarse sin limón ni cebolla.  Por su parte, la Bandeja Paisa colombiana tendría que preparase sin arroz, chicharrón, chorizo, carne molida, huevos, plátanos ni morcilla (moronga).   En Europa, también habría que erradicar de cada gastronomía, el arroz, el tomate, la papa, las especias, dejándolas prácticamente en la calle.  ¿Se imaginan que sería de las papas a la francesa, el fish and chips, la pizza o la tortilla de patatas?

En el caso de Nicaragua, la situación no sería diferente.  El apetecido nacatamal, tendría que prescindir del cerdo, su manteca y la envoltura de hoja de plátano, sin contar con aquellos herejes que le agregan ciruelas y pasas, regresando a los tamales de los mexicas, con carne de guardatinaja o chompipe y envuelto en hojas de maíz.  El vaho por su parte, tendría que prepararse con carnes criollas y solo llevaría yuca, pues el plátano y el maduro, al igual que sus hojas para taparlo, son exóticas, quitando además la cebolla y el ajo.  El indio viejo tendría que prepararse sin cebolla ni ajo, tendría que llevar carne de monte y no podría acompañarse de un guineo.  En el caso de la gallina henchida o navideña, sólo quedaría el tomate y la papa y del relleno navideño, solo el tomate.  El vigorón no llevaría chicharrón.  El mondongo y el quesillo tendrían que desaparecer y por su parte la chicha, así como otros refrescos típicos no llevarían dulce de rapadura ni azúcar, mucho menos especias.

Si retomamos el caso del petit pois, se puede decir que es un elemento utilizado ocasionalmente en la gastronomía nicaragüense.  Se emplea en algunas ensaladas y salsas que acompañan a carnes, pero su protagonismo ocurre en el arroz a la valenciana.  Este platillo apareció en escena en la cocina nicaragüense en la primera mitad del siglo XX.  Se deriva de la paella valenciana o arroz a la valenciana, como se le conoce en España y fue adaptado a la cocina local, al igual que en muchos países latinoamericanos, de conformidad con los elementos que podían conseguirse en cada región.

La paella valenciana es un platillo que se remonta a mediados del siglo 18 en la región de Valencia, España y que pronto se extendió por todo el territorio español.  Su receta original llevaba arroz, que por cierto es originario de Asia, anguila, judías verdes y caracoles, aunque luego se introdujo la carne de pollo y conejo.  La receta actual del platillo que posee denominación de origen, incluye arroz, pollo, conejo, judías verdes, garrofón (especie de judía), tomate, aceite de oliva, azafrán y sal.  El nombre valenciano de paella se deriva del nombre del recipiente en donde se prepara, del latín patella y que en español tomó el nombre de paila.

En Nicaragua se convirtió en un platillo muy popular, debido a que su sencillez y rendimiento lo hizo ideal para reuniones familiares y fiestas, pues se trata de un plato único que no requiere de entradas o de un segundo plato y que con unas tres o cuatro rodajas de pan de molde y una Coca Cola, ya resuelve.  Tradicionalmente se sirve en cualquier época del año en reuniones en donde asiste un buen número de invitados, lo cual lo hace un plato práctico y rendidor.  La receta local lleva arroz, pollo, embutidos, mantequilla, salsa de tomate, zanahoria, chiltoma, cebolla, apio, ajo y como elemento un tanto más de adorno que para darle sabor, el petit pois.  Algunos se emocionan y le agregan mostaza, salsa inglesa, pasas, aceitunas y maíz dulce.  Algunos apóstatas incluyen una media botella de ron, misma que se atraviesan de manera previa y ya hasta el sereguete, le agregan a la receta cerveza, coca cola y hasta vino blanco.  El nombre de este platillo es arroz a la valenciana, aunque algunos le llaman arroz con pollo y otros más folclóricos le llaman arroz de cumpleaños, arroz de piñata o arroz de pereque.

Como nota curiosa, menciono que este mismo platillo en Cuba lleva el nombre de Arroz con pollo a la Chorrera y es un plato infaltable en las fiestas familiares cubanas y con tremendos sacrificios tratan de mantener los ingredientes originales del mismo, que incluye coincidentemente al petit pois.

Así pues, si al tenor de su origen externo eliminamos al petit pois de esta receta, tendríamos también que quitar el arroz, originario de los imperios asiáticos, el pollo natural del  sudeste asiático, los embutidos, originarios de Europa, la cebolla, el apio, el ajo, todos ellos traídos por los españoles, de tal manera que el platillo entero desaparecería de nuestra gastronomía, de la misma manera que la enorme paila de arroz a la valenciana se esfuma al final de la fiesta.

No obstante las consideraciones anteriores, hay ciertas probabilidades de que a final de cuentas, el petit pois, al igual que algunos ingredientes puedan salir de la gastronomía nacional, no por la satanización que se haga de ellos, sino por vulgares razones económicas.  La pérdida del poder adquisitivo de la población en general, así como ciertas políticas recaudatorias que inciden en el esquema arancelario y de impuestos al consumo, podrían hacer prohibitivos algunos ingredientes importados.   En la actualidad, una lata mediana de petit pois de 425 gramos cuesta alrededor de dos dólares, cuando en tiempos de la otra dictadura costaba cerca de los 75 centavos de dólar y no es remoto que en cualquier momento puede dispararse hasta los tres dólares, lo cual provocaría que este elemento se desterrara del arroz a la valenciana y lo mismo sucedería con algunos ingredientes de la gastronomía nicaragüense que son importados.

De esta manera, la Ley para el Fortalecimiento y Promoción de las Tradiciones, Costumbres y Gastronomía del pueblo nicaragüense, debe partir del hecho de que nuestra gastronomía es una fusión de todas las culturas que confluyen en nuestra identidad mestiza, la indígena, la española y la negra, además de otros elementos que de alguna u otra forma se lograron colar en la misma y si es un apremio del gobierno, fortalecer y promoverla, debe de hacerlo sin distinguir el origen de todos sus elementos y si es preciso hacer cambios en la política fiscal para asegurar que estas tradiciones se mantengan, pues que se realicen.   Considero pertinente traer a colación la frase del gran chef francés, Alain Dutournier: “Creo en la cocina de mestizaje, que es el fruto del paso del tiempo, de invasiones, de la emigración, de la integración de usos y costumbres de diferentes pueblos.  En definitiva, el mestizaje es producto de la historia”.

Del otro Petit Pois, mejor ni hablar.

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La vejez en tiempos de la posverdad

… no me digas la verdad, no me mientas, 
ya me di cuenta que no es lo que era,
de eso se da cuenta cualquiera,
antes o después de las rosas,
ves a través de las cosas…

Marcelo Scornik

 

Nunca llegué a imaginar cómo podría ser mi vejez, tal vez porque en su momento, no creí llegar a viejo.  Cuando a los treinta y ocho años decidí donar un riñón, me advirtieron, incluso mi padre que era médico, que mi esperanza de vida podría reducirse en cerca de diez años.  No vacilé y expresé: ¡Veinte que fueran!  Luego, con la calma del deber cumplido, me puse a analizar aquella sentencia y tomando en cuenta que la expectativa de vida promedio en América Latina era en ese entonces de aproximadamente 75 años, al restarle aquellos diez años, podría llegar, con suerte, a los 65 años, que para muchos es apenas el umbral de la tercera edad, por lo tanto nunca alcanzaría la vejez y sin mayor drama, estuve resignado a ese hecho.

De cualquier forma, burla burlando como decía Lope, llegué a los sesenta y cinco sin el menor indicio, al menos latente, de arribar a puerto alguno.  Ahí me di cuenta que algo en las cuentas no cuadraba.  Sería tal vez que las expectativas de vida en mi caso particular eran mayores que el promedio (no me explico cómo) o bien que los fatídicos diez años no eran más que un margen, un tanto pesimista, que los médicos incluían en su pronóstico por aquello de las cochinas dudas.  Lo cierto es que llegué a esa edad sin haber diseñado un plan, ni siquiera una hoja de ruta, como dicen ahora los expertos, de lo que lo que podría ser mi vejez.  No llegué a imaginarme aquellas aspiraciones, un tanto manidas, de disfrutar de una jubilación, holgazanear todo el día en bermudas y en sandalias o incluso descalzo, una mecedora, un jardín, escuchar música, leer, escribir o consentir a los nietos.  Así que seguí caminando sin mayores pretensiones, ligero, saboreando la cotidianidad, tratando de realizar el mejor balance entre lo que debo hacer, lo que quiero hacer y lo que puedo hacer, sin ceñirme estrictamente a sus límites, cruzando a veces la raya continua e invadiendo el carril por donde transita lo que no debo hacer, lo que no quiero hacer y lo que no puedo hacer.

Con un sentido de provisionalidad he ido construyendo esta etapa, tratando de acostumbrarme sin mucho revoloteo, a los cambios que debo de enfrentar, pagando sin refunfuñar la factura que constantemente me va pasando el calendario. Hago un gran esfuerzo por resistir al mejor paso la carrera detrás de la tecnología, para ser, si acaso viejo, pero no obsoleto. Trato de incrementar mis reservas de tolerancia al máximo para poder hacer frente al reggeton, los influencers, los coaches de vida, los tertulianos, los falsos profetas y otros tantos males de nuestro tiempo.

No obstante hay algo que por muchas reservas de tolerancia que tenga me cuesta aceptar y digerir y es la posverdad.  No logro entender cómo se llega a manipular las emociones de la gente con el fin de jugar con la realidad, distorsionándola a su antojo.  Lo cierto es que estamos inundados de falsas noticias, ideas huecas y convicciones sin el menor respaldo. Se pretende sustituir la objetividad por las emociones que determinada afirmación genera en la gente, de esta manera, la clara línea que dividía la verdad de la mentira ha sido borrada para crear un espacio intermedio en donde se ha metido con calzador una nueva categoría en la cual, determinado hecho, verdadero o falso, debe de aceptarse tan solo por el hecho de coincidir con nuestros esquemas mentales.

De pequeño me tocó vivir uno de los episodios clásicos de posverdad en la historia moderna de Nicaragua.  En febrero de 1957 Luis Somoza Debayle asumió la presidencia de la república en un clima bastante adverso para un régimen, que no era sino una extensión de la dictadura de su padre Anastasio Somoza García.  Para aplacar los ánimos, Luis Somoza anunció en su discurso de toma de posesión que tropas hondureñas habían incursionado en territorio nicaragüense, en un pequeño pueblo llamado Mokorón, al norte de Chinandega, matando a 57 efectivos de la guardia nacional.  El pueblo se inflamó de ardor patrio y clamó por hacer pagar caro a los hondureños por semejante afrenta. Somoza logró el propósito de desviar la  atención del pueblo hacia un nacionalismo que de una u otra manera, sin querer, se plegaba hacia el “nuevo” gobierno. Mis recuerdos de aquel episodio son difusos y me parece recordar a mi abuelo exclamando un largo: Mmmmmmm. Estudiaba en ese entonces en el Pedagógico de Diriamba, ahí donde estudian los presidentes y el Hermano Agustín, Tincito, compuso una marcha que cantábamos en clase, misma que hablaba de los pinoleros, la bandera nacional y en un momento todos gritábamos en coro ¡Mokorón! lo que no pasaba de ser un ejercicio de canto. Así pues a corta edad, aquello no tuvo ninguna relevancia para mí y Mokorón no llegó a ser más que un nombre un tanto sonoro.

En aquellos tiempos, todavía tenía vigencia el dicho: “las mentiras tienen patas cortas” de tal manera que no pasó mucho tiempo para que la patraña se descubriera, pues en realidad nunca hubo invasión de parte de tropas hondureñas y mucho menos muertos en Mokorón.

En los tiempos actuales, la posverdad se ha tornado en el pan nuestro de cada día, agregándose a esto, lo que se ha venido conociendo como “hechos alternativos” que no son otra cosas que patrañas, mentiras, con la diferencia que están respaldados por un enorme aparato profesional de propaganda, a veces importado, apoyado en los medios masivos de comunicación, manejándolas de tal manera que no exista ni el menor asomo de duda respecto a su “veracidad”.  Lo cierto es que el grado de éxito de estos aparatos tiene una relación inversa con el coeficiente intelectual de su población objetivo.

Sin embargo, cuando hay materia prima y se coleccionan casi setenta tacos de almanaque, como dice Pérez Reverte, se acumula una experiencia que le va afilando a uno los colmillos y es una tarea un tanto difícil chuparse el dedo.  Por lo tanto al enfrentar a la posverdad, se produce un conflicto, pues no tengo la menor intención de realizar ningún sacrificio intelectual, a pesar de la tentación de apegarme a las emociones. De esa manera, la posverdad difícilmente me toma desprevenido, pues se percibe a la legua, algo así como los muertos vivientes de la serie de televisión, con su andar errático, su penetrante y nauseabundo olor y su incansable afán de clavarnos los dientes.  Así pues, después de exclamar un largo: Mmmmmmm, como lo hacía mi abuelo, con la mayor naturalidad, sin el menor asco, procedo a clavarles una estaca en la cabeza al mejor estilo de Rick Grimes.  El problema serio es que estos hechos alternativos nos aparecen por doquier, al igual que las hordas de muertos vivientes en la serie, que salen hasta en la sopa y nos obligan a caminar de manera perenne en modo alerta.  De tal forma que la placidez que debía ser la constante de la tercera edad, se torna una encarnizada lucha por mantener la integridad de la corteza cerebral y el sistema reticular activador, de tal suerte que al enfrentarnos a los comunicados, a los manifiestos, a los discursos, a las notas de prensa, a los reportes, a las alocuciones, a los noticieros, podamos llenarlos de enormes signos de interrogación y como el peje lagarto exclamar emulando a Hector Lavoe: “Te conozco bacalao, aunque vengas disfrazao”

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Mi papá Emilito

 

Cuando nació mi primer hijo varón, acordamos llamarlo Orlando Emilio.  Para todos era lo más obvio, pues se trata de mis dos nombres, sin embargo, su segundo nombre no obedece a eso.  Tampoco fue escogido en honor a mi abuelo Emilio, quien se lo merecía de sobra, sino que se llamó así como un homenaje al hermano mayor de mi padre.  Si pudiera hablar de un personaje inolvidable en mi memoria y que dejó una profunda huella en mi vida, fue sin duda alguna aquella figura, el sumun de la elegancia y a quien yo llamaba “papá Emilito”.

Nació el 11 de abril de 1919, en Masaya, en medio de una época convulsa.  Su hermana mayor había muerto unos seis años antes, víctima indirecta de uno de los tantos movimientos armados de esos tiempos.  Mi abuelo había decidido renunciar a su trabajo en el ferrocarril para emprender una aventura, instalando una botica en San Marcos, bajo la premisa de que el auge del café en esa región ofrecía un buen clima para los negocios y además para su salud, por el aire fresco que se respiraba en aquel pequeño pueblo de la meseta caraceña.  Después de que nació su hijo a quien llamó como él, Emilio, se trasladó solo al pequeño pueblo en donde instaló su botica en el sector del mercado.  Meses más tarde,  en una tarde lluviosa de octubre, mi abuelo llegó a la estación del ferrocarril a esperar a su familia con un carromato para trasladar sus pertenencias.  Con extrema alegría vio descender a su esposa Ester, con un vivaracho niño en sus brazos, mientras trataba de controlar a los Césares, sus sobrinos gemelos de cuatro años a quienes había adoptado prácticamente desde su nacimiento.

Emilito, a como lo llamaban tanto en la familia como en el pueblo, creció viajando constantemente a Masaya y a Diriamba, en donde cursó sus estudios.  Cuando nacieron sus hermanos Eduardo y Orlando, supo desempeñar el cargo de hermano mayor con el rigor que en aquellos tiempos se requería.  Su padre delegó en él esa función, mezcla de prefecto y protector, misma que cumplió de manera eficiente.  Desde pequeño fue muy elegante.  En la casa de los abuelos había una fotografía en donde los tres hermanos posan en sus mejores galas, destacando el mayor por su porte.  Alguien escribió arriba de la foto: Los tres mosqueteros.   Emilito además era audaz y se tejieron muchas leyendas sobre sus hazañas, entre ellas la de circular en una bicicleta por los tablones de madera que cubrían la pila (aljibe) del patio de la casa, así como las flexiones que realizaba en los lugares más inverosímiles de la casa.

Cuando tenía cerca de quince años, Emilito convenció a sus padres para que lo enviaran a Managua a estudiar la carrera del futuro: comercio.  Así fue que ingresó a una de las nacientes escuelas de comercio de la capital en donde se destacó en mecanografía, alcanzando una destreza sin igual en el manejo de la máquina de escribir.  De manera coincidente, en esos días, en Casa Presidencial requerían de alguien eficiente en mecanografía para servir de secretario del Presidente de la República en una reunión de mandatarios que se realizaría en Costa Rica, para lo cual acudieron a la escuela de comercio en busca de alguien que pudiera desempeñar aquel cargo.  En la escuela, sin vacilar recomendaron al joven aquel.  Cuando le pusieron una prueba quedaron impresionados por la velocidad con que manejaba la máquina, la nitidez de su trabajo y la elegancia con que se sentaba a mecanografiar.  Lo contrataron de inmediato y de esta manera inició su carrera, como secretario del primer mandatario y luego ubicado en el Ministerio de Relaciones Exteriores en donde trabajó toda su vida.

Así fue que el joven fue ganándose el respeto de quienes lo conocían, aunque amigos y familiares seguían llamándolo Emilito.  Su carácter de extrema madurez, aun a su temprana edad, unida a su claridad de pensamiento, hizo que sus padres confiaran en él para muchas de las decisiones que debían de tomar.  Fue él quien los convenció de que sus hermanos debían de terminar el bachillerato, para poder seguir luego estudios profesionales.  Asimismo, les recomendó que los ingresaran internos al Colegio Bautista de Managua.  Así lo hicieron y se mantuvieron en su decisión aun cuando el párroco de San Marcos los criticó agriamente y hasta llegó a amenazarlos.  Mi abuelo expresó claramente que no se movería un milímetro de su decisión y que de su parte el párroco podía hacer lo que estimara conveniente.  Así pues, este último no tuvo otra alternativa  que bajarle el gas al asunto, pues el pueblo tenía más fe en la aspirina, las píldoras rosadas y el jarabe de tolú que en el agua bendita.

Cuando mi tío Eduardo y mi padre se bachilleraron, Emilito recomendó y apoyó a sus padres para que los enviaran a México a seguir los estudios universitarios y de esta manera Eduardo se graduó de ingeniero civil y mi padre de médico.

En cierto momento, también convenció a sus padres para que formalizaran su relación, que al igual que muchas parejas en aquellos tiempos se basaba en la palabra y el afecto más que en los papeles.

Emilito sentía un gran arraigo por San Marcos y el pueblo entero le profesaba un gran cariño y respeto.  En sus visitas al pueblo era consultado en todo lo que tenía que ver con la etiqueta y el savoir vivre así que muchas fiestas y grandes eventos se organizaron bajo su asesoría.

En 1948 antes de salir a un cargo en la Embajada de Nicaragua en Venezuela, se casó con Griselda Rosales Valerio, de Masatepe.  Como dato curioso, quien llevó los anillos en la ceremonia religiosa fue nada menos que el célebre escritor Sergio Ramírez Mercado, que en esa época tendría unos seis años.

Mis padres y yo llegamos a San Marcos en 1951, cuando mi padre terminó sus estudios de medicina en México.  En mis recuerdos más lejanos está siempre la figura tan querida de mi papá Emilito.  Yo lo llamaba así pues mi abuelo siempre fue mi papá Emilio y por añadidura, aquel personaje que sin importar su edad siempre fue llamado cariñosamente Emilito por familiares y amigos, pasó a ser mi papá Emilito.  A pesar de su corta estatura respecto a sus hermanos (mi padre casi arañaba los seis pies), él se imponía por su carácter, reflejado en un porte vigoroso y  lleno de autoridad.

Siempre sentí un cariño especial de parte de mi papá Emilito, tal vez, porque siempre añoró un hijo varón.  Me costó un poco entender cómo él y su familia aparecían y desaparecían del pueblo, cuando era designado en sus diferentes encargos de su trabajo en el exterior, pero siempre, al cabo de cierto tiempo, su sonrisa iluminaba la casa de los abuelos cuando aparecía de nuevo y la algarabía de los primos juntos llenaba el patio en interminables jornadas de juego, hasta que la última gota de paciencia de mi abuelo se desvanecía.

Cuando llegué a la pubertad comencé a pensar que podía llegar a tener su elegancia y que en algún momento, lo tendría cerca para aconsejarme en aquella tarea.  Sin embargo todas esas aspiraciones se pulverizaron una mañana de domingo, a finales de mayo de 1964.  Faltaba una semana para los quince años de su primogénita Giselle.  Alguien tocó a la puerta de nuestra casa y mi madre fue a averiguar, regresando con un telegrama en la mano, pálida, llegando hasta el baño, donde mi padre se afeitaba, diciéndole que avisaban que Emilito había muerto de un infarto en Tegucigalpa.  Tenía tan solo 45 años.

El dolor cubrió como avalancha nuestro hogar.  Mi padre cargó una pesada cruz, al ver a su querido hermano muerto, preparar sus restos y acompañarlo a su última morada.  Luego, aquel dolor se convirtió en un terrible temor.  Sintió en carne propia que la muerte era traicionera y no respetaba edades, sintiéndose vulnerable al extremo.

Hoy se cumplen cien años de su nacimiento y casi 55 años de su partida.  Siempre lo tengo en mi mente, en especial, aquel recuerdo de unos meses antes de morir que llegó de Tegucigalpa en un Chevrolet Biscayne último modelo, con guantes de conducir, lentes oscuros y un atuendo sport de enorme elegancia.  Recuerdo su risa contagiosa y trato de mantener vivo en mí aquel gran sentido del humor que lo caracterizaba.  Hace mucho tiempo me resigné a no tener aquella elegancia a la que un día aspiré y me refugio en lo que dice Calamaro:  “…la procesión no siempre va por fuera…”

Todas las pláticas que quise haber tenido con mi papá Emilito, las tuve tiempo después con mi tía Chelda, su viuda y mis primas.  A partir de mediados de los noventa coincidimos en Managua y fueron frecuentes nuestras veladas interminables recordando las épocas doradas y reafirmando aquel cariño que el tiempo nunca aminoró y que me hizo merecedor de ser considerado más que un sobrino o primo, un hijo o hermano.

Así pues, en esta fecha tan especial, levantaré mi copa y haré un brindis desde el fondo del alma, por tan insigne caballero, cuya fina estampa el tiempo no ha podido ni podrá borrar.

 

 

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El alcoholímetro

 

 

El marcado incremento de accidentes de tránsito, ligado a la presencia de alcohol en los conductores que se dio en la primera mitad del siglo XX, obligó a las autoridades de los países desarrollados a buscar alternativas  para medir el nivel de alcohol en estos individuos, con el fin de regular y detener el uso de esta sustancia entre los conductores.  Esto dio origen al alcoholímetro, aparato que mide con marcada exactitud el nivel de alcohol en la sangre, derivado de la concentración en el aliento de una persona, estableciéndose al respecto una escala con los diferentes rangos de cantidad de alcohol presente.

En Nicaragua, así como en muchas partes del mundo, la sabiduría popular ha desarrollado desde tiempos ancestrales, un sistema de medición del nivel de alcohol en la sangre de un individuo, basado en la simple observación y utilizando frecuentemente el método Alver, con resultados más o menos apegados a la realidad de las cosas.  La ubicación de una persona dentro de cualquier nivel de la escala ha servido para atenuar o agravar las acciones derivadas de la conducta de cada uno de estos sujetos.  Lo interesante es que a la par de esa percepción del grado de presencia de alcohol en el individuo, la gente comenzó a crear una escala basada en vocablos que definen cada grado, en muchos casos, con jocosa originalidad.

En el nivel más bajo de la escala, que en los estándares modernos equivalen a una concentración de 0.0 a 0.3 gramos de etanol por litro de sangre, es decir en estado de sobriedad, el vocablo que más se ha utilizado es “bueno y sano”, que si se observa con detenimiento no tiene mucho que ver con dicho estado, también está su traducción al escaliche: “zanahoria” o bien los conceptos “normal” o “tranquilo”.

En el siguiente nivel que va desde los 0.4 a 0.6 g/l, que es donde comienza a notarse ligeramente los efectos del alcohol en el comportamiento del individuo, la gente cataloga al sujeto como “alegre” “alegrón” o bien se relaciona este nivel con la cantidad de tragos ingeridos, los cuales en este caso no deben sobrepasar los dos, es decir un par, entonces se usa la expresión: andaba “con un par de tragos adentro”.  Aquí es importante señalar que por alguna razón, el vulgo comenzó a relacionar la unidad de ingestión, que normalmente se maneja como “trago” (copa en otros países), con vocablos de connotación sexual, la mayoría de las veces relacionados con los órganos genitales, con el afán, tal vez, de darle mayor contundencia al asunto, de tal manera que los “tragos” se convirtieron en “vergazos”, “cachimbazos”, “turcazos” o “pijazos”.  En todos los casos siempre se dan equivalentes para el uso de los más comedidos: “reatazos”, “mecatazos”, “rielazos”, “fajazos”, “bolillazos” o “vergolillazos”.  De esta forma, en este nivel se utiliza la expresión “andar con un par de vergazos adentro” o bien en algunos para aliviar el grado y ser un tanto indulgentes, se utiliza en diminutivo: “un par de traguitos”.

Ahora bien, en el rango que va de los 0.7 a los 0.9 g/l, en donde el individuo comienza a presentar alteraciones en el equilibrio, entonces se dice que anda “mareado”, “mareadón” o “mariachi”, también se usa “rascado” o “rascadón” o bien “sesereque”.  Si se cuantifica mediante la cantidad de ingesta, se omite el “par” y se abre un abanico que va desde “andaba con sus vergazos adentro” si se acerca al 0.7 o bien, “andaba con sus buenos vergazos adentro” si se alcanza el 0.9.  Para estos casos se utiliza también la ubicación del destino de la ingesta “andaba con sus buenos cachimbazos entre pecho y espalda”.  En este nivel también se utiliza la expresión “andaba a media asta”.

Si se alcanza el nivel de 1.0 a 1.2 g/l, ya el sujeto se considera en completo estado de ebriedad.  Para el lenguaje popular, en el estrato de recato se dice que está “borracho” o un poco más campechanamente “bolo” o “picado”. Sin embargo, para el vulgo, este nivel presenta una gama impresionante de expresiones.  Invariablemente se utiliza el verbo andar, acompañado por una expresión que denota límites, para lo cual se agrega la preposición “hasta”.  De esta manera se dice que alguien “anda hasta el cepillo” “hasta el cerco” “hasta atrás” “hasta donde no es” “hasta los queques” “hasta el cereguete” “hasta los mambos” “hasta el queso”  “hasta la samagoyeta” o bien para darle más énfasis, se utilizan los socorridos vocablos de connotación sexual: “hasta la verga” “hasta el bicho” “hasta la turca” “hasta la cachimba”, “hasta el culo”, “hasta el cerote” o bien se disimulan estos conceptos con las variaciones “hasta la gaver” “hasta la vértebra” o bien “hasta el choby checker”.  Es importante aclarar que estas últimas expresiones también se utilizan como sinónimos de lleno o repleto, así pues cuando un local está a su máxima capacidad se dice que está “hasta la verga” o cualquiera de sus variantes.  Derivado de la expresión “hasta las cachas” que abarca muchos sentidos y que da a entender en extremo, sobremanera, a más no poder, se utilizó mucho “andaba hasta donde dice Collins” en alusión a la marca del machete tan utilizado en el campo nicaragüense.

Cuando el sujeto supera el nivel de 1.3 g/l, presenta alteraciones significativas en su control físico y mental y a medida que va aumentando, puede caer en una intoxicación severa.  En este nivel se mantienen los vocablos “hasta el órgano sexual de su preferencia”, sin embargo, para subrayar el grado superlativo de embriaguez, se agrega el adjetivo “mera”, “andaba hasta la mera verga”, o también puede sustituirse “mera” por  “vil” o “pura”.  Hace muchos años, se utilizaba el vocablo “improsulto” que originalmente significa muy leal, también utilizado como sinónimo de atrevido, descarado, malo o inútil.  Así cuando alguien andaba completamente borracho y su comportamiento era impertinente se decía que andaba “improsulto”.  También ha caído en desuso las expresiones que denotaban similitudes con el comportamiento del sujeto, como eran: “andaba arreando chanchos” o “andaba pegando papeletas”.

Es relevante aclarar que estas expresiones no presentan una discriminación por género, pues a medida que con el tiempo las mujeres han avanzado en los niveles de concentración de alcohol en su sangre, han sido objeto de calificación con todo el vocabulario mencionado anteriormente.  Asimismo, es importante anotar que para ambos sexos se utiliza indistintamente los vocablos que invocan uno u otro órgano sexual.  De esta forma un hombre puede indistintamente estar hasta la verga o hasta la cachimba y viceversa.

También es necesario acotar que como en todo, esta apreciación empírica puede experimentar falsos positivos o falsos negativos, pues de acuerdo a cada individuo, su masa corporal, las condiciones de su hígado, la velocidad con que ingiere el material bélico, así como su calidad, puede reflejarse de diversas maneras en el comportamiento del individuo.  Así pues, se encuentran sujetos que pueden ingerir hasta una media botella de licor, sin arrugar la cara y sin presentar ninguna señal que los delate, en cambio hay otros sujetos que con un solo trago, aun campaneado, presentan señales de una extrema embriaguez y es cuando se dice que “se pican con sopa de chancho”.

Durante mucho tiempo, en especial, en la segunda mitad del siglo XX, existió una presión social, básicamente proveniente del sector masculino, promoviendo el abuso en la ingesta de alcohol, inicialmente entre el mismo género, como una demostración de virilidad y a medida de que las féminas se atrevieron a navegar por esa escala, la presión se manifestó como una moda a seguir.  En esos tiempos, arañar los 1.2 gr/lt., merecía la asignación de la medalla de honor al valor que reflejaba la valía de la persona.  Cualquier desaguisado resultante de este estado simplemente se negaba o se apegaban a la enmienda constitucional de: “borracho no se vale”.

En el siglo XXI parece ser, afortunadamente, que va ganando terreno una tendencia sino a la sobriedad, a la templanza, toda vez que la población está cada vez más consciente de los daños que produce el alcohol al organismo.  Asimismo ha desalentado este consumo, la proliferación de la documentación de casi todos los actos de la vida diaria a través de una cantidad astronómica de cámaras, tanto de seguridad como de los celulares que porta la población y en donde se registran todos los dislates provenientes del abuso del alcohol y en menos de lo que canta un gallo, aparecen en el ciberespacio, donde es imposible hacerlos desaparecer.  Otro factor importante es el relativo a los estragos de la goma, pues por más propaganda que le hagan a un licor, el exceso en su consumo lleva a los terribles efectos del día después.  Así pues, el nivel de andar con “un par de pijazos adentro” podría ser un límite razonable para evitar futuras complicaciones.  En caso de alguien que tenga que conducir, lo más recomendable es que se mantenga “bueno y sano” para tener la conciencia, visión y reflejos al 100%.

 

 

 

 

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Y los sueños…

 

La vida es sueño

Cuento

Se despertó aquella mañana con un sabor amargo en la boca.  Se acordó de alguien que decía que aquel sabor era como si se hubiera chupado una moneda de cinco centavos.  Luego redirigió su memoria tratando de recordar qué había soñado aquella noche, pero no había el mínimo rastro, como si la actividad onírica se hubiese vaporizado.  Mientras exprimía su cerebro en búsqueda de una pista sobre el sueño, entró Mercedes, quien después de saludar le dio un vaso con semilla de jícaro, que desde hacía muchos años el hombre ocupaba como energizante para arrancar el día, pues el café le daba calambrina.  Mientras apuraba aquel bebedizo la mujer que esperaba el vaso, se atrevió al fin y le dijo: -Señor, anoche soñé que usted se moría y nerviosa agregó – Se lo digo para que no suceda, diosito no lo permita.    El hombre, esbozó una media sonrisa y le dijo: -Tranquila, eso es señal de que algo bueno va a ocurrir.

Caminó hasta una de sus tantas oficinas dentro de aquel complejo habitacional y se encontró con Blas, uno de sus asistentes, quien al verlo le dijo: -Buenos días Jefe.  Se ve bien.  Le contestó el saludo lacónicamente y agregó – ¿Y por qué no debería estarlo?   Blas quedó vacilando y al final le dijo: -Es que anoche soñé que lo estábamos velando.  El hombre se quedó un tanto sorprendido, pero retomó la compostura y le dijo: -Vaya, estás reafirmando que las cosas van a mejorar.  Eso significa tu sueño.

Llegó a la oficina y encontró servido su desayuno. En un plato hondo había una generosa cantidad de gallo pinto y en otro plato dos tortillas, todavía humeando.  Sin sentarse comenzó a comer con una cuchara, cuando sonó uno de los varios celulares que había sobre el escritorio.  Lo miró y vio que se trataba de Jonás, su asesor financiero.  –Hola, se escuchó al otro lado de la línea.  –¿Qué pasó Jonás? expresó el hombre. – La operación pendiente ya casi cuaja, es cuestión de horas – respondió Jonás.  – Qué bueno, agregó el hombre, ¿algo nuevo? preguntó.  Jonás calló por un momento y luego le dijo, -qué raro, soñé que estaba en tu funeral.  El hombre se quedó anonadado, pero inmediatamente reaccionó y le dijo -qué bien, eso significa que el plan maestro va a tener éxito.

Terminó de desayunar, siempre de pie, cuando ingresó a la oficina su mujer.  Había olvidado completamente cuándo fue la última vez que se saludaron y a lo más que llegaban por las mañanas era a un gruñido que el otro lo único que hacía era tratar de cambiar de tono. -¿Algo nuevo? pregunto ella.  –No, le respondió y agregó– todo bajo control.   Dejó pasar un par de minutos y le preguntó: -Decime una cosa, ¿qué soñaste anoche?  Ella peló los ojos y después de estudiar su respuesta le dijo: – Soñé que estabas súper elegante, con un traje Armani, una corbata de seda Lacroix, te mirabas muy bien, a excepción de los tacos de algodón en la nariz y en los oídos.  Luego cambió el tono y agregó  – Como bien sabés, eso significa que viene una renovación vital, que se acerca un nuevo ciclo en nuestras vidas que nos conduce a nuevas victorias.  Lo extraño, dijo el hombre, es que parece que todo el mundo soñó lo mismo.  Ella volvió a pelar los ojos, esta vez con mayor intensidad.  – No lo creo, no es posible –concluyó.  En ese momento ingresó una asistente con una pila de carpetas, saludó muy solícitamente.  Puso las carpetas sobre el escritorio y se disponía a salir cuando la mujer le dijo que esperara y le preguntó qué había soñado la noche anterior.  La joven se quedó estupefacta y calló por un rato.  Volvió a ver la expresión de la mujer que denotaba impaciencia y no tuvo más remedio que decir: -Soñé que él, dijo viendo de reojo al hombre, estaba en un ataúd y había muchas flores, montones de flores.  Dicho esto, salió de prisa de la oficina, mientras el hombre y la mujer se miraban con estupefacción.  Entonces ella tomó un teléfono del escritorio y marcó un número.  Era el de una de sus allegadas y sin más ni más, le formuló la misma pregunta, sobre su sueño de la noche anterior.  La mujer desorbitó sus ojos al límite, colgó y dijo: -lo mismo.

Se quedaron en silencio un buen rato.  El hombre de pie y la mujer caminando nerviosamente por toda la oficina.  No contestaron los teléfonos que insistentemente sonaban.  Al rato ingresó en la oficina Rigo, uno de los edecanes.  Saludó cortésmente a la pareja e inmediatamente la mujer le dijo: – Rigo, te apuesto a que adivino lo que soñaste anoche.  El joven la miró sorprendido y no alcanzó a decir nada.  Entonces ella agregó: – Soñaste que alguien moría, ¿verdad?  Pues no, respondió él, no soñé eso.  La mujer se quedó sorprendida y le preguntó: -¿entonces qué soñaste?  Soñé dijo el edecán, que se me aparecía un ángel y me traía un mensaje del Señor, que yo había sido designado para cumplir los sueños de los demás.  Tanto el hombre como la mujer se quedaron estupefactos.  Cuando volvieron a ver a Rigo, observaron que tenía una pistola automática en la mano.  Luego, antes de que pudieran reaccionar escucharon varias detonaciones y de pronto todo se oscureció, dando paso a un sueño profundo, terriblemente profundo.

 

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CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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Llévame al país de las maravillas

 

Mientras transitamos pesadamente por este inmenso valle, las demás ausencias se opacan, las desapariciones de famosos, que en todas partes del mundo se deploran profundamente, terminan por pasar de puntillas por nuestro entorno.  De esta manera el fallecimiento de Charles Aznavour, el más grande cantante francés de los últimos años, ocurrido este primero de octubre a la edad de 94 años, llamó nuestra atención, aunque no rebasó las otras penurias que parecen enquistarse a nuestro alrededor.  Mientras tanto el mundo entero se consternó y lloró ante la pérdida de esta figura emblemática del entretenimiento de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.   Avalan su figura, más de 100 millones de álbumes vendidos, un repertorio de cerca de 1,500 canciones de las cuales más de 800 son de su autoría y por si fuera poco, fue además actor y participó en cerca de ochenta películas.

A pesar del éxito que a nivel mundial había alcanzado Aznavour, desde la mitad del siglo pasado, en Nicaragua pasó casi desapercibido.  Quiero suponer que las apreciaciones del mercado realizadas por las disqueras regionales, allá por los años sesenta, consideraron que no tendría el impacto suficiente para que fuera rentable su promoción por estas latitudes y prefirieron voltear hacia otra parte.  Por eso debo de admitir que salvo alguna ligera referencia, no conocí a este gran cantautor sino hasta los años ochenta, cuando viví en México.

Cuando recién llegado comencé a integrar mi acervo musical prácticamente de cero, un amigo me regaló dos cassettes Memorex de 90 minutos cada uno, uno con el repertorio de Shirley Bassey y el otro con una colección de los mejores éxitos de Charles Aznavour.  Ahí me di cuenta que algunos de los temas de este afamado cantante nos habían llegado a través de covers.

A mediados de los años sesenta conocimos el tema, interpretado por Alberto Vázquez: Te espero mismo que aparece en los títulos de la película “Perdóname mi vida” protagonizada por este cantante y Angélica María.  Aquí cabe la aclaración la canción original fue una composición conjunta entre Gilbert Bécaud, quien escribió la música y Charles Aznavour que se ocupó de la letra.  Ambos artistas la cantaron, cada quien en su estilo y la versión de Alberto Vázquez tiene un acompañamiento copiado al carbón de la versión de Bécaud, un tanto al estilo de las grandes bandas.  Yo prefiero la versión de Aznavour, pues el estilo de la orquestación es más depurado.  La letra de la versión de Vázquez desde luego es un intento de traducción del tema original.

Más o menos para esa misma época, el cantante argentino Juan Ramón, apodado “Corazón” nos llevó una versión muy bien lograda de Venecia sin ti, que Aznavour había elevado a lo más alto de la fama e incluso con una versión en español que nunca nos llegó, cuya letra es la misma que la del argentino.  La voz de Juan Ramón, que ya había captado el gusto popular con su tema “Se ha puesto el sol”, influyó para que dicha canción quedara para siempre en la mente de todos los nicaragüenses.

En ese mismo tiempo, un día mi padre se apareció con dos discos Long Play, ambos de un pianista tico, desconocido para todos, llamado Vernon Hine, apodado El Pibe.  Los discos llevaban como título “En casa con el Pibe Hine” volumen uno y dos.  Era un popurrí de varios temas, como Niebla del riachuelo, Caminos de ayer, La flor de la canela y muchos más.  Entre ellos estaba una muy buena versión del tema de Aznavour, Et pour tant (Y sin embargo) traducida como Y por tanto. A todos en la casa les gustó el estilo de El Pibe, así que aquellos discos fueron escuchados innumerables veces.

Años más tarde, conocí el tema Yesterday when I was young, en una versión de Andy Williams, sin saber que se trataba de Hier Encore de Aznavour.

Así fue que por muchos años, aquel cassette que gentilmente me había regalado mi amigo Roberto Martínez, fue mi fiel acompañante,  aficionándome a la música de Aznavour.  Años más tarde, ya de regreso en Nicaragua, decidí ingresar a la Alianza Francesa, pues sentía que esa música, más que escucharla había que leerla, como decía el propio Aznavour.    Luego vino el Internet y Youtube y fue más fácil adentrarme al mundo de aquella música.

Al leer la noticia de la muerte de Aznavour, inmediatamente se me vino a la mente el tema Hier encore, que nos hace reflexionar sobre la profundidad de la nostalgia de los años perdidos, ese divino tesoro que se fue para no volver:  “Apenas ayer, tenía veinte años, acariciaba el tiempo, jugaba con la vida, como se juega al amor y vivía la noche, sin contar con mis días que  escapaban en el tiempo”.

Tuve la oportunidad de ver el video del funeral de Aznavour.  Impresionante ver como el hijo de inmigrantes armenios, con una niñez llena de penurias y una feroz lucha para llegar a destacar, fue distinguido en su muerte con uno de los honores más elevados en Francia:  un funeral de Estado, el homenaje más grande ofrecido a un artista francés en toda su historia.  En el Patio Interior ( Cour d´honneur ) del Palacio de los Inválidos, en donde reposan los restos de Napoleón, se realizó el evento solemne en donde asistió la  crème de la crème de la intelectualidad, con la participación de los presidentes de Francia Emmanuel Macron y de Armenia Armen Sarkissian, quienes dirigieron sendos emotivos discursos enalteciendo la figura de Aznavour.

Al terminar el acto, el ataúd de Aznavour, cubierto por la bandera francesa, cargado por diez militares y seguido por una corona de flores que formaban la bandera de Armenia, es llevado fuera del patio, mientras el coro de la Guardia Republicana (aunque usted, ni nadie por aquí pueda creerlo) entonó el tema Emmenez moi (Llévame) una de sus canciones más emblemáticas y que en una parte dice:  “Llévame al final de la tierra, llévame al país de las maravillas, creo que la miseria sería menos penosa al sol” sin haber sospechado que en el final de la tierra, en el país de las maravillas, la miseria se magnifica al sol.

Finalmente, los restos del Aznavoice, como también se le conoció, salen por el Cote du Nord del patio y se pierden de vista, mientras viene a la mente una infalible verdad, que el cantante pareciera dirigir a todos:  Et je t´attands ( Y yo te espero ).

Reposer en paix

 

 

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