De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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La dulce ingenuidad

 

Desde hace unas dos semanas he observado en Facebook, la proliferación de usuarios que aparecen agradeciendo a determinada línea aérea por haber, supuestamente, obtenido dos boletos gratis de dicha empresa.  Me llamó la atención que los agradecimientos eran hacia diversas líneas aéreas, desde Continental hasta Iberia.  Más raro aún, se me hizo que todas lo hacían en ocasión de celebrar sus noventa años de fundadas.  No se necesita tener la perspicacia de Rick Harrison para olfatear algo sumamente sospechoso.  Es prácticamente imposible que veinte líneas aéreas fueran fundadas en 1927 y todas coincidan en una promoción de regalar dos boletos aéreos por persona.  Más recientemente, algunas empresas de seguridad informática han alertado a los usuarios sobre esta estafa (scam en inglés) en donde algunos ciber delincuentes se han aprovechado de la ingenuidad de los usuarios para hacerlos llenar cuestionarios con fines maliciosos.  Estos cuestionarios están escritos en un español que parece haber sido redactado por Tarzan.  Las líneas aéreas desde luego se han desligado de esta supuesta “promoción”.

 

Será acaso por el peso de todos los dogmas que nos hemos dejado adosar por tanto tiempo, que el ejercicio de la duda ha sido relegado de nuestro razonamiento, de tal forma que muchas veces nos damos de narices con lo obvio, sin siquiera contar hasta diez antes de reaccionar, cayendo muchas veces en el inmenso mar de la ingenuidad.

 

Con los grandes avances tecnológicos en la segunda mitad del siglo XX, la humanidad vislumbró el inicio de la sociedad del conocimiento.  La aparición del internet puso al alcance de los individuos una cantidad descomunal de información.  No obstante, fue tal el entusiasmo que provocó en los usuarios, que muy pocos lograron discriminar la información verdadera y útil, de toda la basura que comenzó a generarse en ese ámbito.  Los efectos primarios no fueron más allá de amplios sectores mal informados y la proliferación de mitos y leyendas urbanas al por mayor.  No obstante, en la segunda mitad de los años noventa comenzó a expandirse los fraudes perpetrados a través de los correos electrónicos de incautos usuarios.  La más famosa de estas estafas es la conocida como Estafa Nigeriana, llamada así por originarse en aquel país africano.  Debe señalarse que ya se habían registrado algunos antecedentes a través del correo postal y luego mediante el fax.  La estafa funcionaba de la siguiente manera: de repente, llegaba al correo electrónico de cierta persona, una comunicación de parte de un sujeto radicado en Nigeria que afirmaba poseer una inmensa fortuna, pero que por ciertas razones, tenía que trasladarla a una cuenta bancaria fuera de ese continente, de tal manera que ofrecía una más que generosa comisión por mantener los fondos en la cuenta de la víctima, para lo cual, si esta mordía el anzuelo, debía de enviar previamente ciertas sumas de dinero para pagos de gestiones diversas.  No pocas personas cayeron en la trampa y fueron afectadas seriamente en sus patrimonios.  Este tipo de estafa tuvo sus variantes entre las cuales estaban la del premio de lotería, el regalo de mascotas y otras modalidades similares.

 

Con la expansión de las redes sociales, en especial Facebook, Twiter y WhatsApp, se fue ampliando el engaño de manera exponencial.  De esta manera encontramos a las noticias falsas conocidas con el nombre de “bulos” (“hoax” en inglés) y las estafas propiamente dichas conocidas con el nombre de “scam”.

 

En lo que respecta a las noticias falsas están aquellas que no persiguen fines maliciosos, más que aumentar el tráfico hacia ciertos sitios o simplemente alimentar el espíritu bromista de quienes difunden el bulo.  En esta categoría están las noticias falsas sobre la muerte de cualquier personaje famoso.  Bien puede tratarse de algún personaje que se encuentra en alas de cucaracha o bien que se encuentre perfectamente bien de salud y lo anuncien fallecido en un accidente de tránsito.  Antes de emular el oficio de plañidera conviene poner la noticia en modo “duda” y contrastarla preferiblemente en un periódico digital del país del personaje aludido.

 

Otro bulo que estuvo muy en boga hace algún tiempo fue la noticia de que cierta compañía, desde Facebook hasta Microsoft, iba a donar cierta cantidad de dinero por cada “Me gusta” (Like) a determinada imagen con algún niño enfermo o algo similar o bien por compartir el mensaje.  Luego siguieron las variantes de reunir cierta cantidad de “Amén” a determinada circunstancia con el ánimo de obtener algún cambió favorable para determinada persona o situación.  Otros más agresivos presentaban la fotografía de una inmensa cantidad de dinero, dólares preferiblemente, prometiendo que si la compartían entre sus contactos, en determinado plazo recibirían una fuerte cantidad de dinero, pero si se ignoraba aquella invitación, le caerían siete años de mala suerte.  Habrase visto.  Otros más avezados presentan insistentemente meses que tengan muchos domingos o en donde coincidan igual número de fines de semana o cualquier idiotez similar y prometen la recepción de buenas noticias, buena fortuna o al final bendiciones en caso de compartir aquella trascendental noticia.

 

Otra categoría aparte la componen los remedios milagrosos para toda suerte de padecimientos, algunos sucedáneos a la quimioterapia y que es necesario leerlos o compartirlos antes de que las mafias farmacéuticas los eliminen de la red.   De la misma manera se propagan noticias sobre determinados medicamentos que producen desde cáncer hasta la muerte súbita, sin olvidar los beneficios de la Coca cola para destapar cañerías y limpiar la sangre en el piso.

 

Son muy gustados aquellas noticias que se refieren a situaciones dramáticas o violentas y que generalmente llevan como título: ¿A qué no se imaginan lo que le sucedió a un niño cuando llegó a su casa?  Estos bulos siempre provocan la curiosidad del usuario, obligándolos a ingresar al sitio para ver de qué se trata.

 

Otros de estos bulos atacan a determinadas compañías a través de situaciones en su mayoría falsas, como fue el caso del micrófono oculto en las baterías de los teléfonos Samsung, que permitía a la CIA escuchar todas las conversaciones del usuario.

 

Muchos cibernautas se fueron de frente con una supuesta advertencia que pusieron en sus muros en donde basados en el Estatuto de Roma, no aplicable por cierto, prohibían a Facebook el utilizar sus fotos e información sin la autorización expresa del usuario, siendo que al momento de abrir su cuenta en dicha red social, autorizan a Facebook a eso y más.

 

Las fotografías falseadas también han inundado las redes.  El caso más famoso ocurrió cuando un prestigiado periódico español, publicó digitalmente y casi lo hace en su versión impresa, una supuesta fotografía de Hugo Chávez intubado en Cuba, habiéndose descubierto, casi a tiempo, que se trataba de otra persona intervenida unos años atrás.  El diario en cuestión logró detener la edición impresa y retirar la fotografía, sin embargo, en la edición en línea la foto permaneció por cierto período, obligando al diario a pedir disculpas posteriormente.   Es posible que el propio Chávez estuviera en realidad intubado e incluso muerto en aquellos momentos, pero aquella foto no era de él.  Asimismo, tal vez muchos recordarán la fotografía de un niño que cruzaba un desierto solo, porque había perdido a sus padres y que en otras fotografías se constató que viajaba con sus padres y otros refugiados.  Otra foto impactante fue la de un niño que dormía entre las tumbas de su padres y posteriormente se filtró otra foto con el mismo niño, muy quitado de la pena, sonriendo a la cámara y haciendo la “V” de la victoria.  También recordarán la foto de un torero que supuestamente llora arrepentido por su crueldad con el animal y resulta que se trataba de uno de sus lances ante el astado.

 

Cuando una noticia se anuncia con el sello: “ya es oficial” es seguro que esconde un bulo.  Había una que aseguraba que Facebook pasaría a ser de pago y daban una serie de instrucciones para continuar de gorra en esa red.  También otra noticia declaraba de manera “oficial” el inicio de la Tercera Guerra Mundial, avalada la misma por el propio Vaticano.  De la misma forma se han propagado noticias oficializadas por la NASA sobre apagones universales, explosiones solares, etc. No hace mucho, recibí un mensaje a través de WhatsApp, de parte de una fémina que se presentaba como Gerente de esa aplicación, advirtiendo sobre medidas que tomaría esa empresa y que invitaba a realizar determinadas acciones.

 

Es obvio que los personajes famosos son el blanco preferido de estos bulos, llevando la delantera el Papa Francisco, cuya oficina de relaciones públicas pierde una gran parte de su valioso tiempo desmintiendo falsas declaraciones del pontífice.  Esto por otra parte, no deja de ser una ventaja para cualquier personaje público, pues en caso de un desliz de parte del personaje, puede pasarlo luego a la canasta de los bulos y desmentir la nota.

 

En el terreno de la política también es un recurso muy socorrido la propagación de las noticias falsas, utilizándose para deteriorar la imagen del adversario, como fue el famoso caso del Pizzagate, en donde quisieron ligar los correos electrónicos de la candidata Hillary Clinton con una red de pedofilia.  O bien, la supuesta nacionalidad colombiana de Nicolás Maduro, que es la fecha y no existen evidencias de que esto sea cierto, llegando al extremo de que algunos de sus compinches afirman que Maduro podrá ser todo lo que de él se dice, menos colombiano.

 

En el terreno de las estafas o “scam” y la modalidad de Phishing, que suplanta a un sitio web,  se hicieron famosos aquellos anuncios que ofrecían sueldos atractivos trabajando desde casa, para lo cual, los incautos debían llenar formularios con sus datos, sin darse cuenta que se trataban de ciber delincuentes que trafican con estos datos para luego utilizarse en el robo de identidades.  De la misma manera, usuarios de sitios de compra venta, como E bay y Mercado Libre, han sido víctimas de estos delincuentes a través de mensajes falsos y maliciosos con fines de estafa o de robo de identidad. Recientemente, algunos bancos comerciales han advertido a sus clientes sobre comunicaciones con fines fraudulentos que captan datos y contraseñas de los incautos con el fin de intervenir sus cuentas bancarias.

 

En fin, cada vez, quienes generan todos estos engaños, se van especializando en la práctica del engaño y recurrirán a más refinados métodos para conseguirlo, de tal manera, estimado lector, que hay que estar cada día más alerta respecto lo que nos llega a través del internet.  En principio, es saludable dudar ante todo.  No es conveniente apegarse a la certeza de nada.  Cualquier noticia, invitación, oferta o similar, páselo primero por la nicaragüense práctica del violonchelo, con un largo: Mmmmmmmmmmmm.  Luego, contraste la noticia, busque fuentes alternas, investigue las alertas de empresas de seguridad en la red, nunca tome a priori, como verdadera, una noticia que circule en la red.

 

Así pues, es menester recordar siempre el famoso adagio norteamericano, erróneamente adjudicado a Milton Friedman (aunque lo utilizó frecuentemente) “There is no such thing as a free lunch” (no hay almuerzo gratis).  Hay que tener presente que ninguna empresa le otorga dinero a nadie por el hecho de recolectar determinada cantidad de likes.  De la misma manera, debemos estar conscientes que el dinero no cae del cielo, solo se obtiene mediante el trabajo productivo y el emprendimiento eficaz. Por otra parte, las enfermedades se curan mediante el tratamiento adecuado y oportuno; no hay cura por compartir una noticia o por ponerle like o amén.

 

Asimismo, hay que recordar que la edición fotográfica ha avanzado considerablemente, de tal forma que ni siquiera una fotografía puede evidenciarnos la realidad.

 

Por lo anterior, estimados lectores, es pertinente recordar a Sir Francis Bacon cuando dijo: “Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; pero si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas”.

 

 

 

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El Tigre

 

Mil novecientos sesenta fue un año funesto para mi abuelo.  En febrero murió mi abuela y él se quedó, como decían: “como papalote sin cola”.  Poco a poco se fue abandonando y se dejó morir.  Nunca fue una persona que desbordara alegría; no cantaba, no bailaba, no reía a carcajadas, de tal manera que su dolor, al perder a su pareja de casi cincuenta años, se manifestó en una terrible depresión que se le adivinaba en sus ojos, en su respiración, en su voz.

Nada volvió a ser lo mismo para él.  Hacía las cosas como por inercia y todo en él gritaba la desgarradora ausencia de mi abuela.

Una mañana apareció por su botica un individuo preguntando por él.  Era un hombre que fácilmente sobrepasaba los ochenta años.  Tenía un aspecto descuidado, su cabello y bigotes eran completamente blancos y de pronto parecía uno de aquellos mineros de la fiebre del oro en California.  Sin embargo, lo más notorio en él era un constante temblor, especialmente en su mano derecha.  Mi abuelo fue a recibirlo y el anciano aquel lo abrazó y le dijo algo, mi abuelo no dijo nada y simplemente lo invitó a sentarse en la salita improvisada en su negocio.  Comenzaron a conversar en voz baja y al rato, mi abuelo solicitó que le llevaran de desayunar a su visitante.  Al rato, la tía Leticia, sobrina de mi abuela, se apareció, con cara de pocos amigos, con una bandeja con café con leche y un bollo de pan.  El visitante con cierta dificultad tomó todo el desayuno y después de conversar un rato más con mi abuelo se despidió.

A partir de aquella ocasión, el individuo aquel comenzó a frecuentar sus visitas a mi abuelo y se llegó a hacer la costumbre que la tía Leticia, ahora sin necesitad de requerimiento, se apareciera con el pocillo de café con leche y el bollo de pan.  Conversaban un rato, después de lo cual el personaje aquel se despedía y se iba.

Cierto día la tía Mélida, media hermana de mi abuela, se encontraba en la botica, pues ella se movía entre Masaya y San Marcos con su venta de lotería y de lecheburras y resultó que cuando salió a la botica se encontró con mi abuelo que conversaba con su visita, quien con la dificultad de siempre apuraba el café con leche, acompañado de su bollo de pan.  La tía Mélida lo miró y después de un instante, lo reconoció y se quedó helada.   Fue hasta donde estaba la tía Leticia y le espetó: – ¿Qué hace ese hombre aquí?  Ella, con tranquilidad le respondió: -Es una visita de Don Emilio, creyendo que eso bastaría para que se calmara.  Al contrario, casi morada de la indignación le dijo: -Pero si es El Tigre.  La tía Leticia, que siempre buscaba como hacerle guasa a su tía, le dijo: – Será muy tigre, pero ahora ya ni ruge.   La tía Mélida que había cambiado a un morado subido, le dijo con la respiración entrecortada: – Ese tipo es un matón, ahí donde lo ves, tiene su cementerio particular, además tiene los siete vicios del garrote.  Total ante el individuo aquel, el propio Juan Charrasqueado quedaba como San Francisco de Asís.   La tía Leticia, ajena a todos aquellos antecedentes, se limitó a decir: – Es una visita de Don Emilio.

En otra época, la tía Mélida hubiera insistido con mi abuela para evitar la presencia de aquel malévolo personaje, sin embargo, al faltar ella, la correlación de fuerzas en aquella casa había cambiado drásticamente.  Mi padre, a quien le hubiese correspondido intervenir, trabajaba a tiempo completo en el Hospital Bautista y cuando le comentaron, no quiso provocar ninguna contrariedad a mi abuelo, pues como médico, sabía que su salud iba en franco deterioro.

En efecto, al poco tiempo, mi abuelo tuvo que ser hospitalizado debido a un enfisema derivado de tantos años de fumar, además que otros factores habían comenzado a provocar ciertos episodios de desubicación.  Al salir del hospital, mi padre estimó conveniente que mi abuelo se trasladara a nuestra casa, pues ahí podía tener un seguimiento más cercano de parte de mi madre en el día y de mi padre por la noche.  Un poco a regañadientes mi abuelo se trasladó.

Lo interesante es que a pesar de que mi abuelo no estaba más en su botica, El Tigre, seguía llegando, entonces solo por su desayuno.  Esto ponía a la tía Mélida de mal humor y no cesaba en su perorata protestando por aquel compromiso que de forma gratuita se había echado encima la tía Leticia y que según esta última era solo una muestra de consideración a Don Emilio.

En nuestra casa, más que su botica y su alquimia, lo que más extrañaba mi abuelo eran sus cigarrillos.  Mi padre le había prohibido fumar y a pesar de que entendía que era por mejorar su condición, no se resignaba a dejar el placer de fumarse un cigarrillo.  En cierta ocasión, me suplicó con tanta vehemencia que le consiguiera un cigarrillo, que la verdad no pude negarme y fui a la pulpería a conseguir su Esfinge y aprovechando que mi madre estaba preparando la comida, salimos al porche y ahí fumó aquel cigarrillo, con tanta fruición que de pronto sus ojos parecieron recobrar el brillo que habían perdido.  Aproveché aquel estado de extremo placer de mi abuelo para preguntarle de dónde conocía al Tigre.  Para mi sorpresa, me contó la historia.

Por los años treinta, mi abuelo buscó fortuna sembrando granos básicos en la costa del Pacífico, al sureste de San Rafael del Sur, en la zona conocida como Tancabuya.  En ese menester, tuvo ciertas diferencias con unas personas del rumbo, con quienes llegó a agrias discusiones y al final, aquellas personas decidieron emboscarlo en su camino de regreso a San Marcos.  En efecto, en un paraje lo estaban esperando, lo bajaron del caballo y estaban prestos a hacerlo picadillo, cuando del recodo del camino apareció un individuo que pistola en mano comenzó a disparar contra los atacantes.  Luego, el tipo aquel, se acercó a mi abuelo, le preguntó si estaba bien y le dijo que siguiera su camino sin temor.  Mi abuelo le agradeció y siguió su camino.  Los pormenores de aquel episodio, en especial la suerte que corrieron sus atacantes se los reservó mi abuelo. Me dijo que era cierto que ese sujeto había realizado muchas tropelías, pero que en su caso, le debía la vida.   Fue entonces que comprendí, la deferencia que tenía mi abuelo por el famoso Tigre.

En septiembre de 1961, falleció mi abuelo después de una prolongada agonía.  Todavía después de su muerte, El Tigre, compungido llegaba por su desayuno a la botica.  La tía Mélida le repetía hasta el cansancio a mi tía Leticia que muerto el ahijado se acabó el compadre, pero aquella no hacía caso y seguía brindándole su pocillo de café con leche con su bollo de pan.  En cierta ocasión, la Tía Mélida, a falta de argumentos para evitar aquella situación, la amenazó diciéndole que si no dejaba de servirle a El Tigre, cuando ella muriera le iba a salir.

Al poco tiempo, una tarde que regresaba en bus del colegio, al llegar a mi casa, me encuentro con un sinnúmero de silletas de tijera, una cantidad considerable de personas que al ingresar me daban el pésame.  Como dice el Prócer: “Se me fueron los pulsosmmmm”  Hasta que vi a mi madre quien me abrazó y me dijo en voz baja: – Tu tía Mélida.   Le había dado un infarto fulminante.  En un rincón estaba la tía Leticia, con una expresión de terror en sus ojos.   Después del entierro, le pidió a mi padre que le diera posada para dormir en nuestra casa pues no quería pasar una noche más en la botica.

A partir de entonces, no volvió El Tigre a aparecerse por la botica.  Sería tal vez que la tía Leticia de alguna forma ante la amenaza de la tía Mélida lo cortó o sería que algo le sucedió al felino aquel.

Ya son casi sesenta años desde que conocí al Tigre y parece mentira, pero todavía lo recuerdo muy bien.  Cada vez que alguien que en su juventud cometió todo tipo de desmanes y en su tercera edad, a la sombra de sus canas, ofrece una imagen de beatitud, de quien no quiebra un plato, recuerdo aquella figura, triste, luchando ferozmente contra los estragos del Parkinson, bebiendo dificultosamente su café con leche y haciendo malabares con el bollo de pan para llevar el sustento a su boca y conversando en voz baja, con cierto tono papal, olvidando tal vez el rugido de antaño, la mirada feroz y cómo no le temblaba la mano para tomar su Colt Peacemaker y vaciar los seis cartuchos del tambor sobre alguna desafortunada humanidad.

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La del niño

 

Mi primer año de universidad fue realmente alucinante.  Después de la infame peloneada que hacía que los flamantes bachilleres en ciencias y letras supiéramos que éramos simples mortales y no la mamacita de Tarzán, los profesores se encargaron de enseñarnos a amar a Dios en tierra ajena, Roberto Zelaya con la lógica matemática, el decano Julio Vega con Samuelson y la elección entre producir cañones o mantequilla, el recordado Cuadrita con los principios contables del debe y del haber y un profesor que solo recuerdo que le decían Terry con las teorías administrativas de Taylor y Fayol.  Por si esto fuera poco, llegaba a la facultad como “gallina comprada” como decían en el pueblo, pues no conocía absolutamente a nadie.  Ninguno de mis compañeros de bachillerato se había atrevido a estudiar Economía.

Poco a poco fui descubriendo un tema que parecía flotar en el ambiente y que llegaba a constituir un enlace entre la enorme diversidad de alumnos y era la música.  En los recesos se escuchaba hablar de 500 millas, de Black is black, de San Francisco y lo extraño que parecía aquello de “flores en tu pelo”.  De esta manera fui haciendo contacto con compañeros que no paraban de hablar de música.  Ahí también descubrí a algunos integrantes de los conjuntos musicales que estudiaban en años superiores en la facultad: Emilio Ortega, Lino García y Elías Cárcamo y que en mi grupo estaba el legendario disc jockey Conrado Pineda, que en aquel tiempo trabajaba en la 590.

En cierto momento surgió en aquellos improvisados foros, un tema que llamaba poderosa la atención.  Se trataba de una balada que estaba sonando fuerte en todas las emisoras locales.  Era una balada rock de corte romántico con el sonido electrónico propio de los conjuntos de la época, con una breve introducción de guitarras eléctricas y luego un cantante que reclamaba: “Di que fue de nuestro amor, que todo se esfumó, yo siempre me recordaré de los besos que te di…”  El tema se ubicó pronto en los primeros lugares de las listas de popularidad, sin embargo, lo que más llamaba la atención era el título pues en las emisoras la anunciaban como La del niño.  Por más que repasábamos la letra, no encontrábamos ningún vestigio que pudiera relacionar la letra de la canción con un niño.  Por un buen rato manejamos en aquel foro las más descabelladas teorías sobre el posible origen del título de la canción y que indefectiblemente caían en puras pláticas de preso, pero que al fin de cuentas hacían que nos desconectáramos de la tautología de la lógica proposicional que nos trataba de enseñar Zelaya, para adentrarnos en la ley de los rendimientos físico marginales decrecientes con el decano Vega.

De pronto una nueva corriente vino a desplazar a todos los éxitos que luchaban por permanecer en el gusto del público, los Rockets sacaron su álbum en la Tortuga Morada y nuevos temas se adueñaron de las listas de popularidad.  Sin embargo, siempre quedó como asignatura pendiente el origen del nombre de aquel tema.  Muchos años después, algunos libros que describían la música de los años sesenta tocaron el tema un tanto de refilón, sin embargo, lo interesante de la historia de aquel éxito merece describirse un tanto a detalle.

El tema que nos ocupa es original del grupo Los Super Twisters de El Salvador, uno de los pioneros de la música rock de aquel país y que fueron los primeros en grabar un disco con música rock.  El grupo estaba integrado por Eduardo “Guayo” Meléndez en la guitarra, Ricardo “El chele” Escobar en el bajo, Salvador “Chamba” Rodríguez en la batería, Carlos Langenner en los teclados y Ricardo “Lord Darkie” Jiménez Castillo, cantante.  En el año 1964 el sello Kismet de ese país, accedió a la grabación de un disco de 45 r.p.m. de Los Súper Twisters, habiendo seleccionado el grupo el tema What I said, que grabara Ray Charles en 1959.  Para la otra cara del disco, el grupo no se decidía hasta que llegaron al acuerdo que sería la canción de “El Niño”, pues la música de ese tema había sido compuesta por Eduardo “Guayo” Meléndez a quien le apodaban El niño  y la letra por Chamba Rodríguez.  De esta forma salió el primer sencillo de música rock en El Salvador con el hit de Ray Charles en una cara y el tema denominado La del niño en la otra.

Es necesario remarcar que el vocalista del grupo Ricardo Jiménez Castillo, llegó a convertirse en uno de los mejores arquitectos de El Salvador y es el artífice de La Torre Democracia (Torre Cuscatlán) en el Boulevard de Los Próceres, en la capital cuscatleca, así como la Torre de Cristal y el puente Las Chinamas, asimismo, fue el impulsor y director de la reconstrucción del Teatro Nacional de El Salvador.

En aquellos años, todavía no había un intercambio de música moderna entre los países de Centroamérica, sin embargo, en un festival que se realizó en El Salvador en 1965 participaron los Music Masters.  Al grupo nica le gustó el tema en cuestión y lo tomó prestado.   A su regreso, los Music Masters lo incorporaron a su repertorio y llegaron a grabar una versión.  Cabe aclarar que la misma era un poco más lenta que la original.  Al poco tiempo, otro grupo nicaragüense que iba en ascenso escuchó la versión de los Music Masters y también la grabó.  Se trataba de los Bad Boys y su versión del tema resultó más atractiva.  Hay una gran similitud entre las versiones de los dos conjuntos nicaragüenses, sin embargo, el vocalista de los Bad Boys Humberto Hernández “El gordo Beto” tenía una voz más atractiva que la del vocalista de los Music Masters y en efecto, aquella fue la versión que tuvo más éxito en nuestro país.

Si se escuchan todas las versiones de La del niño, de una manera desapasionada, puede colegirse que la versión de los Bad Boys supera incluso a la original de los Súper Twisters, con perdón de los amigos cuscatlecos.  Es más, cuando Guayo Meléndez y Chamba Rodríguez formaron el grupo Los Mustangs, grabaron una nueva versión de La del niño, tratando de emular un poco el estilo de los conjuntos españoles de esos años, sin embargo, tampoco supera a la del Gordo Beto y los Bad Boys.

Después de cincuenta años, ya ha llovido mucho, han aparecido y desaparecido miles de temas musicales y aquella enigmática canción se mueve entre las arenas del tiempo y del olvido.  Ya incluso algunos personajes ligados a este tema como Humberto Hernández, así como Ricardo Jiménez Castillo, se nos han adelantado.  De vez en cuando alguien que ya no hace fila en los bancos navega en las inmensas aguas de Youtube, de casualidad se encuentran con La del niño, será presa de la emoción y la nostalgia, pero de manera invariable, nuevamente se les vendrá a la mente: ¿Cuál niño?

 

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Al di la

 

Era el año 1963 y el país estrenaba un presidente ajeno a la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, quien para muchos solamente jugaba un papel en el teatro de la dinastía.  En el pueblo, se vivía una calma chicha y mientras los adultos jugaban al análisis político, los muchachos procedíamos a guardar los soldaditos de plástico, las espadas y pistolas de juguete y las damitas sus muñecas y juegos de té, pues la adolescencia nos había alcanzado y nuestra monomanía era entonces bailar en las fiestas y tertulias del pueblo.  Ya era época de los bailes de quince años, además de las fiestas que con cualquier motivo se organizaban en diversos locales.  No éramos tan exigentes y un modesto equipo de sonido nos bastaba para bailar por varias horas.  Los más jóvenes calmábamos la sed con una que otra gaseosa y los más aventurados ya se echaban al coleto una o varias cubas o cervezas.

En una de aquellas tertulias, como quien saca un as de la manga, el encargado de la música del evento, Al Capone… los discos, ya que los DJ´s ni pensaban existir, puso un tema que nos dejó prácticamente anonadados.  Estaba interpretada en italiano y en aquel momento no teníamos idea de lo que decía, pero su melodía era romántica en extremo.  Alguien del grupo explicó que se trataba de “Al di la” (Más allá), y era interpretada por Emilio Pericoli, para nosotros un soberano desconocido y cuyo apellido nos causaba un poco de gracia, pues nos sonaba a un pequeño chocoyo.  Después de esa ocasión, el tema aquel se transformó en el preferido en los bailes y se tocaba no menos de una veintena de veces en toda la noche.  En las radioemisoras también empezó a dominar aquel tema y de pronto todo el espectro radial la repetía hasta el cansancio.

Cabe recordar que muy pocas canciones italianas nos habían llegado en su idioma original, salvo tal vez las de Domenico Modugno, “Nel blu dipinto di blu” o “Piove” o bien “Come prima” de Tony Dallara.  El resto eran covers en español de éxitos italianos que se habían internacionalizado, como el caso de “La hiedra”.  No obstante, poco a poco fuimos tomándole sabor a la letra de aquel tema y a adivinar su significado, al fin y al cabo las palabras en ese tema eran muy parecidas a su equivalente en español.

La melodía por su parte, era romántica en extremo y de una dulzura exquisita, de tal manera que con aquel fondo musical, íbamos a bailar mientras nuestras mentes volaban más allá de las más almibaradas fantasías.  Con cierto estupor, mezclado de una pequeña dosis de envidia, observábamos a ciertas parejas que llegaron a vivir tórridos romances al compás de aquella canción, unos más tórridos que otros.  Fueron muchos meses, muchas fiestas, muchos bailes en donde aquella canción fue la reina de la noche, hasta que Boby Vinton llegó con su “Blue Velvet” y destronó a Emilio Pericoli y su tema.

Muchos juraban que el tema era original de Emilio Pericoli y no había nadie más alrededor del mismo, es más muchos pensaban que él era el autor de aquella canción.  Meses más tarde, el público pudo ver el verdadero rostro de Emilio Pericoli.  Para quienes estudiábamos en el Pedagógico de Diriamba, asociábamos aquel nombre a la figura del Hermano Emilio quien obviamente fue bautizado como Pericoli.  Pues bien, en la película “Los amantes deben aprender” (Rome Adventure) los protagonistas,Troy Donahue y Suzanne Pleshette, están en un restaurante en Roma y sorpresivamente aparece Emilio Pericoli interpretando precisamente “Al di la”.  Ahí se comprobó que el verdadero Pericoli era diferente al ínclito hijo de La Salle, pues mientras el último era rubio como Pedrarias, el verdadero tenía el cabello completamente negro.

Lo interesante del caso es que la historia de aquella canción es más fascinante de lo que pensamos.  En realidad “Al di la”, salió de la mente de la dupla italiana formada por el brillante compositor Carlo Donida y el letrista Giulio Rapetti, conocido como Mogol.  Esta pareja también había compuesto el tema “Uno dei tanti”, cuyo cover en español sacaron Enrique Guzmán y Alberto Vásquez bajo el nombre “Uno de tantos” y que al final fue Alberto quien ganó la partida al ser escogido para cantarla en la película “Perdóname mi vida” con Angélica María y Mauricio Garcés.  Asimismo, esta dupla italiana también sacó el tema “Abbracciame forte”, que luego refriteara en español Enrique Guzmán con el título de “Abrázame fuerte”.

El tema “Al di la”, originalmente le fue asignado a Betty Curtis, cantante italiana cuyo verdadero nombre era Roberta Corti, para que participara en el Festival de San Remo de 1961.  Como en dicho festival, lo que se calificaba era la canción en sí y no el intérprete, en ese tiempo, cada tema era ejecutado por dos intérpretes y en ese caso la otra versión estuvo a cargo del gran cantante Luciano Tajoli, quien había hecho famoso el tema “Angelitos Negros” en una versión en italiano.  “Al di la” alcanzó el primer lugar en San Remo y fue seleccionada para representar a Italia en el Festival de Eurovisión de ese mismo año, en donde obtuvo el 5º lugar.

Hasta ese momento, Emilio Pericoli no había tenido ninguna relación con “Al di la”.  Sin embargo, para su fortuna entró en acción Delmer Daves, guionista, productor y director norteamericano, quien tenía una fructífera carrera en Hollywood con películas de acción, bélicas y westerns principalmente y una que otra romántica como la famosa “A summer place”.  En 1957 Daves compró los derechos de una novela llamada “Los amantes deben aprender” de Irving Fineman y por un buen rato estuvo dándole vueltas al proyecto, manejando para su ubicación Suiza, París y finalmente Roma.  Tenía un buen rato tratando de promover a un actor con la figura del típico joven norteamericano, alto, blanco, rubio y que previamente había utilizado en “A summer place” y “Parrish”.  Para la protagonista femenina tenía en mente a la bella Natalie Wood, sin embargo, al final esta renunció y el papel le fue asignado a Suzanne Pleshette, joven actriz que tenía un ligero parecido con Elizabeth Taylor.  Completaron el elenco Angie Dickinson y Rossano Brazzi.

Daves deseaba ambientar el film en Roma con mucha música, de tal manera que adquirió los derechos de varios temas, entre ellos “Volare”, “Arrivederci Roma”, “Torna a Sorrento”, “Santa Lucía”, “Oh Marie” y desde luego “Al di la”.    Sin embargo, para este último tema Daves pensó que necesitaba un cantante varón, cuya figura no desentonara con lo apuesto de Troy Donahue.  Así fue que surgió Emilio Pericoli, quien tenía una carrera de cantante y de actor al mismo tiempo y en ese momento a sus 34 años tenía una figura envidiable, que Luciano Tajoli nunca hubiese llenado.  En la escena del restaurante, de improviso entra Pericoli con el tema “Al di la”, acompañado con un modesto conjunto de dos violines, contrabajo y batería, que para los fines de la escena bastaban.  En el intermedio, Troy Donahue, quien ya tiene contra las cuerdas a Suzanne Pleshette, se luce explicándole el significado de la frase al di la.

Dicen que la oportunidad la pintan calva, de tal manera que Emilio Pericoli o un agente suyo muy avezado, aprovechando aquella pequeña intervención en la película y lo contundente del tema, negocian con la disquera y graban una nueva versión, esta vez con una orquesta completa, versión que inicia con un arpa y por otra parte, con una visión comercial envidiable, graban una versión adicional en donde al final le agregan una estrofa en inglés, en donde Pericoli un tanto al estilo Open English, le echa producto de gallina al idioma de Shakespeare, versión que lanzan al mercado norteamericano en donde alcanza niveles de rating inusuales.  De ahí, la canción se disemina por todo Latinoamérica y se convierte en el éxito que conocimos.

Casi en forma simultánea, la gran cantante norteamericana de origen italiano Concetta Rosa María Franconero, conocida como Connie Francis, mira en este tema una tremenda veta que debe explotar y rápidamente graba el tema en italiano solo y en italiano e inglés, logrando un tema de tremenda calidad, gracias a la intervención del notable arreglista y director italiano, Giulio Libano, quien logra una versión inigualable en donde logra que destaque la maravillosa voz de Connie.  Desde mi humilde punto de vista, la versión de Connie Francis es superior a las de Pericoli, Curtis y Tajoli.

Después del tremendo éxito de la canción, muchos intérpretes le pidieron raid para engrosar sus repertorios.  El gran trompetista Al Hirt, quien participa como actor en Rome Adventure, sacó una versión instrumental al igual que The Brass Ring, de la misma forma Dean Martin, Jerry Vale, Al Martino, Ray Charles Singers, Milva, Claudio Villa, Sandra Reemer y en español no podía faltar el recordado Javier Solís con una versión de bolero ranchero, Los tres diamantes, Los sabandeños, Dyango, Jaime Morey, entre otros.

Pero como decía aquella canción del Pirulí: “..porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina…” así que poco a poco el enorme entusiasmo por Al di la, se fue difuminando hasta que quedó enterrada en el tiempo, aunque de vez en cuando, el aroma de la nostalgia se escapa del baúl de los recuerdos y alguna emisora nos la hace recordar.

Ya han pasado casi 54 años de esta historia y el tiempo no pasa en balde.  Las historias que emanaron de este tema siguieron caminos, como los del Señor, inescrutables.  El romance de Troy Donahue y Suzanne Pleshette siguió fuera de la pantalla y se casaron en 1964 durando dicho matrimonio tan solo ocho meses.  Troy falleció de un infarto en 2001 y Suzanne en 2008 de cáncer de pulmón.    Por su parte, Emilio Pericoli hizo una dupla con Toni Renis, participando en dos festivales de San Remo con gran suceso en ambos con los éxitos: “Quando, quando, quando” y  “Uno per tutte”.  Falleció en 2013 a la edad de 85 años.

Por su parte Carlo Donida, después de una fructífera carrera en la composición, falleció en 1998, mientras que Mogol, ha tenido también una brillante carrera de letrista. Actualmente tiene 81 años y se dedica a una organización sin fines de lucro que promociona la música y la cultura en Italia.  Betty Curtis continuó su carrera de cantante y se retiró en 2004, habiendo fallecido en 2006 a la edad de 70 años.  Luciano Tajoli vendió más de 45 millones de discos de “Al di la” y falleció en 1996 a la edad de 81 años.

El guionista, productor y director de cine Delmer Daves, quien ya tenía su estrella en el paseo de la fama en 1960, ganó el el Western Heritage Award en 1975 por su películas del oeste, falleció en 1977 a la edad de 73 años.

La cantante Connie Francis, continuó con su impactante carrera, sin embargo no logró alcanzar el éxito en la dimensión que tuvo anteriormente, participó dos veces en el Festival de San Remo, primero en 1965 donde alcanzó el 5º lugar, luego en 1967 en donde no logró llegar a la final.  Luego en los setenta se presentaron grandes tragedias en su vida que la alejaron del medio artístico, luego regresó y todavía en 2010 se presentó en Las Vegas.  Actualmente tiene 78 años y está por publicar su autobiografía.

De aquel grupo de entusiastas jóvenes del pueblo, unos pocos se nos adelantaron en el camino y afortunadamente una gran mayoría todavía está con nosotros.  Algunos ya son abuelos y hasta bisabuelos, pero a estas alturas del partido todavía se emocionan con el baile.  De aquellos tórridos romances, la mayoría, al poco tiempo, fenecieron de muerte natural.  Algunos de aquellos jóvenes lograron traspasar la frontera del bien más precioso, del sueño más ambicioso, de la cosa más bella e incluso de la estrella y cada quien guarda la historia de lo que encontró, de tal manera que cuando, en alguna emisora o en el yutube, aparece sorpresivamente aquella arpa que le abre el camino a la inolvidable voz de Emilio Pericoli, quien después de un la, la, la advierte; Non credevo possibile, se potessero dire cueste parole. (No creía posible que pudiera decir estas palabras), pensará para sus adentros: Ni yo tampoco.

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El cadejo

 

Era el inicio de la década de los setenta.  No podría precisar la fecha y lo único que recuerdo es que en esos días estaba en todo su furor el éxito “Venus” de Shocking Blue, que al final resultó ser un refrito de un éxito anterior que se llamaba “La canción del banjo”  y que jugaba con la letra de “Oh Susana”.  Sin embargo, el tema tenía un ritmo tremendo y las emisoras locales nos lo recetaban mañana tarde y noche.  Para ese tiempo ya tenía varios años viviendo en Managua y ya casi me acostumbraba al tremendo calor, aunque a veces sentía que estaba en una película del desierto cuando miraba, al final de la calle 11 de julio hacia el este, el paisaje con el Instituto Pedagógico de Managua y la entrada de la Academia Militar que se enturbiaba, tal como se representaban los oasis y al caminar por aquellas calles, los zapatos resbalaban en las esquinas por el asfalto que se derretía bajo el inclemente sol.

En nuestra casa, el cuarto que yo ocupaba con mi hermano Oswaldo era el más caluroso, al estar ubicado en el extremo occidental de nuestra casa y en donde recibía todo el sol de la tarde, de tal suerte que por la noche, el calor no disminuía y tan solo un ventilador GE luchaba por amainarlo.  Conscientes del sacrificio que esto significaba, nuestros padres nos dejaban en el refrigerador dos Coca colas, para que en el transcurso de la noche nos hidratáramos.

Una noche desperté para tomar mi bien merecido refresco, miré el reloj y seria más de las once de la noche y miré el termómetro en mi cuarto y arañaba los 36 grados.  Bebía embelesado, como en comercial, aquella fría gaseosa, cuando de pronto el timbre comenzó a sonar insistentemente.  Fui hasta la verja exterior y me di cuenta que se trataba de Pedrito.  Era un joven que trabajaba en el Hospital Bautista y a quien mi padre le tenía mucho aprecio.  Su madre era paciente de mi padre.   Lucía agitado y me suplicó que llamara a mi padre porque se trataba de una emergencia.

Fui hasta la habitación de mi padre y le expliqué la situación.  Se vistió y fue a conversar con él, quien le expuso un estado grave de su madre.  Sin mayor dilación mi padre tomó su maletín y dudando un poco, me pidió que lo acompañara pues iba hasta San Judas en donde vivía Pedrito.  En consideración a la hora y al lugar le consulté si llevaba el “cuete”, asintió y fui a tomar la pistola que guardaba en su closet.  Era una Smith & Wesson, 38 especial, calibre corto.  La cargué con sus cinco balas, la escondí bajo la camisa y saqué del garaje la Station Wagon. Pedrito guardó su bicicleta en la casa y nos fuimos los tres.

En aquella época San Judas no estaba tan bien conectado con Managua como lo está ahora, era toda una expedición llegar hasta allá. Había que entrar por Altagracia y la ruta indicada era ingresando por una calle cercana a la Fosforera y luego hacia el sur.  Después de muchas cuadras se pasaba por el Palacio de la Nunciatura, un impresionante edificio que albergaba las oficinas de la representación papal.  Su titular en aquellos días, Lorenzo Antonetti, sucesor del recordado Santi Portaluppi, dividía su tiempo entre Managua y Tegucigalpa.

Luego se pasaba por unos parajes en donde años más tarde se construiría un complejo habitacional que se convertiría en el Centro Cívico y un poco más al sur lo que sería la Unidad Independencia.  Por ahí ya era terreno agreste y en donde un enorme ceibo constituía el punto de referencia.  Pedrito nos indicó que nos internáramos más al sur, ya en calles de terracería que se hacían más estrechas, hasta que después de varias peripecias llegamos a un lugar más oscuro que la boca de un lobo. Nunca había visto uno, pero me lo imaginaba.   Pedrito nos advirtió que hasta ahí se podía llegar en el vehículo y que su casa estaba unos cuantos metros hacia adentro.

Después de pensarla un poco, decidimos que mi padre iría con Pedrito a la casa y yo me quedaría en la camioneta.  Con las luces del vehículo iluminé un poco el sendero por donde transitarían, sin embargo, el joven aquel sacó una pequeña linterna de mano que les ayudó a guiarse por aquel abrupto terreno.  La camioneta era de 8 cilindros y jalaba gasolina como loca, de tal manera que no había más alternativa que apagarla, al igual que las luces, pues las baterías en ese tiempo, Hasbani en su mayoría, con nada y nada podían descargarse a cero y al ser automático el vehículo, no había manera de encenderlo empujado.

Apagué pues el vehículo y las luces y aquello quedó en tinieblas.  Tan solo se miraba la tenue luz de la lámpara de Pedrito que poco a poco se iba perdiendo en la distancia, hasta que a unos treinta o cuarenta metros llegaron a su destino.  Entonces la oscuridad se hizo poco a poco más densa, como si fuera un espeso líquido negro que caía desde arriba.   El viento apenas corría, pero mitigaba un poco el sofocante calor.   Quise poner el radio del carro, pero a esa hora ya ninguna emisora estaba trasmitiendo, así que poco a poco se fue haciendo más notorio el ruido de aquel paraje.  Insectos que competían en una incesante sinfonía.

Debo de admitir que me sentía nervioso.  Tal vez no alcanzaba, todavía, el punto de zurrarme del miedo, pero no estaba tranquilo.  A medida que avanzaba la noche, me iba sintiendo más inquieto.  Sabía de antemano que aquellas visitas de mi padre podrían tardar a veces una hora y en una ocasión en que tuvo que practicar una transfusión le llevó más de tres horas.

El tiempo parecía caer pesadamente, lento, como esos relojitos de arena de la computadora que llegaban a desesperar y que por más que se viera el reloj, no había nada que hacer para que transcurriera más rápidamente.

De pronto, en medio de aquel concierto de grillos, chicharras y demás insectos, escuché un trino, si es que se le puede llamar así a aquel silbido, que obviamente no era producido por un insecto, sino por un ave nocturna.  Era un tanto en estacato, como si fuera un insistente ladrido de un perro, pero con una especie de “juu” repetido varias veces.   Una cocoroca, pensé para mis adentros.  Ahí sí, como decía la canción que le gusta al prócer:  “Se me fueron los pulsosommm”.

Traté de calmarme respirando profundo y lo primero que pensé fue en la madre de Pedrito.  Pobrecita, cavilé para mis adentros, reflexionando luego que hacía mal poniendo más en la balanza a favor de la superstición que en la capacidad de mi padre.  Ya me estaba tranquilizando cuando de pronto, del camino por donde habíamos llegado hasta aquel punto, me pareció escuchar el ruido de una rama que se quebraba ante el peso de algo.    En ese momento pensé en la botella de aquel whisky: “Chivas brother”.

En aquellos días, mi vista era de águila.  Ahora de águila solo me queda la nariz.  A pesar de eso, del lado de donde provino el ruido no se miraba absolutamente nada.    Encendí la camioneta y la hice girar un tanto hacia la izquierda, de tal manera que la trompa apuntara hacia donde había escuchado el ruido.  Encendí las luces y me pareció ver detrás de un árbol a un individuo que parecía vestir camisa clara.  Así estuve un rato, hasta que la figura aquella no volvió a divisarse.  Entonces volví a apagar la camioneta y las luces.  Sentía entonces que el corazón latía a más de 180.

En aquel momento pensé que estaba en peligro inminente y saqué la pistola que había colocado debajo de mi asiento.  Con el arma en la mano sentí que los latidos del corazón bajaron un poco su ritmo.  Sentía un poco de seguridad, pero el miedo todavía seguía invadiéndome.

Para ser sincero, nunca había disparado aquella arma.  Tampoco creo que mi padre lo hubiese hecho, ni siquiera para practicar.  Mi única experiencia en ese sentido fue con rifles 22 y con una Colt 45 que brevemente mi tío Eduardo me prestó en un viaje que hicimos a Ometepe.

El asunto es que todavía estaba en mi mente lo fácil que parecía utilizarse un arma en contra de un cristiano, después de ver las películas de James Bond o de tantos westerns, en especial los de manufactura italiana.

El hecho es que yo estaba dispuesto a todo, al tener la S&W en la mano, cargada y que con solo oprimir en la empuñadura se quitaba el seguro.  En ese momento, el ruido se acercó más y me puse en alerta máxima.  Roja como dirían los (las) vulcanólogos (as).  Brevemente encendí solo las luces y me pareció ver ligeramente lo claro de la camisa del individuo detrás de otro árbol más cercano.  En ese momento pensé que tal vez sería prudente disparar al aire, para que el tipo pensara que no se la iba a comer sin bastimento, pero me contuvo pensar que se armaría tremendo escándalo en las casas del rumbo y mi padre se llevaría tremendo susto.  Así que decidí esperar.

En esas estaba cuando del sendero hacia la casa de Pedrito, escuché un ruido que salía de la oscuridad.   No era precisamente un rugido, sino que como el gruñido que antecede al ladrido de un perro, sin llegar a este último, sin embargo, era mucho más grave y sonoro que el que emite un perro común y corriente.  P´a acabarla de rematar, dije para mis adentros.  Puse la ignición del automóvil y subí las ventanas que permanecían siempre abiertas, pues no funcionaba el aire acondicionado y entonces el calor era insoportable.  Corrí el riesgo.

De pronto, frente a la camioneta pasó una silueta, oscura y que hacía adivinar un enorme perro y en cierto momento volvió la cabeza hacia la camioneta y observé unos ojos que brillaban con un tono rojizo.  Escuché otro rugido, pero resultaron ser mis tripas.   Apenas pasó por la camioneta, el animal aquel aceleró la marcha.  Encendí la camioneta y puse las luces altas.  El animal se dirigió al último lugar a donde había observado la silueta aquella con la camisa blanca y miré que corrió hacia adentro de un solar y ambos se perdieron en la oscuridad.   Bajé las ventanas para escuchar mejor, pero no logré captar nada.  Al rato volví a escuchar el canto de la cocoroca y esta vez, un poderoso ladrido, también en estacato, le contestó y se perdió en un largo aullido.

Me di cuenta que mis manos temblaban, así que puse de nuevo la pistola debajo del asiento y coloqué mis manos en el volante y noté que a pesar de agarrarlo con fuerza, mis manos seguían temblando.  Pasaron unos cinco o diez minutos, no lo pude precisar, pero en ese lapso pude volver a calmarme.  En el lugar de la casa de Pedrito volvió a notarse la luz de su linterna que poco a poco se fue acercando hasta que los dos llegaron a la camioneta y procedieron a subir.

Mi padre sacó el aire con un ligero resoplido que era clásico en él cuando terminaba una tarea difícil.  Nunca traté de ser infidente con su práctica profesional, así que no le pregunté nada y por la plática con Pedrito colegí que la señora estaba fuera de peligro.  Le había dado una receta para que fuera a alguna farmacia de turno a buscarla a la brevedad y le dio indicaciones sobre el seguimiento que le iba a dar.  En un momento en que la plática entre ellos cesó, sin dar antecedentes ni nada, le dije a Pedrito: -Bravo, tu perro.  Extrañado me dijo: -¿Cuál perro? Yo no tengo perro.  –Uno negro, grande, le aclaré. –No, en la casa no hay ningún perro y en el vecindario no he visto ninguno.  Ahí me quedé con la boca abierta y solo alcancé a exclamar: -Ahhh

Llegamos a nuestra casa y al bajar, antes de tomar su bicicleta, Pedrito le dio un gran abrazo a mi padre y a mí me extendió la mano. Guardé la camioneta, luego fui a descargar y guardar la pistola en su lugar y pasé por la refrigeradora apurando casi de un solo trago la mitad de mi Coca cola que había dejado y me fui a dormir.  Miré la hora y eran veinte para las dos. Caí como un tronco y no desperté sino hasta las seis de la mañana.  No comenté lo sucedido con nadie.

Meses más tarde, regresé a San Judas.  Esa vez fue con mi amigo Pancho “Maroma” Argüello quien me pidió lo llevara a traer unos cables de martillo que él confeccionaba.   Nos internamos en aquel barrio y esa vez pude apreciar los detalles de aquellos parajes que había adivinado en la oscuridad aquella noche.  No supe en realidad el lugar exacto donde había estado, pero me imagino que no estaba lejos de la casa de Pancho.  Cuando ya con los cables en nuestro poder regresamos hacia el Estadio, le dije como sin querer: -Mucho perro hay por estos lados.  –Es una plaga, agregó.  –Dicen que han visto un perro negro enorme, aparentemente sin dueño, le dije, tanteándolo. –Más bien, dicen algunos que han visto al Cadejo y que ha desgraciado a algunos cuantos.  –¿Serapio Silva?, le dije, parodiando a Tres Patines.  –Cereal, agregó Pancho, un vecino jura que lo vio una noche.  –Ahhh, exclamé mientras pasábamos a la par del ceibón rumbo a Altagracia.

 

 

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El demonio en tiempos del WhatsApp

 

El futuro no es nunca como uno se lo ha imaginado.  Cuando navegábamos en las plácidas aguas de la mitad del siglo XX, teníamos una idea un tanto distorsionada de lo que sería el siglo venidero.  Pensábamos en gentes usando trajes ajustados, con mallas y capas, cinturones y pulseras anchos y en automóviles que podían volar.  Algunos intelectuales predecían una sociedad tremendamente civilizada, sin violencia, tolerante, inclusiva y demás.  No obstante, como dicen los franceses: Plus ça change, plus c´est la même chose (Entre más se cambia, más se es la misma cosa).  Ya puestos en pleno siglo XXI, observamos que alguien vestido como Jor-El, a menos que estuviera avalado por algún fashionista, causaría una rechifla mayúscula; los vehículos no vuelan todavía, salvo los buses de las rutas o uno que otro borracho al volante y respecto a la civilización, a excepción de uno que otro postureo o figureo como dicen don León Núñez, que se adosa a lo políticamente correcto, no nos acercamos ni de broma, a lo soñado por aquellos intelectuales.

Por si fuera poco, de pronto nos llegan noticias que nos hacen pensar que hemos retrocedido a la edad de piedra.   Hace escasas tres semanas, una mujer de 25 años, de una comunidad de Rosita, en el Caribe Norte, fue lanzada a una improvisada hoguera por parte de un “pastor” evangélico, quien contó con el apoyo de miembros de su comunidad.  Lo peor del caso, es que el motivo de este acto, bochornoso de por sí, fue que, según el “pastor”, la mujer estaba poseída por el demonio y peor aún, el troglodita afirma que tuvo una revelación divina que le ordenó que le sacara el espíritu maligno con un “fueguito”.   Al final del caso, la mujer falleció debido a las considerables quemaduras y ahora el “pastor” y sus acólitos enfrentan la justicia y a treinta “añitos” en la loma, con el único argumento en su defensa, de que todo se deriva de una revelación del Altísimo.  Como dijo Alfonso VI: “Cosas tenedes Cid, que farán fablar las piedras” o como dice Polo Polo: ¡Ay, güey!

Debo de admitir que a mí me tocó crecer en una época en donde la figura del demonio estaba profundamente arraigada en el ambiente.  Además del clero, las viejas del pueblo se encargaban de llenar nuestras noches de terror, pues era inminente que en cualquier momento, con cualquier excusa, El Contrario se nos podía aparecer.  Nunca hubo claridad sobre el propósito que tendría el maligno al aparecerse a un indefenso chavalo y pensando con lógica, no era rentable el gasto en azufre tan solo para asustarle los frijoles a un sujeto.

Así pues, la figura de Satán era omnipresente en nuestras vidas.  Para la época de semana santa, el diablo andaba suelto, algo así como que le daban licencia, igual que a James Bond, para andar haciendo tropelías.  Cuando te amenazaban, te lanzaban: “Vas a ver al diablo por un hoyito”,  que realmente daba pavor.  Al referirse a la astucia de alguien entrado en años decían: “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

En aquellos tiempos, las noches, en lugar de traer tranquilidad con su quietud, era motivo de un enorme terror, pues la oscuridad era propicia para una aparición, especialmente si uno estaba solo, pues parece que en los términos de referencia del chamuco no podía aparecerse a grupos.

De esta manera transcurrió mi infancia, como la de todos los muchachos de mi edad, con el aniceto a dos manos, ante el temor de encontrarnos cara a cara con el Príncipe de las Tinieblas.  En nuestras mentes estaba vívida aquella imagen aterradora, que tal vez vimos en un libro de historia sagrada o en alguna pintura, cuya figura era en extremo racista, pues tenía una tez como de la NBA, una barba estilo French Fork, cuernos de chivo (no AK-47), cola prensil, alas de murciélago y un tridente en la mano.  De nada servía para nuestra tranquilidad, que nadie hubiese aportado evidencias irrefutables de haber visto al Maligno, salvo aquellos que en medio de sus borracheras lo habían visto de color azul.

Con la llegada de la adolescencia, ya el estudio de la lógica nos hacían darle vueltas al asunto de Luzbel.  En lo particular, me parecía inverosímil el cuento del ángel que se rebela al Todopoderoso.  Pensaba en lo que sucedía en las filas de la guardia nacional,  en donde cualquier intento de rebelión contra los Somoza, era castigado con la inmediata ejecución y era solo en aquellos casos de celos por el carisma o simpatía de algún oficial, que era merecedor del exilio.  Entonces pensaba que si esto sucedía con un simple y mortal dictador, en el caso del Creador, no acabaría de generarse la conexión entre las neuronas para generar el pensamiento de rebelión en algún miembro del ejército celestial, cuando automáticamente se convertiría en cenizas; por idiota, más que por otra cosa.

En mi época de universitario, tuve la oportunidad de incursionar fugazmente en el teatro.  Los detalles pueden verlos en mi post: “¿Y qué motivo tuvo?”  El caso es que el teacher Hidvegi, me ofreció un papel en la obra “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre, que montó allá por 1972.  Mi papel era el de camarero, que acomoda a los tres personajes principales de la obra en una habitación, que representa al infierno.  Mi personaje, aparte de lo recio y apuesto del actor, no contaba más que con un traje oscuro y corbata negra.  Mi expresión era grave pero llena de un enorme sarcasmo.  Aquel camarero podría considerarse como Satanás, pero en un diálogo con Garcín, uno de los personajes, éste me pregunta al estilo de José Luis Perales, a qué dedicaba mi tiempo libre y yo le contesto que a visitar a un tío que era jefe de camareros en uno de los pisos superiores. Así pues mi personaje del camarero era un demonio de tercera.  Al final de la obra, una vez que los personajes caen un una dramática exposición de sus miserables existencias, misma que llega a torturarlos, sin necesidad de fuego o parrrillas, Garcín llega a exclamar:  “El infierno son los demás” (L´enfer c´est les autres) dándose cuenta que la puerta está realmente abierta, pero ninguno se decide a salir pues saben que deben seguir aguantándose per secula.

Esta concepción de Sartre, vino a disipar en mí, aquel perenne temor de la niñez a la aparición del Contrario y a entender que es en los otros que podemos encontrar nuestro propio infierno. Como decía Juan de Dios Peza: “Yo les llamo a los muertos mis amigos y les llamo a los vivos mis verdugos”.  De esta forma, poco a poco se fue desvaneciendo de mi interior, aquel terror de una aparición de Luzbel.

No puedo hablar por los demás, pero quisiera creer que ya no son tantos los que temen a la terrible figura de Belial emergiendo de la oscuridad.  Tal vez, algunos lo tienen como un elemento semi mitológico, pero muy útil a la hora de echarle la culpa por los errores cometidos. Por eso, no deja de cimbrar a la sociedad entera cuando un oligofrénico pone en una situación embarazosa al Todopoderoso, cuando afirma que el sumun de la sabiduría desciende hasta la quintaescencia de la estupidez humana para convertirlo en portavoz y peor aún, cuando le solicita cometer un crimen a fin de expulsar del interior de una mujer, a un soldado rebelde.  Tal acción, merece que la justicie le aplique la pena máxima, y es más, si se pudiera lograr un excepción y condenarlo al garrote vil, muchos aplaudirían.

Estoy consciente que puede considerarse un atrevimiento de mi parte, pero creo que las máximas autoridades religiosas de todas las denominaciones deberían convocar a un cónclave y emitir un comunicado conjunto, mediante la bula correspondiente, descontinuando los conceptos del demonio y del infierno, lo cual traería mucha paz y tranquilidad a la comunidad mundial.  Ya en el pasado, el ahora San Juan Pablo II, expresó que el infierno no era un lugar, sino un estado del alma y de la misma forma sucedía con el cielo.  Luego de largos encontronazos en lo oscuro, su sucesor dijo que era una mala interpretación de alguien y que habían sacado fuera de contexto la declaración y que para acabar pronto sí había infierno, con diablo, fuego, azufre y todo lo demás.   En cuanto al cielo, parece que el prelado estaba cantando el éxito de Franco de Vita: “No hay cielo” en sus abluciones matinales, de tal manera que alguien lo escuchó y tergiversó los hechos.

Así pues, estimado lector, cuando camine por un paraje muy oscuro, no le tenga miedo a Lucifer, sino a un malviviente que por querer asaltarlo le dé un cascarazo que lo mande al Lenín Fonseca y si desea asomarse al infierno, váyase un viernes, si es día de pago mejor, a querer transitar por la carretera hacia Masaya a eso de las seis de la tarde.

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