El retorno del vate

 

Para su regreso a Nicaragua, en 1907, después de una larga ausencia de quince años, Rubén Darío escribió el poema que inicialmente llevó el título de “Retorno a la Patria” y que después de algunos ajustes, el vate lo incorporó en el libro “Intermezzo Tropical” con el título de “Retorno”.  A ese poema pertenece la frase: ”Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”, que con las variantes del caso, se repite ad nauseam en todos los actos públicos del mes de septiembre.

En ese mismo poema, el Príncipe de las letras castellanas le dedica un “piropo” a su pueblo, que es realmente una joya:

“Pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo;
pueblo que tiene la conciencia de ser vivo,
y que reuniendo sus energías en haz
portentoso, a la Patria vigoroso demuestra
que puede bravamente presentar en su diestra
el acero de guerra o el olivo de paz”.

Esta visión de Darío debería ser la divisa del pueblo nicaragüense, el norte hacia donde deberían encaminarse los cotidianos esfuerzos en la educación y en el quehacer de todos los ciudadanos.

No obstante, si por algún portento del destino, el panida regresara a su patria, en estos dorados tiempos, aunque fuera fugazmente, se llevaría una mayúscula decepción.  De esta forma, después de una asomadita a su querida tierra se preguntaría dónde quedó aquel pueblo vibrante, fuerte, apasionado y altivo.  No sería raro que acudiera a la mente del liróforo celeste, aquel poema que le había dedicado al descubridor de América:

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Se preguntaría una y otra vez, en qué parte del camino quedó aquel pueblo vigoroso que tenía la conciencia de ser vivo y que ahora, ha caído en la más profunda de las sensiblerías que raya en lo ridículo.

En la lúcida mente del poeta no tendría cabida el hecho de que una joven arme una alharaca al sentirse ofendida cuando un vigilante le dijo “adiós” al salir de un restaurante de comidas rápidas.  Según ella, el tono del saludo de parte del vigía, llevaba una connotación que se le antojaba como de acoso sexual. Algún despistado colectivo se suma indignado al reclamo airado de la joven. La estupefacción del vate no termina acá, pues luego, el cuerpo de seguridad física expresa que se siente ofendido por la interpretación de la joven, pues su saludo es más puro que un primer comulgante.  Otros colectivos se indignan y se suman a la queja del zepol.  El liróforo se queda atónito ante la efervescencia de las redes sociales por un evento por demás intrascendente.  Pero el culebrón no termina ahí.  La trasnacional por su parte, en un juego gallo gallina defiende al vigilante, pero a su vez, amenaza a la empresa subcontratada para estas labores con decirles “adiós” si no reubican al uniformado.  Varios colectivos se indignan y llaman a un boicot en contra de la cadena de comidas rápidas.  La empresa de seguridad sabe que no puede decirle “adiós” a su elemento, por la relevancia del caso en las redes y simplemente lo traslada más allá de donde Judas perdió las botas.  Las redes sociales se recalientan y la indignación campea por doquier.  El zepol se vuelve a indignar y con él, otra buena cantidad de ciudadanos y valientemente renuncia a su puesto, cuando providencialmente una empresa de la comunicación le tiende la mano, contratándolo con un mejor salario.  Llueven los “me gusta”.    El Príncipe se queda anonadado, pues piensa que un motivo para tanta admiración podría ser tal vez el Momotombo, ronco y sonoro.  Pero el asunto continúa, pues otro colectivo se indigna ante el hecho de que el vigilante tiene deudas con la justicia por la falta de pago de una pensión de alimentos.  Total que el sainete se convierte en la canción de Muchilanga y Burundanga.  El poeta no llegó a escuchar a la Sonora Matancera, pero hubiera coincidido plenamente en esto.

El padre del Modernismo, se pregunta si este es el pueblo que puede bravamente presentar en su diestra el acero de la guerra o el olivo de la paz. Quiere llorar y no llora.  Reflexiona y se pregunta:  ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?  El vate no para de preguntarse, ¿Qué sentimientos provocará en este pueblo, una traición a la patria?  ¿Cómo reaccionaría ante quien despilfarre el erario?  Rubén sufre una enorme desilusión, mayor de la que pueda sufrir un hombre enamorado.

Después del fugaz paso por su tierra, un siglo después, regresa al sueño de los justos, bajo la triste mirada del león doliente de Navas, no sin antes reflexionar:  Y después de todo, seguimos sin saber adónde vamos, ni de dónde venimos.

 

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El muñeco

Cuento para fin de año

Serafín decidió hacer un último esfuerzo para cobrarle los quinientos córdobas que Martín le debía desde hacía un buen tiempo y que con la cantaleta de “mañana te pago” había arrastrado aquella deuda, que a pesar del tiempo, se resistía a caer en la categoría de incobrable.  Esperaba que aún después de todos los gastos decembrinos, Martín tuviera un saldo positivo en sus finanzas y en su voluntad para honrar la deuda.

Llegó a la casa de Martín de improviso de tal manera que no le dio tiempo de esconderse y darse por ausente, así que no tuvo otra alternativa que saludarlo cordialmente y ya tenía lista su famosa negativa: “debo, no niego, pago, no tengo”, cuando miró en los ojos de Serafín una determinación que le insinuaba que no aceptaría un no por respuesta, así que se le ocurrió hacer un canje de la deuda.  Le aseguró que tenía toda la firma intención de pagarle antes que feneciera el año, sin embargo, algunos imprevistos de última hora lo habían dejado sin liquidez, pero que podía darle en pago a don Camilo.  Serafín se quedó de una sola pieza ante semejante ocurrencia, cuando en un abrir y cerrar de ojos, Martín se metió a un cuarto y sacó, como por arte de magia, un muñeco de tamaño considerable, vestido de traje, con un sombrero, y un puro en la boca; de esos que últimamente acostumbran quemar la víspera del Año Nuevo.  Serafín todavía en estupor, le dijo: – ¿Y yo para que quiero eso? a lo que Martín astutamente contestó:  – Dicen que trae buena suerte quemarlo antes de que acabe el año y por último, lo podrías vender, porque ahí donde lo ves, vale setecientos córdobas.  Aclarándose la garganta agregó: – A menos que te esperés para febrero que me van a caer unos bollitos.

Serafín evaluó la situación y situó aquella posibilidad de febrero como algo remoto, casi improbable, así que mientras deliberaba, realizó un paneo a toda la sala de Martín y observó que un tanto escondida en una repisa estaba una botella de Flor de Caña, así que dijo para sus adentros, de lo perdido, lo encontrado y le respondió: -El muñeco y esa botella de Flor de Caña, señalando la repisa- y quedamos a mano.  Martín fingió pensarlo un momento y dijo: -Juega el gallo.  Así que Serafín dejó aquella casa, cargando el muñeco y con una bolsa con la botella de ron, satisfecho con el trato.

Después de pasar por donde algunos conocidos a quienes les ofreció el muñeco, con considerables rebajas respecto a su precio y ante la triste realidad que su oferta no encontró demanda alguna, se dirigió a su casa y al llegar dejó al muñeco en la sala y en el pantry, cerca del refrigerador dejó la botella.  En el otro extremo de la sala, una mujer miraba televisión y al verlo llegar hizo un gesto de disgusto y comenzó a murmurar.  Al verla Serafín, sintió el asomo de una nausea que amenazaba con agrandarse y también murmuró: -Ya empieza la Jazmina con sus pendejadas.  Serafín y aquella mujer se odiaban cordialmente.  Ella era su cuñada.  Era la hermana de Sara, su difunta esposa.  Unos ocho años atrás, el marido de Jazmina había muerto, según Serafín, de aguantar a semejante arpía, dejándola en la cochina calle.  Sara, quien era una santa mujer, la acogió en su casa y Serafín no tuvo más remedio que apechugar, por todo el cariño que le tenía a su mujer.

Nunca había podido comprender como dos hermanas podían ser tan diferentes, mientras Sara era una mujer noble, humilde, solidaria hasta la pared de enfrente, cariñosa, su hermana en cambio era una persona con un carácter viperino, odiosa en extremo, egoísta hasta decir quitá, soberbia, aunque Martín la definía rápida y eficientemente como una hijueputa bien hecha.  Dicen que antes de los cuarenta cada quien tiene el rostro que la vida le dio, mientras que después de esa edad cada quien tiene el rostro que se merece.  Con la edad los rasgos de Sara se fueron suavizando y sus canas le dieron un aire de bondad que se notaba al instante, mientras que el rostro Jazmina se fue endureciendo y deformando hasta darle una expresión maléfica, diabólica decía Martín.   Cuando su hermana se trasladó a su casa, Sara realizó una labor catalizadora para evitar cualquier roce entre su marido y Jazmina, pues sabía del desagrado que este sentía por su hermana y en el fondo le daba la razón.

En cierta ocasión, Sara comenzó a perder peso y a sentir dolores en el estómago y en la espalda y después de varios estudios y exámenes los médicos concluyeron que tenía un cáncer pancreático y en un lapso demasiado breve, Sara dejó este mundo.  Antes de morir, hizo jurar solemnemente a Serafín que no desampararía a su hermana y que la dejaría vivir en su casa.  La consternación de aquel hombre era tan grande que no tuvo fuerzas para negarle aquella última voluntad a su esposa y tuvo que aceptar.

Además del inmenso dolor que sentía Serafín con la pérdida de su esposa tenía además que soportar la presencia de aquella mujer en su casa, sintiendo que el infierno lo estaba purgando en anticipo.  Jazmina era tremendamente astuta y no se atrevía a enfrentar directamente a Serafín pues sospechaba que a pesar de su juramento, en un arranque de cólera la podía poner de patitas en la calle.   Así que se limitaba a mostrarle la peor de sus expresiones, que ya era mucho decir y a murmurar en voz baja toda suerte de epítetos y maldiciones.  Se dirigían la palabra solo en casos de extrema necesidad.   Ella solventaba sus gastos básicos personales con una remesa que recibía de un hijo que vivía en los Estados, sin embargo, no contribuía a ningún gasto de la casa, ni siquiera de la energía eléctrica, a pesar de que pasaba todo el día viendo la televisión.  Ella preparaba sus alimentos sin compartir con él ni siquiera una tortilla.

En la reciente Navidad ella se había preparado una gallina que desde luego comió sola, mientras que él se compró un pollo asado en el supermercado y cada quien cenó por su parte sin volverse a ver y a la media noche cada quien se dirigió a su habitación y se encerró hasta bien entrado el 25.

Para este fin de año, ella se cocinó un lomo de cerdo, preparó arroz y compró una sopa borracha en el vecindario.  Serafín por su parte, después de llegar con el muñeco y la botella de ron, descansó un poco y salió luego y compró un nacatamal donde doña Eustaquia y en la pulpería de la esquina compró un PET de gaseosa de cola de 2.5 litros.   Un poco después de las nueve de la noche, Serafín se sentó en el porche, en donde todavía estaban las dos sillas en donde junto a su esposa salía a tomar el fresco de la noche, ahí en una mesita colocó la botella de ron, la gaseosa y una cubeta con hielo y comenzó a brindar por Sara y todos los momentos mágicos que habían compartido por tantos años.   Su cuñada, se mantuvo viendo televisión y murmurando de vez en cuando.  Serafín apenas alcanzaba a escuchar “….jueputa” “….borracho” y cosas por el estilo, mientras el apuraba uno tras otro las cubas que si iba preparando, tratando de imitar aquel murmullo con expresiones como: “…arpía”, …bruja” “…jueputa” y de esa manera fue transcurriendo la noche.

Cuando fueron las 11:40 de la noche, ya Serafín estaba “rayado”, la botella de ron acusaba tan solo una quinta parte de su contenido.  En ese momento, en medio de su sopor, se acordó del muñeco y de la buena suerte que Martín le había augurado, así que entró a la casa, de una alacena tomó un mecate y luego al muñeco y salió al patio, en donde había un almendro, donde pasó el mecate y procedió a colgarlo.  Faltaban ya diez minutos para que terminara el año, cuando sacó de su bolsillo un encendedor y procedió a prenderle fuego al pantalón del muñeco.  En un instante don Camilo, como lo había bautizado su amigo, comenzó a arder, mientras Serafín, comenzó a recordar los malos momentos de aquel año a fin de que se quemaran junto con aquel muñeco y en especial el enorme sacrificio de soportar a su cuñada.    Ya estaba a punto de llegar la media noche, los cohetes y triquitracas comenzaron a explotar por toda la ciudad, cuando de pronto un fuerte viento comenzó a soplar del norte.  Llegó a ser tan fuerte, que en una ráfaga el muñeco, en llamas, salió volando hacia la casa en una parte donde la construcción era básicamente de madera y rápidamente tomó fuego.

Con los ojos desorbitados, Serafín, buscó una manguera pero se acordó que hacía un par de días se la había prestado a un vecino, entonces corrió hacia el interior de la casa, de donde tomó su teléfono celular y de su habitación tomó una caja metálica donde guardaba sus documentos esenciales y sus ahorros en efectivo.  De salida a la calle le gritó a Jazmina:  -Se está quemando la casa.  La mujer respondió con una serie de maldiciones y a regañadientes dejó de ver su televisión y salió a la calle, un poco después de Serafín.  Para ese momento ya las llamas se notaban y algunos vecinos ya se habían apersonado en el lugar y desde ahí, Serafín llamó a los bomberos.

Uno de los vecinos le propuso que podían entrar a tratar de combatir el fuego con baldes de agua, pero Serafín expresó que no quería que nadie tomara riesgos, pues la casa era un poco vieja y podía no resistir.  En ese momento, Jazmina recordó que tenía en su habitación un pequeño baúl donde guardaba unas joyas, según ella invaluables, además de dinero.  Se dirigió de manera temeraria hacia la casa, cuando un vecino quiso detenerla pero ella se soltó profiriendo maldiciones a diestra y siniestra, así que ya nadie quiso detenerla.  Ingresó a la casa y pasaron los minutos sin que saliera.  Le avisaron a Serafín, pero este parecía estar en estado catatónico y no dijo ninguna palabra.

Cuando llegaron los bomberos, ya no había nada que hacer, pues la mayor parte de la casa había sido consumida por las llamas.  Al final, en una bolsa negra fue retirado el cuerpo de Jazmina, rumbo a medicina legal.   Serafín evitó al máximo el contacto con los reporteros de la nota roja que casi al mismo tiempo que los bomberos se presentaron al lugar.  Los vecinos no se cansaban de repetir ante los reporteros que la imprudencia y la avaricia de la señora, la habían motivado a ingresar de nuevo a la casa, cuando ya estaba a salvo en la calle.

Serían las tres de la madrugada cuando los últimos técnicos de los bomberos se retiraron anunciando que continuarían con la investigación.  Serafín todavía se quedó admirando lo que quedaba de la casa cuando observó que la mesa que había en el porche, todavía seguía ahí.  Se acercó y tomó la botella, se sirvió una generosa cantidad, le agregó gaseosa y viendo todavía el humo salir de los escombros, elevó su vaso y murmuró: -Salud, Sara, salud, Martín y luego, esbozando una sonrisa, -Salud don Camilo.

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Todavía alguien llora por mí.

Esta hoja del calendario, la de hoy, es la que más cuesta arrancar.  A diferencia de las otras, que casi caen por su propio peso, sin necesidad de un plan de vuelo, salvo tal vez, el firme propósito de improvisar de la mejor manera, esta hoja requiere una previa y profunda reflexión.

Precisa, al arrancarla, mirar por el retrovisor lo que dejamos en la vía, pues todas las heridas pasadas se juntan y parecieran formar una sola cicatriz; todos los dolores estallan al unísono y reclaman el bálsamo de nuestra conciencia al exonerarnos.

Obliga también, a mirar de frente, como cuando se mira al mar, inmenso respecto al pedazo de costa donde permanecemos, cuando la arena del reloj pareciera escaparse para quedar de nuevo en la playa y desde ahí, replantear el trecho que resta por caminar, consciente de que el oficio de andante es ahora el de funambulista.

El enorme reto, después de arrancarla, es emprender de nuevo la marcha, acopiar fuerzas, pensando tal vez que ante un universo de indiferentes y de unos pocos a quienes tan solo mi nombre les produce un reflujo infernal, hay un contingente lleno de cariño, con un peso específico mayor que el iridio,  y que son quienes de verdad cuentan y que me darán la fuerza para seguir adelante.

Es aquella gente que me quiere, a pesar de todo, familia del alma y amigos sin fronteras, que siempre estarán ahí y que si de pronto el carro de fuego de Elías me arrebata, desde otra dimensión podré comprobar que todavía alguien llora por mí.

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Cuando no calienta ni el sol

 

Reza un dicho: “Nadie sabe para quién trabaja”, denotando que todo el esfuerzo realizado por un individuo puede ser, al final, usufructuado por un tercero.  Esto es válido para cualquier ámbito de la vida, sin embargo, en esta ocasión me voy a referir al campo de la composición musical, en donde existen tremendas injusticias, pues abundan casos en los cuales, por cualquier motivo, el verdadero autor de algún tema no recibe el crédito que le corresponde.  Aquí excluyo el tema del plagio, que es otro problema, un tanto aparte y que merece su propio artículo.  Me refiero a la cantidad de casos en que el autor de un tema es opacado por el arreglista, el traductor o el intérprete del mismo, de tal manera que la fama de estos lanza al autor al baúl del olvido.  En otros casos más dramáticos, el autor vende su composición, con la plena conciencia que su nombre nunca saldrá a la luz  pública.

Un ejemplo clásico está ligado a la canción “A mi manera” (My way) que se convirtió en una especie de himno de Frank Sinatra, pero que además tiene una sin número de intérpretes y que una enorme proporción de quienes se han apropiado de ella, creen a pie juntillas que fue compuesta por Paul Anka.  Muy pocos saben que el tema fue originalmente fue compuesto en francés por Claude François en 1967, bajo el título “Comme d´habitude” (Como de costumbre) y fue originalmente grabado por Hervé Vilard, aquel mismo de “Capri c´est fini”.  Por esa época Paul Anka visitó Francia, escuchó el tema y le gustó tanto que le escribió letra en inglés y de ahí nació “My way”.  François falleció en 1978 y a excepción de los franceses, para quien sigue siendo un ídolo, en el resto del mundo prácticamente no lo conocen.

De la misma forma, muy pocos conocen al autor de “Ojos españoles” y de “Extraños en la noche”.  El primer tema con una pléyade de intérpretes y el segundo, un enorme tema de Frank Sinatra, así como de muchos intérpretes más, entre ellos Jimmy Hendrix.  Muy pocos conocen a Bert Kaempfert, músico de origen alemán, director de orquesta, compositor, arreglista y maestro en varios instrumentos y que se caracterizó por un estilo de jazz muy depurado.  “Ojos españoles” fue compuesta en 1964 por Kaempfert con el título “Moon over Naples” (La luna sobre Nápoles), originalmente instrumental y en 1965 fue grabada en versión vocal por Freddy Quenn, con el título de “Spanish eyes”.  Por su parte “Extraños en la noche” fue originalmente compuesta por Kaempfert como parte de la banda sonora de la película “A man has to get killed” y su título original fue “Beddy Bye”.  El tema tuvo letra gracias a  Charles Singleton and Eddie Snyder quienes lo titularon “Strangers in the night” y que fue inmortalizado por Frank Sinatra.  Kaempfert falleció en 1980 y a pesar de que tiene miles de aficionados, existe una gran mayoría que no saben que fue el autor de esos dos grandes temas.

Aquí en Nicaragua hay un caso que todavía a la fecha produce un tremendo escozor y es el de la  canción “Cuando calienta el sol”.  Allá por el año 1961 el trío “Los Hermanos Rigual” originario de Cuba, pero radicado en México desde los años cuarenta, lanzó la referida canción, registrando la autoría como de sus integrantes, Carlos y Mario Rigual.    Es importante señalar, que ese grupo ya había alcanzado la fama con éxitos anteriores, como lo fueron dos temas que en Nicaragua, a finales de los años cincuenta, tuvieron un éxito rotundo, “Corazón de melón” y “La del vestido rojo”, ambas en ritmo de chachachá.    “Cuando calienta el sol” estaba escrita en un ritmo diferente, entre balada y rock lento y tuvo una acogida sin igual,  colocándose en los primeros lugares en toda América Latina, siendo exportada luego hacia Europa, en donde en España llegó a convertirse en la canción del verano, según algunos, la primera en abrir la tradición de ponerle banda sonora a cada temporada.  El éxito se expande por muchos países de Europa, salta luego a los Estados Unidos y Canadá y los Hermanos Rigual adquieren una dimensión internacional.  Luego, tratan de repetir el éxito alcanzado con su último tema y sacan “Cuando brilla la luna”, misma que se queda mucho más atrás de lo esperado.  No obstante, comienzan a realizar giras por todo el mundo y en 1964 llegan a participar en el Festival de San Remo, Italia, como co-intérpretes de dos temas participantes “Mezzanotte” y “Sole sole”, quedando eliminados ambos, habiendo resultado ganadora la recordada canción “No tengo edad” interpretada por Gigliola Cinquetti.    Lo anterior, no redujo la fama del grupo que por varios años siguió presentándose en los escenarios más selectos del mundo.  A inicios de la década de los setenta, nos llegó a través de Los Hermanos Cortés de León, el tema de la autoría de Mario Rigual: “Suenan los tambores”, que tuvo un éxito sin igual.

Por su parte, la canción “Cuando calienta el sol” siguió por muchos años en las listas de popularidad, la mayoría de las veces en español, así como versiones en inglés bajo el título de “Love me with all of your heart” (Quiéreme con todo tu corazón), a través de muchos intérpretes como fueron:  Los Panchos, Los tres ases, Los tres diamantes, Trío Caribe, Raphael,  Javier Solís, Los Marcellos Ferial, Trini López, Antonio Prieto, Tony Vilar, Mariachi Vargas de Tecalitlán, Los Chakachas, Vicky Carr, Gelu, Gloria Lasso, Jim Nabors, Connie Francis, Bing Crosby, Helmuy Lotti,  John Gary, Alberto Vázquez, Víctor Iturbe, Antonio Machin, Luis Aguilé,  Ray Conniff, Caravelli, Frank Pourcel, Smother Brothers, The Platters, Talya Ferro, Engelbert Humperdinck, Johnny Rodríguez, Momo Yang, Nancy Sinatra, Petula Clark, Julio Iglesisas con Lola Falana, Santos Colón con Tito Puente, John William, Luis Alberto del Paraná, Carmen Salinas con Pérez Prado, Rafaella Carra, Agnetha de ABBA, Los Machucambos, Manolo Otero, Los Bríos, Johnny Ventura, Roy Etzel, Los tres sudamericanos y por supuesto Luis Miguel.

Durante varias décadas en Nicaragua se manejó, sin problema alguno, que los autores de dicho tema fueron Los hermanos Rigual; sin embargo, en cierto momento, no podría precisar cuándo, comenzó a rodar una versión de que el verdadero autor del mismo fue el gran compositor nicaragüense Rafael Gastón Pérez, que había alcanzado la gloria con su canción “Sinceridad”, misma que también fue interpretada por muchos artistas internacionales.  Los argumentos que se comenzaron a esgrimir para sustentar la autoría del nicaragüense fueron:  Primero, que se puede sustituir en la línea “Cuando calienta el sol, aquí en la playa”, por “Cuando calienta el sol, en Masachapa”, guardando la misma métrica.  Segundo, que Rafael Gastón Pérez era muy desordenado en sus finanzas y la mayor parte del tiempo andaba “arráncame la vida”, unido lo anterior a su afición por las bebidas espirituosas.  Tercero, que hay evidencias que Rafael Gastón llegó a conocer a los Hermanos Rigual y que se reunieron varias veces.  Cuarto, que en una de esas reuniones, Rafael Gastón, corto de dinero, propuso vender su composición “Cuando calienta el sol en Masachapa” a los cubano mexicanos, llegándose a cristalizar la transacción por el precio de una media botella de ron.

Como aseguraría un letrado, se trata de evidencias circunstanciales.  En primer lugar, si se habla del título y de la primera línea de la canción, la misma también se puede sustituir no solo por Masachapa, sino también por Tupilapa, La Boquita y varios balnearios más.   La leyenda urbana agrega en algunos casos que Rafael Gastón era originario de Masachapa, lo cual es falso.  En segundo lugar, el propio Rafael Gastón Pérez, nunca habló de dicha transacción, tampoco lo hicieron los Hermanos Rigual, que tal vez serían los menos favorecidos al admitirlo, pero tampoco los amigos que solían acompañar a Rafael Gastón en sus tertulias.  Hay que recordar que Rafael Gastón falleció en 1962 y tal vez nunca llegó a saber del éxito que llegaría a cobrar el tema.

Algunos investigadores musicales, entre los cuales se encuentra el folklorista nicaragüense Wilmor López, han realizado serias investigaciones, habiendo entrevistado incluso a amigos de Rafael Gastón que supuestamente participaron en las reuniones con los Hermanos Rigual y han llegado a la conclusión de que el famoso Oreja de Burro no es el autor de “Cuando calienta el sol” y que por lo tanto, la venta de la que tanto se habla, nunca sucedió.

Aparte de la contundencia anterior, yo agregaría que si se realiza un análisis, tan solo de la letra de la canción, la misma guarda una mayor cercanía con el estilo de las letras de los Hermanos Rigual que con el estilo de Rafael Gastón.  Se puede observar que “Cuando calienta el sol” solo tiene una estrofa, que con una ligera variación pareciera que son dos, al mismo estilo de “Corazón de Melón”, que repite un mismo estribillo y por el mismo camino va “La del vestido rojo”, en cambio las letras de las composiciones de Rafael Gastón son más elaboradas, por ejemplo “Sinceridad” consta de cuatro estrofas muy bien coordinadas y que juntas hacen un todo.

No obstante, subyace en muchos paisanos un nacionalismo mal entendido que los obliga a luchar hasta con los dientes en situaciones que no tienen ningún asidero de verdad.  De esta forma, todavía seguiremos observando en las redes sociales diatribas lanzadas en contra de quienes conceden el crédito de “Cuando calienta el sol” a los Hermanos Rigual, basadas tan solo en una leyenda urbana.  Dejemos a Rafael Gastón descansar en paz, que tan solo con la gloria que alcanzó con “Sinceridad” le basta y concedámosle el beneficio de la duda respecto a que no cambiaría uno de sus temas por un plato de lentejas o peor aún, por una media botella de ron.

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Las dos estaciones

 

A comienzos de diciembre, sin ningún apuro, mi madre comenzaba a poner el árbol de navidad.  Era un abeto de un color verde intenso, más pequeño que mediano.  Ayudábamos pasando los adornos que poco a poco iba colocando en el árbol y luego enredaba a todo lo alto, una instalación de pequeñas bujías de colores, amarillo, verde, azul y rojo, que comparadas con las actuales parecerían gigantes.  Todavía no eran intermitentes, pues esa magia apareció un poco después y si una de las bujías se fundía, se apagaba toda la instalación.   El toque final lo daban una hilachas de algodón, que después fueron sustituidas por “cabello de ángel” que supuestamente asemejaban la nieve y unas tiras metálicas, un tanto parecidas al alambre de púas, de color plateado, lo cual, según nos explicaba mi madre era la escarcha.  Nunca le encontré el conectivo lógico a aquellos adornos finales, sin embargo, eran parte fundamental en el adorno del árbol, a pesar que en nuestra vida, jamás habíamos visto ni la nieve, ni la escarcha.  Visualizaba en mi mente la nieve, pues en postales y películas, los paisajes invernales, especialmente los de la navidad, estaban llenos de nieve y trineos en el marco de un cielo gris.  Lo que nunca llegué a imaginarme fue lo relativo a la escarcha, pues no cabía en mi mente que en los árboles se enrollaran aquellas tiras espinosas.  Lo más real con aquel adorno fue cuando uno de mis hermanos comenzó a estudiar la conducción de la electricidad, al meter un extremo de la escarcha en la rosca de una de las bujías y llevar el otro extremo a alguna superficie metálica en donde algún incauto tocaba con su mano y se llevaba un toque singular.

En aquel clima de alegría y esperanza, en especial para los niños, asimilé esa tremenda contradicción de que en gran parte del mundo se vivía un invierno, más o menos crudo, mientras nosotros vivíamos en verano, pues técnicamente desde noviembre iniciaba el período seco de seis meses.  En aquel tiempo, en mi pueblo, todavía la temperatura descendía sensiblemente, registrándose madrugadas frías y con un tenue velo de niebla que nos hacía imaginar un paisaje invernal en pleno verano.  La frescura de diciembre era especial y estaba acompañada del aroma de los cafetales en plena temporada de corte.

Así pues, crecimos con aquella sensación de cortedad, pues mientras en gran parte del orbe, la gente disfrutaba de cuatro estaciones, los pobres de nosotros sólo teníamos dos.  No obstante, a todo se acostumbra uno, así que llegamos a manejar que nuestro verano comprendía el invierno y la primavera de aquellos suertudos, mientras que nuestro invierno abarcaba el verano y el otoño de ellos.  Al final, al igual que aquellos pueblos que son bilingües, llegamos a realizar la conversión automática de un sistema a otro, aunque en el fondo envidiábamos aquella esperanza del deshielo y el florecimiento de los campos que traía la primavera, el tener el pleno sol solo algunos meses en el año, que tenía el verano de ellos, el singular espectáculo de observar la paleta de colores que ofrecían las hojas de los árboles y su irremediable caída o las blancas escenas del invierno.

Así pues, nuestra imaginación tuvo un terreno fértil para crecer, al llegar a apreciar todas las manifestaciones culturales que estaban basadas en las cuatro estaciones, aun sin haberlas vivido.  Me impresionó cuando mi madre me explicaba, cuando escuchábamos el disco de la Obertura 1812 de Tchaikovski, que conmemoraba el gran error de Napoleón cuando al invadir Rusia fue derrotado por el crudo invierno y la entereza de los rusos al no llegar a capitular y preferir vaciar y quemar a Moscú. También admiré los cuatro conciertos para violín de Vivaldi, dedicados a las cuatro estaciones y hasta llegaba a sentir las particularidades de cada una de ellas.  Asimismo, al leer a Dostoievski o Tolstoi, la excelente narrativa nos hacía tiritar ante aquellas escenas en donde el frío se alojaba más en las almas de los protagonistas que en el ambiente.  De la misma forma al leer las Sonatas de Valle-Inclán, recorría las estaciones de la mano del Marqués de Bradomín.

Nuestro prolongado verano y la cercanía de la región del Pacífico a los principales balnearios, provocan una extensa temporada de viajes al mar, sin embargo, los mismos se concentran en los dos últimos meses del verano, marzo y abril, en donde se ubican las vacaciones de semana santa.  Por muchos años, a inicios de la década de los setenta el tema Tiritando de Los Gatos fue el himno de la temporada de mar, aunque al echarle un poco de mente, no había manera de tiritar en una playa en donde el sol provocaba temperaturas cerca de los 40 grados y la arena quemaba los pies de quienes se atrevían a caminar descalzos por ella.  Me imagino que no sería nada romántico cantar sobre alguien que camina por la playa como lora en comal caliente.

En la década de los ochenta, una gran parte de los compatriotas se embarcó en el tren de la emigración, llegando algunos muy al norte del globo.  Al inicio, saltaban de alegría cuando miraban caer la nieve y era como un sueño hecho realidad vivir un invierno de verdad; todavía con un poco de entusiasmo llegaban al segundo año y luego, poco a poco, año con año, el rigor del invierno llegó convertirse en una verdadera tortura que los llevaba a añorar aquellas dos estaciones, que en medio de todo, son más llevaderas.

Con el cambio climático no es remoto que algún día lleguemos a tener una sola estación, o bien un eterno y recalcitrante verano o un crudo invierno al estilo del Norte de Juego de Tronos.  Así que en medio de todo, conformémonos con las lluvias de nuestro invierno y el calor de nuestro de verano.  Como dijo alguien por ahi:  “El tiempo que hace en su tiempo, es buen tiempo”.

 

 

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El misterio de Los Chaynas

 

Uno de los grupos musicales que más impacto tuvo en la audiencia nicaragüense en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, fue sin duda alguna Los Chaynas.  Este grupo pareció emerger de la nada y de manera vertiginosa colocó en los primero lugares su tema “Virgen negra”.  El mismo estaba en un disco sencillo que tenía al reverso una versión muy bien lograda del bolero del argentino Mario Clavell: “Quisiera ser”, que llegó a tener una buena aceptación de parte de la audiencia, sin embargo, nunca logró acercarse al éxito de “Virgen negra”.

Parece que el carácter mayoritario de población mestiza del país, se identificó inmediatamente con aquella introducción de lo que constituía la plegaria que encerraba el tema “Negras, mis penas son, como tu piel morena, fundidas en bronce están, mis amarguras” de manera tal que cada quien encaminaba sus tribulaciones, ya fueran de carácter amoroso, financiero o existencial, a la fe en una virgen de piel negra, que tendrían una respuesta más favorable que las vírgenes de otra denominación de origen o advocación como suelen decir ahora, pues el tema lo dice sin ningún desparpajo: “pues las vírgenes se fueron, en el cielo se escondieron, no responden a mi voz”.

Así pues, cada quien, desde su propia perspectiva, asumió como un himno aquel tema, con la vaga esperanza de que al entonarlo, la virgen afro descendiente, se apiadaría de sus cuitas y llevaría una pronta solución a sus vidas.  Recuerdo que para las fiestas patronales de abril de mi pueblo, en aquel año, aquel tema sonaba en todas las roconolas y equipos de sonido de los chinamos del parque.  Incluso en los caballitos (tiovivo o carrusel para los castizos), su dueño que era un veterano parecido a Peter Cushing, fanático del Bachiller José María Peñaranda, cambió “La inyección” por “Virgen negra”, de tal suerte que era todo un espectáculo observar a diversos exponentes del pueblo cantar en coro aquel tema, mientras sus respectivos animales subían y bajaban al ritmo de su melodía.  También recuerdo que los discos de las roconolas tuvieron que ser reemplazados en varias ocasiones, debido a que llegaban a rayarse de tanto uso.

En los bailes también era un tema de preferencia, pues contenía un ritmo sabrosón, pues no tenía la lentitud de aquellos de un solo ladrillo y tampoco caía en la charanga, sino que acusaba aquel sabor intermedio para balancear a la pareja con cierta cadencia, en especial en el intermedio en donde el ritmo que le imprime el órgano con la percusión es inigualable y al final de la canción, el ritmo se desacelera completamente, dando lugar para concluir el baile en un solo ladrillo.

Sin embargo, al igual que cualquier canción, llega un momento en que la audiencia dice al unísono: “quitá” y  aquel “ave María” del final, ya no obtuvo eco alguno y el tema fue evaporándose de la misma forma cómo había llegado.  Para ese entonces, el rock se afianzó fuertemente con la invasión inglesa y la inmediata clonación de parte de los covers en español.  De esta forma, la virgen negra aquella llegó a formar parte de una nebulosa de nostalgia que quedó flotando en la estratósfera.

En el año 1975 trabajaba yo en el Banco Nacional, cuando realicé un análisis de factibilidad para la reestructuración de la deuda de una empresa disquera que quedaba por el rumbo de Xiloá.  En esa ocasión, me entrevisté con un especialista en producción de discos, quien me comentó que de conformidad con estudios de audiencia, a esa fecha, ningún tema había podido quitarle el record de mayor interpretación en las radiodifusoras al tema “Virgen negra”.  Recordé aquella fiebre que había causado el referido tema y le di la razón al individuo aquel.

Hace diez años exactos, hoy precisamente, escribí un artículo en este mismo blog llamado “El club de la nostalgia”, en donde incluí entre otros temas, el caso de “Virgen negra” para lo cual investigué en el ciberespacio sobre el grupo de Los Chaynas y me sorprendió de que no hubiera nada al respecto.  Como el artículo no era específico sobre dicho grupo, lo finalicé con la poca información que tenía al respecto.

A partir de aquella fecha, de vez en cuando he regresado a peinar el internet a través de Google en busca de más información sobre aquel grupo que pareció esfumarse o ser abducido por alienígenas, sin éxito en mi empresa.

Ahora que se iban a cumplir los diez años de aquel artículo me esforcé por buscar más luz en el tema y aprovechar los avances en la ciencia forense que he adquirido al ver muchos capítulos de las series de CSI, así como otras correlacionadas y al final he encontrado algunas evidencias que arrojan un poco más de iluminación en torno al misterioso grupo.

He constatado que Los Chaynas llegaron a comercializar en Centroamér6ica dos discos sencillos con cuatro temas:  Virgen negra, Quisiera ser, Trópico y Limeña.  Estos discos fueron producidos y fabricados por Industria de Discos Centroamericana, Ltda. (INDICA) en Costa Rica.  Sobre el segundo disco, no hay evidencias de que haya sido comercializado en Nicaragua y si así hubiese sido, no tuvo ningún impacto en el gusto nacional.  Cabe aclarar que la adaptación de “Virgen negra” de los Chaynas, fue copiada, versionada y grabada por otros intérpretes de la región.

El grupo parece tener origen en Perú, aunque no todos los integrantes eran de aquel país.  Lo anterior, se deriva del hecho de que “Virgen negra” es un bolero peruano.  No existen registros de quien es el autor del tema, sin embargo algunos se lo atribuyen a uno de sus más grandes intérpretes, antes de Los Chaynas y es el bolerista peruano Johnny Farfán.   Este intérprete cuyo verdadero nombre era Julio Gárate Farfán y que llegó a conocerse como “La voz elegante del bolero”, conformó junto con otros cantantes peruanos la corriente conocida como “Bolero  cantinero” por la música que interpretaban y que ahora se conoce como “cortapulsos”.   El primer éxito de Farfán fue el bolero “Brujería”, al cual hace referencia La Sebastiana, en un relato que aparece en mi artículo “Le dicen La Sebastiana” y que constituía una clave para verse con uno de sus amores.   Otro famoso tema de este intérprete peruano fue “Señor abogado”, bolero que causó en su tiempo una tremenda polémica cuando trató de prohibirse su trasmisión en las radiodifusoras, pues giraba en torno a un feminicidio, causado por el sempiterno motivo de la traición y que no obstante, de manera impune se había colado en el tema “El preso número 9”.

Por otra parte, el nombre de aquel conjunto procede del quechua, lengua indígena de los Andes, especialmente del Perú.  El vocablo “chayna” significa en quechua: así, de esta manera.  Este elemento reafirma entonces el origen peruano del grupo.  Sin embargo, llama poderosamente la atención que en la foto que aparece en el disco sencillo de “Virgen negra” los integrantes aparecen con una indumentaria que más bien se asemeja a la de los gauchos.

Aquí entra otro elemento que arroja más claridad en el tema.  En los comentarios que aparecen el Youtube, sobre el tema “Virgen negra”, una persona identificada con el nombre de Ely Toloza, asegura que su tía llamada Rosa Castro, así como su esposo Juan Carlos Acconcia, de nacionalidad argentina conformaron el grupo de Los Chaynas, al igual que otro músico de apellido Maidana y que en 2015 todavía vivían en la capital argentina.    Lo anterior, coincide con el testimonio de un ciudadano guatemalteco, don Eduardo Velásquez, que recuerda la visita del grupo a ese país y que la cantante del mismo se llamaba Rosita.  Otro gracioso, hizo un copy/paste de mi artículo “El club de la nostalgia” y lo puso como comentario suyo.

De la información recolectada al respecto, podría colegirse que ciertos músicos de origen argentino, por alguna razón emigraron al Perú, en donde conformaron un conjunto musical que bautizaron con el nombre quechua: Los Chaynas.  Realizaron una soberbia adaptación del bolero “Virgen negra” que superó por mucho las versiones que habían de este tema.  La calidad interpretativa del este conjunto fue tal, que la compañía disquera decidió producir el éxito en Centroamérica, en donde tuvo un éxito sin igual.  El grupo parece que realizó una gira, aprovechando el gran impacto de su tema, abarcando algunos países de Centroamérica y es posible que también México.

Por alguna razón, después de grabar cuatro temas, el grupo dejó de producir discos, aparentemente se desintegró y al final, los músicos de origen argentino, regresaron a su país, en donde posiblemente todavía residen.

Desde mi punto de vista, es una tremenda injusticia que no existan artículos o reportajes en la red sobre este conjunto.  Tan solo con la adaptación de “Virgen negra” y su enorme impacto en el público centroamericano, le valen al conjunto para que existan referencias, pues es la fecha y todavía existe un debate sobre su nacionalidad, desde que son mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, nicaragüenses, ticos, uruguayos, paraguayos, entre otros.

Cada vez es menor el segmento de la población que recuerda este éxito, la mayoría pertenecen al rango de la tercera edad, aunque hay evidencias que de estratos de edad más bajos, la tienen en su preferencia al recordarle a sus padres o incluso a sus abuelos.  De cualquier manera, sirva este artículo como un homenaje a ese misterioso grupo y a su calidad interpretativa que puso banda sonora a una importante etapa de nuestras vidas.

 

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Los que viven en el mundo, muertos

 

Hace poco más de un año comenzó a circular en las redes sociales una imagen que literalmente dice: “No son muertos los que en dulce paz descansan, bajo la tumba fría. Muertos son los que tienen el alma fría y viven todavía”.  En la parte inferior se observa la firma autógrafa de Rubén Darío.  Cuando leí por primera vez semejante dislate, me quedé patidifuso, atónito, estupefacto y a partir de entonces me he dedicado a aclarar a diestra y siniestra, que no es un escrito del gran vate.  Esto lo puede confirmar cualquiera de los innumerables expertos en Rubén Darío que existen en el país e incluso habrá algunos que se indignarán afirmando que es una ofensa achacarlo al Príncipe de las Letras Castellanas.  En primer lugar, porque quien transcribió el fragmento del poema, parece que lo hizo con las extremidades inferiores, pues está muy apartado de la versión original y tan solo le faltó incluir una cerveza bien fría, para acabarla de rematar.

También es importante aclarar que dicho poema, ha tenido una paternidad más vilipendiada que la constitución política de algunos Estados.  Al buscar en Google, se encuentra una colección de disparates en la autoría, desde Gustavo Adolfo Becquer, Amado Nervo, Julio Flores y finalmente Rubén Darío.  No obstante, la lucha más encarnizada la libran el peruano Ricardo Palma y el colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

Ricardo Palma, es un escritor peruano (1833-1919) célebre por sus obras sobre las tradiciones peruanas, pero que en su juventud escribió un considerable número de poesías.  He tenido la oportunidad de revisar la obra Poesías Completas de Ricardo Palma, publicado por la Editorial Maucci, en 1911 y en ese compendio no se encuentra la citada poesía.  Es más, el estilo de Palma en su poesía, es un tanto diferente al mostrado por la obra que nos ocupa y puede observarse claramente en el siguiente fragmento de una de sus Coronas Fúnebres dedicada a Rosa Amelia e incluida en dicha colección:

Lo que llamamos muerte

de vida se alimenta:

la muerte a nueva vida

tan sólo es despertar:

en ella siempre el germen

de otro existir alienta,

y así la estrella tórnase

radiante luminar.

 

Cuando creyente el alma

de Dios en la grandeza,

al ideal se eleva

de excelsa religión,

no es triste a ese misterio

que tras la tumba empieza

llevar el pensamiento,

llevar el corazón…

 

Como se puede ver, al analizar dicho fragmento, encontramos elementos que nos llevan a confirmar que la poesía que nos ocupa no fue escrita por Ricardo Palma. 

Lo anterior, nos lleva a revisar más a fondo, la alternativa de que hubiese sido Antonio Muñoz Feijoo, quien escribió dicho poema.  Muñoz Feijoo (1851-1890) era originario de Popayán, Colombia, quien además de ser Ingeniero de la Universidad del Cauca, fue posteriormente profesor y rector. También subdirector de la Escuela Normal y profesor en otros planteles de la capital del Cauca.  Desde muy joven se aficionó a la literatura, participando en diversos círculos intelectuales de Popayán.  Existen también testimonios de personas que conocieron muy de cerca a Muñoz y que confirman que a sus 18 años, escribió dicho poema y que lo que más le costó fue asignarle un nombre.  Vaciló al respecto, al tratarse el poema de tres cuartetos con diferente rima, habiéndose decidido al final denominarlo “Un pensamiento en tres estrofas”.   Muñoz cometió el error de entregar su manuscrito a un editor, quien al final quitó al crédito al joven y por algún tiempo apareció el primero como autor de la poesía y luego, con el tiempo, su paternidad se convirtió en la canción de Muchilanga.

Al igual que este caso, existen muchos en que las redes sociales se han encargado de cambiar a discreción la paternidad de cualquier frase u obra, algunos por convenir así a sus intereses, otros por crasa ignorancia, sobrando quien les eche segunda y lo reproduzcan a diestra y siniestra, logrando únicamente la confusión de la sociedad.

Para que disfruten de esta interesante reflexión, les dejo el original del poema que lleva por título “Un pensamiento en tres estrofas” del escritor colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

 

Un pensamiento en tres estrofas

 

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
… y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo, muertos

 

Para que usted, estimado lector, sea de los vivos que viven siempre vivos, no se dejen engañar con este tipo de bulos. 

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