CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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Llévame al país de las maravillas

 

Mientras transitamos pesadamente por este inmenso valle, las demás ausencias se opacan, las desapariciones de famosos, que en todas partes del mundo se deploran profundamente, terminan por pasar de puntillas por nuestro entorno.  De esta manera el fallecimiento de Charles Aznavour, el más grande cantante francés de los últimos años, ocurrido este primero de octubre a la edad de 94 años, llamó nuestra atención, aunque no rebasó las otras penurias que parecen enquistarse a nuestro alrededor.  Mientras tanto el mundo entero se consternó y lloró ante la pérdida de esta figura emblemática del entretenimiento de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.   Avalan su figura, más de 100 millones de álbumes vendidos, un repertorio de cerca de 1,500 canciones de las cuales más de 800 son de su autoría y por si fuera poco, fue además actor y participó en cerca de ochenta películas.

A pesar del éxito que a nivel mundial había alcanzado Aznavour, desde la mitad del siglo pasado, en Nicaragua pasó casi desapercibido.  Quiero suponer que las apreciaciones del mercado realizadas por las disqueras regionales, allá por los años sesenta, consideraron que no tendría el impacto suficiente para que fuera rentable su promoción por estas latitudes y prefirieron voltear hacia otra parte.  Por eso debo de admitir que salvo alguna ligera referencia, no conocí a este gran cantautor sino hasta los años ochenta, cuando viví en México.

Cuando recién llegado comencé a integrar mi acervo musical prácticamente de cero, un amigo me regaló dos cassettes Memorex de 90 minutos cada uno, uno con el repertorio de Shirley Bassey y el otro con una colección de los mejores éxitos de Charles Aznavour.  Ahí me di cuenta que algunos de los temas de este afamado cantante nos habían llegado a través de covers.

A mediados de los años sesenta conocimos el tema, interpretado por Alberto Vázquez: Te espero mismo que aparece en los títulos de la película “Perdóname mi vida” protagonizada por este cantante y Angélica María.  Aquí cabe la aclaración la canción original fue una composición conjunta entre Gilbert Bécaud, quien escribió la música y Charles Aznavour que se ocupó de la letra.  Ambos artistas la cantaron, cada quien en su estilo y la versión de Alberto Vázquez tiene un acompañamiento copiado al carbón de la versión de Bécaud, un tanto al estilo de las grandes bandas.  Yo prefiero la versión de Aznavour, pues el estilo de la orquestación es más depurado.  La letra de la versión de Vázquez desde luego es un intento de traducción del tema original.

Más o menos para esa misma época, el cantante argentino Juan Ramón, apodado “Corazón” nos llevó una versión muy bien lograda de Venecia sin ti, que Aznavour había elevado a lo más alto de la fama e incluso con una versión en español que nunca nos llegó, cuya letra es la misma que la del argentino.  La voz de Juan Ramón, que ya había captado el gusto popular con su tema “Se ha puesto el sol”, influyó para que dicha canción quedara para siempre en la mente de todos los nicaragüenses.

En ese mismo tiempo, un día mi padre se apareció con dos discos Long Play, ambos de un pianista tico, desconocido para todos, llamado Vernon Hine, apodado El Pibe.  Los discos llevaban como título “En casa con el Pibe Hine” volumen uno y dos.  Era un popurrí de varios temas, como Niebla del riachuelo, Caminos de ayer, La flor de la canela y muchos más.  Entre ellos estaba una muy buena versión del tema de Aznavour, Et pour tant (Y sin embargo) traducida como Y por tanto. A todos en la casa les gustó el estilo de El Pibe, así que aquellos discos fueron escuchados innumerables veces.

Años más tarde, conocí el tema Yesterday when I was young, en una versión de Andy Williams, sin saber que se trataba de Hier Encore de Aznavour.

Así fue que por muchos años, aquel cassette que gentilmente me había regalado mi amigo Roberto Martínez, fue mi fiel acompañante,  aficionándome a la música de Aznavour.  Años más tarde, ya de regreso en Nicaragua, decidí ingresar a la Alianza Francesa, pues sentía que esa música, más que escucharla había que leerla, como decía el propio Aznavour.    Luego vino el Internet y Youtube y fue más fácil adentrarme al mundo de aquella música.

Al leer la noticia de la muerte de Aznavour, inmediatamente se me vino a la mente el tema Hier encore, que nos hace reflexionar sobre la profundidad de la nostalgia de los años perdidos, ese divino tesoro que se fue para no volver:  “Apenas ayer, tenía veinte años, acariciaba el tiempo, jugaba con la vida, como se juega al amor y vivía la noche, sin contar con mis días que  escapaban en el tiempo”.

Tuve la oportunidad de ver el video del funeral de Aznavour.  Impresionante ver como el hijo de inmigrantes armenios, con una niñez llena de penurias y una feroz lucha para llegar a destacar, fue distinguido en su muerte con uno de los honores más elevados en Francia:  un funeral de Estado, el homenaje más grande ofrecido a un artista francés en toda su historia.  En el Patio Interior ( Cour d´honneur ) del Palacio de los Inválidos, en donde reposan los restos de Napoleón, se realizó el evento solemne en donde asistió la  crème de la crème de la intelectualidad, con la participación de los presidentes de Francia Emmanuel Macron y de Armenia Armen Sarkissian, quienes dirigieron sendos emotivos discursos enalteciendo la figura de Aznavour.

Al terminar el acto, el ataúd de Aznavour, cubierto por la bandera francesa, cargado por diez militares y seguido por una corona de flores que formaban la bandera de Armenia, es llevado fuera del patio, mientras el coro de la Guardia Republicana (aunque usted, ni nadie por aquí pueda creerlo) entonó el tema Emmenez moi (Llévame) una de sus canciones más emblemáticas y que en una parte dice:  “Llévame al final de la tierra, llévame al país de las maravillas, creo que la miseria sería menos penosa al sol” sin haber sospechado que en el final de la tierra, en el país de las maravillas, la miseria se magnifica al sol.

Finalmente, los restos del Aznavoice, como también se le conoció, salen por el Cote du Nord del patio y se pierden de vista, mientras viene a la mente una infalible verdad, que el cantante pareciera dirigir a todos:  Et je t´attands ( Y yo te espero ).

Reposer en paix

 

 

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La reconciliación

 

Cuento

Orlando Ortega Reyes

Cuando la Clarisa le puso cuidado a la letra de aquella canción sintió que resumía todo lo que estaba viviendo.  Era un bolero ranchero y lo interpretaba un dueto bien acoplado que se llamaba Las Hermanas Núñez, pero que como era costumbre en aquella época se manejaban frecuentemente en diminutivo, Las hermanitas Núñez.   El tema en cuestión había lanzado a la fama al dueto y su título era Reconciliación.

Le impactó el inicio de la letra del tema que decía:  “Quisiera convencerte que es mentira, que yo te traicioné con otro amor, pero mi orgullo me ha detenido y no podrás gozar mi humillación”.  En realidad, en el fondo de su conciencia sabía que había traicionado a René, su novio de varios años, pero ella por lecciones aprendidas lo negó rotundamente en el primer y único reclamo que le hizo René y en donde le anunció que le daba la quiebra, como se decía en aquel entonces.   Ella también pensaba que traición, traición, no fue.  Fue más bien un momento de debilidad, en donde con par de cubas entre pecho y espalda, un tema romántico en la consola y aquel individuo alto, fuerte y sobre todo insistente, lo que le había hecho perder el juicio y por así decirlo, hasta la apelación.  Era el cumpleaños de la Sandra, una amiga de la Clarisa quien la había invitado a una “fiestecita”. René tenía clases por la noche y como cursaba el quinto año de Contabilidad no podía darse el lujo de faltar.  Así fue que la Clarisa muy quitada de la pena, asistió sola al cumpleaños y ahí fue donde el tipo aquel, amigo de un amigo de la cumpleañera se acercó y le echó la convencedora para bailar y poco a poco, la fue poniendo contra las cuerdas, hasta que llegó el momento en que salieron a tomar el fresco de la calle, cuando el otro fresco la tomó entre sus brazos y le clavó un beso al estilo de Burt Lancaster en “De aquí a la eternidad”, por lo que a ella no le quedó de otra que hacerle a la Deborah Kerr, con tan mala suerte que en esos precisos momentos, en la acera de enfrente salía de una casa la Tere, una prima de René.

La Tere quien le tenía un especial cariño a René, pues prácticamente habían crecido juntos, se sintió con el ineludible compromiso de pasarle al costo lo que sus ojos habían presenciado aquella noche, con todos los detalles.  René con la frialdad que le caracterizaba, procesó la información y para rematar el asunto, poco después por otra fuente supo que la Clarisa había vuelto a ver al individuo aquel y habían ido al cine Ruiz en donde continuaron su romance.  Así fue que René decidió cortar de raíz su relación con la Clarisa.

El problema se le complicó a la Clarisa pues en cierto momento sopesó su situación como la del mono que está bien agarrado de dos ramas y puede soltar una u otra mano, pero el caso es que el tipo aquel de repente se esfumó de la misma manera como había aparecido.  Por eso fue que decidió seguir aquella estrategia de negarlo todo rotundamente, tanto para sí misma como para el resto del mundo y al igual que la canción decidió que no se iba a humillar rogándole a René que le creyera y que regresara con ella.  Por otra parte, el tema aquel profetizaba: “Despréciame si quieres vida mía, castígame si estás en tu deber, que nada ganarás con tu ironía y siempre con mi amor has de volver. Te digo que procedes por capricho, por algo que no tiene explicación y mientras me castigas te castigas y sueñas con la dulce reconciliación”.

La Clarisa tomó aquella canción como un himno.  Mientras el éxito estuvo solo en el radio llamaba a todos los programas de complacencia para dedicarle la canción a René.  Cuando apareció el disco, lo buscó por todo Managua y su monomanía fue ponerlo día y noche hasta que se rayó.  De la misma forma, cuando llegó a las roconolas le pagaba a un lustrador que vivía por su casa, para que fuera a ponerlo en donde René pudiera llegar a escuchar esa canción.

Mientras la Clarisa mantenía la firme creencia que al final de todo, René regresaría a ella, que la extrañaría tanto que se olvidaría de aquel episodio, que la perdonaría y ella, manteniendo su dignidad, aceptaría aquella reconciliación que los llevaría irremediablemente al altar.  René por su parte, fue firme en su decisión, pues no estaba dispuesto a caminar con su frente adornada.  Además en contabilidad hay momentos en que irremediablemente hay que hacer un cierre de ejercicio y sintió que aquel era el momento.

El tiempo fue pasando, la canción aquella fue desapareciendo del ambiente, pero en la mente de la Clarisa, todavía resonaba aquello de la dulce reconciliación.  René procuró evitar los lugares en donde podían coincidir, pero aun así, ella no perdía las esperanzas.  Luego apareció en todas las emisoras el tema “Una lágrima por tu amor” interpretada por Estela Núñez, quien por cierto no tenía nada que ver con las Hermanitas Núñez, pero por aquella asociación o bien por influencias de Leo Dan, muchos la conocieron como Estelita Núñez.  Con aquella canción la Clarisa se fue resignando a que René no volvería con ella, refugiándose en aquella línea de la canción que decía: “Te quise tanto, que tal vez nunca te olvidaré, fuiste el primer amor y no volverás”.  Aunque para decir verdad, René había sido su primer novio formal, pero antes había tenido más de un par de “enviones” como ella los catalogaba, con muchachos de su barrio.

Al poco tiempo vino el terremoto y la Clarisa y su familia tuvieron que abandonar su casa y refugiarse en el barrio La Primavera, donde unos parientes.  René también tuvo que dejar su casa y se fue con su madre donde una tía en Santa Ana.  La Clarisa encontró trabajo de secretaria en una empresa constructora, en auge por el dinamismo de la construcción.  La empresa de importación y exportación donde trabajaba René lo promovió después de titularse y le ayudó para que comprara una casa en Las Brisas y al poco tiempo encontró a una auditora con quien inició una relación y luego se casaron.    Cada quien consiguió construir su propio camino, pues la Clarisa que de vez en cuando soñaba con René, consiguió que un ingeniero se fijara en ella y al tiempo llegaron a casarse.  René fríamente tomó aquel episodio como si fueran unos estados financieros, declarados, auditados y archivados luego en un Ampo que quedaría en una oscura bodega.

Corren los tiempos actuales y en unas oficinas del Seguro Social, en la sección de Prestaciones Económicas, los derechohabientes que ahí acuden, en su mayoría de la tercera edad, después de tomar un número se sientan pacientemente a esperar su llamado.  En una silla espera un individuo que transita los setenta, cuando muy cerca de él llega a sentarse una señora, más o menos de la misma edad, aunque físicamente un poco más traqueteada, como si viviera en terracería.  Inocentemente vuelve a ver al señor de al lado y le pregunta qué número tiene, él cortésmente se vuelve y le dice que el 28.    La señora que tiene el 30 le dice gracias, pero cuando mira bien al individuo aquel, a pesar de las canas, las arrugas y los gruesos lentes, lo reconoce y exclama, disimulando un poco la emoción: -René.  El señor la vuelve a ver extrañado al verse reconocido por alguien que le pareció extraña, pero al exprimir el disco duro llega un momento en que hace un clic e inconscientemente dice: -Clarisa.  Luego ella sale con la perogrullada: -Tanto tiempo.  En verdad –agrega él al mismo tenor. Ella se acuerda de aquella canción de Hernaldo y agrega: -¿Cómo te va? deteniéndose ahí y dejando a un lado aquello de que lo miraba un poco más flaco.  Tranquilamente René responde: -Muy bien.  Ella le pasa el escáner detenidamente y en efecto físicamente se mira bien y su camiseta de lagartito, su pantalón Docker, junto a unos mocasines Hush Puppies, acusan una holgada posición.  El reconocimiento y su chispa al hablar no hacen sospechar ninguna afección mental.    René agrega: – Y a vos, ¿Cómo te ha ido?  Ella responde inmediatamente: -Muy bien, no me puedo quejar.  Fríamente René hace un reconocimiento y en efecto, en términos generales ella se ve bien, a pesar de que su piel por naturaleza es muy propensa a las arrugas y un buen tinte cubre las canas que deben de proliferar. Acusa una ligera escoliosis y su cuerpo se asemeja al de la madre, tal como la recordaba.  Su ropa, nos es ninguna baratija, aunque carece de buen gusto, sin embargo, el collar en juego con los aretes se miran de cierto valor, su cartera es de diseñador y concluye que para salir así a esa oficina, seguro debe de transportarse en vehículo propio.  René le contesta:  -Me alegra mucho y se acomoda de nuevo en su asiento como dando por concluida la plática.

La Clarisa que con el tiempo se ha vuelto perceptiva, entiende que René no desea alargar aquella conversación y también se acomoda en su asiento y el silencio cae pesadamente entre ellos.  Rene se abstrae en sus propios pensamientos, sus cotidianidades, sin embargo, la Clarisa revive una vez más aquel episodio de hacía tantos años y cómo estuvo a punto de costarle su salud mental.  Con cierta obsesión siguió pensando en lo mismo, hasta cuando ya casi le tocaba el turno de pasar a René, entonces tomó valor y le dijo:  – ¿Pensaste alguna vez que solo fueron unos cuantos besos sin importancia? René extrañado por aquel extemporáneo reclamo la quedó viendo y después de una chispa que asomó en sus ojos le dijo: -Puede ser, pero la que afloja el pico…   y dejó en suspenso la frase, mientras voceaban su número, se levantó y se fue sin más.  Ella se quedó rumiando aquello y en esas estaba cuando de repente también llamaron a su número y pasó a la oficina que la atendería.

Cuando ella terminó su trámite buscó para ver si volvía a ver a René pero no había ni rastro de él.  Se resignó y buscó la salida.  Pasando la puerta estaba alguien ofreciendo el periódico del día y como decía la canción “a veces por caprichos del destino”, un gran titular ocupaba casi toda la portada del diario aquel: “RECONCILIACIÓN”.  La Clarisa se quedó patitiesa y solo le dio tiempo para exclamar para sus adentros: “Tu puta madre”.

 

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Otra historia que se va entre los dedos

 

Cuando los integrantes del selecto club de la tercera edad evocamos la vieja Managua, aquella de antes del terremoto del 72, sobra algún joven que opine que es tiempo de voltear la hoja, dejar de añorar aquel tiempo pasado y resignarse a vivir en la nueva ciudad.  No obstante, aquí cabe la pregunta del millón ¿Cuál nueva ciudad?  Managua es una ciudad que ha pasado por varios procesos de transformación de tal manera que difícilmente podríamos hablar de parteaguas cada vez que ocurre un sismo de gran magnitud.  Por ejemplo, si hacemos un ejercicio y nos ubicamos en un punto intermedio entre 1972 y ahora, digamos en 1996 y comenzamos a recorrer la ciudad de aquella época, encontraríamos que era completamente diferente a la actual y la nostalgia que sentimos los veteranos por la Managua de antes del terremoto, es la misma que los jóvenes que se ubican en los pretiles alrededor de la cuarentena, sentirán cuando recuerden aquellos tiempos.

Era el último año de gobierno de doña Violeta de Chamorro y la capital conservaba cierta placidez, pues en su área urbana apenas rebasaba el millón de habitantes.  Las obras de infraestructura todavía no terminaban de desperezarse del sopor en que se mantuvieron durante los ochenta.  Aunque usted no lo crea, no había rotondas, salvo tal vez la de Bello Horizonte y los semáforos que todavía no alcanzaban la inteligencia de ahora, resolvían para un tránsito liviano, pues en ese entonces el parque vehicular no sobrepasaba las 90,000 unidades en la capital, de las cuales tan solo 10,000 eran motocicletas.  En otras palabras, era el paraíso.  No existía ni la pista suburbana, ni la Jean Paul Genie y el único paso a desnivel era, si así pudiera llamarse, el que está al inicio de la carretera a Masaya y la calle que bordea Tiscapa.

El comercio formal todavía no mostraba dinamismo y solo existían los centros que sobrevivían desde los sesenta y setenta, el Centro Comercial Managua, que en algunos días se mostraba lánguido, Metrocentro era tan solo un “galillo” en donde se ubicaban unas diez o doce tiendas, entre ellas Eclipse, Génesis, una joyería, entre otros y un súper mercado en el extremo oriental, el Camino de Oriente que en medio de todo guardaba su antiguo glamur, el de Linda Vista abandonado en su mayoría y lo que un día fue el Nejapa, en donde predominaban los juzgados y unas pocas tiendas, así como comiderías y ventas de chucherías que siempre rodean a la justicia.  No se conocía el término Food Court.  Por otra parte, estaba el remanente de lo que fue la Diplotienda que para ese tiempo estaba abierta a todo público y a la cual Siman le había echado el ojo como cabeza de playa para su desembarco en el país.  De la misma forma, no habían más que dos cadenas de súper mercados, La Colonia que contaba con un par de locales e igualmente el Súper mercado La Fe.  Todavía no había proliferado la fiebre de pequeñas plazas comerciales y subsistían el Zumen, lo que fue Galerías frente a Plaza España y otros cuantos.

La gente todavía no recuperaba la afición por el cine y tan solo los dos cinemas de Camino de Oriente y el de Bello Horizonte satisfacían la demanda local.

En lo que se refiere a hoteles, en el rango de tres estrellas o más se ubicaban el Intercontinental, el Camino Real, Las Mercedes, el Hotel Estrella encontrándose en construcción el Holiday Inn.  Los restaurantes de ese nivel también se contaban con los dedos, Los Ranchos, El Eskimo, La Marsellesa, los diferentes locales de La Plancha.  Tampoco eran muchas las pizzerías, la Valenti, los dos locales de Pizza House y la Pizza María (pizza las 24 horas) frente al Centro Banic.

La banca por su parte mostraba un inusitado dinamismo, después de haber sido privatizada de nuevo a inicios de los noventa, surgieron varias instituciones y muchas de ellas desaparecieron del mapa como BANIC, BAMER, BANADES, BANEXPO, INTERBANK, BANCALEY, BANCAFE, entre otras.

En cuanto a hospitales privados, predominaba en aquel tiempo el Hospital Bautista y en una mínima dimensión lo que es ahora Salud Integral, aunque algunos hospitales públicos ofrecían servicios privados como el PAME del Hospital Militar.

Las opciones para el estudio universitario eran reducidas, pues aparte de la UNAN, la UNA y la UNI, solo destacaban la UCA, la UPOLI, la UAM que precisamente ese año se cambió de una casa en Bolonia a un pabellón en su nuevo recinto junto al Camino de Oriente, la UCC en Altamira, UNICA, UCEM, entre otras.

La tecnología había avanzado vertiginosamente y el país trataba de mantenerse lo más al día posible.  La mayoría de las oficinas contaban con computadoras personales, la mayoría de la serie 386 y algunos con 486, acompañados algunos con impresoras laser y una mayoría con impresoras de matriz.  Eran pocos los hogares que podían darse el lujo de contar con una computadora, pues un equipo “clon”, alcanzaba hasta los dos mil dólares.   Poco a poco el personal de oficina se había ido familiarizando con el uso de estos equipos y una carrera promisoria era la de operador de computadora o capturista.

En lo que se refiere a telecomunicaciones, todavía no se observaba avances significativos en la ciudad.  El último grito en este sentido era el anuncio de aquellas empresas que en su publicidad consignaban como número telefónico un PBX que no era otra cosa que el Private Branch Exchange que permitía a una empresa contar con varias líneas externas con el mismo número telefónico, además del intercambio de comunicación al interior de la empresa.  El FAX era todavía un requerimiento primordial para la comunicación, al enviar y recibir documentos principalmente a larga distancia.  Ya el correo tradicional comenzaba a menguar y el telégrafo vivía una prolongada agonía.

La telefonía celular todavía se encontraba en pañales y se registraban a lo mucho unas 4,000 líneas operada por Nicacel, ya en pláticas con Bellsouth para una próxima venta.  Este servicio estaba orientado a los altos ejecutivos y funcionarios del gobierno que podían darse el lujo de mantenerlas pues se pagaba una fortuna tanto en llamadas realizadas como recibidas.  El sucedáneo un poco más al alcance del resto de ejecutivos era el “beeper” tal como se llamaba a los “pagers” o localizadores que recibían un mensaje de texto enviado vía llamada telefónica a una central de la empresa operadora, en ese tiempo Alfanumeric.   Para el resto del mundo que no tenían ni siquiera una línea fija a la mano, se encontraban los teléfonos públicos de tarjeta, operados por Publitel, con unidades en puntos estratégicos de la ciudad.

El internet todavía era un privilegio para unos pocos y se realizaba a través de una conexión llamada Red Telefónica Conmutada en donde se marcaba el número del proveedor y este a través de un chicharreo establecía la conexión, muy limitada por cierto.  Eran muy pocos quienes podían darse el lujo de contar con una cuenta de correo electrónico.

Si quisiéramos ponerle banda sonora a esta evocación, creo que la más acertada sería tal vez, el tema Mi historia entre tus dedos, que si bien es cierto, su autor e intérprete, el italiano Gianluca Grignani la había estrenado en su idioma original en 1994, la versión en español llegó al país hasta en 1996 y se adueñó de todas las listas de popularidad.  Era un tema de desamor, en el que el protagonista de la historia afronta una ruptura, con una melodía en extremo pegajosa, pero que no obstante tiene las fallas comunes que tienen los temas en italiano que pretenden traducirse al español utilizando las similitudes entre ambas lenguas, pero que al final se alejan enormemente del sentimiento original.  Hay algunos aciertos que pueden rescatarse de la versión en español como es la expresión:  “Porque conozco esa sonrisa tan definitiva…”  Una noticia le dio un toque más dramático al tema anterior, al correrse el rumor de que Gianluca se había suicidado, lo cual al final no fue más que otra falsedad.

De esta forma, si escuchamos este tema y cerramos los ojos, tal vez nos transportemos a esa otra Managua, tan diferente a la actual, que a veces nos parece tan atestada con cerca de 2.3 millones de habitantes y un total de medio millón de vehículos, de los cuales 300 mil son motocicletas.  La ciudad está plagada de rotondas en donde el tráfico se aglomera y en ocasiones parecen ser posibles focos de infección por salmonelosis.  Los semáforos inteligentes parecieran haber sufrido una lobotomía, de tal manera que a veces un simple traslado se transforma en un calvario.

Así pues, sin necesidad de ir tan lejos, muchos sentirán nostalgia, tal vez recordarán un amor perdido, otros probablemente agradecerán aquel adiós, lo cierto es que el sabor que tenía la novia del Xolotlán en aquel entonces, es una historia que se fue entre los dedos.

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El bueno, el malo y el feo

Llega un momento en nuestras vidas en que cincuenta años, es decir, medio siglo, deja de ser una cifra astronómica y se nos hace algo manejable, incluso acariciable.  Total, como decía Gardel, no es nada.  Es esa etapa cuando ya peinamos canas y algunos disconformes L´Oreal, Wella o Mejicana; cuando la caja más grande que tenemos no es la fuerte, sino la de las medicinas y cuando es un verdadero reto para la memoria recordar el horario en que hay que tomarlas o peor aún, recordar que hay que tomarlas.

Así pues, a estas alturas del partido se nos viene haciendo costumbre cada año retroceder cincuenta años el calendario y nos estrujamos la mente para desempolvar los recuerdos de aquella época.  En estos meses, le ha tocado el turno al año 1968.  Cómo no recordar aquel año que inició con un terrible susto.  Vivía yo en ese entonces, tal como lo consigné en un artículo anterior, Roconolas lejanas, en la casa de mi tía Leticia, en el sector del Mercado Oriental, en la calle de El Trebol, justamente junto a la Toña Nariz, una famosa casa de citas para ser finos, de cierta categoría y frente a los bares Tía Ana y Los Caracoles, todos ellos lugares non sanctos que muchos habrán conocido y de cuyos nombres muchos no querrán acordarse.  Pues bien, en la madrugada del 4 de enero me despertó un sismo que estremeció el cuarto donde dormía, por así decirlo, plácidamente.  Toda la estructura se cimbró, el suelo trepidó y un tremendo ruido hizo que me incorporara, al mismo tiempo que algunas tejas de barro del techo se rompían y uno de los trozos me cayó justamente en la cabeza, abriéndome una pequeña herida.  Me puse rápidamente la ropa y junto a mi tía salimos a la calle, en donde ya toda la gente llenaba el ambiente con gritos, llantos y oraciones.  Las muchachas de donde la Toña, sin ningún pudor salieron en baby doll, con un rostro que reflejaba un temor mayor que al de la penicilina.  El sismo no fue tan fuerte, apenas 4.8 grados y con epicentro en la Colonia Centroamérica, algo retirada de donde estábamos.  Sin embargo, años más tarde me di cuenta que debajo de  mi cuarto había un sumidero y que en el terremoto de 1972 se había tragado buena parte de aquella casa, llevándose al otro barrio a la familia que ahí vivía.

En ese año ingresé al segundo año de la carrera de economía y comenzó para mí el horario nocturno, complementado con una hora de clases a las siete de la mañana.  Además del propósito de echarle producto de gallina a las clases que empezaban a ponerse más difíciles, también me propuse bajar de peso, aprovechando que tenía que hacer dos viajes desde el Oriental hasta la Facultad cerca de La Prensa, unas veinticinco cuadras a pincel.  Comencé a conocer cada palmo de aquella ruta cotidiana, haciéndome asiduo de las farmacias que tenían básculas y que por un córdoba ofrecían el peso y la suerte y que fueron testigos de las setenta libras que logré bajar a lo largo de aquel año, vaticinándome además las más extravagantes predicciones para mi vida.  En algunas ocasiones, más por curiosidad que por otra cosa, daba algunos paseos en la  recién inaugurada ruta 11, llamada Policlínicas, pues conectaba a los dos centros de atención médica del INSS en el oriente y occidente de la capital y contaba con autobuses nuevos Bluebird, azul y blanco por cierto y del nuevo modelo chato.

Ese año mis aficiones se ampliaron.  Además de la música, que absorbía a través de un radio portátil Philips y de las roconolas de la Toña Nariz y bares aledaños, estaba el cine, aprovechando que estaba rodeado de salas que por un córdoba podía mirar una película estrenada un par de meses antes en los grandes teatros.  Muy cerca tenía el Ruiz,  el Luciérnaga y el recién inaugurado México, un poco más lejos el Tropical y el Darío y a media hora de camellada, el América, el Boer y el Alameda.  Debo de admitir que nunca me atreví a ingresar ni al Apolo, ni al Pálace ni al Fénix.  A estas aficiones agregue algo nuevo para mí: el ejercicio.  Además de las largas caminatas a la Facultad o al cine, que procuraba cubrirlas a todo vapor, me conseguí un costal que llené de arena y colgué de un árbol del patio y a la menor oportunidad empezaba a emular al Ratón Mojica piporreando sin piedad el costal aquel, con más arrestos que técnica.

No obstante, si tuviera que resaltar un acontecimiento de aquel año, me decidiría sin duda alguna por el estreno en Managua de la película El bueno, el malo y el feo.  Anteriormente habíamos visto, con mucha sorpresa, las dos primeras películas de lo que luego se conocería como la trilogía de los dólares, aunque en otros países se conoció como la trilogía del hombre sin nombre y que curiosamente no era precisamente una saga, pues el único elemento que tenían en común era un tipo sin nombre, mal arreglado y que fue interpretado por una figura desconocida completamente: Clint Eastwood, bajo la dirección de alguien también desconocido para nosotros, el italiano Sergio Leone.  De hecho, El bueno, el malo y el feo había sido rodada en 1966, se había estrenado en Italia en diciembre de ese año y un año después en los Estados Unidos, así que a nosotros nos tocó hasta fines de 1968.

Las dos primeras películas de aquella trilogía vinieron a arrancar de nuestras mentes aquella imagen que teníamos del género western, conocido por nosotros como películas de vaqueros.  El porte hasta cierto tipo elegante de los protagonistas como John Wayne, Gary Cooper, Randolph Scott, Allan Ladd, James Steward o Gregory Peck, contrastaba con el de  un individuo desaliñado, con cara de no haberse bañado, con un poncho, un sombrero de mejores ayeres y un puro chilcagre en la boca.  Otro aspecto relevante fue la violencia explícita en este nuevo género y que se alejaba de los estándares de Hollywood un tanto más apegados a la realidad y en cierta medida reprimida por la censura.  En este nuevo estilo de western, los protagonistas tenían una puntería de excelencia, una inusitada velocidad de tiro y armas con capacidad ilimitada de cartuchos.

El impacto de esta película fue tremendo en la población y superó con creces el tan esperado estreno de Solo se vive dos veces, de la saga de James Bond.  Sin embargo, es importante señalar que un elemento que ayudó de manera significativa en el éxito que alcanzó esta cinta fue la banda sonora.  El trabajo de Enio Morricone, condiscípulo y amigo de la niñez de Sergio Leone, fue fundamental para hacer de esta película algo inolvidable.  Se le había solicitado a Morricone que en el tema principal tratara de imitar el llanto o gemido de una hiena y de ahí salió el famoso tema, tan pegajoso que por mucho tiempo el prohombre y el  villano lo silbaban a los cuatro vientos a lo largo de la ciudad.  Podría decirse que superó al clásico tema de los westerns, The magnificent seven (Siete hombres y un destino), de Elmer Berstein y que perduró en el tiempo gracias al arreglo que hizo Henry Mancini para la campaña publicitaria de los cigarrillos Marlboro.

La salida del cine, después de aquella función fue algo épico.  El cine Luciérnaga lleno a reventar, tanto la preferencia de a dos córdobas como la gayola de a uno.  La gente se levantó de sus asientos como con cautela, imitando a la escena final cuando el bueno, el malo y el feo se van colocando en el sitio conveniente para el duelo final. Sin despegar la vista de quienes los rodeaban, todos los espectadores, tratando de proyectar la serenidad del rubio y quienes fumaban su Valencia dejándoselo en la boca imaginándose un chilcagre, fueron abandonando la sala caminando de manera peligrosa.  Uno que otro ya se había aprendido la tonada del tema y la silbaba.  En sus miradas se reflejaba la satisfacción de haber invertido de manera óptima el precio de la entrada.  Más de alguno pudo haber gritado: Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo!

Después de esa película, el género western no sería el mismo.  A pesar del remoquete de spaguetti adosado en forma despectiva a lo que quisieron manejar como un sub género, Sergio Leone, le dio un giro significativo a lo que parecía ser un monopolio de Hollywood, a quien obligó a repensarlo y la muestra la vimos unos años más tarde con el estreno de The wild bunch (La pandilla salvaje) de Sam Peckinpah.

En lo particular, debo confesar, sin tratar de invadir en lo más mínimo los terrenos del ojo crítico de Ampié, que me impresionó más la película de Sergio Leone que Solo se vive dos veces, de James Bond, aunque guardando la distancia entre géneros, me gustó un poco más el tema musical de esta última, interpretado por Nancy Sinatra, en especial las dos primeras líneas que rezan:  “Usted solo vive dos veces, o al menos así parece, una vida para usted y una para sus sueños”.

En mi caso, aquel año lo viví más para mis sueños.  Logré mejorar mi rendimiento académico en la Facultad de Economía.  Por otra parte, llegué a perder cerca de setenta libras al mismo tiempo que me iba enamorando de cada calle de aquella esplendorosa ciudad.  También fui al cine muchas más veces de que lo que había asistido en toda mi vida.  Me di el lujo de caminar desde el cine México a la calle de El Trebol, después de la tanda de ocho de la noche.  Tuve la oportunidad de conocer al revés y al derecho todo el hit parade local, aunque para mi pesar conocí a los Rockets no en la Tortuga Morada, sino a través del radio.  No obstante, al finalizar aquel año, tuve que decirle adiós a la vieja facultad, pues al año siguiente estrenaríamos el Recinto Universitario “Rubén Darío” en Jocote Dulce y al trasladarse mi familia a Managua, dejé el sector del Oriental y me fui a vivir al lado occidental de la capital, en el famoso Callejón de Alí Babá.

En cincuenta años, ya ha llovido mucho y definitivamente vivimos en otro mundo.  Aquella Managua de ensoñación fue borrada del mapa en 1972, con todo y sus cines y roconolas.  Sergio Leone, Lee van Cleef y Eli Walach, duermen ya el sueño de los justos, mientras que Clint Eastwood y Enio Morricone todavía resaltan en la escena mundial, el primero como un exitoso director y el segundo como un legendario compositor y conductor. En el sector del Oriental no me atrevo a transitar ni siquiera de día.  El Recinto Universitario “Rubén Darío” se asemeja más al Berlin oriental de la guerra fría que al campus que proclamaba la autonomía y la libertad.  El cine, más que de asistir a una sala es de Netflix o Cuevana y el mundo de la música se ha ampliado significativamente con YouTube y se puede manejar cómodamente desde un celular, es más se puede encontrar una nueva versión del tema de aquella película a cargo de The Danish Natioanal Sinphony Orchestra,  que es una de las mejores.

Me pongo a pensar en estos dorados tiempos, si se tratara de hacer una nueva versión de El bueno, el malo y el feo y lo único en  que puedo tener la certeza es en que una buena versión tendría que estar dirigida por Tarantino.  Para definir los actores, tal vez primero habría que repensar en los personajes.  A estas alturas del partido, bueno, malo y feo, tal vez no bastarían para darle un toque de realidad.  Sin duda alguna habría que cambiar hacia El bueno, el feo y el cínico.  Creo firmemente que estos tiempos de la posverdad, resalta el cinismo, como una obscenidad descarada y una manifestación de lo más ruin y deplorable del género humano.  De esta manera, en la nueva versión, el cínico mataría al bueno y antes de eliminar al feo, lo torturaría para que asuma la culpa y además de declararse autor de las muertes que ocurren en toda la película, finalizando la misma cuando el cínico va a la vela de los otros dos.
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El amigo Sergio

 

Mis últimas visitas al pueblo han sido, casi de manera invariable, para acompañar a un amigo en su duelo o más triste aún, para decir el último adiós a un amigo.  En esta ocasión llegué a San Marcos atravesando un infame camino en reparación, en medio de una espesa neblina y una lluvia pertinaz que a ratos amenazaba con arreciar.  Si se hubiera tratado de una fiesta o cualquier otro tipo de evento, sin pensarlo dos veces hubiese hecho a un lado el viaje.  Pero en esta ocasión se trataba de despedir a Sergio, era pues, un deber ineludible.

Al ingresar al  templo, vuelve a mí esa sensación de vacío, al contemplar un ataúd al frente, en donde yace una persona con quien compartí tantos momentos en la infancia y la adolescencia.  La voz, un tanto estridente y casi ininteligible del oficiante, hace que me abstraiga del oficio y me transporte en el tiempo, hacia aquellos años dorados, cuando el pueblo tenía un sabor especial o sería tal vez el aroma que le daba la inocencia de la niñez.  Aunque tal vez no lo crean, en aquella época yo era extremadamente delgado.  La comida no era algo que me llamara la atención, a excepción tal vez de las golosinas.  Toda la familia al unísono me insistía que debía de comer, a fin de abandonar aquella extrema delgadez.  Un día, un tío me dijo –Deberías de aprender del hijo de Justo, que se come un nacatamal entero.

Así pues, mi apreciación inicial de Sergio, estaba relacionada con aquella proeza.  En realidad era robusto, sin entrar en exageraciones y claramente se observaba que era muy afecto a la comida.  Recuerdo muy bien que con mis hermanos fuimos invitados a su primera comunión.  En el patio de su casa, de calicanto, acomodaron las mesas y quién sabe con qué criterio distribuyeron a la nutrida afluencia de invitados, el caso es que mi abuela, quien era nuestra acompañante oficial para ese tipo de eventos, quedó en una mesa con mis hermanos Oralia y Oswaldo, así como varios invitados más y en una foto que se logró rescatar posteriormente, quedó plasmada aquella mesa.  Me imagino que yo estaba con otros invitados del pueblo en otra mesa, que por alguna razón no alcanzó foto.

Si mal no recuerdo, Sergio ingresó al Pedagógico de Diriamba a tercer grado de primaria, en donde yo  estaba desde primero.  Viajábamos juntos en una camioneta GMC que hacía un recorrido de San Marcos a Diriamba y compartimos pupitre en el aula con el Hermano Agustín.  Una de las cosas que más me llamaba la atención de Sergio es que todos lo conocíamos con ese nombre, sin embargo, sus cuadernos decían José Samuel Zepeda Soto.  Le pregunté al respecto y me comentó que una tía suya había dicho que su sobrino debía llamarse Sergio y al no haberle hecho caso, ella continuó llamándolo así, de tal manera que con el tiempo todos lo llamaban así.  En el pueblo, tan afecto a los apodos, le endosaron uno: Cacaseno.  Me imagino que algún letrado leyó el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, personajes de la edad media y que en alguna ilustración el último tendría un parecido con Sergio, quien nunca se inmutó cuando lo llamaban de esa manera, pues siempre estuvo acostumbrado a manejar varios nombres, incluyendo Zepeda, pues los hijos de La Salle acostumbraban llamarnos por el apellido.

En aquellos años, Sergio sufría con la lectura, debido a que tenía problemas con la pronunciación de las palabras.  Los maestros del colegio y a veces todos los demás pensaban en que Sergio no le ponía voluntad a pronunciar bien, hasta que cierto día me comentó que lo había examinado un médico y descubrió que debajo de la lengua tenía una especie de frenillo que no permitía la movilidad de la lengua y por lo tanto provocaba que no pronunciara bien las palabras.  Después de una sencilla operación, Sergio comenzó a hablar de manera normal.

En quinto grado abandoné el Pedagógico pero Sergio continuó ahí.  Llegué a la Escuela de Varones de San Marcos donde me encontré con Pablo Vargas y Arturo Pérez.  En sexto grado ingresé el flamante Instituto Juan XXIII en donde continué con Arturo, quedando Pablo en la Escuela de Varones.  Para primer año de secundaria, parece que los padres de familia reflexionaron sobre la calidad de la educación que se necesitaba en la secundaria, de tal manera que Pablo, Arturo y yo nos encontramos en el Pedagógico de Diriamba en donde parecía esperarnos Sergio.

Los cuatro sanmarqueños de primer año hicimos un grupo compacto que nos reuníamos en el receso de medio día con el resto de paisanos y en muchas ocasiones nos juntábamos en el pueblo para estudiar.  Generalmente nos reuníamos en la casa de Sergio en donde nos recibía cariñosamente doña Chon, la mamá de Sergio.  Recuerdo que en cierta ocasión estábamos trabados con un problema de física cuando pasó de casualidad Toño Ortega, vecino de Sergio y al comentarle lo del problema, en un dos por tres lo resolvió y nos explicó a detalle el procedimiento.  Para nuestra suerte ese problema salió en el examen.

Para tercer año, Pablo abandonó el grupo pues ingresó a la Academia Militar y quedamos solo los tres.  Creo que íbamos en cuarto año cuando a Sergio le regaló su papá una camioneta Taunus.  Eran pocos los compañeros en todo el colegio que tenían vehículo.  De vez en cuando la llevaba al colegio y de ahí armábamos viajes.  En cierta ocasión nos llevó a El Dulce Nombre, en donde su papá tenía una finca.  Aquella camioneta la conocíamos como La Ternera, pues en el Auto Reparación,  taller de su tío Luis Soto, le habían traveseado el claxon y emitía una especie de mugido.  Una vez fuimos de paseo a Masatepe y al regreso, al pasar por un antro que quedaba a orillas de la carretera nos pidió que estuviéramos atentos, sonó el claxon y al instante un grupo de muchachas salieron disparadas hacia la carretera a decirle adiós.

Por aquellos días yo andaba aprendiendo a manejar, lo hacía a ratos, dependiendo de la disponibilidad de tiempo de mi papá y cierta vez que viajábamos de Diriamba a San Marcos, saliendo de Jinotepe me preguntó que cuando comenzaría a manejar, le dije que en esas andaba pero que no tenía muchas oportunidades de practicar.  No había terminado de comentarle cuando detuvo la camioneta, se bajó, me dijo que tomara la camioneta y que la llevara hasta San Marcos.  Me quedé sorprendido, pues nunca hubiera esperado ese desprendimiento, sin embargo, así era Sergio en todo, siempre solidario, nunca dejaba morir a nadie.  Tomaba muy en serio la amistad.

En ese tiempo, se intensificaron las fiestas, tertulias, bailes y demás y siempre nos encontrábamos el grupo.  Ninguno tuvo un afecto exagerado por el licor, a diferencia de otros amigos y lo que envidiábamos era la suerte de Sergio con las muchachas, en especial como recién dijo un paisano, una que lo hacía bailar en una uña.

En quinto año solo seguimos Arturo y yo, pues Sergio dejó alguna materia y tuvo que repetir el cuarto año, pero siempre seguíamos haciendo el mismo grupo.

Cuando ingresé a la universidad, poco a poco dejé de ver a los compañeros de la escuela y era eventualmente que me los encontraba en alguna fiesta o en el cine.  Luego me trasladé a Managua en forma definitiva y de ahí salí a México en donde permanecí casi 16 años.  Al regresar, a mediados de los noventa, me avisaron que para unas fiestas de abril, Arturo Pérez estaba organizando la famosa cena que el pueblo le dedicaba al párroco y aprovechando que andaba por San Marcos el Padre Pedro Pelletier, lo invitó y bautizó el evento como La cena del Recuerdo.    Ahí, después de más de veinte años, volví a encontrar a Sergio y Arturo, pues Pablo había fallecido a finales de los setenta.

Sergio me presentó a su familia y descubrí que aquel amigo de carácter jovial y bullanguero, se había convertido en un hombre de familia, un tanto más serio y me alegré por él.

Tiempo después, en esos viajes eventuales que hacía a San Marcos pasé a saludar a la Maestra Ofelita Ortega, a quien le guardo un aprecio especial y le dije que pasaría enfrente a saludar a Sergio y me comentó que no estaba, pues andaba en Managua, en una sesión de hemodiálisis que debía cubrir tres veces por semana.  Me dolió saber que Sergio atravesaba aquel martirio.

Cuando me avisaron de su fallecimiento, a la par de ese sentimiento de extremo pesar, al saber que mis compañeros y amigos me habían dejado solo, sentí cierto alivio al saber que iba a descansar de la tortura que significa el seguir un tratamiento de hemodiálisis.

Al momento del responso final, cuando el oficiante comenzó a repartir agua bendita a diestra y siniestra, mi mente regresó de nuevo al oficio.  Miré como llega ese momento crucial en que el féretro sale lentamente del templo, para encaminarse a su marcha final.  De pronto, un redoble de tambores lo acompañó en el último trecho.  Cuando llegó al atrio, una banda filarmónica comenzó a interpretar el tema Amigo de Roberto Carlos.  En realidad sin temor a equivocarme si le pidieran a los sanmarqueños una palabra para definir a Sergio sería obviamente esa: Amigo, el más cierto en horas inciertas.

Creo que los sanmarqueños de corazón lo van a recordar siempre, por su espíritu tan jovial, su risa contagiosa, sus manifestaciones de solidaridad, por su fidelidad a la palabra amigo.  Para mí en lo particular, cada vez que necesito ejercer ese desprendimiento, esa voluntad para dar un voto de confianza, recuerdo a Sergio cuando me puso al volante de su camioneta y dándome una palmada en el hombro me dijo: Dale viaje.

Descansa en paz, querido amigo.

 

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El terrorista

CUENTO

Fermín subió a su cuarto con una bolsa de regalo que le había entregado su tío César, quien recién había regresado de un congreso de cardiología en los Estados Unidos.  César Reyes era un afamado médico que se había especializado en enfermedades cardiovasculares, padecimiento que en aquellos años, finales de los sesenta, había cobrado una singular importancia.  El médico le tenía un especial cariño a Fermín, hijo único de Arsenio, su hermano, pues el niño tenía un enorme parecido con Don Rodolfo, el finado padre de ambos.

Fermín tendría en ese entonces unos once años y era un niño que en la época actual pudiera haberse catalogado como “hiperactivo”.  En aquellos tiempos no existía aquella etiqueta y los niños eran vagos o jodedores, pero hasta ahí no más.  Era muy inteligente y un poco aplicado en el colegio, sin embargo, la disciplina no era su fuerte, mostrándose un poco rebelde, motivo por lo cual, Clara, su madre se fue acostumbrando a presentarse con regularidad a la dirección del colegio para recibir reportes de la conducta de su hijo.  Su padre el Dr. Arsenio Reyes, abogado y notario, ejercía su carrera, bastante exitosa, en la capital y viajaba diario hacia el pueblo y cuando escuchaba de parte de su esposa los reportes de disciplina de su hijo, no le ponía mucha mente, pues decía que él mismo había sido de esa manera y que con el tiempo se fue enderezando.

Después de estudiar y hacer sus tareas, lo cual no le llevaba mucho tiempo, Fermín se dedicaba a sus dos pasatiempos favoritos.  Uno era devorar toda la literatura de terror que llegaba a sus manos, desde Edgard Allan Poe y Ray Bradbury, hasta los paquines de Cuentos y Leyendas de La Colonia y El monje loco, así como cualquier película o programa de televisión del género.  Le fascinaba aquel cosquilleo que le producía el suspenso y el miedo que infundían todos aquellos relatos espeluznantes.  Su otro pasatiempo era el de hacerle al francotirador.  Con una resortera y una bolsa de una especie de tomatitos verdes que producía un arbusto que crecía en el patio, subía a la azotea y ahí parapetado escogía a sus blancos a quienes a una distancia considerable lograba impactar con aquellos proyectiles, acostándose después en la superficie de la azotea, de modo que sus víctimas nunca lograban avizorar al tirador.

Cuando el muchacho abrió aquel paquete del regalo de su tío César, casi se le salen los ojos de las órbitas.  Se trataba de una máscara de un rostro monstruoso.  Pero no era una de las tradicionales máscaras de celuloide que apenas cubrían el rostro y que se sujetaban con un hule a la cabeza.  Se trataba de una máscara completa, estilo Hollywood, de un material como latex, que cubría la totalidad de la cabeza, con cabellera casi real y que una vez que se la probó y se miró en el espejo, sintió aquel cosquilleo de terror al mirar aquella imagen frente a él.  Se emocionó al pensar en el uso que le daría a la máscara.

Aquella misma noche, Fermín se puso un suéter negro y se fue con la máscara a un solar vacío que quedaba casi en frente de su casa.  Ese lugar estaba casi en penumbras, pues la luz del alumbrado público estaba un tanto retirada y a duras penas hacía llegar unos tímidos rayos.  El muchacho se colocó la máscara y se ubicó detrás de unos matorrales que le cubrían hasta el pecho, de tal manera que solo parecía sobresalir aquel rostro monstruoso, pues el suéter se confundía con lo oscuro del fondo. No pasó mucho tiempo cuando por la calle apareció Juancito, empujando un pequeño carretón en el  que llevaba maíz al molino para la masa de las tortillas que echaba su abuela.  Iba muy tranquilo, sin embargo de pronto volteó a ver hacia el solar y adivinó un rostro espeluznante.  El pobre Juancito pegó un salto casi olímpico y salió disparado con su carretón gritando incoherencias.  Fermín se quitó la máscara y el suéter y se dirigió a su casa en donde se encerró en su cuarto a leer.   Al rato que llegó su padre de la capital, bajó a cenar y su madre comentó que Doña Fidelia, la vecina, recién había llegado con el cuento que un muchacho que pasó cerca de la casa había visto un aparecido.  El abogado, sonrió y comentó: – Las mismas supersticiones de siempre.  Fermín se limitó a asentir con la cabeza.

En los días subsiguientes, Fermín continuó con su aventura, no a diario, por si las dudas.  Incluso cambió de ubicación, escondiéndose en otros solares de las calles vecinas.  De esta manera a Juancito se unieron la niña Rosita, quien se dirigía a poner una inyección a domicilio, Don Coronado, que iba a la farmacia a conseguir un jarabe y una hija de Doña Cándida que iba a dejar unas pelotas de trigo a la venta.  En el pueblo se iba esparciendo el rumor que algún alma en pena andaba rondando el pueblo.

Cierta noche, después de haber dejado de asustar por varios días, Fermín decidió volver a sus andadas y esta vez seleccionó un paraje que le pareció más tétrico, situado al otro extremo del pueblo.  En un pequeño salveque llevó el suéter negro y la máscara, al llegar observó si no había nadie a la vista y se introdujo entre los matorrales en donde se puso el suéter y la máscara.  Sin embargo, en esa ocasión, la mala fortuna parecía haber acompañado al muchacho, pues la persona que acertó a pasar por aquel paraje fue nada menos que la Dulcita, una de las hijas de Don Roque, cacique del pueblo y sempiterno alcalde.  En esa ocasión, Fermín emitió un ruido que hizo que la muchacha volviera a ver y cuando se percató de aquel rostro, casi cae desmayada.  Se puso blanca como un papel y con dificultad emprendió la marcha, corriendo luego hasta su casa.  Casi no podía hablar y su madre se percató que estaba ardiendo en fiebre.  En pocos minutos la casa del alcalde se llenó de curiosos y en momento más, don Roque llegó del bar en donde conversaba con unos amigos, hasta donde llegó la noticia.

La mala suerte seguía persiguiendo a Fermín, pues una vez que se quitó la máscara y el suéter y los puso en el salveque, salió con mucho cuidado del matorral, sin embargo, no advirtió que de una casa vecina, Salvador, un vago del pueblo,  desde la ventana había observado cómo el muchacho, en la penumbra, se quitaba la máscara y el suéter y salía luego hacia la calle rumbo hacia su casa.

Inmediatamente Salvador se dirigió a la casa de don Roque y cuando se encontró con el alcalde le comentó lo que había visto.  El cacique comenzó a resoplar y se puso verde, para cambiar luego a morado.  Chavalo hijuelagranputa, no paraba de decir.

El muchacho llegó a su casa y subió a su cuarto, escondió el salveque y esperó a que llegara su padre para cenar.  Al finalizar, Fermín subió a su cuarto, el abogado se sentó en la sala a leer, mientras que su esposa miraba la televisión.  Al rato, se escuchó que golpeaban a la puerta con “imperio”, como decían las viejas del pueblo.  El propio doctor salió a abrir, sorprendiéndose cuando observó que se trataba de Don Roque, acompañado del Teniente López, comandante de la plaza.

Entre el Dr. Reyes y Don Roque había una animadversión desde siempre.  El alcalde había escalado posiciones a punta del más puro servilismo con el régimen somocista.   Los Reyes eran una familia que gracias a un constante y arduo trabajo había logrado superarse, de tal manera que con su aserrío Don Rodolfo había logrado enviar a sus hijos a estudiar una carrera profesional.  Don Rodolfo nunca quiso participar en política, sin embargo, era pariente de Somoza García y éste le debía muchos favores, de tal manera que siempre lo respetó y había la orden, no escrita, que esa familia era intocable.  Sus hijos habían heredado aquella aversión a participar en política, así como el respeto de los hijos de Somoza.  Arsenio había incluso defendido en juicios a algunos ciudadanos opositores, sin problema alguno.  Esta situación le causaba un inmenso malestar al alcalde, pues era la única familia que no se le agachaba en el pueblo, más bien, cuando podía, recibía de su parte agrios comentarios.

Muy secamente, el abogado saludó a los visitantes con un – Buenas noches, los visitantes devolvieron el saludo y el alcalde agregó: -Necesitamos hablar con usted, doctor, sobre un asunto muy serio.  Arsenio se extrañó pero los invitó a pasar a la sala y les ofreció asiento.  Clara, cortésmente saludó y se retiró.

Siempre con un tono serio, el abogado les espetó: – Bueno señores, ¿Qué se les ofrece?  El alcalde se aclaró la garganta y dijo: – Mire doctor, es un asunto muy penoso, pero venimos porque se está acusando a su hijo de terrorista.  El Dr. Reyes se sorprendió, pero recuperó la calma y exclamó:  -A ver, a ver, a ver, ¿Cómo está eso?  Don Roque dijo: – Resulta que su hijo lleva varias semanas asustando a la población con una máscara, por lo tanto es un terrorista.

El abogado no supo cómo se le salió: -No sea caballo, Don Roque.  El terrorismo –agregó- tiene que ver con la lucha para desestabilizar al poder.  El militar se quedó de una pieza, pues nunca había escuchado a nadie dirigirse de esa manera al alcalde.  Cuando más, continuó Arsenio, se trata de una vagancia.  Cuando Don Roque recobró el resuello, dijo enfáticamente: -Pero en los últimos días se ha dedicado a sembrar el terror ¿y a eso cómo le llama?  Mire Don Roque, dijo el abogado, aquí el único que está sembrando cosas raras en su finca es su primo René.   El cacique se quedó de una pieza y sin palabras.  Entonces el militar entró al quite y le dijo al abogado: -Entonces doctor, ¿Qué podemos hacer?  Arsenio, con la mayor tranquilidad le respondió: -Tal vez ustedes quieren que llamemos ahorita a Managua, con el Magistrado García o si quiere con Alesio.  Cuando el Teniente escuchó el nombre de Alesio, se descompuso y dijo: -Bueno, creo que no es para tanto, tal vez podríamos arreglar las cosas por aquí ¿No es así, Don Roque? El alcalde no tuvo de otra más que asentir.

Mucho más tranquilo Arsenio, retomó la palabra y expuso:  -Bueno señores, ¿qué es lo que les interesa? El cacique se quedó sin saber qué responder y apenas masculló un: -Mmmm, entonces el militar dijo: -Pues que su hijo deje de andar asustando a la población.  –Así de fácil, agregó.  Entonces el abogado les dijo: -¿Estaría bien si yo les aseguro que este muchacho no va a volver a asustar a nadie con esa máscara?  Don Roque un tanto molesto dijo: -Pero ¿Cuál sería el castigo?  Estaríamos sentando un precedente.  Arsenio lo quedó mirando y le dijo tranquilamente: -No me joda don Roque ¿Ya se le olvidó cuando usted sentó un precedente al quitarle su finca a Don Eustaquio?  Don Roque molesto solo agregó: Ahí muere, pues.  ¿Habría alguna garantía de que no va a volver a suceder?- agregó.  El abogado simplemente dijo:  Bueno, si no es suficiente con mi palabra, yo les mandaré mañana temprano la garantía que ustedes quieren y yo me encargaré de aplicar el correctivo correspondiente a mi hijo ¿Les parece?  Ambos asintieron, aunque el alcalde no de buen modo, pero inmediatamente Arsenio dijo cortésmente: -Entonces señores, buenas noches.  El militar hizo el medio parapeto de cuadrarse, mientras que don Roque masculló: -mnnas nnches.

Cuando el abogado cerró la puerta exclamó: -Terrorista mis huevos, sapo de mierda.  Llamó a su esposa y a su hijo y por un par de horas estuvo conversando con ellos, muy seriamente y al final le impuso un castigo al muchacho,  que nunca era de maltrato físico, sino que siempre encontraba la manera de aplicar correctivos adecuados y efectivos y en esta ocasión, además de cortarle su asignación monetaria semanal y restringir sus salidas por un mes, le decomisó la máscara, que fue lo que más le dolió, pero el muchacho comprendió que no había  otra alternativa.

A la mañana siguiente, antes de salir a la capital, el abogado pasó buscando a Douglas, un asistente que tenía en el pueblo para gestiones locales y le entregó la máscara empacada en una caja de whisky White Label vacía y le encargó que se la entregara al alcalde.  Douglas cumplió el encargo y don Roque se quedó extrañado al ver la caja enviada por Arsenio, pero cuando la abrió se dio cuenta que era la famosa máscara.  –Chavalo terrorista hijuelagranputa, masculló.  Luego convocó a una reunión de sus adláteres en donde declaró que había logrado desenmascarar a quien estaba sembrando el terror en el pueblo y que procedería a quemar la máscara aquella para que no se repitiera el episodio de terrorismo y el pueblo volviera a la normalidad.  Aplausos.

Don Roque nunca pudo olvidar aquel episodio, más que nada por la humillación que le hizo pasar Adrian, sin que tuviera la menor oportunidad de desquitarse.  De tal forma que cada vez que se encontraba con el muchacho o que se tenía que referir a él no se cansaba de repetir: Terrorista.  Eso no se lo podía quitar el abogado.

Con el tiempo Fermín fue abandonando su pasión por el  terror y comenzó a leer otro tipo de literatura, desde la policíaca hasta las obligadas en el colegio: María, Doña Bárbara, La Vorágine.  Cuando le correspondió se fue a la capital a la universidad y ahí pasaba la semana con su tío Martín y regresaba el fin de semana al pueblo.  Entonces se aficionó a otro tipo de lectura: Fanon, Galeano y en una ocasión llegó a su casa con una guitarra presumiendo a sus padres sus avances en el instrumento, aunque en realidad su  repertorio se limitaba a una canción, tristona por cierto que empezaba: “Qué triste, se oye la lluvia, en las casas de cartón” y se las recetaba una y otra vez, hasta que al tiempo algún guasón sacó su versión que la dejó en el vulgareo: “Que ricos, saben los tragos, en los vasos de cartón”, entonces optó por dejarla y siguió con otras canciones, siempre del estilo de protesta.

En el pueblo ya casi no se miraba a Fermín, y las pocas veces que se aparecía por ahí, a muchos les costaba reconocerlo porque se había estirado hasta alcanzar casi los seis pies., aunque tenía la misma cara de su abuelo Rodolfo, pero con una estructura atlética.  Cuando se intensificó la insurrección popular, el joven prácticamente se desapareció del pueblo.

Don Roque por su parte se dedicó de lleno a la búsqueda y denuncia de posibles integrantes de células terroristas, así como a sus familiares y buscar como los despidieran si eran empleados públicos. En algunas ocasiones se sumaba a las redadas que hacía la guardia nacional en el pueblo y hasta se rumoraba que había torturado a uno que otro guerrillero capturado.

Cierta noche el alcalde recibió una llamada que denunciaba actividades sospechosas en un campo de futbol en las afueras del pueblo, así que presto y veloz salió de su casa y subió a su camioneta.  De pronto, por el espejo retrovisor observó que alguien se acercaba.  Cuando la persona estuvo frente a la ventana del vehículo se percató que se trataba de Fermín, pues la cara de su abuelo era inconfundible.  Solo alcanzó a decir: -Ej, el terrorista, cuando velozmente el joven arrojó al interior de la camioneta un cóctel molotov, mismo que se estrelló contra el volante y produjo una explosión e inmediatamente el fuego se esparció por el interior del vehículo.  En medio de las llamas, se miraban los ojos desorbitados del alcalde, quien apenas alcanzó a escuchar: -Ahora sí, viejo sapo. ¡Patria libre!

 

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