El bueno, el malo y el feo

Llega un momento en nuestras vidas en que cincuenta años, es decir, medio siglo, deja de ser una cifra astronómica y se nos hace algo manejable, incluso acariciable.  Total, como decía Gardel, no es nada.  Es esa etapa cuando ya peinamos canas y algunos disconformes L´Oreal, Wella o Mejicana; cuando la caja más grande que tenemos no es la fuerte, sino la de las medicinas y cuando es un verdadero reto para la memoria recordar el horario en que hay que tomarlas o peor aún, recordar que hay que tomarlas.

Así pues, a estas alturas del partido se nos viene haciendo costumbre cada año retroceder cincuenta años el calendario y nos estrujamos la mente para desempolvar los recuerdos de aquella época.  En estos meses, le ha tocado el turno al año 1968.  Cómo no recordar aquel año que inició con un terrible susto.  Vivía yo en ese entonces, tal como lo consigné en un artículo anterior, Roconolas lejanas, en la casa de mi tía Leticia, en el sector del Mercado Oriental, en la calle de El Trebol, justamente junto a la Toña Nariz, una famosa casa de citas para ser finos, de cierta categoría y frente a los bares Tía Ana y Los Caracoles, todos ellos lugares non sanctos que muchos habrán conocido y de cuyos nombres muchos no querrán acordarse.  Pues bien, en la madrugada del 4 de enero me despertó un sismo que estremeció el cuarto donde dormía, por así decirlo, plácidamente.  Toda la estructura se cimbró, el suelo trepidó y un tremendo ruido hizo que me incorporara, al mismo tiempo que algunas tejas de barro del techo se rompían y uno de los trozos me cayó justamente en la cabeza, abriéndome una pequeña herida.  Me puse rápidamente la ropa y junto a mi tía salimos a la calle, en donde ya toda la gente llenaba el ambiente con gritos, llantos y oraciones.  Las muchachas de donde la Toña, sin ningún pudor salieron en baby doll, con un rostro que reflejaba un temor mayor que al de la penicilina.  El sismo no fue tan fuerte, apenas 4.8 grados y con epicentro en la Colonia Centroamérica, algo retirada de donde estábamos.  Sin embargo, años más tarde me di cuenta que debajo de  mi cuarto había un sumidero y que en el terremoto de 1972 se había tragado buena parte de aquella casa, llevándose al otro barrio a la familia que ahí vivía.

En ese año ingresé al segundo año de la carrera de economía y comenzó para mí el horario nocturno, complementado con una hora de clases a las siete de la mañana.  Además del propósito de echarle producto de gallina a las clases que empezaban a ponerse más difíciles, también me propuse bajar de peso, aprovechando que tenía que hacer dos viajes desde el Oriental hasta la Facultad cerca de La Prensa, unas veinticinco cuadras a pincel.  Comencé a conocer cada palmo de aquella ruta cotidiana, haciéndome asiduo de las farmacias que tenían básculas y que por un córdoba ofrecían el peso y la suerte y que fueron testigos de las setenta libras que logré bajar a lo largo de aquel año, vaticinándome además las más extravagantes predicciones para mi vida.  En algunas ocasiones, más por curiosidad que por otra cosa, daba algunos paseos en la  recién inaugurada ruta 11, llamada Policlínicas, pues conectaba a los dos centros de atención médica del INSS en el oriente y occidente de la capital y contaba con autobuses nuevos Bluebird, azul y blanco por cierto y del nuevo modelo chato.

Ese año mis aficiones se ampliaron.  Además de la música, que absorbía a través de un radio portátil Philips y de las roconolas de la Toña Nariz y bares aledaños, estaba el cine, aprovechando que estaba rodeado de salas que por un córdoba podía mirar una película estrenada un par de meses antes en los grandes teatros.  Muy cerca tenía el Ruiz,  el Luciérnaga y el recién inaugurado México, un poco más lejos el Tropical y el Darío y a media hora de camellada, el América, el Boer y el Alameda.  Debo de admitir que nunca me atreví a ingresar ni al Apolo, ni al Pálace ni al Fénix.  A estas aficiones agregue algo nuevo para mí: el ejercicio.  Además de las largas caminatas a la Facultad o al cine, que procuraba cubrirlas a todo vapor, me conseguí un costal que llené de arena y colgué de un árbol del patio y a la menor oportunidad empezaba a emular al Ratón Mojica piporreando sin piedad el costal aquel, con más arrestos que técnica.

No obstante, si tuviera que resaltar un acontecimiento de aquel año, me decidiría sin duda alguna por el estreno en Managua de la película El bueno, el malo y el feo.  Anteriormente habíamos visto, con mucha sorpresa, las dos primeras películas de lo que luego se conocería como la trilogía de los dólares, aunque en otros países se conoció como la trilogía del hombre sin nombre y que curiosamente no era precisamente una saga, pues el único elemento que tenían en común era un tipo sin nombre, mal arreglado y que fue interpretado por una figura desconocida completamente: Clint Eastwood, bajo la dirección de alguien también desconocido para nosotros, el italiano Sergio Leone.  De hecho, El bueno, el malo y el feo había sido rodada en 1966, se había estrenado en Italia en diciembre de ese año y un año después en los Estados Unidos, así que a nosotros nos tocó hasta fines de 1968.

Las dos primeras películas de aquella trilogía vinieron a arrancar de nuestras mentes aquella imagen que teníamos del género western, conocido por nosotros como películas de vaqueros.  El porte hasta cierto tipo elegante de los protagonistas como John Wayne, Gary Cooper, Randolph Scott, Allan Ladd, James Steward o Gregory Peck, contrastaba con el de  un individuo desaliñado, con cara de no haberse bañado, con un poncho, un sombrero de mejores ayeres y un puro chilcagre en la boca.  Otro aspecto relevante fue la violencia explícita en este nuevo género y que se alejaba de los estándares de Hollywood un tanto más apegados a la realidad y en cierta medida reprimida por la censura.  En este nuevo estilo de western, los protagonistas tenían una puntería de excelencia, una inusitada velocidad de tiro y armas con capacidad ilimitada de cartuchos.

El impacto de esta película fue tremendo en la población y superó con creces el tan esperado estreno de Solo se vive dos veces, de la saga de James Bond.  Sin embargo, es importante señalar que un elemento que ayudó de manera significativa en el éxito que alcanzó esta cinta fue la banda sonora.  El trabajo de Enio Morricone, condiscípulo y amigo de la niñez de Sergio Leone, fue fundamental para hacer de esta película algo inolvidable.  Se le había solicitado a Morricone que en el tema principal tratara de imitar el llanto o gemido de una hiena y de ahí salió el famoso tema, tan pegajoso que por mucho tiempo el prohombre y el  villano lo silbaban a los cuatro vientos a lo largo de la ciudad.  Podría decirse que superó al clásico tema de los westerns, The magnificent seven (Siete hombres y un destino), de Elmer Berstein y que perduró en el tiempo gracias al arreglo que hizo Henry Mancini para la campaña publicitaria de los cigarrillos Marlboro.

La salida del cine, después de aquella función fue algo épico.  El cine Luciérnaga lleno a reventar, tanto la preferencia de a dos córdobas como la gayola de a uno.  La gente se levantó de sus asientos como con cautela, imitando a la escena final cuando el bueno, el malo y el feo se van colocando en el sitio conveniente para el duelo final. Sin despegar la vista de quienes los rodeaban, todos los espectadores, tratando de proyectar la serenidad del rubio y quienes fumaban su Valencia dejándoselo en la boca imaginándose un chilcagre, fueron abandonando la sala caminando de manera peligrosa.  Uno que otro ya se había aprendido la tonada del tema y la silbaba.  En sus miradas se reflejaba la satisfacción de haber invertido de manera óptima el precio de la entrada.  Más de alguno pudo haber gritado: Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo!

Después de esa película, el género western no sería el mismo.  A pesar del remoquete de spaguetti adosado en forma despectiva a lo que quisieron manejar como un sub género, Sergio Leone, le dio un giro significativo a lo que parecía ser un monopolio de Hollywood, a quien obligó a repensarlo y la muestra la vimos unos años más tarde con el estreno de The wild bunch (La pandilla salvaje) de Sam Peckinpah.

En lo particular, debo confesar, sin tratar de invadir en lo más mínimo los terrenos del ojo crítico de Ampié, que me impresionó más la película de Sergio Leone que Solo se vive dos veces, de James Bond, aunque guardando la distancia entre géneros, me gustó un poco más el tema musical de esta última, interpretado por Nancy Sinatra, en especial las dos primeras líneas que rezan:  “Usted solo vive dos veces, o al menos así parece, una vida para usted y una para sus sueños”.

En mi caso, aquel año lo viví más para mis sueños.  Logré mejorar mi rendimiento académico en la Facultad de Economía.  Por otra parte, llegué a perder cerca de setenta libras al mismo tiempo que me iba enamorando de cada calle de aquella esplendorosa ciudad.  También fui al cine muchas más veces de que lo que había asistido en toda mi vida.  Me di el lujo de caminar desde el cine México a la calle de El Trebol, después de la tanda de ocho de la noche.  Tuve la oportunidad de conocer al revés y al derecho todo el hit parade local, aunque para mi pesar conocí a los Rockets no en la Tortuga Morada, sino a través del radio.  No obstante, al finalizar aquel año, tuve que decirle adiós a la vieja facultad, pues al año siguiente estrenaríamos el Recinto Universitario “Rubén Darío” en Jocote Dulce y al trasladarse mi familia a Managua, dejé el sector del Oriental y me fui a vivir al lado occidental de la capital, en el famoso Callejón de Alí Babá.

En cincuenta años, ya ha llovido mucho y definitivamente vivimos en otro mundo.  Aquella Managua de ensoñación fue borrada del mapa en 1972, con todo y sus cines y roconolas.  Sergio Leone, Lee van Cleef y Eli Walach, duermen ya el sueño de los justos, mientras que Clint Eastwood y Enio Morricone todavía resaltan en la escena mundial, el primero como un exitoso director y el segundo como un legendario compositor y conductor. En el sector del Oriental no me atrevo a transitar ni siquiera de día.  El Recinto Universitario “Rubén Darío” se asemeja más al Berlin oriental de la guerra fría que al campus que proclamaba la autonomía y la libertad.  El cine, más que de asistir a una sala es de Netflix o Cuevana y el mundo de la música se ha ampliado significativamente con YouTube y se puede manejar cómodamente desde un celular, es más se puede encontrar una nueva versión del tema de aquella película a cargo de The Danish Natioanal Sinphony Orchestra,  que es una de las mejores.

Me pongo a pensar en estos dorados tiempos, si se tratara de hacer una nueva versión de El bueno, el malo y el feo y lo único en  que puedo tener la certeza es en que una buena versión tendría que estar dirigida por Tarantino.  Para definir los actores, tal vez primero habría que repensar en los personajes.  A estas alturas del partido, bueno, malo y feo, tal vez no bastarían para darle un toque de realidad.  Sin duda alguna habría que cambiar hacia El bueno, el feo y el cínico.  Creo firmemente que estos tiempos de la posverdad, resalta el cinismo, como una obscenidad descarada y una manifestación de lo más ruin y deplorable del género humano.  De esta manera, en la nueva versión, el cínico mataría al bueno y antes de eliminar al feo, lo torturaría para que asuma la culpa y además de declararse autor de las muertes que ocurren en toda la película, finalizando la misma cuando el cínico va a la vela de los otros dos.
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El amigo Sergio

 

Mis últimas visitas al pueblo han sido, casi de manera invariable, para acompañar a un amigo en su duelo o más triste aún, para decir el último adiós a un amigo.  En esta ocasión llegué a San Marcos atravesando un infame camino en reparación, en medio de una espesa neblina y una lluvia pertinaz que a ratos amenazaba con arreciar.  Si se hubiera tratado de una fiesta o cualquier otro tipo de evento, sin pensarlo dos veces hubiese hecho a un lado el viaje.  Pero en esta ocasión se trataba de despedir a Sergio, era pues, un deber ineludible.

Al ingresar al  templo, vuelve a mí esa sensación de vacío, al contemplar un ataúd al frente, en donde yace una persona con quien compartí tantos momentos en la infancia y la adolescencia.  La voz, un tanto estridente y casi ininteligible del oficiante, hace que me abstraiga del oficio y me transporte en el tiempo, hacia aquellos años dorados, cuando el pueblo tenía un sabor especial o sería tal vez el aroma que le daba la inocencia de la niñez.  Aunque tal vez no lo crean, en aquella época yo era extremadamente delgado.  La comida no era algo que me llamara la atención, a excepción tal vez de las golosinas.  Toda la familia al unísono me insistía que debía de comer, a fin de abandonar aquella extrema delgadez.  Un día, un tío me dijo –Deberías de aprender del hijo de Justo, que se come un nacatamal entero.

Así pues, mi apreciación inicial de Sergio, estaba relacionada con aquella proeza.  En realidad era robusto, sin entrar en exageraciones y claramente se observaba que era muy afecto a la comida.  Recuerdo muy bien que con mis hermanos fuimos invitados a su primera comunión.  En el patio de su casa, de calicanto, acomodaron las mesas y quién sabe con qué criterio distribuyeron a la nutrida afluencia de invitados, el caso es que mi abuela, quien era nuestra acompañante oficial para ese tipo de eventos, quedó en una mesa con mis hermanos Oralia y Oswaldo, así como varios invitados más y en una foto que se logró rescatar posteriormente, quedó plasmada aquella mesa.  Me imagino que yo estaba con otros invitados del pueblo en otra mesa, que por alguna razón no alcanzó foto.

Si mal no recuerdo, Sergio ingresó al Pedagógico de Diriamba a tercer grado de primaria, en donde yo  estaba desde primero.  Viajábamos juntos en una camioneta GMC que hacía un recorrido de San Marcos a Diriamba y compartimos pupitre en el aula con el Hermano Agustín.  Una de las cosas que más me llamaba la atención de Sergio es que todos lo conocíamos con ese nombre, sin embargo, sus cuadernos decían José Samuel Zepeda Soto.  Le pregunté al respecto y me comentó que una tía suya había dicho que su sobrino debía llamarse Sergio y al no haberle hecho caso, ella continuó llamándolo así, de tal manera que con el tiempo todos lo llamaban así.  En el pueblo, tan afecto a los apodos, le endosaron uno: Cacaseno.  Me imagino que algún letrado leyó el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, personajes de la edad media y que en alguna ilustración el último tendría un parecido con Sergio, quien nunca se inmutó cuando lo llamaban de esa manera, pues siempre estuvo acostumbrado a manejar varios nombres, incluyendo Zepeda, pues los hijos de La Salle acostumbraban llamarnos por el apellido.

En aquellos años, Sergio sufría con la lectura, debido a que tenía problemas con la pronunciación de las palabras.  Los maestros del colegio y a veces todos los demás pensaban en que Sergio no le ponía voluntad a pronunciar bien, hasta que cierto día me comentó que lo había examinado un médico y descubrió que debajo de la lengua tenía una especie de frenillo que no permitía la movilidad de la lengua y por lo tanto provocaba que no pronunciara bien las palabras.  Después de una sencilla operación, Sergio comenzó a hablar de manera normal.

En quinto grado abandoné el Pedagógico pero Sergio continuó ahí.  Llegué a la Escuela de Varones de San Marcos donde me encontré con Pablo Vargas y Arturo Pérez.  En sexto grado ingresé el flamante Instituto Juan XXIII en donde continué con Arturo, quedando Pablo en la Escuela de Varones.  Para primer año de secundaria, parece que los padres de familia reflexionaron sobre la calidad de la educación que se necesitaba en la secundaria, de tal manera que Pablo, Arturo y yo nos encontramos en el Pedagógico de Diriamba en donde parecía esperarnos Sergio.

Los cuatro sanmarqueños de primer año hicimos un grupo compacto que nos reuníamos en el receso de medio día con el resto de paisanos y en muchas ocasiones nos juntábamos en el pueblo para estudiar.  Generalmente nos reuníamos en la casa de Sergio en donde nos recibía cariñosamente doña Chon, la mamá de Sergio.  Recuerdo que en cierta ocasión estábamos trabados con un problema de física cuando pasó de casualidad Toño Ortega, vecino de Sergio y al comentarle lo del problema, en un dos por tres lo resolvió y nos explicó a detalle el procedimiento.  Para nuestra suerte ese problema salió en el examen.

Para tercer año, Pablo abandonó el grupo pues ingresó a la Academia Militar y quedamos solo los tres.  Creo que íbamos en cuarto año cuando a Sergio le regaló su papá una camioneta Taunus.  Eran pocos los compañeros en todo el colegio que tenían vehículo.  De vez en cuando la llevaba al colegio y de ahí armábamos viajes.  En cierta ocasión nos llevó a El Dulce Nombre, en donde su papá tenía una finca.  Aquella camioneta la conocíamos como La Ternera, pues en el Auto Reparación,  taller de su tío Luis Soto, le habían traveseado el claxon y emitía una especie de mugido.  Una vez fuimos de paseo a Masatepe y al regreso, al pasar por un antro que quedaba a orillas de la carretera nos pidió que estuviéramos atentos, sonó el claxon y al instante un grupo de muchachas salieron disparadas hacia la carretera a decirle adiós.

Por aquellos días yo andaba aprendiendo a manejar, lo hacía a ratos, dependiendo de la disponibilidad de tiempo de mi papá y cierta vez que viajábamos de Diriamba a San Marcos, saliendo de Jinotepe me preguntó que cuando comenzaría a manejar, le dije que en esas andaba pero que no tenía muchas oportunidades de practicar.  No había terminado de comentarle cuando detuvo la camioneta, se bajó, me dijo que tomara la camioneta y que la llevara hasta San Marcos.  Me quedé sorprendido, pues nunca hubiera esperado ese desprendimiento, sin embargo, así era Sergio en todo, siempre solidario, nunca dejaba morir a nadie.  Tomaba muy en serio la amistad.

En ese tiempo, se intensificaron las fiestas, tertulias, bailes y demás y siempre nos encontrábamos el grupo.  Ninguno tuvo un afecto exagerado por el licor, a diferencia de otros amigos y lo que envidiábamos era la suerte de Sergio con las muchachas, en especial como recién dijo un paisano, una que lo hacía bailar en una uña.

En quinto año solo seguimos Arturo y yo, pues Sergio dejó alguna materia y tuvo que repetir el cuarto año, pero siempre seguíamos haciendo el mismo grupo.

Cuando ingresé a la universidad, poco a poco dejé de ver a los compañeros de la escuela y era eventualmente que me los encontraba en alguna fiesta o en el cine.  Luego me trasladé a Managua en forma definitiva y de ahí salí a México en donde permanecí casi 16 años.  Al regresar, a mediados de los noventa, me avisaron que para unas fiestas de abril, Arturo Pérez estaba organizando la famosa cena que el pueblo le dedicaba al párroco y aprovechando que andaba por San Marcos el Padre Pedro Pelletier, lo invitó y bautizó el evento como La cena del Recuerdo.    Ahí, después de más de veinte años, volví a encontrar a Sergio y Arturo, pues Pablo había fallecido a finales de los setenta.

Sergio me presentó a su familia y descubrí que aquel amigo de carácter jovial y bullanguero, se había convertido en un hombre de familia, un tanto más serio y me alegré por él.

Tiempo después, en esos viajes eventuales que hacía a San Marcos pasé a saludar a la Maestra Ofelita Ortega, a quien le guardo un aprecio especial y le dije que pasaría enfrente a saludar a Sergio y me comentó que no estaba, pues andaba en Managua, en una sesión de hemodiálisis que debía cubrir tres veces por semana.  Me dolió saber que Sergio atravesaba aquel martirio.

Cuando me avisaron de su fallecimiento, a la par de ese sentimiento de extremo pesar, al saber que mis compañeros y amigos me habían dejado solo, sentí cierto alivio al saber que iba a descansar de la tortura que significa el seguir un tratamiento de hemodiálisis.

Al momento del responso final, cuando el oficiante comenzó a repartir agua bendita a diestra y siniestra, mi mente regresó de nuevo al oficio.  Miré como llega ese momento crucial en que el féretro sale lentamente del templo, para encaminarse a su marcha final.  De pronto, un redoble de tambores lo acompañó en el último trecho.  Cuando llegó al atrio, una banda filarmónica comenzó a interpretar el tema Amigo de Roberto Carlos.  En realidad sin temor a equivocarme si le pidieran a los sanmarqueños una palabra para definir a Sergio sería obviamente esa: Amigo, el más cierto en horas inciertas.

Creo que los sanmarqueños de corazón lo van a recordar siempre, por su espíritu tan jovial, su risa contagiosa, sus manifestaciones de solidaridad, por su fidelidad a la palabra amigo.  Para mí en lo particular, cada vez que necesito ejercer ese desprendimiento, esa voluntad para dar un voto de confianza, recuerdo a Sergio cuando me puso al volante de su camioneta y dándome una palmada en el hombro me dijo: Dale viaje.

Descansa en paz, querido amigo.

 

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El terrorista

CUENTO

Fermín subió a su cuarto con una bolsa de regalo que le había entregado su tío César, quien recién había regresado de un congreso de cardiología en los Estados Unidos.  César Reyes era un afamado médico que se había especializado en enfermedades cardiovasculares, padecimiento que en aquellos años, finales de los sesenta, había cobrado una singular importancia.  El médico le tenía un especial cariño a Fermín, hijo único de Arsenio, su hermano, pues el niño tenía un enorme parecido con Don Rodolfo, el finado padre de ambos.

Fermín tendría en ese entonces unos once años y era un niño que en la época actual pudiera haberse catalogado como “hiperactivo”.  En aquellos tiempos no existía aquella etiqueta y los niños eran vagos o jodedores, pero hasta ahí no más.  Era muy inteligente y un poco aplicado en el colegio, sin embargo, la disciplina no era su fuerte, mostrándose un poco rebelde, motivo por lo cual, Clara, su madre se fue acostumbrando a presentarse con regularidad a la dirección del colegio para recibir reportes de la conducta de su hijo.  Su padre el Dr. Arsenio Reyes, abogado y notario, ejercía su carrera, bastante exitosa, en la capital y viajaba diario hacia el pueblo y cuando escuchaba de parte de su esposa los reportes de disciplina de su hijo, no le ponía mucha mente, pues decía que él mismo había sido de esa manera y que con el tiempo se fue enderezando.

Después de estudiar y hacer sus tareas, lo cual no le llevaba mucho tiempo, Fermín se dedicaba a sus dos pasatiempos favoritos.  Uno era devorar toda la literatura de terror que llegaba a sus manos, desde Edgard Allan Poe y Ray Bradbury, hasta los paquines de Cuentos y Leyendas de La Colonia y El monje loco, así como cualquier película o programa de televisión del género.  Le fascinaba aquel cosquilleo que le producía el suspenso y el miedo que infundían todos aquellos relatos espeluznantes.  Su otro pasatiempo era el de hacerle al francotirador.  Con una resortera y una bolsa de una especie de tomatitos verdes que producía un arbusto que crecía en el patio, subía a la azotea y ahí parapetado escogía a sus blancos a quienes a una distancia considerable lograba impactar con aquellos proyectiles, acostándose después en la superficie de la azotea, de modo que sus víctimas nunca lograban avizorar al tirador.

Cuando el muchacho abrió aquel paquete del regalo de su tío César, casi se le salen los ojos de las órbitas.  Se trataba de una máscara de un rostro monstruoso.  Pero no era una de las tradicionales máscaras de celuloide que apenas cubrían el rostro y que se sujetaban con un hule a la cabeza.  Se trataba de una máscara completa, estilo Hollywood, de un material como latex, que cubría la totalidad de la cabeza, con cabellera casi real y que una vez que se la probó y se miró en el espejo, sintió aquel cosquilleo de terror al mirar aquella imagen frente a él.  Se emocionó al pensar en el uso que le daría a la máscara.

Aquella misma noche, Fermín se puso un suéter negro y se fue con la máscara a un solar vacío que quedaba casi en frente de su casa.  Ese lugar estaba casi en penumbras, pues la luz del alumbrado público estaba un tanto retirada y a duras penas hacía llegar unos tímidos rayos.  El muchacho se colocó la máscara y se ubicó detrás de unos matorrales que le cubrían hasta el pecho, de tal manera que solo parecía sobresalir aquel rostro monstruoso, pues el suéter se confundía con lo oscuro del fondo. No pasó mucho tiempo cuando por la calle apareció Juancito, empujando un pequeño carretón en el  que llevaba maíz al molino para la masa de las tortillas que echaba su abuela.  Iba muy tranquilo, sin embargo de pronto volteó a ver hacia el solar y adivinó un rostro espeluznante.  El pobre Juancito pegó un salto casi olímpico y salió disparado con su carretón gritando incoherencias.  Fermín se quitó la máscara y el suéter y se dirigió a su casa en donde se encerró en su cuarto a leer.   Al rato que llegó su padre de la capital, bajó a cenar y su madre comentó que Doña Fidelia, la vecina, recién había llegado con el cuento que un muchacho que pasó cerca de la casa había visto un aparecido.  El abogado, sonrió y comentó: – Las mismas supersticiones de siempre.  Fermín se limitó a asentir con la cabeza.

En los días subsiguientes, Fermín continuó con su aventura, no a diario, por si las dudas.  Incluso cambió de ubicación, escondiéndose en otros solares de las calles vecinas.  De esta manera a Juancito se unieron la niña Rosita, quien se dirigía a poner una inyección a domicilio, Don Coronado, que iba a la farmacia a conseguir un jarabe y una hija de Doña Cándida que iba a dejar unas pelotas de trigo a la venta.  En el pueblo se iba esparciendo el rumor que algún alma en pena andaba rondando el pueblo.

Cierta noche, después de haber dejado de asustar por varios días, Fermín decidió volver a sus andadas y esta vez seleccionó un paraje que le pareció más tétrico, situado al otro extremo del pueblo.  En un pequeño salveque llevó el suéter negro y la máscara, al llegar observó si no había nadie a la vista y se introdujo entre los matorrales en donde se puso el suéter y la máscara.  Sin embargo, en esa ocasión, la mala fortuna parecía haber acompañado al muchacho, pues la persona que acertó a pasar por aquel paraje fue nada menos que la Dulcita, una de las hijas de Don Roque, cacique del pueblo y sempiterno alcalde.  En esa ocasión, Fermín emitió un ruido que hizo que la muchacha volviera a ver y cuando se percató de aquel rostro, casi cae desmayada.  Se puso blanca como un papel y con dificultad emprendió la marcha, corriendo luego hasta su casa.  Casi no podía hablar y su madre se percató que estaba ardiendo en fiebre.  En pocos minutos la casa del alcalde se llenó de curiosos y en momento más, don Roque llegó del bar en donde conversaba con unos amigos, hasta donde llegó la noticia.

La mala suerte seguía persiguiendo a Fermín, pues una vez que se quitó la máscara y el suéter y los puso en el salveque, salió con mucho cuidado del matorral, sin embargo, no advirtió que de una casa vecina, Salvador, un vago del pueblo,  desde la ventana había observado cómo el muchacho, en la penumbra, se quitaba la máscara y el suéter y salía luego hacia la calle rumbo hacia su casa.

Inmediatamente Salvador se dirigió a la casa de don Roque y cuando se encontró con el alcalde le comentó lo que había visto.  El cacique comenzó a resoplar y se puso verde, para cambiar luego a morado.  Chavalo hijuelagranputa, no paraba de decir.

El muchacho llegó a su casa y subió a su cuarto, escondió el salveque y esperó a que llegara su padre para cenar.  Al finalizar, Fermín subió a su cuarto, el abogado se sentó en la sala a leer, mientras que su esposa miraba la televisión.  Al rato, se escuchó que golpeaban a la puerta con “imperio”, como decían las viejas del pueblo.  El propio doctor salió a abrir, sorprendiéndose cuando observó que se trataba de Don Roque, acompañado del Teniente López, comandante de la plaza.

Entre el Dr. Reyes y Don Roque había una animadversión desde siempre.  El alcalde había escalado posiciones a punta del más puro servilismo con el régimen somocista.   Los Reyes eran una familia que gracias a un constante y arduo trabajo había logrado superarse, de tal manera que con su aserrío Don Rodolfo había logrado enviar a sus hijos a estudiar una carrera profesional.  Don Rodolfo nunca quiso participar en política, sin embargo, era pariente de Somoza García y éste le debía muchos favores, de tal manera que siempre lo respetó y había la orden, no escrita, que esa familia era intocable.  Sus hijos habían heredado aquella aversión a participar en política, así como el respeto de los hijos de Somoza.  Arsenio había incluso defendido en juicios a algunos ciudadanos opositores, sin problema alguno.  Esta situación le causaba un inmenso malestar al alcalde, pues era la única familia que no se le agachaba en el pueblo, más bien, cuando podía, recibía de su parte agrios comentarios.

Muy secamente, el abogado saludó a los visitantes con un – Buenas noches, los visitantes devolvieron el saludo y el alcalde agregó: -Necesitamos hablar con usted, doctor, sobre un asunto muy serio.  Arsenio se extrañó pero los invitó a pasar a la sala y les ofreció asiento.  Clara, cortésmente saludó y se retiró.

Siempre con un tono serio, el abogado les espetó: – Bueno señores, ¿Qué se les ofrece?  El alcalde se aclaró la garganta y dijo: – Mire doctor, es un asunto muy penoso, pero venimos porque se está acusando a su hijo de terrorista.  El Dr. Reyes se sorprendió, pero recuperó la calma y exclamó:  -A ver, a ver, a ver, ¿Cómo está eso?  Don Roque dijo: – Resulta que su hijo lleva varias semanas asustando a la población con una máscara, por lo tanto es un terrorista.

El abogado no supo cómo se le salió: -No sea caballo, Don Roque.  El terrorismo –agregó- tiene que ver con la lucha para desestabilizar al poder.  El militar se quedó de una pieza, pues nunca había escuchado a nadie dirigirse de esa manera al alcalde.  Cuando más, continuó Arsenio, se trata de una vagancia.  Cuando Don Roque recobró el resuello, dijo enfáticamente: -Pero en los últimos días se ha dedicado a sembrar el terror ¿y a eso cómo le llama?  Mire Don Roque, dijo el abogado, aquí el único que está sembrando cosas raras en su finca es su primo René.   El cacique se quedó de una pieza y sin palabras.  Entonces el militar entró al quite y le dijo al abogado: -Entonces doctor, ¿Qué podemos hacer?  Arsenio, con la mayor tranquilidad le respondió: -Tal vez ustedes quieren que llamemos ahorita a Managua, con el Magistrado García o si quiere con Alesio.  Cuando el Teniente escuchó el nombre de Alesio, se descompuso y dijo: -Bueno, creo que no es para tanto, tal vez podríamos arreglar las cosas por aquí ¿No es así, Don Roque? El alcalde no tuvo de otra más que asentir.

Mucho más tranquilo Arsenio, retomó la palabra y expuso:  -Bueno señores, ¿qué es lo que les interesa? El cacique se quedó sin saber qué responder y apenas masculló un: -Mmmm, entonces el militar dijo: -Pues que su hijo deje de andar asustando a la población.  –Así de fácil, agregó.  Entonces el abogado les dijo: -¿Estaría bien si yo les aseguro que este muchacho no va a volver a asustar a nadie con esa máscara?  Don Roque un tanto molesto dijo: -Pero ¿Cuál sería el castigo?  Estaríamos sentando un precedente.  Arsenio lo quedó mirando y le dijo tranquilamente: -No me joda don Roque ¿Ya se le olvidó cuando usted sentó un precedente al quitarle su finca a Don Eustaquio?  Don Roque molesto solo agregó: Ahí muere, pues.  ¿Habría alguna garantía de que no va a volver a suceder?- agregó.  El abogado simplemente dijo:  Bueno, si no es suficiente con mi palabra, yo les mandaré mañana temprano la garantía que ustedes quieren y yo me encargaré de aplicar el correctivo correspondiente a mi hijo ¿Les parece?  Ambos asintieron, aunque el alcalde no de buen modo, pero inmediatamente Arsenio dijo cortésmente: -Entonces señores, buenas noches.  El militar hizo el medio parapeto de cuadrarse, mientras que don Roque masculló: -mnnas nnches.

Cuando el abogado cerró la puerta exclamó: -Terrorista mis huevos, sapo de mierda.  Llamó a su esposa y a su hijo y por un par de horas estuvo conversando con ellos, muy seriamente y al final le impuso un castigo al muchacho,  que nunca era de maltrato físico, sino que siempre encontraba la manera de aplicar correctivos adecuados y efectivos y en esta ocasión, además de cortarle su asignación monetaria semanal y restringir sus salidas por un mes, le decomisó la máscara, que fue lo que más le dolió, pero el muchacho comprendió que no había  otra alternativa.

A la mañana siguiente, antes de salir a la capital, el abogado pasó buscando a Douglas, un asistente que tenía en el pueblo para gestiones locales y le entregó la máscara empacada en una caja de whisky White Label vacía y le encargó que se la entregara al alcalde.  Douglas cumplió el encargo y don Roque se quedó extrañado al ver la caja enviada por Arsenio, pero cuando la abrió se dio cuenta que era la famosa máscara.  –Chavalo terrorista hijuelagranputa, masculló.  Luego convocó a una reunión de sus adláteres en donde declaró que había logrado desenmascarar a quien estaba sembrando el terror en el pueblo y que procedería a quemar la máscara aquella para que no se repitiera el episodio de terrorismo y el pueblo volviera a la normalidad.  Aplausos.

Don Roque nunca pudo olvidar aquel episodio, más que nada por la humillación que le hizo pasar Adrian, sin que tuviera la menor oportunidad de desquitarse.  De tal forma que cada vez que se encontraba con el muchacho o que se tenía que referir a él no se cansaba de repetir: Terrorista.  Eso no se lo podía quitar el abogado.

Con el tiempo Fermín fue abandonando su pasión por el  terror y comenzó a leer otro tipo de literatura, desde la policíaca hasta las obligadas en el colegio: María, Doña Bárbara, La Vorágine.  Cuando le correspondió se fue a la capital a la universidad y ahí pasaba la semana con su tío Martín y regresaba el fin de semana al pueblo.  Entonces se aficionó a otro tipo de lectura: Fanon, Galeano y en una ocasión llegó a su casa con una guitarra presumiendo a sus padres sus avances en el instrumento, aunque en realidad su  repertorio se limitaba a una canción, tristona por cierto que empezaba: “Qué triste, se oye la lluvia, en las casas de cartón” y se las recetaba una y otra vez, hasta que al tiempo algún guasón sacó su versión que la dejó en el vulgareo: “Que ricos, saben los tragos, en los vasos de cartón”, entonces optó por dejarla y siguió con otras canciones, siempre del estilo de protesta.

En el pueblo ya casi no se miraba a Fermín, y las pocas veces que se aparecía por ahí, a muchos les costaba reconocerlo porque se había estirado hasta alcanzar casi los seis pies., aunque tenía la misma cara de su abuelo Rodolfo, pero con una estructura atlética.  Cuando se intensificó la insurrección popular, el joven prácticamente se desapareció del pueblo.

Don Roque por su parte se dedicó de lleno a la búsqueda y denuncia de posibles integrantes de células terroristas, así como a sus familiares y buscar como los despidieran si eran empleados públicos. En algunas ocasiones se sumaba a las redadas que hacía la guardia nacional en el pueblo y hasta se rumoraba que había torturado a uno que otro guerrillero capturado.

Cierta noche el alcalde recibió una llamada que denunciaba actividades sospechosas en un campo de futbol en las afueras del pueblo, así que presto y veloz salió de su casa y subió a su camioneta.  De pronto, por el espejo retrovisor observó que alguien se acercaba.  Cuando la persona estuvo frente a la ventana del vehículo se percató que se trataba de Fermín, pues la cara de su abuelo era inconfundible.  Solo alcanzó a decir: -Ej, el terrorista, cuando velozmente el joven arrojó al interior de la camioneta un cóctel molotov, mismo que se estrelló contra el volante y produjo una explosión e inmediatamente el fuego se esparció por el interior del vehículo.  En medio de las llamas, se miraban los ojos desorbitados del alcalde, quien apenas alcanzó a escuchar: -Ahora sí, viejo sapo. ¡Patria libre!

 

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El mundo bizarro

 

El hombre es la suma de sus fantasías

Henry James

 

Una de las tareas fundamentales de nuestra niñez fue sin duda alguna, el distinguir los dos ámbitos básicos en el que nos desenvolvíamos.  Por una parte la vida real, con todo y sus muchos aspectos que todavía no lográbamos comprender y el mundo de la fantasía, en el que nos sumergían los cuentos que nos recetaban los adultos y la mayoría de la literatura infantil a la que teníamos acceso.  Mientras que a golpe y porrazo nos íbamos acostumbrando a tener los pies en el suelo en el mundo real, por otra parte, realizábamos el ejercicio de mantener en el nivel quimera, aquellos personajes, lugares y situaciones, que aun sabiendo que no eran posibles, abrazábamos con la vana esperanza de que en algún momento pudieran convertirse en realidad.

De esta forma, por mucho tiempo los personajes de las historietas, libros o películas fueron una parte vital de nuestra existencia.  Debo admitir que a pesar de que muchas veces soñé con volar hasta el espacio como Súperman, nunca me sometí a ninguna prueba respecto a ese poder, aunque llegué a saber de unos conocidos que desde una azotea lanzaron a su perro con una capa del súper héroe para constatar si podía volar.  Estaba plenamente consciente además, que con un antifaz o con unos lentes, era imposible esconder la identidad.

Y así por un buen tiempo, vivimos aquella dulce ambigüedad de saber que había un mundo real y  otro ficticio, que en algún momento, como por arte de magia, podría hacerse real.

Luego llegó la adolescencia y poco a poco el mundo real llegó a envolvernos por completo y en aquella conciencia en evolución comenzó a parecernos fuera de lugar aquel mundo de fantasía que conocimos y nos llegó a impactar el hecho de que un padre podía abandonar a sus hijos en el bosque porque no tenía qué darles de comer o bien que existiese un ogro que se deleitaba con la carne humana o una bruja que atraía a los niños con una casa hecha de golosinas en donde podrían vivir bonito, con la intención de sacrificarlos luego.  Nos impresionaba cómo una madrastra pudiera esclavizar a su hijastra u otra que por envidia mandara a matarla solo porque un espejo le decía que la hijastra era más bella.

Con el tiempo y con la carga de las responsabilidades que nos echa a las espaldas la adultez, todo aquel mundo de fantasía quedó sepultado.  Tal vez una que otra película que demandaron los hijos, nos hacía recordar aquel mundo de la infancia y nos correspondió enseñarles a tratar de mantener los pies en el suelo, aunque en ese sentido el destino los obligó a esa constante tarea, de tal manera que no supe si en sus mentes vivió la quimera aquella o si la sobrevivencia se mantuvo por encima de todas esas cosas.

Ahora, pasando ya hace rato el umbral de la tercera edad, la única quimera que asoma es el sencillo afán de vivir en paz y tranquilidad, y en los sobresaltos que nos produce la tarea de ser abuelos, con toda la experiencia acumulada se facilita contribuir a que las nietas aprendan a tener ese balance entre los mundos que se presentan en sus vidas, en donde la realidad y la fantasía tienen sus particularidades respecto a las que nosotros vivimos.

Sin embargo, de repente, como en aquellas pesadillas de la niñez, el mundo aquel, tan irreal y que creíamos sepultado, emerge de una manera tan cruel.  De inmediato se me viene a la mente aquel pasaje de Alicia en el país de las maravillas:

Pues, pues verá usted.
Plantamos las rosas blancas por error y…
La Reina nos encargó
que rojas debieran ser.
Si blancas ve, nos matará
y nos degollará.
-¡Cielos!
Para podernos salvar
las vamos a barnizar.

 

Sin más ni más, los dos mundos se trastruecan y de la misma manera viene a mi mente el Mundo Bizarro, de la historieta de Súperman, en donde los clones imperfectos del hombre de acero y de Luisa Lane, al no adaptarse a la tierra deciden poblar el planeta en forma de cubo “Htrae” (de Earth, Tierra, en inglés y al revés), en donde conviven con los duplicados imperfectos de los personajes de la historieta.  La particularidad del mundo bizarro es que todo ocurre al revés, las virtudes son defectos y viceversa y en donde las cosas se resuelven de la manera más ilógica posible.

De la misma forma, me doy cuenta que los ogros sí existen, al igual que aquellas madrastras.

El mundo real en donde tendríamos que habitar se convierte en quimera.  Ahora es un lugar ficticio y soñamos que un día al despertar las rosas puedan ser blancas o rojas, sin importar, en donde como dice Serrat, no perdiesen siempre los mismos y heredasen los desheredados y que San Pedro cantara, aunque no le pagaran.  Sería fantástico.

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Entre serviles te veas

 

En una piscina ubicada en un lugar, de cuyo nombre los protagonistas de la historia no quieren acordarse, el Presidente de la República se encuentra disfrutando de un baño, acompañado de un nutrido grupo de su gabinete.  El ambiente es extremadamente relajado, pues reciben la frescura del agua que mitiga el sofocante calor producido por los rayos del sol, que pesadamente caen sin misericordia.  Finos licores y deliciosos bocadillos son servidos a discreción por solícitos meseros.  A una distancia prudente, los guardaespaldas conversan animadamente.

 

Las pláticas iniciales, que giraron en torno a problemas puntuales de trascendencia para el Estado, concluyeron y dieron paso a un ameno cotilleo de lo más intrascendente.  Las ejecutivas y sonoras risas llenan el ambiente y todo transcurre apaciblemente, cuando el señor Presidente siente la inminente necesidad de expulsar un gas.  No le pasan por la mente, ni de manera remota, las leyes de Murphy.  Inocentemente cree que el agua de la piscina amortiguará cualquier ruido y/o aroma que pueda resultar.  Agita las manos en el agua para disimular cualquier burbuja delatora y con el ímpetu de un center fielder, lanzando hacia el home plate, lo suelta con todas sus fuerzas.  Es ya demasiado tarde cuando se da cuenta que el destino y un medicamento que está tomando para bajar de peso, le juegan una mala pasada.  El fármaco en cuestión evita la absorción de las grasas y las elimina directamente en las heces.  De esta forma, el inocente flato se ve acompañado de un líquido grasoso de color sepia, de tal manera que como un calamar en “modo evasión”, suelta una oscura estela que comienza a crecer en el área posterior del excelentísimo, quien en medio de su espontaneidad exclama: -¡Ay, me cagué!

 

Quien advierte primero la situación es la Primera Dama, quien está a punto de lanzar un grito de terror, pero su marido le clava los ojos y la agarra fuertemente de la muñeca, mientras siente que se encuentra entre la espada y la pared, pues una graciosa huida lo pondría en el más grande de los ridículos, algo fatal para su imagen de mandatario y por otra parte, el obligar a todo el  mundo a quedarse a su lado requiere de una inmensa dosis de lealtad, por no decir servilismo de parte de su equipo y no tiene la plena seguridad de ello.  Al final decide quedarse inmóvil.

 

Uno a uno los miembros del gabinete se van dando cuenta de la situación y se quedan petrificados mientras elucubran cómo proceder.  Uno de ellos, piensa que si un miembro del servicio secreto norteamericano está dispuesto a recibir una bala por su presidente, por qué él no puede recibir algo menos letal por su jefe.  Otro ministro, con el estómago revuelto piensa que abandonar el lugar equivale a una renuncia irrevocable y se imagina la crueldad del desempleo y decide permanecer inmóvil.  Otro miembro del equipo mantiene la esperanza que uno de sus colegas emprenda un escape para inmediatamente seguirlo, pero nadie lo hace y por lo tanto concluye que lo más prudente es permanecer en posición de firmes. Uno de ellos, servil a toda prueba, sólo lamenta no haber estado a la par de su jefe para echarse él la culpa y librarlo de semejante desaguisado.  Otro, disimuladamente mueve una pierna hacia adelante una y otra vez, con la esperanza que aquella estela que se está esparciendo por toda el área, pueda contenerse antes de llegar a su persona.

 

De pronto, un edecán se acerca al Presidente con una tarjetita que le entrega con un gesto de urgencia.  El mandatario la lee e inmediatamente, no se sabe si como un pretexto, sale de la piscina con la ayuda de dos guardaespaldas, toma un teléfono celular y como sin querer queriendo hace mutis por el foro, momento que aprovecha la primera dama para salir de aquella inmundicia, siguiéndola inmediatamente los miembros del gabinete que cual sapos saltan fuera de la piscina e inmediatamente se dirigen a las duchas para purificarse.   Una vez vestidos, dejan pasar un tiempo prudente y como el presidente no da señales de vida, se miran entre ellos y sin mediar palabra deciden desfilar hacia sus camionetonas y emprenden la retirada.  En aquellos tiempos no se aplicaba la ley Omertà, así que muy a sotto voce se fue filtrando la noticia, que ahora parece ser del dominio público.

 

Este podría ser el episodio más sonado relacionado con el servilismo en la historia reciente de Nicaragua, al menos de los que se conocen, pues cabe agregar que en los últimos cien años pareciera que este vicio se ha ido enquistando en el espíritu de nuestros conciudadanos.

 

Lo cierto es que el servilismo es tan antiguo como la humanidad y en su aspecto básico es la adhesión a la autoridad de manera ciega y baja.  Sin pretender ingresar en profundas consideraciones sociológicas, podría decirse que el ejercicio del poder, que de manera secular se ejerció de forma absoluta, principalmente desde monarquías, demandaba la obediencia ciega, en donde la dignidad personal no tenía ningún valor.  Las religiones por su parte, abonaron en este sentido al establecer en su mayoría una relación de extremo sometimiento entre creadores y criaturas.  Así pues, el servilismo ha sido una constante en la historia de la humanidad y se encuentra plenamente consignada en la literatura universal.

 

Lo importante en nuestro caso, son los rangos en que se mueve el servilismo, desde el simple respeto a la autoridad, hasta la adhesión y sometimiento a la misma, en los diferentes grados que comprende: la adhesión con cierto espíritu crítico, la forzada, la ciega, la ciega y baja, la ciega, baja y aduladora y la ciega, baja, aduladora y delatora de los detractores, dando como resultado esta última a los conocidos sapos.

 

En muchas ocasiones quien ha detentado el poder promueve por diversos medios el asentamiento del servilismo en su ámbito, como fue el caso de Anastasio Somoza García con su famosa ley de las tres “p”,  plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes, orillando de esta manera a todo mundo a una adhesión ciega y baja.  Se cuentan muchas anécdotas al respecto, que a veces parecieran inverosímiles, pero algunos testigos juraron que en realidad sucedieron, como fue la designación de dos importantes cargos gubernamentales, uno de ellos si mal no recuerdo, la embajada en Francia, ganados al aceptar los aspirantes desafíos como montar un toro o sostener en su cabeza una fruta, para que a manera de Guillermo Tell, el presidente practicara su puntería con un revolver.    A través de su propio diario, Novedades, muchos serviles utilizaron su pluma para deshacerse en exagerados elogios  hacia el mandatario y su familia.

 

En un artículo muy bien logrado de Federico Michell Zavala, hace alusión a una anécdota del genial periodista y humorista Gustavo Rivas Novoa, conocido como G.R.N. que le fue confiada por don Octavio Caldera Noguera.  Relata Michel Zavala que le contaba don Octavio que en cierta ocasión coincidieron en un bar de la vieja Managua, Anastasio Somoza García, acompañado por un grupo de adláteres, con don Gustavo Rivas Novoa quien departía con algunos colegas, cuando en cierto momento se levantó el humorista y a todo pulmón gritó: “Serviles”.  De repente en el bar reinó un silencio sepulcral y hasta Somoza se quedó a la expectativa.  Los segundos transcurrieron como si fueran horas, cuando don Gustavo ahora dirigiéndose a uno de los meseros le gritó: “Serviles a todos otro trago, que la próxima ronda la invito yo”.

 

Por su parte, Somoza Debayle continuó cultivando el servilismo entre sus adeptos, tal vez haciendo un poco a un lado la ley de las tres “p” de su padre y aplicándola selectivamente.  A medida que se iba aferrando al poder, la cantidad  de serviles iba creciendo de manera exponencial y las manifestaciones de ellos podrían llenar un tratado completo.  Los extremos han pasado a la historia, como el caso de un servil, según recuerdo del lado del norte del país, propuso de la manera más tranquila que se cambiara la Constitución para proclamar a Somoza Debayle, Rey de Nicaragua.  De la misma forma un afamado periodista se lució con aquella frase: “Para que Nicaragua pueda progresar, un Somoza en el poder debe de estar”.   Si en algún momento el Titular del Ejecutivo tuvo la tentación de retirarse y dejar el poder, un grupo de serviles empezó a corear: ¡No te vas,  te quedás. Viva Coyoles!

 

Para la revolución del 79 pudo observarse una interesante metamorfosis de los serviles, que después de declararse incondicionales de El Hombre, al ruido de los caites, se disfrazaron de verde olivo y gritaron al unísono: ¡Dirección Nacional Ordene!  Esa década fue el perfecto escenario para observar todo el rango que mostraba la adhesión ciega y baja.  Los delatores sentían que su misión era un compromiso ineludible para con la revolución y el servilismo florecía como en cascada.  Un  magnífico ejemplo fue aquella desquiciada consigna: ¡El que no brinca es contra! una posición que dejaba al ciudadano entre la espada y la pared, con dos alternativas, ser contra o ser sapo.

 

Después del triunfo de Violeta Chamorro, muchos de los incondicionales se organizaron para “gobernar desde abajo” mediante los métodos que siempre les han caracterizado; sin embargo una mayoría se mimetizó y sobrevivieron flexibilizando su pescuezo.  Posteriormente, el liberalismo, se convirtió en un terreno fértil para el servilismo, que se dio a todos los niveles.  Recuerdo muy bien, un evento que presidiría una delegada ministerial.  Al llegar el turno para que la citada delegada interviniera, el maestro de ceremonias la anunció como la lindísima, preparadísima y cultísima, Licenciada Fulanita de Tal.  Cabe aclarar que la licenciada en cuestión, era un tropezón en ayunas, tenía un título medio dudoso y creía que el Fénix de los Ingenios era Firuliche.

 

De esta forma, el servilismo podría decirse ha sido una constante en el último siglo en este país, con todos los malabarismos que pueden concebirse, observándose una considerable cantidad de individuos que haciendo gala de esta innata cualidad, como gatos, siempre caen parados.  No obstante, lo interesante en este caso, al igual que en el lobo de San Francisco, son los motivos.  Muchos serviles lo traen en el ADN y su condición natural es tener el pescuezo flexible a más no poder y por lo tanto, lo hacen por innata vocación.  Sin embargo, hay quienes lo hacen obligados por las circunstancias y en este sentido, el ejemplo más claro es el de aquel magistrado que con una alta dosis de candidez declaró: “Es que la calle está dura”.

 

En un país con una enorme tasa de desempleo, es fácil tener al ciudadano agarrado del estómago.  También hay que considerar que el sistema puede contar con todos los elementos para reducir la dignidad de cualquiera.  Una de las películas que más me han impactado fue 1984, basada en la obra de George Orwell.  La miré a finales de los años cincuenta y recuerdo la lucha del protagonista en contra del poder omnipresente del Hermano Mayor, sin embargo, el sistema prácticamente lo aplasta y al final del film, sale a la calle gritando con vehemencia: ¡Viva el Hermano Mayor! Durante la última década se ha observado una mezcolanza de todo lo vivido anteriormente, nada es nuevo, todo parece un Déjà vu.

 

Mientras tanto, en Managua que a veces pareciera un universo paralelo, voy de prisa por una de sus calles.  A medida que el automóvil se va acercando a la rotonda, el tráfico se va volviendo más espeso; un poco más cerca, mi amigo que viaja a mi lado exclama: -Lo que nos faltaba, un plantón.  Cuando al fin estamos a unos metros del lugar, las banderas que se agitan al viento despejan cualquier duda.  Mi amigo hace un gesto de extremo desagrado y exclama: -¡Serviles!  –No creo, le digo, mientras entramos a la rotonda y agrego –Voy a dar un par de vueltas y me gustaría que observaras los rostros de estos ciudadanos.  En muchos de ellos se puede adivinar un tedio terrible, es más, algunos al sentirse observados mientras fingen “orar”, no pueden ocultar cierta vergüenza, tal vez algunos cuantos muestran cierta resignación y quizá un par de dadores a creer fingen que la están gozando.  Estos son empleados públicos que fueron “invitados” a asistir bajo la velada amenaza de correrlos si no se identifican con los ideales del pueblo presidente.  De esta manera, esas rotondas hacen recordar a la piscina aquella, en donde el mayor anhelo de los ahí metidos era salir de aquella inmundicia.

 

Fuera de la rotonda, un individuo ubicado cerca de una camioneta pick up tuneada, habla por un I-phone.  El tipo está mejor vestido que los asistentes al plantón, lleva una esclava de oro en la muñeca, reloj de lujo, anteojos oscuros de diseñador. Por los gestos que hace y las continuas inclinaciones de cabeza que realiza mientras habla se nota que está reportando a un  superior.  A su alrededor, tres asistentes, huelepedos,  como se les conoce en el lenguaje popular, esperan atentos por instrucciones.  Entonces le digo a mi amigo -Ahí está el rostro del servilismo.  –Ecce bufonidae.  Y así será hasta el final de los tiempos.  Dijo José Martí: No hay espectáculo en verdad más odioso, que el de los talentos serviles.  Pero lo peor, es que aquí el talento parece brillar por su ausencia.

 

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Umbrío por la pena

Mi hijo menor, Rodrigo Joaquín, murió en 2011 a los 33 años.  Tenía un riñón trasplantado y en cierto momento, como de manera confabulada, se juntaron varios factores que le provocaron una falla multiorgánica.  Por casi un mes estuvo batallando valientemente por su vida, con la fortaleza que le daba el inmenso amor que tenía por sus dos pequeñas hijas, sin embargo, al final, su organismo no resistió más y las fuerzas lo abandonaron.

Enterramos a Rodrigo como se entierra a un hijo, con las uñas, con los dientes, con los huesos y con el ser entero hecho pedazos.   El cariño de la familia buena y de los amigos del alma, evitó que nos hundiéramos en un mar de depresión.  Con el tiempo, el cariño de sus hijas fue el bálsamo que vino a mitigar el dolor de tantas heridas.  Verlas crecer y sentir a Rodrigo vivir en ellas, vino a darle un nuevo sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, desde aquella fecha, invariablemente cada día de mi vida, hay un momento, cuando estoy solo, en que siento un dolor que nace en mi pecho y sube para alojarse en mi garganta y me oprime como una soga, mientras en mi mente vuelve aquella escena de mi hijo, en aquella cama de hospital, con sus ojos cerrados para siempre.

Comparto esto, tan íntimo con ustedes, pues ahora que observo a tantos padres desconsolados al ver a sus hijos bañados en sangre y darse cuenta que están muertos, aquel dolor de siempre se me agranda.  Nunca un padre debe de enterrar a su hijo.  En estas circunstancias, estos padres tendrán que hacerlo con el alma hecha jirones.  Mientras yo viví siempre con el temor de que la muerte traicionera pudiera jugarnos una mala pasada, estos padres nunca se imaginaron que la tierna vida de sus hijos pudiera ser segada en un instante y peor aún, en tiempos en que nos ufanamos de civilizados, en una época en que somos tan sensibles como para denunciar el maltrato a un animal, de pronto venga un espíritu bestial y tenga las malas entrañas para cortar una vida,  la de un joven que lo único que hacía era manifestarse cívicamente.

Soy consciente de que nada de lo que le podamos decir a esos padres va a mitigar su dolor.  Tal vez con el tiempo el orgullo de aquella entrega y valentía podrá paliar el sufrimiento, sin embargo, ahora lo único que se me ocurre es decirles que me identifico con su dolor, que lo comprendo y que lo hago propio.  Al igual que la luz que mis nietas han traído a mi vida,  espero que ellos puedan encontrar cierto alivio a ese dolor, cuando crezca en esta tierra la libertad, cuando florezca esa capacidad de los seres humanos de aceptar las diferencias y respetar la disidencia.  Cuando el tercer milenio al fin nos alcance, cuando sean nuestros hijos quienes cierren nuestros ojos.

 

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Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1961 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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