Al di la

 

Era el año 1963 y el país estrenaba un presidente ajeno a la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, quien para muchos solamente jugaba un papel en el teatro de la dinastía.  En el pueblo, se vivía una calma chicha y mientras los adultos jugaban al análisis político, los muchachos procedíamos a guardar los soldaditos de plástico, las espadas y pistolas de juguete y las damitas sus muñecas y juegos de té, pues la adolescencia nos había alcanzado y nuestra monomanía era entonces bailar en las fiestas y tertulias del pueblo.  Ya era época de los bailes de quince años, además de las fiestas que con cualquier motivo se organizaban en diversos locales.  No éramos tan exigentes y un modesto equipo de sonido nos bastaba para bailar por varias horas.  Los más jóvenes calmábamos la sed con una que otra gaseosa y los más aventurados ya se echaban al coleto una o varias cubas o cervezas.

En una de aquellas tertulias, como quien saca un as de la manga, el encargado de la música del evento, Al Capone… los discos, ya que los DJ´s ni pensaban existir, puso un tema que nos dejó prácticamente anonadados.  Estaba interpretada en italiano y en aquel momento no teníamos idea de lo que decía, pero su melodía era romántica en extremo.  Alguien del grupo explicó que se trataba de “Al di la” (Más allá), y era interpretada por Emilio Pericoli, para nosotros un soberano desconocido y cuyo apellido nos causaba un poco de gracia, pues nos sonaba a un pequeño chocoyo.  Después de esa ocasión, el tema aquel se transformó en el preferido en los bailes y se tocaba no menos de una veintena de veces en toda la noche.  En las radioemisoras también empezó a dominar aquel tema y de pronto todo el espectro radial la repetía hasta el cansancio.

Cabe recordar que muy pocas canciones italianas nos habían llegado en su idioma original, salvo tal vez las de Domenico Modugno, “Nel blu dipinto di blu” o “Piove” o bien “Come prima” de Tony Dallara.  El resto eran covers en español de éxitos italianos que se habían internacionalizado, como el caso de “La hiedra”.  No obstante, poco a poco fuimos tomándole sabor a la letra de aquel tema y a adivinar su significado, al fin y al cabo las palabras en ese tema eran muy parecidas a su equivalente en español.

La melodía por su parte, era romántica en extremo y de una dulzura exquisita, de tal manera que con aquel fondo musical, íbamos a bailar mientras nuestras mentes volaban más allá de las más almibaradas fantasías.  Con cierto estupor, mezclado de una pequeña dosis de envidia, observábamos a ciertas parejas que llegaron a vivir tórridos romances al compás de aquella canción, unos más tórridos que otros.  Fueron muchos meses, muchas fiestas, muchos bailes en donde aquella canción fue la reina de la noche, hasta que Boby Vinton llegó con su “Blue Velvet” y destronó a Emilio Pericoli y su tema.

Muchos juraban que el tema era original de Emilio Pericoli y no había nadie más alrededor del mismo, es más muchos pensaban que él era el autor de aquella canción.  Meses más tarde, el público pudo ver el verdadero rostro de Emilio Pericoli.  Para quienes estudiábamos en el Pedagógico de Diriamba, asociábamos aquel nombre a la figura del Hermano Emilio quien obviamente fue bautizado como Pericoli.  Pues bien, en la película “Los amantes deben aprender” (Rome Adventure) los protagonistas,Troy Donahue y Suzanne Pleshette, están en un restaurante en Roma y sorpresivamente aparece Emilio Pericoli interpretando precisamente “Al di la”.  Ahí se comprobó que el verdadero Pericoli era diferente al ínclito hijo de La Salle, pues mientras el último era rubio como Pedrarias, el verdadero tenía el cabello completamente negro.

Lo interesante del caso es que la historia de aquella canción es más fascinante de lo que pensamos.  En realidad “Al di la”, salió de la mente de la dupla italiana formada por el brillante compositor Carlo Donida y el letrista Giulio Rapetti, conocido como Mogol.  Esta pareja también había compuesto el tema “Uno dei tanti”, cuyo cover en español sacaron Enrique Guzmán y Alberto Vásquez bajo el nombre “Uno de tantos” y que al final fue Alberto quien ganó la partida al ser escogido para cantarla en la película “Perdóname mi vida” con Angélica María y Mauricio Garcés.  Asimismo, esta dupla italiana también sacó el tema “Abbracciame forte”, que luego refriteara en español Enrique Guzmán con el título de “Abrázame fuerte”.

El tema “Al di la”, originalmente le fue asignado a Betty Curtis, cantante italiana cuyo verdadero nombre era Roberta Corti, para que participara en el Festival de San Remo de 1961.  Como en dicho festival, lo que se calificaba era la canción en sí y no el intérprete, en ese tiempo, cada tema era ejecutado por dos intérpretes y en ese caso la otra versión estuvo a cargo del gran cantante Luciano Tajoli, quien había hecho famoso el tema “Angelitos Negros” en una versión en italiano.  “Al di la” alcanzó el primer lugar en San Remo y fue seleccionada para representar a Italia en el Festival de Eurovisión de ese mismo año, en donde obtuvo el 5º lugar.

Hasta ese momento, Emilio Pericoli no había tenido ninguna relación con “Al di la”.  Sin embargo, para su fortuna entró en acción Delmer Daves, guionista, productor y director norteamericano, quien tenía una fructífera carrera en Hollywood con películas de acción, bélicas y westerns principalmente y una que otra romántica como la famosa “A summer place”.  En 1957 Daves compró los derechos de una novela llamada “Los amantes deben aprender” de Irving Fineman y por un buen rato estuvo dándole vueltas al proyecto, manejando para su ubicación Suiza, París y finalmente Roma.  Tenía un buen rato tratando de promover a un actor con la figura del típico joven norteamericano, alto, blanco, rubio y que previamente había utilizado en “A summer place” y “Parrish”.  Para la protagonista femenina tenía en mente a la bella Natalie Wood, sin embargo, al final esta renunció y el papel le fue asignado a Suzanne Pleshette, joven actriz que tenía un ligero parecido con Elizabeth Taylor.  Completaron el elenco Angie Dickinson y Rossano Brazzi.

Daves deseaba ambientar el film en Roma con mucha música, de tal manera que adquirió los derechos de varios temas, entre ellos “Volare”, “Arrivederci Roma”, “Torna a Sorrento”, “Santa Lucía”, “Oh Marie” y desde luego “Al di la”.    Sin embargo, para este último tema Daves pensó que necesitaba un cantante varón, cuya figura no desentonara con lo apuesto de Troy Donahue.  Así fue que surgió Emilio Pericoli, quien tenía una carrera de cantante y de actor al mismo tiempo y en ese momento a sus 34 años tenía una figura envidiable, que Luciano Tajoli nunca hubiese llenado.  En la escena del restaurante, de improviso entra Pericoli con el tema “Al di la”, acompañado con un modesto conjunto de dos violines, contrabajo y batería, que para los fines de la escena bastaban.  En el intermedio, Troy Donahue, quien ya tiene contra las cuerdas a Suzanne Pleshette, se luce explicándole el significado de la frase al di la.

Dicen que la oportunidad la pintan calva, de tal manera que Emilio Pericoli o un agente suyo muy avezado, aprovechando aquella pequeña intervención en la película y lo contundente del tema, negocian con la disquera y graban una nueva versión, esta vez con una orquesta completa, versión que inicia con un arpa y por otra parte, con una visión comercial envidiable, graban una versión adicional en donde al final le agregan una estrofa en inglés, en donde Pericoli un tanto al estilo Open English, le echa producto de gallina al idioma de Shakespeare, versión que lanzan al mercado norteamericano en donde alcanza niveles de rating inusuales.  De ahí, la canción se disemina por todo Latinoamérica y se convierte en el éxito que conocimos.

Casi en forma simultánea, la gran cantante norteamericana de origen italiano Concetta Rosa María Franconero, conocida como Connie Francis, mira en este tema una tremenda veta que debe explotar y rápidamente graba el tema en italiano solo y en italiano e inglés, logrando un tema de tremenda calidad, gracias a la intervención del notable arreglista y director italiano, Giulio Libano, quien logra una versión inigualable en donde logra que destaque la maravillosa voz de Connie.  Desde mi humilde punto de vista, la versión de Connie Francis es superior a las de Pericoli, Curtis y Tajoli.

Después del tremendo éxito de la canción, muchos intérpretes le pidieron raid para engrosar sus repertorios.  El gran trompetista Al Hirt, quien participa como actor en Rome Adventure, sacó una versión instrumental al igual que The Brass Ring, de la misma forma Dean Martin, Jerry Vale, Al Martino, Ray Charles Singers, Milva, Claudio Villa, Sandra Reemer y en español no podía faltar el recordado Javier Solís con una versión de bolero ranchero, Los tres diamantes, Los sabandeños, Dyango, Jaime Morey, entre otros.

Pero como decía aquella canción del Pirulí: “..porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina…” así que poco a poco el enorme entusiasmo por Al di la, se fue difuminando hasta que quedó enterrada en el tiempo, aunque de vez en cuando, el aroma de la nostalgia se escapa del baúl de los recuerdos y alguna emisora nos la hace recordar.

Ya han pasado casi 54 años de esta historia y el tiempo no pasa en balde.  Las historias que emanaron de este tema siguieron caminos, como los del Señor, inescrutables.  El romance de Troy Donahue y Suzanne Pleshette siguió fuera de la pantalla y se casaron en 1964 durando dicho matrimonio tan solo ocho meses.  Troy falleció de un infarto en 2001 y Suzanne en 2008 de cáncer de pulmón.    Por su parte, Emilio Pericoli hizo una dupla con Toni Renis, participando en dos festivales de San Remo con gran suceso en ambos con los éxitos: “Quando, quando, quando” y  “Uno per tutte”.  Falleció en 2013 a la edad de 85 años.

Por su parte Carlo Donida, después de una fructífera carrera en la composición, falleció en 1998, mientras que Mogol, ha tenido también una brillante carrera de letrista. Actualmente tiene 81 años y se dedica a una organización sin fines de lucro que promociona la música y la cultura en Italia.  Betty Curtis continuó su carrera de cantante y se retiró en 2004, habiendo fallecido en 2006 a la edad de 70 años.  Luciano Tajoli vendió más de 45 millones de discos de “Al di la” y falleció en 1996 a la edad de 81 años.

El guionista, productor y director de cine Delmer Daves, quien ya tenía su estrella en el paseo de la fama en 1960, ganó el el Western Heritage Award en 1975 por su películas del oeste, falleció en 1977 a la edad de 73 años.

La cantante Connie Francis, continuó con su impactante carrera, sin embargo no logró alcanzar el éxito en la dimensión que tuvo anteriormente, participó dos veces en el Festival de San Remo, primero en 1965 donde alcanzó el 5º lugar, luego en 1967 en donde no logró llegar a la final.  Luego en los setenta se presentaron grandes tragedias en su vida que la alejaron del medio artístico, luego regresó y todavía en 2010 se presentó en Las Vegas.  Actualmente tiene 78 años y está por publicar su autobiografía.

De aquel grupo de entusiastas jóvenes del pueblo, unos pocos se nos adelantaron en el camino y afortunadamente una gran mayoría todavía está con nosotros.  Algunos ya son abuelos y hasta bisabuelos, pero a estas alturas del partido todavía se emocionan con el baile.  De aquellos tórridos romances, la mayoría, al poco tiempo, fenecieron de muerte natural.  Algunos de aquellos jóvenes lograron traspasar la frontera del bien más precioso, del sueño más ambicioso, de la cosa más bella e incluso de la estrella y cada quien guarda la historia de lo que encontró, de tal manera que cuando, en alguna emisora o en el yutube, aparece sorpresivamente aquella arpa que le abre el camino a la inolvidable voz de Emilio Pericoli, quien después de un la, la, la advierte; Non credevo possibile, se potessero dire cueste parole. (No creía posible que pudiera decir estas palabras), pensará para sus adentros: Ni yo tampoco.

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El cadejo

 

Era el inicio de la década de los setenta.  No podría precisar la fecha y lo único que recuerdo es que en esos días estaba en todo su furor el éxito “Venus” de Shocking Blue, que al final resultó ser un refrito de un éxito anterior que se llamaba “La canción del banjo”  y que jugaba con la letra de “Oh Susana”.  Sin embargo, el tema tenía un ritmo tremendo y las emisoras locales nos lo recetaban mañana tarde y noche.  Para ese tiempo ya tenía varios años viviendo en Managua y ya casi me acostumbraba al tremendo calor, aunque a veces sentía que estaba en una película del desierto cuando miraba, al final de la calle 11 de julio hacia el este, el paisaje con el Instituto Pedagógico de Managua y la entrada de la Academia Militar que se enturbiaba, tal como se representaban los oasis y al caminar por aquellas calles, los zapatos resbalaban en las esquinas por el asfalto que se derretía bajo el inclemente sol.

En nuestra casa, el cuarto que yo ocupaba con mi hermano Oswaldo era el más caluroso, al estar ubicado en el extremo occidental de nuestra casa y en donde recibía todo el sol de la tarde, de tal suerte que por la noche, el calor no disminuía y tan solo un ventilador GE luchaba por amainarlo.  Conscientes del sacrificio que esto significaba, nuestros padres nos dejaban en el refrigerador dos Coca colas, para que en el transcurso de la noche nos hidratáramos.

Una noche desperté para tomar mi bien merecido refresco, miré el reloj y seria más de las once de la noche y miré el termómetro en mi cuarto y arañaba los 36 grados.  Bebía embelesado, como en comercial, aquella fría gaseosa, cuando de pronto el timbre comenzó a sonar insistentemente.  Fui hasta la verja exterior y me di cuenta que se trataba de Pedrito.  Era un joven que trabajaba en el Hospital Bautista y a quien mi padre le tenía mucho aprecio.  Su madre era paciente de mi padre.   Lucía agitado y me suplicó que llamara a mi padre porque se trataba de una emergencia.

Fui hasta la habitación de mi padre y le expliqué la situación.  Se vistió y fue a conversar con él, quien le expuso un estado grave de su madre.  Sin mayor dilación mi padre tomó su maletín y dudando un poco, me pidió que lo acompañara pues iba hasta San Judas en donde vivía Pedrito.  En consideración a la hora y al lugar le consulté si llevaba el “cuete”, asintió y fui a tomar la pistola que guardaba en su closet.  Era una Smith & Wesson, 38 especial, calibre corto.  La cargué con sus cinco balas, la escondí bajo la camisa y saqué del garaje la Station Wagon. Pedrito guardó su bicicleta en la casa y nos fuimos los tres.

En aquella época San Judas no estaba tan bien conectado con Managua como lo está ahora, era toda una expedición llegar hasta allá. Había que entrar por Altagracia y la ruta indicada era ingresando por una calle cercana a la Fosforera y luego hacia el sur.  Después de muchas cuadras se pasaba por el Palacio de la Nunciatura, un impresionante edificio que albergaba las oficinas de la representación papal.  Su titular en aquellos días, Lorenzo Antonetti, sucesor del recordado Santi Portaluppi, dividía su tiempo entre Managua y Tegucigalpa.

Luego se pasaba por unos parajes en donde años más tarde se construiría un complejo habitacional que se convertiría en el Centro Cívico y un poco más al sur lo que sería la Unidad Independencia.  Por ahí ya era terreno agreste y en donde un enorme ceibo constituía el punto de referencia.  Pedrito nos indicó que nos internáramos más al sur, ya en calles de terracería que se hacían más estrechas, hasta que después de varias peripecias llegamos a un lugar más oscuro que la boca de un lobo. Nunca había visto uno, pero me lo imaginaba.   Pedrito nos advirtió que hasta ahí se podía llegar en el vehículo y que su casa estaba unos cuantos metros hacia adentro.

Después de pensarla un poco, decidimos que mi padre iría con Pedrito a la casa y yo me quedaría en la camioneta.  Con las luces del vehículo iluminé un poco el sendero por donde transitarían, sin embargo, el joven aquel sacó una pequeña linterna de mano que les ayudó a guiarse por aquel abrupto terreno.  La camioneta era de 8 cilindros y jalaba gasolina como loca, de tal manera que no había más alternativa que apagarla, al igual que las luces, pues las baterías en ese tiempo, Hasbani en su mayoría, con nada y nada podían descargarse a cero y al ser automático el vehículo, no había manera de encenderlo empujado.

Apagué pues el vehículo y las luces y aquello quedó en tinieblas.  Tan solo se miraba la tenue luz de la lámpara de Pedrito que poco a poco se iba perdiendo en la distancia, hasta que a unos treinta o cuarenta metros llegaron a su destino.  Entonces la oscuridad se hizo poco a poco más densa, como si fuera un espeso líquido negro que caía desde arriba.   El viento apenas corría, pero mitigaba un poco el sofocante calor.   Quise poner el radio del carro, pero a esa hora ya ninguna emisora estaba trasmitiendo, así que poco a poco se fue haciendo más notorio el ruido de aquel paraje.  Insectos que competían en una incesante sinfonía.

Debo de admitir que me sentía nervioso.  Tal vez no alcanzaba, todavía, el punto de zurrarme del miedo, pero no estaba tranquilo.  A medida que avanzaba la noche, me iba sintiendo más inquieto.  Sabía de antemano que aquellas visitas de mi padre podrían tardar a veces una hora y en una ocasión en que tuvo que practicar una transfusión le llevó más de tres horas.

El tiempo parecía caer pesadamente, lento, como esos relojitos de arena de la computadora que llegaban a desesperar y que por más que se viera el reloj, no había nada que hacer para que transcurriera más rápidamente.

De pronto, en medio de aquel concierto de grillos, chicharras y demás insectos, escuché un trino, si es que se le puede llamar así a aquel silbido, que obviamente no era producido por un insecto, sino por un ave nocturna.  Era un tanto en estacato, como si fuera un insistente ladrido de un perro, pero con una especie de “juu” repetido varias veces.   Una cocoroca, pensé para mis adentros.  Ahí sí, como decía la canción que le gusta al prócer:  “Se me fueron los pulsosommm”.

Traté de calmarme respirando profundo y lo primero que pensé fue en la madre de Pedrito.  Pobrecita, cavilé para mis adentros, reflexionando luego que hacía mal poniendo más en la balanza a favor de la superstición que en la capacidad de mi padre.  Ya me estaba tranquilizando cuando de pronto, del camino por donde habíamos llegado hasta aquel punto, me pareció escuchar el ruido de una rama que se quebraba ante el peso de algo.    En ese momento pensé en la botella de aquel whisky: “Chivas brother”.

En aquellos días, mi vista era de águila.  Ahora de águila solo me queda la nariz.  A pesar de eso, del lado de donde provino el ruido no se miraba absolutamente nada.    Encendí la camioneta y la hice girar un tanto hacia la izquierda, de tal manera que la trompa apuntara hacia donde había escuchado el ruido.  Encendí las luces y me pareció ver detrás de un árbol a un individuo que parecía vestir camisa clara.  Así estuve un rato, hasta que la figura aquella no volvió a divisarse.  Entonces volví a apagar la camioneta y las luces.  Sentía entonces que el corazón latía a más de 180.

En aquel momento pensé que estaba en peligro inminente y saqué la pistola que había colocado debajo de mi asiento.  Con el arma en la mano sentí que los latidos del corazón bajaron un poco su ritmo.  Sentía un poco de seguridad, pero el miedo todavía seguía invadiéndome.

Para ser sincero, nunca había disparado aquella arma.  Tampoco creo que mi padre lo hubiese hecho, ni siquiera para practicar.  Mi única experiencia en ese sentido fue con rifles 22 y con una Colt 45 que brevemente mi tío Eduardo me prestó en un viaje que hicimos a Ometepe.

El asunto es que todavía estaba en mi mente lo fácil que parecía utilizarse un arma en contra de un cristiano, después de ver las películas de James Bond o de tantos westerns, en especial los de manufactura italiana.

El hecho es que yo estaba dispuesto a todo, al tener la S&W en la mano, cargada y que con solo oprimir en la empuñadura se quitaba el seguro.  En ese momento, el ruido se acercó más y me puse en alerta máxima.  Roja como dirían los (las) vulcanólogos (as).  Brevemente encendí solo las luces y me pareció ver ligeramente lo claro de la camisa del individuo detrás de otro árbol más cercano.  En ese momento pensé que tal vez sería prudente disparar al aire, para que el tipo pensara que no se la iba a comer sin bastimento, pero me contuvo pensar que se armaría tremendo escándalo en las casas del rumbo y mi padre se llevaría tremendo susto.  Así que decidí esperar.

En esas estaba cuando del sendero hacia la casa de Pedrito, escuché un ruido que salía de la oscuridad.   No era precisamente un rugido, sino que como el gruñido que antecede al ladrido de un perro, sin llegar a este último, sin embargo, era mucho más grave y sonoro que el que emite un perro común y corriente.  P´a acabarla de rematar, dije para mis adentros.  Puse la ignición del automóvil y subí las ventanas que permanecían siempre abiertas, pues no funcionaba el aire acondicionado y entonces el calor era insoportable.  Corrí el riesgo.

De pronto, frente a la camioneta pasó una silueta, oscura y que hacía adivinar un enorme perro y en cierto momento volvió la cabeza hacia la camioneta y observé unos ojos que brillaban con un tono rojizo.  Escuché otro rugido, pero resultaron ser mis tripas.   Apenas pasó por la camioneta, el animal aquel aceleró la marcha.  Encendí la camioneta y puse las luces altas.  El animal se dirigió al último lugar a donde había observado la silueta aquella con la camisa blanca y miré que corrió hacia adentro de un solar y ambos se perdieron en la oscuridad.   Bajé las ventanas para escuchar mejor, pero no logré captar nada.  Al rato volví a escuchar el canto de la cocoroca y esta vez, un poderoso ladrido, también en estacato, le contestó y se perdió en un largo aullido.

Me di cuenta que mis manos temblaban, así que puse de nuevo la pistola debajo del asiento y coloqué mis manos en el volante y noté que a pesar de agarrarlo con fuerza, mis manos seguían temblando.  Pasaron unos cinco o diez minutos, no lo pude precisar, pero en ese lapso pude volver a calmarme.  En el lugar de la casa de Pedrito volvió a notarse la luz de su linterna que poco a poco se fue acercando hasta que los dos llegaron a la camioneta y procedieron a subir.

Mi padre sacó el aire con un ligero resoplido que era clásico en él cuando terminaba una tarea difícil.  Nunca traté de ser infidente con su práctica profesional, así que no le pregunté nada y por la plática con Pedrito colegí que la señora estaba fuera de peligro.  Le había dado una receta para que fuera a alguna farmacia de turno a buscarla a la brevedad y le dio indicaciones sobre el seguimiento que le iba a dar.  En un momento en que la plática entre ellos cesó, sin dar antecedentes ni nada, le dije a Pedrito: -Bravo, tu perro.  Extrañado me dijo: -¿Cuál perro? Yo no tengo perro.  –Uno negro, grande, le aclaré. –No, en la casa no hay ningún perro y en el vecindario no he visto ninguno.  Ahí me quedé con la boca abierta y solo alcancé a exclamar: -Ahhh

Llegamos a nuestra casa y al bajar, antes de tomar su bicicleta, Pedrito le dio un gran abrazo a mi padre y a mí me extendió la mano. Guardé la camioneta, luego fui a descargar y guardar la pistola en su lugar y pasé por la refrigeradora apurando casi de un solo trago la mitad de mi Coca cola que había dejado y me fui a dormir.  Miré la hora y eran veinte para las dos. Caí como un tronco y no desperté sino hasta las seis de la mañana.  No comenté lo sucedido con nadie.

Meses más tarde, regresé a San Judas.  Esa vez fue con mi amigo Pancho “Maroma” Argüello quien me pidió lo llevara a traer unos cables de martillo que él confeccionaba.   Nos internamos en aquel barrio y esa vez pude apreciar los detalles de aquellos parajes que había adivinado en la oscuridad aquella noche.  No supe en realidad el lugar exacto donde había estado, pero me imagino que no estaba lejos de la casa de Pancho.  Cuando ya con los cables en nuestro poder regresamos hacia el Estadio, le dije como sin querer: -Mucho perro hay por estos lados.  –Es una plaga, agregó.  –Dicen que han visto un perro negro enorme, aparentemente sin dueño, le dije, tanteándolo. –Más bien, dicen algunos que han visto al Cadejo y que ha desgraciado a algunos cuantos.  –¿Serapio Silva?, le dije, parodiando a Tres Patines.  –Cereal, agregó Pancho, un vecino jura que lo vio una noche.  –Ahhh, exclamé mientras pasábamos a la par del ceibón rumbo a Altagracia.

 

 

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El demonio en tiempos del WhatsApp

 

El futuro no es nunca como uno se lo ha imaginado.  Cuando navegábamos en las plácidas aguas de la mitad del siglo XX, teníamos una idea un tanto distorsionada de lo que sería el siglo venidero.  Pensábamos en gentes usando trajes ajustados, con mallas y capas, cinturones y pulseras anchos y en automóviles que podían volar.  Algunos intelectuales predecían una sociedad tremendamente civilizada, sin violencia, tolerante, inclusiva y demás.  No obstante, como dicen los franceses: Plus ça change, plus c´est la même chose (Entre más se cambia, más se es la misma cosa).  Ya puestos en pleno siglo XXI, observamos que alguien vestido como Jor-El, a menos que estuviera avalado por algún fashionista, causaría una rechifla mayúscula; los vehículos no vuelan todavía, salvo los buses de las rutas o uno que otro borracho al volante y respecto a la civilización, a excepción de uno que otro postureo o figureo como dicen don León Núñez, que se adosa a lo políticamente correcto, no nos acercamos ni de broma, a lo soñado por aquellos intelectuales.

Por si fuera poco, de pronto nos llegan noticias que nos hacen pensar que hemos retrocedido a la edad de piedra.   Hace escasas tres semanas, una mujer de 25 años, de una comunidad de Rosita, en el Caribe Norte, fue lanzada a una improvisada hoguera por parte de un “pastor” evangélico, quien contó con el apoyo de miembros de su comunidad.  Lo peor del caso, es que el motivo de este acto, bochornoso de por sí, fue que, según el “pastor”, la mujer estaba poseída por el demonio y peor aún, el troglodita afirma que tuvo una revelación divina que le ordenó que le sacara el espíritu maligno con un “fueguito”.   Al final del caso, la mujer falleció debido a las considerables quemaduras y ahora el “pastor” y sus acólitos enfrentan la justicia y a treinta “añitos” en la loma, con el único argumento en su defensa, de que todo se deriva de una revelación del Altísimo.  Como dijo Alfonso VI: “Cosas tenedes Cid, que farán fablar las piedras” o como dice Polo Polo: ¡Ay, güey!

Debo de admitir que a mí me tocó crecer en una época en donde la figura del demonio estaba profundamente arraigada en el ambiente.  Además del clero, las viejas del pueblo se encargaban de llenar nuestras noches de terror, pues era inminente que en cualquier momento, con cualquier excusa, El Contrario se nos podía aparecer.  Nunca hubo claridad sobre el propósito que tendría el maligno al aparecerse a un indefenso chavalo y pensando con lógica, no era rentable el gasto en azufre tan solo para asustarle los frijoles a un sujeto.

Así pues, la figura de Satán era omnipresente en nuestras vidas.  Para la época de semana santa, el diablo andaba suelto, algo así como que le daban licencia, igual que a James Bond, para andar haciendo tropelías.  Cuando te amenazaban, te lanzaban: “Vas a ver al diablo por un hoyito”,  que realmente daba pavor.  Al referirse a la astucia de alguien entrado en años decían: “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

En aquellos tiempos, las noches, en lugar de traer tranquilidad con su quietud, era motivo de un enorme terror, pues la oscuridad era propicia para una aparición, especialmente si uno estaba solo, pues parece que en los términos de referencia del chamuco no podía aparecerse a grupos.

De esta manera transcurrió mi infancia, como la de todos los muchachos de mi edad, con el aniceto a dos manos, ante el temor de encontrarnos cara a cara con el Príncipe de las Tinieblas.  En nuestras mentes estaba vívida aquella imagen aterradora, que tal vez vimos en un libro de historia sagrada o en alguna pintura, cuya figura era en extremo racista, pues tenía una tez como de la NBA, una barba estilo French Fork, cuernos de chivo (no AK-47), cola prensil, alas de murciélago y un tridente en la mano.  De nada servía para nuestra tranquilidad, que nadie hubiese aportado evidencias irrefutables de haber visto al Maligno, salvo aquellos que en medio de sus borracheras lo habían visto de color azul.

Con la llegada de la adolescencia, ya el estudio de la lógica nos hacían darle vueltas al asunto de Luzbel.  En lo particular, me parecía inverosímil el cuento del ángel que se rebela al Todopoderoso.  Pensaba en lo que sucedía en las filas de la guardia nacional,  en donde cualquier intento de rebelión contra los Somoza, era castigado con la inmediata ejecución y era solo en aquellos casos de celos por el carisma o simpatía de algún oficial, que era merecedor del exilio.  Entonces pensaba que si esto sucedía con un simple y mortal dictador, en el caso del Creador, no acabaría de generarse la conexión entre las neuronas para generar el pensamiento de rebelión en algún miembro del ejército celestial, cuando automáticamente se convertiría en cenizas; por idiota, más que por otra cosa.

En mi época de universitario, tuve la oportunidad de incursionar fugazmente en el teatro.  Los detalles pueden verlos en mi post: “¿Y qué motivo tuvo?”  El caso es que el teacher Hidvegi, me ofreció un papel en la obra “A puerta cerrada” de Jean Paul Sartre, que montó allá por 1972.  Mi papel era el de camarero, que acomoda a los tres personajes principales de la obra en una habitación, que representa al infierno.  Mi personaje, aparte de lo recio y apuesto del actor, no contaba más que con un traje oscuro y corbata negra.  Mi expresión era grave pero llena de un enorme sarcasmo.  Aquel camarero podría considerarse como Satanás, pero en un diálogo con Garcín, uno de los personajes, éste me pregunta al estilo de José Luis Perales, a qué dedicaba mi tiempo libre y yo le contesto que a visitar a un tío que era jefe de camareros en uno de los pisos superiores. Así pues mi personaje del camarero era un demonio de tercera.  Al final de la obra, una vez que los personajes caen un una dramática exposición de sus miserables existencias, misma que llega a torturarlos, sin necesidad de fuego o parrrillas, Garcín llega a exclamar:  “El infierno son los demás” (L´enfer c´est les autres) dándose cuenta que la puerta está realmente abierta, pero ninguno se decide a salir pues saben que deben seguir aguantándose per secula.

Esta concepción de Sartre, vino a disipar en mí, aquel perenne temor de la niñez a la aparición del Contrario y a entender que es en los otros que podemos encontrar nuestro propio infierno. Como decía Juan de Dios Peza: “Yo les llamo a los muertos mis amigos y les llamo a los vivos mis verdugos”.  De esta forma, poco a poco se fue desvaneciendo de mi interior, aquel terror de una aparición de Luzbel.

No puedo hablar por los demás, pero quisiera creer que ya no son tantos los que temen a la terrible figura de Belial emergiendo de la oscuridad.  Tal vez, algunos lo tienen como un elemento semi mitológico, pero muy útil a la hora de echarle la culpa por los errores cometidos. Por eso, no deja de cimbrar a la sociedad entera cuando un oligofrénico pone en una situación embarazosa al Todopoderoso, cuando afirma que el sumun de la sabiduría desciende hasta la quintaescencia de la estupidez humana para convertirlo en portavoz y peor aún, cuando le solicita cometer un crimen a fin de expulsar del interior de una mujer, a un soldado rebelde.  Tal acción, merece que la justicie le aplique la pena máxima, y es más, si se pudiera lograr un excepción y condenarlo al garrote vil, muchos aplaudirían.

Estoy consciente que puede considerarse un atrevimiento de mi parte, pero creo que las máximas autoridades religiosas de todas las denominaciones deberían convocar a un cónclave y emitir un comunicado conjunto, mediante la bula correspondiente, descontinuando los conceptos del demonio y del infierno, lo cual traería mucha paz y tranquilidad a la comunidad mundial.  Ya en el pasado, el ahora San Juan Pablo II, expresó que el infierno no era un lugar, sino un estado del alma y de la misma forma sucedía con el cielo.  Luego de largos encontronazos en lo oscuro, su sucesor dijo que era una mala interpretación de alguien y que habían sacado fuera de contexto la declaración y que para acabar pronto sí había infierno, con diablo, fuego, azufre y todo lo demás.   En cuanto al cielo, parece que el prelado estaba cantando el éxito de Franco de Vita: “No hay cielo” en sus abluciones matinales, de tal manera que alguien lo escuchó y tergiversó los hechos.

Así pues, estimado lector, cuando camine por un paraje muy oscuro, no le tenga miedo a Lucifer, sino a un malviviente que por querer asaltarlo le dé un cascarazo que lo mande al Lenín Fonseca y si desea asomarse al infierno, váyase un viernes, si es día de pago mejor, a querer transitar por la carretera hacia Masaya a eso de las seis de la tarde.

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Fuenteovejuna, Señor

 

La sociedad nicaragüense se encuentra consternada.  La tasa de muertes en accidentes de tránsito se está elevando a un ritmo vertiginoso.  A pesar de que, considerando los últimos acontecimientos en la vida nacional, nada tendría que sorprendernos, ni quitarnos el sueño.  Sin embargo, lo aparatoso de los últimos accidentes y el número de víctimas involucradas, tiene a todo el mundo con el fondillo a dos manos.

La ciudad capital se despereza temprano en la mañana, ante un calor que amenaza con llevar a los termómetros a niveles arriba de los 36 grados. Una joven que luce un elegante uniforme corporativo, se muestra sumamente impactada al escuchar en el radio de su automóvil el último recuento de víctimas, sin embargo, suena su teléfono celular y ella suelta una mano del volante para tomarlo y revisar su whatsapp, haciendo peripecias en el auto, con un ojo al gato y el otro al garabato, para ver los últimos chismes de su grupo de amigas, se ríe sola y con una pericia escandalosa logra introducir un emoticón, que aunque no viene al caso, es lo más fácil, antes de poner el aparato en su lugar, pues de pronto su automóvil pierde un poco la dirección.

En una casa de un reparto con nombre italianado, un joven ejecutivo lee el periódico en el desayunador, mientras una asistente del hogar, debidamente uniformada, le sirve café caliente y le escucha exclamar: ¡Qué barbaridad! al ver la nota que señala la alarma por la desmedida tasa de accidentes.  Luego, hace a un lado el diario y toma un reporte que le prepararon en su oficina con las estadísticas de los últimos dos años de las ventas de vehículos nuevos del distribuiror, del cual es gerente y observa con embeleso la tendencia alcista que haría palidecer de envidia al propio Og Mandino y lo harían enloquecer con las proyecciones estimadas para el presente año.

Muy cerca de ahí, en una mansión ubicada en un reparto exclusivo, una señora ya entrada en años, todavía en bata, pero manteniendo su refinada elegancia, mira en la televisión de su cuarto un noticiero local, en donde un locutor con una voz engolada y con un dejecito un tanto fingido, pone el grito al cielo por la cantidad de personas que han perdido la vida en accidentes.  La señora arruga un poco la cara en señal de desagrado.  No obstante, sin ella saberlo, es cómplice del éxito del ejecutivo anterior, pues ella es gerente de crédito de un importante banco comercial del país, que haciendo a un lado los requerimientos de crédito del agro nacional y de las pequeñas y medianas empresas, ha canalizado una extraordinaria cantidad de recursos hacia el crédito de consumo, lo cual ha hecho posible la explosión en las ventas de vehículos.

Al otro extremo de la ciudad, un joven se despierta con el ruido de un radio a todo volumen, en donde con música alusiva a las noticias de última hora, un locutor con un tono grave, tirándole a enojado, ofrece la noticia de una colisión que dejó tres muertos.  El joven, que acusa una goma de coger raza, apenas reacciona y en medio de su malestar logra exclamar: -Virgen santa. No se sabe si por la resaca que carga, o por la noticia que acaba de escuchar.  De pronto viene a su memoria, escasa por cierto, imágenes de la borrachera de la noche anterior y cómo todavía no tiene ni la menor idea de cómo logro llegar en su automóvil a su casa.  Gracias al cielo, su madre santa lo encomienda siempre a San Judas Tadeo.

En un bulevar de la ciudad descienden de una motocicletas dos oficiales de la policía de tránsito, sin casco, por cierto y mientras se apostan detrás de unos arbustos, comentan entre ellos los detalles de un accidente provocado por un autobús de cierta ruta, en donde un colega fue a cubrir el reporte correspondiente, debiendo trabajar hasta media noche y a manera de conclusión exclaman casi al unísono: ¡Qué cagada! mientras esperan a que un descuidado automovilista al dar la vuelta en la esquina, incursione, aunque tímidamente, en el segundo carril y sea sujeto de una multa dizque por invasión de carril y si se descuida se la dejan ir por el caso agravado de zigzag o vuelta en “U” que son 1,000 bolas de multa.

Una mujer que barre la acera de su casa, se encuentra con su vecina quien le comenta que una conocida de ella iba en el bus que se accidentó en El Dorado y que no paraba de exclamar: ¡Fue horrible, fue horrible!  La primera traga gordo y le comenta que la ola de accidentes es imparable.  Luego alguien le llama de la venta de enfrente y la mujer cruza la calle como los caminantes de The walking dead, sin volver a los dos lados y esa es su costumbre, sin importar el flujo vehicular, pues en su mente cualquiera que transite debe detenerse antes de impactarla, pues en caso contrario, enfrentaría la cárcel y un buen dinero en indemnizaciones.

En un barrio del rumbo de abajo, un funcionario de educación se prepara para salir a su oficina cuando observa en el televisor una noticia con el estilo de la nota roja, en donde se ve a los bomberos sacar los cadáveres de restos de un vehículo retorcido por el impacto, sin escatimar en tomas sangrientas.  El funcionario se compadece de las víctimas del accidente y luego se dispone a ir al baño, pero antes saca de un escondite al fondo del ropero, un libro y se sienta en su trono.  Es un libro de Sergio Ramírez que está leyendo con sumo interés, pero como quien dice, de manera clandestina, pues está consciente de que si la dirección superior se da cuenta de su afición por esa lectura, lo pondrán de patitas en la calle.  No puede concentrarse en la lectura pues le atormenta la idea de que al momento de planificar el año escolar, había insistido en incluir la educación vial como eje transversal, sin embargo, por órdenes de la superioridad, tuvo que incluir el aprendizaje del ajedrez.

En un populoso barrio, un joven de oficio conductor de autobús, desayuna con fruición, un generoso plato criollo, cuando se aparece su hermana con un celular y le muestra un video que colgaron en las redes sociales en donde un autobús aventaja a una enorme fila que transita en una vía, utilizando un carril improvisado a la izquierda del carril contrario, en lo que se supone es una vía peatonal.  El conductor siente un torozón en la garganta y no sabe si son los huevos o es el gallopinto que se le ha atragantado, al reconocer a su unidad en primer plano en el video.  Cuando recobra el resuello le exclama a su hermana:  Gente hijueputa, que se mete en lo que no le importa y solo cuelga pendejada y media.

En la periferia de la ciudad, un ciudadano urgido por llegar a su destino, para una caponera y comienza para él un viaje que solamente se mira en las persecuciones de las películas de James Bond.  El conductor del frágil vehículo, desafiando no solo las leyes de tránsito, sino las leyes que se miran en la Ciencia de lo Absurdo y haciendo caso omiso de las mentadas de madre que le profieren por doquier, se desplaza entre el denso tránsito, provocando en el pasajero una descarga tal de adrenalina que al final le pide al conductor que lo baje en el centro de salud.

Un alto funcionario de la comuna se dirige a su oficina y de pronto el tráfico es tal que se queda atrapado en una importante arteria de la capital, de tal forma que parece que está en un enorme estacionamiento.  Reflexiona al respecto y llega a la conciencia de que el gobierno municipal no tiene fondos para ampliar la infraestructura vial de la ciudad y que con tres megaproyectos han quedado con una deuda caribe.  Está consciente de que ante la hipertrofia del parque vehicular, la red vial actual no es suficiente y que en vez de instalar tantas arbolatas y construir tantos parques, que son necesarios, pero no vitales, deberían realizarse más obras de este tipo de infraestructura.  Pero se guarda sus reflexiones en el fondo de su ser, por aquello de las cochinas dudas.

Al salir de su casa, el muchacho antes de ponerse el casco, se despide de su madre, quien con el rostro compungido le ruega que tenga mucho cuidado en la calle, pues está llena de cafres y los accidentes están a la orden del día y hay muertos que no es jugando.  El muchacho le contesta con movimientos afirmativos de su cabeza mientras se calza el casco y sube a su motocicleta que de pronto se pierde rápidamente entre el tráfico, en donde presume de su pericia en zigzaguear por las filas de tal manera que alcanza a situarse en los semáforos de primero.  Cuando puede se salta el semáforo en rojo, pues este es más que nada para vehículos grandes.

En la oficina de una escuela de manejo, uno de los instructores, mientras espera su próxima lección, mira un noticiero en la televisión de la oficina, cuando aparece en la pantalla la fotografía de un conductor fallecido después de hacer una mala maniobra e impactar contra un furgón.  Se queda de una sola pieza cuando se da cuenta de que se trata de uno de sus alumnos, a quien tuvo que darle su ayudadita para que pudiera aprobar el curso de manejo y pudiera optar a la licencia de conducir.

En una mesa redonda trasmitida por una emisora de radio, varios periodistas debaten sobre el candente tema y mientras un reportero de un diario local le propone a un representante de la iniciativa privada que este sector destine recursos para fomentar la educación vial, como parte de la responsabilidad social, o que vía impuestos al consumo de licores y tabaco se financie la misma, el empresario se la devuelve reclamándole el por qué aquel diario, en lugar de ofrecer a sus lectores un curso de oratoria, mejor le ofrece un programa amplio de educación vial, entonces se arma la de Muchilanga y la discusión se convierte luego en una plática de presos.

Y así, miles de historias se entretejen en torno a esta crisis, como le han llamado algunos, para ilustrarnos acerca de la complejidad de este problema.  No es algo fácil de solucionar, pues en la misma están involucrados grandes sectores de la población.  De tal forma que cada vez que desafortunadamente ocurra un accidente y alguien pierda la vida, al momento de señalar culpables debemos recordar Fuenteovejuna, aquella obra de Lope de Vega, en donde al preguntar el juez: -¿Quién mató al comendador? –Fuenteovejuna, Señor -¿Quién es Fuenteovejuna? –Todo el pueblo, a una.

 

 

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Cincuenta años no es nada

Orlando Ortega Reyes

 

En este mes de febrero cumplo 50 años de haberme bachillerado. Como reza la manida frase: “se dice fácil”, sin embargo, poniéndolo en perspectiva, se trata de medio siglo.  Nuestra promoción fue dedicada a Rubén Darío en ocasión del centenario de su nacimiento, que se nos hacía tan lejano, incluso su muerte, que había ocurrido tan solo cincuenta y un años antes.

Cinco décadas han transcurrido desde aquella fría noche de febrero en Diriamba, cuando cincuenta adolescentes, vestidos de riguroso esmoquin, acompañados por sus madres, subieron al escenario del teatro que había sido improvisado por los Fratres Scholarum Christianarum  en el patio del colegio, para recibir el preciado diploma que tanto anhelaban y que les daba el título de Bachiller en Ciencias y Letras.  Cuando este título era avión y valía mucho más que los 500 córdobas del bono solidario de ahora.

Meses más tarde, todavía con el corazón henchido de emoción y un enorme bagaje de sueños e ilusiones, la universidad se encargó de bajarnos los humos y con la clásica “peloneada” nos señaló, como en la antigua Roma, el memento mori. Recuerda que eres mortal.  Ahí aprendimos a lidiar con la soledad de no tener a alguien que nos recordara nuestras responsabilidades.  Cuando al final, obtuvimos un nuevo diploma que nos acreditaba como profesionales, entonces fue la propia vida, la que se encargó de ponernos los pies en el suelo.

Luego, una serie de desastres, algunos provocados por la naturaleza y otros por el propio ser humano, se encargaron sacudir nuestras vidas.  Ahí, aquellas estructuras que habíamos cimentado con las enseñanzas y valores inculcados en el colegio, tuvieron que ser revisadas, remendadas, reforzadas o simplemente redefinidas, a fin de enfrentar los retos reales que nos imponía nuestro propio camino.

Después de cincuenta años, nos encontramos en un punto del camino en donde aquellos sueños e ilusiones caben ahora en el bolsillo y el considerable bagaje que llevamos es la experiencia acumulada en nuestro cotidiano bregar.  El Colegio de La Salle tan querido, nos hace recordar aquel poema de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ay dolor que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…” pues primero un sismo y luego las bárbaras hordas, se encargaron de no dejar piedra sobre piedra.   Nuestros queridos maestros, en su gran mayoría ya descansan el sueño de los Justos, al igual que nueve de nuestros compañeros, que se nos adelantaron en esta jornada.

Es inevitable pues, en esta íntima efeméride, reflexionar sobre el camino andado, sobre aquella frase de Gardel: Sentir, que es un soplo la vida… En aquella ocasión, teníamos diecisiete años y ese período es ahora, viéndolo con soberano optimismo, el resto de nuestra expectativa de vida.  Fue aquella etapa, el primer borrador de nosotros, sobre el cual, hemos ido afinando a golpe y porrazo, para llegar a ser lo que actualmente somos.

La templanza, tolerancia y solidaridad que ahora pueden distinguirnos, nos recuerdan las piedras fundamentales que nuestras familias cimentaron y que el colegio se encargó de fortalecer.  Sin embargo, de pronto la pereza nos fue inculcada como un vicio, ahora parece haber dado un vuelco y es la virtud que nos aleja de los otros pecados capitales.

Así pues, ahora que evitamos a toda costa el esmoquin, sin que esto le reste solemnidad al asunto, brindamos por aquellos días, celebrando más que nada, la vida y haciendo propia aquella frase de Massimo Ranieri: “La calle del recuerdo es siempre la más larga”.

Es ahora cuando al fin logramos comprender en toda su dimensión mucho de lo aprendido en el colegio, muchas veces solo por la insistencia de algún profesor, como aquella vez cuando el Hermano Pedro, un hijo de La Salle importado de los andes peruanos, que insistía que aprendiéramos las sextillas con doble pie quebrado en las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique y que ahora medio siglo después, haciendo a un lado la métrica, se nos viene a la mente, de manera tan clara, aquel primer verso: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando, cuan presto se va el placer, como, después de acordado, da dolor, como, a nuestro parecer, todo tiempo pasado fue mejor…”

 

 

 

 

 

 

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La marca del zorro

zorro-cola-pelada

 

Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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La del vestido rojo

La del vestido rojo.  Imagen tomada de internet

CUENTO.  BASADO EN HECHOS REALES.

Faltan diez minutos para las cuatro de la tarde y en aquel recóndito pueblo, las nubes se confabulan para esconder por un rato al timorato sol de diciembre y una ráfaga de viento levanta una nube de polvo en la rústica calle que de pronto pareciera haber adquirido cierta solemnidad ante el cortejo fúnebre que la recorre en su marcha hacia la parroquia, misma que no necesita ser nombrada pues es la única que existe.  Un fino ataúd de madera preciosa es llevado a la usanza de aquel pueblo, en hombros de familiares y amigos, con un marcado balanceo, “chiqueado” como dirían ahí.   Le siguen, una mujer que no llega a sus cincuenta años, acompañada de cuatro mujeres jóvenes, todas ellas de riguroso negro, cubierta sus cabezas con finas mantillas de ese mismo color.    Luego, una nutrida concurrencia de personas esforzadas por lucir de manera circunspecta para la ocasión.  Algunos en la parte posterior del cortejo, se atreven a conversar en muy baja voz.

La viuda, lleva una expresión un tanto indescriptible.  No parece haber compunción. No llora y en su rostro no hay asomo de alguna pasada lágrima.  Sus hijas, más bien reflejan cierto asomo de temor.  Como si para todas ellas, aquel sepelio fuera un amargo trago que debían apurar.  Entre los acompañantes, tampoco se adivina ninguna expresión grave, ni siquiera por solidaridad. Uno de los que cargan el ataúd, es el único que refleja un dolor contenido; seguro algún hermano del difunto.

De pronto, cuando el cortejo alcanza la esquina próxima a la parroquia, del cafetín ahí ubicado, sale súbitamente una mujer.  Todos los acompañantes del difunto, sin excepción, la voltean a ver, como dicen, tragándose la campanilla.  No por su figura, pues es de estatura más que regular y de cuerpo bien conformado, sino porque está vestida completamente de rojo.  Incluso sus zapatos hacen juego al color de su vestimenta, al igual que su collar y pendientes, mientras que su cabello, negro azabache, es sujetado por un aro del mismo color.  Lleva unos lentes oscuros, no tanto como para esconder sus ojos, sino como para esconder de sus ojos, la escena que tiene frente a sí.

La viuda al verla, la reconoce inmediatamente y siente que un fuego con un sabor entre amargo y ácido sube por su esófago y amenaza por llegar a su boca.  Se trata de su hija. Tiene varios meses de no verla y en ese tiempo parece haber embarnecido, además, tiene una expresión que nunca le conoció.  Denota seguridad y una actitud retadora.  Detrás de ella se ha colocado, como protegiéndola, un tipo alto, fornido, que luce blue jeans, una camisa a cuadros y botas vaqueras.  La concurrencia también llega a reconocerlos y comienza a cuchichear.

En el preciso momento en que el féretro pasa frente a la pareja, el hombre hace una seña a alguien al interior del cafetín y de pronto, una roconola comienza a tocar una pieza a regular volumen.  Al escucharla, todos parecen trastabillar.  La viuda se detiene, al borde del colapso, de tal forma que una de sus hijas la toma del brazo para que no caiga.  El allegado al difunto que carga el ataúd, casi echa espuma por la boca, sin embargo, vuelve a ver al hombre de la acera y observa que de la cintura se asoma una Colt .45 automática.  La roconola sigue con la pieza que ha llegado al estribillo:  “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar, no vaya a resucitar”.

El momento que le tomó al cortejo pasar por aquella esquina se hizo eterno.  Cuando finalmente calló la música, la pareja se dirigió a una camioneta estacionada cerca de ahí y se perdió en la distancia.

Ya en la salida del pueblo, la del vestido rojo no pudo más y rompió en amargo llanto.  El hombre le tomó la mano y simplemente le dijo: -Ahora sí, amor, ya todo terminó.  Pero no era cierto, aquello no terminó ahí y a decir verdad, parecía que nunca terminaría.  De repente, la mente de la muchacha se transportó a aquella misma calle, que unos meses antes. ella, vestida de blanco, recorría hacia el altar del brazo del ahora difunto.  En ese entonces, ella se esforzaba por mostrar felicidad y serenidad, pero en el fondo se moría de los nervios, mientras que su padre, lucía una cara de pocos amigos.  Desde el momento en que su hija comenzó su noviazgo con el que ahora sería su marido, él se había opuesto rotundamente, esgrimiendo los más ridículos pretextos, pues el sujeto en cuestión no tenía cola visible que le pisaran.  La familia del novio, pequeños ganaderos, tenía  recursos, era gente trabajadora y él, quien no era afecto a las labores del campo, había logrado finalizar la escuela de comercio y trabajaba como contador en la capital, desde donde viajaba regularmente al pueblo.

Después de la ceremonia religiosa, la pareja, sus familias y numerosos invitados se trasladaron a la casa de la novia, en donde el padre, a regañadientes, no tuvo otra alternativa más que echar la casa por la ventana.  Fue una recepción fastuosa, para los estándares de aquel pueblo, es más, guardando las debidas distancias, el propio Camacho se hubiese sentido envidioso.  A pesar de que los festejos se prolongaron hasta el atardecer del día siguiente, al rayar el alba, la pareja salió en viaje de luna de miel a Santa María de Ostuma, un hotel de montaña en el norte del país que en aquel tiempo estaba muy de moda para aquel tipo de menesteres.

Después de disfrutar de los maravillosos paisajes que se observaban desde el hotel e ingerir una frugal cena, los recién casados se recluyeron en su habitación y se dispusieron a iniciar los prolegómenos del asunto que tenían por delante.  La dulzura que había desbordado hasta entonces la novia, de pronto fue convirtiéndose en un profundo sentimiento de temor.  El novio, quien acusaba en su hoja de vida una experiencia, pudiésemos decir, suficiente en esas lides, entendió que era algo normal, ante la incertidumbre de la muchacha frente a un hecho que podía considerarse un rito de iniciación, en ciertos casos, un tanto doloroso.  Como todo un caballero, de lo cual se preciaba, trató de calmar a su ahora esposa, ofreciendo la gentileza que el caso requería. Aun así, el nerviosismo de la novia iba in crescendo, hasta el punto en que comenzó a ponerse tiesa (ella), mientras que el novio hacía su mejor esfuerzo para tranquilizarla con las mentiras piadosas del caso.  Cuando él lo creyó prudente, se dijo a sí mismo aquel refrán que repetía su abuela: “Lo que se va a pelar, que se vaya remojando” y se preparó para asumir en propio nombre su dominio sobre la doncellez de su dulcinea.  Como el torero que con el estoque en mano, mide la fuerza necesaria para atravesar piel y músculos del astado, el joven se lanzó con firmeza, sin embargo, más que resistencia, sintió como si alguien hubiese abierto una puerta y el impulso lo llevó hasta la pared de enfrente.

La sorpresa, el desconcierto y la frustración del novio fueron mayúsculos.  En aquel tiempo los estudios sobre el “himen complaciente” todavía no se profundizaban, de tal manera que no había ningún atenuante ante lo que era un atentado al honor del novio, de tal forma que el tálamo nupcial amenazaba en convertirse en un ring de la AAA.  -¿Qué pasó? Fue lo único que se le ocurrió decir al novio.  La muchacha se limitó a enmudecer y al rato, como decían en el pueblo: “dice a llorar”.    El primer impulso de cualquiera hubiese sido estrangular a la causante de aquella mancha en el honor del esposo, sin embargo, el joven no era violento y había aprendido a manejar sus reacciones con cierta dosis de ecuanimidad.

No obstante, de pronto tomó la actitud de un oficial de “entrevistas” de la OSN (Oficina de Seguridad Nacional) y comenzó a interrogar insistentemente a la joven, tratando de descartar las opciones tan manidas utilizadas en estos casos, como las caídas de una bicicleta, de un árbol, de una cerca, indagando acerca de algún novio, vecino, compañero de clases, sin que ella pudiera dar la menor luz en aquella persecución de la verdad.  En aquel interrogatorio que se prolongó durante toda la noche, el novio llegó a observar que el código más fuerte en su pareja era el silencio.  En ningún momento hubo el intento de alguna mentira que tratara de calmarlo.  Llegó el muchacho a la amenaza de llevarla desnuda por todo el pueblo y dejarla en la puerta de su casa y ahí repudiarla a todo pulmón.

Era ya de mañana, pues la claridad de la aurora empezó a colarse en la habitación, cuando la insistencia del joven logró romper aquel muro infranqueable dentro de su compañera y de pronto, la verdad se desbordó, con la fuerza del agua que rompe una represa y se limitó a tres palabras: -fue mi papá.  Su voz se ahogó muy dentro de su pecho y se dejó caer entre sollozos.  El novio fue quien en ese momento perdió el habla, sus ojos se desorbitaron y su quijada perdió la fuerza que lograba mantener su boca cerrada.  Se dio cuenta inmediatamente que ella no estaba mintiendo, recordó aquella animadversión de aquel hombre a su persona, a su noviazgo y luego al matrimonio.

Cuando él recobró el resuello, comenzó a caminar por toda la habitación, mientras cavilaba lo que podía hacer.  Pensó por un momento en matar a quien ahora era su suegro, sin embargo, estaba seguro que conociendo a sus respectivas familias, esto podría ocasionar interminables vendettas que terminarían al final con todos sus integrantes.  Pensó en una acción legal, pero tampoco podía progresar, dada la estrecha relación del suegro con el régimen somocista, que al final de cuentas controlaba la justicia en el país.  Lo más importante fue concluir, después de todas las reflexiones, que su esposa, no era otra cosa que una víctima.  Fue entonces que se acercó a la cama y comenzó a acariciarle su cabeza, tratando de contener las lágrimas.  Ella, tratando de arrancar las palabras de su garganta, le preguntó: -¿Me perdonás? –No tengo nada que perdonarte, le replicó él, eso sí, agregó, quiero que lo que yo te pida, lo obedezcas ciegamente, sin protestar.  Ella sin pensarlo mucho asintió.  – Lo primero, dijo él, va ser que no vas a volver nunca a tu casa.  Ella después de un sollozo, asintió.  – Lo segundo, agregó, será que luego me contés a detalle como fue toda esa historia. Ella dudó por un momento, pero al final volvió a asentir.

Regresaron directamente a la capital, a la pequeña casa que él había alquilado para convertirla en su nido de amor.  Sin embargo, todo aquel cariño que habían construido durante los meses de noviazgo, tuvo que ser comenzado casi de cero y todas las noches al igual que Sherezade, ella le iba soltando a retazos la escalofriante historia de cómo su propio padre la había violado innumerables veces y como aquel código de silencio que imperaba en aquella casa, impedía detener aquella canallada. Luego le soltó algo más tormentoso.  Antes de que se fijara en ella, su padre había violado sistemáticamente a sus dos hermanas mayores.  Al final, quién sabe por qué razón, la prefirió a ella y dejó a sus hermanas en paz.  Lo más macabro era que todos, incluso la madre sabía lo que estaba sucediendo y lo único que se imponía era el silencio.

Cuando después de varios meses, el joven supo aquella borrascosa verdad, comenzó a darle vueltas en su cabeza la forma de hacer pagar a aquel aberrado.  Pensó por mucho tiempo y al final dio con la solución, al recordar el dicho: Pueblo chico, infierno grande.  Así fue que ejecutó su plan para que el mismo pueblo fuera el gran infierno de aquel demente.  Buscó a una pariente que también vivía en la capital pero que viajaba cada fin de semana al pueblo y le pidió que trasmitiera unas cuantas cápsulas de la historia, sin citar fuentes, a una lista de personas que se encargarían de diseminar la información por todo el pueblo y sus alrededores.  Así lo hizo y el domingo, después de la primera misa, muy temprano por la mañana, las noticias se dispersaron como reguero de pólvora.  Se multiplicaron de manera impresionante los grupitos que en las esquinas no hacían otra cosa sino comentar aquella historia.

El lunes por la mañana, la familia de nuestra historia, todavía con la oreja fría, comenzó a notar una especie de nubosidad que flotaba por todo el pueblo y como miradas furtivas y no tan furtivas se clavaban sobre sus humanidades.  No obstante, quien más resintió la situación fue el padre, quien observó un rechazo, primero un tanto velado y luego demasiado evidente.  Mientras le daba vueltas a su cabeza sobre el motivo de aquella actitud en la gente, un nudo parecía recorrer sus entrañas.  Después de varios días en que cada vez más se generalizaba aquella actitud hacia él, se le ocurrió la idea de ir a la cantina El resbalón, a donde acudían regularmente muchos de sus amigos y conocidos.  Ahí se encontraba su amigo y compadre Tobías.  A esa hora, el compadre ya llevaba algunos mecatazos adentro, así que se sentó junto a él y pidió su dosis.  Su compadre también estaba cambiado y solo respondía con monosílabos.  Cuando no pudo más, decidió jugársela y sin más le dijo: – Bueno compadre, ¿podría decirme usted qué demonios pasa?  El compadre, que no tenía pelos en la lengua, ante aquella pregunta a mansalva y bajo los influjos del alcohol le dijo: – Lo que pasa compadre es que usted es un degenerado.  Su primera reacción fue querer agarrar a golpes a su compadre, hasta que se tragara sus palabras, pero aquel le tenía clavados los ojos y en aquella mirada comprendió lo que en realidad había sucedido.  La mirada del compadre continuaba penetrándolo hasta el fondo de su alma, si es que tenía.

Aquel hombre, ahora casi como un zombi, se levantó de su silla, abandonó la cantina y con pasos inciertos se dirigió a su casa.  Cuando llegó y se encontró con su esposa, esta se asustó al verlo como un guiñapo. –Pero qué te pasó, le preguntó.  El hombre, balbuceando quiso decir: – Lo que pasa es que son unos hijue…  no alcanzó a finalizar su frase, cuando se llevó las manos al pecho, se arqueó y como en cámara lenta cayó al piso.   La mujer se quedó paralizada, sin mover un dedo, luego de un instante, mientras el hombre yacía con los ojos desorbitados, con la frente cuajada de sudor, le costaba respirar y su rostro mostraba cierta palidez.    De pronto, llegaron las hijas e igualmente se quedaron sin hacer nada, simplemente se volvieron a ver y se quedaron inmóviles.  Después de un rato, la madre se arrodilló a su lado y volvió sus ojos hacia arriba mientras exclamaba: -Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.    Cuando su respiración se hizo imperceptible, la madre le dijo a una de sus hijas:  -Llamá al doctor.

Cuando llegó el doctor, en un tiempo, pudiéramos decir prudencial, se acercó al hombre que continuaba en el piso y comenzó a verificar los signos vitales y después de varias auscultaciones, se acercó a la señora y le dijo: -Lo siento, su esposo ha fallecido.  Fue un infarto al miocardio.  No hubo shock, no hubo llanto, no hubo prácticamente nada, la ahora viuda simplemente se limitó a decir: -Dios lo haya perdonado.

Unas horas después, en su casa de la capital, el contador recibía una llamada de su pueblo.  Disimulando una sonrisa, se dirigió a su esposa y le dijo: -El sátiro de tu padre murió hoy de un infarto.  Ahora te voy a pedir lo último en que vas a obedecerme ciegamente.  Mañana, te vas a poner el vestido rojo que te compré para la fiesta de fin de año y vamos a ver pasar el cadáver de ese tipo.  Ella quiso decir: -Pero…  – Nada de peros, quedamos en que ciegamente.  Ella una vez más asintió.

Cuando la camioneta llegó a la capital ya estaba oscuro.  Ella ya se había calmado, pasaron luego por su casa, en donde él se cambió los jeans y la camisa a cuadros por un traje oscuro, con corbata azul con motivos rojos, mientras ella se retocó el maquillaje, tomo su bolso de noche y se dirigieron al club, en donde habían comprado boletos para la celebración del año nuevo.  Cuando ingresaron al club, ya había una nutrida concurrencia.  Una banda estaba finalizando El año viejo, al estilo de Toni Camargo.  Todas las miradas se enfocaron en aquella mujer de rojo, acompañada de un tipo que no desentonaba con la figura de ella.  El director de la banda se dirigió a sus músicos e iniciaron aquel cha-cha-cha que después de la introducción de trompetas decía: “Estas insoportable, con tu vestido rojo….”

 

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