Archivo mensual: diciembre 2008

Yo no olvido al año viejo

tony-camargo

A la par de la música tradicional de fin de año compuesta básicamente por villancicos y sones de pascua que se circunscriben al ambiente religioso, florece la música profana que también forma parte de la tradición y cultura del pueblo. En este sentido encontramos ciertos temas que en algún momento de la historia llegaron a nuestras vidas y lo hicieron para quedarse, pues cada año forman parte del repertorio imprescindible de estas festividades.

A diferencia de muchos de estos temas, que en su mayoría rayan en el estilo de cortapulsos o de cabanga pura, hay un tema de carácter festivo que predomina en el ambiente de fin de año y que desde la década de los cincuenta se interpreta incansablemente una vez que finaliza la Navidad y la gente se prepara para despedir al año que termina. Este tema es El año viejo, que a pesar de tener infinidad de intérpretes, la versión clásica es la de Tony Camargo.

A inicios de la década de los cincuenta, este músico de origen mexicano viajó a Venezuela para realizar algunas presentaciones y fue allá en donde conoció el tema El año viejo. A Camargo le gustó mucho la canción y de regreso a su país comenzó a trabajar en un arreglo, manteniendo su ritmo original que era el de porro sudamericano. En el año 1953, Camargo grabó un disco de larga duración en donde incluyó El año viejo, acompañado por la orquesta venezolana de Rafael de Paz, tema que lo impulsaría a la fama internacional.

El tema poco a poco fue ganándose la preferencia del público, debido a su ritmo pegajoso y a su letra, que pareciera ser un tributo a la sencillez de las pequeñas cosas y al desprendimiento de las fatuas ambiciones, pues el intérprete aquilata el valor de una cabra, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra.

Este tema llegó a Nicaragua a finales de la década de los cincuenta e inmediatamente captó la preferencia de los nicaragüenses, destronando a la canción ranchera Amarga Navidad compuesta por José Alfredo Jiménez e interpretada por Amalia Mendoza “La Tariácuri”, que empezaba a hacerse tradicional en todas las radioemisoras locales al llegar la temporada decembrina.

Actualmente, de manera religiosa, en el momento en que los pastores se alejan chiflando sus cornetas pues la Pascua terminó, Tony Camargo hace su entrada triunfal con su tradicional tema y se adueña de las ondas hertzianas. El intérprete mexicano se mantiene activo a sus 75 años y goza de la fama que le diera esta tradicional canción. Quien murió en cierta oscuridad fue el compositor de este célebre tema, a pesar de que en su tierra es reconocido como un gran exponente de la música vernácula, a nivel internacional no alcanzó la fama que obtuvo Camargo.

El compositor de El año viejo es el colombiano Crescencio Salcedo, fallecido en 1976 y que en su tierra se le conoció como “El compae mochila de los pies descalzos” y como “El indio”. Había nacido en 1913 en la costa norte de Colombia, hijo de padres campesinos. Muy joven se estableció en Medellín en donde se dedicó a la fabricación y venta de flautas y gaitas, instrumentos que llegó a dominar con maestría. Sus principales composiciones nos recuerdan al antiguo refrán que dice: Nadie sabe para quien trabaja, pues sus obras le dieron fama a sus intérpretes, quienes nunca hicieron lo suficiente para resaltar el mérito del compositor. Crescencio Salcedo es el autor de El hombre caimán, que le diera la fama al insuperable cantautor colombiano José María Peñaranda y que se conociera luego como Se va el caimán. Otra de sus composiciones es La múcura que inmortalizara el gran Beny Moré y que tiene múltiples versiones, incluyendo la de mi prima Margie Ester quien la cantó en una velada, sin embargo los mejores intérpretes son los Ministros de Estado que en el silencio de sus Despachos repiten incesantemente su estribillo. También es de su autoría Mi Cafetal que en su momento interpretaron Los Panchos y que a fines de los sesentas nos regaló una bonita versión Hugo Blanco. Es más, muchas de las composiciones de Salcedo se las atribuyen al músico, también colombiano, Antonio Fuentes.

Corría el año 1967 y era la época navideña, yo en mi lugar caminaba por la vieja Managua y en una venta de discos frente al cine Luciérnaga, en donde sacaban un parlante hacia la calle para promocionar sus nuevas canciones, escuché un tema que de entrada impactaba. Se trataba de una voz realmente envolvente, como dirían los conocedores, que acompañado por un conjunto en donde predominaba un xilófono y una guitarra, en donde el primero simulaba un reloj dando doce campanadas, dándole entrada al cantante que entonaba: Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va. Era la interpretación del actor y cantante venezolano Nestor Zavarce del tema que inmediatamente se convertiría en un éxito: Faltan cinco pa´las doce. Zavarce se había hecho famoso con su primer éxito: El pájaro chogüi, del cual vendió millones de copias a inicios de la década de los sesenta. Faltan cinco pa´las doce fue compuesta por Oswaldo Oropeza, integrante del grupo Los hermanos Oropeza quienes acompañaron a Zavarce en dicho tema.

Desde ese entonces, Faltan cinco pa´las doce se unió a El año viejo para marcar su presencia en todas las fiestas de fin de año de los nicaragüenses. En su patria Venezuela se convirtió en un himno navideño y es de rigor su interpretación en las fiestas de fin de año. Zavarce está vivo, tiene como 72 años y hace veinticuatro años que se retiró de la vida pública después de haber sido diputado durante dos períodos en su tierra natal.

Un par de años más tarde, en 1969, el cantautor de origen argentino Luis Aguilé compuso un tema lacrimógeno llamado Ven a mi casa esta Navidad, que logró impactar a nivel mundial y que tuvo la suerte de colarse entre los villancicos, por lo que se maneja en esta categoría.

En el año 1986 un grupo mexicano rompía un record de ventas en ese país, logrando un disco de diamante. Se trataba de Los Bukis y el álbum era Me volví a acordar de ti, el cual incluía el éxito Navidad sin ti. Este tema, combina el inconfundible sonido Buki, la poderosa voz de Marco Antonio Solís, autor de la canción y director del grupo y una letra que invita a la búsqueda de una galleta simple para cortarse las venas. A la fecha es el tema que le pisa los talones a El año viejo de Tony Camargo.

Así que no importa en donde celebren la llegada del Año Nuevo, puede ser en el Club Terraza, o en el Cueto, el Diamond, Elite, Girls, Holiday Inn, Las Mercedes o bien en la tranquilidad de su hogar; así mismo pueden bailar al ritmo de Calle 13, Madonma, Shakira, Aventura, Juan Luis Guerra, Juanes, Fanny Lu o la 5ª Estación, sin embargo, antes de las doce de la noche, alguien exigirá El año viejo y ahí, Tony Camargo volverá a hacer de las suyas.

Anuncios

13 comentarios

Archivado bajo cultura, Mùsica, Nicaragüense, radio

Fe de vida

No hay nada que florezca siempre,

a una edad le sucede otra

Cicerón


Hay ocasiones en que nos toca celebrar con más ausentes que presentes y aunque valoramos a estos últimos como a un tesoro, los primeros serán siempre materia para un profundo extrañar. Aunque decía De Musset que ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama, nuestro brindis pareciera perderse en un eco infinito que amenaza con llegar hasta la soledad.

Debería encontrar todos los rostros de los grandes acreedores a quienes debo de reconocer y agradecer por siempre todo lo que he alcanzado en esta vida. Aquellos que me han acompañado en el largo y sinuoso camino, empecinándose en que sea feliz. Esos que cuando caigo, no cuentan hasta diez o que me lanzan ramos de sonrisas cuando la tristeza se estaciona en mi calle. Los que aprendieron a escucharme y abrieron su voz para que yo los escuchara. Las voces que me acompañaron a recordar viejas canciones y las memorias que rescataron recuerdos perdidos.

A todos, presentes y ausentes, mi agradecimiento imperecedero.

1 comentario

Archivado bajo Uncategorized

Una bella pastorcita

navidad-070138

La ilusión de un niño no tiene límites, sus sueños son tan ricos y coloridos como un cuento de las Mil y una noches.  En aquellos tiempos, cuando la inocencia se adosaba a las mentes infantiles, estos sueños alcanzaban su punto más alto cuando se acercaba la Navidad.  La ilusión de que el Niño Dios cumpliera todos nuestros deseos, sólo se miraba limitada por la condicionante del comportamiento durante el año, pues al no conocer el rasero que emplearía el tierno infante, siempre quedaba la duda de si un extremo rigor castigaría nuestras ambiciones.  En nuestra imaginación no cabía la posibilidad de que el niño Jesús tuviera un presupuesto y ciertas restricciones.

Los niños de aquel entonces no pensábamos en cena navideña pues el veinticuatro de diciembre nos íbamos a la cama temprano, con el corazón en suspenso al pensar que al despertar encontraríamos el tesoro que el Niño Dios habría traído especialmente para nosotros.  A media noche, un tremendo ruido nos despertaba; cohetes y una música que se colaba hasta nuestra habitación.  Esa música trasmitía una alegría inconmensurable y provenía del “Pase”, una procesión que desbordaba júbilo y que llevaba a la Sagrada Familia, con la participación de una muchedumbre que caminaba animadamente al compás de los Sones de Pascua que interpretaba una banda filarmónica.  Aquellos Sones se convertían en el soundtrak de una película de fantasía en donde corríamos hasta al árbol de Navidad y encontrábamos nuestros regalos, a veces muy cerca de lo que esperábamos, a veces más cerca de lo que al Niño Dios le venía de inspiración.

Fue una verdadera suerte haber tenido en la niñez aquel fondo musical, tan nicaragüense, tan nuestro, que nos acompañó en los momentos maravillosos, de esperar al Niño Dios, de abrir regalos, de mirar asombrados el Pase y la figura infaltable en los mismos: la banda filarmónica de los Ramírez de Masatepe.

Por alguna razón, tal vez la cercanía de Masatepe, los Ramírez se habían amarchantado con el pueblo, de tal forma que su presencia llegó a ser sostenida y de la misma forma que nos hacían saltar de júbilo en las fiestas patronales con los sones de toros, nos llevaban al recogimiento y dolor con las marchas fúnebres de Semana Santa y de nuevo a la dicha inmensa de los Sones de Pascua en Navidad.  Interpretaban magistralmente todos los Sones, muchos de ellos tienen como referencia sólo un número, a excepción quizás de La Vieja.  Mi abuela, originaria de Masaya los conocía casi todos y se alegraba al extremo al escucharlos, pues con orgullo decía que había conocido a don Pablo Vega y Raudez, autor de muchos de ellos, así como a su hijo Alejandro Vega Matus, también célebre compositor.  Habría también que anotar que algunos Sones de Pascua fueron compuestos por los mismos Ramírez.

Otro elemento importante de aquellos tiempos eran los villancicos, mismos que no deben confundirse con los Sones de Pascua, pues los primeros son composiciones para canto, muchas veces en verso, con alusiones directas a la Navidad.  Estos se cantaban principalmente en los rezos del Niño Dios, que por invitación se celebraban en las casas de las devotas y que al igual que en las Purísimas, finalizaban con un brindis a los asistentes, en su mayoría algo de beber o de comer.  Recuerdo que a mi abuela le encantaba: Una bella pastorcita, caminando va con frío y como bella rosita, va cubierta de rocío.  Sin embargo, el más famoso y por algunos preferido es el que compuso el mismo autor del Himno Nacional de Nicaragua, Salomón Ibarra Mayorga, llamado Ese cabellito rubio, aunque no se quedan atrás A las doce de la noche, Venid pastorcitos, Adiós dulce niño.

Por muchos años, fueron casi exclusivamente estos Sones de Pascua y Villancicos, quienes alegraron nuestras navidades.  Luego cuando ingresé al Pedagógico de Diriamba, cantábamos una versión de Jingle Bells que el Hermano Agustín “Tincito” le había puesto letra en español haciendo referencia al I.P.D.

Los villancicos foráneos los empecé a conocer cuando a mediados de los años sesenta participé en una Pastorela que se organizó en San Marcos.  Cuando se hizo cargo de la parroquia el padre Estanislao García, ahora párroco de San Jerónimo y próximo a cumplir sus 100 años, el pueblo vivió una época farandulera, pues el Padre García organizaba desde veladas espectaculares al estilo de Sábado Gigante, procesiones con imágenes vivas y un año se decidió a montar una Pastorela con todas las de ley.  Participó en ella toda la juventud del pueblo, pues con un espíritu que envidiaría el propio Cecil B. de Mille, el Padre García realizó un casting seleccionando a todos los personajes, lo más parecido a lo que su mente dictaba para ellos.

Yo alcancé a formar parte del enorme contingente de pastores y ahí aprendí Los pastores a Belén,  célebre villancico que entonábamos los pastores y las zagalas.  La Pastorela fue un éxito completo, el Teatro Julia estaba al reventar y el elenco se lució con una actuación digna de un film de Dino de Laurentis.  Destacó la escena en donde los peregrinos piden posada y el dueño de la misma, interpretado por el célebre cantautor Manuelito Romero los manda a la calle, mientras él, con una mirada libidinosa, continuaba deleitándose con la danza de los siete velos interpretada por Ena García.  No se quedó atrás la interpretación de Marcos Bodán en el papel de San José, a quien caracterizó muy bien, aunque de casto no tenía nada.

Cuando el Padre García fue transferido llegaron en su lugar dos padres canadienses, Pierre Pelletier y Mario Rioux y se acabó la farándula, sin embargo su primera navidad en el pueblo coincidió con la inauguración de un enorme órgano eléctrico que en vida, mi tío Emilio Ortega Corea había iniciado la colecta para su compra.  Esa navidad llegó al pueblo como invitado un cura canadiense, virtuoso músico, quien se lució arrancándole al órgano los más bellos villancicos internacionales: Noche de Paz, Blanca Navidad, El niño del tambor, Arbol de Paz, La primera navidad y varios más.

Años más tarde, cuando mis padres participaban en el movimiento de los Cursillos de Cristiandad, se empezó a escuchar en el pueblo otros villancicos españoles, aunque el que más entusiasmaba al colectivo, en especial a Juan Carlos Alfaro y a Fernando Talavera (Que de Dios gocen) era Los peces en el río y en especial el estribillo de “beben y beben y vuelven a beber”.

Luego mi padre compró para una navidad un disco de Bert Kaempfert, que era uno de sus intérpretes favoritos, llamado Christmas in Wonderland, con magníficas interpretaciones de los villancicos clásicos y desde entonces cada navidad se tocaba en nuestra casa.

En 1969 el cantante de origen argentino, Luis Aguilé grabó un tema que años más tarde, sin ser un villancico, se convertiría en algo indispensable en todas las navidades: Ven a mi casa esta navidad.  La canción cobró una enorme relevancia después del terremoto de 1972, pues fue la primera experiencia que se vivió con una clara comprensión de lo que significa la solidaridad hacia los que han perdido algo valioso, situación que se refrendó en la década de los ochenta con la enorme cantidad de personas que se fueron al exilio.

Dicen que de todo hay en la viña del Señor.  Algunas personas detestan esta época e incluso llegan a deprimirse.  Yo por mi parte, disfruto al máximo estas fiestas, sin embargo, es indispensable que tengan de fondo algún villancico o Sones de Pascua.  Puedo prescindir del licor e incluso de las delicias de la cena, sin embargo, no puedo dejar de escuchar esta música, que sirvió de fondo a momentos mágicos e inolvidables que me traen de regreso la sonrisa de mi padre, el cariño inmenso de mi madre y aquellos rostros de mis hermanos, jubilosos, angelicales cuando corrían hacia el árbol de navidad y descubrían sus regalos.

2 comentarios

Archivado bajo cine, cultura, diminutivo, Familia, farmacias, lenguaje, Mùsica, Nicaragüense, radio, Uncategorized

Oh, diciembre alegre

San Joaquin y Santa Ana, padres de Maria

San Joaquín y Santa Ana, padres de María

De repente salto, como en bungee, a lo más profundo de los recuerdos, con un hálito de esperanza de que el tiempo no haya esclerosado esa capacidad de revivir aquellos momentos de la infancia, en donde nuestra ingenuidad, solo ella, nos pintaba el mundo de color de rosa.

Entre el vértigo y la ingravidez dentro del pozo de los recuerdos llego a revivir toda clase de sensaciones, olfativas, gustativas, auditivas y demás, que alcanzan a ubicarme con precisión en algún lugar del pasado.  Uno de estos fenómenos ocurre al caer hacia los diciembres de la niñez.

Llego a sentir el aire fresco de la temporada, un aire más puro y más frío, con el olor a los cafetales que derramaban sus frutos maduros, aroma mezclado con el olor a pólvora que se esparcía por todo el ambiente.  Oh diciembre alegre, grato y encantador… rompía el letargo de noviembre y nos llevaba al júbilo desbordante de eventos en donde los sueños y la fantasía nos visitaban jubilosos.

Aprendí a nadar en las plácidas aguas de la tradición, chapoteando al compás de los cánticos de las purísimas, descubriendo que aún interpretándolos mal, pero con una buena actitud, tenía derecho al brindis o “gorra” como también se le conoce.  Sin saber siquiera de qué se trataba la festividad, aprendí a distinguir las imágenes que adornaban los altares, vistosamente engalanados para la ocasión y que demandaban mi atención para hacer méritos y optar entre una amplia gama de alimentos o juguetes.  Mis expectativas eran tan simples a la sazón, que un alfajor me alegraba la noche dejando el exótico sabor de la mezcla de pinol, dulce, jengibre y anís, que de manera rebelde se quedaba en la boca, o bien me dormía con el somnífero sabor del limón real.

Fueron lecciones inolvidables llegar a comprender que a pesar de que la voluntad de dar era única, cada quien ofrecía aquello que estaba a su alcance y que debía recibirse con el mismo júbilo el elote cocido de la locataria del mercado, que las jugosas manzanas que ofrecía la esposa del próspero hacendado.

Y me quebraba la cabeza tratando de comprender la letra de los cánticos, que se empecinaban en flotar en las intrincadas aguas del gongorismo más puro:  Démosle al Contrario guerra; desde tu instante primero, alabemos al plácido día, porque es madre del Verbo sin huella criminal, senos propicia María, huerto cerrado donde las auras del astro aspiran, como lirio de púdico aroma, levantar al empíreo trono, y tu espíritu arroba y ensancha, en alas del Céfiro en mayo ha venido, salve templo vivo del Verbo inefable,  Luzbel que a la silla suprema anheló, ruega por nosotros pía tu intercesión sea presto.  Ni siquiera al escuchar las versiones de don Luis Andino y sus coros, lograban despejar las incógnitas se que enquistaban en mi mente.

La chicha, el pan de rosa, la caña y la cajeta de coco trascendían cualquier consideración teológica sobre la bula de Pío Nono y no había nada que borrara la felicidad de recibir una pistolita de fulminantes, una pelota de hule para el béisbol callejero o una candela romana.  Sin embargo, llegué a comprender la diferencia entre las purísimas de invitación que representaban la discriminación excluyente y la Gritería como símbolo de apertura e invitación al peregrinaje, con un salbeque al hombro y la transfiguración de una simple pandilla en coro.

Ya desprendido del bungee regreso a la actualidad, en donde diciembre siempre será para mí el mes más alegre y el aire, aunque no tan fresco como antes, trae presagios de días de júbilo.  A estas alturas del partido, sigo sin comprender la bula de Pío Nono y me parece que en las mismas están muchos nicaragüenses.  Debo de admitir que en mi caso este tipo de situaciones presentan serias dificultades para mi facultad de razonamiento, lo mismo sucede con el caso de Sarah Connors, pues tampoco llego a comprender su maternidad.

Pero volviendo a diciembre, la oscura madrugada del arranque de este mes se rompe ante el estallido de un potente mortero que anuncia la procesión de la purísima en el barrio Monseñor Lezcano, que se ha erigido en el guardián de las tradiciones de la vieja Managua y que se reparte entre cada sector del barrio, cada día del novenario.

Para la Gritería, Monseñor Lezcano llega a superar a cualquier barrio o residencial de la capital e incluso de todo el país, en número de altares activos por cuadra.  Este barrio es pues, fuente de inspiración para los reporteros de los medios de comunicación que acusan una desbordante demostración de fe de los capitalinos.  Para mi, independientemente de estas consideraciones, la Gritería en Monseñor Lezcano es un indicador infalible de la situación económica del país.  De la observación y análisis de su comportamiento el 7 de diciembre se puede inferir desde el crecimiento del PIB, hasta la dinámica de las remesas familiares, pasando por el índice de desempleo; lo cual nos puede dar las pautas para inferir la situación del país para 2009.  Es posible que las vacas sagradas criollas de las ciencias económicas puedan criticar agriamente mi metodología, pero sería de pura envidia.

A las seis de la tarde se inició la festividad con el clásico despilfarro de quema de pólvora, que este año se redujo en duración e intensidad.  A ojo de buen cubero y con el método de El Firuliche, yo diría que bajó en un 27.33 por ciento respecto al año pasado.

Posteriormente realicé un recorrido por las calles de Monseñor Lezcano, principalmente por sus arterias, la calle que va desde La Colonia hasta la antigua Avenida del Ejército y su paralela hacia el norte, que es donde tradicionalmente se detecta la mayor concentración de altares.  Las calles mostraban la ebullición de los grupos que buscaban incesantemente altares para cantar o más bien para obtener su “brindis”, debiendo hacer enormes filas para acceder al altar.  En el trayecto observé menor cantidad de purísimas respecto al año pasado, en una observación un tanto firulichesca, podría afirmar que habría un 20.51% menos que el año pasado  Los brindis o “gorras” también se mostraban más frugales que en años anteriores, en algunos casos se limitaba a una naranja.  Los altares que presentaban mejores obsequios eran aquellos de personas que habían venido de los Estados Unidos o que desde allá enviaron los recursos para la celebración.

Incluyo en el recorrido una travesía por Altagracia, constatando que el índice de altares es menor que en Monseñor Lezcano, regreso a este último y observo que cerca de las ocho quince de la noche, una mínima pero detectable cantidad de altares ya habían cerrado al haber agotado sus existencias de gorras.

Como anécdota interesante en el trabajo investigativo, vale la pena mencionar que en un lugar recóndito del barrio, observé a un diputado nacional, oriundo de ahí mismo, que con sus nietos cantaba en un altar lejos de la aglomeración, mientras sus escoltas lo observaban detenidamente desde su camionetona.

Regresé a mi casa a esperar la intensidad de los juegos pirotécnicos de medianoche y mientras tanto realizaba mis cálculos económicos con base en lo observado en la Gritería.  Este año el crecimiento económico cerrará con un 2.34%, es decir ligeramente arriba del crecimiento de la población por lo tanto el ingreso per cápita aumentará una migaja.  Respecto a la inflación, a pesar del desplome de los precios del petróleo, se colocará en 17.28%.  Las remesas se ubicarán en 637,88 millones de dólares, es decir menos que el año pasado, como consecuencia de la crisis en los Estados Unidos, aún así su impacto será menor que en las remesas que reciben otros países.  El desempleo aumentará este año un 18.21%, sin embargo, el total es tan grande que no se notará mucho, además que los empleados públicos sólo trabajan medio día, así que un gran contingente de la población empleada se mirará vagando por la tarde, distrayendo un poco la atención.  Todo esto creo que merece una jaculatoria.

En esas cavilaciones estaba, cuando llegó la media noche y la quema de pólvora, es decir, dinero, se intensificó respecto a la de las seis de la tarde, digamos en un 12%, puede ser que a algunos “marianos” les remordió la conciencia por lo ocurrido seis horas antes o bien que el Gobierno les metió el hombro, que es lo mismo pues al final pagan los contribuyentes.  El caso es que no llegamos a extremos de pobreza, como lo auguran los pesimistas, pues todavía este pueblo se da el lujo de quemar el dinero.

Yo por mi parte, espero ansioso el resto del mes, con más días de júbilo y en donde la Pepsi Cola promueve una cantidad desbordante de abrazos.

5 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia

TOCALA OTRA VEZ, SAM

casablanca

Pareciera que el cine ha dejado de tener la influencia que en algún momento tuvo sobre la música popular a través de los temas de películas. Tal vez el último tema arrollador que captamos en Nicaragua fue My heart will go on, que inmortalizara Celine Dion en la película Titanic. Unos años antes, la gran Whitney Houston llevó a la cima de la popularidad la romántica versión de la canción country de Dolly Parton, I will allways love you, tema central del film El Guardaespaldas. Estos sencillos alcanzaron los primeros lugares de las listas de éxitos a nivel mundial y en aquellos países en donde se acostumbra acompañar los funerales con algún tema musical, estas dos canciones se encuentran entre las más solicitadas.

Sin embargo, es muy difícil que alguien recuerde el tema principal de Quantum of Solace, la última película de James Bond. A mí, en lo particular lo único que se me quedó grabado fue el hecho de que intervino Alicia Keys. Un tanto diferente a lo que sucedía cuando estos temas eran interpretados por Shirley Bassey, Matt Monroe, Tom Jones, Louis Armstrong, Wings, Carly Simon o Sheena Easton.

Los temas de películas tienen una larga historia. A partir de la aparición del cine sonoro, la banda musical de muchas películas constituyó uno de los principales elementos de su éxito. En su momento, alcanzaron una popularidad notoria los temas de las películas Lo que el viento se llevó; Over the rainbow de El Mago de Oz, así como As time goes by, famoso tema de la recordada cinta Casablanca.

Uno de los primeros recuerdos que tengo de mi niñez fue cuando estrenaron en San Marcos, allá por 1953 o 1954, la película Candilejas (Limelight). Claro que decir estreno es sólo una forma de hablar, pues en esa época la película sólo se presentaba una vez, así que era debut y despedida. Para el pueblo era un acontecimiento presenciar la primera película parlante de Charles Chaplin, quien había postergado su incursión en el cine sonoro por tanto tiempo. Mi madre me llevó a verla y convenció a mi abuelo Emilio para que fuera. Como una especial deferencia para ella, aceptó y por primera vez se le miró en el cine, pues él no dejaba que nada le arrebatara la magia de la lectura. Así que en medio de un cine abarrotado, como pocas veces en el pueblo y más que nada asombrado por la presencia de mi abuelo, miramos esa joya del cine, disfrutando al mismo tiempo el tema musical de la película, que había compuesto el propio Chaplin y que veinte años después ganara el Oscar por mejor tema musical. Recuerdo también que en la década de los cincuenta, las radioemisoras nicaragüenses por un buen tiempo incluyeron a Candilejas entre sus preferidas. Años más tarde, conocimos las versiones de Julio Iglesias, José Augusto, José José, Alfredo Kraus, Simone, y Nicola Di Bari, siendo la de José Augusto la que por 1975 alcanzara la mayor popularidad, con un estilo que hizo que muchos llegaran a confundirlo con Roberto Carlos.

Uno de los temas que en su época más impactó al público nicaragüense fue sin duda la marcha Colonel Bogey, de la película El Puente sobre el Río Kwai. Esta marcha, a pesar de que data de 1914, fue dada a conocer internacionalmente por esa película, aunque en sus versiones originales contenía una letra un tanto soez. El film fue estrenado en Nicaragua a finales de los años cincuenta y lo que más impactó al público fue indudablemente el tema musical, que en la película es silbado por los prisioneros de guerra en poder de los japoneses. La marcha tenía un carácter pegajoso, de tal manera que para esa época en cualquier lugar del país, se escuchaba a alguien silbándola. Algunas bandas de guerra de esa época tenían versiones para lira. El famoso cine Trebol de la vieja Managua, tomó esa marcha para tocarla diariamente después de cada función, con el fin de que los asistentes abandonaran la sala con ritmo marcial, independientemente de la calidad de la película que acababan de ver.

Poco tiempo después presentaron en el pueblo la cinta El Alamo, con John Wayne, cuyo tema musical es una de las canciones más tristes que se hayan producido o por lo menos, que yo haya escuchado. El tema se llama The green leaves of summer y la mejor versión fue la de The Brothers Four. Resulta que alguien tomó la melodía de dicho tema y le cambió la letra, poniéndole algo de carácter religioso que hablaba de perdón, clemencia y piedad, de tal forma que la canción era profunda y dramáticamente más triste. Esta versión la conocí en el Pedagógico de Diriamba en donde se cantaba en las misas vespertinas y era impresionante escuchar al coro compuesto por toda los alumnos de secundaria interpretarla en aquellas grises tardes invernales.

En 1967 llegó a Nicaragua una película cuyo tema logró arrancar las más grandes emociones a los cineastas. Era la época cuando el director italiano Sergio Leone sorprendió al mundo con un nuevo estilo dentro del género de las películas de vaqueros y que se conoció como Spaghetti Western. El capítulo final de la trilogía iniciada con Por unos dólares más, El bueno, el malo y el feo rompió todos los records de taquilla. Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach lograron cautivar al público de ese entonces, quien por mucho tiempo repitió hasta la saciedad el tema musical compuesto por Ennio Morricone. En cualquier rincón de Managua, desde la acera del Cementerio Central hasta la Gasolinera del Triángulo en el Oriental, se escuchaba un silbido con la pegajosa tonada de esa película. Los más sofisticados sorprendían a los asistentes de un cine, provocando el sonido con las manos juntas, acercándose sorprendentemente al piccolo de la versión original. Cabe aclarar que en esos tiempos más personas tenían acceso al cine, pues había para todos los gustos y presupuestos, desde los de lujo como el Margot, el González, el Alcázar, el Aguirre, el Cabrera, que costaban el equivalente a un dólar, hasta el Trébol, el América o el Alameda que valían en gayola el equivalente a diez centavos de dólar.

Los sesentas y setentas fueron una época florida para los grandes temas de películas, basta mencionar; Moon River de Breakfast at Tiffany´s, Más de Perro mundo, los temas de Zorba el Griego y Nunca en domingo,  The shadow of your smile de The sandpipers, Un hombre y una mujer, Vivir por vivir, El Tema de Lara de Dr. Zhivago, Gotas de lluvia sobre mi cabeza de Butch Cassidy and the Sundance Kid, Anónimo Veneciano, Esta es mi canción, compuesta por Charles Chaplin para su película La condesa de Hong Kong, el tema de El Padrino de Nino Rota, el tema de The fox de Lalo Schifrin; The first time ever I saw your face, cantada por Roberta Flack en la película Play Misty for me con Clint Eastwood; The sounds of silence y Mrs. Robinson de El Graduado, en la interpretación de Simon y Garafunkel, la banda sonora completa de Bilitis, compuesta por Francis Lai, al igual que Love Story, Everybody´s talking interpretada por Nilsson en Midnight cowboy, Cotton Theme, de Bless the beast and the children conocido como El Tema de Nadia; The way we were, New York, New York y tantas más.

En mi apreciación personal la película que vino a constituir un parte aguas entre el cine de los setenta y el de los ochenta fue American gigoló, con Richard Geere. Producida arrancando la década de los ochenta marcó una diferencia en el estilo de manejar el cine. La banda sonora también vino a marcar un cambio significativo en la música; basta recordar el tema principal Call me, que interpretó genialmente Blondie. Siguió en la misma línea musical las bandas sonoras de Fama y Flashdance. Se observó también, más o menos a partir de ese entonces, la tendencia a introducir viejas canciones como temas de películas, incluyendo piezas clásicas como el concierto de mandolinas de Vivaldi en Kramer contra Kramer y no se diga el repertorio completo de Frank Sinatra en infinidad de cintas. También habría que recordar el éxito que logró la inclusión como tema de la película Ghost el clásico tema Unchained Melody.

En la actualidad, la banda sonora continua siendo un elemento clave en la producción de determinada película, sin embargo, tal vez no son compuestas con miras a llegar a las listas de popularidad, excepto quizás las producciones animadas de Disney, como fue el caso de El rey león. Esto no demerita al trabajo de grandes compositores como John Williams o bien Gustavo Santaolalla, de quien disfrutamos extraordinarios temas en los films Diarios de motocicleta, Brokeback mountain o Babel. El caso, sin embargo, es que muy pocos se acordarán del tema The blinding sun de Babel o de la adaptación de la magnífica pieza de Sakamoto: Bibo no aozora que acompaña parte de la historia de la joven japonesa en esa misma cinta.

Se puede encontrar en el mercado una serie de antologías de temas de películas, a bajo costo, de tal suerte que se puede contar con una interesante colección de aquellos magníficos temas. Así que si algún sábado por la tarde se siente nostálgico, puede prepararse un trago y sentarse a escuchar, por ejemplo, el Tema de Lara, que lo llevará de la mano a los maravillosos días de fines de los sesenta y después de algunos tragos y de varias veces de escuchar la pieza, podrá decir aún, al estilo de Humprey Bogart o Ingrid Bergman, quien usted prefiera: Play it again, Sam. (Tócala otra vez, Sam).

5 comentarios

Archivado bajo cine, Mùsica, Nicaragüense, radio