Archivo mensual: septiembre 2012

Santa paciencia

Estoy completamente seguro que si Job tomara un automóvil y se aventurara a manejarlo en el tráfico de Managua, perdería toda la paciencia que tenía acumulada y terminaría por abandonarlo y lanzar las llaves al aire, exclamando: ¡No Joban!.  Y es que el tráfico en la ciudad capital se vuelve cada día más caótico, de tal forma que conducir un vehículo automotor está a nivel de cualquiera de los trabajos de Hércules.

Como decía Jack el Destripador: -Vamos por partes.  En primer lugar hay que mencionar al enemigo público número uno en el tráfico citadino y es el autobús.  Atenido a su enorme tamaño y peso, estos bólidos no respetan ninguna disposición de tránsito y lo más probable es que se les encuentre en un duelo con otra unidad, peleándose por el pasaje o bien en una carrera contrarreloj que le impone el dueño.  Así pues, al mirar a una de estas unidades con malas intenciones, lo mejor que se puede hacer es detenerse y esquivar el sopapo, pues es seguro que el bus no frenará y no lo hacen tan solo porque tengan algún problema de frenos, sino porque al hacerlo es probable que los pasajeros que van de pie le caigan encima al conductor y después de eso se le amotinen.  De esta forma, difícilmente respetarán una luz roja en el semáforo. Hay que tener presente que el conductor se detendrá donde se le pegue la gana, no importa que exista una bahía para este propósito, él lo hará donde mejor le acomode. A la hora de una colisión, el conductor se muestra como un pobre trabajador del volante y sin recursos para hacer frente al daño, su licencia no tiene seguro y el propietario del bus, bien gracias, así que es pérdida de tiempo, de recursos y de paciencia el tratar de hacerlo responsable por la colisión.

Los taxis podrían ocupar fácilmente el segundo lugar en esta lista de amenazas en la calle.  Ellos circulan bajo la premisa de que “andan trabajando”, como si el resto del tráfico lo constituyen vacacionistas que salen a perder el tiempo y gozar del paisaje en la calle.  Bajo estas circunstancias, todos tienen que cederles el paso, esquivar sus zigzag, resaltar sus reflejos cuando se detienen de improviso y caminar a su ritmo.  Si acaso se detuvieron en un segundo carril para levantar a un pasajero, obstaculizando el paso, el resto de vehículos debe tener la paciencia para esperar hasta que termina una negociación, a veces más larga que la de un caso de rehenes.  Si el pasajero está en la banda contraria, hay que adivinar que en las propias narices dará una vuelta en “U”.  Si hay una enorme fila no es extraño ver que el taxi avanza raudo y veloz en el carril contrario, no importa que al momento de aparecer alguien en ese carril, quiera meterse a presión a la fila.

Las motocicletas son un caso aparte.  Ya pertenezcan al grupo de los temerarios que circulan a toda velocidad y sin respeto a la ley de tránsito, o bien sean del grupo de extremadamente cautelosos, ambos constituyen una amenaza para el resto del tráfico.  Dentro de los temerarios podría ubicarse a los repartidores de pizza o de farmacia, que al trabajar con tiempos límites, avanzan a toda velocidad, zigzagueando y realizando toda suerte de acrobacias, sin respetar semáforos, altos ni nada.  Sin embargo, lo que realmente mata la paciencia y tolerancia de un conductor es cuando estando un automóvil de primero en la línea en un semáforo en rojo, entre las filas de los automóviles avanzan motocicletas, en algunos casos golpeando los retrovisores o rayando algún vehículo, para situarse de primero en la fila.  Pero eso no es todo, cuando el semáforo se pone en verde, se quedan algunos segundos filosofando sobre el cambio de color, de tal manera que la mitad de los vehículos que debían pasar con la luz verde, se quedan ante la luz roja que ya se volvió a encender.  Total, todo su afán para estar primeros en la fila es para fastidiar a los demás.   Otros, que pecan de prudentes, simplemente porque cargan dos o más pasajeros, la mayoría sin casco, se ubican justamente delante del vehículo, a mitad de la banda y a paso de tortuga dan la impresión que es una escolta de honor que marcha en una procesión fúnebre y ante un intento de aventajarlos, se ubican en el extremo izquierdo de la banda para evitarlo.

Los automóviles privados se unen a ese concierto caótico con las particularidades que reflejan los caracteres de un variopinto de conductores.  Unos con complejo de ambulancia, simplemente ponen de día las luces altas y pretenden que el resto del tráfico se aparte y les ceda el paso.  Otros más graciosos circulan en contra sentido en calles de una sola vía. Existen algunos que realizan maniobras sin utilizar ni los espejos retrovisores ni el sentido común y solamente si alguien les toca el claxon, vuelven a su lugar, si no escuchan nada, proceden con su maniobra.  Hay quienes todavía no han descubierto que el acelerador es un mecanismo que a mayor presión sobre el pedal, el automóvil responde automáticamente con una aceleración directamente proporcional a la presión ejercida con el pie, de tal forma que pretenden resolver una ecuación hipocicloide para calcular la velocidad que resultará, de tal forma que cuando se necesita que agilicen el tráfico, provocan un cuello de botella.

Los peatones constituyen una plaga que azota las calles de la capital.  Es cierto que la configuración de Managua no es nada amigable para el peatón, pues no tiene el mínimo diseño para la circulación segura de estos, sin embargo, como si se tratara de una venganza, circulan de manera que ponen en riesgo sus vidas y la integridad de los conductores.   Una de las lecciones básicas en la educación vial es que los peatones deben de mirar en ambos sentidos antes de cruzar una calle, pues de un tiempo acá, hay peatones que miran de frente y cruzan la calle sin importarles si viene un vehículo o no, con la mirada fija hacia adelante, con la determinación de aquellos primeros cristianos que en el circo romano se dirigían hacia los leones sin el menor asomo de miedo.   Así el conductor, debe de frenar en seco, pues cualquier incidente el peatón se convierte en neurocirujano y reclama el lucro cesante y demás indemnizaciones.  Así pues hay que andar súper alertas, pues no importa si no es boca calle, en cualquier lugar y momento una fila de peatones cruza la calle con la placidez de la cuarteta de Liverpool en Abbey Road.  Otros caminan a lo largo de la calle, a mitad de la misma como lo hacían aquellos pobladores de las ciudades del lejano oeste y montan en cólera cuando un vehículo se atreve a sonar el claxon.  En avenidas de cuatro carriles, los peatones en lugar de utilizar un puente peatonal, si lo hay, siguen la técnica de la raya amarilla.  Bajo la premisa de que es prohibido para un vehículo cruzar la raya amarilla, el peatón atraviesa los dos primeros carriles y se refugia en dicha raya, mientras los otros dos carriles se despejan, sin considerar que es una restricción virtual y que si un vehículo pierde un poco el control, frena y se desliza o realiza cualquier otra maniobra accidental, sin remedio invadirá la raya amarilla y atropellará a quien ahí se encuentre.  Tal vez aquí podrían caber los que se movilizan en un carretón de caballos.  Muchas veces en una calle estrecha con un solo carril y sin posibilidades de aventajar, estos graciosos ponen al equino a paso de Hípica mientras ellos parecen regocijarse al igual que Joselito cuando cantaba Doce Cascabeles.

La gente de los semáforos constituye una clase aparte.  Aquí los más molestos son los limpiadores de parabrisas.  Estas personas, sin solicitar permiso o sin que el vehículo lo necesite, lanzan un chorro de un líquido pegajoso y no importa la manera en que el conductor rehúse su servicio, la mayoría se enojará.  Algunas veces no hacen caso de la negativa del conductor y continúan y si el primero enciende los limpiaparabrisas del automóvil para que detenga su acción, es como si le dieran un sombrerazo a una lora. Yo creo que la acción de estos limpiaparabrisas no deja de atentar contra la integridad de los pasajeros, pues equivaldría a que un conductor, por su propia inspiración, considerara que uno de estos muchachos está muy sucio y sin mediar palabra sacara una manguera y procediera a echarle agua hasta considerar que está limpio.  Sin duda alguna lo acusarían ante los derechos humanos.  Si bien es cierto, el resto de los vendedores hace lo posible por no obstaculizar el tránsito, los amigos de lo ajeno aprovechan estas aglomeraciones para identificar una presa fácil, romper un vidrio o abrir una puerta y desvalijar al pasajero, generalmente una dama que lleva expuesta su cartera.  Entre los que piden una pequeña limosna, hay quienes se resignan a la negativa, sin embargo otros lanzan alguna maldición o improperio.

A pesar de que la Constitución garantiza el libre tránsito por todo el territorio nacional, aquí cualquier hijo de vecino, con el mayor desparpajo posible cierra una calle de manera impune.  Ya sea para protestar por cualquier motivo, en lugar de realizar alguna acción directamente contra el causante de su enojo, se ensañan con el tráfico local y con un tranque provocan un caos que redunda en pérdidas, en algunos casos millonarias, del resto de personas que utilizan la vía pública.  Pueden ser estudiantes, simpatizantes políticos, buseros, taxistas, comerciantes, organizaciones, asociaciones y demás.  A veces no se trata de una protesta, sino de un evento, ya sea deportivo o festivo, de cualquier índole, de la manera más fácil cierran una calle y parte sin novedad.  Hasta fiestas privadas, cuando el anfitrión no tiene espacio suficiente en su casa para alojar a los invitados, recurre a esta nueva práctica de cerrar la calle e instalar un toldo.

Otro de los peligros que afronta el conductor en la capital es el agente de tránsito.  A pesar de que en el resto del mundo las normas indican que un conductor solo puede ser detenido por una patrulla motorizada cuando comete una flagrante infracción o bien por un retén instalado para una búsqueda específica, aquí en cualquier parte, especialmente en un lugar subrepticio, aparece como el Chapulín Colarado, un agente de tránsito.  Algunas veces instalan un cono que en un tiempo fue rojo y que ahora le tira a color tierra y parece el sombrero de Merlín, otras veces no hay cono ni pequeño ni grande o bien está situado a un kilómetro.  Algunas veces la detención es a la por si pega, ya sea el vencimiento de la licencia o del seguro obligatorio del automóvil.  Otras veces se trata de la famosa “invasión” de carril, en donde el agente, cual umpire de beisbol que marca un foul, con una visión de águila observa que la llanta rozó el filo de la raya blanca o amarilla.  Otras veces, sin tener la visión directa del semáforo, acusan la violación de la luz roja basados en el reflejo de dicha luz tiene sobre la carrocería del automóvil, habilidad que ni Superman la tiene.  El caso es que pretextos sobran.

Como si lo anterior fuera poco, las propias calles de la capital son una constante trampa en contra de los vehículos.  Los baches que se forman con el tiempo y especialmente con la lluvia, son un atentado contra el sistema de suspensión y dirección de cualquier vehículo.  En caso de que la calle sea adoquinada, el caso es peor, pues la lluvia puede arrastrar un lote de adoquines que dejarán un hueco que fácilmente puede provocar una ruptura de llanta o de la propia dirección.  Si está lloviendo, peor, pues el agua tapa todos estos baches y no hay forma de anticiparlos.   Por otra parte están los reductores de velocidad, conocidos acá como “policías acostados”.  Su instalación obedece a la incapacidad de los conductores de interpretar los avisos de velocidad máxima en un tramo, sin embargo, debería de existir una especificación para que los mismos, a la vez que obliguen a reducir la velocidad, no constituyan un peligro para los vehículos.  La mayoría de estos reductores no están pintados en amarillo para su fácil detección, así que si no conoce el terreno, de pronto, sorpresivamente, volará por los aires.  Otros más agresivos, los construyen de tal forma que imitan las vallas en las carreras de atletismo, así que es toda una proeza cruzarlos.  En los últimos años se ha puesto de moda el robo de las tapas de los manjoles, de tal forma que en una noche oscura cualquiera se rompe la crisma en una de estas trampas.

Así pues, no es para cualquiera el manejar en la capital.  Lo más probable es que esta aventura provoque hipertensión, diabetes o cualquier otra dolencia a quien no se adapta a este caos y se requiere más que paciencia para sobrevivir.  Si no, pregúntenle a Job.

 

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Adiós piropo de mi barrio

Una de las experiencias más sorprendentes en la vida es sin duda alguna la llegada de la pubertad.  Haciendo a un lado las bromas pesadas que juegan las hormonas, existe una transición en el terreno psico social para la cual creo que nadie está preparado.  Lo que más resalta en ese sentido es el cambio en el tratamiento hacia las amigas, que después de ser camaradas en juegos, rondas, escondidas, en donde no hay ninguna connotación referente al género y que de la noche a la mañana se convierten en compañeras en otro tipo de interacción.  El evento sobre el cual giraba esta nueva relación era sin duda alguna el baile o tertulia, en donde sin estar plenamente conscientes nos tocó participar en el juego del cortejo, ese rito ancestral de apareamiento dirigido a perpetuar la especie, lo cual obligaba a manejar conductas completamente diferentes de aquellas de nuestra niñez. Empezamos a fijarnos en la expresividad de una mirada, en la coquetería de una sonrisa o cualquier otra manifestación del lenguaje corporal, toda vez que sus anatomías habían sufrido cambios sustanciales, en algunos casos más sustanciales que otros.

Obviamente no teníamos la menor idea de cómo comportarnos en ese nuevo entorno.  Era una utopía pensar que los ínclitos hijos de La Salle nos impartirían un curso sobre el trato con el sexo opuesto, pues sus enseñanzas se limitaban a la obligación de mantener la pureza en nuestros pensamientos y acciones, recurrir a la oración para conjurar las asechanzas del demonio o bien guardarnos de los pecados solitarios que conducían irremediablemente a la ceguera, afirmación que enfáticamente, con voz tenebrosa, nos advertía el hermano Inocencio mientras nos miraba a través de sus gruesos lentes.  Así pues, fue a golpe y porrazo que encontramos el camino para ese nuevo comportamiento.  Tal vez en el cine encontrábamos algunos contenidos al respecto y de ahí tomábamos lo conducente.

Por esa época, me refiero a mediados de los años sesenta, llegó una película de Rocío Dúrcal bajo el título de “La cenicienta del barrio”, que quién sabe a qué iluminado se le ocurrió bautizarla con ese título en Latinoamérica, pues el original era “La chica del trébol”.  Ahí Rocío, con su característica dulzura interpretó entre otras canciones, Los piropos de mi barrio.  Dicho tema hablaba del agrado que sentía una muchacha al escuchar los piropos de su barrio bajero, tan sinceros y castizos que hasta olían como los nardos y además, tenían hechizo.  Intuimos entonces que a las muchachas les gustaba que se les halagara con un piropo, sin sospechar que la canción había sido escrita por un hombre, el letrista español Antonio Guijarro y podía reflejar un punto de vista un tanto cuanto sesgado y si bien es cierto, Rocío la cantó con mucho convencimiento, nunca supimos realmente su verdadero sentir al respecto.

Podría decirse que en España se cultivó el piropo como en ningún otro país y es posible que de ahí hubiese llegado hasta nuestras tierras.  El espíritu latino y la lengua española, tan proclive a la metáfora y a la exageración fueron una herencia que cayó en terreno un tanto fértil.  Tal vez uno de los piropos al que hace mención Rocío en su canción pueda ilustrar perfectamente lo anterior: “Con una de tus pestañas, hija de mi alma, he de ahorcarme yo”.

En San Marcos sin embargo, el piropo como tal, parecía estar un tanto fuera de lugar, al tratarse de una ciudad que tenía 1,827 habitantes en el casco urbano, como precisaría magistralmente El Firuliche y por lo tanto, todo el mundo se conocía casi a la perfección y el piropo como que se antojaba más para lanzarlo a desconocidas.  En el parque se escuchaba uno que otro silbido ante el paso de una fémina o alguna exclamación sin mucho ingenio.  El caso es que yo nunca aprendí a utilizarlo, sería tal vez por timidez o porque se me hacía inverosímil poder alcanzar algo a través de una exclamación.  Los compañeros que se aventuraban a utilizar piropos iban con las claras intenciones de conquistar a la damita.  No recuerdo ninguna ocasión en la que se originara algún desaguisado a causa de algún piropo o bien por algún fallido intento de conquista.

Cuando llegué a la capital para ingresar a la universidad, me encontré con un mundo completamente diferente.  Ahí se acostumbraba el piropo, aunque sin encontrar las ingeniosas formas de los piropos españoles, era muy común observar a taxistas, lustradores, voceadores, oficinistas y obreros en general, tratar de lucirse entre sus congéneres a través de un piropo hacia un exponente del género femenino.  Se escuchaba una gran variedad sin embargo muchos eran importados de otros países, como el manido: “Ay que curvas y yo sin breques” o bien “Como me la recetó el doctor” o “Ahí quisiera terminar de criarme”.  No recuerdo algún piropo que sea cien por ciento nicaragüense, aunque algunos insisten en afirmar que era autóctono aquel que decía: “Adiós cantarito de arroz, si me das un beso me voy con vos”, sin embargo, este piropo se encuentra en las crónicas de muchos otros países.  Lo que tiene el piropo anterior es una extrema candidez y tan solo sirve para enseñarle la rima a niños de preescolar.  No obstante, puede encontrarse un interesante muestrario de piropos en la canción anónima recopilada por los Bisturices Armónicos al pie del Cosigüina: “Son tus perjúmenes mujer”.

Era muy común observar el tocamiento, es decir, acompañar al piropo, casi siempre a nivel de exclamación vulgar, del contacto físico con la mujer.  Lo más usado era tomar el antebrazo de ella con los dedos índice y pulgar, rozando muy ligeramente la piel un poco arriba del codo y susurrándole: “Adiós amor”, “adiós cosita linda” o cualquier exclamación de este tipo.  Los más osados tocaban, con mayor amplitud una región anatómica más privada, igualmente acompañado lo anterior con exclamaciones procaces.  En el primer caso, la fémina respondía con un leve movimiento como queriendo liberar su brazo de aquella tenaza improvisada o bien con una exclamación de desagrado.  En caso de que hubiese un escondido agrado de parte de ella, el movimiento era simbólico, pero acompañado de una sonrisa de su parte.   En el segundo caso, cualquiera de estas manifestaciones era rechazada automáticamente por la mujer, acompañada de un insulto, casi con el mismo nivel de procacidad, aludiendo en la mayor parte de los casos a la progenitora del atrevido o bien propinándole una bofetada.

En algunos casos, se observaba que uno de los emisores de piropos, en su afán de mostrarse como un Casanova o con la vana ilusión de obtener algo, seguía a una mujer por varias cuadras, repitiendo su repertorio hasta el cansancio.

Para esa época la diseñadora británica Mary Quant lanzó al mundo la minifalda y Nicaragua desde luego, no podía quedarse atrás.  De esta manera, se observaba por la Avenida Roosevelt y la Calle 15 de septiembre, que eran la pasarela natural, a las jóvenes y no tan jóvenes que desafiaban a una sociedad victoriana, mostrando sus piernas en su mayor amplitud. Obviamente, lo anterior causó que los piropos subieran de tono, al igual que las miradas de los hombres.

Una de las experiencias más curiosas en la vieja Managua era sin duda alguna, el piropeo hacia los hombres de parte de mujeres.  Cuando viví en el Barrio del Oriental, en el trecho del Cine México hacia el norte había una densidad exagerada de prostíbulos, en donde las sexoservidoras se apostaban en la acera para captar a sus clientes.  De esta manera cuando uno pasaba por esas calles, iba recibiendo piropos, como Rocío Dúrcal en su barrio, con los mayores atrevimientos posibles, sin embargo, a uno no le quedaba de otra que agradecerlos con una sonrisa, declinando cortésmente su amable invitación.  Es más, cuando el nivel de autoestima andaba por el suelo, al igual que Holly Golightly que se iba a echar un preparito a las vitrinas de la joyería Tiffany, una caminata hacia el Cine México era la mejor solución.

Luego empezaron a soplar los vientos del cambio y nos encontramos ahora con una sociedad llena de contradicciones en donde el piropo pareciera que ya no tiene cabida.  Por una parte, las nuevas generaciones encuentran a esa tradicional expresión como algo tonto y prefieren recurrir a la chabacanería Las mujeres han avanzado mucho en su lucha por lograr una justa equidad de género, en donde debe erradicarse el considerarlas como un mero objeto o seres inferiores y su tolerancia hacia manifestaciones fuera de lugar de parte del género masculino las llevan a expresar vehementemente su rechazo.

Por otra parte, es innegable que aún con todo, las mujeres necesitan de vez en cuando alguna expresión que exalte su figura y que alimente su autoestima.  Saben muy bien que el espejo puede llegar a ser traicionero y que sus congéneres mienten más que una báscula de farmacia.  Sin embargo, un piropo o requiebro, lanzado por un hombre, con galantería, en donde se exalte o bien la guapura de la fémina, o bien su atuendo, tiene un efecto mayor que una libra de chocolates sobre su serotonina (aplican restricciones).

El problema serio es que algunas organizaciones no gubernamentales, al saber con qué oscuras intenciones, se han dedicado a satanizar al piropo y de paso, cualquier manifestación de parte del género masculino que tenga como objeto la conquista de una dama.  Al amparo de una ley, muy necesaria por cierto, para frenar de una vez por todas la violencia en contra de las mujeres, han encontrado bajo la tipificación de “acoso sexual”, un instrumento para frenar cualquier manifestación de parte de un hombre que pueda servir de pretexto para acusarlo de causar malestar en las féminas.

Así pues, si no se trata de un Brad Pitt, que desde un BMW lanza un piropo a una fémina, todo lo que está debajo de ese nivel, cae dentro de la categoría de pelafustán, sujeto a una demanda por acoso sexual.

Hay un sabio refrán que reza: Nunca falta un roto para un descosido, sin embargo, ante la dificultad de que rotos y descosidos puedan identificarse unos a otros, la soledad seguirá cundiendo en un terreno movedizo en donde una ley pende sobre cualquier movimiento que traten de realizar.

Al paso que vamos, es muy seguro que el piropo solo se conozca en crónicas antiguas y hasta las deferencias con las damas de cederles el asiento, de abrirles una puerta, de ayudarlas a bajar una escalera, de ofrecer el brazo para caminar, en fin de darles cualquier tipo de ayuda, se vean coartadas por temor a una demanda por acoso sexual o en el más leve de los casos, por discriminación y así pasen también a la historia.  No es remoto tampoco que con el tiempo la vanidad tenga otros tipos de manifestaciones.

Lo que es cierto es que algunas veces, cuando le encontramos cierto sentido a aquel verso de Rubén Darío sobre sí mismo: … aún suspira y aún existe,  no como lo conociste, sino como ahora ves, viejo, feo, gordo, triste…dan ganas de echarse un paseíto por aquella calle en el Oriental, del Cine México hacia el norte, en donde al paso se escuchaban docenas de piropos, de parte de las alegres féminas y que en medio de todo, nos elevaban la autoestima, mientras con una sonrisa y sin compromiso alguno, los agradecíamos.

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Machalá, machalá

 

El nicaragüense es supersticioso por naturaleza.  Lo anterior puede atribuirse a esa mezcla tan particular que se dio entre la raza indígena, la española y la africana, cada una de ellas con su propio y pesado bagaje.  Si nos sirve de consuelo, esta actitud se manifiesta de manera latente, aún ahora, en todas las civilizaciones del mundo.

Podría afirmarse que un elemento fundamental dentro de la superstición es la ignorancia y que a medida que el desarrollo y la educación van llevando a la población hacia nuevos y más elevados estadios, lo cierto es que es muy difícil desarraigarla del inconsciente colectivo.

Podríamos suponer que ya estando en el siglo XXI, la ciencia y la tecnología nos ofrecen una visión moderna del mundo que nos rodea y nos permiten contar con las respuestas a muchas de las interrogantes que antes quedaban en suspenso y nos provocaban miedo, lo que daba origen a ciertas creencias que ocupan el terreno de la superstición.

Es posible que algunas de estas manifestaciones vayan desapareciendo con el tiempo.  Existen menos personas que se espantan al ver un gato negro, pues ya no se promueve la creencia de que los felinos de este color son la reencarnación del diablo.  Son menos las personas que portan amuletos, como hace unos cincuenta años en donde muchos tenían una pata de conejo, una pulsera con un ojo de turco o colgaban una herradura en la puerta de su casa.  Ya es una casualidad observar que alguien se queda patitieso cuando se derrama la sal en la mesa o bien exige que al pedir el salero no se lo entreguen en la mano, sino que lo pongan cerca en la mesa.  Todavía se evita pasar por debajo de una escalera, pero tal vez más por precaución, que por superstición.

Entre personas de mayor edad existen algunas que tocan madera cuando se trata de alejar la mala suerte o desear que algo no ocurra.  En el pasado, muchas veces se acompañaba esta práctica con la exclamación “Machalá”, una o dos veces, en especial cuando se miraba a un reptil peligroso, en cuyo caso se agregaba la palabra culebra o en ciertos casos, lagarto.  Esta expresión podría decirse que era de uso exclusivo del sexo femenino y quizá algunos recuerden que en un tiempo los miembros de la comunidad gay, la repetían de manera vehemente, quedando luego la práctica de usar esta exclamación cuando alguien mostraba una actitud muy poco varonil.

Ya no es tan común la insistencia de algunas personas en que un paraguas no debe abrirse ni dentro de una casa, ni sobre la cabeza de alguien y es una minoría quien se rasga las vestiduras cuando se rompe un espejo.  Menos tal vez se mira que una persona joven o madura “quedada” levante inmediatamente los pies cuando alguien barre o lampacea cerca de ellos, por temor a no casarse, o bien, quienes hacen una alharaca cuando ven una pestaña caída en el cuerpo de alguien y hay que soplarla (la pestaña) para atraer la buena suerte.  Es posible que en las zonas rurales o pequeñas localidades urbanas, todavía se use la escoba volteada detrás de la puerta para alejar a una visita no deseada.  Definitivamente solamente los muy ignorantes creen que los zurdos tienen esa condición por algo diabólico, mucho menos se manda a la hoguera a alguien que tiene cataratas.

No obstante, existen todavía ciertas manifestaciones que perduran y es asombroso ver qué tan arraigadas están en nuestro medio.  Todas las relacionadas con una boda siguen vigentes, como la prohibición de que el novio vea a la novia vestida antes de la ceremonia.  Asimismo, se estila que la novia lleve algo prestado, algo nuevo, algo azul y algo viejo, así como echar arroz a la salida del lugar en donde se realiza la boda o bien que el novio lleve cargada a la novia al lugar donde se encuentra el tálamo en donde se consumará el matrimonio (oficialmente).

También están presentes todas las supersticiones relativas al año nuevo, como salir a dar vueltas con una valija, vestirse con algo rojo, tragarse doce uvas, abrir y cerrar la puerta principal, ponerse la ropa interior al revés, no como Supermán, sino con lo sucio hacia fuera.

Está todavía latente la aversión por el número 13, de tal manera que muchas personas evitan realizar actividades relevantes en esas fechas y ni se diga si el día 13 cae en martes o viernes, mucho menos que compren lotería en este número.

También está muy vigente la práctica de barrer todas las mañanas las aceras hacia afuera, principalmente si se trata de un local comercial, con el propósito de alejar cualquier maleficio que hubiese sido lanzado por algún enemigo durante la noche anterior.  Lo difícil aquí es determinar quiénes lo hacen por higiene y quienes lo hacen por superstición.

Sobre los aspectos adivinatorios, todavía un gran sector de la población es afecto a ellos y es anonadante el número de personas que acuden a visitar a videntes para saber su futuro o encontrar respuestas a interrogantes que no pueden solventar por otros medios, ya sea a través de una bola de cristal, los asientos del café o las socorridas cartas.  Lo más común y palpable es la astrología y en particular los horóscopos.  Si por un lado no todos toman en serio los ambiguos dictámenes de los mismos, es muy común observar que gentes de todos niveles culturales, con tremendo desparpajo incluyen su signo zodiacal hasta en su perfil profesional, agregando una serie de cualidades en el carácter por el hecho de ser tauro o leo.  Otros más exagerados, basan sus relaciones sentimentales en el signo zodiacal de su pareja y la forma en que los dos signos se armonizan o no.  En este aspecto puede incluirse la interpretación de los sueños, pues existen todavía muchas personas que asignan con mucha fe un valor premonitorio a los sueños que recuerdan.

La magia, blanca o negra, todavía se sigue moviendo en muchos círculos, en su mayoría de bajo nivel cultural, sin embargo, no es extraño encontrar a muchas personas que presumen de un alto nivel intelectual recurrir a estas prácticas.  Tal vez ya no tengan una amplia demanda los brujos de Diriomo o Diriá, sin embargo, siempre se observa un considerable movimiento hacia esos lugares.  Es común ver que cuando no existe explicación para algún padecimiento de una persona, se achaque a algún “trabajito” que le hizo algún enemigo.  Así se puede observar en los mercados, secciones en donde venden toda suerte de filtros para el amor, como el famoso-ven-a-mí, la oración del puro y el perfume siete machos.

En estos días que un enjambre de temblores disparó todas las alarmas, la población desató una vez más toda su superstición.  Es un hecho innegable que hasta la fecha no existe ningún método certero para predecir un terremoto.  Se dispone de alta tecnología para monitorear los movimientos telúricos en tiempo real y encender las luces de emergencia ante situaciones fuera de lo normal. Pero de eso, a manejar la inminencia de un sismo, está muy jalado de los pelos.  Ni siquiera la teoría de los cuarenta años que se está planteando entre dos sismos de gran magnitud, tiene mucho valor, pues solo se cuenta con un registro de dos eventos, los sismos de 1931 y 1972.  Si se tuviera una estadística que en cuatrocientos años se han sucedido diez terremotos con ese intervalo, podría inferirse algo al respecto.

Como en todo fenómeno natural, de pronto aparecen quienes empiezan a revolver sus supersticiones con su percepción de la religión y el asunto se complica.  Desafortunadamente, muchos desvirtúan el espíritu de las religiones de buscar el camino hacia la perfección del ser humano a través de la práctica de virtudes como la humildad, la tolerancia, el amor al prójimo, la solidaridad y se lanzan a imaginarse por cuenta propia, el razonamiento de un ser supremo a través de su escasa lógica.  He escuchado a personas afirmar que en vista de que Dios quiere mucho a Nicaragua, evitará que ocurra otro terremoto.  Si esto fuera cierto, deja en entredicho a la justicia divina, pues quiere decir que no tuvo el menor cariño a los hermanos haitianos.  En su escasa visión no comprenden que en cuestión de los fenómenos naturales, lo más sensato es dejar afuera cualquier voluntad relacionada con su ocurrencia.  Si un rayo va a caer, entonces cae, no hay vuelta de hoja y si coincidentemente pasa un ciudadano en ese preciso sitio y momento, pues qué desafortunada coincidencia.

Otros más iluminados, caen en el pecado de tentar al supremo creador al colgar un crucifijo o un rosario en el espejo retrovisor del automóvil, con la certeza de que la corte celestial no va a permitir que en una colisión queden en medio estos símbolos, a los que han convertido en amuletos.

El colmo es que hasta en las fórmulas de cortesía, algunos traten de introducir la superstición disfrazada de una falsa manifestación de fe.  Si uno se despide de alguien diciendo, hasta mañana, inmediatamente el interlocutor, con el rostro descompuesto y con el temor de que en ese momento caiga un rayo, agrega con un tono imperioso y de reclamo: -Si Dios quiere.  Es obvio que cuando alguien manifiesta algún plan ya sea inmediato, a corto o mediano plazo, supone que ciertas condiciones se mantendrán invariables, ya sea por voluntad divina o porque la lógica y las estadísticas así lo reflejan, entonces es natural pensar que se puede prescindir del agregado.  No quisiera imaginar la ruta crítica de un proyecto en donde en cada evento programado tenga que incluirse esta fórmula, lo cual convertiría el análisis en la canción de Muchilanga.

Me ha causado estupor las declaraciones de un prelado que ha negado el valor de las nuevas monedas de cinco córdobas por el hecho de que no tengan la leyenda: En Dios confiamos.  Hay que recordar que dicha leyenda en nuestra moneda no fue otra cosa más que una copia de la moneda de los Estados Unidos que expresa lo anterior en inglés.  No obstante, la leyenda en sí, no tiene ningún efecto sobre la masa monetaria, ni sobre el multiplicador monetario, mucho menos sobre la velocidad del dinero y ni se diga en la inflación o el tipo de cambio.  La manera más sabia que he visto de emplear esta divisa fue la de un pulpero que tenía un rótulo que decía:  En Dios confiamos, los demás pagan al contado.  Así pues, hay que dar al César lo que es del César.

Es imperativo que actuemos de conformidad con los tiempos en que vivimos.  Si utilizamos una avanzada tecnología que está a nuestro alcance para facilitarnos la existencia y nunca antes, todo el conocimiento estuvo tan a la mano, es hora que nos sacudamos cualquier vestigio de actitudes que se basaron en la ignorancia y en el temor.  Hay que recordar lo que dice Serrat: “Nada tienes que temer, al mal tiempo buena cara, la Constitución te ampara, la justicia te defiende, la policía te guarda…”

 

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Si me han de matar mañana…

El pasado 22 de agosto a la edad de 58 años falleció en su casa de Wiltshire, Inglaterra, Tony Nicklinson; según el acta de defunción correspondiente, de causas naturales.  Para usted apreciado lector, es probable que este nombre no sea nada familiar y su caso le sea tal vez completamente desconocido.

Tony Nicklinson, ciudadano británico, jugador de rugby en su juventud e ingeniero de profesión, era gerente corporativo de una importante empresa de construcción con sede en Dubai.  En 2005 se encontraba en gira de trabajo en Atenas cuando sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó prácticamente atrapado en su cuerpo, sin poder moverse, ni hablar; estado que se conoce como el “Síndrome del encierro”.  Aprendió a comunicarse a través de sus ojos, con la ayuda de un tablero y una computadora que mediante un software especializado, emulaba su voz con las frases que trasladaba desde el tablero.  Desde 2007 se negó a tomar medicamentos para alargar su vida, tan solo recibía aquellos que mitigaban su dolor.

Los últimos meses de su vida, luchó para que el Tribunal Superior de Londres autorizara que alguien, su esposa o un médico, le ayudara a morir, sin enfrentar posteriormente un proceso con cargos por asesinato.  En esa lucha, con la ayuda de su hija abrió una cuenta en Twiter, que alcanzó miles de seguidores y en la cual consignó expresamente que quería acabar con su miserable e intolerable existencia.

A mediados del pasado agosto, el Tribunal Superior de Londres se pronunció respecto al caso, negándole el derecho a una muerte digna, alegando que autorizar a alguien más para que le ayudara a morir supondría un cambio drástico en la legislación británica sobre el asesinato.  La noticia del fallo devastó a Tony y después de algunos días falleció.  La policía declaró que estaba de acuerdo con el dictamen de muerte natural y no realizaría investigaciones al respecto.

En diciembre de 2006 la muerte asistida del italiano Piergiorgio Welby, con la ayuda del doctor Mario Riccio, también puso en la palestra el debate mundial sobre la eutanasia.   Welby estaba conectado a un respirador artificial desde 1997, pues padecía distrofia muscular y no podía mover ningún músculo de su cuerpo a excepción de sus ojos.   Riccio declaró que había aceptado la voluntad del paciente de morir, sin embargo, los sectores más radicales italianos presionaron para que enfrentara cargos ante la justicia italiana.   Posteriormente se supo que una jueza determinó que el doctor Riccio no cometió delito al desconectar el respirador de Welby, pues rechazar una terapia sanitaria no deseada era un derecho reconocido en la constitución italiana, así pues no se trataba de un caso de eutanasia, sino de un paciente que rechaza una terapia.

Así como estos dos casos, existen cientos en los cuales enfermos con padecimientos que le producen una calidad de vida más que precaria, luchan, más que por salir de su condición, por una muerte asistida, sin embargo, se enfrentan a un muro que disfrazado de apreciaciones éticas los condenan a existencias miserables e intolerantes como lo calificó el propio Nicklinson.

El tema de la eutanasia provoca tremendas contradicciones en una sociedad que clama por libertad y el derecho a alcanzar la felicidad y que por otra parte impone barreras a ese derecho, a través de legislaciones que no precisamente responden a ese clamor de la sociedad.   La clave en este asunto, es definir de manera objetiva cuáles son las fronteras en la cual debe moverse un ser humano en el ejercicio de su libertad y el derecho a ser feliz.   Una de las manifestaciones primordiales de este derecho es la dignidad tanto en la vida como en la muerte.

A pesar de los avances en la medicina y mayores posibilidades para pacientes con enfermedades que antes se consideraban incurables, el hecho es que todavía existen padecimientos que provocan situaciones extremadamente dolorosas para quienes las padecen y flagelan a los pacientes y a sus familiares, con estados vegetativos o agónicos extremadamente largos o dolorosos y no se diga onerosos.

Si bien es cierto, algunos pacientes aceptan de manera estoica el dolor o en su defecto, en casos de estados vegetativos de los mismos, sus familiares asumen de manera egoísta que el dolor que éste padece es irrelevante ante el hecho de tenerlo todavía “vivo”, también existen enfermos que anteponen su dignidad ante esta situación y prefieren poner fin a su vida antes que continuar en una situación lamentable o bien sus familiares, con esta misma visión deciden por él que esta es la mejor salida.

Lo triste del caso es que la sociedad proscribe la práctica de la eutanasia por consideraciones más religiosas que éticas, en un tema en donde, con todo respeto, la religión no tiene nada que ver.  Lo anterior, con el agravante de que en muchas religiones, los intermediarios han desvirtuado la filosofía que dio origen a las mismas, en las que debería prevalecer el amor y la libertad y las han transformado en prácticas basadas en el masoquismo, en donde a mayores dosis de dolor en esta vida, existe una mayor recompensa de placer en la otra vida.

Desde mi punto de vista, es necesario continuar un debate serio y responsable sobre el tema de la eutanasia, a fin de que cada legislación permita que todo individuo pueda ejercer su derecho a elegir, en caso de llegar a una situación de salud que no le permita llevar una vida digna.  Ya sea que quiera aceptar esa situación y esperar pacientemente su muerte o quiera solicitar ayuda para morir dignamente, o en los casos en que su estado no permita al individuo expresar su deseo, que los familiares más cercanos ejerzan dicho deseo.

Actualmente, existe dentro de la práctica médica lo que se conoce como declaración de voluntades anticipadas, que consisten en instrucciones precisas, elaboradas con anticipación por parte de una persona y que le permite dar instrucciones con relación a sus preferencia en cuanto a los cuidados que les gustaría recibir o no, si padecen de una enfermedad o lesión de carácter mortal y en ese momento no estarían en condiciones de expresar su voluntad.  Esta declaración abarca la voluntad respecto a procedimientos de resucitación o reanimación (RCP), alimentación vía artificial, transfusiones, etc.  Este procedimiento podría ser ampliado a prácticas que permitan a una persona dejar claramente establecido en qué condiciones no tendría ninguna voluntad de seguir viviendo y dejar la puerta abierta para obtener asistencia para lograr una muerte digna y que la persona que lleve a cabo su voluntad no tenga que enfrentarse a la hipocresía de un sistema, tal como se maneja ahora.

Muchas personas no piensan en la muerte, es más, en su soberbia llegan a creer que son inmortales y que se trata de un evento remoto en el cual no hay que pensar.  Otras personas sueñan con tener una muerte apacible, en donde después de tener la oportunidad de despedirse de sus seres queridos, se le cierren los ojitos y te fuiste Marcelino.  Yo tal vez soñaría en morir de aburrimiento de tener tanto dinero y no saber en qué gastarlo.  Sin embargo, la vida es traicionera y no nos deja ni un asomo de cómo será nuestro fin.  Puede ser que de este enjambre de sismos se desprenda una catástrofe que no nos deje decir ni pío; no obstante tampoco hay que descartar que un día, sin más ni más, como en el caso de Tony, un accidente cerebrovascular, una caída, una colisión, un virus o cualquier otra eventualidad, lo puede mandar a uno a un estado de coma y ahí se inicia un calvario que nunca termina de manera feliz.   Por eso, insisto que el debate sobre la eutanasia debe ser un tema que hay que tomarse con seriedad y premura, para llegar a situaciones que garanticen el bienestar de los seres humanos ante ese desenlace tan inevitable que es la muerte.   Después de todo, como dijo alguien por ahí: El derecho a la muerte no es la antítesis del derecho a la vida, sino su corolario.

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Gotas de lluvia

Para quienes hemos sido aficionados al cine toda la vida, recordamos que los últimos años de la década de los sesenta estuvieron plagados del célebre spaguetti western, título que le endilgaron los críticos a las películas sobre el oeste norteamericano producidas en Italia y rodadas en su mayoría en España.  Al inicio, fue emocionante ver la trilogía de los dólares, de Sergio Leone, en donde cobró fama Clint Eastwood, sin embargo, con el tiempo el género fue cayendo en lo insulso y en la violencia sin sentido.  Así pues, al agonizar la década, los aficionados añorábamos las películas de vaqueros originales y el cine norteamericano respondió acertadamente con dos gigantescas producciones.  La primera fue La pandilla salvaje (The wild bunch) que devolvió a Hollywood la supremacía del género y un nuevo estilo para el mismo.  Poco tiempo después surgió una película que a Nicaragua nos llegó en 1970 con el título de Dos hombres y un destino, pero que su título original en inglés era Butch Cassidy and the Sundance Kid.  Para todos a quienes nos había cautivado Katharine Ross en El Graduado, la película ya tenía un gran atractivo, contando también el elenco a Paul Newman y Robert Redford.

Creo, sin temor a equivocarme, que esa película ha sido una de las que más ha quedado grabada en la mente de los nicaragüenses que tuvieron la oportunidad de verla.  Después de tantos años, es imposible olvidar la escena en donde Paul Newman pasea en bicicleta con Katharine Ross, mientras una melodiosa canción traía de la mano a una genial toma fotográfica.  De la misma forma, quedó por mucho tiempo el recuerdo de la escena final de la película, en donde los dos bandidos se trasladan a Bolivia y se enfrentan al ejército de aquel país, finalizando la misma, cuando los soldados disparan al unísono, dejando la escena congelada para que el público se imaginara el resto.  Recuerdo que en la proyección alguien del público gritó: -Traigan a la tanqueta, en alusión al modus operandi de la guardia nacional, que barría a las células urbanas de guerrilleros con el apoyo de una tanqueta.

Posterior a la película, la canción que sirvió de tema a la película llegó a ocupar los primeros lugares en todos los charts de los Estados Unidos y de casi todos los del mundo entero.  En Nicaragua también ocupó los primeros lugar del hit parade, más aún cuando la misma ganó el Oscar al mejor tema musical original de película.  Dicho tema se llamaba Raindrops keep falling on my head, traducido como Gotas de lluvia sobre mi cabeza y su versión original era interpretada por el cantante norteamericano B. J. Thomas quien se había hecho famoso por el éxito Hooked on a feeling (Adicto a un sentimiento).    El Oscar fue otorgado a sus autores, Burt Bacharach quien compuso la música y a Hal David, quien escribió la letra.  Sin embargo, generalmente se recuerda en una canción a quien compone la música y quien es el responsable de la letra queda un tanto en el olvido y esto ocurrió con esta dupla.

El tema Raindrops keep falling on my head, es un verdadero himno al optimismo en donde Hal David se esmeró en enviar un claro mensaje de entereza ante las adversidades y que remata al decir: “Llorar no es para mí, pues nunca voy a detener la lluvia quejándome, porque soy libre, nada me preocupa”.  Fue Hal David también quien compuso la letra de What the world needs now is love (Lo que el mundo necesita ahora es amor), una dulce expresión sobre la necesidad del amor y que ha sido utilizada en una gran cantidad de películas como fondo musical.

Hal David, cuyo nombre completo era Harold Lane David, de origen neoyorkino, empezó su carrera musical en los años cuarenta, trabajando con algunos directores de bandas como Guy Lombardo.  En los años cincuenta conoció a Burt Bacharach y juntos hicieron una fructífera carrera musical.  A finales de esa década, nos llegó a Nicaragua su primer éxito en la voz de Perry Como, Magic Moments (Momentos mágicos), aunque no sabíamos quién había compuesto dicha canción.    Luego en asociación con Dionne Warwick, lanzaron al éxito una serie de temas como: Do you know the way to San José (Conoces el camino a San José), I´ll never fall in love again (Nunca me volveré a enamorar), This girl is in love with you (Esta muchacha está enamorada de ti), I say a Little prayer (Digo una pequeña oración).  Esta dupla también escribió el gran tema de Carpenters Close to you (Cerca de ti), así como los temas de las películas Alfie, What´s new pussycat, Casino Royal, entre otros.

Luego de separarse de Bacharach, David trabajó con otros compositores, resaltando el tema To all the girls I loved before (A todas las chicas que antes amé), que fue interpretada por Julio Iglesias (en un inglés infame) y Willie Nelson, así como el clásico We have all the time of the world (Tenemos todo el tiempo del mundo), con música de John Barry para la película Al servicio secreto de Su Majestad, de la serie de James Bond y que interpretara el recordado Louis Armstrong.

En su carrera musical de más de cincuenta años, Hal David se hizo acreedor de muchos reconocimientos.  Además del Oscar de la Academia, un premio Tony y un premio Grammy, ingresó en el Salón de la Fama de Escritores de Música, tanto en el nacional como en el de Nashville; recibió un doctorado en música de parte de la Universidad de Illinois, recibió una estrella en el Paseo de la Fama en Hollywood, así como múltiples reconocimientos de parte de la comunidad judía de los Estados Unidos; sin embargo, el más prestigiado que recibió fue el Premio Gershinwg, otorgado por la Biblioteca del Congreso en forma conjunta con Burt Bacharach, en 2011.

El pasado 1 de septiembre Hal David falleció a la edad de 91 años, dejando un gran legado musical.  Según el propio David, siempre buscó la credibilidad, simplicidad e impacto emocional en las letras que compuso.  La noticia que resaltó en los diarios norteamericanos y de la mayor parte del mundo, no tuvo eco en los medios nacionales, más ocupados en lo relativo al casting de Mister Nicaragua.

No obstante, David estará presente cada vez que recordemos aquellos días de nuestra juventud, cuando soñábamos pasear a una damisela en bicicleta, con el fondo musical de Raindrops keep fallin on my head, o bien al recordar la película Al servicio secreto de Su Majestad y el dulce rostro de Diana Rigg, la única esposa de James Bond y en el fondo la particular voz de Louis Armstrong cantando:

“We have all the love in the world

if that’s all we have

you will find we need nothing more

every step of the way will find us”.

 

 

 

 

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