Archivo mensual: abril 2014

La fruta de la Pasión

Jocote.  Foto tomada de Wikipedia

Cada viernes de cuaresma, con relativa puntualidad, a las cuatro de la tarde, salía de la parroquia de mi pueblo, la procesión del viacrucis. La misma no tenía el rigor ni la solemnidad de las procesiones de la semana santa, de tal manera que las respectivas costumbres eran un tanto relajadas. De conformidad con las finanzas de la parroquia, salía con música de viento o simplemente con los cánticos de los fieles, aquellos clásicos Perdona a tu pueblo Señor y Oh madre dolorosa, madre del pecador. Era una procesión mayoritariamente de mujeres quienes participaban con la cabeza cubierta con una mantilla, mientras los pocos hombres, cuatro de ellos cargando al santo y otros cumpliendo una promesa o purgando una penitencia con caras compungidas para la ocasión. Cuando había música de chicheros, los mismos se ubicaban en la parte posterior a la imagen del nazareno.

Como salida de una película de Fellini, la procesión la iniciaba un carretón que llevaba un canasto con frutas de la estación, básicamente jocotes y mangos. Detrás del carretón iba el contingente de niños varones, un tanto alejados de la devoción que flotaba en la parte central de la procesión.

En esa época yo no tenía idea de la movilidad de las fechas de celebración de la cuaresma y la semana santa, sólo sabía que cuando empezaban a aparecer los jocotes iniciaba la época de los viacrucis, y además del deleite de probar aquella fruta, estaba por llegar aquel rito qué quién sabe cuándo se había instaurado en el pueblo, de abrir la procesión del viacrucis con niños comiendo jocotes y mangos. Mientras platicábamos de temas varios, comíamos aquellas frutas y cuando la atención de los fieles parecía concentrarse en alguna estación o misterio, aprovechábamos para un rápido intercambio de semillazos, ya sea entre los muchachos participantes o contra los que se limitaban a ver pasar la procesión. El cura, pensando en una de las siete palabras: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, no le quedaba de otra que concentrarse en su ministerio, pues además nunca se registraban excesos. Mi abuela por su parte, quien no se perdía esa procesión acompañada por mi hermana, se hacía de la vista gorda, pues me había prohibido consumir jocotes de la calle, pues en la casa pasaban primero por un riguroso proceso de desinfección, por aquello de las bacterias que podrían provocarnos serias enfermedades y llevarnos irremediablemente hasta la muerte.

De cualquier forma, aquella temporada se nos manifestaba por los sentidos, por el olfato nos inundaba del olor a corozos y en el gusto se disolvía en la delicia del jocote. Había una dulzura que se conseguía a voluntad, pues bastaba con buscar una fruta verde o celeque para lograr una acidez que se hacía pasar con sal, hasta llegar en el otro extremo a la miel de los frutos que tenían un tono rojo encendido. Había de distintas variedades, sin embargo, pareciera que en cada región manejaban los nombres a su gusto y antojo. La memoria me alcanza para recordar los verdes dulces, tronadores, jobos, huaturcos. El caso es que disfrutaba al máximo la temporada de esa fruta, ya fuera con el rigor de la higiene en la casa o comprados clandestinos en la calle, sin el menor tratamiento.
Para semana santa, ya las procesiones tenían una mayor solemnidad y aquel contingente de niños al inicio incluyendo la ingesta de jocotes no estaba permitido, dándonos como premio de consolación, la oportunidad de cargar a San Juancito, una imagen liviana que los niños podían cargar por la módica suma de un chelín, precio que incluía la posibilidad de registrar debajo de la túnica del santito en donde se observaban dos escuálidas reglas en lugar de piernas.

En las casas, en cambio, se probaban las delicias de los almíbares y del curbasá, en donde el jocote tenía un papel relevante. El fruto carnoso sacrificaba su ser, por la mezcla del sabor propio con la del dulce de rapadura que resaltaba en aquel fruto con la piel pegada a la semilla pero proporcionando una delicia en las tiras un tanto correosas de su carne.

Una última probada de los jocotes, al igual que otras frutas se daba en el Huerto ubicado en el atrio de la iglesia, en donde al amparo de una imagen del Nazareno se vendían a precios más elevados, pero que por alguna razón no necesitaban pasar por el proceso de desinfección que mandaba mi abuela.

Con la llegada del domingo de resurrección, el levantamiento del ayuno y la abstinencia y el regreso a la comida de todos los días, también desaparecían los jocotes del panorama. Sin embargo, al ser una fruta insistente, al llegar el invierno, allá por agosto, salía una variedad de jocote amarillento al madurar, llamado jocote agosteño. Su sabor tenía una especial acidez y un tímido dulzor. En realidad nunca me gustó, sin embargo, siempre sentía la curiosidad respecto a esta fruta cuando era ofrecida “cocida”, misma que estaba prohibida pues según mi abuela, era cocida en agua de charco. Cuando de manera furtiva, llegué a probar los jocotes cocidos, en realidad no me supieron tan mal, como ocurría con todo aquello que estaba prohibido. En cierta época en los años cincuenta y todavía en parte de los sesenta, por la similitud del color del uniforme de la guardia nacional con la fruta cocida, se les llamaba a los efectivos del cuerpo castrense “jocotes cocidos”.

Cuando me casé, llegué a conocer en la casa de mi esposa, la cusnaca. Al comienzo, me daba cierta aprensión pues en su preparación intervenían una serie de ingredientes que no iban con lo tradicional que yo conocía y que a simple vista no rimaban, como eran los jocotes, la cebolla, la leche y el dulce de rapadura. Sin embargo, con el tiempo le fui tomando el sabor y ahora puedo coincidir con aquellos que sitúan a la cusnaca entre los dulces más sabrosos en la gastronomía nicaragüense.

Cuando viví en México, descubrí que había una variedad, no tan parecida a los jocotes de aquí y que llevan por nombre “ciruelas criollas”, pero para llenar el vacío de la ausencia, eran buenos sucedáneos. En cierta ocasión me encontré en el mercado de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, un canasto con jocotes iguales a los de acá y pregunté muy circunspecto: -Cuánto valen las ciruelas criollas y con un gesto de asombro me respondió la señora _¿Qué??? -Esos de ahí, entonces me dice: -Ah, los jocotes. –No pos sí. Me llevé todo lo que alcanzó en la valija para darnos un atracón con la familia.

A estas alturas del partido, sigo teniendo una especial predilección por los jocotes. Nunca los como con sal, como algunos conciudadanos, cosa que mi riñón agradece. Me produce escalofríos ver cómo algunos valientes consumen los jocotes con una especie de vinagreta que parece aceite de motor quemado, pero como dicen, en gustos se rompen sacos. En cuanto al precio, lo que en mi niñez compraba con cincuenta centavos puede llegar a costar fácilmente más de veinte córdobas, como si se tratara de kiwis de Nueva Zelanda o dátiles de Djerid, pero vale la pena. No he perdido el gusto por los jocotes en almíbar, sin embargo, la sombra de la diabetes parece perseguirme, azuzada por el afán de los laboratorios farmacéuticos de empujar a la humanidad hacia las enfermedades más rentables para ellos. Así pues, de vez en cuando, allá a la muerte de un obispo, pesco uno o dos jocotes del almibar o de la cusnaca y lentamente saboreo esa delicada mezcla del jocote, el dulce y lo prohibido.

Las procesiones ya casi han pasado a la historia, especialmente en la capital. En algunas parroquias sale de madrugada, tal vez para evitar el calor de la tarde o para magnificar la penitencia agregando la madrugada. De vez en cuando, me encuentro los viernes por la tarde, una mini procesión, con una veintena de fieles, solos, con una imagen en miniatura, que van jugándose la vida con el despiadado tráfico y me viene a la mente aquellos recuerdos de la niñez y me pregunto: ¿y los jocotes?

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El judío errante

 

El judío errante. Imagen tomada de Internet

 

En el cuarto de mi abuelo había un librero antiguo con puertas y sólo él tenía acceso al mismo.  No tenía llave, de tal manera que cuando mi abuelo viajaba a Managua a sus negocios, yo aprovechaba y con el máximo sigilo lo abría.  Había una gran cantidad de libros y revistas y la que más me llamaba la atención era una publicación argentina llamada “Rico Tipo” que era algo parecido al Condorito pero con más personajes, así que me llevaba una de estas revistas al patio y tranquilamente la leía, disfrutando de las aventuras de Fulmine, Fallutelli, El otro yo del Dr. Merengue y otros que ya no recuerdo.  Cuando terminaba de leerla, volvía a colocarla en su lugar y cerraba bien las puertas para no dejar ninguna huella.  Después que murió mi abuelo en 1961, mi acceso al citado librero fue más frecuente e irrestricto.  Terminé de leer la colección de Rico Tipo y seguí con las revistas Leoplán de Argentina y Carteles y Bohemia de Cuba.  En esta última me gustaba sobremanera una caricatura de humor negro a cargo del caricaturista Prohias que se llamaba El hombre siniestro.  Años más tarde me volví a encontrar al caricaturista cubano en la revista norteamericana MAD con la caricatura, más o menos del mismo corte que El hombre siniestro, llamada Spy vs Spy.

En cierta ocasión que me dedicaba a navegar por el mar de publicaciones en el librero de mi abuelo, me encontré una carpeta de papel kraft, en la que estaban guardadas varias fotografías de personas que yo no conocía, recortes de revistas y periódicos y una fotografía en particular me llamó la atención.  Era una instantánea (así le decían antes a las fotos en donde el sujeto era sorprendido, en lugar de posar para la misma) de un tipo caminando por la acera de una calle desconocida, cabello y barbas hirsutos, descuidados, vistiendo ropas harapientas y con un costal al hombro.   Para no quedarme con la duda, después de mucho pensarlo le pregunté a mi tía, una prima de mi padre que se había criado en la casa de mis abuelos, que quién era el sujeto de la foto.  Frunció la cara en un gesto de desaprobación por haber sacado aquella foto y de manera cortante me dijo: -Es el judío errante-y acto seguido me arrebató la foto y la fue a guardar a su lugar.    Le pregunté a mi madre quién era el judío errante y me comentó que era una leyenda sobre un judío que le había negado agua a Jesús en su camino al Gólgota y que éste le había condenado a vagar por toda la eternidad.    Le dije que mi abuelo tenía una foto de ese judío errante y ella se limitó a reír.  Entendí que mi tía, una vez más me había tomado el pelo, pues ella era de aquella vieja escuela en donde al niño no debía contestársele sus preguntas y en su lugar había que responderle con vaciladas.

Seguí en mis incursiones en el librero de mi abuelo y cada vez que podía volvía a registrar la foto aquella, hasta que un día la carpeta completa se perdió para siempre.  En cambio, encontré el libro “El mártir del Gólgota”, de Enrique Pérez Enrich y lo leí, encontrando ahí la historia del famoso Samuel Belibet conocido como el  judío errante.  Más o menos por ese mismo tiempo, la Radio Católica incluyó en sus dramatizaciones de semana santa la historia del judío errante y cada vez que la escuchaba, me venía a la mente aquella figura que aparecía en la foto del librero de mi abuelo. Era interesante el hecho de que en aquella época, mucha gente creía a pie juntillas que la historia del judío errante era cierta y que en la temporada cercana a semana santa, se le miraba transitar por todo el  mundo.

No mucho tiempo después, estaba yo en mi casa; tuvo que ser en tiempo de cuaresma, pues yo estaba de vacaciones en el colegio, que en aquel tiempo se extendían de febrero a abril y estaba haciendo un leve calor, sabrosón, como era el clima aquel tiempo en el pueblo.  Estaba sentado en el muro de mi casa filosofando (¡no seas malo!) cuando de repente, vuelvo a ver a mi izquierda y observo que viene acercándose un sujeto que era la viva imagen de aquel que aparecía en la foto.  Sentí que se me fueron los pulsosmmm.  El tipo aquel vestía con ropa un tanto descuidada, más no harapienta, sus cabellos y barba un tanto hirsutos y cargaba una de esas bolsas de marinero.  Se acercó y con una voz grave saludó:  -Buenos días amigo.  Haciendo un gran esfuerzo, le regresé el saludo e inmediatamente agregó: – ¿Serías tan amable en regalarme un vaso de agua para calmar mi sed?  Me quedé vacilante un momento y luego bajé del muro y fui a la cocina en donde se encontraba mi madre.  Le dije que un señor pedía un poco de agua y ella me alcanzó un vaso y lo llené de la paja (grifo) que era lo que se estilaba cuando no nos había inundado la propaganda de que debemos beber agua embotellada.    Llevé el vaso al individuo aquel y con una amplia sonrisa lo tomó y me dijo: -Muchas gracias, amigo.  –¿Cómo va todo por acá? –Bien, le respondí lacónicamente.  Empezó a apurar el líquido poco a poco, como si se tratara de un fino licor y embelesándose con cada trago.  Yo lo observaba cuidadosamente, tratando de encontrar alguna pista sobre su identidad, pero nada.

De pronto me armé de valor y le pregunté: -¿Es usted de estos lados?, así ambiguamente para ver qué me decía y él tranquilamente me contestó: -No, mi amigo, soy de muy lejos.  Recórcholis, pensé para mis adentros.  Me quedé vacilante sobre la siguiente pregunta que le lanzaría, cuando entregándome el vaso me dijo:  -De casualidad ¿no tendrás un bocado para este pobre peregrino?  Volví a la cocina con mi madre y le pregunté si no tendría algo de comer para el  señor.   Ella sin hacer ninguna pregunta, tomó un pedazo de pan, lo abrió y le introdujo un par de rodajas de jamón y me lo dio.  Se lo llevé y le pregunté si estaba bien y se limitó a decirme: -Perfecto y se lo engulló, como decían algunas viejas del pueblo, con una “hambritud” de pelón de hospicio.

Ya con cierta confianza, me atreví a lanzarle la pregunta de los 64,000 dólares.  Sin más ni más le lancé: ¿De casualidad, es usted el judío errante?  Y cerré los ojos esperando que el sujeto montara en cólera o algo por el estilo, pero para mi mayor sorpresa, después de un corto silencio me respondió: -Sí, yo soy.    –Ay, nanita, pensé.  ¿Y ahora?  En ese momento me acordé de las judeas que representaban la pasión de Cristo y en el episodio en donde van a apresar a Jesús los soldados romanos, Jesús les pregunta: -¿A quién buscais? – A Jesús de Nazareth, respondían, entonces él les decía: -Yo soy, a lo que los soldados romanos se dejaban caer al piso, dándose un soberano platanazo.   Pero a pesar de la sorpresa, yo no estaba para esos lances.

Volví a ver al supuesto judío y tratando de mostrar tranquilidad le volví a preguntar: -Entonces, ¿usted se llama Samuel Belibet?  Mostró una enorme sonrisa y me dijo: -No, mi estimado amigo, ese no es mi nombre.  Ese nombre se lo inventaron por ahí, como parte de una leyenda, pero nada de eso es cierto.  Toda esa leyenda ha sido un pretexto para ensañarse con el pueblo judío, primero los romanos y finalmente los nazis.

Ya agarrando confianza le pregunté: -Entonces ¿por qué lo castigaron?  Volvió a sonreír y me dijo, no fue un castigo, más bien fue una especie de premio, si así lo pudiéramos llamar.  ¿Premio? –le interrogué.  –Bueno, pudiera decir que fue un pago por mi silencio.  En realidad fui testigo de un hecho que si se conocía hubiese cambiado todo el curso de la humanidad.  –Rayos y centellas, pensé como los vaqueros de los paquines.  –Como mi sueño era viajar por todas partes, se me concedió el don de la inmortalidad para poder viajar por cada rincón de este mundo y todo a cambio de mi silencio.

Como era evidente que no soltaría prenda sobre lo que había visto aquel individuo, le pregunté: – Y ¿no se aburre? –Pues no, me contestó, siempre hay algo nuevo para ver, aunque a través de los siglos, el ser humano no ha cambiado nada.  –¿Y cómo viaja? Seguí con mi interrogatorio, aunque si hubiese sido en estos tiempos diría entrevista.  –Ratitos andando y ratitos a pie, dijo tratando de disimular su sonrisa y mostrándome sus zapatos agregó:  –Estas joyas me ayudan mucho, luciendo unos tenis Converse All Star. –Me los regaló el propio Chuck Taylor, dijo con cierto orgullo.

A esas alturas ya me sentía un Gabry Rivas y seguí con mis preguntas. –¿Y de qué vive usted? –Pues, con todo lo que sé y he vivido, me defiendo como asesor, trabajo un tiempecito y luego descanso otro rato y aprovecho para viajar.

Iba yo a seguir con mi interrogatorio cuando me dijo: -Bueno mi joven amigo, me voy porque tengo un negocito por el rumbo de Niquinohomo y me queda un buen trecho por caminar, agradezco mucho tu hospitalidad y en agradecimiento te voy a dejar un consejo que aprendí del propio Siddhartha: “Duda de todo, encuentra tu propia luz” y con su bolso al hombro se dirigió hacia el este.

Cuando regresé a la cocina, mi madre me preguntó: ¿y quién era el señor a quien le llevase de beber y comer? –Un judío, me limité a decir. Mi madre volvió a reír y me dijo: -Los judíos no comen jamón ni a palos, pues el cerdo es animal inmundo para ellos. –Me volvieron a tomar el pelo, pensé para mis adentros.  Al comienzo, me sentí un poco mal, al haber sido tan ingenuo, sin embargo, luego pensé que la clave de todo estaba en aquel consejo: “Duda de todo, encuentra tu propia luz”, que me ha ayudado tanto a lo largo de toda mi vida.

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