Archivo mensual: abril 2008

La sonrisa de mi padre

A la memoria del Dr. Orlando Ortega Corea

 

 

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,

 al contrario, la hacen más profunda.

 

Gustave Flaubert

 

 

En esta cansada cuesta del camino, en donde nos engañamos diciendo que ya venimos de regreso, a sabiendas que el camino es uno y el regreso es tan sólo una ilusión óptica; nos ataca, además de tantas otras cosas, el síndrome de extrañar, de echar de menos.  Nos despertamos extrañando; el transcurrir del día es un constante ejercicio de echar de menos y cuando nos rendimos a la noche, seguimos en el mismo afán.

 

En mi extensa colección de motivos para extrañar, sobresalen las tardes de domingo, con la función de cine de las tres en el Julia y el sabor del último aliento del fin de semana; aquella sensación de libertad de la niñez, en donde todo estaba arreglado, en donde todo el mundo era responsable para que todo estuviera allí, como un escenario para mi existencia y mi única preocupación era simplemente ser y estar.  Echo de menos, el correr sin cansarme, subir al árbol más alto sin más temor que ser descubierto, comer dulces sin medir consecuencias.  Me hace tanta falta el aire fresco de cuando entraba diciembre, con olor a pólvora, a corte de café, a purísimas y aquella incesante bulla, de cánticos, villancicos, partidos de béisbol por la radio y gritos inocentes en la calle.  Llego incluso, a extrañar el miedo a la noche, a la profunda oscuridad y a los fantasmas acechando debajo de la cama.  

 

Sin embargo, hay algo que extraño infinita e incesantemente y que me hace soñar con la magia de regresar el tiempo; llenarme de toda la fe de este mundo, cerrar los ojos y de repente, encontrarme frente a frente con mi padre y mirar nuevamente su sonrisa, que después del amor de mi madre es uno de los regalos más grandes que me ha dado esta vida. 

 

Cuando él sintió que su mano dejó de ser más fuerte que la mía y que ya era tiempo de dejarme buscar mi camino, sin mediar palabra alguna, me la cambió por una sonrisa.  A partir de entonces, sin excepción, cada vez que nos mirábamos, me ofrecía una tremenda sonrisa, amplia, franca, que brotaba mucho más allá de sus labios, como el arco iris que nace más allá del horizonte.  Ese regalo inigualable me daba fuerza, confianza, me devolvía la calma, al igual que en un tiempo su mano me daba seguridad infinita.  Era un destello que me decía que mis pasos iban firmes por el camino correcto o que si me equivocaba, había heredado la entereza para enmendar el rumbo.  Cuando tocaba a su puerta, esperaba ansioso encontrar esa sonrisa que me daba tanto aliento para seguir adelante y cuando enfrentaba los más agobiantes problemas, tan sólo pensar en aquella sonrisa, me daba la fortaleza necesaria para encontrar la salida.

 

Pero la vida no es vida si no nos mueve en un péndulo sin fin y de la misma manera que nos da, nos arrebata, así que una mañana, todavía muy temprano, lo encontré derribado, vencido por su vieja enemiga a quien peleando sin tregua le había arrebatado a tantos candidatos.  Me dolió tanto ese encuentro; su sonrisa había desaparecido y en su lugar un rictus ponía una lápida a la figura de mi padre. 

 

Desde entonces, vivo extrañándola a morir, sin resignación, buscándola incesantemente.  Muchas mañanas, me sorprendo ante el espejo, tratando de encontrarla en mi propio rostro, o tal vez, ensayando el mejor regalo que puedo darle a mis hijos.

 

 

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Y que los muertos entierren a sus muertos

Cementerio Central de la ciudad de Managua, Nicaragua

 

 

Como un consuelo para las familias dolientes, el Cementerio Central de Managua tiene una leyenda en la parte superior de su entrada principal que reza: Letum non omnia finit, La muerte no lo termina todo.  Este fragmento de los versos del poeta latino Propercio ante la muerte de su amada Cynthia, nos recuerda la trascendencia del ser humano después de su hora final; sin embargo, le faltó al poeta cavilar sobre el hecho de que lo que la muerte no termina, el tiempo se encarga de hacerlo.

 

Era el inicio del siglo XX y con el ánimo de proporcionar a los Managuas un remanso de paz en donde sus difuntos pudieran dormir el sueño de los Justos, el entonces alcalde municipal, Don Samuel Portocarrero, inició en el año 1912 la construcción de un moderno cementerio en el occidente de la ciudad, contiguo al barrio Monseñor Lezcano. El Cementerio Central de Managua fue finalizado en el año 1922 y por esas ironías de la vida le correspondió al propio Don Samuel tener el honor de ser el primero en ser enterrado en dicho cementerio.  Desde entonces ese recinto ha recibido a la mayor parte de los Managuas que han pasado a mejor vida.  Sin embargo, el camposanto, con sus 40 manzanas y cerca de 400,000 lotes, que un día se creyó sobrado para este menester, de pronto se fue abarrotando al punto que recientemente las autoridades de la Alcaldía de Managua, responsables de la administración del mismo, han declarado que no está en condiciones de adjudicar nuevos lotes en ese cementerio, pues su capacidad está totalmente cubierta.  Algunos estudiosos, con cierta dosis de morbo, han realizado una estimación de la cantidad de personas enterradas en este cementerio y que llegan, con una precisión al estilo Firuliche, a un total de 1,807,211 al día de hoy.

 

Ante la creciente expansión de la ciudad capital hacia el Este a finales de la década de los 50, el Distrito Nacional que en ese tiempo equivalía a la Alcaldía de Managua, construyó el Cementerio Oriental en el extremo del Barrio El Edén en un terreno de 18 manzanas, iniciando sus servicios en el año 1959. Este recinto también ha sobrepasado su capacidad original al punto de que se han estado utilizando para inhumación, áreas comunes que originalmente estaban destinadas a andenes y áreas verdes.        

 

Existen otros cementerios en la ciudad capital pero son de menor dimensión y de carácter local, como el de San Judas, el de Nejapa en el kilómetro 9.5 de la carretera vieja a León, el de San Isidro de la Cruz Verde, de la Pista Jean Paul Genie para el sur y el de Sabana Grande, en las cercanías del Aeropuerto Internacional.

 

Como ya estamos en el siglo XXI, no podía concebirse una ciudad capital moderna sin cementerios privados, así que anticipándose a la demanda de este tipo de servicios, en la década de los noventa iniciaron operaciones dos elegantes cementerios, uno en el camino viejo a Santo Domingo y otro en Ticuantepe.  Las empresas que manejan estos recintos copiaron lo mejorcito de los camposantos latinoamericanos y lo adaptaron a nuestro ambiente, de tal suerte que si uno visita cualquiera de ellos observará un extenso campo verde, con una grama cuidada con esmero y en donde se respira una paz espiritual sin igual, a tal extremo que dan ganas de morirse. No obstante, los precios de los lotes podrían hacerlo resucitar y volver a morirse, pues uno de 1.5 metros cuadrados para tres ocupantes puede rondar los 5,000 dólares.  Dicen las malas lenguas que un cementerio público que había empezado a habilitar la Alcaldía de Managua en las cercanías de la carretera a Masaya, de repente, como por arte de magia pasó a manos privadas y los ahora “inversionistas” lo están convirtiendo en cementerio privado.

 

La Alcaldía de Managua ha declarado su preocupación por este problema y tiene planes para la construcción de uno o más cementerios para darle servicio a las necesidades de la ciudad capital, pues aparentemente ya dio por perdido el cementerio de la Carretera a Masaya.  Sin embargo, los hechos ocurridos recientemente con el problema de la basura, nos hacen pensar que cualquier iniciativa de la Alcaldía podría caer en una “churequización” del asunto, pues en el los cementerios existen mafias organizadas de vándalos y gente inescrupulosa que comercian con la muerte y si es verdad que no han llegado al límite de profanaciones, todo lo que son flores, mármol, herrería, imágenes, adornos y demás son vilmente saqueados y comercializados por estas aves de rapiña, que al tener la facilidad y apoyo para organizarse podrían poner en jaque cualquier iniciativa de la Alcaldía.

 

De esta manera pende sobre las cabezas de los Managuas, cual espada de Damocles, un problema inminente que se vislumbra en el corto plazo y es la sorpresa que puede llevarse una familia doliente al momento de querer enterrar a su difunto y encontrarse que no tiene alternativas para hacerlo.  Generalmente el nica es reacio a pensar en la muerte como evento inexorable y por lo tanto, los arreglos para ese día son en la mayoría de los casos motivo de indolencia o superstición.  Cuando llega la muerte, quien no respeta planes, ni sueños, ni ilusiones, sino que nos sorprende como decía Jorge Manrique, tan callando; causa un estupor tal que nos hace emitir una serie de perogrulladas como: -No es posible, -No puede ser, si yo la miré ayer.  -Pero si yo hablé con él por teléfono, -Si yo la miré tan bien hace dos días.  -Cómo que se murió si me debía.  Después de la consternación comienza la conciencia de que en algún momento habrá que inhumar al fallecido, quien en esos momentos ya duerme el sueño eterno y son los familiares quienes empiezan a padecer el crujir de dientes y a sostener el espíritu y sus alrededores a dos manos.

 

Generalmente es un pariente cercano quien se hace cargo de todos los trámites y gestiones, pues a pesar del dolor mantiene la cabeza fría y en algún momento llega al Cementerio Central, pues ahí la familia tiene un lote en donde le han hecho campito a ocho difuntos y que podría aguantar uno más, pues todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar.  Pero al momento de ir a ver el lote, plenamente identificable, pues tenía una lápida con las placas de los familiares muertos, ¡oh sorpresa!, se encuentra que en el mismo lugar está enterrada una persona completamente desconocida, con lápida y placa nueva.  Al momento de ir a la administración del cementerio viene a desayunarse que la familia no había pagado por cinco años consecutivos la anualidad del lote y por lo tanto, tres meses atrás la administración del cementerio procedió a desalojar a los ocupantes, depositándolos en un osario y adjudicó el lote a un nuevo poseedor.

 

La familia comienza a desesperarse y surge como alternativa la cremación del difunto, sin embargo, los sectores fundamentalistas de la familia pegan el brinco a nivel del record mundial de salto alto y exclaman al unísono: -¡Pero cómo…!  Luego viene el debate sobre el tema de la resurrección de los muertos a la hora del juicio final, la acción y efecto de los gusanos, hasta que al final ponen contra las cuerdas a quienes propusieron esa alternativa al punto que la abandonan.  Luego se pone sobre el tapete la opción de enterrarlo en un cementerio privado, sin embargo, cuando averiguan los precios de un lote, aun el más pequeño y más alejado de la rotonda central, empiezan los deudos a “camisearse” hasta que por el súbito déficit de voluntades y/o recursos deben también desechar esa alternativa. 

 

Finalmente, uno de los parientes recuerda que unos tíos abuelos en otra ciudad, de donde son originarios, tienen una cripta y pueden realizarse los arreglos para que mediante una módica suma puedan arreglar una inhumación en ese distante cementerio.  Así que después de intensas discusiones, un cortejo fúnebre deja la capital y se dirige hacia el pueblo, en donde, por fin el muerto podrá descansar en paz, no así sus familiares más cercanos, quienes al pensar en la lejanía y el costo de los combustibles, no tendrán tranquilidad en sus corazones.

 

Hay una locución latina que dice: Omnia mors aequat, la muerte todo lo iguala, sin embargo, en estos dorados tiempos esa máxima dejó de tener la validez universal que tenía, pues si bien es cierto la muerte convierte a todos en difuntos, hay de difuntos a difuntos y mientras los familiares de unos tendrán la tranquilidad de que sus restos sean inhumados de manera digna y expedita, otros pasarán las de Caín y habrán sorpresas, discusiones y demás antes de que puedan encontrar la resignación y paz espiritual que necesitan. 

 

 

  

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La persistencia de la memoria

Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.

Antonio Porchia

 

 

 

Cuando se menciona a Israel Lewites, la mayoría de la gente, en especial los Managuas asocian inmediatamente este nombre con un mercado de la capital.  Para algunos es el lugar en donde asiduamente compran o venden, para otros es una mancha sucia y caótica en el occidente de la ciudad, para otros es la parada de autobuses para León y Chinandega y para muchos es tan sólo un vago lugar de referencia.  El nombre propio que perteneció a una persona de carne y hueso, poco a poco ha venido perdiendo identidad y se va disolviendo en el éter del tiempo y todo porque en el afán de perpetuar su memoria, bautizaron a un lugar tan cotidiano con su nombre.

 

 

Conocí a Israel Lewites Rodríguez en el Instituto Pedagógico de Diriamba, ingresó al colegio en tercer grado de primaria.  Estudiamos juntos unos años, sin embargo, cuando la toma de Diriamba y Jinotepe en 1960, su padre y su hermano Herty estuvieron involucrados en el movimiento rebelde y su familia tuvo que salir del país.  Regresó al colegio a tercer año de secundaria proveniente de El Salvador y continuó con el grupo hasta que nos bachilleramos en 1967. 

 

 

Israel era un año mayor que yo, tenía una figura menuda, era bajo y delgado, pero a pesar de su tamaño manifestaba una gran confianza en sí mismo.  Era brillante, además de ser inteligente era aplicado y siempre se manejó entre los mejores de la clase.  Afortunadamente el nuestro era un grupo más empecinado en aprender que en destacar y no existían rivalidades para ocupar los primeros lugares, así siempre se daba una rotación entre los que se ubicaban en el primer lugar: Moisés Baltodano, Faustino Tapia, Federico Frenzel e Israel, de ahí el resto nos acomodábamos sin problema en los siguientes puestos, con la seguridad de que los últimos lugares los ocuparían los futbolistas.

 

 

Recuerdo muy bien su casa, ubicada muy cerca de la Iglesia El Calvario de Jinotepe.  Tenía una arquitectura fuera de lo común, parecía arrancada de una postal de un pueblo europeo y plantada en aquella ciudad.  Me parece recordar que en un tiempo tuvieron en esa casa un cafetín o algo parecido.  También su padre, había instalado contiguo a la Iglesia El Calvario una fábrica de caramelos y chocolates llamada Bambi, en donde, entre otras cosas, producían unos toffees muy buenos parecidos a los Kraft.  Yo le preguntaba a Israel si él podía tomar los caramelos que quisiera y me respondía que se había empachado y no quería ni verlos.  Se me hacía extraño que alguien pudiera empacharse de comer caramelos. 

 

 

A diferencia de su hermano Herty, que hablaba de manera campechana y un tanto atravesada, Israel hablaba con mucha propiedad.  Tenía una gran habilidad para expresar de una manera clara y directa sus ideas y destacaba en los debates que se propiciaban en el Colegio. Sin embargo, una de las grandes cualidades de Israel era su capacidad para escuchar y con el tiempo uno valora cada vez más esa virtud en la gente, pues muchos de los compañeros en ese entonces no escuchaban, sólo trataban de ser escuchados.

 

 

No podría decir que en aquella época Israel externara públicamente sus inquietudes políticas, pues cabe la aclaración que el debate político no estaba permitido en el Pedagógico, así como tampoco ninguna manifestación de apoyo a cualquier movimiento de esta naturaleza.  En una ocasión cuando los estudiantes de quinto año de ese entonces, encabezados por Edmundo Jarquín promovieron una huelga en apoyo al movimiento estudiantil nacional, las autoridades del colegio, en represalia, suspendieron el acto de graduación de los bachilleres.  En nuestro grupo, el único que se atrevió a utilizar la práctica de oratoria como palestra en apoyo a Fernando Agüero fue el Cuervo Pérez, con la posterior reprimenda de parte del titular, el Hermano Javier, quien nunca volvió a cederle la palabra. 

 

 

En el quinto año el grupo se unió más.  Quizá sería la madurez que anticipa el bachillerato, podría ser la consciencia de que era el último año que estaríamos juntos o tal vez el dolor que sentimos cuando a inicios de año murió nuestro compañero Valmore Valladares.  En ese año, había más confianza, incluso de parte de algunos profesores.  El Dr. Bayardo Cordero a quien cariñosamente le llamábamos Propil, dejaba atrás su rigor de la clase de química y empezaba a hablarnos de hombre a hombre, con recomendaciones incluso mundanas y en voz baja desautorizaba las amenazas de las asechanzas del demonio que nos inculcaban los reverendos hijos de La Salle.  Durante la gira que tradicionalmente hacía el quinto año al Ingenio San Antonio se manifestó una camaradería sin igual, cantamos en el trayecto y hasta se nos permitió tomar uno que otro trago de Flor de Caña en el bar del Ingenio. 

 

 

Cuando pasaron los exámenes privados de fin de año, el Hermano Javier anunció que todos habíamos aprobado, a excepción de un futbolista.  La alegría inundó el salón y se desbordó en aplausos, sin embargo, Israel se levantó y se dirigió a donde el reprobado y le manifestó su solidaridad.  Luego vino la preparación para el examen público que se realizó en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, en donde nuestra promoción aprobó en bloque con unanimidad y gran mayoría.  El grupo y algunos profesores fuimos a celebrar al Town Club de San Marcos y esa fue la última vez que departimos juntos.  Luego llegó la ceremonia de promoción y en medio de la emoción y el protocolo, nos saludamos y a la vez nos despedimos, pues cada quien realizó su propia celebración en su casa. 

 

 

Después de ese día, la mayoría no nos volvimos a ver.  Al poco tiempo Alfredo Brantome murió en un accidente automovilístico.  A finales de 1977 yo trabajaba en el Ministerio de Agricultura cuando escuché la noticia de que Israel había muerto en un ataque al cuartel de la Guardia Nacional en Masaya.  Me dolió mucho saber que un guardia analfabeta había terminado con la vida de un joven tan brillante y como ser humano, extraordinario.

 

 

A finales de los noventa por azares del destino estuve trabajando de cerca con Danilo Gutiérrez Arévalo, quien además de haberse bachillerado en nuestra promoción era de Jinotepe.  Recordamos a todos los compañeros y en especial a Israel y quedamos en organizar una reunión con los sobrevivientes, sin embargo, unos meses después Danilo falleció de un fulminante infarto al corazón.

 

 

Por eso, cuando al transitar por el By Pass observo el rótulo que dice Israel Lewites, nunca pienso en el mercado, pienso en aquel muchacho menudo, de una recia personalidad y a quien tuve la suerte de conocer y ser su condiscípulo.

 

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Y la Balada habitó entre nosotros

Pionero de la balada en español

Uno de los tantos síntomas que nos indican que la niñez se ha ido es el interés que empezamos a ponerle a la música.  Cuando las melodías que antes nos agradaban o nos desagradaban empiezan a tener cierto sentido; cuando la letra de las canciones significa más que un estribillo a repetir, cuando nos damos cuenta de que cada intérprete tiene un estilo propio y aunque no tengamos todavía la agudeza mental para descifrar todas las metáforas que encierran algunas canciones, quiere decir que ya rondamos la adolescencia.

 

La década de los sesenta llegó cuando yo recién había cumplido diez años.  Nicaragua en ese entonces observaba con emoción a un mundo en plena efervescencia.  El país se había contagiado de esa optimista sensación de la post guerra cuando se pensaba que todo iba a ir mejorando de manera constante y por siempre. La tecnología se movía de manera vertiginosa y nos dejaba con la boca abierta cada una de sus manifestaciones.

 

La cantidad de radiodifusoras en el país se había ampliado significativamente con las expectativas que mostraba el incremento en la cantidad de receptores de radio que se habían vendido en los últimos años, debido en gran parte a las facilidades ofrecidas por las ventas al crédito que empezaron a expandirse a finales de la década de los cincuenta.  Estaba por aparecer el radio de transistores que vendría a cambiar drásticamente el mercado de la radiodifusión en Nicaragua.  Este fenómeno vino a arrancarle a la roconola su carácter monopólico como fuente de la música que escuchaba el pueblo.

 

De esta manera, la década de los sesenta nos trajo un enorme acceso a la música que se escuchaba en el mundo y en especial en Latinoamérica, a pesar de que nos llegaba diferida con casi un año de retraso y a través de México.  Los años cincuenta finalizaron viendo apagarse a un bolero un tanto desgastado y que logró sobrevivir la década gracias a la popularidad de los tríos y al bolero ranchero creado por el compositor mexicano Rubén Fuentes, secundado por José Alfredo Jiménez e interpretado por Pedro Infante.

 

Las diferentes manifestaciones de finales de los cincuenta nos anticipaban que vendrían grandes cambios en la música y el género romántico en español no iba a ser una excepción.  A inicios de la década surgieron dos temas que confirmaron estos cambios y le correspondió a Marco Antonio Muñiz interpretarlos.  Cuando este gran cantante mexicano decidió separarse del trío Los Tres Ases e iniciar su carrera como solista, tomó estos dos temas de Rubén Fuentes con letra de Rafael Cárdenas y nos deleitó con un estilo único.  Escándalo y Luz y sombra fueron estos temas que marcan un parte aguas en la música romántica en español del siglo XX y que presentaban un estilo novedoso que no era el que mantuvo el bolero.  A partir de entonces, la música romántica en español no sería lo mismo.

 

De esta forma, fuimos testigos de la súbita aparición de un nuevo género.  Sin previo aviso, sin ninguna nota en los periódicos que lo anunciara, simplemente de repente, en las etiquetas de los discos en donde se anotaba el género musical (bolero, cha-cha-cha, mambo, ranchera, merengue), estaba uno nuevo: la balada.

 

Esta súbita aparición no dio lugar para que existiera una crónica detallada del momento exacto y el lugar en donde se fraguó este género.  Existen varias vertientes de dónde pudo haberse derivarse la balada.   La primera fuente de la balada es indudablemente el bolero y aquí es importante señalar que la línea que los divide es tan tenue que a veces es difícil distinguirlos, sin embargo, a manera de ejemplo de esta transición puede mencionarse al gran compositor mexicano de boleros Roberto Cantoral quien alcanzó la fama con sus boleros inmortales El Reloj y La Barca, sin embargo a fines de los sesenta entró en el territorio de la balada con gran éxito a través del tema El Triste, que lanzó al estrellato a José José.

 

También pueden encontrarse raíces de la balada en la música popular estadounidense.  Para esa época, el rock and roll hacía convulsionar a la juventud, sin embargo, siempre había lugar para las manifestaciones románticas y de esa forma, Paul Anka, Neil Sedaka y Pat Boone, entre otros, alcanzaron la fama con este tipo de interpretaciones.  En México, los artistas de la nueva ola que a finales de los cincuenta interpretaron “covers” de los grandes éxitos del Rock and Roll, como Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Angélica María y Manolo Muñoz, de pronto se inclinaron por estas baladas pop e iniciaron una larga carrera con los “covers” de este género y que pronto se convirtieron en grandes éxitos a nivel latinoamericano como: Tu cabeza en mi hombro, Oh Carol, Mi pueblo, Diana, Así que adiós, Dile adiós, Cien kilos de barro, Oye, Uno de tantos, Mi corazón canta, Más, Payasito, Loco amor, La historia de Tommy, Olvídalo, El Pecador, Perdóname mi vida.  Lo gracioso es que la gente en Latinoamérica se acostumbró a estas versiones en español, olvidándose que eran simplemente “covers” de éxitos en inglés, de tal manera que en algún momento se llegó a conocer a Paul Anka como el César Costa canadiense.

 

Por otra parte, la música popular italiana se internacionalizó en la década de los cincuenta, gracias a los grandes éxitos obtenidos por Domenico Modugno y en forma general por el recién iniciado Festival de San Remo (1951).  Canciones como Nel blu dipinto di blu, Piove y Dio come ti amo,  dieron la vuelta al mundo y tuvieron una influencia enorme sobre la música en español.  Es importante señalar una canción que impactó al mundo, por su letra sensual y atrevida para los cánones de la época y que obtuviera el segundo lugar del Festival de San Remo de 1958 en la voz de Nilla Pizza; se trata de L´edera, cuya versión es español La hiedra fue “bolerizada” por el trío Los Panchos y tuvo un singular éxito, a pesar de haber sido prohibida por más de alguna censura.  Es claro que esta canción es un villancico comparado con la letra de muchos reggaetones de hoy.

 

En cierto grado, la canción romántica francesa también tuvo influencia en el desarrollo de la balada en español.  Puede resaltarse en este caso a cantautores de la talla de Charles Aznavour, con sus temas Venecia sin ti, Por lo tanto y Morir de Amor;  Jacques Brel, con el inmortal Ne me quitte pas, Gilbert Becaud con Et maitenant y Alain Barriere con Emporte moi, que llegó a nosotros convertida en: Y volveré.

 

A pesar de que en esa época la música popular alemana no tuvo una gran proyección a nivel internacional, merece mencionarse a un compositor de ese país, Bert Kaempfert que de manera ingrata fue olvidado.  Aunque su estilo interpretativo era el jazz y el swing, compuso algunas baladas que engrandecieron a muchos artistas, entre ellos al propio Frank Sinatra: Ojos españoles, Extraños en la noche, Danke Schoen, Red roses for a blue lady, entre otras.

 

De esta manera, en la década de los sesenta se formó el crisol de donde surgió la balada en español que se ha mantenido vigente durante los últimos cuarenta y cinco años.  Lo interesante es que es un género que no tiene reglas complicadas, más que ser de ritmo lento y que debe ser cantada con el acompañamiento de un grupo u orquesta.  Algunos estudiosos quieren adjudicarle aspectos de género, sin embargo, lo que distingue a la balada es su sencillez.

 

Después que en sus primeros años, la balada se desarrolló a partir de “covers” de temas extranjeros, un compositor mexicano iniciaría una prolífica producción original en español.  Había iniciado su carrera como pianista, arreglista y compositor.  Una de las primeras incursiones en la balada fue un tema compuesto especialmente para Angélica María en 1965: Paso a pasito.  Armando Manzanero recorrió un largo camino antes de animarse a lanzarse como intérprete y a partir de entonces sus principales baladas se convirtieron en éxitos internacionales como Somos Novios, Adoro, Esta tarde vi llover.  Existen algunos estudiosos que afirman que algunos de los principales éxitos de Manzanero son boleros y no baladas, lo cierto es que en este autor difícilmente podrían etiquetarse sus composiciones.

 

En Argentina, a inicios de la década de los sesenta, Leo Dan iniciaría una larga carrera musical con baladas de corte sencillo pero que cautivaron a la juventud latinoamericana y que abriría el camino a otros artistas argentinos como Leonardo Favio y Palito Ortega.

 

En Chile en 1968 se formó un conjunto denominado Los ángeles negros que con su inconfundible vocalista Germaín de la Fuente crearon un estilo muy particular en la balada romántica latinoamericana.

 

En España, a finales de los sesenta, un ex futbolista compuso e interpretó una balada, que lo iniciaría en una exitosa carrera dentro de este género al punto de poseer el record Guiness de más discos vendidos en diferentes idiomas a nivel mundial.  Este cantante es Julio Iglesias y su primer tema fue La vida sigue igual, que se convirtió en un himno de resignación.  En Nicaragua esta balada fue utilizada para interpretarse en misas de difuntos, como coadyuvante en la resignación y de esta manera, la guitarra que estaba proscrita por la solemnidad que debían guardar los templos, se coló a estos recintos, contribuyendo a que el decoro musical que se mantenía en los mismos se fuera al traste para siempre.  Para ese tiempo surgirían en ese país grandes compositores de baladas como Manuel Alejandro y Juan Carlos Calderón, que abrieron el camino a muchos intérpretes como Raphael y Mocedades, entre otros.

 

En Brasil, otro fenómeno musical nacería al amparo de la balada romántica que inundaría con su música por varias décadas a América Latina: Roberto Carlos.  Cabe señalar que sus éxitos Amada amante y Detalles, marcarían un hito en la historia musical de Latinoamérica.

 

Merece la pena recordar el último esfuerzo realizado en los sesenta para rescatar el bolero a cargo del malogrado cantante mexicano Javier Solís, que a través de boleros rancheros se posicionó en los primeros lugares de las preferencias latinoamericanas.  Sin embargo, es importante señalar que uno de sus grandes éxitos, He sabido que te amo, no es más que un “cover” de una balada italiana llamada Ho capito che ti amo de Luigi Tenco y que en su momento también interpretó Nicola Di Bari.

 

En Nicaragua en los años sesenta se originó la fiebre de conjuntos musicales que se orientaron básicamente al rock and roll y en su mayoría “covers”, sin embargo, se mantiene en el recuerdo de muchos nicas una balada original que en 1962 grabó Polidecto Correa, uno de los pioneros de la música moderna en Nicaragua, acompañado por los Polimusic y que con el nombre de “Subiré” logró ocupar el primer lugar en el Hit Parade nacional por muchos meses.

 

Para la década de los setenta, la balada se consolidó en el gusto del público latinoamericano.  Los autores de este género proliferaron en toda la región y vinieron a enriquecerlo.   En España destaca la obra de Joan Manuel Serrat, de quien se dice que no es un cantautor sino un poeta que se vale de la música para compartir su poesía, así mismo resalta la enorme calidad de José Luis Perales, también Rafael Pérez Botija y la populachera y no menos extensa producción de Camilo Blanes.  En México surgiría el controversial cantautor Juan Gabriel que logró el éxito moviéndose entre la balada y la canción ranchera, así como también Lolita de la Colina, Massias y Sergio Esquivel.  En Nicaragua, Carlos Mejía Godoy a inicios de los setenta compuso un tema para la participación de Nicaragua en el Festival OTI, esta balada festivalera se llamó Soy un ciego y fue interpretada por Mauricio Peña.

 

En la época actual la balada sigue teniendo un lugar privilegiado en la música a nivel mundial, aunque le toca convivir con géneros tan diversos como el rock, la cumbia, el merengue, el reggaeton, el rap, la música grupera, la bachata, el vallenato, entre otros.  Lo importante es que las nuevas generaciones de compositores de baladas han inyectado sangre nueva al género, manteniéndolo siempre vigente y en el marco de la realidad de los tiempos.  Nuevos valores como Shakira y Juanes en Colombia, así como Alex Syntec, Fato y Julieta Venegas en México, Franco de Vita en Venezuela, le han dado una gran vitalidad a la balada.

 

Existe casi un consenso universal en el sentido de que la mejor balada en inglés de todos los tiempos es Yesterday de Los Beatles, sin embargo, menuda tarea sería tratar de seleccionar la mejor balada en español.  Dicen que en gustos se rompen géneros y en petates vaya usted a saber.  Creo que cada quien tendría su propia propuesta y tal vez nunca se llegue a un consenso.  Yo me apuntaría a Lucía de Joan Manuel Serrat.  ¿Y usted?

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