Archivo mensual: agosto 2013

Los turco-circuitos

Corto circuito.  Foto tomada de Internet

No cabe duda que el habla nicaragüense guarda una dinámica extraordinaria y se ha movido a través del tiempo al compás de los eventos fundamentales que han impactado nuestra cultura, como podría decirse de la transculturización que se ha derivado del proceso de globalización, así como de los movimientos migratorios que se intensificaron a partir de la década de los ochenta.  De la misma forma puede decirse de las catástrofes naturales que han provocado siempre cambios radicales en todas las expresiones culturales.

El terremoto de 1972 vino a dar un vuelco significativo en la vida de los capitalinos y en general de todos los nicaragüenses y a partir de entonces surgieron nuevos vocablos y expresiones a la vez que desaparecieron muchos que estaban ligados a la vieja ciudad.

Una de estas expresiones que quedó entre las ruinas de Managua fue “Turco-circuito”,  vocablo derivado de “Corto circuito” y que se usaba en los casos en que esta falla en un sistema eléctrico era la causa de un incendio.

Después que los capitalinos observaron que de manera misteriosa la voracidad de las llamas consumieron los establecimientos comerciales de inmigrantes del Oriente Medio en el centro de la ciudad, sin mayores evidencias fácilmente achacaron el siniestro a un ardid de los comerciantes para cobrar el seguro que cubría a dichos establecimientos en el caso de estas eventualidades.

Aquí es importante aclarar el porqué del gentilicio devenido a hipocorístico “turco” aplicado a todos los inmigrantes provenientes del Oriente Medio, independiente de su país de origen.  Según algunos investigadores, la única manera que un ciudadano de toda la región del occidente de Asia viajara a estos lares era consiguiendo una visa en Turquía que era el único país que tenía un consulado para dicho trámite.  De esta manera todos los inmigrantes viajaban mediante una visa otorgada en Turquía, de tal forma que libaneses, palestinos, judíos, árabes, libios, jordanos y demás eran etiquetados rápidamente como “turcos”.

Estos inmigrantes eran gente trabajadora y se dedicaban principalmente al comercio, en donde en su propia versión del español anunciaban las más sorprendentes ofertas de precios bajos.    Iniciaban vendiendo de manera ambulante y después de muchos sacrificios lograban instalar un establecimiento comercial, preferentemente en los alrededores de los mercados Central y San Miguel de la vieja Managua.

Por otra parte, la práctica de asegurar un negocio y luego provocar un incendio para cobrar la póliza correspondiente era de vieja data y ocurría en cualquier país del mundo.  Es más, en Nicaragua ya había sido utilizada ocasionalmente por uno que otro comerciante local.  Casi siempre a pesar de las sospechas en esta práctica, al no tener el cuerpo de bomberos, especialistas en la investigación de este tipo de eventos, casi siempre se determinaba que la causa del incendio era un corto circuito y al final la compañía aseguradora debía pagar la suma asegurada al inconsolable comerciante.

No obstante, allá por la década de los cincuenta bastó  que ocurrieran tres eventos en tiendas propiedad de “turcos” para que el ingenio de los capitalinos cambiara el término de corto circuito por el de “turco circuito”, vocablo que quedó acuñado para clasificar a un incendio en un establecimiento comercial, independientemente del origen del propietario del local, en donde se sospechara que no era accidental.

El terremoto de 1972 provocó en la ciudad voraces incendios que redujeron a cenizas gran parte del centro de la misma y en donde no quedó ni la menor duda del origen del mismo.  Después del evento, el comercio comenzó a instalarse de manera desordenada por varios puntos de la ciudad y poco a poco fue disminuyendo los eventos en los que parecía que un siniestro era provocado por su propietario a fin de cobrar un seguro.  De esta manera el vocablo “turco circuito” quedó en desuso hasta el punto en que a estas alturas para todos aquellos menores de cuarenta años, es algo completamente desconocido.

Ya un incendio provocado para cobrar un seguro es un evento casi en desuso.  En primer lugar debido a que los cuerpos de bomberos tienen técnicos que al mejor estilo de CSI, pueden determinar desde el detonante, el acelerador y demás pormenores que dieron origen al siniestro, así que pueden concluir fácilmente si un incendio fue provocado o no.  Por otra parte, las instalaciones eléctricas han avanzado con la tecnología de tal manera que a menos que se trate de sistemas improvisados con mal material, no son sujetos de provocar un corto circuito.  Finalmente las compañías aseguradoras, como venados “lampareados”, son más precavidas en la administración de pólizas de seguro, hasta el punto de que pecan de ser más papistas que el papa.

El año pasado tuve que renovar mi automóvil y por la debilidad de mis finanzas tuve que sacarlo al fiado a través de un crédito bancario, el cual conseguí sin mayor problema, sin embargo, me obligaron a tomar un seguro de vida por aquello de las cochinas dudas.  Empecé a pagar mis cuotas formalmente, incluyendo el seguro de vida, sin embargo, de pronto recibí un requerimiento de la aseguradora de llenar formulario tras formulario sobre aspectos de mi salud, los primeros llenados por el suscrito, luego por mi médico y después por especialistas, electrocardiograma y finalmente querían meterse con mi próstata y ahí los paré en seco, manifestándoles que era absurdo que se preocuparan más por mi salud que algunos de mis amigos o que yo mismo.

Regresando a los “turcos”, en la actualidad se ha ampliado la inmigración de todos esos países y aunque ya no tienen que pasar por Turquía, no escapan a ese apelativo debido a la dificultad de identificar su país de origen.  Algunos de ellos siguen trabajando en el sector comercio, aunque han ampliado la gama de sectores dentro de esta actividad y otros ya incursionan en las finanzas y otras actividades básicas.  Los descendientes de los primeros inmigrantes son en su mayoría destacados profesionales.   Me imagino que celebran que haya desaparecido esa etiqueta un tanto racista que por algunas décadas tuvieron que portar.

A pesar de lo anterior, las prácticas fraudulentas no han desaparecido, sino que han buscado caminos más refinados y no es extraño ver a individuos, no sólo extranjeros, sino que paisanos de alcurnia y rebuscas como diría don Mario Fulvio, campear por todo el país con un bate de aluminio en la mano y ¡ay de quien se descuide!, pues ni las monjitas se escapan.

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Aquellas noches de terciopelo azul

Fred Astaire y Ginger Rogers.  Foto tomada de Internet

El pasado domingo encontré de casualidad  en la televisión un programa sobre el álbum “Duets II”, que el renombrado cantante norteamericano Tony Bennett grabara en 2011 con celebridades del mundo musical, en ocasión de su cumpleaños 85.    Podría decirse que todas las interpretaciones son una verdadera joya, tanto en los arreglos como en la interpretación a dúo de temas que fueron emblemáticos en la carrera del gran crooner.

Fue una grata experiencia escuchar temas como Watch what happens con Natalie Cole, Stranger in the paradise, con Andrea Boccelli, The way you look tonight con Faith Hill, It had to be you con Carrie Underwood, How do you keep the music playing, con Aretha Franklin, o bien Body and Soul con la desaparecida Amy Winehouse.  No obstante, fue algo muy especial escuchar el tema Blue Velvet a dúo con la controversial k. d. lang (así lo escribe ella).

Para quienes llegamos a la adolescencia en los años sesenta, esa canción en especial representa una época mágica.  A pesar de que la versión de Tony Bennett salió con un éxito inusitado en 1951, en Nicaragua no fue sino hasta fines de 1963, comienzos de 1964, que el cover de Boby Vinton rompió los records de audiencia y se convirtió en una de las melodías más solicitadas en las fiestas juveniles de aquel entonces, cuando todavía los conjuntos musicales no alcanzaban la cobertura que luego llegaron a tener y eran los equipos de sonido que animaban todas las fiestas y tertulias de esa época.

Para ese entonces, la mayoría de las amigas del pueblo estaban cumpliendo sus quince años, así que con bastante regularidad asistíamos a las fiestas correspondientes, además de todas las tertulias que se organizaban con el menor pretexto.  La mayoría de las fiestas estaban revestidas de formalidad, así que debían asistir los varones de traje y corbata y las muchachas aprovechaban para lucir sus mejores galas de conformidad con la moda imperante.  Nosotros no éramos tan ajustados a eso de la moda y el traje del desfile escolar y una corbata cualquiera bastaba para alcanzar el toque de elegancia necesario.  Las amigas por su parte, dedicaban un buen rato en la víspera para arreglarse e ir al salón para que les hicieran a punta de secadora y laca, un peinado “embombado”, que las ponía al dernier cri además de ganar, junto con los zapatos de tacón, algunas pulgadas extra de estatura.

En esos tiempos, las canciones que se bailaban se clasificaban en dos grandes categorías, “agarrado” y “suelto”.  Obviamente la mayoría de los danzantes preferían bailar “agarrado” es decir, piezas de carácter romántico a ritmo de bolero o balada, siguiendo el protocolo de la época.  El caballero tomaba a la dama, rodeando suavemente su espalda a la altura de la cintura con el brazo derecho, mientras que con la mano izquierda tomaba delicadamente la mano derecha de ella, formando con el brazo una escuadra hacia arriba.  Ella por su parte descansaba su mano izquierda en el antebrazo de él.  Dependía de la afinidad de la pareja para que la dama permitiera acercar la mejilla del caballero a la suya (si la estatura lo permitía) y bailar como se llamaba “de cachetito” o como decía Fred Astaire “cheek to cheek”.     También estaba la variante que en lugar de la escuadra que mantenía los brazos en el aire, permitía al varón llevar la mano de la dama suavemente aprisionada contra la parte izquierda de su pecho.  Este estilo tenía el inconveniente que la dama podía adivinar el ritmo cardiaco del varón, al estar su mano muy cerca del corazón de él.  Cuando la pareja llevaban un noviazgo declarado y aceptado por la familia de ella,  él entrecruzaba ambos brazos por la espalda de la muchacha y ella rodeaba con ambas manos, el cuello de él, que es lo que llamaban “de cantarito”.

Por mucho tiempo las baladas de Enrique Guzmán, César Costa, Los hermanos Carrión, Ray Conniff, entre otros aportaban los temas que eran de la preferencia de los danzantes, hasta que llegó Blue Velvet y desde entonces dicho tema se repetía hasta la saciedad mientras las sillas se quedaban vacías y todo el mundo salía a la pista a disfrutar aquella delicia de melodía, que además del romanticismo que en su tiempo tuvo la versión de Tony Bennett, la nueva interpretación de Vinton tenía un ritmo sin igual.   Era normal observar que cuando las parejas bailaban este tema, todos llevaban cerrados los ojos, cada quien soñando su propia fantasía.   Es pertinente recordar que en aquellos dorados tiempos, nadie entendía la letra de la canción, pues los conocimientos de inglés de la mayoría de los jóvenes no llegaban ni al nivel de Wachu (Éxito) y lo máximo que se llegaba a saber, por la traducción de los locutores era que Blue Velvet significaba Terciopelo Azul, de tal manera, que la apreciación del tema se basaba exclusivamente en la melodía y el sentimiento que le imprimía Bobby Vinton.

Sin temor a equivocarme, creo que la mayoría de aquellos jóvenes, que ahora ya están adentrados en los sesenta paquetes y orgullosamente ostentan la membresía de la tercera edad, bailaron ese tema cientos de veces y solo quienes presentan los síntomas del alemán no se emocionarán al escucharla.

Creo pertinente recordar que en aquellos tiempos había un marcado respeto a las compañeras de baile, con las consabidas excepciones de uno que otro barbaján que no falta en cada localidad, de tal manera que ellas determinaban los límites del estilo de bailar y el varón simplemente tomaba la iniciativa al “llevar” a su pareja de acuerdo al ritmo, aunque en algunos casos ellos se dejaban “llevar”.  Traigo esto a colación debido a que es totalmente repugnante ver en la actualidad ciertos “bailes”  como el del caballito o esos perreos en donde la dama es tratada peor que un objeto.  Lo patético del caso es que las féminas después de clamar por la equidad de género y amenazar con llevar a los tribunales a un cristiano que ha osado piropearla, por la noche, en un antro, graciosamente dejan que un vulgar pelafustanes les lance los epítetos más procaces que ponen a la mujer a nivel de lampazo, sólo porque tienen música de reggaetón de fondo.  Habrase visto.

Casi inmediatamente después llegaron los conjuntos, la invasión inglesa y demás corrientes de la nueva ola, que dieron un tremendo vuelco a la música y por ende al baile.  Poco a poco, el estilo de baile “agarrado” fue sufriendo una metamorfosis, hasta que en un punto casi desaparece pues todos los ritmos se bailaban frente a frente, moviendo el cuerpo al compás del ritmo de cada tema.

Fue interesante que en el año 1986, el cineasta norteamericano David Lynch, quien como nosotros, indudablemente debe haber bailado aquel tema infinidad de veces, bautizara a uno de sus films más connotados en honor a la versión de Bobby Vinton de Blue Velvet.  En esa película que definitivamente sacudía a los espectadores, tuvimos la oportunidad de admirar a Isabella Rossellini que de manera sensual interpreta una extraña versión dicho tema y era inevitable recordar a su madre Ingrid Bergman.

Así pues, desde Bobby Vinton y su Blue Velvet ha llovido por casi medio siglo.  De vez en cuando me encuentro a una de aquellas amigas de baile de esa época y en primer lugar, me congratulo porque tengo la enorme suerte de que todas ellas me recuerdan con singular cariño.  Luego, cuando tengo que admitir que aunque uno no lo quiera, el tiempo hace estragos en nuestras humanidades,  basta con entornar un poco los ojos y poner play a ese reproductor de recuerdos que llevamos integrado en nuestro interior y súbitamente aparece aquella cálida voz de Vinton cantando:  “She wore blue velvet, bluer than velvet was the night, softer than satin was the light, from the stars…” y vuelvo a ver a aquella muchacha menuda, con su primoroso vestido, tal vez azul, su cabello embombado y sus zapatitos de tacón, entonces sus ojos vuelven a tener el brillo de la adolescencia y sin dudar le digo:

-Caramba niña, el tiempo no pasa por vos.

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