Archivo mensual: marzo 2013

Las amarillas tardes

Doña Griselda Rosales de Ortega. Foto Celeste González

Este 8 de marzo, precisamente en el día internacional de la mujer, nos tocó ir de entierro.  Una vez más recorrí el trecho que va desde la parroquia de San Marcos, hasta el cementerio municipal.  Acompañaba ahora a mi tía Chelda a su última morada, al lado de mi recordado tío Emilio.  Mientras el ataúd bajaba a la tierra, de pronto el cielo me pareció que cambiaba al amarillo intenso de mi niñez.  No sé por qué razón, pero siempre he creído que las tardes de aquella época guardaban otro color, no era el pálido intenso de estas tardes, en donde pareciera que el sol amenaza con caernos encima, sino que era un amarillo más tirándole a rojizo o naranja.  Nunca he sido muy bueno para describir los colores, pero definitivamente era un amarillo completamente diferente.

En aquellas tardes, recuerdo invariablemente las figuras juveniles todavía de mis padres y en especial las de mi tío Emilio, que por el cariño entrañable que le guardábamos era nuestro papá Emilito, para distinguirlo del abuelo del mismo nombre, así como la de su esposa Griselda, de una esbeltez tremenda que la hacía parecer modelo de un figurín.  A pesar de que mi tío trabajaba en el servicio exterior, fueron muchas temporadas en que vivieron en el pueblo y era un deleite para mí convivir con mis primas mayores, casi de mi misma edad.  Recuerdo los paseos vespertinos hacia la estación de trenes, o al parque Jorge Robleto, una caminata hacia El Convoy o a La Corina de don Silvestre Pérez, amigo de la familia o bien un paseo en un Ford 28 de doña Amada v. de Somoza, hacia una finca al lado de Santa Teresa.  Al igual que todas las fotografías viejas, van tomando un tono sepia, todos esos recuerdos están enmarcados en medio de ese amarillo tan particular que predominaba en esas tardes.  Cuando los tres hermanos y sus respectivas familias se reunían era una verdadera fiesta, todos los primos haciendo tropelías en el patio de la farmacia del abuelo, mientras los adultos departían escuchando a Agustín Lara, Lupita Palomera, Pedro Vargas y demás música de la época.

Mi tía Chelda era exageradamente ordenada, estricta y escrupulosa; mantenía una férrea disciplina con sus hijas y pretendía que yo a mi corta edad me comportara como uno de los miembros del cuerpo diplomático con un trato exquisito hacia mis primas, cuando en realidad yo era un irredento que podía jugar con ellas, abrazarlas o bien darles un coscorrón cuando creía que se lo merecían, lo que provocaba la ira de mi tía que reclamaba castigos ejemplares para mi persona.  Sin embargo, nos sorprendía cuando llegaba a nosotros con las manos escondidas y diciendo: -Chin chilillo, a lo cual todos debíamos responder inmediatamente: -Yo cuchillo, haciéndonos entonces acreedores a dulces o chocolates que repartía en profusión.

Mi tía nunca se cansaba de darme consejos en el trato hacia las muchachas, pues decía que la fineza en el mismo hacía distinguir a un joven elegante de un simple guardia.  Yo en realidad aspiraba a parecerme a mi tío Emilio, quien vestía con una elegancia mayúscula, cuando tenía que vestir formal se distinguía con sus bien cortados trajes y cuando debía vestir sport, lo hacía también con un estilo único.  Manejaba su carro con guantes de cuero y lentes de sol.  Su trato era exquisito y manejaba la ironía como una filigrana.  Ortega al fin.  Comía con la elegancia de Cary Grant, manejando magistralmente los cubiertos y hacía gala de un profundo conocimiento de vinos y licores.

Faltando un par de semanas para los quince años de mi prima Giselle que se celebrarían en Tegucigalpa comme il faut, un domingo de mayo de 1964 llegó muy temprano un telegrama en donde avisaban a mi padre que mi tío Emilio había fallecido esa madrugada de un infarto al miocardio.  Acompañé a mi padre al aeropuerto, en donde con el corazón atravesado vimos como un Douglas DC-7 de la Fuerza Aérea Hondureña arribaba, con mi tía Chelda, sus hijas y mi tío inerte en un fino féretro.  No me alcanzan las palabras para describir todo el dolor que llegó en ese avión, pues nadie daba crédito a la noticia de la muerte de mi tío, pues era de las personas que se esperaba que llegaría a anciano con la extrema elegancia que mantuvo toda su vida.   Mi casa quedó impregnada de todos esos sentimientos que se acumularon durante la vela de mi tío y al día siguiente recorrimos ese funesto camino hacia el cementerio, en donde fueron muchas las esquinas en donde algún orador tomaba la palabra para exaltar la memoria de Don Emilio Ortega Corea.

No lograba imaginarme todos los sentimientos de mi tía, que además de todo lo que significó la inesperada partida de mi tío, a las pocas semanas su madre, Doña Emelina, falleció también.   Muchas gentes en el pueblo apostaron a que mi tía perdería la razón, pues nadie podía reponerse de semejantes golpes, sin embargo, se equivocaron, nadie supo de dónde sacó  fuerzas para levantarse y seguir el camino.  Conociendo su capacidad, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, acordaron dejarle el puesto que dejó mi tío y de esa manera, con el corazón en pedazos, mi tía se levantó y tomó decididamente el timón de aquel barco que aparentemente había quedado a la deriva.

Fue una verdadera lección de entereza la que mi tía le dio a todo el mundo, con valentía asumió el doble papel de padre y madre y continuó la cotidiana batalla por la vida.  Una vez al año regresaba con sus hijas al pueblo y para nosotros era motivo de inmensa alegría reunirnos con esos elementos significativos de nuestra niñez.  Mi tía no parecía reponerse definitivamente, pues en su rostro no volví a adivinar aquella sonrisa de cuando nos gritaba: -Chin chilillo.

Luego con el tiempo dejamos de vernos por un enorme espacio y no fue hasta mediados de los noventa cuando yo regresé de México y ella de Costa Rica cuando reiniciamos una estrecha relación.  Yo dejé de ser aquel muchacho inquieto, malcriado y demás, para convertirme en el hijo varón que nunca tuvo, el hermano que sus hijas siempre añoraron. Muchos fueron los sábados en que pasamos con sus hijas reconstruyendo todas las escenas de la niñez y dando rienda suelta a todos nuestros recuerdos.  Volvía a ver en su rostro aquella sonrisa que recordaba de mi infancia, cuando nos acercábamos a la medianoche riéndonos de todas las anécdotas jocosas de esos tiempos.

Durante todos mis cumpleaños, ella siempre estuvo a mi lado, festejando la ocasión, así como en todos los eventos significativos de la familia.  Sin embargo, fue a partir de un asalto sufrido en la soledad de su casa, que su vida comenzó a declinar.  El ataque que sufrió fácilmente hubiera llevado a la muerte a cualquier persona, pero no a ella, mientras el asaltante golpeaba su cabeza contra el suelo, ella tomó fuerzas para agarrarle los dídimos y apretarlos con la fuerza de un ninja, de tal forma que el ladrón salió en desbandada aullando gritos de dolor, ahora con su nueva voz de Joselito.  No obstante, después de ese golpe, sucedieron una serie de acontecimientos, varias caídas vinieron a minar la salud de hierro que había mantenido y aquella vela, que tal como decía Elton John nunca perdía intensidad con el atardecer, poco a poco se fue consumiendo.  Su participación en las conversaciones de los sábados fue disminuyendo poco a poco, limitándose solamente a escucharnos.

En el año dos mil diez, celebramos con júbilo los noventa años de la tía Chelda, con la participación de gran parte de la familia y amigos cercanos.  Fue un acontecimiento único en donde departimos alegremente, a tal punto que me animé a cantar una canción para ella y que por cariño de los asistentes no me pidieron parar.

Cuando presenté mi libro en agosto pasado, además de la enorme satisfacción de contar con la participación de la mayoría de mis hermanos, familiares y amigos entrañables, sentí un enorme gusto al ver entre la audiencia a dos pilares fundamentales de mi niñez, mi tía Chelda y mi maestra Ofelita Ortega, ambas en sillas de ruedas.

A finales del año pasado, después de una enfermedad que me postró por cerca de dos semanas, tomé fuerzas un sábado y fui a visitarla.  Cuando le comenté que había pasado enfermo, me dijo con su voz, cada vez más apagada: -Te hubieras venido para acá, aquí sobran manos para atenderte con cariño.  No pude responderle nada, simplemente le di un beso, pues sentí que las palabras no hubieran podido salir de mi boca sin quebrarse. 

El 7 de marzo, temprano de por la mañana recibí la llamada de mi prima Giselle, avisándome que hacía algunos minutos, mi tía había fallecido.  Afortunadamente no tuvo una agonía prolongada, sino que con la mayor placidez, se marchó de este mundo.  No me sorprendió la noticia, pues sentía que ella ya merecía descansar.

Cuando el albañil terminó de cerrar la tumba de mi tía, sentí que ahí quedó una gran parte de mi niñez.  Debí haber tomado la palabra para expresar mi sentir en ese evento, sin embargo, estaba seguro que mi voz no hubiera resistido la emoción y se hubiera roto al primer intento.  El cielo como decía, me pareció tener un tono de amarillo intenso y con el corazón en la mano emprendí mi regreso, con la plena conciencia de que cada vez, de manera inexorable, me afianzo más en esa primera fila que me han cedido tantas gentes queridas.

Descanse en paz, tía Chelda

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Amor del bueno

Amour

Esa tarde había muerto Hugo Chávez, ¿o fue acaso esa madrugada?, lo cierto es que como era de esperarse, por la noche, el Gobierno encadenó a todas las televisoras nacionales para emitir su llanto oficial, dejando el crujir de dientes para otra ocasión y apegándose a la Ley de Herodes, con la complicidad del proveedor de cable, propiedad de Carlos Slim (por algo el hombre más rico del universo), el resto de canales fue suspendido.  Como en ocasiones similares, a fin de no ser cómplice en este asunto, apagué el televisor y me disponía a escuchar música y continuar mi lectura de “La región más transparente”, cuando recordé que mi hermano Ovidio me había enviado un DVD con la película “Amour”, de Michael Hanake, ganadora de la Palma de Oro del festival de Cannes y del Oscar como mejor película extranjera, entre otros importantes premios.

“Amour” es una película en donde Hanake, con una singular maestría realiza una disección de la vejez y del alma humana en estas circunstancias, de tal forma que a todos aquellos que ya no vemos a los protagonistas, dos ancianos octogenarios, como los abuelos, ni siquiera como nuestros padres, pues ellos ya nos cedieron la primera fila, sino como a nosotros mismos en un breve plazo.  De esta forma, la película nos sacude hasta los huesos y nos saca la cabeza de la tierra en donde como avestruces nos sumergimos ante una inminente realidad.

La primera impresión en la película me la llevé al ver a Jean-Luis Trintignant, aquel jovenzuelo lleno de vitalidad que protagonizó en “Un hombre y una mujer” en 1966 a un apuesto corredor de autos, convertido ahora en un venerable y frágil anciano.  Como decía Alejandro Dumas, no es lo mismo “Los tres mosqueteros” que “Veinte años después”, mucho menos cuarenta y siete.  Con esa dramática impresión se adentra uno en una película que bordea los límites más dramáticos de la ancianidad, cuando de manera súbita, la enfermedad hace de las suyas, convirtiendo la dignidad de los seres humanos en algo menos que una piltrafa.

La historia narra como una pareja de octogenarios, músicos retirados que viven su ancianidad en plenitud, gozando de un cómodo retiro en París, cosechando lo que una fructífera carrera les proporcionó, el ingrato destino de la noche a la mañana hace que la protagonista, interpretada de manera sublime por Emmanuelle Riva, sufra una serie de accidentes cerebrales que le arrebatan poco a poco todo, desde su vitalidad e independencia, hasta la última gota de dignidad.  Su esposo, quien  la venera, de pronto encara uno de los papeles más difíciles para un ser humano, como es el de apoyo a una pareja enferma y le toca enfrentar, en medio del terror que esto significa, todas las aristas que llega a representar el amor.

El desenlace, anticipado al inicio de la película es espeluznante, de tal forma que el espectador queda con el alma en vilo.  La película es de esas joyas, que no obstante el arte que las engalana, toca las fibras más profundas del alma humana.  Es una película para admirar una filigrana de dirección, una actuación insuperable y un guión que nos hace reflexionar sobre lo inevitable de la muerte y más aún, lo ignoto de los caminos en que llegaremos a ella, pero sobre todo, es una lección de amor, como diría José Alfredo amor del bueno.

En fin, Amor es una película que hay que ver, pero hay que asistir a la función con la mente abierta, desligada de tantas ataduras que la envuelven.  No se la pierdan.

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El tren hacia el olvido ya partió

Estacion de Masaya.  Foto Celeste González

Decía el poeta catalán Miquel Martí Pol “No hay presente: todos los caminos son recuerdos o preguntas”.  Son muchas ocasiones en que reflexiono sobre mis recuerdos respecto a todo lo que me ha tocado vivir y llego a la conclusión de que he tenido la suerte (¿será suerte la mía?) de vivir en una época en que la tecnología se ha desarrollado de una manera tan vertiginosa, que me ha permitido ser testigo de la aparición de cosas que en determinado momento parecían ser solo una fantasía.  Cuando tenía unos ocho años, mi madre me llevó a ver la película “1984”, basada en el libro de George Orwell, con un tema tan elevado para mí, que lo único que se quedó grabado en mi memoria fue la omniprescencia del Gran Hermano, a través de cámaras que captaban la vida de todos los ciudadanos.  Me pareció una utopía y  que tal vez nunca lo vería yo en la realidad.  Ahora con una cruel naturalidad vemos la presencia cada vez mayor de aspirantes a Gran Hermano y toda una maquinaria de cámaras, satélites, monitores y organizaciones que amenazan con mandar al traste nuestra precaria intimidad.

Aun así, no desarrollo ningún arrepentimiento de haber nacido en esta época. Tuve el privilegio de ser testigo, a veces presencial y a veces de oídas de los grandes acontecimientos del siglo XX.  Conocí y tuve el placer de caminar palmo a palmo la vieja Managua, miré el surgimiento de la televisión, primero en blanco y negro y luego a colores, la aparición del radio de transistores, la grabadora de casettes, el CD, el VHS, el DVD y el Blue Ray.  Seguí de cerca la conquista del espacio, desde el viaje de Yuri Gagarin, la conquista de la luna, hasta la llegada a Marte de la misión espacial Curiosity.   Viajé desde los tetramotores Viscount, hasta los modernos jet, desde los viejos Buick, hasta los vehículos con inyección electrónica de combustible.  Comencé realizando operaciones aritméticas con los dedos, luego con una sumadora National, luego una Casio cuyos números titilaban y ahora con una aplicación en mi teléfono celular u hojas de cálculo en Excel.  Mis primeras fotos las tomé con una Kodak Brownie Fiesta y ahora sigo mi afición con una Panasonic Lumix.

No obstante existe algo que me impactó tanto, que aún ahora sigue en mi mente como uno de los recuerdos más impresionantes y es el ferrocarril. Fueron muchas tardes que acompañé a mi madre a la estación del ferrocarril en San Marcos, en donde, casi puntualmente a las cinco de la tarde arribaba el tren proveniente de Masatepe y Masaya.  La espera se acortaba cuando se escuchaba el poderoso motor de vapor de la locomotora echando alma, vida y corazón en la cuesta que iniciaba en la finca de don Carlos Romero y que a veces parecía provocar un paro en el corazón del coloso en movimiento y así, entre interminables resoplidos, la pesada máquina pitaba, tañía una campana y se detenía en la estación, provocando un enorme revuelo entre pasajeros, vendedores y público en general.

Era una época en que la mayoría del transporte, de personas y de carga, se realizaba por vía férrea, en los tramos de Corinto a Managua, Managua a Granada, Managua, Masaya y los pueblos circunvecinos hasta Diriamba, sin contar con el ramal de San Jorge a San Juan del Sur.  De la misma manera, se desarrollaron centros de comercio en cada estación del ferrocarril, que provocaban una enorme ebullición y un ruido ensordecedor con todos los pregones que emitían los pequeños comerciantes.  El poeta leonés Edgardo Prado escribió en los años 30 un poema llamado Los pregones de Masaya en donde retrata de manera impresionante el palpitar de la estación de la ciudad de las flores, pieza que es declamad de manera sin igual por la distinguida dama de Masaya, doña María Antonia Bermúdez.

Tuve la oportunidad de viajar en un par de ocasiones a Chichigalpa, en donde residía un amigo íntimo de mi padre y su familia.  Fue toda una aventura, pues en vehículo salíamos de madrugada de San Marcos hacia Managua, en cuya estación tomábamos el ferrocarril hacia Chichigalpa y en donde sentía una emoción tal que sentía que mi corazón latía con la misma fuerza del enorme tren, que recorría, chiqueándose, toda la franja del Pacífico, pasando por Mateare, La Paz Centro, Nagarote, León y luego Chichigalpa, bordeando en un gran trecho el lago de Managua, con la imponente figura del Momotombo, ronco y sonoro al  fondo.  No tenía el tren la elegancia del Expreso de Oriente, más bien parecía uno de los trenes de la Indian Railways, sin embargo, la excitación que provocaba en los niños era sin igual. Lo que más me impresionó fue cuando le pedí a mi padre que me llevara al excusado, que en mi mente me imaginaba uno elegante y cuál no sería mi sorpresa cuando miré un asiento como de pon pon que daba directamente a la carrilera, provocándome cierto mareo el observar los durmientes que pasaban a toda velocidad bajo mis ojos, mientras descargaba mi vejiga.  Luego me reía sólo cuando me imaginaba todas las peripecias que había que hacer para hacer del dos. No obstante, lo que más se quedó grabado en mi mente, fue el olor del vapor de agua que se metía en mis narices durante todo el viaje junto al olor a cuero de los asientos del vagón.

Cuando mejoró la infraestructura vial del Pacífico, realizamos dicho viaje por automóvil, dejando atrás el recuerdo del viaje en ferrocarril.  Luego llegaron las máquinas diesel y posteriormente el sistema comenzó a agonizar.  Durante la administración Somoza, el ferrocarril equivalía al INSS de ahora, que es la caja chica del Gobierno, más bien de los gobernantes y de tanto que la ordeñaron, la empresa indefectiblemente se dirigió a la quiebra.  Posteriormente, otros funcionarios más visionarios, vendieron hasta el hierro de las vías del tren, desapareciendo el vestigio del coloso en todo el territorio, salvo algunos pequeños tramos en donde todavía se adivina la vía.

Las estaciones del ferrocarril con el tiempo se fueron deteriorando hasta quedar algunas en puras ruinas, sin embargo, algunos gobiernos locales comprendieron el valor histórico y cultural de estos sitios y se dieron a la tarea de reconstruirlos y dejarlos como patrimonios de la comunidad.  Claro ejemplo de lo anterior son las estaciones de Granada, Masaya y Masatepe, entre otras.

Así pues ahora el ferrocarril en Nicaragua no es más que un melancólico recuerdo de aquellos que tuvieron la suerte de conocerlo, de realizar alguna travesía a bordo del mismo y guardar en su memoria el ruido y olor asociado a su marcha.  Algunos todavía tendrán en su memoria auditiva la algarabía de las estaciones con un sinfín de pregones y ahora sienten en las solitarias estaciones, tan sólo el ruido de los pasos que se pierden en el eco de esos recintos, mientras el tren hacia el olvido ya partió.

 

 

 

 

 

 

 

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