Archivo mensual: noviembre 2018

Llévame al país de las maravillas

 

Mientras transitamos pesadamente por este inmenso valle, las demás ausencias se opacan, las desapariciones de famosos, que en todas partes del mundo se deploran profundamente, terminan por pasar de puntillas por nuestro entorno.  De esta manera el fallecimiento de Charles Aznavour, el más grande cantante francés de los últimos años, ocurrido este primero de octubre a la edad de 94 años, llamó nuestra atención, aunque no rebasó las otras penurias que parecen enquistarse a nuestro alrededor.  Mientras tanto el mundo entero se consternó y lloró ante la pérdida de esta figura emblemática del entretenimiento de la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días.   Avalan su figura, más de 100 millones de álbumes vendidos, un repertorio de cerca de 1,500 canciones de las cuales más de 800 son de su autoría y por si fuera poco, fue además actor y participó en cerca de ochenta películas.

A pesar del éxito que a nivel mundial había alcanzado Aznavour, desde la mitad del siglo pasado, en Nicaragua pasó casi desapercibido.  Quiero suponer que las apreciaciones del mercado realizadas por las disqueras regionales, allá por los años sesenta, consideraron que no tendría el impacto suficiente para que fuera rentable su promoción por estas latitudes y prefirieron voltear hacia otra parte.  Por eso debo de admitir que salvo alguna ligera referencia, no conocí a este gran cantautor sino hasta los años ochenta, cuando viví en México.

Cuando recién llegado comencé a integrar mi acervo musical prácticamente de cero, un amigo me regaló dos cassettes Memorex de 90 minutos cada uno, uno con el repertorio de Shirley Bassey y el otro con una colección de los mejores éxitos de Charles Aznavour.  Ahí me di cuenta que algunos de los temas de este afamado cantante nos habían llegado a través de covers.

A mediados de los años sesenta conocimos el tema, interpretado por Alberto Vázquez: Te espero mismo que aparece en los títulos de la película “Perdóname mi vida” protagonizada por este cantante y Angélica María.  Aquí cabe la aclaración la canción original fue una composición conjunta entre Gilbert Bécaud, quien escribió la música y Charles Aznavour que se ocupó de la letra.  Ambos artistas la cantaron, cada quien en su estilo y la versión de Alberto Vázquez tiene un acompañamiento copiado al carbón de la versión de Bécaud, un tanto al estilo de las grandes bandas.  Yo prefiero la versión de Aznavour, pues el estilo de la orquestación es más depurado.  La letra de la versión de Vázquez desde luego es un intento de traducción del tema original.

Más o menos para esa misma época, el cantante argentino Juan Ramón, apodado “Corazón” nos llevó una versión muy bien lograda de Venecia sin ti, que Aznavour había elevado a lo más alto de la fama e incluso con una versión en español que nunca nos llegó, cuya letra es la misma que la del argentino.  La voz de Juan Ramón, que ya había captado el gusto popular con su tema “Se ha puesto el sol”, influyó para que dicha canción quedara para siempre en la mente de todos los nicaragüenses.

En ese mismo tiempo, un día mi padre se apareció con dos discos Long Play, ambos de un pianista tico, desconocido para todos, llamado Vernon Hine, apodado El Pibe.  Los discos llevaban como título “En casa con el Pibe Hine” volumen uno y dos.  Era un popurrí de varios temas, como Niebla del riachuelo, Caminos de ayer, La flor de la canela y muchos más.  Entre ellos estaba una muy buena versión del tema de Aznavour, Et pour tant (Y sin embargo) traducida como Y por tanto. A todos en la casa les gustó el estilo de El Pibe, así que aquellos discos fueron escuchados innumerables veces.

Años más tarde, conocí el tema Yesterday when I was young, en una versión de Andy Williams, sin saber que se trataba de Hier Encore de Aznavour.

Así fue que por muchos años, aquel cassette que gentilmente me había regalado mi amigo Roberto Martínez, fue mi fiel acompañante,  aficionándome a la música de Aznavour.  Años más tarde, ya de regreso en Nicaragua, decidí ingresar a la Alianza Francesa, pues sentía que esa música, más que escucharla había que leerla, como decía el propio Aznavour.    Luego vino el Internet y Youtube y fue más fácil adentrarme al mundo de aquella música.

Al leer la noticia de la muerte de Aznavour, inmediatamente se me vino a la mente el tema Hier encore, que nos hace reflexionar sobre la profundidad de la nostalgia de los años perdidos, ese divino tesoro que se fue para no volver:  “Apenas ayer, tenía veinte años, acariciaba el tiempo, jugaba con la vida, como se juega al amor y vivía la noche, sin contar con mis días que  escapaban en el tiempo”.

Tuve la oportunidad de ver el video del funeral de Aznavour.  Impresionante ver como el hijo de inmigrantes armenios, con una niñez llena de penurias y una feroz lucha para llegar a destacar, fue distinguido en su muerte con uno de los honores más elevados en Francia:  un funeral de Estado, el homenaje más grande ofrecido a un artista francés en toda su historia.  En el Patio Interior ( Cour d´honneur ) del Palacio de los Inválidos, en donde reposan los restos de Napoleón, se realizó el evento solemne en donde asistió la  crème de la crème de la intelectualidad, con la participación de los presidentes de Francia Emmanuel Macron y de Armenia Armen Sarkissian, quienes dirigieron sendos emotivos discursos enalteciendo la figura de Aznavour.

Al terminar el acto, el ataúd de Aznavour, cubierto por la bandera francesa, cargado por diez militares y seguido por una corona de flores que formaban la bandera de Armenia, es llevado fuera del patio, mientras el coro de la Guardia Republicana (aunque usted, ni nadie por aquí pueda creerlo) entonó el tema Emmenez moi (Llévame) una de sus canciones más emblemáticas y que en una parte dice:  “Llévame al final de la tierra, llévame al país de las maravillas, creo que la miseria sería menos penosa al sol” sin haber sospechado que en el final de la tierra, en el país de las maravillas, la miseria se magnifica al sol.

Finalmente, los restos del Aznavoice, como también se le conoció, salen por el Cote du Nord del patio y se pierden de vista, mientras viene a la mente una infalible verdad, que el cantante pareciera dirigir a todos:  Et je t´attands ( Y yo te espero ).

Reposer en paix

 

 

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La reconciliación

 

Cuento

Orlando Ortega Reyes

Cuando la Clarisa le puso cuidado a la letra de aquella canción sintió que resumía todo lo que estaba viviendo.  Era un bolero ranchero y lo interpretaba un dueto bien acoplado que se llamaba Las Hermanas Núñez, pero que como era costumbre en aquella época se manejaban frecuentemente en diminutivo, Las hermanitas Núñez.   El tema en cuestión había lanzado a la fama al dueto y su título era Reconciliación.

Le impactó el inicio de la letra del tema que decía:  “Quisiera convencerte que es mentira, que yo te traicioné con otro amor, pero mi orgullo me ha detenido y no podrás gozar mi humillación”.  En realidad, en el fondo de su conciencia sabía que había traicionado a René, su novio de varios años, pero ella por lecciones aprendidas lo negó rotundamente en el primer y único reclamo que le hizo René y en donde le anunció que le daba la quiebra, como se decía en aquel entonces.   Ella también pensaba que traición, traición, no fue.  Fue más bien un momento de debilidad, en donde con par de cubas entre pecho y espalda, un tema romántico en la consola y aquel individuo alto, fuerte y sobre todo insistente, lo que le había hecho perder el juicio y por así decirlo, hasta la apelación.  Era el cumpleaños de la Sandra, una amiga de la Clarisa quien la había invitado a una “fiestecita”. René tenía clases por la noche y como cursaba el quinto año de Contabilidad no podía darse el lujo de faltar.  Así fue que la Clarisa muy quitada de la pena, asistió sola al cumpleaños y ahí fue donde el tipo aquel, amigo de un amigo de la cumpleañera se acercó y le echó la convencedora para bailar y poco a poco, la fue poniendo contra las cuerdas, hasta que llegó el momento en que salieron a tomar el fresco de la calle, cuando el otro fresco la tomó entre sus brazos y le clavó un beso al estilo de Burt Lancaster en “De aquí a la eternidad”, por lo que a ella no le quedó de otra que hacerle a la Deborah Kerr, con tan mala suerte que en esos precisos momentos, en la acera de enfrente salía de una casa la Tere, una prima de René.

La Tere quien le tenía un especial cariño a René, pues prácticamente habían crecido juntos, se sintió con el ineludible compromiso de pasarle al costo lo que sus ojos habían presenciado aquella noche, con todos los detalles.  René con la frialdad que le caracterizaba, procesó la información y para rematar el asunto, poco después por otra fuente supo que la Clarisa había vuelto a ver al individuo aquel y habían ido al cine Ruiz en donde continuaron su romance.  Así fue que René decidió cortar de raíz su relación con la Clarisa.

El problema se le complicó a la Clarisa pues en cierto momento sopesó su situación como la del mono que está bien agarrado de dos ramas y puede soltar una u otra mano, pero el caso es que el tipo aquel de repente se esfumó de la misma manera como había aparecido.  Por eso fue que decidió seguir aquella estrategia de negarlo todo rotundamente, tanto para sí misma como para el resto del mundo y al igual que la canción decidió que no se iba a humillar rogándole a René que le creyera y que regresara con ella.  Por otra parte, el tema aquel profetizaba: “Despréciame si quieres vida mía, castígame si estás en tu deber, que nada ganarás con tu ironía y siempre con mi amor has de volver. Te digo que procedes por capricho, por algo que no tiene explicación y mientras me castigas te castigas y sueñas con la dulce reconciliación”.

La Clarisa tomó aquella canción como un himno.  Mientras el éxito estuvo solo en el radio llamaba a todos los programas de complacencia para dedicarle la canción a René.  Cuando apareció el disco, lo buscó por todo Managua y su monomanía fue ponerlo día y noche hasta que se rayó.  De la misma forma, cuando llegó a las roconolas le pagaba a un lustrador que vivía por su casa, para que fuera a ponerlo en donde René pudiera llegar a escuchar esa canción.

Mientras la Clarisa mantenía la firme creencia que al final de todo, René regresaría a ella, que la extrañaría tanto que se olvidaría de aquel episodio, que la perdonaría y ella, manteniendo su dignidad, aceptaría aquella reconciliación que los llevaría irremediablemente al altar.  René por su parte, fue firme en su decisión, pues no estaba dispuesto a caminar con su frente adornada.  Además en contabilidad hay momentos en que irremediablemente hay que hacer un cierre de ejercicio y sintió que aquel era el momento.

El tiempo fue pasando, la canción aquella fue desapareciendo del ambiente, pero en la mente de la Clarisa, todavía resonaba aquello de la dulce reconciliación.  René procuró evitar los lugares en donde podían coincidir, pero aun así, ella no perdía las esperanzas.  Luego apareció en todas las emisoras el tema “Una lágrima por tu amor” interpretada por Estela Núñez, quien por cierto no tenía nada que ver con las Hermanitas Núñez, pero por aquella asociación o bien por influencias de Leo Dan, muchos la conocieron como Estelita Núñez.  Con aquella canción la Clarisa se fue resignando a que René no volvería con ella, refugiándose en aquella línea de la canción que decía: “Te quise tanto, que tal vez nunca te olvidaré, fuiste el primer amor y no volverás”.  Aunque para decir verdad, René había sido su primer novio formal, pero antes había tenido más de un par de “enviones” como ella los catalogaba, con muchachos de su barrio.

Al poco tiempo vino el terremoto y la Clarisa y su familia tuvieron que abandonar su casa y refugiarse en el barrio La Primavera, donde unos parientes.  René también tuvo que dejar su casa y se fue con su madre donde una tía en Santa Ana.  La Clarisa encontró trabajo de secretaria en una empresa constructora, en auge por el dinamismo de la construcción.  La empresa de importación y exportación donde trabajaba René lo promovió después de titularse y le ayudó para que comprara una casa en Las Brisas y al poco tiempo encontró a una auditora con quien inició una relación y luego se casaron.    Cada quien consiguió construir su propio camino, pues la Clarisa que de vez en cuando soñaba con René, consiguió que un ingeniero se fijara en ella y al tiempo llegaron a casarse.  René fríamente tomó aquel episodio como si fueran unos estados financieros, declarados, auditados y archivados luego en un Ampo que quedaría en una oscura bodega.

Corren los tiempos actuales y en unas oficinas del Seguro Social, en la sección de Prestaciones Económicas, los derechohabientes que ahí acuden, en su mayoría de la tercera edad, después de tomar un número se sientan pacientemente a esperar su llamado.  En una silla espera un individuo que transita los setenta, cuando muy cerca de él llega a sentarse una señora, más o menos de la misma edad, aunque físicamente un poco más traqueteada, como si viviera en terracería.  Inocentemente vuelve a ver al señor de al lado y le pregunta qué número tiene, él cortésmente se vuelve y le dice que el 28.    La señora que tiene el 30 le dice gracias, pero cuando mira bien al individuo aquel, a pesar de las canas, las arrugas y los gruesos lentes, lo reconoce y exclama, disimulando un poco la emoción: -René.  El señor la vuelve a ver extrañado al verse reconocido por alguien que le pareció extraña, pero al exprimir el disco duro llega un momento en que hace un clic e inconscientemente dice: -Clarisa.  Luego ella sale con la perogrullada: -Tanto tiempo.  En verdad –agrega él al mismo tenor. Ella se acuerda de aquella canción de Hernaldo y agrega: -¿Cómo te va? deteniéndose ahí y dejando a un lado aquello de que lo miraba un poco más flaco.  Tranquilamente René responde: -Muy bien.  Ella le pasa el escáner detenidamente y en efecto físicamente se mira bien y su camiseta de lagartito, su pantalón Docker, junto a unos mocasines Hush Puppies, acusan una holgada posición.  El reconocimiento y su chispa al hablar no hacen sospechar ninguna afección mental.    René agrega: – Y a vos, ¿Cómo te ha ido?  Ella responde inmediatamente: -Muy bien, no me puedo quejar.  Fríamente René hace un reconocimiento y en efecto, en términos generales ella se ve bien, a pesar de que su piel por naturaleza es muy propensa a las arrugas y un buen tinte cubre las canas que deben de proliferar. Acusa una ligera escoliosis y su cuerpo se asemeja al de la madre, tal como la recordaba.  Su ropa, nos es ninguna baratija, aunque carece de buen gusto, sin embargo, el collar en juego con los aretes se miran de cierto valor, su cartera es de diseñador y concluye que para salir así a esa oficina, seguro debe de transportarse en vehículo propio.  René le contesta:  -Me alegra mucho y se acomoda de nuevo en su asiento como dando por concluida la plática.

La Clarisa que con el tiempo se ha vuelto perceptiva, entiende que René no desea alargar aquella conversación y también se acomoda en su asiento y el silencio cae pesadamente entre ellos.  Rene se abstrae en sus propios pensamientos, sus cotidianidades, sin embargo, la Clarisa revive una vez más aquel episodio de hacía tantos años y cómo estuvo a punto de costarle su salud mental.  Con cierta obsesión siguió pensando en lo mismo, hasta cuando ya casi le tocaba el turno de pasar a René, entonces tomó valor y le dijo:  – ¿Pensaste alguna vez que solo fueron unos cuantos besos sin importancia? René extrañado por aquel extemporáneo reclamo la quedó viendo y después de una chispa que asomó en sus ojos le dijo: -Puede ser, pero la que afloja el pico…   y dejó en suspenso la frase, mientras voceaban su número, se levantó y se fue sin más.  Ella se quedó rumiando aquello y en esas estaba cuando de repente también llamaron a su número y pasó a la oficina que la atendería.

Cuando ella terminó su trámite buscó para ver si volvía a ver a René pero no había ni rastro de él.  Se resignó y buscó la salida.  Pasando la puerta estaba alguien ofreciendo el periódico del día y como decía la canción “a veces por caprichos del destino”, un gran titular ocupaba casi toda la portada del diario aquel: “RECONCILIACIÓN”.  La Clarisa se quedó patitiesa y solo le dio tiempo para exclamar para sus adentros: “Tu puta madre”.

 

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