Archivo mensual: agosto 2015

La suerte de los chocoyos

Chocoyos de la suerte.  Imagen tomada de internet

 

Una de las ilusiones más grande para un niño de pueblo era sin duda la llegada de las fiestas patronales.  Haciendo a un lado la parte devocional que implicaba la festividad del santo patrono, estaba la llegada de comercios, juegos de azar y los imprescindibles caballitos (tiovivo para quienes leen el Hola).  Eran tiempos de probar algo tan eventual como el algodón de azúcar y derrochar una mesada extraordinaria en los juegos de azar, que iban desde una ruleta simple, arreglada tan burdamente que parecía intervenida por el CSE y en donde el premio que salía el 98% de las veces era una traba (pasador de cabello) para damas, los toros rabones, las ruletas de sirenita, hasta llegar a la grande vertical, que ya eran las grandes ligas.

Dentro de todas estas curiosidades que nos deslumbraban por ocho días cada año, estaban los famosos chocoyitos de la suerte.  Era una caja de madera, vistosamente adornada con colores encendidos, que simulaba una casita con pequeñas rejas que guardaban celosamente a un par de chocoyos y que en la parte inferior tenía una gaveta con una minúscula perilla que en determinado momento abría el dueño.  Con una verborrea sin igual, el encargado, dueño o lo que fuera, anunciaba a los sensacionales chocoyos que tenían el don de escoger un pequeño papel que le diría su porvenir a la persona.  Cuando alguien se interesaba y pagaba el importe correspondiente, que si mal no recuerdo ascendía a cincuenta centavos de córdoba, que equivaldrían a unos quince córdobas de ahora, el encargado anunciaba al chocoyo fulanito, pues tenían su nombre pero necesitaría del don de Carrie Wells para acordarme de ellos.  El chocoyo elegido y anunciado daba unos ceremoniosos pasitos hacia la gaveta que con reverencia abría el encargado y con su piquito de una forma tan atinada que causaba sorpresa, sacaba un pequeño papel doblado que contenía un extracto del destino que le deparaba al señor, señora, señorita, joven, niño o niña según fuera el caso, quienes emocionados tomaban de aquel privilegiado pico el papelito y llenos de ilusión caminaban hacia algún lugar para en una atmósfera de privacidad leer los designios emanados del arcano.

Tan sólo aquella ceremonia que iba desde el pago de los cincuenta centavos, hasta que el sujeto tomaba el papelito del pico del chocoyito, era todo un espectáculo.  Pero de ser espectador, a pagar los cincuenta centavos, había un enorme trecho y más que nada, el hecho de que toda una muchedumbre estuviera al pendiente de uno al momento de recibir el pepelito, era un tremendo papelón.

En cierta ocasión, después de estudiar un rato una de esas ruletas que tenían cuatro figuras: una sirena, don Camilo Tuza, el sol y un mono, me aventuré a apostar todo mi capital a la sirena.  Algún aprendiz de psicólogo podría realizar una análisis freudiano de mi selección, el hecho es que lo hice inmediatamente después que el encargado le dio vuelta a la rueda y al final a pesar de que mentalmente aquel fulano parecía querer meter un freno invisible a la rueda, la misma logró detenerse en la sirena con la cantidad máxima, ante el asombro de los demás jugadores y el rostro descompuesto del encargado.  Yo me mostré impasible como lo haría años después James Bond en Casino Royal, así que con el dolor de su alma me pagó el premio.  Para disimular jugué una vuelta más que desde luego perdí, así que aproveché un par de bombas que lanzaron en el atrio de la iglesia para hacer graciosa huida.

Con el producto del premio, pasé donde Juan Molina comprando una Royal Crown Cola bien fría, debido a que la emoción me había resecado la boca y luego fui a donde el expendedor de algodón de azúcar a comprar uno y a admirar aquel milagro que consistía en la formación de aquellas delgadas hilachas de azúcar rosada salir de la máquina y formar la apetecible nube que ensartarían en una varilla de madera. Cómo añoro aquel páncreas.

Como decía el dicho, barriga llena corazón contento, entonces me armé de valor y me dirigí al atrio de la iglesia en donde el individuo de los chocoyos se encontraba en plena faena.  Con esa suficiencia tan agradable de sentirse con dinero en el bolsillo, saqué los cincuenta centavos y se los entregué sin mediar palabra.  Con aquella voz engolada el encargado anunció que el chocoyito equis, sacaría la suerte para un niño y el plumífero salió de su jaula y con la seguridad de un político cuando se acerca a los reporteros, llegó al borde del cajón aquel, se agachó y con el pico sacó un papelito celeste, minuciosamente doblado.  Se lo arranqué del pico y salí apresuradamente.  En el camino hacia mi casa, con cierta emoción lo abrí y me encontré con un mensaje que me dejó anonadado: “Eres un niño muy inteligente (je, je, je, pensé para mis adentros) pero a veces eres desobediente con tus padres (ahhhhhh); debes de aplicarte más en tus estudios para sacar buenas notas (%&@$ chocoyo)”.  Volví a leerlo y llegué al convencimiento de que me habían embaucado.  Yo esperaba que me diera un consejo para volver a ganar en la ruleta o que temas tendría que estudiar en matemáticas, pero aquello era tan gallo gallina que si se hubiese podido adivinara el futuro, se habría visto una semejanza con las declaraciones del vocero del Gran Canal.

Por un buen rato me dolieron mis cincuenta centavos, sin embargo, aprendí algo que luego me serviría mucho: nadie puede predecir el futuro, mucho menos cobrando.  Después de aquel episodio, cada vez que miraba a los dichosos chocoyos, pasaba de largo.  Luego llegó un momento en que las fiestas patronales dejaron de tener para mí el encanto que un día tuvieron y nunca más volví a ver a los chocoyos de la suerte.

Con esto de las redes sociales, uno nunca termina de sorprenderse y de vez en cuando observo algunas aplicaciones que inmediatamente traen a mi mente a los chocoyitos de la suerte, pues a cambio de permitirles el acceso a todos los datos personales, estas aplicaciones sacan un perfil completo del usuario, resaltando su nombre en letras grandes, con toda suerte de virtudes, parecidos con celebridades, predicciones y en algunos casos descubren quien fue el usuario en su vida pasada.  Reflauta, pienso para mis adentros, los pinches chocoyos están ahora en ciber espacio.

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Archivado bajo cultura, Nicaragüense