Archivo mensual: octubre 2010

La caja

Por ahí se dice que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica y algunos se atrevan a afirmar que lo es de toda Latinoamérica.  En comparación con México, Guatemala y Honduras, podría decirse que estamos en la gloria, pues los índices de delitos aquí son mínimos comparados con las espeluznantes estadísticas registradas en esos países.  No obstante, se observa en los diarios locales una escalada de violencia y una cantidad de robos y asesinatos que parecen multiplicarse, que en su mayoría no se resuelven y quedan en la mayor impunidad.

A mediados del siglo pasado, si bien es cierto en Nicaragua se registraban robos y en menor medida asaltos, especialmente en la ciudad capital, eran tan pocos que los que ocurrían ocupaban la total atención de la ciudadanía.  En tiempos en donde no había televisión y las únicas telenovelas eran las que ocurrían en la vida real.

De esta forma, un robo ocurrido en los años cincuenta acaparó la atención de todos los nicaragüenses y durante muchos años fue un tema obligado de conversación.  Se le recuerda como el caso de la “Caja de la Ada Moncada”.

Ada Moncada era una señora que en su juventud, a inicios de los años cuarenta, se hizo famosa en la ciudad capital por participar activamente en varios equipos deportivos.  Fue cátcher del equipo de softbol femenino “Boer” y además fue basquetbolista.  Tenía toda la garra para destacar en el deporte y de la misma forma hubiera podido lanzar martillo, levantar pesas, practicar jockey sobre hielo o lucha libre.

Para los años cincuenta, ya retirada de la actividad deportiva, tenía un negocio cerca del Mercado San Miguel, exactamente del Edificio Silva, media cuadra abajo.  La ex deportista había encontrado en la compra y venta de queso, un nicho atractivo que le dejaba utilidades nada despreciables, pues llegó a dominar una estrategia ya conocida desde los egipcios, de utilizar una pesa para la compra y una diferente para la venta.  Parece que en alguna transacción comercial, alguien le ajustó el pago con una caja fuerte, que vino a adornar la trastienda de la comerciante y que le llegó a dar cierto caché a su estatus.

En determinado momento, se llegó a correr el rumor que la Ada Moncada poseía una verdadera fortuna en efectivo y alhajas que guardaba celosamente en la caja fuerte.  Fue tanto lo que se decía de la ya famosa caja, que una mañana que la comerciante bajó al negocio, pues tenía sus aposentos en el piso superior del inmueble, encontró que la puerta había sido violentada y la dichosa caja había desaparecido.

No había terminado doña Ada de tragarse la campanilla cuando ya una serie de curiosos se agolpaban en el negocio queriendo indagar sobre el robo cometido y realizando las más inverosímiles conjeturas.  Alguno de estos curiosos, ante la ausencia en esa época del 911 (ahora tampoco funciona) movió sus extremidades hasta la Policía Nacional a dar parte a la autoridad y en un santiamén, una patrulla policial se había hecho presente en el negocio de doña Ada, levantando las averiguaciones previas.  La comerciante no quiso darle mucha importancia al hecho y contestó con evasivas el valor de lo que había en la caja fuerte.

Hay que anotar que para ese tiempo no existía en realidad una Policía Nacional, sino que las actividades correspondientes estaban dentro de las mismas estructuras del la Guardia Nacional y un militar podía manejar varias camisetas a la vez.   Para esos años se había organizado una oficina de Investigación dentro de la institución y la ocupaba el Teniente Carlos García, quien llevaba una carrera promisoria en la Guardia Nacional.  García había trabajado de cerca con Richard van Wincke, un ex agente del F.B.I. que Somoza había traído como asesor de la G.N. y que gracias a su recomendación, el Teniente había realizado cursos de especialización en investigación en los Estados Unidos y Perú.

Así pues el caso de la caja de la Ada Moncada llegó al escritorio del Teniente Carlos García, quien con entusiasmo por resolverlo comenzó a realizar las pesquisas del caso.  Las primeras pistas apuntaban a un taxista que había sido visto por un trasnochado transeúnte y que con la sagacidad de García se logró identificar.

La población entera estaba al pendiente de los resultados de la investigación y todos apostaban a que en breve se resolvería completamente el famoso hurto.  Sin embargo, de repente pareció que la investigación hubiera caído en un impase.  Luego, empezaron a correr ciertos rumores que se diseminaban en voz baja y que daban a entender que en el robo estaban implicados algunos miembros de la propia Guardia Nacional.

En el punto más álgido de todo el embrollo se supo que el Teniente Carlos García había sido retirado de la Guardia Nacional.  El régimen de Somoza no dio detalles del motivo que causó su baja de la institución armada y en la calle se manejaron varias versiones sobre este particular.  Una de ellas manejaba que García había logrado descubrir al autor intelectual del robo y que quería llevar el caso hasta sus últimas consecuencias, cosa que a Somoza no le pareció y de donde se originó un fuerte altercado que desembocó con el retiro de García.  Otra versión señalaba que igualmente el Jefe de la Investigación había logrado identificar al autor intelectual, sin embargo, no pudo evitar que este resultado se filtrara y se empezara a diseminar.  La falta de capacidad para mantener un secreto que tratándose de otro integrante de la G.N. debía ser mantenido en la más estricta confidencialidad, fue lo que ofendió a Somoza quien se vio obligado a dar de baja al investigador.  Sopesando estas dos versiones, pareciera más factible la segunda, pues ningún oficial de la G.N. podría dar la más mínima muestra de insubordinación ante la omnipotente figura de Somoza, no obstante, la infidencia de parte de algún subordinado de García tendría mayor peso y sería congruente respecto al castigo, que se limitó a la baja (no deshonrosa) de García y que éste mantuviera la discreción aún después de su retiro, pues es la fecha y el ahora dirigente deportivo no suelta prenda al respecto.

Al final de cuentas, la dichosa caja nunca apareció y el caso nunca fue resuelto, sin embargo, fue vox populi que un oficial muy cercano a Somoza había sido el autor intelectual del robo.  Este oficial se mencionó como uno de los principales integrantes de la Oficina de Seguridad y experto en “interrogatorios” asistidos por inmersión.  También se le había señalado a dicho oficial como el autor de la ejecución de un personaje hasta cierto punto legendario, “El Jorobado”, un agente extranjero que había sido designado para asesinar a Somoza y que fue capturado en Guatemala, habiendo negociado Somoza su deportación a Nicaragua en donde según algunas fuentes militares fue ejecutado y su cadáver desaparecido.

Con estos antecedentes, si dicho oficial hubiese sido el responsable del robo es natural que nunca hubiese sido señalado y aparentemente esto fue lo que sucedió, aunque de manera extraña, a inicios de los años sesenta, este oficial se retiró de la G.N.

Lo interesante del caso es que la Ada Moncada poco después del robo se trasladó a una quinta que recién había construido en la carretera norte, cerca del Barrio La Primavera, por el rumbo del negocio de don Martín Benard; dejando el inmueble del centro de Managua, sólo para la compra venta del queso.  Según se comentaba en algunos círculos, la propia señora Moncada le había confiado a una amiga cercana que en realidad para el momento del robo, la caja fuerte tan sólo tenía el efectivo de un par de semanas de su actividad comercial y algunas joyas, con más valor sentimental que otra cosa.  Unos meses antes del robo, aparentemente la señora Moncada había adquirido un terreno en la carretera norte en donde soñaba con una quinta alejada del bullicio de la ciudad y había empezado su construcción, por lo que sus ahorros se le habían ido en esa inversión, además que le daba mala espina tener tanto efectivo aunque fuera en la caja fuerte.  En otras palabras, el autor o autores del robo se han de haber llevado un fiasco enorme al encontrar una nimiedad en la apetecida caja.

Allá por los años ochenta, doña Ada Moncada falleció placidamente en su quinta de la Carretera Norte y hace pocos años falleció en los Estados Unidos, en donde se refugió después de retirarse del ejército, el oficial de la G.N. que fue el principal señalado en el caso,

Quien sobrevive a todo el embrollo es el ex Capitán Carlos García, para quien su retiro de la Guardia Nacional podría decirse fue una bendición, pues encontró una misión más edificante como es la promoción del deporte, en donde hizo una fructífera carrera que lo ha llevado al Salón de la Fama y a innumerables reconocimientos.

Me imagino que en algún patio enmontado en la ciudad de Managua o en una finca aledaña, deben descansar los restos, ahora sarrosos, de lo que fue la célebre caja de la Ada Moncada.

 

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Dame pozol con leche

Hay un son nica que poco a poco se fue metiendo en el folklore de las fiestas agostinas de Managua,  de tal forma que ahora, casi cincuenta años después, forma parte del repertorio obligatorio de las fiestas patronales de la ciudad capital.  Se trata de una canción pegajosa que reitera hasta el cansancio la solicitud del cantante para que le den un vaso de pozol con leche, ese refresco típico del Pacífico de Nicaragua y que se prepara con maíz pujagua, agua, leche y azúcar.

Muy pocos conocen al autor de “Dame pozol con leche”; es más, muchos creen que fue compuesto por Otto de la Rocha.  Si bien es cierto, este último es uno de los principales intérpretes del tema junto a Jorge Isaac Carballo, el tema no pertenece a su variada obra.

El autor de este son nica es el músico capitalino Luis Felipe Andino, quien además de ser un consagrado trompetista, fue un gran impulsor de la música vernácula nicaragüense a través de su sello discográfico “Discos Andino”.

Don Luis Felipe nació en Managua en 1924 y desde pequeño se inició en el mundo de la música, aprendiendo a interpretar varios instrumentos, pero en especial la trompeta, habiendo participado en varias bandas musicales que se formaron en Managua. Consciente de que la música no era una actividad para ganarse la vida, se inició en los aspectos financieros y bancarios y trabajó por muchos años para el Banco Nacional de Nicaragua.

A finales de los años cincuenta, Don Luis Felipe, tenía además una tienda de discos e instrumentos musicales en un pequeño local situado en la calle que iba desde El Hormiguero hasta el Instituto Ramírez Goyena, entre la esquina de Don Miguel G. Hernández, el zar de las roconolas y la esquina norte del Colegio Bautista.  Consciente de la importancia que cobraban los discos de vinilo, con la ampliación del mercado de los tocadiscos, así como con la promoción musical de la industria de la radiodifusión, decidió ingresar al mundo de la grabación.  El problema es que no tenía los medios para adquirir un estudio de grabación, sin embargo, con un impresionante espíritu emprendedor, inició conversaciones con el recordado musicólogo nicaragüense Don Salvador Cardenal, quien tenía los Estudios Centauro, que funcionaban de manera conjunta con la radio del mismo nombre y que con el tiempo se convertiría en la Radio Güegüense, habiendo accedido Don Salvador a rentarle los equipos para que el pudiera producir sus propios discos.

Los discos fueron bautizados con el sello de “Discos Andino” y el primer ensayo fue con grabaciones de la marimba de arco de Elías Palacios.  Luego vino un disco que por muchos años, a partir de la última semana de noviembre, se escuchaba mañana, tarde y noche en las principales radiodifusoras del país.  El disco se llamaba “Salve Azucena Divina” y contenía la interpretación de la orquesta de Ramiro Vega de los himnos de la fiesta popular de “La Purísima”.  Hay que anotar que Don Luis Felipe se entusiasmaba tanto con estas grabaciones que se involucraba directamente en todo el proceso y en este caso, participó directamente con su trompeta con la orquesta de Vega y llamó a sus hermanas para que integraran el coro que entonaba los himnos a la Purísima.

Los “Discos Andino”, a pesar de su reducida producción, logró difundir mucha de la música folklórica nacional.  A mediados de los sesenta produjo un disco llamado “Viva Santo Domingo”, el cual contenía los temas populares del folklore de las fiestas agostinas, incluyendo su composición “Dame pozol con leche”.

Otro de los logros más remarcables de “Discos Andino” fue la difusión de la música del Atlántico.  A inicios de la década de los setenta, las manifestaciones culturales de la Costa Atlántica de Nicaragua eran bastante desconocidas en el Pacífico.  En ese entonces, Don Luis hizo había estado en contacto con el trompetista costeño Charlie Robb, por algunos arreglos musicales que éste último realizó para Don Luis Felipe y juntos decidieron realizar la grabación de un Long Play con música del Palo de Mayo.  Para este efecto, contactaron con un grupo de Bluefields que eventualmente viajaba a Managua a tocar en algunos clubs de la ciudad y que llevaba el nombre de “Los bárbaros del ritmo”.  Esta agrupación había nacido en la ciudad de Bluefields en el barrio conocido como Punta Fría y lo integraban entre otros el legendario José Sinclair conocido como “Mango Ghost”, que fungía como batero y vocalista.  Este grupo se había lanzado a interpretar canciones de la festividad del Palo de Mayo compuestas por un personaje folklórico de Bluefieds que se dedicaba al acarreo en un carretón tirado por un burro y que era conocido por todo el pueblo como Tantó.  Su verdadero nombre era Sylvester Hodgson y escribía sobre temas cotidianos de la ciudad, mencionando las anécdotas reales de varios personajes del pueblo en la letra de sus canciones.

El disco se llamó simplemente Palo de Mayo y para su grabación, Don Luis Felipe se cambió a los estudios de Román Cerpas, compañero de grupo y amigo de Charlie Robb, habiendo obtenido dicho álbum una gran acogida entre el público y de pronto, la música pegajosa de ese ritmo caribeño empezó a formar parte del repertorio musical demandado en el Pacífico y lo más importante, el disco le abrió las puertas a otros grupos que vinieron a afianzar la música del Atlántico en el resto del país.

A fines de la década de los setenta, Don Luis Felipe fue visitado por Luis Cassels, director de Dimensión Costeña, a quien conocía de referencia pues este último trabajó de contador para el Banco Nacional en Bluefields y Andino le apoyó en la compra de instrumentos otorgándole facilidades para el pago, obteniendo “Discos Andino” la exclusiva en los derechos de distribución de los dos primeros discos que fueron “Fiebre Costeña” y “Bruck Douun”.

Conocí a Don Luis Felipe porque su hija Ana fue compañera de colegio de mi hermana, quien fue invitada a algunas de las purísimas que celebraba su familia y en donde invariablemente se cantaba con orquesta y el famoso coro que quedó inmortalizado en el disco de esa festividad.  Años más tarde, cuando ingresé a trabajar al Banco Nacional de Nicaragua, Don Luis Felipe era Secretario de la Junta Directiva, uno de los puestos más altos en la organización, reconocimiento que le hizo la institución a su trayectoria laboral.

Don Luis falleció en 1987, sin embargo, su esposa continuó con el negocio de discos e instrumentos musicales, pero ya en menor escala.  A mediados de los noventa pasé por el negocio que agonizaba en un local del Centro Comercial Managua y en donde se ofrecían algunos álbumes de los ya obsoletos discos de vinil.  Compré un álbum nuevo de la opereta Marina de Emilio Arrieta, que mi padre tuvo en su colección.  Al poco tiempo, en el local en donde estuvo apareció otro negocio, único indicio de la desaparición de la famosa Casa Andino.

Tal vez sería el carácter de Don Luis Felipe que no era de andar promocionando su imagen o quizá que su afán de trabajar tras bambalinas en todo el proceso de producción de los discos de su sello, lo escondió de la fama, el caso es que su nombre no resalta como debiera en la historia musical de Nicaragua.  Yo creo que el impulso que él le dio a la música nacional fue importante, ya sea desde la grabación de discos con la música vernácula nicaragüense, desde la venta de discos e instrumentos musicales o bien desde la composición de temas autóctonos, en donde para muestra un botón y “Dame pozol con leche” basta para llevarlo al salón de la fama de la música folklórica.

El mejor homenaje para este músico lo constituye la enorme cantidad de niños que en todas las muestras de talento artístico escolar, interpretan ese clásico tema de las fiestas agostinas.

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Cincuenta años no es nada

Uno de los ejercicios más duros de la vida es el de envejecer.  Es algo que nos corresponde realizar a golpe y porrazo y pareciera que no hay preparación alguna en ninguna etapa de nuestra educación, que nos ayude a asumir este inevitable papel en nuestras vidas.

A pesar de nuestra resistencia a este inexorable estado, de repente nos damos cuenta que a un amigo que nos encontramos de casualidad en Facebook, teníamos la friolera de 43 años de no saber de él o como en el caso que recientemente llegué a leer en los diarios, el show de Los Picapiedra cumplió cincuenta años de haberse lanzado al aire.

En efecto, fue un 30 de septiembre del año 1960, cuando la cadena de televisión ABC inició la transmisión de la serie de los caricaturistas William Hanna y Joseph Barbera, famosos ya por su serie de dibujos animados Tom y Jerry.   La serie era una parodia ubicada en la edad de piedra, pero con una panorámica de la sociedad norteamericana de mediados del siglo pasado.  A pesar de ser una serie de dibujos animados, supuestamente dirigida al público infantil, su temática llegaba a cubrir aspectos realmente para adultos y como ejemplo está el hecho que marcó un hito para la televisión norteamericana cuando Pedro Picapiedra y Vilma aparecieron juntos en una cama, evitando el primero, en esa particular ocasión, lanzar su famoso grito Yabba Dabba Doooo.

En Nicaragua para 1960 la televisión todavía estaba en pañales y las series que se presentaban en la televisión eran las que se miraron en los Estados Unidos en los años cincuenta y algunas en los años cuarenta.  Más o menos para esa época, al inicio de los años sesenta, la señal de televisión llegó a Carazo y mi padre nos compró una televisión.  Los programas que mirábamos, además de los célebres dibujos animados de las cinco de la tarde, del cual hablé en mi post La hora de los muñequitos,  estaban los clásicos Lassie, con episodios de la segunda mitad de los años cincuenta, Furia, de la misma época y en donde miramos por primera vez a Peter Graves, quien más tarde protagonizara la primera versión de Misión Imposible y el heroico Rin-Tin-Tin.  También resaltaban Peter Gun, Mike Malone y los Camioneros, Boston Blackie, Charlie Chan, Cuatro hombres justos, El Santo, Ivanhoe, El Capitán Marte, I love Lucy, Patrulla 54 Conteste, Mr. Ed, Ruta 66, Davy Crockett, así como las clásicas de vaqueros, Roy Rogers, Gene Autry, Mr. Lucky,Perry Mason, La ley del revólver, Bat Masterson, La flecha rota, Bronco, El Llanero Solitario, Maverick, El Rebelde, Marcado, Tombstone, y varias más.

Los Picapiedra llegaron a la televisión nicaragüense hasta tres años después y fue presentada en horario estelar, no dentro de la hora de los muñequitos, compitiendo con series más recientes y que marcaron un enorme cambio en los programas de televisión de la época, como es el caso de Los Intocables, El fugitivo, La dimensión desconocida, Ben Casey, Combate, Dick van Dyke Show,  The Beverly Hillbillies, Alfred Hitchcock, Dr. Kildare, Mc. Hale´s Navy, Los Monsters, La familia Adams, Mi marciano favorito, Batman,  Hechizada, Mi bella Genio, Súper Agente 86, Los Vengadores, entre otros.

La serie fue cancelada en 1966, después de haber impuesto un record en cuanto al tiempo de emisión de una serie de dibujos animados y que únicamente fuera roto por la serie Los Simpsons, que salió al aire en 1997 y todavía sigue como el Johnnie Walker.

A mitad de los años sesenta, inició trasmisiones en Nicaragua el Canal 2, que vino a ofrecer a los televidentes una opción para salir de la programación monopólica del Canal 6.  La variedad de programas que se ofrecían el público televidente, lo obligaron a establecer un criterio para seleccionar aquellos que fueran de su mayor agrado o interés.   Los Picapiedra salieron del panorama televisivo nacional, dando paso a otros programas que poco a poco iban mostrando el desarrollo de la industria televisiva a nivel internacional.

Así pues han pasado cincuenta años, en donde indudablemente la televisión ha sido parte fundamental de nuestras vidas.  En ese medio siglo, hemos visto una enorme transformación en la televisión, de tal manera que los programas que nos ofrece en estos tiempos, nos dejan con la boca abierta a quienes nos emocionaban las simples historias de un perro, un caballo o un vaquero.  Las intrincadas tramas que parecen provocar una meningitis a los equipos de escritores (en algunos casos veinte por serie) que se encargan de escribir los argumentos de las series de la televisión contemporánea, son realmente sorprendentes.  Desde las intrigas legales de Damages, hasta las derivaciones de la física cuántica en Flash Forward, pasando por una antología del Journal of the American Medicine Association en E.R.

De la misma manera en que vemos aquel niño que recién empezaba a caminar en 1960 y ahora nos sorprende con canas en sus cabellos y llevando de la mano a un nieto, nos maravillamos ante un televisor de plasma que amenaza con traernos la tecnología 3D y más de 100 canales a nuestra disposición, siempre que alcancemos a tener el control del control remoto, valga la redundancia y que Telcor no decida encadenar el espectro del cable para ofrecernos Plaza Sésamo.

Hubo una época en nuestras vidas en que cada vez que escuchábamos a Carlos Gardel cantar: …Sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada…, pensábamos, -Cómo es eso de que veinte años no es nada.  Ahora, simplemente nos resignamos a pensar que cincuenta años, tampoco.

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Del caballo a la motocicleta

Allá por el año de 1905, un jinete fustiga su corcel para llegar al galope a un paraje cercano a Santa Feliciana, al sur de la laguna de Tiscapa.  Rodeada de un maizal está una choza hasta donde llega el jinete y sin descender del caballo grita: ¡¡¡Cándida!!!.  Al rato, sale una muchacha cargando un motete, le da la mano al jinete quien de un tirón la sube a la grupa del equino; el jinete al sentir las manos aferrándose temblorosas a su cintura, emprende de nuevo el galope.  A través de veredas atraviesan los costados de Managua y toman rumbo hacia el llamado Camino de Bolas y después de un trecho llegan a una casita ubicada entre unos naranjos.  Ambos descienden y entran a una rústica casa que desde ese momento será el hogar de ambos y donde ella asumirá su nuevo papel, el de la mujer de la casa, en donde sus funciones han estado bien delimitadas por la costumbre y la tradición desde hace mucho tiempo: cocinarle al hombre, lavar la ropa, limpiar la casa, saciar los apetitos de su señor y en su momento, cuidar a los hijos que le mande el Altísimo.

Es el año dos mil diez, ciento cinco años después y la ciudad capital ha cambiado mucho.  En donde había veredas en medio de una espesa vegetación, ahora atraviesan varias arterias viales que en vano tratan de desahogar el denso tráfico que en las horas pico provocan serios embotellamientos de vehículos en los puntos críticos.  Son las siete y quince de la mañana y por el by pass que desemboca en la Rotonda Rubén Darío, una mujer que podría ser la tataranieta de la muchacha que se fue de “juida” hace tantos años, corre contra el tiempo.  No obstante las cosas han cambiado mucho, Cándida, como coincidentemente se llama la mujer,  se desplaza sentada a horcajadas en la parte posterior de una motocicleta.  La agilidad de este vehículo le permite desplazarse  rápidamente entre el tráfico.  Tanto el conductor de la motocicleta como ella llevan un casco protector, tal como manda la ley, sin embargo, mientras ella viste un uniforme compuesto de pantalón y blazer azul marino, con zapatos de tacón, el conductor de la motocicleta viste de manera informal.  Al igual que la muchacha aquella, atraviesan la ciudad de este a oeste hasta llegar al Centro Cívico en donde la mujer desciende de la motocicleta, se despide del conductor y se dirige a una de las oficinas estatales ubicadas en ese complejo.

Cándida se desempeña como asistente de una Dirección General y es prácticamente el sustento de su hogar, pues su esposo trabaja de vigilante en el turno de la noche con un salario reducido, sin embargo, ella con su sueldo sufraga la mayoría de los gastos de la casa, así como la educación de sus dos hijos.   Cándida completó tres años de administración de empresas, y al tener sus hijos tuvo que abandonar la carrera, no obstante, su capacidad y dedicación en el trabajo le han permitido ocupar un puesto de confianza dentro de la estructura del ente estatal.

Así como en el caso de Cándida, la ciudad capital se mira diariamente atravesada por centenares de mujeres que a bordo de una motocicleta se dirigen a sus trabajos.  Muchas de ellas se desempeñan en puestos intermedios y generan ingresos importantes en sus familias y ante la disyuntiva de arriesgarse a los asaltos y desmanes que ocurren en el transporte colectivo y el oneroso gasto en taxis, que además se han vuelto inseguros, han optado por adquirir una motocicleta, que en la gran mayoría de los casos son conducidas por sus esposos o compañeros, asegurándose un transporte relativamente seguro y a bajo costo.

Las particularidades que se observan son muchas.  Generalmente las motos se desplazan ágilmente pero sin caer en excesos de velocidad, pues pareciera que existe una clara conciencia de parte de los conductores de la importancia de la seguridad de su valiosa pasajera, no obstante en lo relativo al uso del casco hay muchas divergencias, pues en algunos casos como el de Cándida ambos lo utilizan, conscientes de la protección que ofrecen, no obstante hay casos en el que el hombre le cede su casco a la mujer, como un acto de sacrificio por todo lo que ella representa.  Otros, en una falsa actitud solidaria o igualitaria lo llevan amarrado a un lado, así ninguno de los dos goza de la protección.   Muchos piensan de manera inocente que el que lleva el mayor riesgo es el conductor y es este quien lleva el casco y los más optimistas obvian esta protección pues es muy difícil que un accidente les ocurra a ellos.

En lo que respecta a los conductores también hay un variopinto de situaciones.  Si va vestido formalmente quiere decir que después de dejar a su mujer, se dirigirá a su trabajo.  En cambio, si viaja en bermudas, camisola y chinelas de gancho, es posible que esté desempleado o como en el caso del compañero de Cándida, tenga un turno nocturno.  En algunos se observa la consideración que guardan para con su compañera y el cariño con que se despiden, otros en cambio no pueden abandonar sus actitudes machistas y se empeñan en que los compañeros de trabajo de la mujer lo observen en una posición de pocos amigos, apostándose luego desde temprano a la hora de salida, en actitud vigilante, por aquello de que a la esclerótica del propietario adquiere adiposidades el equino.

Algunas de estas mujeres trabajan lo que se conoce como la doble jornada, pues al finalizar sus ocupaciones tienen que realizar labores domésticas, jamás reconocidas como trabajo y mucho menos remuneradas.  No obstante, en la mayoría de los casos se trata de familias extendidas y siempre sobra alguna madre, suegra, hermana, sobrina, tía, abuela que vive en la casa y realizan estos trabajos como un aporte a la economía del hogar.  En algunos casos muy reducidos, es el hombre quien no tiene otra opción más que realizar estas labores, algunos con resignación, otros a regañadientes y otros escondidos.

Así pues, Managua y podría decirse que el resto de Nicaragua ha cambiado mucho en este último siglo y a pesar de tantos problemas, puede verse el paso del progreso.  Sin embargo, un cambio fundamental es que a diferencia de aquella primera Cándida, cuyo papel en su hogar era cercano al de un objeto, la Cándida de ahora tiene un papel relevante en su familia, pues puede decirse que es la jefe de su hogar, su trabajo es considerado relevante y ha logrado desarrollarse como persona y su papel es reconocido ampliamente por la sociedad.  Mientras antes, en los formularios del censo o similares tenía que poner en el rubro “oficio”, “su hogar” “ama de casa” o peor aún el indignante “labores propias de su sexo”, ahora con mucho orgullo puede consignar “administradora” “asistente ejecutiva” “contadora” y cualquier oficio antes designado exclusivamente a hombres.

Es alentador conocer que las mujeres actualmente participan activa y efectivamente a la generación de cerca del 43% del Producto Interno Bruto y hasta hoy por la mañana, como se atrevería a expresar El Firuliche, las féminas representaban el 44.76 por ciento de la Población Económicamente Activa, lo que se traduce en que a nivel nacional, la tercera parte de los hogares nicaragüenses tienen a una mujer como jefe de familia.  Es posible que si se contara con estadísticas confiables de la economía informal, la proporción de la participación femenina en la economía nacional fuera mucho mayor.

Aún así, todavía falta mucho trecho por recorrer.  El trabajo femenino tiene una remuneración más baja que la del hombre, en condiciones iguales y el acoso que sufren las mujeres en el trabajo, todavía es una constante.  Lo bueno es que ahora, existe mayor información y organización para que las mujeres en un futuro no muy lejano, ocupen el lugar que por derecho les corresponde dentro de una sociedad civilizada e igualitaria.

Hoy dos de octubre se cumplen tres años del nacimiento de este Blog, con la publicación de El Pájaro de Acero.  Agradezco a todos los lectores por la fineza de seguir mis artículos y de manera especial a quienes me envían sus comentarios.  A los que callan también, pues lo tomo como que otorgan.

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