Archivo mensual: febrero 2009

La Barata de Tex Ramírez

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Una de las técnicas de comunicación social más efectivas que se dieron en el siglo XX, podría decirse que en toda Latinoamérica, fue el perifoneo.  Detrás de este rimbombante nombre creado por la mercadotécnica moderna se encuentra básicamente un vehículo automotor, un amplificador de sonido, un micrófono, a veces una grabadora y uno o dos parlantes colocados en el exterior del vehículo.  El automotor recorre las calles de determinada localidad llevando un mensaje que llega directamente a la población objetivo.

En Nicaragua, tanto al sistema de perifoneo como al vehículo equipado para este efecto se les conoce genéricamente con el nombre de “Barata” y la historia de este nombre constituye uno de los recuerdos más pintorescos de la vieja Managua.

El protagonista de esta historia es Don José Santos Ramírez, uno de los emprendedores más grandes que ha tenido Nicaragua, surgido mucho antes de que Arnulfo Urrutia nos iluminara con sus teorías sobre el “emprendedurismo”.  Podría decirse que Don José Santos fue el primer impulsor del boxeo en el país, pues se registra que a inicios del siglo XX convenció a un jugador de béisbol del equipo Managua para que se dedicara al boxeo y de esta manera Isabel Fernández pasó de pitcher a ser el primer pugilista del país.  Ramírez lo preparó y comenzó su carrera de promotor al organizar peleas de boxeo en donde Fernández se enfrentó con otros pugilistas de la época, alguno de ellos traídos desde la Costa Atlántica.  En ese tiempo en que Managua no contaba con un gimnasio, el Teatro Variedades se convertía en coliseo para este tipo de eventos en donde Ramírez echaba mano de su fértil imaginación para organizar las más bizarras peleas, incluyendo una entre dos féminas, que causó estupor entre los sectores más radicales de la ciudad capital.

En esa época Ramírez se ganó el mote de “Tex Rickard” pues así se llamaba un norteamericano que era el promotor de boxeo más famoso del mundo, es decir, el Don King de aquellos tiempos.  Posteriormente todo Managua lo llamaba simplemente “Tex” Ramírez y era ampliamente reconocido pues era un individuo rubio colorado bastante alto y fornido.

Después del terremoto de 1931 Tex Ramírez decidió dedicarse al comercio e instaló una tienda a la que bautizó con el nombre de La Barata, apelando al factor precio para competir en una plaza reñida, en donde el regateo era el pan nuestro de cada día y quien ofrecía los precios más bajos lograba subsistir.  La tienda estaba ubicada en el propio centro de Managua, frente al Mercado San Miguel, muy cerca de la Farmacia Managua y junto a varias tiendas de “turcos”.

La calle en donde estaba ubicada La Barata se caracterizaba por el incesante ruido de los comerciantes gritando sus productos, sus ofertas y la cordial invitación para que los posibles marchantes se acercaran al regateo.  Cada comerciante trataba de que sus pregones se escucharan lo más alto posible con el fin de atraer a más clientes.

De repente, Tex Ramírez tuvo la idea de llevar un amplificador con su micrófono y parlantes a su tienda y de esta manera logró opacar los gritos de la competencia y por lo tanto incrementar sensiblemente sus ventas.

Tex vivía por el barrio Santo Domingo y por probar algo nuevo, más que otra cosa, una noche sacó un proyector usado que había adquirido y empezó a proyectar cortos y noticieros para la gente del barrio, atrayendo a una muchedumbre que acudía entusiasmada a aquellas funciones.  Esta experiencia de cine callejero o “cine libre” como le llamaron luego, le dio una idea para ampliar el mercado para sus productos. Tex pensó que podía aumentar más sus ventas si colocaba el amplificador en un automóvil y salía por las calles de Managua a promocionar y vender sus productos.  La gente que no estaba acostumbrada a esta novedad, salía sorprendida de sus casas para escuchar los mensajes que de la manera más amena y chistosa salían de la garganta de Tex Ramírez y terminaban adquiriendo los productos que ofrecía.  Luego Tex miró una oportunidad para ofrecer sus servicios a otros anunciantes y de esta manera se convirtió en el pionero del perifoneo en Nicaragua.

Ramírez tenía una camionetona azul y cuando la equipó para su nueva empresa la bautizó como La Voz del Trueno, nombre bastante impactante para aquellos tiempos que sólo a un emprendedor como Tex se le podía ocurrir.  Sin embargo, a pesar de lo sonoro de aquel nombre, la gente se refería a ella solamente como La Barata de Tex Ramírez y de esta forma le heredó el nombre a esta actividad.

Según relata Don Mario Fulvio Espinoza en su libro “Managua, la inolvidable”, Tex Ramírez fue el organizador de un duelo a las “tapas” entre una famosa vendedora de perfumes a quien apodaban La Cocoroca y la dueña de una herrería apodada la Chorro de Humo, ambas reputadas de tener el vocabulario más soez de la ciudad capital y por lo tanto temidas en extremo por toda la ciudadanía.  Tex organizó el match frente a su tienda La Barata y las provocó para que aquellas se dijeran los más escatológicos insultos que pudieran haberse escuchado en la Novia del Xolotlán.  Relata don Mario que después de varias horas de verbos, Tex Ramírez se aburrió y se fue a dormir una siesta y al final de cuentas no hubo ganadora y ambas se recetaron un merecido empate.

A partir de Tex Ramírez, el perifoneo se volvió un medio eficaz para anunciar una extensa diversidad de asuntos y la competencia se diversificó al entrar al negocio varios emprendedores que lo único que requerían era de tener una buena voz y facilidad de expresión pues debían anunciar desde mercaderías, lotería, avisos de ocasión y toda clase de eventos.  Sin embargo, los avisos más impactantes en la población, debido al morbo imperante, eran las notas luctuosas.  Los más eficientes  copiaban el estilo que ocupaban en aquel entonces las radiodifusoras e incluso llegaban a iniciar el aviso con un trozo de Finlandia de Sibelius, que en todo el territorio era la señal inexorable de un fallecimiento.  Después de las tétricas notas de Sibelius que hacían levantarse a los ciudadanos para escuchar mejor, una voz dramática lanzaba el clásico:  -Atención, nota de duelo-, e inmediatamente seguía con -Don Fulanito de Tal ha muerto.  Así tal cual, sin eufemismos de ninguna especie.  Luego seguían los deudos.  -Su inconsolable viuda, doña Fulanita de tal, sus hijos, menganito, perensejito y demás familiares invitan a la vela esta noche en su casa de habitación que sita (este sita era una palabra sine qua non) de los billares tales una cuadra al este y mañana a una misa de cuerpo presente en la iglesia fulana de donde saldrá el cortejo fúnebre hacia el cementerio tal. -Por su asistencia, el eterno agradecimiento de la familia doliente.  Luego entraba nuevamente Sibelius y se refrendaba el nombre de quien se había ido al otro barrio.  -Don Fulanito de Tal ha muerto.  Paz a sus restos.  De nuevo Sibelius.  Al finalizar, la gente respiraba un tanto aliviada, pues por esa vez, la parca había pasado de largo, al igual que la barata que se dirigía a otro sector de la ciudad.

En los años cincuenta y sesenta, un personaje de Managua que había heredado el talento de Tex Ramírez para el perifoneo se hizo dueño de las calles con su “barata” y se dedicaba a vender desde lotería hasta toda suerte de caramelos y chicles.  Era el talentoso Candela, que llegó a la fama con un programa radial que se llamaba Candela y sus mil maravillas en donde con su privilegiada voz lograba personificar a docenas de personajes que intervenían en su programa.  Con su camioneta cargada de variada mercancía recorría todo el territorio nacional, después de dejar grabados sus programas que se trasmitían en una emisora de la capital.

Hoy en día, todas las técnicas de mercadeo que han ideado los expertos en el tema llegaron a desplazar al perifoneo como el principal medio de comunicación social, sin embargo, no han logrado hacerlo desaparecer, pues es el medio ideal para mensajes puntuales dirigidos a una población muy localizada.  Así mismo, es ideal para el comercio ambulante en pequeña escala.  De esta forma, todavía en algunos momentos la tranquilidad de las calles se ve resquebrajada por el pregón de una barata, en forma de un jeep, un carretón de caballos o un sedán cualquiera que anuncian cualquier diversidad de bienes o servicios o simplemente nos dejan en suspenso un rato mientras anuncian el fallecimiento de algún vecino y después de averiguar quién fue el desafortunado, respiramos tranquilos, pues por el momento nos libramos.

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La fiesta de los chivos

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Dicen que la profesión más antigua del mundo es la prostitución, aunque algunos aseveran que el más remoto en realidad es el oficio de los políticos, por aquello de que al principio era el caos.  De cualquier forma, la prostitución es una actividad tan vieja como la humanidad misma y por lo tanto, un oficio correlacionado que se fue desarrollando a la par de este menester fue la figura del hombre que convivía con las prostitutas y que de alguna manera usufructuaba el producto de los servicios que aquella prestaba.  Este oficio tiene diferentes denominaciones en todo el mundo, proxeneta, chulo, rufián, padrote, pimp, souteneur, pappone, caften, etc.

En Nicaragua a quienes se dedican a este oficio se les llama “chivos”.  Según el Profesor Róger Matus Lazo, la voz “chivo” proviene del chibcha y es la cría macho de la cabra.  De esta forma guarda similitud con el vocablo “cabrón” que es el hombre que consiente el adulterio de su mujer; sin embargo, a pesar de que conceptualmente podría marcarse una estrecha relación entre ambos, chivo tiene una connotación de oficio, más que de situación incidental.

A pesar de que el chivo constituye un verdadero fenómeno sociológico que se manifestó en Nicaragua durante casi todo el siglo XX, muy poco se ha estudiado y no existen tratados que lo expliquen a fondo.

En primer lugar habría que admitir que existió una amplia gama en la tipología del chivo.  Estaba aquel que protegía a la sexoservidora de todos los peligros que rodeaban a esa azarosa profesión, recibiendo a cambio una compensación financiera.  También estaba el que fungía como intermediario, buscando clientes, fijando tarifas y prácticamente administrando el negocio de la sexoservidora a cambio de un porcentaje de la prestación del servicio.  Existía el explotador, que por medio del engaño y/o la violencia obligaba al ejercicio de la prostitución y se quedaba con el producto del ejercicio, asignando, si acaso, una mínima cantidad a la sexoservidora, rayando este tipo en lo que se conoce con el nombre de trata de blancas o trata de personas.  El oficio de chivo se daba básicamente en la prostitución callejera, pues cuando la actividad primaria ocurría en locales establecidos, ya fuera que se llamaran prostíbulos, burdeles, casas de citas, o cualquier otro eufemismo, las madames o regentes del negocio no eran muy afectas a permitir la figura del chivo con sus muchachas.

Había sin embargo, un tipo de chivo que se salía un tanto del esquema básico planteado anteriormente y era aquel que conquistaba a una prostituta para que se enamorara de él y gracias a ello, lograba que aquella lo mantuviera.  La esencia del chivo partía en ese caso de un perfil que atraía a esas mujeres y hacía que llegaran a entregarles su corazón.  Este perfil comprendía, de entrada, un buen físico y bastante bien cuidado que el chivo lograba mantener gracias a una férrea disciplina en sus rutinas de ejercicios, más que nada gimnásticos, sólo para definir los abdominales y los brazos, pues les interesaba mucho mantener una extrema flexibilidad.  El chivo también debía ser un as en la cama, para poder resaltar entre tantos hombres que conocía la muchacha.  De la misma forma, era obligado que el chivo fuera un buen pugilista.

Otro aspecto relevante en esta tipología era el “look” de chivo.  Podría decirse que en parte estaba inspirado en el “look” de los pachucos, aquellos jóvenes norteamericanos de origen mexicano de comienzos de siglo.  De esta forma, la parte principal de este “look” era la vestimenta, sumamente vistosa, compuesta básicamente por un pantalón blanco o negro según el resto de la indumentaria, mismo que debía ser hecho a la medida para que tallara como guante.  Generalmente el chivo le pedía al sastre que le hiciera un corte especial en el tiro del pantalón que resaltara la parte izquierda de la ingle, además de cargadores del cinturón que simulaban puntas de lanza.  La camisa debía ser ajustada y de colores llamativos, floreadas o de rayas gruesas, que contrastaran con el color del pantalón.  Usaban zapatos o botines preferiblemente blancos, los cuales de mantenían impecables con aplicaciones constantes de albayalde o Griffin All White, aunque también utilizaron mucho los zapatos tipo francés combinados de blanco y negro.  La faja o cinturón era generalmente blanca, pero también era muy usual la de cuero de conejo o lagarto.  Los calcetines bastante altos y blancos o de un color llamativo.  Los accesorios eran obligados, pues debían de llevar una cadena de oro con medalla que resaltaba en pecho dejado al descubierto, así como un anillo de rubí y una esclava que demostraba la bonanza financiera de la muchacha. En ciertos casos, un pañuelo amarrado al cuello completaba el atuendo.

De la misma forma, el chivo era extremadamente pulcro, se bañaba a diario y si era menester dos veces al día.  Se afeitaba todos los días y si usaba bigote lo mantenía cuidadosamente delineado, si era preciso de barbería.  Su corte de pelo era característico, conocido ampliamente como “la capona” que resaltaba las patillas más grandes que las tradicionales y  marcaba geométricamente la parte posterior del cabello.  El peinado levantaba, a punta de brillantina, un gracioso copete.  En términos generales, el chivo invertía tiempo y recursos en su cuidado personal, sin embargo, se cuidaba mucho de no cruzar la delgada línea después de la cual su virilidad podría ponerse en duda, al contrario de lo que hacen en la actualidad los metrosexuales, que a propósito invaden el otro carril.

Uno de los elementos indispensables en un chivo era indudablemente la habilidad para bailar.  Todos los chivos eran excelentes bailarines, tanto en el estilo “agarrado” (bolero, vals) como “suelto” (chachachá, mambo, cumbia, salsa).  En este último, su estilo, a pesar de ser extremadamente masculino, estaba lleno de figuras que marcaban el ritmo, logrando con extrema maestría resaltar la línea corporal, a la vez que mantenía una movilidad en el torso y un rápido movimiento de las piernas.  De vez en cuando realizaban pasos de fantasía con saltos que finalizaban en splits, medios splits, o hip rolls.  A finales de los sesenta llegaban frecuentemente algunos chivos con sus damiselas al bar Los Caracoles, en el Oriental y de vez en cuando brindaban un verdadero show bailando aquellas famosas cumbias Atlántico, El Paso de al Mona y La Cigüeña de Hugo Blanco.

En su trato el chivo era exageradamente cortés.  Trataba siempre de mostrar una desmedida caballerosidad.  Con su muchacha era sumamente romántico y de esta manera, su trato, en combinación con su look, hacía que ésta viviera enamorada de él. Nunca le pedía dinero de manera abierta, siempre recurría a indirectas para lograr que ella le diera lo necesario o le comprara lo que requería. No recurrían frecuentemente a la violencia, aunque su trato, en especial en presencia de sus amigotes, no dejaba de ser machista.  “Se me va para la casa y ahí me espera” era una orden de corte chivezco.

Muchos de los rasgos característicos en los chivos eran trasmitidos directamente en lo que constituía una especie de cofradía, celosamente guardada en secreto pues no había la menor evidencia de ella.  Incluso los ensayos de los bailes, se realizaban en la mayor intimidad.   Eran pocas las ocasiones en que se les miraba juntos a un grupo numeroso de chivos, no obstante había eventos en los que inexplicablemente se miraban pandillas de esta especie, como por ejemplo las fiestas de San Sebastián en Diriamba, quien parecía ser un patrón clandestino de esta cofradía.  De la misma forma, las fiestas que se organizaban en Monimbó parecía que tuvieran un imán que atraía a numerosos contingentes de chivos.

Cada rincón del país, recordará sin duda a un chivo local, por ejemplo fue muy famoso en el sector oriental de Managua Alfredo “Terraza” quien vestido con su típica indumentaria, asistía religiosamente a las misas de los niños, aquella que oficiaba el Padre Iriarte a las diez de la mañana en Santo Domingo y donde Alfredo seguía muy devoto el oficio y muy contrito comulgaba.  En el sector de El Triángulo fue muy famoso “Chocorrón”, quien en sus buenos tiempos también fue boxeador.  En el sector del cine Ruiz había un sujeto a quien le llamaban El Doctor Chivago, porque decían que además de chivo era vago.

En fin el “look” del chivo llegó a ser reconocido en todo el país, de tal forma que cuando alguien era afecto por arreglarse o utilizar parte de esa indumentaria era rápidamente calificado de chivo, chivazo o chivián.

Para los años setenta la figura del chivo todavía se mantenía vigente, sin embargo a partir de los años ochenta, empezó a convertirse en una especie en peligro de extinción.  Las causas de este fenómeno son oscuras y muchas de ellas están en el terreno de la especulación, sin embargo, una de ellas concuerda con la caída de la prostitución en manos de mafias organizadas que dieron al traste con la figura del chivo.

Por pura casualidad tuve la oportunidad de mirar a los últimos sobrevivientes de esta tribu.  Fue a mediados de los años noventa cuando me avisaron que un ex compañero de trabajo estaba muy enfermo, le habían diagnosticado cáncer y estaba muy deprimido.  Averigüé su dirección, era en San Judas, bastante al sur y un tanto complicado llegar pues en esa época todavía no estaba construida la pista suburbana.  Al salir del trabajo pasé por el supermercado, como pueblerino compré unas galletas y unos jugos y fui a verlo.  En su casa me pasaron al patio en donde en una mecedora tomaba el fresco de la noche.  Conversamos un rato pero se hacía difícil entenderse por el ruido que venía de un predio vecino.  Le pregunté qué sucedía y me dijo que era la fiesta de los chivos.   De vez en cuando, se reunían algunos chivos y con sus parejas armaban bailes, en donde recordaban sus viejos tiempos.  Me invitó a que nos asomáramos discretamente por una rendija de la barda y pude observar a unas doce o quince parejas que andaban por arriba de los sesenta años.  Vestían los varones con la clásica vestimenta de chivo y las mujeres ropa de fiesta.  En un rectángulo enladrillado se acomodaban para bailar al compás de una música que salía de una disco móvil.  De repente los parlantes empezaron a vibrar al son de Jugo de Piña de El Super Show de los Hermanos Váskez y todas las parejas se lanzaron al ruedo, en una especie de competencia.  A pesar de su edad, todavía guardaban una gran habilidad para el baile y con una impresionante maestría seguían el ritmo de esa pegajosa canción.  Cada quien ejecutaba sus mejores pasos que dejarían regados a los participantes de esos concursos de baile de la televisión.  De repente vino el solo de sax tenor de Rafael “El Chiquis” Vázquez”, el hombre de los catorce pulmones, en donde el instrumento parece perderse en el espacio sideral, y cada quien se empeñó en sacar sus mejores pasos, uno de ellos, con la agilidad de un gato se lanzó en un salto y cayó en split, agarrándose luego él mismo del cuello de la camisa y solo con la presión de las piernas se levantó y continuó su danza.  En fin un espectáculo digno de filmarse, lástima que en ese entonces los celulares no tenían cámaras de video.  Al año siguiente falleció el amigo de San Judas y fui a su vela, situándome a propósito en las sillas ubicadas cerca del muro trasero.  En algún momento me llegué a asomar al predio vecino, pero estaba completamente desierto.

Hoy en día, es muy raro encontrar un chivo.  Debe de haber uno que otro espécimen, sin embargo, el espíritu de chivo continúa vivo en el corazón de muchos nicaragüenses, no importa que sean vendedores, locutores, ingenieros,visitadores médicos, diputados, economistas o abogados y se manifiesta de alguna forma en algún rasgo de su personalidad.  En algunas ocasiones a través de la predilección por los zapatos blancos, o bien por los pantalones del mismo color y con un corte chivezco.  Otros tal vez con cabello arreglado al estilo de la “capona” y otros con una esclava de oro de 14 kilates que agitan incesantemente para sopesar su calidad.  Puede ser que en alguna fiesta, entusiasmado por el ritmo de alguna pieza, un ciudadano se salga del closet y proclame a los cuatro vientos su vocación de chivo a través de su estilo de bailar, típico de la cofradía. Tampoco falta aquel que le estire la mano a su pareja para que le dé para la gasolina o para una media o bien le dé órdenes en público con el estilito del chivo.  Lo más curioso es que abundan las mujeres que admiran estas cualidades.

Agradezco sobremanera el apoyo de algunos colaboradores en la elaboración del presente post, quienes no obstante me solicitaron que los mantuviera en el anonimato por razones obvias.

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El placer del desafío

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Había leído la novela Arráncame la Vida de Angeles Mastreta a inicios de los años noventa, cuando todavía vivía en México, y la había disfrutado mucho. La impecable narrativa cargada de una notoria sencillez de Mastreta sobre una historia de amor y desamor en la época de la post revolución mexicana, girando alrededor de los excesos del poder y la corrupción me gustó tanto que la leí en un dos por tres. La reflexión obligada en aquel entonces era cuánto en realidad había cambiado México desde los años treinta y cuarenta, que es la época en que se desarrolla la novela.

Cuando hace unos días estrenaron la película realizada por Roberto Sneider sobre la novela de Mastreta y presentada con el mismo nombre, me obligué a verla. No entraré al delicado terreno de la crítica cinematográfica que no es mi campo, no vaya a ser que salte Ampié u otro de sus colegas, simplemente me limitaré a expresar que me gustó mucho. Creo, sin temor a equivocarme que ha sido una de las mejores producciones del nuevo cine mexicano, en donde el director logró un interesante balance entre todos los elementos que participan en la película.

Como siempre, en estos casos emerge el sabio adagio de que en gustos se rompen géneros y habrá algunos a quienes no les gustó la cinta, otros se mostrarán indiferentes, otros tal vez le reprocharán que no clasificara para un Oscar y demás. De la misma forma, cada quien expresará lo que más le gustó de la película; que si la bien lograda recreación del México de los treinta-cuarenta, que si la actuación de Giménez Cacho, que si la magistral fotografía de Javier Aguirresarobe, que si la escena del desnudo de Ana Claudia Talancón y hasta habrá quien prefiera la intervención de Eugenia León. A mí en particular lo que más me gustó de la película, aún bajo el riesgo de parecer ignorante o incluso cursi, fue la escena cuando Catalina Guzmán (Ana Claudia Talancón) se escapa con Andrés Ascencio (Daniel Giménez Cacho) para conocer el mar. La historia apenas empieza y Ana Claudia juega a ser la niña de su personaje, quien por su parte juega a ser mujer y como salida de una chistera entra la melodía de Palmera, de Agustín Lara, en la voz de Toña la Negra.

La versión de Palmera es exquisita. Existen varias interpretaciones de Toña la Negra de esta misma composición, incluso hay una en donde el “Flaco de Oro” introduce el tema con una alegoría sobre el mar y luego acompaña con su piano a la jarocha en su inigualable interpretación. Sin embargo, la versión introducida en la película es una exaltación del ritmo a través de percusiones que giran alrededor de un piano muy discreto, un tanto distante del estilo de la música de Lara, más bien acercándonos al inolvidable Juan García Esquivel cuando descubrió la magia del estéreo.

Creo que Palmera refleja de manera muy fiel el espíritu de la música de Agustín Lara, en donde a nivel de un poeta realiza una disección del cuerpo femenino para convertir cada parte en objeto de veneración. Sus únicas cuatro estrofas le dan un enorme peso a la expresión de Lara: Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar/y en tu boquita la sangre marchita que tiene el coral/ y en la cadencia de tu voz divina la rima de amor/y en tus ojeras se ven las palmeras borrachas de sol. Muchos consideran esta letra como sinónimo de la más grande cursilería, otros aunque tachan a Lara de cursi lo hacen como un cumplido, pues consideran que ningún otro compositor ha llegado a calar tanto en el sentimiento popular como Agustín Lara.

Está por demás decir que a Palmera le han sobrado intérpretes, desde Pedro Vargas hasta Plácido Domingo, sin embargo, muchos conocedores coinciden que la mejor ha sido la de Toña la Negra. Yo llegué a conocer bien esa canción gracias a doña Elida. En la primera mitad de la década de los sesenta, fuimos vecinos de doña Elida Rojas viuda de Jerez y sus hijos Enoc, Ena, Evenor, Ezequiel y Eduardo. Al morir su marido, ella se hizo cargo de su familia asumiendo el oficio del finado, llegando a ser la primera sastre, no costurera, del pueblo. Doña Elida tenía un carácter especial y acompañaba toda su jornada de trabajo, cantando desde su máquina de coser. Tenía una buena voz, era muy entonada y sabía un amplio repertorio de toda la música romántica de esa época. Entre sus canciones preferidas que se escuchaban desde su hogar era precisamente Palmera. Sus hijos heredaron la inclinación musical de su madre. Ezequiel tendrá mi edad y juntos pasábamos jugando a la guerra y a las espadas y en los descansos entre las interminables batallas, él se dedicaba a cantar rancheras, en particular La Malagueña.

Años más tarde, los hermanos Jerez formaron parte de los conjuntos musicales más famosos en esa época, en especial los recordados Panzer. De alguna forma, en el repertorio de ese conjunto fue apareciendo muchas de las canciones que entonaba doña Elida y entre ellas destacó la interpretación de Palmera, en una versión que en ciertos momentos parecían competir con Ray Conniff.

En fin, si quiere disfrutar un rato de una buena película vaya a ver Arráncame la Vida. Si es hombre gozará viendo a Ana Claudia Talancón reflejando en su angelical rostro la fuerza de su personaje o si es dama observando a Daniel Giménez Cacho, desbordando el carácter de macho mexicano, si es melómano se deleitará con una banda sonora de primera, si es cinéfilo le agradará la bien lograda dirección, una fotografía única y una ambientación bastante realista. Cualquiera que sea su motivación, póngale cuidado al momento en que Catalina y Andrés llegan a la playa y en medio de las olas aparece mágicamente Palmera.

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La Mora Limpia

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Yo nunca había escuchado la Mora Limpia.  De pequeño, mis viajes a Managua eran esporádicos y prácticamente de entrada por salida.  En aquella época no la pasaban por ninguna radiodifusora, o por lo menos yo no había tenido la oportunidad de escucharla.  El caso es que tendría tal vez unos catorce años cuando la escuché por primera vez.

A mediados de los sesenta llegó al pueblo un joven sastre que venía de El Dulce Nombre, poblado de la costa del Pacífico, bajando del llano de Pacaya, un tanto al sur de Pochomil.  Alquiló un local en la calle del Calvario en donde habitaba y tenía su taller de sastrería.  Colocó un rótulo improvisado en donde quiso poner: “Sastrería, Diego M. Baltodano A”., sin embargo no calculó bien el tamaño de las letras del segundo renglón y sólo alcanzó a escribir Diego M. B. A.  La gente del pueblo que era más rápida que veloz, el puso de sobre nombre Diego Bomba, a lo cual el joven se resignó pues además no había dolo en el origen de dicho apodo.  Diego tenía como afición la guitarra.  Algunas veces, después de finalizar su jornada de trabajo, se le miraba tocando su guitarra en el taller.

Una tarde que pasaba yo por su casa, estaba Diego interpretando con un amigo una pieza que me impresionó al momento de escucharla.  Haciendo a un lado la modestia, podría decir que, aún a esa edad, no era un ignorante en materia musical, pues mis padres nos llenaban la vida de música y por lo tanto no cualquier canción me podía impresionar. Sin embargo, esa canción tenía un sabor particular.  Sus notas se desgranaban de las dos guitarras como el agua cristalina que brota de una fuente y parecían transportarlo a uno de una rebosante alegría a una profunda tristeza.  Bastante impactado, me quedé como dicen “puerteando”, escuchando aquella cautivante melodía y al finalizar me dije a mí mismo, como Correggio cuando definió su vocación de pintor, yo también quiero ser guitarrista.

Le pedí a mi padre que me regalara una guitarra y estaba dispuesto a proponerle a Diego que me diera clases.  Sin embargo, por angas o por mangas, la guitarra nunca llegó y así el mundo perdió a un gran músico.  Muchos años después, mi padre compró la guitarra pero para mi hermano Oswaldo y sirvió para que tres de mis hermanos siguieran ese hermoso camino.

Cuando me trasladé a Managua para estudiar en la universidad, me zambullí en el espíritu capitalino, absorbiendo toda la esencia de su cultura y ahí fue donde llegué a conocer la historia de aquella canción que me había cautivado, La Mora Limpia y la de su autor Justo Santos.

Paradójicamente Justo Santos no era oriundo de Managua, había nacido en 1925 en un pequeño poblado de Rivas llamado Palos Negros situado en el camino que lleva a Tola y en cierto momento llegó a Managua en busca de nuevos horizontes.  Formó parte del Trío Los Criollos con Carlos Adán Berríos, quien luego fundara el Trio Xolotlán.  Justo también formó el Trío Los Pinoleros.

Los festejos para el Centenario de Managua como capital de la República, que se cumplirían en el año 1952, se prepararon con pompa y circunstancia y con la debida antelación.  Desde el año 1946 la Presidencia de la República conformó un Comité que se encargaría de preparar la celebración y como parte de la misma, se convocó a un concurso para seleccionar una canción que reflejara el espíritu de la alegría que representaba los cien años de la capital.   Justo Santos se entusiasmó e inscribió en dicho concurso una pieza que él había compuesto pensando en el corazón mismo de los capitalinos y que le había puesto por nombre La Mora Limpia, en honor de los preparativos que se realizan en el camino que recorre Santo Domingo en su bajada de las sierritas hacia la ciudad capital.  Algunos relatores, con una imaginación más fértil, aseguran que la composición se refiere al árbol de la mora que aparentemente abundaba en dicho camino y que servía de refugio eventual al trío Los Pinoleros.  La composición de Justo Santos no logró alcanzar el primer lugar en aquel concurso.  A pesar de lo anterior, de la misma manera que a mí me impresionó esa genial composición, también impactó a muchos nicaragüenses que guardan dicha melodía como algo muy representativo de su identidad nacional y de manera muy especial, a los capitalinos que encuentran en La Mora Limpia un pedazo de aquella agreste e impoluta Managua.

Justo Santos murió joven, a los treinta y tres años, cuando regresaba de trabajar en su oficio de músico, una noche de 1958.  Existen muchas versiones sobre su muerte, sin embargo no son relevantes, pues lo que todavía causa indignación es que un vigilante ebrio, cortó la vida de un notable músico.  Justo fue inhumado en el Cementerio Central de Managua, sin embargo, años más tarde, su familia decidió trasladarlo al Cementerio Oriental de la capital.

Tal vez Justo Santos no ha recibido el reconocimiento que se merece de parte del pueblo nicaragüense, sin embargo, no ha caído en el olvido, pues es imposible que alguien que escuche La Mora Limpia, no busque por cualquier medio como conocer a su autor.  En el plano institucional, se han dado varios esfuerzos por resaltar la figura de Justo Santos.  Recuerdo que a mediados de los años setenta, en la plazoleta que hay fuera de la entrada principal del Estadio Nacional, en donde antes había un caballo y ahora hay una mula, se creó un espacio para la venta de comida y bebidas espirituosas, donde se ubicaron a una gran cantidad de tríos y mariachis, a la cual se bautizó como Plaza Justo Santos.  Por un rato estuvo funcionando dicha plaza, sin embargo, de la misma forma que apareció un día sin más ni más desapareció.  Hace algunos años, la Alcaldía de Managua realizó un homenaje en la tumba del compositor en el Cementerio Oriental, en donde la Camerata Bach interpretó entre otras piezas, la inolvidable Mora Limpia, mientras se bendecía el mausoleo que se construyó para Santos gracias al empeño del historiador Roberto Sánchez Ramírez.

Dicen que la prueba de fuego para cualquier aspirante a guitarrista es la interpretación de La Mora Limpia, sin embargo, más que saber tocarla con la limpieza que esta pieza reclama, es necesario poner todo el sentimiento en cada nota.  Esta composición ha tenido infinidad de intérpretes, aunque no existen grabaciones de la mayoría de las versiones.  La más aplaudida quizá sea la que arregló Carlos Mejía Godoy y en la que interviene  una orquesta, acompañando a las guitarras primero y luego para darle un toque de nuestra “negritud” como diría Sergio Ramírez, a la marimba.  Con un toque clásico resalta la versión de la Camerata Bach, que siempre engalana cualquier evento en donde se interprete.  Regresando a la guitarra pura, la orquesta de guitarras Armando Morales Barillas tiene una versión bastante depurada.  También habría que mencionar la versión que tiene el ensamble Tierra Mestiza, que se originó en aquel recordado grupo Los Folkloristas y que la incluyen en su repertorio de música folklórica de América Latina como uno de los exponentes más representativos.  Una versión muy fresca y colorida es la que realizó el tecladista Frank Fernández.  Indudablemente en gustos se rompen géneros y cada quien tendrá su preferencia especial por alguna versión en particular.  Para mi gusto, la versión que más me ha gustado es la que interpreta Eduardo Araica con otros dos maestros guitarristas que no estoy seguro si son Andrés Sánchez y Julio Vásquez y cuyo video presentaron recientemente en la televisión.  La maestría de Araica y de sus acompañantes logra una calidad interpretativa que sin duda alguna harían emocionarse al propio Justo Santos.

Hay quienes dicen que La Mora Limpia es el segundo himno nacional y yo creo que tienen razón.  En todos los países hay alguna melodía que está tan arraigada en el sentimiento del pueblo que se considera como el segundo himno nacional.  En México el equivalente sería sin lugar a dudas el son de La Negra.  Si algún mexicano en cualquier lugar del planeta escucha La Negra, no puede evitar lanzar un grito que termina ahogándose de emoción en su pecho y si no tiene una botella de tequila a la mano, muy probablemente se eche a llorar.  La Mora Limpia tiene a su favor el hecho de no tener letra, esto le otorga un valor excepcional, pues tan sólo su melodía basta para provocar las más exaltadas emociones en un nicaragüense.  Como decía Oscar Wilde:  Todo lo revela porque nada expresa.

Composiciones como La Mora Limpia, que tienen un profundo significado para la identidad nacional, deberían aislarse de cualquier intento de utilizarse con fines politiqueros.  De la misma forma que los símbolos patrios reclaman respeto, todas aquellas manifestaciones representativas de nuestra cultura, deberían enaltecerse y no revolcarlas en el cieno de mezquinos intereses personales.

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