Archivo mensual: febrero 2014

Los súper abuelos

Don Emilio y Doña Estercita Ortega

El pasado 13 de febrero la Asamblea Nacional mediante un decreto de ley declaró el día del abuelo y la abuela, celebración que se realizará cada 26 de julio.  Los considerandos del dicho decreto fueron que es necesario reconocer la contribución de los abuelos y las abuelas en la formación, desarrollo y educación de la familia.  De esta manera, en dicha fecha, cada año, se celebrará en centros de enseñanza, comunidades y familias, actos de homenaje y reconocimiento que propicien el reforzamiento de los valores de la familia, contribuyendo a la educación y formación de sus nietos y nietas.

Para muchos ingenuos fue un acto casi heroico de parte de los parlamentarios y les pareció que están respondiendo a la exagerada proporción del presupuesto nacional que con extraordinario apetito absorben.    Desde mi particular punto de vista, este decreto equivale a que el Presidente de la Asamblea Nacional grite a todo pulmón  ante el pleno de ese órgano: -¡Muera el cáncer! y el resto de asambleístas le respondan a coro: -¡Que muera!  Obviamente, con esa contundente acción, la tasa de incidencia de esa terrible enfermedad no bajará ni una centésima de punto.  Hace falta, indudablemente que se destinen dentro del presupuesto nacional, más recursos para la investigación, comunicación y tratamiento de ese mal.  En otras palabras,  hechos, no palabras.   De la misma manera, los abuelos y abuelas merecen mucho más que la declaratoria de un día en su honor.

En los últimos cincuenta años, el papel de los abuelos ha variado en forma significativa, pues han pasado de un papel un tanto marginal de cuido eventual y trasmisión de cultura a través de cuentos y leyendas, a un papel más comprometido dentro del desarrollo de las familias.  Las condiciones económicas del mundo actual han demandado un esfuerzo mucho mayor de parte de las jóvenes parejas que deciden formar una familia, especialmente en términos financieros, lo que ha motivado a que en una gran proporción, estas han debido permanecer en los hogares de los padres de uno los cónyuges o bien si tienen la gran suerte de poder sufragar los gastos de un hogar propio, la ayuda en diferentes sentidos de parte de los abuelos se ha ido incrementando cada vez más.

De esta forma, cada vez es mayor el número de abuelos que tienen que prolongar su jubilación por mucho más tiempo del establecido, con el propósito de continuar generando una mayor proporción de ingresos en sus hogares, mientras sus hijos logran consolidar una posición económica que les permita emanciparse totalmente.  Así pues el papel del abuelo demanda un compromiso serio que debe asumir a veces en forma un tanto pasiva, pues tiene que respetar las decisiones en cuanto al tema familiar realicen sus hijos y apechugar cuando del cielo le caen nuevas y más pesadas responsabilidades.

Cuando los abuelos todavía son trabajadores activos, además de las funciones que deben desarrollar en sus trabajos, les corresponden otras respecto al cuido de sus nietos, muchas veces llevarlos y traerlos del colegio, ayudarles en sus tareas, investigar en internet a fin de responder a cada una de sus inquietudes de manera eficiente, etc.  Cuando los abuelos ya están retirados, la carga puede ser mayor, pues les corresponde además bañarlos, vestirlos y alistarlos para el colegio, además de las tareas propias del hogar.  Todo este esfuerzo demanda una gran cantidad de energía, pero además, de sabiduría, pues es necesario mantener un balance de autoridades de manera que los nietos no sufran o se aprovechen de cualquier desequilibrio en la correlación de fuerzas familiar.

Existen muchos casos en que los abuelos, por su edad y por sus condiciones económicas no pueden cumplir con el papel que hoy se les demanda, entonces su vida se llena de frustraciones y desencantos.

En nuestro caso particular, el papel de abuelos que nos correspondió se ha extendido, al haberle prometido a nuestro hijo, antes de fallecer, que cuidaríamos a sus hijas hasta que nuestras fuerzas nos lo permitieran y por lo tanto, con el mayor amor del mundo, hemos asumido esa responsabilidad, tratando de cumplir muy gustosos con el papel que nos corresponde como abuelos, pero supliendo, en lo más que se puede, con el papel paterno que ha faltado.   Para ser sinceros, no necesitamos de un día especial en el año, tan solo con ver crecer a esas niñas y observar que la semilla que lanzamos está cayendo en tierra fértil en sus corazones, es suficiente y estamos seguros que con el tiempo, cuando no estemos en este mundo, ellas reconocerán en su justa medida el papel que jugaron sus abuelos en sus vidas.  Por nuestra parte, podremos decirle a nuestro hijo cuando lo encontremos en otra dimensión: Misión cumplida.

Así pues, queridos lectores, ¿no creen ustedes que ese decreto es una soberana tomadura de pelo de parte de los padres de la Patria?  Lo justo hubiese sido que en reconocimiento a todos los abuelos se hubiera destinado más fondos para proteger su salud, para garantizar su recreación, para ayudar a tanto anciano desamparado.  Para iniciar, todos los legisladores sin excepción hubieran hecho un fondo con todo el dinero que anualmente les asignan para gastarlo en forma discrecional, para empezar a construir en todo el país, albergues y comedores para abuelos sin recursos.

Para acabarla de rematar, los illuminati escogieron un día que refleja claramente su desprecio al carácter laico que debe privar en el Estado, pues se trata de un día en que una iglesia en particular celebra a dos figuras más míticas que reales.  Tal vez, lo más sensato, en caso en que no tuvieran  otra alternativa más que efectuar el decreto, hubiera sido dejar la celebración para determinado domingo en el año y así, la familia unida celebrara a esos personajes que parecieran salir de un comic de Marvel:  Los súper abuelos.

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Los oficios perdidos

Telegrafista.  Foto tomada de Internet

 

Para quienes nacimos y crecimos en el siglo XX y tenemos la suerte de estar contando el cuento en este arranque del tercer milenio, nos ha tocado observar cómo una serie de oficios se han extinguido de la noche a la mañana y a la fecha están, tristemente, casi olvidados y muchos de los jóvenes de hoy, si no tienen la curiosidad de navegar en la historia, nunca sabrán de que se trataron.

Sin temor a equivocarme, creo que uno de los oficios desaparecidos más representativos es el de telegrafista.  Pocos oficios motivan tanta melancolía y por qué no, romanticismo, como aquellos maestros de la clave Morse que jugaron un papel relevante dentro de la historia de muchos países.  Desde que apareció el telégrafo a mediados del siglo XIX, a pesar de sus restricciones, vino a revolucionar las comunicaciones y los hombres y mujeres que aprendieron el oficio de operadores del nuevo aparato, se convirtieron en personajes clave en todas las comunidades que iba cubriendo este invento.   En Nicaragua no fue sino hasta 1879 que el telégrafo hizo su aparición en la escena nacional, cubriendo paso a paso la mayoría de las poblaciones de las regiones Pacífico y Central del país.

Cabe señalar que la inmediatez proporcionada por el telégrafo fue un factor clave durante las innumerables guerras que asolaron el país a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX y los telegrafistas, por lo tanto, eran personas imprescindibles y estratégicas, a tal punto que durante el régimen somocista la mayoría pertenecía el ejército.  Dentro de los personajes que resaltaron en este oficio está, sin duda alguna, Blanca Stella Aráuz, la telegrafista de San Rafael del Norte, quien ejerciendo su oficio conoció al General  Augusto C. Sandino con quien contrajo nupcias, falleciendo años después al dar a luz a una niña.  La historia de amor entre el general y la telegrafista, con la música de fondo que le pusiera Carlos Mejía Godoy con Flor de Pino, todavía provoca suspiros.

En lo más recóndito de mi memoria aparece en unos pequeños locales ubicados junto al Comando  de la Guardia Nacional de San Marcos, las oficinas de teléfonos y telégrafos, en donde eventualmente se escuchaba tartamudear aquel mágico aparato y un individuo con pantalón caqui, parecía tener la consigna de no separarse de él.  Cuando a inicios de los años sesenta, la Parca se llevó en staccato a una buena parte de mi familia, recuerdo que la casa se inundó de telegramas con mensajes de condolencias escritos en el difícil arte de la condensación al mínimo de palabras y en donde después de mucho tiempo me di cuenta que Afmo. era la abreviatura de afectísimo y no de afeminado.

La revolución tecnológica el siglo XX vino a relegar poco a poco el uso del telégrafo y fue la aparición del internet acompañado con el correo electrónico que vino a dar el tiro de gracia al poco uso que le podía quedar a este medio de comunicación y los pocos telegrafistas que quedan se limitan a recordar aquellos gloriosos días.

Otro oficio que se esfumó con la aparición de la informática fue el de dibujante.  Aquellos que trabajaron en una oficina en los años setenta recordarán la figura del dibujante, en un cubículo privilegiado, con aire acondicionado y rodeados de su equipo Leroy y demás parafernalia, en donde había que realizar reverencias para entrar a una lista de espera, con el fin de que aquel se compadeciera y se dignara a confeccionar o bien un mapa, un rotafolio, una presentación en filminas o cualquier ilustración para un documento.  Había que invitarlos de vez en cuando a unos tragos y en las fiestas de la institución ocupaban las mesas mejor atendidas.  No obstante, al momento de aparecer los primeros programas de elaboración de presentaciones, como el Harvard Graphics, se escuchó en aquellos cubículos:  ¡Oh-Oh!  Con la inclusión del Power Point en Windows Office, el oficio se fue al traste y sigilosamente se miró a aquellas vacas sagradas desfilar sigilosamente con sus Leroy y demás equipo hacia el olvido, aunque algunos con cierta visión ingresaron a estudiar diseño gráfico por computadora.

Por muchos años, las taquimecanógrafas ejercieron un oficio muy demandado, pues su velocidad al teclear frente a una máquina de escribir y tomar notas a una velocidad increíble, hacían el trabajo de cualquier ejecutivo más fácil, sin embargo, al aparecer las computadoras personales, cada ejecutivo se lanzó al reto de dominarlas y al desarrollarse los procesadores de palabras, la tarea de redactar memorandos, informes y demás documentos se hizo más fácil pasándolos directamente de la mente al computador y de esta forma el oficio de las mecanógrafas se fue haciendo menos requerido, además de que con la aparición de las grabadoras compactas, se hacía menos necesario el uso de la taquigrafía.  Sin embargo, el jefe no es el jefe si no tiene alguien que le asista en tareas mundanas como contestar el teléfono, prepararse un café, manejar una agenda, así que las taquimecanógrafas se convirtieron en asistentes que además de esas tareas, le cubren las espaldas a sus jefes.

Así pues, hemos visto desfilar un buen número de oficios que fueron desplazados por el progreso, como es también el caso de los “piperos”, que ante la falta de agua potable corriente en cada casa, llevaban el vital líquido a domicilio en unos carromatos con un enorme tonel y tirados por un equino.  Con la llegada de los sistemas de agua potable, fue desapareciendo este oficio, aunque ante la ineficiencia de estos modernos sistemas en algunas poblaciones, existe la posibilidad de que regresen aquellos piperos, aunque ahora montando el tonel en alguna potente camioneta.

Cuando la mayoría de los cafetales del país eran de sombra, existían unos individuos que machete en mano subían a los enormes árboles para podarlos de tal manera que la sombra fuera más eficiente.  Se les llamaba “miqueros”, me imagino porque también subían con pericia a los árboles persiguiendo monos.  Cuando los iluminati decidieron emprender el programa de “renovación” de cafetales introduciendo variedades que no necesitaban la sombra de aquellos enormes árboles, el oficio desapareció, aunque milagrosamente apareció una buena cantidad de billetes en la bolsa de los nuevos emprendedores madereros.

En la mayoría de los pueblos se encontraban rótulos que anunciaban: “Se forran hebillas y botones” en donde alguna señora con algunos adminículos se dedicaban a complementar el trabajo de las modistas, ajustando las fajas o cintos, así como los botones a la tela del vestido.  No obstante, con la aparición de la ropa fabricada industrialmente y mayormente la ropa de segunda mano, de “paca” o de “Paquistán” como se le conoce, este oficio, al igual que el de las modistas, prácticamente desapareció del mapa, aunque estas últimas encontraron en las maquiladoras un importante reducto.

Muchos recordarán a unos sujetos que recorrían las calles de las ciudades, con un brasero y un pedazo de metal calentado al rojo vivo y que a todo pulmón preguntaba a diestra y siniestra: ¿Vaaaa a soldaaaaaaaaaaar? Y sentado a plena calle se ponía a reparar ollas y demás utensilios metálicos.  Con la aparición del plástico y lo económico de algunos utensilios metálicos, el oficio lentamente desapareció y de vez en cuando se mira a algunos de ellos en una camioneta destartalada comprando objetos metálicos inservibles para su reciclaje.

Algunos lectores tal vez tuvieron algún accidente que provocó una torcedura, luxación o desgarre en alguno de sus miembros (anteriores o posteriores) entonces fueron llevados a donde algún “sobador”.  Estos técnicos conocían todos los huesos del ser humano y sus secretos, así como cada articulación y los músculos implicados, de tal manera que con singular maestría aliviaban los tremendos dolores que provocaban aquellos accidentes.  Con el tiempo, los quiroprácticos, acupunturistas, médicos alternativos, fisioterapeutas, ortopedistas, traumatólogos y demás profesionales que acceden a algún título o licencia, desplazaron a aquellos “sobadores”, de tal suerte que solo sobreviven en algunas zonas de tierra adentro.

Muchas anécdotas y chistes se basan en un oficio que está prácticamente extinto y tal vez en pequeñas comunidades rurales pueda subsistir es el de lechero.  En el pasado se acostumbraba que los productores de leche ya fueran industriales o artesanales, enviaban sobre pedido la leche a domicilio, cobrando el importe algunas veces semanalmente.  Los modernos sistemas de comercialización y las ansias insatisfechas del margen de utilidad, hicieron que este oficio desapareciera y actualmente cada cristiano tiene que ir con sus pasos contados hasta la pulpería o el supermercado a abastecerse del lácteo y especialmente fijarse en la fecha de caducidad, pues parece que es un negocio redondo de parte de las grandes cadenas, comercializar productos caducos.

La fotografía también está atravesando una importante crisis con la aparición de los sistemas digitales que mandaron a volar a todo lo que era el revelado e impresión de las antiguas películas de rollo, así pues los laboratoristas e impresores se fueron al olvido.  Es más con la proliferación de cámaras digitales que hoy están presente hasta en los teléfonos celulares y las ahora populares tabletas, muchos fotógrafos se encuentran en serios problemas de mercado para sus servicios.

Otros oficios a pesar de haber nacido a partir de la revolución tecnológica de fines del siglo XX, también han sufrido ese vertiginoso cambio que los ha dejado rápidamente en el olvido.  Cuando surgieron las reproductoras de video, BETAMAX o VHS, el oficio relacionado con el alquiler de películas en estos formatos se volvió un trabajo con buenos ingresos e incluso sobrevivió al DVD, adaptándose rápidamente al cambio.  No obstante, la piratería creció a un ritmo mayor y de pronto muchos de los que se dedicaban a este oficio se encontraron desplazados completamente.

De la misma manera, los ciber cafés, se convirtieron en la mejor alternativa para acceder al internet de parte de la población que no tenía acceso al servicio doméstico del mismo, de tal manera que se convirtió en una actividad hasta cierto punto lucrativa, sin embargo, el incremento en el acceso a equipos más baratos y la facilidad para el acceso al internet y expansión del wi fi libre, está poniendo en peligro de extinción a este tipo de servicio.

Los sorprendente es que el ritmo de avance de la tecnología no se detiene y a esos pasos, no es remoto que en un futuro próximo muchos oficios irán camino a la extinción.  No solo la informática está revolucionando el comercio y otras actividades, sino que también la robótica mostrará más temprano que tarde, resultados realmente anonadantes.  Así pues, estimado lector, es necesario aprender a aprovechar las oportunidades que nos va dando la vida, encontrar el camino correcto y no quedarnos colgados de la brocha.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dadme un punto de referencia…

El arbolito.  Foto Orlando Ortega Miranda

 

Sería tal vez 1955 cuando de la mano de mi abuela salí del Hospital Bautista, donde trabajaba mi padre y tomamos un taxi, que en esa época les llamaban “gatos”.  Con su voz un tanto autoritaria le espetó al conductor: “de la Hormiga de Oro dos abajo y media al lago”.  El taxista sin titubear arrancó el vehículo y raudo y veloz atravesó la ciudad capital y ya en el sector de abajo, como se le conocía al occidente, se ubicó rápidamente en la dirección solicitada y llegamos sin contratiempo a la casa de mi tío.  Si mi abuela le hubiese dicho “a la quinta avenida noroeste, número 307” tal vez el taxista hubiera puesto cara del Demonio de Tasmania y reclamado la dirección nica, es decir, basada en un punto de referencia.  

En esa época, Managua tenía sus calles perfectamente catalogadas y numeradas, partiendo de una avenida central que atravesaba la ciudad de la loma de Tiscapa al lago, es decir de sur a norte y cuyo nombre oficial era Avenida Roosevelt; por otra parte, había una calle central, que era la que fenecía en el oriente en la Iglesia Santo Domingo y a partir de esos dos ejes, las calles y avenidas se denominaban de acuerdo al cuadrante donde estaban ubicadas.   Muchas veces tenían dos nombres, ambos oficiales, por ejemplo, la 2ª calle sur era la calle 15 de septiembre y los domicilios hacia el oriente y occidente de la avenida central se ubicaban en la 2ª calle sureste y suroeste respectivamente.  A excepción de los empleados del sistema postal que conocían a la perfección la ubicación de cualquier inmueble en la capital con la nomenclatura oficial, el resto de la población necesitaba de otros parámetros para poder orientarse.  Pareciera que los nicaragüenses se adosaron íntimamente al pensamiento de Arquímides (de Siracusa) y parafraseándolo enarbolaron el lema: “dadme un punto de referencia y encontraré el mundo”.

Así pues, a través de su historia la capital ha estado plagada de puntos de referencia que han variado de manera sorprendente, pues lo mismo se ha utilizado un inmueble ya fuera público, privado, comercial o religioso, que el lugar en donde ocurrió un acontecimiento histórico.  Estos sitios se han movido de forma dinámica de acuerdo a las circunstancias, en especial después de los terremotos de 1931 y 1972.  Antes del primer sismo, resaltaban el Hotel Lupone, el Teatro Variedades, la Maison Dorée, la Iglesia Candelaria, el Campo de Marte, la Parroquia, la Casa del Aguila, la Penitenciaría.  Entre los dos terremotos florecieron un sinnúmero de sitios que sirvieron tradicionalmente de puntos de referencia y de los cuales unos pocos sobreviven en la actualidad.  La sobertería La Hormiga de Oro, que mencioné al inicio era uno de los principales referentes en el sector occidental para localidades cercanas a la Calle Momotombo entre la Avenida Bolivar y la 6ª  Avenida Noroeste, en donde también se ubicaba otro famoso punto que era la Chibolería Gil.  Por ese lado estaba también el Palacio de Comunicaciones, la Cafetería La India, el Diario La Prensa, la Alianza Francesa.   Un poco más alejados del centro en ese mismo sector también estaban dos lugares emblemáticos que a la fecha aún sirven como referencia, el Arbolito, que después de varios atentados se impuso en la intersección de lo que fue la Avenida del Ejército y la Calle del Triunfo.  El otro lugar es Las Delicias del Volga, legendaria cantina de la vieja Managua a unas cuadras del Cementerio General y que a pesar de haber desaparecido hace muchos años y albergar a la fecha una venta de repuestos, todavía se sigue utilizando para orientar a quienes buscan una dirección en el rumbo.  Por la carretera sur estaban el Buen Tono y la Fosforera, esta última que servía de referencia para quienes asistían al Chepito´s Inn.

En el propio centro de la ciudad muchos recordarán a la esquina de Los Coyotes o bien la de Carlos Cardenal en la otra banda, en la Avenida Roosevelt, los Mejores Trajes Gómez en la Bolívar, el Jardín Central en la 15 y la Roosevelt, las camisas Record en la 15, los repuestos Chico Ché en la misma calle.    Desde luego, los cines eran referencia obligada, es más con sus variantes, como la luneta del Principal.  También los edificios públicos como los Juzgados del Trébol, la Casa Liliam sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Salud, entre otros. 

En el rumbo del oriente, arriba como se decía, estaba la loma de Chico Pelón, por el aeropuerto Xolotlán, el Abanico, la Farmacia Mendoza en el mercado Oriental, la cantina del Gato Abraham, el Caimito, la gasolinera El Triángulo, la Caimana, la panadería Cagnoni, la estación Caldera, la Sala Evangélica, la primera Iglesia Bautista, el edificio Silva, el Cerna, el taller Cajina, el Hotel Estrella, los tacones AGO, la casa Pantoja, la panadería El Colmado, la Farmacia Loyola, el cine Fénix.

Así como estas direcciones seguramente hay una infinidad de puntos que ocuparían muchas páginas en este artículo y cada quien, de conformidad con los recuerdos que guarde de sus rincones podría agregar a esta muestra y que por otra parte han sido objeto de largas crónicas de parte de especialistas en el tema.  Habría que resaltar que era interesante cómo algún acontecimiento marcaba un punto de referencia como lo fue, en una época La Balacera, allá por el Barrio San Luis, que en una época llamó tanto la atención de los vecinos que se quedó por mucho tiempo como referencia obligada en el rumbo. 

Es importante señalar que a pesar de que muchas cantinas fueron referencias que por largo tiempo orientaron a muchos capitalinos, las casas de cita, como se les conocía a los prostíbulos, por alguna razón no se utilizaban a menudo para ubicar alguna dirección.  Cuando por azares del destino viví junto al exclusivo lupanar conocido como La Toña Nariz, la dirección obligada era de la Clínica Barbosa una cuadra al sur y veinte varas arriba.  Tampoco podía ocupar la dirección de donde la Engracia Lacayo setenta y cinco varas abajo.  Cuando mi familia se trasladó a la capital nos ubicamos en el llamado oficialmente Callejón Ramón Sáenz Morales, que era la prolongación de la 6ª avenida Suroeste y que se le conocía con el remoquete de la Cueva de Alí Babá, sin embargo, la referencia obligada era de la Panadería La Tica, media al sur. 

El terremoto del 72 arrasó con la centro de la ciudad y todos los puntos comprendidos en esa zona desaparecieron para siempre.  Cuando después del shock la población se dio cuenta que tal como decía Julio Iglesias: “La vida sigue igual”, comenzaron todos los negocios a anunciarse en las radiodifusoras bajo el recordado lema: “Estamos operando” y a continuación ofrecían la nueva dirección basada ahora en nuevos puntos de referencia.  De esta forma ciertos sectores cobraron nueva vida, como el caso de Ciudad Jardín y sus famosas referencias de la ITR, La Colonia, entre otros.  Linda Vista con la gasolinera de El Cortijo, Altamira con la famosa Vicky, el By Pass con puntos como Enaluf, el Zumen o bien la nueva avenida de Plaza España al Guanacaste con la Racachaca. 

De esta manera, para orientarse en Managua es necesario por lo menos conocer la ubicación de los puntos de referencia obligados en la ciudad, una leve noción de orientación de tal forma que pueda distinguirse en dónde quedan los cuatro puntos cardinales en determinado lugar, en especial aquellos sitios que no están orientados de manera exacta con dichos puntos y en donde hacia arriba no es necesariamente hacia el este, sino hacia el noreste.  También hay que dominar un poco las medidas de longitud, tanto del sistema métrico decimal como del español, pues del punto de referencia se maneja una buena cantidad en cuadras y varas.  En  algunos pocos casos se manejan metros.  Casi siempre se realiza un cálculo de que una cuadra mide 100 varas y de ahí, media cuadra serán 50 y así sucesivamente se da la idea en que tramo de la cuadra está ubicado el inmueble.  Aunque hay cuadras leonesas, es decir que llegan a medir las 200 varas y ahí se debe hacer la aclaración.

En la actualidad, el sistema de nomenclatura y numeración de la capital continúa siendo un verdadero caos.  Aunque usted no lo sepa y quizá no lo crea, existe un código postal para cada zona de Managua, sin embargo, sigue siendo inoperativa.  Por ejemplo si proporciono la dirección de Calle Los Pinos No. 64, código postal 12066, pondría a parir chayotes a los empleados de correos y no se diga a cualquier ciudadano común y silvestre, pues pasaría una semana más perdido que el hijo de Lindbergh, así que sigue siendo más fácil decir, frente a la Iglesia San Francisco de Bolonia, casa con verjas amarillas.  Aquí es importante señalar que se ha agregado a la dirección referenciada una mayor especificidad con el color de la casa, el portón o la verja. 

Los puntos de referencia se han diversificado y multiplicado por la gran extensión de la capital y se necesita ser un verdadero experto para dominar aunque se la mitad, pues ni siquiera un avezado taxista los puede dominar al cien por ciento.  Se requiere tener conocimientos avanzados de geografía e historia y mucho sentido común para dar con una dirección ubicada en un barrio ajeno a nuestras andanzas.   Es muy frecuente encontrar direcciones que hacen referencia a lugares que ya no existen e incluso en el Tribunal Supremo Electoral tienen la abreviatura: D.D.F. es decir, de donde fue, para incluirla en la dirección de la cédula de identidad.  Es necesario saber dónde fue Lozelsa para ubicar sus semáforos, también dónde fue la Vicky, la Tiendona, el Munich, el Banco Popular, la IBM, el Lacmiel, el Colonial, la Pepsi, el CAS, el cine León, las 3 B, el Aragón, el cine Salinas, la Ceibita, la Nunciatura, entre otros. 

Existen nuevos puntos como son las terminales de las rutas de buses, los tanques de agua de un barrio, las estaciones de policía, los parques, las rotondas, los semáforos, las gasolineras ( un lío ahora con los cambios de nombre), las iglesias de diferentes denominaciones, los policías acostados (reductores de velocidad), las agujas de entrada a repartos, los hospitales, las embajadas, las universidades que abundan, etc.

No pasará mucho tiempo para que desde los celulares hasta los relojes cuenten con un GPS y las direcciones se puedan dar con las coordenadas respectivas, sin embargo, será necesario que el usuario domine los principios básicos de cartografía y sepa qué significa longitud y latitud, asimismo que sepa manejar el sistema DMS es decir grados minutos y segundos, sin confusión alguna, pues muchos bachilleres en los exámenes de admisión para la universidad expresaron con una confianza contundente que el ángulo recto hierve a los 90 grados.

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