Archivo mensual: junio 2013

Ay, mi querido viejo

Viejo desnudo al sol. Imagen tomada de Internet

Y después de darlo todo,

en justa correspondencia,

todo estuviese pagado

y el cané de jubilado

abriese todas las puertas…

Serrat

Hace ya algunos años, cuando era inminente que traspasaría el umbral de la tercera edad, me formulé algunos propósitos, entre los cuales estaba no teñirme el cabello ni mucho menos realizarme operación estética alguna. Siempre me ha parecido extremadamente patético ver a hombres que se resisten a las manifestaciones de vejez de su propio cuerpo y cuando aparecen las primeras canas corren presurosos a teñirlas, algunos de ellos utilizando un Wella Koleston, un Natural Instincts de Clairol o los más “holidays” unas pastillas mejicanas (no las chupacabras, que son para suprimir el apetito).   De esa forma observamos a prominentes figuras de la vida pública, artistas, cantautores, magistrados, diputados, ministros, locutores, presentadores e incluso algún alto prelado eclesiástico, que presumen una cabellera más negra que el ala del misterio, como diría Amado Nervo y por otra parte muestran una piel más arrugada que el acordeón de Peñaranda, pues son muy pocos los que se atreven a realizarse una cirugía cosmética.

Podría ser un atenuante el trabajar con el físico como decían antes, pues muchas veces el público administra sus preferencias con base en las apariencias, pero para aquellos que trabajamos con la materia gris, la belleza de la juventud es simplemente un adorno pasajero y no afecta en nada nuestro rendimiento o productividad, así pues fui categórico al plantearme ese propósito.

No obstante, al observar los últimos acontecimientos derivados de las protestas de los miembros de la UNAM (Unidad Nacional del Adulto Mayor) y la desproporcionada reacción de la Policía Nacional, como que de repente acudieron a mi mente aquellos dichos: “Nunca digas de esta agua no he de beber” y “Sólo los ríos no se devuelven”.  Lo anterior debido a que me asalta la duda de que si esto fue tan sólo el inicio de una acción en contra de la tercera edad, que de la noche a la mañana se ha convertido en un grupo subversivo, rayando incluso en el terrorismo y al rato, cualquiera que muestre signos de pertenecer a este grupo coetáneo, sería sospechoso inmediato y estar sujeto a cualquier medida represiva.    Cabe tal vez recordar la crueldad con que actuaban los ejércitos romanos y ahí está la crucifixión como prueba de los niveles de sadismo con que actuaban contra los subversivos, sin embargo, cuando el Cirineo se acercó a ayudar a Jesús con la cruz o la Verónica a limpiarle el rostro, no hubo ninguna medida represiva de parte de las temidas cohortes, sin embargo, todo aquel que quiso pasar víveres, agua o medicinas a los ancianos, recibieron también su ración de sopa de muñeca.

Pareciera, por esta actitud, que la Policía Nacional, que por muchos años presumió de su institucionalidad, está sufriendo una metamorfosis para convertirse en una guardia pretoriana y qué mejor escenario para practicar sin mucho riesgo que con los adultos mayores, cuya capacidad de reacción está limitada tanto en reflejos como en fuerza, así que llevan los uniformados todas las de ganar.  Lo inquietante es que a la fecha no ha salido la otrora altamente calificada en las encuestas Comisionada Mayor de esa institución a explicar y presentar disculpas por los excesos cometidos por el personal a su cargo. A lo mejor se limita a cantar:  Pumichito cucudrilo.

Mirando desapasionadamente los acontecimientos, a diferencia de los “indignados” de otros países, que piden el cambio del sistema, la caída de un gobierno o la muerte o renuncia de uno o varios funcionarios, estos valientes ancianos, lo que piden es que el INSS cumpla con un derecho que ganaron después de trabajar toda su vida y que se limita a una pensión, ni siquiera completa como debería asegurar un Estado que se precie de velar por sus ciudadanos, sino que reducida.  Nada más. Si existe alguna manipulación aquí es tan sólo de parte del hambre.

Las explicaciones que han surgido parecieran diseñadas para o por un oligofrénico y de ipegüe, sale del fondo de la vieja chistera la palabra “derecha”.  Me viene inmediatamente a la mente la escena de El Exorcista, cuando Regan gira su cabeza hacia la izquierda, pero deja atónitos a todos cuando sigue girando hasta llegar por la derecha a donde estaba antes.  Recórcholis.

Que el INSS no tenga dinero para pagarles, esos son otros cien pesos.  Esto no demerita la demanda de los viejos.  La causa de por qué el INSS no tenga esos fondos, tal vez en estos momentos no es relevante, por lo tanto se puede dejar para investigar seriamente después de resolver el problema de las pensiones de los adultos mayores, en lugar de tratar de emular a Sherezada.  Es ahora cuando la institución, sino el Gobierno, echando mano de la creatividad que tienen sus funcionarios,  debe  buscar soluciones al problema, dialogar con la UNAM y más que nada, mandar un mensaje a todos los exponentes de la tercera edad: que su bienestar les importa.  Sin tener la capacidad de Alan Greenspan, se me ocurre que a lo mejor el chinito ese del canal, el que habla con un acento más lírico que el de Tu Fu, en retribución por todas las concesiones recibidas, podría donar al INSS algunos millones de dólares, que comparado con todo lo que le meterá y/o sacará al canal sería como quitarle un pelo a un gato, resolviendo así la iliquidez de la institución, se soluciona el problema y los bonos del oriental en el ánimo de los nicaragüenses suben al cielo.  Al ver lo anterior, es posible que Carlos Slim no quiera quedarse atrás y haga lo propio.  Ya de perdida, que financien la contratación de un Incaista del tercio superior para que les ayude a encontrar la piedra filosofal.

Mientras tanto, los responsables de este problema se echan al suelo como Lázaro, en espera que una voz les comande: – Levántate y anda. Los veteranos por su parte seguirán en su lucha y por lo tanto la única salida será la acción de la Policía y turbas anexas.  Aquí es donde regreso a mi cuento.  Ha crecido un temor en mí de que en un futuro no muy lejano, cualquier exponente de la tercera edad, tan sólo por serlo, pueda ser víctima de cualquier ataque, no sólo de parte de la Policía, sino de cualquier horda que quiera hacer méritos para un bono. Ahora bien, debo de confesar que un escalofrío recorrió mi ser cuando escuché en la televisión una entrevista a un hombre vapuleado por los valientes agentes del orden que al ser interrogado por el entrevistador sobre su edad, el anciano respondió: -Sesenta y dos años.  Ay güey me dije, si yo tengo sesenta y tres.  Corrí al espejo y desapasionadamente observé mi rostro y tan sólo mis canas delatan mi edad y ni decir mi piel que parece perder su batalla contra las arrugas.  De esta manera, he estado pensando seriamente en algún extreme make over.  Debo de aclarar de entrada que no es para nada cobardía, sino simplemente precaución.  Si se tratase de enfrentar a un solo agente del orden o simple poblador (eufemismo para miembro de la horda), en igualdad de condiciones, sin protecciones y sin armas, pues al final un anciano lleva las de perder, pero el otro no se la comería sin bastimento.  Pero el  problema es que atacan de a montón con al menos una clava o un garrote y ahí la cosa se convierte en lucha entre tigre y burro amarrado, a excepción tal vez de Jet Li o La Roca.  Por otra parte, un anciano con una deshidratación puede irse al otro barrio en un santiamén, cualquier hueso golpeado llega a colapsar y es necesaria una cirugía y una prótesis al menos, una herida asociada a la diabetes es candidata a una gangrena y la irremediable amputación.  Así pues, aún en contra de mis principios, creo que voy a buscar algún tinte para cubrir las canas que tengo en profusión.  Ya he dejado de formarme en la fila especial para la tercera edad en los bancos y estoy practicando a caminar sin perdonar al viento, para no parecer lerdo y voy a tratar de con la ayuda de unos tirantes de disimular la figura pesada que da la edad que se viene encima.   Cuando me incorporo, disimulo acomodándome la camisa mientras se desentumen las articulaciones y los chisperos que ya no queman parejo agarran su ritmo.  Con la ayuda de un diclofenaco sódico de 100 mgs, puedo alcanzar un paso firme y vigoroso al andar.  Con pantalón y camisa “tallarín” y zapatos Converse, así como unos audífonos pegados a las orejas, ya podría dejar de parecer un candidato ideal para una garroteada.

Lo más irónico es que todo esto está sucediendo a un paso de celebrarse el Día del Padre y me pregunto yo ¿En qué pensarán todos aquellos que se han ensañado con los adultos mayores cuando vayan con sus respectivos padres (si es que los conocieron) y vean en los rostros cansados de ellos, las mismas expresiones de los  ancianos que vapulearon o peor aún, mandaron a vapulear?  ¿Tendrán acaso la capacidad para realizar una asociación de esta naturaleza o el alcance para pensar que en algunos años, todos ellos, sin excepción, llegarán a ser viejos?  ¿Qué sentirán cuando escuchen a Piero cantar: “Yo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo”?

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El gran canal

Lluvia.  Foto tomada de www.ifondos.net

Recuerdo que tendría unos cinco años cuando comencé a percatarme de las estaciones del año, bueno, en mi pueblo sólo habían dos, verano cuando no llovía e invierno cuando sí.  En especial tengo recuerdos vagos del mes de mayo, cuando algunas tardes empezaban a nublarse, cada vez más oscuro, anunciando que la temporada de lluvias se acercaba y era entonces cuando mi abuelo comenzaba a hablar del canal.

Resulta que al igual que muchas casas antiguas, la casa de mis abuelos, que técnicamente no era de ellos pues alquilaban a una familia Tiffer, tenía una gran pila o aljibe como le llaman en otros lados, para suplir de agua a los requerimientos de la casa como el baño, lavado y otros menesteres, a excepción del  agua de beber.  Era una pila enorme, pues tendría unos quince metros de diámetro, con un borde de piedra de un metro de alto y casi otro de ancho.  La pila se alimentaba del agua de lluvia y como la que caía directamente a la misma era insuficiente, había que recolectar la que caía de los tejados de la casa y para ello había una serie de canales que situados en la terminación del alero del techo recolectaba el agua que se resbalaba de las tejas de barro y después de un considerable recorrido llegaba hasta la pila, en donde la misma tenía un agujero para dejar pasar toda el agua recolectada.

Así pues, los primeros aguaceros eran cruciales para comprobar si el sistema funcionaba bien, después de los preparativos y ajustes realizados en los últimos días del verano.  En aquellos tiempos, los aguaceros eran descomunales a tal grado que, aunque usted no lo crea, caían sapos y peces que según algunos venían desde la costa del Pacífico.  Parecía que el cielo se iba a caer y sería la edad, pero cada trueno daba a entender que el cielo se había roto y toda el agua arriba encerrada caería estrepitosamente en nuestras cabezas.  Mi abuelo no hablaba de la tormenta, sino que se limitaba a repetir la palabra canal en cada frase de su conversación.    Cuando la  lluvia terminaba, salía al patio a realizar una concienzuda inspección para ver el funcionamiento del canal y el nivel que había aumentado la pila con la torrencial lluvia.  En cierta ocasión cayó un tremendo aguacero que parecía no terminar y de pronto todas las mujeres en la casa empezaron a correr de arriba abajo proveyéndose de escobas para empezar a sacar el agua que como un torrente se había desbordado del patio al interior de la casa.  Mi abuelo y mi padre no podían portar una escoba, pues en aquella época era una herejía, así que se dedicaron a poner a resguardo el material susceptible a echarse a perder como era el papel de envolver que estaba en una esquina casi al ras del suelo.  Al día siguiente, cuando mi abuelo salió al patio a realizar una inspección se dio cuenta que la mayor parte del canal había sucumbido al peso de la cantidad de lluvia que había caído y se encontraba prácticamente inservible.  De inmediato buscó a los especialistas para repararlo y desde entonces empezó a darle forma a un ambicioso proyecto, un super canal que pudiera resistir cualquier tormenta y con una capacidad que recolectara de manera eficiente la mayor cantidad de agua, de tal forma que las reservas de agua cubrieran la totalidad de la pila.  Mientras le daba forma a su proyecto, también trabajó en paralelo un sistema que apegándose a la modernidad de los tiempos terminara con la cruel tarea de sacar el agua con un balde y una soga y así fue que cierto día se apareció con una bomba hidráulica manual y llamó a don Alberto Campos, experto en ese campo para que la instalara, así pues llegó el momento en que mediante movimientos vigorosos del mango de la bomba se subía el agua a dos enormes barriles en donde se iba almacenando el agua y que por la presión llegaba a través de una tubería al baño y a la cocina de la casa.

El funcionamiento del nuevo sistema entusiasmó más a mi abuelo quien siguió soñando con su gran canal que iba creciendo en su mente y que era cuestión de tiempo y un poco de dinero para hacerlo realidad.  Platicaba con sus amigos de su proyecto y como el pueblo estaba lleno de ingenieros, médicos, politólogos, economistas y demás profesiones, tal vez no egresados una escuela, pero formados en la universidad de la vida, cada quien daba sus valiosos aportes al proyecto, algunos con los pies en el suelo, otros a nivel de sueño guajiro y otros a nivel de intoxicación de THC.

Fue a inicios de 1960, todavía en verano, cuando mi abuelo anunció que antes del invierno estaría funcionando el gran canal.  Ya había cotizado en las ferreterías de Managua el material necesario y ya había hablado con los especialistas locales que lo harían realidad.  Por fin, su sueño de tantos años se convertiría en algo concreto.  Pero como decía la introducción de El Fugitivo, “en la oscuridad, el destino mueve sus hilos”, el domingo 28 de febrero, mi abuela sufrió un derrame cerebral fulminante, mientras mi abuelo, atónito, se quedó inmóvil.  A partir de ese momento, parecía que su misión en la vida se limitaría a empezar a morir.  No volvió a hablar ni del gran canal, ni de la preparación de la esencia de vainilla, ni del Bay Rum, mucho menos de la brillantina, simplemente se abandonó y diecinueve meses después falleció.    En cierta ocasión cuando ya su enfermedad, más del alma que del cuerpo, estaba minando su ser, se me ocurrió preguntarle, más que nada para hacerle plática: -Abuelo ¿y el gran canal?.  Me volvió a ver, dibujó una media sonrisa y me dijo: -Tu abuela siempre se rió del dichoso canal y luego se le humedecieron los ojos.

Cuando enterraron a mi abuelo el pueblo entero se volcó a la calle a ver pasar el cortejo fúnebre, pues era todo un acontecimiento ver el coche churrigueresco que portaba el ataúd del mismo estilo, sello de la Funeraria Reñasco de Masaya, halado por un blanco corcel que se parecía a Silver (Plata) el caballo del Llanero Solitario, sólo que con un ligero toque de anorexia y en especial, al cochero, que con una especie de frac y un sombrero de copa, era un anticipo del Oddjob de Goldfinger.    Muchos de los asesores de mi abuelo se han de haber imaginado que detrás del coche iba a ser enterrado el proyecto del gran canal.

En efecto, después de la muerte de mi abuelo, su farmacia cayó en picada.  Mi padre estaba dedicado a su profesión en el Hospital Bautista y para la tía Leticia era un peso demasiado grande.  El antiguo canal se fue cayendo poco a poco, además que con la introducción del sistema de agua potable en cada casa llevada a cabo por el régimen dictatorial de Somoza a través de Denacal, ya no era necesaria el agua de lluvia.  Con el tiempo la situación fue insostenible y coincidió que el Dr. Guillermo Ortega compró el inmueble de los Tiffer y ofreció comprar lo poco que quedaba de la farmacia.  Así fue que en el ala este se construyó una nueva edificación para la farmacia y en el ala norte, el Doctor Ortega construyó su casa de habitación para lo cual hubo que destruir y tapar lo que fue la pila.  Años más tarde, de una manera vil le piñatearon esa casa.

Ahora, más de medio siglo después, cada vez que veo encapotarse el cielo, con esos negros nubarrones que parecieran anunciar al diluvio universal, me acuerdo irremediablemente de mi abuelo y el  gran canal.  Reflexiono además sobre sus últimos meses de vida y trato de comprender lo que significó la muerte de mi abuela para él y como se ha de haber reprochado el haber dedicado sus últimos años a su sueño y no haber disfrutado por eso, un tiempo en aquel presente con ella.

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Mis vocaciones perdidas

Breaking Bad.  Foto tomada de internet

 “No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas.  Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilustraciones, de todas mis vocaciones perdidas”  Julio Ramón Ribeyro.

 

Me parece admirable el hecho de que muchas personas aseguran que han seguido fielmente su vocación en la vida, misma que en muchos casos se manifestó desde su infancia.  Será que soy un poco sordo, pero lo cierto es que no recuerdo haber escuchado ningún llamado de ninguna naturaleza.

De pequeño, mis padres soñaban con que fuera la reencarnación de Chopin y muy pequeño me compraron un piano y contrataron las clases correspondientes en el Instituto Pedagógico de Diriamba y así mientras mis compañeros iban a jugar despreocupadamente en el recreo de las once, yo tenía que pasar una hora practicando bajo la tutela de un exigente profesor.  Yo le decía a mi madre que me gustaba más ser el que se situaba al frente de la orquesta y que con sólo mover una varita hacía sonar a todos.  Ella sonreía y me explicaba que ese era el oficio más difícil, pues había que dominar todos los instrumentos y tener sólidos conocimientos de música para poder dirigir.  Al final de cuentas, el profesor de música, en vez de abandonarse en los brazos de Ceres o Calíope, lo hizo en los de Baco, de tal forma que agarró una papalina que le impidió seguir dando clases de música, así que para mi fortuna o mi desgracia (nunca lo sabré), tuve que abandonar la música.

En el colegio, en las clases de religión siempre insistían los ínclitos hijos de La Salle en que había que estar atentos ante el llamado del Señor, pues había que seguir esa vocación fielmente.  Yo paraba la oreja pero jamás escuché absolutamente nada, así que asumí que no estaba destinado a abrazar la vida religiosa, sino que mi ser propendía hacia otro tipo de abrazos.

Todo el mundo habría pensado que siendo el mayor de mis hermanos me correspondía seguir la misma profesión de mi padre que era médico, sin embargo, nunca me llamó la atención esa carrera, pues me parecía muy triste que en las ocasiones especiales de la familia, cumpleaños, navidades, entre otros, mi padre tenía que hacer turnos en el hospital donde trabajaba y él por su parte tampoco me animó a seguir su profesión.   Reflexionando al respecto, pienso que si se hubiesen dado las condiciones, yo hubiera sido un buen médico internista, sin embargo, no me miro convertido en un agente de las gigantes farmacéuticas y a lo mejor hubiese sido una piedra en el zapato para ellas, al buscar tratamientos de acuerdo a las posibilidades de cada paciente, en fin, siento que hubiera seguido el juramento hipocrático al pie de la letra.

Tendría yo unos siete u ocho años cuando mi padre me regaló una cámara Kodak Brownie Fiesta con el propósito de que me aficionara a la fotografía, oficio que me gustó mucho y aprendí a tomar buenas fotos y a tener la paciencia para lograr las mejores tomas, sin embargo, aparte de un curso por correspondencia, de esos que anunciaban en los paquines, no tuve ninguna preparación formal, así que se quedó en una afición que  todavía mantengo.

Ya en la adolescencia, no recuerdo de quién salió la idea de que yo debería estudiar farmacia para hacerme cargo de la farmacia de mi abuelo.  En la distancia me parece que aquello era una base más frágil que una cáscara de huevo, pues no se necesitaba ser profeta para saber que el destino de dicha farmacia estaba escrito y con resultados para nada halagüeños.  En un inicio, como dicen por acá “agarré la vara” pues el mundo que observaba en el establecimiento de mi abuelo me parecía misterioso y cautivante, así cuando comenzaron a preguntarme: – ¿Qué vas a estudiar? con la convicción de Agustín de Hipona ante San Ambrosio respondía: -Farmacia, a lo que el interlocutor emitía un –Mmmmmmm aprobatorio.  En los principios de Química, encontraba una materia fascinante, sin embargo, más adelante cuando llegaron las fórmulas y los diferentes modelos moleculares, la cosa se puso color de hormiga y entonces saqué de mi mente la idea de seguir aquella carrera.  De la misma forma, en la distancia y el tiempo reflexiono sobre si hubiera seguido esa profesión y debo de admitir que siento que mi vida sería una tremenda frustración.  Estoy seguro que echándole muchas ganas hubiese llegado a dominar los intrincados caminos de las fórmulas químicas, así como los principios de la farmacología y me hubiese graduado al fin, sin embargo, la práctica de esa carrera me hubiese hecho sumamente infeliz.  Tengo algunos amigos farmacéuticos y con el respeto y aprecio que les profeso, debo de ser muy claro sobre lo que a mi modo de ver actualmente representa la práctica de esa profesión.  Al haber tenido la farmacia de mi abuelo un fin más trágico que el Hindemburg, al final hubiese tenido que buscar trabajo como regente de otra farmacia y aunque el título ese suena a Gobernador, en realidad me hubiera aburrido como una marmota al no tener el mínimo valor agregado en un  negocio en donde desaparecieron los preparados específicos y la totalidad de los medicamentos, como decían en el pasado, son “de patente”, por otra parte, el farmacéutico no puede recetar, ni siquiera puede sugerir al paciente cambiar la dosis y los galenos montan en cólera cuando un farmacéutico se atreve a sugerir un medicamento genérico para sustituir el elegante y caro que recetó.  Tal vez si hubiese tenido mi propia farmacia, además de “regentearla”, con algunas clases de mercadeo y finanzas hubiese buscado como diseñar una oferta de medicamentos con el mayor mercado y los mejores márgenes de ganancia, contratando a un médico para que recetase en la propia farmacia.   De haber trabajado en un laboratorio, me hubiera limitado a la clonación de medicamentos ya patentados, pues la investigación y desarrollo en la industria local están limitados por la falta de recursos.

Ya por bachillerarme, sentía que la carrera que más me llamaba la atención era Publicidad, pues sentía que podía desarrollar una creatividad increíble, aunque no lo suficiente para ver alternativas para estudiarla pues no se ofrecía en Nicaragua y mi padre era demasiado orgulloso como para gestionar una beca para ir a estudiar a otro país.   Pienso que tal vez esta carrera hubiese sido lo más cercano a mi vocación y al analizar el sector publicitario regional, modestia aparte, siento que hubiese tenido propuestas mucho más creativas que las que actualmente se manejan.

Al final de cuentas, analizando una serie de alternativas que tenían que ver más que nada con la realidad y factibilidad en varios órdenes, llegué a la conclusión de que estudiaría Economía, pues la carrera se ofrecía en Managua, en mi ignorancia creía que no requería nada de matemáticas y con la reciente creación del Banco Central de Nicaragua, se observaba un campo interesante para iniciar una carrera.  De esta forma, cuando en el pueblo seguían preguntándome qué estudiaría, respondía: -Economía, ante lo cual, algunos emitían un Oooooooohhhh, al estilo Capulina y otros más conocedores me animaban a buscar como tutor a Don Juan Mercado, una persona famosa en el pueblo por su avaricia a tal grado que después de leer La Prensa iba a la pulpería a cambiarla por un huevo.  En estos dorados tiempos creo que nadie daría un huevo por el periódico.

Así fue que a inicios de 1967 me presenté a la Facultad de Economía de la UNAN y después de un examen de admisión que aprobé sin problema, me matriculé en la carrera y cuando conocí el programa de estudios me di cuenta que comprendía cinco semestres de matemáticas.  Huelga decir que caí como Condorito: ¡Flop!.  Pero como decía Anita Ekberg: -Al hecho, pecho, así que cursé la carrera, graduándome, sin excelencia pero con dignidad, recibiendo mi título de manos del Rector Magnífico Dr. Carlos Tünnermann  Bernheim.   En el año 1973 inicié mi carrera profesional en el Banco Nacional de Nicaragua y por cuarenta años la he ejercido en campos que tal vez están más orientados a la administración, pero que al fin y al cabo son dos disciplinas que no pueden separarse por completo.  Los últimos dieciocho años los he trabajado en el sector educativo, lo cual le da un sentido un tanto gratificante a la labor que desempeño, aunque la misma está más bien orientada a los aspectos administrativos y no académicos, aunque de vez en cuando introduzco mi cuchara; metiche que es uno.

A pesar de que nunca tuve ninguna vocación de escritor, un día, allá por 2006 se me ocurrió empezar a escribir, cansado de tanto reporte técnico y su aséptico estilo, encontrando en el blog un medio en el cual libremente podía dar rienda suelta a ese entusiasmo que crecía cada día más en mi interior.    Debo de admitir que nunca anteriormente un oficio me había cautivado tanto como escribir.  Cuando me desempeñé en mis diversos cargos, realicé un trabajo altamente satisfactorio, sin embargo, nunca encontré la pasión que encierra para mí el escribir.  Así que me pregunto ahora si esta sería mi verdadera vocación que siempre se mantuvo silente y que brotó espontáneamente.  Sin embargo, no creo que si hubiese sentido ese llamado en mi juventud, el oficio se me hubiese presentado como una alternativa para sobrevivir.

La verdad es que al final de cuentas, tal como dice el gran escritor peruano Julio Ramón Riveyro “arrastro tras de mí los cadáveres de mis vocaciones perdidas”, sin embargo, de cada una de ellas he tomado un poco para sobrevivir.   Echo mano de la medicina para diagnosticar situaciones analizando los síntomas y demás evidencias a fin de buscar el remedio para el problema,  con la ayuda de la farmacología busco los ingredientes exactos que necesito mezclar para lograr un preparado eficaz para determinado problema,  con una gran dosis de creatividad busco el camino correcto para librar una situación y con el orden y disciplina de la economía y la administración logro manejar adecuadamente mis actuaciones.  Siempre está presente la música en todos los momentos de mi vida y al escribir comparto con mis amigos recuerdos, sueños y experiencias, que se han grabado en mi mente como aquellas fotos que tomaba con mi Kodak Brownie Fiesta.

 

 

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