La agonía del Coloso

Sello Postal pro Construcción Estadio Nacional Nicaragua

Algunas veces que transito hacia el occidente de Managua, paso por el sector en donde prácticamente inicia la Carretera Sur y ahí se encuentra todavía, como un coloso, el Estadio Nacional, altivo, desafiante, a pesar de que la espada de Damocles pende sobre su estructura.  Es inevitable que al ver esa mole de concreto, se agolpen en la mente tantos recuerdos, pues para muchos nicaragüenses, ese Estadio ha tenido un significado especial en sus vidas.

El Estadio, que en realidad fue concebido como un parque de béisbol, se construyó en el año 1948 para ser la sede de la X Serie Mundial de Béisbol Amateur.  El deporte rey, tal como se le conoció por mucho tiempo, se había consolidado en el país desde finales del siglo XIX y los resultados del equipo nacional en la IX Serie Mundial que se realizó en 1947 en Colombia, en donde ocupó el segundo lugar, animaron a los directivos del deporte en Nicaragua, quienes se dieron a la tarea de gestionar la asignación de la sede y la consecución de fondos para la construcción del Estadio.  El parque se construyó en un terreno vecino a lo que antes de 1931 ocupó la penitenciaría y que el sismo de ese año se encargó de devastarla.  Mi abuelo tenía una colección de fotos del terremoto de ese año, tomadas por un fotógrafo de apellido Cisneros y era impresionante ver la cantidad de presos, con sus uniformes rayados, asomar inertes entre los escombros de la penitenciaría.

Los resultados de la X Serie Mundial en Managua no fueron los esperados por los organizadores ni por la afición, pues Nicaragua sólo ganó un partido, sin embargo, la ciudad capital ganó un Estadio que se encargaría de mantener por muchos años al béisbol en un lugar preponderante.

Llegué a conocer el Estadio Nacional en algún momento entre 1954 y 1955 y no fue precisamente en un juego de béisbol.  En lo más recóndito de mi memoria se encuentran algunas vívidas imágenes de una exposición sobre aeronáutica realizada en los salones ubicados en la entrada del edificio.  Era de noche y como flashazos recuerdo imágenes de fotografías color sepia y algunos modelos a escala de regular tamaño de aeroplanos suspendidos del techo.  He buscado alguna referencia sobre dicha exposición y no he encontrado nada, de tal suerte que dichos recuerdos amenazan con caer en el terreno de las fantasías infantiles.

Luego, poco tiempo después, recuerdo haber asistido al primer juego de beisbol en mi vida, en compañía de mi padre y mis tíos Emilio y Eduardo.   Era un domingo, sería tal vez por la tarde y no recuerdo qué equipos jugaban, sin embargo, mi padre era aficionado del Cinco Estrellas, mi tío Eduardo creo que también y mi tío Emilio al sentirse Masaya de corazón, creo que era aficionado del San Fernando.   Del juego no recuerdo mucho, pues en esa época no conocía la mecánica ni reglas del juego y simplemente ponía atención a las discusiones entre mi padre y mis tíos sobre el partido y los jugadores.  Lo que más me impresionó en esa ocasión fue que en cierto momento del juego, la tercera base si mal no recuerdo, persiguiendo un elevado por esa zona, se luxó un tobillo y al rato se abrió la cerca para dar paso a una ambulancia que se lo llevó entre los aplausos del público.  El nombre de Silvio García se me grabó de ese partido, no recuerdo si por ser él quien se accidentó o por las discusiones que escuchaba.  Ese mismo año fuimos a un partido a Masaya, en donde al ver el estadio de esa ciudad no daba crédito a mis ojos, pues después de haber visto el impresionante Estadio Nacional, en este otro los espectadores estaban en una especie de gallinero al lado del campo, con malla ciclón protegiéndolos de las cercanas jugadas.

Años más tarde asistí con mi padre a los juegos de la liga profesional, ya un poco más grande y conociendo un poco más sobre el béisbol y sus detalles.  Recuerdo que algunas veces nos acompañó Chalo Vásquez, gran conocedor del deporte en el pueblo, así como también el Chele Rivera, por cierto, hermano de Augusto Menudo, el del parche del billete de lotería.

Era una gran experiencia ver en el campo a las estrellas que en el pueblo solo se conocían a través de las fotos de las figuras que todo muchacho debía coleccionar.  De tanto repasar dichas figuras todavía hay imágenes que se mantienen en mi recuerdo, como la de Octavio Abea, Alerton Martin, Duncan Campbell, Pedro Naranjo, Roberto Fernández Tápanez, René Paredes, Orlando Taylor, Willie Hooker, Bert Bradford, Joe Hicks, Ronnie Hansen, Ferguson Jenkins, Heberto Portobanco, Pastor Canales, Argelio Córdoba, Calvin Byron, Mudell Mathews, Musulungo Herrera, Julio Torres, Leopoldo Posada, Miguel Cuellar, Guayubín Olivos, Dionisio Acosta.  Este último cobró fama porque se casó en el Estadio, en un acto previo a un partido.  Recuerdo que miré en los periódicos las fotos en donde el pelotero acompañado de su esposa, oriunda de Diriamba o Jinotepe, cruzaban por un arco de bates que formaron sus compañeros de equipo.  También fue una gran noticia cuando Joe Hicks, el pelotero del Boer, se casó con una muchacha nicaragüense.

Del Cinco Estrellas que fue siempre mi equipo favorito, recuerdo a Rigo Mena, el Borrego Alvarez, Zoilo Versalles, Orestes Hernández, Silverio Pérez, Diego Seguí, Marvin Throneberry, Mel Queen, Momo Niño Obando, Richard Scheimblum, Manuel Antonio Díaz, Hilario Valdespino, Panchón Herrera, René Friol, Arturo López, aunque algunos de ellos también jugaron en otros equipos.

Debo de admitir, que nunca tuve esa memoria privilegiada para retener nombres, alineaciones, averages, anotaciones y envidio a esas personas que dominan magistralmente esa información, a pesar de haber transcurrido más de cincuenta años.  Mis recuerdos se enfocan más a impresiones y ciertos nombres que se quedaron para siempre grabados y que algunos con el tiempo se me confunden en cuanto al tiempo y los equipos en que jugaron.

Uno de los recuerdos más memorables de cuando asistí al Estadio se refiere a la ocasión en que la primera base del Cinco Estrellas, Marvin Throneberry conectó un home run por el right field, tan grande que la sacó del Estadio.  Se decía que semejante batazo había proyectado la pelota hasta la Iglesia El Carmen.  Creo que nunca, nadie logró superar semejante toletazo.  Era una época en que no había esteroides y los jugadores se la rifaban con el nutritivo gallo pinto. También recuerdo cuando el gran Mel Queen, quien tenía un brazo privilegiado, realizó un lanzamiento de strike desde el center field hasta el home plate, sacando out al corredor que había desafiado a su brazo.

En esa época también me impresionaba el ambiente del Estadio, en especial algunos personajes como la Conchita Pravia que vendía pasteles de pollo y con un brazo como el de Mel Queen, colocaba de strike en las manos de sus clientes las bolsas de papel kraft con sus productos y luego una bola de tenis, rajada al medio, en donde recolectaba el importe de los pasteles y enviaba el vuelto correspondiente.  También conocí a Tatabucho, un viejito que parecía salido de un cuento, que vendía cartuchos de maní.  Había otro personaje que no recuerdo su nombre que era el encargado de vender quinielas.  También era un show escuchar a Fonguito anunciar los turnos al bate con una poderosa voz que retumbaba en todo el recinto.   En la parte superior del palco estaban las cabinas de transmisión de las radiodifusoras, en donde nos dábamos el lujo de conocer en persona a los grandes de la narración y el comentario:  Sucre Frech, Armando Proveedor, Carlos Pérez Meza, Chale Pereira Ocampo, Ponciano Lombillo, Evelio Areas, Archibaldo Arosteguí, entre muchos otros.

También recuerdo que cuando se pasó la veneración del Estadio como santuario del béisbol, una noche se presentaron los Trotamundos de Harlem y mi padre, gran aficionado al básquetbol, me llevó a ver el show, aunque yo en realidad no sabía nada de ese deporte y lo único que me llamó la atención fue un moreno que hizo de guasón en toda la presentación.

Mientras duró la liga profesional, cada vez que mi padre podía me llevaba al Estadio, al inicio sólo a mi, luego a medida que mis hermanos iban creciendo y absorbiendo la afición por el béisbol, también los llevaba.  Era una experiencia única y regresábamos a casa roncos de tanto gritar y emocionados de haber presenciado los partidos y conocido en persona a los ídolos de aquella época.

Después que finalizó la liga profesional, recuerdo que mi padre me invitó a ver el partido de futbol entre la selección de Nicaragua y el equipo argentino de los Estudiantes de la Plata en donde el equipo nacional sacó la casta y los derrotó 2-1, si mal no recuerdo.  Yo conocía a la mayoría de los jugadores pues el Santa Cecilia y el Diriangen, de donde salió la mayoría de aquella selección, entrenaban en los campos del Instituto Pedagógico de Diriamba.  Recuerdo que tuvieron que hacer proezas para adaptar el campo de béisbol a uno de futbol y tal vez fue eso lo que sacó de balance al equipo argentino.  Para esa época ya el Estadio se había convertido en un recinto dedicado al mejor postor, pues ahí asistí a funciones de circo y a finales de los sesenta llevé a mis hermanos a ver un show de carros viejos que se especializaban en colisiones, habiendo quedado después del espectáculo una cantidad increíble de chatarra, así como daños incalculables sobre el terreno del Estadio. También ahí se había llevado a efecto la memorable pelea entre el Ratón Mojica y Chartchai Chionoi de Tailandia.

También perdura en mi mente la ocasión en que yendo para la Facultad de Economía, transitando por la calle 15 de septiembre, cerca de la Iglesia de Santo Domingo, allá por donde estaba Pantoja, en una esquina había una casita de dos pisos y alrededor de ella se agolpaba una muchedumbre.  Se trataba de la salida de los restos del gran pelotero nicaragüense Duncan Campbell a quien la muerte lo había sorprendido tempranamente y familiares, amigos y aficionados llegaron a su casa a despedirse de él.

En 1969 me correspondió conocer el Estadio desde el interior del mismo.  Por tanto tiempo había asistido a partidos y eventos y siempre desde las graderías, sin embargo, cuando empecé a practicar atletismo, llegué a conocer centímetro a centímetro todo el campo y las instalaciones interiores.  Recorría la pista patroleada que rodeaba el campo para el calentamiento previo y los ejercicios de saltos y sprint, practicaba el lanzamiento del martillo en el campo posterior a la cerca y como ejercicios de agilidad debía de subir corriendo varias veces las graderías del left field.  Fueron casi cuatro años en donde disciplinadamente acudía a mis entrenamientos cinco veces por semana y fue hasta que meses antes del terremoto del 72 que la FENIBA nos corrió de las instalaciones con el pretexto del Campeonato Mundial de Béisbol que se avecinaba.  Cabe agregar que en esa época conocí a otros personajes del Estadio que como aficionado nunca llegué a determinar, como Carlitín, el Burro Lezama, el Rifles y el Panameño que se encargaban del mantenimiento del Coloso, el último murió trágicamente electrocutado arreglando una de las torres de iluminación.

Para esa época también me correspondió acudir frecuentemente a la parte sur del Estadio, justamente en donde estaba la pizarra de anotaciones, en donde por muchos años se ubicó la Dirección del Tránsito de la Policía, oficinas en donde se tramitaban licencias, multas y en la calle se realizaba el inútil pero rentable “revisado” a los vehículos.

A finales de 1973 se presentó en el Estadio, recién dañado en su estructura por el sismo de 1972, al Grupo Santana, que por alguna razón inexplicable logró llevar a Mario Moreno “Cantinflas” como presentador.  A última hora decidí asistir pero al llegar al Estadio había una aglomeración tal que desistí de mi intención y me quedé con las ganas de conocer a ese fabuloso grupo.

En 1977 regresé de nuevo al atletismo y al Estadio, en donde existía el único círculo para lanzamiento de martillo y por tres años asistí regularmente a mi antiguo lugar de entrenamiento.  En esa ocasión, los ejercicios con pesas fueron fundamentales en mi entrenamiento y al inicio iba a un gimnasio particular para realizarlos, pero me enfermaban los narcisistas que pasaban más tiempo frente a los espejos haciendo poses y admirando su musculatura, hasta que me encontré con Neftalí Parrales, el gran campeón, promotor y directivo de la halterofilia nicaragüense y me invitó a realizar mis entrenamientos en el Gimnasio de Levantamiento de Pesas que estaba ubicado en la parte norte del Estadio.  Ahí practicaba más tranquilamente, pues no habían espejos y los atletas se preocupaban más de las cargas que levantaban que en los músculos.   Al final, impresionado por la gran labor que realizaba Neftalí, acepté su invitación para colaborar con la Federación de Levantamiento por un corto período, antes de mi partida a México.

A mediados de los noventa volví a visitar el Estadio, esta vez para presenciar los actos conmemorativos de las Fiestas Patrias.  No me atreví a presenciar ningún partido de béisbol.  La verdad es que a ninguno de mis hijos les entusiasma el béisbol, a pesar de que les enseñé de pequeños y participamos en torneos familiares.  Por otra parte, siento que el ver el beisbol es como echarse unos tragos, hacerlo sólo como que no entusiasma.

En general, lo que antes era el deporte rey, poco a poco ha ido perdiendo su relevancia en el gusto popular.  Hay que admitir que el futbol le ha ido quitando terreno y es fácil observarlo, pues casi ningún niño pide como regalo en diciembre una manopla, un bate o una pelota, como era común a mediados del siglo pasado.

Así como el béisbol va cediendo su corona, el Estadio por su parte va agonizando poco a poco y no es remoto que cualquier día se vea en escombros, ya sea por efectos de un sismo o de la Comuna, que al final viene siendo lo mismo.

Por eso cuando paso por ahí, no deja de darme cierta emoción, no sé si por tantos recuerdos acumulados o por pensar que el Coloso es tan sólo un año mayor que yo.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “La agonía del Coloso


  1. Estupendo. Como siempre, nos dejás datos históricos muy interesantes.

    Salud♥s

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  2. A.L. Matus

    Muy bonito artículo. Creo que muy pocos han tenido la suerte de haber conocido al estadio nacional desde tantos ángulos. Respecto a la presentación de Santana en Managua, si la mente no me engaña, esa fue una función benéfica y el gran Cantinflas vino en calidad de benefactor, pues todavía mantenía un gran prestigio en toda América Latina y no era un simple cortinero de Santana.

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  3. Oswaldo Ortega

    El 3 de diciembre de 1972 Nicaragua entera contuvo la respiración en aquel histórico noveno inning cuando la invencible selección cubana colocó corredores en segunda y tercera, Argelio Córdoba se acercó a su pitcher Julio Juarez y le dijo: “Afuera tengo una jeva esperándome, sólo vos me estas atrasando” el veterano pitcher haciendo a un lado su agotamiento lanzó aquella bola rápida que fue conectada para completar el histórico doble play que selló aquella victoria de 2 a cero y la estructura del coloso se puso a prueba al soportar aquella euforia de un pueblo que invadía el terreno despues de aquella amarga agonía. Ese es uno de los partidos que más recuerdo y aunque no estuve en el estadio Sucre Frech se encargó de llevarnos toda esa emoción

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  4. Julio S.

    Pues yo ya te iba a preguntar por el “Nicaragua amiga 72” pero Oswaldo se me adelantó con esa instantánea del último episodio , ese día tambien ya había estallado el estadio con el batazo de Vicente López. Así ni Isasi , ni Marquetti pudieron contra aquel esquipo inspirado. Ese torneo dio a conocer también la famosa “bola submarina” de los Japonese, Ikegaya mostró al mundo ese singular pitcheo. Memorable tambien la “serie del Caribe” y la final de la segunda ronda 65-66 entre el Boer y el Cinco Estrella, donde Mell Queen se trajo una parte de la “C” del rótulo de COCACOLA atrás del jardín izquierdo con un soberano batazo atrasado.

    Muy bueno y excelente la postal de Oswaldo.

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