Archivo mensual: mayo 2013

El clavel blanco

Clavel blanco.  Foto tomada de interés

 

Una de las costumbres nicaragüenses asociadas con el día de la madre a mediados del siglo XX, era la de portar un clavel.  Las personas cuya progenitora estaba viva, lo llevaban de color rojo y aquellos a quienes la suerte les había arrebatado ese tesoro, lo manejaban blanco.  Escudriñando en el tiempo traté de averiguar de dónde se derivaba esa costumbre y no hay mucha información al respecto, salvo tal vez en el origen mismo de la celebración de ese día.  Según las crónicas, Ana Jervis inició en los Estados Unidos una cruzada para promover la celebración de ese día, agregando la proclama de que todos deberían portar en esa ocasión, un clavel blanco para honrar a quienes eran dadoras de vida y de inconmensurable amor.  No había entonces distinción alguna, pues era blanco ya fuera que la madre estuviera viva o muerta.  Me imagino que de ahí pasó la costumbre a otros países de América y en algún momento se realizó esa separación a través del rojo y del blanco, distinción que también se maneja en otros países.

Con mi hermana Oralya, recordaba recientemente que dentro del jardín de mi abuela paterna, había una enorme sección de claveles, que por su tamaño debieron ser más bien clavelinas, de diferentes colores y que eran el orgullo de la abuela.  Para el treinta de mayo, de ahí salían muchas de las flores que sus amistades llevaban, con alegría o con tristeza, en esa celebración.  Quienes no conseguían flores originales, se conformaban con claveles de papel que se elaboraban especialmente para ese día.

Cuando murió mi abuela, mi padre tenía apenas 36 años y fue un duro golpe para él.  A pesar de que su carácter no le permitía transparentar su ánimo, se notaba que la falta de su madre lo atormentaba día y noche.  Un treinta de mayo se me ocurrió preguntarle por qué en esa fecha no usaba un clavel blanco, tal como marcaba la costumbre y me respondió: – Hay ausencias mucho más grandes que una flor.

Creo que fue a raíz del terremoto de 1972 que se perdió para siempre la costumbre del clavel y a la fecha son pocos los que la recuerdan.

Por muchos años, la ausencia de mi madre era algo que no estaba contemplada dentro del horizonte de mi vida.  Siempre tenía la idea de que ella estaría presente por siempre, ya que su espíritu jovial no dejaba ni una duda al respecto.   Tal vez para algunos sería un poco como la estrategia del avestruz, pero la verdad es que fue una sensación tan reconfortante, despertar cada mañana con la firme creencia que aquel ángel, el único tal vez real, estaba siempre ahí, cerca o lejos, pero siempre tan a la mano, para obtener con su voz, esa calma y serenidad necesaria para seguir en la lucha diaria.

La muerte de mi padre fue como un derrumbe en nuestras vidas, no obstante, la fortaleza de nuestra madre nos ayudó a levantarnos de ese golpe y seguir adelante en nuestro andar.  Aun así, con el panorama que dibujó aquella pérdida, la figura de mi madre seguía siendo un pilar incólume en la vida.

A medida que la diabetes iba minando la existencia de mi madre, iba creciendo el miedo de que algún día ya no estuviera con nosotros.  Haciendo un esfuerzo sobrehumano ella trataba de mantener  imperecedero su espíritu jovial y siempre estaba atenta a lo que ocurría con su familia, inyectando ánimo en los momentos aciagos.  Sin embargo, todos sus padecimientos iban construyendo la conciencia de que algún día faltaría.  Y ese día llegó, sin embargo, en el corazón estaba presente esa clara convicción de que ella ya había cumplido su misión en esta tierra y que cada día de vida iba generando enormes dosis de dolor y que por encima de nuestro egoísmo estaba esa necesidad de descansar.   A pesar de todo, su muerte me dolió al extremo y sería tal vez que yo tenía ya más de sesenta años y a esa edad ya lo inexorable y cercano de la muerte,  nos plantea otro tipo de actitudes ante estos acontecimientos, que nos llevan de la mano a la resignación.

Así pues, en estos dorados tiempos del siglo XXI, los treinta de mayo en ausencia de los tradicionales claveles, requerimos de cierto dominio de la psicología para determinar, a través de la mirada a quienes emocionados celebran la dicha de tener en este mundo a su progenitora, o bien a quienes acusan un sentimiento de melancolía y dolor en esta fecha, unos con esa sensación del deber cumplido hacia la autora de sus días, otros con esa espina de remordimiento por haber sido mezquinos con ella, o bien los que enarbolan la bandera del cinismo ante lo anterior.

Yo recordaré además las palabras de mi padre de que hay ausencias más grandes que una flor, pero qué no daría por tener una de las violetas de mi madre, su flor favorita y que cultivaba con tanto amor que crecían primorosas.  Sentir aquel aroma y cantar como tantas veces cantamos juntos aquel tema de Peppino Gagliardi en San Remo 1972:  Como violetas, tú regresarás…

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Las malas palabras

Codice

En mi casa estaban proscritas las “malas palabras”.  Desde mis abuelos que se mostraban extremadamente inflexibles respecto a su utilización, hasta mis padres quienes con menor denuedo continuaban con esa práctica.  En cierta ocasión, estando yo muy pequeño y apenas empezando a hablar, un amigo de mi abuelo llegó a la casa y quería que yo me aprendiera la típica canción: Viva León, jodido.  Al observar mi abuelo que aquel señor me pedía que repitiera tan sabrosa frase, muy molesto le expresó: -Don Luis, si quiere seguir siendo mi amigo, por favor no le enseñe palabras mal sonantes a mi nieto.  De esta manera, mi vocabulario se desarrolló de una forma aséptica respecto al lenguaje coloquial que en general se manejaba en aquella época, en donde era normal que una conversación se salpicara de algunas expresiones que para algunos eran consideradas como vulgares, groserías, palabrotas, malas palabras o peor aún, soeces.  Me costó una que otra tunda, el identificar todas las expresiones que no debía utilizar, debido a que en general yo no comprendía el total significado de aquel vocabulario.  Mi madre por su parte, promovía que utilizara un léxico adecuado, cantándome Negrito sandía, el tema de Cri-cri que hablaba de un afro descendiente, en donde Gabilondo Soler trata de cubrir su racismo poniéndolo con cara angelical pero que le había endilgado un vocabulario lleno de  “picardías” augurándole unas tremendas palizas y que cuando fuera grande y se presentara en sociedad sería grosero y descortés cuando le tocara discutir con un marqués.  No me lo imagino enfrentándose al querubín del Duque de Palma de Mallorca.

Recuerdo que incluso yo tenía que caminar con pies de plomo respecto a expresiones o interjecciones eufemísticas que sustituían a aquellas palabras como:  jobero, púchica, juelamatraca, a la viuda y demás.  Mientras cursé la primaria, mantuve como decía, un vocabulario muy propio, libre de todas esas expresiones.  Al ingresar a la secundaria, ya los abuelos habían fallecido y toda esa presión desapareció y empecé a utilizar en el colegio (fuera de las aulas, desde luego) la mayoría de las expresiones que casi todos los compañeros manejaban por igual.  Sentía una especie de liberación de algo que había reprimido por tanto tiempo, que provocaba en mí, una singular sabrosura al pronunciarla, sin embargo en mi casa tenía que seguir manteniendo el mismo código de conducta al respecto y lo más que habíamos avanzado era utilizar algunos sustitutos, como por ejemplo penholder, en lugar de pendejo y así por el  estilo.

En la universidad mantuve esa predilección por adornar mi lenguaje con una que otra palabra “mal sonante”; era como una rebeldía ante la represión que se mantuvo en mi casa por tanto tiempo, algo parecido a un ejercicio de libertad.  Lo curioso fue que cuando ingresé al equipo de atletismo de Istvan Hidvegi, volvía a caer ante la misma restricción respecto a las palabras soeces en el equipo.

En aquel tiempo me preguntaba el por qué tanta alharaca por el uso de palabras que habían llegado a perder su significado original y que en el lenguaje coloquial, querían decir algo totalmente diferente.   Por ejemplo, jodido había perdido totalmente su significado original relacionado con la cópula, para expresar una diversidad de situaciones como perjudicado, dañado, fregado, un individuo indeterminado o simplemente una interjección.  O bien, el uso de hijueputa, que se utiliza como expresión para denominar a un malandrín y no precisamente al hijo de una sexoservidora.  La escatológica expresión: mierda, no necesariamente denota a esos desechos, sino que puede ser desde un lugar lejano, hasta una alternativa de ingesta para alguien que pretende algo fuera de lugar.  Los vocablos destinados a los órganos sexuales masculinos o femeninos se verbalizan para denotar la acción de propinar una golpiza o bien como sustantivo se refieren a la nada, a un trago de licor o a lo simpático. El término pendejo dejó de referirse al vello púbico para emplearse al nombrar a un tonto, en cualquiera de sus niveles o categorías.

Así pues, una considerable parte de la población nicaragüense utiliza un lenguaje plagado de expresiones “soeces” y otra proporción mantiene un lenguaje libre de “palabrotas”, muchos de ellos por su propia condición u oficio, como es el caso de los ministros de culto y religiosos en general, los maestros (con sus consabidas excepciones) algunos funcionarios públicos, entre otros.  Son de aquellos que cantan Viva León querido.  Dentro de los mal hablados se encuentran aquellos que utilizan el lenguaje soez de manera basta, sin gracia y que realmente ofenden el oído, sin embargo, hay quienes utilizan ese lenguaje con donaire y  hasta se llega a aceptar sus excesos.  No obstante, también tiene mucho que ver la percepción del interlocutor y la condición del emisor, pues si se trata de un pobre diablo, obviamente se dirá que es un corriente, vulgar, malbozalado, mientras que si se trata de un individuo de posición o recursos, pues tendrá un lenguaje florido y hasta cierto punto folklórico.   Es interesante observar que en las últimas décadas se ha dado una mayor laxitud en cuanto a este lenguaje, pues si bien es cierto siempre ha existido su uso, un importante sector de la población lo rechazaba de manera vehemente, proporción que ha ido en descenso con el paso del tiempo, dándose una mayor tolerancia a esta práctica.  En muchos canales de televisión nacional ya no se censuran estas expresiones con el clásico piiii y algunos de ellos más bien las promueven.

En los dieciséis años que viví en México saqué una maestría en esta materia, iniciando por conocer las equivalencias entre el español de México y el de Nicaragua, pues muchas expresiones tienen diferentes significados.  Un ejemplo clásico es el sustantivo pinche, que originalmente es el ayudante de cocina y que en Nicaragua se utiliza para denominar a un tacaño, agarrado, sin embargo, allá se usa como sinónimo de despreciable y su utiliza como los adjetivos en inglés, previo al sujeto, escuchándose: pinche güey, pinche pendejo, hijo de su pinche madre.   El vocablo buey que aquí se usa para denominar al macho vacuno castrado, en México se ha derivado a güey y se utiliza para denominar al individuo engañado o simplemente tonto o bien un sujeto indeterminado.  En cuanto a cabrón, que en Nicaragua se utiliza castizamente como aquel que consiente el adulterio de su esposa, compañera o amasia, en México es sinónimo de malvado, hábil, aprovechado, así lo que es insulto por acá, allá es una especie de rango, utilizándose además para expresar asombro: ¡Ah, cabrón!, al igual que ¡Ay güey!.  El inocente “recto” de Nicaragua que se refiere a que no se inclina ni a un lado ni a otro o que no toma curvas o ángulos, utilizándose en cualquier dirección domiciliar, allá se utiliza más que nada para designar al final del tracto intestinal, de tal suerte que en las direcciones se debe emplear el vocablo “derecho”, de la misma forma nunca se dice por allá aquella máxima que “el mejor camino es el recto” pues es cuestión de dar en qué pensar. No obstante, la expresión más utilizada es el verbo chingar, que en Nicaragua no tiene ningún significado, salvo tal vez “chingada” que significa un lugar remoto, teniendo en México miles de acepciones con igual número de matices.

Con mis hijos traté de no repetir las imposiciones de mis abuelos, de esa manera si alguna vez llegaban a tener un vocabulario florido, no sería como una respuesta a la represión que en ese sentido les hubiese impuesto.  Por otro lado, no podía incurrir en la inconsistencia de exigirles algo que yo mismo no cumplía.

A mis sesenta y tres años, siento que los vaivenes de la vida me han propinado tantos pijazos que las medias tintas ya no son para mí, de tal forma que al haber abandonado casi por completo la redacción técnica, en donde no se puede decir que los ingresos netos se han ido al carajo debido a las constantes cagadas de ciertos entes gubernamentales, puedo darme el lujo de mantener en mi expresión oral y un poco menos en la escrita, un lenguaje más folklórico, incluso, me atrevería a decir que menos hipócrita, desde luego sin caer en la coprolalia.  No me considero mal hablado, pues tampoco creo que sean “malas palabras”; picantes tal vez.  Me parece que mal hablado es el que dice tip nervioso, epsigente, decección, picsina, eccenas, dicsfunción ereptil, hayga o los modernos y elegantes que dicen: recepcionar, accesar, aperturar, basamentar, etc.

Con esa invasión que hemos sufrido de tantos programas de cocina y comida, lo único que sacamos en claro es que el condimento es vital para darle sabor a esa básica necesidad y de la misma manera el lenguaje no puede ser aséptico y soso, sino que debe estar debidamente condimentado con esas expresiones.

Finalizaría este escrito, no con una de esas expresiones, sino con una cita del gran filósofo inglés John Locke que dijo:  “Tendríamos menos disputas en el mundo si se tomaran las palabras por lo que son, signos de nuestras ideas solamente, y no por ellas mismas”.

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Dormite mi niño

Cancion de Cuna

Algunas noches, el insomnio, como vulgar ladrón en chinelas de gancho, amenaza asaltarme.  Será tal vez un ruido, la cafeína a destiempo o bien los efectos secundarios de algún medicamento, el caso es que cerca de la una de la madrugada, que es su hora preferida, me despierto y me invade esa inequívoca sensación de que no basta con poner la cabeza en la almohada para conciliar el sueño.  Seguro de que si continuo así, me darán las cuatro en vela, procedo a sumergirme a la sima más profunda de mi memoria.  Buceando entre infinidad de recuerdos de la madurez, bajando hacia la juventud y descendiendo aún más a la niñez, existe todavía un reducto más profundo, en donde pocos se atreven a explorar.  Más abajo de los inseguros primeros pasos y aún del triunfal gateo, hay recuerdos que se difuminan en la profundidad.

Casi al ras de la plataforma, si es que acaso hay alguna, existen algunas sensaciones que intentan materializarse en imágenes, sonidos o emociones.  Entre ellas, aquella mezcla de miedo, soledad y abandono ante la llegada de la noche que se traduce, aún involuntariamente, en un incesante llanto, hasta que llegan unos tiernos brazos que acunan, acarician y comienzan el brote de un torrente de amor, del más puro que pueda existir en la galaxia y luego una inconfundible voz, dulce a más no poder, que emite palabras que todavía no se acaban de comprender pero que no pueden ser más que reflejo de aquel inmenso sentimiento.  Luego un canto que poco a poco va devolviendo la tranquilidad, esa extrema seguridad que tan solo produce aquella presencia y todas sus manifestaciones.   “A la rorro niño, a la rorro ya, duérmete mi niño, duérmete mi amor…”

En medio de aquel difuso recuerdo, mi ritmo cardiaco comienza a caer poco a poco, como una ligera pluma al aire y con la misma cadencia, mi respiración también se va sosegando, mientras mi cerebro, con la suavidad de una caja de cambios de un Porsche 911, pasa de ondas alfa a theta y en poco tiempo a ondas delta y como un manto de seda, cae el sueño, llevándome a insospechadas aventuras.

Creo, sin temor a equivocarme, que son muy pocos aquellos seres humanos que nunca fueron arrullados por una madre, abuela, tía y aunque en menor medida por parientes varones, con una canción de cuna, pues se trata de una de las manifestaciones culturales más arraigadas en todas las civilizaciones.   En un lugar cercano a la que fue la Mesopotamia, en donde algunos (todavía) creen pudo haberse ubicado el paraíso terrenal y que hoy es Irak, cerca de la frontera con Turquía y Siria, encontraron una pequeña tabla de barro con lo que es la canción de cuna más antigua de que se tiene evidencia, con más de dos mil años de antigüedad y perteneciente a la cultura babilónica.   De la misma forma que la canción de cuna o nana, con sus equivalentes lullaby en inglés, berceuse en francés, ninna nanna en italiano, canção de ninar  en portugués, wiegenlied en alemán, en cada idioma habrá un vocablo para designar a esta manifestación cultural.

Es interesante que estas canciones que guardan casi siempre el mismo ritmo que trata de imitar el balanceo que coadyuva a inducir el sueño, también se asemejan en la temática, además de las palabras dulces para el infante, mezclan ciertas amenazas que en algunos casos son terroríficas, si se miran a la luz de la realidad.  En el caso de la canción de cuna encontrada en la Mesopotamia, puede observarse que la misma dice que el llanto del niño despertó a un demonio y si no se calla, se lo comerá.  En algunas canciones de cuna de regiones africanas, se utiliza a la hiena, en lugar del demonio, en ciertas nanas españolas, se invoca al “coco” y en Nicaragua se amenaza con el coyote.  Así mismo, algunas canciones de cuna expresan la queja o lamento de la madre por la carga excesiva de trabajo y en algunos casos denotan una denuncia social en el sentido de la explotación que sufre la madre del bebé.  Un ejemplo de todas estas manifestaciones podría ser la canción de cuna que rescató y dio a conocer al mundo el célebre Atahualpa Yupanqui, quien narra que la escuchó en el caribe de la frontera entre Venezuela y Colombia entre la población negra de esa región y cuyo nombre es:  Duerme, duerme negrito.  En dicha canción de cuna la encargada de dormir al niño, le cuenta que su madre está en el campo, trabajando, sin que le paguen, pero que le traerá los más exquisitos bocados y si no se duerme, vendrá el diablo blanco y le comerá la patita.

Dentro de la música clásica también la canción de cuna logra alcanzar una importante dimensión, destacando la Berceuse de Chopin o la Canción de Cuna de Brahms que daba fondo a todas las escenas en donde se invocaba al sueño en las caricaturas que mirábamos en la televisión en los años cincuenta y sesenta.

En Nicaragua está muy arraigada la canción de cuna, sin embargo casi en totalidad se derivan de la tradición española, la cual es muy rica, no obstante no existe mucha evidencia sobre lo que fueron las canciones de cuna que pudieron haber utilizado los antepasados indígenas.  Cabe la aclaración que muchas de las canciones de cuna tienen su origen en la tradición religiosa y hacen mención al niño Jesús y su familia.   Es interesante que estas expresiones no se enseñan formalmente en ningún lado y sin embargo, cuando una madre arrulla a su hijo, lo hace espontáneamente cantando uno de esos temas al igual que lo hizo su madre, tiempo atrás su abuela y más atrás su bisabuela y así sucesivamente.  La más conocida y utilizada en diferentes versiones es aquella: Dormite mi niño, cabeza de ayote, si no te dormís, te come el coyote…” y cada nicaragüense guarda en su memoria esta o alguna otra canción.

Nací en medio de una sociedad marcadamente machista, sin embargo, cuando llegué a la juventud, se inició cierto cambio en estas actitudes y comenzó a verse a padres de familia manteniendo una más cercana relación con sus hijos, en especial en sus cuidados.  Así fue que cuando llegaron mis hijos, aprendí a cambiarles los pañales, cuando todavía eran de algodón sujetados con gacíllas, a darles su biberón evitando que agarraran aire o bien sacándoselo mediante golpecitos en la espalda.  De la misma forma viví esa inigualable sensación de dormirlos cantándoles una canción de cuna.  No recuerdo de dónde la sacaba, simplemente de la mente iban brotando los versos, que tal vez había escuchado de mi madre al dormir a mis hermanos.   Sin embargo, la experiencia más dulce que recuerdo fue cuando mi familia llegó a encontrase conmigo en México después de tres meses de no verlos, de tal forma que mi hijo menor Rodrigo, de apenas un año, ya no me conocía y tuve que hacer un gran trabajo para volver a acercarme a él.  Ese año, 1979, fue declarado Año internacional del niño y en México había una insistente propaganda de todo lo que representan los niños y los vínculos que debían mantener con ellos sus padres.  Tal como lo relaté en su momento, algunas noches que llegaba del trabajo encontraba a Rodrigo sin poder dormirse, entonces le cantaba Duerme, duerme negrito, hasta que se dormía.  En alguna ocasión me dijo:  ¿Verdad que me dices negrito de cariño, papá? -Claro que sí mi muchachito, le respondía yo.

Así pues, no cabe duda que los recuerdos más gratificantes están ligados a esa relación que con el más puro amor se da entre padres e hijos y que muchas veces tienen como música de fondo una canción de cuna.  De esta manera, apreciado lector, cuando con un cuchillo entre los dientes se acerque hacia su cama el infame insomnio, puede echarse al coleto una Tafil de un gramo, unas diez gotas de Rivotril o de perdida un té de pasiflorina, o bien, respirar profundamente y lanzarse al océano de los recuerdos y tratar de encontrar allá en lo profundo, aquellos vestigios en la memoria de un inmenso amor de alguien que nos hacía dormir con la más bella voz que guarda nuestro corazón.

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