Archivo mensual: enero 2008

De cuando fuimos onomatopéyicos

Portada de Batman

Ahora se les llama universalmente “comics”; son materia de profundos estudios sociológicos, psicológicos y semiológicos; también son objeto de colección, subastándose algunos ejemplares en miles de dólares y son una fuente inagotable de inspiración para el cine.  En fin, el comic se ha convertido en todo un fenómeno que ocupa la atención mundial. 

Para quienes aprendimos a leer en los años cincuenta, este género tuvo un significado especial.  Era simplemente un refugio para encontrarnos con la fantasía, provocar sueños y conocer al héroe en el cual queríamos transformarnos. 

Fue precisamente a mitad del siglo XX cuando la Editorial Novaro de México inició la producción y distribución de las versiones en español de los grandes comics norteamericanos.  Inicialmente esa editorial se manejaba bajo las denominaciones Ediciones Recreativas (ER) y Sociedad Editora Americana (SEA), fusionándose luego en la Editorial Novaro (EN).  La mayoría de sus ejemplares tenían la esquina superior izquierda en blanco y ahí ponían el emblema de la editorial, una estrella con ER, una bandera triangular con SEA y un águila con EN.  También competían en menor escala los comics de la Editorial La Prensa, también mexicana, cuyo logotipo era un león y a pesar de que tenían una menor calidad, sus títulos eran verdaderamente asombrosos.  En esos mismos años, el dibujante mexicano José G. Cruz fundó su propia editorial, incursionando en la producción de comics con gran éxito. 

En Nicaragua, la librería del Dr. Ramiro Ramírez Valdez, que quedaba en la calle 15 de septiembre, comenzó a distribuir estos comics a todo el país, llevando la felicidad a miles de niños que esperaban como agua de mayo cada entrega de su serie preferida. 

En Nicaragua, se les llegó a conocer como “paquines” “penecas” o “cuentos”.  El primer nombre puede haberse debido a una historieta que se produjo en México en los años cuarenta bajo el nombre de Paquín; aunque algunas personas porfían que se deriva del barbarismo fonético de pasquín.  Peneca por su parte era una revista Chilena para niños que se distribuía en pequeña escala en Nicaragua.  En San Marcos, no sé si en otras partes, se le conocía simplemente como “cuentos”. 

En esos tiempos un cuento costaba un córdoba, que equivalía a una entrada al cine, sin embargo el primero podía leerse innumerables veces e incluso intercambiarse.  Era también la lectura preferida en las barberías; recuerdo que Chalo Vásquez tenía una antigua silla de barbero que servía de revistero a toda su colección disponible para los clientes. 

Me gustaba mucho leer los cuentos de Tarzán, pues me intrigaba su capacidad de supervivencia en la selva y me impresionaban su amigos especialmente Tantor y mantenía la esperanza de algún día poder dominar su idioma: Kryga Tarzán Bundolo.  En cambio Superman me gustaba por sus contradicciones, un héroe invencible que podía ser fácilmente sometido con un pedazo de kriptonita verde y que tenía además un clon imperfecto: Bizarro y su mundo, que a veces pienso si nuestro país no se habrá convertido en él.  Batman con menos poderes pero con más ingenio y Robin su compañero de fórmula. El Llanero Solitario el gran justiciero y su inseparable amigo que en la versión en español salió ganando pues de Tonto pasó a Toro, el Llanero era un héroe tan noble que disparaba balas de plata y sólo acertaba a darles a los pillos en las manos.  Red Ryder campeón en recibir golpes contundentes en la cabeza y a quien en la época actual más de alguna ONG lo hubiera quemado vivo por su relación con Castorcito.  Roy Rogers era ameno pero definitivamente era más emocionante en el cine. Al inicio eran interesantes las aventuras del Halcón Negro y su equipo multinacional, incluyendo al simpático Chop Chop, sin embargo al adoptarlo Novaro lo cambió al Halcón de Oro y lo encasilló en la ciencia ficción, perdiendo su espíritu.   

Otros títulos que leía eran La Pequeña Lulú y el famoso club de Tobi, Lorenzo y Pepita, El Conejo de la Suerte, La Zorra y el Cuervo, que tenía un anexo llamado Tito y su Burrito, Domingos Alegres, Cuentos de Misterio, Relatos Fabulosos, Fantomas. Julio Jordán el Detective Marciano, Daniel el Travieso, Flash, Clásicos Ilustrados, El asombroso Hombre Araña, Dientes y Orejas, Héroes del Oeste. También leía, aunque no con tanta afición, Archie y sus amigos, Marvila, Relatos Fabulosos, Periquita, Tristán Tristón que era un soldado siempre metido en problemas.  Había otros que no me gustaban como Titanes Planetarios y los que por principios ningún muchacho leía, como Susy Secretos del Corazón, Confesiones de Amor y Romances Juveniles.   

Un caso especial era Santo el Enmascarado de Plata, de José G. Cruz, que venía en otro formato, como el del Readers Digest pero más voluminoso, más caro, de color sepia y cuyo mayor atractivo era el concurso de dibujos del Santo, cuyos ganadores se hacían acreedores de una máscara igual a la del personaje. 

Algunos padres de familia restringían y en ciertos casos prohibían a sus hijos la lectura de estos cuentos.  Mi padre nunca me limitó la lectura de este género, sin embargo me animaba para que mi libro de cabecera fuera Corazón, de Edmundo de Amicis y hasta me había prestado su ejemplar, encuadernado elegantemente para él con su nombre en letras doradas en la portada.  En ese tiempo yo prefería ir de Metrópolis a Ciudad Gótica que de los Apeninos a los Andes. 

En los años sesenta, mis hermanos Oswaldo y Ovidio se me unieron en la afición de leer cuentos y el flujo de títulos en la casa aumentó considerablemente.   En esa época la editorial Novaro sacó una colección propia de series interesantes y educativas como Vidas Ilustres, Vidas Ejemplares, Mujeres Célebres, Leyendas de América, Epopeya, Aventuras de la Vida Real, todavía recuerdo los títulos de Lope de Vega, Luis Pasteur, Leona Vicario y Marie Curie.  También salieron unos títulos que venían en un color sepia, el Monje Loco y Tradiciones y Leyendas de la Colonia, cuyo número de Martín Garatuza nos lo aprendimos de memoria.  También apareció la colección de Viruta y Capulina que nos gustaba por los dicharachos que utilizaba.  De la colección de José G. Cruz, nos gustaban el Valiente y Juan sin Miedo.  También apareció Condorito, quien llevaba muchos años en Chile.  Otro héroe que causó sensación en los años sesenta fue Chanoc y su padrino Tsekub Bayolán, quien no se despegaba su botella de Calabar, compitiendo mano a mano con la serie de Hermelinda Linda y Aniceto Verduzco y Platanales. 

El final de mi etapa de afición por los cuentos estuvo marcado por la aparición de Los Supermachos y Los Agachados de Rius, que con su humor crítico y mordaz nos encaminó hacia ese nuevo género. 

No cabe duda que la influencia en nuestras vidas de parte de la lectura de los cuentos fue importante, además de propiciar nuestra creatividad, nos amplió considerablemente nuestro conocimiento y vocabulario.  Nos convertimos en onomatopéyicos pues no había carrera que emprendiéramos que no llevara el Roarrr de la aceleración, o el Screaaach al detenernos, el Gulp ante el asombro o el Slam al cerrar una puerta.  Más que los hijueputazos de los viejos, preferíamos las interjecciones de los cuentos: Atiza, Cáspita, Caracoles, Recórcholis, Rayos y Centellas, Bah. 

De repente el fervor por la lectura de estos cuentos se esfumó de mi vida.  Ahora casi nunca los leo, salvo cuando voy a la barbería Independencia de don José Ruiz, en donde mientras espero leo uno o dos ejemplares de Condorito, que aunque repite los mismos chistes siempre tienen alguna gracia.  Parece mentira que Condorito a pesar de tener mi edad, siempre se mantiene en forma.  ¡Reflauta!.

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Y nos dieron las cinco

Esquina del Munich y la Guitarra

El amanecer está cerca en el occidente de Managua.  Las calles tranquilas todavía, apenas iluminadas por el austero alumbrado público, muestran esporádicamente el reflejo de las luces de los escasos vehículos que transitan por el sector.  La 35 avenida suroeste pareciera más ancha en la soledad, tan sólo minimizada en el punto en donde se juntan los dos bares especializados para trasnochadores: el Munich y la Guitarra.   

El Munich es ya una leyenda.  Nació en la vieja Managua, en los alrededores del Palacio Nacional y en donde la proliferación de tríos lo hicieron el lugar ideal para concluir cualquier festejo prolongado más allá de la media noche.  En ese lugar se protagonizaron cientos de historias, entre ellas la del ex Teniente G.N. David Tejada.  Después del terremoto de 1972 se trasladó al lugar que ocupa ahora, en las inmediaciones de los semáforos del Seminario Nacional.  La Guitarra por su parte surgió en la otra esquina, como su competencia, a inicios de la década de los noventa. 

Cerca de la cinco de la mañana coinciden dos mundos disímiles, cuya órbita los pone en ese momento frente a frente, casi rozándose, antes de seguir su rumbo.  En uno están aquellos que le robaron tiempo a los sueños y extendieron su día hasta la madrugada; mientras que en el otro están quienes apresuran la jornada empujándola desde temprano. 

A esa hora el Munich ya se rindió al inminente amanecer y un empleado de uniforme coloca una gruesa cadena cerrando la puerta metálica.  De adentro sale un penetrante olor a cerveza derramada y una mesa aún permanece ocupada, pero no son clientes regulares, sino algunos miembros de mariachis o tríos que después del arqueo de rigor, entonan una canción, esta vez con todo el sentimiento, fuera de cualquier encargo.  Usted es la culpable de todas mis angustias, de todos mis quebrantos… dedicada ahora, no a la solterona cumpleañera de las dos de la madrugada o a la asistente del gerente de las tres y media, sino a la cajera del bar que en una bolsa de seguridad guarda el efectivo.

La Guitarra tiende a cerrar más tarde.  Todavía hay un par de mesas ocupadas y consumiendo, mientras que los parroquianos con lengua de trapo continúan solicitando canciones al trío que fielmente los acompaña.  Los trovadores pasan de la Mora Limpia a Nicaragua Nicaragüita, mientras el “pitcher” de la mesa, que carga un grueso fajo de dólares, al escuchar la melodía se abandona y rompe a llorar, mientras el resto de bohemios invitados, que a esta hora ya no son dueños de su ser, vacilan y no saben si  aplaudir, reír o también llorar.  La mesera solícita le alcanza una servilleta y de su inspiración le sirve otro trago de Black Label.  

En la calle se escuchan los motores de buses que aprovechando la hora se desplazan a más de ochenta kilómetros por hora en la avenida.  Cerca del movimiento de los bares, se encuentran muchachas en minifalda que duermen en los asientos reclinados de taxis estacionados.  Calle dolida, calle sufrida, calle cansada de tanto amar, como dice Manu Chao. 

En medio de las sombras de la acera se desplaza hacia el sur un contingente de personas que caminan enérgicamente.  Acaban de dejar la cama y se revisten de todo el vigor posible para entregarse a la ilusión de los beneficios del cardio.  Resaltan en la oscuridad los vivos colores de sus buzos de apariencia metálica.  Algunos hacen gala de su condición y corren a paso de semi fondo, contrastando con las señoras que se mueven como si estuvieran desfilando en Pasadena.  Practican un poco de steeplechase con perros descansando, borrachos inconscientes o basura desperdigada.  A medida que se acercan al Munich preparan sus estómagos para resistir la “patada” a mingitorio de estadio, a desvelo, a fermento, a restos de comida. 

Otro contingente se mueve hacia el norte, a la parada de buses del Neptuno.  Lucen vestimentas formales, sus cabellos todavía están húmedos y dejan una estela de olor a jabón restregado, Drakar Noir o Avon.  La prisa se adivina en sus rostros y ruegan que la ruta no demore mucho pues deben de presentarse a sus trabajos a primera hora en el otro extremo de la ciudad.   

De pronto, sin mayor preámbulo, el primer rayo luminoso de la aurora atraviesa la avenida de este a oeste y los bohemios, trovadores y meseros al mejor estilo de Nosferatu, emprenden la retirada.  En ese momento se cruzan los habitantes de los dos mundos y aunque parezca inverosímil no se da la menor interacción, pues como en una película de Amenábar, cada quien es el fantasma de los otros.  Los bohemios suben en peso al conductor designado y echan suertes para ver quien lo sustituye al volante.  Los trovadores se separan; los que obtuvieron una mejor entrada detienen un taxi, mientras que el resto, junto a los meseros, emprenden el camino hacia la parada del Neptuno y una minoría sigue a pie hasta Monseñor Lezcano, la Morazán o la Ceibita. 

Después del primer rayo de luz, la claridad se deja venir como un aguacero y de pronto la ciudad muestra el color cenizo del amanecer.  Las luces del alumbrado público ante el estímulo luminoso, automáticamente se apagan y la avenida comienza otra vida.  En muchas casas niños escoltados por madres o abuelas esperan el transporte escolar, mientras que el flujo de trabajadores poco a poco va inundando las paradas de buses y a su lado desfilan nuevos grupos de deportistas tardíos.  

Ahora el punto dinámico se traslada hasta la pulpería 24/7 “Vaya con Dios”, al norte del Munich; ahí taxistas y transeúntes se detienen a comprar algo para mitigar el hambre.  En una improvisada banca en la acera de la tienda, un trovador termina un humeante vaso de café y emulando a Orfeo Negro rasga las cuerdas de su guitarra como invitando al sol a salir, mientras a su lado pasa de prisa un deportista sudoroso que lo mira de reojo, vuelve su mirada al oriente en donde el sol se empieza a asomar, sonríe y respira tranquilo.             

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El Callejón de Alí Babá

El Callejón de AlÂ?Babá                                            Para Oralya con todo mi cariño

Managua todavía no se desperezaba la mañana del primer día de 1969, cuando en una camioneta station wagon y un camión cargado con nuestras pertenencias, arribamos al Callejón Ramón Sáenz Morales y en medio de algunas miradas curiosas procedimos a ocupar la casa número 613. Habíamos abandonado el pueblo para iniciar la tarea de convertirnos en capitalinos.

El Callejón en cuestión era la prolongación final, en el extremo sur, de la sexta avenida suroeste de la vieja Managua. Comenzaba en la calle 11 de julio y finalizaba después de describir una pronunciada curva, en la paralela quinta avenida suroeste, a escasos metros de la Calle Colón. La entrada al callejón estaba claramente señalada con su nombre oficial, en honor a un poeta capitalino, sin embargo todos los Managuas lo conocían como el Callejón de Alí Babá, pues según las malas lenguas, un empleado público se había piñateado unos terrenos de la comuna y posteriormente los vendió o cedió a sus amistades, lo cual no es insólito en Nicaragua.

El proceso de salir furtivamente al vecindario como “gallinas compradas” duró relativamente poco, pues los Reinoso que vivían enfrente se encargaron de darnos la bienvenida y hacer que en breve nos sintiéramos como peces en el agua.

La entrada al callejón estaba flanqueada por un enorme árbol en donde estaba la Panadería La Tica. Hacia adentro se abría un mundo extraordinario en donde ahora, después de tanto tiempo, pareciera increíble que en tan sólo ciento veinte metros cupiera esa cantidad y diversidad de personajes.

Como de una leyenda urbana salía la imagen del propietario de la panadería que se decía fue dado por muerto y que a mitad de uno de los rezos del novenario se apareció en su casa, en medio de la consternación y gritos de la familia doliente. Nos tocó también presenciar el escándalo, en ese mismo establecimiento, de cuando un panadero apodado “Pico de Rata”, con el corazón atravesado por un desaire que le hizo la encargada de la sección de pan dulce, decidió poner fin a su existencia tomando DDT, intento que no tuvo éxito por la mala calidad del insecticida, quedando turulato y hablando como Don Corleone por el resto de sus días.

Había una cantina de tablas y piso de tierra en donde pululaban los más extraños especimenes que parecieran haber brotado de la mente de George Lucas; con la suerte de que no eran maleantes y se llevaban bien con el vecindario, como Chalío a quién le faltaba una pierna o un tipo con un vientre prominente que se paseaba con un radio escuchando, según él, valses clásicos.

En ese callejón podía decirse que se respiraba cultura, pues ahí vivía y tenía su estudio el pintor Róger Pérez de la Rocha, famoso por sus desnudos y la cantidad y calidad de mujeres que posaban para él. También vivía ahí doña María Zamora y su familia, que nos deleitaba todo el día con música clásica y que recibía visitas del mundo político y social, como el entonces Ministro de Educación, General José Agurto a quién deleitaban con el Bolero de Ravel. No se quedaba atrás don Orlando Rueda, visitador médico, quien al bañarse entonaba con su potente voz de tenor, arias de óperas famosas o bien canciones de María Grever. Algunas tardes don Panchito Castillo salía a tomar el fresco en la acera con su guitarra, interpretando alguna mazurquita.

Los muchachos por su parte curioseaban en una casita de tablas, contiguo al taller de Tiberio, en donde ensayaban los Kramers, con el Gato Aguilar en la batería. Al dar la vuelta en la quinta avenida practicaban los Jets de Toño Saldaña, hermano del famoso Paco “Loco”.

El callejón estaba dividido por una callejuela que desde la quinta avenida se extendía hasta la séptima, que bajaba del cine Alameda. Era una angosta vía de tierra pero marcaba dos tramos claramente diferenciados. En el primer tramo que iba de la calle 11 de julio a la callejuela, había una diversidad extrema de familias, en casas que iban desde humildes construcciones de madera hasta casas de clase media, como la que alquilábamos nosotros, que era de reciente construcción y de dos plantas. El segundo tramo por su parte, que iba desde la callejuela hasta la quinta avenida y que incluía la curva, estaba compuesto de residencias de clase alta, tanto en tamaño como en la calidad de construcción, algunas de ellas con estatuas de mármol en el porche.

Nuestro tramo tenía un movimiento inusitado, a pesar de que el tráfico vehicular era reducido por ser un callejón casi sin salida, pues desembocaba a otra avenida de sentido contrario, el movimiento de personas, sin embargo, era dinámico. Gente que transitaba hacia la panadería, a la cantina, a la tortillería de los Alonso, a la pulpería de doña Goya, a la zapatería de Polloca o bien al Taller de Tiberio. Había varios consultorios médicos, además del de nuestro padre, estaba el consultorio radiológico del Doctor Lacayo y la Clínica Oftalmológica del Doctor Munguía. Vivían también distinguidos comerciantes como Mario Bandes y su tío don Teófilo Frech. Mario tenía en el centro el almacén el Caballero que se transformó en la Dama y el Caballero cuando se casó con Ester Miranda. Habíamos muchos estudiantes y en una casa de dos plantas en la callejuela vivían universitarios costeños entre ellos Lucien Benoit.

Por las tardes, después de que el potente pito de los talleres Caterpillar, sonaba a la una y treinta de la tarde, la muchachada salía a jugar a la calle, juntándose los Aranda, los Reinoso, mis hermanos y demás chavalos de la cuadra, poniendo una singular algarabía en el callejón.

Nuestra casa también vivía un febril movimiento: pacientes de mi padre, compañeros de estudios de seis hermanos, de afición musical de dos de ellos y mis compañeros de deporte. Nos visitaban asiduamente nuestras primas Giselle y Silvia y nuestro tío Eduardo y familia llegaban con relativa frecuencia.

El otro tramo por su parte, estaba habitado por gente importante, como el doctor Ramiro Sacasa, prominente político, el comerciante Orlando Chávez, el doctor José Padilla, el Capitán Nicolás Valle Salinas que fue Jefe de la Investigación de la Policía, así como las familias Trejo, Ferreti y Carrasquilla. Ese pedazo del callejón permanecía siempre tranquilo, casi no se miraba gente transitando por la calle, tan sólo a medio día se miraba llegar a Ofelia y Eva Sacasa con sus primorosos uniformes de La Asunción, a las hijas del Dr. Padilla o a las niñas gemelas de Valle Salinas que sacaban a pasear por las tardes.

Ya entrada la tarde pasaba Carlitos con La Prensa y entonces las familias salían a los porches y aceras a leer el periódico y a comentar las noticias, antes de recluirse a ver televisión o a salir al cine, pues estaban cerca el Alameda y el América. También estaban el Boer y el Lux pero el primero no tenía techo, pero sí ratones y en el segundo un guardia se paseaba en actitud amenazante con su clava por todo el cine.

En ese callejón pasamos cuatro años maravillosos, en donde la suerte nos sonrió y cada uno de nosotros tejió sus propias historias. Aquel pequeño trozo de la ciudad se convirtió en el dulce hogar que tanto habíamos añorado. Después de que por más de 16 años nuestro padre trabajó en la capital, llegando al pueblo las noches que no tenía turno, la familia completa por fin pudo aglutinarse, almorzar juntos todos los días, en fin, disfrutar la presencia de nuestro padre, a quien por fin llegamos a conocer a plenitud y para completar la felicidad disfrutábamos del cariño sin límites de nuestra madre. En ese tiempo me convertí en atleta, incursioné en el teatro, conocí a mi novia y adelanté mi carrera de economía. Sólo el terremoto de 1972 pudo poner un punto y aparte a esa época, en un final que ni Scherezada pudo haber imaginado para el Callejón de Alí Babá.

En la actualidad, el Callejón es una zona fantasma, sin nombre. Casi la totalidad de casas del primer tramo fueron derribadas y en su lugar se establecieron paracaidistas que construyeron casas rústicas, mimetizadas entre un grueso follaje que crece en el frente. La callejuela de tierra que dividía el callejón desapareció, pues también fue ocupada para construir, de tal suerte que ubicarse en ese tramo es misión imposible. La parte de la curva no sufrió daños y debido a la extrema vigilancia que pusieron sus dueños, las casas no fueron derribadas y la mayoría todavía persiste. El árbol que flanqueaba la entrada todavía desafía al tiempo y se inclina cada vez más hacia el oriente.

Traté muchas veces de encontrar el sitio donde quedaba nuestra casa, sin ningún éxito, pues no existen referentes que pudieran apoyar la localización. Tuve que esperar una visita de mi hermana Oralya, quien tiene, entre tantos atributos, una memoria prodigiosa, para pedirle que me acompañara a tratar de encontrar el sitio. Al llegar, tan sólo le tomó un par de segundos para afirmar con enérgica convicción: -Ahí era. Pero, cómo supiste? -Fácil, ese guayacán que está ahí, yo lo planté.

Fue en ese momento en que como por arte de magia regresó a mí la imagen del callejón. Súbitamente me pareció vivir de nuevo aquel cúmulo de sentimientos que en aquella época se aglomeraban en nuestra existencia; casi llegué a sentir el aroma del pan horneándose en La Tica y a escuchar el poderoso pito de los talleres Caterpillar.

De regreso a casa, por alguna extraña coincidencia, en el CD de música italiana que tenía en el autoestereo, apareció aquella canción de Mássimo Rannieri de 1969, Rose rosse, que tenía una línea que decía “La strada dei ricordi e’ sempre la piu’ lunga”, -la calle de los recuerdos es siempre la más larga.

Con mi hermana Orlaya
Rose rosse, Mássimo Rannieri


			

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A propósito de propósitos

Ovidio Ortega Reyes

Durante mucho tiempo, uno de mis firmes propósitos de año nuevo fue esforzarme por aprender a tocar la guitarra.  Tenía entonces la enorme convicción de que la disposición musical tenía mucho que ver con los genes, por lo tanto, tenía escondida esa habilidad en algún lugar recóndito de mi interior. 

Creía lo anterior a pie juntillas, pues siempre he admirado la facilidad que mi hermano Ovidio tiene para la música.  Oswaldo y Eduardo también la tienen, sin embargo Ovidio es excepcional y además compone de una manera que haría palidecer a Ricardo Arjona, si éste tuviera la humildad de mi hermano. 

Ovidio aprendió a tocar el piano en un Neumann vertical que mi padre me había comprado cuando cumplí los siete años y que por la inclinación etílica de mi profesor, debí abandonar tempranamente.  Mi madre le enseñó algunos acordes y luego él por su cuenta comenzó a descubrir todo el universo musical que luego pasó a la guitarra y de nuevo lo trasladó al órgano.  Podría decirse que toca de oído, pero creo que más bien toca de corazón, pues hay una fortaleza en su música que no puede venir de otro lado. 

Cada vez que escuchaba a Ovidio me repetía que yo tenía el mismo genio escondido en alguna parte.  Sin embargo, por más esfuerzos que realicé nunca pude aprender ni siquiera una canción de Manzanero. 

A estas alturas del partido ya mis propósitos de año nuevo no tienen nada que ver con la música, salvo, tal vez con escucharla y disfrutarla al máximo, pues mis metas están más orientadas a tratar de ser feliz.  Parece mentira ahora pienso que si Ovidio tiene esa enorme capacidad de ser feliz, no importa que el mundo se le venga encima, por cuestión de genética yo también la debo de tener escondida por algún lugar.  Si él va por la vida puliendo los recuerdos hermosos y mandando constantemente a la papelera de reciclaje cualquier indicio de rencor, es lógico que yo debo de haber heredado lo mismo y creo que encontrarlo me costará menos que interpretar el Vuelo del Abejorro en guitarra.

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