Archivo mensual: septiembre 2008

La sopa de piedra

 

Tal vez algunos lectores, en alguna ocasión, habrán escuchado hablar de la sopa de piedra. Yo la conocía desde niño, pues mi padre era muy aficionado a mencionarla.

La receta de esta sopa se podría resumir de esta manera.

Ingredientes:

1 piedra lisa de aproximadamente 20 cmsx8 cmsx5 cms.

2 libras de posta de res

5 libras de hueso y aguja

4 chiltomas

2 cebollas en rebanadas

1 ajo machacado

1 ayote en trozos

4 trozos de yuca

6 zanahorias pequeñas

4 chayotes en trozos

3 elotes en pedazos

20 chilotes

3 quequisques medianos

1 repollo en trozos

3 pipianes

2 ramas de apio en trozos

6 hojas de culantro

3 limones

6 litros de agua

Sal y pimienta al gusto

 

En una olla de unos dos galones de capacidad, si no encuentra, puede utilizar una de 8 litros que le servirá igual, se pone en el centro del fondo la piedra y enseguida se le agrega el pecho, el hueso y la aguja, luego se ponen las verduras y posteriormente, la cebolla, chiltoma, ajo y el culantro. Luego se le agrega 6 litros de agua, sal y pimienta al gusto. Se pone a cocer a fuego medio y cuando las verduras estén suaves, se le agrega el jugo de los limones y se termina de condimentar con sal y pimienta.

De pequeño escuchaba la famosa receta de la sopa de piedra, que repetía mi padre, siempre con un aire de burla, sin embargo, para mí era una simple sopa y nada más. Luego crecí y estaría en quinto año de secundaria, ya con la ilustración de la lógica aristotélica y el conocimiento fortalecido con los fundamentos de filosofía, Cogito, ergo sum; una vez que mi padre trajo la famosa sopa a colación le pregunté cuál era el papel que jugaba la piedra, pues para mí no le daba el menor sabor a la sopa. –Precisamente, me respondió, ahí está el detalle. Muchas cosas en esta vida –me dijo- en realidad no tienen ningún valor agregado en los procesos en que intervienen. Lo interesante fue que se alegró mucho de mi señalamiento y a través de eso, comprendió que ya mi nivel de razonamiento había madurado y a partir de entonces me entregó una llave de la casa y me enseñó a manejar.

Siempre que surgía la oportunidad de identificar algún elemento que ni sumaba ni restaba en su ámbito de acción, mi padre sacaba el famoso cuento de la sopa de piedra. Algunas medicinas para él eran como la piedra en la sopa, pues eran inertes como un placebo, como el Vick Vaporub o algunas fórmulas para bajar de peso que requieren de una dieta estricta y ejercitarse igual que un cadete.

En realidad, en Nicaragua son pocas las personas que manejan el cuento de la sopa de piedra o por lo menos no de la forma en que lo usaba mi padre. No esperen encontrar su receta en un programa del Chef Porta o de Doña Pinita.

Hace tiempo, en mi recurrente ejercicio de recordar a mi padre, me puse a investigar sobre la sopa de piedra y me di cuenta que se trata de una fábula, que muchos reclaman como portuguesa y que según Wikipedia es así:

“Unos viajeros llegaron a una aldea, llevando nada más que una olla vacía. Al llegar, los aldeanos no querían compartir sus reservas de comida con los hambrientos viajeros. Éstos llenaron la olla con agua, tiraron una piedra grande y limpia dentro, y la pusieron al fuego en la plaza mayor de la aldea. Uno de los habitantes sintió curiosidad y les preguntó lo que estaban haciendo. Los viajeros le contestaron que estaban preparando una deliciosa “sopa de piedra”, aunque les faltaban algunos acompañamientos para poder incrementar el sabor. El aldeano no tuvo inconveniente en prestarles algunos a cambio de un poco de sopa al final. Otro aldeano pasó por allí, preguntó por la olla, y los viajeros volvieron a mencionar su sopa de piedra, que aún no había alcanzado todo su potencial. El aldeano les dio un poco de condimento a cambio de un plato de sopa. Más y más aldeanos fueron acercándose, añadiendo otros ingredientes. Finalmente todos, aldeanos y viajeros, disfrutaron de una deliciosa y nutritiva olla de sopa”.

Esta fábula tiene diferentes versiones, sin embargo, todas giran alrededor de la participación de una comunidad en la elaboración de la sopa. Muchos le atribuyen a esta fábula la exaltación del trabajo en equipo y la solidaridad, sin embargo, si se mira a fondo el asunto se observará que exalta más bien la forma en que algunos vivianes se aprovechan de la ingenuidad de otros, al aportar algo inerte, aunque algunos más vivos dirán que la función de la piedra es mantener por mucho más tiempo el calor de la sopa.

En estos tiempos, en los que la extrema competencia ha promovido que las unidades de producción nos inunden de bienes y servicios que si los analizamos a fondo, al suprimirlos de nuestra vida no cambiará el rumbo de la misma, pues su efecto es igual al de la piedra en la sopa. Vale la pena, pues recordar siempre esta fábula y no dejar nuestra ingenuidad en manos de algún vivián.

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Aquellas bandas de guerra

Cuando llegaba el mes de julio, el Instituto Pedagógico de Diriamba comenzaba a inundarse del ruido de tambores y clarines. Ante la cercanía de las fiestas patrias, la banda de guerra del colegio comenzaba a tomar forma. En esa época no había reparos para llamarla de esa manera, era una banda de guerra, simple y sencillamente, sin entrar en intrincadas consideraciones semánticas o de otra índole.

 

Las vacantes en la banda de guerra a causa de los egresos por bachillerato o cambio de colegio eran cubiertas por amigos de los antiguos integrantes y los primeros ensayos eran dedicados a inducir a estos nuevos elementos. La banda estaba compuesta por un total de 56 alumnos, que incluían los tambores, redobles, bombos, platillos, clarines y una lira. Sin embargo, el componente indispensable y figura central de la banda era el Tambor Mayor, conocido como Palillón, quien marcaba el paso y el ritmo de los desfiles, haciendo toda suerte de malabarismos con su bastón.

 

Ya para agosto, cuando la banda de guerra iba acoplándose, iniciaban las prácticas del desfile con la participación de todos los alumnos de secundaria. Obviamente había excepciones y dispensas para aquellos que se consideraban enfermizos o sumamente delicados. Los pelotones se iban conformando por orden de estatura, con un total de 32 elementos cada uno hasta completar un total de seis que conformaban la compañía.

 

Cuando estuve en Primaria, era todo un espectáculo para los menores ver las prácticas del desfile, con la banda de guerra marcando el paso de los pelotones que trataban de mantener un porte marcial. En esa época recuerdo que el Tambor Mayor era Samuel Mansell, originario del norte del país y desde mi estatura de ese entonces lo miraba extremadamente alto. Un año, sería a finales de la década de los cincuenta, algún iluminado tuvo la brillante idea que los alumnos debían marchar con un rifle al hombro. Me imagino que al estudiar en el colegio muchos hijos de los altos mandos militares de Somoza, no fue problema conseguir una amplia dotación de rifles Garand, supongo que sin munición alguna. Ese año, los estudiantes lograron además de su porte marcial, mostrar un dominio en el acarreo de su rifle, con algunas suertes de saludos y demás malabarismos. Fue un éxito rotundo de tal forma que los llevaron a desfilar a Managua.

 

Al ingresar a primer año de secundaria, nos entusiasmamos con el hecho de que al fin podríamos desfilar. Al momento de iniciar las prácticas, el entusiasmo se evaporó en el sofocante calor y al rigor de los ensayos en donde el pie izquierdo debía ir al compás de cierto toque del tambor. Al acercarse las fiestas patrias nos instruían sobre el significado de las festividades y de la importancia de la promesa a la bandera. Luego venía la preparación del uniforme, pues se compraba un traje completo azul marino en Los Mejores Trajes Gómez en Managua, al cual se le agregaba las charreteras y luego un talabartero de Diriamba se encargaba de hacer unos cinturones al estilo de los que usaba la Guardia Civil Española, pintados de blanco, finalizando el atuendo una cachucha azul con ribetes blancos, a diferencia de la banda de guerra que usaba quepis.

 

Aquel 14 de septiembre, antes de rayar el alba, como expresaba el General José Dolores Estrada en su parte de guerra, me desperté con la emoción de participar en mi primer desfile patrio. Me vestí con la misma solemnidad que lo hizo años más tarde Lee Marvin en Cat Ballou y no dejaba de verme en el espejo con mi uniforme. El acto central en el patio del colegio fue solemne, después del himno nacional entonado gallardamente por todo el alumnado, siguieron discursos, poesías y la promesa a la bandera en donde un poderoso: ¡Sí, prometo! retumbó en el inmenso patio. Luego se inició el desfile que enrumbó hacia la ciudad de Diriamba, en donde una considerable muchedumbre se agolpó en las aceras para ver marchar al Pedagógico al compás de las marchas que magistralmente ejecutaba una impresionante banda de guerra. En ese tiempo no había botellas ni bolsas de agua y las cantimploras no eran parte del uniforme, así que el inclemente sol nos provocó una deshidratación que desembocó en un fuerte dolor de cabeza que perduró hasta la tarde. Al día siguiente, debimos regresar al colegio para participar en las festividades del día de la Independencia, mismas que se centraban en la lectura del Acta de esa efeméride, lectura que se nos hacía eterna, pues se le delegó a un Hermano de origen español, quien leyó parsimoniosamente, a lo mejor a propósito, los 18 artículos del Acta.

 

En los siguientes años continué participando en los desfiles, ya sin el entusiasmo de mi primera vez, observando siempre el ritual de la banda de guerra para la reposición de sus miembros y de la inducción de los nuevos integrantes. El Tambor Mayor, William Frech no parecía dar el tamaño para el puesto, pero sus facultades histriónicas suplían su estatura. También recuerdo a Alberto Martínez Tiffer, a quien conocíamos como el Gato Macho, quien llegaba a los seis pies de estatura y con su vocerrón hacía retumbar el patio del colegio: ¡Compañía!, respondiendo los seis jefes: ¡Pelotón!

 

En general, en esa época en toda Nicaragua, todos los colegios guardaban la misma solemnidad en los desfiles. En Managua había un acto central en la Plaza de la República al cual asistían todos los colegios de la capital y en donde se realizaba la promesa a la bandera, iniciando luego el desfile que tomaba la Avenida Roosevelt y se iba disolviendo de acuerdo a la resistencia de cada colegio. Los colegios de mujeres, en su mayoría no tenían banda de guerra y a la altura del almacén Carlos Cardenal, abandonaban el desfile. Quien más llamaba la atención era desde luego la Academia Militar, luego seguían los tradicionales colegios Ramírez Goyena y Pedagógico de Managua. En cierto momento comenzó a llamar la atención el Colegio Primero de Febrero, en donde estudiaban los hijos de militares, introduciendo en su banda de guerra a varias palillonas que en minifalda se movían cadenciosamente al ritmo de las marchas.

 

Con el terremoto de 1972, la reubicación de muchos colegios en Managua y el posterior cierre del Instituto Pedagógico de Diriamba, la tradición de los desfiles para las fiestas patrias fue decayendo. En la década de los ochenta, el himno nacional y la bandera azul y blanco pasaron a segundo término, así como los próceres de la independencia y los héroes de San Jacinto. Los desfiles de jóvenes se dieron entonces hacia las fronteras o el aeropuerto. El mes de septiembre quedó desolado y sólo quedó el picante sol de siempre.

 

En los años noventa se revivieron las fiestas patrias septembrinas y surgieron de nuevo los desfiles y las bandas; sin embargo, se originó la gran polémica de que no deberían ser más bandas de guerra, pues nadie quería saber nada de conflictos armados y como el que se quemó con leche, hasta las cuajadas sopla, había que darle un giro a los desfiles y de ahí salieron las bandas escolares o bandas musicales, que siguiendo un poco el modelo que una vez ocupara el Colegio Primero de Febrero, se centró en la figura de las palillonas, quienes con vestimentas mínimas se empeñaron en mostrar movimientos eróticos más para llamar la atención que para hacer un tributo a la Patria.

 

De esta forma, el porte marcial de los desfiles cambió drásticamente y al perder su esencia, lo único que podía aspirar a ser fue un movimiento de corte carnavalesco. Las tradicionales bandas de origen militar de tambores y clarines, se amplió a trombones, trompetas, cencerros y demás. De nuevo el homenaje a la Patria quedó en segundo término y los esfuerzos estaban encaminados a la competencia con otros colegios, originándose pleitos que incluso llegaron a la violencia.

 

Durante los once años que trabajé en el Ministerio de Educación asistí a los actos en celebración al mes de la Patria, evitando siempre asistir al concurso de bandas escolares, sin embargo, en el acto central del 14 de septiembre estuve, ya fuera en el Estadio Nacional o en la Plaza de la Fe y era decepcionante observar que mientras en la tribuna principal, el presidente en turno trataba de darle solemnidad al homenaje a la Patria, abajo, los estudiantes que representaban a todos los colegios de Managua, parecían estar en otro mundo, conversando, comiendo y bebiendo como si se tratara de un picnic; pero lo más vergonzoso ocurría al momento de la promesa de la bandera, pues luego que el presidente hacía su mejor esfuerzo por ser escuchado en todo el recinto exclamando: “Niños y jóvenes de Nicaragua, ¿prometéis amor, lealtad, veneración y cumplimiento de vuestros deberes a la bandera azul y blanco de la Patria?”, no se escuchaba absolutamente nada, los niños y jóvenes continuaban con su tertulia, y apenados algunos invitados especiales, no tan jóvenes, murmuraban: “Si prometo”.

 

Después del bochorno septembrino, cuando tenía oportunidad le sugería al Ministro en turno que debería haber un cambio radical en la educación cívica. Le ponía como ejemplo lo que sucedía en México, que en la fiesta nacional el 16 de septiembre, día de la Independencia, solamente marcha el ejército; sin embargo, al mexicano desde niño se le inculca una especial veneración a la bandera nacional y a los símbolos patrios y cada lunes en todas las escuelas del país, los mejores alumnos portan con orgullo el pabellón nacional, mientras el resto de alumnos cantan y veneran a su bandera y todos entonan a todo pulmón el himno nacional. El respeto y admiración que tienen los mexicanos a sus símbolos patrios no tiene igual en la región y no es extraño ver a un ciudadano hecho y derecho en el Zócalo capitalino, llorar al ver la imponente bandera monumental que ondea frente al Palacio Nacional.

 

Hoy en día, en Nicaragua las cosas siguen igual, con algunas variantes pues el desfile del 14 de septiembre, sin explicación alguna, se realiza por la noche.

 

Este pasado 15 de septiembre, estando en El Salvador, tuve la oportunidad de ver los desfiles en honor a la Independencia de Centroamérica y ahí también desaparecieron las bandas de guerra y ahora son bandas de paz. Los estudiantes marchan desde el Ministerio de Hacienda hasta el estadio “Mágico González” en donde se lleva el acto central y los militares por su parte marchan hacia ese mismo punto desde otra ruta.

 

El desfile estudiantil era encabezado por una escuela militar que al ritmo del tema musical de Los Hijos de Sánchez, en una adaptación a banda muy bien lograda, mostraban un porte marcial y realizaban acrobacias y malabarismos con sus armas. Después siguieron otros colegios en donde al ritmo del Mambo número 5 de Pérez Prado, los alumnos se contorsionaban frenéticamente, incluyendo a aquellos vestidos con trajes típicos. Lo más esperado por la muchedumbre era el famoso Instituto General Francisco Menéndez, INFRAMEN, que participó en el Desfile de Las Rosas en Pasadena, California, en enero pasado. En realidad no difiere mucho de los grandes colegios de Nicaragua, en donde la figura central son las palillonas, allá llamadas cachiporristas, vestidas con una mínima indumentaria estilo escocés, con una banda de paz muy bien acoplada. Para el toque carnavalesco, el contingente del INFRAMEN iba encabezado por un automóvil disfrazado de alacrán rojo, que es la mascota del colegio. En calidad interpretativa se destacaba un colegio que no logré conocer su nombre y que ejecutó magistralmente uno de los temas de Indiana Jones; luego me enteré que una gran sección de la banda había sido becada para estudiar música en el extranjero. No tuve la oportunidad de asistir al acto central del estadio y me conformé con encontrarme con la Ministra de Educación en el Siman de La Gran Vía la noche anterior, mientras ella buscaba un cinturón para el evento.

 

En lo particular, yo insisto que el respeto y veneración a los símbolos patrios debe cultivarse en el día a día, desde la educación preescolar. Los desfiles deberían reservarse, si acaso, para las fuerzas armadas, que como decía Sucre Frech cuando el umpire limpiaba el home plate, “para eso les pagan”, los colegios deberían tener su acto central con la promesa de la bandera y con el conocimiento cabal de lo que significan las efemérides y los símbolos patrios, para que luego cuando sean mayores y tengan la oportunidad de servir a la Patria en un cargo público, no empiecen a cantinflear y afirmar que Andrés Castro mató de una pedrada a Calvin Byron.

 

 

 

 

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De cuando nos guiñábamos la güirila

 

Uno de los exponentes más destacados del arte culinario nicaragüense es sin duda alguna la güirila. Originaria del de la región centro norte del país y en particular, según algunos estudiosos, del departamento de Matagalpa, la güirila es una tortilla preparada con maíz tierno. No existen elementos que pudieran arrojarnos la verdad sobre el origen etimológico de este nombre, sin embargo Fernando Silva sostiene que se deriva del idioma Matagalpa güilli que significa pan oloroso y sabroso.

 

Tiene la particularidad de que a diferencia de la tradicional tortilla de maíz, no requiere del proceso de nesquizado, necesario para remover la cáscarilla y que en alguna medida adultera el sabor original del maíz. En el caso de la güirila, esta se prepara en crudo, es decir el elote desgranado simplemente se limpia con agua para remover la pelusa y se muele. Se trata de que en el momento de la molienda, se recupere la “leche” que produce el elote para reincorporarla a la masa. Luego se le agrega sal y se pone a cocer sobre un comal. En el caso de que el elote sea muy tierno, es necesario cubrir la tortilla con hojas de chagüite para que no se pegue.

 

Muy pocos alimentos del recetario nicaragüense reflejan de manera tan diáfana el sabor del maíz como una güirila caliente bien preparada, misma que puede ser acompañada por una cuajada fresca o por un buen queso nicaragüense, aunque su particular sabor provoca una combinación asombrosa con otros quesos, por ejemplo el manchego, que funde el penetrante sabor y bouquet que ofrece la leche de cabra, produciendo una mezcla sin igual.

 

Generalmente la güirila no es objeto de comercialización, pues su preparación es casera y básicamente para consumo doméstico, por lo tanto en la capital y la región central no es común encontrar expendios de esta delicia. En el norte del país es más frecuente encontrar su venta en mercados o paradas de buses y en algunos restaurantes de comida típica, puede encontrarse en el menú junto con otros platillos de la región.

 

En lo particular, tengo la gran suerte de que en nuestra casa, Matilde, la técnica culinaria, es de Quebrada Honda, una región matagalpina situada entre los Municipios de Ciudad Darío y Sébaco, en donde desde generaciones ancestrales preparan la güirila según un milenario proceso. Cada vez que viaja a su terruño, tiene mucho cuidado en traer materiales suficientes para este tipo de platillos. Cuando las tardes de invierno se llenan de una pertinaz lluvia, que aún en Managua provoca la sensación que desciende la temperatura, de manera oportuna Matilde nos sorprende con una merienda de güirilas con atol de maíz, de un sabor tan particular, que mientras escuchamos caer la lluvia sobre el tejado, sentimos que estamos rodeados de maizales mojados, agradecidos por la lluvia.

 

Este alimento dio origen en la segunda mitad del siglo XX a un dicho que se popularizó en toda Nicaragua y que se utilizaba para denotar que alguien se había metido en problemas y enfrentaba una acción punitiva por ese hecho. Guiñarse la güirila. Nadie ha podido averiguar de dónde surgió el dicho y cuál sería su significado, pues literalmente no tiene sentido guiñar o halar una güirila o bien qué parte del cuerpo humano podría, por similitud, corresponder a una güirila y guiñarse esa parte podría ser sinónimo de meterse en problemas.

 

Tradicionalmente, cuando ocurría una situación que derivaba en un problema serio, con consecuencias graves, se decía: hacerse de un camarón, aunque también se empleaba: meterse en un clavo o tener un clavo en donde clavo en general se utiliza para resaltar situaciones problemáticas. Sin embargo, se repente, todo el mundo empezó a utilizar guiñarse la güirila. Te guiñaste la güirila o se guiñó la güirila, y cuando se sentía un ataque de culpabilidad, hasta podía alguien llegar a incriminarse directamente diciendo me guiñé la güirila. Con el tiempo empezaron a surgir variaciones a través de: se la guiñó o en un tono burlesco al descubrirse la torta: ¡Guiñón!!!

 

Con el tiempo, a medida que el nicaragüense fue haciendo de la impunidad un afán, este dicho empezó a caer en desuso, pues después de esa contaminación en la integridad del ciudadano común, nadie sentía guiñarse la güirila. Ahora, cuando un taxista o un busero irrespetan la luz roja de un semáforo y colisionan a un pobre prójimo, en primer lugar hace todo lo posible para incriminarlo y en el caso de que la policía falle a favor del colisionado, al no tener el cafre seguro ni mucho menos recursos con qué hacer frente a los daños ocasionados, quien termina guiñándose la güirila es el pobre ciudadano colisionado.

 

En estos dorados tiempos ya nadie utiliza la expresión guiñarse la güirila. Si alguien la desempolva y se atreve a lanzarla en alguna reunión, lo más probable es que lo queden viendo como un animal raro.

 

De esta forma, el vocablo güirila regresó a su uso exclusivo para denominar a esa exquisitez de la cocina nicaragüense.

 

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Gases del oficio

Existe una infinidad de estudios sobre el habla nicaragüense y en su mayoría se enfocan en los fenómenos morfológicos, sintácticos o semánticos, muy pocos están centrados en los fonéticos. Tal vez podría citarse los esfuerzos de Xiskya Valladares Paguaga sobre la variedad nicaragüense del español.

En este artículo me gustaría resaltar de manera muy general uno de los aspectos que más dolores de cabeza provocan en los estudiosos de la fonética del habla nicaragüense y que es el consonantismo, en especial cuando ocurre por alteración.Si usted se fija cuidadosamente en el hablar cotidiano, observará que es muy común escuchar la palabra recepción pronunciada como “recección”. De la misma forma escuchará “decección”, “inscricción” “acectar”.

Podría tal vez pensarse que en consideración al desarrollo del lenguaje en el pueblo nicaragüense al momento de la fusión entre el castellano y el náhuatl y otras lenguas indígenas, ciertas pronunciaciones se dificultaron y han perdurado con el tiempo.Lo anterior, es comprensible si se toma en cuenta que en América Latina ocurren fenómenos parecidos como el caso de la pronunciación de la “R” en muchos países antillanos que tiende a convertirse en “L”.

Sin embargo, lo más extraño del caso es que es muy común escuchar a las mismas personas decir “epsigente” o “epselente” en lugar de exigente o excelente, entonces si pueden pronunciar la combinación “psi”, bien pueden con “pcio”, por lo tanto no deberían tener problemas para pronunciar correctamente “decepción”.Lo mismo ocurre con “insepto” o “coptel”, sin embargo, escuchará decir “dictongo”, “dicsómano” o “rectil”

Otro ejemplo ilustrativo es lo que ocurre con “clip”, que mucha gente pronuncia como “clic”, lo que pudiera hacernos pensar que en el habla nicaragüense se dificulta finalizar un vocablo con “p”, sin embargo, con el moderno argot de las computadoras, al no antojársenos el término español “pinchar” para el golpecito que se da a un enlace, preferimos el anglicismo onomatopéyico “clic”.Entonces aquí viene lo curioso, mucha gente dice “clip”.De esta forma, se pone un “clic” para sujetar un documento y se le da doble “clip” con el mouse de la computadora.

Lo mismo sucede con las consonantes dobles como la “m” o la “n” y de esta forma encontramos que se pronuncia “Egma” en lugar de Emma o “peregne” en lugar de perenne o bien “higno” en vez de himno.

Podría pensarse que este fenómeno es común en las clases de muy bajos recursos económicos, sin embargo, está enquistado en todos los estratos de la sociedad. La diferencia tal vez radicaría en la amplitud y profundidad de la incidencia, encontrándose más casos de la presencia de este fenómeno en las clases más bajas, acompañados de otros más añejos como el decir “los juimo” en lugar de nos fuimos, “botea” en lugar de botella, y a medida que se asciende en la pirámide social, va disminuyendo la presencia de estos fenómenos, pero siempre estarán presente los más obvios.

Recuerdo a un Ministro de Educación que se preciaba de tener una preparación académica inmejorable en su campo, haber obtenido más títulos que Alexis Argüello, dominar tres idiomas e incluso haber escrito algunos libros; al momento de hablar recurría frecuentemente a “decección” y “acectar”, entre otros.Tenía a su favor que ciertas consonantes como la “c” no las pronunciaba fuertemente, por lo que su consonantismo era muy sutil.

Estoy seguro que algún estudioso de la fonética nos presentará en algún momento elementos que nos aclaren de manera diáfana todas nuestras interrogantes sobre estos curiosos fenómenos.Mientras tanto yo sigo con esa tremenda duda de que si alguien puede determinada combinación de vocales y consonantes en algunas palabras, por qué en otras no puede hacerlo. En una ocasión le preguntaba a un joven conocido la razón por la cual no podía decir “recepción” sino “recección” y sin embargo podía decir “coptel”. -Esos son gases del oficio- me respondió tranquilamente.–Definitivamente- pensé para mis adentros.

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