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La música es mucho más fuerte que nosotros

 

La vida, la mayoría de las veces, es como un camino, no tanto cuesta arriba, sino más bien lleno de obstáculos, como si fuera una carrera con vallas, que debemos saltar una a una, sin perder el equilibrio en la caída y con la mirada fija hacia adelante porque inexorablemente aparecerá otra valla y habrá que superarla.  Y si a nuestra propia realidad le sumamos toda lo que significa nuestro afán por estar inmersos en lo que sucede en nuestro entorno, hay una presión adicional, principalmente al darnos cuenta de que el mundo se encuentra revolcado por olas de violencia, de irresponsabilidad, de mentiras y de cinismo, de tal forma que llega un momento en que nos sentimos al borde, tal vez no de un ataque de nervios, pero sí de un estrés, imperceptible quizá, pero que en forma sostenida va socavando nuestra salud.  Es en ese momento en que hay que hacer un alto en el camino y traer un poco de paz a nuestro ser.  Cada quien tiene su manera de matar pulgas, así que existen diversas recetas para lograrlo, sin embargo, en lo particular creo que la música es la mejor forma de recobrar el aliento para seguir adelante.  No obstante, no es cualquier clase de música la que se necesita para este efecto, pues un reguetón, un rap o un merengue, más bien nos despeñarían al precipicio del estrés o peor aún, de la depresión.

Entre la música que me ayuda a recobrar la calma, una de mis favoritas es la del compositor francés Francis Lai.  Conocí su música allá por el año 1967 cuando tuve la oportunidad de mirar la película Un hombre y una mujer, en donde el excelente trabajo del director Claude Lelouch y de los actores Jean Luis Trintignant y Anouk Aimée se ve complementado magistralmente por la música de este compositor.  En aquella ocasión me impresionó el entorno que creaba el tema principal y en particular, la innovación de no agregar ninguna letra al mismo, sino que las voces se limitaban a tararear un bien logrado dabadabadá.   Con el tiempo llegué a saborear otro de los temas del film, El amor es más fuerte que nosotros, que nos ayuda a captar en toda su dimensión la belleza de aquel rostro tan impresionante de Anouk Aimée, tan propio de los años sesenta.  Poco tiempo después pude ver otra película de Lelouch, con la banda sonora de Francis Lai, Vivir por vivir, cuyo tema después nos llegó con el órgano melódico de Juan Torres.

Hay otra banda sonora de Lai, que en su momento no llegó a conocerse ampliamente, ya que fue compuesta para un documental realizado para registrar los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968 en Grenoble, Francia y para cuyo tema principal el cual el compositor volvió a retomar la técnica de utilizar la voz humana como instrumento musical y para eso involucró a la notable cantante francesa Danielle Licari, quien había doblado la voz de Catherine Deneuve en el musical Los paraguas de Cherburgo y que luego se luciera con el Concierto para una voz, de Saint Preux.  Lai y Licarí nos regalaron un tema por demás impresionante llamado 13 días en Francia.

En 1970, Francis Lai nos trajo una banda sonora que perduraría por muchos años en nuestra memoria.  Fue para el film de Arthur Hiller con la actuación de Ryan O´Neal y Ali Mc Graw, Love Story, basada en la novela de Erich Segal y que impactó a todas las audiencias y en donde la música de Lai, nos llevaba de la mano por la historia para deleitarnos de principio a fin.  Este trabajo le dio a Lai, no solo el Oscar a la mejor banda sonora, sino también un Globo de Oro.  El tema cantado por Andy Williams alcanzó un tremendo éxito en las listas de popularidad en todo el mundo.  No obstante, hay un  tema de esa banda sonora, que yo prefiero y es Snow Frolic, que muchas veces se traduce al español como Jugueteando en la nieve, en una versión en donde Francis Lai vuelve a hacer mancuerna con Danielle Licari para lograr un tema de una delicadeza extrema, en especial su intermedio un tanto barroco que nos regresa al tema principal y que en su conjunto nos hace disfrutar de aquella sonrisa tan especial de Ali Mc Graw y recordar aquella frase: “Amor significa nunca tener que pedir perdón”.

Entrados los años setenta, cobró un inusitado auge el cine erótico, especialmente con la aparición de los films Emmanuelle y La historia de O.  En este cine que rompía todos los esquemas del género, con su inusitado atrevimiento, la música jugaba un papel determinante.  Así fue que en 1975 Lai se encargó de la banda sonora de la segunda entrega de Emmanuelle, con una música un tanto sugestiva pero sin perder la delicadeza que caracteriza a este compositor.  El tema principal en una de sus versiones bajo el nombre de L´amour d´aimer es interpretado por la propia actriz de Emmanuelle, la recordada Sylvia Kristel (Que de Dios goce) que le imprimió una sensualidad tremenda.  Años después, en 1977, cuando el fotógrafo inglés David Hamilton se embarcó para dirigir el drama erótico Bilitis, seleccionó a Francis Lai para que se encargara de la banda sonora, quien compuso una serie de temas que se adaptaban al concepto del film, caracterizado por aquel estilo fotográfico de Hamilton, que parecía difuminar las imágenes, creando un ambiente sumamente sugestivo y erótico.

Francis Lai falleció en noviembre de 2018, pero dejó un enorme legado musical, con más de cien bandas sonoras e infinidad de temas musicales.  La lista anterior solo recoge una pequeña muestra de su inmensa obra, sin embargo, es posible a partir de ella elaborar una lista de reproducción que en los momentos difíciles nos ayude a recobrar la paz interior que esta abrupta cotidianeidad nos arrebata con tanta frecuencia.   Así pues, amables lectores, les invito a que la próxima vez que sientan un desasosiego en su interior, tomen su reproductor (de música) póngase los audífonos y comience a escuchar, digamos el tema L´amour est bien plus fort que nous de Un hombre y una mujer en su versión jazz y verá que tan solo con los primeros acordes del tema, su corazón comenzará a ralentizar sus latidos, su respiración comenzará a tranquilizarse y todo su ser comenzará a sentir una paz extendida.  Para un efecto más contundente, puede acompañarse de un trago de whiskey en las rocas o cualquier licor de su preferencia y siéntase como si fuera a bordo de un Ford Mustang y su acompañante de viaje es Anouk Aimée o Jean Luis Trintignant, según sea el caso y entonces sabrá que La musique est bien plus fort que nous.

 

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CINCO

 

El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón.

Marcel Proust

 

Recién he visto la película “Roma” de Alfonso Cuarón.  Indudablemente es una buena película, excelente si se quiere, aunque desde mi humilde punto de vista, no llegaría al paroxismo que ha alcanzado en muchas de las críticas que he leído.  Sin embargo, ese tremendo ejercicio recordatorio de parte del laureado director, invita a realizar una introspección en nuestra propia experiencia y bucear en las plácidas, aunque a veces turbias, aguas de la memoria y regodearse en aquellos recuerdos que se encuentran tan cerca del lecho marino.

Tengo algunos destellos de cuando tenía un poco más de tres años, cuando nació mi hermano Oswaldo y murió mi bisabuela Mercedes y que mientras ocurría su sepelio, con mis primas Giselle y Silvia nos llevaron a dar un paseo en una carcachita Ford de doña Amadita de Somoza.

Sin embargo, un recuerdo que se mantiene vivaz en mi memoria es cuando cumplí cinco años.  Fue el 22 de diciembre de 1954.  En ese tiempo vivía la dulce inocencia de la niñez, cercana tal vez al árbol de Rubén, apenas sensitivo y alejado de la pesadumbre de la vida consciente.  No tenía ni idea de lo que ocurría a mi alrededor, mucho menos de lo que acontecía en el país.  La familia se encargaba de que los temas delicados se cuchichearan para no contaminar la mente de los niños; de esta manera no supe que en abril de ese mismo año, los susurros se referían a que un grupo de ciudadanos organizaron un movimiento para derrocar a Somoza García, quien ostentaba el poder por más de veinte años y pretendía reelegirse para continuar al frente del país de manera perpetua.  La rebelión fracasó y los integrantes fueron capturados, torturados y ejecutados.

Tenía idea de lo que significaban los cumpleaños, tal vez no en lo concerniente a la dimensión en el tiempo, pero sí de los regalos que llegaban en profusión, la alegría que reinaba en la familia y que en esa fecha el cumpleañero era rey por un día, con inmunidad para cualquier fechoría.

La noche anterior a aquella fecha, me habían mandado temprano a la cama, no sin antes dar las buenas noches a la familia, en aquella ocasión especial, con las manos juntas, “de santito” como se decía entonces.

Por la emoción del cumpleaños me desperté temprano, cuando todavía la oscuridad no terminaba de replegarse y los grillos todavía estridulaban, quedándome un rato muy quieto para no arruinar la sorpresa que supuestamente debía de recibir.  A determinada hora, sería tal vez un poco antes de las seis de la mañana, escuché los pasos de mi madre, quien tratando de no hacer ruido, se dirigió hasta donde estaba ubicado el tocadiscos, lo encendió, sacó de su funda un disco y lo puso.  En un instante sonaron “Las mañanitas”, costumbre que mi madre guardaba de México y que era el anuncio oficial que iniciaba el cumpleaños.  Fingí que despertaba con la música.

En esa época tampoco tenía mucha capacidad de observación, de tal manera que no notaba que los pasos de mi madre eran más lentos, más cuidadosos.  Tampoco reparaba en su figura, así que no tenía la menor sospecha de  que ella esperaba pronto a su cuarto hijo.   Luego vino la emoción de recibir los regalos, al igual que atestiguar la alegría de la familia de verme llegar a los cinco años.

A diferencia de Cuarón, que parece rehuir a los primeros planos en su película, yo guardo esos acercamientos de cada uno de mis seres queridos.  Mi abuelo Emilio, que en aquella época curiosamente tenía la edad que ahora tengo, con su cabello siempre cuidadosamente peinado hacia atrás, sus anteojos de carey y su sonrisa que esbozaba solo en las grandes ocasiones, me cargó y abrazó; mi abuela que tal vez arañaba los sesenta, con sus ojos jugueteando a través de los bifocales de sus lentes, desde donde hacía nacer aquella sensación de alegría que se resbalaba luego a su boca que parecía desbordar de orgullo, también cariñosamente me abrazó y me entregó el regalo de los abuelos, dos trajes, uno de militar, quepis incluido y uno de vaquero, ambos de fina hechura, importados tal vez.   Luego llegó la tía Mélida, hermana de mi abuela quien vivía entre Masaya y nuestra casa y me entregó su regalo, un camión de madera, grande y de colores chillantes y que en el frente tenía un rótulo que decía “El chamaco”.  Mi tía Leticia, sobrina de mi abuela, quien vivía con nosotros y tenía un carácter muy especial,  se limitó a decirme: -Ya estas viejo, papito, entregándome su regalo, un revolver Colt 45 de fulminantes, con su tahalí y su respectivo cinturón.  Luego vino el regalo de parte de mis padres; mi madre, me abrazó y puso su mejilla en la mía, con aquel cálido y mágico toque que me sosegaba siempre,  mi padre se acercó con aquella su sonrisa que cuando la elevaba a su máxima expresión hacía que sus ojos casi se cerraran, me abrazó fuerte y me entregó mi regalo, una bicicleta de dos ruedas, que anunciaba el final del triciclo, aunque por precaución venía con dos ruedas adicionales de entrenamiento que debían quitarse cuando aprendiera a mantener el equilibrio.  Mi padre sonreía feliz, siempre se sentía así en mi cumpleaños.  Tiempo después mi madre me contó que cuando nací, al ser su primogénito, mi padre no cabía de tanto gozo y con su colega, amigo del alma y luego compadre, el Dr. David Rodríguez, después que pasó todo el alboroto del parto, se fueron a tomar una cerveza para brindar por aquella efeméride y por muchos años, en aquella fecha se tomaba una cerveza para celebrar la ocasión.  Finalmente, despertó mi hermana Oralia, quien estaba a punto de cumplir tres años, con sus colochos que brotaban abundantes de su cabeza y la enviaron a darme un abrazo de felicitaciones, lo cual cumplió todavía amodorrada.  Mi hermano Oswaldo, quien tenía 16 meses, seguía durmiendo plácidamente.  Debo aclarar que en aquella época los besos estaban proscritos en aquella casa y la manifestación más íntima se limitaba a un abrazo e incluso a un medio abrazo.

El desayuno, aún en fechas especiales no variaba para los niños.  Era leche caliente con un pequeño chorro de esencia de café, un súper espresso que daba suficiente cafeína para todas las diabluras del día, dos bollos de donde don Salomón González con mantequilla y mermelada.  Luego cuando el sol comenzaba a disipar el frío, venía el baño y luego el ritual de vestirme con el estreno.  Después de ciertas deliberaciones sobre el traje que debía utilizar se decidieron por el traje de militar. Era un uniforme tremendamente blanco, con botones dorados, que no terminaba de emocionarme. Así pues, sin la menor posibilidad de disentir me puse aquel uniforme y en virtud de que en aquel tiempo, aunque ustedes no lo crean, tenía yo una figura estilizada, debo de admitir que al final de cuentas me quedó muy bien, es más, en el tiempo y la distancia veo que le hubiera causado envidia al propio Richard Gere cuando actuó en An officer and a gentleman.   Con toda elegancia, bajé las gradas de la botica y mi abuelo me bajó la bicicleta para que la estrenara en la acera de la calle, indicándome que doblara a la izquierda en la esquina y al llegar a la casa de don Pablo Vicente Pérez, regresara.  Debió haber sido un día de semana, pues todavía en la calle de nuestra casa no se instalaban los comerciantes ambulantes que aprovechando el corte de café, los fines de semana abrían sus tijeras y las convertían en escaparates con los más variados productos que pudieran atraer a los cortadores.

Con más miedo que otra cosa hice arrancar la bicicleta y me desplacé hacia la esquina, con cierta dificultad logré virar hacia la izquierda y me encaminé hacia la casa de los Pérez, que quedaba en la siguiente esquina.  Tuve que bajarme de la bicicleta para darle vuelta y emprender el regreso, que tenía una pronunciada pendiente hacia abajo.  Obviamente la bicicleta tomó cierta velocidad y al llegar al Salón Rosado de don Enrique Vivas, me entró el pánico, perdí el control y caí con todo y bicicleta.  Cuando abrí los ojos, estaba de espaldas, mirando hacia el límpido cielo de diciembre, por donde nunca pasaba avión alguno.  De pronto me percaté de un rostro que en el borde de la acera reía sin parar.  Si lo hubiese visto muchos años más tarde hubiera dicho que había salido de la imaginación de Fellini, pero no, se trataba de uno de los Fiquitos, unos hermanos gemelos que vivían en la casa de enfrente, casi junto a doña Veva Herrera. Eran mayores que yo, pero eran pequeños y menudos.  Aquella situación, más la risa que no paraba de parte del Fiquito, me produjo una mezcla de miedo, rabia y no sé qué.  Lo único que pude hacer fue incorporarme, tomar mi bicicleta y empujarla para regresar cabizbajo a la casa.  Recuerdo luego discusiones difusas en la casa, reproches y demás, que al final no podían recaer en el cumpleañero.

Mi padre en ese entonces trabajaba en el Hospital Bautista y viajaba diario a Managua, así que recuerdo la impaciente espera de su regreso pues traía el pastel y el sorbete para el rito del Happy Birthday, que se cantaba antes de partir el pastel, mientras el cumpleañero soplaba las candelas.  No había nada de pedir deseos.  Yo era nuevo en el ejercicio de echar de menos, pero pregunté por mis primas Giselle y Silvia que siempre estaban presentes en estos acontecimientos, pero sucedió que mi tío Emilio había sido asignado a Honduras con un cargo en el servicio exterior.

Luego en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en vísperas de Navidad, llena de  sones de Pascua, el tradicional “pase” que redundantemente pasaba por la casa acompañado por la música de los hermanos Ramírez de Masatepe.  Luego a dormirse temprano, sin participar de la cena de Navidad y despertarse el 25 con la emoción de abrir los regalos del Niño Dios, que poco a poco descubrí que bajaban sensiblemente en cantidad y calidad respecto al cumpleaños, tan solo por el hecho de nacer tan cerca de la Navidad.

Días después, a inicios de enero, llegó la sorpresa de que había llegado un hermanito a la familia y que iríamos a verlo a Managua, al Hospital Bautista.  Todavía estaba funcionando el hospital viejo, construcción de madera que en breve sería sustituido por modernas instalaciones que ya casi estaban  finalizadas.  Cuando nos llevaron a conocer al recién llegado, vimos una diminuta criatura con un brazalete conformado con pequeños cubos de colores con letras con el apellido ORTEGA.  Mi madre nos dijo: -Se va a llamar Ovidio y seguro será poeta.  Me quedé anonadado y después de tanto tiempo, después de leer los poemas de mi hermano, sigo quedando anonadado.  Muchas veces pienso qué hubiera pasado si me hubiesen puesto Homero.

A diferencia de Roma, nuestra niñera tal vez no tuvo un protagonismo como el de Cleo en la película, sin embargo, todavía recuerdo el cariño con que nos cuidaba la Margarita.  Ella era hija de la Guillerma, quien había trabajado en cierta época con mi abuela y que se hizo cargo de los dos mayores, cuando mi mamá tuvo que dedicarse a tiempo completo de Oswaldo.  Ella nos cuidaba y nos llevaba de paseo al parque, a la estación y de vez en cuando al cine.  Recuerdo muy bien que cuando iba a salir se aplicaba con profusión el perfume Heno del Campo.  Un día se perdió la Margarita y no supimos más de ella.  Nunca llegué a conocer los motivos de su partida, ni el rumbo que tomó, lo único que luego medio escuché fue que anduvo por el occidente del país y que aparentemente una neumonía acabó con su vida.  Cierta tarde nos alistaron para ir a decirle adiós y nos llevaron a la casa de la familia Cerda, frente a la iglesia, en donde la estaban velando y alguien nos cargó para que la viéramos en su ataúd.  Adivinamos que era ella, pues su rostro se notaba hinchado, con un color oscuro y una expresión de dolor.  Seguramente hay una historia que ella tuvo que protagonizar pero que un niño nunca debía de conocer.

Sería una ardua tarea ponerle una banda sonora a esta historia.  Por la cercanía de nuestra casa con el Salón Rosado de don Enrique Vivas, teníamos que escuchar buena parte del día el hit parade de la roconola de aquel lugar.  Así pues muchas tardes se llenaban de la Sonora Matancera y sus grandes exponentes, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celio González, Leo Marini, Nelson Pinedo y tantos más, que por cierto no eran del agrado de los abuelos, por considerarla una música vulgar.  Por las noches a veces nos llegaba el sonido del Teatro Julia, anunciando que la función de las ocho estaba por comenzar e invariablemente aparecía Miguel Aceves Mejía interpretando Ruega por nosotros o La del rebozo blanco.  Cuando mi padre estaba en casa, era su música la que predominaba y de acuerdo a su estado de ánimo podía variar desde la música clásica hasta la música popular.  Podría presumir y decir que la melodía que más me transporta a esa ocasión es el Concierto Emperador de Beehtoven, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, o tal vez, J´attendrai de Jean Sablon o Vereda Tropical de Lupita Palomera, sin embargo no es cierto. Algunas noches y más recientemente, a mitad del sueño vuelve a mí, de forma recurrente, aquel episodio en donde un oficial de alto rango, en un nítido uniforme de extrema blancura, se encuentra derribado, de espaldas en la acera, mirando al cielo, mientras surge el rostro surrealista del Fiquito quien ríe sin parar, mientras el gemelo desde la otra acera, con acento bufónido le grita a su hermano: ¡golpista! y de pronto, de la roconola del Salón Rosado se escapa la voz de Noel Petro, quien después de una introducción de clarinetes al son de merengue exclama: “Ya me voy de esta tierra y adiós, buscando yerba de olvido, dejarte, a ver si con esta ausencia pudiera, con relación a otros tiempos olvidarte…”

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El bueno, el malo y el feo

Llega un momento en nuestras vidas en que cincuenta años, es decir, medio siglo, deja de ser una cifra astronómica y se nos hace algo manejable, incluso acariciable.  Total, como decía Gardel, no es nada.  Es esa etapa cuando ya peinamos canas y algunos disconformes L´Oreal, Wella o Mejicana; cuando la caja más grande que tenemos no es la fuerte, sino la de las medicinas y cuando es un verdadero reto para la memoria recordar el horario en que hay que tomarlas o peor aún, recordar que hay que tomarlas.

Así pues, a estas alturas del partido se nos viene haciendo costumbre cada año retroceder cincuenta años el calendario y nos estrujamos la mente para desempolvar los recuerdos de aquella época.  En estos meses, le ha tocado el turno al año 1968.  Cómo no recordar aquel año que inició con un terrible susto.  Vivía yo en ese entonces, tal como lo consigné en un artículo anterior, Roconolas lejanas, en la casa de mi tía Leticia, en el sector del Mercado Oriental, en la calle de El Trebol, justamente junto a la Toña Nariz, una famosa casa de citas para ser finos, de cierta categoría y frente a los bares Tía Ana y Los Caracoles, todos ellos lugares non sanctos que muchos habrán conocido y de cuyos nombres muchos no querrán acordarse.  Pues bien, en la madrugada del 4 de enero me despertó un sismo que estremeció el cuarto donde dormía, por así decirlo, plácidamente.  Toda la estructura se cimbró, el suelo trepidó y un tremendo ruido hizo que me incorporara, al mismo tiempo que algunas tejas de barro del techo se rompían y uno de los trozos me cayó justamente en la cabeza, abriéndome una pequeña herida.  Me puse rápidamente la ropa y junto a mi tía salimos a la calle, en donde ya toda la gente llenaba el ambiente con gritos, llantos y oraciones.  Las muchachas de donde la Toña, sin ningún pudor salieron en baby doll, con un rostro que reflejaba un temor mayor que al de la penicilina.  El sismo no fue tan fuerte, apenas 4.8 grados y con epicentro en la Colonia Centroamérica, algo retirada de donde estábamos.  Sin embargo, años más tarde me di cuenta que debajo de  mi cuarto había un sumidero y que en el terremoto de 1972 se había tragado buena parte de aquella casa, llevándose al otro barrio a la familia que ahí vivía.

En ese año ingresé al segundo año de la carrera de economía y comenzó para mí el horario nocturno, complementado con una hora de clases a las siete de la mañana.  Además del propósito de echarle producto de gallina a las clases que empezaban a ponerse más difíciles, también me propuse bajar de peso, aprovechando que tenía que hacer dos viajes desde el Oriental hasta la Facultad cerca de La Prensa, unas veinticinco cuadras a pincel.  Comencé a conocer cada palmo de aquella ruta cotidiana, haciéndome asiduo de las farmacias que tenían básculas y que por un córdoba ofrecían el peso y la suerte y que fueron testigos de las setenta libras que logré bajar a lo largo de aquel año, vaticinándome además las más extravagantes predicciones para mi vida.  En algunas ocasiones, más por curiosidad que por otra cosa, daba algunos paseos en la  recién inaugurada ruta 11, llamada Policlínicas, pues conectaba a los dos centros de atención médica del INSS en el oriente y occidente de la capital y contaba con autobuses nuevos Bluebird, azul y blanco por cierto y del nuevo modelo chato.

Ese año mis aficiones se ampliaron.  Además de la música, que absorbía a través de un radio portátil Philips y de las roconolas de la Toña Nariz y bares aledaños, estaba el cine, aprovechando que estaba rodeado de salas que por un córdoba podía mirar una película estrenada un par de meses antes en los grandes teatros.  Muy cerca tenía el Ruiz,  el Luciérnaga y el recién inaugurado México, un poco más lejos el Tropical y el Darío y a media hora de camellada, el América, el Boer y el Alameda.  Debo de admitir que nunca me atreví a ingresar ni al Apolo, ni al Pálace ni al Fénix.  A estas aficiones agregue algo nuevo para mí: el ejercicio.  Además de las largas caminatas a la Facultad o al cine, que procuraba cubrirlas a todo vapor, me conseguí un costal que llené de arena y colgué de un árbol del patio y a la menor oportunidad empezaba a emular al Ratón Mojica piporreando sin piedad el costal aquel, con más arrestos que técnica.

No obstante, si tuviera que resaltar un acontecimiento de aquel año, me decidiría sin duda alguna por el estreno en Managua de la película El bueno, el malo y el feo.  Anteriormente habíamos visto, con mucha sorpresa, las dos primeras películas de lo que luego se conocería como la trilogía de los dólares, aunque en otros países se conoció como la trilogía del hombre sin nombre y que curiosamente no era precisamente una saga, pues el único elemento que tenían en común era un tipo sin nombre, mal arreglado y que fue interpretado por una figura desconocida completamente: Clint Eastwood, bajo la dirección de alguien también desconocido para nosotros, el italiano Sergio Leone.  De hecho, El bueno, el malo y el feo había sido rodada en 1966, se había estrenado en Italia en diciembre de ese año y un año después en los Estados Unidos, así que a nosotros nos tocó hasta fines de 1968.

Las dos primeras películas de aquella trilogía vinieron a arrancar de nuestras mentes aquella imagen que teníamos del género western, conocido por nosotros como películas de vaqueros.  El porte hasta cierto tipo elegante de los protagonistas como John Wayne, Gary Cooper, Randolph Scott, Allan Ladd, James Steward o Gregory Peck, contrastaba con el de  un individuo desaliñado, con cara de no haberse bañado, con un poncho, un sombrero de mejores ayeres y un puro chilcagre en la boca.  Otro aspecto relevante fue la violencia explícita en este nuevo género y que se alejaba de los estándares de Hollywood un tanto más apegados a la realidad y en cierta medida reprimida por la censura.  En este nuevo estilo de western, los protagonistas tenían una puntería de excelencia, una inusitada velocidad de tiro y armas con capacidad ilimitada de cartuchos.

El impacto de esta película fue tremendo en la población y superó con creces el tan esperado estreno de Solo se vive dos veces, de la saga de James Bond.  Sin embargo, es importante señalar que un elemento que ayudó de manera significativa en el éxito que alcanzó esta cinta fue la banda sonora.  El trabajo de Enio Morricone, condiscípulo y amigo de la niñez de Sergio Leone, fue fundamental para hacer de esta película algo inolvidable.  Se le había solicitado a Morricone que en el tema principal tratara de imitar el llanto o gemido de una hiena y de ahí salió el famoso tema, tan pegajoso que por mucho tiempo el prohombre y el  villano lo silbaban a los cuatro vientos a lo largo de la ciudad.  Podría decirse que superó al clásico tema de los westerns, The magnificent seven (Siete hombres y un destino), de Elmer Berstein y que perduró en el tiempo gracias al arreglo que hizo Henry Mancini para la campaña publicitaria de los cigarrillos Marlboro.

La salida del cine, después de aquella función fue algo épico.  El cine Luciérnaga lleno a reventar, tanto la preferencia de a dos córdobas como la gayola de a uno.  La gente se levantó de sus asientos como con cautela, imitando a la escena final cuando el bueno, el malo y el feo se van colocando en el sitio conveniente para el duelo final. Sin despegar la vista de quienes los rodeaban, todos los espectadores, tratando de proyectar la serenidad del rubio y quienes fumaban su Valencia dejándoselo en la boca imaginándose un chilcagre, fueron abandonando la sala caminando de manera peligrosa.  Uno que otro ya se había aprendido la tonada del tema y la silbaba.  En sus miradas se reflejaba la satisfacción de haber invertido de manera óptima el precio de la entrada.  Más de alguno pudo haber gritado: Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo!

Después de esa película, el género western no sería el mismo.  A pesar del remoquete de spaguetti adosado en forma despectiva a lo que quisieron manejar como un sub género, Sergio Leone, le dio un giro significativo a lo que parecía ser un monopolio de Hollywood, a quien obligó a repensarlo y la muestra la vimos unos años más tarde con el estreno de The wild bunch (La pandilla salvaje) de Sam Peckinpah.

En lo particular, debo confesar, sin tratar de invadir en lo más mínimo los terrenos del ojo crítico de Ampié, que me impresionó más la película de Sergio Leone que Solo se vive dos veces, de James Bond, aunque guardando la distancia entre géneros, me gustó un poco más el tema musical de esta última, interpretado por Nancy Sinatra, en especial las dos primeras líneas que rezan:  “Usted solo vive dos veces, o al menos así parece, una vida para usted y una para sus sueños”.

En mi caso, aquel año lo viví más para mis sueños.  Logré mejorar mi rendimiento académico en la Facultad de Economía.  Por otra parte, llegué a perder cerca de setenta libras al mismo tiempo que me iba enamorando de cada calle de aquella esplendorosa ciudad.  También fui al cine muchas más veces de que lo que había asistido en toda mi vida.  Me di el lujo de caminar desde el cine México a la calle de El Trebol, después de la tanda de ocho de la noche.  Tuve la oportunidad de conocer al revés y al derecho todo el hit parade local, aunque para mi pesar conocí a los Rockets no en la Tortuga Morada, sino a través del radio.  No obstante, al finalizar aquel año, tuve que decirle adiós a la vieja facultad, pues al año siguiente estrenaríamos el Recinto Universitario “Rubén Darío” en Jocote Dulce y al trasladarse mi familia a Managua, dejé el sector del Oriental y me fui a vivir al lado occidental de la capital, en el famoso Callejón de Alí Babá.

En cincuenta años, ya ha llovido mucho y definitivamente vivimos en otro mundo.  Aquella Managua de ensoñación fue borrada del mapa en 1972, con todo y sus cines y roconolas.  Sergio Leone, Lee van Cleef y Eli Walach, duermen ya el sueño de los justos, mientras que Clint Eastwood y Enio Morricone todavía resaltan en la escena mundial, el primero como un exitoso director y el segundo como un legendario compositor y conductor. En el sector del Oriental no me atrevo a transitar ni siquiera de día.  El Recinto Universitario “Rubén Darío” se asemeja más al Berlin oriental de la guerra fría que al campus que proclamaba la autonomía y la libertad.  El cine, más que de asistir a una sala es de Netflix o Cuevana y el mundo de la música se ha ampliado significativamente con YouTube y se puede manejar cómodamente desde un celular, es más se puede encontrar una nueva versión del tema de aquella película a cargo de The Danish Natioanal Sinphony Orchestra,  que es una de las mejores.

Me pongo a pensar en estos dorados tiempos, si se tratara de hacer una nueva versión de El bueno, el malo y el feo y lo único en  que puedo tener la certeza es en que una buena versión tendría que estar dirigida por Tarantino.  Para definir los actores, tal vez primero habría que repensar en los personajes.  A estas alturas del partido, bueno, malo y feo, tal vez no bastarían para darle un toque de realidad.  Sin duda alguna habría que cambiar hacia El bueno, el feo y el cínico.  Creo firmemente que estos tiempos de la posverdad, resalta el cinismo, como una obscenidad descarada y una manifestación de lo más ruin y deplorable del género humano.  De esta manera, en la nueva versión, el cínico mataría al bueno y antes de eliminar al feo, lo torturaría para que asuma la culpa y además de declararse autor de las muertes que ocurren en toda la película, finalizando la misma cuando el cínico va a la vela de los otros dos.
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Al di la

 

Era el año 1963 y el país estrenaba un presidente ajeno a la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, quien para muchos solamente jugaba un papel en el teatro de la dinastía.  En el pueblo, se vivía una calma chicha y mientras los adultos jugaban al análisis político, los muchachos procedíamos a guardar los soldaditos de plástico, las espadas y pistolas de juguete y las damitas sus muñecas y juegos de té, pues la adolescencia nos había alcanzado y nuestra monomanía era entonces bailar en las fiestas y tertulias del pueblo.  Ya era época de los bailes de quince años, además de las fiestas que con cualquier motivo se organizaban en diversos locales.  No éramos tan exigentes y un modesto equipo de sonido nos bastaba para bailar por varias horas.  Los más jóvenes calmábamos la sed con una que otra gaseosa y los más aventurados ya se echaban al coleto una o varias cubas o cervezas.

En una de aquellas tertulias, como quien saca un as de la manga, el encargado de la música del evento, Al Capone… los discos, ya que los DJ´s ni pensaban existir, puso un tema que nos dejó prácticamente anonadados.  Estaba interpretada en italiano y en aquel momento no teníamos idea de lo que decía, pero su melodía era romántica en extremo.  Alguien del grupo explicó que se trataba de “Al di la” (Más allá), y era interpretada por Emilio Pericoli, para nosotros un soberano desconocido y cuyo apellido nos causaba un poco de gracia, pues nos sonaba a un pequeño chocoyo.  Después de esa ocasión, el tema aquel se transformó en el preferido en los bailes y se tocaba no menos de una veintena de veces en toda la noche.  En las radioemisoras también empezó a dominar aquel tema y de pronto todo el espectro radial la repetía hasta el cansancio.

Cabe recordar que muy pocas canciones italianas nos habían llegado en su idioma original, salvo tal vez las de Domenico Modugno, “Nel blu dipinto di blu” o “Piove” o bien “Come prima” de Tony Dallara.  El resto eran covers en español de éxitos italianos que se habían internacionalizado, como el caso de “La hiedra”.  No obstante, poco a poco fuimos tomándole sabor a la letra de aquel tema y a adivinar su significado, al fin y al cabo las palabras en ese tema eran muy parecidas a su equivalente en español.

La melodía por su parte, era romántica en extremo y de una dulzura exquisita, de tal manera que con aquel fondo musical, íbamos a bailar mientras nuestras mentes volaban más allá de las más almibaradas fantasías.  Con cierto estupor, mezclado de una pequeña dosis de envidia, observábamos a ciertas parejas que llegaron a vivir tórridos romances al compás de aquella canción, unos más tórridos que otros.  Fueron muchos meses, muchas fiestas, muchos bailes en donde aquella canción fue la reina de la noche, hasta que Boby Vinton llegó con su “Blue Velvet” y destronó a Emilio Pericoli y su tema.

Muchos juraban que el tema era original de Emilio Pericoli y no había nadie más alrededor del mismo, es más muchos pensaban que él era el autor de aquella canción.  Meses más tarde, el público pudo ver el verdadero rostro de Emilio Pericoli.  Para quienes estudiábamos en el Pedagógico de Diriamba, asociábamos aquel nombre a la figura del Hermano Emilio quien obviamente fue bautizado como Pericoli.  Pues bien, en la película “Los amantes deben aprender” (Rome Adventure) los protagonistas,Troy Donahue y Suzanne Pleshette, están en un restaurante en Roma y sorpresivamente aparece Emilio Pericoli interpretando precisamente “Al di la”.  Ahí se comprobó que el verdadero Pericoli era diferente al ínclito hijo de La Salle, pues mientras el último era rubio como Pedrarias, el verdadero tenía el cabello completamente negro.

Lo interesante del caso es que la historia de aquella canción es más fascinante de lo que pensamos.  En realidad “Al di la”, salió de la mente de la dupla italiana formada por el brillante compositor Carlo Donida y el letrista Giulio Rapetti, conocido como Mogol.  Esta pareja también había compuesto el tema “Uno dei tanti”, cuyo cover en español sacaron Enrique Guzmán y Alberto Vásquez bajo el nombre “Uno de tantos” y que al final fue Alberto quien ganó la partida al ser escogido para cantarla en la película “Perdóname mi vida” con Angélica María y Mauricio Garcés.  Asimismo, esta dupla italiana también sacó el tema “Abbracciame forte”, que luego refriteara en español Enrique Guzmán con el título de “Abrázame fuerte”.

El tema “Al di la”, originalmente le fue asignado a Betty Curtis, cantante italiana cuyo verdadero nombre era Roberta Corti, para que participara en el Festival de San Remo de 1961.  Como en dicho festival, lo que se calificaba era la canción en sí y no el intérprete, en ese tiempo, cada tema era ejecutado por dos intérpretes y en ese caso la otra versión estuvo a cargo del gran cantante Luciano Tajoli, quien había hecho famoso el tema “Angelitos Negros” en una versión en italiano.  “Al di la” alcanzó el primer lugar en San Remo y fue seleccionada para representar a Italia en el Festival de Eurovisión de ese mismo año, en donde obtuvo el 5º lugar.

Hasta ese momento, Emilio Pericoli no había tenido ninguna relación con “Al di la”.  Sin embargo, para su fortuna entró en acción Delmer Daves, guionista, productor y director norteamericano, quien tenía una fructífera carrera en Hollywood con películas de acción, bélicas y westerns principalmente y una que otra romántica como la famosa “A summer place”.  En 1957 Daves compró los derechos de una novela llamada “Los amantes deben aprender” de Irving Fineman y por un buen rato estuvo dándole vueltas al proyecto, manejando para su ubicación Suiza, París y finalmente Roma.  Tenía un buen rato tratando de promover a un actor con la figura del típico joven norteamericano, alto, blanco, rubio y que previamente había utilizado en “A summer place” y “Parrish”.  Para la protagonista femenina tenía en mente a la bella Natalie Wood, sin embargo, al final esta renunció y el papel le fue asignado a Suzanne Pleshette, joven actriz que tenía un ligero parecido con Elizabeth Taylor.  Completaron el elenco Angie Dickinson y Rossano Brazzi.

Daves deseaba ambientar el film en Roma con mucha música, de tal manera que adquirió los derechos de varios temas, entre ellos “Volare”, “Arrivederci Roma”, “Torna a Sorrento”, “Santa Lucía”, “Oh Marie” y desde luego “Al di la”.    Sin embargo, para este último tema Daves pensó que necesitaba un cantante varón, cuya figura no desentonara con lo apuesto de Troy Donahue.  Así fue que surgió Emilio Pericoli, quien tenía una carrera de cantante y de actor al mismo tiempo y en ese momento a sus 34 años tenía una figura envidiable, que Luciano Tajoli nunca hubiese llenado.  En la escena del restaurante, de improviso entra Pericoli con el tema “Al di la”, acompañado con un modesto conjunto de dos violines, contrabajo y batería, que para los fines de la escena bastaban.  En el intermedio, Troy Donahue, quien ya tiene contra las cuerdas a Suzanne Pleshette, se luce explicándole el significado de la frase al di la.

Dicen que la oportunidad la pintan calva, de tal manera que Emilio Pericoli o un agente suyo muy avezado, aprovechando aquella pequeña intervención en la película y lo contundente del tema, negocian con la disquera y graban una nueva versión, esta vez con una orquesta completa, versión que inicia con un arpa y por otra parte, con una visión comercial envidiable, graban una versión adicional en donde al final le agregan una estrofa en inglés, en donde Pericoli un tanto al estilo Open English, le echa producto de gallina al idioma de Shakespeare, versión que lanzan al mercado norteamericano en donde alcanza niveles de rating inusuales.  De ahí, la canción se disemina por todo Latinoamérica y se convierte en el éxito que conocimos.

Casi en forma simultánea, la gran cantante norteamericana de origen italiano Concetta Rosa María Franconero, conocida como Connie Francis, mira en este tema una tremenda veta que debe explotar y rápidamente graba el tema en italiano solo y en italiano e inglés, logrando un tema de tremenda calidad, gracias a la intervención del notable arreglista y director italiano, Giulio Libano, quien logra una versión inigualable en donde logra que destaque la maravillosa voz de Connie.  Desde mi humilde punto de vista, la versión de Connie Francis es superior a las de Pericoli, Curtis y Tajoli.

Después del tremendo éxito de la canción, muchos intérpretes le pidieron raid para engrosar sus repertorios.  El gran trompetista Al Hirt, quien participa como actor en Rome Adventure, sacó una versión instrumental al igual que The Brass Ring, de la misma forma Dean Martin, Jerry Vale, Al Martino, Ray Charles Singers, Milva, Claudio Villa, Sandra Reemer y en español no podía faltar el recordado Javier Solís con una versión de bolero ranchero, Los tres diamantes, Los sabandeños, Dyango, Jaime Morey, entre otros.

Pero como decía aquella canción del Pirulí: “..porque todo en la vida, aunque sé que lastima, lo que empieza termina…” así que poco a poco el enorme entusiasmo por Al di la, se fue difuminando hasta que quedó enterrada en el tiempo, aunque de vez en cuando, el aroma de la nostalgia se escapa del baúl de los recuerdos y alguna emisora nos la hace recordar.

Ya han pasado casi 54 años de esta historia y el tiempo no pasa en balde.  Las historias que emanaron de este tema siguieron caminos, como los del Señor, inescrutables.  El romance de Troy Donahue y Suzanne Pleshette siguió fuera de la pantalla y se casaron en 1964 durando dicho matrimonio tan solo ocho meses.  Troy falleció de un infarto en 2001 y Suzanne en 2008 de cáncer de pulmón.    Por su parte, Emilio Pericoli hizo una dupla con Toni Renis, participando en dos festivales de San Remo con gran suceso en ambos con los éxitos: “Quando, quando, quando” y  “Uno per tutte”.  Falleció en 2013 a la edad de 85 años.

Por su parte Carlo Donida, después de una fructífera carrera en la composición, falleció en 1998, mientras que Mogol, ha tenido también una brillante carrera de letrista. Actualmente tiene 81 años y se dedica a una organización sin fines de lucro que promociona la música y la cultura en Italia.  Betty Curtis continuó su carrera de cantante y se retiró en 2004, habiendo fallecido en 2006 a la edad de 70 años.  Luciano Tajoli vendió más de 45 millones de discos de “Al di la” y falleció en 1996 a la edad de 81 años.

El guionista, productor y director de cine Delmer Daves, quien ya tenía su estrella en el paseo de la fama en 1960, ganó el el Western Heritage Award en 1975 por su películas del oeste, falleció en 1977 a la edad de 73 años.

La cantante Connie Francis, continuó con su impactante carrera, sin embargo no logró alcanzar el éxito en la dimensión que tuvo anteriormente, participó dos veces en el Festival de San Remo, primero en 1965 donde alcanzó el 5º lugar, luego en 1967 en donde no logró llegar a la final.  Luego en los setenta se presentaron grandes tragedias en su vida que la alejaron del medio artístico, luego regresó y todavía en 2010 se presentó en Las Vegas.  Actualmente tiene 78 años y está por publicar su autobiografía.

De aquel grupo de entusiastas jóvenes del pueblo, unos pocos se nos adelantaron en el camino y afortunadamente una gran mayoría todavía está con nosotros.  Algunos ya son abuelos y hasta bisabuelos, pero a estas alturas del partido todavía se emocionan con el baile.  De aquellos tórridos romances, la mayoría, al poco tiempo, fenecieron de muerte natural.  Algunos de aquellos jóvenes lograron traspasar la frontera del bien más precioso, del sueño más ambicioso, de la cosa más bella e incluso de la estrella y cada quien guarda la historia de lo que encontró, de tal manera que cuando, en alguna emisora o en el yutube, aparece sorpresivamente aquella arpa que le abre el camino a la inolvidable voz de Emilio Pericoli, quien después de un la, la, la advierte; Non credevo possibile, se potessero dire cueste parole. (No creía posible que pudiera decir estas palabras), pensará para sus adentros: Ni yo tampoco.

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¿Dónde estará mi vida?

Joselito. Foto tomada de Internet

 

Desde muy temprana edad mi madre me cantó a todas horas, lo cual hizo que yo alcanzara luego una buena apreciación musical, no obstante mi capacidad para el canto estuvo completamente negada.  Cuando ingresé al Instituto Pedagógico, tenía que participar en los cantos que toda la clase debía entonar, bajo la dirección del Profesor Obregón, quien nos enseñó a interpretar aquellas viejas canciones napolitanas traducidas al español: Santa Lucía y O sole mío, entre otras.   Luego con el Hermano Agustín, teníamos que ejecutar algunos cánticos, así como ciertas piezas de su inspiración, como una dedicada al I.P.D. con la música de Jingle Bells y otra que hablaba de los pinoleros.  Lo interesante era que en medio de todo el barullo de la clase, mi voz no llegaba a notarse, por lo tanto, nadie advertía que yo no podía cantar, mucho menos yo.  De cualquier forma, nunca hice el intento de atreverme a cantar solo.

Sin embargo, allá por 1957, empezó a escucharse a un niño que cantaba de manera extraordinaria y que en poco tiempo captó la atención de todo el mundo.  Su nombre era Joselito y era español.  Serían tal vez sólo tres temas los que se repetían incansablemente en las radiodifusoras: Dónde estará mi vida, En un pueblito español y Violín gitano.  No había quien no hablara de la privilegiada voz de aquel niño y cuando llegó la noticia de que ya el pequeño había filmado una película, todos esperaron pacientemente a que llegara al cine del pueblo.  No sé por qué razón, pero a mi padre no le hacía mucha gracia, de otra forma, hubiésemos ido a Managua a ver el estreno.  Es más, cuando todos hablaban de la belleza del tema En un pueblito español, él decía que era más viejo que el pinol y que cuando él era niño, llegó un circo al pueblo que hacía sonar esa canción mañana, tarde y noche.

Cuando al fin llegó la película, ahí estábamos desde temprano, agarrando lugar pues tal como se esperaba, el Teatro Julia se puso al reventar.  La película se llamaba “El pequeño ruiseñor” y mentiría si dijera que me acuerdo del argumento, sin embargo, no es difícil adivinar que se trataba de una completa gilipollez, como todas las cintas de la época del franquismo.  Lo que cautivó al público fue ver al pequeño muchacho, con una carita de “yo no fui” a quien no se le entendía nada cuando hablaba, sin embargo, las canciones que interpretaba parecían salidas de la garganta de un ángel, si es que estos tuvieran garganta o pudiesen cantar.

Huelga decir que en aquel tiempo, empezaron a proliferar los Joselitos por todo el país.  En mi caso, ignorante de mis limitaciones en ese menester, como dicen, agarré la yarda y me propuse que yo sería cantante.  Recuerdo que me iba al fondo del patio de la casa de mis abuelos y ahí empezaba a querer clonar la interpretación del pequeño ruiseñor.  Muy seriamente comenzaba: “Una vez un ruiseñor, con las claras de la aurora, quedo preso de una flor, lejos de su ruiseñora…”, repitiendo una y otra vez, tratando de alcanzar los registros del rapaz.  Naranjas chinandeganas.  La primera crítica vino de parte de la lora de mi tía Mélida, quien desde su estaca empezaba a emitir sonoras carcajadas y el comienzo de la canción.  En aquel tiempo no tenía la ecuanimidad ante la crítica que poseo actualmente, así que después de varios episodios me enfurecí y con una vara que se ocupaba para cortar naranjas, agarré a la lora y la lancé hacia la pila.   La pobre ave gritaba a todo pulmón y en su caída parecía decir:  ¡Mayday!, ¡Mayday!.  Cuando escuché el ¡Chocoplós! del impacto del plumífero en el agua, me asusté, pues tenía la seguridad de que me acusarían de animalicidio.  Afortunadamente, ante los gritos del animal, salió la tía Mélida y rápidamente habilitó una canasta con un mecate e inició el rescate, el cual tuvo éxito después de varios minutos de intensa lucha.   Yo me fui agachado bordeando la pila e ingresé a la casa por la puerta del comedor, situada en el otro extremo.  Después del susto, reinicié mis intentos de escalar hacia la fama y la lora, nada tonta, no volvió a decir nada ante mi “canto”.  Hubiera seguido por varios meses, con la tenacidad de Mister Frodo, si no hubiera sido que por esos lados del patio, mi abuelo tenía sus siembros, : rosa de Jamaica, fresas, uvas y demás rarezas, en cierta ocasión que los andaba viendo, al escucharme cantar, se limitó a decirme: “Zapatero a tus zapatos”.   Sin entender lo que me quiso decir, sólo pude intuir que era una invitación a que me callara.  Le consulté a mi madre el significado de esa máxima y me explicó que quería decir que cada quien debía ocuparse de lo suyo.  Sin mucha claridad todavía, me di cuenta que mi incursión por el canto era una empresa fallida y opté por abandonarla.

Miraba con cierta envidia a todos aquellos que, sin llegar a tener la calidad interpretativa de Joselito, llegaron a convertirse en los Joselitos locales, como un muchacho en el colegio que un tanto lejos del ruiseñor, fue bautizado por los ínclitos hijos de La Salle, simplemente como “Nuestro Joselito”.  De la misma forma, en las principales ciudades destacaron émulos del pequeño ruiseñor, como es el caso de León en donde el economista emérito Francisco (Panchito) Mayorga, imitaba con buen suceso al prodigio español.

Las películas y canciones de Joselito continuaron llegando, aunque poco a poco fue perdiendo su encanto y a pesar de que mantenía su calidad al cantar, el público no mostraba el mismo entusiasmo con sus temas posteriores, como por ejemplo Doce cascabeles, Clavelito, Campanera.  Luego ingresó al cine mexicano y tuvo que cantar rancheras como La malagueña, El pastor, Huapango torero, entre otras.  Las películas de pronto se volvieron del montón y poco faltó para que apareciera al lado de Santo el Enmascarado de Plata.

No recuerdo el año exacto, pero a finales de los cincuenta, llegó a Managua un tal Joselito de Oro, que al final de cuentas no supe si se trató del original o de cualquier imitador, pues conociendo la aversión de mi padre hacia el ruiseñor, no hice ni el intento de proponerle ir a verlo.

Los últimos éxitos del cantante que nos llegaron fueron Ese toro enamorado de la luna y Egoismo, en donde ya se mostraba mozalbete.  Después como por arte de magia se desapareció del mapa.  En ese momento entraron en escena Marisol, luego Pili y Mili, quienes se encargaron de borrar aquel entusiasmo que había motivado el pequeño ruiseñor.

En mi mente prácticamente desapareció, tanto el cantante y sus temas, como el recuerdo de mis vanos intentos de ser cantante.  Con el tiempo, en ciertas reuniones familiares, ya con algunos trancazos adentro, me aventaba a cantar Come un ragazzino, de Peppino Gagliardi, tema un tanto fácil y que a la media noche era difícil que alguien se pusiera con el oído crítico de la lora de mi tía Mélida.

Cuando regresé de México en los noventa, me sorprendía ver los coches del estilo Ben-Hur, desplazarse plácidamente por cualquier calle o rotonda de la capital y semejante paciencia me traía, es más todavía me trae a la mente a Joselito en un carromato cantando Doce cascabeles, muy quitado de la pena.

Hace algunos tres años, tuve la oportunidad de ver un programa español en donde presentaron a Joselito a sus 67 años, contando parte de su azarosa vida.  Según la crónica presentada, su verdadero nombre es José Jiménez Fernández y nació en 1943, de tal manera que el pequeño ruiseñor contaba, cuando salió en 1956, con trece años, sin embargo, con su tamaño lo hacían pasar como de siete.  Las historias que después de tanto tiempo vine a conocer van desde un intento de suicidio hasta su viaje a Angola, en donde estuvo ocho años con un grupo de cazadores, según él, pero que en España se manejó que se había convertido en un mercenario peleando en ese país africano.  Tuvo la oportunidad de cantar un tema flamenco y a pesar de que su voz distaba mucho de aquel delicado trino, todavía se nota que domina la técnica y lo hizo muy bien.

Ya son casi 57 años desde la ocasión en que el pequeño ruiseñor nos deleitó con aquella maravillosa voz y me motivó para soñar que yo también podía ser cantante.  A estas alturas del partido, ya estoy completamente consciente de mis limitantes en ese campo, aunque todavía, de vez en cuando, trancazos más o trancazos menos adentro, me lanzo Come un ragazzino.  De las canciones del ruiseñor, tan sólo me queda una línea que me viene a la mente cuando veo mi rostro en el espejo:  ¿Dónde estará mi vida?

 

 

JOSELITO.  Foto tomada de Internet

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Aquellas noches de terciopelo azul

Fred Astaire y Ginger Rogers.  Foto tomada de Internet

El pasado domingo encontré de casualidad  en la televisión un programa sobre el álbum “Duets II”, que el renombrado cantante norteamericano Tony Bennett grabara en 2011 con celebridades del mundo musical, en ocasión de su cumpleaños 85.    Podría decirse que todas las interpretaciones son una verdadera joya, tanto en los arreglos como en la interpretación a dúo de temas que fueron emblemáticos en la carrera del gran crooner.

Fue una grata experiencia escuchar temas como Watch what happens con Natalie Cole, Stranger in the paradise, con Andrea Boccelli, The way you look tonight con Faith Hill, It had to be you con Carrie Underwood, How do you keep the music playing, con Aretha Franklin, o bien Body and Soul con la desaparecida Amy Winehouse.  No obstante, fue algo muy especial escuchar el tema Blue Velvet a dúo con la controversial k. d. lang (así lo escribe ella).

Para quienes llegamos a la adolescencia en los años sesenta, esa canción en especial representa una época mágica.  A pesar de que la versión de Tony Bennett salió con un éxito inusitado en 1951, en Nicaragua no fue sino hasta fines de 1963, comienzos de 1964, que el cover de Boby Vinton rompió los records de audiencia y se convirtió en una de las melodías más solicitadas en las fiestas juveniles de aquel entonces, cuando todavía los conjuntos musicales no alcanzaban la cobertura que luego llegaron a tener y eran los equipos de sonido que animaban todas las fiestas y tertulias de esa época.

Para ese entonces, la mayoría de las amigas del pueblo estaban cumpliendo sus quince años, así que con bastante regularidad asistíamos a las fiestas correspondientes, además de todas las tertulias que se organizaban con el menor pretexto.  La mayoría de las fiestas estaban revestidas de formalidad, así que debían asistir los varones de traje y corbata y las muchachas aprovechaban para lucir sus mejores galas de conformidad con la moda imperante.  Nosotros no éramos tan ajustados a eso de la moda y el traje del desfile escolar y una corbata cualquiera bastaba para alcanzar el toque de elegancia necesario.  Las amigas por su parte, dedicaban un buen rato en la víspera para arreglarse e ir al salón para que les hicieran a punta de secadora y laca, un peinado “embombado”, que las ponía al dernier cri además de ganar, junto con los zapatos de tacón, algunas pulgadas extra de estatura.

En esos tiempos, las canciones que se bailaban se clasificaban en dos grandes categorías, “agarrado” y “suelto”.  Obviamente la mayoría de los danzantes preferían bailar “agarrado” es decir, piezas de carácter romántico a ritmo de bolero o balada, siguiendo el protocolo de la época.  El caballero tomaba a la dama, rodeando suavemente su espalda a la altura de la cintura con el brazo derecho, mientras que con la mano izquierda tomaba delicadamente la mano derecha de ella, formando con el brazo una escuadra hacia arriba.  Ella por su parte descansaba su mano izquierda en el antebrazo de él.  Dependía de la afinidad de la pareja para que la dama permitiera acercar la mejilla del caballero a la suya (si la estatura lo permitía) y bailar como se llamaba “de cachetito” o como decía Fred Astaire “cheek to cheek”.     También estaba la variante que en lugar de la escuadra que mantenía los brazos en el aire, permitía al varón llevar la mano de la dama suavemente aprisionada contra la parte izquierda de su pecho.  Este estilo tenía el inconveniente que la dama podía adivinar el ritmo cardiaco del varón, al estar su mano muy cerca del corazón de él.  Cuando la pareja llevaban un noviazgo declarado y aceptado por la familia de ella,  él entrecruzaba ambos brazos por la espalda de la muchacha y ella rodeaba con ambas manos, el cuello de él, que es lo que llamaban “de cantarito”.

Por mucho tiempo las baladas de Enrique Guzmán, César Costa, Los hermanos Carrión, Ray Conniff, entre otros aportaban los temas que eran de la preferencia de los danzantes, hasta que llegó Blue Velvet y desde entonces dicho tema se repetía hasta la saciedad mientras las sillas se quedaban vacías y todo el mundo salía a la pista a disfrutar aquella delicia de melodía, que además del romanticismo que en su tiempo tuvo la versión de Tony Bennett, la nueva interpretación de Vinton tenía un ritmo sin igual.   Era normal observar que cuando las parejas bailaban este tema, todos llevaban cerrados los ojos, cada quien soñando su propia fantasía.   Es pertinente recordar que en aquellos dorados tiempos, nadie entendía la letra de la canción, pues los conocimientos de inglés de la mayoría de los jóvenes no llegaban ni al nivel de Wachu (Éxito) y lo máximo que se llegaba a saber, por la traducción de los locutores era que Blue Velvet significaba Terciopelo Azul, de tal manera, que la apreciación del tema se basaba exclusivamente en la melodía y el sentimiento que le imprimía Bobby Vinton.

Sin temor a equivocarme, creo que la mayoría de aquellos jóvenes, que ahora ya están adentrados en los sesenta paquetes y orgullosamente ostentan la membresía de la tercera edad, bailaron ese tema cientos de veces y solo quienes presentan los síntomas del alemán no se emocionarán al escucharla.

Creo pertinente recordar que en aquellos tiempos había un marcado respeto a las compañeras de baile, con las consabidas excepciones de uno que otro barbaján que no falta en cada localidad, de tal manera que ellas determinaban los límites del estilo de bailar y el varón simplemente tomaba la iniciativa al “llevar” a su pareja de acuerdo al ritmo, aunque en algunos casos ellos se dejaban “llevar”.  Traigo esto a colación debido a que es totalmente repugnante ver en la actualidad ciertos “bailes”  como el del caballito o esos perreos en donde la dama es tratada peor que un objeto.  Lo patético del caso es que las féminas después de clamar por la equidad de género y amenazar con llevar a los tribunales a un cristiano que ha osado piropearla, por la noche, en un antro, graciosamente dejan que un vulgar pelafustanes les lance los epítetos más procaces que ponen a la mujer a nivel de lampazo, sólo porque tienen música de reggaetón de fondo.  Habrase visto.

Casi inmediatamente después llegaron los conjuntos, la invasión inglesa y demás corrientes de la nueva ola, que dieron un tremendo vuelco a la música y por ende al baile.  Poco a poco, el estilo de baile “agarrado” fue sufriendo una metamorfosis, hasta que en un punto casi desaparece pues todos los ritmos se bailaban frente a frente, moviendo el cuerpo al compás del ritmo de cada tema.

Fue interesante que en el año 1986, el cineasta norteamericano David Lynch, quien como nosotros, indudablemente debe haber bailado aquel tema infinidad de veces, bautizara a uno de sus films más connotados en honor a la versión de Bobby Vinton de Blue Velvet.  En esa película que definitivamente sacudía a los espectadores, tuvimos la oportunidad de admirar a Isabella Rossellini que de manera sensual interpreta una extraña versión dicho tema y era inevitable recordar a su madre Ingrid Bergman.

Así pues, desde Bobby Vinton y su Blue Velvet ha llovido por casi medio siglo.  De vez en cuando me encuentro a una de aquellas amigas de baile de esa época y en primer lugar, me congratulo porque tengo la enorme suerte de que todas ellas me recuerdan con singular cariño.  Luego, cuando tengo que admitir que aunque uno no lo quiera, el tiempo hace estragos en nuestras humanidades,  basta con entornar un poco los ojos y poner play a ese reproductor de recuerdos que llevamos integrado en nuestro interior y súbitamente aparece aquella cálida voz de Vinton cantando:  “She wore blue velvet, bluer than velvet was the night, softer than satin was the light, from the stars…” y vuelvo a ver a aquella muchacha menuda, con su primoroso vestido, tal vez azul, su cabello embombado y sus zapatitos de tacón, entonces sus ojos vuelven a tener el brillo de la adolescencia y sin dudar le digo:

-Caramba niña, el tiempo no pasa por vos.

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El llanero solitario

El llanero solitario.  Imagen tomada de internet

En un pequeño local en la entrada del mercado de San Marcos, Roberto y Augusto Useda, nietos de doña Manuela, antigua vivandera en ese mismo centro de comercio, tenían una pulpería que además de los productos tradicionales de consumo básico contaba con la distribución exclusiva de paquines y digo exclusiva no por concesión, sino por ausencia de otro emprendedor.

En los años cincuenta del siglo pasado, cuando para nosotros todavía no existía la  televisión y la oferta de literatura infantil era más que escasa; fuera de los cuentos de camino trasmitidos de boca en boca, los paquines era la única fuente en donde podíamos saciar nuestra sed de ficción.

Cuando había un excedente de la raquítica mesada que recibíamos, corríamos a donde los Useda a comprar un paquín y dentro de la regular variedad ofrecida era todo un dilema seleccionar cuál compraríamos.  Sabíamos que con cierto retraso encontraríamos la mayoría de ellos en la barbería del amigo Chalo Vásquez en donde los devorábamos mientras esperábamos turno.

De esta forma el paquín por adquirir debía ser uno que realmente llenara al máximo nuestras expectativas y en ese sentido uno de ellos era el más demandado y que por consiguiente se terminaba pronto y era El llanero solitario.

El género que posteriormente adquirió el elegante nombre “western” y que en español no sonaría nada exótico: “occidental”, para nosotros se llamaba simplemente “de vaqueros” y por alguna razón era de los preferidos tanto en paquines como en películas.  Sería tal vez por la mezcla de sencillez y acción de sus tramas.

En aquellos tiempos era muy difícil conseguir los primeros episodios de cada personaje, así que en el caso de El  llanero solitario no sabíamos de dónde había salido aquel enmascarado que buscaba procurar justicia en unión de un indio llamado Toro (Tonto en inglés) y que a su vez llamaba Kemo Sabi a su compañero de aventuras.   Lo elegante de su “outfit” y su máscara estilo “antifaz domino”, como dirían ahora los exquisitos cronistas juveniles de la televisión, su deslumbrante caballo llamado Plata y lo mejor de todo, las balas de plata de su revólver, eran características que hacían de este personaje el preferido de la muchachada.

Ayudaba tal vez a nuestra ignorancia respecto a la historia de El llanero solitario, la mala traducción del nombre original en inglés “The lone ranger” cuyo equivalente en español es muy difícil, pues “ranger” en este caso corresponde a un patrullero, comando o explorador en último caso, así pues “Texas Rangers” era un cuerpo armado que imponía la ley en ese estado norteamericano.   En otro programa de televisión de la época traducían el término como “Rurales de Texas”.

Con mucho interés leíamos una y otra vez las aventuras, tal vez muy simples, pero que nos transportaban a otro mundo en donde no habían muertos, sino que muy elegantemente El llanero solitario dirigía sus balas de plata a las manos de los forajidos, quienes simplemente dejaban  caer sus armas y emitían un leve quejido, sin mostrar las mutilaciones que puede producir una bala calibre 45 en cualquier miembro que hiciera impacto, sin mencionar la cantidad de sangre que genera la herida.

Para finales de la década de los cincuenta, llegó una película llamada El llanero solitario y la ciudad perdida de oro y después de recorrer todo el territorio nacional, llegó al pueblo en donde el público la esperaba ansiosamente.  Ese día el cine estaba al reventar, con un público infantil y juvenil en su mayoría, que aplaudía y gritaba cuando aparecía el enmascarado cabalgando en su blanco corcel, acompañado de su fiel compañero Toro.  Recuerdo que en las escenas finales cuando aparece la valiente pareja cabalgando a todo galope, pistola en mano el paroxismo en el cine llegó a su límite, además de los aplausos y gritos de la muchachada, los que estaban en gayola, empezaron a golpear el piso de madera con los pies, de tal manera que el cine parecía caerse en pedazos.  En ese momento me emocioné y tomé con  las dos manos el asiento delantero que estaba vacío y comencé a zarandearlo hasta que me quedé con la parte superior entre las manos.  A la salida, puse disimuladamente el pedazo de asiento en el suelo y mientras empezaban a salir los créditos de la película, con el fondo musical de la obertura de Gullermo Tell de Rossini, todavía en la oscuridad, salí con mis hermanos del cine y no regresé en varios días.   Cuando volví al cine buscaba una localidad lejos de donde usualmente nos sentábamos, hasta que al tiempo regresamos a nuestro antiguo lugar en donde habían remendado el asiento de madera.

Cuando en la década de los sesenta llegó la televisión, no recuerdo qué canal llevó la serie de El llanero solitario que se había filmado en los años cuarenta y que al desarrollarse en el siglo XIX no podía adivinarse el año de su producción.  Los actores principales eran los mismos de la película: Clayton Moore en el papel del llanero y Jaye Silverhills en el papel de Toro.   Las historias no eran tan atractivas como las que leíamos en los paquines, sin embargo, siempre era emocionante la entrada al galope de la pareja con el fondo musical de Guillermo Tell.

Años más tarde, Sergio Leone revolucionó el género con el spaguetti western, con una nueva dimensión de la violencia, en donde se abandonaron los tímidos disparos a la mano del rival por certeros balazos al corazón o entre ceja y ceja como decía don Marcial Lafuente Estefanía y además, con la rapidez de un rayo.    Así pues junto con nuestra niñez, quedaron atrás los paquines y sus cándidas historias.

Allá por los años ochenta salió un chiste que vino a minar seriamente la lealtad de Toro para con El llanero solitario.  Decía el chascarrillo que en cierta ocasión la pareja en cuestión cabalga por un cañón, cuando de pronto observan que de todos los montes alrededor surgen indios en pie de guerra, a lo que el enmascarado le dice a su pareja: -Estamos rodeados, Toro.  A lo que el indio se aparta y le dice :-¿Cómo que “estamos” Kemo Sabi?  Desde entonces en muchos países se usa esta última frase cuando se quiere decir el equivalente a:  “estamos me huele a procesión”, “estamos suena a manada” o bien “estamos es mucha gente”.

Ahora en el siglo XXI, cuando la capacidad para crear nuevos héroes y aventuras, parece ir en declive, no podían faltar el reciclaje de aquellas historias de los paquines, con la ayuda de todos los recursos de la cinematografía moderna y la inventiva de una tropa de escritores que compiten por traernos las “verdaderas” historias de nuestros antiguos héroes con pelos y señales.

No podía faltar pues, una nueva versión de El llanero solitario y esta semana se está estrenando en los cines de Managua, la película del mismo nombre, en donde Gore Verbinski, el director de Piratas del Caribe, ofrece su particular punto de vista sobre la historia del enmascarado, utilizando a un casi desconocido Armie Hammer como el Llanero y al versátil Johnny Deppp como Toro.

Desde luego no me perdí esta película y después de más de cincuenta años, llegué a saber cuál era la historia de aquel justiciero que motivó tantas emociones en la niñez.  Sin pretender pedalearle la bicicleta a Ampié, me parece que con todos los elementos con que se contaba, además del respaldo de Disney (financiero, pues de otro tipo quién sabe) pudieron realizar una mejor película.

Además de lo extenso del film, el director juega de manera misteriosa con ciertos contrastes que no dejan de causar estupor en la audiencia.  Por un lado presentan a un Llanero solitario que mantiene la figura ingenua de los paquines, para quien la justicia está primero y que la violencia no es la respuesta al mal de este mundo, a veces con actitudes un tanto infantiles, por otra parte la figura del villano, muy bien actuada por cierto, se muestra de una maldad que raya en lo desalmado, al abrirle las entrañas y comérsele el corazón a su enemigo, superando en barbarie al propio Hannibal Lecter.   Por otra parte, presenta a Plata (Silver) como un caballo místico que representa a un espíritu y que es capaz de subirse a un granero, a un árbol o cabalgar encima de un ferrocarril desbocado y por otra parte, que se emborracha empinándose varias botellas de licor sin ayuda alguna.    De la misma forma, el director presenta a villanos muertos por el azar, algunos por efecto indirecto de los disparos del Llanero o de Toro y en el otro extremo, presenta una verdadera masacre que extermina una tribu indígena completa.

Si yo hubiese estado al cargo del casting de la película no hubiese utilizado a Hammer como El llanero solitario y mucho menos a Johnny Depp en el papel de Toro.   Tal vez las dos selecciones más acertadas fueron las de Fichtner en el papel del villano Cavendish y la de Helena Bonham Carter como Red.

Lo cierto es que no se observó en la sala la extrema emoción que presentó el Teatro Julia cuando exhibieron El llanero solitario y la ciudad perdida de oro.  Yo por mi parte, seguí interesado la historia del legendario enmascarado justiciero y al igual que la mayoría de los personajes en el film, me quedé con la interrogante: ¿y por qué la máscara?  Dejo muy claro que en esta ocasión no hubo emoción que me impulsara a zarandear el asiento delantero de la sala de cine.

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El Relicario

Sara Montiel.  Foto tomada de Internet

Casi al final de la década de los años cincuenta del siglo pasado, sería tal vez en 1958, cuando de pronto, una canción comenzó a sonar insistentemente en todas las emisoras del país.  Para ese tiempo, ocupaban los primeros lugares de audiencia los éxitos de la Sonora Matancera, en especial el bolero Total en la voz de Celio González y los primeros cañonazos de Julio Jaramillo encabezados por Nuestro Juramento.  La canción en cuestión era un pasodoble, ritmo español muy socorrido entonces en todas las fiestas, pues era una oportunidad enorme para lucirse con elegancia en el baile.    Su título era El Relicario y estaba a cargo de Sarita Montiel, intérprete hasta ese entonces completamente desconocida en el mundo musical.  Luego poco a poco fueron colándose otras interpretaciones de la española y que al final resultaron ser parte de la banda sonora de una película que se anunciaba y que según algunos estaba causando furor en el mundo, o por lo menos en el de habla española y que llevaba por título El último cuplé.

A mediados de 1959 al fin llegó la tan esperada película a Managua y fue el Salazar quien la proyectó y duró en cartelera un tiempo record.  En esas ocasiones era obligado que viniéramos del pueblo a la capital para ver el estreno y no esperar unos meses a que llegara al Teatro Julia, ya con más cortes que una camioneta de turco.  Así que con una buena dotación de palomitas de maíz, nos deleitamos con la película en la cual una hermosa mujer desbordaba sensualidad en toda la cinta.  Cabe aclarar que a los diez años, ya el organismo entero iba distinguiendo esas manifestaciones y a pesar de que la cinta no estaba restringida a menores de edad, pues no había nada explícito, no cabe duda que la diva aquella provocaba ciertos arrebatos en el público, además de su exuberante figura, sus ojos color aceituna y su sensual sonrisa, su voz, acomodada de manera inteligente en un registro en donde no había riesgos de una pifia, porque hay que reconocerlo, era tan sólo una actriz que pretendía cantar, sin embargo, a la postre, su voz en el tono tan bajo, le daba un atractivo adicional.   En esa película escuchamos, directamente desde la pantalla, los grandes éxitos, Ven y ven, La Madelón, Nena, el tango Fumando espero y desde luego El Relicario, en donde la protagonista, después de presenciar la muerte en el ruedo de un torero, su novio en turno, aparece en el teatro de luto riguroso interpretando el pasodoble.  La interpretación fue única y dramática, pues al final, no pudiendo con el peso de la emoción “se ataca” y no puede finalizar su interpretación, causando el desborde de sentimientos en toda la audiencia, que disimuladamente buscaba sus pañuelos para secarse una furtiva lágrima.

Tal vez sería pertinente aclarar que El Relicario es un pasodoble clásico español, escrito en 1914 por José Padilla, quien encargó la letra a dos afamados periodistas de esa época José María Castellví y Armando Oliveros.  La letra está íntimamente ligada a la tauromaquia y a esa fama de seductores que siempre han tenido los toreros.   Fue mucho tiempo después de haber escuchado ese tema que me percaté del significado de la letra en toda su extensión, en donde en un exagerado piropo, el torero exclama: “pisa morena, pisa con garbo, que un relicario me voy a hacer, con el trocito de mi capote, que haya pisado tan lindo pie”.   Involucrando en el mismo, al relicario, estuche en donde tradicionalmente se guardan las reliquias de algún santo, equiparándolas en ese caso, con la parte de su capote por donde había puesto el zapato, pues es muy difícil que anduviera descalza, la dama que tanta admiración le provocó.  Luego al momento de estar en trance de muerte, se saca del pecho el relicario, que en efecto se elaboró, lo que le otorga una carga dramática al pasodoble.  El tema había sido propiedad, por así decirlo, de la cantante Raquel Meller, sin embargo, fue a partir de su interpretación en la mencionada cinta que Sarita Montiel se convirtió en la dueña de dicho tema. Dicen que en gustos se rompen sacos, así pues, hay quienes opinan que la mejor interpretación es la de Rocío Jurado y pueden tener razón, pues la recordada Rocío sí tenía voz y jugaban con ella de manera magistral, luciéndola en la ejecución del pasodoble, agregándole además un conato de “ataque” al final, sin embargo, muy inteligentemente se recupera y finaliza el tema.

Otro tema, que también causó gran revuelo fue Fumando espero, un tango argentino compuesto en el año 1922 por Juan  Viladomat Masanas, con letra de Félix Garzo y que en su momento fue interpretado por varios tangueros, entre ellos, Argentino Ledesma y desde luego por la infaltable Libertad Lamarque.  Mucho se comentó que a pesar del atrevimiento de los productores de la cinta de incluir el tango en la banda sonora de la película, una estrofa completa fue eliminada, la cual se refería a la “sana” costumbre de otros tiempos de lanzarse un cigarrillo después de “la batalla en que el amor estalla”, lo cual no hubiera sido tolerado por la hipócrita censura del franquismo.

Después del éxito obtenido por la Montiel con El último cuplé, le siguieron varios más, La Violetera, Carmen la de Ronda, Pecado de amor, La bella Lola, La reina del Chantecler, entre otras, en donde combinaba la actuación con el canto.

Mucho tiempo después me di cuenta que Sarita Montiel no había nacido con El último cuplé, aunque así fue para muchos conciudadanos, pues su carrera en la actuación había iniciado en los años cuarenta en su natal España, de donde saltó a México en donde con su belleza cautivó a los cineastas locales y actuó en algunos films importantes al lado de Pedro Infante, Dolores del Río, María Félix, Arturo de Córdoba, entre otros.  Es muy posible que la hubiésemos visto en alguna de estas películas, pero no al punto de recordarla por su nombre.  Luego, con esas credenciales se atrevió a incursionar en Hollywood, en donde también logró algunos papeles al lado de Burt Lancaster, Gary Cooper, Charles Bronson, Mario Lanzas, entre otros, lográndose integrar con suceso en el mundo artístico de ese entonces, reforzando lo anterior, al casarse con el director Anthony Mann.  A pesar de la aceptación que tuvo en Hollywood, de manera inteligente Sarita sintió que estaba siendo encasillada en papeles de latina o indígena, de tal forma que se jugó el todo por el todo y regresó a España, en donde en 1957 Juan Orduña le ofrece el papel estelar de El último cuplé, que marcó el rumbo de su vida.

Al llegar a la adolescencia, fue inevitable que me inclinara por la música juvenil, que con el rock hizo furor, más aún con la aparición de The Beatles, lo cual hizo que esta nueva corriente sepultara para efecto nuestro, la trayectoria que siguió Sarita.  No obstante, la española continuó con su carrera, especialmente la musical, por muchos años, realizando giras artísticas por todo  el mundo, en especial por América Latina.  Recuerdo que a finales de los años setenta, Sarita se presentó en Managua, hospedándose en el Hotel Intercontinental.  Ya para ese entonces, la diva española estaba muy aplaudida y no tuve el ánimo para ir a verla.

Su vida sentimental se caracterizó por un buen número de relaciones, como que si hubiese tomado al pie de la letra lo que le exclamó al inicio del piropo el torero de El Relicario. Es importante señalar que a partir de que algunos seudo periodistas encontraron en la nota rosa, un medio para allegarse los helequemes, Sarita Montiel y su vida privada se convirtieron en un blanco fácil para las tertulias que guardaban estos mercenarios, manteniéndola en la picota en virtud de sus últimas relaciones sentimentales, arrebatándole la tranquilidad que en su tercera edad merecía la artista.

Tal como decía El Relicario, un lunes abrileño, el día 8 para ser más precisos en el presente año, María Antonia Aurelia Isidora Vicenta Josefa Abad Fernández, conocida como Sarita Montiel, la gran Saritísima, dejó este mundo de manera plácida en su apartamento de Madrid a la edad de 85 años.  Una enorme muchedumbre la acompañó en su sepelio y todos los diarios de habla hispana deploraron su muerte.  Para todos aquellos que vivimos su época dorada, siempre mantendremos en el pecho un relicario, elaborado con el trocito de recuerdos de aquellos dorados tiempos en donde su belleza y sensualidad nos anunciaba que el meteorito del erotismo estaba pronto a alcanzarnos.

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Sin final

Es inevitable que la nostalgia que brota del fondo de nuestro ser al recordar la vieja Managua, sea una constante en la vida de todos aquellos que el destino nos ubicó en los años maravillosos en que la capital vivía los últimos suspiros de una dorada etapa.

Hay colores, sabores, aromas que inmediatamente nos remontan a un momento, alguna calle, a ciertas personas, a una que otra casa o bien, al ardiente asfalto que hacía resbalar nuestros pasos.  Sin embargo, lo que más fácilmente nos lleva a ese mundo es sin duda alguna la música.  Fueron tantas melodías las que sirvieron de marco a singulares episodios en nuestras vidas, que al escucharlas de nuevo, nos llevan de la mano a un mundo que se antoja ahora casi fantasmagórico.

Si tuviera que hacer una selección de melodías que invariablemente están arraigadas a las circunstancias de aquella incomparable ciudad, no dudaría en incluir un tema que resonó innumerables ocasiones en el ambiente citadino y es la canción italiana Sin final (Senza fine).

Cuando me trasladé a Managua a inicios de 1967, presentaron en el Ruiz, si mal no recuerdo, la película El vuelo del Fénix, una de las últimas de James Stewart, en donde además actuaban Ernest Borgnine, Hardy Kruger, Peter Finch,  George Kennedy, entre otros y cuyo argumento se refería a un avión que cae por un desperfecto en el desierto del Sahara y en medio de un turbulento drama, se las ingenian para construir otro con las partes del avión original y al final logran despegar los sobrevivientes y llegar a un lugar seguro.  El tema musical de la película, en ese momento no impactó en toda su dimensión.  Se había encargado al grupo The Brass Ring (Los Anillos de Bronce) realizar una adaptación al tema Senza fine del italiano Gino Paoli, con el estilo que en esa época se conocía como el Sonido Tijuana Brass, desarrollado por el trompetista norteamericano Herb Albert.    Asimismo, en un pasaje aparece la voz de Connie Francis resonando desde un radio de transistores, interpretando la misma canción bajo otro ritmo, más parecido al original italiano, mientras uno de los tripulantes que agoniza se deleita con la suavidad de la melodía.    Salí del cine sudando como un beduino, pero con el sabor de una buena película y para ser sincero, no me quedó grabado el tema musical.

Poco tiempo después, llegó a las radiodifusoras el tema Sin Final de Los Anillos de Bronce y se apoderó por un buen tiempo de las preferencias de la audiencia nacional, junto con otros éxitos como El Tema de Lara.  Es curioso que en el mismo álbum de Los Anillos de Bronce, la canción se conoce con el nombre Tema de amor de El vuelo del Fénix, aunque en la película no aparece ninguna mujer y no hay por lo tanto ninguna escena romántica, más que el moribundo abrazando el radio mientras canta Connie Francis.  A propósito la versión de Connie Francis nunca llegó a escucharse en las ondas hertzianas nacionales, sin embargo, llegó de México una versión cantada en español interpretada por un grupo llamado Los Dominic´s.  Este grupo había interpretado el tema Dominique de Sor Sonrisa y obtuvo cierto impacto en México y luego se coló en los hit parade con el tema Sin Final, sin embargo, al poco tiempo se separó el grupo.  Lo único bueno del tema de los Dominic´s fue que la audiencia conoció una letra en español del tema, aunque no tan fiel a su original en italiano.  De la misma forma, llegó otra versión, un poco más guapachosa que la de los Anillos de Bronce a cargo del músico tico Solón Sirias y su grupo Los Tinajas Brass.    Un par de años más tarde, el maestro Juan Torres incluyó en uno de sus álbumes su versión para órgano, muy bien lograda, de ese mismo tema.

El caso es que la versión original de Gino Paoli, nunca llegó a los oídos del auditorio nacional, mucho menos la historia involucrada con ese precioso tema.  Paoli era un compositor italiano que a inicios de los años sesenta logró imponer algunos temas en las preferencias del público de ese país, entre ellos Senza fine, que apareció con buen suceso en 1961.   A estas alturas del partido la historia de la canción se ha convertido una leyenda pues algunos afirman que la escribió pensando en Ornella Vanoni, actriz y cantante, muy sexy por cierto, que empezaba a cobrar fama en Italia.  Otros aseguran que la canción fue escrita por los dos y que había surgido un romance entre ellos.  No obstante, está documentado que la Vanoni se había casado en 1960 con el empresario Lucio Ardenzi y en 1962 nació el hijo de ambos, Cristiano.    Por otra parte, en 1962 Paoli tuvo una relación con la actriz Stefania Sandrelli, producto de la cual nace su hija Amanda.  En 1963 Paoli lanzó su tema Sappore di sale (sabor a sal) que algún tiempo después llegamos a escuchar en Nicaragua y que según allegados al artista se la dedicó a la Sandrelli.

No se conocen muchos detalles sobre los motivos que orillaron a Gino Paoli a intentar quitarse la vida, disparándose una bala en el corazón, la cual que erró y permitió salvarle la vida, sin embargo, fue imposible sacarle la bala, misma que le quedó alojada en el pecho para toda la vida.  Más romántico no pudo haber estado el asunto.  Paoli se desapareció por una década, reapareciendo luego y retomando su carrera musical, con bastante éxito, incluyendo trabajos con su hija Amanda.  Descubrió y lanzó al estrellato nada más y nada menos que al recordado Lucio Dalla.   Entre 1987 y 1992 participó en política llegando a ser diputado por el partido comunista italiano.

Lo más interesante es que en el 2004 regresa Paoli a trabajar con Ornella Vanoni para grabar un disco de temas inéditos y coincide con la publicación de un libro escrito por Enrico De Angelis llamado “Nosotros dos, una larga historia”.  Luego, ambos artistas salen en una gira por toda Italia la cual es considerada como todo un éxito al lograr llenar todos los auditorios en donde se presentaron.  De rigor, el tema que predomina en la gira es desde luego Senza fine, en un dueto bastante bien logrado y en donde mientras la Vanoni mantiene su melodiosa voz de siempre, se nota que Paoli mejora sensiblemente el tono de su voz respecto a su versión original. Es impresionante el video, pues la pareja, septuagenaria entonces, irradia un gran romanticismo al interpretarla.

Para finalizar confieso que yo prefiero la versión de los Anillos de Bronce, por todo lo que representa en mis recuerdos de la vieja Managua.  Así pues, de vez en cuando en la madrugada, al ejercitarme con un poco de spinning, en la penumbra del improvisado cuarto de ejercicios, en el reproductor de MP3 de manera aleatoria aparece ese tema, cierro los ojos y me parece pedalear por las calles de aquella ciudad y al igual que Paoli, siento algo que está alojado en el pecho.

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Bond, James Bond

A mi hermano Ovidio

Aunque usted no lo crea, el día de hoy viernes 5 de octubre de 2012 se está celebrando el Día Global de James Bond, para conmemorar el 50 aniversario del estreno en Londres de la primera película de la franquicia del legendario agente 007.  Para muchos, este hecho podría constituir, tal como sabrosamente dicen los españoles, una gilipollez.  No obstante, a pesar del obvio trasfondo comercial que pudo haber motivado a varias productoras cinematográficas como 20th Century Fox, Metro Goldwyn Mayer y Eon Productions de Albert Broccoli, el promover esta celebración, el hecho es que encontró eco en muchas organizaciones a nivel mundial, entre ellos el Museo de Arte Moderno de Nueva York que presentará hoy una retrospectiva de las películas del espía británico; una subasta internacional, en línea y en vivo, organizada por la Casa Christie´s de Londres para fines caritativos, un concierto en Los Angeles con los temas musicales de las películas de James Bond patrocinado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas; así como una exhibición en la sede del Festival Internacional de Cine de Toronto.  Por otra parte, en muchos cines del mundo se presentará el documental Todo o nada, sobre este icono y desde luego muchas televisoras pasarán películas del agente 007 en su programación de este día.

En lo particular, creo que si el mundo está inundado por infinidad de celebraciones día a día, que incluso abarcan los casos más patéticos que puede uno imaginarse, es digno, justo y necesario celebrar a un personaje que, aunque ficticio, al igual que muchos de nuestro imaginario, por cincuenta años ha resaltado en nuestras vidas la emoción y el suspenso.

Recuerdo como si fuera hoy, que allá por 1963 en el Teatro Julia de San Marcos pasaron el avance de una película que prometía las más grandes aventuras jamás llevadas a la pantalla.  En una imagen congelada de un tipo impecablemente vestido, se resaltaba su mano mientras el locutor aclaraba que portaba una Walter PPK, mortífera y que en poder de un agente 00, es decir con licencia para matar resultaba una mezcla explosiva.  El actor, Sean Connery, se presentaba como la elegancia personificada, incluso en los momentos más difíciles.  Para nosotros en Nicaragua la licencia para matar no era una novedad, pues la Guardia Nacional la tenía desde hacía tiempo y vaya que sí la utilizaba.  También aparecía, como Venus emergiendo del mar, la imagen de Ursula Andress, en bikini, luciendo un puñal en su cintura.  Con semejante avance, esperé la película como agua de mayo y el día del estreno, estaba desde temprano en el cine, esperando lo que prometía El Satánico Dr. No, título que para impresionar al público de habla hispana tenía como anexo lo de satánico, que no aparece en el original en inglés.  Cabe decir que disfruté la película de principio a fin, sin sospechar que le seguirían unas dos docenas de películas más.  Fue toda una revolución la presentación de los títulos de la película, con el omnipresente cañón de la pistola y  el agente al otro lado disparando y bañando de sangre la escena, mientras el más que conocido tema de Monty Norman, adaptado por John Barry, inducía al público a la emoción.

Poco tiempo después, presentaron en la televisión un documental sobre el agente con licencia para matar, más bien como una promoción para la siguiente película de la serie, que a pesar de tener un título atrayente en inglés: From Russia with love, en español nos recetaron: El regreso del agente 007.   En el documental aparecía James Bond corriendo en unas colinas, perseguido por un helicóptero que le disparaba sin cesar, hasta que de su maletín saca un rifle plegadizo, lo arma y se trae al helicóptero, luego venía la famosa escena de la segunda película en donde acompañado de la bella Daniella Bianchi, desde una veloz lancha, lanza al mar unos barriles de combustible perforados por las balas de quienes lo persiguen y con una luz de bengala, hace explotar los barriles junto con sus enemigos, mientras le dice a la chica: -En Inglaterra hay un dicho: donde hay humo, hay fuego.

Desde luego que la espera para la segunda película de la serie se hizo eterna y cuando llegó, de la misma manera estaba de primero en el cine, disfrutando de hora y media de grandes emociones.  Fue la primera cinta que tuvo un tema musical propio, en esa ocasión con el mismo nombre From Russia with love, en la voz del cantante inglés Matt Monro.  Fue impactante, cuando en las escenas preliminares, Sean Connery sale del mar en traje de hombre rana y al quitárselo se queda en un dinner jacket impecable.  Ahí también miré la última actuación del recordado actor mexicano Pedro Armendáriz, antes de sucumbir al cáncer, así como al gran actor Robert Shaw (Tiburón) y la gran actriz austriaca Lotte Leny, quien fue la esposa del compositor Kurt Weill.  Fue interesante ver al momento de los créditos finales, un anuncio que anticipaba el regreso de James Bond en Goldfinger.

Cuando presentaron Goldfinger en el pueblo, llegué temprano al cine y ya había una nutrida concurrencia, pues a nivel nacional ya el agente británico era un ídolo.  Así disfrutamos de una película más de James Bond, con un tema musical de primera en la voz de Shirley Bassey y con la gran sorpresa del Aston Martin que tenía un rudimentario GPS integrado y ametralladoras al frente y en caso necesario, lanzaba aceite para que los vehículos que los seguían resbalaran y colisionaran.  Lo último no fue novedad para nosotros pues los carros concheños circulaban tirando el aceite en todo el camino.  Recuerdo también que todos se quedaron sin habla cuando a una chica que seduce Bond, como castigo, Goldfinger la manda a pintar de oro, ocasionándole la muerte. A partir de esta película, mi hermano Ovidio se convirtió en mi fiel compañero en la afición por esta serie, que anunciaba felizmente la siguiente producción de la saga: Operación Trueno.

Con tiempo, mi hermano y yo nos preparamos para el estreno de Thunderball, ahorrando dinero para viajar e ir a verla de primeros en el estreno en Managua.  Así pues, la miramos en el Margot, con aire acondicionado, sillones acolchados y palomitas de maíz. En cada película, el formato de la misma, iba mejorando, aparecían mejores artilugios, escenas submarinas espectaculares, chicas Bond al por mayor, un tema impactante en la voz de Tom Jones y en general el argumento con una adaptación bastante aceptable.   Para esa época, los fanáticos de James Bond abundaban, especialmente en Managua y se pusieron de moda unas calcomanías que imitaban impactos de bala en la carrocería y algunos llevaban una Beretta, a falta de la Walter PPK, en la guantera.

Cuando ya vivía en Managua, con mucha mayor razón seguí devotamente asistiendo a todas las películas de James Bond que le siguieron.  En una ocasión, encontré en una librería del centro, varios ejemplares de las novelas originales de Ian Fleming y las compré, disfrutando al máximo la lectura de las mismas.  Una de las que más disfruté fue Casino Royale, que todavía no se había llevado a la pantalla.  Luego apareció la primera versión cinematográfica de esta novela, pero resultó que los derechos los había adquirido otra productora, quien consideró pertinente convertirla en una obra al estilo Pop Art y resultó en una comedia divertida, pero sin el sabor a la aventura que tenían el resto.  La música fue sin igual, parte escrita por Burt Bacharach y Al David y participaron artistas de primera línea al por mayor, entre ellos David Niven, Peter Sellers, Ursula Andress, Deborah Kerr, Orson Welles, Woody Allen, William Holden, entre otros.

Aún cuando Sean Connery tiró la toalla y lo sustituyó Roger Moore, mi afición por las películas de James Bond, no decayó y siempre estuve atento al estreno de esas películas. Cuando me trasladé a México, igual continué con mi asidua asistencia a todas las películas.  Lo más interesante se dio cuando si iba a estrenar En la mira de los asesinos, título también un tanto mafufo para el original A view to a kill, programada para finales de septiembre de 1985.  El 19 de septiembre de ese año, ocurrió el terremoto más grande que se recuerde en el Distrito Federal; nosotros nos salvamos de chiripa, pues vivíamos en el Edificio Chihuahua de Tlatelolco y estando fuera escuchamos caer estrepitosamente al vecino Edificio Nuevo León.  El complejo quedó inhabitable y fue gracias a la generosidad de una tía materna que logramos refugiarnos en una comunidad cerca de Xochimico.  Cuando la calma regresó a la capital y los cines comenzaron a operar de nuevo, sería un par de meses después, anunciaron el estreno de la película de James Bond.  Mis hijos estaban cansados de permanecer los fines de semana en aquel apartado lugar y les propuse ir al cine a lo cual accedieron encantados.  Fuimos a ver la película, un poco nerviosos, pero todo ocurrió sin incidentes y el único temblor que sucedió fue en la pantalla, cuando Roger Moore está en San Francisco con Tanya Roberts.

Un día en una librería del Distrito Federal encontré un libro sumamente interesante y lo compré, se llamaba Triciclo y era la historia de Dusko Popov, un espía de origen serbio, que inicialmente espiaba para Alemania pero que al final terminó siendo un doble agente a favor de Inglaterra.  Ian Fleming conoció a Popov y se encontraron en un casino en Portugal en donde Popov realizó una apuesta de 40 mil dólares de aquel entonces en baccarat, para hacer que un rival se retirara.  Esa fue la inspiración para Fleming para su primera novela Casino Royale.

A la fecha he visto las 22 películas de James Bond oficiales más la primera de Casino Royale y pienso asistir al estreno de de Skyfall, a estrenarse a finales de este mes y que tiene además la sorpresa del tema musical interpretado por Adele.

Por la particularidad del caso, encuentro un tanto cuanto difícil ver la manera de celebrar en forma esta especial ocasión.  Ya ven que en ninguna película se enfoca las costumbres de James Bond a la hora del almuerzo y en todo caso nuestra asistente gastronómica decidió preparar un delicioso Indio Viejo el día de hoy, cosa que definitivamente no va con el 007.  Así pues por la noche, sacaré a orear un smoking que tengo y ya caracterizado, me prepararé un par de vodka martinis, agitados no revueltos, que seguro me pondrán cachetón, mientras escucho en el reproductor de MP3, uno de los temas cuya letra me sigue gustando:  You only live twice, or so it seems, one life for yourself and one for your dreams…(Solo se vive dos veces, o así parece, una vida para ti mismo y otra para tus sueños).

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