Archivo mensual: octubre 2011

Avión, pues

Una de las grandes innovaciones de la banca comercial en cuanto la atención al público es la eliminación de las tortuosas filas, mediante la asignación de un número al usuario, quien pasa a una sala de espera en donde sentado aguarda a que una pantalla electrónica le anuncie el turno que le corresponde y el número de caja que le atenderá.   De conformidad con el número de cajas en operación, la cantidad de usuarios y la velocidad de atención de los cajeros, uno puede darse la idea del tiempo que puede llevarle realizar su operación.  En la mayoría de las ocasiones puede constatarse que este sistema es más eficiente que la antigua fila.

Me ha sorprendido sobremanera un banco que hace unos años inauguró su casa matriz en un impresionante edificio, con amplio parqueo y en donde más que el derroche de elegancia en la infraestructura resalta el de recursos humanos.  Desde el estacionamiento, en donde pulula un considerable número de vigilantes, se acerca uno de ellos a conminar al conductor para que estacione el vehículo de retroceso.  En el ingreso al edificio, existen cuatro vigilantes que lo invitan a pasar a un arco detector de metales, no sin antes haber vaciado los bolsillos de los objetos metálicos y posteriormente, por si las moscas, un ligero escaneo con un aparato detector manual. Una edecán elegantemente uniformada le señala al cliente el camino hacia el área de la sucursal bancaria.  Exquisiteces de un edificio corporativo, podría uno pensar.

No obstante, lo más anonadante es cuando uno llega a las dos máquinas que asignan el número de turno.  Son dos pantallas sobre un pedestal, situadas a una altura conveniente del usuario en donde aparece un menú sencillo con dos alternativas básicas: Cajas o Servicios Bancarios y al seleccionar digitalmente, es decir mediante la opresión con un dedo, alguna de las alternativas, aparece otro menú con el tipo de transacción que se desea realizar: tarjetas de crédito, pago de servicios, cambio de cheque, etc. Al momento de seleccionar, de la misma manera, alguna opción, la máquina conectada a un sistema central, le asigna un número, el cual para no asustar al usuario tiene una letra antepuesta y así los números son menos.  Pero esto no es lo que lo reduce a uno a la nada, es decir, lo anonada, sino que en cada máquina, sentada en un banquito de bar, a una altura conveniente, para ella, está una edecán, de igual manera impecablemente uniformada, quien con una amplia sonrisa le lanza un atento buenos días o tardes, según sea el caso y espera, con una mirada de psicólogo experimentado, la menor vacilación del usuario para ofrecer su invaluable ayuda.

Ahí es donde me he preguntado, cuál debe ser el perfil del usuario para que pueda operar una de estas máquinas sin la ayuda de nadie.  Como me imagino que el instructivo del referido aparato no ha considerado necesario incluir dicho perfil, voy a tratar de redondear uno.  En primer lugar, el sujeto que utilizaría el aparato debe saber leer y escribir, o por lo menos leer.  Según las estadísticas del MINED, tal como lo precisaría El Firuliche, el índice de alfabetización en la zona urbana de la ciudad de Managua es del 96.53 por ciento y haciendo un malabarismo digno del citado personaje, del total anterior, el porcentaje de personas que acuden a la casa matriz de una sucursal bancaria a realizar una operación alcanza el 99.984 por ciento.  De tal forma que la probabilidad de que una persona llegue a esa casa matriz y no pueda accionar la máquina dispensadora de números por no poder leer lo que dice, es equivalente a la ocurrencia de la muerte de un obispo.  Aquí se hace la jaculatoria.

Si hablamos de coeficiente intelectual, se podría asumir que alguien con un C.I. de 80 o más, puede, sin mayor problema, interpretar el menú de opciones de la máquina que asigna el número, por lo tanto, podría decirse que un 92.15 por ciento de los que acuden al banco, puede interpretar el funcionamiento de manera correcta y un 7.22 por ciento adicional, con cierta dificultad, pero al final intuitivamente lograría descifrar su funcionamiento.

Por lo tanto, podríamos concluir que no existe una razón evidente, de parte de los usuarios, para asumir que puedan necesitar ayuda para obtener, a través de un artilugio, un simple papelito con un número impreso que señale el turno que le corresponde para su atención en las cajas bancarias.

Al inicio, me sentía ofendido cuando estas señoritas, me ofrecían su trascendental ayuda para utilizar el aparatito.  Les respondía –Muchas gracias, señorita, pero ya tomé un curso en Harvard sobre el manejo de este tipo de aparatos. Sin perder la compostura, la edecan, ahora sin su sonrisa Colgate, masculla entre dientes algo que no se logra entender.  También me gustaba ver sus rostros cuando les decía: -Gracias, señorita, acabo de saltar el borderline y ya puedo.   De esta forma, el acudir a esa sucursal era motivo de buscar una chusca respuesta a la solícita señorita.  Cuando me aburrí de sacar esos chistoretes, opté por responderle su saludo en inglés, con un acento bostoniano, en francés parisino o en italiano napolitano, lo cual inmediatamente las convencía que no necesitaría su ayuda.  Algunas veces estuve tentado a utilizar aquel viejo dicho que utilizaba tan frecuentemente en el habla nicaragüense: Avión, pues, que se aplicaba cuando alguien quería sobredimensionar a alguien o a alguna cosa.

La gran interrogante es, en qué se basaron los brillantes funcionarios de esa institución bancaria para determinar que en Managua se necesitaba de ayuda para que se pudiera usar el aparato que asigna los números.  Sería acaso que sus parámetros para calificar la inteligencia de los usuarios son más rígidos y coligen que alguien que puede pagar los intereses que cargan en sus préstamos o en sus tarjetas de crédito, no tienen muchas luces.   Tratando de ponerme es sus zapatos he pasado buenos ratos cavilando en la razón que los condujo a que asignaran a un par de jovencitas para ayudar el manejo de los aparatos en cuestión.  Otra cosa que se me ocurrió es que al igual que en el gobierno, el nepotismo o bien el amiguismo es una práctica común en el sector privado y al no contar con más puestos de trabajo productivos, tuvieron que inventar ese par de cargos para cumplir con un par de compromisos de los directivos.

Así pues, estimado lector (a), si alguna vez le toca acudir a esa institución y al ingresar mira al par de edecanes, elegantes, sonrientes y prestas a brindarle ayuda, tiene dos opciones, una es quedarse patitieso ante la máquina, volver a ver al cielo y esperar que como el ángel de la guarda, la señorita le ayude a resolver tan intrincado problema o bien, llenarse de suficiencia y sin volver a ver la pantalla, presionarla en forma magistral dos veces, con el dedo índice, nunca utilice el medio y antes que ella diga algo le lanza un: Danke Schön.

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Barquito de papel

Cuando el canal era un río,
cuando el estanque era el mar,
y navegar
era jugar con el viento,
era una sonrisa a tiempo…

Serrat

Las lluvias que han azotado recientemente a la región centroamericana de manera tan pertinaz, me han traído a la mente aquellos días de mi niñez, en donde sobre el techo de tejas de barro de la casa de mis abuelos, el cielo parecía caerse, así como el afán de mi abuelo por tener listos todos los canales que recogieran el agua para conducirla a la pila o aljibe que estaba en la parte posterior del patio y que proveía de agua para algunos menesteres de la casa.  Algunas veces el torrente de la corriente que venía del patio, más alto que la casa, provocaba que se introdujera un alud de agua y lodo, lo que provocaba las carreras de todas las mujeres que escoba en mano se dedicaban a achicar.  Yo me sentaba por horas en la puerta de la casa a observar las figuras que formaban las gotas de agua al chocar contra el suelo, sin embargo, lo que más me emocionaba era la posibilidad de fabricar un barquito de papel y depositarlo en la corriente que velozmente pasaba por la cuneta, sueño que en aquella casa nunca logré cumplir, pues la sobreprotección de la abuela tenía miles de pretextos para no permitir que bajara a la acera a dejar mi barquito, desde una pulmonía a un resbalón que pudiera provocar la ruptura inevitable de un hueso o ni quiera Dios, de la columna vertebral.    Sin embargo mi abuela era tan benevolente que comisionaba a una muchacha para que en mi representación bajara a la acera y lo depositara en la corriente en mi nombre.   Como diría el Cinco Estrellas cuando estando en el mar de paseo se dio cuenta que se habían olvidado llevar la botella de licor: “Entonces, ¿cuál es la alegría?”.

Cuando dejamos la casa de los abuelos para ir a nuestra casa propia, la lluvia dejó de ser tan misteriosa como antes, ya no me entretenía mirando las figuras de la lluvia al caer en el pavimento y en una ocasión hice una barquito de papel y sin mayor problema salí a la calle, lo deposité en la corriente que rauda se dirigía hacia El Calvario y me quedé observando cómo se alejaba, sintiendo la lluvia caer sobre mi cabeza y sin imaginarme que en aquel barquito se iba mi infancia.

Desde entonces me gusta caminar bajo la lluvia, sin llegar a los extremos de Gene Kelly, será tal vez un diferido acto de rebeldía ante aquellas severas restricciones de mi niñez, de tal manera que cuando Armando Manzanero compuso a finales de los sesenta Esta tarde vi llover, sentía que yo era de esos que no corrían con la lluvia.  Cuando descubrimos a Serrat, obviamente su composición Barquito de papel ocupó un lugar especial en mi ánimo, pues retrataba todo lo que representaba para un niño aquel aventurero audaz, jinete de papel cuadriculado.

A mis hijos ya no les entusiasmaron ni los barcos ni los aviones de papel, pues sus iniciativas de construcción las resolvían con sus Legos, así que nunca supieron de aquel significado especial de las lluvias y de la emoción de colocar un barquito de papel en la corriente pluvial.

Hoy en día, ya la meteorología ha avanzado tanto que se pueden predecir muchos de los fenómenos naturales que antes nos sorprendían, manejando en su terminología centros de baja presión, ejes de vaguada o depresiones tropicales, dejando en el olvido aquella sabrosa palabra que era vendaval.  El cambio climático ha provocado una mayor intensidad en las lluvias y al asomarme ahora a ver la corriente que pasa por mi calle, no deja de causar temor, por el tremendo caudal que corre a una velocidad tal que es capaz de levantar completamente un tramo entero de adoquinado, que si la viera mi abuela regresaba de inmediato al sueño de los justos.

De cualquier manera sigo añorando aquellos días en donde la simplicidad de la vida me hacía ver tan misteriosa a la lluvia y me emocionaba al máximo la idea de hacer un barquito de papel para ponerlo en la corriente, pues ahora siento que en esta vida estoy frente del timón de un barco, que cada día se me hace de mayor calado, en donde debo mantener el rumbo en un vendaval que a veces pareciera empeñarse en llevarme a pique.

Imagen tomada de http://usuarios.multimania.es/jnaraim/imagenes/Barquitode%20papel.jpg

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El legendario Jeep

Decía Chesterton que lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es una maravilla.  Por eso no me canso de repetir que la década de los cincuenta del siglo pasado tuvo años maravillosos.  Sería tal vez porque era un eterno descubrir y experimentar en un mundo que en la distancia nos parece mucho mejor y en donde el verdor que nos rodeaba combinaba perfectamente con el color de la esperanza que ardía en nuestros corazones.

Aún recuerdo las apacibles calles de mi pueblo, en donde los niños podíamos jugar sin fronteras ni temor, pues el tráfico vehicular era mínimo y los pocos vehículos que transitaban lo hacían con extrema precaución, a una velocidad moderada, al ritmo de esa tranquilidad que caracterizaba la vida del pueblo.

Dentro del escaso parque vehicular de aquella época destacaba sin lugar a dudas el emblemático Jeep, el incomparable vehículo de doble tracción que después de haber servido con altas calificaciones en la Segunda GuerraMundial, sirvió con el mismo estándar en el desarrollo del sector agropecuario de la segunda mitad del siglo XX.  San Marcos, Carazo llegó en ese entonces a su plenitud en el cultivo del café y en gran medida el uso de un vehículo con las características como el Jeep contribuyó a modernizar la actividad al facilitar el desplazamiento de los cafetaleros.

La mayoría de aquellos vehículos eran norteamericanos de la marca Willys, aunque había unos cuantos ingleses Land Rover.  Especialmente en el período entre noviembre y febrero, el tráfico de dichos jeep se intensificaba por la temporada de corte y escogido de café, en algunos casos con un trailer adosado a la parte posterior que acarreaba desde personas hasta insumos e implementos.

Una de las aventuras más impresionantes en mi infancia ocurrió a bordo de un Jeep Willys.  Tendría yo unos cuatro años, cuando un domingo un agricultor de La Conchallegó a buscar a mi padre, pues su esposa estaba muy enferma y quería que él la auscultase.  Como mi padre era un médico muy ajustado al juramento hipocrático, sin importar que fuese su día de descanso, accedió a visitar a la señora, aceptando viajar en el Jeep del agricultor.  Como mi padre no quiso dejarme en la casa, optó por llevarme, sentándose él en el asiento del pasajero del vehículo y colocándome en la parte posterior, en donde había dos especies de asientos que formaba la carrocería del automotor.  En aquel tiempo el camino a La Conchaera infame y pasando la pila de Sapasmapa atravesamos un trecho sumamente accidentado, brincando a tal punto que en uno de los saltos salí disparado fuera del vehículo.  El problema más grave fue que ni mi padre ni el conductor se dieron cuenta y siguieron hasta La Concha.  Afortunadamente mi caída no causó ningún traumatismo severo, más que raspones y el terror de verme a en el camino en medio de un polvazal.  Aparentemente se percataron de la caída unos lugareños que vivían al lado del camino y salieron en mi auxilio, llevándome a la casa en donde me lavaron los raspones, me dieron agua y me tranquilizaron.  Luego me llevaron a un tronco que servía de asiento muy cerca del camino y ahí esperamos.  Al llegar a La Concha el susto de mi padre fue mayúsculo al no encontrarme en el vehículo, sin embargo, no perdió la calma, entró rápidamente a ver si la señora no estaba en situación extrema y al constatarlo, regresó con el dueño del Jeep a recorrer de regreso el camino, tocando el claxon regularmente, hasta que al final de cuentas observaron a la gente que desde el tronco les hacían señas.  Después de agradecer a esas personas, mi padre y el señor regresaron a La Concha en donde con calma examinó a la señora y le prescribió lo conducente.  La verdadera historia se la relató mi padre a mi madre hasta una semana después y a los abuelos nunca, pues se hubiera desatado la de San Quintín, así que para ellos me había caído jugando con unos niños.

Muchos años después tuve la oportunidad de conducir un Jeep Willys, cuando trabajaba para el Banco Nacional y debía realizar inspecciones en varios puntos del país.  Fue toda una experiencia manejar aquel legendario vehículo.  En poco tiempo se acostumbraba uno a su ruido tan especial, pues tenía un ronroneo peculiar que aún con los ojos vendados uno podía adivinar que iba en uno de esos vehículos, al igual que se adivinaba a ojos cerrados el ruido de un VW Escarabajo. De la misma forma, se percibía un olor particular que no se producía en ningún otro vehículo y que no era precisamente de la combustión, sino más bien provenía de la transmisión.  Nunca llegué a necesitar la doble tracción pero aún recuerdo las tres palancas, una más grande al centro, la de las velocidades, la de la doble a la izquierda y la auxiliar a la derecha para la mayor o menor intensidad de la doble, conocida también como “la chancha”.   También tuve la oportunidad de manejar el Jeep Land Rover dela Casa Cural de San Marcos.

Además de los famosos Jeep en su versión original, en la década de los cincuenta conocimos la versión Wagon, que fue la precursora de la Wagoneer.  Este vehículo fue el preferido de los comerciantes del Oriente Medio que comenzaban vendiendo cortes a pie y luego de años de trabajo incansable ahorraban para agenciarse una de esas wagon, que en algunos lados se les conocía como camioneta de turco, de gran utilidad para ellos pues además del amplio espacio para los cortes y otros productos, tenía doble tracción y podían acceder a las regiones más apartadas del país.

Uno de los misterios más grandes alrededor de este singular vehículo es sin duda alguna el relativo al origen de su nombre.  Muchas versiones se han tejido alrededor de esto y a la fecha no se ha llegado a una coincidencia plena al respecto.  Unos manejan que proviene de la clasificación que hizo el ejército de los Estados Unidos cuando lo adoptó como vehículo estratégico en la segunda guerra mundial, bajo la etiqueta de General Purpose (Propósito General) que en inglés se abrevia GP y que se pronuncia Yi Pi y de donde se cree se contrajo a Yip.  Otros alegan que dicha clasificación nunca fue oficial en el ejército norteamericano y que el término Yip se utilizaba para designar a un nuevo recluta y como ese vehículo sustituyó a los grandes vehículos de guerra, se le designó con ese nombre.  Otros cronistas con más sentido del humor le achacan el nombre a un personaje de Popeye el marino, el gran héroe de los comics, que en los años treinta se hacía acompañar de un animal ficticio africano llamado Jeep, pues era el único sonido que emitía.  El caso es que cualquiera que hubiese sido el origen de su nombre el papel del Jeep en la segunda guerra mundial fue clave dentro de la estrategia de movilización del ejército norteamericano.

A finales de los años sesenta, fui al cine con mis hermanos a ver la película Los Mercenarios (Dark of the sun), con Rod Taylor, Jim Brown e Ivette Mimieux, film que se desarrollaba en el Congo.  Lo interesante es que casi al final de la película, Rod Taylor persigue a un villano estilo nazi a bordo de un Jeep Toyota, atravesando un escarpado y abruto terreno, peor que el viejo camino de La Concha, para finalmente meterse dentro de un caudaloso río y el vehículo como si nada.  En ese momento pensé que los días del Jeep Willys estaban contados.   En efecto, el jeep Toyota, así como también el Nissan Patrol, ambos japoneses, vinieron a posicionarse fuertemente en el mercado nacional, aunque estos últimos fueron de funestos recuerdos en la capital pues fueron utilizados por la temible BECAT (Brigada Especial contra Actos Terroristas), en donde patrullas recorrían la ciudad, buscando inicialmente células subversivas y posteriormente graffiteros urbanos y hasta hippies a quienes peloneaban.

De la misma manera que el video mató a la estrella de radio, la camioneta pick up de doble cabina vino a desplazar casi en su totalidad el uso del jeep dentro de las actividades agropecuarias y de comercio en áreas rurales, pues ofrecía la comodidad de un vehículo de pasajeros, con mayor capacidad y además un área para carga unido al hecho de contar con doble transmisión y en la mayoría de los casos aire acondicionado.  En los años setenta comenzó este cambio de manera paulatina, de tal forma que en la actualidad, el jeep es tan sólo una figura clásica del automovilismo.  La marca Jeep fue absorbida por la Daimler-Chryslery el jeep clásico es más que nada un vehículo de colección, sin ningún uso en áreas rurales y su línea fuerte está en las camionetas tipo SUV como la Cherokee.

Así pues el jeep va convirtiéndose en una pieza de museo, al igual que muchas cosas que en nuestra infancia eran de lo más común, como las máquinas de escribir, los radios de transistores, los mimeógrafos, las tizas, las máquinas de coser, las cámaras polaroid, los casettes y especialmente aquella incansable capacidad de asombrarnos.

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El Rey del humor blanco

Decía Nietzsche que “el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa” y en este mismo sentido, Camilo José Cela expresó que “el humor es la gran coraza con la que uno se defiende en este valle de lágrimas”.  Así es que el ser humano, desde pequeño comienza a desarrollar ese mecanismo tan importante para hacer frente a un mundo cruel y contradictorio y llega a administrar su humor de acuerdo a sus genes y al entorno en que se desarrolla.

Indudablemente tienen mucho que ver en el proceso, todas las manifestaciones humorísticas que el ser humano observa desde su infancia, tanto en el hogar, como en los diferentes medios de comunicación masiva.  Para aquellos que hemos alcanzado la gloriosa tercera edad, o están en el umbral de la misma, sin atreverse a traspasar, nuestra niñez se vio plagada de humorismo, principalmente del cine, los comics y posteriormente la televisión.  Grandes cómicos como Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Los tres chiflados, Cantinflas, Tin-Tan, Viruta y Capulina y varios más nos encaminaron en esa senda del humorismo que definió en gran parte nuestro carácter y esa capacidad de buscar el humor cuando nuestras vidas necesitan de esa válvula de escape.

Lo importante es que esos estímulos que recibimos del mundo exterior, especialmente en la niñez, estén de acuerdo con el grado de madurez del receptor y en este sentido, hay que reconocer a los humoristas que han sabido respetar esa situación, manejando un humor sencillo y sin ninguna malicia y es cuando hay que resaltar el trabajo de quienes supieron mantener esa línea de trabajo a lo largo de toda su carrera artística y me refiero en particular a Don Gaspar Henaine Pérez, conocido en el mundo de la farándula con el nombre de “Capulina” y reconocido posteriormente como el Rey del Humor Blanco, quien falleciera el pasado 30 de septiembre en la ciudad de México a la edad de 85 años.

Muchos nicaragüenses recordarán la singular figura del cómico mexicano, pues por casi cinco décadas trajo a nuestras vidas el humor a través del cine, la televisión y los comics, inicialmente al lado de Marco Antonio Campos Contreras, con quien formó el legendario dueto de Viruta y Capulina.

Recuerdo que sería allá por 1959 cuando en la matinee del Teatro Julia de San Marcos presentaron la cinta “La odalisca número 13”, en la que actuaban estelarmente Tin Tan y María Antonieta Pons, con la infaltable participación de Marcelo Chávez, el carnal de Germán Valdéz, así como Ramón Valdez, su hermano.  Como novedad apareció un par de actores cómicos nuevos, Viruta que hacía el papel del representante artístico de la pareja de bailarines formada por Tin Tan y la Pons y Capulina que interpretaba el papel de un emir de un país ficticio. De la película no recuerdo mucho, salvo tal vez que la fama de Tin Tan, motivó a que los productores se arriesgaran a realizar la película en Technicolor y todavía persiste en mi memoria una escena en el desierto en donde aparecían gigantescos recipientes de vidrio, sudados, conteniendo coloridos refrescos.    Luego llegaron varias cintas, principalmente en blanco y negro, con la pareja de cómicos en las más jocosas aventuras.  También incursionaron en la televisión con mucho éxito a través del programa “Cómicos y canciones” que se mantuvo por mucho tiempo en la televisión latinoamericana.   Sin embargo, lo que más nos gustaba era el comic que a inicios de los sesenta sacó Editormex bajo el título de “Las aventuras de Viruta y Capulina”, pues tenía la ventaja que salía regularmente a un precio accesible, un córdoba y cada ejemplar era compartido por toda la familia, las veces que se le antojaba.  Por otra parte, Héctor Macedo que tenía a cargo los textos de la historieta, asistido por Angel Morales quien realizaba los monos, es decir la parte artística de comic, se adaptaron al tipo de humor que llevaba la pareja de cómicos.  En algunas películas y principalmente programas de la televisión, los argumentos eran realizados por Roberto Gómez Bolaños, quien años más tarde saltaría a la fama como Chespirito y muchos recordarán que algunos de los sketches más famosos de Viruta y Capulina, se repetían de manera cotidiana en los programas de Chespirito.

En 1967 el dueto de Viruta y Capulina se separó y cada quien siguió con sus propios proyectos.  Indudablemente el alma del dueto era Capulina y fue quien logró mantenerse dentro de la misma línea humorística, montando inicialmente el espectáculo de El Circo de Capulina con el que permaneció en el medio por muchos años.  Cuando estuve en México en los años ochenta, Capulina participó en el programa de televisión “Las aventuras de Capulina” en donde aparecía junto al luchador Tinieblas y como novedad sacaban a un pequeño luchador llamado Alushe y que en el programa lo manejaban como un duende maya.  Mis hijos se hicieron aficionados a ese programa y además a todas las películas que Capulina filmó en esa década y que se repetían en la televisión mexicana y así una generación más sonrió con el humorismo blanco que caracterizó a ese cómico.  Me gustaba responderle a mis hijos cuando me hacían una pregunta: “No se, puede ser, a lo mejor, quién sabe, tal vez.”

La madurez de cada individuo le va señalando el momento en que el humor cambia hacia manifestaciones más adultas e incluso picarescas, sin embargo, cada quien sabe manejarse dentro de los límites que la convivencia social permite.

Con la aparición de la televisión de paga, se malinterpretó el concepto del humor y en lugar de buscar nuevas alternativas para divertir a la audiencia, la supuesta libertad que significaba la falta de censura motivó que muchos programas de humor se convirtieran en una verdadera bazofia en donde predomina la exaltación de la procacidad.  Quienes ha visto los programas de la cadena Telehit de México que se transmite en el cable nicaragüense pueden dar fe de lo bajo que ha caído el concepto de humor para esas gentes, en especial un programa llamado Las lavanderas, en horarios en donde todavía puede acceder la teleaudiencia infantil.

Ante semejante pérdida de valores, la figura de Don Gaspar es todavía más digna de admiración y a pesar de que la carrera del gran Capulina no ha sido aquilatada en su verdadera dimensión de parte de las autoridades y medios de comunicación mexicanos, como si las figuras de Cantinflas y Tin-Tan hubiesen ocupado todo el firmamento que no daban lugar a nadie más, tal vez ahora que falleció en gran cómico, es posible que del propio público surja el clamor para reconocer esa trayectoria de alguien que supo mantener una línea sostenida en el humor blanco.

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