Archivo mensual: marzo 2008

Ínclita raza optimista

Motociclista

En años recientes se ha puesto muy de moda la realización de estudios para determinar aspectos tan subjetivos como lo es el relativo a la felicidad y así, varios esfuerzos han desembocado en listas de los países más felices del mundo.  Uno de estos análisis, realizado por un psicólogo analítico de la Universidad de Leicester, Inglaterra, concluye que los daneses son los más felices de la tierra, seguidos por los suizos y los austriacos, y entre los más infelices están algunos países africanos.  Otro estudio realizado por la Universidad Erasmus de Rótterdam de Holanda, concluye que Colombia es el país en donde la gente se siente más feliz.  Por otra parte, el Índice de Planeta Feliz, desarrollado por la ONG llamada NEF, en conjunto con Friends of the Earth revela que la isla Vanuatu, en Oceanía, es el lugar más feliz de la tierra.  Una encuesta realizada por World Values Survey arrojó como resultado que los venezolanos son los más felices del mundo. 

Indudablemente estos resultados han provocado las más diversas reacciones, puesto que se trata de apreciaciones que no dejan de tener un alto contenido de subjetividad, aunque se empleen indicadores serios relacionados con el bienestar, la autoestima, la relación con el ambiente y otros.  Así que es lógico que pueda prevalecer cierta incredulidad ante dichos resultados, pues aún en el caso de clasificaciones basadas en estadísticas de aspectos objetivos, siempre habrá alguien que no esté muy convencido de las conclusiones de los mismos. 

Nicaragua no se encuentra, obviamente, entre los más felices de la tierra en ninguno de los estudios y si nos sirve de consuelo, tampoco se encuentra entre los menos felices.  Esto nos indica que, según estos análisis, no somos ni felices ni infelices, sino todo lo contrario. 

No obstante, sería posible afirmar, sin temor a equivocarnos, que los nicaragüenses son los más optimistas del mundo.  Lo anterior no parte de un estudio profundo, ni utiliza complicadas regresiones econométricas o indicadores demasiado elaborados, sino de una apreciación que se basa en la simple observación y en un sencillo análisis comparativo y que al final de cuentas podrá provocar las mismas reacciones que los estudios citados anteriormente y tendría tal vez, la misma validez en cuanto a credibilidad que pueda despertar en la sociedad. 

Basta con observar la vida cotidiana del nicaragüense para poder coincidir con esta aseveración.  Por ejemplo, en ningún país del mundo, el ciudadano tiene el optimismo suficiente para creer que la probabilidad de verse involucrado en un accidente y en especial automovilístico, es cercana a cero.  Esto se puede corroborar tan sólo saliendo a la calle en donde es posible encontrar diversas manifestaciones de esta actitud.  Vehículos transitando contra la vía, pues la posibilidad de encontrarse de frente con otro es mínima, así como la de que sea pescado por la policía.  Una gran proporción de motociclistas que conduce sin casco protector, muchas veces lo traen de adorno a un lado o en un arranque de extremo positivismo van acompañados además por su esposa y dos hijos, ninguno con la mínima protección.  No es menor la cantidad de automovilistas que viajan sin utilizar el cinturón de seguridad o bien quienes no cuentan con un seguro de accidentes. 

Al realizar un amplio recorrido por los bares y demás antros, especialmente de la ciudad capital, puede observarse que la asistencia a los mismos, no importa el día de la semana, es asombrosamente nutrida, lo cual revela la enorme capacidad del nicaragüense para distinguir entre lo que puede cambiar y lo que no puede, lo que le permite relajarse y ahorrar energías para enfrentar los problemas de manera positiva, con la mejor actitud.  Este optimismo frente a las adversidades, que le permite eliminar el estrés mediante la relajación, repercute también en una mejor manera de sobrellevar las enfermedades crónicas. 

De la misma manera puede apreciarse la gran afluencia a los casinos que han florecido en el país, con la buena esperanza de cambiar de un solo golpe su vida. También es impresionante el optimismo de muchos nicaragüenses que piensan que casi la totalidad de sus conciudadanos padece de amnesia.  Esta firme convicción los lleva, entre otras cosas, a evadir el pago de sus deudas y a los políticos a convencerse de que sus antecedentes y en particular lo malo que hicieron en el pasado es asunto olvidado.  

Esta perspectiva de la vida le hace pensar al nica que sus problemas siempre tendrán una solución y que en la mayoría de los casos va a venir del exterior.  De esta forma, existe la plena certeza de que el flujo de remesas que sostiene a la economía, se mantendrá siempre y es posible que se incremente en el futuro, pues no existe la menor posibilidad que los que envíen las remesas envejezcan y si eso llegara a ocurrir, sus hijos, como promesa ante el Señor del Rescate, mantendrán viva la tradición, además todos ellos son inmunes a las recesiones que puedan ocurrir en los Estados Unidos.   Así mismo, la ayuda internacional seguirá financiando por siempre los principales programas de inversión nacional y no existe la probabilidad de que sus prioridades o políticas puedan cambiar en el futuro cercano. 

En cuanto a la naturaleza humana, no puede haber el mundo un optimismo mayor respecto a su evolución hacia un estadio de perfección.  El nica cree a pie juntillas que los políticos van reformándose y que el tiempo se encarga de hacerlos verdaderos líderes y caudillos de su pueblo.  En los recién casados también puede observarse esta actitud, pues los esposos creen que su pareja será cada día más guapa, más comprensiva, más tolerante; mientras que las esposas tienen la fuerte creencia de que su marido va a cambiar, especialmente cuando durante el noviazgo mostró su carácter de jugador, borracho y/o mujeriego. 

Cuando se habla del calentamiento global, el nicaragüense mantiene una actitud positiva, pues aquí ya es demasiado caliente como para calentarse más, de tal forma que las consecuencias de este fenómeno serán para los países fríos y que además son los causantes del fenómeno, por lo tanto, será más fácil emigrar a Canadá y trabajar en un clima no tan adverso. 

Es tan grande el optimismo del nica, que una declaración de un funcionario o político basta para dar por sentado que los problemas nacionales se solucionarán de inmediato, así las promesas e incluso los eslóganes caen en el fértil terreno de la credulidad. 

El desempleo agobia al nica pero su espíritu se mantiene incólume y envía su Currículum Vitae a cuanto anuncio de requerimiento de personal aparece en los medios de comunicación, no importa que no llene los requisitos, hay que mantener una actitud de “a la por si pega”; tampoco tiene relevancia la certeza de que muchas instituciones realizan las convocatorias para “taparle el ojo al macho”, pues en la mayoría de los casos el cargo ya está “amarrado”. 

Ante estos resultados, una famosa universidad italiana se encuentra muy interesada en profundizar en estas cualidades del nicaragüense, con el fin de ampliar sus conocimientos en la incipiente rama de la ciencia llamada psicología positiva, que arrojará interesantes conocimientos sobre la actitud de nuestros conciudadanos y su efecto en la prevención de enfermedades, especialmente las mentales. 

De esta manera sobran elementos para concluir que ningún país en el orbe tiene habitantes tan optimistas como los tiene Nicaragua.  El lema tan enarbolado de “jodidos pero contentos” es una muestra del espíritu del nica, que no sólo ve un vaso medio lleno, sino que espera que en breve esté rebalsando, pues bien nos adelantó el Vate: “Abominad la boca que predice desgracias eternas, abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos”, pues al fin y al cabo, no hay mal que dure cien años… ni cuerpo que lo resista.               

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Roconolas lejanas

Roconola

En 1967 ingresé a la universidad, entonces San Marcos ni soñaba con llegar a ser ciudad universitaria y la única alternativa viable era ir a estudiar a Managua.   Mi familia todavía no decidía trasladarse a la capital, por lo que tuve que alojarme con una prima de mi padre, la tía Leticia.  Ella había tenido el tino de conseguir una casa para instalar una pulpería en el sector oriental de Managua, misma que le ofrecieron con un alquiler bastante reducido.  No habían transcurrido ocho horas de haberse trasladado cuando se dio cuenta del motivo de tal ganga.  La caída de la noche llegó con un ritmo sabrosón que procedía de una roconola y cuando salió a la calle a averiguar encontró que en la casa vecina se había encendido una luz roja.   Al frente, el Restaurante Tía Ana se había convertido en bar y su roconola se unió al concierto, sumándosele minutos más tarde la del Bar Los Caracoles, unas casas hacia el oeste. 

Fue demasiado tarde cuando mi tía se dio cuenta que se había ubicado en el propio epicentro de la zona roja del sector oriental de Managua.  Su inocente provincianismo no le había permitido analizar correctamente sus alternativas de localización.   

La Miscelánea Lety, así se llamaba el negocio de mi tía, estaba ubicada en la Calle del Trébol, paralela a la Calle 15 de septiembre, propiamente a espaldas de la famosa clínica del Dr. Paco León Rodríguez.  A su lado estaba un burdel sin nombre ni rótulo y a excepción de la pequeña luz roja, no había señas particulares que acusaran al negocio que ahí se albergaba.  Se le conocía simplemente como “La Toña” debido al nombre de su propietaria, una señora chaparrita, elegante y que hacía que su negocio marchara como un reloj; tenía además la delicadeza de manejar bajo el volumen de su roconola, me imagino como parte de su camuflaje.  El restaurante bar Tía Ana era un local pequeño, contaba apenas con ocho mesas y tenía fama de servir unas buenas sopas y bocas decentes; en ese local trabajaba una mesera que se encargaba, además de servir, de poner el orden, pues a pesar de su menuda estampa tenía la fuerza para derribar al propio Ratón Mojica.  El bar Los Caracoles tenía la particularidad de ser atendido por meseros gay, comandados por un tipo alto, moreno, parecido a Yaphet Kotto, a quien apodaban “Toña la negra”.  Los clientes de ese local, de acuerdo a lo que miraba desde la miscelánea de mi tía (que conste), eran aparentemente heterosexuales a quienes les gustaba que les sirvieran estos meseros. En la misma acera de enfrente, hacia la esquina este, estaba otro prostíbulo perteneciente a una señora llamada Engracia, una cuarentona que manejaba una de las primeras camionetas pick up de doble cabina que se vieron en Managua.  De esa esquina media cuadra al sur estaba el emblemático Cafetín Tico Nica Oriental “La vida en rosa” también del mismo giro.  Más al sur estaba el recién inaugurado Cine México.  De la esquina oeste al sur estaba el famoso Malinche, un prostíbulo de mala muerte y que iniciaba una cadena intermitente de pequeños negocios de esta naturaleza que iban a dar a la legendaria Conga Roja en las inmediaciones de la gasolinera El Triángulo. 

Aunque en la actualidad estas coordenadas le pondrían los pelos de punta al propio James Bond, en aquella época era como estar en el ojo del huracán. En los dos años que viví en ese sector, nunca tuve ningún incidente y fueron muchas noches en que llegué a la casa de mi tía pasadas las diez de la noche, atreviéndome en algunas ocasiones a ir a la tanda de ocho del Cine México. 

Para mi fueron inolvidables las caminatas diarias hacia la Facultad de Economía, en el extremo occidental de la ciudad.  Salía de la miscelánea de mi tía y tomaba toda la calle 15 de septiembre iniciando en la clínica Barbosa, pasando por la camisería Pérez, el cine Luciérnaga, la discoteca Juvenil, el cine Palace, la casa Pantoja, la panadería El Colmado, la gasolinera de Santo Domingo, los billares el Danubio Azul,  la Estación Caldera, la Sala Evangélica, El Verdi, la Camisería Record, la librería del Dr. Ramiro Ramírez Valdez, la agencia de viajes de Luis y Arturo Cuadra, la Casa Ampié, hasta llegar al famoso Jardín Central, un expendio de cerveza de la Victoria, ahí tomaba hacia el norte pasando por la Kodak, la Nomar, el Almacén Deportivo, la Vestex, Discolandia,  las Camisas Venus, Carlos Cardenal, el Banco de América de la esquina de los coyotes, Jorge del Carmen, el Lacmiel, la clínica del Music Master Polidecto Correa, la Inmobiliaria, la Carne Asada, el Gran Hotel, el Palacio Nacional, hasta llegar al Parque Central, luego viraba al occidente un par de calles pasando por el Palacio de Comunicaciones hasta llegar a la Facultad, que estaba frente a la casa del Dr. Vargas;  una cuadra al norte estaba el edificio del Diario La Prensa en la Calle El Triunfo.  Muchas veces tuve que realizar ese trayecto dos veces al día.  El viaje que realizaba temprano por la mañana era inigualable pues era una experiencia única ver despertar a la vieja Managua y por la noche, era todo un espectáculo de luz, con el toque melodioso al pasar por el Gran Hotel, donde ensayaban los tríos que luego se apostarían en el Munich.   

Me esmeré en abandonar el caminado pueblerino que sin querer se le pega a uno y adoptaba un aire desenfadado, algo parecido a como lo hizo John Voight un par de años más tarde en Midnight Cowboy, cuando caminaba en las calles de Nueva York al ritmo de Everybody´s talking de Nilssen. 

En esa época trataba al máximo de estudiar durante los espacios del día que no tenía clases para no desperdiciar oportunidad para ir al cine.  Me conocí todos los cines del rumbo, el Trébol, el Luciérnaga, el México, el Ruiz, el Tropical, el Darío, aunque nunca me atreví a entrar ni al Fénix, ni al Apolo, ni mucho menos al Palace. 

Cuando tenía tiempo salía a ayudarle a la tía Leticia en su negocio y así llegue a conocer a todo el vecindario, en especial a las muchachas de donde La Toña.  Todo el maniqueísmo que se había enquistado en mi mente, después de casi once años con los reverendos hermanos cristianos de La Salle, vino a derrumbarse al conocer la cotidianeidad de estas personas; aprendiendo que no existe “vida fácil” o “vida alegre” y que las “mujeres malas” no son las que se dedican a ese negocio, sino aquellas que mantienen vivo el odio en su interior.  Viéndolas como clientes detrás de un mostrador, llega uno a darse cuenta que no son ángeles ni demonios, sino personas a quienes la vida pone en un camino que deben andar sin el entusiasmo que se cree.  Antes de que el Gabo las entristeciera en su novela, yo llegué a adivinar en ellas sus destellos de ilusión al comprar un perfume, su desencanto al adquirir un espejo o su tedio al llevar un sobre de café instantáneo por la mañana. 

Me acostumbré a estudiar con música y con un radio portátil que me había regalado mi tía Leticia; así podía decidir lo que deseaba escuchar, pues de otra manera eran las roconolas quienes marcaban la pauta.  Eran los tiempos de Black is black, Try to remember, Penny Lane, 500 miles, Georgy girl, Never my love, Happy Together, Light my fire, Day Tripper, I am a rock, San Francisco, Brown eyed girl, All you need is love, To sir with love, I´m a believer, The letter, This is my song, Hello goodbye. 

Después de las siete de la noche, las roconolas iniciaban su concierto y Hugo Blanco se convertía en el rey, pues para entrar en calor nada como El paso de la mona, El cable, La chispita, Cumbia con arpa o El cable submarino.  Sin embargo, había una hora, más o menos cerca de la media noche cuando los parroquianos daban rienda suelta a la cabanga y se entregaban en cuerpo y alma a la música que los hacía vibrar y las roconolas que a esa hora se escuchaban en lejanía inundaban la quietud con su romanticismo.  En esa época salieron varias canciones que se prestaban al cien a este efecto, por ejemplo todas las de Armando Manzanero, especialmente las interpretadas por Carlos Lico, Adoro, Todavía, Contigo Aprendí;  Marco Antonio Muñiz por su parte sacó un tema llamado Celoso y otro acompañado por una rondalla que se llamaba A la orilla del mar.  Sin embargo, ninguna le llegaba al sentimiento que producía la canción de Marco Antonio Vázquez, Noche Callada.  Todas las noches, durante muchos meses, cuando ya casi todo el sector quedaba desierto, decían sus compañeras de oficio que la Virginia, una de las muchachas de donde La Toña, religiosamente ponía esa canción en la roconola.  En medio de la quietud, de repente el silbido de Marco Antonio Vázquez atravesaba la noche y requería insistentemente: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mí.  

En ese lugar viví dos años y mientras en la Facultad incursionaba en el fascinante mundo de la economía política y aprendía los principios de esta ciencia, así como sociología, contabilidad, estadística y administración, en el Oriental aprendí los aspectos prácticos de la economía y administración, tal vez más valiosos.  Aprendí los detalles de la economía subterránea, la estadística aplicada, las fuerzas del mercado, las externalidades, los rendimientos decrecientes, los gustos y preferencias del consumidor, la elasticidad, las fluctuaciones económicas a corto plazo, el efecto demostración, la teoría del equilibrio.  Sin embargo, lo más importante que aprendí fue a administrar mi independencia.    

Han pasado cuarenta años y ese pedacito de Managua todavía vive en mi mente.  Ahora que mis lesiones me hacen caminar más como Dustin Hoffman que como John Voight en Midnight Cowboy, recuerdo mis elegantes caminatas atravesando la vieja Managua, aspirando sus múltiples aromas que quedaron sepultados en 1972.   

Algunas noches, cuando curiosamente se observa una quietud en mi vecindario, me parece escuchar a lo lejos un silbido rompiendo el silencio y de pronto como si se tratara de un reclamo,  resuena en mis oídos el estribillo: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mi, y luego silencio, de tal forma si no sé si es un sueño o es en realidad una roconola lejana. 

MARCO ANTONIO VAZQUEZ: NOCHE CALLADA

MARCO ANTONIO MUÑIZ: A LA ORILLA DEL MAR

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O tempora, o mores

Semana Santa

Era el 13 de abril de 1933, jueves santo.  El pueblo se encontraba aletargado esperando los oficios de la tarde.  El sol de medio día se ensañaba con las solitarias calles y una densa nube de silencio invadía los hogares que permanecían en la penumbra de sus encierros.  La botica de mi abuelo, cerrada a regañadientes, mantenía su puerta principal entreabierta, dando a entender que no se le negaría el servicio a ninguna emergencia.  Don Emilio aprovechaba la ocasión para preparar sus menjurjes y leer asuntos mundanos, ante la mirada desaprobadora de Doña Estercita, quien se entregaba a la meditación entre novena y novena.  En la casa, en donde no se encendía fuego desde el lunes santo, flotaba un dulce aroma de almíbares que contrastaba con el acre olor a tamales, pescados, rosquillas y demás provisiones que habían sido preparadas con la debida antelación para esa semana.  Los niños eran mantenidos en la más estricta formalidad; estaba prohibido correr, saltar o jugar, pues el Señor estaba en el suelo. 

De pronto, la quietud del pueblo fue interrumpida por un rumor in crescendo que provenía de la salida al Barrio de La Cruz.  Mi abuelo abandonó su lectura y salió a la calle para averiguar lo que sucedía.  Por la calle, un campesino y su caballo eran custodiados por Josecito, un policía ad honorem, seguidos por una turba enardecida que gritaba improperios contra el individuo del caballo.  Al pasar por la botica, mi abuelo le preguntó a Josecito qué había pasado. – Este hombre se atrevió a montar a caballo en jueves santo, respondió, agregando -Es un sacrilegio, lo llevo al Cabildo para que lo metan preso-.  –Pero eso no es delito – le dijo mi abuelo.  La turba rugió enardecida y mi abuelo decidió acompañar a la improvisada procesión al Cabildo, entró a la botica, tomó su sombrero y volvió a salir. 

Ya en el Cabildo lograron averiguar que el pobre hombre había ido al pueblo a comprar medicinas para su esposa que se encontraba enferma.  Aún así, los ánimos estaban caldeados y tanto el Alcalde como la gente opinaban que no importaba el motivo, era un sacrilegio y debía castigarse de algún modo.  Mi abuelo insistía en que ninguna ley prohibía a un ciudadano desplazarse por el territorio nacional en determinada fecha, sin embargo, la multitud se negaba a aceptar sus argumentos.  Cuando llegó el cura del pueblo, todos esperaron la condena final, pero mi abuelo se le adelantó y antes de que pudiera pronunciar una palabra, le dijo que estaban ante un acto similar al de la adúltera que el pueblo judío quería lapidar.  El cura le dijo que eso no tenía nada que ver, a lo que mi abuelo dijo alzando la voz: – el que se encuentre libre de pecado, que tire la primera piedra y que conste que yo conozco los pecados de todos los aquí presentes- y agregó mirando a los ojos al cura- y los puedo empezar a gritar.  Ante esta situación, un silencio sepulcral comenzó a reinar en el recinto y el cura no tuvo más remedio que agregar: -Este pobre hombre, sólo cumplía el deber de asistir a su mujer.  -Déjenlo que compre sus medicinas y regrese a su casa. 

La gente se calmó y sin tener nada que decir uno a uno regresaron cabizbajos a sus hogares.  Mi abuelo llevó al hombre a la botica en donde le dieron un refrigerio y le despacharon sus medicinas, no sin antes advertir que una bolsa con frijoles que había llevado para sufragar sus gastos, había desaparecido en el barullo.

Esa tarde mi abuela no fue a comulgar por el temor de que el cura o algún conciudadano le dijera algo, se quedó en la casa y de rodillas le pidió perdón al Señor porque en el fondo admiraba lo que mi abuelo había hecho. 

Así era la Semana Santa en aquellos días, llena de tradiciones, prohibiciones, supersticiones y mitos, en donde la gente se obligaba a guardar un exagerado recogimiento que llegaba a los extremos de este relato. 

Para los años cincuenta, las cosas habían cambiado un poco.  La Semana Santa siempre estaba revestida de una singular solemnidad, aunque el rigor ya no era el mismo. Tal vez ya no acusaban de sacrílego a quien se atreviera a montar a caballo o a conducir un vehículo, sin embargo, las carreteras aparecían cortadas por enormes troncos de árboles que los lugareños se encargaban de derribar y dejar a mitad de la vía, a fin de evitar la circulación de vehículos en esos días.  El silencio seguía reinando en esos días, pues ni las campanas sonaban y en su lugar se utilizaban unas enormes matracas para anunciar las funciones en la iglesia.  Las procesiones eran acompañadas por marchas fúnebres interpretadas por “chicheros” o “música de viento” como se les conocía, aunque ahora prefieren que se les llame filarmónicos.  Las radiodifusoras por su parte solamente pasaban música clásica o marchas fúnebres, mientras que otras simplemente callaban. 

Mi abuela siempre garantizaba el cumplimiento de las restricciones tradicionales, aunque ya podía encenderse el fuego todos los días y cocinar a diario; los almíbares, tamales, rosquillas y demás se preparaban como una tradición.  A los niños nos mantenía la prohibición de correr o jugar pues el Señor seguía en el suelo. 

Recuerdo que un jueves santo por la mañana, sería de 1956 o 1957, llegó de visita el párroco de ese entonces, el Padre Jacobo Ortegaray, muy amigo de la familia, quien al ver el piano que mi padre me había comprado, quiso inaugurarlo e interpretó Nostalgia, una vals que él había compuesto y le había dedicado a mi madre, quien mantenía una constante melancolía por su tierra y su familia.  Luego ya encarrerado siguió con otras composiciones de su repertorio, incluyendo una llamada La mula choca que tenía un ritmo bastante alegre.  Mi abuelo no cabía de gozo por esta licencia que se había tomado el Padre Ortegaray, pero mi abuela y la tía Mélida no daban crédito a sus oídos, pues mantenían la tradición del silencio.  A partir de entonces, las enormes restricciones en nuestra casa fueron poco a poco liberándose. 

A esa corta edad, la semana santa constituía un ciclo que transcurría entre lo prohibido y lo obligado, la extrema curiosidad ante los mitos y leyendas, el terror de que el viernes santo a las tres de la tarde hubiera un cataclismo, la fascinación por las frutas de la temporada, en especial los jocotes y el deleite de comerlos durante las procesiones, que eran indudablemente los actos centrales de estas tradiciones.  Iniciaban con la vela en El Calvario el sábado antes del domingo de ramos, el huerto, la procesión de la burrita, la de San Benito el lunes santo, la Sangre de Cristo el miércoles santo, la del Lignum Crucis el jueves santo por la mañana y la del silencio, exclusiva para hombres, por la noche, la Via Sacra el viernes en la mañana y la del Santo Entierro por la noche, la del pésame o Dolorosa el sábado y la más alegre de todas, la del Resucitado el domingo de pascua en la madrugada.  Esta última era mi preferida, pues era emocionante dormirse con la ilusión de que mi padre me levantaría antes de las cinco de la mañana para luego salir con él y todos los varones del pueblo acompañando a la imagen del resucitado, mientras por otra calle salía la virgen dolorosa escoltada por todas las mujeres y entre uno y otro un angelito anunciaba la buena nueva: ¡¡No estaba muerto!!.  El encuentro o “tope” era apoteósico, pues la pólvora anunciaba el final del recogimiento y los “chicheros” traían de nuevo la alegría al pueblo, como un preludio a las cercanas fiestas de San Marcos. 

El tercer milenio ha traído consigo los vientos del cambio y la fe se mueve ahora al compás de la globalización.  Los nuevos pecados dictados por el Vaticano se homologan a las grandes prioridades de la aldea global y las tradiciones poco a poco van quedando en el olvido.    La solemnidad es ahora un lujo que muy pocos quieren darse y por lo tanto la Semana Mayor ha cedido ante una sociedad mediática. 

En Nicaragua, la Semana Santa se ha convertido simplemente en las vacaciones de verano.  El Código del Trabajo consigna como feriados nacionales el jueves y viernes santo y los sectores público y privado hacen arreglos para que sus empleados disfruten del descanso toda la semana.  La publicidad rodea a esta época con invitaciones a viajar, a bailar, a beber alcohol, en fin a comprar todo lo que se necesita para disfrutar al máximo de estas vacaciones.  Una empresa ha fabricado su propio carnaval en plena cuaresma y discotecas, night clubs, centros comerciales, cines ofrecen sus mejores ganchos para atraer a quienes prefieren permanecer en la ciudad. 

El Señor ya no se encuentra en el suelo, pues millares de vehículos surcan las calles y carreteras a toda velocidad buscando un lugar para veranear y disfrutar de las vacaciones y las pistas de baile de centenares de antros vibran al compás de los más procaces reggaetones. 

Después de todo me siento afortunado de guardar tantos recuerdos de una tradición ya perdida, pues algunas generaciones sólo recordarán de Semana Santa, los viajes a la playa, una que otra lesión por quemadura solar, una intoxicación por sardinas malas, una o varias borracheras, una goma de querer operarse, uno que otro encabe, incluyendo un embarazo no deseado.  No conocen el olor a incienso, a corozos frescos, a pacayas regadas y sus oídos no conocen el tronar de una matraca llamando al oficio o la Agonía del Crepúsculo interpretada por los filarmónicos de Masatepe. 

Es algo para exclamar como Marco Tulio Cicerón: O tempora, o mores.

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Entre el elíxir y el brebaje

Taza de Café

Cuando el nicaragüense conoció el café lo aceptó de inmediato.  No tuvo que pasar por la vorágine que atravesaron los europeos antes de entregarle su afecto, más bien el nica tuvo el pragmatismo del Papa Clemente VIII, quien al ser consultado sobre el origen diabólico de la bebida exclamó:  “Esta bebida de Satanás es tan deliciosa que sería una pena dejársela a los herejes.  Debemos exorcizar al diablo y con el bautizo, hacer de este brebaje un elixir cristiano”.  

El sabor y aroma del café rimaban tan armoniosamente con los amaneceres nicaragüenses, de esos que se antojan al son de una mazurquita, que en poco tiempo fue cautivando a la población.  Cuentan que el café fue introducido al país a mediados del siglo XIX, por un médico jinotepino recién graduado, de apellido Matus, quien lo plantó en la finca de sus padres e inició uno de las actividades económicas más relevantes del país en el siglo que se avecinaba.  

A partir de entonces, la producción nacional fue creciendo y a pesar de que la mayor proporción de la misma se destinaba a la exportación, poco a poco el café fue convirtiéndose en un elemento básico en la alimentación del nicaragüense.  

De esta manera, a la llegada del siglo XX, no podía concebirse un desayuno nica sin una taza de café o bien de café con leche.  En esa época estaba tan arraigado el consumo de este grano que “tomar café” era sinónimo de desayunar, al igual que en Brasil el desayuno se llama “café da manhá”.  

Durante la primera mitad del siglo XX el consumo de café fue ampliándose en todo el territorio nacional.  Recuerdo que en la casa de mis abuelos paternos, en San Marcos, se desayunaba café con leche.  Para este efecto, mi abuela preparaba una “esencia de café” que era un súper concentrado que se mantenía en una vinajera en el comedor.  Los niños podíamos ponerle un chorrito de esencia a la leche, pero con eso bastaba para darle un delicioso sabor.   

Mi padre por su parte, era aficionado al buen café y sólo lo tomaba percolado.  Muchas veces lo acompañé a comprar su café en Managua; llegábamos al Mercado San Miguel y en un edificio donde se alojaban varios negocios, estaba el Café El Gallo, de don Santos Reyes.  Compraba una libra de café tostado y en nuestra presencia lo molían, despidiendo un delicioso aroma que inundaba todo el local, luego lo empacaban en una bolsa de papel kraft.  Mi padre mantuvo su afecto por el café hasta que le dio un infarto y desde entonces lo desterró de su vida para siempre.

Para los años sesenta, se inició en Nicaragua la producción y consumo de café soluble.  Lo práctico y accesible de este producto rápidamente captó la preferencia de los nicaragüenses y si bien en el pasado estaba acostumbrado a consumir un café que no era de la misma calidad que el de exportación, con el café instantáneo, la inclinación por el sabor auténtico de este grano comenzó a quedar casi en el olvido.    

También es importante señalar el daño que hicieron en el gusto de los nicaragüenses algunas empresas productoras de café tostado y molido que obligaron a los consumidores a acostumbrarse a tomar una infame mezcla de café de segunda o tercera con sorgo o maíz.  

El consumo de supervivencia que se dio en la década de los ochenta, también alejó a los nicaragüenses de la posibilidad de consumir un café decente, más bien los esquemas de consumo se configuraron hacia lo esencial y disponible.  

El siglo XXI ha sorprendido al nicaragüense con un sabor amargo en la boca que atenúa su extremo optimismo.  Muchos se despiertan con el agua chacha del café instantáneo y otro tanto con una vil mezcla de mal café con maíz o sorgo.  La modesta inyección de cafeína a su torrente sanguíneo, lleva el estímulo que necesita su sistema nervioso para las faenas diarias, aunque la principal sea buscar trabajo como aguja en un pajar.  

En torno a una mesa con café gourmet a discreción, los especialistas internacionales de comercio de productos agrícolas han recomendado la promoción del consumo interno de café en los países productores del mismo. Esto con el fin de fortalecer el mercado del producto y lograr incentivar el cultivo del grano.  Si bien es cierto, algunos países han logrado tener éxito en esta empresa, como por ejemplo Brasil, que en pocos años logró duplicar su consumo per cápita de café,  en el caso de Nicaragua, tratar de aumentar su consumo merece una expresión como la que solía exclamar mi tía Leticia en situaciones como esta: ¿De dónde?, papito.  

Con un ingreso per cápita cercano a los 900 dólares anuales, uno de los más bajos de la región y sin perspectivas de aumentar en el mediano plazo, es muy difícil que el nica pueda aumentar su consumo de café, pues este dinero apenas le alcanza para un consumo per cápita de 2.22454 kilos por año, como detallaría El Firuliche, lo cual en términos cristianos quiere decir que un nica consume menos de cinco libras de café al año, lo que equivale a seis onzas y media mensuales y lo peor del caso es que en su mayoría es de mala calidad.  

De cualquier manera, la promoción del consumo de café de calidad se ha realizado, con buen tino, en los sectores poblacionales con buena capacidad adquisitiva.     

Una de las estrategias que han surgido para la promoción del consumo de café de calidad ha sido la capacitación de “baristas” locales, que son los expertos en preparación de café en sus diferentes presentaciones; sin embargo, estos técnicos se limitan a aprender recetas, más enfocadas a la presentación que en la calidad de la bebida.  De nada sirve un café de concurso preparado por el mejor barista, si la materia prima utilizada es de segunda, pues el resultado podría ser un capuchino que con la espuma de encima formara una figura idéntica a la de Hugo Chávez, con todo y boina, pero al probarlo su sabor le recordará los discursos del controversial líder.  

Así mismo, las diferentes presentaciones del café pueden prestarse a disimular la calidad del grano con la mezcla de otros ingredientes.  Por ejemplo, un café irlandés preparado con café de tercera, ron de segunda o aguardiente y crema industrializada podría engañar a más de uno, pero al rato el consumidor se sentirá cachetón y hablando celta.  

Merece la pena señalar que el sector turismo no se presta a la promoción del buen café nicaragüense; a excepción de unos cuantos hoteles, la mayoría de los restaurantes sirven un café muy precario.  Hace algunos años me invitaron a un restaurante recién inaugurado, supuestamente el de más estrellas en el país y al final de la comida, muy buena por cierto, se me ocurrió pedir un café capuchino; cual no sería mi sorpresa cuando al probarlo me di cuenta de que era instantáneo.  Cuando al final llegó la dueña a preguntar nuestras impresiones, la felicité por la comida pero le reclamé agriamente por el café, a lo cual no le quedó más que argumentar que la máquina para el café todavía no se la entregaban.  

En los últimos años ha ocurrido una proliferación de expendios de café, desde el tipo cafeterías hasta los kioscos derivados de la “cultura del mall”, de tal forma que en estos tiempos es posible encontrar lugares en donde le pueden ofrecer un café decente.    

En la ciudad de Managua vale la pena visitar La Casa del Café, pionera en el rescate del buen café, en donde se puede disfrutar de una buena taza, especialmente en la tranquilidad de la terraza de su primer local en Altamira, que se presta para una reunión entre amigos o de negocios; en la sucursal de Metrocentro obtendrá el mismo café pero sentirá que está en una pecera.  Si se encuentra en la zona occidental y no quiere movilizarse mucho, puede ir a El Coche, contiguo a Price Smart, en donde también sirven un buen café en un ambiente relativamente tranquilo, si se hace de la vista gorda con los piratas de películas.  Si se encuentra sólo y desea disfrutar un buen café mientras se dedica a la filosofía, puede ir al Maragó, un kiosco situado debajo de las escaleras principales de Metrocentro, en donde las baristas tratan de complacer el gusto del cliente, incluso adaptando sus recetas a los caprichos de estos. Ahí, cómodamente sentado podrá saborear su café predilecto, al estilo con que lo hacía Honoré de Balzac y disfrutar del interminable desfile de personajes de la Comedia Humana.     

En mi caso particular, no puedo presumir cualidades de catador, pues no soy capaz de distinguir entre una taza de Blue Mountain de Jamaica y una de Kopi Luwak de Indonesia, pero sí entre una de la Casa del Café y una de El Caracol.  Aunque hace más de doce años un doctor me prohibió el café, me otorgué el beneficio de la duda y sigo consumiéndolo con mesura, nunca más de dos tazas al día.  

Finalmente, coincido plenamente con Clemente VIII, en que el consumo de café es una cuestión de conciencia.  Para calmar la mía, pienso en que yo consumo la porción de café que desdeña mi familia, por lo que permanezco cerca de la media nacional y respecto a la prohibición que me impuso el médico, simplemente recuerdo a Voltaire cuando dijo: “Claro que el café es un veneno lento, hace cuarenta años que lo bebo”. 

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Por una basura de calidad

La Chureca

Managua literalmente se está ahogando en basura.  Los camiones recolectores dejaron de hacer lo suyo debido a que en La Chureca, el principal, por no decir el único vertedero de basura de la capital, las personas que se dedican a rescatar de la basura recolectada el material susceptible de reciclar o de revender, les han impedido el paso en protesta porque no están recibiendo basura de “calidad”. 

Se quejan estas personas que la basura les llega ya “ordeñada”, es decir que alguien en el proceso anterior, se encarga de extraer todo lo valioso que contienen los desechos y que antes era facultad única de este colectivo. 

Dicen que para alguien que madruga hay alguien que se acuesta vestido y recientemente han proliferado algunas personas que se dedican a registrar la basura domiciliar antes de que pase el camión recolector, sacando todo lo que puede ser comercializable.  Por otra parte, también los encargados de los camiones hacen su descreme en el trayecto.  De esta manera, la basura llega a La Chureca prácticamente sin ningún valor o por lo menos con un valor menor a los estándares de utilidad que manejan estas personas, lo que ha provocado su airada reacción.   

Llama la atención de que de alguna forma, por el hecho de organizarse, estas personas se han arrogado el derecho sobre este vertedero y todo lo que en él se procesa.  Dicen que la costumbre hace ley y como en años nadie ha puesto orden en ese lugar, ahora resulta que ellos tienen el derecho de decidir el tipo de basura que debe de llegar y más aún, de impedir que la basura sea depositada en esos predios, como medio de presión, sin importarle el caos y los enormes riesgos que se están generando en la ciudad capital.   

No es remoto que en breve, la Alcaldía de Managua, responsable de la recolección y procesamiento de la basura en la capital, emita un comunicado exhortando a los habitantes de esta urbe, para que vigilen su basura, de tal forma que cada bolsa mantenga su valor, que es propiedad exclusiva del colectivo de La Chureca, es más, invitando a los capitalinos a que procuren abandonar cualquier asomo de eficiencia en su consumo, manteniendo al máximo el valor de sus desechos, pues hay que recordar que el sustento de estas familias depende en forma exclusiva del valor de la basura que llega a La Chureca.  No importa que la presión se derive de las dificultades para pagar las cuotas de los vehículos, el costo del cable, mensualidad del celular y demás, pues las utilidades que genera el negocio de la basura es millonario. 

Incentivados por lo anterior, no es remoto que el colectivo de amigos de lo ajeno del Mercado Oriental inicie una campaña de presión para promover que los asistentes al centro de compras más grande de Centroamérica, dejen de quitarse sus pertenencias valiosas antes de incursionar al mercado, así como paren de esconderse el poco efectivo que cargan en dicho lugar.  Lo anterior, debido a que igual que en el caso de La Chureca, sus posibles víctimas llegan como se dice popularmente, arráncame la vida, es decir, les están reduciendo sus ingresos significativamente. 

Por otra parte, fuentes bien confiables nos han reportado que recientemente existen presiones para detener la creación de mayores cuerpos de vigilancia privados, pues esta proliferación ha convertido a Managua en la ciudad más vigilada de la región y a alguien le está causando perjuicios.  

Como puede observarse, en Nicaragua los pájaros le tiran a las escopetas, el plomo flota, el corcho se hunde y la basura manda.

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