Archivo mensual: junio 2008

Divinas o populares

Es curioso que uno de los fenómenos sociológicos más interesantes que se han observado en Nicaragua en la última década no tenga nada que ver con la política.

Cuando a inicios de este año, a los “estrategas” del Canal 2 se les ocurrió echar a andar un concurso basado en el éxito alcanzado por la telenovela argentina “Patito feo”, nunca se imaginaron que la respuesta de su población meta sería tan amplia y entusiasta.

La telenovela en cuestión comenzó a transmitirse en Argentina a inicios del año pasado y rápidamente, comenzó a ganar popularidad no sólo en ese país, sino en toda América Latina, pues fue transmitida por cable a través de Disney Channel, además de muchos canales locales en diferentes países. En Nicaragua, está siendo transmitida por el Canal 2 local.

El argumento de la telenovela no es nada complicado, pues gira alrededor de la discriminación que se da en la escuela y que desemboca en el acoso, que ahora elegantemente se le conoce con el nombre de bullying. El personaje principal es Patito Feo, una niña que con la ayuda de unos grandes anteojos y un rústico trabajo de ortodoncia, se ubica en un sector de pre adolescentes que se amparan bajo la etiqueta de “populares”, con la esperanza de que en algún momento funcione el longevo cuento del patito feo y una mágica metamorfosis los convierta en un hermoso cisne, tal como en su oportunidad lo hizo la multi famosa Betty la Fea. La antagonista principal de la serie es Antonella, líder del grupo autodenominado “las divinas”, quienes por considerarse bonitas y “cool” discriminan a las “populares”.

La telenovela está acompañada de una banda sonora bastante pegajosa, así como de una coreografía que ha causado furor entre la audiencia de la misma, principalmente los sectores infantiles y pre adolescentes.

El concurso lanzado por el Canal 2 llamado ¿Sos Divina o Popular? constituyó una chispa que incendiaría el entusiasmo de miles de niñas y niños (pues en las coreografías hay participación masculina) que agrupados ya sea en el bando de las “divinas” o de las “populares” acudieron masivamente a las instalaciones de Televicentro Canal 2 en Managua, para tratar de ganar el primer lugar en su categoría.

Lo interesante del caso es que los grupos invariablemente provenían de los barrios más pobres de la ciudad capital, desde el Hugo Chávez hasta Bello Amanecer. Otra característica importante es que no existe un criterio definido para que estos grupos escojan el bando de “divinas” o “populares”, pues en estas comunidades todos pueden caer en el sector popular.

Puede ser que en algunos casos una bien cuidada autoestima pudiera orillar a un grupo hacia el bando de las divinas, o bien, puede ser que aquellos sectores que vivan bajo el modelo de sufrir ahora para gozar posteriormente, prefieran ser patitos feos, con la esperanza de llegar a ser cisnes en el futuro. Otro criterio pudiera ser la identificación de cada grupo con las canciones que pertenecen ya sea a las populares o bien a las divinas, las primeras orientadas a la amistad y buenos sentimientos y las otras, a la discriminación como punto focal.

Sorpresivamente, el citado concurso fue ganando cada vez más popularidad, con una enorme cantidad de participantes con una gran motivación, hasta el punto que fueron superando todas las dificultades financieras que para estos grupos puede representar el conseguir la indumentaria necesaria, que no sea el uniforme deportivo de su escuela. Se observó incluso que algunas comunidades recurrieron a la organización de kermeses a fin de sufragar esos gastos y copiar lo más exacto posible, la ropa los personajes de la telenovela.

No fue nada extraño observar que al concurso no acudieron los sectores como Los Altos de Santo Domingo, Las Colinas, Las Cumbres, La Estancia, Villa Fontana, pues las niñas de estos repartos más bien buscaban afanosamente entrar en el casting de El Principito, espectáculo organizado por la Sra. Vivian Pellas a beneficio de APROQUEN, o sea, nada que ver.

De repente, la fiebre del Patito Feo saltó a los departamentos y obligaron al Canal 2 a realizar concursos locales a fin de cubrir la enorme demanda de participación de parte de los barrios más pobres de Estelí, Masaya, Bluefields, Chinandega, Matagalpa y los departamentos que poco a poco se van uniendo a este fenómeno.

El éxito del concurso ha motivado al Canal 2 abrir un segmento diario de dos horas dedicado al mismo, que contiene un repriss de las principales actuaciones de cada segmento del concurso.

Dentro de algunas semanas, el jurado calificador nombrado por el Canal 2 va a seleccionar a los ganadores nacionales del concurso, para la categoría de las “divinas” y para la de las “populares”, me imagino que para no meterse en honduras no habrá competencia entre los dos grupos ganadores. Es posible que considerando la cantidad de competidores y el desbordante entusiasmo que ha generado el concurso, pueda haber inconformidades y manifestaciones de protesta por los resultados, pero la maquinaria de noticieros de la televisora tiene la capacidad para minimizarlos.

Lo interesante del caso es la cantidad de muchachos y muchachas que ha movilizado el concurso, convocatoria que no ha logrado ningún partido político, ni los CPC, ni predicador alguno, ni siquiera el Ministerio de Educación, quien por cierto ha prohibido la participación de centros escolares en la contienda.

Esto nos llama la atención hacia la necesidad que tienen amplios sectores de la población, especialmente en los grupos etarios de 4 a 13 años y que provienen de los estratos más pobres, de ser tomados en cuenta, de resaltar, de competir, aun cuando finjan una discriminación que entre ellos no es válida. De esta manera los anti valores que maneja la telenovela, no tienen cabida en estos sectores y de la serie derivan tan sólo el espíritu de competencia, la capacidad de asumir retos y el trabajo en equipo.

En algunos meses todo habrá terminado, habrán dos grupos ganadores y de tanto escucharse los temas de la telenovela, todo el mundo quedará hastiado y aunque se presente una segunda temporada de la serie, las divinas y las populares quedarán tan sólo como el símbolo de la capacidad de manifestarse de estos sectores. Es factible que en el Registro Civil, se incremente significativamente la cantidad de niñas inscritas con el nombre de Antonella.

El problema de la discriminación y el bullying va a continuar por mucho tiempo, pues se trata de algo demasiado arraigado en la sociedad. A medida que se asciende en los estratos sociales, más presente está el problema. Por lo tanto, la telenovela Patito Feo tal vez no tendrá un efecto tan nocivo en los sectores que se entusiasman con el concurso ¿Sos divina o popular?, sino en aquellos estratos de mejores condiciones económicas que son asiduos a la serie, pero que al observar a los participantes del concurso, deciden menospreciarlo. Como dicen popularmente, siempre las gallinas de arriba ensucian a las de abajo y cada pájaro tiene su gavilán. Así pues la más Divina del país, siempre encontrará a uno de los Darling de New York que la mirará como insecto.



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Padrino de funeral

Una de las cosas más sagradas en esta vida es la última voluntad de un ser humano. A excepción de aquellos a quienes la muerte sigilosamente los sorprende o aquellos que tienen el absurdo sueño de ser eternos, la mayoría de las personas que llegan a su plenitud, tienen por lo menos un esbozo de lo que les gustaría que ocurriera después de su partida de este mundo o por lo menos de lo que no les gustaría que sucediera.

El problema serio es que a la hora de una fatalidad, la familia, el círculo más íntimo del difunto, entra irremediablemente en un estado de shock, que no le permite discernir adecuadamente, mucho menos asegurarse que la voluntad del finado sea respetada. Claro que siempre sobra un acomedido, un pariente, un compadre, un amigo, un vecino, que aprovecha la ocasión y se “adueña” del funeral y hace y deshace de acuerdo a su propio criterio, sin importarle los deseos del difunto y organiza las honras fúnebres a su gusto y antojo, haciendo al final todo lo que el pobre finado aborrecía.

Tal vez la persona que pasó a mejor vida soñó en algún momento con ser enterrada con el vestido de su preferencia; aquel traje Emanuel Ungaro que tan bien le tallaba, en un ataúd de caoba con ligeros toques tallados en los extremos y un laqueado en un tono pálido. Se ilusionaba en recibir flores a montones, que inundaran con su aroma el recinto donde fuera velado, de preferencia alguna casa funeraria con amplio estacionamiento y en donde, para no empañar la ocasión, se sirviera tan sólo café y galletas. Tal vez pensaba en un servicio religioso en su iglesia parroquial, en donde el oficiante muy cercano al difunto, implorara, con la gravedad del caso, resignación para la familia doliente, mientras un órgano clásico con sus arpegios disimulara el constante, pero discreto, llanto de la concurrencia. Luego, que al momento de su inhumación, un amigo con dotes de orador, lanzara un panegírico, que sin exagerar la nota, hiciera que la concurrencia valorara su paso por el mundo y tuviera la plena conciencia que su partida representaría, en cierto modo, una pérdida para esa comunidad, y posteriormente un tenor local, acompañado por un buen guitarrista, Araica tal vez, cantara Las Golondrinas, mientras sus restos mortales bajaran a su última morada. Luego una sola misa a los nueve días y a otra cosa mariposa.

Sin embargo, el oficioso “dueño” del funeral, decide que es injusto que los gusanos se coman un buen traje, que algún conocido, incluyéndose él mismo, aceptaría gustoso en herencia y que algún ripio con un buen frente y una corbata negra de paca, podrían servir para la ocasión. Piensa también que no vale la pena en gastar en un ataúd de lujo, pues uno de talalate, de esos que desprecia el INSS, puede desempeñar si se maniobra con cuidado. Tampoco resulta acorde con la crisis actual el contratar un velatorio, si la casa del finado es enorme, con un frente amplio y un patio grande y es posible que no llueva la noche de la vela.

Dado su carácter sibarita, el acomedido piensa que no puede escatimarse en la atención a los asistentes y pide a los hijos del difunto, una generosa partida para comprar whisky, ron, viandas y demás exquisiteces para la ocasión.

Se emociona a tal punto que manda a publicar una esquela en el periódico en donde después de anunciar el lamentable deceso, la familia solicita encarecidamente que no envíen flores y que el importe sea enviado a una ONG de oscuro proceder.

Arregla también con un cura amigo de él, una misa de cuerpo presente en una parroquia al otro lado de la ciudad, en donde desde la entrada del féretro al templo, se inicia una charanga al compás de un conjuntillo de cuarta categoría que se arranca con una mezcla de tecno cumbia testimonial y de pronto la ocasión se convierte en una fiesta en donde hay que regocijarse por la feliz partida del difunto, pues en el cielo hay otra fiesta más grande y total que un poco más y todos se ponen a bailar en el oficio. La salida del difunto de la iglesia se hace al mejor estilo de Nueva Orleáns.

Luego en el cementerio se inicia un desfile de oradores que pareciera que nunca conocieron al difunto y posteriormente el ataúd desciende a la madre tierra al compás de un salmo a capella en la voz de una desafinada aspirante a soprano. Al final, la familia ya no sabe si llorar por su muerto o por la leve sospecha de que su funeral resultó ser todo lo que él detestaba y regresa medio atolondrada a su casa, mientras el feliz y acomedido organizador desfila con el pecho henchido de emoción por sus insuperables arreglos. A unos pasos, seis pies bajo tierra como decía la serie, el difunto todavía se retuerce como ostra ante el limón y aún más, cuando se programan nueve misas al hilo, con su respectivo rosario, en la parroquia del otro extremo de la ciudad.

Es aquí en donde se necesita urgentemente la figura del “padrino de funeral”, que es una persona de la mayor confianza del candidato a pasar al más allá, que mediante un voto solemne adquiere un compromiso serio, incluso más serio que cuando se lleva a un niño a la pila bautismal y que al momento de desaparecer el “ahijado”, este “padrino” defiende, si es preciso con su vida, la voluntad del finado respecto a sus funerales.

El “ahijado” debe de asegurar que su familia, obedezca fielmente las instrucciones que en su nombre dará “el padrino” llegado el aciago momento; siendo incluso prudente que el testamento esté ligado al sometimiento de los posibles herederos a lo que disponga “el padrino” en lo concerniente a las honras fúnebres.

El padrino por lo tanto deberá ser, además de la extrema confianza y afecto del ahijado, una persona de carácter fuerte, capaz de poner en su lugar a cualquiera, no importa quien, que se atreva a contravenir los deseos del finado. Debe ser una persona proba e intachable, de tal suerte que no se aprovechará de su encargo, además de que en caso necesario deberá asumir de su peculio cualquier gasto adicional en que se incurra y que la familia no esté dispuesta a asumir. Así mismo, no deberá dejarse llevar por sus emociones y toda su energía deberá estar encaminada al cumplimiento al pie de la letra de los deseos del difunto.

De esta forma, el finado tendrá una expresión plácida en su ataúd de caoba finamente tallado, de pálido tono y dará la impresión de que tiene un sueño gratificante al lucir su traje Ungaro a la medida y su corbata de seda en perfecta armonía, incluso con el alud de flores que se recibieron. Hasta parecerá que sonríe cuando “el padrino” en su delicada función, obliga, mediante una “llave”, a quedarse sentado a un improvisado orador y casi se le sentirá suspirar cuando un maestro del Conservatorio, acompañado de Araica, interprete Las Golondrinas, arrancándole las lágrimas a la concurrencia.

Así, al momento de caer la última palada de tierra sobre el fino ataúd, “el padrino” podrá susurrarle muy cerca: “Misión cumplida, ahijado”.

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El folklore del ballet

 

La danza es una de las manifestaciones artísticas más representativas del folklore de un país; en ella se encuentran de manera intrínseca la música, el vestuario, las costumbres, las creencias y las tradiciones de un pueblo.

 

En la danza folklórica nicaragüense se puede observar la fusión de los bailes europeos, el ritmo de la marimba africana, la cadencia de la guitarra española, el palpitar de las percusiones indígenas, las costumbres, especialmente en cuanto a indumentaria y las creencias locales, formando un todo que fue asimilándose en los albores de nuestra identidad hasta lograr una actitud comunitaria de aceptación. 

 

De esta manera, la danza, al igual que los otros elementos del folklore llega a nosotros como una realidad dada, que no es sujeto de cambios o apreciaciones personales.

 

Cuando a mediados de los años sesenta, la señora Irene López integra el primer conjunto llamado ballet folklórico, a pesar de que su propósito fue preservar y difundir nuestras manifestaciones autóctonas alrededor de la danza, sacó a la danza de su contexto original, pues en su mayoría esta es de carácter ritual y tiene efecto en lugares especiales, tales como los atrios de los templos.  En ese traslado del lugar original hacia un teatro nace la diferencia entre el folklore y lo que representa el ballet folklórico.

 

Doña Irene ha sido a lo largo de su carrera una luchadora incansable por la pureza del ballet folklórico respecto a sus raíces y una dura crítica de aquellos directores de grupos de este género que con el fin de destacar, poco a poco fueron introduciendo cambios en la danza o en la indumentaria, desvirtuando su esencia.  Muchos de ellos encontraron en el folklore mexicano una nutrida fuente de inspiración.

 

De repente, el tímido y señorial manejo de la falda de las inditas se convirtió en el vuelo y floreo tan característico del folklore mexicano.  El humilde caite de las muchachas fue sustituido por el zapato español de tacón utilizado en los jarabes mexicanos y las frescas flores de sacuanjoche en sus cabellos, por los coloridos moños de la nación azteca.

 

El ritmo acompasado de nuestros bailes, de repente adquirió el apresurado ritmo de la danza mexicana.  En fin, las versiones de nuestro folklore presentadas por estos conjuntos, no tienen nada que ver con la versión original de nuestras danzas, han sido retocadas y maquilladas de tal forma que al igual que un rostro lleno de Botox es muy difícil poder reconocerlo. 

 

Los espectáculos de estos grupos de ballet tienen el colorido y majestuosidad de la música mexicana y llama la atención de quienes no conocen el verdadero folklore nacional, sin embargo, a pesar de llenar la taquilla del Teatro Nacional Rubén Darío, estos directores le han robado al folklore su base histórica y tradicional, asomándose en esta labor cierto mercantilismo.

 

Estos “artistas” se justifican diciendo que todo este trabajo lo han realizado para “mejorar” nuestro folklore bajo una visión de libre creación y democrática, sin embargo, desconocen que estas manifestaciones no están a merced de caprichos o arranques de inspiración. 

 

El problema en este sentido es que de repente se pierden los límites y nadie sabe a dónde va a parar el folklore si continúa esta carrera de transformaciones.  No es remoto que en algún momento El Zanatillo llegue a tener en su intermedio una intervención del ritmo y danza del River Dance irlandés, aprovechando la entrada de los violines.  Es indudable que sería un espectáculo interesantísimo de fusión, pero es obvio que ya no sería folklore, sino un espectáculo más.  Trate usted de imaginar que a mitad del baile del viejo y la vieja, de repente entrelacen sus brazos para iniciar la danza de Zorba, tan sólo porque al director le quitó el sueño ver en su momento a Anthony Queen y Allan Bates bailar desnudos por la playa. Así mismo, podría darle un enorme realce al baile de inditas si lo hacen con las faldas de lunares del flamenco y más aún si palmean para llevar el ritmo.

 

Es admirable sin embargo, la defensa a ultranza que hace el pueblo de Masaya de la pureza del folklore nacional.  Esta ciudad es por decreto la capital del folklore nacional y a pesar de que lo anterior no está acompañado por el apoyo económico para el fomento de la cultura autóctona nacional, existe un enorme esfuerzo local en el que se encuentra comprometida toda la comunidad y en donde de generación en generación va trasmitiéndose el espíritu de todas las manifestaciones folklóricas.

 

Creo que nuestro aplauso debería ir a estos jóvenes que al bailar piensan en nuestra identidad, en la riqueza de nuestra cultura, más que en reflectores y taquillas.

 

 

 

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