Archivo mensual: junio 2009

Aquel solar de Monimbó

CAMILO ZAPATA

Los viajes que en mi niñez realizaba a Masaya estaban envueltos de una singular emoción  Para mí era una experiencia sin igual visitar aquella ciudad misteriosa y efervescente, contagiado de la euforia de mi abuela cuando volvía a su terruño.  En medio de una polvareda divisábamos Monimbó, que nos anunciaba que estábamos entrando a Masaya.  Aquello era una acuarela primitivista con chozas de paja, niños desnudos correteando por los alrededores y yo buscando en el trayecto el solar en donde se suponía bailaba Doña Inés.   Y es que El solar de Monimbó se pierde en lo más recóndito de mi memoria, pues desde que logro recordar, esa son ya estaba ahí, era parte íntegra de mi niñez al igual que la policromía del reflejo del sol en la colección de botellas de mi abuelo y el aroma del jardín de mi abuela  que adornaban las escenas de aquel maravilloso mundo.

Cuando llegué a dominar el habla era un reto para mí tratar de cantar El solar, pues aunque podía repetir las dos primeras estrofas aun sin comprender el significado de encinta o las implicaciones picarescas de Don Rodrigo y su zapateado por detrás, a la hora de llegar a la tercera estrofa me perdía completamente, pues en la versión que conocía, era una retahíla que desembocaba en verdaderas galimatías.  De manera que esta forma de cantar llegó a ser lo más natural para mí.  El nandaimeño era un son predilecto de mi tío Emilio y sucedía lo mismo, pues iniciaba con la retahíla que estaba en chino para mí y luego venía la contradicción conceptual pues me preguntaba cómo alguien podía ser granadino habiendo nacido en Nandaime, cuando lo lógico era que fuera nandaimeño y no fue sino hasta que internalicé el concepto de división política, al estudiar geografía de Nicaragua, que entendí el asunto.

En ese tiempo tampoco sabía que esos sones tenían autor, pues al igual que aquellos atardeceres que parecían chichitotes al vuelo o el aroma del cafetal, estuvieron siempre ahí, sin preguntarme yo de dónde venían.  Tampoco sabía que el son nica había sido inventado pues era una música que siempre había escuchado.  Así que fue mucho tiempo después, cuando comprendí que la música venía del trabajo incansable, la inspiración y la creatividad de un autor que llegué a conocer de la existencia de Camilo Zapata.  Supe que fue quien creó el son nica y además que había compuesto El solar de Monimbó, el Nandaimeño, Caballito Chontaleño y tantas más.

Muchos años después, cuando vivíamos en el Callejón de Alí Babá en Managua, mi hermano Eduardo estaba aprendiendo a tocar guitarra y una de sus primeras canciones que dominó fue Flor de mi colina y nos la recetaba mañana, tarde y noche, pero más que cansarnos, hacía que admiráramos más la música de este compositor.

A estas alturas del partido, cuando escucho El solar de Monimbó y El nandaimeño, inmediatamente me transporto a mi infancia, a los gratos recuerdos de mi abuela y mi tío Emilio.  No obstante, para mi gusto la mejor composición del creador del son nica es Minga Rosa Pineda que lleva ritmo, color y picardía únicos y creo firmemente que tan sólo esta canción le haría merecedor de la inmortalidad.

Tuve la suerte de conocer personalmente, aunque de manera fugaz, a Don Camilo Zapata.  En febrero de 2001 se inauguró el instituto que está junto a Plaza del Sol en Managua y muy acertadamente se le asignó el nombre de este gran compositor nacional.  Fue una ceremonia solemne con la presencia del Presidente de la República en turno, el Ministro de Educación y demás funcionarios del gobierno.  Don Camilo, muy emocionado recibió el merecido reconocimiento y mientras la mayoría de los políticos se dedicaban al figureo, yo aproveché para abordar a Don Camilo y conversar brevemente con él.  A diferencia de los “artistas” que miran al mortal hijo de vecino como si le fuera a mendigar un autógrafo, Don Camilo irradiaba esa humildad que Darío en La Cartuja puso como reina de pies blancos.  Le comenté sobre mis recuerdos de la infancia en torno a sus composiciones y él me platicó sobre las distintas emociones que habían dentro de algunas de sus composiciones.  De repente, tuvimos que despedirnos pues se llevaron al insigne músicopara una sesión de fotografías con los elegidos.

Este martes 23 de junio, el Padre del Son Nica abandonó este mundo, dejándonos un legado invaluable, un tesoro me atrevería a decir.  Nos heredó uno de los pilares fundamentales de nuestra identidad,  Nos enseñó a cantar con alma, vida y corazón. Descanse en paz Don Camilo.

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La cosa nostra

Foto: Orlando Ortega Reyes

Foto: Orlando Ortega Reyes

En los primeros tiempos de la Colonia todavía no había el suministro de trigo necesario para producir la harina que permitiera la elaboración del pan que demandaban los nuevos ocupantes de América.  La importación de trigo de España se hacía una misión imposible y en las tierras americanas que eran aptas, los nativos se rehusaban a cultivar el grano de oro de los españoles.  Pese a que fueron construidos hornos similares a los utilizados en Europa, los mismos no podían ser empleados si no se contaba con la harina de trigo indispensable para esta producción.  Después de algunos años en que los españoles renegaron de las comidas autóctonas, al final, la necesidad que dicen tiene cara de perro, los orilló a aceptarlas y en algunas regiones se buscó la materia prima local más parecida al trigo y en este caso, el maíz suplió en forma provisional la carencia del grano de oro y así los colonizadores dieron rienda suelta a su fantasía, clonando dentro de la esencia del maíz, el espíritu de su melancolía por el pan.  De esta manera se encuentra a lo largo de toda América, una serie de productos de maíz que los españoles horneaban tratando de suplir el pan de su tierra.

Se dice que en Nicaragua el primer horno de arcilla lo mandó a construir Pedrarias Dávila a solicitud de su esposa Doña Isabel de Bobadilla y Peñalosa, a quien su tía Doña Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya, había asignado a Doña Carlota, una segoviana con grandes dotes culinarias, para que se hiciera cargo de la cocina de su sobrina.  Podría decirse que fue esta ingeniosa cocinera la que realizó las imitaciones de roscas, empanadas y demás productos de la repostería española/árabe para la mesa de Pedrarias y su familia.

De esta forma, en Nicaragua todos los productos de maíz que eran cocidos bajo el proceso del pan, se llegaron a conocer de manera genérica como “cosa de horno”.  Como dato curioso se observa que en algunas regiones del centro de México existe lo que se conoce como “fruta de horno”, muy parecida a la cosa de horno y que se utiliza como primer alimento de la mañana.

Cuando se aseguró el suministro de harina de trigo en América, entonces se inició la producción sostenida de pan, no obstante, la producción de cosa de horno se mantuvo, en algunos casos como sustituto del pan, en otros como complemento o simplemente como un antojo. De acuerdo a cada región se consume en el desayuno, como refacción,  como complemento en la cena, como golosina o para acompañar a un café a cualquier hora del día.

Los elementos básicos en la cosa de horno son: un proceso de cocción en hornos de arcilla y la materia prima fundamental que es el maíz o el elote; aunque en este sentido hay divergencias significativas pues en algunas regiones no conciben la cosa de horno que no sea de maíz y en otras que no sea de elote.  Pueden ser de sabor dulce, ya sea a base de dulce de rapadura o mezcla de queso con azúcar, o saladas con sólo queso, suero, cuajada, leche, leche agria o sal.  Pueden ser tostadas o blandas, dependiendo esta consistencia, así como su textura, tanto del proceso de horneada como de las combinaciones de elementos grasos: mantequilla, manteca animal o vegetal que se empleen.  Las formas varían desde circulares hasta triangulares pasando desde roscas, hojaldras, empanadas a la torta cuadrada.

Hay que subrayar que el Perrerreque, de cuyo nombre nadie ha podido llegar a sus orígenes, constituye una categoría aparte.  Aunque muchos tienden a incluirlo entre la cosa de horno por ser preparado con elote, sin embargo, por sus otros ingredientes, en especial el bicarbonato de soda, muchos lo consideran más bien como repostería y según algunas sofisticadas recetas lleva también natilla, huevos y vino dulce. En esta misma categoría se encuentra la tortilla dulce, que se elabora con maíz, cuajada, leche, mantequilla, huevos, azúcar y bicarbonato de soda.

Con el tiempo, el término cosa de horno fue adquiriendo dimensiones variables de conformidad con la producción local, los usos y costumbres.  En primer lugar el conjunto de rosquillas, empanadas y hojaldras o “viejitas”, todas ellas tostadas, se independizó del término, llegando a agruparse en torno al simple vocablo de “rosquillas”; muchas veces para facilitar las labores de comercialización, como sucede en el norte y en el sur del territorio nacional, sin embargo, en el centro del país tiende a mantenerse invariable el término cosa de horno y los productos principales son rosquillas, empanadas, hojaldras y tortas de consistencia más suave.

En León, que podría considerarse como la cuna de la cosa de horno en Nicaragua, todavía se mantiene inalterable el término para designar a esta delicia de la cocina de Nicaragua.  Ahí se vende desde la mañana y en muchos casos sustituye al pan.  Son célebres las cosas de horno de las Galo, las Roque, las Quintanilla, las Téllez, las Reyes y las Pérez, pues hay que resaltar que su producción, al igual que en sus inicios con Doña Carlota, es una gracia de mujeres.

En Managua puede encontrarse todo el día, sin embargo, es más frecuente su consumo por la mañana como parte del desayuno.  En una época toda la cosa de horno de la capital se producía ahí mismo, recordándose la afamada cosa de horno de Doña Tulita García, quien tuvo donde fue la Unión Radio, una de las panaderías más fuertes de Managua.  No obstante, en estos días casi toda viene de las localidades circunvecinas, en especial de Mateare, Nagarote y La Paz Centro, que heredaron de León las recetas para la preparación de la cosa de horno, aunque según algunos conocedores las mejores son las de Nagarote y aunque estas cuestan casi el doble que las de Mateare, su calidad vale la pena.  Desde muy temprano pueden encontrarse en el Mercado Israel Lewites.  Si se trata de golosina, lo más demandado son las rosquillas, empanadas y hojaldras traídas de los diferentes puntos de producción del país de conformidad con los gustos y preferencias de cada consumidor y que últimamente pueden encontrarse fácilmente hasta en los supermercados.

En Masaya, la cuna del folklore, también se mantiene el término cosa de horno.  En los tiempos en que viajaba con mi abuela a esa ciudad, las más famosas eran las del antiguo mercado, en donde se encontraban desde la mañana y las de la estación del ferrocarril que salían por la tarde.  En esos tiempos se acostumbraba a venderla en hojas de chagüite y la gracia era comerla caliente.  Una amiga de la tía Mélida que traía esta delicia del rumbo de la laguna, antes de llegar a la estación pasaba por su casa dejándole una dotación, todavía humeante.  Ahora todavía se puede encontrar pero no es lo mismo, ya se venden en bolsas plásticas y en la estación por las tardes ya casi no llega la afamada cosa de horno.

En los “pueblos” como le dicen los capitalinos, con un deje un tanto paternalista, a las ciudades de la meseta central, también se mantiene la tradición de la cosa de horno con sus variaciones locales.  En Carazo la producción no es considerable y en su mayoría se importa de ciudades vecinas.  En Jinotepe en una época era famosa la que se vendía en la esquina de Armando Siu, donde se había improvisado una parada de camionetas que viajaban hacia el rumbo de Nandaime y en donde ofrecían cosa de horno de Santa Teresa por la tarde, sin embargo, donde las Cruces, en esta última ciudad, se encontraban desde media mañana.  También de ahí salían para San Marcos, en donde se vendían en la calle del mercado, aunque también llevaban de la producida en Masaya. También era afamada la cosa de horno de Catarina y en esa región también se elaboraban unas “rellenas” que no obstante, de acuerdo a los puristas de la gastronomía no son consideradas cosa de horno.

Para el rumbo de Boaco también se conoce como cosa de horno y es famosa la que venden en el empalme de esa ciudad, en donde las ofrecen desde temprano y eso que algunas vienen desde Camoapa.  De la misma forma es muy renombrada la cosa de horno de Cuapa, en el vecino Chontales.

En el resto del país, en donde últimamente predomina el término rosquilla para denominar a estos productos, hay una constante e interminable disputa respecto a dónde se preparan las mejores de Nicaragua.  Cada una de estas localidades reclama el título de producir lo mejor, pero insisto que en esto prevalece el dicho de que en gustos se rompen sacos.  Entre quienes se disputan el galardón se encuentran El Viejo, Somoto, Ciudad Darío y Rivas.  Si se le pregunta a un nica originario de estos lares, responderá que en su tierra se encuentran las mejores rosquillas no sólo de Nicaragua, sino del mundo.

Las rosquillas de El Viejo, Chinandega tienen fama de tener una textura sin igual que les da la mantequilla que sobresale en su preparación, lo cual las hace más porosas que las que se venden en el resto del país, aunque su tamaño es pequeño.  Las más renombradas son las de El Castillo, empresa familiar que ha logrado en los últimos años un buen nivel de industrialización con el apoyo de la Cuenta Reto del Milenio (q.e.p.d.) alcanzando a cubrir el registro sanitario, marca registrada, contenido alimenticio, código de barras y demás requisitos que las hacen elegibles para su comercialización a gran escala dentro y fuera del país.

Las rosquillas de Ciudad Darío son tal vez las que tienen una mayor tradición, pues su preparación se inició hace mucho tiempo.  El Príncipe de las Letras cuando escribió su poema: Del Trópico, en el verso final incluyó: Y la patrona, bate que bate,/ me regocija con la ilusión/ de una gran taza de chocolate,/ que ha de pasarme por el gaznate/con la tostada y el requesón, y algunos estudiosos interpretan que con el vocablo “tostada” se refería a una de las cosas de horno que se producían en su tierra.   El sabor y la textura de las rosquillas de Darío son inconfundibles, sin embargo, en la actualidad su comercialización está muy limitada.  En primer lugar, el nuevo trazo de la Carretera Panamericana que bordeó la ciudad, limitó seriamente la oportunidad que tenían en otra época cuando todo el transporte pasaba a fuerzas por el centro de la ciudad y se aprovechaba para comercializar este producto.  Lo anterior, obligó a las familias dedicadas a este menester a buscar lugares alternos de comercialización, encontrando en Matagalpa una buena plaza en donde la rosquilla de Darío tiene una buena demanda.  A diferencia de los otros centros productores, en Darío no se observa la incidencia de esas organizaciones no gubernamentales que se dedican a promover este tipo de empresas.  Sin embargo, todavía subsiste el producto y aunque en algunos casos la calidad puede haber bajado, siempre es un placer degustar las rosquillas, las empanadas, las viejitas y el perrerreque, que en este lugar lo incluyen dentro de la cosa de horno.  Algunos baquianos conducen al comprador foráneo hasta el barrio La Carreta, ya casi saliendo de la ciudad, en donde existen un par de expendios que se ufanan de preparar las mejores rosquillas del rumbo, aunque este lugar se lo disputa la Sra. Tachita Carrero, en el centro.

En Somoto se encuentra la mayor producción de rosquillas a nivel industrial y gracias a la eficaz campaña sostenida por ese municipio, este producto se ha logrado posicionar en el gusto nacional e internacional y navegan con la bandera de ser las verdaderas representantes de la gastronomía nacional.  El producto tiene una calidad bastante aceptable, contienen menos grasa que las producidas en Darío y es característico su color un tanto más oscuro que las producidas en el resto del país.

En Rivas, pareciera que el afán de las rosquilleras es obtener un producto extremadamente blanco, logrado a través de un manejo magistral de la horneada, aunque también el sabor es importante y logran uno muy especial que las distingue de las preparadas en otras regiones, pues mediante una adecuada combinación de la masa y el queso se logra un balance que se refleja en su sabor.  La mayoría de estas rosquillas se preparan en el barrio Las Piedras de la ciudad de Rivas y las señoras que se dedican a esta labor proceden de un mismo tronco familiar. La Alcaldía de Rivas se ha empeñado en promover la calidad de las rosquillas rivenses, en especial las que preparaba la recordada Sra. Ana Julia Sánchez.  El ex Alcalde de Rivas, René Martínez Somoza manejaba en su promoción de este producto, que las rosquillas de doña Ana Julia eran las preferidas de todos los presidentes de Nicaragua desde doña Violeta e incluso de personajes internacionales como Hugo Chávez, Fernando Lugo y el Padre Alberto Cutie, aunque estos últimos prefieren los polvorones.

Pisándoles los talones a estos contendientes, se encuentran las rosquillas de Yalagüina, en donde algunos organismos han invertido significativas sumas de dinero para promover su producción con miras a destronar a las rosquillas de Somoto, pues también alcanzan una calidad bastante aceptable y con gran preferencia de parte de los consumidores nacionales e internacionales.  Hay cerca de 20 productoras de rosquillas aunque la de mayor prestigio es la de Doña Basilia Cruz por el rumbo de Los Encuentros.

Ya sea en su forma tradicional o bajo el nombre de rosquillas, la cosa de horno constituye uno de los alimentos más representativos de la cocina nicaragüense y entre los hermanos lejanos, después del nacatamal es el producto más apetecido y demandado, importándose significativas cantidades tanto de manera formal, pero en mayor proporción, en el tráfico personal a través de los viajeros y encomenderos.  Por otra parte, la producción de la cosa de horno exalta el invaluable trabajo de las mujeres.

Al igual que cualquier exponente de la comida nicaragüense, las mayores delicias se prueban en la preparación casera, no comercial.  Así que en muchas partes del país, todavía hay familias que tienen un horno de arcilla en su casa y frecuentemente preparan cosa de horno casera, que es realmente un bocado de cardenal.

Así pues, vale la pena salir de la rutina a la hora del desayuno, hacer los huevos a un lado y dar paso a esa cosa tan nuestra y que está tan ligada a nuestras raíces, acompañada de un delicioso café y sonreír plácidamente igual que hace ya casi quinientos años lo hacía el Furor Domini cuando doña Carlota ponía aquella humeante cosa de horno en su mesa.

Agradezco a mi hermano Eduardo, sus valiosos aportes para la preparación de este post.  El es especialista en esas cosas.

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La Mimi

Oralya Ortega y sus sobrinos

Nuestro calendario poco a poco se ha ido llenando de toda suerte de celebraciones, como son el día de la madre, del padre, del niño, de la tierra, del amor y la amistad, de la mujer, del Español, del adulto mayor, del médico, del dentista, del libro, de la doméstica, del bombero, de la secretaria, de la enfermera y así podría seguir por varios párrafos más.  No obstante, me parece una gran ingratitud que en ese maremágnum de celebraciones no se resalte la figura de un personaje, clave, vital, imprescindible, como es el de la tía.  Es más, en algunas partes este vocablo adquiere cierto tinte despectivo.

De manera especial, en algunas sociedades como la nicaragüense, en donde pareciera que nuestra suerte es andar de desgracia en desgracia, como si el destino se empeñara en llevarnos “al bote y al meado”, la solidaridad se hace un imperativo para poder sobrevivir y es entonces cuando la familia, en primera instancia, debe asumir papeles que van más allá de los que normalmente ocurren en otras sociedades y en este contexto, la tía además de ser un elemento proveedor de apoyo económico, es depositaria de un amor subrogado que por alguna razón los padres de familia no están en condiciones de asegurar.

Puede ser que la mujer tenga o no tenga hijos, lo cierto es que en determinado momento acepta un compromiso de entrega y se convierte en un eje fundamental de la familia, aportando todo lo que su extrema capacidad está en condiciones de ofrecer a los suyos y en especial a los niños.

Yo tengo la suerte de tener una hermana.  Es dos años menor que yo y eso permitió que creciéramos juntos, compartiéramos muchas experiencias y que entre los dos se desarrollara una relación entrañable; de tal forma que cuando nació mi primogénita, mi hermana no cabía en sí de júbilo y esa niña llegó a convertirse en su adoración.  Como pronto llegó el primer varón, mi hija pasaba más tiempo con sus abuelos paternos y sus tíos, pero en especial con su “Mimi”, que fue el nombre con que cariñosamente llamó a su tía.

Mi tercer hijo recién cumplía un año cuando viajamos a México, atemorizados por los ríos de leche y miel que se venían sobre Nicaragua y nosotros sin saber nadar.  Mi hermana ya estaba allá y nos acompañó un gran trecho de la inolvidable aventura de sobrevivir en esa tierra.  De esa forma, mis hijos crecieron teniendo como un ángel guardián a su Mimi, que les entregaba su amor y su paciencia a manos llenas.

Mis hijos varones se turnaron por más de diez años en un constante peregrinar a los hospitales de México y mientras su madre luchaba hasta con los dientes por alguno de ellos, los otros dos navegaban en una plácida mar que su Mimi les aseguraba con sus mimos y cuidados.

Cuando mi hermana iba a tener a su hijo, sentí un gran remordimiento, pues creía que con mis hijos ella había agotado toda su capacidad de querer.  Afortunadamente me equivoqué, pues con la misma pasión y entrega que desbordó con mis hijos, así también crió al suyo.  Ahora él es un abogado con un futuro promisorio que le devuelve con creces todo el amor que recibió.

Fue en los noventa, cuando regresamos a Nicaragua y ella se quedó en México, que me llegué a dar cuenta la dimensión de la relación de mi hermana con mis hijos.  A pesar de la distancia, el cariño entre ellos se muestra siempre incólume.  Para mi hija, su Mimi pasó a ser su “Adorada” y para mis hijos, más reservados que una mesa en el Maxim´s, ella es la confidente con quien comparten sus cuitas.

Así como esta historia, conozco varias, de mujeres que sin tener el compromiso de la maternidad, han sacado lo mejor de sí para entregarlo a sus sobrinos y estoy seguro que muchos nicaragüenses pueden dar fe de lo que significó una tía en sus vidas.

Por eso, antes de que algún desquiciado proponga la creación del “Dia del Diputado”, debemos reflexionar sobre la necesidad de hacer patente el reconocimiento de la sociedad nicaragüense a esa figura primordial que es la tía.  No importa que al igual que existen malos padres y malas madres, hayan tías que en su corazón, nido de sierpes como diría Gustavo Adolfo, no crezca más que el egoísmo y se dediquen a hablar con un espejo.  Afortunadamente, para nuestra dicha, la mayoría de ellas son ángeles.

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Let´s twist again

Chubby Checker

 

Comencé a ir a fiestas a inicios de los sesenta.  Al comienzo iba, como dicen, de “oyente”, pues no sabía bailar y en esos tiempos en las escuelas no enseñaban baile, ni folklórico ni nada parecido, por lo que cada quien tenía que ingeniárselas para aprender lo básico de los bailes de la época.  La única pieza que llegué a bailar de niño fue “La Raspa”, aquel baile folklórico de Veracruz, México y eso porque mis primas Giselle y Silvia sabían cómo era el asunto y me enseñaron; sin embargo, eso no me sirvió luego pues era algo que no se estilaba.  Así que por algún tiempo me dediqué a sentarme a ver bailar y a estar pendiente de los sándwiches y gaseosas que repartían.  La inseguridad me hacía pensar que eso de bailar era “avión” y que aprender la técnica era algo así como pilotear una cápsula espacial.

Fue en una fiesta en casa de los Vega, si mal no recuerdo era el cumpleaños de Julio Alejandro y estaba prácticamente toda la juventud de San Marcos.  Y ahí estaba yo de “oyente”, dando cuenta de las coca colas y los bocadillos, cuando Mina Herrera, una amiga de la familia y madrina de mi hermano Eduardo, me miró sentado y me preguntó por qué no bailaba.  -Porque no sé, le respondí- y ni corta ni perezosa me agarró como a un espantapájaros y me enseñó los rudimentos coreográficos y en un dos por tres empecé a bailar.  Solamente boleros y baladas, pero eso ya era un adelanto.  Cuando tocaban un chachachá, mambo o cualquier otro ritmo que implicara bailar “suelto”, me iba al dogout a esperar que de nuevo pusieran otra “agarrada”.

Una noche en el Teatro Julia, antes de comenzar la película pasaron un noticiero que de vez en cuando llevaban de “ipegüe” las películas.  Recuerdo que comenzaba con un avión de Lufthansa aterrizando, se abría la puerta del mismo y una guapa azafata, vestida impecablemente, salía sonriendo y mostrando un letrero circular que decía “El mundo al instante”.  Claro que no era al instante, pues las noticias ya eran un tanto obsoletas cuando llegaban al pueblo, pero después de todo era un contacto con el mundo exterior.   En esa ocasión, la noticia principal se refería a un ritmo que estaba volviendo loca a la juventud de esa época y se llamaba Twist.  Se miraba en el noticiero locales inmensos en donde centenares de parejas bailaban al ritmo de una música pegajosa, un tanto parecida al Rock and Roll, a través de giros de las caderas y los pies, manteniendo el torso derecho.  Nos impresionó mucho la noticia y una pariente del proyectista, lo convenció para retener el noticiero en el pueblo y lo presentó varias veces más.

Cuando alguien consiguió el primer disco de twist, inmediatamente se convocó a una fiesta sin pretexto aparente y todo el mundo comenzó a bailar el nuevo ritmo.  Como todos iban a empezar de cero y era relativamente fácil el asunto, también yo me lancé al ruedo con buen suceso.  Ahí fue donde conocimos a Chubby Checker, que se convertiría en el Rey del Twist, título que mantiene a la fecha y por varios años bailamos los éxitos que iba sacando el ídolo:  The twist, Let´s twist again, Pony Time, The fly, Slow twistin´, Limbo Rock, Popeye, Havana Gila y varios más.  A pesar de que en poco tiempo llegaron las versiones en español como Despeinada de los Hooligans, El twist de la gallina y varias de los Teen Tops, para todos el Rey siempre fue Chubby Checker y sus temas siempre eran los preferidos.  A medida que pasaba el tiempo, la técnica del Twist se iba depurando y cada quien desarrollaba mejores pasos y algunos realizaban lances de fantasía, especialmente cuando ponían The fly (La mosca) que hacía que algunos imitaran los movimientos espasmódicos del díptero.

Por varios años el Twist fue el ritmo juvenil que predominó en los bailes; salieron otros ritmos pero ninguno hizo que los jóvenes se animaran a practicarlos, como el Mashed Potato, el Watusi, el Jerk, el Shake y varios más.  No obstante en algún momento de mediados de los sesenta, el Twist tuvo que competir con la cumbia, que de manera arrolladora se infiltró en los bailes y muy pronto fue la reina de todos ellos.  Sin embargo, el ritmo juvenil moderno que logró desplazar al Twist fue el Go-go, que trajo consigo un cambio radical no sólo en el ritmo, sino también en la moda y marcó el inicio de las discotecas, ahí fue donde se empezó a ver chicas con minifaldas o hotpants, botas altas de charol, algunas de ellas metidas en una jaula.

Ya en los setentas, el Twist quedó en el olvido y la música experimentó cambios significativos aunque el baile cayó en una tendencia de “free style” y ya nunca nadie le puso mucha mente a una corriente definida.

En el año 1994, Quentin Tarantino dirigió la película de culto: Pulp Fiction, conocida en español como Tiempos Violentos y que fue protagonizada por John Travolta, Bruce Willis, Samuel L. Jackson y Uma Thurman.  En dicho film, Vincent Vega (Travolta) acompañado por Mia (Thurman) van a un restaurante ambientado en los años cincuenta en donde se está llevando a cabo un concurso de Twist.  Vincent y Mia participan en el concurso y bailan You can never tell, de Chuck Berry.  Es significativo que Tarantino no hubiese escogido un Twist de Chubby Checker.  En el baile, la pareja pasa del Twist al Rock and Roll y luego al Batusi, que es un baile ideado por Adam West cuando interpretó a Batman en los sesenta y hacía su propia versión del Watusi, es ahí donde aparecen los famosos pasos con la “V” horizontal sobre los ojos, que Travolta se encargó de revivir.

Después de Pulp Fiction no es extraño que en una fiesta que se le quiera dar un toque “retro chic” se interprete un Twist y ahí Chubby Checker vuelve a ponerse la corona y a exclamar: Let´s twist again y ahí vamos nosotros, a mover el esqueleto, haciendo a un lado cualquier conato reumatoideo, rememorando aquellos inolvidables tiempos.

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Clodomiro “Clorito” Picado

Clodomiro Picado

 

En estos días, en las principales radiodifusoras de Nicaragua se está escuchando un comercial bajo el lema: “Centroamérica, tan pequeña, tan grande”, promovido por la Secretaría de Integración Turística Centroamericana, resaltando los significativos aportes que han realizado a la humanidad algunos notables centroamericanos.  Dentro de ellos se menciona al Dr. Clodomiro Picado, a quien el referido comercial señala como médico costarricense a quien se le atribuye el desarrollo de un suero contra las picaduras de serpientes.

Lo que no señala dicho comercial es que existen evidencias que el notable biólogo costarricense (no médico), pudo haber sido el verdadero descubridor de la penicilina y más interesante aún, que nació nada más y nada menos que en San Marcos, Carazo.

A finales del siglo XIX, el matrimonio compuesto por el Profesor Clodomiro Picado Lara y su joven esposa Carlota Twight Dengo llegaron a San Marcos en donde establecieron su domicilio.  De acuerdo a algunos biógrafos, el Profesor Picado tenía un contrato de trabajo para fungir como profesor de matemática, otros coinciden en que llegó a realizar una pasantía de trabajo y algunos más románticos señalan que el padre de doña Carlota, Mr. Henry Twight, un inglés, profesor de ciencias muy estricto, no estaba de acuerdo con la relación del Profesor Picado con su hija, por lo que a la joven pareja no le quedó otra alternativa que irse de “juida”, habiendo escogido aquel recóndito lugar para ponerse a salvo de la ira de Mr. Twight.

Para muchos ha sido un misterio la permanencia de un profesor de matemática costarricense en un pueblecito escondido en la región del Pacífico de Nicaragua, pues a simple vista no tiene conectivo lógico.  Sin embargo, hay una situación que viene aclarar lo anterior.  A mediados del siglo XIX, llegó a Nicaragua Mr. Elbert Vauhgan y se estableció a unos cinco kilómetros de lo que en ese entonces era la pequeña villa de San Marcos, muy cerca del lugar que ahora se conoce como Las Cuatro Esquinas.  Mr. Vaughan se dedicó al lucrativo cultivo del café y logró incrementar su hacienda convirtiéndola en un importante emporio en esa época.  A mediados del siglo XX, sus sucesores fundaron lo que sería San Francisco Estates, que incluyó además del cultivo del café, la explotación avícola.

Aparentemente, Mr. Vaughan y Mr. Twight se conocían desde Inglaterra y mantenían cierta comunicación postal, una vez establecidos en sus respectivos domicilios.  De esta forma, es posible que la invitación al Profesor Picado para trabajar como profesor en San Marcos, proviniera de Mr. Vaughan, en el caso de que la unión del primero hubiese sido con la venia de Mr. Twight o bien que la joven esposa del Profesor Picado hubiese acudido a Mr. Vaughan en caso de que hubiese huido de su casa para unirse a Clodomiro, buscando trabajo y refugio en la próspera hacienda.

El caso es que el 17 de abril de 1887, nació en San Marcos Clodomiro Picado Twight.  Según consta en la Fe de Bautismo del pequeño Clodomiro, éste recibió las aguas bautismales en la recién construida iglesia de la villa, de manos del célebre Padre Eduardo Urtecho, quien si en esa época hubiese habido paparazzis, hubiera alcanzado más popularidad que el Padre Alberto Cutié.

Cuando el pequeño Clodomiro cumplió tres años, la familia Picado Twight regresó a Costa Rica.  Se dice que Mr. Henry Twight se quitó la vida, lo que precipitó el regreso de la familia, que se trasladó a Cartago en donde el niño Picado curso sus estudios primarios y secundarios, en el Colegio San Luis Gonzaga, en donde por su complexión débil se hizo acreedor al sobre nombre de “Clorito”.  Para su bachillerato, el joven Picado debió trasladarse a San José.

Su excelente desempeño como estudiante y posteriormente como profesor de ciencias propició que Clodomiro fuera postulado para una beca del Estado para estudiar en Francia en donde obtuvo primero el diplomado de estudios superiores en Botánica y Zoología en La Sorbona y posteriormente el Doctorado de la Universidad de París.  Al mismo tiempo mientras preparaba su tesis doctoral, estudió serología, bacteriología y enfermedades tropicales en el Instituto Pasteur y en el Instituto de Medicina Colonial en París.

De regreso en Costa Rica en 1914 inició una fructífera carrera tanto en el terreno de la investigación como de la docencia.  Desde inicios de los años veinte, Clodomiro había observado la destrucción de bacterias por parte de las sustancias producidas por algunos hongos, las cuales aisló, describió e incluso utilizó para curar ciertas infecciones de algunos pacientes.  Lo anterior quedó documentado en un artículo que publicó en la Revista de la Sociedad Biológica de París bajo el título Vacuna curativa no específica, en el año 1927.     Hay que recordar que el bacteriólogo Alexander Fleming, con la ayuda del médico australiano Howard Walter Florey y el bioquímico alemán Ernst Boris Chain, reportó el descubrimiento de la penicilina apenas en 1928 y la acreditada revista British Journal of Experimental Pathology lo publicó en 1929, motivo por el cual, los tres científicos se hicieron acreedores del Premio Nobel de Medicina en 1945, sin que hubiera ningún crédito para Clodomiro Picado.

El trabajo de Clodomiro Picado resalta por su amplia diversidad, pues además de sus investigaciones para desarrollar sueros antiofídicos, realizó estudios sobre fisiopatología tiroidea, endocrinología, fitopatología, entomología, biología, agricultura, educación superior, literatura.  

El insigne científico fue miembro de la Junta Americana de Estudios Biológicos, por nominación del Congreso Internacional de Biología de Uruguay,  miembro correspondiente de la Sociedad de Biología de París, miembro de la Sociedad de Biología de Bolivia y miembro de la Sociedad Mexicana de Biología, Zoología y Botánica.  El Congreso de Costa Rica en diciembre de 1943, le confirió el título de Benemérito de la Patria. Actualmente aparece en los billetes de 2,000 colones.

 No obstante, el mayor mérito de Clodomiro Picado fue su humildad, nunca se desveló por un premio, jamás luchó por la fama y la fortuna.  Al fin y al cabo, después de todo, en el fondo era un buen sanmarqueño.

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