Archivo mensual: marzo 2011

El peso del coronel

Por ahí dicen que la lealtad es como una planta que necesita cultivarse.  Tal vez de este razonamiento salió la famosa ley de las tres P (plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes), que de manera tan eficiente aplicó la familia Somoza mientras estuvo en el poder.  En especial la primera, que se refería a premiar con dinero a todos aquellos amigos del régimen en los cuales la familia Somoza depositaba su confianza.

Entre el círculo de esa amistad, resaltaba desde luego la Guardia Nacional de Nicaragua, un cuerpo armado que fue diseñado a la medida de la dinastía y que hacía las veces de ejército nacional, de policía y de guardia pretoriana del régimen.  De esta forma, los altos cargos de la G.N. principalmente, eran premiados con licencias, para poder amasar una buena fortuna, con cargo básicamente, no del peculio de la familia gobernante, sino de la ciudadanía.

Dentro del Presupuesto Nacional de la República los cargos de la Guardia Nacional tenían sueldos más que modestos.  En 1976 por ejemplo, mientras el Jefe Director de la Guardia Nacional tenía un sueldo equivalente en ese entonces a US$ 1,140.00, el Jefe del Estado Mayor de la G.N. alcanzaba un equivalente a US$ 798.00 y un Coronel G.N. alcanzaba apenas los US$ 342.00.  Sin embargo, el tren de vida que llevaban estos oficiales, de Coronel hacia arriba, tenía un costo que superaba con facilidad los US$4,000.00 mensuales.

Algunos cargos proporcionaban un extremo poder para quienes los detentaban, por ejemplo el Jefe de la Oficina de la Seguridad Nacional, quien posteriormente era el candidato ideal para ocupar la cartera de Hacienda y Crédito Público, como si el oficio de extraer la verdad bajo cualquier método, estuviese íntimamente relacionado con la capacidad de manejar el erario nacional.  En este mismo orden estaba el Jefe de la Investigación Nacional, quien ostentaba un gran poder, gracias a la información que manejaba y la cual podía proporcionarle enormes oportunidades de negocios.

Con mayores oportunidades de obtener grandes ingresos adicionales estaba el Jefe de la Policía de Managua, que tenía a su cargo el control de todos los bares, cantinas, prostíbulos y centros de juego, que generaban una considerable cantidad de coimas.

Con una mayor tranquilidad, pero con ingresos nada despreciables estaba el cargo de Pagador General de la G.N., que si bien es cierto tenía un sueldo nominal de US$500.00, tenía la facilidad de realizar los pagos en cifras cerradas hacia abajo, de tal forma que se quedaba con los “picos” sobrantes.  Es decir que si a un efectivo le correspondía un sueldo de C$80.85 le pagaba los 80 cerrados y se quedaba con el resto, bajo el argumento de que ya no tenía cambio.

No obstante, uno de los cargos más apetecidos era el de Jefe del Tránsito Nacional.  El cargo era asignado por un año y el titular del mismo, tenía a su cargo todo el control vehicular en todo el territorio nacional y manejaba lo referente a placas, licencias de conducir, multas y revisado.  Este último era una verificación del estado del vehículo que se realizaba cada trimestre con un costo de US$0.50.  Habría que aclarar que en aquellos dorados tiempos, no se extendía recibo ni chiquito ni grande por ninguno de estos pagos, así que no había claridad sobre el destino de los pagos por todos esos servicios.  Existía en esa época lo que se conocía como el Tribunal de Cuentas, equivalente a la actual Contraloría General de la República, pero que en términos prácticos era igual a esta, pues se la pasaban cantando la canción de Shakira, ciego, sordomudo (con todo y contoneo), con mayor razón al tratarse de las cuentas que manejaba la Guardia Nacional.

Lo más folklórico alrededor de los ingresos del oficial que estaba designado como Jefe del Tránsito era lo que se conocía como “el peso del coronel”.   Recuerdo que cuando viajaba en bus de San Marcos a Managua, al llegar a Las Piedrecitas el conductor le pasaba un córdoba al “perico” quien bajaba corriendo hacia una caseta que se encontraba a la orilla de la carretera y en donde se encontraba un guardia.  En la parte de abajo de la ventanilla de la caseta había un cajón que tenía una ranura, a manera de alcancía.  El “perico” depositaba directamente el peso en la ranura y el guardia sólo lo observaba con el rabo del ojo.  No había ninguna disposición escrita ni siquiera verbal sobre la obligatoriedad de que cada vehículo de carga o pasajeros que ingresara a Managua, debía de enterar la cantidad de un córdoba.  Tampoco existía el concepto por el cual se cobraba ese dinero, mucho menos había control sobre el destino del mismo.  Lo más extraño era que nadie se negaba a pagarlo.

De una manera abierta se comenzó a conocer aquella “contribución” como “el peso del coronel” y con el tiempo se volvió algo común que todo el mundo sabía de qué se trataba y nadie organizó protesta alguna por dicha tasa.  Sería muy aventurado realizar el cálculo de cuánto dinero ingresaba al bolsillo del Jefe del Tránsito en concepto de ese cobro, tal vez El Firuliche podría, pero ahora anda ocupado haciendo temblar a la gente.  Esas casetas estaban colocadas en puntos estratégicos de las entradas de Managua, cubriendo el ingreso de los vehículos procedentes de los puntos cardinales.  Con un cálculo conservador podrían haber ingresado un total de 1,500 vehículos diarios, considerando que un mismo vehículo podía realizar varios viajes al día y cada vez que ingresaba debía realizar su “aporte”, mismo que ante la ausencia de alguna ordenanza, podía considerarse “voluntario”.  De esta forma en un mes, el Jefe de Tránsito podía alcanzar un ingreso de C$45.000, equivalentes a US$6,428.00, sueldo que no alcanzaba a redondear ni siquiera el Presidente del Banco Central.  En un año, el pobrecito llegaba a acumular sólo por este concepto, la bicoca de C$540,000, que en aquellos tiempos era un enorme capital.

Se cuenta que de la misma forma en que se allegaban de dinero, estos oficiales también lo despilfarraban, en algunas ocasiones en francachelas y juegos.   Se dice de uno de ellos que en un juego de naipes apostó su casa de habitación y la perdió.

Cuando los fieles servidores de la ley y el orden se convirtieron en genocidas y de la noche a la mañana tuvieron que salir huyendo del país, muchos de ellos no tuvieron la oportunidad de llevarse nada de sus haberes y cuentan que algunos de ellos tuvieron que trabajar de security en algún supermercado de Miami. Sic transit gloria mundi.

Ahora las cosas han cambiado mucho.  En primer lugar las funciones del ejército y de la policía nacional se encuentran divididas en dos organizaciones independientes y profesionales.  Por otra parte, los sistemas de control del presupuesto nacional están muy avanzados y todo pago en concepto de licencias de conducir, placas, tarjeta de circulación y demás, está centralizado en el Ministerio de Hacienda y se pagan en un banco comercial, emitiéndose el respectivo recibo.  Ya no se observan las famosas alcancías del peso del coronel en las entradas de Managua.

No obstante, parece ser que últimamente han florecido muchas lealtades y la pregunta del millón es: ¿Cómo las han regado?

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Forever in blue jeans

Fue allá por el año 1955, cuando mi abuelo regresó de uno de sus frecuentes viajes a Managua.  Generalmente llegaba con algo para nosotros, ya fuera pan de El Patio, un juguete o cualquier otro regalo.  En esa ocasión trajo algo novedoso para mí.  Según él se trataba de unos pantalones a prueba de niños.  En esa época se conocían como “pantalones de remaches” y estaban fabricados con una tela muy resistente y reforzados por unos remaches metálicos en las bolsas.     Aquellos pantalones de color azul intenso tenían un largo mayor que los tradicionales y cada quien debía hacerse el ruedo cada vez que los iba a usar, según el tamaño, la forma y estilo que mejor le acomodara.  Los primeros pantalones de remaches de Nicaragua fueron fabricados por don Ramón Morales quien tenía la tienda llamada Nomar, ubicada en la Avenida Roosevelt de Managua.  Posteriormente, la Venus, de la familia Jerez, ubicada también por ese mismo rumbo, comenzó a ofrecerlos.

Estos pantalones pronto fueron los preferidos por los finqueros, debido a su resistencia y durabilidad, agregando a su indumentaria las camisas a cuadros y las botas vaqueras.

En el Instituto Pedagógico de Diriamba, al contrario de muchos de los colegios de Nicaragua, los alumnos no utilizaban uniforme escolar, algo muy extraño pues en el homólogo de Managua sí lo exigían.  Así pues fue más fácil que los ínclitos hijos de La Salle autorizaran el uso de estos nuevos pantalones, que a pesar de considerarlos un tanto informales, al final vieron que eran muy prácticos y duraderos y no tenían ninguna característica que fuera contra las normas de ese tiempo.

De esta manera, al poco tiempo, los pantalones de remaches formaron parte integral de la indumentaria de todos los niños y jóvenes, así como de todo el sector rural del país.  En cierto momento se comenzaron a importar de los Estados Unidos y la oferta se diversificó, tomando el nombre de blue jeans que es como se les conocía en aquel país.

Respecto a la historia de estos famosos pantalones, es necesario considerar tres aspectos básicos.  El primero es la ciudad francesa de Nimes, situada en el sur de ese país y capital del departamento de Gard, en la región de Languedoc-Roussilon.   En esa localidad se inventó un tejido de algodón que por su forma de entretejerse mostraba una extraordinaria resistencia.  El mismo tuvo una gran demanda en Europa en aquella época y se utilizaba para fabricar toldos y carpas pues era ideal por su resistencia a los elementos naturales, así como a la fricción.  Por la ciudad de su origen tomó el nombre de denim, aunque posteriormente se le ha conocido también como azulón o mezclilla.

El segundo se refiere al puerto de Génova en Italia, cuya flota se encargaba de llevar productos del viejo mundo a la costa oeste de los Estados Unidos.  Los marineros genoveses utilizaban unos pantalones fuertes confeccionados una lona color marrón.  A estos pantalones se les empezó a llamar jeans, derivado de la deformación de genes, que es como se conocía a Génova en francés.

El tercero y tal vez más importante se remonta a mediados del siglo XIX durante la fiebre del oro en los Estados Unidos, cuando un comerciante de origen alemán llamado Levi Strauss, ubicado en San Francisco California, observó que en su tienda de especialidades para mineros había una gran demanda por pantalones que resistieran el rigor de sus tareas.  Lo anterior, motivó al emprendedor a buscar alternativas para fabricar pantalones para esos mineros.  Inicialmente utilizó la lona marrón que se traía de Génova y posteriormente la tela conocida como denim, la cual importó de Francia.

Para hacerse cargo de la confección de los pantalones, Levi Strauss contrató a un sastre de nombre Jacob Davis, quien diseñó un pantalón con cinco bolsas y tirantes, posteriormente, para reforzarlo le agregó remaches metálicos en las bolsas.  El denim importado de Francia estaba teñido con azul índigo de la India.  El precio inicial de estos pantalones era de US$1.50.  La prenda ofrecida por Levi Strauss encontró una enorme demanda, no sólo de parte de los mineros, sino de los trabajadores del ferrocarril, granjeros, vaqueros y todo aquel que tenía un oficio rudo.

Luego Levi Strauss y Jacob Davis se asociaron y juntos patentaron en 1873 el pantalón fabricado en tela denim, con tirantes y reforzados con remaches metálicos, lo que prácticamente dio origen al blue jean.

A inicios de los años sesenta, en Nicaragua se continuó utilizando esta prenda, siempre por los sectores rurales del país y de parte de los jóvenes en el área urbana, ya como una moda, pues en los Estados Unidos comenzó a asociarse al rock and roll y a sus estrellas, principalmente Elvis Presley, así como algunos íconos de Hollywood que encarnaron personajes que mostraban actitudes rebelde como James Dean y Marlon Brandon.  A finales de la década, con la aparición y crecimiento del movimiento hippie, en especial su indumentaria, el blue jean se convirtió en una prenda ideal para acompañar aquellas camisetas manchadas y cotonas, muchas veces acompañadas con caites u otro tipo de sandalias.  Peace and Love.   Para esa época, los jeans se volvieron unisex, pues comenzó a generalizarse entre las mujeres, ya que al inicio había cierta renuencia a utilizar una prenda que parecía haber sido diseñada exclusivamente para hombres.   En esos tiempos también salieron las mochilas fabricadas en mezclilla que completaban la indumentaria del típico estudiante.

Con la llegada de los años setenta, vimos que poco a poco la moda hippie fue disipándose, apareciendo camisas, camisetas y blusas fabricadas con una mezcla de algodón con poliéster y con diseños sicodélicos, mientras que el blue jean por su parte, seguía siendo la prenda dominante e iniciaba poco a poco la predominancia de marcas como Levi´s, Lee o Zee.  En Nicaragua el famoso almacén de prendas de vestir para hombres, Mejores Trajes Gómez, se animó a sacar una línea de blue jeans la cual bautizó con el nombre de Lord G.  Para 1973 comenzó un fenómeno interesante y es que la marca Levi´s comenzó a convertirse en objeto de culto y de repente, si no se usaba un jeans de esta marca, era mejor no ponerse nada.  Para esa época, un Levi´s costaba cerca de US$20.00 y había que ahorrar un buen rato para poder adquirirlo.  No obstante, este culto no duró mucho tiempo y de pronto comenzaron a invadir al país una serie de marcas que nutrió a la competencia.  Ahí mirábamos los Tobías, caros también, Lovers, Topeka, Auténtico Buffalo Prince, Ever, Farah, Faded Glory, entre otros.

Es importante señalar que en la década de los setenta, la casa Levi´s de los Estados Unidos suscribió un contrato con la Fábrica de Hilados y Tejidos El Porvenir, S.A., propiedad de la familia gobernante (de esa época) para la elaboración de parte de la tela denim que se utilizaría en la confección de las prendas de vestir de Livi´s, que para esa época se había diversificado con la línea femenina para la exportación, además de chaquetas de mezclilla.  Había una cláusula de exclusividad para dicha producción, teniendo prohibido la fábrica nicaragüense comercializar cualquier excedente, el cual debía ser destruido.

A finales de los años setenta, con el surgimiento de la cultura disco, en especial con la película Saturday Night Fever y la figura de John Travolta con sus nítidos vestidos de poliéster,  el blue jean comenzó a tambalearse y algunas fábricas de estas prendas casi van a la quiebra.  Fue hasta comenzada la década de los ochenta que Georgio Armani , Versace y otros diseñadores de alta costura introducen en sus colecciones Pret a porter, los blue jeans, dándole otro nivel a esta prenda.  Así mismo, con el surgimiento de la cultura break dance, los jeans resurgen de nuevo en el nivel popular.  Para la misma época la fábrica de Levi´s introduce el jeans prelavado.   En Nicaragua, para los ochenta, a pesar de que aparentemente todo el mundo estaba estudiando arquitectura y eran estos los más aficionados a esta prenda, los blue jeans comienzan a escasear y sólo tenían acceso a los mismos, la nomenclatura y los afortunados que ya tenían parientes o amigos en el exterior y que lograban introducirlos al país.

En los años noventa, con la expansión de algunos deportes como los patines y skateboards, la industria del jean comienza a adaptarse a los nuevos requerimientos, iniciando la tendencia a agrandar las prendas, surgiendo algunas modas propias de las subculturas en Norteamérica.   En Nicaragua, con el retorno de la economía de mercado el jean vuelve a adquirir su dimensión, contribuyendo en este proceso la introducción de la ropa usada importada por pacas y de ahí que los jeans de Paquistán inundan el mercado, en todas sus formas y estilos.

Con la llegada del nuevo milenio, el jeans al igual que el whisky Johnny Walker sigue tan campante.  Se observan nuevas tendencias en la prenda de conformidad con la moda y se llega al estilo del talle bajo, que muchos años antes lanzara el genial Mario Moreno Cantinflas, únicamente que esta vez alcanzó a las damas, que sin importar la figura, como si hubiesen sido vacunadas contra el ridículo, empezaron a mostrar el mondongo y sus alrededores.

En la actualidad, el blue jean podría decirse que es la prenda de vestir más utilizada en Nicaragua.  Si usted apreciado lector lo duda, puede salir a dar una vuelta por cualquier sector del país y en una determinada calle tomarse la molestia de contar cuántas personas utilizan el blue jean en cualquiera de sus variantes, pantalón, falda o short y se sorprenderá que la proporción de quienes lo usan es mayor que cualquier otra prenda y cuidado que es mayor que la intención de voto por cualquiera de los candidatos.  Así mismo podrá observar que existe una enorme gama de marcas y desde luego precios.  En los sectores de Galería Santo Domingo en Managua, podrá observar uno que otro Dolce and Gabbana de esos que cuestan US$200.00 y es posible que su portadora lleve un escolta uniformado atrás, o bien alguien que lleve unos Calvin Klein de US$ 120.00, otra llevará Diesel o Tommy de US$90.00, aunque por ahí la gran mayoría preferirá el clásico Levi´s que actualmente andan arañando los US$50.00.   Lo bueno es que se necesita ser un connoisseur para distinguir un original de una falsificación hecha en China y que se puede conseguir por US$10.00.

En fin, son casi sesenta años de la sobrevivencia del blue jean en el gusto de los nicaragüenses, varias generaciones guardan en sus álbumes fotografías en donde comparten tantas cosas entre las cuales sobresale esta prenda de vestir.  A finales de los setenta, el gran cantautor norteamericano Neil Diamond lanzó un tema, muy indicativo de lo que esta prenda representa:

Money talks
But it don’t sing and dance
And it don’t walk
And long as I can have you
Here with me, I’d much rather be
Forever in blue jeans

Agradezco a mi hermano Eduardo, experto en confección, su ayuda en la elaboración de este post.

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De chanchos y chanchitos

De acuerdo a las estadísticas de salud, en Nicaragua existe un total de 9.31 camas por cada 10,000 habitantes, cifra que pareciera arrancada de uno de los discursos de El Firuliche y que por sí sola no nos dice mucho, sin embargo, si la comparamos con el mismo índice de Rusia que es de 97 camas por cada 10,000 habitantes o Japón con 139, pareciera que estamos en la calle en cuanto a cobertura de servicios de salud.   Si nos sirve de consuelo, de conformidad con algunos estudios antropológicos, en la ciudad de Managua existe un total de 108.57 sillas de bar/cantina/antro, disponibles por cada 10,000 habitantes.  Lo anterior nos revela que hay una marcada preferencia de parte de los nicaragüenses a practicar la medicina preventiva y un claro desprecio hacia la medicina curativa.  Se sigue al pie de la letra la recomendación de Buldaire:  “Para no sentir el horrible peso del tiempo sobre sus espaldas, hay que embriagarse sin tregua. De vino, de poesía o de virtud, a vuestra elección. Pero embriáguese “.

Así pues, en la actualidad se puede observar en la ciudad de Managua una floreciente proliferación de bares, cantinas y demás antros que ofrecen un servicio extremadamente variado, existiendo locales para todos los gustos y presupuestos, desde el Bar Tuani, en las inmediaciones del Mercado Roberto Huembes, sólo apto para hombres de pelo en pecho que no le tienen miedo a nada ni a nadie, hasta los exclusivos de las zonas hippos y rosa.   En realidad se necesita de mucho valor para ingresar a cualquiera de los bares de Managua, en algunos por el peligro inminente de ser asaltado por parte de indeseables, en otros por ser asaltados a la hora de la cuenta.  Todos los antros en mayor o en menor medida buscan un lucro exagerado a expensas del vicio de sus parroquianos.  Puede ser en el precio de un vulgar trago, que llega a costar el equivalente a un highball de Whisky Dalmore Trinitas o el cobro de las bebidas para ligar por aparte y ni se diga de las bocas, no incluidas en el precio de la botella y que las cargan como si las hubiesen traído del Maxim´s.    Otro enorme riesgo, es la calidad de las bebidas, pues lo más probable es que le den gato por liebre, en especial si pide el whisky o el vodka por media o un cuarto de botella y se lo sirven en unos pichelitos, entonces lo más probable es que le pongan un vulgar ron claro, oscuro o mezclado hasta dar el tinte.  Si se le ocurre pedir un coctel, entonces el riesgo es peor, pues lo más probable es que se lo preparen con “alcoholegio” es decir “guarón” que puede producirle desde un comportamiento impropio, hasta una fuerte intoxicación.    Si le llega el momento de la cuenta y el mesero nota que tiene la lengua como de trapo, entonces corre el riesgo de que el encargado de la caja le sume hasta la fecha.  En los lugares de alto riesgo se aparecen muchachas que inocentemente bolsean a los clientes más fumigados.

En fin, salir a una noche de tragos se ha convertido en una aventura extrema en donde se necesita de una considerable amplitud en la disponibilidad de efectivo o bien, una tarjeta de crédito dispuesta a que le saquen brillo.

Pero no siempre fue así.  Había una época en Managua en donde se podía comer y beber tranquilamente y a precios accesibles.  Dicen que para muestra un botón y lo que voy a relatar lo ilustra de manera diáfana.

En 1976 ingresé a trabajar en el Ministerio de Agricultura.  Dicen por ahí que a donde fueres haz lo que vieres y poco a poco me fui sumergiendo en la dinámica de la Dirección en donde trabajaba, así como en los ritos que ahí se practicaban.  Cuando alguna tarde de miércoles o viernes no había programada alguna reunión importante, ni habría que finalizar alguna asignación urgente, se organizaba una gira a almorzar a Los Chanchitos.

En la carretera hacia Tipitapa, a unos dos kilómetros del Aeropuerto Internacional, a mano derecha, había un local, sin rótulo ni pinta de que existiera nada trascendental.  Unas diez varas adentro de la carretera, bajando un poco, había una pequeña pulpería que tenía un patio mediano, de tierra y en donde había unas rústicas mesas y sillas de madera.    En ese local, “mataban” dos veces a la semana, haciendo la aclaración de que el verbo que aquí se ocupa se refiere al sacrificio (sin dedicatoria a nadie en particular) de ganado porcino, diferente a “matar”, que en los bares de la actualidad ocurre de manera literal.

Lo particular de ese negocio era que, a pesar de no existir todavía los planes estratégicos, la Misión del negocio era satisfacer los requerimientos de alimentación y recreación de los clientes sin deteriorar su capacidad de compra y en un entorno amigable con el medio ambiente.  Sus Valores eran: Orientación al cliente, Interés por las personas, Integridad y Responsabilidad social.

Cuando nos sentábamos en aquellas mesas, lavadas con hoja chigüe y en sillas de funeraria, una muchacha solícita nos tomaba la orden.  Una media de Flor de Caña que para cuatro piches era más que suficiente, pues eran 93.75 mililitros por piocha, es decir dos rielazos de un poco más de 45 mililitros cada uno.  Cuando se trataba de un viernes, flojón y medio metidito en guaro, aguantaban la botella completa.  Lo interesante era que el ron lo vendían a precio de la pulpería, es decir al mismo precio que se lo daban a cualquier cristiano que llegara a la venta.  Las coca colas igual, se vendía por unidad al precio al público y un chelín o cinco reales de hielo.  Como bocas de entrada pedíamos una cuantas tortillas también a precio de costo más una cuajada de las que vendían en la pulpería.

Después de los tragos platicados, pedíamos una libra de chancho asado, también vendido a precio de matadero o bien unos maduros fritos al costo y de la pulpería traían media libra o cuatro onzas de queso seco.   Para completar el toque rupestre de aquel local, de repente se aparecían algunos perros que sin importunar a los parroquianos solicitaban, con un tímido meneo de cola, alguna sobra del almuerzo.

A la hora de la cuenta, daba gusto ver el total de la misma, pues por una módica suma de dinero, se almorzaba acompañado por unos sabrosos rielazos de Flor de Caña. Tal vez saldría a unos doce o trece córdobas por piocha, es decir unos 1.72 dólares.  En la actualidad en uno de esos bares fufurufos, esa cantidad no alcanza ni para una cerveza nacional.

Es posible que los dueños de Los Chanchitos no se hicieran millonarios con su negocio, sin embargo, les proporcionaba un ingreso digno, además de que se llenaba de bote en bote cada miércoles y viernes.

Recientemente tuve que pasar por la carretera vieja a Tipitapa y me pareció que todavía subsiste el negocio, ahora con un rótulo elegante, aunque se miraba la misma infraestructura.  Me dio un poco de nostalgia, no por el chancho, que por prescripción médica lo eliminé, ni por la Flor de Caña que cuando se me antoja, el hígado se pone de repugnante, sino por los amigos de esa época, Carlos Delgado, Francisco Rodríguez, René Estrada, Ricardo Cruz y varios más, que algún miércoles o viernes, al punto de las doce, andaban armando el viaje a Los Chanchitos y las amenas pláticas que ahí surgían.

 

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El amor, triste y azul

Para 1968 estábamos sumergidos en la música rock.  Los Beatles estaban en su pleno apogeo y ese año habían lanzado Revolution y Hey Jude.  El movimiento hippie se había masificado en los Estados Unidos y el resto del mundo imitaba alguna de sus características, entre ellas la vestimenta, así como la música, que desembocó en el legendario concierto de Woodstock el siguiente año.   Grupos como The Doors, Steppenwolf, The Who, The Box Tops, Tommy James & The Shondells, The Monkees, Sly & The Family Stone, The Lemon Pipers, The Temptations, The Rolling Stones, Erick Burdon & The Animals, Cream, The Beach Boys, The Cowsills y varios más dominaban la escena de la música popular en inglés, aunque de vez en cuando aparecían éxitos que se apartaban de la corriente musical dominante.

 

A finales de ese año, nos llegó un tema, proveniente de los Estados Unidos en donde había ocupado el primer lugar de los hit parades por varias semanas y que realmente llegó al corazón de la audiencia nicaragüense.  Se trataba de Love is blue, interpretado por el pianista, arreglista y director francés Paul Mauriat y su gran orquesta.  En español la canción fue bautizada como El amor es triste y a pesar de que la versión de Mauriat era instrumental, la profundidad de la melodía conducía invariablemente hacia esa esencia del amor que produce una sensación de tristeza.  Hay que recordar que íbamos rumbo a los veinte años y nuestros corazones, por no decir toda nuestra producción de hormonas, eran como la planta nuclear de Fukushima. El tema estaba impecablemente interpretado y mantenía un estilo bastante depurado con un aire clásico.  En los Estados Unidos había sido clasificado dentro del rubro “Easy Listening” y en ese momento logró, momentáneamente, hacer a un lado a Ray Conniff, dueño y señor en ese entonces de esa categoría.

 

La canción, sin embargo, era un cover de un tema que tenía su historia.  La original había sido compuesta por el músico y director francés, André Popp, con letra de Pierre Cour para el Festival de Eurovisión de 1967, bajo el título L´amour est bleu.  La canción representó a Luxemburgo y fue interpretada en francés por la cantante Vicky Leandros, de origen griego y radicada en Alemania.   La canción no triunfó en el festival, el cual fue ganado por el tema inglés Marionetas en la cuerda.

 

El sello Philips le solicitó a Paul Mauriat realizar una versión instrumental de esa canción y a pesar de que Mauriat no estaba entusiasmado con la idea, al final aceptó grabarla.  El tema obtuvo un modesto éxito en Francia y fue gracias a un disc jockey de Minneapolis en los Estados Unidos quien descubrió la versión de Mauriat y empezó a radiarla que al poco tiempo la audiencia empezó a pedirla insistentemente, alcanzando el primer lugar de los charts por varias semanas consecutivas.  Era algo inusual para un tema instrumental, pues no se miraba algo igual desde el éxito de Telstar con The Tornados en 1962, éxito del cual posteriormente The Ventures sacaron un cover, para mi gusto mejor que el original y que muchos recordarán como el tema de “El programa de la juventud” de Radio Católica a mediados de los sesenta.

 

Para nosotros Paul Mauriat era completamente desconocido, a pesar de que en Francia tenía una larga carrera musical, pues desde pequeño estuvo dedicado a la música y había trabajado con artistas de la talla de Maurice Chevalier y Charles Aznavour.  De vez en cuando componía y grababa temas bajo cualquier seudónimo y uno de esos temas grabado originalmente con el título de Chariots, luego se convirtió luego en I will follow him, interpretado por Petula Clark y posteriormente por Little Peggy March quien la lanzó a un éxito arrollador en los Estados Unidos.  Dicho tema se conoció en español como Yo la seguiré, mismo que fue interpretado por varios artistas del momento como Emily Cranz y Enrique Guzmán; Angélica María sacó una versión muy buena bajo el título de Chariot.  A inicios de los noventa, una película de Whoopi Goldberg, “Una monja de cuidado” (Sister Act) volvió a resucitar el tema, con buen suceso.

 

En cuanto a El amor es triste, cabe decir que ninguna de las versiones del tema pudo superar a la interpretación de Paul Mauriat, aun considerando que las versiones cantadas, en francés e inglés jugaban con los colores asociados a las distintas facetas del amor, agregando que en inglés también tiene la acepción de triste o melancólico, de ahí que el título en español fuera El amor es triste, un tanto más apegado a la característica del tema.  Las versiones vocales fueron muchas, desde Frank Sinatra hasta Raphael quien la canta en su película El golfo.

 

Cabe agregar que Paul Mauriat no volvió a alcanzar el éxito que obtuvo con El amor es triste, salvo tal vez por el tema El amor en cada habitación, que también tuvo una buena aceptación pero nunca como el primero.  Lo curioso es que la música de Paul Mauriat obtuvo un éxito inusual en Japón, en donde el director ofreció cerca de mil conciertos a lo largo de toda su carrera, así mismo, cuando finalizó su contrato con el sello Philips, firmó con el sello japonés Pony Canyon.    Cuando sintió que era tiempo de retirarse, Mauriat seleccionó a la ciudad de Osaka, Japón, como el lugar para ofrecer su último concierto en 1998, ocho años antes de fallecer en su natal Francia.

 

Después de que El amor es triste inundó las ondas hertzianas de Nicaragua por un buen rato, en 1969 poco a poco se fue difuminando para dar paso a los nuevos éxitos.  Los Beatles lanzaron Get back, que fue el preludio de su separación y el rock en general volvió a adueñarse de las preferencias nacionales.

 

Los “jóvenes” que ya han rebasado la barrera del medio siglo, sin duda alguna recordarán El amor es triste y seguramente estará asociada al recuerdo de algún amor posible o imposible.  Se trata de un tema que a diferencia de muchos de los éxitos de esa época, no se escucha en los programas nostálgicos de la radiodifusión nacional.

 

Así que ahora, que el gris autumnal se cierne sobre nuestras cabezas, en alguna pálida tarde, tal vez podríamos recordar con el fondo musical del maestro Mauriat a los extraordinarios versos de El Vate: “y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa…”

 

 

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Una buena amistad vale oro

Hace algunas semanas se originó en Nicaragua un pequeño escándalo en torno a un comercial de la Cerveza Toña.  Dicho comercial, con el ánimo de resaltar el nacionalismo de sus consumidores nicaragüenses, en especial a raíz del conflicto limítrofe con Costa Rica, presenta imágenes de carácter folklórico con un son nica de fondo que insiste: “como mi tierra, no hay dos…”  Esto no tendría nada de particular si no hubiera sido que ha salido a la luz que el citado comercial fue grabado en Costa Rica, con “actores” y técnicos ticos.  Así pues, la “belleza trigueña que no anda con cuentos” que observamos en el comercial, salta a la vista que no tiene nada que ver con la belleza de las nicas.  Existe la posibilidad de que el comercial haya sido doblado, así pues no es remoto que en el original los “actores” hayan dicho horrhhorhess.

Los encargados de mercadeo de la cervecería salieron a la defensa de su decisión argumentando que en Nicaragua no existían los recursos técnicos para realizar el comercial y de haberse producido acá, los costos se hubieran elevado significativamente.

Esto me trajo a la mente la época en que se produjo uno de los mejores comerciales nicaragüenses de toda la historia de la publicidad nacional.  Fue hace cuarenta años, en el inicio de los años setenta cuando la Compañía Licorera de Nicaragua sintió que sus rones “añejados” clásicos, el Flor de Caña etiqueta negra y el etiqueta roja, estaban posicionados muy frágilmente en el mercado, pues ya habían sufrido los embates de la competencia con el ron Carta Vieja importado de Panamá, así como el Ron Conquistador.  Entonces, encargó a su químico estrella, el Ing. Guillermo Ramírez Baltodano, que trabajara en un ron que estuviera acorde con los aires de modernidad que soplaban en esa época.

El Ing. Ramírez, jinotepino e ingeniero químico graduado en México, conocido cariñosamente como Pitusín, era amigo y paciente de mi padre y siempre le estaba llevando muestras de obsequio, ya fueran rones secos, extrasecos, de cuerpo medio e incluso unas muestras de vodka, mucho antes que salieran al mercado, incluso, el ensayo del ron superior de la Flor de Caña.  Según mi padre Pitusín era un químico de renombre a nivel latinoamericano y era el verdadero creador del Flor de Caña.

De esta forma, el mago de la Flor de Caña concibió y trajo al mundo al Ron Flor de Caña “Oro” y la compañía licorera decidió lanzarlo al mercado con pompa y circunstancia, a través de una campaña publicitaria que colocara al producto en primer lugar de las preferencias nacionales.

Así fue que a finales de 1971, en la televisión principalmente, comenzó la mencionada campaña, con un comercial que constituyó un verdadero hito en la historia de la publicidad nicaragüense.  Lo primero que impactaba del comercial era la música.  Como no se trataba de promover ningún nacionalismo en esa época, no se recurrió a música vernácula, sino que fue a través de un bossa nova, que era el ritmo que sacudió a todo el mundo en la segunda parte de la década de los sesenta.  Un piano entraba con un ritmo sabroso y tranquilizante y luego una voz en off afirmaba de manera convincente: “Una buena amistad vale oro”.  Inmediatamente después aparecía una joven que irradiaba sensualidad, con una sonrisa que invitaba a la amistad y en una mano sostenía un vaso con un cocktail de lo que supuestamente era el nuevo Flor de Caña “Oro”.  Luego la voz en off señalaba las principales bondades del ron, mientras la cámara continuaba mostrando la beldad que sentada, no recuerdo si era una hamaca o una silla de playa, pero que en su conjunto el comercial empujaba prácticamente al consumidor a probar el nuevo ron.

El comercial descansó en tres elementos básicos, en primer lugar, la música, pues el bossa nova es un ritmo que invita a disfrutar una buena bebida en un ambiente relax, que provoca saborearla lentamente.  El segundo elemento era la amistad, pues para disfrutar unos tragos platicados, nada mejor que los buenos amigos que en un ambiente de cordialidad refrendan sus lazos de amistad.  El tercer elemento era la belleza de la joven del comercial que sin decir palabra alguna, con su figura y su extraordinaria sonrisa remataba la invitación a saborear el nuevo ron.

La muchacha en cuestión era una joven de apellido Bello Abaunza, prima de mis dilectos amigos los hermanos Robleto Abaunza y que de vez en cuando visitaba a sus primos en el pueblo.  Cabe aclarar que su prima Inmaculada Robleto, no se quedaba atrás en belleza y también ella pudo haber modelado para el comercial con igual éxito.  Ambas eran dignas representantes de la belleza nicaragüense.

Sobre el tema que servía de fondo, a pesar de que fácilmente podía identificarse como un bossa nova, en ese tiempo yo desconocía mucho de lo concerniente a ese movimiento musical, salvo tal vez los pocos éxitos que nos llegaron:  La chica de Ipanema, Meditación y unos cuantos más que eran las de clavar para iniciar las fiestas.  No conocía la obra de Jobin ni la de los grandes exponentes de esta música.  Sinceramente creí en ese tiempo, que el tema del comercial había sido compuesto especialmente para esa ocasión.

No fue sino hasta unos trece años más tarde, viviendo en México que curioseando por una discoteca del Distrito Federal miré un casette que estaba en promoción.  La portada mostraba una jirafa corriendo, con un cielo color verde y una pradera color azul, con una leyenda que decía Antonio Carlos Jobin: Wave.  Sin pensarlo mucho lo compré y cual no sería mi sorpresa cuando al escuchar el tema principal y que daba su nombre al álbum, Wave, resultó ser el tema de aquel comercial del Flor de Caña Oro.  Como referencia me di cuenta que dicho álbum había salido a la luz desde 1967.  No podría describir la emoción que sentí al transportarme a los dorados tiempos en el terruño y aquel comercial que puso a soñar a tanta gente.  Se convirtió en uno de mis temas favoritos y hurgando en su letra, en otras versiones cantadas, encontré una estrofa que le daba más sentido a aquel comercial y que decía: “es imposible ser feliz solito” con la salvedad que en portugués “sozinho” tiene mucho más fuerza.

Respecto a la Flor de Caña Oro, debo ser honesto, pues el lanzamiento de ese ron ocurrió cuando yo estaba metido de lleno en el equipo de atletismo que dirigía Istvan Hidvegi, quien demandaba de sus discípulos una disciplina férrea con renuncias casi  como de monje de La Cartuja.  Cuando por motivos del terremoto de 1972 dejé el equipo de atletismo e ingresé a trabajar al Banco Nacional, como una forma de fomentar la recuperación de pequeños negocios, en especial la de los bares, los miembros de la División Industrial visitábamos regularmente estos lugares para, además, estrechar los lazos de amistad entre los funcionarios y técnicos de esa División y desde luego, el trago más solicitado era el Flor de Caña Oro.  Más que el sabor del multi promocionado ron, quedaron en mi memoria los gratos momentos con la compañía de tantos amigos: Arturo Vaughan, Róger Arteaga, Marcio Berríos, Max Hurtado, Orlando Falla, Luis Rodríguez, Carlos Gutiérrez, Mario Duarte, Magaly Pérez, Ena Bendaña, Edgardo Pérez y varios más.

Cuarenta años después las cosas han cambiado sensiblemente.  Muchos de los amigos de aquella época se nos han adelantado.  Jobin falleció en 1994 y a inicios de este 2011 se presentó ante el Creador el gran Pitusín Ramírez.  La publicidad en Nicaragua emite ciertos estertores y esto se puede ver a través de la mayoría de las campañas publicitarias actuales.  Si no lo cree, observe la campaña de Yota y la de Tang Cebada.

El Ron Flor de Caña Oro ha logrado sobrevivir y el grupo Pellas se ha encargado de fabricarle una imagen de excelencia internacional y hasta contrató a un especialista para que diseñara una descripción del producto que pregona que cuenta con un cuerpo medio, ámbar dorado con un bouquet de vainilla y con entrada al paladar suave, dando paso a un paladar redondo, seco, con sabor a caramelo, caña de azúcar y sabores de especias picantes, terminando con un toque de coco tostado y pimienta.  Reflauta diría Condorito, no en balde ha ganado más medallas que un santo de pueblo.

Yo me he vuelto más exigente en cuanto a los tragos, será que mi hígado está más pateado que una pelota de fut en patio brasileño, así que el Ron Flor de Caña Oro, lo que me deja en la boca es un sabor a moneda de a chelín, que luego da paso a un paladar obtuso, con sabores de níspero y culantro y la goma ni se diga.

Lo que se mantiene incólume a través del tiempo es esa sabia frase del comercial: “Una buena amistad vale oro”, así que cada vez que me tomo una licencia para echarme un trago, lo hago preferiblemente con el fondo de la música de Jobin y a lo interno, hago un brindis por todas aquellas nobles personas que me han distinguido con su amistad, no importa que pase el tiempo y ahora sean, al igual que la chica del comercial, venerables abuelitos y abuelitas.

Enlace a Wave de Antonio Carlos Jobin

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