Archivo mensual: octubre 2018

Otra historia que se va entre los dedos

 

Cuando los integrantes del selecto club de la tercera edad evocamos la vieja Managua, aquella de antes del terremoto del 72, sobra algún joven que opine que es tiempo de voltear la hoja, dejar de añorar aquel tiempo pasado y resignarse a vivir en la nueva ciudad.  No obstante, aquí cabe la pregunta del millón ¿Cuál nueva ciudad?  Managua es una ciudad que ha pasado por varios procesos de transformación de tal manera que difícilmente podríamos hablar de parteaguas cada vez que ocurre un sismo de gran magnitud.  Por ejemplo, si hacemos un ejercicio y nos ubicamos en un punto intermedio entre 1972 y ahora, digamos en 1996 y comenzamos a recorrer la ciudad de aquella época, encontraríamos que era completamente diferente a la actual y la nostalgia que sentimos los veteranos por la Managua de antes del terremoto, es la misma que los jóvenes que se ubican en los pretiles alrededor de la cuarentena, sentirán cuando recuerden aquellos tiempos.

Era el último año de gobierno de doña Violeta de Chamorro y la capital conservaba cierta placidez, pues en su área urbana apenas rebasaba el millón de habitantes.  Las obras de infraestructura todavía no terminaban de desperezarse del sopor en que se mantuvieron durante los ochenta.  Aunque usted no lo crea, no había rotondas, salvo tal vez la de Bello Horizonte y los semáforos que todavía no alcanzaban la inteligencia de ahora, resolvían para un tránsito liviano, pues en ese entonces el parque vehicular no sobrepasaba las 90,000 unidades en la capital, de las cuales tan solo 10,000 eran motocicletas.  En otras palabras, era el paraíso.  No existía ni la pista suburbana, ni la Jean Paul Genie y el único paso a desnivel era, si así pudiera llamarse, el que está al inicio de la carretera a Masaya y la calle que bordea Tiscapa.

El comercio formal todavía no mostraba dinamismo y solo existían los centros que sobrevivían desde los sesenta y setenta, el Centro Comercial Managua, que en algunos días se mostraba lánguido, Metrocentro era tan solo un “galillo” en donde se ubicaban unas diez o doce tiendas, entre ellas Eclipse, Génesis, una joyería, entre otros y un súper mercado en el extremo oriental, el Camino de Oriente que en medio de todo guardaba su antiguo glamur, el de Linda Vista abandonado en su mayoría y lo que un día fue el Nejapa, en donde predominaban los juzgados y unas pocas tiendas, así como comiderías y ventas de chucherías que siempre rodean a la justicia.  No se conocía el término Food Court.  Por otra parte, estaba el remanente de lo que fue la Diplotienda que para ese tiempo estaba abierta a todo público y a la cual Siman le había echado el ojo como cabeza de playa para su desembarco en el país.  De la misma forma, no habían más que dos cadenas de súper mercados, La Colonia que contaba con un par de locales e igualmente el Súper mercado La Fe.  Todavía no había proliferado la fiebre de pequeñas plazas comerciales y subsistían el Zumen, lo que fue Galerías frente a Plaza España y otros cuantos.

La gente todavía no recuperaba la afición por el cine y tan solo los dos cinemas de Camino de Oriente y el de Bello Horizonte satisfacían la demanda local.

En lo que se refiere a hoteles, en el rango de tres estrellas o más se ubicaban el Intercontinental, el Camino Real, Las Mercedes, el Hotel Estrella encontrándose en construcción el Holiday Inn.  Los restaurantes de ese nivel también se contaban con los dedos, Los Ranchos, El Eskimo, La Marsellesa, los diferentes locales de La Plancha.  Tampoco eran muchas las pizzerías, la Valenti, los dos locales de Pizza House y la Pizza María (pizza las 24 horas) frente al Centro Banic.

La banca por su parte mostraba un inusitado dinamismo, después de haber sido privatizada de nuevo a inicios de los noventa, surgieron varias instituciones y muchas de ellas desaparecieron del mapa como BANIC, BAMER, BANADES, BANEXPO, INTERBANK, BANCALEY, BANCAFE, entre otras.

En cuanto a hospitales privados, predominaba en aquel tiempo el Hospital Bautista y en una mínima dimensión lo que es ahora Salud Integral, aunque algunos hospitales públicos ofrecían servicios privados como el PAME del Hospital Militar.

Las opciones para el estudio universitario eran reducidas, pues aparte de la UNAN, la UNA y la UNI, solo destacaban la UCA, la UPOLI, la UAM que precisamente ese año se cambió de una casa en Bolonia a un pabellón en su nuevo recinto junto al Camino de Oriente, la UCC en Altamira, UNICA, UCEM, entre otras.

La tecnología había avanzado vertiginosamente y el país trataba de mantenerse lo más al día posible.  La mayoría de las oficinas contaban con computadoras personales, la mayoría de la serie 386 y algunos con 486, acompañados algunos con impresoras laser y una mayoría con impresoras de matriz.  Eran pocos los hogares que podían darse el lujo de contar con una computadora, pues un equipo “clon”, alcanzaba hasta los dos mil dólares.   Poco a poco el personal de oficina se había ido familiarizando con el uso de estos equipos y una carrera promisoria era la de operador de computadora o capturista.

En lo que se refiere a telecomunicaciones, todavía no se observaba avances significativos en la ciudad.  El último grito en este sentido era el anuncio de aquellas empresas que en su publicidad consignaban como número telefónico un PBX que no era otra cosa que el Private Branch Exchange que permitía a una empresa contar con varias líneas externas con el mismo número telefónico, además del intercambio de comunicación al interior de la empresa.  El FAX era todavía un requerimiento primordial para la comunicación, al enviar y recibir documentos principalmente a larga distancia.  Ya el correo tradicional comenzaba a menguar y el telégrafo vivía una prolongada agonía.

La telefonía celular todavía se encontraba en pañales y se registraban a lo mucho unas 4,000 líneas operada por Nicacel, ya en pláticas con Bellsouth para una próxima venta.  Este servicio estaba orientado a los altos ejecutivos y funcionarios del gobierno que podían darse el lujo de mantenerlas pues se pagaba una fortuna tanto en llamadas realizadas como recibidas.  El sucedáneo un poco más al alcance del resto de ejecutivos era el “beeper” tal como se llamaba a los “pagers” o localizadores que recibían un mensaje de texto enviado vía llamada telefónica a una central de la empresa operadora, en ese tiempo Alfanumeric.   Para el resto del mundo que no tenían ni siquiera una línea fija a la mano, se encontraban los teléfonos públicos de tarjeta, operados por Publitel, con unidades en puntos estratégicos de la ciudad.

El internet todavía era un privilegio para unos pocos y se realizaba a través de una conexión llamada Red Telefónica Conmutada en donde se marcaba el número del proveedor y este a través de un chicharreo establecía la conexión, muy limitada por cierto.  Eran muy pocos quienes podían darse el lujo de contar con una cuenta de correo electrónico.

Si quisiéramos ponerle banda sonora a esta evocación, creo que la más acertada sería tal vez, el tema Mi historia entre tus dedos, que si bien es cierto, su autor e intérprete, el italiano Gianluca Grignani la había estrenado en su idioma original en 1994, la versión en español llegó al país hasta en 1996 y se adueñó de todas las listas de popularidad.  Era un tema de desamor, en el que el protagonista de la historia afronta una ruptura, con una melodía en extremo pegajosa, pero que no obstante tiene las fallas comunes que tienen los temas en italiano que pretenden traducirse al español utilizando las similitudes entre ambas lenguas, pero que al final se alejan enormemente del sentimiento original.  Hay algunos aciertos que pueden rescatarse de la versión en español como es la expresión:  “Porque conozco esa sonrisa tan definitiva…”  Una noticia le dio un toque más dramático al tema anterior, al correrse el rumor de que Gianluca se había suicidado, lo cual al final no fue más que otra falsedad.

De esta forma, si escuchamos este tema y cerramos los ojos, tal vez nos transportemos a esa otra Managua, tan diferente a la actual, que a veces nos parece tan atestada con cerca de 2.3 millones de habitantes y un total de medio millón de vehículos, de los cuales 300 mil son motocicletas.  La ciudad está plagada de rotondas en donde el tráfico se aglomera y en ocasiones parecen ser posibles focos de infección por salmonelosis.  Los semáforos inteligentes parecieran haber sufrido una lobotomía, de tal manera que a veces un simple traslado se transforma en un calvario.

Así pues, sin necesidad de ir tan lejos, muchos sentirán nostalgia, tal vez recordarán un amor perdido, otros probablemente agradecerán aquel adiós, lo cierto es que el sabor que tenía la novia del Xolotlán en aquel entonces, es una historia que se fue entre los dedos.

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El bueno, el malo y el feo

Llega un momento en nuestras vidas en que cincuenta años, es decir, medio siglo, deja de ser una cifra astronómica y se nos hace algo manejable, incluso acariciable.  Total, como decía Gardel, no es nada.  Es esa etapa cuando ya peinamos canas y algunos disconformes L´Oreal, Wella o Mejicana; cuando la caja más grande que tenemos no es la fuerte, sino la de las medicinas y cuando es un verdadero reto para la memoria recordar el horario en que hay que tomarlas o peor aún, recordar que hay que tomarlas.

Así pues, a estas alturas del partido se nos viene haciendo costumbre cada año retroceder cincuenta años el calendario y nos estrujamos la mente para desempolvar los recuerdos de aquella época.  En estos meses, le ha tocado el turno al año 1968.  Cómo no recordar aquel año que inició con un terrible susto.  Vivía yo en ese entonces, tal como lo consigné en un artículo anterior, Roconolas lejanas, en la casa de mi tía Leticia, en el sector del Mercado Oriental, en la calle de El Trebol, justamente junto a la Toña Nariz, una famosa casa de citas para ser finos, de cierta categoría y frente a los bares Tía Ana y Los Caracoles, todos ellos lugares non sanctos que muchos habrán conocido y de cuyos nombres muchos no querrán acordarse.  Pues bien, en la madrugada del 4 de enero me despertó un sismo que estremeció el cuarto donde dormía, por así decirlo, plácidamente.  Toda la estructura se cimbró, el suelo trepidó y un tremendo ruido hizo que me incorporara, al mismo tiempo que algunas tejas de barro del techo se rompían y uno de los trozos me cayó justamente en la cabeza, abriéndome una pequeña herida.  Me puse rápidamente la ropa y junto a mi tía salimos a la calle, en donde ya toda la gente llenaba el ambiente con gritos, llantos y oraciones.  Las muchachas de donde la Toña, sin ningún pudor salieron en baby doll, con un rostro que reflejaba un temor mayor que al de la penicilina.  El sismo no fue tan fuerte, apenas 4.8 grados y con epicentro en la Colonia Centroamérica, algo retirada de donde estábamos.  Sin embargo, años más tarde me di cuenta que debajo de  mi cuarto había un sumidero y que en el terremoto de 1972 se había tragado buena parte de aquella casa, llevándose al otro barrio a la familia que ahí vivía.

En ese año ingresé al segundo año de la carrera de economía y comenzó para mí el horario nocturno, complementado con una hora de clases a las siete de la mañana.  Además del propósito de echarle producto de gallina a las clases que empezaban a ponerse más difíciles, también me propuse bajar de peso, aprovechando que tenía que hacer dos viajes desde el Oriental hasta la Facultad cerca de La Prensa, unas veinticinco cuadras a pincel.  Comencé a conocer cada palmo de aquella ruta cotidiana, haciéndome asiduo de las farmacias que tenían básculas y que por un córdoba ofrecían el peso y la suerte y que fueron testigos de las setenta libras que logré bajar a lo largo de aquel año, vaticinándome además las más extravagantes predicciones para mi vida.  En algunas ocasiones, más por curiosidad que por otra cosa, daba algunos paseos en la  recién inaugurada ruta 11, llamada Policlínicas, pues conectaba a los dos centros de atención médica del INSS en el oriente y occidente de la capital y contaba con autobuses nuevos Bluebird, azul y blanco por cierto y del nuevo modelo chato.

Ese año mis aficiones se ampliaron.  Además de la música, que absorbía a través de un radio portátil Philips y de las roconolas de la Toña Nariz y bares aledaños, estaba el cine, aprovechando que estaba rodeado de salas que por un córdoba podía mirar una película estrenada un par de meses antes en los grandes teatros.  Muy cerca tenía el Ruiz,  el Luciérnaga y el recién inaugurado México, un poco más lejos el Tropical y el Darío y a media hora de camellada, el América, el Boer y el Alameda.  Debo de admitir que nunca me atreví a ingresar ni al Apolo, ni al Pálace ni al Fénix.  A estas aficiones agregue algo nuevo para mí: el ejercicio.  Además de las largas caminatas a la Facultad o al cine, que procuraba cubrirlas a todo vapor, me conseguí un costal que llené de arena y colgué de un árbol del patio y a la menor oportunidad empezaba a emular al Ratón Mojica piporreando sin piedad el costal aquel, con más arrestos que técnica.

No obstante, si tuviera que resaltar un acontecimiento de aquel año, me decidiría sin duda alguna por el estreno en Managua de la película El bueno, el malo y el feo.  Anteriormente habíamos visto, con mucha sorpresa, las dos primeras películas de lo que luego se conocería como la trilogía de los dólares, aunque en otros países se conoció como la trilogía del hombre sin nombre y que curiosamente no era precisamente una saga, pues el único elemento que tenían en común era un tipo sin nombre, mal arreglado y que fue interpretado por una figura desconocida completamente: Clint Eastwood, bajo la dirección de alguien también desconocido para nosotros, el italiano Sergio Leone.  De hecho, El bueno, el malo y el feo había sido rodada en 1966, se había estrenado en Italia en diciembre de ese año y un año después en los Estados Unidos, así que a nosotros nos tocó hasta fines de 1968.

Las dos primeras películas de aquella trilogía vinieron a arrancar de nuestras mentes aquella imagen que teníamos del género western, conocido por nosotros como películas de vaqueros.  El porte hasta cierto tipo elegante de los protagonistas como John Wayne, Gary Cooper, Randolph Scott, Allan Ladd, James Steward o Gregory Peck, contrastaba con el de  un individuo desaliñado, con cara de no haberse bañado, con un poncho, un sombrero de mejores ayeres y un puro chilcagre en la boca.  Otro aspecto relevante fue la violencia explícita en este nuevo género y que se alejaba de los estándares de Hollywood un tanto más apegados a la realidad y en cierta medida reprimida por la censura.  En este nuevo estilo de western, los protagonistas tenían una puntería de excelencia, una inusitada velocidad de tiro y armas con capacidad ilimitada de cartuchos.

El impacto de esta película fue tremendo en la población y superó con creces el tan esperado estreno de Solo se vive dos veces, de la saga de James Bond.  Sin embargo, es importante señalar que un elemento que ayudó de manera significativa en el éxito que alcanzó esta cinta fue la banda sonora.  El trabajo de Enio Morricone, condiscípulo y amigo de la niñez de Sergio Leone, fue fundamental para hacer de esta película algo inolvidable.  Se le había solicitado a Morricone que en el tema principal tratara de imitar el llanto o gemido de una hiena y de ahí salió el famoso tema, tan pegajoso que por mucho tiempo el prohombre y el  villano lo silbaban a los cuatro vientos a lo largo de la ciudad.  Podría decirse que superó al clásico tema de los westerns, The magnificent seven (Siete hombres y un destino), de Elmer Berstein y que perduró en el tiempo gracias al arreglo que hizo Henry Mancini para la campaña publicitaria de los cigarrillos Marlboro.

La salida del cine, después de aquella función fue algo épico.  El cine Luciérnaga lleno a reventar, tanto la preferencia de a dos córdobas como la gayola de a uno.  La gente se levantó de sus asientos como con cautela, imitando a la escena final cuando el bueno, el malo y el feo se van colocando en el sitio conveniente para el duelo final. Sin despegar la vista de quienes los rodeaban, todos los espectadores, tratando de proyectar la serenidad del rubio y quienes fumaban su Valencia dejándoselo en la boca imaginándose un chilcagre, fueron abandonando la sala caminando de manera peligrosa.  Uno que otro ya se había aprendido la tonada del tema y la silbaba.  En sus miradas se reflejaba la satisfacción de haber invertido de manera óptima el precio de la entrada.  Más de alguno pudo haber gritado: Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo!

Después de esa película, el género western no sería el mismo.  A pesar del remoquete de spaguetti adosado en forma despectiva a lo que quisieron manejar como un sub género, Sergio Leone, le dio un giro significativo a lo que parecía ser un monopolio de Hollywood, a quien obligó a repensarlo y la muestra la vimos unos años más tarde con el estreno de The wild bunch (La pandilla salvaje) de Sam Peckinpah.

En lo particular, debo confesar, sin tratar de invadir en lo más mínimo los terrenos del ojo crítico de Ampié, que me impresionó más la película de Sergio Leone que Solo se vive dos veces, de James Bond, aunque guardando la distancia entre géneros, me gustó un poco más el tema musical de esta última, interpretado por Nancy Sinatra, en especial las dos primeras líneas que rezan:  “Usted solo vive dos veces, o al menos así parece, una vida para usted y una para sus sueños”.

En mi caso, aquel año lo viví más para mis sueños.  Logré mejorar mi rendimiento académico en la Facultad de Economía.  Por otra parte, llegué a perder cerca de setenta libras al mismo tiempo que me iba enamorando de cada calle de aquella esplendorosa ciudad.  También fui al cine muchas más veces de que lo que había asistido en toda mi vida.  Me di el lujo de caminar desde el cine México a la calle de El Trebol, después de la tanda de ocho de la noche.  Tuve la oportunidad de conocer al revés y al derecho todo el hit parade local, aunque para mi pesar conocí a los Rockets no en la Tortuga Morada, sino a través del radio.  No obstante, al finalizar aquel año, tuve que decirle adiós a la vieja facultad, pues al año siguiente estrenaríamos el Recinto Universitario “Rubén Darío” en Jocote Dulce y al trasladarse mi familia a Managua, dejé el sector del Oriental y me fui a vivir al lado occidental de la capital, en el famoso Callejón de Alí Babá.

En cincuenta años, ya ha llovido mucho y definitivamente vivimos en otro mundo.  Aquella Managua de ensoñación fue borrada del mapa en 1972, con todo y sus cines y roconolas.  Sergio Leone, Lee van Cleef y Eli Walach, duermen ya el sueño de los justos, mientras que Clint Eastwood y Enio Morricone todavía resaltan en la escena mundial, el primero como un exitoso director y el segundo como un legendario compositor y conductor. En el sector del Oriental no me atrevo a transitar ni siquiera de día.  El Recinto Universitario “Rubén Darío” se asemeja más al Berlin oriental de la guerra fría que al campus que proclamaba la autonomía y la libertad.  El cine, más que de asistir a una sala es de Netflix o Cuevana y el mundo de la música se ha ampliado significativamente con YouTube y se puede manejar cómodamente desde un celular, es más se puede encontrar una nueva versión del tema de aquella película a cargo de The Danish Natioanal Sinphony Orchestra,  que es una de las mejores.

Me pongo a pensar en estos dorados tiempos, si se tratara de hacer una nueva versión de El bueno, el malo y el feo y lo único en  que puedo tener la certeza es en que una buena versión tendría que estar dirigida por Tarantino.  Para definir los actores, tal vez primero habría que repensar en los personajes.  A estas alturas del partido, bueno, malo y feo, tal vez no bastarían para darle un toque de realidad.  Sin duda alguna habría que cambiar hacia El bueno, el feo y el cínico.  Creo firmemente que estos tiempos de la posverdad, resalta el cinismo, como una obscenidad descarada y una manifestación de lo más ruin y deplorable del género humano.  De esta manera, en la nueva versión, el cínico mataría al bueno y antes de eliminar al feo, lo torturaría para que asuma la culpa y además de declararse autor de las muertes que ocurren en toda la película, finalizando la misma cuando el cínico va a la vela de los otros dos.
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