Archivo mensual: agosto 2008

Las píldoras de vida

Hoy en día, es muy difícil que un medicamento ofrezca un alivio eficaz para cualquier dolencia. Encontrará usted coadyuvantes en el tratamiento de la hipertensión o de la diabetes que sin ningún compromiso ayudan a los pacientes que padecen estas enfermedades y que bajo una gran cantidad de efectos secundarios y contraindicaciones, pueden reducir las molestias que los aquejan, sin llegar nunca a producir un alivio definitivo. De la misma forma, existen fórmulas que aparentemente le hacen bajar de peso, siempre y cuando realice un programa sistemático de ejercicios y mantenga una dieta adecuada. El tratamiento para el dolor de cabeza tiene el riesgo de provocarle irritación estomacal y otros medicamentos analgésicos o desinflamatorios tienen que ser administrados en forma conjunta con ranitidina para evitar una úlcera. Muchos antibióticos actúan eficazmente contra las bacterias más resistentes, pero pueden producir fuertes daños sobre el hígado o los riñones e incluso producir sordera.

 

Sin embargo, a comienzos del siglo XX, salió al mercado una medicina que prometía curar la mayoría de las dolencias que aquejaban en aquel entonces a la humanidad y de manera tal vez pretensiosa, fue bautizada como Píldoras de Vida. Eran las famosas píldoras del Doctor Ross que también se conocían como píldoras rosadas, por el coincidente parecido de su color con el apellido del supuesto galeno que las había desarrollado.

 

Nunca nadie supo la fórmula de las famosas píldoras, pues en ese entonces la Food and Drug Administration ( FDA) no tenía el control que mantiene ahora sobre cualquier medicamento que sale al mercado, sujeto a miles de controles y pruebas en animales y humanos. Así que en el envase de las benditas píldoras, a duras penas se leía el nombre, el laboratorio que las producía, en un inicio la Sydney Ross Company, así como el lugar de los EE UU en donde eran fabricadas.

 

Todavía en los años cincuenta estas píldoras tenían una amplia demanda. En la farmacia de mi abuelo, en el mostrador principal, en la gaveta superior derecha, viendo hacia la calle, junto a varias otras píldoras y pastillas de la época como las Helmitol, Vigorón, De Witt, De Reuters, Ganol, Matadolor, Anacin, Cafeaspirina, Saridon, Mejoral, Veganine, Tiro Seguro, Higado Sanil, Entero Vioformo y varias más, estaba un recipiente de vidrio, minúsculo, con un tapón de corcho también diminuto con las célebres píldoras de vida del Dr. Ross. Para despacharlas había que hacer circo, maroma y teatro, pues con mucho cuidado había que abrir el recipiente retirando el pequeño corcho y sacando la cantidad de píldoras a vender, que en forma esférica tendrían unos 5.43 milímetros de diámetro como precisaría El Firuliche, luego había que depositarlas en un rectángulo de papel de envolver debidamente sellado con el nombre de la botica y el logotipo de la Emulsión de Scott, volviendo a tapar cuidadosamente el envase sin ejercer mucha presión para evitar que se rompiera. Estas píldoras que se vendían al menudeo costaban 15 centavos de córdoba de aquella época, equivalentes a 3 centavos dólar. Según mi abuelo, las píldoras de vida no eran otra cosa más que ruibarbo.

 

A pesar de que las Píldoras de Vida del Dr. Ross, como rezaba el frasco que las contenía, era de manera genérica un laxante, los beneficios que se le atribuían abarcaban la mejoría en el funcionamiento del sistema digestivo, del hígado, los riñones y por lo tanto prevenía el envejecimiento. Al creerse que una buena digestión tenía efectos sobre una piel sana, muchos tenían una enorme fe en que ponía la piel color de rosa y de una lozanía inigualable. Cuando la mercadotecnia comenzó a desarrollarse, a un ilustre gerente de marca se le ocurrió que las píldoras de vida deberían tener un slogan aplastante y se institucionalizó el famoso: “Píldoras de vida del Dr. Ross, chiquititas pero cumplidoras”, slogan que vino a fortalecer el famoso adagio de: “El tamaño no importa”, mismo que perdió toda validez cuando apareció Godzilla.

 

Generalmente nadie tomaba las píldoras rosadas como un laxante. Era muy generalizada la costumbre de la gente del pueblo de purgarse dos veces al año, a la entrada y salida del verano, quien sabe si para buscar una rima, para contrarrestar alguna descompensación zodiacal o como simple referencia para evitar el olvido, la cosa es que para ese efecto se recurría invariablemente al Laxol, que no era otra cosa que aceite de ricino o castor como también se le conocía. Sabía a rayos por lo que debía ingerirse acompañado de una naranja concheña. El purgado debía tener mucho cuidado en tener el campo despejado hacia el excusado y en algunos casos un bloque de salida como el que usa Usain Bolt en la salida de los cien metros planos. Si por casualidad el sujeto tenía una tos rebelde, el Laxol actuaba como un efectivo inhibidor.

 

En el caso de las píldoras del Dr. Ross, el efecto laxante no era tan dramático, pues con la ingesta de una píldora se observaba un ligero movimiento intestinal que mejoraba sutilmente el funcionamiento del sistema, dando una sensación de que actuaba sobre el estómago, intestinos, hígado y riñones.

 

Una gran cantidad de habitantes de San Marcos y La Concha eran fieles creyentes de las bondades de las píldoras rosadas, sin embargo existen algunos casos que son dignos de mencionarse. Había en el pueblo una joven llamada Mireyita que pertenecía a la congregación de las Hijas de María, llamada así porque le dedicaban su doncellez a la Virgen María, hasta el momento cuando el tren empezaba a pitar o las hormonas les jugaban una mala pasada. Esta jovencita religiosamente seguía la devoción de los primeros viernes, con la firme creencia que a través de la comunión en esas fechas, el Corazón de Jesús no la dejaría abandonar este mundo sin el auxilio de los últimos sacramentos; sin embargo reforzaba su devoción con la ingesta de una píldora rosada mientras guardaba el ayuno previo a la comunión, con la fe de que las píldoras de la vida mantendrían su cutis rosado y lozano, hasta que San Antonio decidiera que conociera al que sería su marido. Por un buen rato siguió con su costumbre y al final logró aferrarse al último vagón del tren, cuando apareció en el pueblo un barbaján que le ofreció matrimonio y no precisamente por su cutis. A partir de entonces, dejó a un lado su devoción de los primeros viernes y cambió las píldoras rosadas por las Hígado Sanil.

 

Allá por el año 1968, un volcán en Costa Rica amenazaba con hacer erupción, noticia que se difundió en todo el territorio nacional, con todas las especulaciones que un fenómeno de esta naturaleza puede despertar. En el pueblo, un joven llamado Viviano, quien aparentemente había conocido la historia de los últimos días de Pompeya a través de un paquín, se aterrorizó tanto al pensar que podía quedar devorado por la lava o por los gases tóxicos del volcán, de tal suerte que entró en pánico y decidió poner fin a sus días. Su primer intento fue morir ahorcado y se amarró un mecate al cuello, colgándose de una solera de la casa de su madre, sin embargo, su considerable peso provocó que dicha solera se rompiera y se viniera al suelo junto con la humanidad de Viviano. Sin embargo, su terquedad era única y su segundo intento fue mediante envenenamiento. Juntó todas las medicinas que tenía su madre en un rudimentario botiquín y lo único que encontró fue una docena de píldoras rosadas, cuatro desenfriolitos, tres Matadolor Cherrosi y dos Serafón. Con ese material preparó un cocktail que apuró con una Ensa Roja y se echó a morir. Pasó el tiempo y desde luego que Viviano no mostró signo alguno de intoxicación y lo único que logró fue un feroz ataque de flatulencias que por poco termina con todo indicio de vida en su manzana. Al final, la erupción de El Arenal no pasó a mayores consecuencias y Viviano se resignó a continuar su azarosa vida.

 

Posteriormente se originó una serie de fusiones entre las compañías farmacéuticas que llevaron a la Sydney Ross Co. a asociarse con la Sterling Winthrop y posteriormente conformaron la Glaxo Smith Kline. Ya en los finales del siglo XX una píldora de vida no tenía cabida en el mundo moderno y las píldoras del Dr. Ross desaparecieron del mapa. Sin embargo, algunos laboratorios observando la constante demanda de las famosas píldoras, empezaron a producirlas y comercializarlas bajo el nombre genérico de píldoras rosadas y a la fecha todavía pueden encontrarse, ahora en modernos frascos de plástico.

 

Una verdad irrefutable es que la gente igual se sigue muriendo, un poco más temprano o un poco más tarde, el final siempre es el mismo. También es cierto que tratar de mantenernos sanos nos cuesta un ojo de la cara, pues por ejemplo sólo un tratamiento para la hipertensión cuesta cerca de 52 dólares al mes y lo malo es que no llegamos a alcanzar aquella confianza y fe ciega de que unas sencillas y diminutas píldoras podían asegurar la vida de manera tan eficaz, por tan sólo 3 centavos de dólar.

 

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El azote de los marines

En los años veinte del siglo pasado, Managua todavía era un pueblón. Tendría a lo máximo 33,000 habitantes y se extendía de la costa del lago en el norte hasta la Loma de Tiscapa por el sur y de El Infierno en el este hasta el Centro Destilatorio en el oeste. A pesar de ser la capital de la República, la ciudad todavía mantenía costumbres provincianas y no dejaba de hablar sobre el famoso aluvión de octubre de 1876.

Sin embargo, más que el recuerdo amargo de aquel desastre que arrasó con vidas e inmuebles como nunca antes ningún fenómeno natural lo había hecho, salvo tal vez el que provocó las huellas de Acahualinca, había algo que agitaba la vida de muchos capitalinos y era la presencia de las tropas de marines de los Estados Unidos, que ocuparon el país de manera casi ininterrumpida de 1912 a 1933. Era una sensación de impotencia de parte de la población, ante la presencia de extranjeros que se creían amos y señores con todos los derechos del mundo.

Pero lo que producía el mayor malestar a los nicaragüenses eran aquellos compatriotas que buscando su beneficio personal, celebraban esta presencia y fomentaban un tratamiento especial para las tropas de ocupación. Así que en esa época había servicios que eran exclusivos para los marines, como por ejemplo las planchadoras, que no aceptaban encargo alguno que no fuera de los norteamericanos. De la misma forma, había billares en donde sólo podían ingresar los marines. Naturalmente también habían cantinas y prostíbulos que se instalaron para la diversión de estas tropas y en donde bajo ninguna circunstancia podían ingresar los nicaragüenses, salvo los trabajadores de dichos negocios.

El local más famoso en esa década estaba ubicado en el extremo oriente de la capital. A unas tres cuadras de El Infierno, en las inmediaciones de donde fue la plaza de El Caimito y posteriormente el Colegio Ramírez Goyena y a unas pocas cuadras de donde todavía está el Colegio Bautista, se encontraba La Maison Dorée. Su nombre podría sugerirnos una elegante sala de té parisina, sin embargo, detrás de un sugestivo rótulo en letras estilizadas y de una puerta abatible tipo “saloon”, una tropa de muchachas esperaba a los marines para interminables francachelas, desenfrenos y excesos, como se decía en esa época. Tal vez se esperaría que un negocio de esa naturaleza dedicado exclusivamente a las tropas norteamericanas tuviera un nombre en inglés y más sugestivo, como El Baby Doll, pero quizá el refinamiento de la propietaria motivó que utilizara el francés en su lugar.

La Maison Dorée estaba exactamente ubicada del extremo noreste del actual Colegio Bautista, dos cuadras al norte. En aquella época, la calle que luego atravesaba el Colegio Ramírez Goyena no existía, así que la calle que venía de El Hormiguero, fenecía en un tope en el Colegio Bautista. En la esquina norte de ese negocio estaba la famosa cantina llamada “La Flota” que era la más concurrida del oriente de la ciudad y la cual estaba abierta a los nacionales. En la casa vecina a La Flota, hacia el este, inició la familia Salvo su negocio de helados y sorbetes. Un par de cuadras al norte estaba el “negocio” de la Beatriz Cárdenas, que manejaba muchachas de corta edad. A pesar de que al constituir la periferia de la ciudad, fue el lugar propicio para este tipo de negocios, el barrio mantenía cierta tranquilidad y coexistían sin problemas casas familiares y otro tipo de negocios. En ese mismo sector vivió el Coronel de Artillería del ejército conservador Carlos Mairena y su esposa Joaquina Saballos quien tuvo un comercio floreciente al que posteriormente le integró un molino. También vivió la familia Frech Basil cuando recién había emigrado de Palestina.

La Maison Dorée tenía una pianola y desde tempranas horas de la tarde se observaba a los marines bailando con las muchachas los ritmos de moda de ese entonces, el Charleston y el Fox Trot. Los niños del barrio se sentaban en sus aceras para observar a través de la parte inferior de la media puerta, a las parejas que alegremente bailaban al compás de las notas que salían de la pianola.

La disciplina que guardaban los marines era férrea y existían lineamientos respecto a su interacción con la población de los territorios que ocupaban, sin embargo, los desmanes que cometían muy difícilmente eran castigados con el rigor que merecían, por lo que algunas veces se observaban abusos de parte de los uniformados para con la población y la mayoría quedaban impunes. Bueno, no todos.

Era una calurosa tarde de sábado de marzo allá por el año 1925. La cantina La Flota estaba en plena ebullición, una multitud de parroquianos conversaban bebiendo cerveza la mayoría y aguardiente otros. En una mesa, un joven departía alegremente con sus amigos. Su nombre era Silvestre Silva, rondaba entonces los treinta años y todos los sábados, después de finalizar su trabajo como mecánico en un taller que se ubicaba cerca de la estación de ferrocarril, pasaba por La Flota tomándose dos cervezas, ni una más. Luego, tomaba rumbo a su casa hacia el sur, en lo que era el camino hacia la laguna de Tiscapa.

El papá de Silvestre había muerto cuando éste apenas tenía ocho años, su madre lavaba ajeno y también falleció pocos años después, así que a muy temprana edad ingresó de aprendiz en el taller de don Julio Salgado, que forjaba ruedas metálicas para los coches. Así que desde pequeño Silvestre tuvo que trabajar duro y don Julio no tenía empacho en ponerlo a realizar tareas que demandaban la fuerza de un hombre maduro. Posteriormente ingresó a trabajar en el taller en donde reparaban la maquinaria del ferrocarril y cuando los obreros más rudos no podían con determinada tarea que demandaba fuerza, mandaban a llamar a Silvestre. A sus treinta años, Silvestre era un joven de estatura poco mayor que el promedio y su contextura no revelaba la fuerza descomunal que había desarrollado.

Al finalizar su segunda cerveza, Silvestre se despidió de sus amigos y salió para dirigirse a su casa. Iba por el tope de El Bautista cuando observó que dos marines que habían salido de la Maison Dorée, iban siguiendo a una muchacha que había ido a comprar tortillas donde doña Joaquina Saballos. La tenían acorralada cuando Silvestre les gritó que la dejaran en paz. Los marines acostumbrados a recibir órdenes sólo de sus sargentos, le soltaron una serie de maldiciones. Silvestre les gritó insistiéndoles que la dejaran ir, lo que provocó la ira de los uniformados. Uno de ellos se le fue encima y le lanzó un golpe que Silvestre esquivó sin problemas; cuando el marine recuperó el balance tenía un puño en su quijada que lo envió directamente al suelo. El otro marine decidió poner en práctica sus conocimientos de lucha libre y quiso aplicarle una llave en el cuello pero Silvestre lo lanzó por el aire y cuando trató de levantarse, un martillazo le cayó en la oreja derecha que lo envió también al suelo. Cuando todavía turulatos, los dos marines lograron incorporarse, Silvestre estaba frente a ellos en actitud desafiante, esperando a que la muchacha llegara a la casa donde trabajaba, contiguo a la familia Andino. Los marines, se alejaron mascullando algo en inglés. Un pelotón de curiosos observaba la acción desde la otra esquina, sin embargo, nadie se atrevió a darle parte a los otros marines que se encontraban en La Maison Dorée.

Como un reguero de pólvora la noticia recorrió toda la capital. Un muchacho había tumbado a dos fornidos marines. Entre los soldados norteamericanos empezó un clamor de venganza, de lo cual sus autoridades fingieron no saber nada. El sábado siguiente, en el tope del Bautista, se apostaron los dos marines vapuleados con un artillero a quien apodaban Long Harry y que era famoso por sus habilidades pugilísticas. Silvestre como todos los sábados, llegó a La Flota, bebió con sus amigos las dos cervezas de rigor y se dirigió a su casa sin imaginarse que una cuadra después lo estaban esperando. Cuando llegó Silvestre a la esquina, sus víctimas lo señalaron; Long Harry se rio de la figura menuda de Silvestre y le cortó el paso. Este le dijo al marine que no tenía deseos de problemas y como respuesta el norteamericano, que le sacaba unas cuatro pulgadas de estatura, le atravesó la cara con el revés de su mano, haciéndolo caer y provocando un leve sangrado por su boca. El nicaragüense se levantó y le repitió que no deseaba meterse a líos con él, pero el marine no le hizo caso y quiso asestarle un puñetazo en el rostro, pero falló por un pelo y antes que pudiera darse cuenta, Silvestre ya le había propinado un fuerte golpe en el estómago. Long Harry disimuló el dolor y se le lanzó encima a Silvestre quien lo esperó con un directo al hígado que hizo arquearse al norteamericano, lo que aprovechó Silvestre para enviarle un uppercut a la quijada, lo cual fue suficiente para que cayera como un tallo de chagüite. Luego, se dirigió a los otros dos marines quienes se quedaron con la boca abierta, pero estos le dieron a entender que no querían pelear, tomaron a su compañero y se lo llevaron a rastras.

Por la calle, una serie de curiosos que habían observado la escena, se acercaron a Silvestre y efusivamente le dieron la mano. Un tanto nervioso, el mecánico se dirigió a su casa y la siguiente semana en la capital no se hablaba de otra cosa que de la paliza que le habían propinado a Long Harry. De una manera discreta se emitió una orden de que debían darle su merecido al joven mecánico sin hacer mucha alharaca.

El sábado siguiente, Silvestre con más temor que otra cosa mantuvo su rutina y llegó a La Flota en donde la multitud de parroquianos lo ovacionaron y le invitaron a sus dos cervezas. Estaba finalizando su segunda cerveza cuando un muchacho que llegaba a lustrar zapatos a la cantina se le acercó y le comentó que su prima que trabajaba en la Maison Dorée le había contado que ese día lo iban a esperar con garrotes para darle una tunda. El joven mecánico se quedó en silencio un rato y le pidió al lustrador que fuera a donde don Julio Salgado y de su parte le pidiera prestado un cabo de hacha. Minutos después el lustrador regresó con el encargo.

Con el madero disimulado en su brazo derecho, Silvestre emprendió el camino hacia su casa y una cuadra al sur del Colegio Bautista, en un paraje entonces solitario, aparecieron ocho fornidos marines con sus respectivos garrotes. El joven mecánico tomó el cabo de hacha y se preparó para resistir el ataque. Durante diez minutos se escuchó en los alrededores un incesante: Trac, trac, trac, trac, que producía el choque entre los maderos, luego empezaron a escucharse quejidos de extremo dolor y al final apenas ciertos susurros. Los ocho marines quedaron en el suelo, maltrechos, con huesos rotos, contusiones y heridas. Silvestre recibió varios golpes, el más fuerte en las costillas aunque no llegaron a quebrarse, un refilón cerca del ojo que le abrió la piel y por donde salía abundante sangre y un golpe más en el antebrazo. Sin embargo, el dolor no era nada comparado con el susto al ver a un marine con la cabeza profusamente ensangrentada y completamente inmóvil. Creyó que estaba muerto, lanzó hacia el monte el cabo de hacha y corrió hasta su casa; en un saco de lona echó su ropa y las pocas pertenencias que tenía y salió de prisa hacia la estación. Llegó al taller y le pidió dinero prestado a su jefe, quien sin preguntarle nada, sólo viendo su aspecto le entregó unos pocos billetes. Salió el joven hacia el rumbo de la estación cuando se encontró con don Emilio Ortega quien llegaba con mercancías para su tienda en San Marcos. Ya se habían conocido en el pasado y el joven le pidió ayuda. Don Emilio indicó que lo acompañara y lo llevó primero a Masaya y luego a San Marcos. Ahí, le solicitó a un asistente que tenía, Manuel Escobar, que lo tuviera en su casa por un rato, mientras le consiguió trabajo en un beneficio de café en Jinotepe.

En Managua, todo el mundo comentaba en voz baja la tremenda paliza sufrida por los marines de manos de un mecánico. Nunca se mencionó el nombre del muchacho, lo cual le ayudó en su desaparición del mapa, pues de otra manera hubiera sido cazado por los marines, pues a pesar de que los ocho norteamericanos se recuperaron y las únicas cicatrices que nunca cerraron fueron las del orgullo, varios piquetes de uniformados patrullaban toda la capital en busca de Silvestre.

Al año siguiente que las tropas norteamericanas realizaron una breve retirada, Silvestre se aventuró a regresar a Managua. Consiguió de nuevo trabajo, pero todos los fines de semana regresaba a San Marcos en donde lo esperaba una muchacha de ese pueblo, con quien posteriormente se casó y formó una familia.

Silvestre continuó trabajando en Managua pero construyó su casa en San Marcos, en la salida al Barrio de La Cruz, en donde todavía vive su familia. Cuando llegaba de Managua, pasaba invariablemente por la botica de mi abuelo saludándolo. Yo llegué a conocerlo y recuerdo que a pesar de su edad mantenía una figura atlética, usaba siempre lentes oscuros, tal vez para ocultar una vieja cicatriz cerca del ojo. Cuando me saludaba, se sentía un par de tenazas haciendo presión sobre mi mano. Nunca comentaba sobre lo ocurrido en las inmediaciones de la Maison Dorée, sin embargo mi abuelo nunca se cansaba de relatar aquella valiente hazaña que un joven mecánico realizó en nombre de sus conciudadanos.

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Una de piratas

Los piratas que conocimos tenían un ojo parchado, un garfio en vez de mano, una pata de palo y las más de las veces un perico en el hombro. Hoy en día, estos corsarios han abandonado sus barcos con la bandera de la calavera y las dos tibias y conducen Suburbans o Range Rovers y los cañones y sables han sido sustituidos con equipos de tecnología de punta y salen al mercado global con versiones clonadas de discos compactos, películas en DVD, libros, relojes, perfumes, licores e incluso vehículos.

Así que ahora es posible encontrar dentro de la oferta de estos bucaneros modernos el último disco de Shakira, una versión del film The dark knight, el más reciente libro de Paulo Cohelo, el nuevo perfume de Hugo Boss, el reloj Omega Seamaster Planet Ocean que utilizó James Bond en Casino Royale o un Mercedes Benz “banano”. Todo a una quinta parte o menos del valor de las versiones originales.

En Nicaragua, la problemática de la piratería se circunscribe básicamente a los discos compactos y a las películas en DVD. A lo largo de todo el territorio nacional pueden encontrarse innumerables puntos de distribución de CD y DVD, desde individuos que caminan con una mochila ofreciendo su mercadería, un poco de manera encubierta, hasta unos improvisados puestos de exhibición de los títulos que se ofrecen sin recato en las afueras de mercados, centros comerciales o paradas importantes de buses. En menor medida se observa la piratería con las prendas de vestir y el calzado, obteniéndose clones de camisetas Polo, Lacoste y Tomy, así como zapatos deportivos Nike o Puma.

Está en vigencia una Ley de Derechos de Autor, sin embargo, la aplicación eficiente de dicha ley es una tarea sumamente difícil y lo es debido a que el tema de la piratería tiene muchas aristas.

En primer lugar es necesario considerar la estructura de la piratería, pues la misma está conformada por una cúpula tipo mafia que obtienen ganancias tan grandes, que tienen los medios económicos para comprar muchas voluntades. También existe una extensa red de distribuidores y vendedores piratas que pueden ejercer una enorme presión para defender sus puestos de trabajo, pues lo único que les importa son sus ingresos, los cuales no consideran ilícitos.

Otro aspecto muy importante que es necesario considerar al respecto es la gran diferencia entre los precios de un artículo original y uno pirata. Es indudable que los pagos de regalías a los autores y los gastos operativos de los productores podrían constituir los elementos de este enorme diferencial, sin embargo, es precisamente en los gastos de las empresas disqueras o editoras que radica el problema principal. A medida que hemos visto crecer desproporcionadamente los precios, principalmente de discos compactos, hemos notado que los gastos de las disqueras en materia de publicidad han crecido vertiginosamente. No es remoto observar eventos costosos e incluso costosas campañas para promover el nuevo look de fulanito de tal, también pagado por la disquera. Inclusive, la producción de algún artista sin ningún mérito es acompañada de grandes sumas de dinero gastadas en la construcción artificial de su imagen y que finalmente se trasladan al consumidor. De esta manera, todos esos inmensos gastos de las disqueras o productoras de películas o libros son pagados al final de cuentas por los consumidores, resultando de esto, precios exorbitantes que dejan a muchos cristianos sin posibilidades de acceder al producto.

Constantemente se observa un reiterado reclamo de parte de autores y productores de este tipo de productos, pues aducen que la piratería les afecta económicamente. En cierta medida podría ser cierto lo anterior, sin embargo es necesario considerar en primer lugar esta premisa sería válida si los artistas no tuvieran presentaciones públicas y dependieran exclusivamente de la venta de sus discos y en segundo lugar, que la población que adquiere el material pirata no tiene los recursos o la voluntad de pagar los precios de los bienes originales. Por ejemplo, una familia de cuatro personas, para poder ver una película en el cine tiene que gastar 180 córdobas tan sólo en los boletos en tandas preferenciales, más otros 200 córdobas en palomitas, gaseosas y otras golosinas que para muchos son ineludibles, así que incluyendo el transporte se van más de veinte dólares, mientras que al bajarse del bus pueden adquirir la misma película por menos de dos dólares, más cuatro chocolitas ya se ahorran más de 17 dólares y en cuatro películas sacan el costo de un aparato reproductor de DVD. No les importa que en la versión pirata tengan que adivinarse los diálogos, incluyan toses y otros ruidos de los vecinos del que grabó en el cine la película y demás defectos de reproducción, además de lo anterior, tienen el descaro de incluir la propaganda de “no a la piratería”. Por lo tanto, los consumidores de estos discos piratas son ciudadanos que las distribuidoras legales nunca van a captar, entonces no puede considerarse una pérdida para los autores pues nunca tendrían los ingresos por esas ventas. La injusticia proviene del hecho de que un reducido círculo de piratas se enriquece como producto del esfuerzo de los autores y del esfuerzo emprendedor de los productores.

Por lo tanto, el gran perdedor en esta situación es sin duda alguna el autor o artista, quien después de sacrificios y desvelos, deja de recibir regalías, mientras que las empresas productoras se echan el millón. A la par de esto, los autores sienten la frustración de saber que es muy cierto el refrán que dice: nadie sabe para quien trabaja.

Es muy difícil que por la fuerza pública se pueda erradicar el problema de la piratería. Hace algunos años se observaron muchos operativos de parte de la Policía Nacional para desmantelar las bandas de piratas, un tanto para taparle el ojo al macho, sin embargo, no fueron efectivos y la piratería logró fortalecerse, pues ahora se han multiplicado los distribuidores y lo hacen a la vista y paciencia de todos.

Una solución viable sería que las empresas productoras, reconsideraran el precio de sus productos. El costo de los materiales más los derechos de autor constituyen en la actualidad un porcentaje mínimo del costo total, por lo tanto si dichas empresas logran manejar el resto de los costos a ese mismo nivel, entonces el precio final de los productos se reduciría enormemente y una gran cantidad de compradores podrían interesarse en adquirir el producto original, reduciéndose la piratería enormemente.

Es importante señalar que actualmente el concepto de piratería se ha extendido a la práctica de efectuar una acción a la cual no se tiene derecho. Por lo tanto, la piratería no sólo se limita a clonar discos, libros, relojes o cualquier artículo, también existe la piratería en diferentes ejercicios de la vida diaria. Una faceta muy importante de esta práctica se observa en el transporte público, pues como la necesidad tiene cara de perro, muchos ciudadanos se dedican a ofrecer servicio de transporte, ya sea taxi o microbús, sin contar con el permiso correspondiente. Estos taxis y microbuses piratas son perseguidos no sólo por la Policía Nacional, sino por los colegas afectados que sienten que merecen una concesión exclusiva y no deben de tener competencia alguna.

También podría caer en este concepto, la vieja práctica llevada a cabo en los centros de estudios de fotocopiar libros de texto o de referencia para su uso en clase y que en determinados casos es la única forma en que los estudiantes de menores ingresos puedan tener acceso a este material. Es importante señalar que tal vez los libros de texto no sea rentable fotocopiarlos, pues su costo no es tan elevado y una fotocopia cueste un poco menos que el original, pero ciertos libros de referencia, especialmente universitarios han experimentado incrementos significativos en sus costos de tal manera que fotocopiando sólo el material utilizable de los libros, permite a los estudiantes contar con el material necesario a un precio accesible.

La piratería de software también es considerable, sin embargo, su persecución no ha sido tan atractiva para los productores, pues creen que con los candados que le cuelgan a sus versiones renovadas será suficiente para detener esta práctica y no cuentan con la astucia de los piratas que contratan a maestros hackers para desarrollar software alternos para descifrar las más intrincadas contraseñas y candados.

Así mismo puede observarse la piratería en los medicamentos, lo cual no hay que confundir con los genéricos, que al vencer la licencia de exclusividad de los laboratorios que desarrollaron la fórmula original, pueden ser producidos por cualquier laboratorio con el nombre genérico y lo hacen a menor precio. La piratería se observa en la producción clandestina y sin licencia de los medicamentos que en algunos casos presentan menores dosis de las ofertadas y en casos extremos se trata de simples placebos, con las consecuencias funestas para los consumidores.

No hay que olvidar la piratería en el ejercicio de las profesiones y oficios, pues en cualquier momento nos encontramos con médicos, abogados, ingenieros y hasta ministros religiosos que ejercen sin contar con la licencia o autorización debida.

Es indudable que al igual que hace quinientos años, los piratas prosperaron debido a las patentes de corso obtenidas de algunos gobiernos. En la actualidad la lucha contra la piratería prosperará cuando algunos países dejen de hacerse de la vista gorda ante los flagrantes actos de piratería cometidos en sus demarcaciones.

Por si las moscas le he pedido licencia a Joan Manuel para el título del presente post, a Calico Jack para el uso de su bandera y le he prohibido a la lora que siga diciendo: Piezas de a ocho.

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E pur si boli

En el mundo actual, el plástico es un elemento indispensable y omnipresente. Para muchos, ha sido parte integral de su vida y no pueden imaginarse un universo sin este material. Sin embargo, para algunos nicaragüenses, el plástico irrumpió en nuestra existencia cuando todas las cosas eran de vidrio, metal o madera.

Fue a finales de la década de los cincuenta, cuando empezamos a ver con asombro la forma en que los objetos de nuestra cotidianeidad comenzaron a fabricarse con este novedoso material, que además de sus vistosos colores, poseían cualidades que los materiales tradicionales no tenían. Vasos que no se rompían, baldes que no se agujeraban, panas ligeras y tantas cosas más. Sin embargo, nos dejó con la boca abierta mirar cómo el polietileno de baja densidad lograba convertirse en bolsas transparentes y cómo alguien tuvo la gran idea de envasar en pequeñas bolsas de este material, refrescos que podrían fácilmente enfriarse o congelarse. De esta manera el Boli llegó a nuestras vidas.

El nombre Boli corresponde a la marca de fábrica del primer refresco envasado bajo este concepto. No existe documentación que registre el origen de este nombre, pero la marca bien pudo haber sido originaria de México o de Colombia, y de ahí vino a Centroamérica, en donde en varios países todavía se les conoce bajo este nombre que se volvió genérico, aunque también adoptan otros apelativos como por ejemplo “congeladas” en México y “apretadas” en Costa Rica.

Al igual que muchos productos, los primeros bolis que llegaron a San Marcos los llevó Juan Molina y no se daba abasto para suplir la gran demanda que tuvo este innovador producto, pues costaba la cuarta parte del valor de una gaseosa, la tercera parte del valor de un Tu y yo del Eskimo y un poco menos de la mitad de lo que costaba un raspado.

Este creciente mercado alentó a los emprendedores nacionales a instalar sus fábricas, prácticamente artesanales, de bolis. Estas plantas demandaban una modesta inversión y los esfuerzos se concentraban más en la comercialización que en la producción, pues no era más que agua, esencia de frutas, azúcar y colorante. Así fue como al rato aparecieron los Sonrikos, los Virrey fabricados por Humberto Vigil, los Twany fabricado por los Blandón de San Marcos, los Hit, los Monito, los Estrella y un sinnúmero de marcas en cada localidad del país. Es curioso resaltar unos deliciosos bolis que fabricaban en la vieja Managua, en una casa por el rumbo entre la Cervecería y el Cine Ruiz, que eran preparados con frutas naturales, pero que no tenían nombre. También empezaron a empacarse otros productos, por ejemplo las gelatinas Iglú, la leche con cocoa de La Salud y hasta el aceite Corona, en minúsculas bolsas que se llamaban Tamalitos Corona. Años más tarde, la industria del cosmético también utilizó este mismo sistema para comercializar el shampoo y el enjuague.

Las pulperías que contaban con al menos una refrigeradora, sino un freezer, empezaron a comercializar bolis y de esta manera al inicio de los años sesenta se dio el “boom” de los bolis que restaron un importante segmento al mercado de las gaseosas. El problema serio es que a diferencia de las gaseosas, cuyos envases de vidrio eran retornables y por lo tanto el consumidor tenía sumo cuidado de proteger la botella hasta que era devuelta al comerciante, la bolsa plástica por su parte fomentaba la cultura o más bien incultura de lanzar la basura al suelo. En esa época tampoco se tenía idea del daño al ambiente de parte de los productos plásticos, por lo tanto la sorprendente aparición del plástico y su aparente utilidad, a la larga trajo funestas consecuencias al futuro ambiental del país.

Los fabricantes de bolis, sin embargo, no contaban con la astucia de los gigantes productores de gaseosas, que tenían desarrollado un fuerte respaldo en publicidad, rubro muy poco utilizado por la industria del boli. La guerra entre la Pepsi Cola y la Coca Cola vino a fomentar el consumo de gaseosas y este producto volvió a recuperar la supremacía que tenía a mediados de los años cincuenta. De esta manera, la “chispa de la vida” vino a dejar el consumo de los bolis en los estratos de la población con menores ingresos.

El colmo del boli ocurrió a finales de los años sesenta, durante la campaña electoral de Anastasio Somoza Debayle, en donde los activistas del Partido Liberal tuvieron la idea de fabricar pequeños bolis con “guaro”, mismos que se repartían a diestra y siniestra en las manifestaciones. Este fue el origen de un término que se acuñó acertadamente: “política de nacatamal y boli”, cuando se refiere a la concentración de adeptos, léase acarreados, bajo el gancho de la distribución de comida y licor. Cualquier parecido con algún partido político de la actualidad es pura coincidencia.

A finales de los años setenta, el boli todavía sobrevivía, pues formaba parte importante de las preferencias de los sectores populares y su fabricación todavía era rentable a nivel artesanal.

Para los años ochenta, en que los ríos de leche y miel acapararon las existencias de los envases de vidrio, la industria de las gaseosas y otras más sobrevivieron gracias al principio del boli. Las gaseosas, dejando atrás su orgullo, se vertían en bolsas plásticas con hielo, se ponía una pajilla y se amarraba la bolsa; práctica que se mantiene en la actualidad, disminuida por la aparición del PET y los envases no retornables. El colmo fue que este método se extendió a la comercialización del quesillo, mismo que aún se sirve en bolsas plásticas, con todo y tortilla y algunos ciudadanos muestran una singular maestría al consumirlo a través de un agujero, tal como se hace con el boli.

Para los años noventa, una serie de factores contribuyeron a la casi extinción del la industria del boli. Por una parte, las autoridades sanitarias del país, intensificaron los controles de higiene en los alimentos y bebidas que se fabricaban sin ninguna norma de higiene. Por otra parte, la mercadotecnia moderna condujo a los distribuidores de gaseosas a manejar los conceptos de exclusividad y bajo los mismos, suministraban a los pulperos un refrigerador sin costo alguno, bajo la condición de que en los mismos sólo se manejaran los productos de la empresa. En tercer lugar, la Dirección General de Ingresos abandonó la flexibilidad para el régimen bajo el cual operaba esta industria. De esta forma, los fabricantes artesanales de bolis poco a poco fueron desapareciendo del mercado.

Actualmente, a pesar de todo, el boli ha logrado subsistir. A igual que las chibolas, los bolis fabricados artesanalmente, tal como se conocieron en el pasado, sólo se encuentran a manera de reliquias en pocos lugares, como en el mercado oriental. El uso más generalizado del boli, comercializado de manera informal es el del agua helada, que a pesar de todos los embates, subsiste en cada semáforo de la capital.

En el comercio formal, las fábricas de productos lácteos Parmalat y Eskimo, para aprovechar sus sistemas de comercialización y distribución y en especial una red de pulperos con refrigeradoras, así como también sus normas de higiene, mantienen una línea de producción de bolis a precios económicos. De esta manera, se encuentran el Glu-glu, que es el típico boli y la Chocolita que es la leche achocolatada, fabricados por Parmalat, mientras que Eskimo produce refrescos de fruta, leche saborizada y el Rolin Pin, fabricado con sub productos de sorbetes.

Al recordar a los bolis, más que añorar aquellas aguas chachas congeladas, echamos de menos la capacidad de asombro que teníamos en ese entonces, que con el tiempo parece que hemos perdido, pues en estos días hasta se clonaron unos perros por encargo y ni fu ni fa.

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