Archivo mensual: febrero 2016

Todos somos fotógrafos

Camara Miranda. Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me aficioné a la fotografía cuando tenía siete u ocho años.  En esa ocasión, mi padre, que era muy afecto a regalarme juguetes muy sencillos, me regaló una cámara fotográfica Kodak Brownie Fiesta, modelo “Chiquita” (como los bananos) que era la versión más simple de la línea de Kodak; casi un juguete pero que sacaba fotos reales.  La cámara captó todo mi interés y en las condiciones de aquella época, era obligado que la curva de aprendizaje fuera muy empinada (90% aprox.), pues había un costo monetario implícito.  El rollo de película de 12 tomas en Kodak Verichrome Pan 127, blanco y negro, era el más barato, costando cerca de 75 centavos dólar el rollo y su revelado estaba en el mismo precio, presupuesto que para un niño se presentaba elevado, pues una gaseosa costaba 7 centavos dólar, de tal manera que había que poner todo el empeño para que el rollo se aprovechara al máximo con buenas fotos y con la conciencia de que se trataba de un ejercicio no tan frecuente.  Sin tener la menor noción del arte fotográfico, lo que hice fue tener un poco de paciencia y dejarme llevar, como Luke Skywalker en su nave hacia la Estrella de la Muerte, por la fuerza, que era aquel llamado interior de cuándo apretar el disparador.

Así pues me convertí en fotógrafo a muy temprana edad, básicamente a nivel de fotografía familiar, pues los paisajes o naturaleza muerta en esa época no me llamaban mucho la atención.  Recién iniciaba en mi carrera de fotógrafo cuando logré una instantánea de mi hermano que estaba tan bien lograda que parecía de colección, así que toda la familia se quedó anonadada.  Mi padre llegó a augurar que llegaría a ser un Henri Cartier-Bresson.

En ese tiempo, eran muy pocos quienes en el pueblo tenían esta afición y a nivel profesional solo había dos fotógrafos, Felipe Quant, que se especializaba en fotos de estudio y además, el único con laboratorio propio y Manuel Molina, que se especializaba en eventos.

En 1963 mi padre viajó a Argentina y de regreso, en el puerto libre de Panamá, me compró una cámara que la empresa Kodak acababa de lanzar al mercado, la Instamatic 100, con flash integrado, que era todavía de bulbos, pero que me hizo sentir que estaba en la modernidad.  Esta cámara ya usaba los cartuchos sólidos del 126 y captaba fotografías, aunque no profesionales, sí mejores que la Brownie.   Así pues, seguí acumulando una serie de fotografías de la familia que engrosaron nuestro álbum, de aquellos de páginas negras y que sostenían las fotografías con unas esquineras adheribles.  En esa época, los álbumes eran algo muy íntimo, pues salvo alguna amistad muy cercana, no se compartían con nadie.

En 1965 apareció en un paquín un anuncio de un curso de fotografía de parte de una escuela argentina del tipo Hemphill Schools, que ofrecía las técnicas modernas para dominar el arte de la fotografía.  El costo no era muy elevado, de tal manera que mi padre me regaló un giro por la cantidad requerida y con cierto temor lo envié a la dirección en el país sudamericano.  A las quinientas, un día apareció un paquete a mi nombre y en vez de enviarme los fascículos de cada módulo una vez aprobado el mismo, para no estar gastando tiempo ni dinero en envíos lo mandaron de una sola vez.  Hice a un lado las lecciones de física y de óptica que por más que quería entrarle no se dejaban y me centré en los aspectos básicos del funcionamiento de las cámaras y las técnicas para obtener diferentes efectos.

Para esos tiempos, ya el número de aficionados a la fotografía se había incrementado, al estar al alcance de muchos tanto las cámaras como las películas y su revelado.  Nuevos modelos de cámaras salieron y  apareció el cubo flash, que nos parecía un arte de magia.

Cuando comencé a trabajar, en cierta ocasión una amiga me ofreció en venta su cámara.  No recuerdo la marca, pero era más completa que la Instamatic, tenía flash externo y en las pruebas que me permitió realizar, se notaba una mejor calidad.  Así pues que de esa manera me hice de mi tercera cámara fotográfica.  No obstante, muy pronto me desilusioné de la misma.

A finales de 1973 se impuso de moda del poster.  Era un retrato de tamaño considerable, 20 por 30 pulgadas aproximadamente y montado sobre un bastidor de madera, el cual no necesitaba marco.  Rápidamente un fotógrafo, en ese entonces radicado en Diriamba, Américo González, se convirtió en el gurú del poster.   Decenas de jovencitas y una que otra señora encargaron sus respectivos retratos, que llegaron a adornar muchas de las salas de Carazo y de algunas ciudades del resto de la república.

Quise hacer un ensayo ampliando al máximo una fotografía que había tomado en mi cámara y fue un fiasco.  De tal manera que de pronto ya no me gustaba para nada aquella cámara, aunque era posible que con una cámara profesional, tampoco hubiera obtenido los efectos que con alguna receta secreta le agregaba don Américo.

Cuando en 1975 iba a nacer mi primogénita, sentí que la ocasión ameritaba una buena cámara.  Fui a la Casa Roberto Terán, en la Plaza de Compras, en donde tenían el mejor surtido de cámaras profesionales.  La de mayor renombre era una Pentax, sin embargo, estaba fuera de mi presupuesto, así que me decidí por una cámara japonesa, Miranda Sensorex II, Reflex de 35mm. y que fue uno de los últimos modelos fabricados por esa compañía antes de descontinuar su producción.  Su precio rondaba los US$575.00, así que apliqué a un crédito y de esa manera tuve mi primera cámara profesional. Coincidió esto con la aparición de un servicio de revelado en los Estados Unidos, el Rochester Photo Service, que recibía rollos de película y por un módico precio las revelaba e imprimía las fotos con gran calidad y además enviaban un rollo nuevo gratis.  El correo en aquel entonces era fiable y nunca se perdió nada.

De esta manera fue que no sólo mi primogénita, sino que mis tres hijos tuvieron fotos al por mayor y llegamos a llenar más de una docena de álbumes que para ese tiempo ya eran de un cartón especial recubierto con plástico adherible y que con el tiempo se hacían melcocha o perdían el pegamento.  La calidad de mis fotos, modestia aparte, era de primera.  Siempre me enfoqué a la fotografía familiar y salvo unas contadas excepciones tomé algunos paisajes.

Esa cámara me acompañó gran parte de mi vida, pues no fue sino hasta la aparición del formato digital y la inminente desaparición del rollo de película y los laboratorios de revelado, que decidí cambiarla por una Kodak Easyshare, que era la Instamatic de las digitales, sin embargo, resolvía y permitía apreciar la dulce sensación de la inmediatez, así como el ahorro en rollos y revelado.  Así fue que comencé a integrar mis álbumes digitales.  Por mi formación siempre traté de aprovechar al máximo cada disparo, aunque el dispendio no formaba parte del vocabulario de ese tipo de cámaras.  Con la facilidad de comunicación a través del correo electrónico, compartía con la familia las mejores tomas.

Con la expansión de la oferta de cámaras digitales, en una amplia gama precios, se incrementó considerablemente la cantidad de fotógrafos aficionados, pues aquella tendencia a atesorar los momentos relevantes de la vida de cada persona era cada vez más factible.  Ya no era necesario un amplio conocimiento de la técnica fotográfica, pues todas las cámaras contaban con modo automático que realizaba por sí sola los ajustes pertinentes y otras llegaban al punto de detectar sonrisas para hacer el disparo.  Además, por ese tiempo se amplió el uso del Photoshop, que hacía milagros con las fotografías. Todavía el intercambio de fotografías era reducido y se mantenía en el nivel familiar a través del correo electrónico.

Con la aparición y auge de las redes sociales, el intercambio fotográfico se multiplicó significativamente y en un círculo mucho más amplio, pues ya no sólo la familia participaba en el mismo, sino que también amigos o simplemente conocidos, ávidos de socializar.  Era una experiencia única observar, a través de fotografías, a algunas personas que no se habían visto en muchos años y que vivían en lugares remotos, otros solicitaban fotografías del pueblo donde crecieron o bien presumían de las ciudades en donde residían.

Luego, con la evolución de las redes sociales y la aparición de los teléfonos inteligentes, con cámara integrada y acceso al internet, la cantidad de fotógrafos aficionados creció exponencialmente y dichas redes se vieron inundadas con toda suerte de fotografías, desde las clásicas fotos de familia, hasta todo aquello que llamara la atención del individuo, como alimentos, animales, paisajes, eventos, pues muchos han sacado su vocación periodística y registran desde accidentes hasta fenómenos de la naturaleza, muchos de ellos casi en tiempo real.

No obstante, lo que ha venido a revolucionar la fotografía en el ámbito de las redes sociales ha sido el selfie, término que equivale a una fotografía de autorretrato o autofoto.  En el pasado, muchas cámaras contaban con un autodisparador, que le permitía al fotógrafo ponerlo en marcha, correr hacia el objetivo y sumarse al grupo y de esta manera aparecer con ellos.  En muy pocas ocasiones se utilizaba este dispositivo para realizar fotografías en solitario del fotógrafo.  Sin embargo, alguien descubrió que con la cámara al revés y alargando el brazo a la máxima distancia y en cierto ángulo, se podía obtener una auto fotografía ya fuera sólo o acompañado y si aparecía un pedazo de brazo, se recortaba y punto.  Luego, las cámaras de los celulares se adaptaron al selfie poniendo una cámara adicional al frente que permite ver en la pantalla el objetivo y algunas tienen un sensor para que con un movimiento de la mano se dispare el obturador.  El colmo de estos inventos ha sido el selfie stick es decir el palo para selfies (no confundir con el palo para ser feliz), que permite un mayor ángulo en la toma.  Existe una tendencia errónea de llamar selfie a cualquier fotografía de un grupo tomada con un celular, sin importar quién la tome.  El caso es que de acuerdo a estimaciones de expertos, del nivel de El Firuliche, actualmente circulan en el ciber espacio alrededor de 240 mil millones de selfies.

Esta fiebre que raya en la adicción, ha conllevado, como era de esperarse a toda clase de excesos, pues en ciertos casos se ha dado una exacerbación del narcisismo o bien ciertos sentimientos de inseguridad, soledad o trastornos psicológicos según expresan científicos que han estudiado el fenómeno.  En muchos casos se trata de la propia imagen tal cual, pero produce cierto repelo el observar a personas que se fotografían poniendo la boca como pato supuestamente para parecer más “sepsy”.  Aquí podría caber una jaculatoria.  No obstante, el colmo de los colmos ha sido el sacrificio de algunos animales acuáticos que han sido sacados de su hábitat para incluirlos en el selfie de algún gaznápiro y que ha conllevado a la muerte del animal (el acuático).

Es innegable  que la evolución de la tecnología, así como todo lo que gira alrededor de ella es vertiginosa y no sabemos hasta dónde nos va a llevar.  Qué nuevas formas de comunicarnos y socializar están por venir, es una interrogante que inquieta a muchos.  Lo cierto es que una acción inherente a las aspiraciones del ser humano como es guardar en una imagen cualquier momento que los emociona, de la misma manera que el ojo humano guarda en la memoria dichos momentos, está ahora al alcance de una inmensa mayoría.  La fotografía se ha democratizado y ahora podemos decir: ¡Todos somos fotógrafos!

Por mi parte, todavía me gusta la fotografía, aunque no me dedico tanto a ese menester como en el pasado. Después de varios cambios compré una Sony Cybershot H300 que al final resultó del modelo “Chiquita” (banano) de tal manera que opto por tomar fotos con el celular que tiene una cámara decente de 8 megapixeles y que está siempre a la mano.  Además de las fotos familiares, de vez en cuando tomo alguna foto para ilustrar el blog, aunque en algunas ocasiones recurro a mi cuñada Celeste González, hija de Américo González, quien gustosamente me cede una de sus obras de arte. No soy afecto a los selfies, será porque cuando me veo en la pantalla me parece verme en una cuchara.  No creo que estirando el pico como pato me vea mejor.

Así pues, estimado lector, no dude en documentar su vida a través de fotografías, guarde las que tenga que guardar, comparta las que tiene que compartir y elimine las que tiene que eliminar, después de todo, como dijo Jorge Luis Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

 

 

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Los chicheros

Chicheros Nicaragua. Foto Celeste González

 

Las fiestas patronales en Nicaragua constituyen una de las principales manifestaciones culturales de su población.  A pesar de que podría decirse que esas festividades provienen de la cultura española que fue impuesta en estos territorios durante la conquista, hay que considerar que con el propósito de darles “la con dulce” a los nativos, los religiosos españoles cedieron en la rigurosidad de su liturgia ante las propias manifestaciones tradicionales indígenas.

En sus ritos ancestrales los indígenas habían incorporado la música, la danza y la comilona, de tal manera que los misioneros encontraron en las celebraciones del santoral católico, una forma de darle entrada a dichos ritos y de esa manera, las fiestas patronales se fundieron con las festividades indígenas y posteriormente con las relativas a los afro descendientes, convirtiéndolas en un crisol en donde se fundieron la liturgia, la música, la danza, la gastronomía, las representaciones teatrales y por qué no, los excesos.  En muchos casos, los religiosos tuvieron que hacerse de la vista gorda y al final apechugar, ante algunas manifestaciones que caían en el terreno de lo que podía considerarse como pagano.

En un inicio, la parte musical de estas festividades estuvo a cargo de los instrumentos indígenas, básicamente tambores, ocarinas, flautas, chischiles y pitos.  Posteriormente se adoptó la chirimía y en algún momento surgió la marimba como protagonista de algunas manifestaciones folklóricas.

No obstante, a mediados del siglo XIX surgió la banda musical que prácticamente se adueñó de gran parte de las festividades patronales.  Dicho cuerpo se ocupó de acompañar a la procesión del santo patrono, amenizar los bailongos, así como a los eventos correlacionados como fue el caso de las “corridas” de toros, que no eran sino una mezcla de la “fiesta” española con el rodeo norteamericano, teniendo la particularidad estos eventos locales de que no se mataba ni se hacía sufrir al animal.

Cabe señalar que estos grupos musicales provenían de las bandas que empezaron a proliferar en Europa, principalmente en el siglo XIX y que tenían su origen en los cuerpos musicales que acompañaban a los ejércitos desde tiempos inmemoriales y cuya característica básica era que estaban formadas por instrumentos que podían portarse a la par de los ejércitos y que tuvieran la sonoridad para levantarles la moral.  De esta manera, estas bandas estaban principalmente formadas por instrumentos de “viento”, tanto maderas como metales y de percusión.

Con la consolidación de los municipios como ente político, por toda Europa se fueron conformando bandas locales que acompañaban a todos los actos de la comunidad, como desfiles, procesiones, festividades cívicas y sociales y que se diferenciaban de las orquestas sinfónicas y filarmónicas por los instrumentos que las componían y por la movilidad de las primeras, que actuaban la mayoría de las veces al aire libre.

Por esa época, Nicaragua que tenía un sorprendente movimiento migratorio que permitió el asentamiento de músicos de carrera, fue dando lugar a la formación de este tipo de bandas, llegando a su punto culminante cuando el Presidente José Santos Zelaya fundó a fines del siglo XIX, la Banda de los Supremos Poderes, poniendo al frente de la misma al renombrado músico belga Alejandro Cousin.  Esta banda se convirtió en la mejor de toda el área centroamericana y más aún, en un verdadero semillero de grandes músicos nicaragüenses.

En una versión más simple, comenzaron a organizarse por todo el territorio nacional bandas callejeras que estaban compuestas básicamente por percusiones: tambor, bombo y platillos, así como clarinetes, trompetas, trombones y sousáfonos, este último al ser de la misma familia de instrumentos de viento, se ha conocido como tuba.

No obstante, a pesar de la solemnidad que quiso imprimirle el Presidente Zelaya a este cuerpo a través de su rimbombante nombre, el pueblo en algún lugar del tiempo comenzó a llamarles “chicheros”.

Son muchas versiones acerca del origen de este remoquete adosado a las bandas callejeras, no obstante la más acertada parece ser aquella que hace referencia a que la paga de estos músicos era parte en metálico y parte en especie, que incluía la comida y bebida a discreción, siendo esta última un elemento esencial en las fiestas patronales y que era la chicha (fermento de maíz) que en algunas ocasiones elevaba su contenido etílico al ser mayor su grado de fermentación, llegando al nivel de “bruja” cuando con tres jícaras el individuo se ponía “cachetón”.  Esta afición por la ingesta de esta bebida, a veces justificada por la necesidad propia del oficio, especialmente por la soplada de los instrumentos de viento, además  de la exposición al sol, fue lo que originó dicho apodo.  Otros cronistas más quisquillosos quieren encontrar el origen del nombre en el vocablo “chiche” que significa fácil, aunque como en el caso de aquellas personas que se dedican a la “vida fácil” saben que no tiene nada de fácil, tampoco el soplar y soplar a la intemperie canción tras canción tampoco tiene nada de fácil.

Al ser muchos de los integrantes de estas bandas connotados músicos, con inclinaciones a la composición, comenzaron a proliferar temas especialmente realizados para este cuerpo musical.  En el caso de la música para las procesiones religiosas, que en un inicio se trataba de marchas militares, comenzaron a observarse composiciones propias de los músicos de dichas bandas y en especial el caso de marchas fúnebres muy socorridas en las procesiones de semana santa y uno que otro entierro.

No obstante, el mayor aporte a la música folklórica nicaragüense fue el género de “son de toros”, también conocido como “son de cachos”, por los cachos (cuernos) de los toros.  Muchos cronistas afirman que esto es parte de la herencia española y que este género tiene su origen en la música de las corridas de toros españolas.  En este punto yo disiento pues la música que acompaña invariablemente a las corridas de toros en España y luego en México es el “pasodoble”.   Este ritmo tiene su origen en las marchas militares y tiene un compás moderado y fue introducido en las corridas de toros y ahí se mantiene como parte de la tradición.  También originó un género de baile que ahora constituye una de las modalidades básicas de los bailes de salón.  El son de toros no tiene nada que ver con el pasodoble.  El son de toros generalmente tiene un compás de 6/8, a diferencia del pasodoble que lo tiene de 2/4.  El ritmo es marcado por el sousáfono y las percusiones y pretende describir la descarga de adrenalina que estalla en la “barrera” producto de la valentía del “torero” la bravía del toro y la emoción de los aficionados.

Los títulos de estos sones de toros pueden integrar un tratado completo, pues los hay desde los que hacen referencia al propio toro:  Ese toro no sirve, El toro furioso, El torito pintado, otros que parecieran compuestos para ciertas progenitoras:  Mamá Chilindrá, La Mamá Ramona, La puta que te parió, La Pelota (El muñeco de cera); otros que tienen un nombre un tanto bandido: Te lo tenté, Cambiando secos, El negrito; unos hacen referencia al reino animal como El zopilote, Cuervo saca los ojos.

Algunos de estos sones fueron compuestos especialmente para el ritmo en cuestión y su utilización en las “barreras” de toros, no obstante, muchos otros temas fueron adaptaciones de los integrantes de las bandas sobre composiciones del folklore nacional escritas en otro ritmo, para convertirlos en sones de toro.

Muchos de estos temas son anónimos, sin embargo en algunos contados casos puede identificarse al autor, como es el caso de la Mamá Ramona que es de Alejandro Vega Matus de Masaya.

En el siglo XX se vino a consolidar la banda de “chicheros”  en el territorio nacional, específicamente en la parte del Pacífico y Central del mismo.  Muchos municipios contaban con su banda que amenizaba las respectivas fiestas patronales, con sus procesiones, los toros, las dianas o alboradas, los juegos de pólvora con los infaltables toros encohetados, la dejadas de presentes al mayordomo, los bailongos, en donde incluso hacían adaptaciones de los boleros de moda.

Recuerdo que en mi pueblo, San Marcos Carazo, todavía en los años cincuenta del siglo pasado contaba con una banda conformada por notables ciudadanos que tocaban más por afición que por trabajo, como los hermanos Vásquez, don Manuel Yescas, entre otros.  No obstante, por alguna razón en los años sesenta desapareció dicho cuerpo y los eventos magnos eran amenizados por la banda de Masatepe, una de las mejores de la región, dirigida por los notables músicos de la familia Ramírez.

También tuve la oportunidad de escuchar en alguna ocasión a la banda de Jinotepe, en donde también la conformaban destacados músicos, como el legendario don Gilberto González, “Caremacho”, don Manuel Hernández, entre otros.

A finales del siglo XX, ya en los albores del nuevo milenio, con la expansión del lenguaje políticamente correcto y la introducción de eufemismos para todo lo cotidiano, el término “chicheros” empezó a sonarle mal a sus integrantes.  En realidad nunca fue tomado en sentido peyorativo, más  bien era una denominación un tanto folklórica, sin malicia, no obstante, había algo que sugería una malsonancia, pues en varios países puede confundirse con sostén o brasier, o en fin, también podía deberse a esa corriente que se puso de moda de darle caché a ciertos oficios.  Era como si los integrantes del baile de negras se sintieran mal con ese nombre y quisieran llamarse baile de las afrodescendientes; los del baile del viejo y la vieja pretendieran llamarse el baile del adulto y de la adulta mayor o bien las del baile de indias, quisieran llamarse del baile de las pobladoras autóctonas.

Lo cierto es que se inició un movimiento para dejar de llamar “chicheros” a estos músicos y comenzar a llamarles “bandas filarmónicas”.  Sin duda alguna, hay cierta justicia en darles el nivel que don José Santos Zelaya pensó, al bautizar a aquella agrupación con el nombre de la Banda de los Supremos Poderes, no obstante, todavía existe un considerable segmento de la población que sin importarle lo políticamente correcto, sigue llamándoles chicheros.  Lo mismo sucedería si se pretendiera cambiarle el nombre al son de toros: “La puta que te parió” para llamarle “La sexoservidora que te dio a luz”.

En el siglo XXI, este tipo de bandas permanece, tal vez con más proliferación que en el pasado, pues es imposible concebir unas fiestas patronales sin la presencia de la música de chicheros y al ser las festividades cada vez más amplias, la demanda de estos cuerpos musicales ha aumentado al punto de que en una misma fiesta convergen más de dos bandas.  De la misma forma, en otro tipo de eventos también está presente este tipo de música.

En este sentido, es importante señalar un fenómeno que ocurrió y que dio origen a la multiplicación de estas bandas.  En los años noventa, con el cambio de régimen (para no herir susceptibilidades) el gobierno se dio a la tarea de rescatar las fiestas patrias de septiembre y con ello regresaron los desfiles estudiantiles.  Como la palabra guerra producía cierto escozor, se cambiaron las bandas de guerra y se conformaron bandas musicales, agregando a las trompetas, trombones, saxofones y en ciertos casos sousáfonos, y se le dio un giro a los desfiles, antes con aires militares y se dio paso a lo carnavalesco, al interpretar estas bandas toda suerte de ritmos guapachosos como cumbias, porros, sones de toro, palo de mayo, mientras las palillonas con minúsculas ropas se contorsionan al ritmo de la frenética música en honor a la patria, sus próceres, héroes y mártires.  El caso es que muchos jóvenes que habían aprendido nociones de música a través de esas bandas, decidieron conformar sus propios conjuntos, muchos de ellos bajo la modalidad de chicheros, otros siguiendo el estilo de las bandas mexicanas y otros encontraron un nicho bastante atractivo en las batucadas.

No cabe duda que en este tercer milenio, la música de las bandas filarmónicas o chicheros como usted prefiera llamarlos, constituye uno de los elementos vitales de las manifestaciones folklóricas del pueblo nicaragüense y están presentes, más que nunca en todas las fiestas patronales del Pacífico y región central del país.  Obviamente no son lo que eran, en primer lugar, ya no la integran aquellos virtuosos músicos de antaño, tampoco tienen la prestancia que llegaron a tener, pues incluso ahora, los instrumentos ya son otra cosa, empezando por el sousáfono o tuba, que antes era de un impecable bronce y ahora están hechos de fibra de vidrio y resina de color blanco que dan la apariencia de tuberías de pvc.  De la misma forma, aquellos emolumentos que consistían en metálico y comida y chicha a discreción, ahora ni soñarlo, cobran por hora, por adela y en U.S. currency y si les ofrecen bebida piden whisky Buchanans, pero eso sí, nadie puede resistirse al ritmo de una de estas bandas, pues a los primeros acordes es obligado sacar un pañuelo y empezar a emular a los valientes toreros de las barreras o a una lora en comal caliente.

 

Agradezco a mi hermano Ovidio por su apoyo en la elaboración de este post y a mi cuñada Celeste González por cederme la fantástica foto que lo ilustra.

 

 

 

 

 

 

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