Archivo mensual: abril 2011

Los tres Villalobos

En 1960, después de haber cursado los cuatro primeros grados de primaria en el Instituto Pedagógico de Diriamba, mis padres decidieron retirarme de esa casa de estudios debido a un desaire que los ínclitos hijos deLa Salle hicieron a mi abuela.  En el acto de promoción de cuarto grado, la quitaron de su lugar en el salón de actos, para obsequiosamente cederle el lugar a una “benefactora” que había llegado tarde.  De esa manera ingresé al quinto grado a la Escuela Superiorde Varones de San Marcos.  Los beneficios a corto plazo fueron la desaparición de la infame levantada de madrugada para tomar el bus hacia Diriamba, pues la escuela estaba a una cuadra de mi casa, así como la posibilidad de regresar al hogar en el receso de cerca de tres horas al mediodía y disfrutar de la comida que preparaba mi madre.

Otro de los deleites de ese receso era escuchar, al igual que miles de nicaragüenses, la radio serie: “Los tres Villalobos” a través de la emisora líder en ese tiempo: Radio Mundial.  Un poco antes de la una, sintonizábamos la citada emisora, justo antes de finalizar el legendario noticiero de Rodolfo Tapia Molina: Radio Informaciones que finalizaba con la famosa marcha, American Patrol en la versión de John Phillips Sousa, que incluía fragmentos de otras marchas.  Después de un breve espacio de comerciales, con el acompañamiento de un sonoro platillo una voz anunciaba:  Cadena nicaragüense de radio difusión, desde Radio Mundial en Managua.  Seguidamente comenzaba el tema musical de la radio serie que decía:  Tres eran tres, los tres Villalobos, tres eran tres, ninguno era bobo.  Después de mucho tiempo, la cancioncita se nos antoja un tanto boba, sin embargo, en aquellos tiempos era el preludio de media hora de aventuras de estos tres personajes, en las praderas y montes cubanos.  Eran una especie de rancheros y sus aventuras eran similares a la de los cowboys norteamericanos, adaptadas a la realidad e idiosincrasia de los cubanos.

La serie se había iniciado en Cuba a inicios de los años cuarenta, en la época dorada de la radiodifusión en la isla, de donde se recuerda El derecho de nacer, de Felix B. Caignet, que en su momento culminante paralizó todas las actividades de ese país.  En esos tiempos, los grandes consorcios productores de bienes de consumo básico encargaban sus propias radio series y así fue que los fabricantes del jabón Sabatés que eran una subsidiaria de la transnacional Procter and Gamble, le solicitaron al escritor cubano Armando Couto una radio serie que inicialmente se trasmitió en la emisora RHC, Cadena Azul y posteriormente con el copatrocinio del ChocolatesLa Gloria y el Jabón Elsa de la fábrica Sabatés, se trasladó a la emblemática emisora CMQ Radio.

La radio serie era narrada y actuada con extremo profesionalismo, pues tanto el narrador como los actores mantenían un acento neutro, a diferencia del genial Trespatines que hablaba con un acento de cubano de la calle con todas las floridas expresiones y dichos de la época.  En esa radio serie, tal vez la única expresión autóctona que se le escapaba a alguno de los actores era:  ¡Caballero! o ¡Mi madre!.

Así fue que diario, de lunes a viernes disfrutábamos, juntos en el hogar, de aquellas emocionantes aventuras que al igual que toda serie tenía sus momentos de suspenso que debían resolverse en el siguiente capítulo.  Además de los Tres Villalobos, estaban Emilio Capetillo, Cecilia, Sakiri que al parecer era malayo pues regularmente evocaba los proverbios de su tierra.  En cierto momento, el autor involucró al movimiento guerrillero de la isla, participando el General Castrillón, el Capitán Armenteros y un tenebroso Gaucho Nevara.  No alcanzo a recordar de parte de quien estaban los tres Villalobos, pero el caso es que la lucha era un tanto anacrónica, con batallones a caballo.

Recuerdo que en un capitulo se corrió la noticia de la muerte de Rodolfo y al final los dos hermanos van a buscarlo y encuentran un ataúd y al abrirlo Machito gritaba: ¡Rodolfo! y ahí terminó el capítulo.   Esa tarde todo el pueblo no habló de otra cosa que de la muerte de Rodolfo y antes de la función del cine, muchos con el rostro compungido hablaban de la terrible pérdida de Rodolfo Villalobos, como si se tratara de un familiar o un paisano del pueblo.  Al día siguiente, al reiniciar la serie, resultó que Machito obnubilado por la emoción se había confundido y hasta después comprendió que no era Rodolfo, quien seguía vivito y coleando.  Mucha gente respiró tranquila.

Con el entusiasmo generado por el éxito que había tenido la radio serie en toda América Latina, el cine mexicano rodó en 1955 la película Los tres Villalobos, con Joaquín Cordero en el papel de Miguelón, Raúl Luzardo como Rodolfo y Freddy Fernández como Machito y para adornar el film se incluyó en el reparto a la guapa Evangelina Elizondo.  Como toda buena película mexicana, estaba plagada de canciones de todo género.  Esta película tardó muchos años en llegar a las salas de cine nicaragüenses, pero coincidió con la fiebre por la radio serie.  En la presentación de esa cinta en el cine del pueblo el recinto se puso de bote en bote, con la emoción de poder ver un rostro para todos los personajes que sólo cobraban forma en la imaginación de cada quien.   Después del éxito de la cinta, se corrió el rumor en el pueblo de que había una segunda entrega de la película, sin embargo, aparentemente por algunas escenas impropias había sido censurada, el caso es que nunca se presentó, aunque tampoco hay indicios en los registros del cine mexicano de la existencia de dicha cinta.

A finales de 1961, la radio serie dejó de trasmitirse en Radio Mundial, aparentemente porque dejó de enviarse de parte de los productores cubanos, así pues parece que los famosos hermanos Villalobos fueron sustituidos por otros dos hermanos, más listos todavía, que se adueñaron no sólo del campo cubano, sino también de toda la isla.  No fue tan duro el golpe que nosotros sufrimos por la desaparición de la radio serie pues coincidió con la llegada de la televisión a todo el territorio nacional, con el consabido entusiasmo que causó este nuevo medio de comunicación.   Parece que casi cincuenta años después, la televisión cubana produjo una película para ser presentada en la isla como una teleserie, con las aventuras de Los tres Villalobos, ambientada siempre en el campo cubano de aquellos tiempos y con un tema musical bastante atractivo.  No tengo la menor idea cómo se manejan los asuntos ideológicos, pero debe ser interesante.

Por mi parte, a pesar de que aquella radio serie no tiene la mínima parte del suspenso que se maneja en las teleseries Breaking bad o Damages, sin embargo, extraño enormemente aquella media hora compartiendo con mi madre y mis pequeños hermanos, después de haber saboreado un delicioso almuerzo y un postre fuera de serie, sentados todos alrededor del radio, atentos a las aventuras de aquellos tres hermanos.

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El Hombre de la Paula Pasos

A mediados del siglo XX comenzó a utilizarse con mayor frecuencia en Nicaragua la expresión: “El Hombre”.  Se usaba para referirse a un individuo, no necesariamente uno distinguido por sus actitudes de macho, mucho menos por ser lo que se llamó en un tiempo un “prohombre”.  Se trataba simplemente del protagonista de una historia, del individuo de quien se estaba hablando o en el peor de los casos, alguien de quien los interlocutores pretendían burlarse, pues al exclamarse: -Ahí viene El Hombre, alguien con sorna respondía, incluso con voz atiplada: ¿Cuál hombre?  No obstante, la expresión se utilizaba en mayor medida para denominar, en primer lugar a quienes ostentaban alguna autoridad: el jefe, el maestro, el capitán, el capataz.  En cierto momento, específicamente durante el mandato de Anastasio Somoza Debayle, se utilizaba para referirse a esta persona.  Cabe aclarar que el significado real de esta expresión lo manifestaba el lenguaje corporal del individuo que la emitía, pues cuando decían El Hombre, refiriéndose a Somoza, lo hacían suspirando fuertemente en forma previa y entornando los ojos y luego mirando hacia el cielo en señal de respeto, bajando la intensidad de la expresión a medida que bajaba el nivel de autoridad del aludido, hasta caer en un guiño de ojo cuando se manejaba en son de burla.

El origen de esta exclamación es un tanto indeterminado.  No es remoto que pudo haber nacido de la repetición que ocurre en el Nuevo Testamento, en donde si mal no recuerdo es empleada 88 veces: “El Hijo del Hombre”.  Esta denominación muchas veces utilizada por el propio Jesús, realmente ha puesto en un verdadero aprieto a los exégetas de la fe, pues presenta claramente una contradicción respecto al origen divino del Mesías.  Lo realmente irónico es que Poncio Pilatos al presentar a Jesús prisionero ante la muchedumbre de judíos, que menos de una semana antes lo habían aclamado con palmas en las manos gritando Hosanna, y les dice: -He aquí El Hombre (Ecce Homo).

Por otra parte, dentro de las leyendas colombianas se encuentra la figura de un juglar del vallenato conocido como Francisco, El Hombre, de quien se cuenta sostuvo un duelo con el acordeón con el mismo Satanás, quien después de escuchar la maestría del músico de la guajira, no tuvo otra opción más que salir huyendo.   Esta figura es mencionada en la persona de Francisco Mascote en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.  De la misma forma, también se menciona en el famoso clásico vallenato: El cantor de Fonseca.

Así pues, hubo una época que en Nicaragua se utilizó esta expresión, que analizándola bien tenía un corte machista, puesto que no existía un equivalente para nombrar a alguna fémina que se destacara o mereciera el respeto o por lo menos el realce de su figura a través de una expresión. Sin embargo, es interesante resaltar que allá a finales de los años cincuenta comenzó a ampliarse la expresión a:  El Hombre de la Paula Pasos.  Pocos sabían quién era esta mujer y por qué se hacía referencia a ella en dicha expresión.  Se utilizaba igualmente para resaltar la figura de un individuo ya fuera por su autoridad o simplemente como una simple referencia.

Para conocer el origen de esta expresión en particular debemos remontarnos a la ciudad de Rivas, tal vez a los años cuarenta.  En esa época se hizo famoso un estanquillo que tenía una señora llamada Paula Pasos.  La señora en cuestión se esmeraba en servir el mejor guaro de la región, además de unas bocas y platillos “discutidos” como se decía, prueba de lo anterior era el famoso mondongo de los lunes.  Se comentaba que la citada señora tenía un carácter fuerte y un espíritu comercial bastante agudo y relataban en el pueblo que cuando la demanda superaba la oferta de mondongo, sólo con el objeto de no defraudar a los clientes, se permitía agregarle agua a la sopa y a introducirle una candela de sebo.  No obstante, para curarse en salud advertía a los parroquianos: -No quiero que nadie me reclame por la sopa.   La mujer en referencia tenía un compañero de vida que era aficionado a los placeres etílicos, pero que a pesar de contar con el material bélico en su propia casa, su compañera no le permitía que superara la dosis que ella estimaba pertinente.

Cuentan que en cierta ocasión el compañero de doña Paula después de haber agotado su mínima cuota asignada por ella, se quedó con el deseo de continuar ingiriendo alcohol y como tampoco tenía acceso al dinero, tuvo que buscar alguna alternativa viable.  Después de mucho cavilar recordó que en la Alcaldía Municipal se manejaba la distribución departamental de guaro, tal vez a nivel institucional o tal vez a nivel personal del alcalde.  El asunto es que compelido por su deseo etílico, decidió irrumpir en el edificio de la Alcaldía, en ese momento solitario y una vez adentro, tuvo todas las reservas alcohólicas a su disposición.  Hubiese terminado con todo el guaro, si no es que ya intoxicado le dio por empezar a gritar y a cantar, llamando la atención de los vecinos que inmediatamente dieron parte a las autoridades.  Intervino la Guardia Nacional y se llevaron preso al intruso quien al momento de ser llevado al Comando, lo único que se le ocurrió gritar fue: -Soy el hombre de la Paula Pasos.

Después de dejar a su compañero un tiempo prudencial tras las rejas, doña Paula Pasos arregló el asunto con la Alcaldía y consiguió su libertad.  Desde luego, la anécdota fue la comidilla del pueblo por un buen tiempo y se llegó a hacer famosa la expresión: -Soy el hombre de la Paula Pasos.   Con el tiempo, dicha expresión se extendió por todo el territorio nacional y a alguien se le ocurrió agregarle a la expresión: El Hombre, la cola: de la Paula Pasos.  De tal manera que durante los años sesenta y setenta era muy común en toda Nicaragua escuchar: Llegó el Hombre de la Paula Pasos, Ahí va el Hombre de la Paula Pasos.

Al llegar los años ochenta quedó proscrita cualquier alusión a El Hombre, de tal manera que se pasó el rasero y todos se convirtieron en “compañeros”, quedando sin embargo, la misma expresión de suspirar, entornar los ojos y elevarlos al cielo al decir: Dirección Nacional.  De la misma manera, por añadidura, el Hombre de la Paula Pasos pasó a la historia, aplastado por el panteón de héroes y mártires.

Para los años noventa el tratamiento de compañero se fue al traste, pero la expresión El Hombre no tuvo oportunidad de regresar, pues asumió la primera magistratura Doña Violeta, así pues aquella expresión siguió en el olvido.  Posteriormente siguieron soplando los vientos del cambio y muchas personas empezaron a salir del closet y pregonaron con orgullo sus preferencias, de tal suerte que el tratamiento de El Hombre podía convertirse en una adivinanza.

Luego se reivindicó el papel de la mujer en la política y se logró una mayor participación de las féminas en cargos públicos, ocurriendo entonces el síndrome del hombre de la Paula Pasos, al aspirar los cónyuges de estas mujeres a obtener beneficios similares que ellas, alcanzando en algunos casos la oportunidad de mamar la teta del erario de manera tan irregular como lo hizo el hombre de doña Paula al interior de la Alcaldía, pegado a la llave del tonel de guaro.

Actualmente sólo en algunas reuniones de sexagenarios o mayores, se puede escuchar todo el repertorio de aquellos dichos y expresiones de antaño, así pues cuando llega un coetáneo con una botella de Extra Seco de Flor de Caña, el resto de la audiencia exclama al unísono: Llegó el Hombre de la Paula Pasos.

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Como sardinas en lata

No siempre a la sardina se la come el tiburón.  Es más, alguna de ellas se preguntará cómo pudo suceder que de repente, nadando en un cardumen mar adentro en el Golfo de Vizcaya, en el mar Cantábrico, España, cayera en las redes de un barco cerquero y terminara congelada, luego escabechada y posteriormente enlatada, para que tiempo después se la comiera un borracho en el las costas de La Boquita en el Pacífico nicaragüense.  A pesar de que lo anterior, podría servir de marco para adentrarme en un concienzudo estudio del karma, más bien trataré de analizar el significado de las sardinas en lata en la vida de los nicaragüenses.

Fue a inicios del siglo XX cuando después de la fiebre del oro en el oeste norteamericano, surgió, aunque en menor medida, la fiebre por el procesamiento de salmón, sardinas y otras especies marinas en la localidad de Monterey, un poco al sur de San Francisco en California.  El gran novelista norteamericano John Steinbeck inmortalizó esta fiebre en una novela llamada Cannery Row (La calle de la sardina).   Una de las empresas que surgió en este lugar fue la llamadaLa Sirena (en español) y que mediante la labor de un agente vendedor muy eficiente, empezó a exportar parte de su producción a Centroamérica en 1918.

El éxito que tuvo la introducción de las sardinas enlatadas en Nicaragua se debió en primera instancia a la cuaresma y en particular a la Semana Santa, en donde las costumbres impuestas al pueblo prohibían encender fuego para cocinar durante toda la semana mayor, además de la llamada “vigilia” consistente en no comer carne en ese período, a excepción del pescado.   La innovación de contar con un pescado, a pesar de su minúsculo tamaño, en comparación con las especies a las cuales estaban acostumbrados nuestros antepasados, estuviera listo para su consumo sin mediar ningún proceso de cocción, era algo práctico.  Otro punto más a favor de este producto era el precio, el cual estaba al alcance de la mayoría de la población pues una lata de 425 gramos, es decir casi una libra, costaba menos de 50 centavos dólar.

Muy pronto la población nicaragüense logró familiarizarse con el sabor de las sardinas enlatadas, especialmente porque La Sirena venía en dos presentaciones, una que mantenía las sardinas en aceite de oliva y la otra en una salsa entomatada que traía una especialidad llamada Pica Pica que tenía un toque picante.  Así que había para todos los gustos.  La batalla que se libraba era la apertura de la lata, pues la misma venía herméticamente sellada con soldadura y traía una pestaña en la cual se colocaba una llave con una ranura en donde entraba la pestaña y empezaba a enrollarse la tapa al darle vuelta a la llave.  Sin embargo, muchas veces esto se convertía en una misión imposible, ya fuera porque se rompía la llave o porque no quería seguir enrollándose la tapa, debiendo el propietario finalizar la operación con un cuchillo filoso y no pocas veces el operador salía con una lesión en los dedos ya fuera por el cuchillo o por la afilada tapa.

Cuentan que el General de Hombres Libres en medio de su creatividad dentro de la guerra de guerrillas, inventó unas bombas a las cuales agregaba pedazos de latas de sardinas a manera de shrapnel, causando tremendos daños en el ejército invasor.

No le tomó mucho tiempo a  la sardina en lata colarse en la gastronomía nicaragüense, en especial en la de cuaresma y Semana Santa, alternando con la sopa de queso o de rosquillas, los tamales pisques, los quesos y cuajadas, el arroz con gaspar, pinol de iguana, rosquillas, el curbasá, los almíbares, entre otros y que en su conjunto hacen la delicia de los paladares de tantos conciudadanos y el terror de quienes asisten a los oficios celebrados en locales cerrados, en especial a finales de la semana santa.

Con el tiempo, ingresaron al país otras marcas de sardinas, en particular una marca denominada Indio Azteca, que si mal no recuerdo se importaba de Francia.   Las presentaciones variaban y la más popular era una lata ovalada de 425 gramos a la cual se conocía en muchos ambientes como “sardina de picado”, aunque la más demandada era la de 175 gramos que venía en latas rectangulares con los bordes redondeado y que era un tanto más fácil de abrir.

Cuando se masificó el uso del abrelatas, los fabricantes de conservas de productos del mar se desentendieron del problema y diseñaron el borde de sus latas para el uso con este adminículo.  Esto vino a facilitar la apertura de las latas y a hacer del abrelatas un enser de primera necesidad en cada hogar.   Entonces apareció la lata redonda de sardinas con el peso de 175 gramos.

A finales de los años cincuenta, la casa Vigil y Caligaris que tenían unos laboratorios que vendían vinagre, vainilla y otras especias, decidieron importar sardinas del Atlántico y consiguieron que se las enlataran bajo su propia marca, habiendo escogido la marca Indio Moctezuma, para pedirle “raid” a la Indio Azteca que ya tenía un mercado cautivo en el país.  Estas sardinas eran producidas en el Cantábrico español y enlatadas especialmente para Vigil y Caligaris y consiguieron una buena aceptación de parte de los consumidores nacionales.

Para los años ochenta, en que hubo un hermanamiento con los países tras la “cortina de hierro”, llegaron a suelo nicaragüense los productos alimenticios más inverosímiles y que fueron rechazados en su mayoría por los paladares locales, sin embargo, uno que tuvo la preferencia de los consumidores nacionales fue la sardina enlatada en la extinta Unión Soviética.   Muchos conocedores de este producto, comentaban que se trataba de una sardina más exquisita que cualquier otra que hubiese llegado al país, sin embargo, todavía se mantiene el misterio respecto al origen del aceite en el cual eran escabechadas, apostando la mayoría a que no era vegetal, surgiendo entonces las más descabelladas teorías, desde algunos que aseguraban que era aceite de motores, otros que era alguna grasa animal y otros con una imaginación más fértil juraban que se trataba de un ingrediente secreto traído del Archipiélago Gulag.

En la actualidad, la sardina enlatada sigue teniendo una marcada preferencia de parte de los consumidores nacionales, aunque tiene que convivir con otros productos que debido a su calidad y precio llegan a competir muy estrechamente como es el caso del atún enlatado.  Otros con paladares más refinados e ingresos superiores, prefieren el salmón, las anchoas, los calamares y otras exquisiteces que se encuentran ocasionalmente en el mercado nacional.  La gran ventaja que tienen ahora todos estos productos es que cuentan con un sistema de sellado que permite una fácil apertura, tan sólo tirando de una argolla que traen incorporada a la tapa.

En lo referente a la sardina, este producto tiene la gran ventaja de que las investigaciones recientes han señalado la importancia de los ácidos grasos contenidos en los pescados llamados “azules”, entre los cuales se encuentra la sardina y que por lo tanto son ricos en Omega 3, tan importante para disminuir los lípidos del cuerpo humano, en especial el colesterol, bajando el riesgo de enfermedades coronarias.

La marca con mayor tradición en el país sigue siendo La Sirena, que lleva casi 100 años en el gusto de los nicaragüenses, en especial la enlatada en salsa Pica Pica.  Se encuentra en presentaciones desde 93 gramos a un precio de cerca de US$1.10, hasta la tradicional ovalada “de picado” a un precio de cerca de US$2.00.  El logo de La Sirena sigue siendo el mismo, nada más que la sirena ha sido remozada. La Indio Moctezuma de la casa, ahora, Hermoso y Vigil, se ha situado en un estrato superior, con una presentación de 120 gramos pero a un costo de US$2.85.  También se encuentran sardinas españolas de la marca Goya o Calva de 120 gramosa un precio de US$2.90.  Los productos ticos Sardimar, a pesar de ofrecer sardinas enlatadas, su incursión en el mercado nacional es preferentemente de atún enlatado en una gran variedad de presentaciones.

En esta Semana Santa, ya sea con la suave brisa de una playa nicaragüense de fondo o debajo de un palo de mango en el patio de la casa, puede usted abrir una lata de sardinas, en cualquiera de sus presentaciones, tomar una estas exquisiteces y ponerla encima de una galleta de soda, echarse un guapirulazo del licor de su preferencia y saborear una deliciosa boca.  Para potenciar el efecto, puede poner en su equipo de sonido a Carlos Argentino con la Sonora Matancera interpretando:  En el mar, la vida es más sabrosa y evocar los cantos de sirena que parecían emanar de las profundidades del Pacífico y si siente un vuelco en su corazón, no se preocupe, es el Omega 3 que está actuando.

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Al compás del flip-flop

Con la llegada de la década de los sesenta aparecieron dos productos que prácticamente vinieron a revolucionar la vida de los nicaragüenses: el radio de transistores y las chinelas de gancho.  A finales de los años cincuenta la fábrica de calzado Rolter había iniciado operaciones con la elaboración de zapatos con un importante contenido de hule, lo que facilitó la posterior diversificación de dicha fábrica con la introducción de una línea de producción de chinelas de hule.

Durante el período de la post guerra, en los Estados Unidos se fue ampliando el uso de sandalias al estilo de las orientales, que no tenían sujetador en la parte del talón y empezaron a elaborarse con hule, hasta encontrar la mezcla adecuada entre el diseño y la calidad del hule de tal forma que no produjeran ampollas a quienes las usaban.  En la costa oeste de los EE. UU. encontraron una gran demanda pues armonizaban con el estilo de vida desenfadado de California y la ebullición de sus playas con la naciente fiebre del surfing.  Estas sandalias se empezaron a conocer como flip-flop, debido al sonido onomatopéyico que producían las chinelas, con el talón completamente descubierto, contra la planta del pie.

En Nicaragua tuvieron una gran acogida, en primer lugar por el precio, pues un par de estas chinelas empezó costando alrededor de US$1.15; en segundo lugar por ser ideales para el uso en el interior de las casas, en especial en el baño, pues los otros materiales de las chinelas clásicas, cuero sobre todo, se arruinaban con la humedad.  Muy pronto, las chinelas de gancho se convirtieron en un elemento de rigor en el ajuar de muchos hogares nicaragüenses. No obstante su resistencia y durabilidad, era menester aprender a manejarlas, pues ciertos movimientos que producían tracción en la prenda provocaban que la guarnición que cubría el arco del pie se reventara, dejándola inútil.  De la misma forma había que tomar nota que en ciertos terrenos era muy fácil que se produjera esa fuerte tracción que rompía la chinela.    Cada quien fue adoptando un estilo particular de manejarlas, ya fuera que le gustara o no, hacer el ruido característico cuando la superficie plana de la chinela golpeteaba la planta de los pies.

En un inicio, las normas de etiqueta en el vestir manejaron el uso de las chinelas de gancho exclusivamente para el uso al interior de las casas, quedando proscrita su utilización en la calle.  Sin embargo, cuando el factor económico llevó esta prenda al uso de las clases de menores ingresos, poco a poco, de manera tímida al inicio, la chinela de gancho salió a la calle y fue en primera instancia el sector de las empleadas domésticas que la lució con donaire.  De la misma manera, la comunidad gay encontró en esta prenda un objeto emblemático, además de práctico y se dio a la tarea de dominar su porte con maestría y garbo.  Era todo un espectáculo observar a uno de estos individuos caminar manteniendo un marcado contoneo mientras se regodeaban al escuchar el rítmico sonido que producía el golpeteo de sus chinelas, dándose el lujo de cambiar a voluntad el ritmo, llegando algunos a acompañar uno que otro pasodoble, imitando a las castañuelas con aquel repiqueteo.

Las amas de casa encontraron en esta prenda un instrumento muy útil, además de hacer cómodo el tránsito en el hogar mientras realizaban sus menesteres, servía para matar toda suerte de animales nocivos y en una época en donde no estaba ni mal visto ni penalizado el disciplinar a los niños, era un elemento útil para propinar una buena tunda.  Algunas de ellas llegaron a manejar con maestría la chinela, realizando movimientos parecidos al kung fu a fin de catapultarla hacia el aire, en donde la señora la atrapaba y quedaba en guardia para lanzarla.

Cuando llegó la temporada de mar, la demanda de chinelas de gancho se disparó hacia las nubes, pues anteriormente, los veraneantes que no deseaban echar a perder sus calzados regulares, se quedaban descalzos en la ardiente arena, provocando serias quemaduras en sus humanidades y en cambio con el uso de las chinelas las caminatas por la playa se convirtieron en un verdadero placer.  Ahí también se inició la aventura del baile con chinelas de gancho, pues uno de los mayores esparcimientos en las playas del país era el baile en las enramadas, en donde era de rigor la presencia de una roconola; sin embargo, los zapatos de cuero en la arena dificultaban cualquier coreografía, amén de no rimar con la calzoneta o el vestido de baño y por otra parte, al dejarlos a un lado se corría el riesgo de que desaparecieran.   Sin embargo, esta empresa era un tanto difícil, pues las chinelas no se prestaban para realizar cualquier paso, lo cual obligó a los bailarines a realizar análisis concienzudos sobre la resistencia a la tracción del atuendo y sobre la ergonomía resultante en la combinación de los músculos flexores, reductores y lumbricales del pie, de tal suerte que se tuviera un dominio de la posición de la chinela ya fuera adosada a la planta o despegada en diversos ángulos de la misma, de tal forma que se redujera sensiblemente la tracción sobre la guarnición y permitiera algún paso específico del baile, aumentando el grado de dificultad de conformidad con el ritmo seleccionado, en especial la cumbia en la cual existen muchos pasos en que se sostiene el cuerpo en la parte media de la planta del pie, lo que obligó a establecer nuevas formas de bailar estos ritmos.

A finales de los sesenta, el uso de las chinelas de gancho estaba generalizado en el territorio nacional, en especial en las zonas urbanas, pues en el caso de los terrenos agrestes del área rural, su uso no se hacía práctico.  En esa época entró como competencia el calzado Sandak de México, con una amplia línea de zapatos de plástico, así como también algunas líneas de calzado de la ADOC salvadoreña.  No obstante, el producto de la fábrica Rolter tenía mejor precio y su uso estaba bastante arraigado en el país.  Cabe aclarar que en ese tiempo en que se adoptaron los estilos de vida de los hippies, se empezó a generar un sentimiento de rechazo hacia estas chinelas de hule, que no armonizaban con el resto del atuendo, prefiriéndose las sandalias de cuero o los caites que eran más folklóricos.  No fue sino hasta que John Lennon declaró que él no usaría prendas de vestir con elementos animales, que se reivindicó el uso de las chinelas de hule.

Para los años ochenta, en que el amanecer dejó de ser una tentación, los reflejos condicionados involucrados en el baño diario hicieron que un grueso de la población se calzara las chinelas de gancho, lo cual fue conceptualizado inmediatamente como un gesto de solidaridad más que de necesidad, adueñándose esta vez la prenda en cuestión de la calle, en contra de los protocolos vigentes, pues no solo estaba dura, sino hirviente.

Para los años noventa, con el regreso del capitalismo salvaje, se observó una sensible mejoría en los ingresos de la población, en especial como efecto del impacto de las remesas familiares y entonces la tradicional chinela empezó a convivir con nuevos modelos y marcas que se repartieron un mercado en crecimiento.  Coincide lo anterior con un relajamiento a nivel mundial sobre los cánones del vestir y la informalidad que fue tomando cada vez una mayor fuerza, a tal punto que este tipo de chinelas se empiezan a utilizar en ambientes en donde antes era imposible siquiera pensarlo como es el caso dela CasaBlanca o la alfombra roja de Cannes.  Altas personalidades y estrellas del espectáculo comienzan a utilizarlas lo que provoca un incentivo para la ampliación en su producción, desde diseñadores como Jean-Paul Gaultier a fabricantes de calzado deportivo como Adidas, Nike,  o los tradicionales productores como Havaianas, Pecheblu, Timberland, Jambu, entre otros.

Hoy en día, la chinela de gancho subsiste entre una infinidad de modelos, marcas y precios, de conformidad con las posibilidades de cada ciudadano y no es remoto verlas en los lugares más insospechados como el Teatro Nacional Rubén Darío.   Hay ciudades en donde su uso ha venido universalizándose, como es el caso de Nagarote, en donde una sorprendente alta proporción de la población la utiliza.

Por otra parte, esta prenda ha adquirido un sinfín de connotaciones, siendo una de ellas la de la inmediata correlación de esta prenda con la prisión.  Al constituir el short y las chinelas de gancho el uniforme estándar en las prisiones del país, es muy común la utilización de este binomio como advertencia ante las actuaciones delictivas u oscuras.  Se escucha frecuentemente decir: – A este piche pronto lo veremos en short y chinelas de hule, como vaticinando su inminente condena a un tiempo en prisión.

En fin, es innegable que la chinela de gancho ha sido un elemento omnipresente en la vida de los nicaragüenses en los últimos cincuenta años y su influencia en la vida de muchos conciudadanos es mayor de lo que se piensa.   Tal vez muchos negarán haberlas utilizado, sin embargo en todos ellos, aún pervive en su inconsciente la posición de los músculos del pie para dominar esta prenda y no es remoto que cada mañana lo primero que hagan, aún sin pensarlo, sea abrir el gancho.

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Nelson Pinedo

Por muchos años, por una u otra razón, el nombre de Somoza fue uno de los más pronunciados en Nicaragua.  Tal vez en estos dorados tiempos podría ser el de Ortega, toda vez que cada día son más quienes siguen con asiduidad mis escritos.  Sin embargo, es interesante saber que en cierta época hubo un nombre que le siguió muy de cerca al de Somoza, por su reiterada pronunciación de parte de los nicaragüenses y este fue: Nelson Pinedo.

Una proporción de quienes pronunciaban ese nombre se referían al cantante de origen colombiano y que ante un squezze play realizado en 1954 por Daniel Santos, ingresó a la Sonora Matancera para sustituirlo como cantante titular, habiendo grabado grandes éxitos como El muñeco de la ciudad, Bésame morenita, Quién será, Ya me voy pa´ La Habana, La esquina del movimiento, entre otros.  No obstante, una gran proporción de conciudadanos utilizaba ese nombre como una forma coloquial para decir: no.

La negación para los nicaragüenses, al igual que para todos los hispano parlantes es algo complejo, pues no sólo expresa un enunciado, sino también rechazo, oposición, énfasis, así como en muchos casos la negación no llega a ser lo contrario de la afirmación.

Generalmente el nicaragüense es enfático para negar, especialmente cuando se le acusa de algo y surge por defecto una expresión categórica: jamás de los jamases.  Sin embargo, muchas veces dentro del énfasis que utiliza para negar algo, recurre al argot, como para dejar una puerta abierta, como si el tono jocoso de su negación lo pudiera proteger de cualquier equivocación.  De esta forma se vino a deformar el vocablo no, hacia formas como: niguas, nanay, naranjas chinandeganas y del habla coloquial mexicana es posible que se hubiera importado: nel que en ese país se acompañaba de pastel, para reforzar la rima.  Esta forma jocosa para negar se extendió hacia situaciones insospechadas, como por ejemplo cuando para denotar el tema tabú de la disfunción eréctil se utilizaba: Nicaragua-Paraguay.

Con la popularidad que adquirió la Sonora Matancera en los años cincuenta y parte de los sesenta, el nombre de ese cantante llegó a adquirir una mayor dimensión al utilizarse para negar algo.  Nelson Pineda, se escuchaba por todos lados, lo que hacía rivalizar a este cantante con los grandes de esa orquesta: Bienvenido Granda, Daniel Santos, Celio González y otros.

Lo interesante es que la negación adquiere otro nivel cuando se trata de alguna solicitud particular.  No es lo mismo que le pregunten a un nicaragüense sobre el paradero de alguien que le soliciten algo, dinero, algún favor o  cualquier cosa que afecte su peculio.  Entonces ahí la negación no puede ser categórica, ni siquiera con las formas coloquiales antes expuestas.  En esos casos, la frase más socorrida es: En otra pasadita.  Ahí, tanto el emisor como el receptor están plenamente conscientes de que se trata de algo definitivo y que la pasadita puede referirse al paso del Cometa Haley, sin embargo, al estar suavizada, el receptor no tiene otra alternativa más que apechugar.  Son muchos casos en que ante la solicitud de algún indigente, el interlocutor, con una cara de compungido, digna de Marga López en sus mejores momentos, le diga: -Perdone Señor, a lo que el otro le responde como una sentencia emitida por el Sanedrín: -Que te perdone Dios.

Cuando existe la confianza del caso y más que nada entereza, ante una solicitud lanzada a mansalva: -Hermanó, necesito 500 varas, entonces armándose de valor el otro lo parquea diciéndole: -Andá conseguite 1000 y me das 500 que yo también ando urgido de riales.  Si lo agarran en curva, es posible que el demandado no pueda evadir la solicitud al estilo Matrix, sino que abre un impase diciendo: -Veremos, aunque para sus adentros piense: -Dijo el ciego.

En la época actual es probable que muy poca gente utilice Nelson Pinedo para negar algo y en esas contadas ocasiones, probablemente la otra persona no le captará más que por el contexto en que se lo dicen, pues también son muy pocos los que saben algo de este gran cantante de la Sonora.  Parece ser que la forma coloquial de negación que subsiste, después de que se popularizó en los setenta es: never.  Se utiliza sola o completando never in the life.

En Nicaragua como en muchos países se viven tiempos difíciles y como lo sentenció un destacado político para cubrir los deslices de su voluntad: “La calle está dura”, por lo tanto, los ciudadanos deben de caminar con cautela, porque por cualquier lado alguien puede acecharlo con un bate de aluminio.  Así pues, poco a poco se va internalizando la necesidad de decir no, cuando hay decirlo y abandonar los paños tibios ante el temor de negar.  Muchos han recurrido a machetearse tratados completos sobre superación personal que insisten sobre la importancia de no decir sí cuando se quiere decir no.

Así pues, si algún domingo por la tarde va pasando por La Casa del Obrero, allá en la Calle Colón, junto al Estadio Nacional y escucha que de adentro sale una melodiosa voz que clama: Mírame, mírame, quiéreme, quiéreme, bésame morenita, que me estoy muriendo por esa boquita, tan jugosa y fresca, tan coloradita, como una manzana, dulce y madurita…, entonces ese es Nelson Pinedo, que ameniza el baile de los entusiastas de la tercera edad.   Como el propio cantante dijo: Ya ha llovido, hay almanaque, hay calendario, hay kilometraje, pero todavía hay carrocería.  Además, los muñecos de la ciudad le asegurarán que aquello de Nicaragua-Paraguay ya pasó a la historia con las pastillitas azules de Pelé.

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El genio José Feliciano

Hace un par de semanas, mientras muy temprano en la mañana realizaba mi rutina de ejercicios, que invariablemente acompaño con música, aburrido de las mismas grabaciones guardadas en el reproductor MP3 me cambié al radio para escuchar algo diferente.  En efecto, salieron algunos temas de actualidad entre ellos una especie de bolero.  Como al hacer ejercicio es más difícil el zapping con el radio, dejé el bolero, el cual parecía mezclado con bachata.  El tipo que inició la canción la interpretaba con un acento antillano demasiado marcado y con un tonito que parecía arrancado de un reggaetón.   Casi inmediatamente después escuché una voz que se me hizo conocida.  Dejé el tema sonando en el aparato y continué escuchando la interpretación y al aparecer el inconfundible timbre y maestría de una guitarra acústica llegué a confirmar mis sospechas.  Se trataba del magnífico cantante y guitarrista puertorriqueño José Feliciano.  Lo que no me explicaba era cómo el gran maestro Feliciano podía aparecer en una canción como esa.  Era como ver al gran Anthony Hopkins en un comercial del Gallo más Gallo.

Días más tarde, escuchando el radio del automóvil volvió a salir el bolerito aquel.  Le puse un poco más de cuidado y seguía sin entender cómo el gran artista, que ha logrado un nivel que pocos latinoamericanos ni siquiera han soñado, podía aparecer en aquella canción.  A pesar de que la melodía no estaba tan mal, pues le hicieron un arreglo bastante decente en donde se puede apreciar que el maestro Feliciano todavía domina la guitarra con excelencia, además que una sección de cuerdas le otorga cierto nivel de refinamiento.  Sin embargo, la letra se me hizo, en lo particular fatal.  Dentro de un esquema decimonónico en el cual el pretendiente de una muchacha tiene que negociar con el futuro suegro, la suerte de ella.  Por otra parte, los argumentos esgrimidos por el pretendiente parecen salidos de una novela de Corín Tellado: “ solamente una oportunidad le pido, ayer soñé con Cupido y espero no estar mal..”  Como decía mi tía Mélida:  “Las tres divinas personas”, tan sólo pensar en que una hija está en la mira de un tipo tan cursi es para morirse.  “no quielo que malintelplete, lo siento, solo vine aquí para podel decil su hija me gusta”

Lo peor, sin embargo, es lo que obligan a decir a Feliciano.  “Señorito, tome asiento y conversemos de una vez”, “con qué cara te atreves decir que te gusta mi hija, tienes agallas, yo la protejo más que a mi vida, ella es mi sangre y no quiero que sufra su madre no sabe de mi (¿?), yo no creo en el amor ni en el destino (???????)”.

Al tratar de averiguar más sobre esa inexplicable intervención de José Feliciano en el bolerito ese, encontré que fue un apoyo del Maestro a un compatriota suyo.  Se trata de un joven de 20 años, el cantautor puertorriqueño Carlos Reyes Rosado, conocido en el ambiente de la farándula como Faruko y que según sus cronistas, léase los de su disquera, es un talentoso artista con una versatilidad asombrosa, pues domina muchos géneros: reggaetón,  rap, hiphop, R&B, pop, bachata, bolero, mambo, vallenato, cumbia y sólo le faltaron las rancheras.   Para su lanzamiento como solista le han producido el álbum titulado: “El talento del bloque”, en donde se llega a adivinar que “bloque” tiene la acepción de cuadra, manzana y no del bloque de concreto, aunque pueden dejar eso a la imaginación.

Cuando leí lo de la supuesta versatilidad de este muchacho, recordé que si a alguien podría adjudicarse este concepto en toda su dimensión es precisamente a José Feliciano.   Escuché por primera vez a este gran artista allá por 1968 cuando todas las emisoras nacionales tocaban hasta el cansancio sus primeros dos éxitos, en la categoría de “cortapulsos”: La copa rota y Amor gitano, ambos boleros con altas dosis de dramatismo:  “No se apure compañero si me destrozo la boca, no se apure que es que quiero con el filo de esta copa borrar la huella de un beso traicionero que me dio”. “Toma este puñal, ábreme las venas, quiero desangrarme hasta que me muera, no quiero la vida, si he de verte ajena, pues sin tu cariño no vale la pena”.  Ambas canciones con un derroche de maestría en la interpretación de la guitarra.  Los comentarios que nos llegaban sobre este extraordinario cantante y guitarrista señalaban que era boricua y que era invidente, sin mayor información sobre su trayectoria.

Un poco después, mis hermanos y yo comenzamos a comprar asiduamente una revista mexicana llamada Pop, que traía noticias sobre la música moderna internacional y en un número se hablaba de que José Feliciano tenía dos grandes éxitos en las listas de popularidad en los EE. UU. Uno de ellos era el éxito de The Doors, Light my fire y otro era Hi heel sneakers, un blues de Tommy Tucker, que también habían interpretado Elvis Presley, Chuck Berry y muchos más, sin embargo, la versión de Feliciano tenía un toque que captó la preferencia de la audiencia norteamericana.  De esta manera José Feliciano se convirtió en un verdadero fenómeno, pues realmente era el primer latinoamericano que había roto una enorme barrera que existía para incursionar en la música norteamericana y lo había hecho con gran éxito.  Ahí fue donde me di cuenta que la familia de José Feliciano, emigró de Puerto Rico a Nueva York cuando este tenía cinco años y que mostró desde pequeño una extraordinaria facilidad para la música, aprendiendo varios instrumentos entre ellos la guitarra.

Así fue que desde fines de los sesenta, José Feliciano alternaba en la música romántica en español y en los géneros del rock, soul, R&B, en inglés.  En el año 1971 fue la sensación participando en el Festival de San Remo en donde interpretó, alternando con Richi e Poveri, el tema Che Sara, que inmediatamente fue traducido al español como Qué será, el cual alcanzó un gran éxito.   De esa manera se puede observar que a lo largo de su carrera musical ha abarcado toda la gama de ritmos en inglés, así como la música romántica en español y lo importante es que en ambos idiomas lo hace con un perfecto dominio de su pronunciación.  Cabe también destacar su virtuosismo en la guitarra en interpretaciones como El vuelo del abejorro de Rimsky Korsakov, que no es para cualquiera, Zorba el griego de Teodorakis que originalmente se interpreta con mandolina, Malagueña de Ernesto Lecuona o su reciente versión de The third man.

De sus éxitos en español, creo sin temor a equivocarme que hay un tema que sacó en los setentas y que al escucharlo son pocos los que se escapan a una erupción sentimental que hace estremecer al más valiente y me refiero al recordado tema:  Tú me haces falta.  O bien, la extraordinaria interpretación del tema de Carlos Santana, Samba pa´ti, un clásico instrumental el cual se atrevió a cantar, logrando una excepcional adaptación en donde aparece el propio Santana en un duelo entre guitarra acústica y guitarra eléctrica, toda una joya.  Luego, cada quien tendrá sus favoritas, de conformidad con los recuerdos ligados a cada una de ellas:  Usted, Miénteme, Ay cariño, Luz y sombra, Nosotros, Poquita fe, Regálame esta noche, Nuestro juramento, Dos cruces, Entrega total, Lágrimas negras, Para decir adiós, Cuando pienso en ti, Estoy perdido, Cómo fue, Una aventura más, Paso la vida pensando, Alma mía, Mis noches sin ti, Cenizas, Cuando el amor e acaba, Celos de mi guitarra, Contigo en la distancia, De cigarro en cigarro, Después de ti qué, El cóndor pasa, En Aranjuez con tu amor, La barca, Tengo que decirte algo, Qué voy a hacer sin ti, Me has echado al olvido, No podrás olvidar, Por ella, Por mujeres como tú, Regálame esta noche, Si me comprendieras, Un amor así, Tú me acostumbraste, Volveré alguna vez, Yo lo comprendo, entre otras.

O bien en inglés, Ain´t, no sunshine when she´s gone, A man and a woman, Always something there to remind me, Blackbird, California Dreming, Billy Jean, By the time I get to Phoenix, Chico and The Man,  Affirmation, Daniel, Daytime dreams, Don´t let the sun catch you crying, Hey baby, Hey Jude, I can´t get no satisfaction, I feel fine, The second that emotion, Norwegian wood, My sweet Lord, Queen of my heart, Sad boy, In my life, Help, A day in a life, Since I met you baby, Softly as I leave you, Strangers in the night, The windmills of your mind, Walk right in, Wild world, You´re the girl I love.  En lo particular yo prefiero un tema de Neil Diamond que está escrito en un ritmo parecido al huapango y en donde Feliciano logra una magnífica interpretación: Play me.

También puede observarse alternar en los dos idiomas en su clásica interpretación del tema de su autoría: Feliz Navidad, que invariablemente vuelve a sonar en cada temporada navideña.  Otro aspecto relevante en José Feliciano es su genial sentido del humor y si quieren una muestra de ello, pueden observar cuidadosamente la introducción al dueto de Tengo que decirte algo, con Gloria Stefan, en donde deja speachless a la cantante.


Es enorme la cantidad de premios y reconocimientos alcanzados por este gran artista, basta acotar que tiene en su haber una impresionante cantidad de premios Grammy,  11 nominaciones y 8 estatuillas, acreedor por cinco años consecutivos del premio Mejor guitarrista pop, de parte de la revista Guitar Player, así como un reconocimiento de parte de su natal Puerto Rico como “Un puertorriqueño para la historia”, además de haber tocado con las principales orquestas sinfónicas del mundo.  En cierta ocasión el propio John Lennon afirmó que algunas de las canciones de los Beatles las prefería en la interpretación de Feliciano y fueron varias de sus canciones en las que aparece este gran artista interpretando la guitarra.

Después de repasar la impresionante carrera de este gran artista, no me queda más que afirmar que este Señor puede darse el lujo de cantar lo que quiera y con quien quiera, así que si en su afán de ayudar a su compatriota, humildemente se agacha para interpretar una canción que indudablemente no está a su altura, se le perdona.  Es más podría bajarse al chinamo para interpretar una cumbia con Gustavo Leytón y tendría nuestra más amplia indulgencia.

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