Archivo mensual: abril 2013

El Relicario

Sara Montiel.  Foto tomada de Internet

Casi al final de la década de los años cincuenta del siglo pasado, sería tal vez en 1958, cuando de pronto, una canción comenzó a sonar insistentemente en todas las emisoras del país.  Para ese tiempo, ocupaban los primeros lugares de audiencia los éxitos de la Sonora Matancera, en especial el bolero Total en la voz de Celio González y los primeros cañonazos de Julio Jaramillo encabezados por Nuestro Juramento.  La canción en cuestión era un pasodoble, ritmo español muy socorrido entonces en todas las fiestas, pues era una oportunidad enorme para lucirse con elegancia en el baile.    Su título era El Relicario y estaba a cargo de Sarita Montiel, intérprete hasta ese entonces completamente desconocida en el mundo musical.  Luego poco a poco fueron colándose otras interpretaciones de la española y que al final resultaron ser parte de la banda sonora de una película que se anunciaba y que según algunos estaba causando furor en el mundo, o por lo menos en el de habla española y que llevaba por título El último cuplé.

A mediados de 1959 al fin llegó la tan esperada película a Managua y fue el Salazar quien la proyectó y duró en cartelera un tiempo record.  En esas ocasiones era obligado que viniéramos del pueblo a la capital para ver el estreno y no esperar unos meses a que llegara al Teatro Julia, ya con más cortes que una camioneta de turco.  Así que con una buena dotación de palomitas de maíz, nos deleitamos con la película en la cual una hermosa mujer desbordaba sensualidad en toda la cinta.  Cabe aclarar que a los diez años, ya el organismo entero iba distinguiendo esas manifestaciones y a pesar de que la cinta no estaba restringida a menores de edad, pues no había nada explícito, no cabe duda que la diva aquella provocaba ciertos arrebatos en el público, además de su exuberante figura, sus ojos color aceituna y su sensual sonrisa, su voz, acomodada de manera inteligente en un registro en donde no había riesgos de una pifia, porque hay que reconocerlo, era tan sólo una actriz que pretendía cantar, sin embargo, a la postre, su voz en el tono tan bajo, le daba un atractivo adicional.   En esa película escuchamos, directamente desde la pantalla, los grandes éxitos, Ven y ven, La Madelón, Nena, el tango Fumando espero y desde luego El Relicario, en donde la protagonista, después de presenciar la muerte en el ruedo de un torero, su novio en turno, aparece en el teatro de luto riguroso interpretando el pasodoble.  La interpretación fue única y dramática, pues al final, no pudiendo con el peso de la emoción “se ataca” y no puede finalizar su interpretación, causando el desborde de sentimientos en toda la audiencia, que disimuladamente buscaba sus pañuelos para secarse una furtiva lágrima.

Tal vez sería pertinente aclarar que El Relicario es un pasodoble clásico español, escrito en 1914 por José Padilla, quien encargó la letra a dos afamados periodistas de esa época José María Castellví y Armando Oliveros.  La letra está íntimamente ligada a la tauromaquia y a esa fama de seductores que siempre han tenido los toreros.   Fue mucho tiempo después de haber escuchado ese tema que me percaté del significado de la letra en toda su extensión, en donde en un exagerado piropo, el torero exclama: “pisa morena, pisa con garbo, que un relicario me voy a hacer, con el trocito de mi capote, que haya pisado tan lindo pie”.   Involucrando en el mismo, al relicario, estuche en donde tradicionalmente se guardan las reliquias de algún santo, equiparándolas en ese caso, con la parte de su capote por donde había puesto el zapato, pues es muy difícil que anduviera descalza, la dama que tanta admiración le provocó.  Luego al momento de estar en trance de muerte, se saca del pecho el relicario, que en efecto se elaboró, lo que le otorga una carga dramática al pasodoble.  El tema había sido propiedad, por así decirlo, de la cantante Raquel Meller, sin embargo, fue a partir de su interpretación en la mencionada cinta que Sarita Montiel se convirtió en la dueña de dicho tema. Dicen que en gustos se rompen sacos, así pues, hay quienes opinan que la mejor interpretación es la de Rocío Jurado y pueden tener razón, pues la recordada Rocío sí tenía voz y jugaban con ella de manera magistral, luciéndola en la ejecución del pasodoble, agregándole además un conato de “ataque” al final, sin embargo, muy inteligentemente se recupera y finaliza el tema.

Otro tema, que también causó gran revuelo fue Fumando espero, un tango argentino compuesto en el año 1922 por Juan  Viladomat Masanas, con letra de Félix Garzo y que en su momento fue interpretado por varios tangueros, entre ellos, Argentino Ledesma y desde luego por la infaltable Libertad Lamarque.  Mucho se comentó que a pesar del atrevimiento de los productores de la cinta de incluir el tango en la banda sonora de la película, una estrofa completa fue eliminada, la cual se refería a la “sana” costumbre de otros tiempos de lanzarse un cigarrillo después de “la batalla en que el amor estalla”, lo cual no hubiera sido tolerado por la hipócrita censura del franquismo.

Después del éxito obtenido por la Montiel con El último cuplé, le siguieron varios más, La Violetera, Carmen la de Ronda, Pecado de amor, La bella Lola, La reina del Chantecler, entre otras, en donde combinaba la actuación con el canto.

Mucho tiempo después me di cuenta que Sarita Montiel no había nacido con El último cuplé, aunque así fue para muchos conciudadanos, pues su carrera en la actuación había iniciado en los años cuarenta en su natal España, de donde saltó a México en donde con su belleza cautivó a los cineastas locales y actuó en algunos films importantes al lado de Pedro Infante, Dolores del Río, María Félix, Arturo de Córdoba, entre otros.  Es muy posible que la hubiésemos visto en alguna de estas películas, pero no al punto de recordarla por su nombre.  Luego, con esas credenciales se atrevió a incursionar en Hollywood, en donde también logró algunos papeles al lado de Burt Lancaster, Gary Cooper, Charles Bronson, Mario Lanzas, entre otros, lográndose integrar con suceso en el mundo artístico de ese entonces, reforzando lo anterior, al casarse con el director Anthony Mann.  A pesar de la aceptación que tuvo en Hollywood, de manera inteligente Sarita sintió que estaba siendo encasillada en papeles de latina o indígena, de tal forma que se jugó el todo por el todo y regresó a España, en donde en 1957 Juan Orduña le ofrece el papel estelar de El último cuplé, que marcó el rumbo de su vida.

Al llegar a la adolescencia, fue inevitable que me inclinara por la música juvenil, que con el rock hizo furor, más aún con la aparición de The Beatles, lo cual hizo que esta nueva corriente sepultara para efecto nuestro, la trayectoria que siguió Sarita.  No obstante, la española continuó con su carrera, especialmente la musical, por muchos años, realizando giras artísticas por todo  el mundo, en especial por América Latina.  Recuerdo que a finales de los años setenta, Sarita se presentó en Managua, hospedándose en el Hotel Intercontinental.  Ya para ese entonces, la diva española estaba muy aplaudida y no tuve el ánimo para ir a verla.

Su vida sentimental se caracterizó por un buen número de relaciones, como que si hubiese tomado al pie de la letra lo que le exclamó al inicio del piropo el torero de El Relicario. Es importante señalar que a partir de que algunos seudo periodistas encontraron en la nota rosa, un medio para allegarse los helequemes, Sarita Montiel y su vida privada se convirtieron en un blanco fácil para las tertulias que guardaban estos mercenarios, manteniéndola en la picota en virtud de sus últimas relaciones sentimentales, arrebatándole la tranquilidad que en su tercera edad merecía la artista.

Tal como decía El Relicario, un lunes abrileño, el día 8 para ser más precisos en el presente año, María Antonia Aurelia Isidora Vicenta Josefa Abad Fernández, conocida como Sarita Montiel, la gran Saritísima, dejó este mundo de manera plácida en su apartamento de Madrid a la edad de 85 años.  Una enorme muchedumbre la acompañó en su sepelio y todos los diarios de habla hispana deploraron su muerte.  Para todos aquellos que vivimos su época dorada, siempre mantendremos en el pecho un relicario, elaborado con el trocito de recuerdos de aquellos dorados tiempos en donde su belleza y sensualidad nos anunciaba que el meteorito del erotismo estaba pronto a alcanzarnos.

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Los marchantes

Los marchantes.  Foto: Orlando Ortega Reyes

Todavía hay quienes disfrutan de la experiencia que constituye el comprar en el mercado.  El contacto con la gente, el aroma que proviene de la mezcla de hierbas, frutas, verduras, plantas, fritangas, además del colorido que ofrece cada una de sus escenas, es algo que para muchos vale la pena sentir.  A pesar de los afanes expansionistas de las cadenas de supermercados que pretenden arrasar con los mercados y pulperías instalando un nuevo centro en cada barrio de las ciudades, la cultura del tiangue de los antepasados indígenas, todavía ofrece una valiente resistencia.  No importa que estos gigantes del comercio ofrezcan un colorido artificial, una fingida asepsia, una sugerente música y atractivas campañas publicitarias, es muy difícil que puedan sustituir el significado del tiangue.

Un elemento sobresale en la cultura del mercado y es el del marchante.  Se trata de un concepto que provoca no pocas polémicas, comenzando por su origen.  Son muchos los que creen que el vocablo marchante viene del verbo marchar (no marchen, dirían en México) no obstante, la verdad es que se deriva del francés marchand  que significa comerciante, vendedor, traficante (en el buen sentido de la palabra).  En este caso, el vocablo tendría que aplicarse al vendedor, sin embargo, en algún momento su aplicación se extendió tanto al vendedor como al comprador.  Esta ambivalencia podría tener su explicación en el verbo amarchantarse, que significa establecer un acuerdo tácito mediante el cual un comprador se “compromete” a cierta exclusividad o preferencia, respecto a la adquisición de bienes que ofrece determinado vendedor.  En reciprocidad, el vendedor dará un trato especial, mejores precios y/o productos o por lo menos hará creer lo anterior al comprador.  En sus pregones, el vendedor hará una invitación al posible comprador, llamándole marchante, marchantito (a) y en ciertos casos agregándole un sustantivo supuestamente para halagar al posible cliente, como chelito (a), reycito, amorcito, entre otros.

Las personas que acuden a determinado mercado de manera sistemática seguramente están amarchantados con determinado vendedor y dependiendo del carácter de cada quien y del tiempo transcurrido, se llega a desarrollar un variopinto de relaciones, por demás interesantes.

Llevo cerca de dieciocho años yendo regularmente, una vez por semana al Mercado de Mayoreo y en un inicio saltábamos de un vendedor a otro, luego procurábamos mantener la mayor parte de las transacciones donde un solo proveedor, sin embargo, con el tiempo, por diversas razones, de la noche a la mañana los vendedores desaparecían, debido, aparentemente a que se dedicaban a otros menesteres o a vender en algún otro mercado.  Desde hace unos cinco años, establecimos un marchantazgo con una vendedora que además de ofrecer productos de calidad, difícil tarea al tener todos los mismos proveedores mayoristas, mantiene precios flexibles, sin embargo, tuvo algo que ver el trato y su carácter.  En un inicio había cierta distancia y el tratamiento se limitaba a marchante en ambas vías, guardando siempre una prudente distancia en la relación, sin embargo, con el tiempo ha nacido una confianza como para ir conociendo un poco más sobre los actores de esta relación.  Ella se llama Blanca, pero todos sus colegas la llaman Blanquita.  Es Concheña, es decir, originaria de La Concepción, Masaya, desde donde viaja diario a su local y le ayudan en el local su madre y una hermana, además de manera eventual le apoya un individuo a quien solo conocemos por su remoquete: Pichirilo.

A estas alturas del partido, yo la llamo Blanquita y ella me llama Don Orlando y nos tratamos de usted.  Ella conoce muy bien mis gustos y preferencias, así como la elasticidad de mi demanda, de tal suerte que sabe en qué momento exacto debe de bajar un precio a fin de lograr que compre determinado producto que no tengo en mi lista de prioridades.  Tiene un gran sentido del humor, no al punto de llegar a contarme un chiste, pero sí de tomar con filosofía los amargos comentarios que puedo hacer sobre determinado producto o la relación calidad/precio.  Sabe el momento exacto en el que debe de dejar de insistir cuando ofrece determinado producto y conoce cuando tiene algo que puede interesarme al exaltar determinada cualidad.  Cuando eventualmente recibe guanábanas, de manera automática me reserva una o dos.

Tiene una enorme paciencia para venderle algo a mi hijo Orlando, que muestra una interesante incomodidad a la hora de comprar y simplemente se pone a reír cuando después de mostrarle cinco variedades de mango llega a la conclusión de que ninguna le gustará o tiene que aceptar que con una simple ojeada determina que conoce la calidad de un melón.

Sabe de antemano qué productos he comprado previamente y a dónde, no habiendo problema cuando se trata de cítricos que vende una tía suya, también concheña, que ofrece un mejor precio.  Sin embargo, en una ocasión cuando supo que había adquirido un producto con una competidora suya, medio en broma, medio en serio me acusó de que la estaba “engañando”.  Me puse a reír y le lancé uno de esos clichés que salen en las películas cuando alguien tiene un ataque de celos y su pareja trata de calmarla.  No llegué al extremo de decirle que yo soy como Las Mañanitas (Del Dominio Público).  Por otra parte, sabe muy bien que los plátanos los compro después a otra marchanta, especialista en el ramo, de tal manera que cuando ella consigue buen plátano y a buen precio, llega a convencerme que los lleve de una vez y sin remordimientos.  Cuando necesito algo que no tiene, más pronta que veloz lo manda a traer donde algún pariente para evitar que me descarríe.

Es joven, pudiendo rondar los treinta años, pero el sol ha hecho estragos sobre su piel.  En cierta ocasión, estando cerca el día de la madre le pregunté si tenía hijos y me confesó que el único hijo que había tenido, murió al nacer.  Poco tiempo después resultó embarazada y afortunadamente el muchacho nació sano y va creciendo.  Muestra una gran dedicación a su trabajo y es muy difícil que falte a su puesto.  Al igual que todos los que trabajan en esos menesteres, tienen una sorprendente facilidad para sumar cantidades al aire.  Muchas veces al calcular el total de la cuenta, redondea hacia abajo para favorecer a su marchante.

Hay una gran diferencia entre aquellos dependientes de algún comercio, que después de observar la tarjeta de crédito con que realizo una compra, se quieren lucir diciendo: -Gracias por su compra, Don Orlando, que llegar al puesto de Blanquita y saludarnos afectuosamente, preguntar por la familia y empezar el estira y afloja con las compras de la semana.

 

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