Archivo mensual: agosto 2012

Del Ecce Homo y otras iniciativas

A inicos de este mes de agosto, una noticia originada en España empezó poco a poco a inundar los medios de comunicación internacionales y luego saltó a las redes sociales, convirtiéndose en uno de los temas más discutidos y más vulgareados, por así decirlo, de los últimos tiempos.

En una ermita ubicada en el Santuario de la Misericordia, en la localidad de Borja, Zaragoza, hay una pintura mural del Ecce Homo, representación del Cristo mostrado por Poncio Pilatos a los judíos, ya con la corona de espinas y el manto púrpura.  La obra, realizada por el pintor Elías Martínez García, a inicios del siglo XX y que según los cronistas se realizó en un par de horas, se refleja en la clasificación que realizaron los propios medios de comunicación españoles como de “escaso valor artístico”.

Resulta que una mujer de esa localidad, Cecilia Giménez, de ochenta y un años, pintora aficionada, trató de muy buena fe, de restaurar la citada pintura, misma que estaba deteriorada por el paso del tiempo, habiendo resultado un tremendo fiasco, pues la imagen quedó totalmente irreconocible.  El escándalo que se suscitó fue mayúsculo y no tardó la noticia en dar la vuelta al mundo, provocando la indignación de muchos y convirtiéndose para otros en el perfecto pretexto para desatar una ola, como de tsunami, de chistes y parodias, en donde la restaurada imagen del nazareno fue sustituida por figuras públicas, desde Mariano Rajoy hasta Leo Messi.   A nivel local, también se originó una disputa sobre quién debería tomar las decisiones derivadas del hecho, entre las autoridades comunales y la iglesia católica.  El caso ha llegado a tales extremos, que una universidad norteamericana se ha ofrecido para realizar un estudio sociológico al respecto.

En Nicaragua, la noticia pasó un tanto desapercibida, tal vez por la distracción producida primero por la reunión del SICA, luego por la misteriosa enfermedad del Cardenal, posteriormente por el juicio de Fariñas y sus amigos y finalmente por los falsos empleados de Televisa.  Pareciera que estas noticias locales, nublan completamente la capacidad de percepción de la población de tal forma que lo que sucede por el mundo, de pronto, cual pelota, como decía Sucre, pasa en tinieblas.

Independientemente del exagerado manejo de la noticia en los medios de comunicación y de las redes sociales, la noticia nos hace reflexionar sobre este tipo de acciones, tan frecuentes, de personas o instituciones que con las mejores intenciones del mundo, se pasean en la Francia, la mayor parte de las veces por ignorancia, otras por falta de capacidad.  El hecho me trajo en lo particular dos episodios muy cercanos, que guardan cierta similitud con el caso del Ecce Homo.

El primero es el relativo a la intervención que en los años sesenta, realizó el párroco de San Marcos, Carazo, Etanislao García, sobre la iglesia del pueblo, de manera inconsulta y que con el ánimo de darle una nueva imagen el templo, borró los frescos que el pintor Rodolfo Marenco había plasmado en las paredes del mismo.  Los murales representaban las catorce estaciones del via crucis y el pintor había incluido en los personajes de la Pasión a personalidades de la política nacional, entre ellos a Anastasio Somoza García.  Un detalle de este hecho puede observarse en el post Los Frescos de Marenco.  Pues bien, en cierto momento se originó cierto malestar por las acciones de remozamiento del templo, pues algunos consideraban una obra de arte aquellos frescos.  El tiempo se encargó que el episodio quedara en el olvido.

Algo similar se originó en la ciudad de Masatepe.  En esa ciudad del departamento de Masaya, se venera al Cristo de Trinidad, una imagen negra tallada en madera, del cual no se tiene la menor idea sobre su origen.  En virtud de que dentro de la fe católica tradicional no puede venerarse a una imagen que ha sido comprada en un establecimiento del ramo (tal vez por aquel cuento del guayabo), la mayoría de las imágenes milagrosas, aparecen como por arte de magia en algún recóndito lugar, generalmente a una persona humilde.  Así fue que la imagen del Cristo negro tiene docenas de versiones sobre su aparición, siendo la más aceptada por los fieles una que cuenta que apareció de repente en algún lugar del trayecto que baja hacia la laguna de Masaya.  El caso es que a inicios de los años veinte del siglo pasado, llegó a Masatepe un párroco de nombre Hermenegildo Mormeneo, quien había estado en San Marcos por un corto tiempo, un par de años antes.  El Padre Mormeneo, consideró que el color negro no iba con la personalidad del nazareno, pues al ser judío era una contradicción el color que guardaba, por lo que decidió, de una manera inconsulta, cambiarle el color a la imagen.  Así que con las mejores intenciones se consiguió un Sapolín color rosado y le dio un par de manos de pintura a la imagen del Cristo, dejándolo según él, guapetón.  No obstante, cuando la feligresía vio la imagen, se tragó la campanilla y montó en cólera, originando una verdadera revuelta en la iglesia, reclamando el color original de su venerada imagen.  Como dato curioso, el monaguillo del padre Mormeneo era un niño llamado Etanislao García y que con el tiempo se convertiría en sacerdote.

A partir de ese hecho, se derivan una serie de episodios que con el tiempo fueron transformándose en leyendas, pues no hubo una crónica seria al respecto.  En primer lugar, cuentan los que vivieron en esa época que por un milagro del Señor, la imagen recobró al día siguiente su color original.  Es muy improbable que el Señor, tan ocupado en esa época con un mundo convulso, tuviera el tiempo de analizar el cambio de color de una imagen y manifestarse con un milagro de esa naturaleza, así que es factible que de manera subrepticia algunos fieles se hubiesen ocupado de limpiar la imagen con algún solvente y devolverle el color original a la misma.

También se maneja que a partir del milagro, la feligresía comenzó a burlarse del Padre Mormeneo, a tal grado que el presbítero no pudo resistir el escarnio y optó por abandonar su ministerio.  Esto también cae en el terreno de la leyenda, pues no es realista el hecho de que si el párroco observó un milagro de ese calibre, lo más lógico era que se arrepintiera de su proceder y sacara provecho de lo sucedido. Se hace más creíble que al descubrir el sacerdote que habían despintado la imagen, tuviera una seria discusión con representantes de la feligresía y al final hubiese puesto un ultimátum que desembocaría en su salida del pueblo.

Las versiones locales finalizaban la historia relatando que a partir de lo sucedido el Padre Mormeneo enfermó y que en medio de vómitos de sangre falleció, como si al haberse atrevido a cambiar el color de la imagen hubiese desatado la ira divina.  Sin embargo, circularon algunas versiones, muy a sotto voce, que dan un giro diferente a la historia.  En efecto, el presbítero abandonó el pueblo en medio de un tremendo rencor y al atravesar los límites del mismo, se quitó sus sandalias y les sacudió el polvo, emulando una práctica judía muy reveladora, refrendada en Mateo 10, 14.  De la misma forma, se dice que días después, Mormeneo envió a la Alcaldía de Masatepe, una misiva que contenía un poema llamado Oda a Masatepe, en el cual lanza los peores epítetos que pudiesen haberse escrito para una ciudad, a tal grado que no pueden repetirse acá. Tiempo después empezó a circular otro poema llamado A Masatepe, supuestamente de la autoría del Dr. Elí Tablada Solís, en donde se le da un giro de 180 grados a la oda original, convirtiendo el jurista en elogios, la maledicencia atribuida a Mormeneo.

Lo cierto es que no se sabe a ciencia cierta cuáles fueron los detalles de esta triste historia, pues el propio Padre García, cuando estuvo en San Marcos, evitaba el tema cuando se lo tocaban.  Lo único que se puede derivar, al igual que las otras historias, es que de una buena intención, resultan hechos verdaderamente lamentables y el único pecado en esas circunstancias es el lanzarse por la libre.  Bien dice el refrán:  “De buenas intenciones está empedrado el camino hacia el infierno”, aunque tal vez es más ilustrativo el dicho de los mexicanos:  “No hay nada peor que un pendejo con iniciativa”.

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Panchito Melodía

Llegué a la vieja Managua un poco a destiempo y a pesar de que todavía pude disfrutar de sus calles, de los múltiples aromas que se levantaban a las diferentes horas del día, de sus cines, de sus vericuetos; quedaron sin embargo, algunas asignaturas pendientes.  Una de ellas fue la cultura de la cantina.  Era de rigor en aquella época salir con los amigos o compañeros de trabajo a una cantina y lanzarse unos rielazos almuerceros, mientras se platicaba de los temas de actualidad.  Al iniciarme como capitalino tenía apenas diecisiete años y estaba comenzando mi carrera en la universidad, además había ingresado en el equipo de atletismo, lo cual no me dejaba la mínima oportunidad de aficionarme a los tragos.

Conocí superficialmente, por fuera, las principales cantinas de la vieja Managua.  En mis cotidianas caminatas a la Escuela Smith Corona pasaba por la cantina El gato Abraham, además de todos los antros que quedaban en el Oriental, circundando la casa de mi tía Leticia.  Aunque no lo crean, nunca probé una gota de licor en ninguno de esos lugares.  Luego vino el terremoto y terminó con la mayoría de aquellos centros de culto de la vieja Managua.

Cuando empecé a trabajar y surgieron las salidas con compañeros de trabajo, ya el mundo de la cantina en Managua había pasado a mejor vida y estaban de moda los bares como El Arroyito, El Alamo, El Guanacaste, en donde disfrutábamos de unos tragos de ron, abundantes bocas y en ciertos casos, música viva de mariachis.

Así pues, llegué a conocer las cantinas de la vieja Managua y sus interioridades, a través de las crónicas de aquellos que tuvieron la oportunidad de vivir esa época dorada.    Sin embargo, conversando con mi amigo Don Armando José Obando, quien me confesó que era nieto del célebre Panchito Melodía, dueño de una de las cantinas más emblemáticas de la vieja Managua, pude interiorizarme más en el tema y me di cuenta que hasta en esos particulares oficios existía una mística de trabajo y un código de ética que se mantenían incólumes.  Ya había señalado estas características en mi crónica sobre Don Gilberto González de Jinotepe, propietario del Rancho Amalia, conocido, muy a disgusto de él, como “Caremacho”.

A mediados del siglo XX se observaba todavía personas que a pesar de no tener idea de los conceptos de la gerencia estratégica de negocios como: objetivos, misión y visión, practicaban su oficio con una dedicación tal, que ya quisiera uno de esos gurús del INCAE, soñar con esta práctica.  En muchas cantinas de la época se observaba una pasión del propietario por ofrecer un producto de primera calidad.  Muchos se asombrarán y se preguntarán cómo podría pensarse en calidad en el guaro, si no es otra cosa que alcohol obtenido a partir de la caña de azúcar, el cual se rebaja con agua para obtener un volumen alcohólico en la bebida cercano al 40%.   No obstante, algunos cantineros, con el propósito de ofrecer un mejor producto a sus clientes, lo filtraban, ya sea con el papel especial que estaba disponible para los farmacéuticos o bien con algodón y luego lo curaban con algún aditivo que mantenían en secreto, en algunos casos en toneles de madera especial.  El caso es que los aficionados a los placeres etílicos llegaban a diferenciar los diferentes tipos de guaro que se ofrecía en los diferentes expendios y de esta forma algunos de ellos cobraron una fama sin igual.

Otro aspecto que se cuidaba en las cantinas de antaño era lo relativo a las bocas.  A pesar de que el precio del trago, generalmente cincuenta centavos el sencillo o un córdoba el tacón alto, no dejaba margen para ofrecer alguna exquisitez, no obstante, los cantineros echaban mano a la creatividad y originalidad para ofrecer bocas, generalmente de frutas, que eran un deleite para los parroquianos.

Finalmente estaba el aspecto del orden, la moralidad y el respeto que debían imperar en las cantinas, de manera que no deviniera en un antro de mala muerte.  De esta forma, los cantineros se convertían en dictadores que mantenían una férrea disciplina en sus locales y establecían reglas que los parroquianos debían acatar.

Francisco Rodríguez fue uno de esos cantineros que parecía tener una marcada vocación para el oficio.  Originario de León, había nacido el día de San Francisco durante un torrencial “cordonazo” y parece ser que en esa metrópoli, en una de esas cantinas innominadas aprendió el oficio y los secretos del buen guaro.  Se trasladó a Managua y cerca de la estación de ferrocarril instaló su primera cantina.  Hay que aclarar que las cantinas de esa época, tenían diferentes modalidades, siendo la más sencilla la del “estanco”, que era simplemente una mesa alta, en donde el cantinero despachaba su producto y cobraba el importe, sin tener ni mesas ni sillas para los clientes, quienes bebían de pie, ya fuera en el reducido local, o en la acera del mismo.  Así era la cantina de Francisco.

Francisco tenía una vieja vitrola en su local y había una canción que le llamaba poderosamente la atención.  Era el tango Melodía de Arrabal que interpretaba magistralmente Carlos Gardel y además de la melodía que era cautivante, a Francisco le inquietaban las expresiones lunfardas que plagaban el tango como:  cortada mistonga, pebeta, barrio malevo, tauras y entreveros.  El caso es que Francisco repetía el citado tango hasta el cansancio, de tal suerte que no tardaron los parroquianos en ponerle el remoquete de Panchito Melodía, lo que por cierto no le hacía mucha gracia.

Panchito se unió en primera instancia a doña Matías Quintanilla con quien procrearon un hijo llamado Armando Hermógenes Rodríguez Quintanilla, quien fue el padre de mi amigo Armando José Obando.  Luego Panchito se unió a una señora llamada Matilde con quien tuvo dos hijas: Matilde y Lidia.  Finalmente, se unió a una señora llamada Paz, que tenía una comidería cerca de los Transportes Vargas, frente a un lugar de mala reputación conocido como El Cafetín, pero que los capitalinos acostumbraban a endosarle un nombre a las propietarias que por respeto a los lectores no es posible repetir aquí, pero que se refiere a unas frutas que vienen en piñas y que pertenecen a la familia de las sapindáceas.   Parece que doña Paz le entró a Panchito por el estómago, pues dicen que tenía una cuchara notable.  No se puede decir que él también le entró por ahí, pues en aquel tiempo las mujeres no probaban ni a la fuerza el guaro, no como ahora que señoritas refinadas se echan un tequila doble al coleto sin arrugar la cara.  De esta manera, nuestro personaje se trasladó a la casa de doña Paz con su estanco y en la parte exterior instaló su negocio y en el fondo, manejaba la señora su comidería.  Como la ubicación del negocio era bastante céntrica, incluso muy cerca de los juzgados del Trébol, la cantina de Panchito era visitada por notables jurisconsultos, profesionales de diversos ramos que trabajaban en los alrededores e incluso exponentes de la crema de la intelectualidad como diría Agustín.

Muchos que saborearon el guaro que vendía Panchito afirmaban que tenía un sabor especial, que nunca lo habían probado en otra parte, que dejaba en el paladar un ligero toque con sabor a especias, sin embargo, el cantinero guardaba celosamente su secreto de tal manera que nunca se supo cómo lograba el extraordinario sabor.

De la misma forma, Melodía se esmeraba en las bocas que ofrecía y diariamente muy temprano salía al mercado San Miguel en donde adquiría las frutas que emplearía como bocas.  Ahí aprovechaba para pasar visitando en su puesto del mercado a su nuera, mujer de su hijo Armando, quien era un desobligado con sus hijos, de tal manera que Panchito siempre estaba al pendiente de sus tres nietos.  Las bocas que preparaba con las mejores frutas tenían una  presentación especial y colorido, de tal forma que sus refinados clientes las bautizaban con nombres de películas famosas o artistas.

La cantina de nuestro personaje abría solo seis horas al día, de doce a dos de la tarde y de cinco a nueve de la noche, con una puntualidad inglesa.  La primera regla que tenía es que nadie podía llegar con tragos previos, corriendo con fuertes improperios a quien transgrediera esta disposición.  Luego servía los tragos en estricto orden de llegada y servía hasta un segundo trago hasta que terminaba con el último de la imaginaria fila.   A pesar de que era tremendamente soez en su hablar, no permitía que nadie se comportara de esa manera en su local y cuando percibía que algún parroquiano estaba en el límite de la cordura, dejaba de servirle tragos, aunque aquel le llorara lágrimas de sangre.  Asimismo, no permitía que ningún animal ingresara a su local.

El admirador de Gardel y su tango era un tipo corpulento que se manejaba siempre en una camisola extremadamente blanca, era obsesivamente pulcro y gustaba de usar colonias finas.  Cuando no estaba sirviendo tragos, blandía en su mano un abanico de palma con el que se refrescaba.  A pesar del carácter agrio y gruñón que manejaba en la cantina, Panchito de vez en cuando dejaba asomar su emotividad.  Los días cuatro de octubre que celebraba su cumpleaños y onomástico, su nuera alistaba a los nietos y les compraba una colonia fina para que se la regalaran al abuelo, quien emocionado les daba cien córdobas a cada uno.

Armando, el hijo de Melodía instaló una cantina en el rumbo de abajo, en las inmediaciones del Fokker, a la cual bautizó como “Chico Mono”, pregonando que tenía la receta secreta de Panchito, sin embargo, nunca llegó a igualar la calidad del guaro de aquel.

Después del sismo de 1972 Panchito Melodía desapareció del panorama, dicen que había amasado una buena cantidad de dinero y en Managua solo quedó el recuerdo de su legendaria cantina.  Tal vez algún octogenario, que por aquellas casualidades de la vida llega a escuchar los acordes de unas guitarras que dan paso a la inolvidable voz del zorzal criollo exclamando: Barrio plateado por la luna, rumores de milonga, es toda su fortuna…  Entonces empieza a salivar, recordando aquellos tacones altos, ahora lejanos, con una boquita de almendra (terminalia catappa) y no puede evitar que se le piante un lagrimón.

Agradezco sobremanera a mi amigo Don Armando José Obando por su gentileza al haberme proporcionado información sobre su abuelo.

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